Pues no me puedo quejar. En lo personal y en mi círculo cercano fue un buen año. Para mí, fue el año de Matar por Ángela, ya que la editorial Lectorum (que es decir Porfirio Romo) me la publicó en mayo pasado y al parecer le está yendo bien. Tuvimos tres presentaciones, dos en el DF y otra en la FIL de Guadalajara, y las tres resultaron estupendas y muy divertidas. Gracias debo dar a Ciro Gómez Leyva, Héctor de Mauléon, Adrián Ramírez Serret, Eduardo Limón y, sobre todo, Julio Patán (quien participó en las tres presentaciones; bueno, Lalo estuvo en dos y ambos me invitaron a sus programas de tele Final de Partida, en Foro TV, y Triángulo de letras, en Canal 22, además del programa de radio que Limón tiene en el sitio Puentes).
Hace unos días entregué a Lectorum mi segunda novela, La suerte de los feos, que espero sea aceptada y publicada, y estoy a la mitad de la tercera, la cual lleva como título provisional Emiliano y que narra la vida de mi abuelo, quien como ya he contado en varias ocasiones, fue diputado constituyente por el estado de Sinaloa en el Congreso de Querétaro de 1917, el que nos dio nuestra actual Constitución Política. También empecé una cuarta novelita que tiene que ver con la ciudad de París, pero que por el momento se encuentra en stand by.
Mi trabajo se mantuvo constante y productivo y calculo haber publicado unos 120 o 130 artículos en Milenio, Nexos, Marvin, Laberinto y algún otro medio. Este blog sigue siendo escrito a diario y he tenido un promedio de once mil lectores mensuales. En la música, estuve activo como compositor y escribí un total de doce nuevas canciones. Hay planes para grabar algunas a principios de 2016 y a ver qué pasa.
En lo familiar, fue un muy buen año. Jan regresó de su periplo de dos años y medio por el Lejano Oriente, al lado de su amada Liza y todo está muy bien entre ellos. Alain sigue creciendo como DJ y como promotor musical y su relación con mi preciosa nuera Hallet es cada vez más sólida. Mi mamá ya se acerca a los 94 años de edad (cumplió 93 en enero) y permanece muy sana, salvo por la sordera que es muy aguda y la memoria que suele traicionarla. Con Myrna e Ivette, mis hermanas, todo está bien, lo mismo que con sus hijos. Los únicos dos hechos malos sucedidos a nivel familiar fueron el fallecimiento de mi primo Marco Antonio y el problema de salud que tuvo mi prima Marcela, aunque parece que logró superarlo.
Conservo intacta mi amistad con Adolfo, aun cuando nos vimos poco este año. Respecto a mis amigas, mantuve la cercana amistad de las más entrañables, dos o tres se alejaron (sin ser entrañables) y conocí a una decena de nuevas amies, algunas de las cuales han resultado espléndidas personas. Espero pronto conocer a varias más que prometieron verme el próximo año.
Debo anotar que sufrí un par de decepciones. Una, no tan importante, por parte de un editor que presume de ser muy ético y puro, pero que resultó todo lo contrario y se comportó conmigo como un patanazo de la peor ralea (primero, llenándome de promesas y zalamerías y luego dándome la espalda y comportándose de manera grosera y miserable, sin dar una explicación coherente a su conducta). La segunda, mucho más dolorosa, por parte de quien yo consideraba uno de mis mejores y más queridos amigos, casi un hermano, y quien mostró una cara inesperada, al cortar por lo (in)sano debido a sus diferencias ideológicas conmigo. De veras que ha sido algo muy triste y decepcionante, pues siempre mantuve otra imagen de él. En ambos casos, me reservo los nombres, no vale la pena mencionarlos.
Pues bien, espero un todavía mejor 2016. Hay planes y perspectivas para nuevas cosas y me siento tranquilo respecto a lo que tengo. Sobre todo espero que la salud, el trabajo y el amor se mantengan tan altos como en 2015 (dije el amor, no el enamoramiento, que conste).
Un gran abrazo para todos los que me hacen el honor de asomarse a este blog.
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jueves, 31 de diciembre de 2015
2015, un balance personal
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domingo, 31 de mayo de 2015
Fats Waller: un regalo para Al Capone
En 1926, a sus escasos veintiún años, ya era una figura muy popular en el jazz. En Nueva York era una estrella y en esos días, él y su orquesta realizaban una serie de presentaciones en el hotel Sherman de Chicago. Todo parecía ir sobre ruedas, hasta que al terminar una presentación, fue interceptado en los camerinos por unos matones que lo encañonaron amenazantes. Si les debía algo, no podía saberlo y tampoco se lo informaron. Le cubrieron la cara con un trapo, lo sacaron por la parte trasera del teatro, lo subieron a un coche y arrancaron con rumbo desconocido. No lo llevaron sin embargo a algún descampado para ejecutarlo. Cuando llegaron a su destino, lo metieron en el suntuoso centro nocturno East Cicero, le quitaron el trapo de la testa y en un vestuario le ordenaron que se acicalara. Tembloroso aún por los nervios, acató la instrucción y una vez listo, fue llevado al salón principal para que tomara asiento frente a un brillante piano e hiciera lo que sabía hacer. Todo era barullo en el lugar, hasta que puso sus manos sobre el teclado y comenzó a tocar un rítmico swing. Cuando su voz surgió, todos se volvieron a verlo y a aplaudirle. Se sintió aliviado y sonrío a sus anchas para cantar como sólo él sabía hacerlo, con esa alegría contagiosa que lo caracterizaba. Fue entonces que vio en la mesa más cercana a un sujeto bajito, con tipo de italiano, quien champaña en mano era el que más le aplaudía. Lo había visto en algunas fotografías de prensa y lo reconoció de inmediato. Un nuevo escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, pero no permitió que se le notara. Aquel hombre de cabello envaselinado e impecable smoking blanco era nada menos que el capo mayor de la mafia de Chicago, a pesar de tener tan sólo veintisiete años de edad.
Cuando el espectáculo terminó, el regordete músico de raza negra fue presentado al gangster, quien lo invitó a quedarse en la fiesta, misma que duraría tres días completos. Al final, recibió un fajo de dólares equivalente a lo que ganaba en un mes y fue conducido de regreso a su hotel. Fats Waller acababa de ser el regalo de cumpleaños de Al Capone.
Nacido en 1904, en la ciudad de Nueva York, Thomas Wright Waller fue uno de los músicos más influyentes de los primeros años del jazz. Con un estilo jubiloso y lleno de gracia para escribir e interpretar sus composiciones, unido ello a la simpatía que le daba su gordura, el tipo no sólo era popular entre el público sino también entre las mujeres. En sus dos décadas de carrera, se presentó en todo el territorio norteamericano y en Europa, realizó muchas grabaciones e incluso participó en algunas cintas del naciente cine hablado. Es uno de los músicos favoritos de Woody Allen (temas suyos aparecen en las películas Interiores de 1978 y Zelig de 1983). Entre sus composiciones más conocidas destacan “Lenox Avenue Blues” y la clásica “Ain’t Misbehavin”.
Fats Waller falleció muy joven, en 1943, en Kansas City, Misuri. Una neumonía se lo llevó a los treinta y nueve años, mientras viajaba en un tren. Una manera muy rítmica de morir.
(Publicado el día de ayer en el suplemento Laberinto de Milenio Diario)
Cuando el espectáculo terminó, el regordete músico de raza negra fue presentado al gangster, quien lo invitó a quedarse en la fiesta, misma que duraría tres días completos. Al final, recibió un fajo de dólares equivalente a lo que ganaba en un mes y fue conducido de regreso a su hotel. Fats Waller acababa de ser el regalo de cumpleaños de Al Capone.
Nacido en 1904, en la ciudad de Nueva York, Thomas Wright Waller fue uno de los músicos más influyentes de los primeros años del jazz. Con un estilo jubiloso y lleno de gracia para escribir e interpretar sus composiciones, unido ello a la simpatía que le daba su gordura, el tipo no sólo era popular entre el público sino también entre las mujeres. En sus dos décadas de carrera, se presentó en todo el territorio norteamericano y en Europa, realizó muchas grabaciones e incluso participó en algunas cintas del naciente cine hablado. Es uno de los músicos favoritos de Woody Allen (temas suyos aparecen en las películas Interiores de 1978 y Zelig de 1983). Entre sus composiciones más conocidas destacan “Lenox Avenue Blues” y la clásica “Ain’t Misbehavin”.
Fats Waller falleció muy joven, en 1943, en Kansas City, Misuri. Una neumonía se lo llevó a los treinta y nueve años, mientras viajaba en un tren. Una manera muy rítmica de morir.
(Publicado el día de ayer en el suplemento Laberinto de Milenio Diario)
domingo, 22 de febrero de 2015
Nicky Hopkins: dedos mágicos
Los músicos de sesión suelen ser héroes desconocidos. Resultan tan brillantes y hacen tanto o más que las renombradas figuras para quienes trabajan en los estudios de grabación, pero sus nombres permanecen en el anonimato o en la letra pequeña –esa que nadie lee– de los créditos de los discos. Ahí está el caso de los músicos de Muscle Shoals, cuyos apelativos muy pocos recuerdan, o de gente como el gran saxofonista Bobby Keys, la esplendorosa cantante Merry Clayton o el impecable tecladista Nicky Hopkins, quienes trabajaron para hacer más grande la obra de muchas súper estrellas del rock.
