jueves, 31 de marzo de 2016

Un año de amistad


Anoche vino Pau a cenar y volvimos a pasarla de maravilla, fue una desvelada deliciosa. Fue por ella que el día de mi cumpleaños resultó maravilloso y lo de anoche fue un complemento perfecto, lleno de música, canciones (a dueto, por supuesto), pizza, vino, risas (muchas), charla y una amistad que se hace más bella y más profunda. También festejamos que hace un año nos conocimos.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Meaty, Beaty, Big and Bouncy

Una gran recopilación de 1971 de los primeros sencillos de The Who, temas cuyos derechos acababa de recuperar el grupo luego de que el productor norteamericano Shel Talmy las retuviera y les sacara regalías durante cinco largos años. Meaty, Beaty, Big and Bouncy (el título está tomado de un anuncio de carnes) reúne en un solo disco canciones extraordinarias de la primera época del cuarteto, mismas que en su mayoría no habían aparecido en álbum alguno. Reunidas se encuentran aquí piezas clásicas y llenas de frescura como “I Can’t Explain” (la canción más kink de The Who), “Happy Jack”, “I Can See for Miles”, “Substitute”, “Pictures of Lily”, “Magic Bus”, “My Generation” y hasta un tema de Tommy: “Pinball Wizard”. Por alguna razón, los Who habían grabado por un lado sus álbumes y por el otro una serie de sencillos que no formaban parte de los discos de larga duración. De ahí el valor que tuvo en su momento esta compilación (para muchos, la mejor de todas las que existen). Otro rasgo distintivo es que con Meaty, Beaty, Big and Bouncy se daba término (quizá de un modo inconsciente) a toda una época de los Who, ya que otra más compleja y elaborada se iniciaría, ese mismo año, con el extraordinario Who’s Next.

(Reseña que publiqué en el Especial No. 18 de La Mosca en la Pared, en marzo de 2008)

martes, 29 de marzo de 2016

¿Conoce usted a L.E.J.?

Hacer buenos covers, buenas versiones de las canciones de otros, en ocasiones transformándolas y hasta mejorándolas, no es cosa sencilla. Los grandes coveristas (perdonará el lector la palabreja) no se dan en maceta y gente como Joe Cocker, quizás el mejor hacedor de covers de la historia, suele ser la excepción.
  Valga la anterior introducción como marco para algo que me sucedió el domingo, mientras cavilaba acerca de cuál sería el tema de mis “Gajes del orificio” de esta semana. Mi muy querida amiga Daniela Talía me envió por Facebook el enlace de un video de un trío vocal femenino llamado L.E.J., originario de Saint Denis, a las afueras de París, de cuya existencia, la verdad, no tenía la menor idea. Mi sorpresa fue mayúscula al escuchar la calidad de las voces y el buen gusto de estas jóvenes galas, capaces de transformar composiciones conocidas, estadounidenses y francesas, relacionadas sobre todo con el hip-hop y el rhythm n’ blues actuales, para darles un giro lleno a la vez de austeridad y finura. Austeridad porque L.E.J. (las iniciales de los nombres de las tres integrantes: Lucie, Élisa y Juliette) consta únicamente de las tres voces, un violoncello y algunas percusiones. Finura, por el excelente gusto para hacer los arreglos, llenos de sutileza, sentimiento y buen humor.
  Con una formación académica que se nota en lo educado de las vocalizaciones y la calidad de Juliette como chelista, el trío se formó casi de manera espontánea para entrar en un concurso de aficionados, pero lo que consiguió fue tan bueno que muy pronto L.E.J. empezó a ser conocido en las redes sociales de su país y de Europa, por lo que las tres se dieron a la tarea de arreglar más canciones y finalmente grabaron su primer disco, el estupendo En attendant l’album (Mercury, 2015).
  Entre los once temas del plato, destacan “Get Lucky” (de Pharrell Williams), “Jimmy” (de Moriarty), “Survivor” (de Destiny’s Child), “Can’t Hold Us” (de Macklemore y Ryan Lewis) y “Hanging Tree” (de Jennifer Lawrence), a los que dan un giro más que interesante, tal como hacen con tres sensacionales popurríes: “Le Mojo”, “Summer 2015” y “Hip Hop Mash Up”. Hay además un tema original: “La dalle”.
  Un muy buen disco.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

domingo, 27 de marzo de 2016

En mi cumpleaños 61

Ayer cumplí sesenta y un años y aunque pensé que por ser Sábado de Gloria lo pasaría solo en casa, mi preciosa y generosa amiga Paulina me hizo el honor de ir conmigo a ver una obrita de teatro (Es cena, en el Foro El Juglar, en la Guadalupe Inn, con mi amiga Elsi Yamei Salgado) y luego venir a cenar, para lo cual preparó un delicioso platillo árabe a base de lentejas, carne molida y ensalada. Una delicia que combinó de manera esplendorosa con el vino tinto y que permitió una velada verdaderamente inolvidable y entrañable.
  Un amor y una belleza de amiga cuya compañía me hizo muy feliz.

sábado, 26 de marzo de 2016

Cruyff

Había planeado escribir acerca de la ridícula, delirante y falsa jugada de AMLO en Oaxaca, al anunciar que había suscrito una alianza con la sección 22 de la CNTE y la manera como el engaño fue olímpicamente desmentido por el mismísimo líder de esa sección, Rubén Núñez.
  Sin embargo, en lugar de dedicar esta columna a esa u otras mezquindades de las que abundan en nuestra mexican real politik, me referiré mejor a alguien que representa todo lo contrario, es decir, la generosidad, la belleza, la alegría de lo lúdico en su máxima expresión. Me refiero al gran Johan Cruyff, fallecido este jueves 24 de marzo, a sus tempranos 68 años de edad.
  Ha muerto uno de los cuatro o cinco futbolistas más grandes de la historia, pero el más revolucionario de todos. El holandés volador que como jugador nos dejó boquiabiertos en los años setenta de la centuria pasada. No pude apreciarlo en el Ajax, porque en ese entonces no se transmitían los partidos de las ligas europeas como hoy, pero sí en el Mundial de Alemania 1974, a mis 19 años, sobre todo cuando Holanda barrió a Argentina 4 a 0 y llegó a la final que dolorosamente perdió con el anfitrión germano, gracias a aquel gol del bombardero Gerd Müller.
  Ya para entonces, Cruyff era jugador del Barcelona, a donde llegó en 1973, en plena era franquista, luego de negarse terminantemente a pertenecer al Real Madrid, y logró no sólo que el Barça fuese campeón ese año, sino que humillara a los blancos en su propia casa al son de 5 goles a 0. Cataluña, tan despreciada siempre por Francisco Franco, empezó a partir de entonces –y no invento– a perder el miedo, a sentirse orgullosa y a pensar en la autonomía y la independencia.
  En 1978, Cruyff se negó a asistir al Mundial de Argentina, como protesta contra la dictadura militar, en otro hecho que lo enaltece.
  Como entrenador del Barça, cambió para siempre la idea del balompié con su futbol total, idea que retomarían Frank Rijkaard, Josep Guardiola y Luis Enrique. Me atrevo a decir que Lionel Messi no sería lo que es si Cruyff no hubiese llegado al equipo blaugrana treinta años antes que él.
  Se fue Johan Cruyff. Qué tristeza.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 25 de marzo de 2016

Bob Seger & the Silver Bullet Band / Stranger in Town (1978)

Seger es recordado sobre todo por ser el autor e intérprete de “Old Time Rock & Roll” (contenida en este álbum), un tema mil veces cantado en diversas películas hollywoodenses -como Risky Business- e incluso en series de televisión como Alf (en esta última, en una escena por cierto memorable). Sin embargo, todo el disco vale la pena más allá de la citada canción.

