sábado, 31 de octubre de 2015

Mari… marihuana

Cuando en mayo de 2007 escribí en esta misma columna mi texto “Narcoapocalipsis”, comenté que me parecía un despropósito del gobierno de Felipe Calderón iniciar lo que hoy conocemos como la guerra contra las drogas y que, como anotó el miércoles pasado Héctor Aguilar Camín en su columna “Día con día”, es un combate “que seguimos librando en nuestro país con resultados desastrosos en beneficio de nadie”. A ocho años y medio de aquel escrito mío, sigo pensando exactamente lo mismo y suscribo lo que dice mi admirado Héctor.
  No soy un consumidor de drogas, jamás me dio por ese lado, como tampoco por el del tabaco y, del alcohol, sólo me tomo alguna copa de vino o una cerveza de vez en cuando. Sin embargo, conozco a muchísima gente que le entra con singular alegría a alguna de esas tres instancias, si no es que a las tres. Pero respeto que lo hagan, si con ello no afectan a terceros. Es su cuerpo, su organismo, su vida y cada quién tiene el derecho de hacer de ello lo que le plazca.
  No soy tan ingenuo como para pensar que la prohibición que pesa sobre las drogas va a terminar tan fácilmente, por más razonable que sería su legalización, su regulación y su control abierto. Sé que hay miles de millones de dólares en juego y que existen intereses poderosísimos a los que conviene esa prohibición. No obstante, cualquier paso que se dé para paliar las cosas, por pequeño que sea, debe ser bienvenido.
  Por eso me parece muy sana la propuesta del ministro de la Suprema Corte Arturo Zaldívar para que se despenalice el uso de la marihuana con fines recreativos, así como las iniciativas del gobierno del DF para su posible empleo como medicamento. Son pasos pequeños pero a la vez gigantescos, dada la situación que vivimos desde 2007.
  “Mari…marihuana” cantaba el grupo mexicano Peace and Love durante su actuación en el Festival de Avándaro, en 1971, época en que la palabra marihuano era sinónimo de lo peor. Mucho ha cambiado la percepción del asunto en los cuarenta y tantos años que han transcurrido desde entonces. Creo que es el momento oportuno y necesario para acabar con la satanización de la yerba.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 30 de octubre de 2015

Con Zappa en "Final de partida"

El martes pasado lo grabamos y hoy pasó al aire, a las once de la noche, por Foro TV, el antiguo Canal 4 de Televisa. Nicolás Alvarado anda en Nueva York y entonces sólo estuvimos en el panel mi querido Julio Patán y yo. El tema del programa fue Frank Zappa y a él nos abocamos con absoluto placer, en una charla que -creo. resultó muy amena y divertida. No diré más, mejor dejo aquí el enlace para que pueden ver la emisión. Dura menos de media hora que se va como el agua. Dé usted clic en el siguiente título: Final de partida-Frank Zappa.

jueves, 29 de octubre de 2015

¿La peor película de Woody Allen?

¿O vale más decir, la menos buena de su filmografía? Casandra's Dream (2008) era el único de las cuarenta y cuatro largometrajes de Allen que no había visto aún (bueno, tampoco he visto todavía su muy reciente Irrational Man, de 2015). Dos veces la había empezado y no me había agarrado, pero esta vez me decidí a hacerlo y aunque en su primera parte logró interesarme, algo pasó que terminó por no convencerme, por no satisfacerme.
  Es como si el buen Woody tampoco estuviera del todo a gusto con la historia, con el tono dramático (es una cinta sombría y para nada humorística) o con el hecho de haberla filmado en Inglaterra (aunque allá mismo haya realizado la estupenda Match Point de 2005).
  El caso de dos hermanos deseosos e incluso angustiados por hacer dinero (cada uno con sus propios y muy personales motivos) y la oportunidad de obtener una gran paga, a condición de cometer un asesinato como favor familiar a un tío, es el centro de la trama, no muy original del todo (el crítico Roger Ebert hizo notar en su momento que la línea argumental es en esencia casi idéntica a la de Before the Devil Knows You're Dead de Sidney Lumet, 2007). Con dos muy buenos actores (Ewan McGregor y Colin Farrell) en el papel de los dos hermanos, uno hubiese esperado más. Sin embargo, la película resulta lenta, desganada, poco convincente, incluido un final que debió ser intenso y resulta incluso anticlimático en la tragedia.
  Mi primera decepción real con respecto a Woody Allen, luego de cuarenta y seis años de seguirlo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Bob Marley

Figura mítica si las hay, para muchos incluso una especie de mesías, Bob Marley es una personalidad alrededor de la cual se tejieron gran cantidad de leyendas, algunas de ellas francamente disparatadas. Su fama en muchas ocasiones trascendió lo musical para trasladarse a lo político, lo social y lo religioso. Como seguidor del credo restafari, profesó un culto contradictorio y hasta difícil de comprender hacia uno de los personajes más siniestros y delirantes de la historia contemporánea, el dictador etiope Haile Selassie I, autonombrado emperador y quien se decía descendiente del Rey Salomón y de la Reina de Sheba. Este fanatismo marcaría la existencia de Marley, quien por otro lado era un hombre de izquierda, progresista, enemigo del racismo y defensor de las causas populares del llamado Tercer Mundo. Con una vida tan azarosa que incluyó una infancia pobre, un atentado a balazos contra su vida y una trágica muerte debida al cáncer, lo más importante del creador de “Stir It Up” y “Redemption Song” es sin lugar a dudas su música, aunque los puristas extremos del reggae afirmen que las composiciones del jamaiquino traicionan la esencia del género y lo prostituyen en aras de la comercialidad. Contemporáneo del movimiento punk, lo influyó grandemente al difundir la música de su país en Europa, sobre todo en Gran Bretaña. Grupos como The Clash, Police, Madness o The Specials abrevaron de ritmos como el ska y el reggae para fusionarlos con el rock y crear nuevos sonidos. Sin embargo, es la obra en sí de Marley, insisto, lo que le da su indiscutible trascendencia. Como compositor, escribió canciones que hoy día son clásicos y como intérprete, revolucionó la escena musical del mundo occidental con su sentimiento y su fuerza. A final de cuentas, eso es siempre lo que queda de un artista: su obra. Y en el caso de Bob Marley, esa obra resulta inconmensurable.

(Prólogo que escribí para el Especial No. 15 de La Mosca en la Pared, publicado en octubre de 2004)

martes, 27 de octubre de 2015

Saúl Hernández y Kalimán

Llega a mi buzón de correo electrónico un boletín de prensa de quienes manejan las relaciones públicas (¿errepés les dicen?) de Saúl Hernández, para promover (jamás emplearé el horrendo verbo promocionar) la canción “Kalimán” (juro que así se llama), contenida en su nuevo álbum Mortal (que si así está todo el disco, pues sí que la cosa está mortal).
  Busco la susodicha canción (jamás emplearé la palabra rola) en YouTube y la escucho. Musicalmente, suena a composición de los Caifanes. Es decir que parece grabada hace veinte años. Pero la letra, ¡oh, Solín, la letra!
  No sé si está hecha en serio o si Hernández decidió recurrir al humor… o si este de plano es involuntario. A las pruebas me remito, mediante la cita puntual de algunos fragmentos (las cursivas entre paréntesis son responsabilidad mía).
  “Siempre quise creer en alguien que cambiara la forma molecular de la ilusión y la realidad (¿cómo se cambia la forma molecular de la ilusión? Misterio científico) / Siempre quise creer en alguien que cruzara el mundo a pie y transformar la Tierra en una esfera inmortal (¡loor al peatón!, aunque no sé cómo pueda hacer para que nuestro planeta jamás desaparezca, algo que sucederá tarde o temprano. ¿A golpe de patín?) / Kalimán, tu paciencia me desangra (¿?) / Kalimán, tu serenidad me alarma (¡ah caray, ¿y como por qué, si es su principal atributo?!) / Kalimán, hazte real y líbranos del mal (¿Amén?) / Nunca creí en invocar a un héroe inmaterial (bueno, en la historieta el buen Kali era de carne y hueso) / para exhumar mi furia y frustración nacional (aquí salió el peine: es una canción de protesta…, creo) / Nunca creí que un día yo dejara de creer y permutar a mil políticos por Kalimán (¿eso incluye a los de todos los partidos o sólo a los del eje del mal PRI-PAN-PRD?)”.
  Insisto en que no sé si la canción es en broma o si tanto con ésta como con el disco entero estemos frente a un trabajo con el cual hay que tener –diría el viejo Kalimán de las historietas y las radionovelas– una buena dosis de serenidad y paciencia.
  Que Solín lo perdone.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 26 de octubre de 2015

