lunes, 2 de noviembre de 2026

El último creyente


La mañana del domingo 25 de octubre de 2026, mientras preparaba su segundo café del día, Alejandro Michelena recibió en su smartphone la noticia de que Guadalupe Taddei presentaría su renuncia a la presidencia del Instituto Nacional Electoral. Un escándalo de corrupción relacionado con proveedores y contratos había terminado por hacer insostenible su permanencia en el cargo.


  Alejandro leyó la noticia dos veces. No porque no la hubiera entendido, sino porque últimamente necesitaba leer dos veces las noticias para convencerse de que no estaba leyendo una novela de ciencia ficción escrita por algún influencer de Morena.

—Ya se veía venir —se dijo en voz alta.

  Vivía solo desde hacía once años en un departamento de la colonia Portales, con dos recámaras, una sala razonablemente amplia y una colección de libros que había ido creciendo mientras el número de personas que lo visitaba disminuía. Tenía sesenta y nueve años, una pensión modesta, algunos trabajos editoriales esporádicos y la costumbre de desayunar mientras veía mesas de opinión en YouTube. Era un hombre culto que se consideraba inteligente, al menos lo suficiente como para identificar las tonterías y separarlas de las estupideces, para no hablar de las mentiras que de manera cotidiana se decían en la Mañanera (del pueblo).

  La noticia del INE, pues, no lo sorprendió demasiado. La situación era tan insostenible que ni el propio gobierno podía evadirla esta vez. Además, no era lo mismo Rocha Moya que Guadalupe Taddei, de quien se rumoraba que tenía diferencias con la presidenta (con A) y que pertenecía al bando enemigo de ésta dentro de las cada vez más rijosas filas de la 4T. No obstante, le molestaba la cínica naturalidad con la que se producían aquellas cosas y que ya fueran parte del paisaje cotidiano. Uno podía levantarse una mañana, enterarse de que el organismo encargado de garantizar la limpieza de las elecciones estaba envuelto en un asunto de evidente corrupción y, después de terminar el café, salir a comprar el pan como si nada. México tenía esa extraordinaria capacidad de convertir lo inverosímil en parte de la rutina.

  Pensó que si aquello hubiera sucedido en una novela, el editor le habría pedido al autor que le bajara dos rayitas a su imaginación.

  Tres días más tarde, ya cerca de la medianoche y cuando se preparaba para meterse a la cama, una campana sonó en su celular y al entrar a X, se topó con una noticia que lo dejó helado: el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas había muerto.

  Durante algunos segundos no pensó en cosa alguna. Fue hasta la ventana y contempló la soledad de la calle, en donde no se veía un alma. Ahí permaneció por largo rato.

  Había admirado a Cárdenas. De hecho, lo seguía admirando. No era que lo considerara infalible o que hubiera compartido todas sus decisiones o muchas de sus opiniones, pero representaba para él algo que la política mexicana parecía haber extraviado hacía mucho tiempo: la posibilidad de creer que un hombre podía participar en la vida pública sin tener como objetivo enriquecerse o conseguir una embajada al termino del sexenio. 

  Recordó 1988. Había votado por Cuauhtémoc con entusiasmo, había seguido aquella jornada electoral con la esperanza de que el país estuviera a punto de cambiar. Recordaba también la famosa caída del sistema, las nada creíbles explicaciones oficiales y aquella sensación de haber asistido a un espectáculo de prestidigitación en el que el mago había metido la mano en la urna y sacado un presidente. Un mago por cierto que, en otro truco de prestidigitación, ahora era uno de los más connotados miembros de Morena, a quien Andrés Manuel López Obrador premió durante su gobierno nada menos que con la dirección de la Comisión Federal de Electricidad, donde el tipo hizo y deshizo a su antojo.

  Cárdenas había perdido oficialmente y el país había perdido algo más difícil de recuperar: la esperanza en un cambio con dirección a la democracia. 

  A la mañana siguiente, Alejandro encendió el televisor. Los conductores de un noticiario hablaban del fallecimiento del ingeniero con expresiones de pesar. Algunos políticos publicaban fotografías en las que aparecían abrazándolo, como si hubieran sido sus mejores amigos desde la infancia. Michelena sintió una indignación preñada de asco.

—Ahora resulta que todos eran cardenistas —murmuró para sí—. Hasta los que lo traicionaron como traicionaron a la democracia.

