sábado, 31 de agosto de 2013

La CNTE y los Rolling Stones

A mediados de los años sesenta, la prensa dirigida a las buenas y decentes conciencias de los Estados Unidos y Europa publicó una foto de los Rolling Stones, con chamarras de cuero, pantalones deslavados, actitud provocadora y caras de beodos (¡saludos, Mr. Keith Richards!) con un pie de foto que rezaba (en el más estricto sentido de la palabra): “¿Dejaría usted salir a sus hijas con tipos como estos?”.
  Me acordé de dicha anécdota en estos días, al ver las imágenes de los digamos inquietos y un tanto bruscos integrantes de la CNTE que han tomado al Distrito Federal como una especie de desfasados spring breakers y que como tales han provocado caos y desmadre por donde se les ocurre turistear, ya sea en San Lázaro, en el Aeropuerto Internacional, en el Periférico o en los Pinos, para regresar a descansar muy quitados de la pena a ese gran hotel garaje en que han convertido a nuestra pobre Plaza de la Constitución, ese Zócalo tan desvalido, tan vilipendiado y lastimado por los profesionales de la política callejera.
  Decía que al ver esas imágenes me acordé de aquella foto de los Stones y no pude menos que preguntarme (y se lo pregunto también a usted, estimado lector, para que responda con sinceridad, allá en el fondo de su ser): ¿le gustaría a alguien que sus hijos tuvieran como profesores a semejantes personajes?
  Dice la reportera Sanjuana Martínez, en un artículo que lleva como título “¡Bien por los maestros!” (sic), publicado en el sitio Sin embargo, que “en el actual panorama informativo, los periodistas chayoteros pasan por periodista honorables. Los periodistas vendidos son ahora respetables comentaristas, conductores de noticieros, influyentes columnistas, plumas ofrecidas al mejor postor que escriben de manera cotidiana lo que el inquilino de Los Pinos desea”. Lo dice, por supuesto, sin aportar pruebas y sin dar nombres, desde su castillo de la pureza. Pues la señora dirá misa, pero yo no dejaría a un hijo mío como alumno de lo que ella llama “el último reducto de dignidad laboral en este país” (resic). ¡Pa su má!

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 30 de agosto de 2013

Amor cachorro

Hay una escena un tanto cruel en esa gran película que es Mississippi Burning de Alan Parker, en la cual un miembro del Ku Klux Klan está en la parte trasera de su casa y al mirar hacia el jardín, ve que sus hijos blancos juegan con los hijos de sus sirvientes negros (la cinta se desarrolla a mediados de los años sesenta) y le comenta a su esposa (cito de memoria): "Pensar que esos niggers son tan bonitos cuando están pequeños, lástima que luego tengan que crecer".
  Sé que recurrir a dicha escena puede ser una mala referencia de mi parte, pero la recordé al mirar en internet algunas tiernas fotos de cachorros de diferentes especies animales y me quedé con la idea de que m encantan los bebés de ese reino, ya sean perritos, gatitos, ositos hormigueros o tortuguitas.
  Sobre todo en el caso de ciertos perros bravos..., ojalá nunca hubieran crecido.
  Digo.

jueves, 29 de agosto de 2013

Cuatro décadas en el lado oscuro… de la luna

Fue en 1973 que apareció este, uno de los discos más trascendentes y revolucionarios de la historia. The Dark Side of the Moon de Pink Floyd marcó un antes y un después en el devenir de la música.

Recuerdo aquel día de junio de 1973, cuando mi hermano Sergio me mostró un disco que acababa de comprar: la edición mexicana de The Dark Side of the Moon, el flamante disco de Pink Floyd, editado en nuestro país apenas unos días antes por Emi Capitol. En su colección, él ya tenía el álbum doble Ummagumma (1969) que yo no me cansaba de escuchar, hechizado por esas atmósferas y esos sonidos surgidos de las mentes delirantes de aquellos cuatro músicos ingleses (los gritos aterradores en la parte culminante de “Careful with That Axe Eugene” eran una de las cosas más escalofriantes y a la vez fascinantes que había yo escuchado jamás).
  Sin embargo, El lado oscuro de la luna era muy diferente, una propuesta totalmente nueva por parte del cuarteto que abandonaba un tanto los largos paisajes instrumentales y psicodélicos para adentrarse en la elaboración de canciones más formales, mas no por ellos menos experimentales y propositivas.
  The Dark Side of the Moon fue grabado en dos partes, la primera en 1972 y la segunda a principios de 1973. Apareció originalmente en Gran Bretaña, el 12 de marzo de hace cuarenta años, para ser publicado posteriormente en otras partes del mundo. A México llegó en junio, en una edición en vinil bastante decente.
  Es muy factible que si Syd Barrett no hubiera perdido la razón en 1968 y hubiese continuado como líder del cuarteto, la historia de Pink Floyd habría sido muy distinta y nos hubiéramos perdido de la existencia de discos que hoy consideramos fundamentales, desde A Saucerful of Secrets (1968) y Atom Heart Mother (1970) hasta maravillas como Wish You Were Here (1975), Animals (1977) o The Wall (1979), por sólo mencionar algunos. Quizás habríamos tenido otras obras de arte de la música, pero eso jamás llegaremos a saberlo. El hecho es que con la salida de Barrett y la llegada de David Gilmour, el bajista y cantante Roger Waters tomó el control de la agrupación, a pesar de los grandes egos de sus compañeros, en especial el del tecladista Rick Wright.
  El Dark Side fue todavía, sin embargo, un álbum democrático en su creación, pues si bien nació como una idea de Waters, los otros tres integrantes del  grupo participaron como compositores y arreglistas de los diez temas que lo conforman.
  ¿Qué es lo que hace a este álbum tan especial y por qué muchos especialistas lo consideran como el mejor en la historia del rock, aun por encima de maravillas como el Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band de los Beatles, el Who’s Next de The Who, el Blonde on Blonde de Bob Dylan o el Exile on Main Street de los Rolling Stones, por nombrar tan sólo cuatro obras cumbres?
  Muchos son los factores artísticos que se conjugan en los cuarenta y cinco minutos que dura The Dark Side of the Moon. En primer lugar, por supuesto, la capacidad creativa y la originalidad de Pink Floyd que en este disco alcanzó el cenit artístico. En lo musical y lo letrístico, el disco es no sólo impecable sino prácticamente perfecto. No hay en él un solo punto flaco, un momento superfluo, un fragmento que sobre o que no encaje.
  Desde el pálpito del corazón, las voces ininteligibles, las risas y el grito con que inicia (“Speak to Me”), antes de romper en una armonía instrumental acompasada que da pie a un canto a dos voces (“Breathe [In the Air]”), para seguir con una especie de veloz ostinato electrónico y progresivo (“On the Run”), el estruendo de relojes, el tic tac y el juego percusivo que abre la puerta a un tema espectacular (“Time”, con la guitarra y la voz de Gilmour a plenitud) y que se funde con la maravilla asombrosa de “The Great Gig in the Sky”, en la que la voz sobrehumana de Claire Torry nos lleva fuera de este mundo, con un solo vocal implorante (¿espiritual, sexual, ambos?) que sigue causando estremecimientos.
  El lado B de The Dark Side of the Moon prosigue e intensifica la calidad del álbum. Con “Money” (el corte más rocanrolero y hasta bluesero del disco, solo de sax tenor incluido, cortesía de Dick Parry), “Us and Them” (el track más largo, una maravilla absoluta), “Any Colour You Like” (otro instrumental, un tema cuasi pastoral que se torna en una especie de funk alucinado), “Brain Damage” (claro homenaje entre cariñoso y satírico a Syd Barrett) y “Eclipse” (la canción que cierra el círculo, una plegaria, un himno),
  El minucioso trabajo de Alan Parsons en la ingeniería sonora del plato se volvió legendario, mientras que el diseño de la fabulosa portada (debida al recientemente desaparecido Storm Thorgerson) marcó un hito.
  Cuarenta años en el lado oscuro de la luna: el gran concierto en el cielo.

