lunes, 29 de febrero de 2016

Sumisión

Terminé de leer la más reciente novela de Michel Houellebecq, esa misma que ha causado tanta sensación en Francia y en muchas partes del mundo y debo decir que me gustó mucho. No es quizá tan buena como imaginaba, pero sí resulta muy interesante, amena, entretenida y muy bien escrita. Es el primer libro que leo de Houellebecq y me dieron ganas de leer otros de sus trabajos anteriores.
  La trama es de política ficción y se sitúa en 2022, cuando un partido islámico logra ganar las elecciones francesas y llega a la presidencia un musulmán, quien con el apoyo financiero de países como Arabia comienza a realizar grandes cambios en la república gala. Este es el entorno en el que vemos la vida de un catedrático universitario de literatura, especializado en la obra de Huysmans, quien observa con pasividad y azoro los cambios que se dan en el país, pero también en su entorno profesional, íntimo y sentimental.
  Hay una ironía subyacente a lo largo de la novela y pasajes memorables, como la conversación que sostiene el personaje principal con un alto funcionario de educación, quien se ha convertido al Islam y explica sus ideas religiosas y metafísicas bajo la nueva visión mística que ahora tiene.
  Vale mucho la pena leer Sumisión (Anagrama, 2015) y reflexionar sobre las posibilidades, no del todo lejanas o imposibles, de que algo como lo que plantea se convierta en realidad.

domingo, 28 de febrero de 2016

Hombre irracional

Al fin pude ver Irrational Man, la película de 2015 de Woody Allen, y debo decir que no me gustó del todo. No diré que es la peor obra de Allen (para mí, Casandra's Dream de 2XXX sigue siendo la dueña de ese dudoso honor), pero sí me pareció floja, lenta y hasta exasperante en ciertos momentos.
  La premisa de la historia es muy buena y recuerda a joyas como Crimes and Misdemeanors de 1989, Manhattan Murder Mistery de 1993 y Match Point de 2005, pero por alguna razón resultó fallida. Un poco en la idea de Patricia Highsmith de que una persona común y corriente (en este caso Abe Lucas, un profesor universitario neurótico y depresivo que no le encuentra sentido a la vida) puede convertirse en cualquier momento en un asesino, el guión echa a perder todo al tender hacia una actitud moralista que termina con el castigo del "malo". No sé si la edad le ha hecho cambiar su visión de las cosas, pero me extraña que el buen Woody caiga en esa moralina y olvide su saludable y distanciado cinismo habitual.
  Muy bien actuada por Joaquin Phoenix (como Abe) y la preciosa Emma Stone (como Jill, la estudiante que se enamora de su maestro y luego se convierte en una irritante piedra en el zapato -irritante no sólo para Abe, sino para el espectador mismo, al menos para mí), además de un excelente cuadro de actores secundarios, entre los que destaca la guapa cuarentona Parker Posey, Irrational Man falla quizá porque no se define entre ser un filme de crímenes o una comedia romántica y no logra fundir ambos géneros. Y es una lástima, porque arranca muy bien y tiene una excelente vuelta de tuerca, pero se derrumba en la segunda mitad, sobre todo en la parte final.
  Como leí que escribió un crítico: es como si se tratara de una cinta filmada por un imitador de Woody Allen que tomara todos sus clichés y no supiera resolverla debidamente. Tant pis.

sábado, 27 de febrero de 2016

Por mi raza hablará un patito

¿La educación universitaria debe ser para todos o tiene que ser para una élite con las suficientes aptitudes académicas e intelectuales? Viejo debate que la realidad se ha encargado de responder con su implacable veredicto. Para ingresar a las mejores universidades del orbe, se requiere de altísimas calificaciones. Esto es así hoy día, sobre todo en el primer mundo y lo fue también  cuando existía el llamado bloque socialista. Sólo los más aptos podían estudiar en las universidades de la URSS, China, Alemania Oriental o Cuba. En ningún caso eran instituciones para las masas.
  Pero he aquí que debido a un populismo tan idiota como rampante, en otras latitudes se piensa que todos tienen derecho a convertirse en universitarios, cuenten o no con la capacidad para ello, mientras que se desprecia a las escuelas técnicas, porque “sólo producen mano de obra barata para el capitalismo salvaje”, etcétera.
  Es en ese contexto que nació la muy cuestionada y dudosa Universidad Autónoma de la Ciudad de México,  creada por Andrés Manuel López Obrador, quien ahora se ha aventado la puntada de instituir, por medio de Morena, ocho “escuelas universitarias” (ojo: no se llaman universidades) que no cuentan con el Reconocimiento de Validez Oficial de Estudios de la SEP, por lo que no están en capacidad de otorgar títulos profesionales.
  El proyecto es muy parecido al que Hugo Chávez instituyó en Venezuela, con sus “misiones”, tal como explica Adrián de Garay, investigador de la UAM, en un estupendo artículo (“El chavismo de Morena en la educación superior”) publicado este mes en la revista Nexos, escuelas patito que por cierto no han conseguido crear mejores profesionales sino abundar en la demagógica y absurda idea de que todos podemos tener licenciaturas, maestrías y doctorados, un título pues, aunque sea un título con tanto valor práctico como el de un billete de dos pesos.
  “Por mi raza hablará un patito”, podría ser el lema de las flamantes escuelas universitarias de AMLO, quien ya amenaza conque, de llegar al poder en 2018, las adoptará como modelo educativo generalizado para el país. Oh my duck!

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 26 de febrero de 2016

40 años del PMT

Hoy hace exactamente 40 años, el 26 de febrero de 1976, me afilié junto con Rosa, mi entonces esposa, al Partido Mexicano de los Trabajadores, el PMT, que lideraba el inolvidable Heberto Castillo. Fue durante una asamblea popular en el "zócalo" de Tlalpan. Ese día conocí ahí a Eduardo Valle, el famoso "Búho". Ambos ya fallecieron. Literalmente, parece que fue ayer (la credencial está fechada el 28 de febrero, porque ese día nos las entregaron).

jueves, 25 de febrero de 2016

After the Gold Rush

A mi modo de ver, el mejor disco de Neil Young, una obra maestra del rock folk, uno de los discos fundamentales de la década de los sesenta (porque el año 1970 aún pertenece a ese decenio) y de la historia del rock.
  After the Gold Rush (1970) es un trabajo que conjunta el lado más tierno del canadiense con algunas muestras de su lado más agresivo y salvaje. Se trata de una síntesis perfecta de la música bipolar de Young, un muestrario de sus posibilidades creativas.
  Todos y cada uno de los once temas que recorren el larga duración son espléndidas piezas de joyería musical y letrística, desde la conmovedora canción que abre el disco (“Tell Me Why”, con nada más que su guitarra de madera, la voz solista y las dos voces del coro), hasta la concluyente y divertida “Cripple Creek Ferry” (como para cantarla junto a una fogata nocturna en el campo), pasando por la hermosísima tonada que da tema al disco (acompañamiento de piano por Nils Lofgren –a sus diecisiete años escasos- y solo de corno francés incluidos), la encantadora “Only Love Can Break Your Heart”, la dramática (e hipercrítica y antirracista) “Southern Man”, la breve y curiosa “Till the Mornig Comes” (cierre del lado A en el vinil original), la muy campirana y serena “Oh Lonesome Me”, la majestuosa “Don’t Let It Bring You Down” (una de las más grandes composiciones del músico), la dulcísima “Birds” (melancólica canción de rompimiento amoroso), la pre-grungera “When You Dance You Can Really Love” (con su magnífica y sucia guitarra) y la triste y desesperanzadora “I Believe in You”.
  Pocas veces logró Neil Young crear melodías tan bellas como en este álbum memorable.