Mejor tema: “We’ve Got Tonight”

jueves, 24 de marzo de 2016

Librerías de viejo

Tienen un halo fascinante, en especial las más tradicionales, es decir, aquellas que están en la antigua calle de Donceles, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México. Hacía muchos años que no incursionaba por ahí y hoy se dio la oportunidad, acompañado por mi mejor amiga (la mujer misteriosa). Nos vimos enfrente del Café de Tacuba y de ahí visitamos un par de librerías que no nos convencieron (una era muy cara y tenía poco que ofrecer, en la otra el ambiente se sentía asfixiante por la cantidad de polvo que se respiraba), hasta que entramos a una llamada "El laberinto" que, en efecto, es laberíntica y llena de libros viejos. Exploramos un buen rato y vi volúmenes fascinantes. Como no llevaba mucho dinero, me decidí por dos libros que no tenía de René Avilés Fabila: Recordanzas y Memorias de un comunista. Me quedé con ganas de sus novelas El gran solitario de palacio y Los juegos que ahí estaban, pero ya no me alcanzaba. Igual regreso un día de estos por ellos.
  Al salir, las calles estaban inundadas de gente, sobre todo turistas de fuera del DF que aprovecharon Semana Santa para venir. Buscamos dónde comer y todo estaba repleto. Terminamos en el Sanborns que está detrás de Bellas Artes. La comida, bastante regularcita. Nos la pudimos ahorrar. Me despedí de mi amiga misteriosa y cada quién tomó por su lado en el Metro. Regresé a ver el partido en que México venció fácilmente a Canadá, en Vancouver, al son de tres goles a cero.

miércoles, 23 de marzo de 2016

The Who Sings My Generation

Para muchos, se trata del mejor y más representativo álbum de rock mod jamás grabado. No es para menos. The Who Sings My Generation (1965) es un disco debut tan explosivo y rocanrolero como el primer trabajo de los Rolling Stones, con la ventaja de que aquí la mayoría de los temas son originales, con la sola excepción de esos dos enormes cortes souleros que son “I Don’t Mind” -en el cual el grupo por cierto suena muy rollingstoniano- y “Please, Please, Please” de James Brown. Sin embargo, en el resto de la obra se puede apreciar ya el característico sonido Who a plenitud. La feroz guitarra de Pete Townshend está ahí, con sus acordes secos y cortantes. La voz de Roger Daltrey suena espléndida e intencionada, lo mismo que los coros de sus compañeros. El bajo de John Entwistle no sólo apoya la parte rítmica sino que cobra vida por sí solo, como haría a lo largo de la carrera del cuarteto. Por último, los tambores y platillos de Keith Moon parecen tocados por un tipo con ocho brazos (escúchese el sensacional tema  instrumental “The Ox”, en el cual también están presentes las distorsiones y el feedback de Townshend) y muestran los niveles de maestría a los que llegaría el lunático baterista. 
  My Generation es un álbum pop de claros tintes sesenteros, aunque con elementos agresivos que parecen aguardar el mejor momento para asaltar al escucha y recordarle que está ante una banda que apuesta por el sentido melódico y armónico, sí, pero que no olvida que el rock proviene de la parte más oscura y grasosa de la música popular: el blues, el soul y el rhythm’n’blues. Así, temas como “Out in the Street”, “The Good’s Gone”, “Much Too Much”, “A Legal Matter” y sobre todo esas joyas que son la finísima “The Kids Are Alright” y, por supuesto, la clásica y restallante “My Generation” enseñan que los Who habían arribado para trascender y convertirse en uno de los grupos más importantes en la historia del rock.

(Reseña que publiqué originalmente en el Especial de La Mosca No. 18, dedicado a The Who, en marzo de 2004)

martes, 22 de marzo de 2016

Dos discos (porque la vida sigue)

Una vez pasada la euforia rollingstoniana que se vivió la semana anterior y pasado también el luto por las muertes recientes de diversos músicos, tenemos que entender que la vida sigue (y no es que me quiera poner reflexivo debido a estos días “santos”), que las cosas continúan y que la música se renueva día con día, al menos a nivel de oferta discográfica.
  Entre las más recientes novedades, hay grabaciones para todos los gustos y en diversos géneros. Mencionaré tan sólo dos que recomiendo sin dudar.
  Para comenzar, está el nuevo álbum de la gran bajista y cantante de jazz Esperanza Spalding, quien con Emily’s D+Evolution (Concord, 2016) incursiona en géneros tan diversos como el rock progresivo, el soul, el hip-hop y el rhythm n’ blues, en un trabajo conceptual de enorme calidad e inventiva que desconcertará a los seguidores más ortodoxos de la estadounidense, pero fascinará a todo un nuevo sector de escuchas. Con ecos lo mismo de Joni Mitchell que de Frank Zappa y de Janelle Monáe que de Steely Dan, el disco es una delicia de principio a fin, una pequeña joya de esas que con cada escucha devela sus más íntimos y mejores tesoros.
  Por otro lado y en un genero tan diferente como el alt-country,  está el nuevo larga duración de Richmond Fontaine, un grupo de culto, muy poco conocido, liderado por el cantante, compositor y novelista Willy Vlautin. Originaria de Portland, Oregon, la agrupación lleva muchos años en el camino y este año acaba de sacar a la venta un trabajo en verdad hermoso y profundo, su opus No. 11 intitulado You Can’t Go Back If There’s Nothing To Go Back To (Décor, 2016). Un tanto en la vena de gente como Tom Waits, las canciones escritas por Vlautin son nostálgicas, tristonas, de pronto desgarradas pero al mismo tiempo irónicas y con letras altamente poéticas que narran historias de perdedores, de desposeídos, de gente sin esperanza.
  Se trata -según ha anunciado el grupo- de su última incursión discográfica y le juro que no se arrepentirá de escucharla y conocer el muy particular universo musical y literario que ofrece Richmond Fontaine.
  Dos discos muy recomendables para quienes están abiertos a lo nuevo y a aceptar que la vida sigue.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 21 de marzo de 2016

Clase de música

No lo había mencionado, pero desde hace dos lunes estoy tomando clases de música con mi querida y talentosa (y bella) amiga Aura Ortiz, una estupenda bajista por cierto. En un principio iban a ser clases de bajo, pero luego decidimos que mejor sean de piano y pues estoy en eso, poco a poco. En retribución, yo le daré clases de redacción. Un buen convenio con una estupenda persona.

domingo, 20 de marzo de 2016

Flaked

Terminé de ver la primera temporada de esta buena serie de Netflix, actuada, escrita y producida por Will Arnett (el mismo actor que hacía el papel de George Oscar en Arrested Development). Diez capítulos de media hora que narran la historia de un soltero que se dedica a hacer y vender bancos diseñados y fabricados por él mismo y que tiene una tienda en Venice, California.
  Vemos sus problemas económicos, pero también con el alcohol (asiste a un grupo de AA), con la amistad (se la pasa peleando con su mejor amigo de la infancia, quien es también su vecino) y por supuesto con las mujeres (anda con una chava de la que no está enamorado y se enamora de quien menos debería). Para no caer en el indeseable papel de spoiler, no diré más, sólo que esta mezcla de comedia y drama vale bastante la pena. No es Master of None o Love, pero se puede ver con gusto.

sábado, 19 de marzo de 2016

¡Todos a soplar!

