miércoles, 31 de octubre de 2012

La tumba

La leí por vez primera en 1969, a mis catorce años de edad, en una primera edición, de Novaro, que tenía mi hermano Sergio. No era el primer libro que leía, pero sí tuvo un fuerte impacto en mí, tan fuerte que me impulsó a escribir de otra manera (a los trece había intentado hacer una novela, influido por un libro tan ideológicamente terrible como El Bismarck de Will Berthold, editado por Populibros La Prensa; ya contaré esa historia en otra ocasión). Por ahí debo tener aún guardados mis intentos por escribir al estilo de José Agustín, el autor de aquella breve novela: La tumba.
  Volví a leerla a los diecisiete años y de nueva cuenta a mis veintitantos. Ahora acabo de terminarla por cuarta ocasión, en una edición de Planeta. La leí rápidamente y mi impresión actual es diferente a la que tuve a mis catorce marzos. Aunque amena y divertida, hoy me resultó un tanto ingenua, afectada y de algún modo pretensiosa para un escritor, como Agustín, que la publicó a los diecinueve años, en 1964 (aunque se dice que la escribió a los dieciséis).
  Las aventuras de Gabriel Guía, un adolescente de la clase alta defeña, a mitad de la década de los sesenta, no parecen muy creíbles. El personaje habla y razona como si tuviera diez años más y la facilidad con que obtiene todo de pronto es un tanto irreal. Sin embargo, sigue siendo una novela fundamental para la historia de la literatura mexicana y conserva su frescura narrativa y el sello joseagustinesco, a pesar de que en un par de años cumplirá medio siglo de haber sido editada.
  Fue interesante volver a leerla. Habrá que entrarle a De perfil, mi novela favorita de José Agustín, y saber qué efectos me produce ahora.

martes, 30 de octubre de 2012

“Inditos” con sintetizadores

Leo diversas y disparadas (y en algunos casos disparatadas) reseñas acerca del nuevo disco de Café Tacuba (siempre me he negado a escribir el segundo nombre con “v”) y la gran mayoría de ellas coincide en calificarlo como la octava maravilla del universo (hay quienes –¡lo juro! – llegan a compararlo con Radiohead y hasta con los Beatles, lo cual es un imperdonable despropósito).
  Pero en fin: he escuchado El objeto antes llamado disco (Universal, 2012) y lo primero que se me ocurre decir es que no cabe duda de que en tierra de ciegos, el tuerto es rey. En un año en el cual no ha habido un solo buen disco de rock hecho en México, resulta lógico que la reciente obra de Café Tacuba resalte como flor en el bordo de Xochiaca. Pero ya de ahí a decir incluso que es el mejor grupo mexicano de todos los tiempos, me resulta por completo absurdo (¿o es que nunca han oído a La Barranca, a Santa Sabina, a El Personal?).
  Estamos ante un álbum medianamente interesante, con una decena de canciones de irregular calidad, cuyos arreglos se basan en el uso de sintetizadores y cajas de ritmos, para ofrecer una obertura mocha y con fallidos falsetes (“Pájaros”), tres temitas intrascendentes (“Andamios”, “Yo busco”, “Tan mal”), una tonada simpática con reminiscencias rítmicas de los concheros de Coyoacán (“Espuma”), una especie de homenaje involuntario (¿o voluntario?) a la escalofriante Tigresa del Oriente (“Olita del altamar”), un aceptable rockcito a la chilena que recuerda a Los Tres (“Aprovéchate”) y tres composiciones realmente buenas: las dramáticas “De este lado del camino” y “Volcán” (ambas con descensos armónicos en tonalidad menor) y el que a mi modo de ver es el mejor corte del disco: “Zopilotes”, un tema muy interesante en su letra y en su música (excelente arreglo à la The xx).
  Se dice que con este trabajo Café Tacuba regresa a sus orígenes, mismos que recuerdo como una especie de neo Xochimilcas o de clasemedieros de Ciudad Satélite disfrazados de “inditos”. De ser así, con El objeto antes llamado disco serían de nuevo “inditos”…, pero esta vez con sintetizadores.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de Milenio Diario)

lunes, 29 de octubre de 2012

Nirvana

Nirvana es uno de esos grupos emblemáticos de una época, una de esas entidades que marcan un cambio y una ruptura radicales. Parte de un movimiento no sólo musical sino social, cultural y hasta político, el trío lidereado por el compositor, vocalista y guitarrista Kurt Cobain pronto se convirtió –posiblemente de manera involuntaria- en cabeza de ese mismo movimiento al que pronto se le dio el nombre de grunge y que determinaría la historia del rock durante los últimos años de la década de los ochenta y los primeros de los noventa. Con un sonido que combinaba la pesadez y la dureza del heavy metal con la aspereza y la austeridad del punk, con letras que mostraban el desencanto, la rabia, la tristeza, la impotencia, la apatía de toda una generación, el grunge –cuyo origen geográfico se situó para fines prácticos en la lluviosa ciudad de Seattle, al noroeste de los Estados Unidos- pronto cundió en todo el mundo y agrupaciones como Green River, Mudhoney, Mother Love Bone, Soundgarden, Alice in Chains, Tad, Screaming Trees, Pearl Jam, Temple of the Dog, Candlebox, Hole, Bush y muchas otras surgieron para revolucionar una música que siempre se ha negado a estancarse.
  Dentro de ese panorama, Nirvana fue sin duda la banda más significativa, no sólo desde un plano artístico sino, sobre todo, por su actitud e inteligencia. Kurt Cobain, el bajista Chris Novoselic y el baterista Dave Grohl conformaron un proyecto cuya propuesta permeó las mentes y las conciencias de millones de jóvenes, mismos que, paradójicamente, terminaron por elevar al trío a un estrellato que, en especial Cobain, rechazaba y repudiaba. Esta súbita fama, aunada al uso y abuso de drogas y al vertiginoso ritmo de vida impuesto por el star system, hizo que las cosas se volvieran inmanejables y que el sueño se transformara en pesadilla, una pesadilla que culminaría en tragedia y muerte. La de Nirvana es, pues, una historia que de rosa nada tiene, pero que dejó un legado musical que ha trascendido y que permanecerá por siempre.

domingo, 28 de octubre de 2012

Ruby Sparks

No sé si ya la estrenaron en México o aún no, pero hoy vi una película de la cual no tenía noticia alguna y que realmente me encantó. Dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris, los mismos realizadores de la estupenda Little Miss Sunshine (2006), Ruby Sparks (2012) es una cinta sensible y llena de fantasía, acerca de un joven y exitoso escritor, Calvin Weir-Fields (el excelente Paul Dano), quien ha perdido la inspiración y la recupera gracias a una hermosa joven pelirroja que ve en sus sueños y de quien empieza a escribir, hasta que sorpresivamente cobra vida y aparece en su propia casa. ¿Comedia romántica, película humorística, melodrama indie? El filme es todo eso y no lo es.
  Una premisa tan irreal podría prestarse a chunga o a dar como resultado una obra poco creíble, pero el magnífico guión (escrito por Zoe Kazan, nieta del genial director Elia Kazan y quien además de ser la guionista hace el papel de la propia Ruby Sparks) salva cualquier debilidad de la trama y la convierte en una fábula espléndida y por demás disfrutable.
  Hay muchos momentos memorables, tesis que mueven a la reflexión (¿hasta dónde es un novelista dueño de sus personajes y hasta dónde pueden estos apoderarse de la voluntad de su creador?) y varias vueltas de tuerca sorprendentes (incluido el inesperado y dulcemente emotivo final). Las actuaciones son todas de primera línea (en el elenco aparecen Annette Bening, Elliot Gould, Steve Coogan y Antonio Banderas, entre otros).
  Una preciosidad fílmica que recomiendo plenamente en cuanto la vean en algún cine o en DVD (creo que en español le pusieron en cursilísimo título de Ruby, la chica de mis sueños, ¡ough!)..
  Me gustó mucho.

