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jueves, 2 de octubre de 2025
sábado, 5 de julio de 2025
jueves, 14 de abril de 2022
Hugo García Michel en "¿Cómo Está La Banda?" Ep. 095
Mi querido Piro Pendás me hizo el honor de invitarme a su podcast Cómo está la banda, para su emisión No. 95. Tuvimos una larga y muy grata charla –en la que cuento mi historia de vida como músico, periodista y escribidor–que puede verse en YouTube o escucharse en Spotify y otras plataformas de audio. También se puede ver aquí, claro. Quedó muy divertida. Ojalá la puedan ver y/o escuchar. Mil gracias al buen Piro y su equipo de producción.
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domingo, 10 de junio de 2018
La Maldita
¡Ah, esto de los mitos!
Con el rock mexicano ocurre lo mismo que con el actual cine nacional. De pronto se produce un resurgimiento apantallador, un renacimiento sacado como por arte mágico quién sabe de dónde. Todo mundo habla de ese “nueva” cinematografía azteca y de sus grandes realizadores: que Hermosillo, que Carrera, que Arau, que Estrada, que Novaro. Y todo mundo se refiere también al novísimo rock huehuenche y sus esplendorosas figuras: Caifanes, Café Tacuba, La Lupita. Fobia, La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, etcétera. Parece un milagro que de pronto hayan brotado como por generación espontánea tantos talentos artísticos. Pero tal milagro se diluye apenas los confrontamos con la dolorosa, terca e implacable realidad.
En cuanto uno ve cintas como La tarea, Danzón, Ángel de fuego, Intimidad y tantas otras, se descubre la verdad: son puras obras de arte, sí, pero del arte de la publicidad, la propaganda, el bluff. Exactamente igual (o peor) acontece con el rockcito mexicano. Escuchar con atención a los grupos mencionados arriba, sobre todo después de haber leído y oído tantas alabanzas y panegíricos acerca de ellos, resulta francamente decepcionante.
Ya en este espacio me he referido a los Caifanes y Café Tacuba como dos claros exponentes de un rock (¿rock?) engañoso, artificial, digno de aparecer en el Canal de las Estrellas debido a su carácter inocuo, simpático, “positivo”. Ello a pesar del aspecto disfrazadamente provocador de sus intérpretes. Poco importa que aparezcan con los cabellos parados y vestidos como negros cuervos posmos o ataviados con huaraches y calzón de manta. El hecho es que no molestan a una sola de las buenas conciencias que día con día se plantan frente al televisor para disfrutar de las telenovelas y de Chespirito.
El caso de La Maldita Vecindad no es de manera alguna distinto. A pesar de su origen contestatario (es un decir), cuando tocaban en las marchas del CEU o del PRD. hoy se presentan a chacotear sin rubor con el frustrado ex candidato a diputado del PRI, Paco Stanley. En su programa, el locutor se mofa de ellos, los hace repetir idioteces y los pone a simular que tocan, mientras suena el play back y un séquito de chamaquitas histéricas grita al igual que lo hace ante Magneto, Mijares o Los Temerarios. Claro, si todos son harina del mismo costal.
Tal vez lo anterior podría obviarse si La Maldita tocara música realmente valiosa y enriquecedora, pero ni siquiera. Su más reciente disco (El circo, 1991) es exactamente eso: un revoltijo circense en el que lo mismo hacen flacos homenajes a Tin Tan que arreglos espantosos a la de por sí espantosa canción “Querida”, de Juan Gabriel o composiciones tropicaleras en las que el rock brilla por su ausencia. Y cuando hablo del rock, me refiero sobre todo a su esencia, su espíritu, su alma, algo que al parecer los actuales grupos “roqueros” desconocen o desprecian sin más.
El “nuevo rock mexicano”, como el “nuevo cine”, resulta un mito tan falso como nuestra legalidad electoral. Y es que, a final de cuentas, no son sino productos de un mismo sistema y se amoldan perfectamente a él.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 3 de septiembre de 1992)
Con el rock mexicano ocurre lo mismo que con el actual cine nacional. De pronto se produce un resurgimiento apantallador, un renacimiento sacado como por arte mágico quién sabe de dónde. Todo mundo habla de ese “nueva” cinematografía azteca y de sus grandes realizadores: que Hermosillo, que Carrera, que Arau, que Estrada, que Novaro. Y todo mundo se refiere también al novísimo rock huehuenche y sus esplendorosas figuras: Caifanes, Café Tacuba, La Lupita. Fobia, La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, etcétera. Parece un milagro que de pronto hayan brotado como por generación espontánea tantos talentos artísticos. Pero tal milagro se diluye apenas los confrontamos con la dolorosa, terca e implacable realidad.
En cuanto uno ve cintas como La tarea, Danzón, Ángel de fuego, Intimidad y tantas otras, se descubre la verdad: son puras obras de arte, sí, pero del arte de la publicidad, la propaganda, el bluff. Exactamente igual (o peor) acontece con el rockcito mexicano. Escuchar con atención a los grupos mencionados arriba, sobre todo después de haber leído y oído tantas alabanzas y panegíricos acerca de ellos, resulta francamente decepcionante.
Ya en este espacio me he referido a los Caifanes y Café Tacuba como dos claros exponentes de un rock (¿rock?) engañoso, artificial, digno de aparecer en el Canal de las Estrellas debido a su carácter inocuo, simpático, “positivo”. Ello a pesar del aspecto disfrazadamente provocador de sus intérpretes. Poco importa que aparezcan con los cabellos parados y vestidos como negros cuervos posmos o ataviados con huaraches y calzón de manta. El hecho es que no molestan a una sola de las buenas conciencias que día con día se plantan frente al televisor para disfrutar de las telenovelas y de Chespirito.
El caso de La Maldita Vecindad no es de manera alguna distinto. A pesar de su origen contestatario (es un decir), cuando tocaban en las marchas del CEU o del PRD. hoy se presentan a chacotear sin rubor con el frustrado ex candidato a diputado del PRI, Paco Stanley. En su programa, el locutor se mofa de ellos, los hace repetir idioteces y los pone a simular que tocan, mientras suena el play back y un séquito de chamaquitas histéricas grita al igual que lo hace ante Magneto, Mijares o Los Temerarios. Claro, si todos son harina del mismo costal.
Tal vez lo anterior podría obviarse si La Maldita tocara música realmente valiosa y enriquecedora, pero ni siquiera. Su más reciente disco (El circo, 1991) es exactamente eso: un revoltijo circense en el que lo mismo hacen flacos homenajes a Tin Tan que arreglos espantosos a la de por sí espantosa canción “Querida”, de Juan Gabriel o composiciones tropicaleras en las que el rock brilla por su ausencia. Y cuando hablo del rock, me refiero sobre todo a su esencia, su espíritu, su alma, algo que al parecer los actuales grupos “roqueros” desconocen o desprecian sin más.
El “nuevo rock mexicano”, como el “nuevo cine”, resulta un mito tan falso como nuestra legalidad electoral. Y es que, a final de cuentas, no son sino productos de un mismo sistema y se amoldan perfectamente a él.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 3 de septiembre de 1992)
miércoles, 16 de mayo de 2018
Caif(l)anes
Me costó trabajo tomar la decisión, pero finalmente lo hice. Lo poco que había visto y escuchado acerca del grupo Caifanes nada más no me convencía. Que si “La negra Tomasa”, que si “Mátame porque me muero”, que sus apariciones con la Vero y en algunos otros programas del Canal de las Estrellas, que la biografía que les escribió un freak del Nintendo. No era un historial demasiado atractivo a mi modo de ver. Pero bueno, tampoco podía criticarlos así como así, sin conocer cuando menos alguna de sus obras, y me dispuse a escucharlos con la mejor buena voluntad y sin el menor prejuicio.
Como tampoco iba a gastar mi dinero en un disco suyo (habiendo tantas maravillas disponibles), encaminé mis pasos a Unisur, un club de alquiler de discos compactos allá por los rumbos de Universidad y Copilco (saludos a Mónica, Claudia y Sergio) y renté la más reciente grabación de los Caifanes, bautizada con el paradójico y sugerente nombre de El silencio. Y la mera verdad...
El primer pensamiento que me vino a la mente después de oír este álbum, producido por un obviamente desganado Adrian Belew, fue ese lugar común que reza: “mucho ruido y pocas nueces”. ¿Para eso se fueron a grabar a Estados Unidos y se rodearon de ingenieros y técnicos gringos? A eso le llamo desperdiciar el dinero... o invertirlo en puro bluff. Y no es que el disco sea malo, pero tampoco resulta la gran cosa que sus panegiristas han proclamado a los cuatro vientos. Digamos que se trata de un producto más que se puede vender bien entre los numerosos fanáticos (nunca mejor usada la palabra) de este grupo tan sobrevalorado como desangelado y falto de espíritu rocanrolero.
Musicalmente, El silencio tiene algunos aciertos. Hay excelentes frases guitarrísticas de Alejandro Marcovich, ingeniosas humoradas de Diego Herrera en los teclados (como en “Nubes” o el final chuntatanesco de “Piedra”), un bajeo interesante de Sabo Romo y una batería más bien rutinaria de Alfonso André. En cuanto a la voz de Saúl Hernandez, éste no ha sido capaz de quitarse la manía de imitar al cantante de Soda Stereo, quien a su vez se fusila sin rubores las vocalizaciones de Robert Smith, de The Cure.
En lo que toca a la mezcla, deja bastante que desear. La batería domina demasiado, mientras la guitarra y la voz suelen bajar de volumen y perderse en forma incomprensible. Vuelvo a lo ya apuntado: ¿para eso se fueron a grabar a los esteits?
El terreno de las letras es el que de plano está por los suelos. No hablemos de ese atentado al buen castellano que es el título de la primera pieza: “Metamorféame” (¿que qué?). Como ya lo indicó en estas mismas páginas mi amigo Jorge R. Soto, lo correcto es metamorfoséame. Pero en general, las letras resultan insulsas, forzadas, de dudosa poesía y con metáforas (sacáforas, las llama Óscar Sárquiz) pretenciosas y chafas como “Pensarás que soy un perro / que en el cerebro tengo moquillo” (la verdad es que sí lo pensé).
En general, El silencio me parece un disco plano, aburridón, agüevante, que sólo logra un efímero soplo de vida en la agradable “Estás dormida”, de Marcovich. ¿Por qué entonces hacer tantas fiestas a este grupo, al que muchos consideran el mejor en la historia del rock nacional (¡bájenle!). Primero habría que considerar si lo que interpretan es realmente rock o un híbrido digno de las aguadencias (Alf dixit) de un flan.
¿Caifanes o Caiflanes? That is the question.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 18 de junio de 1992)
Como tampoco iba a gastar mi dinero en un disco suyo (habiendo tantas maravillas disponibles), encaminé mis pasos a Unisur, un club de alquiler de discos compactos allá por los rumbos de Universidad y Copilco (saludos a Mónica, Claudia y Sergio) y renté la más reciente grabación de los Caifanes, bautizada con el paradójico y sugerente nombre de El silencio. Y la mera verdad...
