miércoles, 31 de agosto de 2016

La doble vida de Jesús

Una espléndida novela, con todo el oficio de Enrique Serna, a mi modo de ver uno de los mejores escritores mexicanos de la actualidad y quizás el mejor narrador.
  Relato político, satírico, negro, duro, La doble vida de Jesús (Penguin Random House, 2014) cuenta la historia de Jesús Pastrana, un funcionario y político municipal que pretende llegar a la alcaldía de Cuernavaca por medio de su partido, el de Acción Democrática (PAD), clara alusión al PAN. El hombre goza de fama por su integridad y honestidad y ello hace que tenga tantos simpatizantes como enemigos, incluso dentro de su organización. Hombre conservador pero liberal, padre de familia y esposo con problemas matrimoniales, todo cambia en su vida personal una noche que pelea con su mujer y se sale a vagar en su carro por la zona roja de la ciudad, para toparse con algo que habrá de cambiar su existencia y dar a luz esa nueva vida a la que se refiere el título.
  No contaré más de la trama, salvo que en la misma se ven inmiscuidos los bajos fondos de la política y de la delincuencia. Jesús se ve atrapado en una espiral vertiginosa que lo arrastra por y contra su voluntad.
  La narración es fluida y atrapa desde un principio, para no descansar un solo momento y hacer que uno quiera saber el desenlace del libro, a la vez que desea que éste no se termine.
  Si alguna crítica tuviera que hacerle es la de cambiar los nombres de los partidos políticos (el PRI es el PIR, por ejemplo), pero eso es peccata minuta en realidad.
  También es de hacer notar que la edición no es muy bonita, el papel es corrientón y al final ni siquiera incluyeron falsas, por lo que la última página se topa directamente con la tercera de forros. Raro, por tratarse de una editorial tan afamada y fuerte. Por supuesto, el libro no está cosido, otro punto en contra.
  Con todo y desde el punto de vista literario, una estupenda novela, muy superior por cierto a Cinco esquinas de Mario Vargas Llosa que toca también el tema político y que reseñé anteriormente en este mismo blog.

martes, 30 de agosto de 2016

Juanga en el cielo de diamantes

Dicen el lugar común y el buen gusto que nunca se debe hablar algo negativo de una persona recién fallecida. No lo haré en el caso de Juan Gabriel, quien nos sorprendió con su muerte este domingo en la mañana. Un infarto lo privó de la vida, mientras efectuaba una gira por los Estados Unidos.
  En realidad, no tengo motivo alguno de crítica hacia el singular compositor y cantante nacido en Ciudad Juárez hace 66 años. Sus logros y el arraigo popular que consiguió en el mundo de habla hispana en general y en México en particular son innegables y salvo su reciente versión a la canción “Have You Ever Seen the Rain” de John Fogerty que me pareció un horror, poco o nada tendría que reprocharle.
  El llamado Juanga era un hombre muy dotado para la creación de melodías, algunas de ellas muy bellas, dentro de un corsé armónico de acordes más o menos limitados, algo común entre los hacedores de música popular. Escribió buenas y no tan buenas letras, casi siempre apuntando al dolor de la separación amorosa y otros temas que suelen pegar en la entraña de muchas personas (“¿quién no ha sido golpeado por el desdén enamorado?”, diría algún cursi poetastro).
  En escena, el hombre sabía hacer de sus presentaciones todo un espectáculo (la única vez que lo vi fue en el Auditorio Nacional, a mediados de los noventa, cuando quise quedar bien con una joven con la que pretendía yo hacer méritos y como ella deseaba ver a Juan Gabriel...).
  En realidad, mi único problema con el llamado Divo de Juárez es que su música no me llega, no me alcanza, no me conmueve. Me atreví a decir esto en Facebook y me llovieron amonestaciones, anatemas y condenaciones eternas por semejante atrevimiento.
  Dado que no quiero correr aquí la misma suerte, diré que sí hay una canción de Juanga que me gusta y que se llama “La diferencia”. Alguna vez la vi en la tele, interpretada por una chavita de nombre Nadia, y debo decir que me pareció dulce y hermosa.
  Hoy, Juan Gabriel ya se encuentra en el cielo de diamantes y su música quedará para siempre en el cancionero popular mexicano. Que eso baste.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 29 de agosto de 2016

Robert Johnson y el diablo

“I went to the crossroad, fell down on my knees
I went to the crossroad, fell down on my knees
Asked the Lord above: "Have mercy, now save poor Bob, if you please”.

Robert Johnson
“Crossroad Blues”

¿Vendería usted su alma al diablo a cambio de talento, fortuna, amor, salud, belleza, genio? ¿Por qué no? Después de todo, ya estamos viviendo en el infierno.
  Posiblemente una reflexión muy parecida fue la que se hizo Robert Johnson cuando, siendo muy joven y muy torpe y muy desangelado y muy mediocre en lo que le gustaba –la música de blues–, decidió dirigirse a un solitario cruce de caminos, una encrucijada, con el fin de encontrarse con Satanás y negociar con él la venta de su alma de negro explotado, maltratado, despreciado... Cuando menos eso es lo que cuenta la leyenda de este hombre mítico, uno de los padres del blues rural y fuente de inspiración de personajes que van de Muddy Waters a Eric Clapton y de Keith Richards a Walter Hill.
  Las historias sobre músicos de blues que se dirigían a ciertas encrucijadas en busca de Legba (uno de los nombres que recibe el diablo en los ritos vudúes), para intercambiar sus ánimas por una dote de capacidad como compositores e intérpretes, eran comunes en las primeras décadas del siglo pasado. Así, a nadie extrañó la idea de que Johnson, un desgarbado muchacho que anhelaba ser un gran bluesero, hubiese intentado realizar aquella demoniaca transacción. De hecho, era la única explicación que encontraron muchos de sus contemporáneos, quienes conocían sus notorias limitaciones como guitarrista y cantante y se encontraron de pronto con que el tipo se desvaneció materialmente durante algunos meses, para reaparecer convertido no sólo en un músico de primer orden sino en un genial escritor de canciones de blues que habrían de alcanzar la inmortalidad.
  Nacido en la región del delta del Mississippi en 1911, Robert Dodds Johnson tuvo una infancia llena de pobreza y amargura, con el agravante de que siendo muy pequeño se quedó huérfano de padre y su padrastro lo maltrataba y lo obligaba a trabajar en los campos de algodón. Por eso huyó de casa y buscó ser lo que desde siempre soñó: un blues man. Sus primeros intentos fueron con la armónica, pero no era muy bueno en eso y se decidió por la guitarra, con la que era aún peor.
  Pero he aquí que ocurrió el milagro y sea por la intervención de Lucifer o por alguna otra extraña razón seguramente mágica, por allá de 1930 el buen Robert se convirtió en un blusero de primer orden y comenzó a componer temas extraordinarios, llenos de nostalgia y tristeza, pero también de ironía y de un humor (por supuesto) negro.
  Bluses como “Love in vain”, “Sweet Home Chicago”, “Terraplane Blues”, “Dust My Broom”, “Rambling on my Mind” y, claro, “Crossroad Blues” lograron trascender hasta llegar a oídos de algunos blancos buscadores de talento, quienes no tardaron en dar con Johnson y llevarlo a un estudio de la compañía ARC, en Texas, donde el hombre grabaría, en 1936 y 1937, 32 canciones (algunos aseguran que fueron sólo 29) que hoy son absolutamente legendarias.
  Johnson era de naturaleza nómada. Su instinto viajero e itinerante hizo que tuviera una vida inestable, llena de aventuras amorosas, largas travesías, temporadas buenas y temporadas miserables. Con su guitarra y en compañía de algún músico que podía ser Willie Brown o Johnny Shines, recorrió buena parte del territorio estadounidense e incluso llegó hasta Canadá.
  Esa vida aventurada y aventurera tendría un final trágico. Enamoradizo por naturaleza, se dice que se metió con una mujer casada y que el furioso marido lo asesinó envenenándolo. Era 1938, Robert tenía apenas 27 años, la misma edad a la cual murieron Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain.
  Las composiciones de Robert Johnson quedarían olvidadas durante largo tiempo, hasta que en los años siguientes algunas fueron retomadas por gente como Eric Clapton y John Mayall (“Rambling on my Mind”), Cream (“Crossroad Blues”), los Rolling Stones (“Love in Vain”), Bob Dylan (“Milkcow's Calf Blues”) y los Blues Brothers (“Sweet Home Chicago”), entre varios otros. En 1984, el realizador Bertrand Tavernier filmó la excelente cinta Mississippi Blues y en 1986, el norteamericano Walter Hill dirigió la no menos buena Crossroads, cuya banda sonora corrió a cargo de Ry Cooder. Ambas homenajean merecida y respetuosamente a Johnson, el blusero que en una solitaria encrucijada rural hizo un pacto con el diablo para condenarse y, sin embargo, llevarnos con su música al paraíso.

(Texto que me publicó este mes el periódico El Vigía, de Ensenada, dentro de mi columna "Gato encerrado")

domingo, 28 de agosto de 2016

El libro negro de la izquierda mexicana: la otra tragicomedia

La izquierda mexicana tiene una historia singular, propia, que la distingue de la de otras izquierdas en el mundo. En ella se entremezclan la tragedia con la comedia, el drama con el absurdo, la heroicidad con el disparate. Marxista pero nacionalista, leninista pero populista, stalinista pero surrealista, castrista pero mesiánica, nuestra izquierda transitó de la clandestinidad a la plena legalidad, mientras daba toda clase de traspiés y bandazos. Desde el anarquismo de Ricardo Flores Magón hasta el rockstarismo del Subcomandante Marcos y desde el izquierdismo atinadamente oportunista de Vicente Lombardo Toledano hasta la inefabilidad cuasi papal de Andrés Manuel López Obrador, ahí está la truculenta trama de nuestra peculiar gauche y sus peripatéticos personajes principales, trama que ha servido al escritor Julio Patán para desarrollar El libro negro de la izquierda mexicana (Temas de Hoy/Planeta, 2012), un texto necesario (a la vez que ameno y divertido) para comprender los más recientes cinco lustros de ese oscuro pero a la vez pintoresco sector de la política nacional.
  Con el autor es la siguiente entrevista.

