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lunes, 8 de agosto de 2011

Blues a la mexicana*


¿Por qué a los mexicanos nos llega tanto este género musical surgido en el río Mississippi?


Como es bien sabido, el blues tuvo su génesis a finales del siglo XIX y principios del XX, en los campos de esclavos africanos cercanos al delta del río Mississippi, al sur de los Estados Unidos de América. Género musical y manifestación sociocultural, el blues se identifica esencialmente con la raza negra de la zona meridional estadounidense, núcleo humano que en principio parecería muy distante de ese otro núcleo constituido por los mexicanos de origen urbano de la segunda mitad del siglo pasado. Sin embargo, por alguna extraña cuestión a la que intentaré dar respuesta en este texto, a muchos de esos mexicanos nacidos en el Distrito Federal, en Tijuana, en Monterrey, en Guadalajara y en varias otras ciudades, el blues los hace vibrar, les calienta la sangre, los seduce con su cadencia, su sentimiento y su sensualidad.
Podrá decirse que esto sucede en cualquier otra parte del mundo. Que los europeos y los asiáticos, para no hablar de los africanos, también aman y sienten al blues. No obstante, en México se dio un fenómeno peculiar, sobre todo a partir de los pasados años sesenta, cuando el género fue conocido de manera más o menos masiva entre los jóvenes, quienes no sólo lo adoptaron como escuchas sino también –y de muy particular manera– como intérpretes.


Un tipo llamado Javier Bátiz
No sé a ciencia cierta si se trata del primer mexicano que tocó música de blues, pero Javier Bátiz es cuando menos quien con mayor fuerza la impulsó y la difundió, desde finales de la década de los cincuenta de la centuria anterior. En efecto, quien en realidad fue bautizado como Javier Isaac Medina Núñez comenzó a escuchar a Muddy Waters, John Lee Hooker, Howlin’ Wolf, Buddy Guy y Willie Dixon desde muy temprana edad y en 1957 fundó a los TJ’s en su natal Tijuana. La banda interpretaba blues en inglés y a mediados del siguiente decenio emigró al Distrito Federal, donde como Javier Bátiz and The Famous Finks se presentó en diversos sitios hoy de algún modo legendarios, como el Terraza Casino y el Harlem, y donde influyó a toda una generación de músicos avecindados en la capital de la república, quienes no querían tocar covers en español de canciones estadounidenses, a la manera de los Teen Tops, Los Locos del Ritmo, los Rebeldes del Rock o los Hooligans, sino que ya pretendían componer sus propias piezas, aunque fuese con letras en inglés. Así surgieron grupos como El Hangar Ambulante o Three Souls in My Mind, cuya música estaba claramente basada en el blues.
Aun cuando en México por entonces no existía una cultura bluesera, esa música de origen negro prendió de inmediato entre amplios sectores del público rocanrolero. Tampoco era algo ajeno o jamás escuchado con anterioridad. Simplemente, un ídolo como ya lo era desde años atrás Elvis Presley había cantado temas de blues o muy cercanos al mismo (desde “That’s All Right” hasta “Heartbreak Hotel” y desde “Hard Headed Woman” hasta “Milkcow Blues Boogie”, por sólo mencionar algunos) y lo mismo podía decirse de otros músicos como Little Richard, Chuck Berry, Fats Domino y Eddie Cochran, todos ellos muy escuchados en nuestro país. A final de cuentas, como dijera el propio Muddy Waters, “el blues tuvo un hijo y lo llamaron rock n’ roll” (si bien en México se conoció primero al hijo que al padre).


El blues en español
Con todo, el blues obtuvo su carta de adopción en tierras mexicanas cuando sus letras empezaron a ser escritas en español. Agrupaciones como El Tri decidieron comunicarse con el público en su propio idioma y dejaron de lado la absurda idea de que sólo al cantar en inglés lograrían “internacionalizarse”. Esta nacionalización bluesera coincidió con los años de represión contra el rock que sobrevinieron a partir del malhadado festival de Avándaro. A lo largo de la década de los setenta y buena parte de la de los ochenta, el llamado rock urbano se marginó en la periferia de las ciudades para ser escuchado mayoritariamente en los infames hoyos fonquis (Parménides García Saldaña dixit). Con El Tri como adalid de esa etapa oscura, muchos de los grupos que lo acompañaron en la marginación empezaron a interpretar canciones con un estilo claramente basado en las estructuras del blues, con letras en español que en su mayoría retrataban la realidad de los jóvenes más lumpendesarrollados y emprobrecidos. El desempleo, la miseria, la violencia policiaca, la falta de libertades, las peleas callejeras, las drogas, el alcohol y los amores sin correspondencia eran los temas que interpretaban bandas como El Haragán, Los Blues Boys, Tex Tex, Trolebús y un largo etcétera. Se creó así un público masivo, sobre todo en los alrededores del Distrito Federal y su inmensa área metropolitana, que quizá sin haber escuchado jamás a Sonny Boy Williamson o a Lightnin’ Hopkins, desarrolló un gusto espontáneo por el blues y su sentimiento implícito de dolor y rabia. Expresiones más finas de ese mismo blues que se hacía en México, muy en especial el grupo Real de Catorce, vendrían a transformar a las letras espontáneas pero muchas veces limitadas y pedestres del rock-blues urbano, para alcanzar un grado mayor de poesía en ellas y una mayor sofisticación en sus melodías y armonías.


