(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 38, de marzo de 2007).
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jueves, 25 de abril de 2019
No Reason to Cry
Un disco muy curioso de Eric Clapton (1976), absolutamente influenciado por Bob Dylan y The Band. Música rústica que abreva del folk estadounidense. Canciones como “Beautiful Thing”, “Hello Old Friend”, “Black Summer Rain” y “Sign Language” (escrita por el propio Dylan y con su participación en la segunda voz, más la compañía guitarrística de Robbie Robertson) son muestra plena de ello. Otros cortes a destacar son ese gran slide blues a la delta del Mississippi que es “County Jail Blues”, la proto country “All Our Past Times” (a dueto con el bajista y cantante de The Band, el entrañable y ya desaparecido Rick Danko) y la ya clásica en el repertorio claptoniano “Double Trouble”. Cabe destacar también que por ahí aparece Ron Wood en algunos temas y que la presencia de las dos coristas, las sublimes Marcy Levy e Yvonne Elliman, resulta más que agradecible.
miércoles, 6 de febrero de 2019
Reality
Después de Heathen, resultó claro que David Bowie estaba haciendo música más que nada por el simple placer de hacerla y ello quedó comprobado con Reality (2003).
De nuevo con Tony Visconti como socio creativo en el estudio, Bowie retomó elementos de su época setentera (hay referencias musicales a álbumes como Hunky Dory, Heroes y por supuesto Scary Monsters), aunques perfectamente actualizados.
Reality es un disco muy luminoso que nos habla sobre la situación individual por la que en 2003 pasaba el músico. Madurez, la llaman algunos. Hay en él canciones realmente memorables. La estupenda “New Killer Star” con la que arranca el disco es tan buena como “Pablo Picasso” (con su evocativa guitarra española en el solo) y lo mismo puede decirse de la melancólica “The Loneliest Guy”, la rocanrolera “Never Get Old”, la suplicante “Looking for Water”, la bella y sencilla “Days”, la deliciosamente pop-roquera “Fall Dog Bombs the Moon”, la explosiva “Reality” (muy Scary Monsters) y, sobre todo, un cover muy emotivo y respetuoso de la preciosa “Try Some, Buy Some” de George Harrison y la que a mi juicio es la mejor pieza del álbum, la extraña y fascinante “Bring Me the Disco King”.
Alguien ha dicho que algunos rocanroleros veteranos mantienen la capacidad para seguir haciendo discos cómoda y satisfactoriamente clasisistas, sin que resulten necesariamente nostálgicos o anticuados. Sin duda alguna, David Bowie fue uno de ellos .
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
De nuevo con Tony Visconti como socio creativo en el estudio, Bowie retomó elementos de su época setentera (hay referencias musicales a álbumes como Hunky Dory, Heroes y por supuesto Scary Monsters), aunques perfectamente actualizados.
Reality es un disco muy luminoso que nos habla sobre la situación individual por la que en 2003 pasaba el músico. Madurez, la llaman algunos. Hay en él canciones realmente memorables. La estupenda “New Killer Star” con la que arranca el disco es tan buena como “Pablo Picasso” (con su evocativa guitarra española en el solo) y lo mismo puede decirse de la melancólica “The Loneliest Guy”, la rocanrolera “Never Get Old”, la suplicante “Looking for Water”, la bella y sencilla “Days”, la deliciosamente pop-roquera “Fall Dog Bombs the Moon”, la explosiva “Reality” (muy Scary Monsters) y, sobre todo, un cover muy emotivo y respetuoso de la preciosa “Try Some, Buy Some” de George Harrison y la que a mi juicio es la mejor pieza del álbum, la extraña y fascinante “Bring Me the Disco King”.
Alguien ha dicho que algunos rocanroleros veteranos mantienen la capacidad para seguir haciendo discos cómoda y satisfactoriamente clasisistas, sin que resulten necesariamente nostálgicos o anticuados. Sin duda alguna, David Bowie fue uno de ellos .
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
lunes, 4 de febrero de 2019
Heathen
El primer álbum de David Bowie en el siglo veintiuno es un dignísimo y muy prometedor trabajo. De una y muchas maneras representó un renacimiento para el de Brixton, no sólo porque cambió de disquera (de Virgin a Columbia), no sólo porque era el primero de su propio sello (ISO), sino porque en lo meramente artístico también significó un cambio y un paso tan grande que podríamos considerar a Heathen (2002), sin exageración alguna, como una obra a la altura de los grandes clásicos bowieianos.
Con Tony Visconti como su co-productor de nueva cuenta, después del enorme Scary Monsters de veintidós años atrás, Bowie realizó un gran trabajo, haciendo un uso exhaustivo y preciso de todos los recursos del estudio, tocando casi todos los instrumentos menos el bajo (incluso ejecuta la batería en el segundo corte) y con invitados de primer orden en las guitarras, como Pete Townshend y Dave Grohl.
Todos los temas son espléndidos, desde el subyugante e inicial “Sunday” y el seductor “5:15 the Angels Have Gone” hasta los dos covers que se incluyen: uno de Pixies (“Cactus”) y otro de Neil Young (“I've Been Waiting for You”).
Un álbum consistente y deliciosamente calmo.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
Con Tony Visconti como su co-productor de nueva cuenta, después del enorme Scary Monsters de veintidós años atrás, Bowie realizó un gran trabajo, haciendo un uso exhaustivo y preciso de todos los recursos del estudio, tocando casi todos los instrumentos menos el bajo (incluso ejecuta la batería en el segundo corte) y con invitados de primer orden en las guitarras, como Pete Townshend y Dave Grohl.
Todos los temas son espléndidos, desde el subyugante e inicial “Sunday” y el seductor “5:15 the Angels Have Gone” hasta los dos covers que se incluyen: uno de Pixies (“Cactus”) y otro de Neil Young (“I've Been Waiting for You”).
Un álbum consistente y deliciosamente calmo.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
domingo, 3 de febrero de 2019
Hours
Un disco refrescante, una obra que es como una bocanada de aire limpio. Después de los intrincados intentos de Outside y Earthling, un álbum como Hours (1999) representó un regreso a la sencillez rocanrolera.
Último disco de Bowie en los noventa, último disco de Bowie en el siglo veinte, este Horas no se parece en realidad a una sola de sus grabaciones anteriores… y hablamos de todas sus grabaciones. Esto no significa por supuesto que se trate del mejor trabajo del músico ni mucho menos, aunque sí puede considerarse el mejor de los cuatro que hizo durante la última década de la pasada centuria.