Fargo (la serie)

Una maravilla. Acabo de terminar los diez capítulos de que consta la primera temporada de Fargo y no puedo sino decir que es una joya del arte televisivo.
  Inspirada en la estupenda película homónima de los hermanos Coen, filmada en 1996, la serie (producida por los propios Coen) conserva todo ese humor negro, esa violencia desatada, ese suspenso sangriento y esa calidad excepcional de la cinta, pero llevada a más grandes alturas.
  En esta primera temporada (2014), se narra la historia -situada en 2006 y presentada como "basada en hechos reales"- de Lester Nygard (interpretado por el excelente actor inglés Martin Freeman, el mismo de El Hobbit y de la serie británica Sherlock, en la que hace al doctor Watson), un tipo mediocre y apocado (vendedor de seguros, para más señas), despreciado por su esposa y visto con condescendencia por la mayoría de sus vecinos de la pequeña ciudad de Bemidji, en Minessota, a quien de pronto el destino lo hace toparse con un asesino profesional: el sicópata, sardónico, calculador y despiadado Lorne Malmo (de quién el fabuloso Billy Bob Thornton realiza una creación suprema). De ese encuentro un tanto accidental surgen todas las aventuras y desventuras de estos dos personajes y de los que los rodean a lo largo de este relato delirante y terrible de muerte, corrupción, odio, venganza, estupidez y, dentro de todo, algunos atisbos de amor, compasión y desesperanzada esperanza. Todo ello contado con el agudísimo sentido de la ironía de los Coen.
  Hay personajes memorables, como la alguacil Molly Solverson (Allison Tolman), prácticamente el único personaje en verdad lúcido del programa, o el jefe de la policía local, Bill Oswalt (Bob Odenkirk, el abogado Saul Goodman de Breaking Bad). Para no hablar de la presencia de actores tan buenos como Oliver Platt, Keith Carradine, Colin Hanks y Adam Goldberg.
  Mención aparte merece la ambientación en esos lugares helados e inhóspitos del norte estadounidense, con paisajes tan hermosos como desoladores.
  Una serie absolutamente recomendable.

Nota: Este mes se estrenó en los Estados Unidos la segunda temporada de Fargo, con una historia situada en 1979 y con un elenco totalmente distinto, en el que destacan Kirsten Dunst, Patrick Wilson y Ted Danson. Todo parece indicar que es tan buena como la primera.

domingo, 25 de octubre de 2015

Let It Bleed (1969 )

Si bien Brian Jones participó en dos cortes de este disco, la verdad es que puede considerarse como una obra posterior al malogrado músico. De hecho, Jones murió varios meses antes de que Let It Bleed (la respuesta irónica del grupo al Let It Be beatle) apareciera en el mercado.
  Haciendo a un lado este dato fúnebre, estamos ante un trabajo fuera de serie, el segundo de la enorme tetralogía stone de 1968-1973. Con su nuevo guitarrista, el joven y talentoso Mick Taylor de extracción Bluesbreakers, los Stones llevaron más lejos la propuesta bluesera-roquera-country planteada en Beggars Banquet (1968) y lograron hacer un plato verdaderamente lleno de exquisiteces.
  Desde el primer corte, con esa explosión que es la contundente “Gimmie Shelter”, resulta claro que estamos en presencia de algo grande. Se trata de un tema lleno de fuerza apocalíptica, gracias a las poderosas (¿ominosas?) guitarras, la ambigua letra catastrofista y, muy especialmente, por la escalofriante voz de la cantante Merry Clayton, quien alcanza registros sobrehumanos. Otra cumbre del disco es “Midnight Rambler”, esa inquietante saga de un asesino en serie (el estrangulador de Boston, al parecer) que en constante crescendo alcanza una intensidad inspospechada. “Live with Me”, por otro lado, es un tema trascendente por varios motivos, muy especialmente por ser la primera pieza que Mick Taylor grabó con los Stones, luego de la partida de Brian Jones, y por ser asimismo la primera ocasión en que el quinteto empleaba al saxofonista Bobby Keys, quien los acompañaría en varias aventuras musicales más. Los pianos, por su parte, fueron tocados por Nicky Hopkins y Leon Russell, en tanto que la característica y potente introducción del bajo es obra de Keith Richards. Por su parte, “You Can’t Always Get What You Want” se convirtió en todo un  himno generacional, gracias a su estructura ascendente y a la intervención del Coro Bach de Londres.
  Otros grandes temas del disco son “Love in Vain” de Robert Johnson, la hermosa “You Got the Silver” (cantada inusualmente por Richards) y la homónima y singular “Let It Bleed”. Un gran trabajo.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared dedicado a los Rolling Stones, publicado en mayo de 2004).

sábado, 24 de octubre de 2015

Ayotzinapa y el delirante surrealismo

Como yo lo veo, esto es cada vez más una cosa de locos, un juego delirante y surrealista en el cada uno de los participantes actúa al revés de cómo debiera actuar y en el que los papeles y las reglas se encuentran por completo pervertidos.
  Ya que tanto se dice que “fue el Estado”, en una especie de mantra pérfido y vacío de contenido, pienso que es hora de que el Estado mexicano o, para ser más exactos, el gobierno de este país, deje de comportarse como punching bag y salga a enfrentar tantas retorcidas imputaciones y tantas fabricadas percepciones.
  No comprendo la manera timorata y asustadiza como los principales responsables del poder Ejecutivo miran a una rabiosa opinión pública, minoritaria pero agresiva, que no para en mientes para lanzar toda clase de acusaciones y contradecir cualquier explicación del gobierno respecto a Ayotzinapa y otros casos. Me parece obvio que detrás de todo ello hay una estrategia tan astuta como implacable y tan furibunda como temeraria que tiene los ojos puestos en el 2018.
  Un Estado fuerte no es el que reprime sino el que encara, explica y actúa con firmeza. Eso es lo que ha faltado en estos tiempos y paradójicamente se ha acentuado con el regreso del PRI al poder, ese apocado PRI de hoy al que sus enemigos llaman represivo, como si invocaran los viejos tiempos en que los gobiernos priistas imponían el miedo y el silencio con toda su fuerza legal y extralegal.
  Hoy las redes sociales, la opinocracia “de izquierda”, los medios “progresistas”, las agrupaciones radicales y hasta organismos internacionales financiados por el propio régimen (como el famoso y de pronto hasta insolente GIEI) creen que tienen acorralado al gobierno. El problema es que éste también lo cree así y se comporta como la parte débil de la ecuación.
  Tal como lo apuntara el querido Román Revueltas hace un par de días en nuestro diario, no se entiende la pasividad estatal y la manera como el gobierno recibe golpes sin reaccionar. Un poco de firmeza de parte de éste –legal, civilizada y democrática, pero firmeza al fin y al cabo– le haría mucho bien al país.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 23 de octubre de 2015

John Cale / Paris 1919 (1973)

Fina mixtura entre una banda de rock y la instrumentación de una gran orquesta, en esta obra debida al ex Velvet Underground y gran mago del avant garde. Música sofisticada, letras de alta poesía, un disco intelectual y a la vez lleno de sensible belleza.