El rock pasteurizado
Cuando surgió el boom comercial del rock en español, a finales de los ochenta, con el arribo del pop español y argentino y el retorno de los jóvenes clasemedieros a los instrumentos clásicos del rock, el blues se vio más marginado aún. Agrupaciones como Caifanes, Café Tacuba, La Maldita Vecindad, La Lupita, La Castañeda y tantas otras tomaron de modelos a bandas como Soda Stereo o Nacha Pop, en cuya obra no se distinguía el menor asomo de la música negra estadounidense que dio origen al rock que decían interpretar. Los medios impulsaron a este rock pasteurizado y deseducaron al público joven, para crear a un nuevo tipo de escucha que, con el falso pretexto chauvinista del “rock en tu idioma”, se vio terriblemente empobrecido en su cultura musical en general y en su cultura rocanrolera en particular.
Así ha sido hasta la fecha. Cuando uno escucha el rock (o lo que se sigue llamando rock) que hoy se hace en México, en su mayor parte sigue basado en el movimiento inducido desde hace poco más de veinte años y no en las raíces primigenias del género y sin embargo…


… se mueve
Pervive casi de manera inconsciente o escondido bajo la piel de muchos mexicanos un gusto esencial por el blues. Basta con que suene el compás inconfundible de una buena composición bluesera, basta con que brote una voz intensa o se escuchen las notas profundas y lloriqueantes de una guitarra o de una armónica para que un algo indescriptible e intangible penetre en la sangre y nos haga experimentar algo muy parecido a lo que podemos sentir con una canción ranchera de José Alfredo Jiménez, un bolero de Gonzalo Curiel o incluso algunos temas de Juan Gabriel, para no hablar de las canciones que interpretaban Javier Solís o José José. Es el mismo sentimiento profundo y casi siempre masoquista, gozosamente masoquista, que hay en canciones como “La que se fue”, “Desesperanza” “Fallaste corazón” o “La diferencia”. Tal vez –y lo digo como mera hipótesis– en ello se explique en buena parte esa identificación mexicana con el blues.
Aunque hoy día el del blues en México es un movimiento muy pequeño, confinado a algunos pocos bares y a uno que otro festival (es una lástima que ya no existan de manera sistemática aquellos grandes festivales de blues que organizaba Raúl de la Rosa en el Auditorio Nacional y a los que llegaron a venir músicos míticos como Muddy Waters, John Lee Hooker, Taj Mahal, Willie Dixon y B.B. King, entre otros); aunque se trata de una expresión artística minoritaria, persisten en toda la república agrupaciones que hacen muy buen blues –ya sea a manera de covers de los clásicos o al escribir sus propios temas– y se preocupan por difundirlo.
No podemos ocultarlo. En muchos aspectos, los mexicanos compartimos los sentimientos de dolor, de derrota, de frustración, de fracaso y de desamor de los negros estadounidenses y los sublimamos por medio de la canción ranchera, el bolero… o el blues.

*Publicado este mes en la revista Este país (No. 244, agosto de 2011)