Hopkins merece un lugar muy especial en el santoral de los músicos de sesión, aunque también fue integrante –así fuese efímero– de agrupaciones como la legendaria Quicksilver Messenger Service. Nacido en Londres, Inglaterra, en 1944, Nicholas Christian Hopkins había empezado a tocar el piano a los tres años de edad y su virtuosismo lo hizo entrar con facilidad en el circuito del rock británico sesentero. Sin embargo, una enfermedad crónica intestinal (el mal de Crohn) que padecía desde niño y le exigía constantes tratamientos médicos y operaciones quirúrgicas, le impidió ser parte fija de algún grupo y lo condenó a conformarse con la posición de sedentario músico de sesión durante casi toda su vida.
Aun así, su actividad fue constante en los estudios de grabación londinenses y su piano estuvo presente en el primer álbum de The Who, My Generation, en 1965. Su prestigio como extraordinario tecladista creció como la espuma y en la segunda parte de los sesenta y la primera mitad de los setenta colaboró en discos de los Kinks, los Pretty Things, The Move y Jeff Beck, pero también de Led Zeppelin, los Rolling Stones y los cuatro Beatles como solistas. Su inconfundible piano puede escucharse, así, en temas clásicos como “She’s a Rainbow” de los Stones, “Sunny Afternoon” de los Kinks, “The Song Is Over” de The Who, “Revolution” de los Beatles, “Jealous Guy” de John Lennon, “You Are So Beautiful” de Joe Cocker o “Barabajagal” de Donovan, entre muchísimos otros.
En los Estados Unidos trabajó en álbumes de Jefferson Airplane, Jerry García y el ya mencionado Quicksilver Messenger Service, al cual de hecho llegó a integrarse por un tiempo.
Sin embargo, también realizó algunos discos como solista, entre ellos el excelente The Tin Man Was a Dreamer de 1972 (en el que George Harrison estuvo como invitado), y antes participó en el legendario Jamming with Edward (1971), al lado de Mick Jagger, Ry Cooder, Bill Wyman y Charlie Watts (grabado durante las ausencias de Keith Richards, dentro de las sesiones del Exile on Main Street). Edward era un sobrenombre de Nicky.
Enamorado de San Francisco, Hopkins emigró a California a fines de los setenta, donde siguió trabajando hasta el día de su muerte. Falleció en Nashville, Tennessee, en 1994, debido a complicaciones en una cirugía intestinal, su eterno mal. Al morir tenía tan sólo cincuenta años. Aún le quedaba mucho que dar a la música.
(Publicado el día de ayer en el suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario)
Hopkins merece un lugar muy especial en el santoral de los músicos de sesión, aunque también fue integrante –así fuese efímero– de agrupaciones como la legendaria Quicksilver Messenger Service. Nacido en Londres, Inglaterra, en 1944, Nicholas Christian Hopkins había empezado a tocar el piano a los tres años de edad y su virtuosismo lo hizo entrar con facilidad en el circuito del rock británico sesentero. Sin embargo, una enfermedad crónica intestinal (el mal de Crohn) que padecía desde niño y le exigía constantes tratamientos médicos y operaciones quirúrgicas, le impidió ser parte fija de algún grupo y lo condenó a conformarse con la posición de sedentario músico de sesión durante casi toda su vida.
Aun así, su actividad fue constante en los estudios de grabación londinenses y su piano estuvo presente en el primer álbum de The Who, My Generation, en 1965. Su prestigio como extraordinario tecladista creció como la espuma y en la segunda parte de los sesenta y la primera mitad de los setenta colaboró en discos de los Kinks, los Pretty Things, The Move y Jeff Beck, pero también de Led Zeppelin, los Rolling Stones y los cuatro Beatles como solistas. Su inconfundible piano puede escucharse, así, en temas clásicos como “She’s a Rainbow” de los Stones, “Sunny Afternoon” de los Kinks, “The Song Is Over” de The Who, “Revolution” de los Beatles, “Jealous Guy” de John Lennon, “You Are So Beautiful” de Joe Cocker o “Barabajagal” de Donovan, entre muchísimos otros.
En los Estados Unidos trabajó en álbumes de Jefferson Airplane, Jerry García y el ya mencionado Quicksilver Messenger Service, al cual de hecho llegó a integrarse por un tiempo.
Sin embargo, también realizó algunos discos como solista, entre ellos el excelente The Tin Man Was a Dreamer de 1972 (en el que George Harrison estuvo como invitado), y antes participó en el legendario Jamming with Edward (1971), al lado de Mick Jagger, Ry Cooder, Bill Wyman y Charlie Watts (grabado durante las ausencias de Keith Richards, dentro de las sesiones del Exile on Main Street). Edward era un sobrenombre de Nicky.
Enamorado de San Francisco, Hopkins emigró a California a fines de los setenta, donde siguió trabajando hasta el día de su muerte. Falleció en Nashville, Tennessee, en 1994, debido a complicaciones en una cirugía intestinal, su eterno mal. Al morir tenía tan sólo cincuenta años. Aún le quedaba mucho que dar a la música.
(Publicado el día de ayer en el suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario)
lunes, 2 de febrero de 2015
La negra novela de Chester Himes
Raymond Chandler, Dashiel Hammett y James M. Cain fueron escritores duros, secos, oscuros, contundentes. Sus relatos y novelas, todos ellos dentro de lo que se conoce como el género negro, son en su mayoría piezas de la mejor narrativa (Truman Capote se refería a Chandler como uno de los grandes artistas dentro de la literatura estadounidense). Sin embargo, ninguno de ello provenía realmente de los bajos fondos que retrataban y sus personajes estaban sacados más de la imaginación que de vivencias propias en el campo del delito, de sufrimientos que hubiesen padecido en carne propia.
Muy otro es el caso de un más que singular colega suyo llamado Chester Himes, gran pluma dentro de la novela negra pero con varias características que lo diferenciaban de sus similares. Porque Himes no sólo conocía los bajos fondos: él mismo había sido un delincuente y se había iniciado como escritor en el interior de las celdas que ocupó en prisión, donde permaneció recluido varios años acusado de robo. No es que hubiera caído ahí por error o siendo inocente: realmente era un ladrón y sabía de violencia y cómo ejercerla. Además era, como él mismo decía, un nigger.
El mejor escritor negro de novela negra había nacido en Jefferson City, Missouri, en 1909. Hijo de una familia de clase media, todo parecía ir bien en su vida, sobre todo cuando ingresó a la Universidad de Columbus, en Ohio, pero en 1928 se involucró en un asalto a mano armada y fue condenado a veinte años de cárcel. Fue cuando sobrevino el desencanto y se olvidó de cualquier futuro promisorio. Su único consuelo fueron la lectura y la escritura.
Gran lector de novela negra, en especial de Chandler y Hammett, pronto empezó a escribir también desde su calabozo y logró publicar sus relatos en revistas nacionales como The Bronzeman y Esquire. En 1934, logró la libertad bajo palabra y empezó a relacionarse con gente de la industria editorial. En 1940 publicó su primera novela, Si grita déjalo ir, que logró un inesperado éxito en Europa y eso lo movió a emigrar al Viejo Continente a principios de la década siguiente, donde se establecería en definitiva.
Vivió en París a lo largo de quince años y en 1969 se mudó a Moraira, al sur de España, junto con su esposa francesa, la editora Lesley Packard.
La literatura de Himes es tan dura y seca como la de sus mentores, pero desarrollada entre la población negra, especialmente la de Harlem, Nueva York. No es el suyo un estilo militante. Por el contrario, es muy crítico de los ambientes afroamericanos, a los que retrata sin concesiones y hasta con cierta crueldad, tal como se ve en novelas como La banda de los musulmanes, Todos muertos, Empieza el calor o Un ciego con una pistola, entre otras (Bruguera editó varias de ellas en español).
Sus dos personajes emblemáticos, los detectives Coffin Ed Johnson y Gravedigger Jones, son tan célebres como Philip Marlowe y Sam Spade, pero con un toque más rasposo.
Chester Himes murió en España a fines de 1984. Es tiempo de revalorarlo y leerlo.
(Publicado el pasado 31 de enero en el suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario)
Muy otro es el caso de un más que singular colega suyo llamado Chester Himes, gran pluma dentro de la novela negra pero con varias características que lo diferenciaban de sus similares. Porque Himes no sólo conocía los bajos fondos: él mismo había sido un delincuente y se había iniciado como escritor en el interior de las celdas que ocupó en prisión, donde permaneció recluido varios años acusado de robo. No es que hubiera caído ahí por error o siendo inocente: realmente era un ladrón y sabía de violencia y cómo ejercerla. Además era, como él mismo decía, un nigger.