  Le molestaba particularmente aquella costumbre nacional de convertir a los muertos en personas admirables, sobre todo cuando ya no podían desmentir a sus falsos aduladores. Los políticos que durante años habían ignorado a Cárdenas o que habían tomado caminos muy distintos de los que él representaba, ahora competían por apropiarse de su memoria. Era una forma de canibalismo que pretendía ser respetuosa, pero que no dejaba de ser canibalismo al fin y al cabo.

  Apagó la televisión.

  Se dirigió al librero y sacó un viejo ejemplar de La democracia en México, de Pablo González Casanova. Lo hojeó sin detenerse en alguna página, en algún párrafo en particular. Pensó en los amigos que había perdido, en los que se habían vuelto cínicos y defendían como fanáticos o como beneficiarios –o como ambas cosas– a los políticos que hoy ostentaban el poder. Lo hacían con una pasión que habría sido más provechosa si la hubieran dedicado, por ejemplo, a salvar sus matrimonios.

  Él también había tenido esperanzas. Había creído en la izquierda, en la transición democrática, en la posibilidad de que México dejara de ser un país administrado por una pandilla de profesionales del engaño. Había creído incluso, durante algunos meses, que las cosas podían mejorar. No se avergonzaba de ello. Uno no debía avergonzarse de haber sido ingenuo; lo verdaderamente vergonzoso era perseverar en la ingenuidad al acercarse a los setenta años.

  Pensó que quizá la política mexicana era una enfermedad hereditaria y que cada generación se limitaba a cambiarle de nombre al virus. Los priistas habían tenido la corrupción institucionalizada; otros habían descubierto la corrupción con discurso moral; los actuales inventaron la corrupción sustentable, con perspectiva de género y certificación ecológica. La nepotista corrupción del bienestar.

  Se rio. Una risa breve, desagradable, casi involuntaria.

En la cocina se preparó unos huevos con tocino y más café, mucho café. Mientras comía, volvió a mirar el celular. Había cientos de mensajes sobre Cárdenas. Algunos eran sinceros, otros oportunistas y muchos parecían escritos por personas que acababan de descubrir quién era el difunto.

  Sintió tristeza. No solamente por la muerte del ingeniero, sino por lo que esa muerte significaba para él. Se iba uno de los últimos personajes de una época en la que todavía era posible imaginar (sólo imaginar) que la política podía ser una actividad relacionada con las ideas y no exclusivamente con el reparto del botín.

  Terminó su desayuno y lavó el plato, la taza y los cubiertos. Luego se sirvió un whisky con hielo y fue a sentarse a la sala, al frente de su selecta biblioteca.

  Pensó que estaba envejeciendo. No tanto por las canas, los dolores de espalda o la dificultad creciente para recordar dónde había dejado los lentes, sino porque cada vez le costaba más trabajo encontrar razones para entusiasmarse con el futuro. El país y la ciudad seguían ahí, con sus mañanas luminosas, sus parques arbolados, sus vendedores ambulantes, sus políticos de sonrisa hipócrita y sus ciudadanos resignados o indiferentes.

  Afuera, una ambulancia hizo sonar la sirena. Un vecino discutía por teléfono. Alguien escuchaba reguetón a un volumen criminal.

  Alejandro levantó el vaso.

  –Por el ingeniero Cárdenas –exclamó, mirando el descarapelado techo del apartamento.

  Bebió un trago y añadió, después de una pausa y un largo suspiro:

  –Y por nosotros, los imbéciles que alguna vez creímos en un México mejor.

  No sabía si aquello era un brindis o un epitafio.     Posiblemente las dos cosas.

  Después puso el Let It Bleed (¡Déjalo sangrar!) de los Rolling Stones, volvió a sentarse en su sillón favorito y miró hacia la ventana. Ese día tenía que pagar el recibo de la luz, comprar café y llevar unos libros que ya no le interesaban a la librería de viejo. Entre ellos, un ejemplar de Hacia una economía moral, uno de los ladrillos supuestamente escritos por López Obrador y que alguien había tenido la mala ocurrencia de regalarle alguna vez. Ni siquiera le había quitado el celofán que lo envolvía.

  Pero en fin, la democracia podía esperar. La CFE, en cambio, no tenía la misma paciencia.

jueves, 29 de octubre de 2026

¿Por qué conocí al ingeniero Cárdenas?