El primer pensamiento que me vino a la mente después de oír este álbum, producido por un obviamente desganado Adrian Belew, fue ese lugar común que reza: “mucho ruido y pocas nueces”. ¿Para eso se fueron a grabar a Estados Unidos y se rodearon de ingenieros y técnicos gringos? A eso le llamo desperdiciar el dinero... o invertirlo en puro bluff. Y no es que el disco sea malo, pero tampoco resulta la gran cosa que sus panegiristas han proclamado a los cuatro vientos. Digamos que se trata de un producto más que se puede vender bien entre los numerosos fanáticos (nunca mejor usada la palabra) de este grupo tan sobrevalorado como desangelado y falto de espíritu rocanrolero.
Musicalmente, El silencio tiene algunos aciertos. Hay excelentes frases guitarrísticas de Alejandro Marcovich, ingeniosas humoradas de Diego Herrera en los teclados (como en “Nubes” o el final chuntatanesco de “Piedra”), un bajeo interesante de Sabo Romo y una batería más bien rutinaria de Alfonso André. En cuanto a la voz de Saúl Hernandez, éste no ha sido capaz de quitarse la manía de imitar al cantante de Soda Stereo, quien a su vez se fusila sin rubores las vocalizaciones de Robert Smith, de The Cure.
En lo que toca a la mezcla, deja bastante que desear. La batería domina demasiado, mientras la guitarra y la voz suelen bajar de volumen y perderse en forma incomprensible. Vuelvo a lo ya apuntado: ¿para eso se fueron a grabar a los esteits?
El terreno de las letras es el que de plano está por los suelos. No hablemos de ese atentado al buen castellano que es el título de la primera pieza: “Metamorféame” (¿que qué?). Como ya lo indicó en estas mismas páginas mi amigo Jorge R. Soto, lo correcto es metamorfoséame. Pero en general, las letras resultan insulsas, forzadas, de dudosa poesía y con metáforas (sacáforas, las llama Óscar Sárquiz) pretenciosas y chafas como “Pensarás que soy un perro / que en el cerebro tengo moquillo” (la verdad es que sí lo pensé).
En general, El silencio me parece un disco plano, aburridón, agüevante, que sólo logra un efímero soplo de vida en la agradable “Estás dormida”, de Marcovich. ¿Por qué entonces hacer tantas fiestas a este grupo, al que muchos consideran el mejor en la historia del rock nacional (¡bájenle!). Primero habría que considerar si lo que interpretan es realmente rock o un híbrido digno de las aguadencias (Alf dixit) de un flan.
¿Caifanes o Caiflanes? That is the question.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 18 de junio de 1992)
jueves, 3 de mayo de 2018
(Des)vergüenza ajena
Asisto a la conferencia de prensa en la que se presenta el primer álbum como solista del ex caifán Sabo Romo (sss, BMG Ariola, 1996). Llego un poco tarde y ya todos los lugares están ocupados por numerosos reporteros de la llamada fuente roquera. Al centro, presidiendo el asunto, Romo habla con sonrisa de autosuficiencia, como aquel que vive en las alturas y desciende generoso a repartir algunas migajas de su inconmensurable talento. Es un monólogo en extremo aburrido, pero al ver los rostros de los demás colegas, noto que casi todos contemplan al músico con ojos de beatífica adoración. Mientras devoran las viandas colocadas ex profeso en una amplia mesa, ríen estruendosos ante cada una de los bromas del susodicho, las celebran con carcajadas que buscan ser notadas por él, por el semidiós que los mira benevolente.
Cerca de una hora después de aquel tormento (que de manera estoica soporto de pie) y de preguntarme en repetidas ocasiones qué carajos estoy haciendo ahí, llega la sesión de preguntas. Por Dios, qué interrogantes más complacientes, dispuestas todas en bandeja de plata para que Romo se luzca (es un decir) con varias más de sus ingeniosidades. Y cuando el bajista contesta a alguno de sus súbditos y lo llama por su nombre, éste no puede menos que esponjar el plumaje y voltear con sonrisa presuntuosa hacia los envidiosos que no tuvieron la fortuna, ¡ay!, de tamaña distinción.
¡Ah, pero aún falta el momento culminante! Uno de los decanos de la fuente toma la palabra y habla de su “entrañable amistad con Sabo”. Este responde y comienza a ensalzar a su interlocutor, colocándolo de plano en el cielo mismo de los inmortales. El otro entonces regresa las loas, los ditirambos, las lisonjas, en un tenístico torneo de elogios mutuos que sonrojaría a cualquiera, menos a la mayoría de los ahí presentes.
No puedo más y busco la salida, el aire puro, el alejamiento de la estulticia. Así está nuestro periodismo roquero, en el subdesarrollo absoluto. (Acerca del disco, sólo diré que el título es en sí mismo una gigantesca falta de ortografía; en lugar de sss, debió llamarse zzz).
(Crónica que escribí para mi columna "Bajo presupuesto", de la sección cultural del diario El Financiero, y que se publicó el 14 de febrero de 1997)
Cerca de una hora después de aquel tormento (que de manera estoica soporto de pie) y de preguntarme en repetidas ocasiones qué carajos estoy haciendo ahí, llega la sesión de preguntas. Por Dios, qué interrogantes más complacientes, dispuestas todas en bandeja de plata para que Romo se luzca (es un decir) con varias más de sus ingeniosidades. Y cuando el bajista contesta a alguno de sus súbditos y lo llama por su nombre, éste no puede menos que esponjar el plumaje y voltear con sonrisa presuntuosa hacia los envidiosos que no tuvieron la fortuna, ¡ay!, de tamaña distinción.
¡Ah, pero aún falta el momento culminante! Uno de los decanos de la fuente toma la palabra y habla de su “entrañable amistad con Sabo”. Este responde y comienza a ensalzar a su interlocutor, colocándolo de plano en el cielo mismo de los inmortales. El otro entonces regresa las loas, los ditirambos, las lisonjas, en un tenístico torneo de elogios mutuos que sonrojaría a cualquiera, menos a la mayoría de los ahí presentes.
No puedo más y busco la salida, el aire puro, el alejamiento de la estulticia. Así está nuestro periodismo roquero, en el subdesarrollo absoluto. (Acerca del disco, sólo diré que el título es en sí mismo una gigantesca falta de ortografía; en lugar de sss, debió llamarse zzz).
(Crónica que escribí para mi columna "Bajo presupuesto", de la sección cultural del diario El Financiero, y que se publicó el 14 de febrero de 1997)
miércoles, 25 de abril de 2018
Caras y gestos
Contra lo que podría pensarse, no voy a escribir acerca del gustado recuadro que con sus caritas irónicas aparece todos los días en la sección deportiva de nuestro periódico. Más bien, se trata de comentar una actitud que ya resulta enfermiza en gran cantidad de grupos mexicanos de ¿rock? Me refiero a esa manía que tienen por parecer cada vez más histéricos, más oligofrénicos. Y las muestras sobran.
Por ejemplo, en el video de la canción “Ja, ja, ja” de La Lupita, que MTV y otros canales proyectan ad nauseam, los integrantes del grupo se pasan más de tres minutos haciendo gestos “chistosos” a la cámara. Si de una excepción se tratara, estaría bien y ya. Lo malo es que existe una especie de consigna que determina que las “bandas” roqueras nacionales tienen que gesticular, brincotear, aullar y decir la mayor cantidad de estupideces que se les ocurra en el menor tiempo posible. Véanse si no otros videos, como los de Café Tacuba o Las Víctimas del Doctor Cerebro –nunca un nombre fue tan perfectamente definitorio de la (in)sustancia de un grupo– o léase casi cualquier entrevista o atiéndase ese programa televisivo para descerebrados que se llama Rock líquido y que pasa los miércoles por Canal 7 de TV Azteca. ¡Por Dios, qué sarta de agresiones a la inteligencia de los espectadores, de los escuchas y de los lectores potenciales!
Increíblemente, buena parte del rockcito mexicano continúa en el mismo nivel de hace treinta y tantos años, cuando los Hooligans agitaban sus neuronas al compás de “despeinada, ja ja ja ja” y los Rockin Devils nos espetaban con toda impunidad su “quítate ya de aquí perro lanudo, déjame estar solo con mi novia”. Ahora sus letras dicen cosas como “hiciste lo imposible por hacerme infeliz, pero yo gozo bien sabroso como una lombriz”. Nada ha cambiado. Nada. ¿O cómo es posible que Alejandro Lora mantenga el mismo discurso de hace veintitantos años y siga gritando “¡Qué viva el rocanrol” a la menor provocación?
Esa actitud de ser relajientos, graciosos y “bien prendidos” lo que refleja no es la esencia desmadrosa de la juventud mexicana, sino el retraso intelectual y cultural de seudo músicos cuyo máximo anhelo continúa siendo volverse ricos y famosos a la brevedad posible, aparecer en Siempre en domingo y En vivo, en MTV, en Rock líquido, en Notitas musicales y en la revista Eres. ¿Hacer arte? ¿Crear obras que trasciendan? ¡Por favor! ¡Esas son metas de la premodernidad! ¿Pues en qué país creen que estamos?
(Publicado en mi columna “Una pálida sombra” de la sección cultural del diario El Financiero, el 16 de abril de 1996)
Por ejemplo, en el video de la canción “Ja, ja, ja” de La Lupita, que MTV y otros canales proyectan ad nauseam, los integrantes del grupo se pasan más de tres minutos haciendo gestos “chistosos” a la cámara. Si de una excepción se tratara, estaría bien y ya. Lo malo es que existe una especie de consigna que determina que las “bandas” roqueras nacionales tienen que gesticular, brincotear, aullar y decir la mayor cantidad de estupideces que se les ocurra en el menor tiempo posible. Véanse si no otros videos, como los de Café Tacuba o Las Víctimas del Doctor Cerebro –nunca un nombre fue tan perfectamente definitorio de la (in)sustancia de un grupo– o léase casi cualquier entrevista o atiéndase ese programa televisivo para descerebrados que se llama Rock líquido y que pasa los miércoles por Canal 7 de TV Azteca. ¡Por Dios, qué sarta de agresiones a la inteligencia de los espectadores, de los escuchas y de los lectores potenciales!
Increíblemente, buena parte del rockcito mexicano continúa en el mismo nivel de hace treinta y tantos años, cuando los Hooligans agitaban sus neuronas al compás de “despeinada, ja ja ja ja” y los Rockin Devils nos espetaban con toda impunidad su “quítate ya de aquí perro lanudo, déjame estar solo con mi novia”. Ahora sus letras dicen cosas como “hiciste lo imposible por hacerme infeliz, pero yo gozo bien sabroso como una lombriz”. Nada ha cambiado. Nada. ¿O cómo es posible que Alejandro Lora mantenga el mismo discurso de hace veintitantos años y siga gritando “¡Qué viva el rocanrol” a la menor provocación?