(Reseña que escribí originalmente para el "Especial" No. 35 de La Mosca en la Pared, publicado en noviembre de 2006)

miércoles, 24 de febrero de 2016

Cena con mi gente amada

Espléndida cena con mi gente más querida la de esta noche. Vinieron mis hijos amados, sus dos hermosas novias y mis dos más adoradas amigas. Así lo quise organizar y todo salió a la perfección. Les preparé una pasta y mi ya clásica ensalada "Hugo". Lindo ambiente, sabrosa charla, buena música y al final canciones con guitarra. Todo muy divertido. Diría que una noche maravillosa.

martes, 23 de febrero de 2016

Jack Garratt y el alma resucitada

Desde hace varios años, observo que lo que antes solía llamarse soul y rhythm and blues (R&B) fue sustituido por un extraño híbrido informe y popero al que se denomina con los mismos nombres, pero que poco o nada tiene que ver con lo que se hacía hace algunas décadas.
  Es decir, el soul de Aretha Franklin y Otis Redding, el de Smokey Robinson y Marvin Gaye, el de Wilson Pickett y Etta James, el de las disqueras Motown y, sobre todo, Stax, parece haberse ido en aras de un sonido edulcorado, pasteurizado. Rihanna, Beyoncé, Nicki Minaj y demás sucedáneos llegaron para extirpar el alma de la música negra y convertirla en un género poco apto para diabéticos debido al exceso de azúcar. Salvo grandes excepciones como Janelle Monáe, Erykah Badu, Lauryn Hill, Meshell Ndegeocello, TV on The Radio y los primeros discos de Alicia Keys, no encuentro ánima y sustancia en eso que persisten en llamar soul y R&B.
  Por eso, no deja de ser una muy grata sorpresa toparse de pronto con alguien como Jack Garratt (casi me sucedió lo mismo que cuando escuché el primer álbum de Joss Stone, blanca y británica ella, como Garratt).
  Phase (Island /Interscope, 2016) se titula el excelente disco debut de este joven inglés de escasos 24 años, quien ha logrado conjuntar la relativa frialdad mecánica de la electrónica con el cálido latir de la más profunda música soul. Para ello se vale de diversos rompimientos armónicos, de una sabia utilización de los beats del drum’n’bass, de un delicado sentido melódico y de un feelin’ vocal que remite lo mismo a los grandes intérpretes del soul que a algunos de los más destacados cantautores folks del Reino Unido, con el distintivo de su muy particular falseto.
  No hay desperdicio en Phase, las doce canciones que lo conforman (19 en la edición de lujo) mantienen un alto grado de creatividad y calidad artística y si acaso hubiera que destacar algunos cortes me iría por “Wheathered”, “I Know All What I Do”, “Surprise Yourself”, “Water” y la bellísima y final “My House Is Your Home”.
  Una gratísima sorpresa, un disco con alma de un músico con ángel.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 22 de febrero de 2016

Historia de unas fotos

Las tenía hace muchos años. Quince para ser exactos. Nos las tomó la bellísima y talentosa fotógrafa -grande y adorada amiga- Isadora Hastings. Iban a formar parte de un disco que habríamos de grabar mi querido Adolfo Cantú y yo, proyecto que no se llegó a concretar. Pero quedaron las fotos. En transparencias. En una cajita que guardé quién sabe dónde, hasta que apareció quién sabe cómo. Pensé que en esta época digital sería imposible encontrar quién las revelara. Pero he aquí que di con un local cerca de donde vivo, en el que me las revelaron y hasta digitalizaron. Una docena de fotos que por fin he visto impresas y que al mismo tiempo puedo usar y mostrar por este medio y otros similares. Qué bien.

domingo, 21 de febrero de 2016

Un disco de kontroversia

The Kink Kontroversy (1965) es el primer álbum fuerte de los Kinks. Con una producción más pulida pero sobre todo con un Ray Davies más agudo, capaz de crear varios temas de enorme calidad y con ese sarcasmo que jamás lo abandonaría, y con un Dave Davies que se estrenaba como cantante (en el único cover del disco, el corte inicial “Milk Cow Blues”) y como compositor (con la muy digna “I Am Free”).
  Debo contar que The Kink Kontroversy fue el primer vinil de los Kinks -“four young men from England”, según se apunta en la contraportada del LP original- que tuve y que aún conservo, en una versión monoural que me trajo una prima de un viaje a los Estados Unidos por allá de 1969.
  El álbum es una maravilla del rock británico de mediados de los sesenta, con canciones tan soberbias como la rocanrolerísima “Gotta Get the First Plane Home”, la graciosa “When I See That Girl of Mine”, la muy kink y todo un clásico “Till the End of the Day” (con su riff a la “You Really Got Me”), la melancólica “The World Keeps Goin’ Round”, la también clasiquísima “Where Have All the Good Times Gone” y la blueserita “It’s Too Late”.
  Un disco estupendo.

(Reseña que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 43, publicado en octubre de 2007)

sábado, 20 de febrero de 2016

¡Torero, Torero, Torero!

No sé cómo tomar la noticia, dada el jueves pasado, de que la procuradora Arely Gómez dijo a los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala que el especialista peruano José Luis Torero formará parte del nuevo grupo multidisciplinario que, una vez más, se meterá a hacer un peritaje en el basurero más famoso de México, el de Cocula, en Guerrero.
  Exacto: se trata del mismo experto (y que conste que no entrecomillé la palabra) que en septiembre pasado descalificó los peritajes realizados por la UNAM para la PGR, cuando Jesús Murillo Karam era aún su titular, y lo hizo luego de pasearse durante escasos veinte-minutos-veinte por el lugar, diez meses después de los sucesos, sin tomar muestras. Con eso le bastó para presentar un informe que según él desmentía a la famosa “verdad histórica”. Dicho informe, según personal de la propia PGR, carecía de rigor científico y metodología, contenía cálculos “desde la teoría” y pretendía desvirtuar análisis serios (como los de la UNAM). El escrito descalificador de Torero fue a su vez descalificado por ser “subjetivo y especulativo”, aunque eso sí, muy al gusto de la opinión pública de gauche, la cual lo acogió como su propia verdad… histórica.
  Torero es una autoridad en prevención de incendios, mas no en investigación de conflagraciones. Por qué se le eligió y por qué se le otorgó tanta credibilidad parece más una cuestión de tipo político que científico. El inca dijo lo que la progresía quería escuchar y eso bastó para otorgarle infalibilidad, esa misma infalibilidad cuasi papal que se le ha dado también al Equipo Argentino de Antropología Forense y al Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, el famoso GIEI.
  Lo cierto es que el caso Ayotzinapa cada vez se politiza más y la búsqueda imposible de los estudiantes es más un pretexto para golpear y lograr fines incluso económicos (no olvidemos que todos los expertos son pagados por el propio Gobierno) que la causa noble que debería ser.
  En plena Temporada Grande, los progres pero no tan honrados se disponen a gritar de nuevo, cual villamelones en la México: “¡Torero, Torero, Torero!”.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 19 de febrero de 2016

Paulina, el ego y la autoestima

Mediodía espléndido con mi queridísima y preciosa amiga Paulina de la Vega, en un acogedor café de la colonia Nápoles. Siempre me pone de muy buen humor platicar y reír con ella. Una maravilla. De entre las cosas que surgieron en la plática, hubo un comentario suyo para decir que los dos tenemos un ego un tanto cuanto grande y pues ni modo de desmentirla.
  Ya en la tarde, en menos de una hora, me sucedieron tres cosas que elevaron mi autoestima y una que me la bajó (ya que mencioné el ego).