A raíz de la foto que subí anoche, al lado del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, algunos seguidores me han preguntado cómo es que se dio tal encuentro. Les cuento. El día 10 de febrero de 2017, escribi en mi (añorada) columna "Cámara húngara", en MILENIO, un artículo al que intitulé "Anímese, ingeniero". Cuauhtémoc lo leyó, le agradó y me buscó. Hablamos por teléfono y me invitó a visitarlo en su apartamento en Polanco, cerca del parque Lincoln. Ahí nos reunimos pocos días después, le regalé un ejemplar de mi novela Emiliano, que había aparecido el día 5 de ese mismo mes, y él a su vez me obsequió un ejemplar de su libro Cárdenas por Cárdenas. Obviamente, ambos le pusimos dedicatoria a cada volumen. A continuación les comparto aquella columna mía que me dio la oportunidad de conocer en persona al ingeniero y convivir durante un más que agradable rato con él, con su esposa Celeste y con su hija Camila..

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¡Anímese, ingeniero!
Hugo García Michel
De unos días para acá, la figura del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas ha vuelto a estar en el candelero. A raíz de la aparición de su libro Cárdenas por Cárdenas, biografía de don Lázaro escrita por su vástago y editada por Debate, el presidente fundador del hoy maltratadísimo y casi agonizante Partido de la Revolución Democrática ha vertido una buena cantidad de declaraciones críticas acerca de la realidad del país y sobre la izquierda mexicana. Sus palabras han hecho pensar a muchos que el ingeniero está de regreso y en buena forma, como para aspirar a algo que vaya más allá de la mera presentación del volumen sobre su ilustre progenitor. De hecho, hay quienes proponen que regrese a la política activa e incluso que busque ser candidato en las próximas elecciones presidenciales. ¿Buena idea? ¿Mero delirio? Veamos.
Si revisamos a los hoy presidenciables de los diversos partidos, podemos recordar la vieja frase del nefasto Rubén Figueroa, cuando dijo aquello de “la caballada está flaca” y aunque tal vez no esté tan flaca como en otras ocasiones, no se vislumbra una personalidad de altos vuelos en el panorama político nacional.
Entre un López Obrador que va por su tercer intento y que en estos momentos encabeza las encuestas (sin que ello sea garantía de cosa alguna), una Margarita Zavala que comienza a descender en las mismas, un dubitativo Mancera y los nombres que se barajan en el PRI (desde Videgaray hasta Osorio Chong) y en los independientes, no hay todavía alguien que pueda convencer realmente a la mayoría de los votantes.
En ese contexto, me parece que la figura de Cuauhtémoc Cardenas lograría concitar grandes simpatías y quizás amalgamar a muchos que no encontramos opciones convincentes. Su historial personal y político le da un valor indisputable. No veo hoy día a una personalidad más fuerte en el horizonte y aun cuando no se ha pronunciado al respecto, yo le diría con sincero entusiasmo: ¡anímese, ingeniero!

miércoles, 28 de octubre de 2026

El ingeniero Cárdenas

Hace nueve años de esta foto. Esa noche intercambiamos libros (yo le llevé un ejemplar de mi novela Emiliano y el me obsequió un volumen de Cárdenas, la obra que escribió sobre su papá). La foto nos la hizo su esposa Celeste, quien lamentablemente fallecería cuatro años después. Ambos fueron unos anfitriones exquisitos y amabilísimos. Me tomé un whisky con el ingeniero (que él mismo preparó) y también estuvo presente su hija Camila. Una noche que nunca olvidaré. Descanse en paz Cuauhtémoc Cárdenas, un verdadero hombre de izquierda. Ya se encuentra ahora al lado de su amada Celeste

sábado, 24 de octubre de 2026

Bernarda


El sol de las cuatro de la tarde caía a plomo sobre el sur de la Ciudad de México, calentando el asfalto y la paciencia de Esteban. A sus setenta y un años, con la próstata en situación de tregua inestable y un negro saco de pana que le quedaba un poco grande de los hombros, estaba sentado en una banca del Zócalo de Tlalpan. Tenía las manos sudorosas, cosa ridícula a su edad, y una sensación de indigestión que no sabía si atribuir a los nervios o a las gorditas de chicharrón que se había zampado la noche anterior.