Esa actitud de ser relajientos, graciosos y “bien prendidos” lo que refleja no es la esencia desmadrosa de la juventud mexicana, sino el retraso intelectual y cultural de seudo músicos cuyo máximo anhelo continúa siendo volverse ricos y famosos a la brevedad posible, aparecer en Siempre en domingo y En vivo, en MTV, en Rock líquido, en Notitas musicales y en la revista Eres. ¿Hacer arte? ¿Crear obras que trasciendan? ¡Por favor! ¡Esas son metas de la premodernidad! ¿Pues en qué país creen que estamos?
(Publicado en mi columna “Una pálida sombra” de la sección cultural del diario El Financiero, el 16 de abril de 1996)
domingo, 22 de abril de 2018
Rockeros y roqueritos
Hablar de las diferencias entre rockeros y roqueritos es más, mucho más que referirse a simples distinciones semánticas. Porque son numerosas las divergencias entre estas dos especies, pertenecientes ambas a esa peculiar fauna entomológica que surgió a partir del rocanrol. ¿Qué es lo que distingue a cada sector, cuando menos en México? Veamos.
–Los rockeros saben que el rock nació en el delta del río Mississippi y sus raíces son negras.
–Los roqueritos suponen que el rock nació en las riberas del río de La Plata y que sus raíces son bonaerenses.
–Los rockeros consideran a Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis y Elvis Presley como algunos de los pioneros de esta música.
–Los roqueritos tienen a Charly García, Fito Páez, Soda Stereo y los Enanitos Verdes como fundadores de la misma.
–Los rockeros valoran al rhythm and blues de los cuarenta y los cincuenta como la raíz primigenia del rock.
–Los roqueritos no tienen idea de lo que es el rhythm and blues de los cuarenta y los cincuenta y creen que las raíces se encuentran en las canciones de Parchis y Timbiriche.
–Los rockeros son hijos de la radio.
–Los roqueritos son hijos de la televisión.
–Los rockeros crecieron escuchando a Elvis, los Beatles, los Rolling Stones, los Who, los Kinks, los Doors, Hendrix, Clapton, Bowie, etcétera.
–Los roqueritos crecieron llenando sus oídos con las melodías de Cepillín, Menudo, Flans, la Onda Vaselina, etcétera.
–Los rockeros están íntimamente relacionados con la contracultura de los años sesenta.–Los roqueritos están íntimamente ligados con la filosofía de Raúl Velasco y del Canal de las Estrellas.
–Los rockeros llegaron a creer que el rock es un modo de vida.
–Los roqueritos están convencidos de que el rock debe ser un modus vivendi.
–Los rockeros muestran muchas reservas críticas acerca del llamado rock mexicano.
–Los roqueritos tienen la creencia religiosa de que el rock mexicano está a la altura del de cualquier parte del mundo.
–Los rockeros privilegian el escuchar sobre el bailar.
–Los roqueritos privilegian el slam sobre cualquier posibilidad de escuchar.
–Los rockeros piensan que el rock debe ser universal.
–Los roqueritos afirman que el rock debe ser nacionalista y suelen caer en el chauvinismo y la xenofobia más fascistoides.
–Los rockeros se reconocen por su actitud.
–Los roqueritos son traicionados por sus actitudes.
–Los rockeros aman la música.
–Los roqueritos aman el bluff.
–Los rockeros desconfían de la excesiva comercialización en que ha caído el rock a partir de los ochenta.
–Los roqueritos ansían entregarse en manos de la comercialización con tal de lograr una fama rápida e inmediata.
–Los rockeros desconfían de la demagogia facilona.
–Los roqueritos lanzan proclamas seudopolíticas y panfletarias a la menor provocación.
–Los rockeros tienen como ideal crear buena música.
–Los roqueritos tienen como ideal aparecer en el programa de Paco Stanley.
(Publicado en mi columna “Una pálida sombra” de la sección cultural del diario El Financiero, el 23 de julio de 1996)
–Los rockeros saben que el rock nació en el delta del río Mississippi y sus raíces son negras.
–Los roqueritos suponen que el rock nació en las riberas del río de La Plata y que sus raíces son bonaerenses.
–Los rockeros consideran a Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis y Elvis Presley como algunos de los pioneros de esta música.
–Los roqueritos tienen a Charly García, Fito Páez, Soda Stereo y los Enanitos Verdes como fundadores de la misma.
–Los rockeros valoran al rhythm and blues de los cuarenta y los cincuenta como la raíz primigenia del rock.
–Los roqueritos no tienen idea de lo que es el rhythm and blues de los cuarenta y los cincuenta y creen que las raíces se encuentran en las canciones de Parchis y Timbiriche.
–Los rockeros son hijos de la radio.
–Los roqueritos son hijos de la televisión.
–Los rockeros crecieron escuchando a Elvis, los Beatles, los Rolling Stones, los Who, los Kinks, los Doors, Hendrix, Clapton, Bowie, etcétera.
–Los roqueritos crecieron llenando sus oídos con las melodías de Cepillín, Menudo, Flans, la Onda Vaselina, etcétera.
–Los rockeros están íntimamente relacionados con la contracultura de los años sesenta.–Los roqueritos están íntimamente ligados con la filosofía de Raúl Velasco y del Canal de las Estrellas.
–Los rockeros llegaron a creer que el rock es un modo de vida.
–Los roqueritos están convencidos de que el rock debe ser un modus vivendi.
–Los rockeros muestran muchas reservas críticas acerca del llamado rock mexicano.
–Los roqueritos tienen la creencia religiosa de que el rock mexicano está a la altura del de cualquier parte del mundo.
–Los rockeros privilegian el escuchar sobre el bailar.
–Los roqueritos privilegian el slam sobre cualquier posibilidad de escuchar.
–Los rockeros piensan que el rock debe ser universal.
–Los roqueritos afirman que el rock debe ser nacionalista y suelen caer en el chauvinismo y la xenofobia más fascistoides.
–Los rockeros se reconocen por su actitud.
–Los roqueritos son traicionados por sus actitudes.
–Los rockeros aman la música.
–Los roqueritos aman el bluff.
–Los rockeros desconfían de la excesiva comercialización en que ha caído el rock a partir de los ochenta.
–Los roqueritos ansían entregarse en manos de la comercialización con tal de lograr una fama rápida e inmediata.
–Los rockeros desconfían de la demagogia facilona.
–Los roqueritos lanzan proclamas seudopolíticas y panfletarias a la menor provocación.
–Los rockeros tienen como ideal crear buena música.
–Los roqueritos tienen como ideal aparecer en el programa de Paco Stanley.
(Publicado en mi columna “Una pálida sombra” de la sección cultural del diario El Financiero, el 23 de julio de 1996)
lunes, 16 de abril de 2018
Lovely Rita
Debo confesar la verdad. La noche del pasado 8 de mayo asistí a la Ola Azteca con ánimo crítico y dispuesto a demoler por escrito cuanto viera por ahí. Pensé que no me costaría trabajo. Después de todo, estaba convencido (y lo sigo estando) de que era una burda maniobra de Televisa para seguir manejando a su antojo al llamado rock nacional; una forma de continuar lo que ha hecho, al utilizar en su programación mediatizadora a grupos como La Maldita Vecindad, Café Tacuba, Caifanes, Rostros Ocultos y demás. Con la “Ola roquera”, el monopolio de la televisión se presentaba como impulsor del movimiento musical de los jóvenes roqueros (que no rocanroleros: hay notables diferencias de significado entre ambos términos), muchos de los cuales, me consta, creen en la sinceridad y las buenas intenciones del monstruo. “Lo importante es que existan foros para tocar”, dicen los músicos, y poco les interesa vender su alma al diablo con tal de gozar de quince minutos de fama. Lo importante no es el trabajo creativo, la labor verdaderamente artística, sino el hecho de ser difundidos a como dé lugar, no importa que sea en Siempre en domingo, Mi barrio o cualquier otra mierda. ¿Ideología? ¿Principios? ¡Maestro, estamos en otros tiempos! Es la era del liberalismo social, la era del cinismo.
Pero volvamos a la noche del sábado 8 de mayo. Desde que entré al Estadio Azteca, sentí el clásico ambiente policiaco-represivo que distingue a los espacios dominados por Televisa. Gente de seguridad, guaruras disfrazados de guaruras, granaderos; miradas torvas, desconfiadas.
En el escenario, un grupo llamado La Candelaria que, más que música, hacía dengues y gestos “prendidísimos” que dejaban a la gente impávida (menos mal). Luego vino Insignia, cuarteto muy joven y con una propuesta mucho más interesante que la de sus antecesores. Sin embargo, mi interés –y el de la mayoría de los asistentes– era ver a Santa Sabina (en mi caso, porque nunca los había visto en persona). Vino entonces lo inesperado...
Después de haber visto en otras ocasiones a vacas sagradas como La Maldita y Caifanes, llevándome sendas decepciones por la pobreza de sus actos, ver a Santa Sabina resultó una sorpresa agradabilísima. He aquí una propuesta artística original y rica en matices, con composiciones interesantes y muy bien ejecutadas por cuatro músicos espléndidos. La banda crea atmósferas oníricas y estrambóticas que son aprovechadas a la perfección por la presencia más impactante y la mejor voz del rock nacional: Rita Guerrero. A pesar de su corta estatura, Rita crece en el escenario, se adueña de él y lo utiliza a su antojo. Su dominio del público es impresionante. De pronto (y no exagero), uno de ve metido en una experiencia mística de la que resulta imposible escapar. Rita posee un manejo de la mirada, el rostro y el cuerpo que la transforma en una hechicera. En ella hay, por fin (al igual que en sus compañeros), una manifestación musical realmente rocanrolera, de una finura excepcional y hasta insólita dentro del medio en que se mueve.
Rita y Santa Sabina se han salvado hasta ahora (supongo que por sus convicciones y no por falta de ofertas) de caer en el mercantilismo fácil de otros. Ojalá sigan por ahí, caray.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 21 de mayo de 1993)
Pero volvamos a la noche del sábado 8 de mayo. Desde que entré al Estadio Azteca, sentí el clásico ambiente policiaco-represivo que distingue a los espacios dominados por Televisa. Gente de seguridad, guaruras disfrazados de guaruras, granaderos; miradas torvas, desconfiadas.
En el escenario, un grupo llamado La Candelaria que, más que música, hacía dengues y gestos “prendidísimos” que dejaban a la gente impávida (menos mal). Luego vino Insignia, cuarteto muy joven y con una propuesta mucho más interesante que la de sus antecesores. Sin embargo, mi interés –y el de la mayoría de los asistentes– era ver a Santa Sabina (en mi caso, porque nunca los había visto en persona). Vino entonces lo inesperado...