sábado, 27 de octubre de 2012

Attolini con el dedini

Vivimos días de concordia. Una concordia bastante extraña y que hubiera sido impensable hace apenas un par de meses. Quienes eran enemigos acérrimos, hoy se estrechan las manos y se toman la foto juntos y quienes eran críticos a muerte del sistema, se integran a éste con una mexicana alegría que conmueve por su ternura.
  Sin importarles la opinión de su ex jefe Andrés Manuel (quién sólo les advirtió que tuvieran cuidado con las carteras), gobernadores perredistas de cinco entidades federativas se reunieron como si nada con quien poco tiempo atrás era considerado, por casi todos ellos, como el comprador ilegal y alevoso de los votos con los cuales triunfó en las elecciones presidenciales de julio pasado. Ahora fueron a darle la manita y a retratarse sonrientes y cooperativos, lo cual me parece muy bien: son tiempos de distensión y de negociación política. No por nada anunciaron que asistirán a la toma de posesión de Enrique Peña Nieto, el próximo 1 de diciembre.
  Sin embargo, lo más inesperado (aunque no por ello sorprendente) es el anuncio del nuevo programa de Televisa, Sin filtro, conducido nada menos que por varios integrantes (¿o ex integrantes?) del heroico y siempre congruente movimiento #YoSoy132. Los “promocionales” de la emisión no dejan lugar a dudas: ahí están el inefable Antonio Attolini y seis o siete de sus partners, perfectamente ataviados al último grito de la moda hipster condechi, con frases tan combativas como las que pronuncia una chava de grandes anteojos y lunar en la mejilla, al advertir (¡ohhhh!) que está harta “de la vieja clase periodística”, mientras que el propio Attolini nos dice que “es hora de que alguien se atreva a decir que el emperador está desnudo”.
  Así, mientras algunos 132s, todos ellos morenos y con pinta de cegeacheros, toman enmascarados las oficinas de la representación del gobierno de Michoacán en el DF, otros “toman” los estudios de la repudiada Televisa… para hacer un programa híper nice. O sea que hasta entre los revolucionarios hay clases, ¿ves?
  Espeso y champurrado Attolini… con el dedini.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

jueves, 25 de octubre de 2012

Escuela de vagabundos

Después de años de buscar esta, mi película favorita de todas cuantas protagonizó Pedro Infante (las otras dos que completan mi Top 3 son Los tres García, de 1946, y La oveja negra, de 1949, ambas dirigidas por Ismael Rodríguez), al fin pude conseguir en DVD original Escuela de vagabundos, quizás una de las mejores comedias de toda la historia del cine nacional, a la altura de dos obras maestras de Gilberto Martínez Solares: El rey del barrio (1949) y El ceniciento (1951), las dos estelarizadas por Germán Valdés Tin Tan (y añadiría El revoltoso, también de Martínez Solares, también con Tin Tan y también de 1951).
  Con un elenco fabuloso, encabezado por Infante, pero complementado por grandes actores de cuadro como Óscar Pulido, Blanca de Castejón, Miroslava, Anabelle Gutiérrez, Eduardo Alcaraz, Óscar Ortiz de Pinedo, Fernando Casanova, Dolores Camarillo y Ramón Valdés, entre otros, Escuela de vagabundos fue realizada por Rogelio A. González en 1954 y presenta la vieja historia del extraño que es confundido con alguien que no es y que sigue la corriente para sacar provecho del asunto (tal vez fue Nicolas Gogol, con El inspector, quien planteó por primera vez esta idea).
  La trama es muy conocida por el ochenta por ciento de los mexicanos que la hemos visto en televisión una y mil veces y más bien lo que me gustaría destacar son algunas escenas memorables, como la del personaje de Óscar Pulido (Don Miguel Valverde) cuando llega borracho a su casa de madrugada, en un taxi conducido por un chofer que se lo quiere transar (un muy joven Ramón Valdés), pero es rescatado por el vagabundo Alberto Medina (Pedro Infante), ya convertido en una mezcla de amo de llaves, velador y conductor, quien al tratar de meterlo a la mansión da pie a un divertidísimo duelo de actuaciones en el que don Óscar se luce maravillosamente (ver video). Otros que destacan son Óscar Ortiz de Pinedo (en un breve papel de potentado), la preciosa Anabelle Gutiérrez (como la hijita quinceañera de la familia Valverde; aunque con ese cuerpazo y esas piernas, es difícil creerle esa edad), el sufrido mayordomo Audifaz (Eduardo Alcaraz) y, sobre todo, la enorme Blanca de Castejón en el papel de Emilia, la totalmente zafada, olvidadiza y distraída pero enormemente noble y generosa esposa de don Miguel. Sus intervenciones, a pesar de que de pronto se sobreactúe, son en verdad geniales (¿cómo olvidar la memorable frase que les espeta a los invitados en una cena que organiza: "¡Qué bueno que vinieron; si no, ¿qué hubiera hecho con tanta comida?!").
  No es una película perfecta, está llena de incongruencias y descuidos del director y los guionistas, pero son pecatta minuta que no impide el disfrute de la historia. De hecho, quizá sean esos elementos absurdos los que terminan por hacerla tan divertida.

miércoles, 24 de octubre de 2012

La Mosca y yo: Jessy Bulbo

La primera vez que oí sobre La Mosca fue en casa de Karem Martínez. Yo era la novia de su hermano, grababamos unos cassettes con discos que le habían prestado a ella y nos pusimos a platicar. Karem estaba estudiando periodismo, yo todavía no sabíia que después también le iba a entrar a lo mismo y me parecía de lo mas locuaz que alguien estuviera interesado en eso... Pues en esa plática me preguntó que si conocía a La Mosca o a La Pusmoderna y yo sólo las había visto en la escuela. Nunca compro revistas o el periódico; en general, por gusto, sólo leo novelas policiacas. Pero en ese tiempo no me parecía respetable ser así (hoy todavia me parece poco respetable pero soy mas cínica), entonces le dije que sí, a huevo, y saliendo de ahí apunte los nombres. Al otro día se las encargué a un compañero de la escuelita. Con lo que compré mis primeras dos revistas de rock: La Banda Rockera y La Mosca, que fueron las que él me consiguió. Karem nunca volvió a mencionar el asunto y no tuve oportunidad de presumir. Luego de unos años me encuentro contándoles esto como colaboradora de La Mosca. ¿Quién lo iba a decir? Un día hasta salí en una portada (con cara de diazepan) y es un orgullo, porque los grupos mexicanos que consiguen esa portada son raros (saaaaaacto) y por cierto: qué bonita entrevista. Mis deseos para los fundadores en este diex aniversario son: 1, que a Hugo lo reconquiste Ocesa con unos boletos para los Red Hot en primera fila (y que me invite) y 2, que Karem y el Piraña se mochen con un descuento en un tatoo.

Jessy Bulbo

*Publicado originalmente en La Mosca No. 82, febrero de 2004, número del décimo aniversario moscoso.

martes, 23 de octubre de 2012

Danny Elfman: el séptimo Simpson

Después de Homero, Marge, Bart, Lisa, Maggie y Matt (Groening), Elfman es prácticamente
 el Simpson No. 7, gracias al famosísimo tema musical que compuso para la peculiar serie.

¿Existirá algún habitante en este planeta que jamás haya escuchado el tema de Los Simpsons? Lo sé, la pregunta parte de una premisa falsa: seguramente en algunos rincones de Mauritania, Mongolia, las Islas Fiji y Corea del Norte no lo han oído; pero en el resto del mundo, pocas piezas musicales hay tan conocidas como la que ha presentado a esta familia amarilla en cada capítulo, a lo largo de veintitantos años.
  El autor de esa breve e ingeniosa introducción que varias generaciones llevan incrustada en la memoria es hoy uno de los más connotados compositores de bandas sonoras de cine y televisión. A él se debe la música de la mayoría de las películas de Tim Burton –desde Pee Wee’s Big Adventure (1985) hasta Frankenweenie (2012), pasando por Batman (1989), Mars Attack (1996), Sleepy Hollow (1999) y Big Fish (2003), entre varias otras. Danny Elfman es su nombre. Pero así como muchos conocen y reconocen sus creaciones, muy pocos saben su historia y cómo fue que se inició en el arte filarmónico, hace exactamente cuarenta años, nada menos que como líder de un grupo de rock casi olvidado: el singular Oingo Boingo.
  Daniel Robert Elfman nació en la polvosa ciudad de Amarillo, Texas, el 29 de mayo de 1953, hijo de la novelista Blossom Bernstein y del profesor Milton Elfman. La familia se mudó muy pronto a Los Ángeles, California, donde Daniel creció al lado de su hermano mayor Richard, quien se inclinaría por la realización cinematográfica. Ambos acudían muchísimo a los cines locales, pero por distintos intereses. Mientras Richard se fijaba en la manera como eran narradas las películas, Danny se sentía fascinado por las bandas sonoras de las mismas.
  Ya en la preparatoria, este joven nerd fundó una banda de ska y dio sus primeros pasos como músico. Vino entonces un cambio radical en su vida, cuando a punto de entrar a la universidad, su hermano lo convenció de irse un tiempo a París. Fue a finales de los años sesenta y la experiencia resultó fundamental para ambos, ya que se enrolaron en Le Grand Magic Circus, una compañía de teatro musical experimental, en la que Danny tocaba el violín. De Francia decidieron trasladarse a África, para viajar por países como Ghana, Mali y Alto Volta, donde conocieron mucha de la música autóctona, hasta que Danny contrajo malaria y debieron regresar con urgencia a Los Ángeles.
  Una vez recuperado, el joven aventurero ingresó al Instituto de Artes de California, mientras su hermano Richard fundaba un grupo de teatro musical semejante al que habían conocido en París y al que bautizó como The Mystic Knights of the Oingo Boingo. Danny no tardó en incorporarse a estos Caballeros Místicos y cuando en 1972 Richard Elfman filmó su primera película, Forbiden Zone, fue el propio Danny quien compuso el score de la misma. No sólo eso: ese mismo año redujo el nombre del grupo a Oingo Boingo y lo convirtió en una de las más exitosas bandas de new wave de los Estados Unidos.
  Como líder, vocalista, compositor y multiinstrumentista, Danny Elfman logró que su combo grabara siete álbumes en estudio, entre los cuales habría que destacar maravillas como Only a Lad (1981), Nothin to Fear (1982) y el clásico Dead Man’s Party (1985). Su estilo musical tomaba prestados ritmos de corte africano y balinés, mientras que la presencia de su sección de metales le dio siempre un sello distintivo. En cuanto a sus presentaciones, éstas tenían mucho de espectacular y de teatral y a lo largo de los años setenta sus enloquecidos conciertos atraían multitudes en el área de Los Ángeles.
  Oingo Boingo no grabaría su primer disco sino hasta principios de los ochenta y fue a lo largo de esa década del siglo pasado cuando la elástica agrupación (comenzó como trío y llegó a tener a ocho o más integrantes) consiguió su plena consagración, hasta separarse a mediados de los noventa, ya que Elfman tenía cada vez menos tiempo para la banda.
  No sólo por su trabajo para Tim Burton. Cada vez eran más los productores y directores de cine y televisión que lo solicitaban para que musicalizara sus filmes y programas. Desde Sam Raimi hasta Ang Lee y desde Matt Groening hasta Guillermo del Toro, todos querían que trabajara con ellos.
  Aún así, Danny Elfman, el pelirrojo y original compositor, se dio tiempo para atender a los viejos camaradas y en 1995 organizó un concierto de despedida para su grupo. El mismo quedó registrado en un disco doble y un DVD titulados Farewell. Es una buena oportunidad para disfrutar la música de Elfman y su Oingo Boingo…, además de seguir viendo a Los Simpsons.

