Me entero de que ayer falleció la actriz Meche Carreño, a los 74 años de edad. Muy triste noticia. Fue uno de mis sex symbols cuando yo tenía 13 o 14 años. Creo que lo fue para muchos de mi generación. Hasta fotos suyas recortaba yo y formó parte del elenco de mis ensueños onanistas de adolescencia. A decir verdad, no era muy buena para actuar, pero su sola presencia en la pantalla desbordaba una cachondería muy particular y muy provocativa. Descanse en paz.
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viernes, 22 de julio de 2022
sábado, 26 de febrero de 2022
jueves, 27 de enero de 2022
lunes, 24 de enero de 2022
jueves, 14 de enero de 2021
lunes, 4 de enero de 2021
domingo, 1 de noviembre de 2020
lunes, 7 de septiembre de 2020
martes, 18 de agosto de 2020
miércoles, 27 de mayo de 2020
sábado, 15 de febrero de 2020
sábado, 25 de enero de 2020
jueves, 16 de enero de 2020
jueves, 27 de junio de 2019
Rojo sangre
Eran más de las doce de la noche. Me había quedado en la redacción del diario para corregir algunos reportajes pendientes. El pequeño rincón donde se encontraba la sección de cultura y espectáculos lucía por completo solitario. Me gustaba esa soledad, sabía disfrutarla. De pronto, cuando más concentrado estaba en la revisión de un texto sobre la corrupción en cierta sociedad de escritores mexicanos, pude sentir su presencia a mis espaldas. Por algunos segundos me quedé inmóvil, sin saber qué hacer. Fingí que seguía trabajando y entonces escuché una voz que resumía buena parte de lo que puede volver atrayente a una mujer: dulzura, sensualidad, calidez, firmeza; era una pronunciación perfecta, con una entonación grave e intencionada.
–Sabía que ibas a estar aquí –dijo.
Me volví con lentitud para alargar el tiempo, para prolongarlo con el fin de retardar el momento, mágico o decepcionante, en el cual mis ojos descubrieran a la dueña de aquella voz. Ganó la magia. Era una hembra de belleza sobrehumana, con el rostro más sublimemente cincelado que había yo visto en mi vida. Sus iris de miel me contemplaban sonrientes, como sonriente era su naricilla respingada, como sonrientes eran, claro está, sus labios carnosos, afrancesados.
–Sabía que ibas a estar aquí –repitió.
Yo estaba mudo, no atinaba a pronunciar palabra. Y ella seguía sonriéndome. Me sonreía también, de algún modo, de muchos modos, con su cuerpo esbelto y flexible, con sus pechos desnudos bajo la ajustada y delgada licra de su vestido rojo fuego rojo sangre rojo lava, con su cintura abreviada que dejaba adivinar un ombligo de hondura prodigiosa, con sus piernas de palmera enfundadas por aquellas invitantes medias negras.
–¿No te acuerdas de mí? –preguntó, mientras ladeaba apenas la cabeza, con paradójico candor infantil.
Por todos los santos. ¿Cómo iba a acordarme de aquella hembra de rubia y suave cabellera si nunca antes la había visto? Portento tal jamás se habría borrado de mi memoria, tan presta a olvidar los rostros de los varones y tan exacta al guardar los de las damas. No, eso hubiera sido imposible.
–La verdad es que no –aventuré titubeante, abrumado por aquel sol.
–Fue hace cinco años, cuando fuiste a dar un curso a mi tierra, Mexicali. Yo era tu alumna. Me impresionaste tanto con tu sapiencia, tu simpatía, tu facilidad de palabra. Desde entonces no he dejado de pensar en ti, de soñar con que volvieras allá y pudiéramos conversar, conocernos, profundizar el uno en el otro. Imaginé tantas cosas, pero el tiempo transcurrió y de ti sólo sabía por lo que escribías en el periódico. Hasta que desesperé y decidí venir a la montaña.
Quise recordarla, pero por más esfuerzos que hice no fui capaz de conseguirlo. Quién sabe. Quizás en ese tiempo ella era una adolescente delgaducha e intrascendente que se confundía entre la masa de quienes acudieron a mi curso. Aunque, ¿cuál curso? Nunca di un curso en Mexicali. Ni siquiera estuve alguna vez en esa ciudad. Ella mentía. Mentía abiertamente. Y sin embargo, no me atreví a contradecirla. Y mentí de igual modo.
–Claro, ya me estoy acordando de ti. En Mexicali, sí.
Su sonrisa se hizo más deslumbrante. Sus dientes eran como perlas recién salidas del mar. No dejaba de sonreír, mas tampoco decía cosa alguna, lo cual resultaba bastante embarazoso.
–Bueno, estoy a punto de partir, no sé si te gustaría ir a algún lugar para tomar una copa –dije por decir algo.
–Me encantaría.
Me olvidé de lo que estaba haciendo antes de su sorpresiva llegada, apagué la computadora y me apresuré a tomar mi chamarra.
–¿Vamos?
Salimos a la calle. A pesar de la avanzada hora, el clima era muy agradable. Todo parecía perfecto. Ella me tomó del brazo y juntos caminamos, sin prisas, hasta un bar cercano. Entramos y las miradas de los escasos parroquianos se concentraron en nuestra presencia. A ella, los hombres la observaban con lascivia; a mí, con envidia. Ocupamos una mesa solitaria, íntima, al fondo del salón. Ordené una botella del mejor ron y hielo, mucho hielo. Tenía antojo de beberlo así, en las rocas, y mi compañera estuvo de acuerdo. Mientras el mesero regresaba, ella se disculpó con la frase eufemística de que iba al tocador. La vi alejarse. La esférica redondez de sus nalgas era un absoluto geométrico.
