lunes, 30 de noviembre de 2015

Mi catolicismo

Con mi mamá, durante mi primera comunión, en 1962.
Atrás, mi hermano Sergio. 
Nací en el seno de un hogar muy católico y, por parte de mi familia materna, provengo de un sector franca y abiertamente ultracatolicista del estado de Jalisco (mi tío Javier, por ejemplo, fue guerrillero cristero y peleó, con las armas en la mano, contra el gobierno de Plutarco Elías Calles). Mi madre trató de educarnos, a mis hermanos y a mí, dentro de la doctrina más ortodoxa y conservadora de la iglesia romana, mas para su desgracia le salió el tiro por la culata, ya que ninguno de nosotros cinco es hoy un católico practicante que vaya a misa y esas cosas (yo no he asistido a una en los últimos treinta años). Sin embargo, aunque no siga los dogmas y mandamientos de la religión católica, debo reconocer que en lo más profundo de mi ser llevó arraigadísimo lo mejor y lo peor del catolicismo. Con esto quiero decir que muchas de mis actitudes, reacciones, sentimientos y maneras de ver la vida están regidas por mi inconsciente católico. Pasé mi educación primaria en colegios de monjas (de primero a cuarto) y de sacerdotes salesianos (quinto y sexto). De pequeño, era yo real y sinceramente un católico convencido y a los diez u once años no sólo leía libros de religión para niños y la historieta Vidas ejemplares de Editorial Novaro, sino que uno de mis pasatiempos favoritos (lo juro) era jugar a que oficiaba misa. Yo mismo armaba una especie de altar, me ponía una especie de túnica y de la manera más solemne iba siguiendo cada paso de dicha ceremonia.
  Pero llegaron la adolescencia,  la escuela secundaria (en un plantel oficial, dadas las estrecheces económicas de mi familia a mediados de los sesenta que -afortunadamente para mí- ya no pudo pagarme la colegiatura en una escuela confesional) y las lecturas liberales y socialistas (desde Los supermachos y luego Los agachados de Rius, hasta diversos libros de tendencia izquierdista) y vino un cambio radical en mi mentalidad (apoyada por mi hermano mayor, Sergio, quien me influyó mucho al respecto). Dejé la religión católica y abracé la ideología marxista-leninista, sin darme cuenta de que se trataba de una nueva religión a la que empecé a seguir con tanto o más fervor que el que le otorgué al catolicismo. Me volví comunista y ateo. Me convencí de que la religión era el opio del pueblo, sin reflexionar en que la ideología puede ser igualmente opiácea. Era yo un socialista converso que admiraba de la manera más obtusa a Carlos Marx, Federico Engels, Lenin, Stalin (sí, Stalin), Mao Tse Tung, Fidel Castro y el Che Guevara -mis nuevos santones-, lo mismo que a la URSS, China, Cuba y todo el bloque soviético. Así estuve durante largos años, hasta que los golpes de la realidad histórica y la propia reflexión crítica y autocrítica me fueron abriendo los ojos. A fines de los ochenta, primero con el movimiento Solidaridad en Polonia y más tarde con la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética y todos sus países satélites de Europa Oriental, me desengañé de lo que había sido mi segunda religión: el comunismo. Saber de los horrores genocidas cometidos por el propio Stalin, por la llamada Revolución Cultural china, por el sanguinario Pol Pot en Cambodia o por el sátrapa Nicolae Ceausescu en Rumania; conocer la terrible vigilancia policiaca a la que eran sometidos los ciudadanos de Alemania del Este, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, etcétera, -algo que sigue sucediendo hoy en Cuba y en Venezuela, por no hablar de Corea del Norte-, fueron cosas que terminaron por descubrirme una verdad contundente y que me hicieron dar cuenta de que el dogma comunista puede ser tan fanatizante y enceguecedor como el dogma católico apostólico romano.
  No puedo decir que he logrado quitarme de encima la influencia de mi temprana educación católica (un verdadero adoctrinamiento). Por ejemplo, aún persiste el dominio del castrante sentimiento de culpa que mi madre inculcó de un modo terriblemente hondo en mi psique. Sé que no lo hizo con perversidad, sino todo lo contrario: ella siempre ha querido que mis hermanos y yo seamos buenas personas y sus intenciones han sido las mejores. El problema está en la religión católica misma, al menos en la que me tocó padecer desde muy chico, esa que te obliga a temer a un Dios vigilante, castigador y omnipresente y a creer como un fanático, sin reflexión, sin cuestionamientos, con una aceptación absoluta a sus dogmas y una obediencia total a la jerarquía eclesiástica, desde el Papa de Roma hasta el más humilde sacerdote.
  No soy católico. Sin embargo, llevó en mi cerebro todavía mucha de la formación y la información de esa forma tan cerrada de pensamiento. Tampoco soy ateo (mi relación con lo espiritual es muy particular y no requiere de intermediarios). Mi lucha cotidiana, hoy día, es por no caer en actitudes y posiciones beatas, sean religiosas, políticas o ideológicas. En eso estoy empeñado.

sábado, 28 de noviembre de 2015

¡Hasta la catafixia siempre!

Sólo el PRI puede competirle a Chabelo en aquello de la longevidad. El personaje de Xavier López ha sido presencia omnímoda a lo largo de medio siglo. Es una institución con más credibilidad y firmeza que el Senado, la Cámara de Diputados, el INE y la Femexfut. Es nuestro Dorian Gray, ese hombre que jamás envejece, mientras los demás nacemos, crecemos, maduramos y nos vamos. ¿Buena o mala influencia para la niñez? ¡Qué importa! Lo real es que hemos tenido Chabelo durante cinco décadas y ya forma parte de la historia no sólo de los espectáculos, sino de la cultura, la idiosincrasia y hasta la política del país.
  Ahora que el niñote dejará de hacer su eterno programa dominical y mañanero En familia (quién diga que nunca lo ha visto es porque jamás tuvo televisor), me gustaría rememorar a mi propio Chabelo, un Chabelo anterior a dicho programa, un Chabelo subterráneo y más antiguo, el Chabelo que aún no inventaba el verbo catafixiar (¿qué espera la RAE para incluirlo en su mamotreto?), el Chabelo de la tele en blanco y negro, el Chabelo del canal 5 a mediados de los años sesenta.
  Ese fue el Chabelo que me tocó en la niñez, el de mi generación, la primera generación de hijos del Canal 5. El de los martes y los jueves a las cinco y media de la tarde. El de las secciones “La conciencia y yo” y “Lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer”, tan llenas de moralina ultraconservadora como delirantemente divertidas (sobre todo los sketches de “lo que no se deba hacer”), al lado de Genaro y Rogelio Moreno, El Pecas, Chayito y el tío Gamboín (que aún no era el personaje equívoco y orwelliano en el cual se convertiría más tarde y quien cada fin de año presentaba sus Juguelotes).
  Mi infancia fue muy influida por aquel Chabelo y por todo lo que representaba el Canal 5 en los años en que el PRI era omnipresente y Gustavo Díaz Ordaz el presidente. Épocas francamente siniestras, pero en las que los niños la pasábamos bien y sin tantas complicaciones. De hecho, aquel Chabelo se fue hace mucho. Era el Chabelo underground, antes de convertirse en institución.
  ¡Hasta la catafixia siempre!

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 27 de noviembre de 2015

Phil Manzanera / Listen Now (1977)

El guitarrista de Roxy Music emprendió una fructífera carrera alterna y simultánea como solista y líder de su propia banda, 801. Éste es su cuarto disco y en el mismo se plasma la sofisticación de su estilo con temas de un rock que incluso hoy suena sumamente vanguardista.

Mejor tema: “City of Lights”


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Los diez latinos más cotizados

Que no le digan, que no le cuenten:  he aquí la lista de los diez latinos más reconocidos del planeta.