(Texto publicado el día de ayer en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario).

lunes, 22 de octubre de 2012

Los 25 mejores discos de rock no inundados con lugares comunes

Por Viridiana Villegas Hernández

Cerca del precipicio es donde se encuentra el tomo 43 de la colección de los Cuadernos 
de EL FINANCIERO, en el que el crítico Hugo García Michel presenta una recopilación 
de reseñas que, en orden cronológico, pretende ser una breve muestra de obras destacables realizadas a lo largo de la historia del rock; un recorrido que va de Los Locos del Ritmo a Jack White.

Es recurrente [de manera errada y poco acertada en la mayoría de las ocasiones] que las revistas especializadas y demás publicaciones consideradas de corte roquero insistan en realizar a fin de año listas de los mejores discos; sin embargo, en esta ocasión nos ocupamos de un trabajo editorial peculiar: se trata de una reunión de reseñas a la que los convencionalismos no fueron invitados y por ello, en los 25 capítulos que la componen, no encontraremos esos legendarios álbumes que ya hemos disfrutado una y otra vez, sino joyas discográficas que cualquier melómano conocedor debe jactarse de poseer en su colección particular. Aquí hallaron cabida, por ejemplo, el Face to Face de The Kinks; Super Session de Michael Bloomfield, Al Kooper y Stephen Stills; Twelve Dreams of Dr. Sardonicus del quinteto Spirit; Daydream Nation de Sonic Youth e incluso el Circuital de My Morning Jacket, sólo por mencionar algunos.
  Durante una charla con un nada amargado Hugo García Michel, concluimos que si bien no integró a este volumen bibliográfico álbumes de maestros como Leonard Cohen, Bob Dylan, ni siquiera un disco de los Beatles, fue porque los sonidos e influencias de estos grandes músicos se encuentran impregnados, de alguna u otra manera, en cada uno de las producciones que en su momento como crítico se ocupó de reseñar.

-La selección de textos para este libro fue arbitraria -nos dice el autor de Cerca del precipicio / El Señor Fantasía y otros 24 déja vu-. Si bien es cierto que son reseñas llevadas a cabo a lo largo del tiempo y que he publicado en diferentes medios, considero que es una recopilación de aquellos discos que [sin tanto bombo y platillo] también son clásicos y, por ello, el criterio más importante que utilicé fue no tomar en cuenta los lugares comunes, como hubiera sido escribir acerca del Sargento Pimienta [de los Beatles] o el Dark Side of the Moon [de Pink Floyd] que siempre salen a flote en todas las recopilaciones de los mejores discos de la historia. En realidad preferí concentrarme en álbumes que para mí sí son buenísimos, aunque no los tomen en cuenta por doquier.
  -Entonces, si no son los 25 mejores discos del devenir roquero anglosajón [donde también incluyó algunas muestras de buenos trabajos en español], sí lo son a nivel personal...
  -No, para nada. ¡Si me preguntaran por mis mejores discos rebasaría la centena! Por otra parte, mi intención también era cubrir, de forma cronológica (aunque no tan concienzuda), al menos 50 años de la historia del rock, partiendo del álbum Rock! con Los Locos del Ritmo, de 1959, hasta llegar a 2012 con Blunderbuss, la interesante entrega solista de Jack White.
  -Justo es como si los Beatles, Dylan, Cohen o Bowie permanecieran en el background de estos textos; es decir, al realizar sus reseñas le sirven como fuertes puntos de referencia que enriquecen su escritura crítica.
  -¡Exacto! Para mí ellos son grandes genios poseedores de discos maravillosos y estupendos. No obstante que respeto a los clásicos, quise dar a conocer otros trabajos valiosos que por ser muy viejos mucha gente desconoce, como es la labor de Spirit o el álbum Super Session. En este tomo recuperé a Traffic, una banda tan importante en el rock y de la cual las nuevas generaciones no tienen idea de su existencia.

  -En varios de estos textos es recurrente encontrar información acerca de qué hacían los Beatles mientras otra agrupación editaba un nuevo material discográfico. Pareciera que el trabajo de este cuarteto inglés fuera un constante bálsamo para la fluidez de su escritura.
  -¡Qué observadora! Yo no me había dado cuenta de eso y es verdad: para mí los Beatles están apartados de todo lo demás porque casi cada una de sus composiciones se ha convertido en un tema clásico. Sin duda, en mi trabajo esta banda siempre ha sido una clara referencia por sus virtudes al manejar perfecto la melodía, la armonía, los arreglos, las letras... Revolucionaron todo.
  -¿Hoy día cómo es apreciada la reseña de rock?
  -En muchas ocasiones las revistas caen en la misma superficialidad que abunda en el rock nacional; por ejemplo, cuando los periodistas son amigos de los músicos mexicanos, quedan bien con su nota para conseguir boletos gratis para los conciertos y, en esos casos, no existe un análisis musical serio, sólo adulaciones. Asimismo, se concretan a dar más información que opiniones críticas por medio de las cuales se argumente por qué sí o por qué no es buena una obra. Es verdad que éste es un oficio muy subjetivo e instintivo a partir de conocimientos previos; sin embargo, uno sabe que un disco trascenderá cuando logra transmitir algo indescriptible al escucha.
  Le replicamos a García Michel que hay discos proféticos -como apuntara en la reseña sobre el trabajo que Velvet Underground realizara en 1967, a partir de una propuesta del artista pop Andy Warhol-, en los que es posible encontrar antecedentes de sonidos que tomarían una estética propia de manera posterior. Al contestar, nos demostró por qué es precisa la ilustración constante para escribir sobre música [y es que, como bien advirtiera el maestro Jorge Ayala Blanco: la crítica es creación]: "A mucha gente le gusta escuchar a Interpol, pero no sabe que antes vino Joy Division e hizo lo suyo y que, tiempo más atrás, irrumpió en la escena Velvet Underground que revolucionaría con su música oscura, minimalista, con letras profundas, ácidas y críticas".