En general estamos ante una obra relajada, fina, gozosa, plena, una especie de síntesis de lo que el músico había hecho durante treinta años de carrera pero transmutado al penúltimo año del milenio que terminaba. Ahí están piezas tan buenas como “Thursday Child”, “Something in the Air”, “Seven”, “Survive” y la estupenda “The Pretty Things Are Going to Hell”.
Hours es un disco muy valioso, no sólo por lo que representa o significa, sino por su calidad musical y letrística. Una pequeña joya que anunciaba el advenimiento de espléndidos trabajos para el nuevo siglo.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
Último disco de Bowie en los noventa, último disco de Bowie en el siglo veinte, este Horas no se parece en realidad a una sola de sus grabaciones anteriores… y hablamos de todas sus grabaciones. Esto no significa por supuesto que se trate del mejor trabajo del músico ni mucho menos, aunque sí puede considerarse el mejor de los cuatro que hizo durante la última década de la pasada centuria.
En general estamos ante una obra relajada, fina, gozosa, plena, una especie de síntesis de lo que el músico había hecho durante treinta años de carrera pero transmutado al penúltimo año del milenio que terminaba. Ahí están piezas tan buenas como “Thursday Child”, “Something in the Air”, “Seven”, “Survive” y la estupenda “The Pretty Things Are Going to Hell”.
Hours es un disco muy valioso, no sólo por lo que representa o significa, sino por su calidad musical y letrística. Una pequeña joya que anunciaba el advenimiento de espléndidos trabajos para el nuevo siglo.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
jueves, 31 de enero de 2019
Earthling
Producir Earthling (1997) fue para Bowie como quitarse un enorme peso de encima. Porque si con Outside se había ido a los extremos de la pretensión, de una incontrolable complejidad y de una exagerada sobreproducción, supo rectificar a tiempo y hacer de Earthling un disco que si bien no renunciaba a trabajar con la música del momento, sí aligeraba sus sonidos y los hacía mucho más accesibles y más, digamos, terrestres.
Esto no quiere decir que haya vuelto a la superficialidad popera de la época de Let’s Dance y Tonight, sino que tomó elementos del techno y el jungle para componer su nuevo material y el resultado fue muy satisfactorio.
No se trata ciertamente de un gran disco, sobre todo porque de pronto da la impresión de que los beats del jungle fueron sobreimpuestos a canciones convencionales y eso produce un efecto de cierta artificialidad. Sin embargo, Bowie parece moverse aquí mucho más a sus anchas que en su trabajo anterior y el hecho se traduce en una gran frescura y una mayor amplitud musical que son especialmente notorias en temas como “Little Wonder”, “Seven Years in Tibet”, “Dead Man Walking”, “Telling Lies” y la controvertida “I’m Afraid of Americans”.
Un buen álbum.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
Esto no quiere decir que haya vuelto a la superficialidad popera de la época de Let’s Dance y Tonight, sino que tomó elementos del techno y el jungle para componer su nuevo material y el resultado fue muy satisfactorio.
No se trata ciertamente de un gran disco, sobre todo porque de pronto da la impresión de que los beats del jungle fueron sobreimpuestos a canciones convencionales y eso produce un efecto de cierta artificialidad. Sin embargo, Bowie parece moverse aquí mucho más a sus anchas que en su trabajo anterior y el hecho se traduce en una gran frescura y una mayor amplitud musical que son especialmente notorias en temas como “Little Wonder”, “Seven Years in Tibet”, “Dead Man Walking”, “Telling Lies” y la controvertida “I’m Afraid of Americans”.
Un buen álbum.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
martes, 29 de enero de 2019
Never Let Me Down
Quienes pensaron que con Tonight David Bowie había tocado fondo y no podría caer más bajo, no se equivocaron. Sin embargo, quienes creyeron que el músico ya no tenía remedio tuvieron un leve margen de error. Never Let Me Down (1987), aunque muy en la tónica de sus dos antecesores inmediatos, dio muestras de cierta recuperación en las capacidades creativas de Bowie. No es un gran disco, pero al menos el autor de “Spacce Oddity” lanzaba algunas señales de esperanza para sus más fieles seguidores, dobre todo los de la fructífera década de los setenta.
Muy lejos aún de obras como Ziggy Stardust, Station to Station o Low, este álbum de 1987 retornaba a los temas basados en las guitarras fuertes y las experimentaciones del art-rock que ya parecían abandonadas. Entre las composiciones a destacar se encuentran “Day-In-Day-Out”, “Glass Spider”, “Bang Bang” y el homenaje a John Lennon “Never Let Me Down”.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
Muy lejos aún de obras como Ziggy Stardust, Station to Station o Low, este álbum de 1987 retornaba a los temas basados en las guitarras fuertes y las experimentaciones del art-rock que ya parecían abandonadas. Entre las composiciones a destacar se encuentran “Day-In-Day-Out”, “Glass Spider”, “Bang Bang” y el homenaje a John Lennon “Never Let Me Down”.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
lunes, 28 de enero de 2019
Tonight
El descenso artístico de David Bowie durante los ochenta siguió su curso con Tonight (1984), una obra que no hace sino tratar de replicar el éxito de Let’s Dance, mediante la repetición casi mecánica de la misma fórmula de hacer musiquita fácil y bailable.
Parecía que el antiguo autor de maravillas tan creativas como Hunky Dory y Aladdin Sane olvidaba su pasado y sólo quería triunfar en las discotecas y vender lo más posible. Si ese era su objetivo lo logró con creces, ya que el álbum obtuvo ventas enormes alrededor del mundo y temas como “Blue Jeans” (of all names) o “Loving the Alien” sonaron hasta el hartazgo en los antros de baile de las grandes ciudades. Muchos reflectores, mucha parafernalia, muchas luces estroboscópicas, pero un mismo resultado insustancial. Tonight fue Disco de platino, pero no ha resistido la prueba del tiempo.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
Parecía que el antiguo autor de maravillas tan creativas como Hunky Dory y Aladdin Sane olvidaba su pasado y sólo quería triunfar en las discotecas y vender lo más posible. Si ese era su objetivo lo logró con creces, ya que el álbum obtuvo ventas enormes alrededor del mundo y temas como “Blue Jeans” (of all names) o “Loving the Alien” sonaron hasta el hartazgo en los antros de baile de las grandes ciudades. Muchos reflectores, mucha parafernalia, muchas luces estroboscópicas, pero un mismo resultado insustancial. Tonight fue Disco de platino, pero no ha resistido la prueba del tiempo.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
miércoles, 23 de enero de 2019
Let's Dance
Con Let’s Dance (1983 ) se inicia de algún modo el periodo más complaciente de David Bowie. A pesar de contener excelentes piezas, en general el espíritu del disco es flácido, hueco, artificioso. De pronto, Ziggy Stardust caía en las tentaciones del superestrellismo, del jetset, de la música bailable más superficial, de la actitud abiertamente vacua.