Después de haber visto en otras ocasiones a vacas sagradas como La Maldita y Caifanes, llevándome sendas decepciones por la pobreza de sus actos, ver a Santa Sabina resultó una sorpresa agradabilísima. He aquí una propuesta artística original y rica en matices, con composiciones interesantes y muy bien ejecutadas por cuatro músicos espléndidos. La banda crea atmósferas oníricas y estrambóticas que son aprovechadas a la perfección por la presencia más impactante y la mejor voz del rock nacional: Rita Guerrero. A pesar de su corta estatura, Rita crece en el escenario, se adueña de él y lo utiliza a su antojo. Su dominio del público es impresionante. De pronto (y no exagero), uno de ve metido en una experiencia mística de la que resulta imposible escapar. Rita posee un manejo de la mirada, el rostro y el cuerpo que la transforma en una hechicera. En ella hay, por fin (al igual que en sus compañeros), una manifestación musical realmente rocanrolera, de una finura excepcional y hasta insólita dentro del medio en que se mueve.
Rita y Santa Sabina se han salvado hasta ahora (supongo que por sus convicciones y no por falta de ofertas) de caer en el mercantilismo fácil de otros. Ojalá sigan por ahí, caray.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 21 de mayo de 1993)
domingo, 8 de abril de 2018
Caifanes bajo coacción
Ella me dijo: “Si escribes mal de este concierto, es que no posees objetividad periodística”. Y me advirtió amenazante: “Si escribes mal de este concierto, no te vuelvo a hablar en mi vida”.
Conste lo anterior para aclarar que escribo el presente texto bajo presión moral, coaccionado claramente. Por lo tanto, no podré decir que el concierto del grupo Caifanes, del pasado viernes 30 de abril (Día del niño) en el Palacio de los Deportes, me dejó absolutamente impávido.
Tampoco podré decir que la música de este quinteto nada más no me llega, me resulta terriblemente monótona y no me hace mover un solo músculo.
No mencionaré que las letras de sus canciones, más que crípticas o herméticas, me parecen pretensiosas, sin sentido, falsamente profundas o francamente burdas (verbigracia: “Me dirás que soy un perro / que en el cerebro tengo moquillo” o aquel atentado contra el idioma que es la palabreja “metamorféame”. ¡Horror!).
Ni anotaré que su presencia escénica es pobre y estática, que la voz de Saúl Hernández carece de matices (¡de acuerdo, maestro Monsalvo!) y los instrumentistas son apenas un poco mejores que los de La Maldita Vecindad.
No escribiré que el hecho de que 20 mil personas hayan brincado y cantado como una sola, durante más de de dos horas, no significa necesariamente que Caifanes sea un buen grupo. Igual cantan y brincotean 50 mil ante Garibaldi, Yuri, Ricky Martin o Los Temerarios.
No diré (¡no!) que esas jaladas de sacar a grupos de concheros son arranques chauvinistas innecesarios y falsísimos, con todo y los gritos de “¡México, México!” del respetable o que los exhortos de Saúl contra el malinchismo suenan más provincianos que la arenga de un presidente municipal un 15 de septiembre cualquiera.
Tampoco comentaré que lo mejor de todo (al menos para uno, como periodista) fueron los tacos al pastor y las cervezas (así como las buenísimas edecanes) del convivio posterior al concierto; lo mismo que la presencia de la maravillosa Daisy Fuentes, locutora de MTV ahí presente. cuyo rostro y cuerpo resultan muy difíciles de olvidar.
Por último, me abstendré de señalar que después de verlos en vivo, los Caifanes me siguen pareciendo tan planos y faltos de vitalidad como cuando los escuché en disco.
Perdone el estimado lector que esta vez no diga cosa alguna y me reserve mis opiniones, pero la verdad es que a ella la quiero mucho y no quisiera que me considerara falto de objetividad periodística ni (mucho menos) que dejara de hablarme para siempre.
Así pues, por esta vez, guardo El silencio.
Ni hablar.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 7 de mayo de 1993)
Conste lo anterior para aclarar que escribo el presente texto bajo presión moral, coaccionado claramente. Por lo tanto, no podré decir que el concierto del grupo Caifanes, del pasado viernes 30 de abril (Día del niño) en el Palacio de los Deportes, me dejó absolutamente impávido.
Tampoco podré decir que la música de este quinteto nada más no me llega, me resulta terriblemente monótona y no me hace mover un solo músculo.
No mencionaré que las letras de sus canciones, más que crípticas o herméticas, me parecen pretensiosas, sin sentido, falsamente profundas o francamente burdas (verbigracia: “Me dirás que soy un perro / que en el cerebro tengo moquillo” o aquel atentado contra el idioma que es la palabreja “metamorféame”. ¡Horror!).
Ni anotaré que su presencia escénica es pobre y estática, que la voz de Saúl Hernández carece de matices (¡de acuerdo, maestro Monsalvo!) y los instrumentistas son apenas un poco mejores que los de La Maldita Vecindad.
No escribiré que el hecho de que 20 mil personas hayan brincado y cantado como una sola, durante más de de dos horas, no significa necesariamente que Caifanes sea un buen grupo. Igual cantan y brincotean 50 mil ante Garibaldi, Yuri, Ricky Martin o Los Temerarios.
No diré (¡no!) que esas jaladas de sacar a grupos de concheros son arranques chauvinistas innecesarios y falsísimos, con todo y los gritos de “¡México, México!” del respetable o que los exhortos de Saúl contra el malinchismo suenan más provincianos que la arenga de un presidente municipal un 15 de septiembre cualquiera.
Tampoco comentaré que lo mejor de todo (al menos para uno, como periodista) fueron los tacos al pastor y las cervezas (así como las buenísimas edecanes) del convivio posterior al concierto; lo mismo que la presencia de la maravillosa Daisy Fuentes, locutora de MTV ahí presente. cuyo rostro y cuerpo resultan muy difíciles de olvidar.
Por último, me abstendré de señalar que después de verlos en vivo, los Caifanes me siguen pareciendo tan planos y faltos de vitalidad como cuando los escuché en disco.
Perdone el estimado lector que esta vez no diga cosa alguna y me reserve mis opiniones, pero la verdad es que a ella la quiero mucho y no quisiera que me considerara falto de objetividad periodística ni (mucho menos) que dejara de hablarme para siempre.
Así pues, por esta vez, guardo El silencio.
Ni hablar.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 7 de mayo de 1993)
jueves, 5 de abril de 2018
La Tina Turner mexicana (una nota de 1993)
En fechas recientes, Ofelia Medina intervino en un video del infladísimo y espantoso grupo Café Tacuba y, bueno, eso es cosa de ella. Lo malo es que a partir de esto –y según declaraciones a la revista Tiempo Libre (No. 674)–, la actriz “tiene en mente un proyecto que la convertiría, según sus propias palabras, en la Tina Turner mexicana (el subrayado es mío).
¿Cómo lo hará? Helo aquí: Ofe y Café Tacuba grabarán un disco "en el que pensamos tener, por ejemplo, algunas cumbias y danzones, claro, tamizados como ellos lo hacen, con letras que compondríamos en conjunto”, dice ella. Y prosigue, luego que la reportera Rosario Reyes le pregunta si es la primera vez que hace “algo así” con un grupo de rock: “Sí, pero ellos no son rock, son música contemporánea mexicana. A veces hay rock, pero son más. Hay hasta huapangos, claro, cafetacubeados. Así es que voy a ser algo así como la Tina Turner mexicana. Imagínete, una ruca cantando cosas para los jóvenes”.
De verdad que el rock no tiene la culpa. Primero fueron los timbiriches, magnetos, microchips y demás basura. Ahora hasta las actrices progres le quieren entrar al negocio. No hay derecho, me cae. Qué friega.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 15 de abril de 1993)
¿Cómo lo hará? Helo aquí: Ofe y Café Tacuba grabarán un disco "en el que pensamos tener, por ejemplo, algunas cumbias y danzones, claro, tamizados como ellos lo hacen, con letras que compondríamos en conjunto”, dice ella. Y prosigue, luego que la reportera Rosario Reyes le pregunta si es la primera vez que hace “algo así” con un grupo de rock: “Sí, pero ellos no son rock, son música contemporánea mexicana. A veces hay rock, pero son más. Hay hasta huapangos, claro, cafetacubeados. Así es que voy a ser algo así como la Tina Turner mexicana. Imagínete, una ruca cantando cosas para los jóvenes”.
De verdad que el rock no tiene la culpa. Primero fueron los timbiriches, magnetos, microchips y demás basura. Ahora hasta las actrices progres le quieren entrar al negocio. No hay derecho, me cae. Qué friega.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 15 de abril de 1993)
miércoles, 4 de abril de 2018
La maldita ambigüedad (Desconcierto en el Auditorio Nacional)
A fin de celebrar que les haya sido otorgado su primer “Galardón a los Grandes” de Siempre en domingo, el grupo La Maldita Vecindad y los hijos del Quinto Patio realizó un concierto masivo en un casi repleto Auditorio Nacional (chin, creo que he iniciado esta seudo crónica de manera insidiosa y me prometí tratar de ser objetivo y desprejuiciado al elaborarla).
Ser objetivo y desprejuiciado, esa era la consigna que me impuse al salir de mi casa el pasado domingo por la tarde. Asistí al Auditorio acompañado por mi hijo de diez años, fan declarado de La Maldita y cuya compañía me podría servir como una especie de moderador que atemperara mi escasa fascinación por el hoy afamado conjunto. Me prometí olvidar a esos venenosos que han bautizado a la banda como La Maldita Ambigüedad y los hijos de Raúl Velasco, todo en aras de la objetividad periodística y demás lemas que nadie practica pero que suenan muy bonito. Mas la realidad es canija y ya al bajar del vagón en la estación Auditorio del Metro, mis mentados prejuicios comenzaron a cobrar fundamento.
Era un mar de gente joven la que salía de la mencionada estación, un público que encaminaba sus pasos hacia el imponente recinto donde se llevaría acabo el concierto, un público que me hizo pensar que me había equivocado de fecha y que los que se iban a presentar ese 13 de diciembre eran los Bukis o los Temerarios. Pero no: tantos chavos y chavas ataviados de negro, con ese look posmo inconfundible, no podían ser sino seguidores de la M.V. Así pues, nos metimos al Auditorio.
En el balcón de ¿prensa?
Gracias a mi gafete de prensa, nos tocó sentarnos en un muy buen lugar entre (supuse) puros reporteros de diarios, revistas, radio y televisión. Sin embargo y a pesar de que todos lucían su rectangulito anaranjado sobre el pecho (un pinche pegote que no se quita con nada y que desgració más de una chamarra de piel), durante la tocada no vi sino a tres individuos que tomaban notas: una joven de no malos bigotes, Óscar Sarquiz (para alumbrarse usa una lamparita diminuta muy mona) y quien esto escribe. De ahí en fuera, los “periodistas” se la pasaron brincoteando, aullando y pidiendo complacencias de canciones. Ya puedo imaginar sus supuestas crónicas: “Fue un concierto padrísimo, inolvidable, súper, excelente”, etcétera.
De hecho, estos periodistas (¿ya para qué los entrecomillo?) me obligaron a ver de pie todo el larguísimo concierto. Apenas salió a escena La Maldita, se pararon rugiendo y no volvieron a sentarse. Así que, en aras del profesionalismo, me soplé más de dos horas sin poder sentarme.