El mejor escritor negro de novela negra había nacido en Jefferson City, Missouri, en 1909. Hijo de una familia de clase media, todo parecía ir bien en su vida, sobre todo cuando ingresó a la Universidad de Columbus, en Ohio, pero en 1928 se involucró en un asalto a mano armada y fue condenado a veinte años de cárcel. Fue cuando sobrevino el desencanto y se olvidó de cualquier futuro promisorio. Su único consuelo fueron la lectura y la escritura.
Gran lector de novela negra, en especial de Chandler y Hammett, pronto empezó a escribir también desde su calabozo y logró publicar sus relatos en revistas nacionales como The Bronzeman y Esquire. En 1934, logró la libertad bajo palabra y empezó a relacionarse con gente de la industria editorial. En 1940 publicó su primera novela, Si grita déjalo ir, que logró un inesperado éxito en Europa y eso lo movió a emigrar al Viejo Continente a principios de la década siguiente, donde se establecería en definitiva.
Vivió en París a lo largo de quince años y en 1969 se mudó a Moraira, al sur de España, junto con su esposa francesa, la editora Lesley Packard.
La literatura de Himes es tan dura y seca como la de sus mentores, pero desarrollada entre la población negra, especialmente la de Harlem, Nueva York. No es el suyo un estilo militante. Por el contrario, es muy crítico de los ambientes afroamericanos, a los que retrata sin concesiones y hasta con cierta crueldad, tal como se ve en novelas como La banda de los musulmanes, Todos muertos, Empieza el calor o Un ciego con una pistola, entre otras (Bruguera editó varias de ellas en español).
Sus dos personajes emblemáticos, los detectives Coffin Ed Johnson y Gravedigger Jones, son tan célebres como Philip Marlowe y Sam Spade, pero con un toque más rasposo.
Chester Himes murió en España a fines de 1984. Es tiempo de revalorarlo y leerlo.
(Publicado el pasado 31 de enero en el suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario)
domingo, 7 de diciembre de 2014
Fredric Brown y el humor sci fi
De los muchos géneros y subgéneros literarios que existen, quizá sea la ciencia ficción (o ficción científica, como prefería llamarla Borges) una de las que menos se prestarían al uso del humor y la ironía. Sus historias fantásticas –pero fundamentadas, al menos en apariencia, en hechos o supuestos basados en la ciencia y la tecnología– no parecerían ser campo propicio para la ironía, el gag o la parodia.
Sin embargo, hubo un autor estadounidense que rompió con la seriedad y la solemnidad del género, alguien que vio en el mismo la posibilidad de dar rienda suelta a su facilidad para la ligereza incluso cómica en terrenos que exigían rigor y hasta cierto tufo de respetabilidad
Fredric Brown (1906-1972) fue un sujeto singular. Mal estudiante, abandonó la universidad para dedicarse al malhadado oficio de escritor de narraciones policiacas y de sci fi. Para ello, debió pasar primeramente por el purgatorio de trabajar como corrector y reportero en diversos periódicos provincianos. De hecho, no fue sino hasta después de cumplir cuarenta años que pudo dedicarse de lleno a la escritura de novelas y cuentos que, dado su singular estilo, lograron un enorme éxito.
Brown no poseía la gracia filosofal de Mark Twain, la chispa irresistible de Charles Dickens, la comicidad desatada de Evelyn Waugh o la ironía desencantada de Raymond Chandler. Su humor era quizá más áspero, más rústico, pero no menos efectivo y, aplicado especialmente a la literatura de anticipación, resultaba innovador y desconcertante.
Entre sus novelas más célebres y recomendables están La caza del asesino (Ediciones Forum), divertida historia negra que en 1958 se convertiría en una película estelarizada por la legendaria Anita Ekberg, y Universo de locos (Orbis). Esta última, llamada en inglés What Mad Universe (1949), es de hecho una sátira a los relatos de ficción científica de mediados de los cuarenta y sirvió de inspiración al gran Philip K. Dick para escribir varias de sus narraciones. Otro título estupendo de Brown es Marciano, vete a casa (Martians, Go Home, Orbis), en la que narra una delirante invasión marciana a la Tierra y en la cual se inspiraría el cineasta Tim Burton para realizar su enloquecida cinta Marcianos el ataque de 1996.
Para los freaks de la serie televisiva Viaje a las estrellas (Star Trek), hay que mencionar que uno de los cuentos más famosos del autor, “Arena”, fue adaptado para un capítulo de ese programa, a fines de los años sesenta.
Si el ya mencionado Raymond Chandler tenía a su Philip Marlowe y Dashiel Hammett a su Sam Spade, Fredric Brown creo a su propio detective investigador, Ed Hunter, quien trabajaba al lado de su tío Am, y apareció en varias novelas policiacas del escritor. Esta faceta, la de autor de la serie negra, es menos conocida en Brown que la que lo identifica con la ciencia ficción, pero resulta tanto o más divertida.
Prolífico y diverso, Fredric Brown ha sido casi olvidado. Recuperarlo y leerlo es, antes que nada, un ejercicio de placer.
(Publicado ayer sábado en la sección "De culto" del suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario)
Sin embargo, hubo un autor estadounidense que rompió con la seriedad y la solemnidad del género, alguien que vio en el mismo la posibilidad de dar rienda suelta a su facilidad para la ligereza incluso cómica en terrenos que exigían rigor y hasta cierto tufo de respetabilidad
Fredric Brown (1906-1972) fue un sujeto singular. Mal estudiante, abandonó la universidad para dedicarse al malhadado oficio de escritor de narraciones policiacas y de sci fi. Para ello, debió pasar primeramente por el purgatorio de trabajar como corrector y reportero en diversos periódicos provincianos. De hecho, no fue sino hasta después de cumplir cuarenta años que pudo dedicarse de lleno a la escritura de novelas y cuentos que, dado su singular estilo, lograron un enorme éxito.
Brown no poseía la gracia filosofal de Mark Twain, la chispa irresistible de Charles Dickens, la comicidad desatada de Evelyn Waugh o la ironía desencantada de Raymond Chandler. Su humor era quizá más áspero, más rústico, pero no menos efectivo y, aplicado especialmente a la literatura de anticipación, resultaba innovador y desconcertante.
Entre sus novelas más célebres y recomendables están La caza del asesino (Ediciones Forum), divertida historia negra que en 1958 se convertiría en una película estelarizada por la legendaria Anita Ekberg, y Universo de locos (Orbis). Esta última, llamada en inglés What Mad Universe (1949), es de hecho una sátira a los relatos de ficción científica de mediados de los cuarenta y sirvió de inspiración al gran Philip K. Dick para escribir varias de sus narraciones. Otro título estupendo de Brown es Marciano, vete a casa (Martians, Go Home, Orbis), en la que narra una delirante invasión marciana a la Tierra y en la cual se inspiraría el cineasta Tim Burton para realizar su enloquecida cinta Marcianos el ataque de 1996.
Para los freaks de la serie televisiva Viaje a las estrellas (Star Trek), hay que mencionar que uno de los cuentos más famosos del autor, “Arena”, fue adaptado para un capítulo de ese programa, a fines de los años sesenta.
Si el ya mencionado Raymond Chandler tenía a su Philip Marlowe y Dashiel Hammett a su Sam Spade, Fredric Brown creo a su propio detective investigador, Ed Hunter, quien trabajaba al lado de su tío Am, y apareció en varias novelas policiacas del escritor. Esta faceta, la de autor de la serie negra, es menos conocida en Brown que la que lo identifica con la ciencia ficción, pero resulta tanto o más divertida.
Prolífico y diverso, Fredric Brown ha sido casi olvidado. Recuperarlo y leerlo es, antes que nada, un ejercicio de placer.
(Publicado ayer sábado en la sección "De culto" del suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario)
miércoles, 13 de agosto de 2014
La psicosis de Robert Bloch
Si preguntáramos a mil personas medianamente enteradas cuál es la película más conocida de Alfred Hitchcock, la gran mayoría respondería sin dudarlo que Psicosis (1960). No obstante, si les preguntáramos por el autor de la novela en la que dicha cinta está basada, apuesto doble contra sencillo a que, si acaso, una sabría responder… y tal vez ni eso.
Robert Bloch no es un autor demasiado popular. Es muy conocido, sí, en el círculo de lectores de literatura negra, ciencia ficción y, sobre todo, literatura de horror, debido a su relación con la escuela de H.P. Lovecraft y con éste mismo, de quien fue colaborador y amigo muy cercano, tan amigo que Lovecraft lo incluyó como personaje (Robert Blake) en una de sus narraciones más célebres: “El morador en las tinieblas”, en la que por cierto lo mata. Más tarde, Bloch incluiría como personaje a su mentor en el cuento “El vampiro estelar” y también lo mataría.