Más que un ensayo, me parece que tu libro tiene un aliento narrativo y que es incluso una especie de crónica novelada.
Fíjate que lo viste muy bien. Lo que quise hacer fue una historia de la izquierda mexicana, de 1988 para acá, pero no con un tono académico sino con un sentido narrativo. No sólo creo que es un tema sobre el que hay que reflexionar, sino un cuento que nos conviene escuchar. La crónica nos permite entender de otra manera ciertos temas. El lector no sólo necesita una reflexión sobre la izquierda, sino oír la historia de la izquierda.

Una historia que es como la saga de una famiglia, con un cierto tufo mafioso.
Absolutamente. No soy muy avezado en política internacional, pero en España, en Francia, también pasa un poco eso. Hay familias políticas. Se incorporan, se escapan elementos, pero no dejan de ser núcleos más o menos compactos. En la izquierda mexicana pasa lo mismo. Esto tiene mucho que ver con que varios de sus fundadores vivieron una cuota importante de clandestinidad. Pero en alguna proporción, la nueva izquierda mexicana también tuvo padrinos. Por ejemplo, algunos veteranos del 68. Muchos de los más brillantes huyeron despavoridos, por razones que me parecen obvias, caso de Luis González de Alba. Pero sí, hay un sentido casi comunitario y tú podrías identificar a las ramas familiares actuales, entre ellas los residuos del priismo que la han ido absorbiendo. La gente que llegó del 68 al 88 tenía otro nivel moral y fueron las facciones más progresistas y mesuradas de la izquierda mexicana. Curiosamente, la recalcitrancia viene del viejo priismo, caso de López Obrador. En efecto, hay un momento en que estamos ante una especie de obra shakesperiana Región 4. La familia que se apuñala y se traiciona, pero se apoya y se recicla; que suma elementos y luego los expulsa, que pacta y despacta. Una obra shakesperiana. La comedia política.

Tus antecedentes personales son los de un hombre de izquierda, ¿la tuya es una revisión crítica de la izquierda desde la izquierda?
Quiero pensar que sí. No sé si me considero a estas alturas “un hombre de izquierda”. No sé si alguien puede considerarse tal cosa. Lo que sí creo, sostengo y defiendo es que la agenda de la izquierda de centro, de la izquierda socialdemócrata, de la izquierda mesurada, democrática, es más que aplicable a este país en este momento. Creo que esta izquierda mesurada merecía una oportunidad de gobernar al país. Hay gente que puede representarla, como Marcelo Ebrard. No vamos a deificarlo aquí, pero era un candidato muy razonable y se hubiera granjeado muchas simpatías de votantes indecisos. Irónicamente, una de las muchas cosas que le debemos a Andrés Manuel López Obrador es no tener esa opción de izquierda moderada. Tú lo ves en el debate con los otros candidatos y pareciera que el candidato de la derecha dura es él, cosa que sus seguidores firmes y ya no tan firmes no alcanzan a ver. Me escandaliza su reticencia a apoyar la despenalización del aborto y los matrimonios entre personas del mismo sexo. Con los derechos humanos y las garantías individuales no se hacen plebiscitos. Me parece escandaloso. Creo, sin embargo, que la izquierda debe gobernar a este país. Otra izquierda. Una izquierda más de a deveritas.

En el libro hay una especie de columna vertebral que conforman Cuauhtémoc Cárdenas, el sup Marcos y López Obrador. ¿Me puedes hablar de cada uno de ellos? Empecemos por Cárdenas.
Las ideas sobre la economía que puede tener Cuauhtémoc Cárdenas me parecen inquietantemente antiguas. Esas ideas estatistas, un tanto derivadas del echeverrismo, de grandes paraestatales, de grandes proyectos nacionales, han resultado comprobadamente fallidas. Quizás ahí se agotan mis críticas de fondo a Cárdenas. Creo en cambio que es un hombre de una absoluta decencia política, un demócrata que está muy razonablemente libre de tendencias autoritarias, un hombre articulado y culto. No sé si hubiera sido un buen presidente, pero creo que fue un extraordinario integrador de la oposición. De verdad tenemos una memoria muy corta y no reconocemos en la medida necesaria lo importante que fue Cuauhtémoc Cárdenas para aglutinar a la izquierda en un proyecto institucional de una importancia extraordinaria para el país. Es una voz, todavía, que de pronto se alza y pone un poco de mesura en los ánimos. Se trata de una figura muy rescatable desde muchos puntos de vista.

¿El subcomandante Marcos?
Marcos es como la síntesis de todos los vicios ideológicos de la izquierda. Creo que muestra los atavismos que teníamos en el año 94 y que todavía tenemos. Me parece escalofriante que una figura tan obviamente displicente en su trato con la propia comandancia indígena, con ese estilo de hablar sobrado, prepotente, de criollo ilustrado (en el peor sentido), con una retórica todavía tan guevarista, tan leninista, que en algunos momentos además adoptó un discurso casi racista, se haya convertido en un emblema de progresismo, de democratización u oxigenación de las viejas izquierdas. Su intento de reventar el proceso electoral de 2006 fue patético. Andrés Manuel López Obrador le ganó completamente el mercado de la izquierda, pero deberíamos regresar a él y estudiarlo más a fondo, con filo crítico, para entender también lo que ha pasado con una buena parte de nuestras izquierdas. ¿Cómo podemos seguir conservando ese tipo de fe? A mí me parece inconcebible.

¿… y López Obrador?
El de Andrés Manuel me parece otro caso profundamente paradójico. No veo un matiz de progresismo en López Obrador. Es un hombre conservador, un hombre que deja filtrar su cuerpo de ideas religiosas a su cuerpo de ideas políticas. ¿Cómo que un movimiento de regeneración nacional? A mí no me regeneres, a mí gobiérname. Si los votantes lo deciden así, gestiona bien, controla a tus subalternos corruptos, haz tu chamba, pero no me regeneres. No es función de un presidente regenerar moralmente a nadie. El comentario fue dicho en el debate, con un 97 por ciento de cobertura nacional, y a nadie le pareció escandaloso. Yo lo veo, cada vez más, como un hombre de derecha dura y recalcitrante, ultraconservador, montado en una plataforma populista de izquierda. Me sorprende que mucha gente no lo vea de ese modo. Su gran bandera es esa integridad que presume y yo en efecto creo que él no es un hombre corrupto, no creo que ese sea su problema. El problema es que la visión providencial del liderazgo suele acarrear corrupción en el entorno, porque cuando tú estás luchando por El Bien, como parece que lo está haciendo él, los pequeños males parecen muy justificables. Ponce, Bejarano, Juanito… Está bien, son cosas “muy menores”. Pero si empiezas a sumar, son muchas y él no se desmarcó de ellas.

¿Cómo ves a los seguidores de AMLO, sobre todo a los más recalcitrantes?
Hay un núcleo duro de seguidores de Obrador que representa a la parte más autoritaria del electorado mexicano. El seguidor duro de Acción Nacional y del PRI en general no tiene ese grado de arrebato revolucionario y de fe. Me parecería una base mínima de acuerdo entre todos los ciudadanos rechazar la descalificación, el insulto, la sátira grotesca a la que se ve sometido cualquiera que disienta tantito en las redes sociales. Es escalofriante. Me resulta terrible que López Obrador y el resto de la dirigencia no hayan salido al paso de esto. No es irrelevante que se calumnie a la gente, que se le insulte, que se le rebaje de ese modo. Creo que muchos hubiéramos agradecido que los dirigentes del Movimiento Progresista ratificaran su vocación democrática y salieran a defendernos a quienes no estamos de acuerdo con sus propios feligreses. Lejos de ello, se les ha incendiado con esta retórica del todo o nada, de la virtud o el pecado, del estás conmigo o estás contra mí, como si no hubiera tonos de gris en la sociedad mexicana. Me parece un retrato de lo peor de nuestra izquierda. Sé que hay cientos de miles y quizá millones de ciudadanos en México que simpatizan con López Obrador y son personas decentes, razonables y tolerantes, pero la militancia dura del obradorismo es una militancia lamentable, hay que decirlo con todas sus letras.

¿Existe alguna esperanza de que lleguemos a tener una izquierda moderada, democrática, moderna, insertada en el mundo en que vivimos?
Yo creo que el experimento de la izquierda que ha gobernado a la Ciudad de México ha sido bastante feliz. Cuauhtémoc Cárdenas sobrevivió muy dignamente en los dos años que estuvo como Jefe de gobierno. Rosario Robles lo hizo muy bien también, tuvo una agenda política muy inteligente, fue una operadora bastante eficaz, hasta que vino la colección de escándalos que conocemos. Marcelo Ebrard lo hizo más que razonablemente bien. A pesar de todo, esta es una ciudad habitable, una ciudad que ebulle culturalmente. El actual es un gobierno tolerante. Sabe gobernar para la pluralidad de ideas que habitan esta ciudad y ha traído muchos sanos ingredientes de las izquierdas modernas que encuentras en Europa, incluso en los Estados Unidos o en ciertas partes de Sudamérica como Chile y Brasil. Me parece que ahí está el embrión de una izquierda mucho más viable. A Mancera lo veo bien. Todo tiene qué ver con que Ebrard logre desmarcarse de las posiciones propias del obradorismo duro en el momento en que sea necesario y ese momento va a llegar pronto. Ebrard es el obvio sucesor de López Obrador en la organización de la izquierda y aunque hay facciones que son detractoras profundas de sus políticas, tiene capacidad para hacerlo. Tengo la impresión de que junto a esas facciones recalcitrantes y violentas de las que hablamos hace un momento hay muchos ciudadanos que entienden que hace falta otro tipo de izquierda y que tienen ganas de votar por ella. Esa es la lucecita de esperanza que tiene el progresismo en México. Aunque igual sigo siendo un optimista después de tantos años.