Mejor tema: “Andalucía”

jueves, 22 de octubre de 2015

Narcos contra El patrón del mal

Terminé de ver la primera temporada de Narcos, la serie estadounidense de Netflix sobre el narcoterrorista colombiano Juan Pablo Escobar. Quizá si no hubiera visto antes, completos, los setenta y tantos capítulos de la serie colombiana El patrón del mal, acerca del mismo personaje, Narcos me hubiera parecido muy buena e ilustrativa. Porque está bien hecha, tiene una gran producción, muy buenos actores, pero... no le llega a lo que se hizo en Colombia con mucho menos recursos pero mucho más corazón, más idea, más autenticidad e incluso más calidad artística.
  Tan sólo si comparamos a los actores que en cada una de las series interpretan a Pablo Escobar, no hay modo de equipararlos. En El patrón del mal, el actor colombiano Andrés Parra hace una interpretación estupenda, con un parecido físico asombroso no sólo en cuerpo y rostro, sino incluso en la voz que es idéntica a las del narcotraficante real. En cambio, en Narcos, la producción se fue por un actor ¡brasileño! (Wagner Moura), cuyo acento portuñol molesta todo el tiempo y cuyo parecido físico es apenas aproximado.
  No se diga del cuadro de actores en general (mucho más realista y creíble el elenco del programa colombiano: basta con ver a las actrices que en cada caso interpretaron a la mamá y la esposa de Escobar Gaviria: las de El patrón del mal barren a las de Narcos y ya no digamos a los actores que hicieron de sicarios), las ambientaciones (aunque fueron filmadas muchas veces en los mismos escenarios, en El patrón del mal se siente mucho más el ambiente de las barriadas de Medellín y Bogotá), la forma de hablar de los personajes (con ese caló y ese acento tan característicos), el apego a la historia real y el detenimiento o la falta del mismo con que están hechas ambas: no es lo mismo contar la vida de Escobar en diez capítulos (caso Narcos) que en siete veces más (El patrón del mal).
  Para acabarla, Narcos está narrada bajo la perspectiva de un personaje gringo que trabaja para la DEA y como no se trata de un personaje logrado y mucho menos empático, uno termina por rechazarlo. Nada que ver con la contradictoria simpatía del Pablo logrado por Andrés Parra: una obra maestra de la actuación.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Mi propio "Volver al futuro"

Reviso mis muchos cuadernos en los que en diversas épocas he escrito mi diario, para encontrar que en 1985 no lo escribía. Por tanto, no sé qué demonios hice el lunes 21 de octubre de ese año. Sólo sé que yo tenía treinta años, que estaba casado, que vivía en Tlalpan con mi entonces esposa Rosa Olivia y que nuestro hijo Alain estaba a menos de un mes de cumplir los tres años de edad y aún faltabas unos siete meses para que encargáramos a Jan. Trabajaba como reportero para la revista Técnica Pesquera y escribía guiones de historieta para Editorial Vid. Es lo que recuerdo de ese día.

martes, 20 de octubre de 2015

El síndrome de Bono

El que músicos y cantantes de diversos géneros se adhieran a alguna causa política o social nada tiene de novedoso. Pete Seeger apoyaba la lucha de los granjeros pobres de los Estados Unidos y muchos fueron los intérpretes de música soul que pelearon por los derechos civiles de los negros en la década de los sesenta. John Lennon fue un crítico tan acérrimo de la guerra que el FBI lo mantenía bajo vigilancia. Más tarde vendría Bob Geldof con su Live Aid y, de dos décadas para acá, Bono, el vocalista de U2, es una especie de emblema del músico políticamente correcto que pelea por “las buenas causas”.
  Qué tanto de sinceridad y de hipocresía hay en cada uno de los personajes de la música que adoptan distintas causas es cosa que sólo ellos saben. Neil Young parece auténtico en su feroz combate contra Monsanto, la empresa alimentaria que trabaja con alimentos transgénicos. Bono y Geldof también parecen auténticos en sus diversas iniciativas misioneras, aunque de pronto haya quienes las pongan en duda.
  En México, Maná lleva años con su discurso ecologista que usted puede creer o no y desde el surgimiento del EZLN, en 1994, varios grupos de eso que se sigue llamando el rock mexicano se volvieron súbitamente politizados (lo que en buen cristiano significa que se volvieron repetidores de consignas políticas en sus presentaciones públicas). Algunos eran sinceros y congruentes (¿cómo dudar de la militancia de una Rita Guerrero?), pero la mayoría buscaba los beneficios publicitarios, económicos y de difusión que otorgan la corrección política y el disfraz de progresista. Esto se ha mantenido hasta hoy y sólo los nombres de las causas han cambiado: “fraude electoral”, “Si no votas, cállate”,  “#Yosoy132”, “Ayotzinapa”, entre otras. Sé de dos o tres músicos nacionales que mantenían una actitud sanamente crítica y distante frente a ello y que de pronto y de la manera más oportunista, hoy se ostentan como “compas” y “ayotzis”. Eso sí: les va bien en sus tocadas con el sector progre y no les falta chamba.
  Es el síndrome de Bono, muy bien aprovechado en este México que a muchos les duele…, aunque no en el bolsillo.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 19 de octubre de 2015

Gran hotel

Terminé de ver los sesenta y seis capítulos que conforman las tres temporadas de la serie española Gran hotel, una emisión de época, con dosis de crimen, suspenso, intriga, ambición, afán de poder, manipulación, engaño, mentira, bajas pasiones, celos, pasión, sexo, amor... y humor. Situada en los inicios del siglo veinte y emparentada si no es que inspirada en la esplendorosa seria de la BBC inglesa Downton Abbey, Gran Hotel es la mar de entretenida, con una serie de personajes que van de lo sublime a lo caricaturesco.
  A diferencia del mencionado programa británico, aquí la línea argumental se centra más en lo policiaco, en la investigación de varios asesinatos que se van dando a lo largo de las tres temporadas y que deben resolver el entrañable detective Ayala y su ayudante, el tontísimo Hernando, con la ayuda a veces indeseada de la pareja protagonista: Julio, un empleado del hotel, y Alicia, la guapa hija de la siniestra y despiadada dueña del hotel, doña Teresa Aldecoa, viuda de Alarcón, más la inteligente amiga de Alicia: Maite, interpretada por la preciosa Megan Montaner.
  Hay un sinfín de personajes muy bien logrados, varios villanos (unos permanentes, además de doña Teresa, como el terrible Diego Murguía; otros momentáneos) y varios situados del lado de "los buenos", aunque sin caer jamás en el maniqueísmo. Es el caso de Andrés y su madre, doña Ángela. El primero, un tímido e inseguro empleado y la segunda, la gobernanta del hotel (algo así como la severa y tirana cabeza de la servidumbre).
  Gran hotel fue un exitazo en España y aquí se puede ver en Netflix. Aunque su humor es fino, de pronto llega a lel absurdo y hay dos o tres situaciones que se resuelven quizá con demasiada facilidad. Pero en general se respeta el tono oscuro, violento e irónico del programa. Lo recomiendo como un eficaz entretenimiento en el que, al final, uno termina encariñado con los entrañables personajes.

domingo, 18 de octubre de 2015

Elotitos transgénicos

Seria y formal denuncia contra la maldita industria transgénica y transnacional por sus atentados contra el mexicanísimo maíz.