lunes, 14 de marzo de 2011

Manhattan*


Nunca he estado en Nueva York. Jamás he puesto un pie en la que muchos llaman la capital del mundo y que junto con Londres y París suscita toda clase de fantasías e ilusiones para quienes vivimos en otras urbes, en otras latitudes, en otras dimensiones menos sofisticadas y cosmopolitas del orbe. He tenido la oportunidad de visitar una vez la capital de Inglaterra, el privilegio de estar en dos ocasiones en la capital de Francia. La primera ciudad me gustó mucho. La segunda me enamoró a la manera francesa: me rodeó con su sensualidad, me hechizó con su belleza y me sedujo con la musicalidad de su lengua, sobre todo cuando le escuché pronunciada por una pequeña niña gala, una tarde soleada en los jardines de Luxemburgo. Recuerdo con cariño a Londres y sus brumas. Extraño con ansiedad a París y sus colores. En ambas he estado en algún momento de mi vida; pero en Nueva York, todavía no.
  Sin embargo, gracias al cine (y debo admitirlo, también a la televisión), Nueva York me es tan familiar como si hubiese estado ahí no una o dos, sino multitud de veces. Sé que esto es algo que nos pasa a millones de personas en el mundo, claro. Tampoco trataré de pecar de original. Pero a Central Park lo conozco como a la Alameda Central o al Bosque de Chapultepec, pues lo he recorrido en multitud de ocasiones, ya sea en The Eddy Duchin Story de George Sidney (1956), en Hair de Milos Forman o en De-Lovely de Irwin Winkler (2004). Reconozco al Empire State tan bien como a la Torre Latinoamericana, luego de ver a King Kong encaramado en la antena del gran edificio, mientras sostiene con delicadeza inaudita a Fray Wray en aquella maravillosa cinta de 1933. He paseado por Harlem gracias a los asombros que producen The Cotton Club (1984) de Francis Ford Coppola, El rey de Nueva York (1990) de Abel Ferrara o Jungle Fever (1991) de Spike Lee, quien a lo largo de su filmografía se ha encargado de hacer de la realidad de los negros neoyorquinos de todas las clases sociales un mosaico multicolor, lleno de coincidencias y contradicciones.
  He transitado por las calles más suntuosas de la Gran Manzana a través de la magia de Cómo cazar a un millonario (1953) de Jean Negulesco (con la inolvidable Marilyn Monroe en la plenitud de su gloria), Breakfast at Tiffany’s (1961) de Blake Edwards (con la elegantísima y casi irreal Audrey Hepburn) o Tootsie (1982) de Sydney Pollack (con un Dustin Hoffman en su delirante papel como la irresistible Dorothy Michaels). Pero de igual manera me he adentrado en las más siniestras barriadas neoyorquinas, a las que me han conducido filmes como West Side Story (1961) de Robert Wise, Mean Streets (1973) de Martin Scorcese, Once Upon a Time in America (1984) de Sergio Leone y Summer of Sam (1999) del ya mencionado Spike Lee.
  Casi podría decirse que no hay rincón de Nueva York que no haya sido filmado alguna vez y que por lo tanto no conozcamos. Esto incluye también a Queens y a Brooklyn, a Coney Island y a Staten Island.
  La propia televisión ha hecho que nos sintamos familarizados con la ciudad. Ahí están sitcoms como Friends, Sex and the City y la sin igual Seinfeld para demostrarlo.
Sin embargo, a mi modo de ver ninguna película homenajea a Nueva York, la describe, la venera, la descubre y la ilumina –por medio de su deslumbrante fotografía en blanco y negro, vaya paradoja– como Manhattan (1979) de Woody Allen.
  La fotografía que engalana a este texto es quizá la más icónica de este verdadero clásico del cine de todos los tiempos. En la misma, vemos una imagen del puente Queensboro al amanecer y a Mary Wilkie e Isaac Davis (interpretados por la enorme Diane Keaton y el propio Allen) sentados en una banca, de espaldas a nosotros, mientras conversan y contemplan el mismo majestuoso paisaje. El cuadro no puede ser más poético. La pareja ha pasado despierta toda la noche y está cerca de la separación. Isaac había renunciado a su amor por la jovencita Tracy (una aún muy bella Mariel Hemingway) al enamorarse de la neurótica Mary. Al final, luego del rompimiento con ésta, él va en busca de la casi adolescente para tratar de recuperarla. No lo consigue. Ella se va a Londres sin que él se lo pueda impedir. Pero le deja unas palabras optimistas que provocan en el escéptico Isaac una sonrisa dulce: “Debes tener un poco de fe en las personas”.
  Gran declaración de amor a una ciudad, la suya, Manhattan es el vehículo perfecto para que el director de Annie Hall (1977) y Maridos y esposas (1992) nos muestre al inicio de la cinta una sucesión de imágenes emblemáticas y a la vez cotidianas de Nueva York. Vemos, entre otras cosas, edificios varios, gente en las calles, restaurantes, tiendas, ropa tendida que cuelga de las casas, la Quinta Avenida, el puerto, el mercado de pescado, una cancha de basquetbol, una tintorería, el aeropuerto John F. Kennedy, autos, autobuses, bolsas de basura, galerías de arte, rascacielos, el beso de una pareja de enamorados, el Broadway nocturno, el Radio City Music Hall, el Delacorte Shakespeare Theatre, el Yankee Stadium, un tren, fuegos de artificio que iluminan a la oscura noche, todo ello mientras se escucha la soberbia "Rapsodia en azul" de George Gershwin (neoyorquino por excelencia) y la voz en off de Davis/Allen intenta narrar una introducción que rehace una y otra vez, hasta dar con la frase que por fin le satisface: “Nueva York era su ciudad… y lo sería por siempre”.

Texto de mi autoría, publicado este mes en la revista Este País (No. 239).