(Entrevista que realicé en 2012 y que fue publicada en la revista Milenio Semanal)

sábado, 27 de agosto de 2016

La doble vida de Cuauhtémoc Blanco

La bronca que trae el PSD (Partido Social Demócrata) morelense con el presidente municipal de Cuernavaca, el ex futbolista Cuauhtémoc Blanco, a quien postulara y con quien ganara la alcaldía de la antes ciudad de la eterna primavera y hasta hace poco (¿o todavía?) de la eterna balacera, ha tomado un nuevo cariz al revelarse que el antiguo americanista firmó un contrato por siete millones de pesos para aceptar la candidatura, sin importar si la obtenía o no. De hecho, hay quienes sugieren que la idea no era que ganara, sino que sólo obtuviera los votos suficientes para que el PSD conservara su registro. Pero he aquí que ganó y que todo se complicó entre el Cuauh y los hermanos Yáñez Moreno, los dueños de ese partido en Morelos, con quienes todo indica aún habrá una larga pelea por el poder.
  La disputa coincide con mi lectura de una novela estupenda, la más reciente del escritor Enrique Serna: La doble vida de Jesús (Penguin Random House, 2014). Contra lo que parecería sugerir el título, el libro no se refiere a Jesucristo, sino a Jesús Pastrana, el personaje principal del mismo, un político de Cuernavaca que pretende ser alcalde de la capital de Morelos por el ficticio Partido de Acción Democrática (equivalente al PAN) y debe enfrentarse a toda la corrupción existente en los círculos políticos locales, en los que el crimen organizado está metido hasta la médula, sobre todo con los dos cárteles más fuertes y sanguinarios: los Culebros y los Tecuanes.
  El relato es vertiginoso, intenso, adictivo. Uno no puede soltar la novela porque desea saber qué va a pasar más adelante con las tribulaciones de Jesús (en qué consiste su doble vida no lo contaré aquí, para que lo descubra el lector).
  Lo importante, en este caso, es el retrato que Serna hace de la Cuernavaca actual y que al parecer no está muy alejado de la realidad. La forma como se comportan los altos círculos políticos de la ciudad, sus ligas con el narco, la corrupción policiaca, todo está en La doble vida de Jesús y, según se ve, también lo está en el affaire Cuauhtémoc Blanco-PSD.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 26 de agosto de 2016

The Cramps / Psychedelic Jungle (1981)

Uno de los grupos más estrambóticos de la historia, con esa mezcla de rockabilly y música para película chafa de monstruos. En el fondo, The Cramps es básicamente un grupo de garage y eso lo demuestra en este álbum más que divertido y por completo excéntrico.

Mejor tema: “The Natives Are Restless”

jueves, 25 de agosto de 2016

Good jazz at night

Fui con un amigo y dos amigas a ver a Faralae, en el bar Debarbas de la Nápoles. Al final, me tomé una foto con los dos integrantes del fabuloso dueto, ambos buenos amigos míos: el guitarrista Alejandro Martínez Gil (que domina un estilo muy a la Django Rainhardt) y la preciosa y excelente vocalista Liliana Buneder. Con ellos dos me tomaron la foto que engalana este post.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Stephen Stills: lo que vale la pena

Hay músicos que son recordados por una sola canción. Con Stephen Stills y su composición “For What It’s Worth (algo así como “por lo que importa” o “por lo que vale la pena”), todo un himno de la época sesentera más idealista y combativa, este podría ser el caso. Sin embargo, la obra de Stills va mucho más allá de ese tema grabado junto con su banda primigenia, Buffalo Springfield. Se trata de un músico a quien las nuevas generaciones prácticamente desconocen y cuyo trabajo merece ser rescatado y difundido.
  Nacido en Dallas, Texas, en 1945, Stephen Stills ha estado presente en grandes momentos de la historia del rock. Lo estuvo en el legendario disco de blues Super Session (1968), junto con el mítico guitarrista Mike Bloomfield y el enorme tecladista Al Kooper (fundador más tarde de Blood, Sweat and Tears). Lo estuvo también en la conformación de uno de los tríos/cuartetos más importantes de todos los tiempos, Crosby, Stills & Nash y su variante aumentada Crosby Stills, Nash & Young, al lado de David Crosby, Graham Nash y Neil Young (con quien ya había estado en Buffalo Springfield). Lo estuvo, asimismo, con su memorable presentación con el cuarteto en el festival de Woodstock en 1969.
  Su obra como solista es muy sólida, sobre todo en sus dos primeros discos: Stephen Stills (1970) y Stephen Stills 2 (1971), en los cuales contó con la colaboración de músicos como Jimi Hendrix y Eric Clapton, entre muchos otros. Del primer álbum es otra de sus grandes canciones-himno, “Love the One You’re With”. Más tarde conformaría a Manassas, una banda de enorme nivel artístico de la que hoy muy pocos se acuerdan y con la que grabó un disco fundamental: Manassas (1972), plato doble a la altura del Exile on Main Street de los Rolling Stones, editado ese mismo año.
  De entre sus muchas composiciones, sobre todo con CSN&Y (como “Suite: Judy Blue Eyes”, “Helplessly Hoping”, “You Don’t Have to Cry”, “Carry On”), cabe señalar una pieza más o menos oscura y discreta que aparece en el Stephen Stills 2 y que lleva el título de “Sugar Babe”, escrita para su amor imposible de toda la vida, la cantante estadounidense Rita Coolidge, musa y amante de varios otros músicos, como el ya mencionado Graham Nash, Leon Russell (quien le escribiera “Delta Lady”) y Kris Kristofferson, con el cual finalmente contrajo nupcias.
  Buena parte de la obra temprana de Stills giró alrededor de esa huidiza ninfa que lo ignoraba mientras él se obsesionaba con ella. Canciones como “To a Flame” o “Song of Love” están imbuidas por ese fatal enamoramiento, mismo que a final de cuentas lo hizo escribir excelentes melodías. La típica historia del artista atormentado que tiene que sufrir para crear.
  Con una oncena de álbumes como solista y decenas al lado de las agrupaciones a las cuales ha pertenecido, Stephen Stills tiene en su haber una anécdota un tanto oscura: en 1965, acudió al casting para formar parte del grupo The Monkees. Quiso la suerte que no lo aceptaran y en seguida fundó a Buffalo Springfield y escribió “For What It’s Worth”. Eso sí que valió la pena.

(Publicado hoy en mi columna "Memorias de un melómano sarnoso" de "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

martes, 23 de agosto de 2016

Corrupción y rockcito

En mi columna política “Cámara húngara” de los sábados, en este mismo diario, toqué durante dos recientes entregas el tema de la corrupción en México y de cómo se trata de un problema ético y moral históricamente enquistado no sólo en la política y la economía, sino en muchos otros ámbitos de nuestra realidad cotidiana.
  Pero, ¿existe la corrupción en el medio de la música y, más particularmente, en el del rock que se hace por estos lares? Por supuesto y se manifiesta de diferentes formas retorcidas que muchos aceptan como un mal inevitable.
  Un ejemplo es el de los empresarios y promotores que organizan conciertos y solicitan diferentes dádivas a los músicos que quieran participar en ellos. Desde los que exigen que los grupos vendan determinado número de entradas, hasta los que de plano les piden diferentes cantidades de dinero. Esto no es nuevo, sucede desde hace décadas, pero se trata de un fenómeno de corrupción que sigue existiendo, incluso en algunos renombrados festivales anuales. Es algo que los músicos cuentan sotto voce, sin atreverse a denunciar a quienes los presionan de ese modo, por temor a perder presencia y ser boicoteados.
  Otro ejemplo es el de los “periodistas” roqueros que reciben diferentes regalos (llamémoslos así) para ensalzar la mediocridad de muchos grupos y solistas cuya calidad resulta lamentable, pero de quienes hay que hablar bien para seguir recibiendo discos, entradas VIP y hasta palmaditas en la espalda..., siempre que te portes bien.
  Diría que también es corrupción engañar al público con productos fraudulentos (desde músicos deficientes hasta tocadas en pésimas condiciones de sonido, de seguridad y hasta de higiene). Eso para no hablar de la famosa y sempiterna payola que siempre nos han dicho que no la hay, cuando todos sabemos que sí y que si quieres que tu música se difunda en ciertos medios, antes debes aportar una rigurosa comisión.
  Claro está que lo arriba mencionado no existe oficialmente y es mejor que permanezca en lo oscurito, en lo callado, en el aquí-entre-nos. Igual que en la política, la burocracia, la farándula, el deporte, la cultura, etcétera, etcétera, etcétera.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

domingo, 21 de agosto de 2016

El estado del rock en 2016

Hemos ingresado a la segunda mitad de la segunda década del siglo actual y el rock se ha convertido en un género sexagenario. A sus poco más de 60 años de edad (depende del año que elijamos para determinar su génesis: ¿1952?, ¿1954? ¿1955?), lo que nació en los años cincuenta de la pasada centuria como una fusión del rhythm ‘ blues y el country n’ western se ha convertido en una música que se recicla a sí misma ad infinitum y en la que la invención de un sonido nuevo se ha vuelto algo prácticamente imposible.
  ¿Significa esto un anquilosamiento? ¿Implica que no vale la pena escuchar lo que se sigue creando y produciendo? Por supuesto que no.
  Aunque de los más viejos pioneros del rocanrol sólo sobrevivan unos cuantos (Chuck Berry y Little Richard continúan con vida, aun cuando ya a sus ochenta y tantos años hayan dejado de tocar) y de la generación siguiente –la que floreció durante los años sesenta y principios de los setenta– sean pocos los que siguen en la brega, todavía es posible escuchar nuevos y buenos discos de ellos (pienso en gente como Leonard Cohen, Tom Waits, Keith Richards o Paul Simon), pero ya sin aquella chispa casi genial que los caracterizaba (bueno, en el caso de Cohen no estaría tan seguro: su álbum Popular Problems, de 2014, es una joya llena de poesía y excelente música).
  Pero no hablemos del pasado más remoto del rock, saltémonos los decenios siguientes –los complacientes ochenta, los retumbantes noventa, los aceptables primeros diez años del nuevo milenio– y situémonos en el momento actual: la segunda década del siglo XXI.
  ¿Cuál es el estado del rock en este 2016? ¿Se trata de un muerto viviente, asesinado hace muchos años por la propia industria que lo absorbió y en buena medida lo neutralizó en aras de la lógica comercial, o los jóvenes que hoy lo siguen recreando en todo el mundo están siendo capaces de hacerlo de un modo fresco y con un mínimo de originalidad (si es que esta palabra todavía se le puede aplicar al género)?
  Yo no sería tan pesimista, aunque parto de la premisa –e insisto en ella– de que ya no se puede inventar el hilo negro en el rock. Si bien no hay a la vista un flamante equivalente de los grandes exponentes de los años sesenta, setenta o noventa y si bien las nuevas plataformas de expresión y de difusión (desde las asombrosas herramientas digitales para grabar, hasta los grandes alcances de las redes sociales –o redes sociodigitales, como las llama con tino Raúl Trejo Delarbre– y de sitios virtuales como YouTube, iTunes y otros) promueven maneras distintas de abordar a la música, el espíritu primigenio que dio origen al rock permanece vivo, así sea muy escondido y en un porcentaje reducido de grupos y solistas.
  Pero en gente como The Avett Brothers, Swans, Wilco, Weezer, TV on the Radio, Alabama Shakes, Palehound, Savages, Son Little, Andrew Bird y muchos otros persisten el alma, el placer, la inquietud, la creatividad para seguir haciendo música que no se ajusta a los patrones de eso que llaman el mainstream.
  En una palabra: no todo está perdido. Al menos no todavía.