Álbum en cierto sentido neo romántico, Let’s Dance se salva porque, a pesar de todo, la calidad de Bowie está ahí, presente, sin doblegarse del todo ante el sentido pedestre de su coproductor, el discotequero Nile Rodgers.
El disco empieza muy bien con la dinámica “Modern Love”, una canción al mismo tiempo artística y comercial que lograría un gran éxito de ventas como sencillo y hasta sería utilizada para musicalizar… un anuncio de Pepsi. Otro tema interesante –escrito al alimón con Iggy Pop– es “China Girl”, el cual contiene una insólita participación del entonces muy joven guitarrista Stevie Ray Vaughan. “Let’s Dance” sigue un poco la línea de composiciones de discos anteriores como “Fame” o “Fashion”, mientras que la cinematográfica “Cat People (Putting Out Fire)” –coescrita con Giorgio Moroder– agrega un relativo ambiente ominoso a un trabajo lleno de fuegos de artificio.
Una obra discutible.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
Álbum en cierto sentido neo romántico, Let’s Dance se salva porque, a pesar de todo, la calidad de Bowie está ahí, presente, sin doblegarse del todo ante el sentido pedestre de su coproductor, el discotequero Nile Rodgers.
El disco empieza muy bien con la dinámica “Modern Love”, una canción al mismo tiempo artística y comercial que lograría un gran éxito de ventas como sencillo y hasta sería utilizada para musicalizar… un anuncio de Pepsi. Otro tema interesante –escrito al alimón con Iggy Pop– es “China Girl”, el cual contiene una insólita participación del entonces muy joven guitarrista Stevie Ray Vaughan. “Let’s Dance” sigue un poco la línea de composiciones de discos anteriores como “Fame” o “Fashion”, mientras que la cinematográfica “Cat People (Putting Out Fire)” –coescrita con Giorgio Moroder– agrega un relativo ambiente ominoso a un trabajo lleno de fuegos de artificio.
Una obra discutible.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
lunes, 21 de enero de 2019
Lodger
Comparado con sus contrapartes de la triada berlinesca, Lodger (1979) queda como un disco más bien discreto y convencional, con algunas muy buenas composiciones y otras que podrían pasar desapercibidas.
Aquí ya no hay temas instrumentales, aunque Brian Eno siguió trabajando al lado de David Bowie.
Colección de canciones con un muy ligero dejo avant gard, Lodger tiene sus mejores momentos en cortes como “Fantastic Voyage”, “African Night Fly”, “Yassassin (Turkish for: Long Live)”, “Red Money” y, sobre todo, los cortes sexto, séptimo y octavo: “D.J.”, “Look Back in Anger” (nada que ver con Oasis) y “Boys Keep Swinging”.
Un buen disco, pero al fin y al cabo un capítulo menor dentro de la obra discográfica de Bowie.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
Aquí ya no hay temas instrumentales, aunque Brian Eno siguió trabajando al lado de David Bowie.
Colección de canciones con un muy ligero dejo avant gard, Lodger tiene sus mejores momentos en cortes como “Fantastic Voyage”, “African Night Fly”, “Yassassin (Turkish for: Long Live)”, “Red Money” y, sobre todo, los cortes sexto, séptimo y octavo: “D.J.”, “Look Back in Anger” (nada que ver con Oasis) y “Boys Keep Swinging”.
Un buen disco, pero al fin y al cabo un capítulo menor dentro de la obra discográfica de Bowie.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
jueves, 17 de enero de 2019
Outside
Si Ziggy Styardust es un álbum conceptual, Outside (1995) lo es aún más. Casi diríamos que es un trabajo híper conceptual y muy (quizá demasiado) pretensioso.
Se trata de una nueva colaboración con Brian Eno, luego de la trilogía Low-Heroes-Lodger de casi veinte años atrás. Como en aquellos días, las experimentaciones atmosféricas y disonantes están presentes, pero esta vez enriquecidas con elementos de la música imperante en 1995: el industrial y el grunge principalmente.
El disco crea un personaje (Nathan Adler) y es como una novela negra de anticipación en la cual predominan los temas del crimen y el arte (¿el asesinato como una de las bellas artes?) y las cuestiones del ciberespacio.
En su estridente ambición, el álbum falla por su exagerada complejidad. Confuso, irregular, con menos momentos brillantes que grises, Outside vale más por lo que representa como intento por recuperar el impulso artístico que como obra en sí. Para fortuna de Bowie, vendrían cosas mejores.
Se trata de una nueva colaboración con Brian Eno, luego de la trilogía Low-Heroes-Lodger de casi veinte años atrás. Como en aquellos días, las experimentaciones atmosféricas y disonantes están presentes, pero esta vez enriquecidas con elementos de la música imperante en 1995: el industrial y el grunge principalmente.
El disco crea un personaje (Nathan Adler) y es como una novela negra de anticipación en la cual predominan los temas del crimen y el arte (¿el asesinato como una de las bellas artes?) y las cuestiones del ciberespacio.
En su estridente ambición, el álbum falla por su exagerada complejidad. Confuso, irregular, con menos momentos brillantes que grises, Outside vale más por lo que representa como intento por recuperar el impulso artístico que como obra en sí. Para fortuna de Bowie, vendrían cosas mejores.
lunes, 14 de enero de 2019
Heroes
Heroes (1977) es como la segunda parte de Low. O más bien ambos discos constituyen un todo, hasta en su estructura mitad canción/mitad piezas instrumentales.
De nueva cuenta, la mancuerna Bowie-Eno funciona a la perfección, sólo que esta vez con un añadido: la guitarra de Robert Fripp. La participación del líder de King Crimson otorga a la música una dimensión distinta y una serie de texturas armónicas que la enriquecen con su estilo netamente vanguardista. Esto se nota desde el primer corte, el potentísimo “The Beauty and the Beast”, en el cual Fripp efectúa complicadas figuras guitarrísticas. Con una producción más diáfana que la de Low, Heroes es relativamente más accesible. No en vano, el tema homónimo se convirtió en uno de los grandes éxitos de popularidad en la historia musical de Bowie.