  Todo aquel enredo era culpa del internet. Tres semanas atrás, mientras revisaba Facebook en su celular, terminó por aceptar la solicitud de amistad de una tal Bernarda que decía conocerlo de muchos años atrás. Al principio, él no la recordó. Ella le dijo que hiciera memoria y luego de algunos esfuerzos pudo acordarse. 

  Cerca de medio siglo atrás, Bernarda era una jovencita de diecisiete años que se sentaba en la segunda fila de su clase de Literatura en una prepa particular, ponía cara de trance al tiempo que él explicaba a López Velarde y, al final del año lectivo de 1979, le había deslizado una carta apasionada entre las páginas de un examen parcial. En la carta, cargada de adjetivos desmesurados, le confesaba un amor eterno, platónico e irremediable. Esteban, quien por ese entonces era un joven profesor de veinticuatro años, recién casado, con apartamento rentado y pretensiones de novelista, guardó la misiva en el fondo de un cajón y no volvió a tocar el tema por prudencia o por cobardía, lo que para el caso venía a ser la misma cosa.

  Ahora, tras un intercambio de mensajes en los que abundaban las caritas sonrientes y las explicaciones gratuitas, resultaba que Bernarda tenía sesenta y cuatro años, un divorcio recién firmado y muchas ganas de “reconectar con el pasado”. Esteban, viudo desde hacía una década y harto de la sopa Maruchan, había aceptado la cita con la torpe ilusión de los viejos que se creen personajes de novela.

  Una campanita en el teléfono lo sacó de sus cavilaciones; era un mensaje de Whatsapp: “Ya me bajé del micro. Estoy en San Fernando, a dos cuadras del centro de Tlalpan”.

  A Esteban le entró un pánico desmedido. Se dio cuenta de que la memoria es una estafadora profesional. Él recordaba a Bernarda como un espectro juvenil con olor a jabón de tocador y una cabellera abundante; pero la realidad dictaba que estaba a punto de encontrarse con una señora sesentona a la que el matrimonio fallido le habría dejado, probablemente, el mismo ceño fruncido que a todos los que pasan por ese trance. Peor aún: ¿qué iba a ver ella? Un viejo con tres pelos canos mal peinados sobre una calva incipiente, un caminar vacilante con tendencia a los tropezones y la incómoda mala costumbre de hablar de sus achaques.

  Se imaginó el cuadro: dos veteranos que se miran con lástima disimulada frente a la mesa de un café, tratando de encajar de manera un tanto forzada el recuerdo de 1979 en la compartida decadencia de 2026.

  Sintió unos deseos fervientes de levantarse, meterse al primer taxi que pasara y atrincherarse en su casa para ponerse a ver Netflix. Podía mandarle un mensaje más tarde y echarle la culpa al tránsito, al estómago o a alguna repentina cita médica.

  Estaba apoyando las manos en el hierro de la banca para emprender la cobarde huida, cuando una mujer con un delgado suéter de deslavado color carmín y lentes de armazón grueso apareció por uno de los pasillos que conducían al kiosko. Caminaba con paso decidido, mientras esquivaba a las palomas y buscaba con la mirada entre los parroquianos de la plaza.

  Esteban se quedó petrificado, a medio levantar, en una postura poco elegante que lo hacía parecer un pajarraco disecado. Bernarda detuvo el paso, se acomodó los anteojos y fijó la vista en él.

  Durante dos segundos que parecieron eternos, el fantasma de la muchacha de diecisiete años y la señora del suéter carmín flotaron en el aire. De pronto, ella soltó una risa franca, una de esas risas de quien ya nada le debe a nadie, y caminó directo a él. Esteban suspiró, volvió a sentarse y pensó que, después de todo, la huida era demasiado fatigosa para una tarde en la que hacía tanto calor.

martes, 20 de octubre de 2026

Primera derrota de la temporada

Se perdió el invicto. Ni hablar. El Barcelona fue batido en París, en el Parque de los Príncipes, por el que quizá sea en este momento el mejor equipo de Europa y, por ende, del mundo: el Paris Daint-Germain. Fue un partidazo y el Barça fue un digno rival. Creo que el marcador de 4 a 2 en favor del equipo parisino no refleja la realidad del juego que hasta el minuto 80 estaba empatado a dos. Fueron errores puntuales de algunos defensas y los cambios debilitantes que hizo Hansi Flick los que determinaron el resultado final. Sin embargo, no es para entrar en pánico. El absoluto. Es la primera derrota en doce partidos (nueve de Liga y tres de Champions) y el equipo a pesar de todo se mentiene al más alto nivel (juegazo de Xavi Espart, por cierto, quien metió un muy buen gol y defendió a la perfección; el otro gol fue una maravilla de Lamine Yamal, aunque esta vez no fue su mejor partido). Vamos el domingo contra el Real Madrid en el clásico y espero que ahí se retome el camino victorioso.