Llegaron la botella, los hielos, los vasos. Decidí aguardar a que ella retornara. Una destartalada sinfonola dejaba escuchar las voces y las guitarras de un trío, el cual interpretaba una melodía que me pareció familiar, si bien mi incultura bolerística me impidió reconocerla. Eché una ojeada alrededor. Ya nadie me observaba. Era preferible. Los minutos fueron pasando, uno tras otro, y ella no regresaba. Comencé a inquietarme. Pensé en servirme un poco de ron, pero la caballerosidad me obligaba a esperar a mi invitada. Un cuarto de hora, media hora. Mis dedos tamborileaban cada vez más impacientes sobre la mesa. Al notar mi nerviosismo el mesero se me acercó.
–¿Algún problema, señor?
–No... Es decir, sí... La señorita que llegó conmigo... Bueno, ella entró al baño hace un buen rato y no ha salido. ¿Podría alguien ir a ver si se encuentra bien?
El tipo me miró como se mira a un desquiciado. Y me habló muy acomedido.
–Disculpe el señor, pero usted llegó solo.
Sus palabras me traspasaron como alfileres.
–Oiga, no. Mi acompañante es una mujer de muy buen ver. Rubia. Trae un vestido rojo y medias negras. Todo el mundo se fijó en ella cuando entramos. Imposible que usted mismo no la haya visto.
Esta vez su mirada fue casi de lástima y me siguió la corriente.
–Si el señor lo dice es porque así debe ser. Nos cercioraremos de que a la señorita nada le haya pasado.
No dijo más y se alejó, moviendo la cabeza en señal de compasión. Era obvio que me tomaba por un borracho loco. Decidí entonces servirme una buena porción de licor y la apuré con exasperación. Me serví una más y vaso en mano, me levanté de la mesa y dirigí mis pasos al baño de damas. Nadie me vio entrar y nadie había en su interior. Estaba por completo vacío. Me sentí ridículo, burlado; aquella infame me había visto la cara de imbécil, tal vez pagada –pensé– por alguno de mis múltiples enemigos. Iba a salir de los sanitarios, cuando vi algo que me heló la sangre.
Dibujada en la pared estaba la imagen de una mujer rubia, preciosa, de cuerpo perfecto, ataviada con un ajustado vestido rojo y medias de negro tejido. Era terriblemente real. Y me miraba. Me miraba desde aquellos iris de miel y desde aquella sonrisa que de pronto se había tornado sarcástica, juguetona, desafiante. Lo único que se me ocurrió entonces fue alzar mi vaso, verla a la cara y brindar con ella.
–Sabía que ibas a estar aquí –dijo.
Me volví con lentitud para alargar el tiempo, para prolongarlo con el fin de retardar el momento, mágico o decepcionante, en el cual mis ojos descubrieran a la dueña de aquella voz. Ganó la magia. Era una hembra de belleza sobrehumana, con el rostro más sublimemente cincelado que había yo visto en mi vida. Sus iris de miel me contemplaban sonrientes, como sonriente era su naricilla respingada, como sonrientes eran, claro está, sus labios carnosos, afrancesados.
–Sabía que ibas a estar aquí –repitió.
Yo estaba mudo, no atinaba a pronunciar palabra. Y ella seguía sonriéndome. Me sonreía también, de algún modo, de muchos modos, con su cuerpo esbelto y flexible, con sus pechos desnudos bajo la ajustada y delgada licra de su vestido rojo fuego rojo sangre rojo lava, con su cintura abreviada que dejaba adivinar un ombligo de hondura prodigiosa, con sus piernas de palmera enfundadas por aquellas invitantes medias negras.
–¿No te acuerdas de mí? –preguntó, mientras ladeaba apenas la cabeza, con paradójico candor infantil.
Por todos los santos. ¿Cómo iba a acordarme de aquella hembra de rubia y suave cabellera si nunca antes la había visto? Portento tal jamás se habría borrado de mi memoria, tan presta a olvidar los rostros de los varones y tan exacta al guardar los de las damas. No, eso hubiera sido imposible.
–La verdad es que no –aventuré titubeante, abrumado por aquel sol.
–Fue hace cinco años, cuando fuiste a dar un curso a mi tierra, Mexicali. Yo era tu alumna. Me impresionaste tanto con tu sapiencia, tu simpatía, tu facilidad de palabra. Desde entonces no he dejado de pensar en ti, de soñar con que volvieras allá y pudiéramos conversar, conocernos, profundizar el uno en el otro. Imaginé tantas cosas, pero el tiempo transcurrió y de ti sólo sabía por lo que escribías en el periódico. Hasta que desesperé y decidí venir a la montaña.
Quise recordarla, pero por más esfuerzos que hice no fui capaz de conseguirlo. Quién sabe. Quizás en ese tiempo ella era una adolescente delgaducha e intrascendente que se confundía entre la masa de quienes acudieron a mi curso. Aunque, ¿cuál curso? Nunca di un curso en Mexicali. Ni siquiera estuve alguna vez en esa ciudad. Ella mentía. Mentía abiertamente. Y sin embargo, no me atreví a contradecirla. Y mentí de igual modo.
–Claro, ya me estoy acordando de ti. En Mexicali, sí.
Su sonrisa se hizo más deslumbrante. Sus dientes eran como perlas recién salidas del mar. No dejaba de sonreír, mas tampoco decía cosa alguna, lo cual resultaba bastante embarazoso.
–Bueno, estoy a punto de partir, no sé si te gustaría ir a algún lugar para tomar una copa –dije por decir algo.
–Me encantaría.
Me olvidé de lo que estaba haciendo antes de su sorpresiva llegada, apagué la computadora y me apresuré a tomar mi chamarra.
–¿Vamos?
Salimos a la calle. A pesar de la avanzada hora, el clima era muy agradable. Todo parecía perfecto. Ella me tomó del brazo y juntos caminamos, sin prisas, hasta un bar cercano. Entramos y las miradas de los escasos parroquianos se concentraron en nuestra presencia. A ella, los hombres la observaban con lascivia; a mí, con envidia. Ocupamos una mesa solitaria, íntima, al fondo del salón. Ordené una botella del mejor ron y hielo, mucho hielo. Tenía antojo de beberlo así, en las rocas, y mi compañera estuvo de acuerdo. Mientras el mesero regresaba, ella se disculpó con la frase eufemística de que iba al tocador. La vi alejarse. La esférica redondez de sus nalgas era un absoluto geométrico.