Y aún hay más
Desde bastante antes de que empezara el concierto, la gente se divertía sanamente en las tribunas. ¿Cómo? ¿Cómo que cómo? ¡Pues haciendo la ola, claro está! Y cuando el grupo salió a escena un agudo griterío ensordecedor lo cubrió todo. Igualito al que producen las admiradoras de Menudo o Magneto. Cientos de tripitas luminosas se agitaban entre la masa y al primer salto de Roco (creo que así le dicen al cantante) los gritos volvieron, como si de Ricky Martin se tratara.
Terminó la primera pieza y Roco dedicó el concierto: “A la paz, la imaginación, a Daniel Santos y Rigoberta Menchú (but of course)”. La gente ovacionó, pero igual hubiese podido dedicarlo a Mijares y a George Bush, también lo habrían aplaudido a rabiar. Vinieron diez canciones en cascada, con un sonido tan estruendoso como emplastado. No pude saber si eran diez piezas diferentes o la misma tocada una decena de veces. Era tal el apelmazamiento sonoro que a la hora de las presentaciones de rigor de cada ejecutante, sus “solos” no se distinguían en absoluto. De hecho, puede afirmarse que si con U2 el Palacio de los Deportes sonaba como el Auditorio Nacional, La Maldita logró precisamente lo contrario. Pero el público no estaba para tamañas nimiedades y lo aplaudía todo sin chistar, incluso una horrorosa versión de “Esta tarde vi llover” de Armando Manzanero. Vomitiva.
Entre canción y canción, Roco Martin hacía comentarios que rompían el ritmo y la continuidad del concierto. Se trataba de mensajes mesiánicos contra la guerra, el racismo, ¡los supermercados!, las diferencias de clase (por supuesto, en la parte baja del Auditorio había exclusivamente fans pudientes y hasta gayola la pura raza), y la televisión, a la que llamó (¡oh, diosa de los lugares comunes!) “la caja idiota”. ¿Guat? ¿Así que desprecian a la tele? ¿Entonces quiénes son esos músicos idénticos a ellos que ostentan el mismo nombre y se presentan tranquilamente en “Siempre en domingo”, “Ándale”, “Y Vero América va”, “El sabor de la noche” y otros programas del Canal de las Estrellas? ¿Se trata de replicantes o qué onda? Urge una aclaración, porque yo hubiera jurado que estos son los mismos que el sábado por la noche aparecieron en cadena nacional con Raúl Velasco, desde el salón Premiere, y recibieron su trofeo “Galardón a los Grandes”, junto a Yuri, Thalía, Maná, Garibaldi y otras glorias nacionales. Y Raulín los presentó como La Maldita Vecindad. Qué raro.
Un Zoo TV del subdesarrollo
El escenario era originalísimo, con tres pantallas gigantes que presentaban imágenes del grupo en escena o fotografías fijas de la más diversa variedad. “Igualito a U2, oye”, comentó un periodista dos filas adelante. Sí, nada más les faltó colgar del techo dos combis peseras o de perdis un minitaxi.
La segunda parte de la presentación resultó mejorcita. El sonido fue un poco más claro y definido, tocaron sus éxitos y la gente se puso todavía más “prendida”. como dicen los estrellitos roqueros de Televisa. Eso sí, a la menor provocación Roco gritaba vivas a “México libre”, whatever it means. Por momentos, estuve seguro de que gritaría también loas al programa Solidaridad del presidente Salinas o algún muy cristiano “Viva la familia”. Por su parte, la gente respondía con el clásico “¡Mé-xi-co, Mé-xi-co!” y no era para tanto: después de todo, ese mediodía la selección nacional apenas había sacado un empate ratonero con su similar de Honduras.
A lo largo del concierto, La Maldita tocó de todo: mambo, danzón, batucada, balada y hasta rumba flamenca, al mejor estilo de Pedrito Rico ("¡Un borriquito como tú / que no sabe ni la u!”). Lo único que jamás interpretaron fue rock. Ni hablar. Por supuesto, hubo un encore: la pieza más solicitada, anhelada, exigida por ese público educado por la radio y la televisión: “Kumbala”.
Con esta melodía, la gente alzó los bracitos y empezó a balancearlos románticamente, moviendo sus tripitas luminosas o prendiendo y apagando sus encendedores compulsivos. Todo tan tierno como cuando Lucero canta “Electricidad” o Luis Miguel alguno de sus boleros, lo que demuestra el indudable poder de penetración de Radio Joya, 97.7 o Yo Ciento Dos (para no hablar del Canal 2). Sólo faltó Gloria Calzada para despedir la transmisión.
Y al final, uno se pregunta: ¿qué sería de La Maldita Vecindad sin Raúl, sin Paco, sin la Vero? Un consejo, muchachos: mejor no le den patadas al pesebre que esos lujos sólo puede permitírselos alguien como Gloria Trevi.
Nota al calce: en descargo de mis opiniones, debo decir que mi hijo gozo el concierto de cabo a rabo y salió feliz de la vida. Lo que es el abismo generacional, lo que es la inocencia.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 17 de diciembre de 1992)
Ser objetivo y desprejuiciado, esa era la consigna que me impuse al salir de mi casa el pasado domingo por la tarde. Asistí al Auditorio acompañado por mi hijo de diez años, fan declarado de La Maldita y cuya compañía me podría servir como una especie de moderador que atemperara mi escasa fascinación por el hoy afamado conjunto. Me prometí olvidar a esos venenosos que han bautizado a la banda como La Maldita Ambigüedad y los hijos de Raúl Velasco, todo en aras de la objetividad periodística y demás lemas que nadie practica pero que suenan muy bonito. Mas la realidad es canija y ya al bajar del vagón en la estación Auditorio del Metro, mis mentados prejuicios comenzaron a cobrar fundamento.
Era un mar de gente joven la que salía de la mencionada estación, un público que encaminaba sus pasos hacia el imponente recinto donde se llevaría acabo el concierto, un público que me hizo pensar que me había equivocado de fecha y que los que se iban a presentar ese 13 de diciembre eran los Bukis o los Temerarios. Pero no: tantos chavos y chavas ataviados de negro, con ese look posmo inconfundible, no podían ser sino seguidores de la M.V. Así pues, nos metimos al Auditorio.
En el balcón de ¿prensa?
Gracias a mi gafete de prensa, nos tocó sentarnos en un muy buen lugar entre (supuse) puros reporteros de diarios, revistas, radio y televisión. Sin embargo y a pesar de que todos lucían su rectangulito anaranjado sobre el pecho (un pinche pegote que no se quita con nada y que desgració más de una chamarra de piel), durante la tocada no vi sino a tres individuos que tomaban notas: una joven de no malos bigotes, Óscar Sarquiz (para alumbrarse usa una lamparita diminuta muy mona) y quien esto escribe. De ahí en fuera, los “periodistas” se la pasaron brincoteando, aullando y pidiendo complacencias de canciones. Ya puedo imaginar sus supuestas crónicas: “Fue un concierto padrísimo, inolvidable, súper, excelente”, etcétera.
De hecho, estos periodistas (¿ya para qué los entrecomillo?) me obligaron a ver de pie todo el larguísimo concierto. Apenas salió a escena La Maldita, se pararon rugiendo y no volvieron a sentarse. Así que, en aras del profesionalismo, me soplé más de dos horas sin poder sentarme.
Y aún hay más
Desde bastante antes de que empezara el concierto, la gente se divertía sanamente en las tribunas. ¿Cómo? ¿Cómo que cómo? ¡Pues haciendo la ola, claro está! Y cuando el grupo salió a escena un agudo griterío ensordecedor lo cubrió todo. Igualito al que producen las admiradoras de Menudo o Magneto. Cientos de tripitas luminosas se agitaban entre la masa y al primer salto de Roco (creo que así le dicen al cantante) los gritos volvieron, como si de Ricky Martin se tratara.
Terminó la primera pieza y Roco dedicó el concierto: “A la paz, la imaginación, a Daniel Santos y Rigoberta Menchú (but of course)”. La gente ovacionó, pero igual hubiese podido dedicarlo a Mijares y a George Bush, también lo habrían aplaudido a rabiar. Vinieron diez canciones en cascada, con un sonido tan estruendoso como emplastado. No pude saber si eran diez piezas diferentes o la misma tocada una decena de veces. Era tal el apelmazamiento sonoro que a la hora de las presentaciones de rigor de cada ejecutante, sus “solos” no se distinguían en absoluto. De hecho, puede afirmarse que si con U2 el Palacio de los Deportes sonaba como el Auditorio Nacional, La Maldita logró precisamente lo contrario. Pero el público no estaba para tamañas nimiedades y lo aplaudía todo sin chistar, incluso una horrorosa versión de “Esta tarde vi llover” de Armando Manzanero. Vomitiva.
Entre canción y canción, Roco Martin hacía comentarios que rompían el ritmo y la continuidad del concierto. Se trataba de mensajes mesiánicos contra la guerra, el racismo, ¡los supermercados!, las diferencias de clase (por supuesto, en la parte baja del Auditorio había exclusivamente fans pudientes y hasta gayola la pura raza), y la televisión, a la que llamó (¡oh, diosa de los lugares comunes!) “la caja idiota”. ¿Guat? ¿Así que desprecian a la tele? ¿Entonces quiénes son esos músicos idénticos a ellos que ostentan el mismo nombre y se presentan tranquilamente en “Siempre en domingo”, “Ándale”, “Y Vero América va”, “El sabor de la noche” y otros programas del Canal de las Estrellas? ¿Se trata de replicantes o qué onda? Urge una aclaración, porque yo hubiera jurado que estos son los mismos que el sábado por la noche aparecieron en cadena nacional con Raúl Velasco, desde el salón Premiere, y recibieron su trofeo “Galardón a los Grandes”, junto a Yuri, Thalía, Maná, Garibaldi y otras glorias nacionales. Y Raulín los presentó como La Maldita Vecindad. Qué raro.
Un Zoo TV del subdesarrollo
El escenario era originalísimo, con tres pantallas gigantes que presentaban imágenes del grupo en escena o fotografías fijas de la más diversa variedad. “Igualito a U2, oye”, comentó un periodista dos filas adelante. Sí, nada más les faltó colgar del techo dos combis peseras o de perdis un minitaxi.
La segunda parte de la presentación resultó mejorcita. El sonido fue un poco más claro y definido, tocaron sus éxitos y la gente se puso todavía más “prendida”. como dicen los estrellitos roqueros de Televisa. Eso sí, a la menor provocación Roco gritaba vivas a “México libre”, whatever it means. Por momentos, estuve seguro de que gritaría también loas al programa Solidaridad del presidente Salinas o algún muy cristiano “Viva la familia”. Por su parte, la gente respondía con el clásico “¡Mé-xi-co, Mé-xi-co!” y no era para tanto: después de todo, ese mediodía la selección nacional apenas había sacado un empate ratonero con su similar de Honduras.