lunes, 19 de octubre de 2026

Los conservadores (Texto de René González)

Los conservadores no son muy populares que digamos en Latinoamérica en general y en México en particular, pero sí existe una rica tradición cultural conservadora.

Los considerados padres fundadores de ella fueron el inglés Edmund Burke y el francés Joseph de Maistre, cuyas ideas se popularizaron como reacción a los excesos de la Revolución Francesa.
Dentro de esa tendencia intelectual se pueden agrupar: Samuel Coleridge, Thomas Carlyle, el muy relevante Alexis de Tocqueville, incluso Auguste Comte, Hillaire Belloc, el genial G. K. Chesterton, Rudyard Kipling, John Ruskin, Nathaniel Hawthorne, Evelyn Waugh (Ibargüengoitia era fan), Charles Maurras, George Santayana, T.S. Elliot, quizá Ray Bradbury, Leo Strauss, Roger Scruton…
Los intelectuales conservadores de habla hispana son, como decirlo, un poco demasiado inasibles, difíciles de encasillar en una tendencia.
Conservadores seguros son Jaime Balmes y Marcelino Menéndez Pelayo. Pero Alfonso Reyes, Miguel de Unamuno y no se diga José Ortega y Gasset, pendulan de un polo a otro. Incluso, Ortega y Gasset declaró «Ser de izquierda es, como lo es ser de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil; ambas, en efecto, son formas de hemiplejia moral».
Octavio Paz es otro muy difícil de catalogar con una etiqueta política.
'Gracias' a la revolución castrista, el peruano Mario Vargas Llosa derivó de intelectual de rabiosa izquierda a icono conservador.
Hace poco más de 2 años, Sergio Fanjul hizo una encuesta que se publicó en El País:
«Treinta expertos, entre políticos, académicos, periodistas o editores, de diferentes ámbitos ideológicos, han votado para hallar los treinta pensadores más influyentes en la derecha actual. La lista resume su diversidad ideológica, entre liberales, conservadores o teóricos de la nueva derecha. Los nombres resultantes, por orden de importancia, son estos: Friedrich Hayek, Edmund Burke, Carl Schmitt, Alexis de Tocqueville, Roger Scruton, Michael Oakeshott, José Ortega y Gasset, Ayn Rand, Raymond Aron y Alain de Benoist. Fuera de la lista de los 10 primeros, aunque cerca de sus límites, han resultado otros nombres de peso como Francis Fukuyama, Isaiah Berlin, Murray Rothbard, Milton Friedman, Ludwig Von Mises, Adam Smith, Joseph de Maistre, Joseph Ratzinger o Jordan Peterson.»
Un intelectual conservador atípico e inclasificable es el colombianpo Nicolás Gómez Dávila: crítico de la modernidad, del progresismo inculto y hasta de la democracia. Un intento de etiquetar su pensamiento es declararlo teología política.
Van algunas de sus perlas:

• «Nada más peligroso que resolver problemas transitorios con soluciones permanentes».
• «Con buen humor y pesimismo no es posible ni equivocarse ni aburrirse».
• «Las ideas de izquierda engendran las revoluciones, las revoluciones engendran las ideas de derecha».
• «El libro no educa a quien lo lee con el fin de educarse».
• «El placer es el relámpago irrisorio del contacto entre el deseo y la nostalgia».
• «La idea inteligente produce placer sensual».
• «La sociedad del futuro: una esclavitud sin amos».
• «En un siglo donde los medios de publicidad divulgan infinitas tonterías, el hombre culto no se define por lo que sabe sino por lo que ignora».
• «Cualquiera tiene derecho a ser estúpido, pero no a exigir que veneremos sus estupideces».
• «Aún cuando la humildad no nos salvara del infierno en todo caso nos salva del ridículo».
• «La vida es un combate cotidiano contra la estupidez propia».
El Nietzsche de los Andes, le han dicho…

domingo, 18 de octubre de 2026

Nadie es libre


Leo una "historia" de Facebook escrita por una querida amiga en la que con afanes militantes clama que "nadie es libre en el capitalismo". Bueno, tampoco en el feudalismo, en el esclavismo y mucho menos -¡mucho menos!- en el socialismo. La historia lo comprueba.