Llegaron la botella, los hielos, los vasos. Decidí aguardar a que ella retornara. Una destartalada sinfonola dejaba escuchar las voces y las guitarras de un trío, el cual interpretaba una melodía que me pareció familiar, si bien mi incultura bolerística me impidió reconocerla. Eché una ojeada alrededor. Ya nadie me observaba. Era preferible. Los minutos fueron pasando, uno tras otro, y ella no regresaba. Comencé a inquietarme. Pensé en servirme un poco de ron, pero la caballerosidad me obligaba a esperar a mi invitada. Un cuarto de hora, media hora. Mis dedos tamborileaban cada vez más impacientes sobre la mesa. Al notar mi nerviosismo el mesero se me acercó.
–¿Algún problema, señor?
–No... Es decir, sí... La señorita que llegó conmigo... Bueno, ella entró al baño hace un buen rato y no ha salido. ¿Podría alguien ir a ver si se encuentra bien?
El tipo me miró como se mira a un desquiciado. Y me habló muy acomedido.
–Disculpe el señor, pero usted llegó solo.
Sus palabras me traspasaron como alfileres.
–Oiga, no. Mi acompañante es una mujer de muy buen ver. Rubia. Trae un vestido rojo y medias negras. Todo el mundo se fijó en ella cuando entramos. Imposible que usted mismo no la haya visto.
Esta vez su mirada fue casi de lástima y me siguió la corriente.
–Si el señor lo dice es porque así debe ser. Nos cercioraremos de que a la señorita nada le haya pasado.
No dijo más y se alejó, moviendo la cabeza en señal de compasión. Era obvio que me tomaba por un borracho loco. Decidí entonces servirme una buena porción de licor y la apuré con exasperación. Me serví una más y vaso en mano, me levanté de la mesa y dirigí mis pasos al baño de damas. Nadie me vio entrar y nadie había en su interior. Estaba por completo vacío. Me sentí ridículo, burlado; aquella infame me había visto la cara de imbécil, tal vez pagada –pensé– por alguno de mis múltiples enemigos. Iba a salir de los sanitarios, cuando vi algo que me heló la sangre.
Dibujada en la pared estaba la imagen de una mujer rubia, preciosa, de cuerpo perfecto, ataviada con un ajustado vestido rojo y medias de negro tejido. Era terriblemente real. Y me miraba. Me miraba desde aquellos iris de miel y desde aquella sonrisa que de pronto se había tornado sarcástica, juguetona, desafiante. Lo único que se me ocurrió entonces fue alzar mi vaso, verla a la cara y brindar con ella.
miércoles, 22 de mayo de 2019
Una pelirroja
Hay horas de la noche en las cuales la actividad suele hacerse más febril. Esto tiene que ver tanto con los días laborables como con las jornadas de supuesto descanso. Cuando trabajo, me gusta meterme de lleno en la misión creativa que significa dirigir, coordinar, diseñar, llevar a buen puerto a una sección diaria de cultura y espectáculos. Esto quiere decir, por otro lado, que me contraría ser interrumpido por cosas que en esos momentos nada tienen que ver con mis tareas. Fue debido a ello que en un principio me irrité cuando aquella pelirroja invadió mi cubículo y sin la menor consideración, me desconcentró de lo que hacía.
–Una caricia por tus pensamientos -fue lo que me dijo, con una familiaridad que exasperó mi cotidiana neurosis.
Era bella, sin duda alguna. Más que bella. Su rostro y la parte visible de su pecho combinaban a una piel blanquísima con una enorme cantidad de pecas. Sus ojos eran verdes, acuáticos, y reflejaban una intensidad que me obligó a dejar todo lo que estaba haciendo y contemplarla.
–¿Nos conocemos? -pregunté.
–No –respondió ella en seguida, para agregar no sin cierta retadora ironía:– ¿Importa acaso?
Me quedé mudo. ¿De qué se trataba aquella súbita aparición, aquella sonrisa desafiante? Me tomó de la mano y siguió con su río de palabras.
–No te preocupes. No vine a traerte poemario alguno ni a pedirte que me des la oportunidad de publicar en tus páginas. Tampoco busco trabajo. De hecho, estoy aquí para ofrecerte algo que no puedes rechazar.
Un repentino dejo de fastidio me hizo acomodarme en mi silla.
–Creo que no entiendo –le dije, sin ocultar mi desconfianza.
–Yo sé que estás muy a gusto en este periódico, pero pienso que te queda chico; con tu inteligencia, tu capacidad y tu talento deberías estar dirigiendo algo mucho mejor.
Mis reservas se transformaron en franco recelo.
–Perdóneme, señorita, pero yo no tengo intención alguna de dejar mi trabajo. La verdad estoy muy ocupado y...
–No seas ridículo –me atajó con tono seco e incluso agresivo–. La oferta que te traigo es algo que jamás se repetirá en tu vida.
Llevaba desabotonados los dos ojales superiores de su roja blusa de seda y al inclinarse hacia mí, pude darme cuenta de que no llevaba sostén. Sus senos eran espléndidos en su epidérmica firmeza.
Quise ser paciente, aunque a cada momento me sentía más irritado, a pesar de la incontestable hermosura de la intrusa.
–Mire, no quiero ser maleducado o grosero con usted, pero no me interesa lo que quiera decirme... y ahora, si me permite...
Iba a darle la espalda, cuando me tomó con fuerza por un hombro.
–No estoy jugando.
Su voz poseía una violencia apenas contenida y continuó ante mi pasmo.
–¿Quién carajos te crees para despreciarme? Un mugriento periodista como tú debería estar de rodillas y darme las gracias por ofrecerle la posibilidad de alejarse para siempre de la grisura en que se encuentra.