(Texto publicado este mes en mi columna "Comunicación interrumpida" del periódico cultural La digna metáfora que dirige Víctor Roura)

sábado, 20 de agosto de 2016

¿La corrupción es cultura?

Si la respuesta fuese afirmativa, entonces el de México sería un pueblo muy culto.
  No se trata de un chiste o de hacerse eco de la declaración que hizo Virgilio Andrade en abril pasado, acerca de que la corrupción en nuestro país es un fenómeno cultural, y que tantas críticas provocó. Sin embargo, resulta imposible negar que la corrupción ha permeado históricamente en la sociedad mexicana (y en la de muchos otros pueblos: los escándalos al respecto se dan en las más disímbolas naciones, desde Venezuela hasta España y desde Argentina hasta Japón). Esto no quiere decir que todos seamos corruptos por naturaleza, sino que el sistema en el cual vivimos funciona como una maquinaria vieja y oxidada que para entrar en movimiento requiere muchas veces, malamente, de ese aceite espeso y maloliente que es la corrupción.
  Lo vemos en todas partes y con los gobiernos de todos los partidos y sus burocracias. Para facilitar un trámite, se nos pide “la propina”, “el dinerito”, “lo que sea su voluntad”, el “ahí se lo dejo a su criterio”. Ya si aceptamos pagar o no, está en la conciencia de cada uno.
  También lo vemos en los funcionarios de todos los niveles, en el contratismo, en las comisiones, en los portafolios repletos de billetes (a veces asegurados con ligas), en fin.
  Pero la corrupción no es sólo económica, también es ética y moral y esa parte resulta quizá la más grave: cuando un gobernante o el dirigente de un partido mienten abierta y cínicamente (y además asegurando: “yo no soy corrupto”), eso también es corrupción.
  No se trata de exculpar a persona alguna al decir que la corrupción se da en todos lados. Simplemente pienso que mientras exista esa doble moral que ve sólo la paja en el ojo ajeno, el problema estará cada vez más lejos de resolverse. O asumimos que se trata de un hecho generalizado y sistémico o seguimos acusando a los otros –siempre a los otros–, mientras nos damos hipócritas golpes de pecho y nos hacemos los indignados.
  Por eso la corrupción en México seguirá imperando, así estén en el poder el PRI, el PAN, el PRD o Morena. Veamos las cosas como son. Sólo de ahí podrá partir el posible remedio.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 19 de agosto de 2016

My Bloody Valentine / Loveless (1991)

He aquí uno de esos discos que podemos llamar perfectos. La obra maestra de My Bloody Valentine, el sumum de su propuesta de oscuro noise pop a plenitud. Una obra tan sensual como sexual, tan intensa como desgarrada, tan furiosa como seductora, tan provocativa como apabullante.

Mejor tema: “Only Shallow”

jueves, 18 de agosto de 2016

A Roma con amor

Creo que el mayor problema de To Rome With Love (2012), la película No, 41 de Woody Allen, es que un año antes el director había filmado la maravillosa Midnight in Paris. Esto hace que inevitablemente las comparemos y que la cinta romana resulte minimizada por la parisina.
  Sin embargo, si evitamos esta comparación, en realidad A Roma con amor resulta un filme amable, grato y divertido, con sus cuatro historias paralelas que jamás se entremezclan (un poco a la manera de aquellas grandes películas del neorrealismo italiano -como Bocaccio 70 o Ayer, hoy y mañana, que contaban tres o más cuentos por separado).
  La había visto en el cine, en su momento, y no me gustó tanto (quizá justamente por su inmediato antecedente que me fascinó y me sigue fascinando), pero esta segunda visión me hizo justipreciarla de mejor manera y debo decir que la disfruté mucho, gracias a lo deliciosamente absurdo de algunas de sus situaciones. Cierto que hay una especie de visión turística y promocional de la bellísima capital italiana (conocerla es un pendiente que tengo en la vida), pero lejos de incomodar, nos hace disfrutarla por su estética fotografía toda llena de ocres. Imagino que hubo una especie de trato con las autoridades romanas para facilitar la filmación a cambio de ese retrato preciosista de la ciudad, lo cual no estorba al desarrollo de las historias que se narran y en las que interviene un casting de actores que incluye a Alex Baldwin, Penelope Cruz, Roberto Benigni, Judy Davis, Jesse Eisenberg, Ellen Page y Greta Gerwig, entre otros.
  No es una obra maestra, pero tampoco un fallo dentro de la filmografía de Allen. Ahora me gusta más.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Con Luis de Llano

Los participantes en la última emisión del programa "La hora cero",
entre ellos nuestro grupo, el trío acústico Octubre (1974).
Tuvieron que transcurrir más de 40 largos años para que volviera a ver a Luis de Llano Macedo, el célebre productor de televisión y promotor musical que en su palmares tiene creaciones tan disímbolas y podría decirse que hasta legendarias como el festival de Avándaro y el grupo Timbiriche.
  ¿Que por qué lo conocí en 1974? Porque con mis dos entrañables amigos Federico y Adolfo Cantú había creado el trío guitarrístico y vocal Octubre, el cual nació de hecho como dueto, en 1972, sólo con Fede y conmigo, para presentarnos primero en una junta de padres de familia del colegio Simón Bolívar, donde causamos mucha incomodidad entre los presentes al cantar mi composición "Pequeño cordero", una crítica al autoritarismo de los padres sobre los hijos, y más tarde en la Casa del Lago de la UNAM, en Chapultepec, para presentar lo que se llamaba "Canción debate", donde cantábamos algunas canciones mías con temas como el machismo, el feminismo, el deterioro ecológico, el sistema escolar, etcétera, y sosteníamos un debate con el público. Ambos teníamos 17 años de edad. Poco después se nos unió Adolfo, tres años más chico que nosotros y en 1974 surgió la oportunidad de presentarnos en la serie de televisión La hora cero, en el Canal 4, producido por Luis de Llano. Hicimos dos programas ahí y luego, a principios de 1975, Luis nos invitó a otro programa, éste en Canal 13 de Imevisión, que se llamaba Algo especial (ahí alternamos, entre otros, con el grupo tapatío La Revolución de Emiliano Zapata).
  A De Llano le gustaban mucho mis canciones, en especial "Soy un director", pero no volví a verlo más..., hasta ahora.
  ¿Que por qué nos encontramos de nuevo? Por una razón muy simple: la reciente publicación de su libro autobiográfico Expedientes Pop. Le solicité una entrevista para los medios en los cuales escribo y hoy se llevo a cabo. Todo fue muy cordial, le mostré unas fotos que guardaba de La hora cero (como la que se muestra en este post) y luego accedió a responderme todo lo que le pregunté. Espero que la entrevista aparezca pronto.
  Un reencuentro muy agradable.

martes, 16 de agosto de 2016

Ruta 61


La Ruta 61 (Highway 61, como diría Bob Dylan) es el camino que recorrieron muchos de los grandes maestros del blues estadounidense para trasladarse del sur profundo a ciudades más al norte, como Memphis y Chicago. Es la ruta que representa la evolución del blues rural al blues eléctrico, la simbólica senda iniciática para todo bluesman que se respete.
  El Ruta 61, en cambio, es un bar blusero enclavado en la colonia Hipódromo Condesa, en avenida Baja California casi esquina con Nuevo León, en plena Ciudad de México, y desde hace más de una década representa un bastión para todos los amantes del blues y un lugar en el que grupos y solistas dedicados a ese género primordial han tenido oportunidad de mostrar cada noche sus muy diversos proyectos musicales.
  Dirigido desde un principio por su propietario, el entusiasta Eduardo Serrano, el Ruta 61 ha vivido instantes de gloria y hoy pasa por momentos difíciles que amenazan con su desaparición.
  Amo este lugar en lo particular, porque durante seis años (de 2004 a 2010) toqué ahí con mi grupo Los Pechos Privilegiados y los recuerdos acumulados son muy gratos. Eso en cuanto a lo meramente personal. Pero en otros aspectos, ahí se han presentado no sólo las mejores agrupaciones del blues nacional, sino muchos grandes bluseros de otros países, incluidos Argentina y, por supuesto, los Estados Unidos.
  Decorado como un verdadero blues bar y con un ambiente irresistible, el Ruta 61 merece permanecer abierto y seguir adelante con su magnífica labor en pro del arte y como fuente de empleo para músicos y empleados. Las autoridades de la delegación Cuauhtémoc harían bien en apoyarlo y dar facilidades para su sobrevivencia. Mas en tanto ello sucede, los amantes del blues y de esa fantástica sede podemos apoyarla económicamente por medio del sitio Fondeadora. En la siguiente dirección de internet puede usted conocer los detalles: https://fondeadora.com/projects/salvemos-la-casa-del-blues-en-mexico.
  Salvar al Ruta 61 de la desaparición es sin duda una muy buena obra que su buen oído y su buen gusto musical agradecerán. Porque como decía Gary Moore: “The blues is allright”.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 15 de agosto de 2016