(Artículo publicado hoy en "El ángel exterminador" de Milenio Diario).

miércoles, 28 de agosto de 2013

Veinte cosas que nunca he hecho


Nunca he solicitado una beca.
Nunca he estado en un taller literario.
Nunca he leído a José Saramago.
Nunca he visto una película de Werner Herzog.
Nunca he tenido una hija.
Nunca he bebido un martini.
Nunca he comido caviar.
Nunca he tenido sexo con una Aries.
Nunca he practicado el sexo anal.
Nunca he ido a un prostíbulo.
Nunca he participado en un menage à trois.
Nunca he tenido una experiencia homosexual.
Nunca he tenido una experiencia paranormal.
Nunca he tenido una cuenta de cheques.
Nunca he tenido un teléfono inteligente.
Nunca he sido operado.
Nunca he peleado a golpes con alguien.
Nunca le he entendido al rugby.
Nunca he visitado el estado de Chihuahua.
Nunca he ido a Nueva York.

martes, 27 de agosto de 2013

Muerte y resurrección del álbum de vinil

Cuando irrumpió el disco compacto, a mediados de los años ochenta, muchos poseedores de álbumes de acetato o vinil (que no vinilo, como dicen en Argentina y España) decidieron deshacerse de sus colecciones. Quienes nos negamos a hacerlo fuimos acusados de anticuados, aferrados, fetichistas y retrogradas de la peor estofa: la modernidad apuntaba al CD; atesorar y, peor aún, escuchar discos de 33 revoluciones por minuto fue mal visto a partir de ese momento. La tribu de conservadores que mantuvimos intocados nuestros amados elepés y con ellos las tornamesas para seguir oyéndolos, casi debimos ocultarnos y preferimos guardar en secreto que todavía teníamos semejantes antiguallas.
  Los viniles se depreciaron. Uno podía conseguirlos por veinte o treinta pesos en el Chopo o afuera de cualquier estación del Metro y reponer la aguja del tocadiscos se convirtió en misión casi imposible.
  Así pasaron los años y así llegaron el nuevo siglo y la década actual, misma que ha visto una sorprendente resurrección de los discos de acetato. Primero fueron los diyéis que empezaron a usarlos en el rap (para producir el famoso scratch) y en la música electrónica. Más tarde, sobrevino una revaloración de todo lo antiguo y muchos músicos del orbe decidieron, en plena época de la música digital, sacar sus álbumes en el antiquisimo formato. Ahí está por ejemplo Jack White, cuya disquera Third Man Records está reeditando en vinil muchas viejas grabaciones de blues y folk. Incluso en México, ya hay grupos de rock que tienden a hacer lo mismo.
  Esto nos lleva a preguntarnos qué tanto ha desaparecido la cultura del álbum entre las nuevas generaciones de melómanos, en especial aquellos que gustan de escuchar canciones sueltas y al azar en sus iPods y demás adminículos digitales. Al parecer, no como muchos pronosticaban. Incluso en plataformas como Spotify o Rdio es posible escuchar miles de discos completos, tal como fueron concebidos por sus autores.
  En pocas palabras: los discos que vos matasteis, gozan de cabal salud.

lunes, 26 de agosto de 2013

Un momento erótico de "La Montaña Mágica"

¡Oh, encantadora belleza orgánica que no se compone de pintura al óleo ni de piedra, sino de materia viva y corruptible, llena del secreto febril y de la podredumbre! ¡Mira la simetría maravillosa del edificio humano, los hombros y las caderas y los senos floridos a ambos lados del pecho y las costillas alineadas por parejas y el ombligo en el centro, en la blandura del vientre, y el sexo oscuro entre los muslos! Mira los omóplatos, cómo se mueven bajo la piel sedosa de la espalda, y la columna vertebral que desciende hacia la doble lujuria fresca de las nalgas y las grandes ramas de los vasos y de los nervios que pasan del tronco a las extremidades por las axilas y cómo la estructura de los brazos corresponde a la de las piernas. ¡Oh, las dulces regiones de la juntura interior del codo y del tobillo, con su abundancia de delicadezas orgánicas, bajo sus almohadillas de carne! ¡Qué fiesta más inmensa al acariciar esos lugares deliciosos del cuerpo humano! ¡Fiesta para morir luego sin un solo lamento! ¡Sí, Dios mío, déjame sentir el olor de la piel de tu rótula, bajo la cual la ingeniosa cápsula articular segrega su aceite resbaladizo! ¡Déjame tocar devotamente con mi boca la Arteria femoralis que late en el fondo del muslo y que se divide, más abajo, en las dos arterias de la tibia! ¡Déjame sentir la exhalación de tus poros y palpar tu vello, imagen humana de agua y de albúmina, destinada a la anatomía de la tumba, y déjame morir con mis labios pegados a los tuyos!

Hans Castorp a Clawdia Chauchat
Thomas Mann
La montaña mágica (1923)

domingo, 25 de agosto de 2013

Plegarias atendidas

Singular, divertido y delirante relato del gran Truman Capote. Answered Prayers (1969) es una novela que el escritor dejó inconclusa, pero que aún así causó un escándalo mayúsculo en las altas esferas sociales y literarias de su tiempo. Su título fue tomado de un verso de Santa Teresa: "Se llora más por las plegarias atendidas que por las que no son respondidas" y a lo largo de sus páginas Capote cuenta una extensa colección de chismes, burlas y críticas a la sociedad neoyorquina de los años cincuenta y sesenta, sin medirse al utilizar nombres reales de personas que son de fácil identificación (desde Jacqueline Kennedy -cuando aún era soltera- hasta Albert Camus y muchísimos más que de una manera u otra son evidenciados sin piedad). Su personaje central y obvio alter ego, el gígolo, prostituto y joven aspirante a escritor P.B. Jones es un ácido observador de todo cuanto le rodea y no tiene el menor pudor para dar cuenta de ello con su pluma afilada y despiadada, incluso cuando se trata de intimidades sexuales.
  No es mi libro favorito de Truman Capote (prefiero Desayuno en Tiffany's, A sangre fría y Música para camaleones), pero me divertí mucho al leerlo, gracias a su cínica gracia y a su enorme y sarcástica amenidad. Fue bueno escribir de ello justo hoy que se cumplen veintinueve años de la muerte de este grandísimo literato.

sábado, 24 de agosto de 2013

Tata Cuauhtémoc

El súbito resurgimiento del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano como líder del Partido de la Revolución Democrática es algo que puede tener dos lecturas: una buena y otra mala.
  La buena es que ya hacía falta que el PRD contara de nueva cuenta con alguien en verdad carismático a la cabeza (aunque se trate del mismo líder que lo fundó) y que además mostrara una postura firme pero serena, inteligente y democrática, sin extremismos demagógicos, sin radicalismos iluminados y sin mesianismos delirantes. En ese sentido, la reaparición política de Cárdenas es algo que sólo puede ser bueno para la izquierda institucional (y no tanto para la “izquierda” fanatizada).
  La mala es que fuera del ingeniero Cárdenas no se vislumbra otro liderazgo de ese tamaño y de esa calidad. Marcelo Ebrard, por un lado, ha perdido gas y aunque podría recuperarlo, no es una figura que impacte a nivel nacional. Miguel Ángel Mancera, por el otro, anda como ausente (y no en el sentido nerudiano) y su presencia en el DF casi no se siente (lo ha dejado en manos de centes, esmés y demás fauna, en aras de no convertir a la ciudad “en un campo de batalla”). Eso para no hablar de los chuchos y de otros personajes tan grises que parecen panistas en sacristía.
  Ya que así están las cosas, pienso que el Tata Cuauhtémoc le puede hacer tanto bien a la izquierda democrática como el Tata Martino al Barcelona (aunque el ingeniero no tiene a un Messi, un Xavi, un Iniesta o un Neymar para armar un cuadro de lujo) y no sólo a la izquierda, sino a la institucionalidad del país en general. Su importancia política es un gran contrapeso ante quienes profesan el odio a las instituciones y su primera gran prueba de fuego se dará durante los próximos dos meses, cuando la discusión sobre la reforma energética sea tema dominante y decisivo.
  Ojalá el retorno de Cárdenas no sea coyuntural y permanezca más tiempo en la lid. Estoy cierto que desde el cielo de la izquierda otro ingeniero y gran líder democrático, Heberto Castillo, estará de acuerdo con ello.

(Artículo publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 23 de agosto de 2013

Desayuno en El Pendulo

Me reuní a media mañana, en El Péndulo de la colonia Condesa, para desayunar, con Jaime Ades, Xana Sousa y Esteban Amozorrutia (cantautor, actriz y poeta, respectivamente, aunque en la famosa cafebrería fungen como director de eventos, jefa de prensa y relaciones públicas y coordinador de espectáculos, también respectivamente). Dos feos y una bella, dos mexicanos y una española. Fue un rato muy rico y disfrutable, tanto por lo sabroso de los alimentos como por lo sustancioso de la charla (o viceversa). Planteamos varios puntos de cooperación conjunta entre El Péndulo y la Mosca que deberán reflejarse muy pronto en algunas cosas que ya se irán sabiendo. Fueron cerca de dos horas muy amenas y que seguramente rendirán excelentes frutos. Jaime, por cierto, me regaló su nuevo disco.

jueves, 22 de agosto de 2013

Cristian Castro y "esa chica De la Cruz"

(Un poco de casualidad, me topé con este artículo que escribí en septiembre de 2010 y que me pareció muy ad hoc para reproducir ahora que estamos viviendo los desmadres de la CNTE y la reforma educativa, además de que refleja algunos aspectos de lo que pasaba hace apenas tres años, aunque parezcan diez o más).