1. Virgilio.
2. Ovidio
3. Horacio
4. Catón
5. Propercio
6. Sulpicia
7. Calpurnio Sículo
8. Manlio
9. Lucrecio
10. Cayo Valerio Catulo

martes, 24 de noviembre de 2015

Eagles of Death Metal

Lo primero que hay que decir es que Eagles of Death Metal no es, ni por asomo, un grupo de heavy metal, mucho menos de death metal. El nombre es más que nada una gracejada de sus dos fundadores, Josh Homme y Jesse Hughes, amigos desde sus años de adolescencia en Palm Dessert, California, por allá de 1979.
  Compañeros en un equipo de futbol soccer, habían seguido caminos distintos (Homme el de la música, con agrupaciones tan importantes como Kyuss y Queens of the Stone Age; Hugues el de la academia y el periodismo), hasta que en 1998 decidieron –más por diversión que por otra cosa– hacer un proyecto, con el primero en la batería y el segundo en la guitarra, al que denominaron Eagles of Death Metal. Pero su música no era el metal sino el rock de garage, un poco en la vena de The Cramps más un toque de los Rolling Stones, siempre con un sentido muy irónico y desmadroso. Grabaron un EP y se olvidaron un tanto del asunto, hasta que lo retomaron en 2004 con la grabación del magnífico álbum Peace Love Death Metal, al que seguirían Death by Sexy (2006), Heart On (2008) y el flamante Zipper Down, aparecido en octubre pasado.
  Hasta antes de este 13 de noviembre, Eagles of Death Metal se mantenía como una especie de grupo de culto y era poco conocido en el mundo. Sus integrantes jamás imaginaron que el infortunio y el haber estado en el lugar equivocado a la hora equivocada los convertirían en una malhadada celebridad. En efecto, se trata del cuarteto que en la noche de ese viernes 13 se encontraba en el escenario del salón Bataclán, en París, cuando cuatro terroristas islámicos irrumpieron para asesinar a más de ochenta espectadores.
  Ninguno de los músicos sufrió daños físicos, pues alcanzaron a correr hacia la parte trasera del lugar (Jesse Hughes estaba ahí; no así Josh Homme, quien no participaba en la gira europea del grupo). No obstante, un miembro de su equipo, Nick Alexander, y tres representantes franceses de su disquera (Thomas Ayad, Marie Mosser y Manu Pérez) fueron abatidos por las balas.
  Un tétrico episodio en la historia de la agrupación… y de la humanidad entera.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).

lunes, 23 de noviembre de 2015

Sticky Fingers, ¿el mejor álbum de los Stones?

A pesar de su aparente bajo perfil con respecto a sus dos antecesores, a mi modo de ver es este el mejor disco de la gran tetralogía stone y, por ende -para mí-, el mejor álbum en la historia del grupo. Cierto que no contiene piezas tan impresionantes como “Sympathy for the Devil” o “You Can't Always Get What You”, pero posee una mayor uniformidad cualitativa en el nivel de las canciones, todas ellas excelentes.
  Obra marcada por el tema de las drogas –no hay composición que no hable de ellas o al menos haga alguna referencia al respecto-, Sticky Fingers (1971) termina tal como empieza: sin dar tregua, ya sea en los cortes rítmicos o en los más pausados. La intensidad campea de principio a fin y no da pausa alguna. Desde la inicial “Brown Sugar” -con su sonido grasoso y espeso, su riff irresistible y su letra llena de ironía sexista- hasta la concluyente y bellísima “Moonlight Mile” –con su épica elegancia y su misterioso sonido “oriental”-, el disco va por diferentes pasajes que lo mismo recorren la nostalgia folk en la maravillosa “Wild Horses” que la sensualidad desafiante en la candente “Can’t You Hear Me Knocking” (con su cachonda coda instrumental de influencia santanesca), la brutal misoginia en la irresistible “Bitch” que el blues más sentido en la profunda “I Got The Blues”, la terrible historia de adicción en la escalofriante “Sister Morphine” que la casi cándida alegría country en la festiva “Dead Flowers”.
  Con Sticky Fingers, los Rolling Stones alcanzaron su punto más alto. Nunca sonaron tan consistentes, tan sólidos, tan compenetrados.
  Y por si fuera poco, el arte de la funda (debido a Andy Warhol) correspondió a la calidad de la grabación.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Memorias de mis yoyos tristes

Nunca fui un buen jugador de yoyo. Jamás pude realizar suertes como “El columpio”. “El perrito” medio me salía y al tratar de hacer “La vuelta al mundo”, varias veces me llevé tremendos yoyazos en la cabeza (o la choya, como le decíamos cariñosamente a la tête en esos mis tiempos de niño y adolescente).
  Aparte estaba lo de la situación económica de mi familia. Pertenecíamos a una clase media bastante venida a menos y muchos de los juguetes que sus papás regalaban a mis amigos y primos de mayor capacidad económica, para mí se quedaban en el mundo de los sueños incumplidos y los anhelos frustrados. Esto quiere decir que los yoyos que llegué a poseer eran aquellos baratones y chafitas que vendían en la mercería de la esquina. No recuerdo haber tenido aquellos maravillosos yoyos de las marcas Ledy o Duncan (también la Coca Cola sacaba unos) que se anunciaban en la tele en blanco y negro y que eran carísimos. Recuerdo el yoyo Mariposa o el Majestic, aquel modelo transparente en colores rojo o azul. Si llegué a tenerlos en mis manos y sentir su delicioso deslizar por la cuerda, fue porque algún amigo o primo me lo prestaba “un ratito”.
  Cada año era temporada de yoyo y hasta se hacían concursos a nivel nacional. Había tremendos yoyistas (¿o yoyeros?) y uno se quedaba boquiabierto al verlos en la tele e ilusionarse con que algún día sería capaz de realizar tan fantásticas suertes y hasta ganar un viaje a Disneylandia o algún súper juguete de la juguetería Ara.
  Sueños guajiros.
  No voy a decir que mi afición por los yoyos fue muy grande o que me duró mucho tiempo. Digo, tampoco fui bueno con el balero o con las canicas (me criticaban porque tiraba “de uñita” y de todos modos lo hacía mal). Tal vez por eso fui más dado a inventar mis propios juegos, bajo mis propias reglas y que jugaba solo y mi alma. Eso sí que era un yo-yo.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Francia y todos nosotros




“¿Por qué se conduelen de Francia y no de Líbano y de Nigeria donde también hubo atentados terroristas?”. El reclamo parecería justo, pero hay una lógica en la mayor identificación con los franceses de parte del mundo occidental, por razones históricas, sociales y culturales, pero sobre todo por lo que Francia representa como símbolo de la libertad, la igualdad y la fraternidad, tres conceptos absolutamente odiados por los yihadistas del Estado Islámico. Golpear a Francia es golpear a Occidente y aunque a muchos mexicanos progres y ultranacionalistas no les agrade, pertenecemos a la cultura occidental y compartimos sus valores desde hace más de dos siglos.

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Muchos están subiendo videos y fotografías en las redes sociales sobre supuestos bombardeos de Francia en contra de la población civil en Siria, sin ponerse a averiguar si se trata de imágenes actuales o de hace mucho tiempo y sin comprobar si dichas imágenes son de bombardeos de la aviación gala y si realmente sucedieron en Siria o en otra parte del Medio Oriente. Si se informaran un poco, sabrían que Francia está atacando básicamente al principal bastión del Estado Islámico, en la ciudad ocupada de Raqqa, y que las bombas están dirigidas contra campamentos de yihadistas y no contra la población civil. Torcer la información para “poner en evidencia” al ejército francés es perverso y es hacerle el juego al mayor enemigo de la humanidad en estos momentos, es decir Isis, el llamado Estado Islámico, para el que, por cierto, todos los mexicanos (y eso incluye a progres y ultranacionalistas) también somos “infieles” y víctimas propicias de su locura.

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Aclaremos el punto: la ley del Islam que proclama que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es su profeta, con la cual los terroristas del Estado Islámico justifican sus crímenes, se llama la Sharia, pero no tiene que ver con los sharios, digo, con los chairos (al menos no desde un punto de vista etimológico). Para que luego no haya confusiones engorrosas.

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Hoy La Marsellesa tiene que ser el himno internacional, el himno de todos nosotros.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 20 de noviembre de 2015

J.J. Cale / Trobadour (1976)

J.J. Cale es uno de los padres y maestros guitarrísticos de Eric Clapton y padre absoluto de Mark Knopfler. El autor de “After Midnight” y “Cocaine” es también uno de los instrumentistas más finos que se pueda encontrar en el panorama del rock y sobre todo del blues rock. Sin Cale, la existencia de los Dire Straits sería inconcebible.