Pero hay otras composiciones igual de notables, como la excelente “Joe the Lion” que prefigura lo que sería el álbum Scary Monsters (en el que también participaría Fripp), la emotivamente rocanrolera “Blackout” o ese abierto homenaje a Kraftwerk que es “V-2 Schneider”. Respecto a la parte instrumental, se trata de un tour de force de Bowie y Eno, conformado por una especie de suite ambiental que incluye los cortes “Sense of Doubt”, “Moss Garden” y “Neuköln”.
Heroes culmina con la extrañamente atrayente y sensual “The Secret Life of Arabia”, con Carlos Alomar en la guitarra.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
De nueva cuenta, la mancuerna Bowie-Eno funciona a la perfección, sólo que esta vez con un añadido: la guitarra de Robert Fripp. La participación del líder de King Crimson otorga a la música una dimensión distinta y una serie de texturas armónicas que la enriquecen con su estilo netamente vanguardista. Esto se nota desde el primer corte, el potentísimo “The Beauty and the Beast”, en el cual Fripp efectúa complicadas figuras guitarrísticas. Con una producción más diáfana que la de Low, Heroes es relativamente más accesible. No en vano, el tema homónimo se convirtió en uno de los grandes éxitos de popularidad en la historia musical de Bowie.
Pero hay otras composiciones igual de notables, como la excelente “Joe the Lion” que prefigura lo que sería el álbum Scary Monsters (en el que también participaría Fripp), la emotivamente rocanrolera “Blackout” o ese abierto homenaje a Kraftwerk que es “V-2 Schneider”. Respecto a la parte instrumental, se trata de un tour de force de Bowie y Eno, conformado por una especie de suite ambiental que incluye los cortes “Sense of Doubt”, “Moss Garden” y “Neuköln”.
Heroes culmina con la extrañamente atrayente y sensual “The Secret Life of Arabia”, con Carlos Alomar en la guitarra.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
miércoles, 9 de enero de 2019
Low
El encuentro entre Brian Eno y David Bowie en el gris Berlín de la Alemania dividida trajo como consecuencia una tercia de discos tan impresionantes como tecnologizados y la primera señal de un nuevo cambio radical en la carrera de Bowie es que el tema inicial, “Speed of Life”, sea por completo instrumental, en un estilo cercano al ambient.
En estricto rigor, Low (1977) es un disco que puede acreditarse tanto a Bowie como a Eno, ya que se encuentra claramente dividido en mitades: la una conformada por canciones extrañas y provocativas, altamente experimentales (con excepción quizá de “Sound and Vision” y “Be My Wife”, relativamente más convencionales), y la otra con piezas instrumentales de amplios ecos y densas atmósferas con el claro sello composicional de Eno. Sin embargo, en ambas partes se nota la interacción de los dos genios, cuyos talentos combinan de manera exacta, embonando en forma tal que no dejan hendidura alguna al descubierto.
En su momento, Low significó un shock para los seguidores de Bowie, por muy vanguardistas que se consideraran a sí mismos. Su ídolo había dado un paso tan adelantado que los dejó atrás y tendrían que realizar un esfuerzo sobrehumano para más o menos alcanzarlo y entenderlo.
Obra que aprovecha todas las posibilidades técnicas de un estudio de grabación sintetizado, Low es electrónica avant garde (o avant pop, como dijera alguien). Un álbum que aún hoy día desconcierta y fascina. Si no, pregúntenle a Philip Glass.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
En estricto rigor, Low (1977) es un disco que puede acreditarse tanto a Bowie como a Eno, ya que se encuentra claramente dividido en mitades: la una conformada por canciones extrañas y provocativas, altamente experimentales (con excepción quizá de “Sound and Vision” y “Be My Wife”, relativamente más convencionales), y la otra con piezas instrumentales de amplios ecos y densas atmósferas con el claro sello composicional de Eno. Sin embargo, en ambas partes se nota la interacción de los dos genios, cuyos talentos combinan de manera exacta, embonando en forma tal que no dejan hendidura alguna al descubierto.
En su momento, Low significó un shock para los seguidores de Bowie, por muy vanguardistas que se consideraran a sí mismos. Su ídolo había dado un paso tan adelantado que los dejó atrás y tendrían que realizar un esfuerzo sobrehumano para más o menos alcanzarlo y entenderlo.
Obra que aprovecha todas las posibilidades técnicas de un estudio de grabación sintetizado, Low es electrónica avant garde (o avant pop, como dijera alguien). Un álbum que aún hoy día desconcierta y fascina. Si no, pregúntenle a Philip Glass.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
lunes, 7 de enero de 2019
Station to Station
Un disco puente, un disco transicional entre el soul suave de Young Americans y la dureza casi techno de la etapa berlinesa por venir.
Station to Station (1976) encuentra a un David Bowie existencialmente enganchado por la cocaína y la paranoia y ello se transmite en la forma de componer y sobre todo de interpretar los escasos seis cortes que conforman el álbum.
“Elegante y robótico”, así define este trabajo el crítico Stephen Thomas Erlewine y no le falta razón. Aparentemente helado y hasta cínico e indolente, el Bowie de este Estación a estación es, sí, tan frío y calculador como puede serlo una puta en una calle londinense, pero al mismo tiempo demuestra que esa frialdad y ese aparente cálculo no son sino fruto de la soledad y la inseguridad que da una vida vaciada por la droga y la promiscuidad (y lo digo sin el menor atisbo de moralina). De ese modo, canciones como la larga (más de diez minutos) e intensa “Station to Station” (título referido a las estaciones del calvario de Cristo), la fonqui “Golden Years” (la cual bien pudo estar en Young Americans), la casi himnóticamente religiosa “Word on a Wing”, la divertida y sarcástica “TVC 15”, la escalofriante “Stay” y esa maravilla que hiciera célebre la gran Nina Simone, “Wild is the Wind”, resumen melodramáticamente la situación emocional del Bowie de mediados de los setenta.
Un disco artística y vanguardistamente impactante.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
Station to Station (1976) encuentra a un David Bowie existencialmente enganchado por la cocaína y la paranoia y ello se transmite en la forma de componer y sobre todo de interpretar los escasos seis cortes que conforman el álbum.
“Elegante y robótico”, así define este trabajo el crítico Stephen Thomas Erlewine y no le falta razón. Aparentemente helado y hasta cínico e indolente, el Bowie de este Estación a estación es, sí, tan frío y calculador como puede serlo una puta en una calle londinense, pero al mismo tiempo demuestra que esa frialdad y ese aparente cálculo no son sino fruto de la soledad y la inseguridad que da una vida vaciada por la droga y la promiscuidad (y lo digo sin el menor atisbo de moralina). De ese modo, canciones como la larga (más de diez minutos) e intensa “Station to Station” (título referido a las estaciones del calvario de Cristo), la fonqui “Golden Years” (la cual bien pudo estar en Young Americans), la casi himnóticamente religiosa “Word on a Wing”, la divertida y sarcástica “TVC 15”, la escalofriante “Stay” y esa maravilla que hiciera célebre la gran Nina Simone, “Wild is the Wind”, resumen melodramáticamente la situación emocional del Bowie de mediados de los setenta.