¡La clase farandulera ha regresado por sus fueros! De ello no cabe la menor duda, como lo demuestra una maravillosa declaración de ese inefable personaje que es el cantante (es un decir) Cristian Castro.
  El famoso intérprete de “El gallito feliz” llegaba de algún viaje cuando, como de costumbre, fue abordado por los simpáticos chicos de la prensa y a uno de ellos se le ocurrió preguntarle algo poco habitual y que resultó un verdadero torito:
  -Cristian, ¿cuáles son tus héroes favoritos del Bicentenario?
  Acostumbrado a otra clase de cuestionamientos, mucho más frívolos y superficiales, el hijo del Loco Valdés y de la Vero Castro se quedó de a seis, balbuceó unos segundos y lo único que atinó a responder fue algo así como “pues… del Bicentenario… este… admiro a… al gran Octavio Paz… y… ¿cómo se llama?… a esa chica… De la Cruz…”.
  Obvio que fue un osazo del tamaño de los doscientos años que nos separan del inicio de la guerra de Independencia y más atronador que la campana de Dolores o los cañonazos de la Batalla de Celaya, pero si somos justos, ¿cuántos de los reporteros y reporteras que en ese momento rodeaban a Cristian podrían contestar satisfactoriamente a la misma pregunta? Yo creo que muy pocos y hasta me aventuraría a decir que ni uno solo.
  Si la ignorancia en México es terrible, la ignorancia sobre nuestra propia historia alcanza ribetes de tragedia. Gracias a una Secretaría de Educación Pública secuestrada desde hace décadas por esa mafia inenarrable que es el Sindicato Único de Trabajadores de la Educación, el tristemente célebre SNTE que preside la inefable maestra Elba Esther Gordillo, el nivel educativo y cultural de los mexicanos se encuentra por los suelos (y ahí están las estadísticas nacionales e internacionales para demostrarlo). No seamos entonces tan injustos con el pobre de Cristian Castro. Él solamente refleja en sus respuestas una incultura generalizada, producto también de una televisión que se ha convertido a lo largo de decenios en la verdadera (des)educadora de la nación.
  Por eso una cancioncita tan insulsa como “El futuro es milenario”, ese dizque huapango escrito por Aleks Syntek y Jaime López, fue elegida como el tema para las celebraciones del Bicentenario, a pesar de ser una tonada sin chiste, perfectamente olvidable, sin raigambre popular alguna.
  Con todo, el hecho es que el gremio de la farándula se encuentra de vuelta y para demostrarlo, ahí está también Chelita, la hija de Chela y Alex Lora. La niña al parecer ha sido liberada de todo problema legal y ahora hasta aparece en TV Azteca, en plan de gran estrella, invitada en el programa de ese esperpento mediático llamado Laura Bozzo.
  O sea: ¡qué viva el rocanrol! (aunque tenga tufo fujimorista).

miércoles, 21 de agosto de 2013

Hemlock Grove

Terminé de ver esta serie de terror exclusiva de Netflix y el balance fue bueno, aunque no extraordinario. No tiene la calidad de Orange Is the New Black o de House of Cards (que no he terminado), las otras dos series de ese sitio de internet, pero sí está muy bien hecha y la trama es capaz de absorber y mantener la tensión y el interés a lo largo de los trece capítulos de que consta esta primera temporada.
  Basada en una novela de Brian McGreeve y producida por Eli Roth, Hemlock Grove narra la historia de un grupo de estudiantes preparatorianos y sus familias, todos ellos habitantes de la pequeña ciudad de Pennsylvania que lleva el nombre del programa. Una serie de horribles asesinatos tiene lugar en la región, todos ellos contra jovencitas bonitas, y por la violencia de los hechos se piensa primero que se trata de un animal salvaje. Pero la sospecha contra una familia de gitanos recién llegada al poblado hace que se corra el rumor de que uno de ellos, el joven estudiante Peter Rumancek, es un hombre lobo (y en realidad lo es) y las suspicacias recaen sobre él. Hay otra familia a la cual se mira con recelo, los Godfried, multimillonarios y extraños personajes que son dueños de buena parte de Hemlock Grove. Todo se va enredando, a veces de manera un tanto confusa y complicada (está también la presencia de una secta de origen católico). El capítulo final devela varios misterios pero deja otros abiertos (de ahí que ya se anuncie una segunda temporada, al aparecer de sólo diez capítulos).
  Sexo abierto, sangre, sensualidad, horror, violencia, manifestaciones sobrenaturales, fanatismo. religión, de pronto algunos brotes de humor negro, son algunos de los ingredientes de esta emisión que cuanta con buena producción, buen guión, buen casting, buenas actuaciones y buena dirección, lo que hace de Hemlock Grove una serie bastante recomendable. No es una maravilla, pero se disfruta a final de cuentas.
  Vale la pena echarle un ojo.

martes, 20 de agosto de 2013

Dos muy buenos discos

Mientras en México tenemos que buscar con lupa la aparición de un buen disco de rock (o de esa variedad de géneros a veces tan distintos e incluso contrapuestos a los que seguimos englobando bajo la etiqueta de rock), en otros países sucede lo contrario y la producción discográfica es muy rica en cantidad y calidad. Tal es el caso de dos álbumes recientes (uno británico y el otro estadounidense) que quiero recomendar este día.
  1.- El post punk continúa con vida y el trío inglés White Lies lo demuestra con Big TV (EMI/Polydor), un álbum verdaderamente portentoso, el tercero de esta agrupación que si con su anterior Ritual (Geffen, 2011) había causado una gran impresión, ahora no sólo reafirma su calidad musical, sino que la incrementa con creces y nos hace ver (y escuchar) que su estilo, heredado de grupos como Joy Division y Echo & the Bunnymen y de solistas como Nick Cave y Scott Walker, aún tiene mucho que dar sin sonar a copia o a simple remake. La voz de su líder, Harry McVeigh, luce potente y profunda a lo largo de los once cortes que conforman a esta obra altamente recomendable (en especial “There Goes Our Love Again”, “First Time Caller”, “Getting Even” y “Be Your Man”. A mi modo de ver, una de las joyas de 2013.
  2.- Hay cantautoras que deberían ser más conocidas y Sam Phillips sin duda es una de estas. No que sea la más propositiva o la más original, pero sí hay en ella una enorme intensidad y una gran fuerza creativa. Push Any Button (Littlebox Recordings), su más reciente producción discográfica,  es un trabajo variado, lleno de belleza y profundidad, pero también de humor e inteligencia. Con una decena de temas que apenas ocupan poco más de media hora es más que suficiente para redondear esta pequeña joya, en la que destacan canciones como “When I’m Alone”, “You Know I Won’t”, “No Time Like Now” y “Things I Shouldn’t Have Told You”. Si le gustan Fiona Apple y Regina Spektor, no hay duda: Sam Phillips es para usted.
  Dos discos magníficos, yo sé lo que le digo.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).

lunes, 19 de agosto de 2013

José Agustín a sus 69

Conocí a José Agustín por allá de 1969 o 1970. Me refiero a conocerlo en persona, porque para entonces ya había yo leído La Tumba y De perfil (dos novelas que me marcaron para siempre y me impulsaron -como a tantos- a emprender los caminos de la escritura), así como la primera versión de su ensayo La nueva música clásica. Lo conocí porque se hizo muy amigo de mi hermano Sergio, debido al trabajo de éste en el cine de Super 8. Yo tenía catorce o quince años cuando iba con Sergio al apartamento de Agustín en la calle de Adolfo Prieto, en la colonia Del Valle (en ese depto se tomó la foto de portada del No. 8 y último de la legendaria revista Piedra Rodante).
  Recuerdo la simpatía y amabilidad de Agustín, quien apenas unos meses antes había compartido crujía con mi papá en la cárcel de Lecumberri (ambos estuvieron encerrados unos meses ahí y no precisamente por razones políticas). Recuerdo asimismo a su esposa Margarita (no sé si ya había nacido alguno de los tres hijos que tendrían: Andrés, Jesús y José Agustín). De lo que sí me acuerdo es de su guapa hermana, “La Muñeca”, y del genial cuadro de Augusto Ramírez, hermano de Agustín, sobre la muerte del Che Guevara. Poco después me tocaría conocer a Parménides García Saldaña, muy amigo de ellos, pero eso lo contaré en otra ocasión.
  Cuando José Agustín y su familia se mudaron a Cuautla, varias veces fui con Sergio a visitarlo. Mientras, leí varias más de sus novelas y libros (su autobiografía, sus obras de teatro).
  Cuando a principios de los ochenta, en Editorial Posada me dieron la dirección de la revista Natura, quise proporcionarle un toque contracultural y ecologista e invité a colaborar a Agustín, quien aceptó gustoso. Aquello duró un par de años, en los que hablaba constantemente con él por teléfono, cosa que continuó cuando a partir de 1994 se convirtió en uno de los colaboradores fundadores de La Mosca en la Pared, con su columna “La cocina del alma”.
  En 1998, cuando apareció mi novela Matar por Ángela, escribió una crítica sobre la misma en su espacio del periódico Reforma y en su libro La contracultura en México de 2007 le dedicó algunos párrafos a La Mosca y algunas líneas a Sergio mi hermano y a mí.
  Siempre generoso, siempre afable, estuve personalmente con él hace como diez años, cuando con Sergio y mis amigas Isadora Hastings y María José Cortés fuimos a comer a la casa de Cuautla. Una comida bastante sui generis, por cierto. A partir de entonces, no nos hemos visto en persona.
  Como muchos saben, en 2010 Agustín sufrió un accidente en Puebla, un absurdo accidente debido a la presión de un grupo de seguidores suyos y que le costó estar dos semanas en terapia intensiva y pasar por una larguísima recuperación. En septiembre de ese mismo año, tuve la pena de llamarlo para informarle del fallecimiento de mi hermano Sergio. Fue un momento difícil.
  José Agustín aún no se incorpora a la nueva Mosca, mas yo espero que lo haga pronto. Lógicamente, ya hablé con él para hacerle la invitación.
  Hoy que cumple sesenta y nueve años (69: número cabalístico), lo celebro con enorme gusto y jolgorio por lo mucho que nos ha dado su literatura y su obra en general, pero sobre todo por lo buen amigo que ha sido siempre y el cariño y afecto que me unen a él, a su esposa Margarita y a sus hijos (Andrés y José Agustín chico han sido colaboradores moscosos también). Cuarenta y tantos años de amistad incondicional no son poca cosa.
  ¡Un gran abrazo, querido Agustín!