Mejor tema: “Hold On”



jueves, 19 de noviembre de 2015

John Kay: un lobo estepario

Tener menos de un año de edad, padecer severos problemas visuales y haber nacido en territorio alemán en vísperas de la derrota nazi por parte de los aliados no debe haber sido cosa fácil. Peor aún si ante el avance arrollador de las tropas soviéticas, tu madre te toma en brazos y escapa hacia Occidente, para correr múltiples peligros y encontrar al fin refugio en la zona de Berlín ocupada por el ejército británico. Sólo entonces llegará cierta calma, una calma que durará trece largos años.
  Así fue la infancia de Joachim Fritz Krauledat, a quien la posteridad conocería como John Kay y como el gran líder de una agrupación legendaria del rock sesentero: Steppenwolf. Este joven alemán empezó a empaparse de las canciones que escuchaban los soldados en la radio del ejército del Reino Unido y en 1958, cuando emigró a Canadá, ya tenía un gran bagaje musical que se incrementó en Ontario, donde en 1965 formó el grupo The Sparrows.
  Kay padecía de acromatopsia, una enfermedad de los ojos que le impedía distinguir los colores y lo obligaba a utilizar anteojos oscuros. Aún así, se convirtió en cantante y frontman de su banda, la cual no tuvo gran éxito local, lo que en 1967 la obligó a trasladarse a Los Ángeles, California, justo cuando el rock llegaba a un alto punto de ebullición. Los Sparrows cambiaron su nombre a Steppenwolf, en honor a la novela El lobo estepario de Herman Hess, y su poderoso sonido, basado en el blues pero con elementos de rock pesado, le otorgó una inmediata popularidad, en especial con su tema “Born to Be Wild”, el cual contiene en su letra –por primera vez en la historia del rock– el término heavy metal. (aunque quien primero lo empleó, para describir a un personaje, fue William Burroughs en su novela The Soft Machine de 1962).
  Aparte de su denso y potente estilo, Steppenwolf adoptó una actitud de abierta crítica contra el gobierno estadounidense, las corporaciones, los traficantes de drogas, la religión, la guerra de Vietnam y el sistema capitalista. Esto queda claro en composiciones como “The Pusher”, “Don’t Step on the Grass, Sam”, “Draft Resister”, “Power Play”, la propia “Born to Be Wild” y ese imponente himno que es “Monster/Suicide/America”.
  Aunque el grupo siguió grabando hasta 1990 y tocó hasta 2007, su gran obra se concentra en sus seis primeros discos, producidos en escasos tres años, especialmente Steppenwolf (1968),  Monster (1969) y For Ladies Only (1971), además de su fantástico álbum doble Steppenwolf Live (1970).
  La imponente presencia de John Kay lo convirtió en la cara de la agrupación que a lo largo de su historia vio pasar a muchos integrantes, mientras que él permanecía en su lugar, al frente de todo. Como solista o con la John Kay Band, grabó algunos álbumes de escasa trascendencia.
  En la actualidad, a sus 71 años de edad, Kay sigue presentándose de manera esporádica, mientras que la leyenda de Steppenwolf continúa por ahí perdida, olvidada por la gran maquinaria de la música, pero entrañable para un puñado de melómanos que no olvidan el riff de “Born to Be Wild” que sigue corriendo tan vertiginoso y potente como una Harley Davidson.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Roqueritos mexicanos que cantan en inglés

El fenómeno de los grupos mexicanos de rock que cantan en inglés no es asunto nuevo. Ya lo hacía Javier Bátiz a principios de los sesenta, lo hicieron muchos grupos jipitecas de fines de esa misma década y principios de los setenta (Bandido, Peace and Love, El Ritual, El Amor, La Tinta Blanca, La Revolución de Emiliano Zapata) y lo hicieron otros durante los años posteriores (un ejemplo muy claro es el de Dangerous Rhythm, más tarde rebautizado como Ritmo Peligroso, o el de Kenny and the Electrics).
  Las explicaciones que se daban en aquellos entonces para justificar tal tendencia eran principalmente tres: “el rock nació para ser cantado en inglés”, “la métrica del idioma español es incompatible con el rock” y “cantamos en inglés porque buscamos internacionalizarnos”. Los tres pretextos resultan hoy francamente insostenibles:
  1. Si el rock hubiera nacido para ser cantado en la lengua de Shakespeare y Dickens, no existirían canciones de ese género en alemán, japonés, italiano, francés, islandés, finlandés, portugués, catalán y, por supuesto, en español. 2. Está más que probado que la métrica del español sí puede encajar con la rítmica y las estructuras del rock en cualquiera de sus variantes, desde el rock pop más sencillo hasta el death metal más agresivo. 3. Eso de la internacionalización ha sido un sueño guajiro que a lo largo de más de cincuenta años ha demostrado su inviabilidad y que increíblemente sigue siendo una razón usada por los grupos y/o solistas nacionales. De hecho, los músicos mexicanos de rock más conocidos en el mundo –incluido por supuesto el amplio segmento de la humanidad que no habla nuestra lengua- cantan en español.
  Hoy día, el fenómeno se repite con grupos como Vaquero, Zoé o los Dynamite, entre varios más, con la agravante de que no sólo intentan cantar en inglés, sino que también su música trata de imitar a la de los grupos y movimientos comercialmente en boga, señaladamente lo que se conoce como indie (cualquier cosa que ello signifique) o en su defecto lo que queda de britpop.
  Aparte de resultar una actitud francamente clasista, discriminatoria y mamoncísima, la vacua pretensión de componer y cantar en inglés (mal pronunciado además) es ridícula y vana, porque en el supuesto primer mundo siempre preferirán a los originales que a los imitadores. ¿No sería mejor que esos grupitos se preocuparan por aprender a hablar y escribir bien en español y trataran de hacer algo bueno en el idioma que para su desgracia les tocó en suerte. Aquí les tocó nacer, muchachos. Ni modo.

(Editorial "Ojo de Mosca" que escribí para el No. 109 de La Mosca en la Pared, en octubre de 2006)

martes, 17 de noviembre de 2015

¿Qué es un músico frustrado?

Quienes ejercemos la crítica hemos escuchado infinidad de veces la famosa sentencia acusatoria que reza: “Criticas porque eres un artista frustrado”. Como si el ejercicio crítico fuese motivado por el deseo de venganza y no por el afán de analizar las obras de los creadores artísticos… y no tan artísticos.
  Acusar a un crítico de cine de ser un cineasta frustrado o a un crítico de literatura de ser un escritor frustrado se ha convertido en cliché, pero un cliché empleado por muchísima gente, ya sea los fanáticos del criticado en cuestión o éste mismo.
  El terreno de la crítica musical, por supuesto, no se salva de ello. En los veintitantos años que llevo de ejercer profesionalmente la crítica de rock (mis primeros textos al respecto se publicaron en la sección cultural de El Financiero en 1991), el epíteto de músico frustrado me lo han endilgado en muchísimas ocasiones. No es que me moleste, en absoluto; sin embargo, me causa curiosidad saber lo que significa.
  Según entiendo, se trataría de alguien que quiso hacer música y al no ser capaz de crearla o de interpretarla, se frustró tanto que se llenó de rencor contra quienes sí la pueden crear o interpretar y por eso los crítica.
  Aparte de que me parece un argumento simplista y bastante idiota, me pregunto: ¿y qué pasa con quienes ejercen la crítica musical y al mismo tiempo tocan un instrumento o componen canciones? Si hacen música –buena o mala, para el caso da lo mismo–-, ya no son músicos frustrados, ¿o sí?
  Tal vez algunos se refieran a que eres un músico frustrado cuando tus creaciones muy pocos (o nadie) las conocen. En ese caso serías un “famoso frustrado”, pero seguirías siendo músico.
  El problema de fondo es la incapacidad para comprender y sobre todo para soportar la crítica. Solemos tener la piel muy delgadita y por eso, en cuanto se nos cuestiona algo “negativo”, reaccionamos con ira… y con otra frase igual de idiota: “Yo acepto la crítica, siempre y cuando sea constructiva”.
  Pero como me dijo una vez el gran Nikito Nipongo: “La critica tiene que ser destructiva o no es".

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 16 de noviembre de 2015

El mito del Che Guevara

-Comandante, ¿qué se necesita para ser un buen revolucionario? 
-¡Huevos!

Ernesto Guevara, entrevistado por un periodista en Punta del Este, Uruguay, durante una conferencia de la OEA en 1962.