  1. Me mandaron el "Indice de impacto en Twitter de las y los articulistas de medios impresos mexicanos" de febrero de 2016, elaborado por el sitio México Social, y aparezco en el lugar 115 de 151 articulistas. En noviembre pasado aparecía yo con un "nivel de impacto" medio-bajo y esta vez subí a medio-alto.

  2. Poco antes fui a llevar unas viejas transparencias a un lugar que descubrí y donde me las van a revelar. Cuando el señor que me atendió me pidió mi nombre para hacer la nota, se lo di: "Hugo García Michel... Michel, tal como suena", a lo que me respondió: "¿Igual que en Milenio y La Mosca"? Me dio gusto toparme de ese modo con un lector a quien jamás había visto.

  3. De regreso y al entrar al edificio donde vivo, me topé con una vecina que al saludarme agregó: "Ya lo vi en los anuncios de Milenio TV, se ve igualito".

  Sin embargo...

  4. Un amigo de Facebook me escribió al Inbox para decirme que mis artículos siempre le gustan, pero que el que publiqué ayer sobre Kanye West, en "Acordes y desacordes" de la revista Nexos, es por mucho uno de los mejores que me ha leído. Se agradece..., sólo que ese texto no es mío, sino de mi querido amigo Israel Pompa-Alcalá. Como decía José Agustín: ni hablar del Bardotodol.

jueves, 18 de febrero de 2016

Desayuno con Eusebio Ruvalcaba

Hacía ya literalmente años que no nos veíamos, pero al fin logramos concertar un desayuno esta mañana en el Sanborns de la imponente Plaza Cuicuilco (hoy Plaza Inbursa), en Peña Pobre, Tlalpan. Ahí desayunamos Eusebio Ruvalcaba y yo esta mañana y pudimos ponernos al día en muchos aspectos: personales, profesionales, existenciales. Muchas cosas han cambiado en estos tres o cuatro años que teníamos sin vernos, cosas que por supuesto no mencionaré aquí.
  Lo importante es que la pasamos muy bien y hasta intercambiamos dedicatorias. Él llevaba un ejemplar de Matar por Ángela que le dediqué con gran gusto (nunca olvidaré lo mucho que le debo a Eusebio para que mi novela fuera publicada originalmente, en 1998) y yo llevaba un ejemplar de su libro de 2008 Una mosca devastada y deprimida sobreviviendo en un hilito de sangre que de hecho está dedicado a mí en una página impresa, la 7 ("Para Hugo García Michel, por su paciencia como amigo y como editor") y ahora agregó una dedicatoria escrita ("Con un fuerte abrazo para mi querido Hugo García Michel, con quien comparto el amor por la belleza. Suyo, Eusebio Ruvalcaba"). Además me obsequió un libro muy hermoso, también de su autoría y editado el año pasado: Pensemos en Beethoven. Con su dedicatoria a pluma, también: "Bajo el relámpago Beethoven, para Hugo García Michel que sabe de relámpagos".
  Fue un rato muy afectuoso y enriquecedor.
  El gran Eusebio.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Cincuenta años de un rapidín

Aun cuando no logra los niveles de explosividad y crudeza de su antecesor, A Quick One (1966), el segundo opus de The Who es un buen trabajo, con temas que con el tiempo alcanzarían el estatus de clásicos.
  Curiosamente, hay aquí composiciones de los cuatro miembros del grupo –una idea quizá no del todo afortunada de sus manejadores en ese tiempo, Kit Lambert y Chris Stamp- y eso lo hace un tanto irregular.
  Lo mejor de A Quick One corre a cargo de un mórbido John Entwistle, con su híper célebre “Boris the Spider” y la estupenda “Whisky Man”, mientras que Pete Townshend contribuye con cuatro temas, destacando la popera “Run Run Run” y la pretenciosa mini ópera (que yo preferiría llamar suite) “A Quick One, While He’s Away” (un rapidín mientras él está lejos). De Roger Daltrey está la intrascendente “See My Way” (en la cual lo más destacado es el arreglo de Entwistle, corno incluido) y Keith Moon presenta una locura instrumental por demás divertida llamada “ Cobwebs and Strange”, cuyo curioso clip aparece en la cinta The Kids Are Alright.
  Este segundo álbum de The Who perdió un poco de la fuerza de My Generation en aras de una mayor búsqueda “artística”, algo muy comprensible en aquel 1966 en el que los Beatles sacaron Revolver e hicieron que todo el mundo quisiera revolucionar la música.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No, 18, dedicado a The Who y publicado en marzo de 2004)

martes, 16 de febrero de 2016

Los Grammy, un espejo

Nunca he sido simpatizante de los premios musicales que otorga la industria (tampoco de los cinematográficos, pero eso es harina de otro costal). Soy un convencido de que la música debe ser ante todo un acto de creación que busque convertirse en arte y no en material para competir contra otros. Esa es mi posición, quizá demasiado ingenua, irreal, romántica y, por supuesto, antipopular.
  Porque al contrario de mí, a la mayoría de la gente le encanta eso de los premios y disfruta ver por televisión las premiaciones anuales de la industria musical, aunque sean casi siempre monótonas, repetitivas y predecibles.
  La más prestigiada de dichas premiaciones sigue siendo, con todo lo creíble o poco creíble que resulte, la entrega de los Grammy, de los cuales me interesa asomarme a su papel como termómetro y espejo de los gustos de las masas consumidoras de música.
  Si por ejemplo revisamos quiénes se llevaron los premios Grammy hace veinte años, vemos nombres como los de Alanis Morisette, John Lee Hooker, Buddy Guy, Alison Krauss, Tom Petty, Nirvana, Pearl Jam y Nine Inch Nails. Nada mal. Dos décadas más atrás, en 1976, entre los ganadores estaban Linda Ronstadt, Muddy Waters, Dizzy Gillespie, Chick Corea, Paul Simon, The Eagles, Natalie Cole, Ray Charles, Earth, Wind & Fire y, bueno, Captain and Tenille. Grandes músicos en su mayoría.
  Tristemente, si vemos la lista de nominados para este 2016, uno se topa con que los “artistas” que más venden en su mayoría dejan mucho que desear. Por eso la favorita para “arrasar” en esta edición de los Grammy es la insípida Taylor Swift, acompañada por los sobrevalorados Kendrick Lamar, The Weeknd y esa mala caricatura de Michael Jackson que es Bruno Mars. Por ahí, en la semioculta categoría de “alternativo” aparecen Death Cab for Cutie, Muse y Björk, pero sin demasiados oropeles (para cuando usted lea esto, ya se sabrá quiénes ganaron).
  Parece claro que con el paso de los años, las preferencias masivas son cada vez más pobres y menos exigentes, lo cual deriva en una menor calidad artística de músicos, cantantes, compositores, productores, etcétera.
  Y eso que no hablé del famoso (es un decir) Grammy Latino, porque ahí sí la cosa está para llorar.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).

lunes, 15 de febrero de 2016

Al interior de tus muslos


Me seduce el interior de tus muslos.
Me seduce imaginarlos.
Me seduce contemplarlos.
Me seduce acariciarlos.
Me seduce hundirme en ellos
y percibir el aroma de miel que emana
desde las vertiginosas alturas de tu pubis.
Sentir contra mi cara el calor que los incendia
cuando sienten contra sí mismos
lo rasposo de mi barba, lo agudo de mis dientes y lo húmedo de mi lengua.