Un disco artística y vanguardistamente impactante.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
jueves, 3 de enero de 2019
Black Sabbath
Aunque estrictamente hablando no sea el grupo fundador del heavy metal, en términos emocionales de muchas maneras sí lo es. Black Sabbath representa el ingreso de las tendencias oscuras, ocultistas y hasta demoniacas dentro del mundo del rock, mismo que cuando el cuarteto de Birmingham, Inglaterra, apareció en escena, a finales de los años sesenta, estaba dominado por la utopía hippie y la ingenua creencia de que la paz y el amor eran la solución para todos los problemas del mundo y que muy pronto se daría el advenimiento de una nueva humanidad, hermanada por la solidaridad, la comprensión, la igualdad y toda clase de querencias afectivas. Por desgracia no sería así y la realidad, con toda su brutal franqueza, habría de destrozar aquellas ilusiones y abrir los ojos hacia un ambiente más bien ominoso, en el cual la música y las letras del Sabbath encajarían con inquietante perfección. Tony Iommi, Ozzy Osbourne, Geezer Butler y Bill Ward se convertirían en sumos sacerdotes del rock más denso y pesado que hubiera existido hasta entonces, en ministros de un culto que hoy persiste y al que genéricamente se conoce como metal. Pero la historia de Black Sabbath no es así de simple. Sus integrantes tuvieron que vivir sus propios infiernos, dominados por los excesos de todo tipo y por una serie de desavenencias que acarrearía cualquier cantidad de rompimientos y cambios en la conformación original del grupo. Y a pesar de ello, siempre se mantuvo una línea de continuidad, gracias sobre todo a la permanencia de Iommi –el único miembro del Sabbath que jamás dejó a la banda-, quien es por mucho no sólo el progenitor del proyecto sino su principal protector y arquitecto. De esta manera, a cerca de treinta y cinco años de la grabación de sus dos primeros álbumes, Black Sabbath conserva su exclusivísimo lugar como la agrupación primigenia del rock pesado; al lado de Led Zeppelin y Deep Purple, sí, pero con un mérito del cual carecieron los otros dos conjuntos: una absoluta lealtad, rayana en la devoción, a las fuerzas oscuras que engendraron al heavy metal.
(Prólogo "A manera de presentación" que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 17, dedicado a Black Sabbath y aparecido a fines de 2004)
(Prólogo "A manera de presentación" que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 17, dedicado a Black Sabbath y aparecido a fines de 2004)
martes, 25 de diciembre de 2018
Black Tie White Noise
El proceso de recuperación de David Bowie, luego de su periodo cuasi discotequero, prosiguió con este disco, grabado seis años después de Never Let Me Down. Una ausencia demasiado prolongada sin lugar a dudas.
El sólo anuncio, en 1993, de la aparición de un nuevo álbum del artista despertó toda clase de espectativas, muchas de las cuales quedaron frustradas; pero no del todo, ya que Black Tie White Noise fue, a pesar de todas sus falencias, un pequeño paso adelante.
La obra significó entre otras cosas el reencuentro entre dos viejos camaradas: el propio Bowie y el guitarrista Mick Ronson, aunque poner a éste al lado del productor Nile Rodgers resultaba cuando menos extraño. Inspirado en su reciente matrimonio con la supermodelo Iman, un feliz David presentó en este nuevo trabajo una propuesta que seguía coqueteando con la música dance, aunque con una mayor profundidad creativa.
Entre los temas hay dos covers, uno de Scott Walker y otro de Morrisey, mientras que de las composiciones de Bowie destacan “The Wedding” (con obvia dedicatoria), “You’ve Been Around”, “Black Tie White Noise” y muy especialmente la magnífica “Jump They Say”.
Un disco de transición hacia las mucho más importantes obras que produciría en adelante.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
El sólo anuncio, en 1993, de la aparición de un nuevo álbum del artista despertó toda clase de espectativas, muchas de las cuales quedaron frustradas; pero no del todo, ya que Black Tie White Noise fue, a pesar de todas sus falencias, un pequeño paso adelante.
La obra significó entre otras cosas el reencuentro entre dos viejos camaradas: el propio Bowie y el guitarrista Mick Ronson, aunque poner a éste al lado del productor Nile Rodgers resultaba cuando menos extraño. Inspirado en su reciente matrimonio con la supermodelo Iman, un feliz David presentó en este nuevo trabajo una propuesta que seguía coqueteando con la música dance, aunque con una mayor profundidad creativa.
Entre los temas hay dos covers, uno de Scott Walker y otro de Morrisey, mientras que de las composiciones de Bowie destacan “The Wedding” (con obvia dedicatoria), “You’ve Been Around”, “Black Tie White Noise” y muy especialmente la magnífica “Jump They Say”.
Un disco de transición hacia las mucho más importantes obras que produciría en adelante.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)
martes, 18 de diciembre de 2018
Aladdin Sane
Aladdin Sane (1973) tuvo la mala fortuna de ser el disco que siguió a Ziggy Stardust. La sombra de la obra monumental y el que muchos lo hayan considerado como un sucedáneo de ésta hizo que viera disminuidas sus posibilidades de ser un clásico. Sin embargo, se trata de un gran disco, un trabajo gozosamente rocanrolero, con temas espléndidos y una libertad y un disfrute por tocar que se nota en cada interpretación.
Gracias al piano cuasi jazzero de Mick Garson, los arreglos adquieren un toque elegante y en ciertos momentos incluso naïve. Bowie se siente a plenitud lo mismo en las canciones más rítmicas –como la rollingstoniana “Watch That Man”, su versión a “Let’s Spend the Night Together” (precisamente de los Rolling Stones) y la deliciosa y yardbirdiana “The Jean Genie”– que en las de beat más acompasado –notoriamente la fascinante “Aladdin Sane” (con ese piano, con esa guitarra, con esa voz etérea) y la divina y decadente “Time”.
Pero hay otras igualmente atrapantes, como el hermoso doo wop “Drive-In Saturday”, la festiva “The Prettiest Star”, la multiclimática “Panic in Detroit” o la hipnóticamente glam “Cracked Actor”.