Una de las imágenes más comercializables y vendedoras (publicitaria, ideológica y políticamente hablando) desde finales de los años sesenta hasta la fecha es sin duda la de Ernesto Guevara de la Serna, mejor conocido para efectos universales como El Che. Su efigie más célebre, la que surgió a partir de la fotografía que le hizo Alberto Korda en 1967, es icono universal y uno de los símbolos del siglo veinte. De Nicaragua a Suecia y de Indonesia a Nigeria, de España a Japón y de Australia a México, el Che Guevara es héroe indiscutible, inmarcesible, impoluto. No en balde millones de personas en el mundo lo siguen considerando “el más puro, el más noble, el más valiente de todos los grandes revolucionarios”. Para esa gente, el argentino-cubano está a la altura de Jesucristo y Buda y para fines prácticos, ha sido canonizado desde hace varias décadas por la Iglesia marxista-leninista-maoista-castrista. No hay mácula en la biografía del Che. No hay sombra que oscurezca la menor parte de su historia personal y política. Es la perfección absoluta, el heroico guerrillero que dio generosamente la vida por sus ideales y murió sacrificado en aras de una humanidad más justa y libre, el ejemplo más preclaro de lo que él mismo llamaba “el Hombre Nuevo”. Y sin embargo…
  Por desgracia, el hombre real, el Ernesto Guevara de carne y hueso, estuvo muy lejos de encarnar ese ideal de perfección que se nos ha vendido desde hace tanto. No era el superhéroe de izquierda que nos muestran sus biógrafos incondicionales, no era el épico hidalgo que buscaba liberar al mundo de la opresión de un imperio insaciable y sanguinario; ni siquiera se trataba de un líder noble y amoroso capaz de conmoverse ante el dolor ajeno. El Che Guevara verdadero era un stalinista convencido, un admirador absoluto de la burocracia soviética que aplastaba a su pueblo con saña implacable y que mantenía en el terror de la delación, la vigilancia extrema y los campos de exterminio a millones de personas, cuyo único delito era disentir de la ideología de la supuesta dictadura del proletariado que no era otra cosa que la dictadura de una clase política minoritaria sobre las grandes masas alienadas y oprimidas.
  El Che gustaba proclamar que había que amar con odio revolucionario. Como ministro de economía de Cuba y miembro del politburó del Partido Comunista Cubano (PCC), ayudó a implantar un régimen de terror que envió a miles de isleños al paredón y a las cárceles. No era una persona fácil de conmover y no se tentaba el corazón para condenar a muerte a cualquiera que considerara contrarrevolucionario. Para él, el fin justificaba los medios y con tal de salvar a la revolución y luchar contra el “imperialismo yanqui”, pensaba que poco importaba asesinar a algunos cientos de miles de “gusanos”, como despectivamente se llamaba y se sigue llamando en la Cuba de Fidel Castro a quienes se oponen a su gobierno. Por otro lado, su férreo sentido de la disciplina le granjeó odios y rencores de muchos de sus compañeros en el PCC, quienes aborrecían su enfermizo afán por el trabajo (hoy se le llamaría un workaholic). También era un antirreligioso feroz y un homofóbico absoluto.
  Muchas veces me he preguntado cuánto le debe a su guapura y apostura la idolatría por el Che Guevara. ¿Sería lo mismo si hubiese tenido el físico de un Genaro Vázquez Rojas o un Lucio Cabañas, guerrilleros mexicanos de los años setenta, quienes muy lejos estaban de encarnar el ideal del galanazo cinematográfico? No en balde, en un filme de hace algunos años el Che fue personificado por Gael García Bernal y no por, digamos, Jesús Ochoa.
  Es que la revolución debe ser tan chic como la imagen de este personaje, quien no dudaba a la hora de jalar del gatillo a sangre fría en contra de algún "enemigo del pueblo". Se sabe que así asesinó, con su propio revolver, a algunas decenas de "contrarrevolucionarios", pero como él mismo siempre decía: hay que amar con odio revolucionario. Vaya que lo hizo.

(Texto que escribí para el No. 10 de la revista Mosca y que habría de aparecer en la sección "Vacas sagradas", bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr.)

domingo, 15 de noviembre de 2015

Viniles: el eterno retorno

Cuando a mediados de la década de los ochenta surgió el disco compacto, muchos pensaron que con ello se decretaba la muerte definitiva de los llamados en México viniles o acetatos (en Argentina, España y otros lares les dicen vinilos y muchos jóvenes mexicanos han adoptado esa denominación). Tanto se creyó que desaparecerían para siempre que un gran número de coleccionistas malbarató o de plano tiró a la basura sus elepés, en aras de irlos sustituyendo con el “revolucionario” disquito metálico. Los viniles de 33 y 45 revoluciones se abarataron de tal manera que perdieron casi todo su valor. Los pocos que decidimos conservar nuestras colecciones fuimos vistos como neuróticos aferrados a cosas inútiles y se nos contemplaba con condescendiente desprecio.
  Quién iba a imaginar en ese entonces que treinta años después, cuando los “eternos” CD han corrido la misma suerte y se han depreciado de manera escandalosa y cuando las descargas de música por streaming son lo imperante, aquellos viejos y anticuados discos de vinil volverían no sólo a estar en auge, sino incluso a tener un crecimiento impresionante en sus ventas, con un porcentaje mayor aun que el del propio streaming.
  A pesar de que plataformas como Spotify y YouTube, con cerca de 75 millones de usuarios en 32 países, permiten el acceso a miles y miles de discos de manera prácticamente gratuita y a que se ha creado la tendencia a comprar en línea canciones sueltas, en detrimento de los álbumes, durante los años más recientes el gusto por adquirir discos de vinil ha ido creciendo en forma exponencial. Tan sólo en España, por ejemplo, y según un reportaje del diario El País, de 15 mil acetatos que se vendieron en 2005 se pasó a 260 mil el año pasado, lo que representa un incremento del 1,633 por ciento.
  Esta tendencia se repite a nivel mundial. Según datos de la Asociación Estadounidense de Productores (RIAA), la venta de viniles ya superó tan sólo en este año a la de música por streaming, con ventas que llegan a los 222 millones de dólares. Únicamente en Amazon, la oferta de este tipo de discos ha llegado a 1.3 millones de ejemplares.
  Platico con Javier Carsi, propietario de la tienda de discos “Aquarius”, ubicada en la calle de Coahuila, en la defeña colonia Roma, y me cuenta que el aumento en el interés por los elepés ha sido notorio en esta década.
  “Tengo clientes de todas las edades y sus preferencias varían, desde los álbumes clásicos de los años sesenta y setenta a lo más novedoso”, me cuenta. “Todo el material lo importo de Europa, porque en México aún no se producen muchos discos de estos”. Me dice que los precios varían, pero que en promedio cada álbum cuesta entre 300 y 400 pesos, “porque yo todo lo que vendo es nuevo, no tengo discos usados como en otras tiendas”.
  Me llama la atención ver en los estantes algunos álbumes de grupos mexicanos de fines de los años sesenta, como los Dug Dugs o Bandido, y me sorprendo cuando Carsi me dice que también son importados y que se trata de grabaciones editadas por pequeñas disqueras europeas. “Las grandes compañías no se han interesado aún por la producción de acetatos, pero cuando se den cuenta de que ha vuelto a ser un buen negocio, quizá recapaciten y vuelven a fabricarlos”.
  Esto es cierto. No en balde, en los Estados Unidos los sellos que están sacando álbumes de vinil no son EMI o Warner sino, por mencionar algunos casos, Ghostly Internacional, Sub Pop, Mexican Summer, Constellation, Cascine, None Records o Third Man Records, este último propiedad del músico Jack White, quien se ha especializado en el rescate, la remasterización y la producción en acetato de discos muy antiguos de blues y roots music, como algunas grabaciones clásicas de Charley Patton, Blind Willie McTell y The Mississippi Sheiks, además de que en su repertorio tiene placas de siete pulgadas (como aquellos entrañables disquitos EP de 45 rpm) de gente como Beck, Laura Marling, Insane Clown Posse, Seasick Steve y hasta del mismísimo Tom Jones, entre varios otros.
  Hace algunas semanas, la familia de Frank Zappa firmó un convenio con el gigante discográfico Universal Music para reeditar en vinil varios clásicos del gran músico. Por lo pronto, se anunció la próxima aparición de joyas como One Size Fits All, Joe’s Garage y 200 Motels.
  Dos jóvenes neocoleccionistas de viniles (de la generación que los llama vinilos) me hablan de sus experiencias. Pablo Pulido, coordinador editorial de la revista Marvin, me dice que en realidad empezó a buscarlos desde que tenía doce años, “cuando me hice de un ejemplar en vinil del Adore de los Smashing Pumpkins y comencé a coleccionarlos debido a que percibía distinto el escuchar la música en ese formato, de cierta forma sentía más intensa la experiencia”. Hoy día, adquiere los discos por medio de internet, ya sea en Amazon o directamente con las disqueras. Para escucharlos, “primero utilizaba una vieja consola de mi familia, después heredé una de mi hermano mayor, hasta que me hice de una profesional para una mejor calidad”. Entre sus más recientes adquisiciones se encuentran el Thank Your Lucky Stars de Beach House, el In the City de Chromatics y el Post de Björk.
  Por su parte, Roberto González Clapés, ex editor de la misma revista, tiene tres años como consumidor de acetatos y se enamoró de ellos “cuando exploré la colección de mis papás y me encantó la sensación de tenerlos y saber que algunos de ellos tenían más de cuarenta años de existencia. Me imaginaba los momentos por los que habían pasado y la sensación de nostalgia. Así que arreglé la tornamesa Pioneer del año ochenta de mi papá y empecé mi colección comprando puros discos usados”.
  Hoy día adquiere los elepés por medio de Amazon, “ya que si compras más de cierto monto el envío te sale gratis y eso es más barato que cualquier lugar que pueda haber en México, incluso que Amazon México. Siempre que viajo a los Estados Unidos me compro unos diez discos y aquí los adquiero de vez en cuando, pero sólo cuando veo ediciones difíciles de conseguir, algún disco a muy buen precio o cuando ando bajón y necesito levantar los ánimos”.
  “Al principio compraba discos clásicos que pienso son indispensables. Una vez que conseguí una cantidad considerable de esos, empecé a comprar los nuevos más seguido. Hoy día, yo creo que compro un disco clásico por cada cuatro nuevos”, concluye. En fechas recientes se ha hecho de discos en acetato como el Allas Sak de Dungen, el Sun Coming Down de Ought y el Weird Little Birthday de Happyness.
  Así que si usted aún sigue siendo dueño de una buena colección de viniles, no dude en desempolvarlos: su tesoro sentimental ahora vale oro puro.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Una izquierda de caricatura