En aquel instante, más que enojo sentí azoro. La agraciada pelirroja despotricaba como histérica, al reclamar mi falta de interés por un ofrecimiento que yo aún ignoraba.
–Muy bien, señorita..., ¿o señora? ¿De qué se trata su maravillosa oferta? –le dije con fallida pretensión irónica. Ella pareció calmarse y me miró con sonrisa de superioridad, como si asumiera que me había derrotado.
–De la oportunidad con la cual soñaste toda tu vida. Mira esto.
La tipa sacó de su bolso una revista de temas "femeninos", de muy defectuosa factura, cuyo título me era por completo desconocido, y la puso en mis manos. Yo cada vez entendía menos.
–¿Qué es esto? –pregunté con expresión de desconcierto.
–¿Cómo qué? ¿No lo ves? ¡La mejor publicación para mujeres que hay en este país! –respondió ella enardecida.
–¿Y?
–¿Pues qué no te das cuenta? ¡Vengo a ofrecerte que seas nuestro jefe de redacción!
Me quedé mudo, boquiabierto, sin reacción alguna, con mi vista fija en sus ojos verdes, ansiosos por ver salir de mi boca la aceptación inmediata. Inmediata y agradecida. Pero eso nunca sucedió, aunque traté de ser hipócritamente gentil.
–Muchas gracias, pero no me interesa.
Esta vez fue ricitos de fuego quien se quedó atónita, sin capacidad para dar crédito a lo que yo acababa de decirle. Tuve entonces que repetírselo y fui con toda intención más explícito.
–Pierde su tiempo conmigo. No estoy interesado en su revista, ni en la temática que maneja; mucho menos en ser su jefe de redacción. Porque me imagino que usted es la directora.
Su fino rostro enrojeció más que su cabellera.
–Me habían dicho que eras un perfecto imbécil y me lo acabas de demostrar. Pero además de eso eres un soberbio. ¿Qué pretendías, idiota? ¿Ser tú el director?
Por fin me harté de sus insultos, de sus insolencias sin fin. La tomé no sin brusquedad por un brazo y la conduje hacia el elevador. Los compañeros que atiborraban la sala de redacción nos miraban confundidos. Oprimí el botón y las puertas se abrieron casi en seguida. La mujer no insistió más. De hecho, adoptó una actitud resignada. Antes de despedirse para siempre, me miró con un dejo de inesperada tristeza y pude escuchar sus últimas y melancólicas palabras.
–Es una lástima. ¡Tenía tanto antojo de coger contigo encima de mi escritorio!
–Una caricia por tus pensamientos -fue lo que me dijo, con una familiaridad que exasperó mi cotidiana neurosis.
Era bella, sin duda alguna. Más que bella. Su rostro y la parte visible de su pecho combinaban a una piel blanquísima con una enorme cantidad de pecas. Sus ojos eran verdes, acuáticos, y reflejaban una intensidad que me obligó a dejar todo lo que estaba haciendo y contemplarla.
–¿Nos conocemos? -pregunté.
–No –respondió ella en seguida, para agregar no sin cierta retadora ironía:– ¿Importa acaso?
Me quedé mudo. ¿De qué se trataba aquella súbita aparición, aquella sonrisa desafiante? Me tomó de la mano y siguió con su río de palabras.
–No te preocupes. No vine a traerte poemario alguno ni a pedirte que me des la oportunidad de publicar en tus páginas. Tampoco busco trabajo. De hecho, estoy aquí para ofrecerte algo que no puedes rechazar.
Un repentino dejo de fastidio me hizo acomodarme en mi silla.
–Creo que no entiendo –le dije, sin ocultar mi desconfianza.
–Yo sé que estás muy a gusto en este periódico, pero pienso que te queda chico; con tu inteligencia, tu capacidad y tu talento deberías estar dirigiendo algo mucho mejor.
Mis reservas se transformaron en franco recelo.
–Perdóneme, señorita, pero yo no tengo intención alguna de dejar mi trabajo. La verdad estoy muy ocupado y...
–No seas ridículo –me atajó con tono seco e incluso agresivo–. La oferta que te traigo es algo que jamás se repetirá en tu vida.
Llevaba desabotonados los dos ojales superiores de su roja blusa de seda y al inclinarse hacia mí, pude darme cuenta de que no llevaba sostén. Sus senos eran espléndidos en su epidérmica firmeza.
Quise ser paciente, aunque a cada momento me sentía más irritado, a pesar de la incontestable hermosura de la intrusa.
–Mire, no quiero ser maleducado o grosero con usted, pero no me interesa lo que quiera decirme... y ahora, si me permite...
Iba a darle la espalda, cuando me tomó con fuerza por un hombro.
–No estoy jugando.
Su voz poseía una violencia apenas contenida y continuó ante mi pasmo.
–¿Quién carajos te crees para despreciarme? Un mugriento periodista como tú debería estar de rodillas y darme las gracias por ofrecerle la posibilidad de alejarse para siempre de la grisura en que se encuentra.
En aquel instante, más que enojo sentí azoro. La agraciada pelirroja despotricaba como histérica, al reclamar mi falta de interés por un ofrecimiento que yo aún ignoraba.
–Muy bien, señorita..., ¿o señora? ¿De qué se trata su maravillosa oferta? –le dije con fallida pretensión irónica. Ella pareció calmarse y me miró con sonrisa de superioridad, como si asumiera que me había derrotado.
–De la oportunidad con la cual soñaste toda tu vida. Mira esto.
La tipa sacó de su bolso una revista de temas "femeninos", de muy defectuosa factura, cuyo título me era por completo desconocido, y la puso en mis manos. Yo cada vez entendía menos.
–¿Qué es esto? –pregunté con expresión de desconcierto.
–¿Cómo qué? ¿No lo ves? ¡La mejor publicación para mujeres que hay en este país! –respondió ella enardecida.
–¿Y?
–¿Pues qué no te das cuenta? ¡Vengo a ofrecerte que seas nuestro jefe de redacción!