Me seduce el interior de tus muslos.
Porque los puedo morder.
Porque los puedo olfatear.
Porque los puedo lamer.
Porque puedo escalar sus paredes resbaladizas.
Incurrir en sus superficies tersas, cálidas, mullidas, perfectas
y quedarme ahí anclado, varado, intoxicado.
Porque me puedo deslizar hacia arriba y hacia abajo
sin que la fuerza de la gravedad gravite,
sin que la gravedad de la fuerza me esfuerce.

Me seduce el interior de tus muslos.
Cuando se abren en flor y cuando se cierran herméticos.
Cuando se expanden y lo entregan todo al deseo.
Cuando se contraen y lo dejan todo al anhelo
de lo prohibido, de lo oculto y de lo inaccessible.
Quiero sumirme en el abismo de tus muslos.
Explorar sus profundidades y sus arrecifes.
Entrar en esa costa tan férreamente defendida,
hasta invadir sus playas de arena fina y rocas afiladas,
hasta atacarla y hacerla ceder, vencida por la persistencia de mis labios,
de mis dientes, de mi saliva y otra vez, sí, de mi lengua.

¿Por qué escribirte esto, por qué no guardarlo y callarlo?
Porque quiero que todo el mundo lo sepa,
que quede constancia,
inequívoco y eterno testimonio,
de que me seduce,
me atrapa,
me cautiva,
me emborracha cual exceso de vino tinto,
el embriagante y supremo interior de tus muslos.

(Escrito en la madrugada del 15 de febrero de 2016)

domingo, 14 de febrero de 2016

Es un desastre

Una película extraña, peculiar, inquietante. Una cinta que en un principio parece tratar de un tema tan intrascendente como una reunión de parejas y que de pronto da un giro inesperado cuyo fondo es altamente dramático, fatal. Un filme que es una comedia, pero una comedia negrísima, cuyo humor no arranca la carcajada o la sonrisa, sino más bien risitas nerviosas.
  Estoy hablando de It's a Disaster de Todd Berger (2014), obra inusual y con cierta fascinación mórbida que de simple relato frívolo y clasemediero, pasa a formar parte del cine de desastre o de epidemias. Sabemos que afuera de esa confortable casa de un bello suburbio de Los Angeles un grupo terrorista inidentificado ha soltado algunas bombas de gas venenoso y que este llegará en algún momento a la casa donde conviven aquellos ocho amigos. Las reacciones que suceden a continuación es lo que hace más interesante la trama.
  Muy bien actuada y llevada, It's a Disaster cuenta con las actuaciones de gente más o menos conocida, caso de Julia Stiles, David Cross y America Ferrara, y su tono es el de una película de esas que se conocen como independientes en el cine gringo.
  La vi en Netflix y vale la pena. Es muy interesante sobre todo por el estudio de caracteres y porque, a pesar de su terrible premisa, es, insisto (aunque no lo parezca), una comedia.

sábado, 13 de febrero de 2016

Vox peritus argentinus, vox Dei

Cuando hace unos días el grupo de peritos argentinos que investiga el caso Ayotzinapa determinó que no existen pruebas suficientes de que los normalistas desaparecidos hayan sido incinerados en el basurero de Cocula, en redes sociales y en los medios impresos y virtuales que antagonizan con el gobierno se desató una euforia equivalente a la que se habría producido en el país si la selección mexicana hubiese ganado un Mundial.
  “¡Gol contra el mal gobierno!”, parecían gritar los habitantes de la patria progre, como si la labor de los mencionados peritos no fuese tratar de esclarecer el caso, sino sonarle duro y con fe a la PGR y al gobierno federal.
  “Palabra de perito (argentino), palabra de Dios”, parecería ser la consigna de protoprocesosos, filojornaderos y qué tipos tan Sin Embargo, sobre todo en estos tiempos en que otro argentino nos visita. Quizá se confundió la infalibilidad papal del buen Francisco con la supuesta calidad de infalibles de los peritos rioplatenses, quienes, sí,  dieron una opinión contraria a la de la Procuraduría, pero no la Verdad Revelada.
  Sin embargo (valga la redundancia), el sector seudoizquierdoso inundó las redes de tuits y opiniones en las que daba como irrebatible la conclusión de que los 43 normalistas no fueron cremados en Cocula. “¡Las pruebas son contundentes!”, “¡El gobierno nos mintió!”, “¡Se les cayó su ‘verdad histórica’!”, etcétera, eran las frases de franco festejo histérico, lo que viene a demostrar que en realidad lo que les interesa es el golpeteo continuo contra “El Estado”y no la suerte de los infortunados muchachos, de quienes se ha hecho un jugoso e inmoral botín político.
  Si estuviéramos en los tiempos en que José López Portillo era presidente, los peritos argentinos (y de paso los miembros del GIEI) ya se hubieran quedado sin la lana que les paga el mismo gobierno al que cuestionan (remember la frase inmortal de JLP: “Yo no pago para que me peguen”). Pero son otros tiempos y pueden pegar y armar tangos sin temor a perder la buena guita que perciben, ¡che!
  Porque, vox peritus argentinus, vox Dei (¡vaya milonga!).

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 12 de febrero de 2016

The Guess Who / Canned Wheat (1969)

Muchos creen que esta banda canadiense es una de esas agrupaciones efímeras de las llamadas one hit wonder, todo por culpa de su conocidísima y extraordinaria “American Woman”. No obstante, la agrupación tuvo una muy larga y fructífera carrera y la mejor muestra de ello es este álbum espléndido.