Ausencia de feeling y soul
La parte axiomática de la crítica, afirma Hugo García Michel -autor de Cerca del precipicio / El Señor Fantasía y otros 24 déja vu, tomo 43 de la colección Los Cuadernos de EL FINANCIERO-, "es no aceptar las cosas como otros nos las entregan y, a su vez, implica ejercer la autocrítica. Nikito Nipongo sostenía que la crítica debía ser destructiva, pues no existe en su modalidad positiva, y estoy de acuerdo con él: mi obligación es desestructurar y analizar lo que escucho, lo cual no me convierte en un amargado (como me han hecho fama), sino en una persona feliz a la que le divierte su ejercicio periodístico".
  Si bien es cierto que García Michel es un severo crítico del rock en español, acepta que existen excepciones que han resultado gloriosas dentro del rock, como los álbumes Rock! Con Los Locos del Ritmo, No me hallo de El Personal, La canción de Juan Perro de Radio Futura y Odio Fonky de Jaime López y José Manuel Aguilera, los cuales tuvo a bien incluir en esta reunión de reseñas musicales.
  -Siempre me ha parecido que el rock mexicano nunca ha sido tan bueno ni prolífico debido a su deficiente cultura musical. Los músicos en México, desgraciadamente, son como los futbolistas, que se mantienen en un grado de ignorancia impresionante; por ejemplo: los grupos nacionales más recientes no poseen la fundamental referencia de que el rock nació a las orillas del Río Mississippi y no en el Río de La Plata con Soda Stereo. Se han conformado (con sus honrosas excepciones) con ser poseedores de un pequeño bagaje y no profundizan en la cultura, en más de 50 años de la historia del rock. Si bien dentro del jazz contamos con grandes virtuosos, en el rock mexicano son contados los músicos interesados en trascender por su creatividad y no gracias a la fama.
  -Los medios de comunicación han contribuido a que las aspiraciones musicales estén sólo ligadas a la fama, incluso a partir de la reseña de producciones discográficas intrascendentes...
  -Sí y esto ocurre con alarmante frecuencia en México. A través de la historia, las revistas en nuestro país han tenido siempre la función implícita de cobijar o apoyar al rock mexicano, cuando su misión debiera ser la crítica responsable, no el convertirse en agencias de relaciones públicas. Esto daña, más que al periodismo, al creador, al hacerle pensar que va por un buen camino, cuando en realidad carece de toda calidad en su trabajo. Yo no veo en las bandas nacionales el feeling; al contrario: cantan con frialdad pura, sin alma, sin soul, sin ese espíritu con el que, según yo, debe contar todo buen músico.

  Cerca del precipicio / El Señor Fantasía y otros 24 déja vu, de Hugo García Michel, puede ser adquirido llamando al teléfono 5227-7651 en la Ciudad de México y 01800-0156200 y 01800-2015788 en el interior de la República por un costo de 50 pesos.

(Entrevista publicada en la sección cultural del diario El Financiero, el pasado 24 de septiembre de 2012)

domingo, 21 de octubre de 2012

Pulp Fiction

Luego de mucho  tiempo, volví a ver Pulp Fiction (1994), la delirante segunda película de Quentin Tarantino y fue como verla por primera vez. Me dieron ganas de revisarla luego de haber vuelto a ver Jackie Brown (le tercera cinta dirigida por el mismo realizador). ¿Cuál me gusta más de las dos? Difícil decirlo. Ambos son estupendas e igualmente enloquecidas, aunque difieren en su estructura. Mientras Jackie Brown narra una historia más o menos (dije más o menos) lineal, Pulp Fiction tiene más rompimientos, más historias paralelas y más juegos con el tiempo (de hecho cierra con la anécdota inicial, misma que ya habíamos olvidado debido a la riqueza de situaciones y personajes a los que estuvimos siguiendo a lo largo de casi dos horas; pero ese final ocurre, cronológicamente, antes de lo que vimos en toda la parte media del filme: me quito el sombrero). Uno no sabe cuál es su historia favorita, si la del par de simplísimos y jocosos matones interpretados por John Travolta y Samuel L. Jackson (cuyo personaje en Jackie Brown me parece aún más rico y disfrutable), la de la noche loca entre el propio Travolta y la sensual y disparada Uma Thurman (en el papel de la hoy ya legendaria Mia Wallace); la del boxeador que desafía a un negro mafioso y su noviecita inocentona (Bruce Willis y Maria de Madeiros) o la intervención de Mr. Wolf (el siempre estupendo Harvey Keitel) para limpiar la escena de un crimen por demás estúpido, debido a una pistola que se dispara accidentalmente cuando un carro pasa por un bache. El humor negro, negrísimo, campea a lo largo de Tiempos violentos (como se le bautizó en México)
  Hay escenas inolvidables: el concurso de twist; el restaurante atendido por meseros disfrazados de Buddy Holly, Marilyn Monroe y Ed Sullivan; la resurrección intempestiva de Mia luego de darse un pasón, al confundir la cocaína con la heroína; el genial diálogo entre Travolta y Jackson sobre cómo llaman a las hamburguesas en Francia (parece sacado de un capítulo de Seinfeld); la violentísima secuencia entre el boxeador y el mafioso capturados por un par de sádicos violadores y, por supuesto, el asalto al restaurante con que abre y cierra la película.
  La música es perfecta y los diálogos fabulosos, no se diga las actuaciones, la edición y la dirección. Pero aun con todo ello, me sigo quedando con Jackie Brown como mi cinta predilecta de Tarantino
  Habrá que seguir el ciclo tarantiniano, con algunas obras que ya he visto y otras que aún no.

sábado, 20 de octubre de 2012

Michoacán no es Michigan

Una muy entrañable amiga me dijo una vez, por allá de 1994 o 1995, en pleno furor neozapatista del que ella, hermosa veinteañera, era fiel y apasionada fan fatal, que jamás estudiaría inglés y que prefería mil veces aprender tzotzil o tzeltal. Lo afirmó completamente convencida aunque, por supuesto, jamás se metió a tomar clases de lengua chiapaneca alguna. La volví a ver hace un par de años, ya más madurita y convertida en madre de una preciosa niña. Tal vez se había olvidado de aquel viejo propósito indigenista, porque me dijo muy quitada de la pena: “¿Qué crees? Estoy estudiando inglés”.
  La anécdota vino a mi mente al enterarme, con un azoro semejante al que me provocó mi amiga hace más de tres lustros, de que una de las razones principales por las cuales los estudiantes normalistas michoacanos están protestando –aparte de secuestrar y quemar autobuses– es, precisamente, porque no quieren que los obliguen a aprender inglés (y, de paso, tampoco computación). O sea, what the fuck?
  No sé si en lugar de lengua inglesa, los muchachos estén proponiendo estudiar purépecha o náhuatl antiguo y si en vez de computadoras prefieran volver al ábaco, pero no deja de sorprender que los supuestos progresistas mexicanos continúen en su afán de retroceso y su vocación por negarse a subir al carro de la historia (ahí están los izquierdosos que quieren regresar al nacionalismo revolucionario o los Yo Soy 132 y su pasión por el control stalinista de los medios).
  Esa idea infantiloide de que no debemos aprender “el idioma del imperio”, ya no la sostiene ni Hugo Chávez. Es como si los estudiantes de aquellas normales gritaran “¡Aquí es Michoacán y no Michigan!”, mientras le echan más gasolina al fuego en una entidad de por sí explosiva y en situación crítica.
  Entre la maestra Gordillo y su SNTE y los normalistas michoacanos y la CNTE, todos parecen empeñados en ver quién le da más en la madre al sistema educativo del país. Hasta ahora, ambas partes lo están logrando.
  Pobre México, tan lejos de la educación de excelencia y tan cerca de la más rampante estulticia.

(Publicado hoy en mi columna Cámara húngara de Milenio Diario).

viernes, 19 de octubre de 2012

El reventón

Ana Luisa Pelufo en "El reventón".
Vi de madrugada y por casualidad, por el canal De película, una cinta mexicana verdaderamente inenarrable, uno de los peores filmes que me ha tocado presenciar a lo largo de mi vida. Hablo de El reventón (1975), dirigida por Archibaldo Burns, el mismo que realizó Juego de mentiras (1967) y Juan Pérez Jolote (1973) .
  Es curioso, porque El reventón goza de cierto prestigio debido a que algunas escenas le fueron censuradas en su momento y eso le dio un halo de película prohibida. Claro que después de verla, yo también la hubiera censurado y prohibido, pero no por transgresora o atrevida, sino por mala. De verdad, qué cosa más pretensiosa y al mismo tiempo más mal escrita, filmada, actuada, fotografiada y editada. Toda la escena de la fiesta (que se lleva casi la mitad de la cinta) es verdaderamente terrible. Con una música irritante (un dizque jazz con un saxofón chillón que no para en sus "improvisaciones"), la secuencia muestra a unos personeros de la alta burguesía defeña (ya se sabe, puros "jóvenes ricos, ociosos y degenerados") mientras bailan, beben, ríen, fajan y tienen sexo velado, al tiempo que pronuncian frases "osadas" y de una falsedad esnob que mueve a la carcajada. Entiendo que en 1975 eso haya sido escandaloso, pero hoy se ve francamente bobo y naïve. La famosa fiesta se reduce a ver a un joven llamado Diego (interpretado -es un decir- por Juan David Burns, hijo del realizador), quien con una máscara de gato puesta recorre las diferentes habitaciones de la mansión en dónde se celebra la supuesta orgía (una orgía más light que cualquier fiestita de veinteañeros actuales) e intercambia diálogos absurdos y mamoncísimos con diversos asistentes (en un cuarto, hay un pintor "existencialista" que lanza brochazos sobre unas cortinas y luego las desgarra mientras grita "¡me celebro, me canto!").
  Luego, hastiados del alcohol, el sexo y la música, los fiesteros deciden hacer algo "trascendente" y Diego propone secuestrar a su propio y millonario padre (Ignacio Retes) para sacarle tres millones de pesos a nombre de un supuesto Frente de Liberación Revolucionaria (sic). Las escenas del secuestro, el pago del rescate y la liberación son de risa loca, pero la reacción de la esposa del secuestrado (Lucila Balzaretti), cuando se entera del hecho, no tiene parangón dentro de lo que podríamos llamar el mundo de las peores actuaciones de la historia.
  Al final, quién sabe cómo, la policía arresta a todos los implicados en el secuestro, incluido el hijo de la víctima, los trepa en una julia y se los lleva. Fin.
  Entre los actores aparece gente como Fernando Balzaretti, Ana Luisa Pelufo, María Cardinal, Zully Keith y Arnaldo Cohen.
  Lo peor es que la película no es humorística, sino "seria y de crítica social". Qué cosa.