Nacido en la ciudad de Chicago, Illinois, en 1917, Bloch perteneció al selecto grupo de escritores que participó en Los mitos de Cthulhu y ello quizás hubiera sido suficiente para otorgarle la inmortalidad. Sin embargo, otro personaje más célebre aun sería el encargado de otorgársela. Porque si bien Bloch escribió una veintena de novelas y más de un centenar de cuentos, además de numerosos guiones cinematográficos, ninguno de sus trabajos habría de representar tanto en su vida como un oscuro texto publicado en 1959 en el Mike Shayne Mystery Magazine. Se trataba de Psycho, novela corta basada en los actos criminales del asesino serial Ed Gaine, a quien Bloch rebautizó con el nombre de Norman Bates.
Los derechos cinematográficos de Psycho le fueron comprados al autor por una bicoca y jamás recibió regalías, mientras que los productores, el realizador y hasta el guionista (Hitchcock no quiso que Bloch escribiera el guión) se llenaron de dólares. Aun así, el escritor se trasladó a Hollywood para comenzar una carrera como regular hacedor de historias para cine y televisión, aunque no llegó a escribir algo realmente trascendente para esos medios.
Psicosis significó para Robert Bloch el paso del horror sobrenatural al horror psicológico, género del que fue uno de los pioneros. Él mismo narra que “después de la Segunda Guerra Mundial me di cuenta de que el verdadero terror no provenía de las sombras, sino del torcido y mezquino mundo que todos llevamos en nuestro interior”.
Activo a lo largo de las décadas siguientes, este antiguo colaborador de revistas pulp como la célebre Weird Tales, escribió otros libros tan recomendables como Psycho. En español pueden conseguirse entre otros El horror que nos acecha (1978), Psicosis II (1980), Hiélase la sangre (2000), Cuentos de humor negro (2000) y La mansión Bates (2011).
Robert Bloch falleció en Los Ángeles, California, en septiembre de 1994, hace casi dos décadas. Tiempo es de desembarazarlo de ser el autor de una sola obra importante. Sus aportaciones a la literatura son en realidad mucho más amplias.
(Publicado en la sección "De culto" del semanario cultural Laberinto de Milenio Diario)
Robert Bloch no es un autor demasiado popular. Es muy conocido, sí, en el círculo de lectores de literatura negra, ciencia ficción y, sobre todo, literatura de horror, debido a su relación con la escuela de H.P. Lovecraft y con éste mismo, de quien fue colaborador y amigo muy cercano, tan amigo que Lovecraft lo incluyó como personaje (Robert Blake) en una de sus narraciones más célebres: “El morador en las tinieblas”, en la que por cierto lo mata. Más tarde, Bloch incluiría como personaje a su mentor en el cuento “El vampiro estelar” y también lo mataría.
Nacido en la ciudad de Chicago, Illinois, en 1917, Bloch perteneció al selecto grupo de escritores que participó en Los mitos de Cthulhu y ello quizás hubiera sido suficiente para otorgarle la inmortalidad. Sin embargo, otro personaje más célebre aun sería el encargado de otorgársela. Porque si bien Bloch escribió una veintena de novelas y más de un centenar de cuentos, además de numerosos guiones cinematográficos, ninguno de sus trabajos habría de representar tanto en su vida como un oscuro texto publicado en 1959 en el Mike Shayne Mystery Magazine. Se trataba de Psycho, novela corta basada en los actos criminales del asesino serial Ed Gaine, a quien Bloch rebautizó con el nombre de Norman Bates.
Los derechos cinematográficos de Psycho le fueron comprados al autor por una bicoca y jamás recibió regalías, mientras que los productores, el realizador y hasta el guionista (Hitchcock no quiso que Bloch escribiera el guión) se llenaron de dólares. Aun así, el escritor se trasladó a Hollywood para comenzar una carrera como regular hacedor de historias para cine y televisión, aunque no llegó a escribir algo realmente trascendente para esos medios.
Psicosis significó para Robert Bloch el paso del horror sobrenatural al horror psicológico, género del que fue uno de los pioneros. Él mismo narra que “después de la Segunda Guerra Mundial me di cuenta de que el verdadero terror no provenía de las sombras, sino del torcido y mezquino mundo que todos llevamos en nuestro interior”.
Activo a lo largo de las décadas siguientes, este antiguo colaborador de revistas pulp como la célebre Weird Tales, escribió otros libros tan recomendables como Psycho. En español pueden conseguirse entre otros El horror que nos acecha (1978), Psicosis II (1980), Hiélase la sangre (2000), Cuentos de humor negro (2000) y La mansión Bates (2011).
Robert Bloch falleció en Los Ángeles, California, en septiembre de 1994, hace casi dos décadas. Tiempo es de desembarazarlo de ser el autor de una sola obra importante. Sus aportaciones a la literatura son en realidad mucho más amplias.
(Publicado en la sección "De culto" del semanario cultural Laberinto de Milenio Diario)
jueves, 17 de julio de 2014
La bluesología de Gil Scott-Heron
“La revolución no será televisada”, reza la frase más célebre de este poeta y músico de soul-jazz, título de su composición homónima, contenida en su primer álbum, Small Talk at 125th and Lenox, de 1970. No se trata sin embargo de una sentencia suya, pues era un eslogan común entre los grupos militantes del Black Power de la época, para cuestionar a quienes predicaban la revolución desde la comodidad de las aulas, los cafés y la prensa (algo semejante a lo que sucede hoy con los “revolucionarios” de la laptop, el celular y las redes sociales).
Pero Gil Scott-Heron fue mucho más que aquella provocadora frase. Con su propuesta política de escribir poesía crítica y su estilo spoken word para interpretarla, se trata de uno de los pioneros del rap y el hip-hop, así como también de un músico y escritor de primer orden, hombre de su época que puso los cimientos del neo soul y mantuvo su congruencia artística y social a lo largo de más de cuarenta años.
Nacido en Chicago en 1949, Gil fue hijo de una cantante de ópera y un futbolista jamaiquino, extraña combinación si las hay. Rebelde y talentoso desde sus años de estudiante, a fines de los sesenta publicó sus dos primeras novelas, The Vulture y The Nigger Factory, y por esa misma época formó a su primer grupo musical, Black & Blues, al lado de su desde entonces inseparable amigo Brian Jackson. Inspirado en la agrupación The Last Poets (e influenciado, según escribió él mismo, por Richie Havens, John Coltrane, Billie Holiday y Malcolm X). Scott-Heron sacó en 1971 su segundo álbum, Pieces of a Man, en el cual había menos spoken word y más canciones estructuradas como tales. Este plato, junto con el impresionante Winter in America de 1974, resultaría por demás influyente dentro de la música y la poesía negras de años posteriores.
Durante los años ochenta, el artista fue uno de los más acérrimos críticos de la presidencia de Ronald Reagan y participó activamente en el movimiento antinuclear, sobre todo después del accidente en la planta atómica de Three Mile Island. Su actuación en 1979, durante el concierto No Nukes, con el enorme tema “We Almost Lost Detroit”, es histórica y quedó registrada en el disco que sobre ese concierto se grabó al lado de gente como Jackson Brown, James Taylor y Crosby, Stills & Nash, entre otros.
Conocido por muchos como “El padrino del rap” (y yo especificaría: del rap politizado), Scott-Heron fue no obstante un crítico de los raperos, a quienes reclamaba no sólo su falta de compromiso, sino incluso su falta de preparación musical. Militante antirracista hasta su muerte, estuvo en prisión en varias ocasiones por posesión de drogas y en 2008 declaró públicamente que era portador del virus VIH.
Sin embargo, no dejó de escribir música y poesía. Autodefinido como bluesólogo siguió presentándose en concierto y en 2010 grabó el extraordinario I’m New Here que representaría su último legado, ya que falleció un par de años después, sin que se revelara la causa de su muerte.
La revolución, sobra decirlo, aún no ha sido televisada.
(Publicado el pasado sábado 12 en el suplemento cultural "Laberinto" de Milenio Diario).
Pero Gil Scott-Heron fue mucho más que aquella provocadora frase. Con su propuesta política de escribir poesía crítica y su estilo spoken word para interpretarla, se trata de uno de los pioneros del rap y el hip-hop, así como también de un músico y escritor de primer orden, hombre de su época que puso los cimientos del neo soul y mantuvo su congruencia artística y social a lo largo de más de cuarenta años.
Nacido en Chicago en 1949, Gil fue hijo de una cantante de ópera y un futbolista jamaiquino, extraña combinación si las hay. Rebelde y talentoso desde sus años de estudiante, a fines de los sesenta publicó sus dos primeras novelas, The Vulture y The Nigger Factory, y por esa misma época formó a su primer grupo musical, Black & Blues, al lado de su desde entonces inseparable amigo Brian Jackson. Inspirado en la agrupación The Last Poets (e influenciado, según escribió él mismo, por Richie Havens, John Coltrane, Billie Holiday y Malcolm X). Scott-Heron sacó en 1971 su segundo álbum, Pieces of a Man, en el cual había menos spoken word y más canciones estructuradas como tales. Este plato, junto con el impresionante Winter in America de 1974, resultaría por demás influyente dentro de la música y la poesía negras de años posteriores.