¿Cómo caracterizar a eso que en México hoy se autodenomina izquierda? ¿Cómo definir a ese ente dividido, desideologizado, oportunista, distorsionado, corrompido, ridículo, inculto, anquilosado, retrograda y decenas de adjetivos más que se le pueden adjudicar sin faltar a la verdad?
  La izquierda mexicana no tiene precisamente una historia ejemplar o de la cual pueda enorgullecerse. Desde los tiempos de Vicente Lombardo Toledano o del staliniano Partido Comunista, su camino ha estado empedrado por un cúmulo de divisiones, odios y traiciones. De todos los personajes que lucharon por conformar una verdadera izquierda en nuestro país, muy pocos nombres se pueden rescatar. Yo mencionaría a Heberto Castillo y a José Revueltas como los dos más insignes, con todas las contradicciones de este último. Mentes lúcidas las ha habido también en el campo de la teoría, caso de gente notable como Roger Bartra, Luis González de Alba o José Woldenberg, para citar tres ejemplos.
  Sin embargo, lo que hoy se conoce como izquierda no es sino una caricatura infame. No se me ocurre otra manera de definir a los actuales PRD y Morena (Convergencia y esa mala broma que fue el recientemente des-registrado Partido del Trabajo no cuentan), cuyos líderes son como un mal comic o una grotesca serie de dibujos animados. Basta con verlos a diario. Obsérvense las disputas mezquinas entre chuchistas y antichuchistas o escúchese el delirante discurso cotidiano de López Obrador quien, cual Alex Lora de la política, viene repitiendo las mismas frases desde hace tres lustros (en ese sentido, no hay mucha diferencia entre “¡que viva el rocanroooool!” y “la culpa la tiene la mafia en el poder”). Léase además el tipo de prensa amarillista y catastrofista que bajo el disfraz de un santurrón progresismo copta buena parte de los medios impresos. Es una calamidad.
  Mucha falta le hace a México una izquierda moderna, abierta, inteligente, cultivada y con planteamientos concretos en pro de las mayorías y las minorías. Pero mientras sigamos entre chuchos, pejes y sus adláteres, no se ve cómo pueda surgir. Vaya joda.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 13 de noviembre de 2015

Little Feat / Little Feat (1971)

Uno de los grupos de rock sureño más bizarros de la historia, con orígenes zappianos que se funden con la música de Gram Parsons y que puede considerarse como antecedente del actual alt-country. Comandados en su álbum debut por los ex Mothers of Invention Lowell George y Roy Estrada, estos locos pusieron la piedra fundacional de todo un género.

Mejor tema: “Hamburger Midnight”

jueves, 12 de noviembre de 2015

Led Zeppelin II

Grabado prácticamente al vapor y en condiciones muy poco propicias, en medio de la primera gira del grupo por los Estados Unidos, el segundo opus de Led Zeppelin (Atlantic, 1969) resultó, a pesar de los pesares, no sólo una obra maestra del rock duro sino una de las piedras fundacionales del heavy metal. Tan bluesero y pesado como su antecesor, Led Zeppelin II significó sin embargo un avance, pues contiene una mayor sofisticación y no sólo en las canciones semiacústicas (la preciosa “Thank You”, la emotiva “Ramble On”, la sensual “What Is and What Should Never Be)”, sino también en los cortes de riffs agresivos (el premetalero “Heartbreaker”, el movidísimo “Living Loving Maid [She's Just a Woman]”) o en los esplendidos blueses (el cachondo “The Lemon Song”, el cover fantástico a “Bring It on Home” de Willie Dixon). Sin embargo, fueron dos temas en especial los que más trascendieron de este disco. Primeramente, el restallante “Whole Lotta Love”, con su seco e inconfundible riff de cinco notas. “Mucho amor” (como se conoció en México) era en realidad una composición de Willie Dixon, pero el zepelín lo retomó un tanto a la mala y lo grabó sin la autoría respectiva y con el crédito de Bonham, Jones, Page y Plant. Posteriormente, una demanda haría que el apellido Dixon fuese incluido al lado de los otros cuatro (algo que aconteció de igual manera con “Bring It on Home”). Problemas legales aparte, “Whole Lotta Love” es pieza clave en la trayectoria de Led Zeppelin, en especial por la parte intermedia, un coctel de efectos de sonido que en algo recordaba las experimentaciones de los Beatles en “Revolution No. 9”. Por otra parte, “Moby Dick” llevó a John Bonham a los primeros planos, con el impresionante solo que lo convertiría en uno de los bateristas más respetados de la historia del rock. Sin poseer la frescura y el eclecticismo del primer disco, Led Zeppelin II fue más influyente para los jóvenes músicos que en los setenta irrumpirían en la escena del hard rock en general y del metal en particular.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Only Lovers Left Alive