jueves, 18 de octubre de 2012

Alain de vuelta en casa

Anoche regresaron mi hijo Alain y su novia Hallet de su incursión por tierras quintanarroenses y veracruzanas, en las cuales pasaron cerca de cinco meses. Estuvieron cuatro meses en Bacalar y uno en el puerto de Veracruz. Sin duda resultó para ellos una buena y muy importante experiencia. Ahora a absorber todo lo que vivieron y a reemprender el vuelo en este DF que es su ciudad y que es donde estamos la mayoría de quienes los amamos y los apoyamos. Bienvenidos a casa.

miércoles, 17 de octubre de 2012

The Big Easy

Una de las grandes películas de los años ochenta del siglo pasado, dirigida por ese gran director que es Jim McBride. Situada en una Nueva Orleans misteriosa, fascinante y caótica, The Big Easy (1987) narra una historia que bien podría situarse en alguna ciudad del México actual como Torreón, Reynosa, Monterrey o Juárez. La guerra entre cárteles de la droga, la corrupción policiaca, las frases hechas ("se están matando entre ellos"), la complicidad entre jefes policiacos y padrinos de las mafias nos muestran que hoy día nada hay de nuevo bajo el sol. Todo este entorno para mostrar también una intensa relación de amor y sexo entre un agente policiaco más o menos corrupto (interpretado por un irónico Dennis Quaid) y una agente de asuntos internos más o menos recta (interpretada por una cachondísima y vulnerable Ellen Barkin en su mejor momento). El estudio de personajes es complejo y profundo, el humor negro campea por todos lados, la violencia surge en cualquier instante, el sudoroso erotismo escurre en escenas memorables, la música no tiene desperdicio; no hay bueno y malos en esta cinta prácticamente olvidada y que de manera injusta nadie considera en las listas de mejores filmes de todos los tiempos. Una maravilla.

martes, 16 de octubre de 2012

Led Zeppelin: la canción aún es la misma

Lo conocí en 1969. Yo tenía catorce años de edad y nada sabía de su existencia. Veía un programa de videos de rock (cuando aún no se les llamaba videos y mucho menos videoclips) en el antiguo Canal 13 (antes de que perteneciera incluso Imevisión) y, de pronto, en la pantalla del viejo televisor familiar en blanco y negro, apareció un explosivo cuarteto en un austerísimo estudio de TV, para tocar un tema que me dejó boquiabierto. Nunca había escuchado algo semejante. La canción se llamaba “Communication Breakdown” y estaba dominada por secos golpes de guitarra, un bajo de gran precisión, una batería enloquecida y la voz agudísima de un vocalista rubio de ondulada melena. El poderío de la música me voló el cerebro. Ni siquiera me di cuenta de que aquel grupo, llamado Led Zeppelin, estaba haciendo playback (eso lo descubrí hasta hace relativamente poco tiempo, cuando volví a ver dicho video en YouTube) ni imaginé que llegaría a ser una de las agrupaciones más extraordinarias e influyentes en la historia del rock.
  Jimmy Page, Robert Plant, John Paul Jones y John Bonham conformaron a un grupo de leyenda a lo largo de once años, hasta su disolución en 1980, a raíz de la muerte de Bonham. Sus cuatro primeros discos son clásicos absolutos y cuando menos los dos siguientes resultan joyas resplandecientes.
  Hoy, súbitamente, Led Zeppelin (y no Led Zepellin, como he visto que lo escriben algunos) ha vuelto a la palestra, al anunciarse el estreno de la película Celebration Day (será exhibida en los cines de Londres y de varias partes del mundo mañana miércoles 17) y la aparición del CD y el DVD respectivos para el 19 de noviembre. Se trata de un documental con el último concierto que dio el grupo, en 2007, en una reunión de los tres sobrevivientes del mismo más la aparición en la batería de Jason Bonham, el hijo de John.
  Esperemos que la cinta sirva para revalorar al Zeppelin –y que las nuevas generaciones lo conozcan y lo disfruten– y esperemos, por supuesto, que también sea estrenada en México.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡Hey! de Milenio Diario).

lunes, 15 de octubre de 2012

Duda filosófica

Cuando de chico estudiaba inglés, me enseñaron a pronunciar what como juat y where como juer. Dado que se me quedó dicha pronunciación, ahora es frecuente que me corrijan para echarme en cara: "¡no se dice juat, se dice guat!" o "'¡no se dice juer, se dice guer!". Muy bien, pero entonces... ¿por qué who se dice ju y no gu? Que alguien me explique.

domingo, 14 de octubre de 2012

Domingo con Denisse

Vino Denisse a pasar buena parte del domingo conmigo y estuvimos muy a gusto. Comimos juntos y terminamos de ver la tercera temporada de Weeds en una especie de medio maratón. Ya habíamos visto también la primera y la segunda temporadas de esta divertidísima serie. Insisto en que es como la otra cara de Breaking Bad, un rostro relativamente más amable, aunque el humor que maneja es igualmente negro e híper sarcástico. Genial.
  Denisse se fue como a las siete y media. Nos tomamos varias fotos.

sábado, 13 de octubre de 2012

Bryce Echenique y Fernández Noroña


Llamativo el caso de Alfredo Bryce Echenique, el controvertido, divertido y extrovertido escritor peruano a quien la Feria del Libro de Guadalajara otorgará el premio FIL de Lenguas Romances 2012. Hay quienes en México exigen con vehemencia que el galardón no le sea entregado, debido a los probados casos de plagio por los que ha sido acusado y condenado en su propio país. Mientras tanto, otro sector alega que lo de esos plagios es un detalle baladí y que Bryce debe agenciarse sin mayores problemas la presea y el dinerillo que la misma conlleva (ciento cincuenta mil dolarucos nomás). Yo opino que para que todos queden contentos, se declare que lo que el autor de Tantas veces Pedro ha hecho no es plagiar sino samplear. Bryce Echenique es un literato sampleador, cool!
  Lo que no deja de resultar curioso es que las expresiones en pro y en contra de Echenique-nique-nique sean más o menos las mismas que se enfrentaron en las pasadas elecciones. La supuesta izquierda defiende al inca, mientras que la pretendida derecha lo ataca. Los progres son bryceecheniquistas y sus adversarios antibryceecheniquistas (¡puf!). Me preguntó entonces cuál será la posición al respecto de alguien que podría ser, sin broncas, el personaje bufo de alguna de las novelas del escritor andino. Me refiero a Gerardo Fernández Noroña.
  La verdad, no creo que a don Geras le interese todo este embrollo de exquisiteces literarias. Él está en otras cosas más reales, más rudas y definitivas; como su lucha por rebasar a AMLO por la izquierda. Si Martí Batres quiere ser el Mini-Me del Noroñas en la Cámara de Diputados, GFN va por el título de nuevo Pejemán. Por eso sitia el Senado con cincuenta o sesenta fieles para tratar de echar abajo la reforma laboral. Ya que de Andrés Manuel ni sus luces, es el ahora o nunca para Fernández Noroña como prospecto de líder social lejos de Morena. ¿Lo logrará? ¿Conseguirá plagiar la personalidad de López Obrador? ¿Le plagiará su partido? Está visto que el plagio da dividendos, pero creo que la tiene más dura que Bryce Echenique (y no es albur).

Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario.

viernes, 12 de octubre de 2012

Jimi Hendrix


¿Pertenecía Jimi Hendrix al planeta Tierra? Seguramente él mismo se sentía extraterrestre o cuando menos un ser dotado de poderes paranormales. Después de todo, era un fanático de la literatura de ficción científica (Borges dixit) y, por ende, podría haber creído firmemente en sus capacidades más allá de este mundo. Lo cierto es que como guitarrista en particular y como músico en general, Hendrix sí parecía un ente absolutamente por encima del promedio de los seres humanos. Su capacidad como autor, ejecutante y arreglista resultaba avanzadísima para su tiempo. Aun hoy día, al escuchar sus discos, uno no puede más que concluir que el tipo no sólo estaba varios pasos por delante de la música de su época (basicamente la segunda mitad de los sesenta), sino que lo sigue estando con respecto a la que se hace en la actualidad. A más de cuarenta años de su muerte, Jimi Hendrix continúa siendo un vanguardista. Nos encontramos frente a un creador musical en la misma línea revolucionaria de un Robert Johnson en el blues o un Miles Davis en el jazz. Su enorme aportación -desde que creó “Purple Haze” en 1966 (tema en el cual se resume gran parte de lo que sería el rock y varios de sus géneros a partir de entonces), hasta que grabó “Belly Button Window” en 1970 (durante su última incursión en un estudio)- cambió de manera radical las formas y los fondos del arte musical del siglo XX e influyó no sólo en el rock sino también en el jazz, el soul, el rhythm n’ blues, la electrónica y hasta la música culta. Es difícil saber qué tan consciente era Hendrix de su propia trascendencia. Me inclino a pensar que al menos no lo tenía tan claro como lo vemos hoy, con la perspectiva que nos da el tiempo transcurrido. Quizás haya sido lo mejor, porque de esa forma no perdió el piso –en una década tan proclive a los mesianismos- y pudo trabajar en lo suyo: la creación de nuevas coordenadas musicales y la experimentación con la guitarra eléctrica, a la cual llevó a dimensiones fantásticas con los escasos recursos técnológicos con que contaba. Muchos se siguen haciendo la pregunta de hasta dónde habría llegado Jimi Hendrix si no hubiera fallecido tan prematuramente (se fue a los veintisiete años de edad; hoy tendría sesenta y nueve). Es una interrogante imposible de responder, debido a su genio imprevisible y desbordado. No queda entonces más que consolarse con la escucha de su vasta obra discográfica (la mayor parte aparecida después de su muerte), pero sobre todo con la de sus tres primeros álbumes en estudio, discos que constituyen el lugar donde se encuentran concentrados todos los poderes extraterrenos de este músico sin par.

Prólogo que escribí para el No. 16 de los Especiales de La Mosca, en marzo de 2005. Lo actualicé en algunos puntos relacionados con el paso de los años.

jueves, 11 de octubre de 2012

Mi película favorita de Tarantino

No soy especialmente un fan de Quentin Tarantino. Con él me pasa lo mismo que con Tim Burton: su obra me parece irregular y algunas de sus más celebradas películas no me resultan tan dignas de elogio. Además, mi cinta favorita de cada uno de ellos no es la más aplaudida por sus respectivas cortes de seguidores. En el caso de Burton, mi preferida es la enloquecida Mars Attacks! (1996): en el de Tarantino, es la fascinante Jackie Brown (1997).
  He aquí un filme prácticamente perfecto, con una trama más o menos complicada (que parte de una anécdota más o menos sencilla) y personajes delineados de una manera en verdad genial. El sentido del humor es negrísimo y de una ironía deliciosa. La torpeza de la mayoría de los caracteres (con excepción de la inteligentísima Jackie) es delirante. El elenco es perfecto y se ve que disfrutó con sus respectivos papeles. He ahí a grandísimos histriones como Samuel L. Jackson, quien interpreta a un Ordell ambicioso, misógino, palurdo y ojetísimo, desesperado al ver como todo el mundo le ve la cara (aunque de la mayoría logra vengarse con despiadada violencia). He ahí a Robert De Niro como Louis, un ex convicto ladrón de bancos callado, hosco y francamente bruto. He ahí a una deliciosa Bridget Fonda como Melanie, una tan deliciosa como tonta muñeca Barbie putita y drogadicta. He ahí a otros grandes como Robert Foster (cuyo personaje también se salva de la estupidez) y Michael Keaton. He ahí, sobre todo, a la grandiosa Pam Grier como Jackie Brown, una madura y guapa aeromoza de "la peor aerolínea del mundo", una que vuela de Los Cabos, Baja California, a Los Ángeles. La historia, basada en una novela de Elmore Leonard, es realmente buena, pero la realización cinematográfica, contenida e ingeniosa, con diálogos fabulosos, es digna de llamarse una obra maestra.
  Me he encontrado con muchos supuestos fanáticos duros de Quentin Tarantino que nunca han visto esta, su tercera película. Vaya, ni siquiera saben de su existencia. Es una lástima. Ellos se lo pierden.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Tres bellísimas mujeres (y III)

Es como una diva del cine italiano de los años sesenta. Tiene algo de la Loren y algo de la Cardinale. No sé quién es, pero me basta con ver su hermosura morena y mediterránea para saber que la sensualidad palpita bajo sus ropas, en su epidermis, en sus largas piernas, en su desafiante mirada, en su boca entreabierta, en su expresión irresistiblemente neorrealista.

martes, 9 de octubre de 2012

Tres bellísimas mujeres (II)

Dice el famoso tango que fumar es un placer genial, sensual. Puede ser. Como no fumo, no lo puedo asegurar. Pero cuando menos el cine de todos los tiempos nos ha mostrado imágenes de hombres y sobre todo de mujeres que adquieren una gran cachondería al expeler el humo de un cigarro. Como sea, esta foto, la segunda de la serie, no desmiente ese apunte.

lunes, 8 de octubre de 2012

Tres bellísimas mujeres (I)

La foto parece antigua, pero creo que es una recreación más o menos actual. ¿Qué importa? La belleza de la joven mujer es absoluta. Su pretendida ingenuidad, irresistible. Su dulce candidez, cálida y sensual. Perfección casi absoluta en ese cuerpo de líneas precisas y hondonadas retadoras. Sencillamente maravillosa.

domingo, 7 de octubre de 2012

Dark Shadows

Algo pasó con Tim Burton después de su decepcionante Alicia en el país de las maravillas. Porque al igual que con esa cinta suya de 2010, ha vuelto a caer en la desmesura, el exceso y la incongruencia en una película que pudo ser fabulosa (como lo pudo ser Alicia...), pero que termina por ser un chasco  (igual que, sí, Alicia...). Dark Shadows (2012) tenía todo para ser una comedia tan disfrutable como Mars Attack (1996), pero el humor de la primera parte desaparece en la segunda y el asunto se torna solemne y jalado, incluida una lucha dizque épica, aunque al menos no tan ridícula como la de esa Alicia, espada en mano, en combate contra un dragón.
  El elenco es muy bueno, con el siempre presente (en las películas de Burton) Johnny Depp, Michelle Pfeiffer, Helena Bonham Carter, Eva Green, esa preciosa escuincla que es Chloë Grace Moretz y hasta Christopher Lee y un desperdiciado Alice Cooper.
  La historia (basada en un programa de televisión) de un vampiro de doscientos años de edad que reaparece en un poblado de Maine en 1972 daba para mucho más, sobre todo en el tono sarcástico y gótico con el que transcurre la primera parte. Lástima que después el asunto se le vaya a Burton de las manos.
  Ni hablar.

sábado, 6 de octubre de 2012

Martí Batres, el nuevo Noroñas


No tardo ni dos minutos (en tiempo legislativo). Antes de que cantara el gallo, el hábil y malicioso patrocinador de la leche Bety organizó a varias diputadas perredistas, algunas de fornida estampa y morena pinta (y no me refiero al color de su piel, sino al de su devoción sectaria), las uniformó con albas camisetas y las guió con ínfulas de líder bolchevique hacia la toma, no del Palacio de Invierno, de la Bastilla o ya de perdis de la Ciudadela, sino de la indefensa tribuna de la Cámara de Diputados.
  Lo hizo con plena conciencia. No se crea que el cristalazo que se dio minutos antes contra una enorme vidriera del Palacio Legislativo, a la cual hizo añicos, afectó alguna de sus facultades mentales. Nada de eso. El nuevo guía de los diputados, semper fidelis a don Peje y su pandilla, actuó con eficacia guerrillera al treparse a la mesa donde intentaban sesionar legisladores de los otros partidos (y algunos del suyo propio) para arrancarles el micrófono (bueno, eso lo hizo una de sus Adelitas) y pronunciar un incendiario discurso en la mejor tradición fidelista (de Fidel Castro, no de Fidel Velázquez), con el fin de exorcizar a la maldita y satánica reforma laboral.
  Ahí estaba el nuevo líder: la cabeza erguida, la mirada fija en lontananza, la voz estentórea, el brazo esculpido en lo alto, el tórax inflamado de gloria… y un chipote marca diablo. Pero poco importaban ese chipote y algunos raspones, ante la tarea histórica y revolucionaria de impedir que los traidores de la mafia en el poder y sus lacayos impusieran sus oscuros y malévolos intereses.
  Apenas en su primera intervención como histrión extraordinaire, Martí Batres demostró que viene con todo y que nadie podrá disputarle el puesto que dejó vacante Gerardo Fernández Noroña, como único e indiscutible clown mayor de la Cámara baja. Ya lo vimos por el Canal del Congreso. Será el nuevo encargado de los gritos y sombrerazos en San Lázaro, el flamante animador del Circo Bejarano Hermanos.
  Porque el chou debe continuar: sia benvenuto, signore Batres!