Tengo una propuesta para limpiar la contaminación que esta semana nos ha estado ahogando en la flamante Ciudad de México. Ya que son los vientos los únicos que pueden dispersar los contaminantes y brindarnos una atmósfera más o menos azul y transparente, pongámonos de acuerdo todos los habitantes del ex DF y juntos, a la misma hora y a un mismo tiempo, lancemos desde nuestros pulmones un fuerte soplido colectivo para alejar la nata de esmog que nos asfixia. Si al Lobo Feroz le funcionó para derribar las casas de los cochinitos, ¿por qué a nosotros no?
  Dirá usted que se trata de una propuesta completamente idiota y, pues sí, lo es; tan idiota como la resolución de la Suprema Corte de Justicia que permitió que día con día circulen 600 mil vehículos más por nuestras calles y avenidas.
  Aunque no se trata de la única fuente de polución (la industria, la basura y otros factores también contribuyen a ensuciar la atmósfera), la que producen los automotores sí es la más fuerte y peligrosa. Imagine lo que implica aumentar, a la contaminación cotidiana, los humos que arrojan 600 mil automóviles más, por muy verificados que se encuentren (si es que esa verificación no se logró, como sabemos que sucede, mediante el uso fast track de la mordida y el cohecho).
  Por cierto, que mi propuesta de los soplidos me hizo recordar el proyecto jamás logrado del entrañable ingeniero Heberto Castillo, quien sugería construir enormes ventiladores al pie de la sierra del Ajusco para dispersar la nube de esmog (Italo Calvino dixit). Nadie le hizo caso y nunca supimos si era o no una buena idea.
  La cosa es que además de todas las medidas de emergencia que se están tomando, urge que la SCJN dé marcha atrás a su malhadada resolución y deje de beneficiar a una minoría de automovilistas en detrimento de la salud de millones de personas, incluidos esos mismos automovilistas y los señores jueces que tomaron tan absurda determinación.
  Y mientras tanto, el problema ha servido como ring de boxeo con tintes electorales entre Miguel Ángel Mancera y Eruviel Ávila, quienes aprovecharon para echarse la culpa mutuamente.
  Contaminación ambiental y contaminación política. ¡Mejor todos a soplar!

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 18 de marzo de 2016

The Blasters / American Music (1980)

El primer disco de los Blasters es todo un manifiesto para afirmar que el rock and roll estaba tan vivo en 1980 como lo estaba a mediados de los cincuenta. Potente, duro, despiadado, rudo pero divertido, el sonido de este grupo de Los Ángeles es imposible de ignorar una vez que se le escucha.

Mejor tema: “Marie Marie”

jueves, 17 de marzo de 2016

Carol

Basado en El precio de la sal, una novela muy poco conocida de Patricia Highsmith (quizá porque en su momento la publicó con seudónimo y porque salió un poco antes que su genial Extraños en un tren), este sobrio y elegante, a vez que duro y conmovedor, filme dirigido por Todd Haynes en 2015, es un trabajo espléndidamente narrado, elegantemente fotografiado y contenidamente actuado.
  La historia de un amor lésbico en los años cincuenta del siglo pasado es tratado por Haynes con gran tacto y finura, sin prisas, para irnos metiendo en lo dramático que resultaba a mediados de esa década que una mujer rica y casada se enamorara de una joven dependiente de almacén con deseos de trascender en la vida como fotógrafa. La manera como los convencionalismos sociales asfixian a Carol y Therese (las dos amantes) y no las dejan ser pueden resultar difíciles de creer hoy día, pero la represión sexual que se vivía en aquellos años era así y está fielmente reflejada en la cinta.
  Con Cate Blanchett como Carol (me gustó más aquí que en Blue Jasmine de Woody Allen) y la bella Rooney Mara como Therese (me recordó mucho a Audrey Hepburn), la película es no sólo un drama sino también una road picture que jamás pierde el interés y que tiene un final al mismo tiempo feliz y anticonvencional, sin esos falsos moralismos a los que es tan dado el cine de Hollywood, lo cual es de agradecerse.
  Hermosa, inteligente y sensible, Carol es una obra que debe verse.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Cara a cara con los Kinks

Si The Kink Kontroversy fue el primer trabajo grande de los Davies y compañía, Face to Face (1966) fue su primera obra maestra. A lo largo de sus catorce canciones está ya, en plenitud musical y letrística y como punzante observador social, el Ray Davies que habría de convertirse en el gran cronista de la realidad inglesa de sus tiempos. 
  Face to Face es uno de los más deliciosos y sarcásticos discos de música pop (en el mejor sentido del término) de la historia. Cada una de los cortes del larga duración es un retrato espléndido, lleno de riqueza artística. Desde la incomparable y crítica (y muy british) “Dandy” hasta esas delicias absolutas que son las casi mississippianas “Sunny Afternoon” y “Little Miss Queen of Darkness”, desde la belleza de “Rosy Won’t You Please Come Home”, “Rainy Day in June” y “Too Much on My Mind” hasta el misterio orientalista de “Fancy”, el guiño surfero de “Holiday in Waikiki” y el rocanrolerismo de “Party Line”, “You’re Lookin’ Fine” (cantada por Dave Davies) y “Most Exclusive Residence for Sale”, todo es disfrute en este Cara a cara que no tiene desperdicio. 

(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 43 de La Mosca en la Pared, publicado en octubre de 2007).

martes, 15 de marzo de 2016

Martin, Emerson, Domínguez

¿Qué tiene este 2016 que en escasos 75 días se ha llevado a varios músicos, en su mayoría de altísimo grado artístico? Desde David Bowie hasta Glenn Frey (Eagles) y desde Paul Kantner (Jefferson Airplane) hasta Dale Griffin (Mott the Hoople), pasando por Maurice White (Earth, Wind & Fire), Denise Katrina Matthews (Vanity 6), el cantante de soul Otis Clay, el bluesero Long John Hunter, el intérprete de country Craig Strickland, el director de orquesta Nicolaus Harnoncourt y nuestro muy rocanrolero Lalo Tex, todos se han ido de manera francamente inesperada.
  A ellos se suman ahora otros tres personajes de la música: el genial productor George Martin, el extraordinario tecladista Keith Emerson y el gran guitarrista mexicano José Luis Domínguez.
  Conocido con el mote de “El quinto beatle”, Martin fue fundamental en la carrera del legendario cuarteto de Liverpool y gracias a su visión, a su talento y a sus dotes como productor y arreglista, logró que las composiciones de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr alcanzaran alturas insospechadas, hasta provocar que su música revolucionara a la cultura popular de la segunda mitad del siglo pasado.
  Keith Emerson, tecladista del trío de rock progresivo Emerson, Lake & Palmer (y antes de The Nice) fue uno de los compositores y ejecutantes más asombrosos de la historia del género, con piezas que iban de recreaciones de sencillos rocanroles hasta temas cuasi sinfónicos de enorme envergadura. Sus cuatro primeros álbumes con EL&P están entre lo más fino y sofisticado que ha dado el rock.
  En cuanto a José Luis Domínguez, sin tanto lustre como los dos anteriores, era un excelente guitarrista de rock (se le recuerda con Arpía, el grupo que acompañaba en sus inicios a Cecilia Toussaint), pero también un estupendo productor y, sobre todo, un apasionado de la enseñanza musical. La Escuela de Música DIM que dirigía, en Coyoacán, es una de las más importantes del país y su fallecimiento representa una gran pérdida para sus seres queridos, sus alumnos y sus muchísimos amigos y colegas. Lo conocí personalmente por allá de 2006 y puedo decir que, además de su talento, era un hombre generoso, amable y siempre inquieto. Esperemos que la escuela no se detenga y prosiga con la obra didáctica del gran José Luis.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 14 de marzo de 2016