Me quedé mudo, boquiabierto, sin reacción alguna, con mi vista fija en sus ojos verdes, ansiosos por ver salir de mi boca la aceptación inmediata. Inmediata y agradecida. Pero eso nunca sucedió, aunque traté de ser hipócritamente gentil.
–Muchas gracias, pero no me interesa.
Esta vez fue ricitos de fuego quien se quedó atónita, sin capacidad para dar crédito a lo que yo acababa de decirle. Tuve entonces que repetírselo y fui con toda intención más explícito.
–Pierde su tiempo conmigo. No estoy interesado en su revista, ni en la temática que maneja; mucho menos en ser su jefe de redacción. Porque me imagino que usted es la directora.
Su fino rostro enrojeció más que su cabellera.
–Me habían dicho que eras un perfecto imbécil y me lo acabas de demostrar. Pero además de eso eres un soberbio. ¿Qué pretendías, idiota? ¿Ser tú el director?
Por fin me harté de sus insultos, de sus insolencias sin fin. La tomé no sin brusquedad por un brazo y la conduje hacia el elevador. Los compañeros que atiborraban la sala de redacción nos miraban confundidos. Oprimí el botón y las puertas se abrieron casi en seguida. La mujer no insistió más. De hecho, adoptó una actitud resignada. Antes de despedirse para siempre, me miró con un dejo de inesperada tristeza y pude escuchar sus últimas y melancólicas palabras.
–Es una lástima. ¡Tenía tanto antojo de coger contigo encima de mi escritorio!
martes, 23 de abril de 2019
Un cuento voluntariamente inconcluso
Noté que ella me miraba desde el momento mismo en que tomé asiento ante la mesa donde daría mi conferencia. Se había instalado en primera fila y no me quitaba la vista de encima. Su rostro parecía esculpido por un artista del Renacimiento, así de perfecto y armónico era, y su cuerpo..., Dios, su cuerpo... Jamás vi antes un físico similar.
Luego de las presentaciones de rigor, di inició a mi charla. Hablé del periodismo cultural que se hace en México, de sus vicios, sus problemas, sus limitaciones. Me referí a las mafias que a pesar de un pluralismo aparente, continúan dominando, desde sus muy específicas trincheras, a la llamada alta cultura. Conforme iba desarrollando el tema, la mirada de la soberbia mujer se hacía cada vez más fija y profunda. Sentía que aquellos grandes ojos azules me penetraban y recorrían todo mi cuerpo y toda mi alma. Me provocaban un placer tan intenso que de pronto perdía el hilo de mis ideas. Traté de ignorarla, de concentrarme en la ponencia. Después de todo, me debía a la multitud que había atiborrado el auditorio de aquella universidad de provincia con el solo propósito de escucharme y sin embargo...
Estaba a punto de culminar mi plática cuando así, de repente, ella se levantó de su lugar y me dirigió una inequívoca sonrisa. Era uno de esos gestos, altamente sugerentes, cuyas intenciones no dejan lugar a dudas. Luego encaminó sus pasos rumbo a la salida y por segundos que parecieron centurias enmudecí en la contemplación de sus corpóreas redondeces. Perdí la noción del tiempo y del espacio, hasta darme cuenta de que el público me veía con extrañeza. Un tanto confundido y otro tanto avergonzado, me disculpé y prometí regresar en dos minutos. Hubo murmullos a mi alrededor, al tiempo que corría con grandes zancadas hacia la puerta del auditorio. Al salir, me encontré con ella frente a frente.
-Sabía que vendrías tras de mí -me dijo con expresión triunfal.
Yo no supe qué responder y me perdí en aquellos ojos suyos, profundos como un lago espectral.
-Vamos a un bar -ordenó.
Le dije que era imposible, que el público me aguardaba, que mi responsabilidad y mi profesionalismo me obligaban a retornar a la mesa y terminar mi conferencia.
-Tengo ganas de beber contigo -dijo, aumentando la intensidad de su mirada.
Imposible resistir. La tomé de un brazo y salimos sin volver la vista atrás. La calle lucía solitaria y soplaba un viento helado. Ella se apretujó contra mí y pude sentir uno de sus firmes y magníficos senos sobre mi brazo. Me estremecí, antes de instalarme en el colmo de la felicidad.
-Conozco una pequeña cantina que te va a encantar. Está en la parte baja de un hotel.
La manera insinuante como pronunció la palabra hotel me hizo adivinar las intenciones de la bella dama, cuyo nombre no quise averiguar. De pronto, al cruzar por un penumbroso callejón de la colonial ciudad donde nos encontrábamos, me detuvo en seco, me miró de frente y me dijo algo que aunque esperado no dejaba de resultar asombroso...
Luego de las presentaciones de rigor, di inició a mi charla. Hablé del periodismo cultural que se hace en México, de sus vicios, sus problemas, sus limitaciones. Me referí a las mafias que a pesar de un pluralismo aparente, continúan dominando, desde sus muy específicas trincheras, a la llamada alta cultura. Conforme iba desarrollando el tema, la mirada de la soberbia mujer se hacía cada vez más fija y profunda. Sentía que aquellos grandes ojos azules me penetraban y recorrían todo mi cuerpo y toda mi alma. Me provocaban un placer tan intenso que de pronto perdía el hilo de mis ideas. Traté de ignorarla, de concentrarme en la ponencia. Después de todo, me debía a la multitud que había atiborrado el auditorio de aquella universidad de provincia con el solo propósito de escucharme y sin embargo...
Estaba a punto de culminar mi plática cuando así, de repente, ella se levantó de su lugar y me dirigió una inequívoca sonrisa. Era uno de esos gestos, altamente sugerentes, cuyas intenciones no dejan lugar a dudas. Luego encaminó sus pasos rumbo a la salida y por segundos que parecieron centurias enmudecí en la contemplación de sus corpóreas redondeces. Perdí la noción del tiempo y del espacio, hasta darme cuenta de que el público me veía con extrañeza. Un tanto confundido y otro tanto avergonzado, me disculpé y prometí regresar en dos minutos. Hubo murmullos a mi alrededor, al tiempo que corría con grandes zancadas hacia la puerta del auditorio. Al salir, me encontré con ella frente a frente.