sábado, 17 de octubre de 2026

Buenos días, tristeza

Hace tres o cuatro años leí está magnífica novela distópica de Houellebecq, en la que plantea el escenario escalofriante de una Francia dominada por el islamismo. Lo que se está viviendo ahí y en varios países de Europa y cuya cara (cubierta) se mostró el día de ayer no deja de estremecer a quienes amamos la cultura y la civilización de Occidente. El incendio que acabó con el Hotel de Ville de Limonges me recordó lo sucedido con el Palacio de las Tullerías de París en 1871, al que el fuego desapareció para siempre. Ya sé que algunas "buenas" y políticamente correctas opiniones, con sus banderitas verdinegras incluidas, vendrán a acusarme de facho y demás sandeces. Ni modo, es mi manera de ver hoy las cosas y preocuparme por ellas.

viernes, 20 de febrero de 2026

De Émile Zola a Sandra Ferrer Valero

No deja de ser fascinante cómo internet puede llevarte de la mano de un lugar a otro, de un tema a otro. Hace un rato estaba yo metido en el capítulo IV de la espléndida novela Nana, de Emile Zola (noveno libro de la saga naturalista de veinte títulos "Los Rougon-Macquart") cuando quise acordarme del año de su publicación y me entró la duda. Busqué el dato en Google y confirmé que fue editado en 1880. Al lado de la información me apareció la imagen de un cuadro del pintor francés Édouard Manet llamado "Nana" y me interesó saber si lo había realizado a raíz de la novela de Zola. No fue así: el precioso óleo de una mujer en ropa interior (ver imagen) es de 1877 y, en todo caso, la relación entre pintura y novela podría ser al revés: que el escritor se haya inspirado en el cuadro para caracterizar físicamente al personaje de la prostituta Nana (pronúnciese Naná). Vi entonces que la pintora impresionista Berthe Morisot (quien mantuvo con Manet una especie de romance platónico, en una conmovedora historia de amor que por cierto incluyo en la novela sobre París que estoy escribiendo) también tenía un cuadro parecido, con una mujer frente al espejo de su tocador. Me metí a leer sobre ese cuadro y ahí vi que otra pintora contemporánea (y rival profesional y de amores de Morisot), la parisina Eva Gonzalès (así se escribe en francés y la acentuación recae en la última sílaba, como todas las palabras en ese idioma), había pintado cuadros con el mismo motivo. Me fui a Wikipedia para ver otras pinturas (espléndidas todas) de Gonzalès y en las referencias finales me apareció un libro en el que viene su biografía: Mujeres en la historia, de la escritora catalana Sandra Ferrer Valero (1976). Bueno, ya descargué el libro de esta autora a quien yo desconocía hasta hoy, junto con otros tres títulos suyos (Mujeres silenciadas en la Edad Media, Breve historia de la mujer y Breve historia de Isabel la Católica).

Así fue el periplo de este mediodía por la red: de Zola a Ferrer Valero, pasando por tres artistas del impresionismo: Manet, Morisot y Gonzalès. Resultó tan fascinante como divertido.