La mejor manera de ver y disfrutar esta película, dirigida por el gran Jim Jarmusch en 2013, es no tanto desde su lado "romántico" sino desde su sutil, finísimo y agudo sentido del humor. Dice la crítica estadounidense Susan Wloszczyna que el cine de Jarmusch más que de acción es de interacción, de interacciones entre sus personajes y en ello juegan un papel fundamental los diálogos, algo que en Only Lovers Left Alive destaca de manera tan inteligente como divertida.
  La historia de esta pareja centenaria de vampiros (Eve y Adam -ya los nombres nos dicen algo-, interpretados respectivamente por los enormes Tilda Swinton y Tom Hiddlestone) y sus avatares para reunirse (ella vive en Tanger, él en Detroit, donde tiene una casona que funge como enorme estudio de grabación y de colección centenaria de instrumentos musicales y discos) y para alimentarse (han renunciado a morder gente y se abastecen de sangre en hospitales y/o bancos del espeso líquido escarlata) resultan tiernos, emotivos, simpáticos.
  Aunque hay tintes de tragedia en la cinta, ese humor al que me referí al principio salva hasta los momentos más fuertes y terroríficos.
  Apuntes magníficos, como cuando Adam lleva a Eve a dar un paseo nocturno en su carro por las desoladas calles de Detroit ("Mira, en esa casa nació Jack White"), una ciudad casi fantasma (como lo es hoy día, en realidad, en varias zonas de la otrora motor city), y él le pregunta: "¿quieres ir a ver el edificio de Discos Motown", a lo que ella responde algo así como "No, la verdad es que yo soy más de Stax Records" o como cuando Eve regaña a su conflictiva hermana menor Ava, también vampira, por haber succionado la sangre de un joven amigo de Adam, hasta dejarlo sin vida, y ésta (interpretada por la preciosa Mia Wasikowska) le comenta: "la verdad es que no tenía buen sabor", a lo que la mayor complementa: "Quién te manda meterte con alguien del medio musical" y uno más: Eve le pregunta a Adam si era verdad que en el siglo XVIII había conocido a Mary Shelley (la autora de Frankenstein) y que cómo era. Él sonríe y le dice con toda la irónica ambigüedad del verbo To be: "She was delicious".
  Mención aparte merece el otro vampiro que aparece: el viejo Marlowe (sí, el mismo escritor isabelino que según muchos fue el autor de todas las obras que conocemos firmadas por William Shakespeare), de quien hace una magnífica interpretación el legendario actor John Hurt.
  Una película en verdad tan delicious (el vampírico final es maravillosamente sarcástico) como el aspecto rocanrolerísimo de los dos protagonistas y sus sempiternos lentes oscuros.

martes, 10 de noviembre de 2015

Blues con olor a cedro

El blues es una música que se ha expandido por todo el mundo, en especial desde que, a principios de la década de los sesenta de la pasada centuria, los jóvenes músicos ingleses lo adoptaron como una música propia y rindieron homenaje a sus creadores, para sacarlos del anonimato en que se encontraban dentro de su propio país.
  A partir de entonces, surgieron exponentes del género por todo el planeta y desde Francia hasta Argentina y desde España hasta México el blues fue interpretado de muy singulares maneras, ya sea respetándolo de la manera más ortodoxa o dándole matices propios de los lugares donde se producía. Hoy hay blues en Rusia y en Mali, en Australia y en Cuba. No debería extrañarnos entonces que lo haya también en Líbano, ese conflictivo y martirizado país del Cercano Oriente del que más sabemos por las guerras y la violencia que ahí se han producido.
  The Wanton Bishops es una agrupación libanesa de rock blues en su sentido más puro y más crudo. Fundada hace cuatro años en Beirut por Nader Mansour (voz principal, guitarra, armónica y teclados) y Eddie Ghossein (segunda voz, guitarra y banjo), desde un principio empezó a componer y tocar un blues estilo sureño, con un sonido que lo emparienta con gente como George Thorogood o The Blackwater Fever. De tocar en algunos cafés de Beirut, pronto su música empezó a difundirse hasta llegar a algunos países de Europa, donde empezaron a ser un grupo de culto.
  Sleep with the Lights On (2015) es su primer álbum y se trata de una sensacional descarga de adrenalina, con un espíritu grasoso que, sin embargo, muy en el interior deja ver algo de la circunstancia de haber surgido en un país como Líbano.
  The Wanton Bishops no canta en árabe libanés, lo hace en inglés y eso tal vez le robe cierta identidad (como pasa con los grupos mexicanos que hacen lo mismo). Lo salva el amor por el blues rock original y su manera de interpretarlo, con un sentimiento casi negro. Ello, aparte de su extraordinaria calidad musical, principal argumento para recomendar su disco debut. Es el suyo un estilo con olor a madera de cedro.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 9 de noviembre de 2015

Decálogo para escribir “nueva novela mexicana”

1.- Ambientar las historias en entornos sórdidos: barrios bajos de la periferia, cantinas, prostíbulos y lugares de mala muerte en general.

2.- Los personajes deben ser perdedores, viciosos, pesimistas, amorales, cínicos, pendencieros y de preferencia alcohólicos y/o drogadictos y tienen que contar con un pasado oscuro, sea éste explícito o no.

3.- Situar los relatos en la frontera norte (Tijuana o Juárez, de preferencia) o el centro histórico del DF otorga un plus.

4.- El uso de "malas" palabras es de gran ayuda: por todos lados hay que escribir pendejo, cabrón, chingada, puta, etcétera.

5.- Muy aconsejable es el empleo de verbos como chingar, coger, mamar, mear, cagar y similares.

6.- La presencia de personajes relacionados de una u otra manera con el narco en particular o el crimen organizado en general será de gran ayuda.

7.- Sexo, mucho sexo, entre más explícito mejor.

8.- Violencia, mucha violencia, entre más explícita y sanguinolenta mejor.

9.- Si se usa a un narrador omnisciente, éste tiene que tener una visión negra, amarga y desesperanzada de la vida.

10.- Léase mucho a Charles Bukowski y trátese de imitarlo..., sin que se note demasiado.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Lo que hacemos en las sombras

Creo que desde que vi La danza de los vampiros de Roman Polanski (1967) no me había divertido tanto con una película humorística de terror. What We Do in the Shadows es una cinta neozelandesa que bajo el formato de un falso documental nos presenta la vida cotidiana de un grupo de vampiros que vive en la ciudad de Wellington.
  Con entrevistas a los tres principales habitantes de la casa, el filme dirigido en 2014 por Taika Waititi y Jemaine Clement, quienes también actúan, resulta muy simpático en su retrato delirante de la existencia del día a día (o más bien de la noche a noche) de Viago, Vladislav y Deacon (y hay que agregar a Petyr), además de otros personajes sensacionales que se van sumando a la trama. La historia personal de cada uno (con sus cientos de años de edad, sus distintas personalidades, sus traumas, sus debilidades, sus ambiciones, sus remembranzas) termina por conformar un cuadro tierno en el que uno se encariña con esos entrañables vampiros, a pesar de toda la sangre, la violencia y la crueldad de las que son capaces.
  Una de las partes más hilarantes de esta comedia sucede cuando los vampiros son introducidos en las nuevas tecnologías por Stu, un humano a quien deciden no atacar y prácticamente adoptarlo por lo bien que les cae. Hasta selfies empiezan a tomarse.
  En fin que si tienen oportunidad de ver esta muestra del cine de humor de Nueva Zelanda, no se la pierdan. Yo la vi en el sitio Monsterdivx, con subtítulos en español y una calidad perfecta.

sábado, 7 de noviembre de 2015

El derecho a la libertad

El histórico fallo de la Suprema Corte de Justicia del pasado miércoles 4 de noviembre, en el que se abre la posibilidad de que los mexicanos que así lo quieran puedan sembrar, cultivar y consumir marihuana con fines lúdicos y recreativos y sin que ello constituya un delito, no sólo representa un gran avance dentro del necesario y a mi modo de ver imparable proceso para llegar a la legalización total de la hierba, sino que reafirma a México como una nación en la que se ejerce una gran cantidad de libertades.
  Tanto solemos quejarnos de nuestro país, tanto despotrican muchos contra la “represión” y “la falta de libertades” en que según ellos vivimos, que no nos fijamos en otras naciones en las cuales esas libertades se encuentran acotadas y en donde la represión gubernamental se aplica con dureza y sin contemplaciones.
  Habrá que agradecer a Arturo Zaldívar y a los otros tres ministros de la Corte por hacernos recordar que con todos sus defectos y todas sus carencias, la joven democracia mexicana sigue en pie y que tenemos una fuerte opinión pública que influye en los cambios positivos que se dan por nuestros lares (ello a pesar de que, paradójicamente, buena parte de esa misma opinión pública se queja de la falta de libertades… al mismo tiempo que las ejerce).
  Buena y significativa coincidencia ha sido también que mientras se daba la determinación de la SCJN, en el Senado se retirara la confusa iniciativa de ley que había presentado el priista Omar Fayad y que buscaba reglamentar el uso de internet. A lo mejor, como él lo asegura, la idea del senador no era coartar la libertad en ese medio hoy fundamental y quizás hubo algo de histeria en las críticas que se le hicieron, pero la ambigüedad de algunos de sus artículos se prestaba a malas interpretaciones y fue mejor cortar por lo sano.
  Comparado con lo que se vivía, por ejemplo, en los años setenta y ochenta del siglo pasado, el clima de libertad en México es notablemente mayor y quienes vivimos aquellos tiempos lo sabemos. Falta mucho aún por avanzar, pero con tumbos y tropezones, ahí la llevamos.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 6 de noviembre de 2015

Ten Years After / Sssh (1969)

Uno de los mejores guitarristas blancos de blues hoy permanece casi en el olvido. Durante el festival de Woodstock, Alvin Lee asombró al mundo con su preciso y velocísimo rasgueo y su enorme feelin’. Este es un disco en estudio que nos lo muestra en pleno al lado de su eficaz grupo.