-Sabía que vendrías tras de mí -me dijo con expresión triunfal.
Yo no supe qué responder y me perdí en aquellos ojos suyos, profundos como un lago espectral.
-Vamos a un bar -ordenó.
Le dije que era imposible, que el público me aguardaba, que mi responsabilidad y mi profesionalismo me obligaban a retornar a la mesa y terminar mi conferencia.
-Tengo ganas de beber contigo -dijo, aumentando la intensidad de su mirada.
Imposible resistir. La tomé de un brazo y salimos sin volver la vista atrás. La calle lucía solitaria y soplaba un viento helado. Ella se apretujó contra mí y pude sentir uno de sus firmes y magníficos senos sobre mi brazo. Me estremecí, antes de instalarme en el colmo de la felicidad.
-Conozco una pequeña cantina que te va a encantar. Está en la parte baja de un hotel.
La manera insinuante como pronunció la palabra hotel me hizo adivinar las intenciones de la bella dama, cuyo nombre no quise averiguar. De pronto, al cruzar por un penumbroso callejón de la colonial ciudad donde nos encontrábamos, me detuvo en seco, me miró de frente y me dijo algo que aunque esperado no dejaba de resultar asombroso...
viernes, 23 de noviembre de 2018
Para dártelas de entendido en rock (87)
En su autobiografía Somebody to Love?: A Rock-And-Roll Memoir,
la cantante y compositora Grace Slick (Jefferson Airplane, Jefferson Starship) cuenta que en 1968, durante una gira en la que el Aeroplano alternó con Los Doors, tuvo un encuentro sexual con Jim Morrison.
Todo sucedió una noche en la que ella, excitada por lo mucho que la atraía Morrison, decidió ir hasta la habitación de éste. La entonces joven y muy bella Grace llamóa a la puerta y Jim la invitó a pasar. Cuenta ella que tirados en la cama se comieron un plato de fresas y después tuvieron sexo.
“No fue como en la película Nueve semanas y media, con Kim Basinger y Mickey Rourke usando alimentos como lubricante erótico", cuenta Slick en su libro. "Fue más como un juego de jardín de niños. En aquellos días, él era un muchacho muy apuesto. Su pene era ligeramente mayor que la media y aún era lo bastante joven como para mantener la erección por largo tiempo. También era sorprendentemente amable. De alguna manera, yo había esperado una especie de frenético ritual horizontal. Es interesante; los tipos más maníacos en el escenario pueden ser los amantes más tiernos. Jim me desconcertó con esa expresión como de otro mundo y, al mismo tiempo, sus caderas nunca perdieron ese insistente movimiento de balanceo que parecía un baile”.
Al terminar, ella le dijo que sólo regresaría de nuevo si él se lo pedía, pero Morrison nunca más se lo pidió.
Todo sucedió una noche en la que ella, excitada por lo mucho que la atraía Morrison, decidió ir hasta la habitación de éste. La entonces joven y muy bella Grace llamóa a la puerta y Jim la invitó a pasar. Cuenta ella que tirados en la cama se comieron un plato de fresas y después tuvieron sexo.
“No fue como en la película Nueve semanas y media, con Kim Basinger y Mickey Rourke usando alimentos como lubricante erótico", cuenta Slick en su libro. "Fue más como un juego de jardín de niños. En aquellos días, él era un muchacho muy apuesto. Su pene era ligeramente mayor que la media y aún era lo bastante joven como para mantener la erección por largo tiempo. También era sorprendentemente amable. De alguna manera, yo había esperado una especie de frenético ritual horizontal. Es interesante; los tipos más maníacos en el escenario pueden ser los amantes más tiernos. Jim me desconcertó con esa expresión como de otro mundo y, al mismo tiempo, sus caderas nunca perdieron ese insistente movimiento de balanceo que parecía un baile”.
Al terminar, ella le dijo que sólo regresaría de nuevo si él se lo pedía, pero Morrison nunca más se lo pidió.
viernes, 25 de mayo de 2018
Para dártelas de entendido en rock (62)
Nikki Sixx, bajista del grupo Mötley Crüe, fue alguien que llevó los excesos en que suelen caer los rockeros a extremos inauditos y algunas veces realmente asquerosos. Se cuenta que nunca fue muy aseado que digamos y que, durante una de las giras del grupo, aceptó el reto de algunos de sus compañeros para ver cuánto tiempo podía durar sin bañarse y sin ponerse perfumes, lociones o desodorantes y aún así seguir siendo lo suficientemente atractivo como para llevarse groupies a la cama. La marca que impuso fue de dos largos meses de peste y mujeres.
miércoles, 2 de mayo de 2018
4 3 2 1
Terminé, luego de más de tres meses de estar sumido en sus páginas todos los días (páginas electrónicas, porque lo leí como e-book), la monumental y más reciente novela (que algunos dicen será la última) del escritor neoyoquino Paul Auster.
Nunca había leído a Auster y debo decir que el libro me atrajo de tal forma que su personaje principal, Archibald Ferguson, se convirtió en un miembro más de mi familia a lo largo de unos cien días. 4 3 2 1 narra la vida de Ferguson, desde la infancia hasta los 21 años, pero en realidad lo que leemos es la vida de cuatro Ferguson, cada uno con un mismo origen familiar (su abuelo judío llegó a los Estados Unidos, desde Rusia, a principios del siglo pasado y al registrarse quiso cambiar de apellido y ponerse Rockefeller, pero una confusión burocrática hizo que lo llamaran oficialmente Ferguson), aunque con una vida que toma diferentes derroteros, distintos destinos.