Durante los años ochenta, el artista fue uno de los más acérrimos críticos de la presidencia de Ronald Reagan y participó activamente en el movimiento antinuclear, sobre todo después del accidente en la planta atómica de Three Mile Island. Su actuación en 1979, durante el concierto No Nukes, con el enorme tema “We Almost Lost Detroit”, es histórica y quedó registrada en el disco que sobre ese concierto se grabó al lado de gente como Jackson Brown, James Taylor y Crosby, Stills & Nash, entre otros.
Conocido por muchos como “El padrino del rap” (y yo especificaría: del rap politizado), Scott-Heron fue no obstante un crítico de los raperos, a quienes reclamaba no sólo su falta de compromiso, sino incluso su falta de preparación musical. Militante antirracista hasta su muerte, estuvo en prisión en varias ocasiones por posesión de drogas y en 2008 declaró públicamente que era portador del virus VIH.
Sin embargo, no dejó de escribir música y poesía. Autodefinido como bluesólogo siguió presentándose en concierto y en 2010 grabó el extraordinario I’m New Here que representaría su último legado, ya que falleció un par de años después, sin que se revelara la causa de su muerte.
La revolución, sobra decirlo, aún no ha sido televisada.
(Publicado el pasado sábado 12 en el suplemento cultural "Laberinto" de Milenio Diario).
domingo, 10 de marzo de 2013
Pete Townshend: detrás de unos ojos azules
Who I Am es el título de la autobiografía de Pete Townshend. En ella, el líder de The Who narra sin contemplaciones su paso por la vida y todo cuanto ha visto y experimentado a lo largo de sesenta y siete intensos años.
“Nadie sabe lo que es ser el hombre malo / el hombre triste / Detrás de unos ojos azules”, dice la letra de “Behind Blue Eyes”, una de las grandes composiciones de Pete Townshend, contenida en esa obra maestra discográfica que es el álbum Who’s Next de 1971. Sin embargo, después de leer Who I Am (Harper, 2012), su flamante autobiografía, uno termina por entender y saber mucho de lo que hay detrás no sólo de los ojos de este compositor, guitarrista, cantante, productor, arreglista, escritor y hasta periodista, sino en el trasfondo de su alma.
It’s a boy
Nacido en Londres, Inglaterra, el 12 de mayo de 1945, Townshend fue el primogénito de dos singulares músicos. Su padre, Cliff, era saxofonista profesional de una banda de swing, mientras que su madre, Betty, fue vocalista y corista de la misma agrupación en diferentes momentos de los años cuarenta y cincuenta.
A pesar de haber venido al mundo dentro de un ambiente filarmónico, sus padres no creían en sus posibilidades como músico. Por ello no fomentaron su gusto por el piano y no fue hasta la adolescencia, cuando aprendió a tocar la guitarra, el banjo y la mandolina, que Cliff y Betty aceptaron por fin que su hijo tenía “ciertas facultades”.
Poco después, en una época en que sus progenitores se llevaban muy mal y Betty incluso se hizo de un amante, ésta se sintió incapaz de cuidar a su hijo y lo mandó a vivir con su abuela, Denny, una mujer fuera de sus cabales que lo trataba peor que la directora escolar (“sus nociones domésticas eran victorianas y regía su vida y la mía con precisión militar”) y a quien, a pesar de su avanzada edad, le daba por invitar a cualquier hombre a su casa para acostarse con él.
Fueron tiempos traumáticos, de constantes maltratos diurnos y horribles pesadillas nocturnas, tiempos que lo mercarían para siempre.
My generation
Fue en ese tiempo también que empezó a relacionarse de manera más formal con la música, al ingresar a The Confederates, un grupo de jazz Dixieland en el cual tocaba el banjo y donde conoció a John Entwistle, quien ejecutaba el clarinete.
Meses después, Pete supo que su compañero de escuela Roger Daltrey tenía una banda llamada The Detours y que necesitaba a un guitarrista. Fue a verlo a su casa y Daltrey le dijo: “¿Sabes tocar Mi? ¿Sabes tocar Si? ¿Puedes tocar ‘Man of Mistery’ de los Shadows? Muy bien, nos vemos mañana para ensayar”.
Para 1963, las cosas se movían vertiginosamente en Londres y en toda Inglaterra. Los jóvenes se dividían en mods y rockers (los primeros, sofisticados y con pretensiones seudo intelectuales, vestían gabardinas, andaban en motonetas Vespa y escuchaban rhythm and blues; los segundos, más bien burdos y violentos, usaban chamarras de cuello, pantalones de mezclilla, botas y oían rock’n’roll). Pete Townshend se convirtió en mod, mientras que Roger Daltrey era más bien un rocker. También se escuchaba hablar mucho de grupos como los Rolling Stones y de unos muchachos de Liverpool llamados The Beatles.
De hecho, en diciembre de ese año los Detours le abrieron a los Stones. “Nunca los había escuchado y traté de ser cínico, al afirmar que seguramente su fama la habían logrado sólo por sus peinados”, cuenta Townshend en el libro. “Pero apenas los escuché, me quedé atónito. Glyn Jones me presentó a Brian Jones y Mick Jagger, quienes resultaron amables y encantadores. Los vi tocar desde un costado del escenario y me convertí en su fan para toda la vida. Esa noche, Keith Richards tocó la guitarra moviendo el brazo a manera de aspas de molino y me encantó. Pocas semanas después volvimos a abrirles y vi que Keith ya no movía los brazos de ese modo. Entonces decidí que adoptaría ese estilo de tocar”.
Fue por entonces que los Detours se convirtieron en cuarteto, con sólo tres instrumentistas, ya que Daltrey decidió dejar la guitarra y ser el vocalista. Pete quedó como el único guitarrista, con John Entwistle en el bajo. Meses más tarde, un delirante baterista se uniría a ellos. ¿Su nombre? Keith Moon. Poco después, “nos enteramos de que había otro grupo denominado The Detours y aunque yo quise que entonces nos llamáramos The Hair, adoptamos el nombre de The Who”.
I can’t explain
Who I Am no es una mera recopilación de anécdotas, aunque éstas abundan y es de agradecer la forma tan sencilla y divertida con que están contadas. Más bien se trata de un ajuste que Townshend ha querido hacer con su propia vida. De ahí que revele tantas cosas sin pudor, desde su temprana afición a la marihuana (y más tarde a otras drogas) hasta su ambigüedad sexual (“Mick Jagger es el único hombre con quien seriamente hubiera querido coger”).
Pero también revela cuestiones más místicas y profundas. Como el hecho de que en 1967 “escuché la voz de Dios. De pronto, se me volvió claro que yo estaba destinado para tener una conexión trascendente con el universo y su creador”. Townshend empezó a buscar la trascendencia y de ahí su idea de hacerlo por medio de la grandeza musical y la producción de álbumes conceptuales como Tommy, Who’s Next o Quadrophenia. Aunque no siempre fue comprendido. Cuando alguna vez intentó inútilmente hacer entender a sus tres compañeros el significado oculto de una de sus obras, le comentó a su entonces esposa: “Es como tratar de explicar la energía atómica a un grupo de cavernícolas”. ¿Cómo decirles que su viejo ritual de destruir su guitarra y destrozar los amplificadores estaba inspirado en la teoría de Gustav Metzger sobre el arte autodestructivo o que compuso la letra de “My Generation” inspirado por Generations, “la colección de obras de David Mercer, un dramaturgo marxista que me impresionó cuando estudiaba en Ealing”?
La estabilidad que le dio su encuentro con lo místico (y con el gurú Meher Baba) duró largo tiempo, pero en 1980, dos años después de la muerte de Moon por una sobredosis, volvió a las andadas y se hizo adicto a la cocaína y el alcohol. En 1982 decidió acabar con The Who.
Amazing journey
Los siguientes veinte años fueron algo cercano al infierno, a pesar de varios buenos álbumes que sacó como solista y algunos intentos por reunir al grupo (que se terminaron cuando John Entwistle murió en 2001, debido a un pasón de cocaína). El guitarrista se hundió en la depresión, el alcoholismo y la soledad (su matrimonio quedo disuelto) y la puntilla vino en 2003, cuando fue arrestado por tener pornografía infantil en su computadora.
Por fortuna, a partir de ahí logró recuperarse y no padecer la misma suerte de Moon y Entwistle. Volvió a casarse y se reunió con Roger Daltrey para reformular al grupo.
En el capítulo final de su autobiografía, Pete reproduce una carta que escribió “para el niño que era yo cuando tenía ocho años”. Esta es la conclusión de dicha carta: “Respétate a ti mismo. Trata de recordar que no todo en la vida puede ser perfecto. Cometerás errores. Eso es inevitable. Pero no es que seas feo. Sólo serás feo cuando te conduzcas de fea manera. Disfruta la vida y sé cuidadoso con lo que pides –recuerda que se te puede conceder”.
(Publicado el día de ayer en el suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario).
martes, 7 de agosto de 2012
Los relámpagos de August*
“No soy un escritor católico. En todo caso, soy un
católico que escribe”, solía comentar August Derleth a quienes trataban de
definirlo como un autor cuyo estilo se encontraba influido por los preceptos
del catolicismo.