Mejor tema: “I Woke Up This Morning”

jueves, 5 de noviembre de 2015

20 años de la obra maestra de Smashing Pumpkins

¿El álbum blanco de los noventa? Definirlo de esa manera sería una comparación injusta: injusta para los Beatles e injusta para los Smashing Pumpkins. Porque quizá lo único que hermana a ambos trabajos es que se trata de álbumes dobles, en los cuales se incluye una gran cantidad de canciones que siendo disímbolas entre sí, dan como resultado un conjunto contradictorio pero a la vez congruente y equilibrado. No obstante, Mellon Collie and the Infinite Sadness es una obra que posee características propias y singulares.
  De las agrupaciones llamadas alternativas de principios de los noventa, Smashing Pumpkins se distinguió desde un principio por seguir su propio camino. Su música pronto se alejó del rudo y violento grunge surgido en Seattle, para dirigirse a terrenos en los cuales corrientes como el dream-pop, el dark, el heavy metal, el progresivo y la sicodelia tenían mucho que decir y es precisamente en su tercer álbum –luego de Gish (1990) y Siamese Dream (1993) – en el que estas influencias confluyen y se sintetizan de un modo más claro.
  Billy Corgan, líder, cabeza y alma de la agrupación, un verdadero enfant terrible del rock noventero, demostró en Mellon Collie... su genio creativo, al producir una amalgama de composiciones llenas de riqueza armónica y melódica, en medio de un sentido de la rítmica que iba de los sólidos beats del rock duro a la acompasada suavidad de baladas cargadas de perversa dulzura.
  El álbum se encuentra dividido en dos partes, cada una contenida en un disco y con la medida proporcional de catorce composiciones por mitad. El disco uno (Dawn to Dusk) es el menos oscuro y más accesible, lo cual no significa que se trate de un segmento fácil de asimilar. Aquí, a los finos arreglos instrumentales de cuerdas y teclados corresponden dosis de guitarras distorsionadas (debidas sobre todo a James Iha), mientras la voz de Corgan puede ir de una ternura un tanto enfermiza a una dureza angustiada y angustiante que arroja al rostro del escucha sus sardónicas letras llenas de desencanto, malestar y agónica congoja. Hay temas tan soberbios como la introducción pianística del corte que da nombre al disco, la belleza orquestal (con ejecutantes pertenecientes a la Sinfónica de Chicago) de “Tonight, Tonight”, las explosiones grungeras de “Jellybelly”, “An Ode to No One” y “Zero” (con un riff que ya es un clásico), la headbangera “Bullet with Butterfly Wings”, la tensa y a la vez relajada (válgase la paradoja) “To Forgive”, la luminosa “Galapogos”, la portentosa “Porcelina of the Vast Oceans” y la concluyente “Take Me Down”.
  Twilight to Starlight, es decir el segundo disco del álbum, es ciertamente más denso y hermético que la primera parte de Mellon Collie... Eso no significa que nos encontremos frente a la contraparte de Dawn to Dusk. Más bien se trata de un complemento un tanto más nebuloso que abre con “Where Boys Fear to Tread” y culmina con “Farewell and Tonight”. Entre las doce piezas restantes hay temas muy populares como “Thirty-Three” y “1979” y otros no por menos conocidos menos buenos, como el cuasi blacksabbathiano “X.Y.U.”, “In the Arms of Sleep”, el pesadísimo “Tales of a Scorched Earth”, el melancólico “Stumbleine”, el graciosamente vampiresco “We Only Come Out at Night” y esa belleza que es “Lily (My One and Only)”.
  Mellon Collie and the Infinite Sadness, el ambicioso proyecto artístico de Billy Corgan grabado en Chicago y Los Angeles, con la mitad de las canciones compuesta con guitarra y la otra mitad con piano, es de algún modo el testamento musical de la primera época de Smashing Pumpkins con su formación original (el propio Corgan, James Iha, la bajista D'Arcy Wretzky y el baterista Jimmy Chamberlin). Un testamento que perdura a veinte años de haber sido grabado y que trascenderá a lo largo del tiempo.

(Publicado en la sección de música de la página Nexos Cultura y Vida Cotidiana)

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Roqueros de medio tiempo

Ilustración: Ricardo Sandoval
Y a veces ni siquiera eso.
  Me refiero a los músicos mexicanos que hacen o dicen hacer rock y quienes en su enorme mayoría, dada la crisis sempiterna en que ha vivido dicha actividad en nuestro país a lo largo de más de medio siglo, no pueden dedicarse a su sola profesión y se ven obligados a buscar el sustento en otros ambientes muchas veces ajenos y hasta contrapuestos.
  Claro, hablo de la tropa de roquerines que como sea se entregan a lo suyo y luchan contracorriente por salir adelante, enfrentándose a un medio hostil que los explota, los desprecia, los ningunea y los maltrata. Vivir del rock en México es misión casi imposible. Sólo una pequeñísima élite logra sobresalir y ganar lo suficiente como para no tener que dedicarse a otros empleos alternos y, hay que decirlo, dentro de esa pequeñísima élite, hay quienes ganan millones y tienen (al menos en apariencia y si no dilapidan sus ingresos) asegurado su futuro. Pero la gran masa de músicos nacionales tiene que hacer milagros y malabarismos para conseguir su sustento cotidiano y poder pagar la renta, el teléfono y la luz (como diría Chava Flores).
  El medio del rock nacional es ingrato. En especial para los músicos que provienen de la clase media y la clase baja. Por eso vemos que la mayoría de los grupos y solistas que pueden vivir del medio pertenecen a la clase media alta o de plano a la clase alta. Son ellos –y así ha sido históricamente– los que cuentan con los recursos, por ejemplo, para comprar buenos instrumentos, pagar caros estudios de grabación y hasta presumir de que las mezclas de sus discos se hacen en los Estados Unidos o Europa; eso para no hablar de las relaciones públicas que los llevan con rapidez a las alturas y que se les facilitan por haber estado en determinado colegio particular, en determinada universidad privada o por ser hijos de personalidades de la política, el empresariado o eso que se conoce como “el medio artístico”. Jamás han sabido de penurias económicas ni lo sabrán. Claro, hay entre ellos quienes se dedican también a labores paralelas, pero éstas se encuentran relacionadas con la ingeniería de grabación, el diseño gráfico, las artes plásticas, la literatura, el cine, el teatro, la televisión, la fotografía, la publicidad, la moda e incluso la academia. Puras actividades nice, pues.
  En cambio, el sector prole de nuestro rockcito sí que se las ve negras para sobrevivir. Sé de músicos que viven casi en la indigencia y que para irla llevando chambean como editores, reporteros o redactores (los más afortunados), pero también como oficinistas, almacenistas, burócratas, cajeros, maestros en primarias oficiales, vendedores de seguros, taxistas, plomeros y un largo número de trabajos agotadores y poco presumibles. Los hay también que trabajan dentro de la música y tocan no sólo en sus grupos, sino en dos o tres más, normalmente de eso que llaman música versátil. El hueso, pues.
  Pero están también los roqueros desempleados que tocan una vez al mes para ganar 200 o 300 pesos por “tocada”.
  Si existiese un filtro de calidad y los mejores músicos fueran los que hoy están en la cumbre y viven de lo que hacen, estaría muy bien. El problema es que no es el talento lo que manda. Conozco, por ejemplo, a un guitarrista cuyas capacidades técnicas y artísticas dejan muy por debajo a varios de los que hoy se ostentan como los mejores de México y, sin embargo, lleva años en el ostracismo, viviendo al día y trabajando en mil cosas para subsistir. Pero claro, es de cuna humilde y eso parece ser una marca de por vida. Lo mismo puedo decir de un fantástico bajista, un extraordinario saxofonista, una maravillosa flautista y un par de voces femeninas excelsas.
  Así son las cosas y así han sido por años en este país, en donde resulta tan difícil vivir de la música… y de otras diez mil profesiones.