La bella "Brooklyn"

Es casi un cuento de hadas. Más bien una película poética. Pero no se me malinterprete: no es una cinta cursi ni mucho menos, todo lo contrario, su sobriedad y su contención la salvan de caer en ello.
  Basado en la novela homónima de Colm Tóibín (2009), Brooklyn, el filme de 2015, cuenta la sensible historia de una joven irlandesa que decide abandonar el pequeño pueblo donde nació y donde siempre ha vivido, para lanzarse a la incierta aventura de emigrar a Nueva York a principios de los años cincuenta del siglo pasado e instalarse precisamente en Brooklyn. De todo lo que ahí vive, conoce, sufre, disfruta, conoce, la enamora, es de lo que trata la película que incluye una sorpresiva vuelta de tuerca que la hace volver a Irlanda, donde debe tomar la decisión más importante de su vida.
  Una bella y agridulce obra, dirigida por John Crowley y con la espléndida actuación de Saoirse Ronan como Ellis Lacey, la protagonista principal.
  Nada más que decir, sólo que la recomiendo mucho.

domingo, 13 de marzo de 2016

José Luis Domínguez

Me enteré con mucha tristeza del fallecimiento, esta mañana, del querido José Luis Domínguez, director y fundador de la Escuela de Música DIM y gran músico (fue el guitarrista de Arpía, el grupo que acompañaba a Cecilia Toussaint en sus inicios rocanroleros).
  Conocí a José Luis por allá de 2006 o 2007. No recuerdo quién se acercó a quién, pero hicimos un trueque mediante el cual yo le haría publicidad y reportajes a su escuela en las páginas de La Mosca a cambio de horas de grabación en su estudio para las canciones de Los Pechos Privilegiados. Siempre nos llevamos muy bien y las sesiones de grabación en el DIM fueron muy buenas y divertidas. En total grabamos catorce temas míos, aunque sólo unos cuantos alcanzaron a ser masterizados y otros se quedaron en la mezcla. Nunca terminamos el disco y no sé en dónde estarán las pistas. También tocamos una noche en el foro de la escuela, con poquísimos espectadores, aunque se grabó el concierto (grabación que debe estar en el archivo de audio que dejó Domínguez y que nunca escuchamos).
  Él mismo me contó sobre sus problemas cardiacos y supe de las varias intervenciones quirúrgicas que tuvo. Luego me enteré de su divorcio y su nuevo matrimonio. Hacía cerca de dos años que no tenía contacto con él, más allá de algún saludo amable en el facebook, y la noticia de su deceso me sorprendió muchísimo. José Luis era un tipo muy querido en el medio de la música y su labor docente tendría que ser reconocida. El año pasado tocó con Jaime López en algunas presentaciones y hasta donde sé, se mantuvo activo hasta el último momento.
  Descanse en paz un estupendo amigo, a quien estimé mucho y al que le debo todo mi agradecimiento por su generosidad y su don de gentes.

sábado, 12 de marzo de 2016

¿Un saludo fascista?

Soy apasionado seguidor del equipo de futbol soccer de la Universidad Nacional Autónoma de México, los míticos Pumas, desde que la escuadra ascendió a primera división, en 1962. Por aquel entonces yo tenía siete años de edad y hasta llegué a asistir a algunos partidos, en el estadio de Ciudad Universitaria, cuando el cuadro aún jugaba en segunda.
  Siempre he sido puma, pues, y el único ídolo que he tenido en mi vida, de cualquier ámbito o actividad, se llama Enrique Borja.
  A principios de semana, el entrenador del Cruz Azul, Tomás Boy, disparó su ya famosa sentencia acerca de que el himno que los Pumas suelen cantar antes de cada uno de sus encuentros como locales es un himno fascista. Días más tarde y ante la andanada de críticas que levantó, trató de matizar su declaración y dijo que en realidad no se refería al himno, sino al peculiar ritual previo a los juegos.
  Como seguidor de los auriazules, quizá debí indignarme como tantos y lanzar toda clase de anatemas contra el controvertido Jefe Boy, pero hubiese sido muy hipócrita de mi parte.
  Debo confesar que desde que Hugo Sánchez instituyó la famosa ceremonia, por allá del año 2000, cuando era director técnico de los Pumas, siempre me ha incomodado un poco, más que nada por un hecho concreto: el saludo que hacen jugadores y público con el brazo derecho extendido y que me remite, de manera irremediable, al saludo de los seguidores de Hitler en la Alemania nazi, de Mussolini en la Italia fascista y de Franco en la España falangista.
  Cierto que allá las palmas de las manos se mantenían extendidas también y que el saludo puma es con el puño cerrado, pero eso del brazo derecho no ha dejado de incomodarme a lo largo de más de tres lustros. Quizá sea mi pasado izquierdoso el que me traiciona y me llena de escrúpulos ideológicos (sigo siendo de izquierda, pero hace mucho que dejé el dogmatismo atrás, aunque en este caso parezca una contradicción). No lo sé de cierto.
  Pero a mí, como a Tomás Boy, tampoco me gusta el controvertido saludo.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 11 de marzo de 2016

Algo sobre George Martin (1926-2016)