domingo, 18 de agosto de 2013

Elogio del vino tinto

Pocas sustancias tan nobles como el vino tinto. Pocas tan delicadas, tan sutiles, tan acariciantes, tan exquisitas. Su cuerpo es a la vez esbelto y firme; su sabor, ácido y dulce, abrasador y abrazante.
  Amo al vino como a mí mismo. Es sangre roja que bebo en pequeños sorbos y que dejo entrar por la boca para deleitar a mi paladar e invadir mis entrañas. Noble y de alta cuna, generosa y de límpido origen, es bebida sensual que se abre a la sensualidad y permite la sensualidad. Pocos estados de ánimo tan disfrutables, tan gozosos, tan ideales como el que provoca el vino después de la segunda o tal vez de la tercera copa. Líquido vital que estimula los sentidos y desinhibe las conversaciones, las revelaciones, los sentimientos, los deseos, los instintos. El vino es llave, es aceite, es clave, es puerta. Llamarada que enciende la pasión por la vida y sus placeres más suntuosos. Amigo afable y confiable, incondicional, inteligente. Hay que saber tratarlo, hay que saber sobrellevarlo, no hay que abusar de sus bondades.
  Bebo vino únicamente de manera social. No acostumbro beber alcohol al estar a solas y en ello incluyo al vino, aunque se dice que una copa al día ayuda a la salud y mantiene sano el corazón. Pero yo prefiero compartirlo, en especial con mujeres, en especial con amigas. Vino, queso, pan o una bien preparada pizza. Buena música. Ambiente propicio para que surjan la charla, la risa, el bien estar (y por ende, el bienestar).
  No conozco mucho de vinos, debo confesarlo. De hecho, mi favorito es el de una marca española bastante humilde y económica. Hecho en Valencia, el Castillo de Liria resulta en verdad excelente y nadie hasta ahora se ha quejado de su calidad, su sabor, su aroma o su consistencia. También me gustan otros vinos españoles, al igual que el tinto francés, el italiano, el chileno y el bajacaliforniano. He probado el sudafricano y el australiano. Con el que no puedo es con el argentino: por alguna razón, me pega muy fuerte.
  Una extraña mujer que en cierta época fue una buena amiga me enseñó algunas pocas reglas (que hay que dejar respirar a la botella después de abrirla; que luego de un brindis, hay que mirar los ojos de la otra persona al dar el primer sorbo; que nunca hay que dejar que la copa se quede vacía; que hay que tomar ésta de la base que la sostiene) y el padre de Fernando Rivera Calderón me reveló que meter la botella quince minutos al refrigerador, antes de descorcharla, otorga la temperatura perfecta.
  Amo al vino, pues, y lo que más me gusta son las sensaciones que proporciona al beberlo y que ya mencioné líneas atrás, en especial ese mood, ese état d'esprit sensual, inquieto, juguetón, tan confortable y sugerente.
  Bendita bebida, bendito elíxir, bendita sea la uva que le da origen y benditos sean los efectos espirituosos, espirituales, que nos regala. Vino rojo, vino escarlata, vino sangre, vino de tinta.
  La tinta con la que puedo escribir de tantos buenos momentos.

sábado, 17 de agosto de 2013

Pemex y el tigre de papel

Primero fue el PAN, con una propuesta de reforma energética audazmente cargada hacia una cuasi privatización de Pemex. Fue, digamos, la propuesta derechista. Luego vino la del presidente Enrique Peña Nieto –y por ende del PRI– que resultó bastante tímida y en ciertos aspectos hasta timorata y que debió buscar justificaciones que se amparan nada menos que en el ex presidente Lázaro Cárdenas. Falta la del PRD que conoceremos este lunes, aunque más o menos podemos imaginarnos por dónde irá.
  ¿Por qué el PAN se lanzó hacia la apertura casi total a la inversión privada y el PRI propuso cosas mucho más moderadas? Pienso que hay algo de ajedrez (o al menos de damas chinas) en todo esto. Si leemos entre líneas, parecería que los panistas se pusieron de acuerdo con los priistas para ser aquellos quienes colocaran en la mesa una propuesta cercana a la que realmente quiere el gobierno, pero sin que éste reciba los golpes de las llamadas fuerzas de izquierda. No será esa la propuesta aprobada, como tampoco la de EPN, sino una más bien intermedia entre ambas. Para ello, bastará con los votos de PRI, PAN y Verde en las Cámaras. Mas como no se quiere hacer enojar al PRD y al cardenismo y se pretende que este sector se mantenga institucional y no abandone al Pacto por México, seguramente se incluirán varias de sus ideas.
  Hasta ahí, todo bien. Pero falta el otro factor, ese al que inexplicablemente se le sigue teniendo un pavor paralizante. Por supuesto, me refiero al factor AMLO. Como el de Macuspana se siente el defensor de la Patria y del petróleo y muchos todavía se lo compran, el gobierno, los priistas, los panistas y por supuesto los perredistas tratan de armar una reforma energética que no moleste a don Peje y su pandilla. El gran tigre de papel sigue asustando a la clase política y mediante el petate del muerto amenaza con todo su repertorio de movilizaciones y demás parafernalia contestataria. “¡Que se hunda Pemex pero que sobreviva yo!” parece ser su consigna y todos se ponen a temblar. ¿No será hora de que no le sigan más el juego? México debería estar primero, creo.

(Mi columna "Cámara húngara" de hoy, publicada en Milenio Diario).

viernes, 16 de agosto de 2013

Setenta años de Memín Pinguín y su Má linda

El personaje de Yolanda Vargas Dulché cumple setenta años de vida, casi tres cuartos de siglo de formar parte de la cultura popular mexicana al lado de Borola Burrón, Kalimán, Tawa y Calzonzin.