sábado, 17 de octubre de 2015

San Peje I

Hasta donde sé, Andrés Manuel López Obrador no es católico. Cierto que cuando fue jefe de gobierno del DF se llevaba de a cuartos con la alta jerarquía eclesiástica; pero de ahí a practicar la fe católica, pues como que no ha sido lo suyo.
  Recuerdo que en 2006 le declaró a Joaquín López Dóriga: “Soy fundamentalmente cristiano, porque me apasiona, me gustan la vida y la obra de Jesús, quien fue perseguido en su tiempo, espiado por los poderosos de su época y lo crucificaron”, pero eso lo dijo para que leyéramos entre líneas que se comparaba nada menos que con Jesucristo (“perseguido en su tiempo”, “espiado por la mafia del poder…, perdón, digo…, por los poderosos de su época”, etcétera). Sin embargo, a Cristo lo siguen no sólo los miembros del catolicismo, sino protestantes, anglicanos, mormones, testigos de Jehová y demás grupos o sectas (de hecho, se dice que AMLO pertenece a una de ellas y que de ahí provienen varias de sus ideas más reaccionarias, como su rechazo a los matrimonios entre personas del mismo sexo o su posición ante el aborto).
  En fin, el caso es que no dejó de sorprender, a justos y pecadores, la inaudita presencia de don Peje en el Vaticano, donde además se sacó una selfie con unas muchachonas a su lado y la Basílica de San Pedro como fondo. No sólo eso: cual humilde peregrino, acudió a la asamblea general cotidiana del Santo Padre (como le dicen los católicos) y se acercó a éste para entregarle una carta y una medalla… y tomarse otra selfie –bueno, en sentido estricto no era selfie, pero sí una foto de su saludo al Papa Francisco que raudo y veloz subió a su Facebook (no al del Papa, sino al suyo propio).
  Por supuesto ya hay malosos que aseguran que se trata de un acto más dentro de su imparable y eterna campaña electoral y que con su ida al Vaticano (y no a la Vaticueva, como dijo algún sacrílego) busca congraciarse con el amplísimo sector católico de México, en vista a los comicios presidenciales de 2018. Pero yo no lo creo capaz de eso (¿usted sí, suspicaz lector?) y hasta propondría rebautizarlo como San Peje I. Estaría chairo…, perdón, digo.., chido.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 16 de octubre de 2015

Joe Jackson / Beat Crazy (1980)

No es el mejor disco de Jackson, pero no deja de ser una maravilla. Mezcla de punk, reggae, ska (ska de a de veras, por supuesto), rocksteady, new wave y pop, Beat Crazy está lleno de vitalidad y energía de principio a fin. Un disco que Maldita Vecindad y Café Tacuba tuvieron que escuchar (y si no, deberían hacerlo).

Mejor tema: “Pretty Boys”



jueves, 15 de octubre de 2015

Los sacrosantos años sesenta

Estamos acostumbrados, persuadidos, seguros, convencidos, incluso diría que adocenados, en la idea absoluta de que la de los sesenta fue una década de oro, no sólo para el rock sino para la música occidental y la cultura universal. El decenio más importante del siglo veinte. La etapa en la cual florecieron la creatividad artística, la libertad personal, la liberación sexual, la apertura sociopolítica. El periodo en que la conciencia humana se expandió como nunca antes y como jamás después.
  Todo ello se da por sentado y nadie lo discute… o casi nadie. Porque, ¿realmente fue tan idílica esa década de ocho años que va de 1962 (con la aparición del primer disco de los Beatles) a 1970 (con la aparición del primer álbum solista de John Lennon, mismo que incluía la canción “God” y en ella la sentencia “the dream is over”, es decir, “el sueño ha terminado”)?
  A principios de los sesenta, el mundo venía de dos décadas terribles: la de la Segunda Guerra Mundial, con toda su cauda de destrucción y muerte, y la de la posguerra, con todo su bagaje de miedo y paranoia. Los jóvenes que en 1961 tenían quince o dieciséis años muy pronto se cansaron de vivir en medio del conservadurismo medroso, de las restricciones cotidianas, de la represión familiar, del temor a lo desconocido, de la desconfianza hacia un prójimo que no era tan prójimo. Si en los cincuenta surgió la figura del rebelde sin causa (ejemplificado cinematográficamente por James Dean, por Marlon Brando, por Sal Mineo), en el siguiente decenio aparecería la del rebelde con causa, el que se sublevaría contra la comodina hipocresía clasemediera, contra la falsa y ambivalente moralidad, contra ese constante vivir en el odio racial, en la prohibición erótica, en la adoración del consumismo más vacuo y frustrante. Los sesenta fueron un campo de cultivo perfecto para que floreciera esa rebeldía por tres lustros contenida y que estalló con la misma furia con que la juventud se opuso a la guerra de Vietnam, ese conflicto sangriento creado por el corrompido gobierno estadounidense para salvar intereses económicos inconfesables y del cual saldría humillado y derrotado.
  La explosión de los sesenta lo cubrió todo. Surgieron los hippies, los pacifistas, los ecologistas, los izquierdistas radicales (de los yippies a los Panteras Negras), los nuevos filósofos, los nuevos periodistas, el llamado Verano del Amor con la ciudad de San Francisco como su Meca. La revolución cubana era vista como un faro que alumbraba hacia el porvenir y la figura del Che Guevara adquiría un aura romántica que con el tiempo se revelaría más mítica que realista.
  En cuanto a la música… ¡La música! Nunca como entonces surgieron creadores e intérpretes como los de esa década: los Beatles, los Rolling Stones, los Byrds, Frank Zappa, los Kinks, The Who, los Doors, Jefferson Airplane, Jimi Hendrix, The Grateful Dead, Traffic, Procol Harum, Janis Joplin, Santana y un largo, larguísimo etcétera. Era el nuevo Renacimiento, así, con inicial mayúscula. El renacimiento psicodélico, cuando las drogas parecían un vehículo de creatividad ilimitada y un medio para abrir las puertas de la percepción. Sin embargo…
  Resulta fácil contemplar a los sesenta como una era de paz, amor, armonía, hermandad, buena música y drogas recreativas. No obstante, fue al mismo tiempo una época que engendró a sus propios demonios. Sobre todo en los Estados Unidos, las diferencias raciales permanecieron incólumes. El hippismo fue un movimiento esencialmente blanco, al que muy pocos negros, hispanos o gente de otras razas se integró. El paraíso del peace and love resultó a final de cuentas un coto muy cerrado y en ese sentido el racismo no desapareció del mismo. Tampoco la violencia fue desterrada de entre los jóvenes primermundistas. El surgimiento de grupos como los ya mencionados yippies (blancos extremistas de corte anarquista) y Panteras Negras (un grupo negro que pregonaba la lucha a muerte contra el opresor blanco) fue complementado con la aparición de bandas protofascistas como los Hell Angels (sus integrantes asesinaron a un espectador de raza negra durante el malhadado festival de Altamont, California, en 1969) o “familias” demenciales como la de Charles Manson (misma que llevó a cabo una serie de sanguinarios asesinatos rituales en ese mismo 1969). Todo ello para no hablar de la locura a la cual condujo el consumo indiscriminado de drogas y que terminó por llevarse de este mundo a miles de jóvenes e incluso a algunos de los músicos más talentosos de esa década, como Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin y Brian Jones, entre otros.
  Los sesenta no fueron años tan luminosos como hemos querido creer. Las grandes obras discográficas, los multitudinarios festivales de rock, la liberación sexual, la alucinante psicodelia, no fueron elementos suficientes para hacer desaparecer las sombras del odio racista, del rencor clasista, de los excesos mortales. En el mundo hubo guerras, hubo revoluciones que más adelante terminaron en tiranías (desde la de Fidel Castro en Cuba hasta la de Pol Pot en Cambodia), la pobreza se incrementó, la carrera armamentista no se detuvo, las represiones gubernamentales acabaron con movimientos como los estudiantiles en París y México, la Guerra Fría permaneció como una amenaza y la Unión Soviética aplastó a ese intento de libertad que quiso nacer en sus dominios y que se conoció como La Primavera de Praga. De lo mucho que se sembró a lo largo de ese decenio, muy poco floreció en realidad.
  Los sesenta: un lapso sin duda importantísimo, pero nunca una década dorada.

(Texto que publiqué en 2008 en la sección "Vacas sagradas" de La Mosca en la Pared, bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr.)

miércoles, 14 de octubre de 2015

Una estampa nostálgica

Esta es la estación del tren de Tlalpan que estaba situada en la esquina de la calle Madero (que baja del centro del pueblo) y la avenida San Fernando (que une a Calzada de Tlalpan con Insurgentes Sur). Así se veía cuando yo era chico y tomaba el tranvía para irme al colegio Espíritu de México, en 1965 y 1966. Nostalgia pura y grata.

martes, 13 de octubre de 2015

¿Quién teme a Diane Coffee?