sábado, 3 de enero de 2026

2025, un balance personal

¿Que cómo fue mi 2025? Yo diría que bueno a secas, con un inicio muy malo, cuando después de dieciséis años de coordinar la sección de música del sitio de la revista "Nexos" me comunicaron que ya no seguiría y me quedé desempleado. Esto se combinó con la cancelación, por parte de la amiga que iba a ir conmigo, del viaje a París que realizaríamos juntos en la primera quincena de abril y que incluía asistir al concierto de The Warning en el legendario teatro Olympia. Por fortuna, logré que un fan parisino del grupo me comprara los boletos un día antes de la presentación, pero sí me dolió no poder asistir. Por suerte pude verlas en el primero de los tres conciertos que dieron en el Auditorio Nacional en febrero y al que fui con mi hijo Alain. Y bien, la suspensión o posposición del viaje me permitió contar con un fondo de resistencia ante mi inesperada situación económica. Ante ella y sabiendo que a mi edad sería muy difícil conseguir trabajo, tuve que reinventarme y convertirme en youtuber, al abrir mi canal "Bajo Presupuesto", al que estoy tomando como mi nuevo empleo y que ha empezado bastante bien, con ya más de tres mil seguidores en diez meses de existencia y una monetización inicial pequeña que espero vaya creciendo en este 2026. Es además una actividad muy divertida que me remite a mis tiempos de director de "La Mosca en la Pared". Por otra parte, publiqué mi cuarta novela, "Cristóbal", relato acerca de un vampiro chilango a lo largo de varios siglos de historia de la Ciudad de México y que ya está a la venta en Amazon para quien guste comprarla y leerla. Otra satisfacción fue el tricampeonato de mi amado Barça y lo bien que está jugando bajo las órdenes de Hansi Flick. En cuanto a los míos -mis hijos, mis hermanas, mis primas y primos, mis sobrinas y sobrinos, mis amigas (una de mis más cercanas se alejó porque agarró novio, pero otra muy entrañable reapareció muy felizmente), mis amigos y mi demás gente querida-, en general todo bien. Sólo escribí una canción este año, debido a que por un leve problema contractural durante varios meses no pude tocar la guitarra. Sin embargo, ya estoy prácticamente bien de eso. Tengo muchos planes para 2026. Estoy escribiendo una nueva novela, con el tema de otra de mis grandes pasiones: la ciudad de París. También ya tengo listos tres libros para irlos publicando en Amazon, entre ellos la segunda edición de mi novela "Emiliano". Muy posiblemente se inicie la grabación de mi segundo disco y tengo otras sorpresitas más que por el momento no mencionaré. Salud, dinero y amor, decía una vieja canción. Eso les deseo a todos ustedes para este nuevo año, aunque nos haya metido un susto con un temblor (que por cierto no sentí) apenas en su segundo día. Ah, este año habrá nuevo álbum de The Warning y para junio será el Mundial de fut. ¡Salud!

martes, 30 de diciembre de 2025

La baronesa de la libertad

Justo al final del año termino de leer mi vigésimo libro de estos doce meses del 2025 y vaya joya. El investigador, traductor y novelista español Xavier Roca-Ferrer ha escrito una enorme biografía de este monumental personaje femenino de fines del siglo XVII y principios del siglo XVIII. Germaine Necker, mejor conocida como Madame de Stäel, fue una escritora muy notable, pero sobre todo una formidable mujer política cuya influencia en la Europa de su época resultó fundamental. La gran enemiga de Napoleón Bonaparte, quien la envió al exilio durante quince años, tuvo una vida apasionada y apasionante. De sexualidad desbordada y con toda una cohorte de hombres que la frecuentaban a pesar de su poco atractivo físico (que contrastaba con su irresistible atractivo intelectual), entre ellos personajes como Talleyrand o Benjamin Constant, su tremenda personalidad sigue siendo venerada en Francia, aunque en el resto del mundo sea hoy tan desconocida. Un librazo el de Roca-Ferrer, de quien ya tengo en espera para ser leída su biografía precisamente de Talleyrand, ese diablo cojuelo que dejaba a Maquiavelo como niño de guardería.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Treinta y cuatro años...

Hoy hace 34 años que mi papá partió de esta dimensión para estar en otra, desde la cual nos cuida a sus hijos, sobrinos y nietos. Juan Rubén García Ayala, todos los días presente en mi vida.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Comida familiar de fin de año

Muy linda y grata comida familiar de fin de año, en un restaurante oaxaqueño del Centro de Tlalpan, hoy sábado 27, con mis hermanas Myrna e Ivette, mi cuñado Jorge y mi sobrino Carlos. 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Paseo matinal


Una linda incursión por el Centro de mi Tlalpan este 25 de diciembre a mediodía, con mi querida Estefania. Pueblo fantasma.

martes, 23 de diciembre de 2025

La Juana de Arco de Mark Twain

Mi libro número 19 del año fue está novela para mí inesperada, ya que no sabía que el gran Mark Twain, uno de mis escritores favoritos de adolescencia, había escrito sobre la gran heroína de Francia. Espléndida narración y una historia conmovedora. Tan amena como Las aventuras de Tom Sawyer y tan entretenida como El príncipe y el mendigo, con toda la grandeza literaria de Huckleberry Finn. Una novela magnífica.