Cuando hace cinco años, la exacerbada corrección política de algunos sectores estadounidenses hizo que un personaje de historieta tan en apariencia inocente como Memín Pinguín se convirtiera en motivo de ofensa para la población de raza negra (está bien: afroamericana) del (diría el lugar común) vecino país del norte, el simpático monito bocón y achocolatado volvió a salir a la palestra de manera quizás involuntaria, en lo que resultó para sus editores un excelente motivo para que el negrito más famoso de México (junto con el Negrito Sandía de Cri Cri y el aún recordado Zamorita) tomara un segundo (o tercero o cuarto) aire.
  Aquel affaire finalmente no pasó a mayores y tampoco dañó el prestigio y el recuerdo de ese niño de color (negro, Les Luthiers dixit) creado en 1943 por Yolanda Vargas Dulché, la madre y autora de todas las Lagrimas y Risas del mundo, y dibujado primero por Alberto Cabrera y luego por Sixto Valencia. Porque a menos que queramos buscarle implicaciones sociológicas, psicológicas e ideológicas a la manera de Armand Mattelart y Ariel Dorfman con el Pato Donald, en realidad Memín Pinguín era una historieta bastante inocua y muy divertida.
  Recuerdo mi encuentro con aquella publicación, editada por Edar (Editorial Argumentos), a mediados de los años sesenta, cuando yo era un niño de diez u once años. Una prima mía la compraba y cada vez que yo iba a su casa, lo primero que hacía era pedírsela para leerla. De ese modo conocí el mundo de Memín (a quien todos conocíamos como “Pingüín”, hasta la fecha no sé por qué) y sus cuatro amigos: Carlangas (el pecoso muchachito bravucón), Ernestillo (el noble hijo de un carpintero) y Ricardo (el niño rico y rubio pero buena onda). También los padres de esos chiquillos eran personajes importantes, pero la más trascendente de todas era la peculiar doña Eufrosina, la mamá de Memín, una tremenda y obesa negra que hablaba con acento caribeño y que para las constantes travesuras de su adorado angelito negro utilizaba su temible tabla con clavo, con la que atizaba las oscuras nalgas de su vástago, quien no obstante la amaba y la llamaba “Ma linda”.
  Editada en sepia, aquella historieta (o “cuento”, como se les decía en esa época) hacía las delicias de muchísima gente y no puedo negar que formó parte de mi educación sentimental, al lado de Tawa, el hombre gacela, Los Supersabios, La Familia Burrón y Chanoc (mi favorita entre todas). Claro, también alimentaba mi cultura historietística con el material de Editorial Novaro: desde los Cuentos de Walt Disney hasta La pequeña Lulú, Lorenzo y Pepita, La zorra y el cuervo, Supermán e incluso la catoliquísima Vidas ejemplares, entre muchas otros revistas “animadas”. Ya después aparecería Rius con Los Supermachos (y más tarde con Los Agachados) para cambiar mi perspectiva por completo.
  Nunca imaginé en aquel entonces que algunos años después, a mediados de los ochenta, no sólo iba a conocer personalmente a la creadora de Memín Pinguín, sino que iba a trabajar directamente con ella.
  Por azares del destino (y del desempleo), en 1979 me convertí impensadamente en guionista de historietas (argumentistas, se nos llamaba) para la Editorial Posada que dirigía Guillermo Mendizábal Lizalde (a quien recuerdo con enorme cariño). Con don Guillermo aprendí los rudimentos para escribir esta clase de literatura, sin saber que era lo que le daría de comer a mi familia a lo largo de dos décadas exactas. En 1983, entré como colaborador a Editorial Vid y luego de algunos años de pergeñar un sinfín de historietas, un día uno de los directores, Manelich de la Parra, me dijo que su madre, doña Yolanda Vargas Dulché, necesitaba un ghost writer para que trabajara con ella en Lágrimas y Risas y que había pensado en mí. Era algo bien pagado y además representaba la oportunidad de escribir bajo la supervisión de la verdadera madre de Memín. Acepté sin dudarlo y a lo largo de casi un año fui el guionista fantasma de una historia llamada "Casandra".
  Doña Yolanda era muy severa (aunque muy afable), me hacía muchísimas correcciones y debía pasar largas horas con ella en su mansión del Pedregal de San Ángel, donde vivía con su esposo, Guillermo de la Parra, el creador de Rarotonga, quien solía estar ahí durante mis visitas (y de cuyo nombre proviene el del personaje: Guillermo-Memo-Memín).
  Le tenía tanto respeto a la señora, me imponía de tal manera, que jamás me atreví a preguntarle sobre Memín y ahora me arrepiento. Ni siquiera llegué a decirle que yo había sido su lector cuando niño. ¡Cosas de la historieta, má linda!

(Texto publicado el jueves 8 de agosto en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario).

jueves, 15 de agosto de 2013

Tania

Somos amigos desde hace más de dos años por facebook y la conozco en persona desde hace casi el mismo tiempo. Sin embargo, fue hasta hoy que pudimos ponernos de acuerdo para que viniera a comer, a tomar vinito, a escuchar música y a platicar. La verdad es que fue una tarde muy agradable. Tania Granados es una mujer muy joven y simpática, pero también muy inteligente y preparada (además de muy guapa). Pachuqueña avecindada en el DF, es un encanto de persona y una buena amiga. Me dio mucho gusto haber sido su anfitrión. Le tomé un par de fotos.
  También antier y ayer tuve bellas visitas. La noche del martes vino mi queridísima Mó, a quien ya hacía tiempo no veía, y ayer vino mi amiga Paola Benítez, a fin de hacerme una larga entrevista en video para la radio-televisión de la Universidad del Valle de México. Con ella vino su novio y camarógrafo. En ambos casos la pasé más que bien.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Decálogo moscoso

1 – La Mosca es un proyecto que pugna por realizar un periodismo crítico, libre, sin censura, claro, ameno, con sentido del humor, serio pero antisolemne, sin compromisos que lo aten, desideologizado, antidogmático, alejado de lo políticamente correcto, informativo, contextualizado y, en su parte escrita, con un manejo rico y correcto del idioma español.

2 – En la Mosca, la materia principal es la música y dentro de ésta el rock y todas sus derivaciones. Sin embargo, nos avocamos también a otros géneros (jazz, blues, música culta, música del mundo) y a otras materias (cine, literatura, medios de comunicación, teatro, artes plásticas, política, tecnología, etcétera).

3 – Con respecto al rock y sus subgéneros, los vemos como un todo que no se limita a lo novedoso y lo actual, sino que atrás tiene una larga historia de más de medio siglo. Por tanto, igual de importante es un disco o un grupo de 2009 que uno de 1967 o de 1991.

4 – Respecto al uso del idioma, tenemos una serie de reglas que se respetan de manera invariable, a fin de conservar la riqueza de nuestra lengua. Para mayores detalles, ver el Manual de redacción moscoso.

5 – Al ser ante todo un proyecto periodístico, en la Mosca se busca manejar todos los géneros del oficio: el reportaje, la noticia, la crónica, la columna de opinion, la entrevista, la reseña, la ilustración, la caricatura, la fotografía, etcétera.

6 – La Mosca es también un proyecto cultural, pero alejado de los parámetros de la cultura exquisita y más aún de la cultura oficial. El término cultura no debe asustarnos. Por el contrario, tenemos que apropiarnos del mismo para hacerlo nuestro y manejarlo desde nuestra particular vision de las cosas. Sin embargo, tampoco debemos abaratarlo con la falsa idea de que todo es cultura.

7 – Nos interesa crear un espíritu crítico y autocrítico en nuestros lectores, espíritu que debemos tener también quienes colaboramos en el proyecto. Esto no significa sin embargo ser críticos a ultranza o tratar de ser siempre los malos de la película. No obstante, jamás debemos permitirnos ser convenencieramente zalameros con tal de lograr favores de instituciones, empresas o individuos.

8 – Como proyecto editorial, buscamos mantener el nombre de una marca, el de la Mosca, el cual se ha consolidado a lo largo de casi veinte años y comercializarlo, siempre y cuando no se hagan compromisos que vayan en contra de nuestra filosofía.

9 – En estos tiempos de tecnología en transformación constante, el proyecto tiene que adecuarse a los cambios para no ser contemplado como un medio anticuado u obsoleto. En su version en internet, esto debe ser aún más claro, mediante el uso de elementos como los chats, las redes sociales, los podcasts, los videos, la radio digital, las listas, etcetera.

10 – Las nuevas generaciones no deben ser descuidadas en sus gustos e intereses, pero esto debe hacerse sin complacencias y con el mismo espíritu crítico que conlleva el proyecto.

(Curiosa declaración de principios escrita por mí en 2009, cuando saqué en internet el sitio de La Mosca en la Red).

martes, 13 de agosto de 2013

Polifónico jolgorio

¿Cómo se le debe llamar a una agrupación conformada por dos docenas de músicos y que incluye guitarras, percusiones, metales, cuerdas, vientos, coros, etcétera? ¿Grupo? ¿Orquesta? ¿Combo? ¿Banda? No lo sé y a final de cuentas da lo mismo, sobre todo cuando nos topamos con la misma dificultad al momento de tratar de definir su música: ¿rock pop? ¿Neopsicodelia? ¿Alternativo? ¿Post rock? ¿Pop sinfónico? ¿Indie cuadrafónico?
  Estoy hablando de The Polyphonic Spree (literalmente: La parranda polifónica), ese proyecto surgido a principios de siglo en una ciudad tan improbable como Dallas, Texas, y que desde 2002, con la aparición de su primer disco, The Beginning Stages of the Polyphonic Spree, ha llenado de enjundia, alegría, energía y jolgorio cada escenario donde se presenta.
  Once años después de aquel álbum debut, llega su cuarto opus en estudio, Yes, It’s True (Good Records, 2013), un trabajo pleno de ese optimismo casi hippie que lo caracteriza. Aunque su sonido se encuentra más emparentado con el de grupos como The Flaming Lips, Spiritualized, The High Llamas o Arcade Fire que con el de cualquier banda texana, The Polyphonic Spree no desprecia del todo sus orígenes, enraizados en el sur más árido y polvoriento de los Estados Unidos. Hay algo en este colectivo de aquellas troupes que constituían los medicine shows de fines del siglo XIX y principios del XX y que recorrían de este a oeste, de Texas a California, toda la franja sureña estadounidense.
  Con Yes, It’s True, la agrupación fundada por Tim DeLaughter (ex Tripping Daisy), su vocalista y front man, no ofrece demasiadas novedades con respecto a sus álbumes anteriores, pero mantiene en alto el espíritu de luminosidad que siempre la ha caracterizado, sin caer (a Dios gracias) en actitudes de corte religioso.
  Con un énfasis mayor en el uso de las percusiones, el flamante disco hará las delicias de los seguidores de The Polyphonic Spree y seguramente le traerá nuevos adeptos. Algo muy positivo en estos tiempos oscuros y desesperanzados. Sí, es verdad.

lunes, 12 de agosto de 2013

Better days

No me refiero a la canción de Bruce Springsteen, tampoco a la de Eddie Vedder, sino a los pasados días 7, 8 y 9 de agosto (para ser más exactos, de la noche del 7 a la mañana del 9). Sin duda, tres de los mejores días en lo que va de 2013. No diré por qué, no diré por quiénes, pero sí: fueron tres días con momentos únicos, espléndidos, maravillosos. De esos que se agradecen a la vida... y a quienes los hicieron posibles.

domingo, 11 de agosto de 2013

La Mosca y yo: Fedro Carlos Guillén

Un buen día, Hugo García Michel, mi dilecto y enamoradizo amigo, me giró la invitación para colaborar en La Mosca. La primera sorpresa es que hubiera una revista con tal nombre, la segunda es que se especializara en rock y la tercera es que alguien en pleno uso de sus facultades la comprara. Por supuesto le expliqué  que yo de Los Carpenters para allá, pero él insistió y en La Mosca me quedé. A partir de ese momento, la revista me abrió las puertas a un público que considero oligofrénico y con aretes en sus vergüenzas. Varios lectores me han escrito con dilemas como asesinar a su novio, preguntarme por un señor que se llama Limp Bizkit o expresarme que el negro es un bello color. Sean bienvenidos y sea este, también, un mensaje portador de buenaventura para Hugo (mi amigo el enamoradizo).