Mejor tema: “No Time”

jueves, 11 de febrero de 2016

La fidelidad y las mujeres de hoy

Reza el lugar común que los hombres son más infieles que las mujeres. Se dice que tenemos esa vocación incluso dentro del ADN y que es parte de nuestra naturaleza y que quienes son completamente fieles, constituyen nada más la excepción que confirma a la regla. En cambio, se asegura que las mujeres se encuentran justo del otro lado: que la fidelidad les queda como anillo al dedo, que engañar a sus parejas va contra su esencia y que eso de buscar la satisfacción sexual lejos de los márgenes del noviazgo o del matrimonio es cosa de varones y no de damas.
  Lo anterior me parece una tontería, pero hay mucha gente que lo sostiene. Tal vez antes, por diversos condicionamientos históricos y sociales así haya sido, pero hoy día, me consta que las cosas han cambiado radicalmente. Cada vez me encuentro a más amigas y conocidas que no sólo me confiesan que les cuesta trabajo ser fieles, sino que de la manera más tranquila y sin culpas se acuestan con otros hombres y/o otras mujeres. Esto se da sobre todo en las más jóvenes generaciones y por mis observaciones en el medio mexicano, muy especialmente el del Distrito Federal, donde vivo, lo situaría entre las féminas que están entre los catorce y los veinticinco años. Claro que también hay muchas que en sus treinta, sus cuarenta y sus cincuenta tienen relaciones clandestinas, pero las que más lo practican e incluso se ufanan de ello son las más jovencitas.
  En lo personal, me parece perfectamente sano que las mujeres hagan a un lado hipocresías y convencionalismos sociales impuestos y que sean fieles a sí mismas, a sus sentimientos e incluso a sus instintos. No que lo hagan como una venganza por tantos siglos de infidelidades masculinas, sino simple y sencillamente por placer, por darse gusto, por ser libres y ser soberanas de sus cuerpos, sus corazones, sus vidas. Es hora de desmanchar conceptos que la moral imperante se ha encargado de ensuciar a lo largo del tiempo. La fidelidad como sinónimo de sometimiento debe desaparecer y sólo debe existir por voluntad de cada una de las partes de la pareja. De igual manera, la asociación del sexo con lo malo y lo pecaminoso, cuando es realizado fuera de los márgenes de la pareja establecida, tendría que ser reexaminada en una época en la cual el propio concepto de pareja sufre tantos cambios y no puede seguirse viendo como se hacía en los siglos anteriores.
  Muchas mujeres jóvenes están poniendo el ejemplo, aquí y ahora, y se adueñan de sus propios cuerpos en un acto de liberación que quita la propiedad de los mismos a sus novios o esposos, quienes de ese modo pierden su condición de señores feudales.
  Es una revolución sexual menos escandalosa y visible que la que se dio en los años sesenta del siglo veinte, pero quizá sea más profunda por silenciosa, lenta y decidida.
  Es el fin de la fidelidad como la conocíamos y eso tiene que hacernos sentir bien.

miércoles, 10 de febrero de 2016

César Alejandre y la era de los dinosaurios

Así como hay una historia del rock en México, existe otra historia igualmente interesante y en la que se ha ahondado poco. Me refiero a la historia de los medios de comunicación relacionados con el género, en la cual la radio juega un papel muy importante, para bien y para mal.
  Con la noticia del fallecimiento de César Alejandre, el pasado lunes 8 de febrero, se dio también, de manera implícita, el anuncio sobre la muerte de toda una época de hacer radio “rockera”. A quienes nacimos entre 1940 y 1960 (en mi caso, en 1955), nos tocó convivir con ese estilo radiofónico que nada tiene que ver con el actual y ni siquiera con el que se dio a fines de los ochenta y parte de los noventa, con estaciones como WFM, Rock 101, Radioactivo y Órbita.
  Estoy hablando de la radio que se produjo paralelamente al surgimiento de lo que hoy se conoce como “Los Grandes Años del Rocanrol” (es decir, la época de los Teen Tops, Los Locos del Ritmo, Los Hooligans, Los Rebeldes del Rock et al y de los “solistas” fresísimas tipo Enrique Guzmán, Angélica María, César Costa y Julissa, entre otros). Estaciones como Radio Mil y Radio Variedades difundían aquellos primeros e ingenuos rocanroles y de ese momento no hay locutores radiales para recordar.
  Fue desde mediados de la década de los sesenta, cuando el rocanrol se convirtió en rock y aparecieron los Beatles y la Ola Inglesa, así como todo lo que fue el sonido de la Costa Oeste estadounidense, que emisoras como Radio 590 (“La pantera de la juventud”), Radio Éxitos y Radio Capital se especializaron en difundir rock en inglés y algunas voces se empezaron a hacer familiares para quienes las escuchábamos con cándido fervor. No eran sin embargo voces “con nombre” las de aquellos locutores. No había en México el equivalente a un Alan Freed y mucho menos a un John Peel que difundiera el rock de una manera contextualizada, informada, más –digamos– cultural. La radio de aquellos días se limitaba a poner las canciones que tenían éxito en el hit parade norteamericano y lo más que llegaba a haber eran algunos programas como La hora de los Beatles o La hora de los Monkees y algunas perversas derivaciones posteriores tipo Beatles contra Monkees o Beatles contra Creedence. Ese era el nivel que padecíamos en el cuadrante de Amplitud Modulada (AM).
  Fue en aquellos años que César Alejandre ingresó a la radio, para hacer sus pininos en Radio Voz. En 1970 llegó a Radio Capital que, para ese entonces, ya tenía un programa señero que la gente de mi generación recuerda con emoción. Hablo de Vibraciones, una extraña revoltura de estupenda música subterránea que sólo podía escucharse ahí y la locución de una voz cavernosa que solía lanzar una palabrería alucinada y supuestamente mística, hermética y poética para presentar a los grupos y solistas que desfilaban cada noche, de lunes a viernes, de nueve y media a once.
  Aún me recuerdo tirado en mi cama, con las luces apagadas, dispuesto a oír las maravillas de agrupaciones como The Corporation, Quicksilver Messenger Service, Spooky Tooth, Big Brother and the Holding Company (con su entonces poco conocida vocalista, una joven blanca que cantaba como negra de nombre Janis Joplin) e incluso Creedence Clearwater Revival, antes de que se convirtiera en un grupo popularísimo en nuestro país.
  Por esos tiempos, Alejandre tenía en la misma emisora un programa más o menos convencional llamado El hit parade, en el que presentaba la tradicional lista de éxitos en los Estados Unidos e Inglaterra y con el que había pasado de mero locutor a conductor y comentarista (un gran paso de calidad para aquellos días). Suya era también la voz de la frase institucional que sonaba entre cada corte con el lema “Radio Capital, la discoteca de la gente joven”, cualquier cosa que eso significara.
  La radio roqueril no cambió durante años, hasta que a finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando ya existía la Frecuencia Modulada (FM), algunos jóvenes empezaron a innovar, inspirados en las radios de otros países y así surgieron WFM y Rock 101. César Alejandre supo adaptarse de algún modo a los nuevos tiempos, aunque su nombre no sonaba como el de otros (ahora los conductores radiales ya tenían nombre propio: Martín Hernández, Luis Gerardo Salas, Jaime Pontones, Alejandro González Iñárritu, Jordi Soler, Dominique Peralta, etcétera). Sin embargo, logro sobrevivir y con el tiempo tener incluso programas propios, caso de El dinosaurio, en Radioactivo, y a últimas fechas La era del dinosaurio, en Reactor.
  Con su muerte, termina una época de la radio de rock en México: precisamente –y dicho con el mayor respeto paleontológico– la de los dinosaurios.