La tesis de Auster (que comparto) es que cada cosa que nos sucede cada día, cada decisión que tomamos en la rutina diaria, hace que el camino de nuestra vida se vaya bifurcando por distintas rutas y que lo que somos hoy, pudo ser de muy otra manera. De cuatro maneras, en el caso de Archie Ferguson. Eso es lo que vuelve fascinante a esta novela, a pesar de que lo que nos narra nada tiene de épico o de aventurero. No es como un relato de Jack London o Ernest Hemingway. Tiene mucho más que ver con Philip Roth, por ejemplo, aunque más cotidiano aún. Lo que vamos conociendo en paralelo, en cuatro planos, es como la vida común del personaje principal (seguramente un alter ego del propio Auster) se desarrolla. Sus estudios, sus intereses vitales (la literatura, la música, el cine, el beisbol, el basquetbol, la familia, los enamoramientos, el sexo -al menos dos de los Ferguson son bisexuales-, los viajes -París y Nueva York, sobre todo-, la política, etcétera).
La novela es también un fresco sobre la historia de los Estados Unidos en los años cincuenta y sobre todo en los sesenta del siglo pasado y eso le da un contexto que la hace más interesante (aunque al final se centra demasiado en las protestas estudiantiles dentro de la universidad de Columbia).
¿Qué pudo ser un poco más corta? Es cierto. ¿Qué el final se siente precipitado? También. Sin embargo, el balance es que se trata de una gran novela y que a pesar de su longitud (¡900 páginas!), nunca se vuelve pesada o aburrida. Gran libro 4 3 2 1. En todos los sentidos.
Nunca había leído a Auster y debo decir que el libro me atrajo de tal forma que su personaje principal, Archibald Ferguson, se convirtió en un miembro más de mi familia a lo largo de unos cien días. 4 3 2 1 narra la vida de Ferguson, desde la infancia hasta los 21 años, pero en realidad lo que leemos es la vida de cuatro Ferguson, cada uno con un mismo origen familiar (su abuelo judío llegó a los Estados Unidos, desde Rusia, a principios del siglo pasado y al registrarse quiso cambiar de apellido y ponerse Rockefeller, pero una confusión burocrática hizo que lo llamaran oficialmente Ferguson), aunque con una vida que toma diferentes derroteros, distintos destinos.
La tesis de Auster (que comparto) es que cada cosa que nos sucede cada día, cada decisión que tomamos en la rutina diaria, hace que el camino de nuestra vida se vaya bifurcando por distintas rutas y que lo que somos hoy, pudo ser de muy otra manera. De cuatro maneras, en el caso de Archie Ferguson. Eso es lo que vuelve fascinante a esta novela, a pesar de que lo que nos narra nada tiene de épico o de aventurero. No es como un relato de Jack London o Ernest Hemingway. Tiene mucho más que ver con Philip Roth, por ejemplo, aunque más cotidiano aún. Lo que vamos conociendo en paralelo, en cuatro planos, es como la vida común del personaje principal (seguramente un alter ego del propio Auster) se desarrolla. Sus estudios, sus intereses vitales (la literatura, la música, el cine, el beisbol, el basquetbol, la familia, los enamoramientos, el sexo -al menos dos de los Ferguson son bisexuales-, los viajes -París y Nueva York, sobre todo-, la política, etcétera).
La novela es también un fresco sobre la historia de los Estados Unidos en los años cincuenta y sobre todo en los sesenta del siglo pasado y eso le da un contexto que la hace más interesante (aunque al final se centra demasiado en las protestas estudiantiles dentro de la universidad de Columbia).
¿Qué pudo ser un poco más corta? Es cierto. ¿Qué el final se siente precipitado? También. Sin embargo, el balance es que se trata de una gran novela y que a pesar de su longitud (¡900 páginas!), nunca se vuelve pesada o aburrida. Gran libro 4 3 2 1. En todos los sentidos.
jueves, 12 de abril de 2018
The Deuce: una zona prohibida
Con el enorme antecedente en su bagaje de una serie para HBO como The Wire (2002-2008), el showrunner David Simon regresó con mayores ímpetus a la misma emisora con The Deuce (2017), cuya primera temporada acaba de culminar.
Creador también de las exitosas Generation Kill, Treme y Show Me a Hero, Simon unió fuerzas y talento con George Pelecanos y con la actriz y productora Maggie Gyllenhall, principal impulsora de la serie, para sumirnos en el submundo del Times Square neoyorquino de principios de los años setenta del siglo pasado, ese submundo de antros, prostitución, corrupción policiaca, alcohol, drogas y –parte central de la serie– los primeros intentos por hacer cine porno de manera más o menos profesional.
The Deuce era el nombre con que se conocía en los bajos fondos a la calle 42 de Manhattan, donde sucede la mayor parte de la trama, centrada en dos personajes principales: Vincent Martino y, sobre todo, Eileen “Candy” Merrell. El primero, interpretado por James Franco (quien también da vida a su hermano gemelo: Franky), es un pequeño empresario que trata de sacar adelante su bar, sin poder evitar aliarse con la mafia italiana que maneja la zona y con los corruptísimos agentes de la policía que con puntualidad acuden por una paga, para hacerse de la vista gorda ante cualquier ilegalidad en la que tenga que ver Martino.
El segundo gran personaje es Candy, una prostituta cercana a los 40 años, quien se niega a ser manejada por padrote alguno (“Nobody makes money off my pussy but me”, dice ella) y logra salir avante, aunque al darse cuenta de que cada vez es más difícil competir con sus pares más jóvenes, descubre su talento no sólo para actuar, sino para dirigir y producir cine porno. La fantástica Maggie Gyllenhall se encarga de personificarla y es a lo largo de los ocho capítulos que conforman la primera temporada que la vemos ir creciendo en importancia hasta dejar las cosas listas para que podamos disfrutar de la segunda (anunciada para este año).
Intensa y desconcertante, violenta y cínica, agridulce y llena de humor negro, The Deuce tiene lugar en 1971, cuando Richard Nixon mal gobierna a los Estados Unidos y cuando aún se sienten los estragos de la tremebunda década de los sesenta, esa década revolucionaria que cambió para bien y para mal las mentes de buena parte de la humanidad, sobre todo en Occidente y, más específicamente, en la propia Norteamérica.