Fedro Carlos Guillén

(Publicado originalmente en La Mosca en la Pared No. 82, febrero de 2004, número del décimo aniversario)

sábado, 10 de agosto de 2013

Yo también hablo de la mota

La escena se ha repetido muchas veces. Estoy en una reunión de amigos, una reunión común y corriente, y de pronto alguien saca un cigarro de marihuana. Lo enciende y empieza a rolar de mano en mano. Al llegar a mí, sencillamente me saltan. Mis cuates saben que no la fumo y el carrujo pasa a otra persona.
  Nunca me llamó la atención consumir mota. A lo largo de mi vida, la fumé en cuatro o cinco ocasiones (la primera, a los catorce años: la más reciente, hace un lustro) y no me hizo efecto más que en la mitad de ellas, con resultados más bien desagradables (en especial las dos últimas: en una, cuando se me trastocó el sentido del tiempo y la distancia; en la otra, cuando me agarró eso que en el argot llaman “la pálida”, ¡ay, nanita!). Aparte, el saborcito que deja me es tan poco apetecible como el del tabaco, droga que tampoco uso.
  Soy un fresa, pues. Sin embargo, no me asusta en absoluto que la gente fume cannabis. Conozco a muchas personas que lo hacen de modo habitual y me parecen tan normales y tranquilas como quienes no lo hacemos. Por tanto, estoy de acuerdo con la despenalización y/o legalización de la yerba. De hecho, me parece que lo ideal sería que todas las drogas fuesen legales, como lo son el alcohol y miles de medicamentos. Pero sé que eso muy difícilmente va a acontecer.
  Son tantos los intereses económicos, políticos y sociales que conlleva el tráfico de estupefacientes, son tales las ganancias que están en juego que no veo cómo se pueda legalizar el asunto y acabar de golpe con su multimillonario lucro. Tal vez se logre con la marihuana y eso de manera limitada.
  Venta y consumo de drogas siempre ha habido. Es un comercio establecido que se volvió fuente de ganancias estratosféricas a partir de que el presidente estadounidense Richard Nixon desató su estúpida guerra contra dichas sustancias (aunque quizá no fue tan estúpida y el tipo vislumbró el negociazo que aquello representaba).
  ¿Se despenalizará la mota en el DF? Sería muy interesante y resultaría una prueba de progresismo para el gobierno defeño actual…, aunque su santo y tropicalísimo patrono se haya manifestado en contra.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 9 de agosto de 2013

El rock triste de The National

Hace poco más de un año, escribía en este mismo espacio acerca de Tindersticks y su entonces reciente álbum The Something Rain (Constellation, 2012) y los señalaba como hacedores de ese rock triste, melancólico y sombrío del que abrevan otros grupos y solistas como Cousteau, The Divine Comedy, American Music Club, Pulp, Nick Drake o Jeff Buckley. En esa ocasión, me faltó mencionar a The National.
  A pesar de su más o menos reciente existencia, The National ha logrado generar un culto alrededor no sólo de su música y sus letras, sino de la propia imagen que proyecta. Su líder y vocalista, el singular Matt Berninger, se ha convertido en una especie de divo indie (por decirlo de alguna manera), gracias a su elegancia a la Bryan Ferry y su característica voz de barítono.
  El quinteto surgió en Brooklyn, Nueva York, a fines del siglo pasado, y está conformado, curiosamente, por dos parejas de hermanos: Scott y Bryan Devendorf (bajista y baterista) y Aaron y Bryce Dessner (ambos guitarristas). Ellos cuatro construyen el marco instrumental perfecto para la voz de Berninger y dan ese sello tan particular que distingue y hace inconfundible a The National y su rock triste.
  Con cinco discos anteriores a este año en su haber –The National (2001, un álbum debut excepcional), Sad Songs for Dirty Lovers (2003, vaya título magnífico), Alligator (2005, otro trabajo excelente), Boxer (2007, muy probablemente su obra maestra) y High Violet (2010, gran plato)–, el quinteto arriba a 2013 con su sexto opus, una grabación que sin llegar a las alturas de Alligator o Boxer, no desmerece en absoluto y presenta algunas novedades en la música de los neoyorquinos.
  Trouble Will Find Me (4AD) es un disco cálido pero angustiado, dulce pero ansioso, conmovedor pero desesperado, bello pero lleno de demonios y de exasperación, casi dostoievskiano, una obra que hace honor a la vulnerabilidad humana y a la insignificancia de esos sentimientos a los que solemos dar una importancia sobredimensionada y desmedida.
  Desde el corte abridor, “I Should Live in Salt”, sabemos a qué nos enfrentamos. Se trata de una canción que tiene mucho de plegaria, de oración melancólica pronunciada desde la soledad. Una belleza sin ternura.
  “Demons”, por su parte, es más como un mantra (“estoy enamorado secretamente de todos aquellos con quienes crecí”), un tema intenso, gracias al manejo majestuoso de la batería de Bryan Devendorf, cuyo instrumento vuelve a brillar en “Don’t Swallow the Cap”, una melodía ligeramente –sólo ligeramente– más soleada y ¿optimista? La voz de Matt Berninger mantiene ese tono mántrico e intenso, casi como si en lugar de cantar susurrara. Pero es un susurro relativo, melódico, profundo. Triste.
  “Fireproof” es un gran tema, tan intenso aunque con menos majestad que “Sea of Love”,  una canción suntuosa y con una pared de sonido que la aproxima al noise rock. Mientras tanto, “Heavenfaced” regresa al disco al tono cuasi religioso, en uno de los cortes más íntimos y hermosos del mismo.
  La segunda parte de Trouble Will Find Me no pierde intensidad pero se vuelve quizás un tanto más inasible, como lo demuestra “This Is the Last Time”, una composición armónicamente vaga, aunque con un final delicado (cuerdas incluidas). “Graceless” es una pieza magnífica que sorprende por su beat cuasi ochentero, mismo que nos remite musicalmente a grupos como A Flock of Seagulls o Modern English, aunque la vocalización tiene más de Depeche Mode. Grandiosa.
  “Slipped” contrasta por su minimalismo instrumental, si bien mantiene inalterada la hermosura melancólica del disco, mientras que “I Need My Girl” navega en mares más procelosos en este ruego que mantiene la serenidad en la superficie, aunque oculte una angustia honda, angustia que aflora a plenitud en la tristísima “Humiliation”.
  El álbum culmina con dos grandes canciones: la exultante “Pink Rabbits”, en la que vislumbramos algunos destellos de alborozo, y la emotiva “Hard to Find”, casi un himno que nos remite necesariamente a U2 y al estilo interpretativo de Bono en sus mejores momentos. Sin embargo, al aliento entusiasta de los irlandeses, estos nativos de Brooklyn oponen su imbatible pesimismo y, sí, el dejo triste que parece jamás abandonar a su música.
  ¿Estamos entonces frente a una obra deprimente o, peor aún, depresiva? No precisamente. De hecho, luego de escucharlo, el disco deja un sabor melancólico mas paradójicamente esperanzador. Tal vez se deba a la calidad artística de The National, una de las agrupaciones más interesantes de la escena actual.
  Si los problemas nos encontrarán que sea con música tan buena como esta.