Nacido en
Sauk City, Wisconsin, en 1909, Derleth es poseedor de una amplia obra que
abarca lo mismo poesía y novelas costumbristas (se le llegó a conocer como “el
cronista de Wisconsin”) que libros biográficos para niños, cuentos policíacos y
relatos de ficción científica (como gustaba llamar Borges a la ciencia
ficción).
Sin
embargo, su mayor trascendencia la logró como editor de H.P. Lovecraft y como
continuador suyo, dentro de ese subgénero que es el horror cósmico. Fue Derleth
el que conjuntó editorialmente a Lovecraft y una serie de discípulos suyos,
para dar forma y nombre a la saga conocida como los Mitos de Cthulhu.
La amistad
entre August Derleth y Howard Phillips Lovecraft duró relativamente poco tiempo,
ya que éste falleció en 1937. Sin embargo, fue lo suficientemente fructífera
como para trabajar juntos en varios proyectos. Incluso escribieron un cuento al
alimón (“El regreso de Hastur”) que terminaría el primero de manera póstuma.
Cuando
Lovecraft murió, Dertleth pensó en la necesidad de difundir los relatos de su
mentor y con su amigo y colega Donald Wandrei fundó Arkham House, una de las
casas editoras más importantes y legendarias en su género. El primer libro que
publicaron fue The Outsider and Others, en 1939, pero poco a poco fueron
reuniendo a muchos de los discípulos del nacido en Providence en 1890 y, de ese
modo, escritores como Robert E. Howard, Henry Kuttner, Clark Ashton Smith, E.
Hoffman Price, el gran Robert Bloch (autor de Psicosis) y los propios Wandrei y
Derleth pasaron a formar parte del catálogo de Arkham House (el nombre de
Arkham es un homenaje al apelativo que Lovecraft dio a la ciudad en la que
suceden la gran mayoría de sus historias, inspirado en Salem, Massachusetts).
Derleth
también situó muchos de sus cuentos de horror cósmico en Arkham, lo mismo que
en otras poblaciones lovecraftianas como Innsmouth o Dunwich. Sin embargo, sus
aportaciones a los Mitos de Cthulhu fueron muy importantes. Fue él quien
introdujo a los dioses arquetípicos (elder gods), contrapuestos a los dioses
primigenios (outer gods) de Lovecraft. De este modo, otorgó una concepción
moral, incluso católica, a sus relatos, al convertir el conflicto entre
deidades en una lucha entre el bien y el mal, cosa que no existía en la
literatura de su maestro, quien únicamente había concebido a dioses crueles y
terribles.
August
Derleth escribió tantos libros que sería imposible mencionarlos aquí, pero
dentro de la saga de Cthulhu, el más destado es Someone in the Dark, una
colección de cuentos deliciosamente escalofriantes. En español, casas como Roca
y Alianza Editorial publicaron muchos de sus relatos.
El alumno
más aventajado de H.P. Lovecraft fallecería en 1971. Pero ahí está su legado,
al alcance de cualquier lector.
*Publicado el sábado pasado en el suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario.
domingo, 15 de abril de 2012
Leonard Cohen: el blues del optmista*
Leonard Cohen.
En estos tiempos de exaltación a la juventud, tiempos en
los que lo joven se idealiza, se sobrevalora y se sublima en detrimento de lo
viejo y su identificación con la decadencia, el declive y la inutilidad, no
deja de resultar refrescante que un septuagenario ponga la nota creativa y
demuestre, una vez más, que el talento y la sensibilidad poética no están
peleados con la edad, con el paso de las décadas.
Leonard
Cohen tiene setenta y siete años y no sólo sigue en plena actividad como músico y poeta sino
que acaba de grabar un álbum extraordinario, con un título tan irónico como
intencionado: Old Ideas (Columbia, 2012). Se trata de una colección de diez
composiciones espléndidas, en las que este nacido en Montreal en 1934 da rienda
suelta a su inagotable inventiva y recorre diversos géneros musicales en medio
de arreglos tan austeros como exactos, para presentar un disco que raya en esa
imperfecta perfección a la que sólo llegan los autores que lo han trascendido
casi todo.
Lúcido y a
la vez oscuro, quien a mediados de los años sesenta del siglo pasado se
iniciara como poeta y más tarde decidiera convertirse también en músico llega
con su décimo octavo opus en estudio y nos regala un tesoro lleno de belleza y
sarcasmo, de agudeza analítica y de capacidad para conmover a lo más profundo del
alma.
Estas
viejas ideas en realidad resultan nuevas. Porque no estamos ante un remake de
los primeros discos de Cohen. Aunque permanece el inconfundible estilo que
conocimos en álbumes como Songs of Leonard Cohen (1968), Songs from a
Room (1969) y Songs of Love & Hate (1971) o incluso en The Future
de 1992, la voz resuena más gutural que nunca y hay un alcance y una
profundidad hasta ahora inéditos. Es claro que el hombre sabe que se encuentra
en la última etapa de su existencia y por ello le canta a la vida y a la
muerte, al amor y a la enfermedad. Pero no se crea que lo hace de manera triste
y decepcionada. Todo lo contrario. De hecho, estamos ante uno de los trabajos
más optimistas y coloridos de este músico, con canciones llenas de momentos
lúdicos y de admirable entusiasmo en los que se permite burlarse de sí mismo
con alegre desenfado pero también expresar frases de inusitada esperanza.
Old Ideas
da inicio con “Going Home”, en la que una música sublime es el marco para que
Cohen cante con voz a la vez tierna y cavernosa frases en las que habla de sí
mismo en tercera persona: “Me encanta hablar con Leonard / es un deportista y
un pastor / Un perezoso bastardo que vive dentro de un traje… / Él quiere
escribir una canción de amor / Un himno al perdón / Un manual para vivir en la
derrota”. El hermoso coro femenino no hace sino servir como contrapunto frente
al autoescarnio.
“Dime otra
vez cuando vaya llegando al río / y sea llevado al límite de mi sed… Dime otra
vez cuando esté limpio y sobrio / … cuando haya visto a través del horror / …
cuando la suciedad del carnicero / sea lavada por la sangre del cordero / …
dime que me amarás entonces / amén”, canta en el segundo corte, “Amen”, una
preciosa y dura plegaria en medio de un acompañamiento de jazz lento
(escobillas percusivas incluidas).
De ese modo
va transcurriendo este disco que mucho tiene también de religioso y místico.
Así lo demuestran temas excelsos como “Show Me the Place” o esa absoluta y
exultante maravilla que es “Come Healing” (si esos coros no son interpretados
por ángeles, de verdad no sé de dónde provienen).
Hay lugar
en el álbum para la música tradicional norteamericana, ya sea el blues (en la
sabrosísima y cachonda “Darkness”), el folk (en la preciosa y desencantada
“Crazy to Love You”), el folk campirano (en la falsamente ingenua “Banjo”) o el
country western (en la evocadora “Lullaby”, una curiosa canción de cuna que
parecería sacada del Nashville Skyline de Bob Dylan).
Old Ideas
culmina con la que quizá sea la pieza musicalmente más discreta del álbum.
“Different Sides” tiene, sin embargo, una letra peculiar: “Nos encontramos en
lados diferentes / de una línea que nadie trazó / … ambos decimos que hay leyes
para obedecer / Sí, pero francamente no me gusta tu tono / Tú quieres cambiar
la manera como hacemos el amor / Pero yo quiero dejar eso por la paz”. Parece
una canción de enojo contra alguien, extraña elección para terminar un disco.
Se dice que
Leonard Cohen dejó varias composiciones fuera de este trabajo y que las guarda
para un siguiente plato. ¿Será un segundo Old Ideas o se tratará de algo que
pudiera llamarse New Ideas? Tal vez no pase mucho tiempo antes de que lo
sepamos.
*Publicado el día de ayer en el suplemento Laberinto de Milenio Diario.
domingo, 4 de marzo de 2012
James Cagney: olvidado enemigo público
No deja de ser paradójico que el primer papel que tuvo
uno de los actores más identificados con la rudeza del cine de gangsters de los
años treinta haya sido como chorus girl, en una obra musical de Broadway en
1919. En efecto,
a los veinte de años de edad, James Cagney (Manhattan, Nueva York, 1899)
apareció por primera vez en un escenario como “bailarina”, perfectamente
ataviado y maquillado, sin que alguien se percatara de ello. Quién iba a decir
que doce años más tarde sería el duro protagonista de la extraordinaria cinta
de William Wellman El enemigo público, al lado de la rubia platinada Jean
Harlow, y que la escena en que le aplasta media toronja en el rostro a la
actriz Mae Clarke se iba a convertir en un hito de la historia del cine
universal. Sin embargo, tal vez la imagen que mejor retrata a Cagney es la del
final de otra cinta inconmensurable, White Heat (1949), cuando el sicótico
gangster con complejo de Edipo al que personifica vuela en pedazos, en lo alto
de un tanque de combustible que él mismo incendia, un instante después de
gritar: “¡Lo logré, mamá! ¡Llegué a la cima del mundo!” (ver video).
(Publicado ayer sábado en la sección "De culto" del suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario).