De pronto uno se mete a explorar en internet, en busca de música nueva e interesante, y puede toparse con sorpresas más que agradables. Por ejemplo, Diane Coffee.
  Diane Coffee no es el nombre de una mujer sino del proyecto personal de Shaun Fleming, baterista del peculiar grupo angelino Foxygen, quien en 2013 ya había grabado un primer álbum muy interesante: My Friend Fish. Se trataba de una obra más bien austera, varios de cuyos cortes fueron grabados con un teléfono celular. En cambio, Everybody’s a Good Dog (Western Vinil Records, 2015) es todo lo contrario: una obra suntuosa, exultante, grandilocuente, ambiciosa, extravagante, deliciosamente pretenciosa.
  ¿A cuál género pertenece este disco? A muchos y a ninguno en particular. Hay aquí desde pop sesentero y psicodelia hasta música soul, funk, reggae y una deuda muy grande con el glam de los setenta. Por tanto, puede rastrearse la huella de múltiples influencias concretas: David Bowie, T. Rex, el sonido Motown, The Association, Smokie Robinson, pero también los Flaming Lips, Of Montreal, The Polyphonic Spree, Ariel Pink’s Haunted Graffiti y el propio Foxygen.
  Everybody’s a Good Dog (qué buen y ambivalente título) es un trabajo variadísimo en el que participan muchos músicos invitados. Las canciones varían entre sí en sonido, estilo e instrumentaciones. Los arreglos son extraordinarios y la producción impecable. Si existe una unidad, un hilo conductor, este se encuentra en las cualidades como compositor del propio Fleming, quien además posee un rango vocal que va de un timbre casi femenino a la voz de un crooner y de los alcances de un cantante de rock setentero a, como dice el reseñista estadounidense Tim Sendra, los cantos de un marinero borracho.
  Difícil resulta destacar alguna de las once canciones que conforman el álbum, pero si hay que hacerlo, yo mencionaría “Spring Breathes”, “Mayflower”, “Down with the Current”, “Duet”, “Not That Easy”, “I Dig You” y “Too Much Space Man”.
  Un estupendo disco, un gran descubrimiento que no dudo en recomendar con entusiasmo.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 12 de octubre de 2015

Detachment

Sombría cinta de Tony Kaye acerca de un profesor sustituto y el mes que debe pasar en una secundaria  pública de Nueva York, en reemplazo temporal de un colega suyo. El tono de la película es oscuro y dramático y transcurre en atmósferas extrañas y en ocasiones oníricas que la convierten en una obra inquietante y quizás hasta un tanto efectista, pero que termina por atraparlo a uno como espectador.
  Adrien Brody interpreta a Henry Barthes, el maestro provisional, quien tiene una visión humanista de la educación y trata de aplicarla entre alumnos toscos e indiferentes y colegas escépticos y burocráticos. Su padre sufre problemas mentales y está internado en un hospital al que acude a visitarlo de vez en vez y su madre es sólo un recuerdo ambiguo y traumatizante, ya que era alcohólica y se suicidó cuando Henry era un adolescente. Para complicar las cosas, el profesor se involucra con una prostituta y drogadicta quinceañera y la lleva a vivir con él para de algún modo rescatarla.
  En fin, no abundaré en la trama para no echarla a perder. Sólo diré que se trata de un filme muy interesante, a pesar de que no le fue muy bien con la crítica. Detachment (2011, en español Indiferencia) es un ejercicio enrarecido y con momentos muy duros, pero con algunas luces tenues de redención. Una película que vale la pena ver y que cuenta además con un reparto grandioso, con actores como James Caan, Marcia Gay Harden, Bryan Cranston, Christina Hendricks y Lucy Liu.

domingo, 11 de octubre de 2015

The Beatles "A Hard Day's Night" (1964)

Homónimo de la película dirigida por Richard Lester, A Hard Day’s Night es el primer álbum de los Beatles cuyo material fue completamente escrito por ellos, más concretamente por John Lennon y Paul McCartney. Se trata de una colección de trece cortes estupendos, grabados un poco a las carreras debido a la intensidad de las actividades que el grupo estaba teniendo en aquellos días enloquecidos. Sin embargo, el disco no muestra irregularidad alguna. Por el contrario, la producción de George Martin logró una gran concreción y una unidad espléndidamente balanceada, para crear uno de los grandes álbumes de la música pop de la historia.
  Desde la inicial “A Hard Day’s Night” se nota que la evolución musical del conjunto no sólo iba en progreso sino que lo hacía de manera cada vez más avanzada. Cierto que la temática de las letras seguía siendo en su mayor parte de tipo amoroso y juvenil, pero ya había en las palabras algo de ironía agridulce e incluso de agresividad. Así, al lado de piezas relativamente bobaliconas aunque muy bellas, como “I’m Happy Just to Dance with You” o “I Should Have Known Better”, coexistían composiciones de más filo y rabia como “Can’t Buy Me Love”, “I’ll Cry Instead” y “You Can’t Do That”, uno de los temas más injustamente subvalorados de los Beatles y en el que John Lennon no sólo tocó su primer solo de guitarra, sino que cantó con una hondura y un desgarramiento sólo comparables a los de un Wilson Pickett o un Otis Redding.
  Mucho del sonido del cuarteto en este disco se debe a la guitarra de doce cuerdas que usó George Harrison en varios de los cortes y que influiría de manera determinante en grupos como los Byrds y otros de la costa oeste norteamericana. Canciones también memorables de A Hard Day’s Night son “Any Time at All”, las preciosas baladas “If I Fell” (de Lennon) y “And I Love Her” (de McCartney), la melancólica “I’ll Be Back Again” con la que se cierra el disco y otra muy poco apreciada joya: “Things We Said Today”.
  Es este un trabajo casi perfecto, la obra que marcó el pináculo de los primeros años de los Beatles.

(Reseña que escribí originalmente en el Especial No. 8 de La Mosca en la Pared, en febrero de 2004)

sábado, 10 de octubre de 2015

De Bronco-neumonías

Pues al parecer a muchos les ha provocado náuseas, mareos, vómitos, jaquecas, gastritis y hasta dolores de muelas. Su llegada, de algún modo inesperada, tomó a más de uno desprevenido y ahora no saben qué hacer, de qué manera reaccionar y cómo dejar de lamentarse.
  Me refiero, claro, a Jaime Rodríguez Calderón, el famoso “Bronco”, flamante gobernador del estado de Nuevo León y quien esta semana tomó posesión de su cargo.
  Conozco a más de un neolonés que no simpatiza pero ni tantito con el singular personaje y que pronostica los peores males para su entidad con el nuevo gobierno. No lo sé. No soy experto en política regiomontana y no me atrevería a hacer pronóstico alguno al respecto.
  En realidad, la figura del “Bronco” me interesa más como un nuevo fenómeno dentro del ámbito de la política nacional y cómo está impactando e impactará a los diferentes actores de la misma. Por lo pronto, ya ha puesto a parir chayotes al único precandidato a la presidencia, el autodestapado y siempre en campaña Andrés Manuel López Obrador, quien no esperaba que en estos momentos se le apareciera un contrincante y mucho menos por afuera de los partidos políticos. Los rounds de sombra que ya están teniendo ambos personajes prometen hacerse cada vez más fuertes y no sabemos en qué pararán. De seguro en algo muy entretenido y divertido.
  Pero la victoria del nuevo góber también removió el tema de las candidaturas independientes, a las que ya se les empiezan a poner candados en algunos estados, aunque partidos como el PAN y el PRD parecen encontrar en ellas posibilidades políticas y tratan de incrementar su florecimiento. Por lo pronto, personajes tan destacados como Jorge G. Castañeda y Manuel Clouthier tendrán mucho que hacer y mucho que decir al respecto.
  Habrá que observar con lupa la labor de Rodríguez Calderón, a quien varios ven como un Vicente Fox redivivo. Yo no estaría tan seguro. Creo que el hombre va a dar varias sorpresas (no sé qué tan buenas o qué tan malas) y que aún nos queda mucho por ver en los dos o tres años por venir.
  Aguas con la Bronco-neumonía.