(Texto publicado este mes en la sección de música de la revista Nexos).

jueves, 8 de agosto de 2013

Victor Roura

Me entero de la renuncia, la semana pasada, de Víctor Roura a la sección de cultura del diario El Financiero, misma que dirigió a lo largo de veintincinco años y en la que colaboré, gracias a su generosidad, de 1991 a 1997. La noticia me tomó por sorpresa, al igual que a mucha gente. Sabía que el periódico había sido vendido recientemente y que había recibido una fuerte inyección de dinero y pensé que eso redundaría en una mejoría de la propia sección cultural (por ejemplo, que le volvieran a dar las páginas que tenía cuando yo escribía en ella). Sin embargo, no fue así. A Víctor le quisieron imponer nuevas políticas (una de ellas, al parecer, la reducción en el tamaño de los textos) y no aceptó, por lo que presentó su renuncia, decisión que debe haberle costado mucho tomar.
  Mi experiencia como colaborador de Roura se dio en un momento de gran auge de la sección y me tocó compartir páginas con gente como Jorge Ayala Blanco, Eusebio Ruvalcaba, Juan Domingo Argüelles, José Felipe Coria, Jorge R. Soto, Fedro Carlos Guillén, Federico Arana, César Güemes y muchas plumas brillantes más. Al final, tuve algunas diferencias con Víctor y sencillamente dejé de escribir ahí. Nos distanciamos a lo largo de quince largos años, aunque me mandó entrevistar en tres o cuatro ocasiones, especialmente por cuestiones relacionadas con La Mosca. Nos reencontramos a mediados del año pasado en Pachuca, en un homenaje a Federico Arana, en el que compartimos una mesa redonda, y ahí de algún modo nos reconciliamos. Tanto así que me invitó a publicar en la colección Cuadernos del Financiero (en septiembre apareció ahí mi libro recopilatorio de reseñas de discos de rock Cerca del precipicio) y también a platicar con sus alumnos en un curso sobre periodismo que estaba dando en el Museo León Trotsky de Coyoacán.
  Creo que la salida de Víctor Roura de la sección cultural del Financiero es una pérdida muy sensible, dada la importancia de dicha sección durante un cuarto de siglo. No sé cuáles sean los planes que tenga él para de aquí en adelante. Lo llamé por teléfono para saber cómo está y lo sentí sereno, aunque lógicamente triste y desencantado. Le extendí la invitación para escribir en la Mosca y me pidió un tiempo para considerarlo. Ojalá se decida a colaborar con nosotros.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Humanizar

El periodismo cultural sirve para humanizar a la gente. El tiempo nos ha demostrado que somos un pueblo cada vez más iletrado y manipulado por los medios debido al analfabetismo funcional persistente. Culturalmente, en México estamos muy mal y es lamentable que las secciones dedicadas a los diversos ámbitos de la creación artística sean cada vez menos en los diarios (y ya no hablemos de los suplementos: hoy existen muy pocos, como "La Cultura en México" de Siempre! o "Laberinto" de Milenio, el cual, gracias a la firmeza de su editor José Luis Martínez S, ha logrado sortear algunos intentos administrativos (mas no directivos) de desaparecerlo.
   Hoy existen secciones culturales que subsisten heroicamente y a pesar de la constante reducción de sus páginas. Por otra parte, es alentador saber y darse cuenta de que todavía hay jóvenes interesados por la cultura, que asisten a conciertos, leen y acuden a exposiciones, a pesar de que hace apenas unos meses terminó un periodo de doce años de mandato panista, en el cual la cultura fue lo menos importante, aunque también hay que decir que todavía la nueva gestión no ha sorprendido con grandes propuestas.
   Hoy todo es medido en forma pecuniaria, considerado por su nivel de comercialización y aceptado por las ganancias que reditúen, motivos que han conducido a que los dueños de los medios prefieran apostar por una sección de sociales (pues los eventos resultan altamente rentables) que por una de carácter cultural; esa es la triste irracionalidad del dinero. Lamentablemente, las personas de negocios no son románticas como para pensar que la cultura puede sostener a una buena publicación y entonces caen en la promiscuidad al revolver espectáculos con sociales y actividades culturales.
   Creo que el problema de fondo es que en México está tergiversado el concepto de "espectáculo", gracias a la ignorancia de aquellos que trabajan esta fuente, pues durante mucho tiempo se han enfocado a cubrir los chismes de telenovela y los superfluos rollos hollywoodenses.
   Es necesario que el periodista cultural, además de poseer una sensibilidad especial, cuente con cierta preparación y conocimientos no sólo en cuanto a lo básico, sino aprehender todo lo que pueda sobre artes plásticas, música, literatura, entre otras disciplinas, así como tener una idea clara sobre los personajes a los que se van a enfrentar.

(Impresiones dichas por mí en una entrevista telefónica con la reportera de El Financiero Viridiana Villegas y que fueron armadas a manera de texto y publicadas en dicho diario el 1 de agosto pasado).

martes, 6 de agosto de 2013

El padre putativo de Eric Clapton

Cuando a fines de los años setenta (¿habrá que agregar la obvia muletilla “del siglo pasado”?) escuché por primera vez la guitarra de Mark Knopfler, alma y cerebro de Dire Straits, me pareció que su estilo era único y original. Mea culpa y total ignorancia de mi parte: desconocía aún la existencia de JJ Cale.
  Tiempo después llegó a mis manos un álbum de este músico, el estupendo Grasshopper de 1982. Al escucharlo y sin saber todavía quién era aquel músico (el disco no traía información y en ese tiempo no se podía recurrir a la consulta inmediata de Google –ni siquiera se soñaba con la existencia de eso que hoy conocemos como internet), lo primero que pensé fue: “¡qué descaro, este tipo es un vil imitador de Knopfler!”. Me equivocaba de la manera más rotunda. Era Cale el creador de aquel característico estilo de puntear la guitarra y no el líder de Dire Straits, quien en realidad no era sino su alumno. Cuando conseguí la que quizá sea la obra maestra del primero, el finísimo LP Troubadour de 1976, confirmé su genio creativo, el cual se hizo más claro cuando supe que era nada menos que el autor de dos de los grandes éxitos de Eric Clapton, de quien también era mentor: “After Midnight” y “Cocaine”.
  Hoy, a varias décadas de aquello, nos sorprende la noticia de la muerte de JJ Cale, acaecida el pasado 26 de julio. A sus setenta y cuatro años, el hombre seguía en activo y en plenitud de forma artística. Había nacido en Oklahoma, a fines de 1938, y su música siempre reflejó el folclor de la parte central de los Estados Unidos, con mucha influencia del rock, el blues, el folk y el country.
  Con Clapton grabó en 2006 el disco The Road to Escondido y participó en el más reciente álbum del británico, Old Sock (2013), en el que tocó y cantó en el precioso tema “Angel”.
  Con la desaparición física de J.J. Cale se va una leyenda de la música popular estadounidense, el creador de un estilo guitarrístico, un artista en toda la extensión de la palabra. Sobra decir que el mejor homenaje que podemos hacerle es escuchar y difundir su obra.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).

lunes, 5 de agosto de 2013

Bosque noruego

... o Tokio Blues, como le pusieron en español.
  La verdad es que siempre me niego a leer a los autores en boga y en el caso de Haruki Murakami no había sido la excepción. Pero una amiga (cuyo nombre no puedo mencionar porque tiene un novio obtuso y celoso) prometió regalarme esta novela y cumplió, hace algunas semanas. Hoy terminé de leerla y debo aceptar que me estaba perdiendo de algo muy bueno.
  Norwegian Wood (1987) es un relato espléndido, una narración conmovedora, emotiva, divertida, cautivadora, deliciosamente maliciosa y extraordinariamente amena. Aunque sé que muchos ya la leyeron, prefiero no revelar la trama (bastante sencilla y sin demasiadas complicaciones, aunque eso no le resta profundidad y arte literario). Lo que me gustaría resaltar es la sabiduría de Murakami para retratar a sus personajes femeninos, todos ellos magníficos. Si bien el personaje principal es Toru Watanabe, la voz narradora, las cuatro mujeres con quienes se relaciona de manera importante en los pasajes de vida que cuenta resultan todas ellas fascinantes. Aunque unas resultan más importantes que otras, Naoko, Midori, Reiko y Hatsumi son seres tan reales y a la vez tan inasibles que a lo largo de la lectura se vuelven cada vez  más entrañables (en lo personal, el carácter abierto y desenfadado de Midori la convierte en mi favorita, aunque el misterio de Naoko es muy atrayente y la amable camaradería de Reiko hace de ella un personaje absolutamente empático).
  La vida en Tokio y sus alrededores a fines de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado es el marco en el que se desarrolla esta historia llena de nostalgia, tristeza, sensualidad (el sexo es visto con una feliz naturalidad) y cierto grado de cinismo y desencanto. La muerte es otro elemento muy presente y el suicidio aparece más de una vez. La narrativa es serena y pausada, las descripciones no son exhaustivas (por suerte) y los diálogos suelen ser fluidos y llenos de una reveladora desenvoltura.
  La música juega un papel importante también, ya que son múltiples las referencias de discos y canciones de la época (y como el título del libro lo indica, las melodías de los Beatles resultan aquí fundamentales).
  Una novela estupenda que me motiva a leer más de Murakami, algo que haré sin duda.