James
Cagney fue un actor prodigioso. Para muchos, muy superior a contemporáneos
suyos como Pat O’Brien, Edward G. Robinson e incluso Humphrey Bogart o de
estrellas actuales como Al Pacino y Robert de Niro. Lastimosamente, hoy muy
pocos lo recuerdan y las nuevas generaciones de cinéfilos lo desconocen por
completo. Dúctil y versátil, era un fantástico actor de comedia (La novia que
cayó del cielo, 1941), gran bailarín y coreógrafo (Yankee Doodle Dandy, 1942),
actor de carácter (El hombre de las mil caras, 1957)), pero sobre todo destacó
en el papel de gangster al mismo tiempo rudo y sentimental, implacable y
vulnerable, temible y simpático. Así apareció en joyas del género como Smart
Money (1931), G Men (1935), Ángeles con caras sucias (1938) o The Roaring
Twenties (1939).
Alternó con
las mayores estrellas de la época dorada del cine hollywoodense de los años
treinta, en especial el producido por la Warner Brothers, su casa sempiterna, y
sobresalió por encima de la mayoría de ellas. Hablo de figuras míticas como
Bette Davis, Loretta Young, Joan Blondell, Ann Sheridan, Virginia Mayo, Olivia
de Havilland, Barbara Stanwyck o los mencionados Robinson y Bogart. También fue
dirigido por realizadores legendarios como Howard Hawks, Raoul Walsh, Billy
Wilder, Michael Curtiz y Charles Vidor, entre otros.
Luego de
filmar en 1961 la divertida comedia One, Two, Three, decidió que era hora de
retirarse (tenía sesenta y dos años) y permaneció lejos de la gran pantalla por dos largas décadas, hasta que aceptó participar en ese épico filme que es Ragtime de
Milos Forman (basado en la novela de E.L. Doctorow), en el papel de jefe de la
policía. Sería la última película de este hombre a quien Orson Wells calificó
como “tal vez el más grande actor que haya aparecido jamás enfrente de una
cámara”.
James
Cagney murió en Nueva York en 1986. Un ataque cardiaco puso fin a su vida el 30
de marzo de ese año. Su legado artístico es inmenso y, sobre todo, digno de ser
revalorado.
(Publicado ayer sábado en la sección "De culto" del suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario).
domingo, 25 de septiembre de 2011
Patti Smith y el arte*
Cuando se oye hablar de Patti Smith, en lo primero que se
piensa es en su personalidad como cantante de punk rock. Uno la relaciona
entonces con la escena musical neoyorquina de mediados de los setenta y con
gente como Bruce Springsteen, Jim Carroll o Fred “Sonic” Smith. Igualmente la
relacionamos con las instantáneas que le hizo su antigua pareja, el fotógrafo
Robert Mapplethorpe, y que con el tiempo se han vuelto míticas.
Sin
embargo, la vocación artística de la autora de Horses va mucho más allá. De
hecho, antes de ser compositora y cantante, antes incluso de incursionar en la
poesía, su primer gusto por el arte se dio por medio de la plástica. A pesar de
pertenecer a una familia humilde de Filadelfia y de ser una chiquilla tímida
y acomplejada por su delgadez, cuando un profesor le mostró la pintura de El
Greco, Modigliani y Soutine, quedó deslumbrada y quiso convertirse en pintora.
No obstante, pronto descubrió que lo que más encajaba con su talento, sus
posibilidades y su sensibilidad era el dibujo. Hoy día, su obra gráfica es
parte no únicamente de exposiciones en varias ciudades del mundo, sino que
museos como el George Pompidou de París han adquirido obra suya para su acervo.
Además, su labor como fotógrafa con cámara Polaroid resulta igualmente notable.
El trabajo
de Smith ha sido comparado con el de artistas como Joseph Beuys y Cy Twombly,
aunque ella asegura que la única persona que realmente la ha influido en la vida
es Bob Dylan y no precisamente como dibujante.
Patti Smith
es mucho más que la coautora de “Because the Night”. Se trata de una artista
plástica, una poetisa y una música, pero también de una mujer pensante y
crítica. Una creadora integral.
*Publicado el día de ayer en el suplemento "Laberinto" de Milenio Diario.
*Publicado el día de ayer en el suplemento "Laberinto" de Milenio Diario.
lunes, 25 de agosto de 2008
Los giros negros de Enrique Serna*

“La política cultural de México es como
la cereza de un pastel que no existe”.
Por Hugo García Michel y Paulina Chávez Vera
En su más reciente libro, Giros negros (Editorial Océano, 2008), el escritor Enrique Serna reúne varios artículos publicados en diferentes medios a lo largo de los más recientes diez años, textos que dan fe, con amenidad, ironía y sabrosura, de los cambios que ha sufrido (nunca mejor usado este verbo) la sociedad mexicana en aspectos tan aparentemente nimios pero tan trascendentes como la vida nocturna, la cotidianeidad, la televisión, el cine y otros vicios virtuosos. Con el también autor de El miedo a los animales y El orgasmógrafo es la siguiente charla a tres voces.
En Giros negros retratas una época que aunque es cercana, al mismo tiempo se mira lejana, por la cantidad de cambios que ha habido en México a lo largo de esta última decada.
Los textos reunidos en el libro van de 1997 a 2007, más o menos. La primera sección se refiere a los giros negros de la vida nocturna. Creo que en ese terreno ha habido un retroceso. La vida nocturna que me tocó conocer en los años setenta era más humana, más placentera, con menos peligros que en la actualidad. Particularmente me refiero a los tugurios que era lo que yo más frecuentaba. En aquella época, aún había muchos cabarets de burlesque que permitían cuando menos tener cierto trato social. Uno platicaba con las vedettes, había variedad; eran mucho más divertidos que los antros de table dance de hoy que son muy decepcionantes y están muy deshumanizados. Esto no lo digo como un moralista, sino -al contrario- como un cliente bohemio. Este viraje es muy lamentable, pero me temo que es irreversible, porque los clientes que van ahí, que son en su mayor parte jóvenes, no conocieron los tugurios de antes y se conforman con lo que les dan y por tanto esto va a seguir empeorando.
En tu novela El miedo a los animales la coprotagonista de la historia es una teibolera y ahí no hablas tan mal del ambiente de los table dance.
No, en El miedo a los animales la protagonista es una vedette del viejo estilo, no una teibolera. Incluso hace un número con un cigarro y fuma con salva sea la parte. Al contrario, en ese libro ella empieza a sentir la competencia de las teiboleras que ya llegan en ese momento a los antros y que están desplazando a mujeres como ella que ya tiene más de treinta años. Porque las teiboleras generalmente son mucho más jovencitas.
¿Por qué te parecen más atractivas las prostitutas con ese aire melancólico que las cínicas de ahora?
No es tanto una preferencia personal. En el libro me refiero más bien a la atmósfera que tenían los antros en la época de los grandes compositores de boleros en México, la época de Agustín Lara, Luis Alcaraz, Álvaro Carrillo. Por ejemplo, el tugurio de La Bandida, a donde llegaban estos compositores. En tiempos de Lara, los boleros prostibularios estaban prácticamente creando un arte de amar que luego adoptaron las personas “decentes”. Porque en esa época, hasta la señora más respetable hubiera querido secretamente que la llamaran aventurera o perdida. Ese tipo de sentimientos nació cuando el artista bohemio tuvo la ilusión de redimir a aquellas prostitutas y eso es algo que en las actuales condiciones noctámbulas difícilmente puede existir. Se ve en las letras pasteurizadas de Armando Manzanero, quien siempre me ha parecido un sobrevalorado. Es como toda la trova yucateca: boleros de manita sudada. También lamento mucho que se esté abandonando a la música ranchera y que de hecho esté en vías de extinción. Es una de las mutilaciones culturales más terribles que nos han pasado.
¿Cuándo se dio la transformación en las entrañas de la vida nocturna?
Por allá de 1995 o 96, a raíz del tristemente célebre “error de diciembre”. Fue cuando más se envileció la vida nocturna y se volvió más delincuencial y siniestra. Esa es mi apreciación subjetiva como noctámbulo.
En uno de los textos de Giros negros mencionas que ahora, con los frotamientos de las teiboleras sobre los hombres vestidos, los únicos felices son los encargados de las tintorerías.
Pues sí, ¿no? Realmente creo que esos bailes privados son algo un poco frustrante y no entiendo cómo se ha impuesto esa moda.
¿Cuál es el panorama social, cultural y político de los más recientes diez años en México que describes en Giros negros?
Uno bastante desolador. Porque estamos en un periodo de estancamiento, en el que el cambio democrático finalmente no llegó a cosa alguna. Hay una gran decepción que yo comparto con la mayoría de los mexicanos. Sin embargo, no quise caer en un tono de cronista gemebundo, de lamento trágico, que se desgarra las vestiduras, porque eso va en contra de mi temperamento. Prefiero enfocar todos estos temas con un ánimo más corrosivo, hasta cierto punto más festivo, pues me parece que de ese modo puedo acercarme más a los lectores y tratar de sacudir la conformidad.