(Publicado hoy en "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

martes, 9 de febrero de 2016

César Alejandre y el Superbowl

Falleció César Alejandre y con él desapareció toda una manera de hacer radiodifusión musical, específicamente la relacionada con el rock.
  Cuando en mis épocas de adolescencia escuchaba estaciones de rock “en inglés” en la frecuencia de amplitud modulada (AM), como Radio Éxitos y Radio Capital, el estilo de los locutores se basaba mucho en el exitismo, es decir, en privilegiar las canciones “de éxito”, aquellas que llegaban a los primeros lugares de popularidad, sobre todo en el hit parade estadounidense. César Alejandre pertenecía a esa estirpe de comunicadores radiofónicos y su voz podía escucharse (aunque en ese entonces yo no tenía idea de que era él) en el cintillo que decía “Radio Capital, la discoteca de la gente joven” y en la conducción de algunos programas.
  Lo que más me gustaba de aquella estación, en la que había programas como Creedence contra Beatles, era la diaria emisión nocturna llamada Vibraciones, en la que se tocaba música que no era comercial y gracias a la cual los radioescuchas jóvenes de fines de los sesenta y principios de los setenta pudimos conocer a multitud de grupos “subterráneos”, como Quicksilver Messenger Service, The Corporation, Spooky Tooth y Big Brother & the Holding Company, con su vocalista, Janis Joplin. Sin embargo, el conductor de voz cavernosa y supuestamente mística de Vibraciones al parecer era Manuel Camacho y no César Alejandre.
  Ya algunos años después vendrían otras maneras de hacer radio de rock, primero en algunos segmentos de Radio Universidad y Radio Educación y, más tarde, con el advenimiento de la frecuencia modulada (FM), en estaciones como WFM y Rock 101.
  Una pena la muerte de Alejandre, quien seguía activo en Reactor 105.7 del IMER. Descanse en paz.

* * * * *

Sólo un breve apunte sobre la música que se escuchó en el medio tiempo del Superbowl del domingo pasado. Qué manera tan poco fina de celebrar los 50 años del famoso Súper Tazón. Esa combinación de Coldplay, Beyonce y Bruno Mars resultó más vulgar que la loción Siete Machos. En cambio, Lady Gaga sorprendió con su voz, al interpretar el himno de los Estados Unidos. Nada mal.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 8 de febrero de 2016

La celda de cristal

La había leído hace veinte años, por allá de 1995 o 1996. La tenía en una preciosa edición de la colección "El libro de bolsillo" de Alianza Editorial. Ya vivía aquí cuando se la presté a una amiga (y por más que quiero no logro acordarme a cuál de todas fue), quien jamás me la devolvió. Recordaba la novela como la mejor que he leído hasta ahora de Patricia Highsmith (una autora que me encanta y a quien he leído mucho) y como un libro que me influyó a la hora de escribir Matar por Ángela (de hecho, hay un epígrafe sacado del relato de la Highsmith al principio de mi novela). Mucho tiempo la busqué en librerías y luego en internet y nada. Hasta que hace unos meses me topé con una edición de Anagrama y pude pedirla por Amazon México. La recibí, la leí y hoy, en horas de madrugada, la terminé.
  Aunque recordaba lo principal de la trama, la verdad es que fue como leerla por primera vez. Volvió a atraparme, a envolverme, a fascinarme, a no soltarme. Porque La celda de cristal es una obra mayor, portentosa, un estudio de caracteres fenomenal, un análisis del efecto que pueden llegar a tener los celos sobre cualquier persona, por normal que se considere, cuando éstos la enajenan de tal modo que le hacen perder todo sentido de la realidad, al punto de desear la muerte de otro o de otros y llegar a matarlos.
  La historia de Philip Carter y la manera como es maltratado por la vida, primero por un delito que no cometió y que le costó seis años en la cárcel y luego por la forma como ha cambiado su entorno familiar, matrimonial y laboral una vez que recupera la libertad, está narrada con una maestría admirable, con fría pasión, con precisión quirúrgica y, sobre todo, sin acudir jamás a falsos moralismos o a la pretensión de querer dar lecciones de vida o moralejas innecesarias. El magnífico final abierto es parte de ello.
  Una novela fundamental. A mi modo de ver, una de las grandes obras de la literatura estadounidense.

domingo, 7 de febrero de 2016

¿El disco menos bueno de los Beatles?

Posiblemente el disco menos brillante que hicieron los Beatles (aunque grabado por otro grupo –digamos los Herman’s Hermits o The Dave Clark Five- quizás habría sido el mejor), Beatles for Sale (1964) explica su irregularidad por el momento y las circunstancias en que fue producido.
  En pleno tráfago de giras y compromisos, en un año de actividad ininterrumpida, realmente resulta milagroso que el cuarteto haya podido escribir canciones y grabar un larga duración completo. Visto con severidad, podríamos considerarlo como un paso atrás, no sólo porque su predecesor, A Hard Day’s Night, había sido un trabajo excelente, sino por haber recurrido de nueva cuenta a la fórmula de los dos primeros discos de combinar temas propios con versiones de otros compositores.
  Sin embargo, el álbum contiene pequeñas grandes canciones. Lo son por ejemplo las abridoras “No Reply” (donde se habla sobre una de las peores pesadillas que puede tener cualquier ser humano: la de ver a la persona amada en brazos de otro) y “I’m a Loser” (su título lo dice todo), ambas con todo el sello de John Lennon y su talante depresiva. Lo son asimismo ese tema antecedente de la música dark que es “Baby’s in Black” o esa estupenda y alegre canción pop, muy a la McCartney, que es “Eight Days a Week”. Otros dos cortes de sutil gracia a pesar de su (muy relativo) bajo perfil son “I Don’t Want to Spoil the Party” (una bella balada de tonalidades campiranas), “Every Little Thing” y la contagiosa “What You’re Doing”.
  En cuanto a los covers, el rocanrolerismo de los de Liverpool es más que patente en la intensa y restallante manera de interpretar “Rock and Roll Music” de Chuck Berry, “Kansas City” de Lieber y Stoller y “Everybody’s Trying to Be My Baby” y “Honey Don’t”, ambas de Carl Perkins, cantadas respectivamente por Lennon, McCartney, Harrison y Starr (lo cual habla de una democracia a la hora de elegir el material ajeno).
  Beatles for Sale parece sugerir que los Beatles empezaban a hartarse ya de la constante atención y la consiguiente presión que sobre ellos ejercían la industria, el público y los medios (en ese sentido, el título del disco "Beatles a la Venta" es por demás significativo). La beatlemanía pudo haber sido divertida en su momento, pero terminaría por agobiar al grupo y este álbum lo anunciaba desde dos años antes.

(Reseña que publiqué originalmente en el Especial de La Mosca No. 8, primer volumen dedicado a los Beatles, editado en febrero de 2004)

sábado, 6 de febrero de 2016

Like a Rolling Stone

Mi querido Roberto López me invitó, este jueves, al noticiario de Milenio Televisión que de lunes a viernes conduce, a las once de la noche, el talentoso Joaquín Fuentes, para conversar sobre la reciente portada de la revista Rolling Stone, en su versión hecha en México.
  La razón para tratar dicho tema era tan simple como desconcertante: en su número de febrero, la mencionada publicación, misma que carga en sus espaldas una larguísima tradición periodística rocanrolera que se remonta a los años sesenta del siglo pasado, decidió poner en su portada la imagen, nada más y nada menos, que de la estrella del mes (como decía la antigua Notitas Musicales): Joaquín El Chapo Guzmán.
  Cierto que David Bowie falleció el 10 de enero pasado y que fue (y sigue siendo) una de las figuras señeras de la historia del rock y como que lo lógico, para una revista de rock (bueno, en este caso de rock y pop), hubiese sido darle la portada al gran músico británico. Pero no, por extraños criterios editoriales, se optó por mostrar al Chapo en una de las viejas fotos que le tomaron durante su primer ingreso a la cárcel.
  Cada revista, por supuesto, tiene todo el derecho de publicar en su carátula lo que se le hinche una muela y de hacer de su edición un papalote. En ese sentido, habrá que respetar la decisión de los que pergeñan la Rolling Stone México. Sin embargo, como se trata de un tema político, uno no puede sino cuestionarse si lo que se buscó fue vender más (aunque, francamente, pienso que Bowie hubiera resultado mucho más comercial) o si se pensó, con toda ingenuidad –por decirlo de una manera suave–, que la famosa entrevista que Sean Penn le hizo a Guzmán Loera realmente es una pieza ejemplar (¡ja!) del nuevo periodismo.
  Por cierto que la edición de febrero de la Rolling Stone gringa lleva en portada a Leonardo Di Caprio, con una mera mención a la entrevista del Chapo, cosa que se invirtió en la versión mexicana.
  En fin, lo único que me queda claro es que ya no hay que componerle corridos al Chapo Guzmán, porque ya tiene su canción oficial: “Like a Rolling Stone”.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 5 de febrero de 2016