¿Qué no es un disco cohesivo? ¿Qué se trata de una mera colección de canciones? Bueno, tal vez sí. ¿Y qué?
(Reseña que escribí para el Especial No. 10 de La Mosca en la Pared, publicado en abril de 2004)
Gracias al piano cuasi jazzero de Mick Garson, los arreglos adquieren un toque elegante y en ciertos momentos incluso naïve. Bowie se siente a plenitud lo mismo en las canciones más rítmicas –como la rollingstoniana “Watch That Man”, su versión a “Let’s Spend the Night Together” (precisamente de los Rolling Stones) y la deliciosa y yardbirdiana “The Jean Genie”– que en las de beat más acompasado –notoriamente la fascinante “Aladdin Sane” (con ese piano, con esa guitarra, con esa voz etérea) y la divina y decadente “Time”.
Pero hay otras igualmente atrapantes, como el hermoso doo wop “Drive-In Saturday”, la festiva “The Prettiest Star”, la multiclimática “Panic in Detroit” o la hipnóticamente glam “Cracked Actor”.
¿Qué no es un disco cohesivo? ¿Qué se trata de una mera colección de canciones? Bueno, tal vez sí. ¿Y qué?
(Reseña que escribí para el Especial No. 10 de La Mosca en la Pared, publicado en abril de 2004)
martes, 11 de diciembre de 2018
Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band
La obra por antonomasia de los Beatles. ¿Sobrevalorada o considerada en su justa dimensión? Es difícil decirlo. Porque a treinta y tantos años de distancia, La Banda del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta continúa tan fresco y vigente como cuando fue grabado.
Tersa continuación de su antecesor, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) vale tanto por su intrínseca calidad artística como por su significado cultural y quizás incluso más por esto. El momento en el cual apareció provocó que el mundo entero se convulsionara y se revolucionara, creando un hito, un antes y un después cuyos efectos no terminan de asentarse hoy día. Como pieza estrictamente musical, puede decirse que a pesar de su fallida intención conceptualista es de todas maneras y por donde se le escuche, una obra maestra. Si Revolver fue el gran paso hacia la transformación de los Beatles en algo más que un simple grupo de rock, el Sgt. Pepper es la consolidación de ese paso y el ingreso del cuarteto al Olimpo de la historia de la música.
Lo que en un principio quiso ser una especie de revista de variedades al mismo tiempo vodevilesca y psicodélica, jamás pudo cuajar como tal. Salvo la introductoria pieza homonima (más su reprise) y la subsiguiente “With a Little Help from My Friends”, cantada por Ringo Starr en su papel de Billy Shears, el resto del material no tiene relación entre sí y lo único que lo unifica a medias es el modo como las canciones van enlazadas, prácticamente sin espacios silenciosos entre una y otra. Resulta claro entonces que la idea original de Paul McCartney no se concretó (algo que le sucedería con otros proyectos posteriores, sobre todo con el álbum Let It Be). No obstante, el que a final de cuentas no haya sido un opus conceptual es lo de menos, ya que todas sus canciones son tan buenas que trascienden cualquier consideración al respecto.
Hay aquí joyas exquisitas como “She’s Leaving Home”, un portento melódico que puede remitir incluso a la música de Felix Mendelsshon. O la esplendorosa “Lucy in the Sky with Diamonds” que tanta polemica causó por llevar supuestamente las iniciales LSD en su título, cuando en realidad –o eso juraba su autor, John Lennon– estaba inspirada en un dibujo de Julian, su pequeño hijo (aunque…, bueno…, a decir verdad, la letra es un alucine).
Tan variado como Revolver, el Sgt. Pepper recorre una colorida paleta de estilos que va de la vodevilesca “When I’m Sixty Four” a la engañosamente optimista “Gettin Bettter”, de la irónica “I’m Fixing a Hole” a la irresitible “Lovely Rita”, sin olvidar la circense (en todos sentidos) y naïve “Being for the Benefit of Mr. Kite”, la hinduista y espléndida “Within You Without You” (única contribución de George Harrison al álbum) y la chispeante “Good Morning Good Morning”. Mención aparte merece la que sin duda es la mejor composición del disco: la impresionante “A Day in the Life”, concebida en su mayor parte por Lennon y un verdadero tour de force instrumental y letrístico –con el intermesso de McCartney incluido. De impecable construcción, con inteligentes y efectivas yuxtaposiciones rítmicas, armónicas y melódicas, con una orquestación que lleva a un gran clímax, “Un día en la vida” es la coda perfecta, la conclusión grandiosa y a la vez siniestra de una obra monumental que jamás cae en los excesos o la grandilocuencia.
Por cierto, el famoso final-final, cuyo sostenutto de piano se mantiene durante cerca de un minuto, fue logrado en realidad por tres pianos, tocados por John, Paul, George y su ayudante (o roadie) Mal Evans.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 8 de La Mosca en la Pared, publicado en febrero de 2004)
Tersa continuación de su antecesor, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) vale tanto por su intrínseca calidad artística como por su significado cultural y quizás incluso más por esto. El momento en el cual apareció provocó que el mundo entero se convulsionara y se revolucionara, creando un hito, un antes y un después cuyos efectos no terminan de asentarse hoy día. Como pieza estrictamente musical, puede decirse que a pesar de su fallida intención conceptualista es de todas maneras y por donde se le escuche, una obra maestra. Si Revolver fue el gran paso hacia la transformación de los Beatles en algo más que un simple grupo de rock, el Sgt. Pepper es la consolidación de ese paso y el ingreso del cuarteto al Olimpo de la historia de la música.
Lo que en un principio quiso ser una especie de revista de variedades al mismo tiempo vodevilesca y psicodélica, jamás pudo cuajar como tal. Salvo la introductoria pieza homonima (más su reprise) y la subsiguiente “With a Little Help from My Friends”, cantada por Ringo Starr en su papel de Billy Shears, el resto del material no tiene relación entre sí y lo único que lo unifica a medias es el modo como las canciones van enlazadas, prácticamente sin espacios silenciosos entre una y otra. Resulta claro entonces que la idea original de Paul McCartney no se concretó (algo que le sucedería con otros proyectos posteriores, sobre todo con el álbum Let It Be). No obstante, el que a final de cuentas no haya sido un opus conceptual es lo de menos, ya que todas sus canciones son tan buenas que trascienden cualquier consideración al respecto.
Hay aquí joyas exquisitas como “She’s Leaving Home”, un portento melódico que puede remitir incluso a la música de Felix Mendelsshon. O la esplendorosa “Lucy in the Sky with Diamonds” que tanta polemica causó por llevar supuestamente las iniciales LSD en su título, cuando en realidad –o eso juraba su autor, John Lennon– estaba inspirada en un dibujo de Julian, su pequeño hijo (aunque…, bueno…, a decir verdad, la letra es un alucine).