Entre las muchas discusiones bizantinas que se han llegado a armar alrededor de los Beatles (como la de la supuesta muerte del Paul McCartney “original” o la del papel que jugó Yoko Ono en la disolución del cuarteto), una de las más polémicas siempre fue la de quién fue “el verdadero quinto beatle". Algunos afirmaban que el honor le correspondía a Billy Preston, otros se remontaban a los orígenes del grupo y mencionaban a Stuart Sutcliffe o a Pete Best, aunque otros abogaban por Brian Epstein o incluso por el road manager Neil Aspinall). Sin embargo, no creo que haya quién le pueda disputar esa gloria a alguien que no sólo participó en la construcción del inconfundible sonido de los de Liverpool, sino que en buena parte lo creó, gracias a sus dotes como músico, productor y arreglista sin igual. Me refiero a George Martin, quien falleció este martes 8 de marzo en la ciudad de Londres, Inglaterra, a los 90 años de edad.
  Martin era un hombre a quien el calificativo de genio le quedaba de manera perfecta. Sin él, es muy posible que los Beatles jamás hubiesen alcanzado las alturas a las que llegaron. En muchísimos aspectos, fungió como una especie de tutor, maestro, guía, consejero y hasta padre de los cuatro músicos, quienes confiaban en él casi a ciegas. Hombre culto, preparado, inteligente y con un gusto exquisito para la música, supo dotar al grupo de todo lo necesario para que sus composiciones se desarrollaran y se enriquecieran en grado superlativo. Sus arreglos instrumentales no tuvieron parangón y ninguna otra agrupación de la época -es decir de la segunda mitad de los años sesenta de la pasada centuria- podría presumir de contar con un sonido a la vez tan vanguardista como accesible, tan fino como espontáneo. Sabio y perspicaz, supo llevar las composiciones de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr a un equilibrio prácticamente perfecto, sin tratar de manipularlas o de lucirse en ellas. Su papel fue siempre discreto pero al mismo tiempo imprescindible. Insisto: sin su participación, los Beatles no serían lo que fueron y lo que siguen siendo casi medio siglo después.
  George Martin nació en Londres, el 3 de enero de 1926, y sirvió a la marina real de Inglaterra, como piloto aviador, de 1943 a 1947. Aunque no provenía de una familia especialmente interesada en la música, quiso aprender piano desde los ocho años de edad, pero no fue sino hasta después de la Segunda Guerra Mundial que logró ingresar a la escuela de música y artes Guildhall para estudiar composición, dirección, orquestación y teoría musical, tomando al oboe como su segundo instrumento. Para sostenerse, trabajaba para el departamento de música clásica de la BBC de Londres.
  En 1950 fue invitado a integrarse al sello Parlophone que por aquel entonces formaba parte de la disquera EMI y le tocó experimentar la transición de los viejos y pesados discos de 78 revoluciones a los novedosos LP y EP de 33 y 45 revoluciones respectivamente. No tardó en darse cuenta de la importancia de este cambio tecnológico, sobre todo en cuanto al uso de las extraordinarias cintas magnéticas que permitían grabar de una manera más avanzada y llena de posibilidades. Su labor resultó tan notable que para 1955 fue nombrado director de Parlophone y el sello fue cobrando una mayor importancia, sobre todo con las grabaciones “habladas” del cómico Peter Sellers, en un antecedente de lo que hoy conocemos como stand up comedy.
  Pero fue en el verano de 1962 que sucedió el momento mágico, cuando un oscuro cuarteto de la ciudad de Liverpool que acababa de ser rechazado por Decca, acudió a Parlophone para efectuar una audición. Martin lo escuchó y no dudó en contratarlo. A partir de ese momento, todo habría de cambiar en la historia de la música popular del mundo entero.
  Era el productor que necesitaban los Beatles y era el grupo que necesitaba él para desarrollar, ambas partes, todo su potencial artístico y creativo. Lo que vino a continuación es de todos conocido. De 1962 a 1969, durante siete fructíferos y esplendorosos años, George Martin produjo trece álbumes del cuarteto (sólo estuvo ausente en el Let It Be de 1970, semiproducido por Phil Spector) y aunque respetó las canciones que escribían Lennon y McCartney y más tarde Harrison y el propio Ringo, sus cambios y sugerencias las revistieron de luz y color. Trabajaban en equipo, pero la dirección de Martin resultó esencial y sus arreglos siempre dieron en el clavo. Ahí están el cuarteto de cuerdas en “Yesterday”, el corno francés en “For No One”, el clavicordio en “In My Life” o las instrumentaciones de “Penny Lane” y “Strawberry Fields Forever” como muestras de su finísimo talento, para no hablar de la majestuosa producción de esa piedra de toque en la historia del rock que es el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de 1967.
  George Martin trabajaría con otros músicos y hasta en algunos de los discos solistas de los ex Beatles, pero nunca lograría la magnificencia que consiguió en la virtuosa trecena discográfica de 1962-1969. Su vida fue rica y fructífera, llena de honores y reconocimientos (incluso fue investido con el título de Sir por la reina Isabel), una vida de nueve décadas tan admirable como entrañable.

(Publicado en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

jueves, 10 de marzo de 2016

Tres libros

Me refiero a los tres que estoy leyendo en estos días, siguiendo mi fórmula de libro de toilette, libro de cama y libro de transporte público.
  Como libro de toilette (es decir, el que leo en el baño que es, como ya he he escrito aquí mismo, la sala de lectura ideal) tengo Memorias de Daniel Cosío Villegas, el cual está resultando una absoluta delicia, debido a la manera tan amena y llena de gracia como el gran historiador y politólogo (entre muchas otras cosas) narra su riquísima vida y el México que le tocó vivir y conocer.
  Como libro de cama está De animales a dioses de Yuval Noah Harari, un gran ensayo sobre la historia de la humanidad y el cómo y el por qué los humanos hemos llegado a ser lo que somos en lo social, lo económico, lo cultural, lo psicológico y hasta lo físico. Un excelente y polémico estudio acerca de nuestra evolución como especie. Llevo apenas una cuarta parte, pero es un libro apasionante que hace reflexionar en muchas de las cosas que plantea este joven investigador israelí.
  Por último, como libro de transporte -o sea, el que leo cada vez que me subo al metrobús y/o al metro), leo en estos momentos Rusell, la biografía del enorme Bertrand Russell, escrita por Ronald Clark, y que me está resultando muy revelador e interesante. Apenas lo empecé la semana pasada, pero es de rápida lectura.
  Como se ve, en este momento no estoy con ningún libro de narrativa -cosa rara en mí-, aunque el de Cosío Villegas llega en momentos a alcanzar ese rango. Amo leer.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Voy camino a casa

La canción con la cual solíamos cerrar las presentaciones de Los Pechos Privilegiados. La compuse en 1981, aunque no tengo claro en qué día y en cuál mes exactamente. Es un claro homenaje a Chuck Berry en la parte musical, mientras que en la letra cuento los avatares de un habitante de la Ciudad de México (cuando la escribí era todavía el Distrito Federal) que sale a trabajar y ya no regresa a su hogar, al quedarse atrapado en un espantoso congestionamiento de tránsito. Se trata de una pieza irónica y divertida (al menos nos divertíamos mucho al tocarla, ya que la alargábamos casi al triple en su versión "en vivo"). Esta es la versión corta.

Voy camino a casa

Esta mañana cuando desperté,
no pude imaginar lo que iba a suceder.
Me fui temprano a trabajar y el día se fue sin una novedad.
Voy camino a casa aunque sé que no voy a llegar.

Por el camino yo tomé un camión
y a las pocas cuadras esto comenzó:
es un maldito aterrador, horripilante y feo embotellamiento.
Voy camino a casa aunque sé que no voy a llegar.

No hay salida o forma de huir.
Estamos atrapados y me siento morir.
No hay remedio y no queda más
que juntar las manos y ponerse a rezar.

Muchos incautos se han quedado aquí.
Es una locura sin principio y sin fin.
Y yo me pongo a meditar y me preocupa mi incierto futuro.
Voy camino a casa aunque sé que no voy a llegar.

No hay salida o forma de huir.
Estamos atrapados y me siento morir.
No hay remedio y no queda más
que juntar las manos y ponerse a rezar.