The Flock / Dinosaur Swamps (1971)

El estilo de The Flock era una fusión de rock, jazz y música culta. Algo tenía también de rock progresivo temprano. Dinosaur Swamps es un trabajo que ha sido opacado injustamente por su disco antecesor, The Flock, pero está a la altura de éste y en muchos puntos incluso lo supera.

Mejor tema: “Big Bird”

jueves, 4 de febrero de 2016

De noche en Milenio TV

A mediodía me fui a la colonia San Rafael, para comer con mi mejor amiga, y regresé a mi casa como a las seis. Llevo algunos días con una molestia en la espalda y pensaba reposar un buen rato en cuanto llegara, pero aún de camino y poco antes de tomar el metrobús, sonó mi celular. Era Roberto López, director de Milenio Televisión y estupendo amigo para invitarme a ir al canal, al noticiario de las once de la noche, para dar mi opinión acerca de la portada de la revista Rolling Stone, versión mexicana, que como estrella del mes luce la efigie del Chapo Guzmán.
  Quise disculparme por mis dolores de espalda, pero Roberto me dijo que enviaría un taxi para que me recogiera y luego me llevara a mi casa. No me pude negar. Estuve un rato chez moi y a las diez de la noche llegó el taxi por mí. Llegamos a las instalaciones de Milenio media hora después y el taxista me dijo que me esperaría ahí para llevarme de regreso. Justo al entrar, me topé con Héctor Aguilar Camín, quien iba de salida. "¿Qué haces aquí a estas horas?", me preguntó un tanto sorprendido al verme. Le conté rápidamente la razón y nos despedimos con un abrazo, no sin antes preguntarle qué le ha parecido hasta ahora el nuevo sitio de música de Nexos que le estoy coordinando. Me dijo que le gusta y que tengo muy feliz "a todo el staff de la revista".
  Subí a los estudios, en el quinto piso, entré a maquillaje y ahí saludé a Roberto López y a Susana Moscatel. Todo estupendo. Luego me presentaron a Joaquín Fuentes, conductor del noticiario de las once, quien me cayó muy bien. Platiqué un poco con él y con una asistente suya (cuyo nombre no retuve) y me mostraron la famosa y nada atractiva portada de la Rolin. Regresé a maquillaje para que me dejaran listo para las cámaras y a las once entré al estudio (acaban de estrenar escenografía y se ve muy blanco y luminoso). La entrevista fue de 11:06 a 11:14 y salió a mi parecer trés bien. Salí del estudio, bajé a la calle y el taxista me trajo expedito a casa. Llegué antes de las doce. Estuvo todo perfecto.
  Hasta la molestia de la espalda se me olvidó.

miércoles, 3 de febrero de 2016

El primer disco punk de la historia

Mucha gente suele pensar que en la historia del rock nada ha habido más rudo, desafiante y provocativo que los Sex Pistols. No debemos olvidar sin embargo que se trataba de una banda prefabricada (algo así como el anti antecedente de los Backstreet Boys o NSYNC) por ese genio de la mercadotecnia cutre que fue el ya fallecido Malcolm McLaren.
  En realidad, existió un proyecto mucho más auténtico y poderoso, mucho más subversivo y realmente incendiario. Me refiero a ese grupo sesentero de Ann Arbor, Michigan, que fue The Stooges (Los Chiflados).
  Surgido en los años en los que el rock psicodélico y la filosofía hippie eran la dominante, los Stooges fueron realmente un cuerpo extraño dentro de su época. Un poco como The Velvet Underground, The Doors, MC5 o The Sonics, el estilo de su música rompía –valga decirlo así– con el establishment de los anti establishment. Pero no sólo eso. Ahí donde Lou Reed o Jim Morrison eran unos frontmen desafiantes y quebradores de esquemas, el vocalista de los Stooges, un tipo flaco y desgarbado que se hacía llamar Iggy Pop (su verdadero nombre era James Newell Osterberg), los superaba en ferocidad, exhibicionismo y  demencia.
  Sin la intelectualidad neoyorquina de Reed o la sensualidad poética de Morrison, Pop se mostraba como un enloquecido cantante que se solazaba en la vulgaridad y el escándalo en escena, mientras sus compañeros (Ron Asheton, Scott Asheton y Dave Alexander) tocaban un rock seco, primitivo, ruidoso y lleno de aspereza.
  Desde el primer concierto de los Stooges, el 28 de septiembre de 1968, en el Grand Ballroom de la ciudad de Detroit, Iggy Pop mostró que no era un cantante común y corriente y su actuación kamikaze de escasa media hora terminó con abucheos e insultos de un público que no entendía lo que acababa de presenciar y que él respondió con escupitajos sobre las primeras filas. Meses después, en enero de 1969, en Dearbon, Michigan, se lanzó hacia la multitud para tomar a una joven espectadora de los cabellos y fingir que la apuñalaba. A partir de eso, los promotores incluyeron en sus contratos una cláusula que estipulaba que Iggy “de ninguna manera debe tener contacto físico con el público”. De poco sirvió: apenas unas semanas más tarde, Pop se arrojó sobre otra espectadora, quien asustada le rasguñó la cara y recibió a cambio una fuerte mordida en un brazo por parte del vocalista.
  En otra ocasión, el delirante personaje se laceró el pecho y bañó al público con su sangre y en medio de presentaciones cada vez más caóticas, se le vio reventarse los dientes contra un micrófono, rodar en el suelo sobre vidrios rotos, derramar la cera hirviente de un cirio en su torso desnudo, vomitar en escena o exhibir su pene sin reparos.
  Con dos primeros álbumes (The Stooges, 1969; Funhouse, 1970) que en su momento pasaron prácticamente inadvertidos, en 1973 el grupo grabó su último plato y piedra de toque en el surgimiento del rock punk: Raw Power. Para muchos historiadores del rock, fue éste el primer disco plenamente punkero. Grabado tres años antes que el Ramones de los Ramones y cuatro antes que el Never Mind the Bollocks de los Sex Pistols y cuando los Stooges se encontraban a punto de disolverse, este Poder Crudo contó con el apoyo de David Bowie, quien deslumbrado por la fuerza rocanrolera de la banda, la tomó bajo su protección antes del definitivo naufragio y logró que grabara en Londres lo que sería su testamento y obra maestra.
  Las sesiones fueron tensas y estuvieron llenas de conflictos. Las drogas hacían estragos entre los integrantes del grupo (en ese entonces, Iggy Pop se ostentaba como “el junkie más musculoso de los Estados Unidos”). Sin embargo, el sonido del disco resultó espectacular y lleno de adrenalina, un estallido de sonido que produjo clásicos automáticos como “Search and Destroy”, “Gimme Danger”, “Raw Power” y la sublime “I Need Somebody”.
  A 37 años de distancia, Sony Legacy reeditó en 2010 Raw Power, en una presentación doble de lujo que incluye un sensacional disco en concierto. Sobra decir que se trata de una maravilla que ningún amante del rock debe perderse. Búsquelo y destruya sus tímpanos (por supuesto, debe escucharlo a todo volumen).
 