Tan variado como Revolver, el Sgt. Pepper recorre una colorida paleta de estilos que va de la vodevilesca “When I’m Sixty Four” a la engañosamente optimista “Gettin Bettter”, de la irónica “I’m Fixing a Hole” a la irresitible “Lovely Rita”, sin olvidar la circense (en todos sentidos) y naïve “Being for the Benefit of Mr. Kite”, la hinduista y espléndida “Within You Without You” (única contribución de George Harrison al álbum) y la chispeante “Good Morning Good Morning”. Mención aparte merece la que sin duda es la mejor composición del disco: la impresionante “A Day in the Life”, concebida en su mayor parte por Lennon y un verdadero tour de force instrumental y letrístico –con el intermesso de McCartney incluido. De impecable construcción, con inteligentes y efectivas yuxtaposiciones rítmicas, armónicas y melódicas, con una orquestación que lleva a un gran clímax, “Un día en la vida” es la coda perfecta, la conclusión grandiosa y a la vez siniestra de una obra monumental que jamás cae en los excesos o la grandilocuencia.
Por cierto, el famoso final-final, cuyo sostenutto de piano se mantiene durante cerca de un minuto, fue logrado en realidad por tres pianos, tocados por John, Paul, George y su ayudante (o roadie) Mal Evans.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 8 de La Mosca en la Pared, publicado en febrero de 2004)
jueves, 6 de diciembre de 2018
Revolver
Si bien Rubber Soul había apuntado un cambio en el desarrollo de los Beatles como compositores e intérpretes, fue con Revolver (1966) que dieron el paso definitivo hacia su transformación en un grupo eminentemente de estudio. Todavía no abandonaban las giras y los conciertos masivos, pero estaban a punto de hacerlo y este disco les dijo que tenían que pasar a un nuevo estadio cualitativo.
En pleno descubrimiento idealizado de las drogas psicodélicas, especialmente el LSD, el grupo se metió de lleno en la experimentación musical y letrística, sobre todo en canciones como la viajada “I’m Only Sleeping” y la extraordinaria “Tomorrow Never Knows” (ambas de John Lennon), pero también incursionó en la composición de temas que casi podríamos llamar académicos por su perfección melódica, armónica e instrumental. Desde el extraordinario arreglo de cuerdas de la maravillosamente pesimista y dramática “Eleanor Rigby” y la dulce sencillez melancólica de la bachiana “For No One”, hasta el delicado compás amoroso de “Here, There and Everywhere” y el entusiasta y restallante optimismo de “Good Day Sunshine” (las cuatro de Paul McCartney).
George Martin jugó un papel esencial como productor y arreglista de Revolver y mostró como siempre su apertura y disposición para materializar todas las ideas que surgían de las cabezas de los de Liverpool. Gracias a ello, el álbum muestra una notable variedad de estilos no sólo en la escritura de las canciones sino en la forma como fueron vestidas instrumentalmente. Así, el escucha pasa de un corte con sitars y percusiones hindúes (“Love You To”) a uno en el cual los metales brillan en toda su potencia soulera (“Got to Get You into My Life”) o va de una tonada festiva y casi infantil (“Yellow Submarine”) a una ácida, ambigua y filosa referencia a los distribuidores de drogas (“Dr. Robert”).
Pero hay otras piezas que resaltan por su singularidad. Ahí está la inicial “Taxman”, escrita por George Harrison, con su agria protesta contra los recaudadores de impuestos, o la preciosamente extraña y hermética “And Your Bird Can Sing” de la cual Lennon juraba no recordar cómo la compuso. Y qué decir de la psicodélica “She Said She Said” y la hipnóticamente harrisoniana “I Want to Tell You”, dos melodías sin macula.
La perfección de Revolver es impresionante y no sorprende que para muchos críticos sea el mejor trabajo en la historia de los Beatles. Tal vez no estén del todo equivocados.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 8 de La Mosca en la Pared, publicado en febrero de 2004)
En pleno descubrimiento idealizado de las drogas psicodélicas, especialmente el LSD, el grupo se metió de lleno en la experimentación musical y letrística, sobre todo en canciones como la viajada “I’m Only Sleeping” y la extraordinaria “Tomorrow Never Knows” (ambas de John Lennon), pero también incursionó en la composición de temas que casi podríamos llamar académicos por su perfección melódica, armónica e instrumental. Desde el extraordinario arreglo de cuerdas de la maravillosamente pesimista y dramática “Eleanor Rigby” y la dulce sencillez melancólica de la bachiana “For No One”, hasta el delicado compás amoroso de “Here, There and Everywhere” y el entusiasta y restallante optimismo de “Good Day Sunshine” (las cuatro de Paul McCartney).
George Martin jugó un papel esencial como productor y arreglista de Revolver y mostró como siempre su apertura y disposición para materializar todas las ideas que surgían de las cabezas de los de Liverpool. Gracias a ello, el álbum muestra una notable variedad de estilos no sólo en la escritura de las canciones sino en la forma como fueron vestidas instrumentalmente. Así, el escucha pasa de un corte con sitars y percusiones hindúes (“Love You To”) a uno en el cual los metales brillan en toda su potencia soulera (“Got to Get You into My Life”) o va de una tonada festiva y casi infantil (“Yellow Submarine”) a una ácida, ambigua y filosa referencia a los distribuidores de drogas (“Dr. Robert”).
Pero hay otras piezas que resaltan por su singularidad. Ahí está la inicial “Taxman”, escrita por George Harrison, con su agria protesta contra los recaudadores de impuestos, o la preciosamente extraña y hermética “And Your Bird Can Sing” de la cual Lennon juraba no recordar cómo la compuso. Y qué decir de la psicodélica “She Said She Said” y la hipnóticamente harrisoniana “I Want to Tell You”, dos melodías sin macula.
La perfección de Revolver es impresionante y no sorprende que para muchos críticos sea el mejor trabajo en la historia de los Beatles. Tal vez no estén del todo equivocados.
(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 8 de La Mosca en la Pared, publicado en febrero de 2004)
miércoles, 28 de noviembre de 2018
Sandinista!
¿Qué le sucedió a The Clash entre 1979 y 1980? O para mejor decirlo: ¿qué les pasó a las cabezas del cuarteto como para concebir un pretencioso e hipercorrectamente politizado álbum triple?