London Calling

La obra maestra de The Clash y quizá del punk entero. London Calling (1979) es un álbum doble (algo inusual entre los grupos punks) y a pesar de su extensión y de sus diecinueve temas, se trata de una grabación que jamás decae en intensidad y calidad musical. 
  Luego de un disco relativamente flojo como Give ’Em Enough Rope (1978), resultaba en extremo difícil pronosticar que el grupo pudiera hacer no sólo un trabajo fuera de serie sino siquiera algo cuando menos bueno. Por fortuna, lo que Strummer y compañía lograron fue un gran plato, exquisito, amplio, lleno de frescura e inventiva. Esta vez los aciertos comenzaron desde la elección del productor. En efecto, a diferencia del metalero Sandy Pearlman, Guy Stevens (Mott the Hoople) era un tipo mucho más abierto y creativo y supo cómo llevar el sonido de The Clash a un punto de absoluta originalidad y lograr, como dijo alguien, que la estética del punk se incorporara de manera definitiva al rock. Hay en London Calling una enorme variedad de referencias a los más diversos géneros musicales, desde –por supuesto– el punk puro y el reggae, hasta el ska, el rock duro, el rockabilly, el blues, el jazz a la Nueva Orleans, el swing, el rhythm & blues e incluso el pop, todo unido por un muy saludable eclecticismo. En cuanto a las letras, la mayoría mantiene la posición crítica que lo mismo cuestiona a los políticos que al sistema económico generador de violencia, miseria, desempleo, racismo y toda clase de discriminaciones. Hay rabia, sí, pero también ironía y humor. Es como si de pronto, a fines de los años setenta, The Clash resumiera musical y letrísticamente toda la rebeldía contenida en el rock and roll desde sus orígenes cincuenteros. Veinticinco años de rocanrolear resumidos de manera genial en un solo álbum. 
  Vistos de manera individual, los diecinueve cortes son magníficos. Desde el inicial “London Calling” –con su inquietante y angustiosa atmósfera, su cortada guitarra en staccato, su ritmo hipnótico– hasta el concluyente y esplendoroso “Train in Vain” –con sus preciosas armonías cuasi poperas (existe un cover maravilloso de Annie Lennox, por cierto)–, pasando por el desafiante rocanrolerismo surfero de “Brand New Cadillac”, el blues acompasado de “Jimmy Jazz”, el encanto contradictorio de “Hateful”, la divertida celebración reggae de “Rudie Can’t Fail”, el sardónico jugueteo (partes “en español” incluidas) de “Spanish Bombs”, el ebrio festejo a la memoria de Montgomery Clift de “The Right Profile”, la fina delicia melódica de “Lost in the Supermarket”, el pop setentero a la british de “Clampdown”, el misterio sensual y rastafariano de “The Guns of Brixton” (con un sonido que muchos años más tarde tomaría “prestado” Gorillaz), la gracia al mismo skasera y nuevaorleandesa de “Wrong ’Em Boyo”, el entusiasta himno rocanrolero de “Death or Glory”, el burlón infantilismo de “Koka Kola”, los ecos a la Motown (pared de sonido incluida) y a la Beach Boys (en Pet Sounds) aunque también tijuaneros (pero por Herp Albert y sus Tijuana Brass) de “The Card Cheat”, la ternura stoniana de “Lover's Rock”, la alegría desmadrosa de “Four Horsemen”, los rastros kinkófilos de “I'm Not Down” y el retorno al reggae jamaiquino de “Revolution Rock”. 
  Un gran álbum y, como la cereza del pastel, una gran portada, con Paul Simonon en el trance de destruir su bajo contra el piso. Cuenta la leyenda, por cierto, que en la edición original, “Train in Vain” no venía anotada en la lista de canciones, debido a que los integrantes de The Clash la consideraban demasiado comercial y por lo mismo, indigna de figurar en el forro: con el tiempo se convertiría, literalmente, en la joya escondida de London Calling.

(Reseña que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 20, dedicado a The Clash y publicado en mayo de 2005)

domingo, 14 de agosto de 2016

Un poema de Sabines

¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?
¿Qué puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?


sábado, 13 de agosto de 2016

Ellos, los corruptos

La corrupción es un fenómeno histórico profundamente arraigado en la sociedad mexicana y casi podríamos decir que existe desde que Hernán Cortés fundó el primer Ayuntamiento español, en la Villa Rica de la Veracruz, hace 497 años.
  A lo largo de esos prácticamente cinco siglos de historia nacional, la corrupción ha campeado y se ha escurrido como un líquido negro y espeso hasta humedecer y empapar no sólo a las élites gobernantes, desde la Colonia española hasta la actualidad, sino a la enorme mayoría de los novohispanos, primero, y los mexicanos, después.
  No deja de ser paradójico y hasta un tanto cínico que, a pesar de eso, nadie se asuma como corrupto. Los corruptos siempre son ellos, los otros, no nosotros que somos impolutos y por eso podemos acusarlos con dedo flamígero y sin remordimientos de conciencia.
  Lo vemos en el caso de los dos gobernadores de Veracruz, el que todavía está en funciones y el que acaba de ser electo, quienes se encuentran en un torneo de acusaciones mutuas para ver quién es el más corrupto de los dos y ambos tienen argumentos contundentes para atacarse. Mientras tanto, nosotros los miramos con vergüenza e indignación, al tiempo que damos mordidas al policía de tránsito para librarnos de que se lleve el carro al corralón o compramos mercancía pirata en los puestos callejeros.
  Se dirá que no es lo mismo robar del erario que adquirir la más reciente película de moda por 20 pesitos. Por supuesto que no es lo mismo..., cuantitativamente hablando. Pero ambos son casos de corrupción, aunque busquemos justificarnos.
  Corrupción es hacerse rico desde los puestos públicos o los partidos políticos, pero también lo es heredar plazas sindicales; corrupción son las mansiones de los funcionarios gubernamentales o el obtener títulos “profesionales” en los portales de Santo Domingo; corrupción son las casas blancas, pero también presumir de honestidad y entregar declaraciones 3de3 de risa loca.
  ¿Podrá erradicarse algún día la corrupción en nuestro país, no sólo la de los dineros sino, sobre todo, la corrupción como fenómeno cultural? Habrá que seguir con el tema.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 12 de agosto de 2016

Un revólver de medio siglo

El tiempo pasa con sorprendente rapidez y este mes de agosto se celebran los primeros 50 años 
de la aparición de uno de los discos más importantes de los Beatles: el genial Revolver.

“Prefiero morir antes de cumplir los 30 años”, cantaba The Who hace cinco décadas en “My Generation”. No deja de ser irónico que tanto el cantante como el compositor de esta emblemática canción de 1965 sean hoy orgullosos setentones, con ninguna gana de morir.
  Pues así como los roqueros siguen cumpliendo años, también lo hacen los grandes álbumes clásicos que aquellos produjeron y uno de los ejemplos más preclaros es el de Revolver, el grandioso disco de los Beatles que vio la primera luz el 5 de agosto de 1966 y que acaba de cumplir medio siglo de feliz e inspiradora existencia.
  Ese año, el cuarteto originario de Liverpool, Inglaterra, se encontraba en la cúspide de su popularidad, aunque todavía llegaría más alto. Un año antes había grabado el estupendo Rubber Soul y un año después haría lo propio con el que muchos consideran su mejor trabajo: el revolucionario Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.
  Pero Revolver no fue menos trascendente y significo un gran cambio en la carrera de los Beatles, así como su ingreso pleno en la era de la psicodelia. No por nada, en ese mismo 1966 se grabaron discos grandiosos y hoy clásicos como Blonde on Blonde de Bob Dylan, Freak Out de Frank Zappa, The Piper at the Gates of Dawn de Pink Floyd, Aftermath de los Rolling Stones, Pet Sounds de los Beach Boys, Face to Face de los Kinks, A Quick One de The Who, Sunshine Superman de Donovan, Fresh Cream de Cream, Takes Off de Jefferson Airplane, If You Can Believe Your Eyes and Ears de The Mamas & the Papas, Over Under Sideways Down de los Yardbirds y el Sounds of Silence y el Parsley, Sage, Rosemary and Thyme de Simon y Garfunkel, además del homónimo álbum debut de Buffalo Springfield. Un año más que productivo y generoso en buena música.
  Si bien Rubber Soul (1965) había apuntado un cambio en el desarrollo de los Beatles como compositores e intérpretes, fue con Revolver que dieron el paso definitivo hacia su transformación en un grupo eminentemente de estudio. Todavía no abandonaban las giras y los conciertos masivos, pero estaban a punto de hacerlo y este disco les dijo que tenían que pasar a un nuevo estadio cualitativo.
  En pleno descubrimiento idealizado de las drogas psicodélicas, especialmente el LSD, el grupo se metió de lleno en la experimentación musical y letrística, sobre todo en canciones como la viajada “I’m Only Sleeping” y la extraordinaria “Tomorrow Never Knows” (ambas de John Lennon), pero también incursionó en la composición de temas que casi podríamos llamar académicos por su perfección melódica, armónica e instrumental. Desde el extraordinario arreglo de cuerdas de la maravillosamente pesimista y dramática “Eleanor Rigby” y la dulce sencillez melancólica de la bachiana “For No One”, hasta el delicado compás amoroso de “Here, There and Everywhere” y el entusiasta y restallante optimismo de “Good Day Sunshine” (las cuatro de Paul McCartney).
  George Martin jugó un papel esencial como productor y arreglista en Revolver y mostró como siempre su apertura y disposición para materializar todas las ideas que surgían de las cabezas de los de Liverpool. Gracias a ello, el álbum muestra una notable variedad de estilos no sólo en la escritura de las canciones sino en la forma como fueron vestidas instrumentalmente. Así, el escucha pasa de un corte con cítaras y percusiones hindúes (“Love You To”) a uno en el cual los metales brillan en toda su potencia soulera (“Got to Get You into My Life”) o va de una tonada festiva y casi infantil (“Yellow Submarine”) a una ácida, ambigua y filosa referencia a los distribuidores de drogas (“Dr. Robert”). Pero hay otras piezas que resaltan por su singularidad. Ahí está la inicial “Taxman”, escrita por George Harrison, con su agria protesta contra los recaudadores de impuestos, o la preciosamente extraña y hermética “And Your Bird Can Sing” de la cual Lennon juraba no recordar cómo la compuso. Y qué decir de la psicodélica “She Said She Said” y la hipnóticamente harrisoniana “I Want to Tell You”, dos melodías sin mácula.
  La perfección de Revolver resulta impresionante y no sorprende que para muchos críticos sea el mejor trabajo en la historia de los Beatles. Tal vez no estén del todo equivocados.

A manera de postdata: dos meses antes, en ese mismo año de 1966, en los Estados Unidos apareció el álbum Yesterday and Today (aquel con la portada de la carnicería de muñecas que tanto escándalo causó y que tuvo que ser rápidamente reemplazada). El disco contenía seis canciones tomadas de las versiones inglesas de Help! (“Act Naturally” y “Yesterday”) y Rubber Soul (“Drive My Car”, “Nowhere Man”, “If I Needed Someone”, “What Goes On”), así como los sencillos “Day Tripper” y “We Can Work It Out”. En forma de adelanto, se incluyeron tres temas del Revolver: “I’m Only Sleeping”, “Dr. Robert” y “And Your Bird Can Sing”.