Sólo le pido a quien me pueda escuchar,
avise a mi familia que no volveré más:
que han perdido a otro pariente
en el panteón del Eje Dos Poniente.
Voy camino a casa aunque sé que no voy a llegar.
Voy camino a casa aunque sé que no voy a llegar.
Voy camino a casa aunque sé que no voy a llegar.
Voy camino a casa y yo sé que no voy a llegar.



martes, 8 de marzo de 2016

Los Rolling Stones en México

Recuerdo la primera vez que vinieron a México, en enero de 1995, para su gira Voodoo Lounge. Se decía que seguramente habría de ser su última tournée, que sus edades ya no daban para más, que era un hecho que al final de dicha excursión se retirarían.
  Sin embargo, brindaron un concierto de antología (ahí me tocó estar, aquel 20 de enero, para atestiguarlo, al lado de mi entonces esposa y mis dos pequeños hijos), una presentación sensacional, lleno de fuerza, espectacularidad y el mejor rock n’ roll del universo.
  Han transcurrido 21 años desde aquellas fechas, mucha agua ha pasado por el río y muchas piedras han sido arrastradas, pero no estas piedras rodantes que no sólo no se retiraron sino que siguieron tocando y grabando discos como frescos e insolentes jovenzuelos (aún produjeron Bridges to Babylon en 1997 y A Bigger Bang en 2005).
  La próxima semana, los Rolling Stones vuelven a presentarse en nuestro país y de nueva cuenta muchos se hacen exactamente las mismas preguntas: ¿será su última gira? ¿Se retirarán por fin de los escenarios y los estudios de grabación para pasar su vejez en algún asilo de súper lujo?
  Keith Richards, Mick Jagger y Charlie Watts son ya septuagenarios, mientras que Ron Wood es el más imberbe a sus 68 añitos. Pero jamás me atrevería a decir que estos serán sus últimos conciertos y mucho menos que contemplen siquiera la posibilidad de retirarse. “Yo no dejaré de tocar hasta que me muera”, dice Richards en alguna parte de Vida, su libro autobiográfico, y apenas hace unos meses sacó su más reciente álbum como solista, el estupendo Crosseyed Heart. En una palabra, los cuatro se mantienen en excelente forma, a pesar de que juntos reúnan la friolera de 286 años (y eso que no sumamos al retirado -como stone- Bill Wyman, quien en octubre cumplirá 80 otoños y también acaba de sacar un disco, Back to Basics).
  ¿Qué deben esperar quienes asistan a ver a los Rolling Stones el 14 y el 17 de este mes en el Foro Sol? Seguramente lo que el grupo inglés siempre ha ofrecido: el más grande espectáculo de rock sobre la Tierra.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 7 de marzo de 2016

Live at Leeds

Si Tommy fue un álbum doble de enormes pretensiones y compleja elaboración, The Who quiso dejar en claro que antes que cualquier cosa era una banda de rock. Por ello sacó Live at Leeds, un disco grabado con toda la fuerza del grupo durante sus actuaciones en concierto.
  A pesar de su corta duración, menor a media hora, se trata de un vinil contundente, seco, rabioso, rocanrolera y blueseramente violento. Desde el crudo inicio de “Young Man Blues”, con un muy corto riff realizado al unísono por la guitarra de Townshend y el bajo de Entwistle, mientras Moon los sigue con un vertiginoso redoble de tambores para detenerse de pronto y permitir la entrada de la voz sola de Daltrey, sabemos que el poderío de los Who está ahí y que permanecerá hasta el final del disco. “Substitute” (que tres lustros después sería retomada por los Sex Pistols), “Summertime Blues” (en una versión más rocanrolera que la original de Eddie Cochran, aunque menos pesada que la de Blue Cheer de 1968), “Shakin’ All Over”, “My Generation” (contundente como siempre) y “Magic Bus” (en claro homenaje a la rítmica de Bo Diddley) son las piezas que no nos dejan apartar el oído de las bocinas y nos convencen de que pocos grupos ha habido como el cuarteto de Shepherd’s Bush para tocar el mejor rock and roll del orbe.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 11 de La Mosca en la Pared dedicado a The Who, publicado en marzo de 2008)

domingo, 6 de marzo de 2016

El blues del destino

Compuse este blues por allá de 2006, basado en el estilo de Buddy Guy y a manera de homenaje a Robert Johnson. Se trata de un blues lento y acompasado que llora al amor perdido y se refiera a elementos clásicos del género, como el whisky y la magia. La grabación de Los Pechos Privilegiados que aquí escuchamos data de 2008 y la hicimos en las sesiones con José Luis Domínguez en el estudio de la escuela de música DIM, en Coyoacán. La alineación es con la extraordinaria guitarra de Mauricio "El Mao" Mayén, el bajo fino y sutil de Rafael Herrera, la efectiva batería de Demetrio "Demex" García y en la parte final las bellas voces de Leyla Rangel y Giuliana Vega. Yo llevo la primera voz y la segunda guitarra. Cuando la tocábamos en el Ruta 61 (era parte indispensable de nuestro repertorio), solía acompañarnos María Emilia Martínez con la flauta y le daba un toque extraordinario. Lamentablemente, no contamos con ella en la grabación de estudio, aunque sí hay un video en concierto en el que se le puede ver y que incluyo también en este post.

EL BLUES DEL DESTINO

Hay una mujer en mi destino.
Es una mujer que me hechizó.
Hay una mujer en mi destino.
Es una mujer que me embrujó.
Me envolvió con sus mágicos encantos
y luego, sin rubores, me abandonó.

Alguien le preguntó a Robert Johnson:
“Oye, Robert, dime qué es el blues”.
Robert Johnson dio un trago a su whiskey
y sin una duda le respondió:
“El blues no es más que un hombre bueno
que llora al recordar a la que lo dejó”.

Una maga me leyó las cartas.
Me dijo que mi alma gemela eres tú.
Una maga me leyó las cartas.
Me dijo que mi alma gemela eres tú.
Oye, mi niña, canta conmigo este blues.

Hugo García Michel
Abril 15 de 2006



sábado, 5 de marzo de 2016

¡Che Justo Sierra!

Muy bien. Convengamos que el actual rector de la UNAM, el doctor Enrique Graue, prefiere privilegiar el dialogo antes que utilizar la fuerza para recuperar el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras, ocupado desde hace más de tres-lustros-tres por grupos embozados y sin identidad definida que han hecho del antiguo foro (¿cómo no recordar las magníficas películas que ahí se proyectaban en los años setenta del siglo pasado, además de los conciertos, las obras de teatro y demás muestras de cultura, ¡ay!, pequeño burguesa) un “centro de narcomenudeo, casa habitación, muladar, fonda, fabrica de bombas caseras” (Gil Gamés dixit).
  ¿Por qué se sigue permitiendo tamaño atentado contra la tan sagrada pero demagógicamente defendida autonomía de la universidad, violada todos los días por esos grupúsculos que justifican diversos delitos bajo el disfraz de “actos políticos y de resistencia”? Por puritito pánico. Pánico de las autoridades a ser llamadas represivas por la Santa Inquisición de lo políticamente correcto -es decir, por ese sector fanático de la opinión pública conocido como el progretariado-, cuando lo único que se haría es devolver el otrora bello teatro a su legítima dueña: la comunidad universitaria.
  Pero está bien. Lo entiendo. No se quiere usar la fuerza así como así para desalojar el recinto. ¿Qué hacer entonces? ¿Nada? ¿Es que resulta en verdad imposible recuperarlo? ¿De plano se dan por vencidos y el Justo Sierra será por siempre una especie de territorio ultra, “autónomo” y fuera de la jurisdicción de la universidad?
  En un afán por ser constructivo, positivo y optimista, se me ocurre que se convoque a un amplio e intensivo plebiscito entre alumnos, maestros y trabajadores de toda la UNAM para saber si desean que el Justo Sierra les sea devuelto. Si la votación resultante es un sí, pues que se conmine a los okupantes a salirse ipso facto. Si no lo aceptan, entonces Rectoría contará con la autoridad moral suficiente, representada por todos los votantes del plebiscito, para, ahora sí, expulsar -sin violencia, se entiende- a los amafiados paracaidistas.
  Es una idea, señor rector Graue. No sé qué le parezca.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 4 de marzo de 2016