Con una crisis económica galopante que obliga a muchas mujeres a prostituirse y caer en un ambiente gobernado por los más delirantes proxenetas, aquel Nueva York sucio, peligroso y contaminado es recreado de manera impresionante, mientras nos involucramos en las vidas de varias de aquellas damas de la vida galante; de los muchos policías corrompidos y los pocos que tratan de mantener la honorabilidad; de los padrotes (en su mayoría negros) y su machismo a ultranza, mismo que los lleva a tratar a “sus” mujeres con una mezcla de paternalismo protector y brutalidad esclavizante; de la universitaria que trata de trabajar en bares para subsistir y seguir estudiando; de la periodista consciente que busca realizar el imposible reportaje que denuncie la explotación de las cortesanas callejeras, haciéndose pasar por una de ellas; de los homosexuales que se van atreviendo a salir del clóset y se refugian en bares clandestinos que sufren periódicas redadas; del microuniverso de los pioneros del cine pornográfico que tratan de hacer películas más elaboradas y no conformarse con pequeños y burdos cortos que son vistos, en pequeñas cabinas con diminutas pantallas, por hombres morbosos que se masturban ahí, luego de depositar una moneda de dólar en una ranura.
Toda esa ensalada de situaciones es lo que da vida a The Deuce, una vida reflejada con tal realismo que casi podemos oler el hedor de las coladeras o el aroma a perfume barato de las sacrificadas prostitutas. Todo ello para no hablar de la estupenda musicalización, llena de soul, funk, blues y rock de los setenta.
“Era una oportunidad para retrotraer mucha de la música que amábamos cuando éramos jóvenes”, comentó en una entrevista reciente George Pelecanos. “Pero siempre tenía que encajar con las situaciones y los personajes”.
Nostalgia setentera de la buena.
(Artículo publicado originalmente en el sitio Sugar & Spice)
Creador también de las exitosas Generation Kill, Treme y Show Me a Hero, Simon unió fuerzas y talento con George Pelecanos y con la actriz y productora Maggie Gyllenhall, principal impulsora de la serie, para sumirnos en el submundo del Times Square neoyorquino de principios de los años setenta del siglo pasado, ese submundo de antros, prostitución, corrupción policiaca, alcohol, drogas y –parte central de la serie– los primeros intentos por hacer cine porno de manera más o menos profesional.
The Deuce era el nombre con que se conocía en los bajos fondos a la calle 42 de Manhattan, donde sucede la mayor parte de la trama, centrada en dos personajes principales: Vincent Martino y, sobre todo, Eileen “Candy” Merrell. El primero, interpretado por James Franco (quien también da vida a su hermano gemelo: Franky), es un pequeño empresario que trata de sacar adelante su bar, sin poder evitar aliarse con la mafia italiana que maneja la zona y con los corruptísimos agentes de la policía que con puntualidad acuden por una paga, para hacerse de la vista gorda ante cualquier ilegalidad en la que tenga que ver Martino.
El segundo gran personaje es Candy, una prostituta cercana a los 40 años, quien se niega a ser manejada por padrote alguno (“Nobody makes money off my pussy but me”, dice ella) y logra salir avante, aunque al darse cuenta de que cada vez es más difícil competir con sus pares más jóvenes, descubre su talento no sólo para actuar, sino para dirigir y producir cine porno. La fantástica Maggie Gyllenhall se encarga de personificarla y es a lo largo de los ocho capítulos que conforman la primera temporada que la vemos ir creciendo en importancia hasta dejar las cosas listas para que podamos disfrutar de la segunda (anunciada para este año).
Intensa y desconcertante, violenta y cínica, agridulce y llena de humor negro, The Deuce tiene lugar en 1971, cuando Richard Nixon mal gobierna a los Estados Unidos y cuando aún se sienten los estragos de la tremebunda década de los sesenta, esa década revolucionaria que cambió para bien y para mal las mentes de buena parte de la humanidad, sobre todo en Occidente y, más específicamente, en la propia Norteamérica.
Con una crisis económica galopante que obliga a muchas mujeres a prostituirse y caer en un ambiente gobernado por los más delirantes proxenetas, aquel Nueva York sucio, peligroso y contaminado es recreado de manera impresionante, mientras nos involucramos en las vidas de varias de aquellas damas de la vida galante; de los muchos policías corrompidos y los pocos que tratan de mantener la honorabilidad; de los padrotes (en su mayoría negros) y su machismo a ultranza, mismo que los lleva a tratar a “sus” mujeres con una mezcla de paternalismo protector y brutalidad esclavizante; de la universitaria que trata de trabajar en bares para subsistir y seguir estudiando; de la periodista consciente que busca realizar el imposible reportaje que denuncie la explotación de las cortesanas callejeras, haciéndose pasar por una de ellas; de los homosexuales que se van atreviendo a salir del clóset y se refugian en bares clandestinos que sufren periódicas redadas; del microuniverso de los pioneros del cine pornográfico que tratan de hacer películas más elaboradas y no conformarse con pequeños y burdos cortos que son vistos, en pequeñas cabinas con diminutas pantallas, por hombres morbosos que se masturban ahí, luego de depositar una moneda de dólar en una ranura.
Toda esa ensalada de situaciones es lo que da vida a The Deuce, una vida reflejada con tal realismo que casi podemos oler el hedor de las coladeras o el aroma a perfume barato de las sacrificadas prostitutas. Todo ello para no hablar de la estupenda musicalización, llena de soul, funk, blues y rock de los setenta.
“Era una oportunidad para retrotraer mucha de la música que amábamos cuando éramos jóvenes”, comentó en una entrevista reciente George Pelecanos. “Pero siempre tenía que encajar con las situaciones y los personajes”.
Nostalgia setentera de la buena.
(Artículo publicado originalmente en el sitio Sugar & Spice)
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