domingo, 4 de agosto de 2013

Orange Is the New Black

Qué gran serie. Netflix se está convirtiendo a pasos agigantados en una productora a la altura de HBO (ahí está el ejemplo de House of Cards y ya comenzó con su serie de terror Hemlock Grove). Para Orange Is the New Black, contó con la colaboración de mi casa favorita de contenidos televisivos: Showtime.
  Son trece capítulos sin desperdicio y uno puede verlos al ritmo que se le antoje (yo vi un promedio de uno por día, pero mi querida amiga Surya, por ejemplo, me cuenta que ella "se la echó" en tres días. Así de adictiva es esta historia que narra las peripecias carcelarias de Piper Chapman (Taylor Schiling), una reclusa que prácticamente se entrega a las autoridades para cumplir una condena de año y medio por tratar de meter a su país dinero del narco en una maleta. Comprometida con un hombre bien intencionado y que la ama, pero de una torpeza emocional de pronto exasperante (lo interpreta Jason Biggs), Piper es una bisexual que trata de comportarse como novia hetero, pero en la prisión las cosas cambian, al toparse con su antigua cómplice y amante, Alex (Laura Prepon, la mísmísima Donna de That 70's Show). No contaré más de la trama porque es mejor que vean la serie y la gocen como lo hice yo.
  Lo que sí hay que resaltar es lo magnífico de la dirección, los guiones, el ritmo narrativo y el extraordinario diseño de personajes (reclusas, guardias, directivos, familiares de las internas), cada uno de ellos, incluso los más secundarios, dotado de una personalidad propia y un pasado concreto que en varios casos conocemos por medio de un magnífico y sabio uso del flashback.
  Entrañable, emocionante divertida, irónica, dramática (sus creadores son los mismos de la enorme Weeds), Orange Is the New Black (la referencia es a los uniformes anaranjados de las reclusas de nuevo ingreso y al trato que de niggers que se les da hasta que reciben el traje de las presas "de planta") es una verdadera joya.
  Una serie imperdible, pues, y absolutamente recomendable que sólo puede verse en Netflix. Si no quieren pagar por verla, les recomiendo suscribirse gratuitamente por un mes y así la podrán gozar (y de paso aprovechan para ver también House of Cards, Hemlock Grove y algunas buenas películas del aún limitado pero cada vez mejor catálogo de este sitio de internet).

sábado, 3 de agosto de 2013

Pemex, esa vaca sagrada

Nadie puede negar la importancia históricamente simbólica de Pemex, una figura mítica casi a la altura de lo que representa para los mexicanos la Virgen de Guadalupe. Sin embargo, mientras el culto guadalupano posee una carga religiosa de profundo arraigo en el subconsciente y hasta me atrevería a decir que en el alma de las grandes mayorías, el culto a Petróleos Mexicanos ha ido disminuyendo con el transcurrir de los años y ya no es aquel monolito intocable e imponente que representaba a la soberanía del país.
  Hoy Pemex es un gigantesco monstruo del que se sirven la clase política y los corruptos dirigentes de su sindicato. Si lo vemos a largo plazo, se trata incluso de un elefante blanco que tarde o temprano perderá su importancia, dado el inevitable agotamiento del petróleo, un recurso irrenovable que ya está siendo sustituido en el mundo por otras fuentes energéticas limpias e imperecederas.
  La urgencia por transformar a Pemex, para los ya pocos decenios que le quedan de vida, debería ser un tema obvio. No obstante, los intereses políticos que rodean al asunto hacen que algo tan necesario e ingente sea impedido y obstaculizado con pretextos demagógicos y pretendidamente patrióticos (ya se acusa de “vendepatrias” a los panistas, por ejemplo, por la iniciativa de reforma energética que acaban de dar a conocer) o con sinrazones ególatras e iluminadas (recordemos aquella frase que en 2007 le estampó Andrés Manuel López Obrador a Carlos Navarrete: “¡No me importa que se hunda Pemex, ya lo rescataré yo cuando sea presidente!”).
  ¿Quiénes se oponen hoy a una reforma energética a todas luces imprescindible? Básicamente, la mal llamada izquierda que padecemos y que trata de llevar agua a su molino. Dudo mucho que las grandes mayorías que en 1938 apoyaron la nacionalización del petróleo hoy se contrapongan a la modernización de Pemex. ¿Queremos una industria energética eficiente, barata y que sea fuente de empleos o preferimos seguir hundidos en el pantano de la corrupción, la ineficiencia y los números rojos? Ese parece ser el dilema que hoy enfrentamos.

(Publicado hoy en mi columna "Bajo presupuesto" de Milenio Diario)

viernes, 2 de agosto de 2013

Elogio del baño como sala de lectura

Fue por imitación que adopté la costumbre desde muy niño. Mi padre se metía al baño con una revista política (normalmente el Siempre!) o con un diario deportivo (el Esto) y se ponía a leer ahí mientras hacía sus necesidades y largo tiempo más. Yo empecé a hacer lo mismo, sobre todo con los cuentos e historietas (hoy llamados comics) que nos compraba mi papá cada sábado (Cuentos de Walt Disney, Historietas de Walt Disney, Lorenzo y Pepita, La pequeña Lulú, La zorra y el cuervo, Bugs BunnySupermán y otras). Es, pues, un hábito arraigado que lleva al menos cinco décadas y que conservo impertérrito.
  Cuando comento esto, algunas personas me dicen que ellas no pueden leer en el baño y otras incluso se escandalizan. "¡Cómo puedes quedarte ahí tanto tiempo, leyendo con tus olores!", me dicen. Sin embargo, no hay tal. Desde hace mucho tengo un método para hacer que el baño no huela (y perdón si les parece un comentario de mal gusto, pero puede serles muy útil e higiénico): apenas sobreviene la evacuación, jalo de la palanca del excusado y todo se va (dejarlo ahí, como hace casi todo el mundo, es lo que provoca las desagradables pestilencias). No hay olor alguno, pues. Se me dirá que eso implica un gasto doble de agua, pero no es así, porque también tengo un método para ahorrar el líquido de la caja: sostener la palanca de tal modo que se quede a la mitad. De ese modo, se puede regular la descarga. He comprobado que con la tercera parte del agua es suficiente para que todo se vaya. En síntesis: le "jalo" dos veces y sólo utilizó tres cuartas partes del tanque.
  Pero bueno, el tema es el del baño como sala ideal de lectura. Me parece el sitio perfecto; tranquilo, solitario, callado, permite una absoluta concentración y un total relajamiento.
  A fin de leer todos los libros que quiero leer, de unos meses para acá dividí en tres mis lecturas. Así, tengo siempre un libro para leer cuando uso el transporte público, otro para leer en las noches ya en mi cama y uno más para leer en el cuarto de baño. Me ha resultado estupendo y estoy avanzando mucho más rápido. Por ejemplo, ahorita tengo a Who I Am de Pete Townshend como mi libro de recámara (me faltan ciento cincuenta páginas), a Plegarias atendidas de Truman Capote como mi libro para metro y metrobús o libro de calle (me faltan unas quince) y a Tokio Blues de Haruki Murakami como libro de baño (estoy a punto de terminarlo). Los siguientes tres ya los tengo elegidos: El eterno marido de Fiodor Dostoievski para el sanitario, El árbol de noche de Capote para la calle y Memorias de Pancho Villa de Martín Luis Guzmán o Tieta do Agreste de Jorge Amado (aún no lo decido) para la cama.
  El placer de la lectura.

jueves, 1 de agosto de 2013

El único problema de la Mosca (una explicación a los lectores)

Debo decir que la recepción que ha tenido este primer número de la Mosca, en su nueva época, ha sido sorprendente para todos los que estamos detrás de su hechura. Era sabido que mucha gente deseaba volver a verla en su forma impresa, pero la respuesta nos ha rebasado y no me extrañaría que al final el número termine por agotarse en los puestos de periódicos del país a los que ha podido llegar... y aquí es donde llega el único problema serio que hemos afrontado hasta ahora: el de la distribución.
  Muchas personas se quejan con toda razón de que en los lugares donde viven no la encuentran. Algunas incluso nos reclaman airadamente. A estos amables y desesperados lectores se les debe una explicación que intentaré darles aquí de manera clara y concisa. Quiso la suerte que apareciéramos justo cuando la mayor distribuidora de esta país, CITEM, se encuentra sumida en una gravísima crisis que la tiene al borde de la quiebra, con deudas astronómicas con casi todas las casas editoras de México. Imposible entonces acudir a ella (cosa que han dejado de hacer incluso revistas tan fuertes como Proceso). Otras casas distribuidoras más pequeñas han tratado de aprovechar el momento, pero lo hacen de manera leonina y abusan en sus costos. Para no hacerla larga, en este primer número sólo pudimos acudir al apoyo de la Unión Nacional de Voceadores, con la que estamos distribuyendo a nivel nacional toda la edición del ejemplar No. 1 de la Mosca. Por eso no se encuentra en los locales cerrados tipo Sanborns y por eso también la llegada de la revista a los diversos estados se ha tardado un tanto. Aunado a eso está el hecho de que los puesteros apenas se están enterando del regreso moscos y por eso desconocen su nueva existencia.
  Desde aquí solicito paciencia a los lectores. Pensamos que a partir del No. 2 las cosas irán mejorando poco a poco, hasta que se normalice la distribución en general.
  La alternativa, si de plano no la encuentran, es entrar al sitio suscripresto.com y pedir allí su ejemplar, mismo que llegará a sus casas, con toda seguridad y eficiencia, en dos o tres días (o si prefieren, pueden suscribirse de una vez por un año).
  Mil gracias y mil disculpas.