Sandinista! (1980) es una absoluta locura, a la vez fascinante y hartante; un trabajo tan desproporcionado que uno no puedo sino estigmatizarlo y al mismo tiempo disfrutarlo en su ambición globalizadora. Si en London Calling había blues, jazz, reggae, ska y rockabilly, en Sandinista! no sólo están presentes esos géneros sino que se añaden otros muchos, desde música disco hasta gospel, world music, funk, dub, vals (de verdad), psicodelia y hasta tonadas infantiles (un crítico en su momento comentó irónico: “incluso incluyen un par de cortes de The Clash”).
Todo es excesivo en este trabajo en el cual la banda parecía querer demostrar, de manera un tanto arrogante, que podía tocar de todo, aunque no siempre lo hiciera bien. Debido a ello, muchos de los seguidores del grupo, incluidos aquellos más fanatizados, rechazaron el álbum o sólo aceptaron algunos pocos de sus treinta y seis temas (básicamente seis: “The Magnificent Seven”, “Hitsville UK”, “Somebody Got Murdered”, “Lightning Strikes (Not Once But Twice)”, “Police on My Back” y “The Call Up”, aunque algunos agregaron otros ocho, a saber: “Junco Partner”, “Ivan Meets G.I. Joe”, “Leader”, “One More Time”, “If Music Could Talk”, “Sound of Sinners”, “Washington Bullets” y “Charlie Don't Surf”; de hecho, ha sido usual entre muchos seguidores del grupo tomar estos catorce temas para grabarlos aparte y tener su propia versión “purificada” de Sandinista!).
Confuso y en buena parte fallido, el cuarto álbum de The Clash resultó a final de cuentas un desastre, aunque para algunos se trate de un desastre muy divertido.
Sandinista! (1980) es una absoluta locura, a la vez fascinante y hartante; un trabajo tan desproporcionado que uno no puedo sino estigmatizarlo y al mismo tiempo disfrutarlo en su ambición globalizadora. Si en London Calling había blues, jazz, reggae, ska y rockabilly, en Sandinista! no sólo están presentes esos géneros sino que se añaden otros muchos, desde música disco hasta gospel, world music, funk, dub, vals (de verdad), psicodelia y hasta tonadas infantiles (un crítico en su momento comentó irónico: “incluso incluyen un par de cortes de The Clash”).
Todo es excesivo en este trabajo en el cual la banda parecía querer demostrar, de manera un tanto arrogante, que podía tocar de todo, aunque no siempre lo hiciera bien. Debido a ello, muchos de los seguidores del grupo, incluidos aquellos más fanatizados, rechazaron el álbum o sólo aceptaron algunos pocos de sus treinta y seis temas (básicamente seis: “The Magnificent Seven”, “Hitsville UK”, “Somebody Got Murdered”, “Lightning Strikes (Not Once But Twice)”, “Police on My Back” y “The Call Up”, aunque algunos agregaron otros ocho, a saber: “Junco Partner”, “Ivan Meets G.I. Joe”, “Leader”, “One More Time”, “If Music Could Talk”, “Sound of Sinners”, “Washington Bullets” y “Charlie Don't Surf”; de hecho, ha sido usual entre muchos seguidores del grupo tomar estos catorce temas para grabarlos aparte y tener su propia versión “purificada” de Sandinista!).
Confuso y en buena parte fallido, el cuarto álbum de The Clash resultó a final de cuentas un desastre, aunque para algunos se trate de un desastre muy divertido.
(Reseña que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 20, dedicado a The Clash y publicado en mayo de 2005)
lunes, 26 de noviembre de 2018
The Rise & Fall of Ziggy Stardust and the Spiders From Mars
El disco por antonomasia de David Bowie, su obra mayor. ¿O es que se le ha sobrevalorado durante cuarenta y siete años? Si en The Man Who Sold the World hubo intentos de hacer uin disco conceptual, con The Rise & Fall of Ziggy Stardust and the Spiders From Mars (1972 ) esos intentos se cristalizaron de manera genial y prácticamente perfecta.
La historia de una estrella de rock andrógina y de origen extraterrestre es el pretexto para llevarnos a lo largo de un viaje por las obsesiones, las fobias, las visiones y la posición crítica de Bowie acerca del mundo real extrapolado a la fantasía. Así, los diversos temas van narrando una historia pero también una falacia: la del ambiente del rock a principios de los setenta, un rock que comenzaba a padecer de gigantismo e hipertrofia. Y si las letras son duras y ácidas, la música las viste de una exacta envoltura instrumental, cosa que resalta en todos y cada uno de los once temas que componen el álbum.
Con un Mick Ronson en plenitud de forma y un Bowie inspirado y apasionado-apasionante, cortes como “Five Years”, “Lady Stardust”, “Rock ‘n’ Roll Suicide”, “Moonage Dream”, “Soul Love”, “Suffragette City” o “Ziggy Stardust” mueven, remueven y conmueven al escucha con una fuerza que lejos de disminuir se hace más fuerte con el paso del tiempo.
Un disco futurista que aún tiene un enorme y largo futuro. ¿Un disco pretensioso? Sí, pero que supera sus pretensiones. ¿Un disco sobrevalorado? No lo sé, pero definitivamente vale su peso en arte.
(Reseña que escribí para el Especial No. 10 de La Mosca en la Pared, publicado en abril de 2004)
La historia de una estrella de rock andrógina y de origen extraterrestre es el pretexto para llevarnos a lo largo de un viaje por las obsesiones, las fobias, las visiones y la posición crítica de Bowie acerca del mundo real extrapolado a la fantasía. Así, los diversos temas van narrando una historia pero también una falacia: la del ambiente del rock a principios de los setenta, un rock que comenzaba a padecer de gigantismo e hipertrofia. Y si las letras son duras y ácidas, la música las viste de una exacta envoltura instrumental, cosa que resalta en todos y cada uno de los once temas que componen el álbum.
Con un Mick Ronson en plenitud de forma y un Bowie inspirado y apasionado-apasionante, cortes como “Five Years”, “Lady Stardust”, “Rock ‘n’ Roll Suicide”, “Moonage Dream”, “Soul Love”, “Suffragette City” o “Ziggy Stardust” mueven, remueven y conmueven al escucha con una fuerza que lejos de disminuir se hace más fuerte con el paso del tiempo.
Un disco futurista que aún tiene un enorme y largo futuro. ¿Un disco pretensioso? Sí, pero que supera sus pretensiones. ¿Un disco sobrevalorado? No lo sé, pero definitivamente vale su peso en arte.
(Reseña que escribí para el Especial No. 10 de La Mosca en la Pared, publicado en abril de 2004)
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