(Publicado el día de ayer en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

jueves, 11 de agosto de 2016

¿Es rebelde el rock?

Uno de los grandes mitos generados por el rock es la idea de que en sus orígenes se trataba de una música rebelde y contestataria que iba contra lo establecido y peleaba contra “el sistema”. Sin embargo, si revisamos la historia del género, veremos que en realidad las cosas sucedieron de manera un tanto diferente.
  Si convenimos en que el rock n’ roll nació a mediados de los años cincuenta de la pasada centuria, como una fusión entre el rhythm n’ blues negro y el country & western blanco, entonces sus primeros intérpretes no fueron precisamente unos combatientes sociales, mucho menos políticos. Chuck Berry, con todo y sus letras críticas y poéticas, no tenía en la mira transformar al capitalismo sino servirse de él lo más posible. Cierto que él, como Little Richard o Jerry Lee Lewis, llegaron a romper algunas normas del convencionalismo reinante (Ricardito con su obvia homosexualidad; Jerry Lee al casarse con su prima de 13 años), pero hasta ahí. El mismo Elvis sólo revolucionó la manera de moverse en el escenario, con sus gestos provocativos y sexosos, pero en el fondo era tan conservador como cualquier miembro del Partido Republicano.
  Se dirá que en los sesenta las cosas cambiaron y sí. De hecho, pienso que la revolución más importante del siglo XX fue la de las mentalidades y los hábitos culturales que se dio entre 1965 y 1971, en la que el rock jugó un papel muy importante. Pero las causas reales de esa revolución cultural son mucho más profundas que un mero género musical. Cierto, ahí estuvieron Bob Dylan y los Beatles, los Rolling Stones y The Who, Frank Zappa y David Bowie. Todos ellos revolucionaron la música y diversos aspectos de la cultura. Mas a su lado había muchísimas figuras que se ajustaban a lo establecido y preferían conservarse en ello. El rock en general no mantenía una actitud rebelde más allá de las apariencias. Los mismos músicos mencionados, salvo Zappa, terminaron integrados al odiado “sistema”, algo que sucedería también, años después, con el anárquico punk, en un principio desafiante de todo y finalmente mediatizado por la industria. ¿Pero en México qué sucedió?

Rebeldes mexicanos con causa
A principios de los años sesenta, se utilizaba mucho la expresión “rebeldes sin causa”, para definir a jóvenes vagos y pandilleros, enchamarrados, enmezclillados, envaselinados, con cadenas y botas de charol que gustaban del rocanrol. Esto era por supuesto un estereotipo que el cine mexicano explotó hasta la náusea con películas moralistas y maniqueas, en las que los “rebeldes” eran siempre malos pero redimibles.
  ¿Era entonces el rock nacional primigenio una manifestación de rebeldía contra el sistema? Nada más lejos que eso. En México, el rock n’ roll nació en la segunda mitad de los años cincuenta, primero como una mera imitación de músicos adultos (como la orquesta de Pablo Beltrán Ruiz y similares) de lo que se hacía en los Estados Unidos y luego, cuando lo rescataron los jóvenes, fue más que nada interpretado por chavos de la clase media alta, con el poder adquisitivo suficiente como para comprar los caros instrumentos musicales que se necesitaban. Además, en su mayoría se dedicaron a adaptar los éxitos de gente como los ya mencionados Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Ricardito y Elvis Presley, con letras en español, y las composiciones propias fueron tan notables como escasas. El grito más rebelde y provocador de esos años fue del cantante de los Locos del Ritmo, Toño de la Villa, y decía: “yo no soy un rebelde sin causa, ni tampoco un desenfrenado, yo lo único que quiero es bailar rocanrol y que me dejen vacilar sin ton ni son”. Nada, pues, como para poner a temblar al sistema.
  Tal sería el destino del rock que se haría en nuestro país a lo largo de las décadas siguientes. A fines de los sesenta y durante los setenta, por ejemplo, los rocanroleros y la izquierda estuvieron más que divorciados, ya que ésta tendía más hacia la llamada música latinoamericana y consideraba al rock como una manipulación perversa del “imperialismo yanqui” para enajenar a la juventud mexicana, etcétera.
  Las cosas cambiarían diez años más tarde, mas sólo en apariencia.

Rebeldes de telenovela
Se me podrá argüir que a fines de los sesenta y principios de los setenta el rock que se hace en México adoptó una posición contracultural, como se vio en el festival de Avándaro en 1971, y aun concediendo que algunos grupos cantaban contra la represión y la guerra, en realidad sus posturas no eran sólidas y pecaban de una ingenuidad jipiteca que hoy más bien provoca ternura.
  Tampoco el surgimiento del rock marginal y los tristemente famosos hoyos fonkis (Parménides García Saldaña dixit) eran precisamente manifestaciones de “la rebeldía originaria del rock”, rebeldía que como ya vimos es más un mito que una realidad.
  Llegamos entonces al México de los años ochenta, cuando surgen fenómenos como el rock rupestre (que en muchos casos era rock pedestre) y el rock militante, los cuales pervivirían también en el siguiente decenio. En el primer caso, cuando menos existía una conmovedora sinceridad y un intento por escribir letras poéticas y “con mensaje”, pero nada más; en el segundo, los grupos que lanzaban consignas políticas en años como 1988 o 1994, eran los mismos que se acogieron alegremente a la oportunidad de aparecer en la tele, en programas tan revolucionarios como Siempre en domingo, las emisiones nocturnas de Verónica Castro o el show de Paco Stanley (y sí, hablo de Caifanes, La Maldita Vecindad, Café Tacuba, etcétera).
  De lo que sobrevino a partir de eso y hasta el presente, mejor ni hablemos. Si el rock nacional, en su totalidad, jamás fue en verdad rebelde o contestatario, hoy sería un mal chiste pretender que lo sea. Nunca como ahora grupos y solistas se encuentran en una zona de confort de la que no se quieren mover, mientras puedan tocar en el Vive Latino y demás festivales patrocinados por empresas representantes –¡San Carlos Marx nos ampare!– del horrendo capitalismo.
  Nuestros roqueros son rebeldes, sí, pero de telenovela.

(Ensayo publicado hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música que coordino para la revista Nexos)

miércoles, 10 de agosto de 2016

¿Fechas indeterminadas?

Pocas cosas tan determinadas como una fecha. Si decimos que la revolución mexicana se inició el 20 de noviembre de 1910 es porque el hecho sucedió ese día y no otro. Si afirmo que nací el 26 de marzo de 1955 es porque nací precisamente ese día. Son fechas perfectamente determinadas y por ello se les antepone el artículo determinado.
  No entiendo entonces esa bárbara tendencia a decir o escribir cosas como "Benito Juárez vino al mundo un 21 de marzo de 1806". ¿Cómo que un 21 de marzo? ¿Pues cuántos 21 de marzo hubo en 1806? No debe aplicarse por tanto el artículo indeterminado a un día determinado y preciso. Puede decirse, sí, que don Benito nació un 21 de marzo, pero sin precisar el año. Entonces si queda indeterminada la fecha exacta. Pero al momento en que ponemos que fue en 1806, el artículo tiene que ser determinado por necesidad.

martes, 9 de agosto de 2016

Marca Guadalajara

Eso de ponerle marca a las ciudades parece ser una nueva tendencia, tal como vimos desde hace dos o tres años con las famosas siglas CDMX del ex DF gobernado por Miguel Ángel Mancera.
  No me queda claro si se trata de algo igual, pero el caso es que el 1 de agosto pasado fue subido a YouTube (y difundido también en redes sociales y otros medios) un video bastante sui generis. Se trata de un arreglo sobreproducido e híper nice de la canción “Guadalajara” de Pepe Guízar, con el que alguien, desde un extraño anonimato (no me queda claro si se trata de una empresa privada o de la propia alcaldía de la capital jalisciense), decidió lanzar “la marca” Guadalajara Guadalajara, según esto para difundir los valores positivos de la ciudad, etcétera.
  Con dicho fin, se convocó a algunos músicos del pop y el rockcito nacionales (varios de ellos sin relación alguna con Guadalajara) para producir uno de esos clásicos videos cursilones en los que cada “artista” va cantando una línea de la canción. Todos los participantes se ven en extremo sobreactuados, como si trataran de mostrar un entusiasmo que a todos luces se ve falsísimo. Aparecen, entre otros, Javier Martín del Campo (ex de La Revolución de Emiliano Zapata, tapatío él), Alfonso André (?), Cecilia Toussaint (?), José Fors, la Cuca, Dr. Shenka de Panteón Rococó (¿?), Celso Piña, ¡Pato Machete! (¿pues no son de Monterrey estos dos?), Radaid (menos mal), Telefunka, Mike Laure Jr. (no miento), un mariachi, un grupo huichol con un chavito cantante medio higadezco y hasta un tipo rarísimo que trata de emular al cantante de Café Tacuba y que pertenece a un grupo llamado Fantástico.
  Por supuesto, todos se miran sonrientes y felices y lanzan grititos de ¡ayayay! (Speedy González style) a diestra y siniestra. Una cosa indigesta que nos hace preguntar: ¿y todo esto como para qué?
  Curiosamente, hace algunos años varios de los músicos del video grabaron el mismo tema, en apoyo a la candidatura del candidato de Movimiento Ciudadano a la presidencia municipal y actual alcalde de Guadalajara. ¿Será este video el inicio de una nueva campaña política del mismo personaje? Piensa mal y cantarás “¡Guadalajara, Guadalajaraaaaa!”.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio", en la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 8 de agosto de 2016

Paco Calderón: crítico desde la caricatura

Polémico, por completo distinto a los previsibles caricaturistas que inundan a la prensa progre y  políticamente correcta –y vilipendiado y acusado de “reaccionario” por lo mismo, Calderón es uno de los cartonistas más duros y críticos del país.