Tragicomedia mexicana 2

Terminé de leer el tomo dos del ya clásico libro de José Agustín, el cual abarca los periodos presidenciales -o sexenios, para decirlo en mexicano- de Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo, es decir, lo que Margarita Michelena denominó como la docena trágica.
  Fueron dos gobiernos que me tocó vivir entre mis 16 y mis 28 años y los recuerdo muy bien. Por tanto, la lectura del libro fue como hacer una relectura de una parte muy importante de mi vida, la que va de finales de 1970 al año 1982. Quienes vivimos esa época del país sabemos lo que es el nacimiento de la gran crisis económica que nos legaron estos dos gobiernos y que hoy seguimos padeciendo y sabemos también -aunque algunos finjan demencia al respecto- que fueron años mucho más difíciles, autoritarios, corruptos y represivos que los que se viven hoy. Sencillamente no hay comparación. México sigue mal, pero no tanto como en aquella etapa de nuestra historia. Hoy gozamos de muchas más libertades y a nivel macro, la economía está bastante mejor (habría que comparar los niveles de inflación actuales, muy pequeños, con los de los últimos años de López Portillo y los primeros de Miguel de la Madrid).
  Leer con sentido crítico la Tragicomedia mexicana de José Agustín (Planeta, 1992) nos permite comparar y apreciar la evolución que ha tenido el país, aunque por supuesto que aún nos falta mucho por lograr. También sirve para estar atentos y no retroceder hacia esos días terribles, tal como veladamente desean algunos reaccionarios con disfraz de mesiánicos izquierdistas, quienes militaban en el PRI justo en ese periodo.
  Una lectura muy ilustrativa.

jueves, 3 de marzo de 2016

¿Quién le teme a The Wrecking Crew?

Se les conocía como La Cuadrilla Demoledora, una treintena de extraordinarios músicos de sesión que en los años sesenta estuvieron de manera anónima detrás de 
gran cantidad de discos, temas y
canciones de éxito. Esta es su historia.

Empiezo este artículo con una confesión personal, algo que jamás he contado públicamente: cuando tenía doce años de edad, antes que los Beatles o los Rolling Stones, antes que los Animals o los Beach Boys, mi grupo favorito eran los Monkees.
  Corría el año de 1967 y en la televisión mexicana pasaban mi serie favorita: El show de los Monkees. Yo iba en primero de secundaria y por las tardes me juntaba con mis amigos Alejandro González y Gerardo Aguayo para jugar no a los vaqueros o a las canicas, no al futbol o a policías y ladrones, sino a que éramos (válgame Dios) ¡los Monkees! Con cajas de cartón construimos una batería (los platillos eran de lámina) y con triplay hicimos las guitarras “eléctricas” (las cuerdas eran cordones y obviamente no sonaban), para inaugurarnos como faramallescos hacedores de playback, mientras en un tocadiscos portátil poníamos los discos EP de 45 revoluciones con canciones como “I’m a Believer”, “Mary Mary”, “I Wanna Be Free”, “Last Train to Clarksville”, “Daydream Believer”, “(I’m Not Your) Stepping Stone” y, por supuesto, “El tema de los Monkees”. Yo era Michael Nesmith (gorrita de estambre incluida), Alejandro era David Jones (causante indirecto de que otro David Jones, en Inglaterra, tuviera que cambiar su apellido y rebautizarse como David Bowie) y Gerardo jugaba el papel de Peter Tork. Como no contábamos con un cuarto amigo que nos siguiera el juego, no había quien hiciera de Micky Dolenz, el más pesadito y sangrón, por cierto, del cuarteto angelino (o así me lo parecía).
  Jamás imaginamos en aquellos momentos que los Monkees eran un grupo artificial, hechizo, y que sus integrantes eran tan falsos intérpretes como nosotros, ya que los instrumentos que sonaban en sus canciones los tocaban otros músicos, músicos de verdad, con una gran preparación y un enorme talento; músicos de estudio de la ciudad de Los Angeles que se conocían entre ellos como The Wrecking Crew… y es aquí que comienza otra historia.
  The Wrecking Crew (algo así como La Cuadrilla Demoledora) fue un equipo de más de treinta músicos, quienes fueron arribando a L.A. desde principios de la década de los sesenta, cada uno por su lado, y que con la irrupción del rocanrol, empezaron a ocupar los lugares de los viejos session players de los cuarenta y los cincuenta, quienes se negaban a tocar “esa nueva música infernal”.
  Poco a poco se fueron conociendo entre ellos y lograron tal conjunción y tal calidad instrumental que una gran cantidad de intérpretes comenzó a llamarlos para grabar sus discos. No sólo eso. También los estudios de cine y televisión los buscaron para que tocaran en las bandas sonoras de muchísimas películas y emisiones televisivas de la época (¿recuerda usted los temas musicales de series como Batman, La Pantera Rosa, Misión Imposible o Bonanza? Fueron los miembros de The Wrecking Crew quienes los grabaron).
  ¿De dónde habían salido tan peculiares y desenfadados instrumentistas? De todas partes. De Nueva York, Nashville, Memphis, Chicago. Todos confluyeron en California y constituyeron un gran combo que a veces era de cinco o seis músicos y a veces de casi cuarenta, según las necesidades de la sesión. Grabaron para Frank Sinatra, Elvis Presley, The Righteous Brothers, Jan and Dean, Johnny Rivers, Nat King Cole, Petula Clark, Ricky Nelson, The Mamas and the Papas, The Byrds, Sonny & Cher, Nancy Sinatra, The Association, The Grassroots, The 5th Dimension, The Carpenters, John Denver, Barbra Streisand, Captain & Tennille, Barry McGuire, Neil Diamond, Tommy Roe, The Partridge Family, The Raiders, los Union Gap, Simon & Garfunkel, Ike & Tina Turner y un larguísimo etcétera, que incluyó –como ya vimos– a los Monkees y también a los Beach Boys.
  Estos fueron un capítulo aparte. Ese gran clásico de la historia del rock que es el álbum Pet Sounds, de 1966, fue enteramente tocado en la parte instrumental por músicos de The Wrecking Crew, quienes se pusieron a las órdenes de Brian Wilson, mientras el resto de los Beach Boys andaba de gira por el Lejano Oriente. Con ellos, el genio creativo de Wilson pudo dar rienda suelta a su inventiva y a todos esos sonidos que tenía en la cabeza y que aquellos músicos de sesión lograron traducir en espléndidas interpretaciones, algo que jamás hubiese conseguido con sus compañeros de grupo. La mismísima e inconmensurable “Good Vibrations” (que no viene en el Pet Sounds sino que aparecería como sencillo) fue grabada por ellos, en sesiones que duraron varios días, para que Wilson y los suyos sólo pusieron las voces más tarde.
  Varios de los integrantes de la cuadrilla también formaron parte de la legendaria pared de sonido creada por el productor Phil Spector para grupos femeninos como las Crystals y las Ronettes o para proyectos como The Righteous Brothers.
  ¿Canciones famosas con The Wrecking Crew detrás? Son cientos, he aquí sólo algunas: “Strangers in the Night”, “The Beat Goes On”, “Unchained Melody”,  “You’ve Lost That Lovin’ Feelin’”, “These Boots Are Made for Walkin’”, “Whipped Cream”, “Be My Baby”, “Mr. Tambourine Man”, “Never My Love”, “San Francisco (Be Sure to Wear Some Flowers in Your Hair)”, “Eve of Destruction”, “Woman, Woman”, “Young Girl”, “Wichita Lineman”, “Galveston”, “Aquarius/Let the Sunshine In”, “Dizzy”, “Indian Reservation”, “I Am a Rock”, “Bridge Over Troubled Water”,  “Midnight Confessions”, “(They Long to Be) Close to You”, “Monday Monday”, “California Dreamin’”, “Love Will Keep Us Together” y muchas más que resultaron grandes éxitos en las estaciones de la radio en amplitud modulada (AM) de la época y que ayudaron a dar forma al clásico sonido de la Costa Oeste.
  De aquellos músicos fantasmales de La Cuadrilla Demoledora, algunos lograron popularidad más tarde, como Leon Russell, Herp Albert, Jim Gordon, Jim Keltner, Joe Porcaro y Glen Campbell, mientras que otros permanecieron en el ostracismo a pesar de su enorme talento. Tal es el caso de Tommy Tedesco, Hal Blaine, Earl Palmer, Larry Knetchel y la única mujer del gran combo: la extraordinaria bajista y guitarrista Carol Kaye, todo un personaje que merecería un artículo completo (cuando le presentaron la versión en crudo de “The Beat Goes On”, Kaye la escuchó y exclamó: “¡Creo que tendremos que sacar un conejo de este sombrero!” y al poco rato creó el famosísimo riff de bajo que hoy todos conocemos en esa pieza que en México fue rebautizada por la radio –¡horror de horrores! – como “El ballet hippie”).
  En Netflix puede verse el estupendo documental The Wrecking Crew (2014), dirigido por Denny Tedesco –hijo del virtuoso guitarrista Tommy Tedesco–, y ahí es posible apreciar a plenitud la importancia de estos singulares músicos que en 2007 ingresaron con toda justicia al Salón de la Fama del Rock. Se lo recomiendo ampliamente. Se va a sorprender al descubrir su presencia en tantas canciones que usted ya conoce y no sabía quiénes las tocaban en realidad.
 