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 5 de octubre de 2012

Los discos de mi libro


Para quienes me lo han preguntado, he aquí la lista de los veintincinco discos que reseño en mi libro Cerca del precipicio, en estricto orden de aparición:

1.- Los Locos del Ritmo: Rock! Con Los Locos del Ritmo (1959)
2.- The Kinks. Face to Face (1966)
3.- Traffic. Mr. Fantasy (1967)
4.- The Velvet Underground. The Velvet Underground & Nico (1967)
5.- Cream. Disraeli Gears (1967)
6. Bloomfield, Kooper y Stills. Super Session (1968)
7.- Crosby, Stills, Nash & Young. Déjà Vu (1970).
8..- Neil Young. After the Gold Rush (1970)
9.- Derek & the Dominoes. Layla & Other Assorted Love Songs (1970).
10.- Spirit. Twelve Dreams of Dr. Sardonicus (1970)
11.- The Who. Who’s Next (1971)
12.- Humble Pie. Smokin’ (1972)
13.- Emerson, Lake & Palmer. Trilogy (1972)
14.- Yes. Close to the Edge (1972)
15.- Los Lobos. How Will the Wolf Survive? (1984)
16.- Talking Heads. Little Creatures (1985)
17.- Radio Futura. La canción de Juan Perro (1986)
18.- El Personal. No me hallo (1988)
19.- Sonic Youth. Daydream Nation (1988)
20.- The Black Crowes. The Southern Harmony and Musical Companion (1992)
21.- Jaime López y José Manuel Aguilera. Odio fonky (1994)
22.- The Avett Brothers. I and Love and You (2009)
23.- My Morning Jacket. Circuital (2011)
24.- Sleigh Bells. Reign of Terror (2012)
25.- Jack White. Blunderbuss (2012)

Como se puede ver, no se trata de los mejores veinticinco discos de la historia, sino de álbumes importantes y significativos. Nada más... y nada menos.

jueves, 4 de octubre de 2012

Cerca del precipicio

Esta tarde tuve al fin en mis manos un ejemplar de Cerca del precipicio (cuyo subtítulo es El señor Fantasía y otros 24 deja vues), el libro que me acaba de publicar Víctor Roura en su colección de libros de la sección de cultura del diario El Financiero y en el cual recopilé veinticinco reseñas de discos. La edición quedó muy bonita, con una estupenda ilustración de Neil Young, debida al talento artístico del buen Jorge Manjarrez, quien llegó a colaborar varias veces en La Mosca en la Pared. Sólo debo aclarar que, contra lo que dice el texto de la contraportada, no son los veinticinco mejores discos de la historia, sino tan sólo un cuarto de centena de álbumes que considero importantes, a pesar de que varios de ellos han ido siendo olvidados.
  Para una mejor comprensión acerca de la idea del libro, reproduzco a continuación el texto de presentación original que escribí para el mismo:
  "Escribir de música significa un gran placer. Poder vivir de ello representa un privilegio.
  La música siempre ha formado parte de mi vida. Primero como simple escucha, más tarde cómo músico en sí y al final como escribidor sobre el tema, esta manifestación artística, quizá la más sublime y universal de todas, ha estado presente en mí desde que tengo uso de razón (o de sinrazón). Ha sido el rock el género que más me ha llamado la atención y al que he dedicado la mayor parte de mis energías desde hace ya varias décadas y puedo decir que, a estas alturas, sigue siendo una actividad gozosa y llena de satisfacciones.
  El material que conforma a este libro está constituido por críticas o reseñas a veinticinco álbumes de muy diversas etapas de la historia del rock. Las mismas fueron publicadas en diferentes medios de comunicación a lo largo de varios años y si bien abarcan en su mayor parte al rock anglosajón, hay algunas muestras del rock que se ha hecho en nuestra lengua. Quise ordenarlos de manera cronológica, para evitar jerarquías o preferencias. Todos son discos que me gustan y que de una u otra manera me han marcado como crítico o como simple aficionado al género.
  En cuanto al título Cerca del precipicio (traducción más o menos libre del Close to the Edge de Yes que incluyo en esta selección), lo puse porque la labor de crítico, en cualquier área, siempre nos pone al borde del rechazo o la animadversión de los lectores. Dado que la crítica es por necesidad subjetiva, uno termina siempre por chocar con los gustos contrarios y empieza a crear alrededor un ambiente en ocasiones hostil, con el que se debe lidiar de algún modo. Gajes del oficio, les dicen.
  Agradezco sobremanera a Víctor Roura por la invitación a hacer este libro y agradezco a usted, estimado lector, por la lectura del mismo. Espero que le resulte tan divertido y enriquecedor como me resultó a mí el escribir las veinticinco reseñas pero, sobre todo, que lo estimule a escuchar o volver a escuchar estas veinticinco joyas discográficas".

miércoles, 3 de octubre de 2012

Reencuentros con viejas amistades

Ayer martes comí en Polanco con Jaime Aljure, el editor, en 1998, de mi novela Matar por Ángela. Fue gracias a él, luego de las recomendaciones de Eusebio Ruvalcaba y Sandro Cohen, que mi libro pudo salir en el sello Sansores & Aljure (su socio, el empresario editorial Camilo Sansores, era quien ponía los dineros).
  Actual director de la revista Vértigo, Jaime es un tipazo y así lo demostró al invitarme a comer y darnos un fuerte abrazo, luego de más de doce años de no vernos. Sobra decir que la comida estuvo de lujo, pero más aún la charla que se prolongó por más de dos horas. Surgieron algunas posibilidades de hacer cosas juntos, pero lo más importante fue recuperar una valiosa y generosa amistad.
  Como valioso fue haber recobrado la amistad de Víctor Roura, mi antiguo jefe en la sección cultural de El Financiero, quien no sólo acaba de publicarme el libro Cerca del precipicio (de inminente aparición), sino que el sábado pasado me invitó a platicar con los alumnos del curso sobre periodismo crítico que está dando en el museo León Trotsky de Coyoacán. Fue un encuentro muy cálido el que tuve con con sus pupilos. Hablamos de mis experiencias como crítico de música y como director de La Mosca en la Pared. Al final, pude saludar a otro viejo amigo, Humberto Mussachio, a quien no veía desde mi efímero paso como colaborador de unomásuno, allá por los años ochenta.
  Por si fuera poco, hoy desayuné con mis queridos Adolfo Cantú e Irma Larios, ellos amigos más antiguos todavía, ya que nos conocemos desde 1970. Con nosotros estuvo el esposo de Irma, Mario. Fue muy agradable y el encuentro resultó tan entretenido que estuvimos más de tres horas en el lugar de la cita. Es posible que de ahí salgan cosas muy interesantes a futuro.
  Un gusto el reencontrarme con tan excelentes amigos.

martes, 2 de octubre de 2012

Chip Torres frente al rockcitito


Existen lugares propicios para que surja la música. Los compositores de cualquier género encuentran en determinados ambientes la vena, la inspiración para crear, para escribir, para dar rienda suelta a sus sentimientos, sensaciones e ideas. Para expresar lo que quieren decir, sea lo que sea.
  Sin embargo, hay sitios que uno jamás imaginaría como los ideales para que brote esa alma inspirada y uno de ellos es la Plaza de la Computación, situada en pleno Centro Histórico del Distrito Federal.
  Seamos sinceros: si usted tuviera la facultad de componer canciones, ¿buscaría a dicha plaza para encontrar en ella motivos de arrebato artístico? ¿Imagina que en semejante entorno le llegaría el soplo divino del estro creativo? Quizá no. A menos que ese sea su medio natural y en él se encuentre a sus anchas, a menos que trabaje ahí y responda al nombre de Chip Torres.
  Chip Torres es un vendedor de productos cibernéticos que tiene su puesto en la Plaza de la Computación. Nacido en Ciudad Neza, tuvo la ocurrencia de hacer una canción (al parecer con la ayuda de dos integrantes del grupo El Gran Royal) y grabar un video para, se dice, promover su negocio. No sé si esa haya sido la intención original, pero no hay duda de que le quedó un tema divertidísimo y por demás ingenioso.
  “Te voy a dar un Byte” es la pieza en cuestión y nada le pide, digamos, a lo que han hecho grupos como La Maldita Vecindad, Panteón Rococó o El Gran Silencio, con la ventaja de que el buen Chip no tiene pretensión alguna de parecer políticamente correcto o falsamente cumbianchero.
  “A mí me dicen el Chip de la plaza / y este local es como mi segunda casa / Soy orgulloso de Ciudad Neza / le vendo a los emos, pandos y fresas”, dice Torres en la letra de esta canción con contagioso  ritmo tribal y lo hace con tan soltura y simpatía que de inmediato se siente su autenticidad. Esto es barrio verdadero, no esnobs jugando a ser pueblo.
  “Guárdame en tu memory no me vayas a olvidar / Déjame jugar con la bolita de tu mouse”.
  Vale la pena. Búsquelo en You Tube.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡Hey! de Milenio Diario)