(Mi columna "Cámara húngara", publicada hoy en Milenio Diario)

viernes, 9 de octubre de 2015

Delaney and Bonnie / On Tour (1970)

Grabado en concierto, este álbum del matrimonio Bramlett con una banda de once músicos (entre ellos Eric Clapton, Dave Mason y varios otros que en muy poco tiempo se convertirían en súper estrellas y tocarían lo mismo con George Harrison que con Joe Cocker, Leon Russell y Derek and the Dominos) es toda una joya. Un disco histórico que pocos conocen.

Mejor tema: “That’s What My Man Is For”

jueves, 8 de octubre de 2015

Lech Walesa y el principio de mi decepción socialista

Mi decepción del comunismo -o del eufemísticamente llamado socialismo realmente existente- que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial dominaba Europa del Este comenzó a darse a principios de los años ochenta, cuando el gobierno polaco fue tomado, en un virtual golpe de estado, por un militar impresentable: Wojciech Jaruzelski. La causa del golpe fue la manera como el sindicato obrero Solidaridad, liderado por un inteligente y carismático electricista llamado Lech Walesa, había puesto en jaque al burocrático sistema de corte soviético que desgobernaba a Polonia. Jaruzelski quiso reprimir a aquel movimiento y utilizó métodos que nada le pedían a los gobiernos militares de la Sudamérica de los años setenta y aquello me brincó de una manera brutal. ¿Cómo era posible que un Estado Obrero (así, con mayúsculas, como se ostentaba) reprimiera a un sindicato de trabajadores? ¿Cómo era posible que esa represión fuera además apoyada por la Unión Soviética, China y Cuba, países a los que hasta entonces yo tanto había admirado por su supuesta lucha contra el capitalismo y contra lo que tantos llamábamos el imperialismo yanqui? Pues así era: el bloque soviético quiso hundir en sangre y cárcel a Walesa y a los suyos y, con ello, todas mis creencias y mis religiosas certezas sobre el socialismo comenzaron a derrumbarse con estrépito. Fue un proceso largo pero definitivo el que tuve, pero la historia comenzó a mostrarme que no me equivocaba con mis cuestionamientos: apenas unos años más tarde, en 1989, caían el muro de Berlín, el gobierno de Polonia y prácticamente el mal llamado socialismo de los países europeos dominados por el imperialismo soviético, cuya malhadada existencia me había yo negado a admitir.
  Acabo de ver la película Walesa, la esperanza de un pueblo (2013) de Andrsej Wajda, el extraordinario realizador polaco, director de grandes filmes como Paisaje después de la batalla (1970) o Danton (1983), entre muchas otras. Se trata de una biografía parcial de Lech Walesa, desde que apoyó la huelga de 1970 en los astilleros de Gdansk, huelga que fue reprimida y causó numerosas muertes, hasta su victoria final que lo llevo a ser presidente de su país a principios de los noventa. La cinta se basa en la entrevista que el líder dio a la singular periodista italiana Oriana Fallaci y va registrando diversos momentos de la vida política, sindical y familiar de este hombre. Mención especial merece la actriz que interpreta a su esposa Danuta en un papel fascinante. Una gran película, de un gran director, acerca de un gran personaje.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Masturcanciones: la mano inquieta que no se aguanta

O la diferencia entre una canción de Shakira 
y una canción sobre la chaquira.

Por Hugo García Michel / Fotografía: Kahlo

“Si la masturbación es un crimen, yo debería estar condenado a muerte”.

Gilbert Gottfried

Uno de los capítulos más jocosos y memorables del legendario programa de televisión Seinfeld se intítuló “The Contest” (El concurso, Cuarta temporada, 1992). En el mismo, los cuatro personajes de la clásica serie realizan una apuesta para ver cuál de ellos aguanta más tiempo sin masturbarse (aunque a lo largo del capítulo nunca se pronuncia la palabra masturbación). Uno a uno van cayendo en la manual tentación, al verse enfrentados a situaciones a las cuales les resulta imposible resistirse. Al final, no se sabe quién es el verdadero ganador entre George Constanza y Jerry Seinfeld (Cosmo Kramer y Eleaine Benes se dejan vencer muy rápido), pero vemos cómo todos terminan durmiendo felices y satisfechos.
  Si en televisión el tema del autoerotismo fue tabú a lo largo de muchos años, la música popular y especialmente el rock, no fueron la excepción. Sin embargo, algunos compositores se las arreglaron para hablar del tema con o sin elegancia y de forma más o menos indirecta… o muy directa.

Las fotos de Lily
Tal vez la primera canción en el rock que se refirió a la masturbación fue “Pictures of Lily” de The Who. El tema, compuesto por Pete Townshend, fue lanzado primeramente como sencillo en 1967, aunque se le incluyó en el álbum Magic Bus de 1968. Se trata de una tonada aparentemente inocente, cuya letra habla de manera velada sobre el onanismo: “Era común que al levantarme por la mañana me sintiera muy mal / me sentía mal por mis noches de insomnio y fui a decírselo a mi papá / Él me dijo: ‘Hijo, tengo unas cositas para ti’ y las pegó en mi pared/  Ahora mis noches ya no son solitarias / De hecho, ya no me siento para nada mal / Las fotos de Lily hicieron mi vida maravillosa / Las fotos de Lily me ayudaron a dormir / Las fotos de Lily resolvieron mis problemas de infancia / Las fotos de Lily me ayudaron a sentir muy bien”.
  También de Pete Townshend es “Mary Ann with the Shaky Hand” (algo así como “Mary Ann con la mano sacudidora”), pieza contenida en The Who Sell Out de 1967 y que contiene nuevas referencias masturbatorias: “Bailé con Linda / bailé con Jean / bailé con Cindy / Entonces la vi de repente / Mary Ann con las manos sacudidoras / Lo que esas manos le habían hecho a su hombre/  Mary es tan bonita / La más bonita de esta tierra / Los muchachos vienen de cada ciudad / Sólo para estrechar sus manos sacudidoras”. Ternura pura.

Puede ser divertida
En la ópera rock Hair (1967) de James Rado, Gerome Ragni y Galt MacDermot, la canción “Sodomy” resulta bastante más explícita. Veamos si no: “Sodomía / Felación / Cunilingus / Pederastia/  Padre, ¿por qué esas palabras suenan tan sucias? La masturbación puede ser divertida / Disfruta la sagrada orgía/  Kama Sutra / ¡Todos!”. No es de extrañar que la obra haya causado tanto escándalo en su momento y que cuando se presentó en Acapulco, en pleno 1968, con una compañía estadounidense, poco haya faltado para que las buenas conciencias mexicanas lincharan a los actores.
  Otra melodía que se refiere a nuestro autoerótico tema es “I Touch Myself”, del grupo australiano Divinyls. La diferencia es que la letra habla acerca de la masturbación femenina. Contenida en el álbum homónimo de 1991 (su cuarto trabajo discográfico de hecho), la vocalista Chrissie Amphlett canta cosas como “Me amo a mí misma / Quiero que me ames / Cuando me siento bajoneada / Te quiero encima de mí / Me busco / Quiero que me encuentres / Me olvido de mí / Quiero que me recuerdes/  No quiero a alguien más / Cuando pienso en ti / me tocó a mí misma”.

Más turbados que nunca
En el rock que se hace en español existen varios ejemplos de canciones que, de una forma u otra, se refieren a la autocomplacencia sexual. De 1977 es el tema “Mas turbado” de El Tri (Gloria Trevi, por cierto, grabó en 1994 su álbum Más turbada que nunca, pero en ninguna de las canciones se habla de la religión de Onán). Compuesta (por supuesto) por Alejandro Lora, esto es lo que dice su fina letra: “Estoy más turbado, más turbado que ayer / estoy más turbado, más turbado que ayer / nena tú tienes la culpa por no usar brasier / me tienes babeando sin poder parar”.
  En Argentina, Bersuit Vergarabat (y no es albur) puso en circulación, en 1988, su composición “Masturbación en masa”, misma que no aparece en uno solo de sus discos oficiales, pero cuyas líneas rezan lo siguiente: “Caminando por Lavalle / encarando a Constitución / un océano de peces /
no me ofrece oposición / y yo propongo ahora mismo / la vieja técnica de distensión / Es tarde y hay frío / y hay que combatirlo / y a la voz que ahora digo / parece un gran admirador / y ahora te has creído / la vieja revolución / Masturbación en masa / Políticos a politicar / y ministros de la nación / por qué no hacen algo coherente / y se suman a esta gran manifestación / Masturbación en masa / La mano quieta no se aguanta / Arruinaron nuestra vida / Vamos todos al amor/  Masturbación en masa”.
   Por su parte, en España el grupo Extremoduro, en su álbum Canciones sin voz de 2005, incluye el corte “Amor castúo” cuya divertida letra dice en una parte: “Hoy me soñé al despertar / que te follaba sin parar / siempre lo mismo y desperté / ya no me vuelvo a masturbar”.