“Nací en 1959, en Coyoacán, que es enteramente distinto al que veo ahora; el que veo ahora me hace llorar”. Así se presenta Francisco Paco Calderón, tal vez el caricaturista político más polémico del país, quien se inició como cartonista en 1977, en El Heraldo de México, diario en el cual permaneció durante diez años. En l987 ingresó a Televisa, junto con Sergio Hiracheta, donde trabajó poco más de un año. Luego entró al periódico El Norte de Monterrey y “ahí inventamos el cartón que hasta la  fecha aparece en Reforma, cartón que con el tiempo ha ido evolucionando y ahora lo publican casi cuarenta diarios del país”. En 1991 recibió el Premio Nacional de Periodismo que otorga el Club de Periodistas y en 1992 y 2003 el Premio Nacional de Periodismo que otorga el gobierno de la república. En España ha recibido varias veces el Premio Quevedo y junto con los caricaturistas Helio Flores, Pedro Sol, Antonio Garci y Rafael Ruíz Tejada fue nombrado profesor honorario de la Universidad de Alcalá de Henares “y para alguien que nunca se recibió, es todo un honor”.

¿Por qué crees que debe haber crítica?
Debe haberla porque la crítica es la única forma de evaluarte y de mejorar. En los lugares donde se prohíbe la crítica, las sociedades se atrofian. La crítica es fundamental.

Y en un país como México, ¿es necesaria?
Totalmente. Creo que en nuestro país no tenemos una crítica a la altura de las circunstancias. En México educamos críticos de café, críticos que son como seminaristas en busca de dogmas. Y una vez que encuentran esos dogmas, dan gracias al cielo porque ya están completamente exentos de pensar por su cuenta. Repiten como papagayos todas las netas y verdades que tiene su dogma y luego no saben platicar con quien no tiene esas netas y esos dogmas. Nos falta aprender a ser autocríticos, aprender a digerir lo que se nos da. Si lo aprendemos, seremos tolerantes y si somos tolerantes, seremos democráticos y si somos democráticos, seremos prósperos. Todavía nos falta mucho, mucho, mucho.

¿Cuál ha sido tu experiencia como crítico?
Mi experiencia ha sido que en este país inmediatamente buscan la etiqueta con la cual catalogarte y dejar de ver tu trabajo, de valorarte, de ver si en tus capacidades puedes aportar algo sin prejuicio de visión. Sacas una cosa que toca alguno de los dogmas e inmediatamente te sacan la etiqueta de “caricaturista de derecha”. El político que me llevó a las páginas de la historia nacional como el primer caricaturista que se quejó públicamente de un político está en la peor bronca de su historia y en parte está en esa bronca porque este señor quiso a toda costa evitarse la crítica.

¿Cómo fue esa queja? ¿Nos puedes contar esa anécdota?
Hice una caricatura muy sonsa el año pasado, en la cual aparecía Brozo soplando y subía López Obrador a las alturas con la banda presidencial. No era un cartón ofensivo ni mentaba la madre, como luego se estila en la caricatura de este país. Se llamaba “El fin y los medios” y justo el día en que se publicó, estaba López Obrador con Brozo y éste le mostró el cartón. Entonces Andrés Manuel dijo: “¡Ah, es el caricaturista de la derecha! Le mando un saludo, pero hay que entender que es la opinión de la derecha”. Entonces, bueno, de eso se agarraron, de que “el caricaturista de la derecha”. Siempre cita un montón de nombres y a Paco Calderón como “el caricaturista conservador”.

¿Y que quieres conservar?
Siempre he estado por el cambio. Nunca he aplaudido a un dictador. Nunca he estado por la violencia. Este año publiqué un cartón en el cual criticaba a la prensa y decía que la prensa a un político le perdona todo y al otro le critica todo. Si el uno no lee, es un ignorante estúpido; si el otro no lee, nada se dice. Si el uno evade la responsabilidad y dice una burrada, ¡ah!, es un irresponsable; si el otro dice otra burrada, nadie dice algo. Pues no se qué callo pisé que al otro día, en su conferencia matutina, este señor aludió a mi caricatura y la citó textualmente. Me dio mala espina ver qué tan sensible tenía la piel ante una caricatura. Me gusta poner en ridículo a la gente cuando se lo gana, pero por lo general no me voy al ataque sangriento y despiadado. No te diré que era una caricatura suave, pero ciertamente hay caricaturistas más sangrientos. Y si una caricatura promedio recibe una indicación de tanta malicia, dices: “¡Guau! A este cuate no hay que tocarlo ni con pincitas”. Y tú ves la actuación del personaje  y todo ha sido “que no me digan, que no me critiquen, que me andan golpeando por todos lados”.



¿Tienes fórmula para hacer tus caricaturas?
Tengo la metodología de ver cómo va a salir el cartón y tengo un principio rector que es: “Sin odio y sin piedad”. Cuando criticas a alguien, lo tienes que hacer porque no estás de acuerdo con las políticas que está siguiendo. Te tienes que reír de la figura pública del personaje. Si el señor tiene problemas en casa, si tiene hijas feas, si tiene una amante, mientras eso no entre a la vida pública, a mí no me interesa y no me voy a ir por ahí. Si me voy por ahí, es porque ya tengo un odio y lo odio tanto que se vale todo. Cuando odias, lejos de atacar al personaje se te revierte y quien queda mal eres tú. Por ejemplo, Martha Sahagún, una mujer que ha sido criticada en muchos lados por ser frívola y vanidosa, pero lo criticable es que esta mujer se haya querido atribuir funciones que no le corresponden y que las pretensiones que tiene vayan en contra de los intereses de la república, eso es lo que hay que criticar. Pero si criticas que se cambió el peinado nomás porque la odias, es ofensivo. Me parece que el caricaturista tiene que revisar sus filias y sus fobias. Si cierto personaje es mi amigo y piensa lo que yo pienso y creo en sus ideas, pero el tipo la regó, pégale, pégale duro, sé justo tanto con lo que te cae bien como con lo que te cae mal. Para una democracia como la nuestra, como la queremos los mexicanos, es necesario tener buenos críticos y un buen crítico tiene que aprender a reírse tanto de sus filias como de sus fobias.

¿Crees que en México hay tolerancia para el crítico?
No. Yo creo que un problema, a lo largo de toda nuestra historia, es la intolerancia. Estamos educados en la intolerancia desde siempre. Lo ves en cualquier película mexicana. Me acuerdo mucho de una que se llamaba La calle de chinos de Carlos Orellana. Había un personaje que era chino y Chachita le decía: “Usted tiene que creer en la Virgen de Guadalupe; porque si no, no es mexicano”. Oye, ¿y porqué? Si el señor quiere creer en la Virgen de Guadalupe o quiere creer en Shiva qué carambas te importa a ti.

¿La intolerancia proviene de todos los sectores, de la derecha, el centro y la izquierda?
La izquierda todo el tiempo te anda con el rollo de la tolerancia, pero siempre se andan cortando la cabeza entre ellos, siempre se andan denunciando y no se le ocurra a un izquierdista criticar a otro izquierdista porque entonces lo corren. Ve a Castañeda, a Luis González de Alba, a Héctor Aguilar Camín. Se les aborrece como en la derecha no se aborrece a nadie.

¿El crítico es un artista?
No es un artista, gracias a Dios. La gente piensa que soy un artista, pero yo nunca me he visto como tal, Me dicen: “ay, es que usted sabe dibujar muy bien” y les digo que no es cierto, que yo sé dibujar mis dibujos, lo cual es distinto. Si tú me dices saca un block y dibuja un cuaco, yo no sabría, porque no sé un carambas de perspectiva. Si me dices hazme un retrato no puedo, porque no sé cómo sacar el retrato de una persona. Yo me veo como un periodista que sabe dibujar.

Se dice mucho que los críticos son seres amargados, frustrados…
Todos somos seres amargados. Y el hombre que dice que todos los críticos estamos frustrados, también está frustrado.

¿Qué opinas de quienes dicen que la crítica debe ser positiva y no negativa?
Yo no conozco la crítica positiva. Una buena crítica, para que lo sea, debe ser destructiva. La crítica positiva siempre es una crítica hipócrita.

¿Ves a la crítica como una actividad creativa?
Siempre lo es.

¿Cómo te imaginarías al mundo si no existiera la crítica?
Pues me lo imaginaría como el mundo en 1984, la novela en la cual el sólo hecho de pensar ya es un crimen. Sin la crítica, lo que queda es sólo un estado de esclavitud total. Nunca podrás ser un hombre feliz si no hay quién te critique. Te critican tus papás, tu novia, tu mujer. Siempre te critican y siempre te sirve. Todo es crítica y todo te ayuda. La gente que odia la crítica la verdad es la que más se la merece.

(Entrevista que realicé en octubre de 2004 y que apareció publicada poco después en la sección "Razón de la crítica impura" de La Mosca en la Pared No. 88, de enero de 2005, Las fotos que salieron publicadas las hizo la gran Isadora Hastings).

domingo, 7 de agosto de 2016

Empezar de cero

Terminé de leer las páginas que me faltaban de Empezar de cero, el libro autobiográfico de Jimi Hendrix editado por Sexto Piso del que escribí a fines del mes pasado en Milenio. Una obra estupenda y muy recomendable para quienes gustan de la música de Hendrix o les gusta el rock clásico de los años sesenta.

sábado, 6 de agosto de 2016

Mi apoyo al presidente Peña

En los datos personales de mi página de Facebook, en lo referente a religión, mi respuesta es: “sin intermediarios”.
  Mi relación con la Iglesia es nula desde hace varias décadas. Fui educado en el más estricto catolicismo (mi familia materna es de tan rancio abolengo católico que uno de los hermanos de mi madre, mi tío Javier Michel, fue “soldado de Cristo Rey” durante la guerra cristera). Cursé mis cuatro años iniciales de primaria en un colegio tlalpeño de monjas (para colmo llamado “Hernán Cortés”), donde nos hablaban pestes de Benito Juárez y rezábamos el rosario una vez a la semana, mientras que quinto y sexto grado los hice en un colegio salesiano (“Espíritu de México”), donde se acostumbraban los castigos físicos y asistíamos a misa cada viernes en la enorme capilla del plantel.
  Mi rompimiento con la Iglesia católica sobrevino a mis trece años, cuando entré a una secundaria oficial y empecé a leer Los Supermachos de Rius. Entonces dejé de ir a misa (durante al menos dos años logré que mi mamá no se diera cuenta) y me volví religiosamente socialista y devotamente ateo.
  Hoy continúo sin ser religioso, pero tampoco profeso el ateísmo (el agnosticismo a la Bertrand Russell me va mejor). Sin embargo, la Iglesia y sus ideas híper retrógradas (en las que coincide curiosamente con buena parte de nuestra izquierda populista) me siguen pareciendo escalofriantes, lo mismo que su siniestra doble moral (que también comparte con esa izquierda de tintes morenos).
  Por ello, ante las oligofrénicas declaraciones de la Arquidiócesis de México que encabeza el cardenal Norberto Rivera, en contra del matrimonio igualitario que promovió constitucional y (hay que decirlo) inusualmente el gobierno de Enrique Peña Nieto, no me queda más que refrendar mi anticlericalismo y apoyar (como no lo ha hecho el sector progre nacional, tal cual lo hizo notar el maese Gil Gamés el miércoles pasado) esa iniciativa en todo lo que vale.
  Significativo que ante los embates del clero más furibundo y ultramontano, los izquierdosos (que no izquierdistas) se queden callados. Hipócritones y oportunistas que son.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 5 de agosto de 2016

Richard Thompson / Rumor and Sigh (1991)

Gran compositor, cantante apasionado, guitarrista de primer orden y a pesar de ello, Thompson ha permanecido en la oscuridad durante más de cuarenta años. Rumor and Sigh es el disco ideal para introducirnos en el mundo de este artista londinense excepcional, una especie de Eric Clapton del mundo bizarro.