lunes, 1 de octubre de 2012

El amor alucinado


Hay sustancias que enajenan. Hay sustancias que alejan y sustancias que acercan. Las hay que nos brindan instantes de euforia y luego nos arrastran a niveles indecibles de depresión. Otras sólo nos oscurecen, nos obnubilan, nos ciegan, nos hacen evadirnos de todo aquello que odiamos, que no soportamos.
  Hay algunas que resultan inocuas, las hay que se vuelven inicuas. Artificios son y como tal nos servimos de ellas para evitar la realidad, para olvidarla, para fingir que no existe, para hacernos la ilusión de que esa realidad real no es tal sino una ilusión también: una ilusión ilusoria que nos lleva a otra y a otra y a otra más. A veces, casi siempre, regresamos al punto inicial y sobreviene la cruda, física o moral, física y moral. Otras, nos quedamos, como dirían los clásicos sesenteros, en el viaje.
  El enamoramiento no es una sustancia. No lo es en sentido estricto. Pero produce sustancias (de un tiempo para acá se habla de feromonas, testosterona, dopamina, oxitocina y algunas otras de origen químico) que nos pueden trastornar tanto o más que una droga. El enamoramiento suele ser como una venda en los ojos que al no permitirnos ver la realidad de otra persona, nos lleva a crear todo un mundo fantasioso alrededor suyo. Debido a ese enamoramiento, literalmente inventamos al otro o la otra. Le creamos una especie de universo paralelo. Comenzamos a llenarla de cualidades que quizá sólo tenga en pequeñas cantidades o de las cuales de plano carezca. La embellecemos y con ello nos embelezamos. La santificamos y con ello la veneramos. La endiosamos y con ello la adoramos. Ciegos, sordos y mudos, empezamos a confundirlo todo. No importa si esa persona nos corresponde de una u otra manera; aun así, la seguimos llenando de adornos. Pero en caso de que no exista alguna correspondencia, si la deidad que nos ha deslumbrado con sus encantos nada quiere con nosotros, la ceguera se hace más aguda y nuestra dependencia emocional se muestra en todo su patetismo.

  Mi nombre es Arturo y soy un adicto al enamoramiento. Estoy aquí porque no sé a dónde ir. He visto muchos lugares donde se reúnen los llamados alcohólicos anónimos. Los doble A, como les dicen. También hay sitios para los neuróticos y hasta para los que sufren de adicción al sexo. Pero a los enfermos de enamoramiento nadie nos ve como tales. Al menos hasta donde tengo entendido. Si nuestra obsesión amorosa llega muy lejos y empieza a causar daño, a nosotros mismos o a terceros, se nos encauza hacia el consultorio de un psicólogo o, en el peor de los casos, de un psiquiatra, quien nos llena de medicamentos que supuestamente nos curarán de nuestro mal. Pero no hay manera de llegar a alguna casa, entrar a un salón en el que haya reunidos algunos y algunas semejantes, pararse ante ellos y decir: mi nombre es Arturo y soy un adicto al enamoramiento.
  Dije enamoramiento y no amor. Tengo muy claro que se trata de dos conceptos no sólo diferentes, sino incluso contradictorios. Ni siquiera los veo como caras de una misma moneda. No. Después de haber pasado por varias experiencias de enamoramiento, estoy convencido de que el uno y el otro nada tienen que ver. El enamorado no ama. Puede apasionarse, conmoverse, derretirse, sufrir, gozar, entusiasmarse, deprimirse, ir de la felicidad más exultante a la tristeza más miserable…, pero jamás llega a amar. Ni siquiera a sí mismo.
  ¿Cómo? ¿Dice que no me entiende, que estoy hablando tonterías? Permítame y le cuento…
  Durante más de siete años, estuve profundamente obsesionado con una mujer bastante más joven que este a quien ve frente a usted. Yo decía estar enamorado de ella. Ahora sé que no era así. Al principio todo era hermoso, ella correspondió a mis afectos y de alguna manera fuimos eso que los convencionalismos sociales denominan novios. No obstante, diversos factores determinaron que se fijara en otra persona y decidiera dejarme. Ese fue el comienzo del infierno, un infierno enajenado, alucinado, espantoso.
  Como si hubiese yo consumido algún estupefaciente, entré en un estado obsesivo que me hacía interpretar la realidad a mi conveniencia y manipularla de un modo tramposo. Pero yo no me daba cuenta de ello, no lo razonaba. Bueno, sí lo razonaba pero a base de sinrazones. Pensaba que ella no sabía lo que estaba haciendo al dejarme, que yo era el único hombre que le convenía y que cualquier otro que se le acercara sólo era para engañarla y engatusarla. A todos sus amigos y, peor aún, a sus pretendientes, los veía como rivales, como mortales enemigos; me parecían unos patanes cuyo único destino merecido era el de su desaparición de la faz de la Tierra.

  Todo hubiera estado bien o cuando menos no habría sido tan malo, si me hubiese quedado con esos sentimientos para mí solo. Sin embargo, no fue así. Ebrio de celos y de rencor, comencé a mostrarlos de manera abierta y empecé a acosar a aquella joven que lo único que quería era que siguiéramos siendo amigos. Mas la palabra “amigos” me resultaba horrenda. Me parecía como un dique que yo no podía traspasar, una cerca que mantenía a “mi amor” fuera de alcance.
  Desprecié entonces la posibilidad de ser su amigo y la presioné como un loco, sin medir consecuencias, persuadido en forma por demás delirante de que ella era mía y que no podría ser de alguien más.
  En ese estado de enajenación absoluta permanecí a lo largo de seis largos años. Sufrí, la hice sufrir, reñí con ella, conseguí que me llenara de improperios y dejara de hablarme. Yo que hacía todo “para acercarla”, terminé por alejarla en definitiva. Pero no me daba cuenta de lo mal que estaba. Seguía convencido de que la razón se encontraba de mi lado y de que tarde o temprano aquella mujer se daría cuenta de lo mucho que yo le convenía y terminaría por regresar a mi lado.
  ¿Cómo es que ahora puedo razonar las cosas de diferente modo? ¿De qué manera me di cuenta de lo mal que estaba o, como se dice por ahí, en qué momento me cayó el veinte? La verdad es que no lo sé. Yo lo atribuyo a una especie de milagro, porque así fue de repentino e inesperado. De pronto me vino la luz y pude salir de mi estado alucinado.

  Hoy sé que lo que sentía por ella no era amor. Porque cuando uno ama, lo que más debe importarle es la felicidad de la otra persona y lo que menos procuré fue su dicha y sí, en cambio, le propiné muchos momentos infelices. Me justificaba con mi enamoramiento, pero no había tal y si lo había, entonces ese concepto sólo podía equivaler a obsesión, a una obsesión enferma y dañina para todos los que me rodeaban. Porque durante ese tiempo, hablaba con mucha gente y con toda ella me presentaba siempre como la víctima, como el pobre hombre enamorado a quien una mujer ciega no veía como al sujeto ideal y perfecto. Muchos me seguían la corriente. Tal vez para no meterse en problemas conmigo o porque les divertía mi patetismo. Así de bajo caí en el falso nombre del amor.
  Hoy puedo decir que soy otro, un hombre nuevo, un ser humano distinto. La vida de golpe se me aclaró y mi visión de las cosas cambió en una forma que podría calificar, beatlescamente, como de mágica y misteriosa. Ahora veo todo con una transparencia que cómo lamento no haber tenido antes, no haber tenido siempre. Entonces miro a otros, miro a otras, y descubro que están sumergidos en el mismo pantano dantesco en donde yo permanecí atascado durante larguísimos años. Hablan conmigo y me dicen que están profundamente enamorados de equis persona y que no saben qué hacer, porque el objeto de su enamoramiento se alejó de ellos. Sienten que sus vidas no valen la pena y no hacen sino vivir enajenados en un solo pensamiento que no les permite salir de sí mismos, que no los deja hacer que su felicidad dependa de ellos y no de la otra persona. Viven en un averno de celos, inseguridades, temores y de una bajísima autoestima. Sufren el amor en lugar de gozarlo. Aunque en realidad no es amor lo que sienten. Es esa droga feroz e implacable a la que llamamos enamoramiento, laboratorio de sustancias perjudiciales y adictivas, fábrica de sentimientos negativos y destructivos, maquiladora de odio sin fin: odio a los demás y, sobre todo, odio a uno mismo.
  Es el amor alucinado, el amor ficticio, el amor inexistente, la negativa misma del amor. Una venda que pensamos imposible de arrancar de los ojos, de la mente, del corazón y que, sin embargo, ¡es tan fácil de quitar! Lástima que nuestro masoquismo nos lo impida.