Mi mano en pena
De ese mismo país es el controvertido cantautor Javier Krahe, quien escribió la espléndida letra de “Mi mano en pena”: “Que pienso en Elena/ y me acuerdo de Irene / que pienso en Irene / y me acuerdo de Elena / mi pene se apena / se apena mi pene / Y una mano amena / mi pene sostiene / no es mano de Irene / no es mano de Elena / es mi mano en pena / es mi mano en pena / Lo malo que tiene / es que no es tan buena / como la de Irene / como la de Elena / pero me entretiene / pero me entretiene / Para eso conviene / pensarse una escena / donde salga Irene / donde salga Elena / en plena faena / en plena faena / Y así, vena a vena / se llena mi pene / de ausencia de Irene / de ausencia de Elena / y no se retiene / Me voy que me viene”.
  La sevillana Bebe, igualmente controvertida, habla así mismo de la masturbación femenina en su canción “Con mis manos” del Pa fuera telarañas (2004). Sus palabras van como sigue: “Cuando estás, ya no están los demás / Cuando te vas, tengo ganas de llorar / Perdida en el sillón de mi cuarto pienso en ti con mis manos/  Qué hacer, no tengo ganas de salir / ¿Por qué siempre tienes que huir? / Perdida en el sillón de mi cuarto pienso en ti con mis manos / Una y otra vez, ¡dulce barbaridad! / El no controlar la forma de parar / No pienso llorar, de eso ya me cansé / Hoy voy a chillar, voy a andar con mis pies… / Otra vez me ha parecido oír tu voz / Otra vez empiezo a deslizarme en el sillón / para darle a mi imaginación / Te pienso, rodeándome / te siento, adentrándote / Perdida en el sillón de mi cuarto pienso en ti con mis manos”.

A manera de colofón
Para terminar, no puedo evitar una automención onanista. En el repertorio de Los Pechos Privilegiados tenemos un tema de mi autoría intitulado “Amo a mi mano” que pretende ser un homenaje musical y letrístico a The Who (está lleno de referencias al respecto) y que en algunas partes dice: “Ella es mi fiel aliada / Es amable y gentil / Es tan considerada / y me hace sentir / las cosas más bonitas / que puedo imaginar / Ella es suave y tranquila / la compañera ideal / Siempre está bien dispuesta / Nunca dice que no / y jamás me protesta / al momento en que yo / necesito su tacto / su total comprensión / Ella es una conmigo / la amiga mejor / Amo a mi mano, amo a mi mano”.

(Artículo publicado originalmente en el No. 69 de La Mosca en la Pared)

martes, 6 de octubre de 2015

La más alta verdad de Chris Cornell

La década de los noventa es una de las más importantes en la historia del rock. Entre 1991 y 2000 surgió una gran cantidad de propuestas musicales y el movimiento grunge fue una de las más importantes si no la que más.
  Entre la pléyade de agrupaciones que nació dentro de ese movimiento, el cual tuvo a la ciudad de Seattle como su punto neurálgico, Soundgarden fue una de las más destacadas por su propuesta, su calidad artística y su poderío interpretativo. Chris Cornell, su vocalista y front man, resaltó por su carisma y su presencia, pero también por sus capacidades vocales y autorales. Debido a ello, no fue raro que sin dejar al cuarteto emprendiera una faceta como solista.
  En 1999, debutó con su estupendo álbum Euphoria Morning, al que siguieron dos trabajos francamente flojos si no es que fallidos (Carry On, de 2007, y el electropopero Scream, de 2009). Por eso resultaba razonable que existieran ciertas reticencias ante el anuncio de un nuevo disco este año, reticencias que quedan por fortuna disipadas una vez que se tiene la oportunidad de escuchar Higher Truth (Polydor, 2015), su más flamante producción.
  Cornell recupera lo que hizo hace más de tres lustros en Euphoria Morning –es decir, la composición de piezas sencillas y sin pretensiones híper elaboradas–, para entregarnos una obra llena de calidez y de canciones entrañables. Esto resulta notable desde el primer corte del disco, “Nearly Forgot My Broken Heart”, un tema contagioso y de gran belleza, de esos que suenan a algo familiar, a algo incluso ya escuchado, y que se quedan en el corazón y la mente del escucha. Se trata de un preámbulo perfecto para un álbum que tiene otras composiciones excelentes como “Worried Moon”, “Before We Disappear”, “Through the Window”, “Let Your Eyes Wander”, “Our Time in the Universe”, “Circling” o la homónima “Higher Truth”.
  Producido por Brendan O’Brien, muy involucrado con el grunge noventero, Higher Truth tiene ese sello noventero que lo hace tan sólido y tan íntimo. El mejor trabajo como solista de Chris Cornell, por mucho.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).

lunes, 5 de octubre de 2015

A Night at the Opera

La obra maestra de Queen, su disco por antonomasia. Todo lo más excelso del grupo se encuentra reunido en este álbum cumbre. Con un título obviamente referido a la para muchos mejor película de los Hermanos Marx (filmada en 1935 bajo la dirección de Sam Wood), A Night at the Opera (1975) puede contener cualquier clase de excesos, pero la banda supo manejarlos sin caer jamás en demasías y manteniéndose siempre al filo de la navaja, en los límites entre lo ridículo y lo sublime. Es claro que lo que salva a Una noche en la ópera es su sentido del humor, su irónica manera de no tomarse las cosas en serio y lanzarse a fondo en todas direcciones con afortunado tino. Esto no quiere decir que sea un disco realizado al vapor. Por el contrario, se trata de su trabajo mejor producido hasta ese momento, con un sonido impecable, arreglos guitarrísticos y vocales extraordinarios y un sentido melódico excelso. Canciones como la emotiva “’39”, la metalera “Death on Two Legs”, la bucólica “Lazing on a Sunday Afternoon”, la bellísima “You’re My Best Friend” y la progresiva “The Prophet’s Song” conforman un marco esplendoroso para la épica, suntuosa, aparatosa, hiperbólica, rimbombante y genialmente pretenciosa mini rock ópera “Bohemian Rhapsody”, el equivalente en Queen a lo que fue “Stairway to Heaven” en Led Zeppelin (de hecho, A Night at the Opera viene siendo un Queen IV). La joya de la corona de la reina.

(Reseña publicada en el No. 13 de los especiales de La Mosca en la Pared, en diciembre de 2004)

domingo, 4 de octubre de 2015

Buenos días, niña

Esta canción surgió de pronto, incluso impensadamente, en la madrugada de ayer sábado. La música me llegó, tomé la guitarra, desarrollé las armonías, se me ocurrió una letra (de esas ocurrencias que vienen quién sabe de dónde pero que encajan a la perfección) y quedó de un tirón, casi como escritura automática. Decidí grabarla de inmediato en iMovie, para que no se me olvidara y, helas!; me gustó como quedó, así, espontánea y despeinada. El proceso todo duró una hora, de las tres a las cuatro de la mañana. Lo que dice tiene por supuesto una destinataria, una musa inspiradora cuyo nombre no revelaré, aunque en cuanto ella la escuche sabrá que la canción es suya. Incluyo aquí la letra y el video.



Buenos días, niña

Buenos días, niña, supongo que duermes aún.
Es de madrugada y hago lo que ya es común:
pensar en tu rostro y en tu sonrisa también.

Buenos días, niña, estoy en la computadora,
con ganas de escribirte un mensaje a estas horas.
Un mensaje dulce y de pocas palabras, mi bien.