¿Por qué el humor le da tanto resquemor a los poderosos? ¿Por qué se espantan más con la sátira y la ironía que con una crítica “seria”?
Porque el ridículo es lo que más le duele a cualquier ser humano… Pero yo creo que el humor en la literatura tiene que brotar en forma espontánea. No es algo que se pueda forzar. Es como las ganas de hacer el amor. En ese sentido, yo nunca he tratado de ser gracioso deliberadamente. De hecho, me han ofrecido escribir libretos para programas cómicos de televisión y no he aceptado, porque la obligación de ser humorístico para mí resulta inhibitoria. Cuando estoy de vena, a veces aflora un chispazo de humor en lo que escribo. El humor tiene una función analgésica, te ayuda a neutralizar cosas de la vida social, de la vida privada, que de lo contrario podrían hacerte mucho daño. Por tanto, burlarte de ellas es una vía para exorcisarlas.
Actualmente radicas en Barcelona, ¿cuál ha sido tu experiencia de vivir por más de un año fuera de México, de qué modo ha influido en tu manera de escribir?
Bueno, estoy a punto de regresar a México. Me fui para escribir una nueva novela que ya va avanzada. Trata de tres personajes –un mexicano, un argentino y un catalán- y me ha servido mucho estar allá para desarrollar el oído y retratar la manera de hablar de cada uno. Es una experiencia curiosa, interesante, porque así como en mis novelas históricas traté de usar un lenguaje híbrido -entre el habla del siglo XVII y el habla actual, en el caso de Ángeles del abismo, o del siglo XIX, en el caso de El seductor de la patria-, aquí estoy ampliando mi lenguaje pero hacia otros puntos geográficos, como Argentina y Cataluña.
Ya que mencionas a El seductor de la patria, cuyo personaje central es Antonio López de Santa Anna, ¿cómo contemplas la situación política del México de mediados del siglo XIX comparada con la situación política actual?
Hay algo que permanece en la vida política de México: el patrimonialismo, la idea de que los cargos públicos son propiedad de quienes los ocupan. Desgraciadamente, hoy estamos viendo que esto no era privativo del PRI sino que se ha convertido en una cultura que comparten los tres partidos que se disputan el poder en este momento. Entonces, por supuesto que hay un paralelismo entre el santannismo y, por ejemplo, el salinismo. Es algo que vamos a mantener mientras no haya una oposición mucho más firme y una exigencia de rendición de cuentas.
Para regresar a Giros negros, hay un capítulo en el cual hablas sobre las familias disfuncionales y mencionas series de la televisión estadounidense de los años sesenta, como Los Munsters, en los cuales se mostraba una visión liberal de la familia, algo que se ha recuperado en la actual televisión norteamericana.
Sí, es verdad, ahí están hoy Los Simpson. Pero series de los sesenta como Los Munsters, La familia Addams o Mi marciano favorito por lo menos predisponían al niño televidente a la aceptación de lo diferente, de lo que la ideología dominante te hacía ver como monstruoso. Si podías aceptar con naturalidad a un marciano o a un vampiro como parte de una familia, entonces también podías aceptar a un hermano homosexual. Por ese lado eran una buena escuela de tolerancia y siguen siendo un ejemplo de cómo la televisión puede tener un efecto positivo. Eso mismo creí que se podría lograr en algún momento en México, cuando fui argumentista de telenovelas en colaboración con Carlos Olmos, pero después vi la manera como se cerraban todos los espacios y se impedía a cualquiera tratar de hacer un producto decoroso.
¿Cómo ves a la televisión mexicana actual?
La veo muy mal, pero también veo muy mal a la televisión española. Es inmunda. Han llegado a grandes extremos de amarillismo, con programas que se dedican exclusivamente a la calumnia. La mercadotecnia salvaje de los medios de comunicación no se toca el corazón para embrutecer a la gente. Creo que tiene que haber una intervención estatal mucho más decisiva, como pasa en Inglaterra, con la cadena BBC. Por ahí está el mejor modelo a seguir.
Que no es el caso del Canal 22, por ejemplo…
Lo que pasa en la televisión pública de México es que como sus canales tienen presupuestos tan cortos, están confinados a hacer programas de mesas redondas, comentarios solemnes, etcétera, a los cuales la gente rehuye. Lo ideal sería que esos canales produjeran telenovelas que compitieran con las de la televisión comercial. Eso se podría lograr si hubiera voluntad, pero no la hay en absoluto.
¿Qué piensas de la política cultural actual?
Yo escribí El miedo a los animales cuando comenzaba la podredumbre de la burocracia cultural, en los tiempos del salinismo, y noto que desde entonces las cosas han cambiado muy poco. Veo, por ejemplo, en La Jornada –y no sé si en otros diarios también- un lujosísimo encarte de Conaculta, para anunciar sus actividades culturales, y me parece el típico contubernio para pasar dinero por debajo del agua. El periódico queda muy contento y ellos difunden esas actividades a las que nadie va. Vivimos un autoengaño del cual la comunidad artístico-intelectual es cómplice. La política cultural de México es como la cereza de un pastel que no existe, porque no hay el fundamento de una educación pública y el problema va a seguir mientras la maestra Elba Esther Gordillo dirija los proyectos educativos. La cultura en México es una diversión para una élite mimada hasta el empalago y que ha perdido totalmente la autocrítica.
Eres un escritor que publica con mucha facilidad, ¿te molesta que algunos te consideren como un favorecido por las editoriales y los medios, te crea algún conflicto ser tan prolífico?
Pues no, porque jamás me he esforzado por escribir más allá de mi ritmo natural. Yo nunca me he propuesto escribir de manera acelerada. Escribo cuando tengo algo que decir. Por ejemplo, no he sido un colaborador muy habitual de suplementos y revistas en los últimos diez años. Lo fui durante un periodo, cuando tenía mi columna en Letras Libres; lo fui por un lapso más corto en La Jornada Semanal y hace veinte años tenía una columna en el Sábado de Huberto Bátiz. Pero no he sido un colaborador muy asiduo de periódicos, porque no me gusta distraerme cuando estoy concentrado en una novela o en un libro de cuentos. Siempre he podido elegir mis temas, lo cual es algo que agradezco mucho a los editores, porque esto permite hacerte la ilusión de que al menos puedes aportar algo interesante. Escribir mucho puede ser perjudicial, como cuando firmas un contrato para publicar una novela al año. Eso sucede con frecuencia en España, donde a los escritores se les considera como gallinas ponedoras. Todo el aparato de mercadotecnia está diseñado de ese modo. Yo eso nunca podría hacerlo. En el momento en que sienta que nada tengo que escribir, sencillamente callaré.
*Versión íntegra de la entrevista publicada el sábado 16 de este mes en el suplemento cultural "Laberinto" de Milenio Diario.
viernes, 27 de junio de 2008
¿Miedo al compromiso?

Me han dicho que siempre me enamoro de mujeres imposibles. Tú misma algún día me comentaste que si no estuvieras comprometida, nunca me habría fijado en ti. ¿Será que tengo miedo al compromiso? No lo sé. Lo que sí sé es que cada instante que paso a tu lado, así sea en situaciones tan simples como tomar un café o charlar en mi sala, mientras me cuentas tus cosas y yo te cuento las mías, cada momento que compartimos uno al lado del otro me provoca una profunda y adictiva felicidad. Como anoche mismo que fuimos juntos, tú y yo, al aniversario del suplemento "Laberinto" de Milenio Diario, en ese curioso sitio que es el club "Savoy" de la calle de Bolívar, en el Centro Histórico. No importa que me hayas amonestado, con mucha razón y con mucha dulzura, porque no tuve la atención de esperarte en el andén correcto de la estación "Isabel la Católica" del Metro. Al final la pasamos más que bien en nuestra mesa del oscuro antro y felicitamos a José Luis Martínez (director de "Laberinto" y viejo lobo de mar del periodismo cultural) y te presenté al gran Carlos Marín (lo cual te emocionó) y vimos al escritor Armando Ramírez que nos saludó sonriente al pasar junto a nosotros y te dije que aquel hombre que estaba allá, el de la boina, era José de la Colina y aquel otro era Braulio Peralta y el que vino a charlar un momento conmigo era Ivan Ríos Gascón y observamos cómo Xavier Velasco se hacía el disimulado y se pasaba de largo para no tener que detenerse y saludarme (qué se le va a hacer, nunca le he caído bien). Bebimos cubas, vimos el show de una cantante (Dulce, aunque no la cantante Dulce), escuchamos y no bailamos (ni tú ni yo somos bailadores) esa música afroantillana que no es muy de tu gusto y chismeamos más que divertidos. Salimos tomados del brazo en busca de un taxi y te dejé cerca de tu casa. Fue una noche esplendorosa, de cielo despejado y clima grato. Tu cercanía en la mesa me hizo sentir tu calidez y tu cariño, aunque estés comprometida, aunque otro piense que le perteneces, como si no fueras una mujer libre, espontánea y auténtica. ¿Miedo al compromiso? ¿Yo? ¿Contigo? Te aseguro que no.
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