A lo largo del concierto, La Maldita tocó de todo: mambo, danzón, batucada, balada y hasta rumba flamenca, al mejor estilo de Pedrito Rico ("¡Un borriquito como tú / que no sabe ni la u!”). Lo único que jamás interpretaron fue rock. Ni hablar. Por supuesto, hubo un encore: la pieza más solicitada, anhelada, exigida por ese público educado por la radio y la televisión: “Kumbala”.
Con esta melodía, la gente alzó los bracitos y empezó a balancearlos románticamente, moviendo sus tripitas luminosas o prendiendo y apagando sus encendedores compulsivos. Todo tan tierno como cuando Lucero canta “Electricidad” o Luis Miguel alguno de sus boleros, lo que demuestra el indudable poder de penetración de Radio Joya, 97.7 o Yo Ciento Dos (para no hablar del Canal 2). Sólo faltó Gloria Calzada para despedir la transmisión.
Y al final, uno se pregunta: ¿qué sería de La Maldita Vecindad sin Raúl, sin Paco, sin la Vero? Un consejo, muchachos: mejor no le den patadas al pesebre que esos lujos sólo puede permitírselos alguien como Gloria Trevi.
Nota al calce: en descargo de mis opiniones, debo decir que mi hijo gozo el concierto de cabo a rabo y salió feliz de la vida. Lo que es el abismo generacional, lo que es la inocencia.
(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 17 de diciembre de 1992)
miércoles, 17 de enero de 2018
El día que conocí a los Cranberries
Una anécdota relacionada con los Cranberries que de pronto me vino a la memoria. Era el año 1993 y yo escribía para la sección cultural de El Financiero, al tiempo que preparaba la aparición de La Mosca en la Pared, junto con Fernando Rivera Calderón y Karem Martínez. Un día, acudí a una conferencia de prensa en la disquera Polygram, en la avenida Miguel Ángel de Quevedo, para la presentación del primer disco de una nueva agrupación irlandesa. La gente de la disquera nos habló de los Cranberries y nos dio a cada periodista un ejemplar del Everybody Else Is Doing It, So Why Can't We? Luego, nos pasaron dos videos: el de la canción "Dreams" (¿o era el de "Linger") y el de "Zombie". Este último nos dejó a todos boquiabiertos por su sonido duro y hasta grungero y la buscamos en la lista de canciones del compacto que acababamos de recibir. Para nuestra sorpresa y nuestra frustración, no venía en el disco y hubo hasta reclamos. Fue mi primer encuentro con la voz de Dolores O'Riordan y vaya que fue estremecedor. Aún conservo ese CD.
PD: "Zombie" aparecería en disco un año después, en el No Need to Argue de 1994.
lunes, 8 de enero de 2018
The Southern Harmony and Musical Companion
Cuando los Black Crowes grabaron su segundo trabajo discográfico, tal vez nunca imaginaron que estaban haciendo una de las grandes obras maestras del rock puro. Rock puro como sinónimo de rock que surge desde las raíces y busca la esencia del género para tocarlo con nuevos elementos y nuevas ideas, pero sin dejar de respetar lo más importante: el espíritu que le dio origen.
En ese sentido, The Southern Harmony and Musical Companion no representa un ejercicio de nostalgia, sino una recreación de la música en la cual los integrantes de esta banda habían abrevado desde muy jóvenes. El blues, el soul, el gospel, el country, el folk, el rock and roll y otras corrientes tradicionales se funden en cada una de las canciones que conforman el álbum y lo hacen con una sensibilidad exquisita, fresca, auténtica. Se trata de una obra muy en la vena de lo que los Rolling Stones habían hecho aproximadamente dos décadas antes, entre 1968 y 1972, con esa tetralogía magnífica conformada por Beggars Banquet, Let It Bleed, Sticky Fingers y Exile on Main Street (para muchos, el rock nunca ha tenido mejor sonido que en esos cuatro discos). Al igual que las piedras rodantes, los cuervos negros quisieron rendir homenaje a los fundadores primigenios del género y lo lograron con igual calidad y eficacia.
La armonía sureña y música que la acompaña
Los Black Crowes habían tenido un debut explosivo con su espléndido Shake Your Money Maker (1991), una solida muestra de buen rock, con una producción seca y contundente y con temas de gran potencial comercial (“Jealous Again”, “She Talks to Angeles”, “Hard to Handle”) que fueron bienvenidos por la naciente generación grunge-MTV. No que la música de la banda tuviera mucho que ver con la de otras contemporáneas suyas como Nirvana o Soundgarden, pero si existía la misma fuerza, la misma rabia, la misma visceralidad. En cambio, The Southern Harmony and Musical Companion significó un viraje hacia un estilo más fino, de mayor sutileza, sin que ello implicara que la agrupación de Atlanta, Georgia, perdiera una gota de su poder expresivo. Para ello fue muy importante la incorporación del guitarrista Marc Ford y el tecladista Eddie Hersch, así como los extraordinarios coros femeninos. Rich Robinson tuvo un papel menos protagónico pero sólo en apariencia, ya que su guitarra rítmica es la base estructural de prácticamente todos los cortes.
Los temas de The Southern Harmony and Musical Companion fueron compuestos en cuatro días, grabados en ocho y mezclados en una sola noche. Como alguien dijera por ahí: eso es rocanrol. El disco abre con un sugerente riff de la guitarra de Rich Robinson y un sólido beat percusivo que dan paso a la impactante “Sting Me”. Chris Robinson va cantando una línea en diálogo con los coros que contestan cada frase mientras la pieza crece en intensidad. Un gran arranque que es continuado con un clásico del repertorio blackcrowesiano: la exuberante y gospeliana “Remedy”, una composición intrincada, llena de recovecos y cambios, con un puente coral lleno de sensualidad. El piano juega como jugaba el del viejo Ian Stewart con los Stones, mientras Chris Robinson suplica “Can I have some remedy? / Remedy for me please / Cause if I had some remedy / I’d take enough to please me”.
“Thorn in My Pride” es una bellísima balada acústica que avanza sobre una rítmica acompasada y francamente deliciosa. La voz de Robinson suena un poco como la de Rod Stewart con Faces mientras canta “Sometimes life is obscene… / Lover cover me with a good dream / Let your love light shine”. La coda final es una gloria con el piano, los coros celestiales, la guitarra con ecos de Humble Pie. La siguiente maravilla se llama “Bad Luck Blue Eyes Goodbye” y es un rock lento e intenso, en el cual Marc Ford hace lucir su guitarra con un sentimiento tan desgarrado como el de Chris Robinson al cantar. La primera parte del álbum termina con la espléndida “Sometimes Salvation” y sus secos cortes en los acordes. Un gospel-blues, un canto contra la posibilidad de darse por vencido.
Nacidos cerca del Bayou
“Hotel Illness” abre con una guitarra muy a la Rolling Stones, muy a la Keith Richards, a lo que se suma una armónica muy jaggeriana. Sin embargo, una vez que transcurre, descubrimos que el tema no es una copia sino un homenaje y que el sonido sigue siendo reconociblemente el de los Black Crowes. “Black Moon Creeping” es otro gran tema, con una provocativa densidad pantanosa, lodosa, sureñamente Bayou, en tanto “No Speak No Slave” se acerca al rock duro a la Led Zeppelin, con una compleja elaboración guitarrística. “My Morning Song”, en cambio, apuesta más por la melodía sin dejar de ser fuerte y rotunda y también muy Jimmy Page en el manejo de las guitarras. La parte instrumental intermedia es fabulosa y más lo es el retorno calmo con la voz y los coros en un intercambio que remueve y conmueve. Una pieza enorme.
The Southern Harmony and Musical Companion culmina con la única canción que no fue escrita por los hermanos Robinson. Se trata de una preciosa y delicada versión de “Time Will Tell” de Bob Marley, interpretada con el beat del reggae pero estupendamente mezclado con un dejo de blues campirano que la hace singular y memorable. Una magnífica manera de dar término a una obra maestra de la discografía rocanrolera de todos los tiempos.
(Reseña que publiqué en mi libro Cerca del precipicio, editado por Cuadernos de El Financiero en 2012)
En ese sentido, The Southern Harmony and Musical Companion no representa un ejercicio de nostalgia, sino una recreación de la música en la cual los integrantes de esta banda habían abrevado desde muy jóvenes. El blues, el soul, el gospel, el country, el folk, el rock and roll y otras corrientes tradicionales se funden en cada una de las canciones que conforman el álbum y lo hacen con una sensibilidad exquisita, fresca, auténtica. Se trata de una obra muy en la vena de lo que los Rolling Stones habían hecho aproximadamente dos décadas antes, entre 1968 y 1972, con esa tetralogía magnífica conformada por Beggars Banquet, Let It Bleed, Sticky Fingers y Exile on Main Street (para muchos, el rock nunca ha tenido mejor sonido que en esos cuatro discos). Al igual que las piedras rodantes, los cuervos negros quisieron rendir homenaje a los fundadores primigenios del género y lo lograron con igual calidad y eficacia.
La armonía sureña y música que la acompaña
Los Black Crowes habían tenido un debut explosivo con su espléndido Shake Your Money Maker (1991), una solida muestra de buen rock, con una producción seca y contundente y con temas de gran potencial comercial (“Jealous Again”, “She Talks to Angeles”, “Hard to Handle”) que fueron bienvenidos por la naciente generación grunge-MTV. No que la música de la banda tuviera mucho que ver con la de otras contemporáneas suyas como Nirvana o Soundgarden, pero si existía la misma fuerza, la misma rabia, la misma visceralidad. En cambio, The Southern Harmony and Musical Companion significó un viraje hacia un estilo más fino, de mayor sutileza, sin que ello implicara que la agrupación de Atlanta, Georgia, perdiera una gota de su poder expresivo. Para ello fue muy importante la incorporación del guitarrista Marc Ford y el tecladista Eddie Hersch, así como los extraordinarios coros femeninos. Rich Robinson tuvo un papel menos protagónico pero sólo en apariencia, ya que su guitarra rítmica es la base estructural de prácticamente todos los cortes.
Los temas de The Southern Harmony and Musical Companion fueron compuestos en cuatro días, grabados en ocho y mezclados en una sola noche. Como alguien dijera por ahí: eso es rocanrol. El disco abre con un sugerente riff de la guitarra de Rich Robinson y un sólido beat percusivo que dan paso a la impactante “Sting Me”. Chris Robinson va cantando una línea en diálogo con los coros que contestan cada frase mientras la pieza crece en intensidad. Un gran arranque que es continuado con un clásico del repertorio blackcrowesiano: la exuberante y gospeliana “Remedy”, una composición intrincada, llena de recovecos y cambios, con un puente coral lleno de sensualidad. El piano juega como jugaba el del viejo Ian Stewart con los Stones, mientras Chris Robinson suplica “Can I have some remedy? / Remedy for me please / Cause if I had some remedy / I’d take enough to please me”.