(Publicado este mes en mi columna "Bajo presupuesto" de la revista Marvin)

martes, 3 de noviembre de 2015

Calamaro en sus propias palabras

No se trata de una biografía en el estricto sentido de la palabra. Tampoco de un diario que vaya avanzando de manera cronológica y ordenada. Paracaídas y vueltas (Planeta, 2015) de Andrés Calamaro es una colección de breves textos, algunos reales, otros alucinados, en los que el músico argentino da rienda suelta a una imaginación desatada, llena de desenfado y buen humor.
  Dueño de una estupenda prosa, el autor de canciones como “Flaca” y “Crímenes perfectos” y de discos como El salmón y Alta suciedad se divierte y nos divierte con diversos pasajes de su vida (diarios íntimos, los llama) que, en la mejor tradición cortazariana en Rayuela, pueden leerse de corrido o al azar. Uno puede abrir el libro en cualquier página y toparse con algún escrito que lo mismo habla de un supuesto encuentro con Picasso en el cuarto de un hotel, donde ambos fuman marihuana y ven la televisión, o del cantante de tango Roberto Goyeneche o de Maradona o de Tom Waits o de Truman Capote o de Jimmy Page y Led Zeppelin.
  Culto, pero sin tomarse en serio a sí mismo, Calamaro nos hace disfrutar con sus revelaciones sin vergüenza y sus confidencias deliciosamente impúdicas. También con sus homenajes a la gente que admira, como en esa pequeña semblanza personal sobre Jimi Hendrix, o los países que ama (en el caso del nuestro, con una visión que de pronto resulta un tanto turística y cercana al lugar común de los visitantes de la plaza Garibaldi): “Dulce, cultural, enigmático y sanguinario. Colorido, aromático, histórico. El México de Pancho Villa, de Frida y Diego, de Buñuel y El Pana. De Alex Lora y Vicente Fernández. Del Chapo y el Mayo. Un mundo aparte. El de las revoluciones. El de los rituales y las ceremonias. El de los fantasmas en los caminos polvorientos de Rulfo”. Pero bueno, podemos perdonárselo, como le podemos perdonar el haber grabado un disco con Enrique Bunbury.
  Muy argentino y a la vez muy universal, el estilo escritural de Calamaro se disfruta de cualquier manera y hace de la lectura de Paracaídas y vueltas algo en verdad placentero.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 2 de noviembre de 2015

Ornette Coleman: puro y absoluto free jazz

No se puede dejar ir el año sin mencionar una de las pérdidas más importantes y significativas en el mundo de la música en general y del jazz en particular. Me refiero a la muerte de uno de los grandes genios de todos los tiempos dentro de este género –a la altura de un John Coltrane o un Miles Davis–, el gran Ornette Coleman, quien falleció el pasado 11 de junio, a los ochenta y cinco años de edad.
  Gran impulsor del free jazz, ese estilo con tantos detractores, Coleman había sido paulatinamente olvidado por la ortodoxia jazzera. Puristas y tradicionalistas nunca aceptaron su revolucionaria propuesta y hasta la llamaron anti-jazz. Al final se salieron con la suya y de algún modo borraron a este saxofonista del panorama de lo que ellos consideran “el gran jazz”.
  La desaparición de Coleman es una oportunidad para reivindicarlo y devolverle su sitial entre los más grandes intérpretes y compositores de esta música, un sitial que jamás debió perder…, si es que en realidad lo perdió.
  Randolph Denard Ornette Coleman, nacido en Fort Worth, Texas, el 9 de marzo de 1930, fue siempre un inconforme, un rebelde que buscó salir de la ortodoxia y crear su propio estilo, libre, abierto, ajeno a cualquier esquema. Con su sax alto como arma implacable, consiguió revolucionar al mundo del jazz de finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, al alejarse no sólo de los tradicionales standards del American Song Book, sino al prescindir de muchas fórmulas del género y fundir al todo instrumental sin una base rítmica y armónica rígida, a fin de otorgar una libertad absoluta a los músicos, así esto significara la asonancia y la estridencia que para muchos resultó insoportable en sus finos oídos, acostumbrados a las melodías reconocibles y convencionales. Era el free jazz: ruido para sus prejuiciados tímpanos.
  Coleman fue un hombre de su época, un músico que entendió a la perfección los cambios que empezaban a darse no sólo en la música sino en el arte, la cultura y la vida cotidiana. Comprendió que los aires de ruptura y transformación eran inminentes y no sólo se sumó a ellos, sino que los encabezó por medio de sus ideas, sus propuestas y sus composiciones.
  Músico vanguardista, fue más radical incluso que los propios Coltrane y Miles. Al lado del trompetista Don Cherry, quien por muchos años fue su fiel escudero, consiguió hacer que el jazz resquebrajara lo establecido e hiciera trizas todas las cuadraturas.
  “Nunca entendí por qué si el piano tocaba en clave de Do, el saxo debía estar en clave de La. Eso no cabía en mi cabeza cuando empecé en la música. De ahí surgió mi idea de que cada músico pudiera tocar en la tonalidad que se le antojara. En mis bandas, no me importaba que los músicos tocaran en la clave que quisieran, lo que me importaba es que tocaran conmigo. No quería que me siguieran, quería que se siguieran a sí mismos”, decía Coleman en alguna entrevista.
  Esta heterodoxia lo llevó a extremos tan arriesgados como delirantes, hasta crear un nuevo y provocador lenguaje dentro del jazz. Que lo llamaran anti-jazz no era algo que le molestara, todo lo contrario. Tenía vocación de apóstata.
  Muchos discos grabó a lo largo de su carrera, pero su álbum fundamental y el que encierra todo su espíritu herético y heterodoxo es el extraordinario The Shape of Jazz to Come de 1959, editado por Atlantic Records, y que ya desde su mismo título posee una arrogancia desafiante, como si el músico se encontrara seguro de estar estableciendo las bases de lo que sería el jazz en el futuro, un jazz libre de protocolos y ataduras. En ese trabajo se encuentra el Ornette Coleman en estado puro, a sus escasos y vigorosos veintinueve años, al lado de Don Cherry y de esa gran sección rítmica conformada por Charlie Haden en el bajo y Billy Higgins en la batería. Temas como “Lonely Woman”, “Peace”, “Focus on Sanity” o “Congeniality” muestran lo que habría de ser el free jazz que seguirían músicos como Eric Dolphy, Pharoah Sanders, David Murray y Sun Ra.
  Ornette Coleman, el hombre que reescribió el jazz, el innovador, el revolucionario, el nihilista, falleció en Manhattan, ya octogenario, de un paro cardiaco. Su sax alto queda para la posteridad en varias decenas de álbumes y otro tipo de grabaciones. En cuanto a su legado, instrumentistas actuales como John Zorn y otros lo tienen más que absorbido. Por fortuna.

(Publicado este mes en la revista Nexos)

domingo, 1 de noviembre de 2015

La maquina de leer los pensamientos

Terminé esta novelita de André Maurois, escrita en 1945, una incursión del autor francés en los terrenos de la ficción científica (como le decía Borges a lo que habitualmente se denomina ciencia ficción). Se trata de una especie de divertimento muy ameno y entretenido, escrito con una ligereza y una elegancia muy agradecibles.
  La historia de un profesor galo que en los años veinte del siglo pasado es invitado a trabajar durante un año en una universidad estadounidense, a donde se traslada con su esposa para dar un curso sobre la obra de Balzac. En el campus de aquella idílica y pacífica universidad se relaciona con varios singulares personajes, uno de los cuales es un maestro inglés de física que ha inventado una pequeña máquina capaz de leer los pensamientos de las personas y grabarlos para ser transcritos.
  Más que la cuestión del invento en sí, que revela los a veces inconfesables detalles de nuestros secretos pensamientos, lo más interesante del relato es la manera como revela y critica, de manera suavemente irónica, la personalidad de diversos personajes y los ambientes universitarios de hace casi un siglo. No contaré aquí lo que sucede a lo largo de las ciento treinta y tantas páginas del libro (editado por Plaza y Janes en 1985), para no echar a perder una posible lectura de otras personas. Sólo diré que es un volumen que si bien podría parecer poco trascendente dentro de la obra toda de Maurois (cuya novela más importante, me parece, es Bernard Quesnay), posee mucho de valioso y entretenido.
  En lo personal, la recomiendo.