Mejor tema: “Read About Love”

jueves, 4 de agosto de 2016

Lluvia de verano

Una preciosa y breve novela que cayó en mis manos gracias a los buenos oficios de la editorial Sexto Piso.
  Escrita en 1944 por al narrador turco Ahmet Hamdi Tanpinar (a quien debo confesar que desconocía), Lluvia de verano cuenta la sencilla historia de Sabri, un hombre maduro cuya esposa y sus hijos se van a pasar una temporada a casa de los padres de ésta, dejándolo solo en su casa de Estambul. Una tarde de tormenta, descubre el el jardín a una bella y joven mujer que contempla embelesada un árbol, sin importarle quedar empapada. De ahí parte una enigmática y tenuemente erótica relación cuyos pormenores no revelaré, por si alguien tiene a bien leer este libro de escasas 84 páginas, con hermosas ilustraciones del libanés Hassan Zahreddine.
  Varias cosas suceden a lo largo del relato, pero lo que más me gustó es la manera de escribir de Tanpinar, con un estilo delicado y lleno de finura, con frases plenas de una belleza que no está exenta de ironía. Porque a pesar de sus momentos duros, Lluvia de verano es gozosa y en momentos divertida.
  "'Debe tener unos veintisiete o veintiocho años. Pero también podría tener dieciocho e incluso quince'... Tenía una faceta increíblemente joven, quizá hasta de niña pequeña.
  "'Bajo la lluvia parecía un sueño que quedara en la memoria al despertar... Y un poco de animal de raza... Siempre encuentra la postura más atractiva, la más bonita. Y, por supuesto, sin pensarlo'".
  Estilo sutil, casi como un cuento de Las mil y una noches (o Las mil noches más una noche, como las llamaba Borges).
  Una joya que recomiendo con entusiasmo.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Preciosa sesión

Hoy fue la octava sesión de grabación y toco el turno de meter las voces en "Gitana", con la preciosa voz de Daniela y la mía también. Ya estaba puesta la base de guitarra y bajo (este último cortesía de Israel Pompa-Alcalá). Iris y Jehová, como siempre, espléndidos.
  Ahí va el disco, poco a poco.

martes, 2 de agosto de 2016

Homenaje al “Carefoca”

En 1974, la actriz Ofelia Medina se presentó en el Teatro Blanquita para bailar acompañada por la orquesta del gran músico cubano Dámaso Pérez Prado, conocido también como el “Carefoca”, en una puesta en escena dirigida por Juan Ibáñez en la que participaban también nada menos que Celia Cruz, Tongolele, Resortes, Borolas y María Victoria. Mi hermano, el cineasta independiente Sergio García, filmó en formato Super 8 un documental acerca de este espectáculo y a mis 19 años tuve el privilegio de acompañarlo y ver en concierto, tras las mismísimas bambalinas del Blanquita y a escasos metros de distancia, a ese fabuloso orquestón y su singular director, a quien sólo había visto en la tele o en alguna película de Tin Tan. Yo que despreciaba la llamada música tropical, no pude más que amar el mambo en su más pura y potente expresión (y verlo bailado por las legendarias Dolly Sisters fue el acabose).
  Vinieron a mi memoria aquellos momentos vividos hace poco más de 40 años, al escuchar el nuevo disco de Los Músicos de José, el estupendo ensamble mexicano de jazz funk liderado por el saxofonista Aldo Max, intitulado Dilo! Homenaje a Pérez Prado (Ducado Records, 2016).
  Se trata de un trabajo muy respetuoso con la música del enorme músico, compositor y arreglista caribeño y recoge varios de sus temas más conocidos, así como algunos que no son quizá tan populares. Ahí están maravillas como como “Mambo en sax”, “Lupita”, “Caballo negro” y “La niña popof”, pero también curiosidades como “A Go Go”, “Cayetano”, “Mi cerebro” o “La rosa de Tokio”.
  Cuando digo que el grupo es respetuoso de la música de Pérez Prado no significa que la toque tal cual, sino que los arreglos respetan la esencia de la misma sin perder el estilo funkie de Los Músicos de José, lo que da a cada corte un sonido muy singular e interesante.
  En el disco hay músicos invitados: Los Liquits, María Love, Agrupación Cariño y otros que contribuyen de buena manera con el resultado final de la grabación.
  Y por supuesto, el famoso grito del “Carefoca” aparece muchas veces, perfecta y sabrosamente sampleado.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 1 de agosto de 2016

Fiona Apple y la marea alta

Perteneció a la generación de cantatutoras que surgió a mediados de los años noventa del siglo pasado, en plena explosión del movimiento grunge. Una generación de grandes creadoras e intérpretes como Tori Amos, Ani Difranco, Alanis Morisette, Heather Nova, Tracy Chapman, Liz Phair, Aimee Mann, Jewel, Lisa Loeb, Cat Power, Paula Cole, Michelle Shocked, Natalie Merchant, Beth Orton, Sheryl Crow y aquella jovencita delgadísima y sensual, de mirada provocativa y voz más provocativa aún, quien con su disco debut detonó al rock de la época, a pesar de que al mismo tiempo varias de sus colegas produjeron álbumes tan buenos como el Dilate de Ani Difranco, el Boys for Pele de Tori Amos, el This Fire de Paula Cole, el Myra Lee de Cat Power, el Trailer Park de Beth Orton y el disco homónimo de Sheryl Crow. Todos de 1996.
  Fiona Apple (Nueva York, 1978) grabó Tidal (Columbia Records) también en 1996, a los 18 años de edad, y no faltaron los críticos que la calificaron de inmadura y pretenciosa. Incluso hubo quienes pronosticaron una carrera efímera para la novel cantante, pianista y compositora.
  A 20 años de haber visto la luz y con la perspectiva que da el tiempo, pienso que es hora de revalorar a éste, el álbum iniciático de una artista en todos los sentidos del término. Porque Tidal (“Marea”, en español) es una obra intensa y profunda, visceral y desafiante, un disco que muestra a una joven mujer vulnerable pero dura, tierna pero retadora, tan a la defensiva como a la ofensiva. “Soy una persona tan estúpida e increíblemente sensible que todo lo que me sucede lo experimento con demasiada intensidad”, decía Apple en aquellos días.
  Al contrario de lo que afirmaban los críticos de hace dos décadas, lo que a mi modo de ver demuestra Fiona Apple en Tidal es una gran madurez como creadora y como persona. Las diez canciones que conforman el álbum poseen un poderío que con el tiempo se ha acrecentado y si bien hoy es una artista más hecha y sofisticada (como lo demuestran sus apenas tres álbumes posteriores a éste, los fabulosos When the Pawn Hits..., de 1999, Extraordinary Machine, de 2005, y The Idler Wheel, de 2012), lo que hace de Tidal un clásico es esa visceralidad, esa crudeza y ese austero minimalismo que lo recorren de principio a fin.
  Desde “Sleep To Dream”, el estremecedor tema con el cual abre el disco, entendemos que no estamos ante una cantante más. Hay ahí una fuerza volcánica que hace que retiemble la tierra y nos obliga a no permanecer indiferentes ante esa música. La impresión se confirma, aunque en otro sentido, con el segundo corte. “Sullen Girl” es una canción tan bella como ominosa que, en medio de la hermosa melancolía de la música, narra con estremecedora poesía la terrible experiencia de Fiona cuando era adolescente y fue violada.
  El álbum crece aún más con la extraordinaria “Shadowboxer”, uno de los momentos de mayor clímax en Tidal. Apple canta con una intensidad impresionante y su piano la acompaña con el beat exacto para expresar lo que ella quiere. Un gran tema, al igual que el sensacional “Criminal”, al cual algunos han definido como una de las canciones que mejor reflejan la angustia juvenil de los años noventa. Una absoluta maravilla que da paso al track con que virtualmente termina la primera parte del plato, “Slow Like Honey”, otro portento, una composición que coquetea cachondamente con un jazz blueseado. Sensualidad pura.
  “The First Taste” es una canción que musicalmente se sale un poco del mood del disco, pero sólo en apariencia. Con un ritmo cercano al reggae, la melodía transcurre con una materialidad acuosa y un aire que hace recordar algunas interpretaciones de la nigeriana Sade. Por su lado, “Never Is a Promise” es otra de las joyas de Tidal, una pieza conmovedora de principio a fin que se habla de tú a tú con la belleza. La dialéctica que se produce entre la voz de la cantante, su piano, los coros y las cuerdas la convierten en una verdadera escalera al cielo.
  Los tres cortes que cierran el disco mantienen el alto nivel del mismo. Desde la majestuosa atmósfera de “The Child Is Gone” al poético transcurrir minimal de “Pale September”, para culminar con la sorpresa  de “Carrion” y su inesperado arreglo sin piano, en una melodía que Fiona Apple interpreta de un modo susurrante, acompañada por una guitarra, un bajo, cuerdas, xilófono y batería. Una manera tan extraña como suntuosa de terminar este espléndido trabajo.

(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)