“Thorn in My Pride” es una bellísima balada acústica que avanza sobre una rítmica acompasada y francamente deliciosa. La voz de Robinson suena un poco como la de Rod Stewart con Faces mientras canta “Sometimes life is obscene… / Lover cover me with a good dream / Let your love light shine”. La coda final es una gloria con el piano, los coros celestiales, la guitarra con ecos de Humble Pie. La siguiente maravilla se llama “Bad Luck Blue Eyes Goodbye” y es un rock lento e intenso, en el cual Marc Ford hace lucir su guitarra con un sentimiento tan desgarrado como el de Chris Robinson al cantar. La primera parte del álbum termina con la espléndida “Sometimes Salvation” y sus secos cortes en los acordes. Un gospel-blues, un canto contra la posibilidad de darse por vencido.
Nacidos cerca del Bayou
“Hotel Illness” abre con una guitarra muy a la Rolling Stones, muy a la Keith Richards, a lo que se suma una armónica muy jaggeriana. Sin embargo, una vez que transcurre, descubrimos que el tema no es una copia sino un homenaje y que el sonido sigue siendo reconociblemente el de los Black Crowes. “Black Moon Creeping” es otro gran tema, con una provocativa densidad pantanosa, lodosa, sureñamente Bayou, en tanto “No Speak No Slave” se acerca al rock duro a la Led Zeppelin, con una compleja elaboración guitarrística. “My Morning Song”, en cambio, apuesta más por la melodía sin dejar de ser fuerte y rotunda y también muy Jimmy Page en el manejo de las guitarras. La parte instrumental intermedia es fabulosa y más lo es el retorno calmo con la voz y los coros en un intercambio que remueve y conmueve. Una pieza enorme.
The Southern Harmony and Musical Companion culmina con la única canción que no fue escrita por los hermanos Robinson. Se trata de una preciosa y delicada versión de “Time Will Tell” de Bob Marley, interpretada con el beat del reggae pero estupendamente mezclado con un dejo de blues campirano que la hace singular y memorable. Una magnífica manera de dar término a una obra maestra de la discografía rocanrolera de todos los tiempos.
(Reseña que publiqué en mi libro Cerca del precipicio, editado por Cuadernos de El Financiero en 2012)
domingo, 3 de septiembre de 2017
Los doce sueños del Dr. Sardonicus
El cuarto opus del quinteto angelino Spirit es una de las cumbres de la psicodelia sesentera y uno de los grandes discos de la historia del rock. Twelve Dreams of Dr. Sardonicus (Epic, 1970) fue el último plato grabado por la alineación original del grupo, conformada por Randy California (guitarra y voz), Ed Cassidy (batería; además de ser padrastro de California, a quien le llevaba veintiocho años de diferencia), Jay Ferguson (voz y percusiones), Mark Andes (bajo) y John Locke (teclados), mismos que anteriormente habían sacado los álbumes Spirit (1968), The Family That Plays Together (1968) y Clear (1969).
El estilo de la agrupación abrevaba de diversas corrientes, especialmente del folk, el jazz, la música clásica y por supuesto el rock, pero al fusionar esos y otros elementos, creó un sonido propio, altamente experimental, pero siempre bajo la estructura de la canción. Estos Doce sueños del Dr. Sardonicus constituyen de hecho un álbum conceptual, pero se trata de una docena de canciones perfectamente diseñadas como tales. No en balde alguien llamó irónica pero cariñosamente a esta obra, en obvia referencia, Sgt. Sardonicus.
Twelve Dreams of Dr. Sardonicus fue producido por David Briggs, quien había trabajado con Neil Young y dio a la agrupación el exacto toque que necesitaba y del cual careció en sus tres trabajos anteriores; buenos, sí, pero sin la brillantez de éste. El álbum da fe de una docena de sueños en forma de canción, cada uno de ellos una joya en sí mismo. Si un mérito tiene este plato es que ninguno de los cortes sirve de relleno o está de sobra. Cada pieza resulta perfecta y distinta a las otras. Eso podemos comprobarlo desde el arranque mismo, con el bellísimo y emotivo “Prelude-Nothing to Hide”, mismo que empieza con una suave melodía de tonos acústicos para estallar en frenéticos fuegos de artificio plenamente rocanroleros, con un Randy California cuya guitarra no dejará de asombrarnos a lo largo de todo el disco (parece increíble que este músico, fallecido en 1997, en esos momentos sólo tuviera diecinueve años de edad).
“Nature’s Way” es uno de los temas más conocidos de Spirit, un folk-jazz de enorme hermosura, con un mensaje ecologista que jamás cae en lo cursi (por fortuna, el quinteto nunca recurría a los mensajes hippies, tal vez por ser originario de Los Angeles y no de San Francisco) y cuyo sentido musical penetra en el escucha con una sutileza tan agridulce como conmovedora, gracias sobre todo a la voz solista de Jay Ferguson y las posteriores armonías corales que juegan con asombrosa y cuasi polifónica eficacia. “Animal Zoo” es otra maravilla, una canción llena de buen humor y con una complicada estructura y una letra que recuerda el mordaz estilo crítico de Ray Davies de los Kinks, mientras la música remite un tanto a “Medicated Goo” de Traffic. “Love Has Found a Way” empieza con extraños efectos producidos por una cinta tocada al revés (muy a la beatle en Revolver), para derivar en seguida en una composición intrincada, con cambios sorprendentes y un uso del vibráfono que sólo Frank Zappa había mostrado y ese sentido melódico que existe en todos los cortes y que es uno de los sellos distintivos del álbum. Un cambio súbito nos lleva de la mano a la majestuosamente simple y brevísima “Why Can’t I Be Free”, una mini obra maestra que en apenas poco más de un minuto nos envuelve con el encanto de un susurro. De ahí el disco parte hacia un tema por completo diferente y lleno de contundencia, el extraordinario “Mr. Skin”, un rock sólido, con sabor funky, voces en falsetto y un ritmo irresistible. El arreglo de los metales es como de un soul a la Stax. Se dice que Ferguson escribió “Señor piel” en homenaje a su “viejo” baterista cuarentón, Ed Cassidy, quien siempre llevaba la cabeza rasurada (algo poco usual en aquellos días de largas cabelleras) y al que sorprendió en un hotel en una situación comprometedora con una joven admiradora y del que sólo alcanzó a ver su epidermis (“Mr. Skin, you know where you’ve been”, dice la letra con negro sentido del humor).
El segundo lado del vinil original de Twelve Dreams of Dr. Sardonicus da comienzo con un piano que parece divagar en acordes persistentes, acompañado por guitarras y bajeos que buscan algún punto de reposo, mismo que aparece cuando el propio piano inicia un suave jazz psicodélico al que pronto se une la banda entera en un tema instrumental que incluye un moog y algunas figuras alucinantes, en un crescendo que culminará aparentemente en un fade out y un silencio, para reiniciar una especie de viaje astral que termina con las mismas divagaciones musicales del piano, el bajo y la guitarra. ¿El nombre de la pieza? “Space Child”.
El segundo track del lado B es la sorprendente “When I Touch You”, una de las composiciones más impresionantes del disco. Todo se conjuga para crear un ambiente al mismo tiempo ominoso e intenso, inquietante y a la vez lleno de belleza. La canción sube y baja, recorre diversos pasajes y no da punto de reposo ni siquiera en sus momentos relativamente calmos. Los cinco músicos están a su máximo nivel interpretativo, pero hay que resaltar la labor guitarrística de California y la voz apasionada de Ferguson. Estremecedora.
Las cuatro cortes finales son igualmente estupendos. La contagiosa “Street Worm” es una callejera y sardónica composición que rompe por completo con el mood de las dos piezas con que iniciara este segundo lado. El ambiente espacial y psicodélico deja su lugar a un rock simple (es un decir) y de cierta dureza en un tema divertido e incisivo. La semiacústica “Life Has Just Begun” posee un delicioso sabor de folk sesentero que de pronto remite a Jethro Tull pero también, ligeramente, a los Rolling Stones de los primeros años setenta. “Morning Will Come” anuncia y prefigura el estilo de Marc Bolan y T. Rex y su arreglo de metales resulta incontenible. Como dice el crítico Matthew Greenwald, con su sonido un tanto bubble gum (en el mejor sentido del término), este tema “pudo ser un éxito comercial…, pero no lo fue”. Twelve Dreams of Dr. Sardonicus cierra de manera sabia y majestuosa con la finísima “Soldier”, una breve composición calma, profunda, de tintes sinfónicos, con referencias a la inicial “Prelude” y voces a la Beach Boys en el Pet Sounds.
Twelve Dreams of Dr. Sardonicus representa mucho de lo que fue el rock psicodélico de fines de los sesenta, con la ventaja de que sigue sonando perfectamente actual. Se trata de un disco trascendente, una memorable oda a la melodía, un venturoso canto a la armonía, un álbum lleno de emociones y de aportes musicales y letrísticos. Hoy día muy pocos lo recuerdan, lo cual resulta decepcionante y muy indicativo de la incultura musical que priva entre las nuevas generaciones. Al respecto, hace poco dijo alguien: “La única analogía contemporánea para Twelve Dreams of Dr. Sardonicus en la cual puedo pensar es el OK Computer de Radiohead, sólo que el disco de Spirit es más consistente… y más divertido”.
(Reseña publicado en mi libro Cerca del precipicio, editado en 2012 por Cuadernos del Financiero)
El estilo de la agrupación abrevaba de diversas corrientes, especialmente del folk, el jazz, la música clásica y por supuesto el rock, pero al fusionar esos y otros elementos, creó un sonido propio, altamente experimental, pero siempre bajo la estructura de la canción. Estos Doce sueños del Dr. Sardonicus constituyen de hecho un álbum conceptual, pero se trata de una docena de canciones perfectamente diseñadas como tales. No en balde alguien llamó irónica pero cariñosamente a esta obra, en obvia referencia, Sgt. Sardonicus.
Twelve Dreams of Dr. Sardonicus fue producido por David Briggs, quien había trabajado con Neil Young y dio a la agrupación el exacto toque que necesitaba y del cual careció en sus tres trabajos anteriores; buenos, sí, pero sin la brillantez de éste. El álbum da fe de una docena de sueños en forma de canción, cada uno de ellos una joya en sí mismo. Si un mérito tiene este plato es que ninguno de los cortes sirve de relleno o está de sobra. Cada pieza resulta perfecta y distinta a las otras. Eso podemos comprobarlo desde el arranque mismo, con el bellísimo y emotivo “Prelude-Nothing to Hide”, mismo que empieza con una suave melodía de tonos acústicos para estallar en frenéticos fuegos de artificio plenamente rocanroleros, con un Randy California cuya guitarra no dejará de asombrarnos a lo largo de todo el disco (parece increíble que este músico, fallecido en 1997, en esos momentos sólo tuviera diecinueve años de edad).