Buenos días, hermosa, te extraño en esta noche fría.
Rodeado de silencio, añoro más tu compañía.
Cosas de estar solo y de que tú no estés aquí.

Buenos días, niña, me gusta soñar despierto.
Soñar que estás conmigo,
que eres como un libro abierto.
Utopías vanas en un hombre de mi edad.

Buenos días, niña, supongo que duermes aún.
Pronto en mi ventana aparecerá la luz.
La luz de otra mañana en que tampoco te veré.

Octubre 3, 2015

sábado, 3 de octubre de 2015

Ayotzinapa mon amour

A lo largo de un año, el tema de Ayotzinapa ha sido tan manoseado, tan manipulado, tan distorsionado que ya llegó a su punto más bajo: el de la cursilería.
  Poemitas, canciones, performances, “instalaciones”, pinturas naïves, coreografías, en fin, un muestrario de lo más meloso y edulcorado, de lo más sentimentalmente chantajista, y todo a partir de una serie de falacias creadas y aprovechadas por líderes venales y políticos vivales. Desde la fabricación de mantras que no se sostienen en la realidad, como “Fue el Estado” o “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, el problema se ha ido estirando y seguramente lo seguirá haciendo cuando menos hasta las elecciones de 2018, pues se trata de un botín invaluable (Ayotzinapa mon amour) en manos de personajes que sacan raja de la tragedia de los 43 normalistas asesinados por un cártel del crimen organizado, en connivencia con un presidente municipal perredista, su mujer y una policía municipal corrompida hasta el tuétano.
  Hasta antes del crimen, la normal rural de Ayotzinapa gozaba de muy mala fama y hoy se le quiere hacer pasar por una escuela ejemplar. Un centro educativo en el que, cual Club de Tobi, no se aceptan mujeres, donde se ejercen novatadas porriles contra los alumnos de primer ingreso y se instruye a los educandos no tanto para convertirse en docentes sino en “activistas”.
  En la lista de los estudiantes desaparecidos está el nombre de Bernardo Flores Alcaraz, mejor conocido como “El Cochiloco”, a quien en los videos de la central de autobuses se le ve con el torso desnudo y dando órdenes a los alumnos que, como él, en unas horas serán sacrificados. Su actitud es agresiva y decidida. Se dice que él fue quien dio la orden de desviarse a Iguala para ir a secuestrar camiones. ¿Alguien ha investigado la labor que Flores Alcaraz desempeñaba dentro de la normal? ¿Por qué era el líder del contingente y el que mandaba? ¿Quién lo designó? Eso para no hablar del director de la normal, José Luis Hernández Rivera, a quien extrañamente nadie ha molestado ni con el pétalo de una sospecha.
  Son dudas, son preguntas. Valdría la pena conocer las respuestas.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 2 de octubre de 2015

Rockpile / Seconds of Pleasure (1980)

Un álbum tremendamente fresco y vigoroso. El único trabajo discográfico de la banda encabezada por Dave Edmunds y Nick Lowe abreva de las fuentes originarias del rockabilly y del verdadero rhythm and blues. Cuando la new wave era lo que rifaba, Rockpile prefirió tocar algo mucho mejor.

Mejor tema: “If Sugar Was As Sweet As You”

jueves, 1 de octubre de 2015

Por siempre Keith

Pocos músicos sintetizan al mismo tiempo el lado oscuro y el lado luminoso del rock como Keith Richards, el alma verdadera de los Rolling Stones. Si en alguien se encuentra presente en toda su intensidad la famosa consigna de sexo, drogas y rock n’ roll es en él. Sin la menor duda. Experto en excesos, alma negra y bluesera, londinense con espíritu del Mississippi, músico y guitarrista a la vez tradicionalista e innovador, Richards se mantiene no sólo vivo sino vital, vital y activo y productivo a sus setenta y un años de edad y lo demuestra con Crosseyed Heart, su flamante álbum como solista, el primero después de veintitrés años, luego del Main Offender de 1992.
  Leer Vida (Global Rhythm, 2010), la autobiografía de quinientas páginas de Keith Richards, es un ejercicio fascinante y aleccionador, aunque también asombroso y terrorífico (y muy divertido: su cínico humor negro, absolutamente rocanrolero, no tiene parangón). Se trata de un verdadero tour de force de sobrevivencia dentro de un mundo –el del rock, como música y como espectáculo– tremendamente demandante y desgastante. En su lectura vemos con detalle la peculiar existencia de este joven (porque sigue siendo joven en su etapa septuagenaria), el transcurrir de este nacido en los años cuarenta del siglo pasado y cómo su destino lo llevó a convertirse en uno de los artistas más influyentes de dicha centuria y en parte esencial de una de las agrupaciones más importantes en la historia no sólo del rock, sino de la música popular del planeta.
  Los Rolling Stones son leyenda aún viviente, mito deslumbrante, realidad musical que a lo largo de más de cincuenta años sigue ahí, sumando ladrillos a su edificio cimentado en la música con raíces y en la honestidad artística más auténtica. Su legado es innegable. Tan sólo la tetralogía de sus discos Beggars Banquet (1968), Let It Bleed (1969), Sticky Fingers (1971) y Exile on Main Street (1972) habría bastado para consagrarlos por siempre, pero su riqueza es aún más amplia y todavía no se detiene.
  Como fundador, al lado de Mick Jagger, del proyecto de las Piedras Rodantes (que a principios de los años sesenta no tenía más propósito que el de ser un grupo de blues que tocara y difundiera los temas clásicos del género en pequeños clubes británicos), Richards fue siempre el ancla y la sustancia (Jagger era más la apariencia y la frivolidad). Al lado de enormes músicos como Charly Watts, Bill Wyman, Brian Jones, Mick Taylor y Ron Wood (pero también Ian Stewart, Nicky Hopkins, Billy Preston y Bobby Keys, entre varios otros), Jagger y Richards lograron conformar un dueto excepcional de compositores (“The Glimmer Twins”, gustaban apodarse) que dio a la humanidad canciones inmortales como “I Can’t Get No (Satisfaction)”, “Street Fighting Man”, “She’s a Rainbow”, “Gimme Shelter”, “Brown Sugar”, “Honky Tonk Women”, “Start Me Up” y tantas otras que forman parte de su exhaustivo y exultante repertorio.
  Crosseyed Heart, el nuevo disco de Keith Richards, suena como debe ser. No hay novedades ni busca sonar “actual” (si algo criticó siempre el guitarrista a Mick Jagger fue ese afán por querer adaptarse a las tendencias y estilos imperantes). En ese sentido, el larga duración pudo haber sido producido hace veinte, treinta o cuarenta años. La fidelidad de Richards por sus raíces musicales se refleja en las quince canciones que lo conforman. Rock, blues, country, reggae, interpretados con esa voz tan característica y con los varios instrumentos que ejecuta, además de su clásica guitarra en Open G (es decir, afinada en tono de Sol abierto).
  Para la grabación, este poco flemático inglés se hizo acompañar por la base de su segundo grupo después de los Rolling Stones, The X-Pensive Winos: el baterista Steve Jordan y el guitarrista Waddy Wachtel. El enorme saxofonista Bobby Keys alcanzó a participar en algunos temas, antes de su infortunado fallecimiento, y hay invitados de lujo como Aaron Neville, Norah Jones y Spooner Oldham.
  Destacan en el nuevo plato algunas piezas estupendas, desde la abridora y homónima “Crosseyed Heart” (un blues acústico, con nada más que la voz y la guitarra del buen Keith) hasta la funky “Amnesia” y desde la dylaniana “Robbed Blind” hasta la stoniana “Blues in the Morning” (imposible no pensar en el Exile on Main Street), la casi tomwaitsiana “Sustantial Damage” y la estupenda y rocanrolera “Trouble”.
  Un disco magnífico que parecería estar anunciando la llegada de un nuevo álbum de los Rolling Stones. Hay rumores sin confirmar al respecto. Ojalá que así sea.

(Publicado este mes en la versión impresa de la revista Nexos No. 454)