(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

miércoles, 2 de marzo de 2016

Led Zeppelin III

Led Zeppelin trató de cambiar la dinámica con la cual había producido su segundo disco, hecho prácticamente al vapor –lo que no le restó genialidad–, y buscó tener más tiempo y mayor tranquilidad para escribir, preparar, arreglar, grabar y postproducir los temas. Además, el énfasis fue mayor hacia lo acústico y lo melódico, sin dejar de lado la explosividad de las piezas duras.
  Con influencias notorias del folk británico, Led Zeppelin III (Atlantic, 1970) fue una obra incomprendida en su momento, pero revaluada con creces gracias a la perspectiva que da el tiempo. Así, lo que en 1970 se juzgó como un álbum débil y hasta intrascendente, hoy puede ser visto como una joya plena de belleza y profundidad. Composiciones como la tradicional “Gallows Pole”, con su intenso crescendo, la hermosa “Tangerine” o la tierna “That’s the Way”, son muestras claras de los nuevos horizontes buscados por el cuarteto, en especial por Jimmy Page y Robert Plant, mientras que la fuerza eléctrica seguía con temas como la intensa “Immigrant Song”, la rítmica “Celebration Day”, la potente “Out on the Tiles” y, sobre todo, ese intenso blues lento en tonalidad menor que es “Since I’ve Been Loving You”, canción de amor desgarrado y reclamante (“Working from seven to eleven every night/ It really makes life a drag/ I don't think that's right/ I've really been the best of fools/ I did what I could/ 'cause I love you, baby…/ But baby, since I've been loving you/ I'm about to lose my worried mind”). Mención aparte merece la portada móvil del disco, idea de Page que el diseñador encargado no logró del todo pero que de cualquier modo fue una novedad en esos días.

(Reseña que escribí para el especial de La Mosca No. 6, dedicado a Led Zeppelin y aparecido en noviembre de 2003)

martes, 1 de marzo de 2016

Dos maravillosas veteranas

Una cosa las hermana, a pesar de ser tan diferentes. Una cosa tan fundamental y trascendente como la música de raíces. En el caso de una de ellas, el folk y el country. En el caso de la otra, el soul y el gospel. En el caso de ambas, el blues, el bendito blues.
  Hablo de Bonnie Raitt y Mavis Staples, dos veteranas y casi me atrevería a decir venerables cantantes estadounidenses, la una blanca, la otra negra, pero con un alma musical muy parecida. Cada una acaba de poner en circulación un disco y ambos son verdaderamente buenos.
  Dig in Deep (Redwing, 2016), el vigésimo álbum en estudio de Raitt, es una especie de recuento de los estilos que a lo largo de su ya muy larga carrera (su primer disco, el homónimo Bonnie Raitt, data de 1971) ha interpretado esta californiana nacida en 1949. Ahí están la finura habitual, la sensibilidad al cantar y tocar la guitarra slide, el apoyo de sus músicos de siempre y la perfecta elección de las canciones. Temas como “Unintended Consequenece of Love”, “What You’re Doin’ to Me”, “Gypsy in Me”, “The Ones We Couldn’t Be” y un cover estupendo de “Need You Tonight” de INXS son muestras claras de que el talento de la gran Bonnie permanece intacto.
  Por otro lado, Mavis Staples regresa con un plato excepcional: Living in a High Note (Anti, 2016), producido nada menos que por M. Ward (sus anteriores e igualmente buenos You Are Not Alone de 2010 y One True Vine de 2013 estuvieron bajo la batuta de Jeff Tweedy, líder de Wilco).
  Se trata de una obra llena de belleza, alegría y garra, en la que la cantante de Chicago (donde nació en 1939) hace gala de su profunda voz para interpretar composiciones de diferentes autores -Neko Case (“History, Now”), Valerie June (“High Note”), Ben Harper (“Love and Trust”) y hasta Nick Cave (“Jesus Lay Down Beside Me”), entre otros-, quienes le mandaron temas originales y exclusivas para este disco, lo cual dio como resultado una maravillosa colección de canciones.
  No deja de ser estimulante que cuando la música popular vive una crisis de identidad, estas dos mujeres nos regalen dos álbumes tan buenos y tan auténticos.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).