(Publicado originalmente en "El ángel exterminador" de Milenio Diario en junio de 2010)

martes, 2 de febrero de 2016

Mujeres salvajes

La influencia de PJ Harvey es evidente y ya se notaba en su primer disco, el estupendo Silence Yourself de 2013. Me refiero a Savages, el cuarteto femenino británico de post punk, una de las agrupaciones actuales con mayor frescura y energía, cosa que refrenda con Adore Life (Matador Records), su nuevo álbum de 2016.
  Potentes pero sensibles, desgarradas pero tiernas, irónicas pero vulnerables, apasionadas pero inteligentes, amorosas pero sin cursilerías inútiles, estas mujeres salvajes son capaces de brindar una obra sin fisuras y lejos de caer en el antiguo y frustrante agujero negro del segundo disco –ese que ha hundido a tantos grupos a lo largo de la historia y que a tantas promesas ha sumido en la ignominia y el olvido–, han conseguido superar lo ya hecho y mostrar que las agallas del plato debut eran reales y auténticas.
  Diez son los cortes de Adore Life y no existe uno solo que no valga la pena, además de que cuentan con una virtud adicional: no se repiten. Cada canción responde a diferentes intensidades, a distintos humores, y lo que en unas puede ser vértigo y estruendo (“The Answer”, “T.I.W.Y.G”), en otras es contención y dramatismo (“Slowing Down the World”, “Mechanics”). Hay huellas del gótico de Siouxie and the Banshees (“Evil”) o del new wave de Pretenders (“Sad Person”), pero es la mencionada marca de PJ Harvey la que más resalta en la música de Savages, algo que ya se palpaba en el disco anterior y que aquí puede escucharse en composiciones tan vibrantes como “Adore” o “When in Love”.
  En cuanto a la temática de las letras, es el amor visceral lo que reina en ellas, esa angustia por el amor perdido pero también por el amor encontrado, esa ansia por dar con el amor posible o imposible, esa mezcla de afecto y rencor que suele haber en las relaciones sentimentales y que queda tan bien reflejada en temas como “I Need Something New” o “Surrender”.
  No hay más que disfrutar de este gran trabajo, una sorpresa temprana de este año que, cuando menos discográficamente, parece empezar muy bien.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 1 de febrero de 2016

¿Cuántos héroes caben en el rock?

Solemos asociar a la heroicidad con acontecimientos históricos que tienen que ver con la guerra, la conquista, la lucha, el sacrificio, la política. La ficción literaria y cinematográfica ha afianzado esta visión digamos bélica o combativa de los héroes o los súper héroes y resulta poco frecuente asociar a estos con cuestiones más nobles, como el arte o la ciencia.
  No obstante, una visión más políticamente correcta ha abierto la puerta al héroe o la heroína de las causas nobles y, de ese modo, no sólo tenemos personajes heroicos en las armas sino también en la medicina, el deporte, la religión, el altruismo y un largo etcétera que incluye, sí, a la música.
  ¿Qué es un héroe musical? ¿De qué manera se gana esa distinción? No lo hace ciertamente por su combatividad o su violencia, como tampoco por su deseo de ver por la sociedad. Un héroe musical se define básicamente por su talento, su genio y su influencia para cambiar o influir en la transformación de uno o más géneros.
  Pero no confundamos héroe con ídolo. Ídolos musicales ha habido muchos, algunos espontáneos y otros fabricados por la industria y/o los medios. El mundo de la música pop ha estado lleno de ídolos desde hace medio siglo y muchos de ellos –quizás una mayoría– han sido ídolos de barro, de plástico, artificiales y falsos. El héroe es otra cosa.
  Si nos constreñimos al rock, los héroes que han marcado al género a lo largo de sesenta años (un poco más, un poco menos) no han sido tantos. De entre las figuras señeras de la segunda mitad de los años cincuenta de la pasada centuria, época oficial del surgimiento de los primeros rocanroles, yo destacaría como héroe a un tipo tal vez impresentable, irresponsable y hasta un tanto cuanto delincuencial, quien sin embargo logró cambiar a esta música para hacerla trascender como verdadera obra de arte. Me refiero a Chuck Berry y su creatividad musical y poética. Sus canciones son pequeñas joyas artísticas que retratan a la juventud de su época y la hacen trascender. A mi modo de ver, es el primer genuino héroe del rock.
  En los sesenta hubo una buena cantidad de figuras importantes, sobre todo a partir de 1966 y 1967, pero héroes del rock de esa, la considerada década de oro del rock, es decir, músicos capaces de cambiar la totalidad no sólo del género sino de la música popular en el mundo, sólo veo a los Beatles (y añado a Frank Zappa como transformador subterráneo del rock de vanguardia). ¿Qué dónde dejo a Jimi Hendrix, The Who, Bob Dylan, los Rolling Stones, The Kinks, The Velvet Underground y un larguísimo listado de enormes talentos? Ahí: en su estatus de grandísimos talentos; pero el golpe transformador lo dio el cuarteto de Liverpool, Inglaterra. A partir de ello, todo cambió.
  Ya para las siguientes décadas y hasta la actualidad, a pesar de nombres tan pesados como los de David Bowie, The Clash o Pink Floyd, no encuentro alguien a quien se pueda llamar, en sentido estricto, un verdadero héroe del rock. Para muchos podría serlo quizá, por ejemplo, Kurt Cobain, pero es más por su atormentada vida y su terrible final que por su obra en sí. Para otros, Radiohead sería candidato idóneo, mas a pesar de su trascendencia, no me atrevería a situarlo como parte de lo heroico-musical.
  En fin, todo queda dentro de lo subjetivo. Los metaleros tendrán a sus héroes, los progresivos a los suyos, los alternativos mencionarán otros nombres. Pero dudo que alguno de ellos alcance ese poder heroico que se requiere para transformar al arte musical y, con éste, transformar cultural y hasta socialmente al mundo.
    Casi a manera de postdata, contaré que durante muchos años mi héroe del rock, fue Jimmy Page. Desde que descubrí el poder de su guitarra a finales de los años sesenta y por largo tiempo, lo admiré como a nadie (y vaya que admiro a otros músicos, como Pete Townshend, Ray Davies, Keith Richards o el ya mencionado Zappa). Pero con Page fue otra cosa, un romance total con su manera de tocar la guitarra. Aunque tal vez me confundo y más que héroe, fue mi ídolo. Quién sabe.

(Publicado este mes en mi columna "Bajo presupuesto" de la revista Marvin)