“Nature’s Way” es uno de los temas más conocidos de Spirit, un folk-jazz de enorme hermosura, con un mensaje ecologista que jamás cae en lo cursi (por fortuna, el quinteto nunca recurría a los mensajes hippies, tal vez por ser originario de Los Angeles y no de San Francisco) y cuyo sentido musical penetra en el escucha con una sutileza tan agridulce como conmovedora, gracias sobre todo a la voz solista de Jay Ferguson y las posteriores armonías corales que juegan con asombrosa y cuasi polifónica eficacia. “Animal Zoo” es otra maravilla, una canción llena de buen humor y con una complicada estructura y una letra que recuerda el mordaz estilo crítico de Ray Davies de los Kinks, mientras la música remite un tanto a “Medicated Goo” de Traffic. “Love Has Found a Way” empieza con extraños efectos producidos por una cinta tocada al revés (muy a la beatle en Revolver), para derivar en seguida en una composición intrincada, con cambios sorprendentes y un uso del vibráfono que sólo Frank Zappa había mostrado y ese sentido melódico que existe en todos los cortes y que es uno de los sellos distintivos del álbum. Un cambio súbito nos lleva de la mano a la majestuosamente simple y brevísima “Why Can’t I Be Free”, una mini obra maestra que en apenas poco más de un minuto nos envuelve con el encanto de un susurro. De ahí el disco parte hacia un tema por completo diferente y lleno de contundencia, el extraordinario “Mr. Skin”, un rock sólido, con sabor funky, voces en falsetto y un ritmo irresistible. El arreglo de los metales es como de un soul a la Stax. Se dice que Ferguson escribió “Señor piel” en homenaje a su “viejo” baterista cuarentón, Ed Cassidy, quien siempre llevaba la cabeza rasurada (algo poco usual en aquellos días de largas cabelleras) y al que sorprendió en un hotel en una situación comprometedora con una joven admiradora y del que sólo alcanzó a ver su epidermis (“Mr. Skin, you know where you’ve been”, dice la letra con negro sentido del humor).
El segundo lado del vinil original de Twelve Dreams of Dr. Sardonicus da comienzo con un piano que parece divagar en acordes persistentes, acompañado por guitarras y bajeos que buscan algún punto de reposo, mismo que aparece cuando el propio piano inicia un suave jazz psicodélico al que pronto se une la banda entera en un tema instrumental que incluye un moog y algunas figuras alucinantes, en un crescendo que culminará aparentemente en un fade out y un silencio, para reiniciar una especie de viaje astral que termina con las mismas divagaciones musicales del piano, el bajo y la guitarra. ¿El nombre de la pieza? “Space Child”.
El segundo track del lado B es la sorprendente “When I Touch You”, una de las composiciones más impresionantes del disco. Todo se conjuga para crear un ambiente al mismo tiempo ominoso e intenso, inquietante y a la vez lleno de belleza. La canción sube y baja, recorre diversos pasajes y no da punto de reposo ni siquiera en sus momentos relativamente calmos. Los cinco músicos están a su máximo nivel interpretativo, pero hay que resaltar la labor guitarrística de California y la voz apasionada de Ferguson. Estremecedora.
Las cuatro cortes finales son igualmente estupendos. La contagiosa “Street Worm” es una callejera y sardónica composición que rompe por completo con el mood de las dos piezas con que iniciara este segundo lado. El ambiente espacial y psicodélico deja su lugar a un rock simple (es un decir) y de cierta dureza en un tema divertido e incisivo. La semiacústica “Life Has Just Begun” posee un delicioso sabor de folk sesentero que de pronto remite a Jethro Tull pero también, ligeramente, a los Rolling Stones de los primeros años setenta. “Morning Will Come” anuncia y prefigura el estilo de Marc Bolan y T. Rex y su arreglo de metales resulta incontenible. Como dice el crítico Matthew Greenwald, con su sonido un tanto bubble gum (en el mejor sentido del término), este tema “pudo ser un éxito comercial…, pero no lo fue”. Twelve Dreams of Dr. Sardonicus cierra de manera sabia y majestuosa con la finísima “Soldier”, una breve composición calma, profunda, de tintes sinfónicos, con referencias a la inicial “Prelude” y voces a la Beach Boys en el Pet Sounds.
Twelve Dreams of Dr. Sardonicus representa mucho de lo que fue el rock psicodélico de fines de los sesenta, con la ventaja de que sigue sonando perfectamente actual. Se trata de un disco trascendente, una memorable oda a la melodía, un venturoso canto a la armonía, un álbum lleno de emociones y de aportes musicales y letrísticos. Hoy día muy pocos lo recuerdan, lo cual resulta decepcionante y muy indicativo de la incultura musical que priva entre las nuevas generaciones. Al respecto, hace poco dijo alguien: “La única analogía contemporánea para Twelve Dreams of Dr. Sardonicus en la cual puedo pensar es el OK Computer de Radiohead, sólo que el disco de Spirit es más consistente… y más divertido”.
(Reseña publicado en mi libro Cerca del precipicio, editado en 2012 por Cuadernos del Financiero)
domingo, 27 de agosto de 2017
Odio fonky (tomas de buró)
“En el principio fue el kiosko”. El título del primer tema de Odio fonky (Grabaciones Lejos del Paraíso, 1994) parece resumir de qué trata este disco inusual, insólito, como un cuerpo extraño y extraordinario (en la exacta definición de la palabra, es decir, algo que va más allá de lo ordinario) dentro de la cotidiana grisura de eso que muchos siguen llamando rock mexicano. A 23 años de haber sido grabado en condiciones mínimas (¿o habría que decir minimalistas?) y absolutamente austeras, esta colección (¿conceptual?) de dieciséis composiciones mantiene su frescura y su vigencia, como si hubiese sido grabada hoy. ¿A qué se debe esto? ¿Cuál es el secreto de un álbum que de inicio y aun en su proceso fue concebido por sus perpetradores como un cuaderno de apuntes y terminó convertido en todo un tratado, en un libro de texto del cual deberían abrevar y aprender las nuevas generaciones de músicos? Las palabras clave son dos: talento artístico.
¿Cómo definir al sonido del álbum? ¿Cómo determinar por medio de palabras las atmósferas que crean las guitarras de Aguilera y la voz de López a lo largo de los catorce cortes del disco? Volvamos a la frase con la cual se inició esta reseña: “En el principio fue el kiosko”. Es decir, lo urbano; es decir, la calle. Porque eso es Odio fonky, un trabajo eminentemente citadino, con sabor a pavimento, a luces de neón, a tránsito vehicular, a barrio bravo, a futbol callejero, a vagabundos y pepenadores, a oficinistas y secretarias y estudiantes y amas de casa, a cantinas de pisos manchados, a bares y antros de mala muerte, a parques bucólicos de árboles amarillentos, a contaminación atmosférica y visual, a neblumo, a alcohol y bohemia, a la lenta prisa por llegar a ninguna parte. Es la historia de algunos personajes citadinos, algunos concretos (El Malafacha), los otros colectivos (la chilanga banda). Es eso: el disco más claramente chilango, el más profundamente defeño que se ha producido desde que Chava Flores le cantaba a México, Distrito Federal, aunque su ironía venga de otra parte y se dirija a otra también. Sin embargo, no es un disco costumbrista o de falsos folclorismos, no hay en el mismo asomo alguno de elementos que lo pudieran convertir en el clásico mexican curious de exportación y de ahí que resulte aún más auténtico y valioso.
La combinación López-Aguilera da buenas cuentas, tanto en los temas escritos al unísono como en aquellos compuestos de manera individual. Esto se comprueba desde la breve pieza instrumental que da inicio al disco y se consolida a lo largo del viaje, ya sea por medio del primer rap absolutamente defeño (el ya clásico “Chilanga banda”), de la desfachatada ironía acompasada y danzonera (“Malafacha”), de la desencantada intensidad rocanrolera (“La misma vieja canción”) o de los malabares de lenguaje más sardónicos (“Nuestro amor es ese gato negro muerto en el baldío”). Pero están también otros temas como ese “Tatuaje” apasionadamente bluesero, ese “Moros con tranchete” de guitarreos pirotécnicos y a la vez contenidos, ese “Nadie da por nada su corazón” de inaudita belleza melancólica, ese “Fama fatal” de provocativa cachondería y ese “Materia tóxica” que es como una mezcla de Tom Waits con el trío Los Panchos. El disco culmina con una serie de piezas de vehemencia semejante, como la antiburocrática y sonera “El cara de memorándum o cutis de currículum”, la divertida y lobuna “Odio fonky”, la hipnótica y lunar “El recado” y esa especie de coda que es “Radio odio”.
Odio fonky (tomas de buró), su título completo, es ante todo un disco de rock, de buen rock. Hay en él una fusión de géneros que van del danzón y el mambo al blues, el folk y el bolero, pero la música sigue sonando a rock, sigue siendo rock. Esa fusión se convierte en una fisión rocanrolera que nunca pierde su esencia y en ello estriba una lección que no ha sido aprendida por muchos músicos actuales que en lugar de fusionar, calcan; que en vez de entremezclar ingredientes con sabiduría culinaria, copian del modo más obvio y más burdo.
Puro odio fonky.
Reseña contenida en mi libro Cerca del precipicio (Cuadernos de El Financiero, 2012)
¿Cómo definir al sonido del álbum? ¿Cómo determinar por medio de palabras las atmósferas que crean las guitarras de Aguilera y la voz de López a lo largo de los catorce cortes del disco? Volvamos a la frase con la cual se inició esta reseña: “En el principio fue el kiosko”. Es decir, lo urbano; es decir, la calle. Porque eso es Odio fonky, un trabajo eminentemente citadino, con sabor a pavimento, a luces de neón, a tránsito vehicular, a barrio bravo, a futbol callejero, a vagabundos y pepenadores, a oficinistas y secretarias y estudiantes y amas de casa, a cantinas de pisos manchados, a bares y antros de mala muerte, a parques bucólicos de árboles amarillentos, a contaminación atmosférica y visual, a neblumo, a alcohol y bohemia, a la lenta prisa por llegar a ninguna parte. Es la historia de algunos personajes citadinos, algunos concretos (El Malafacha), los otros colectivos (la chilanga banda). Es eso: el disco más claramente chilango, el más profundamente defeño que se ha producido desde que Chava Flores le cantaba a México, Distrito Federal, aunque su ironía venga de otra parte y se dirija a otra también. Sin embargo, no es un disco costumbrista o de falsos folclorismos, no hay en el mismo asomo alguno de elementos que lo pudieran convertir en el clásico mexican curious de exportación y de ahí que resulte aún más auténtico y valioso.
La combinación López-Aguilera da buenas cuentas, tanto en los temas escritos al unísono como en aquellos compuestos de manera individual. Esto se comprueba desde la breve pieza instrumental que da inicio al disco y se consolida a lo largo del viaje, ya sea por medio del primer rap absolutamente defeño (el ya clásico “Chilanga banda”), de la desfachatada ironía acompasada y danzonera (“Malafacha”), de la desencantada intensidad rocanrolera (“La misma vieja canción”) o de los malabares de lenguaje más sardónicos (“Nuestro amor es ese gato negro muerto en el baldío”). Pero están también otros temas como ese “Tatuaje” apasionadamente bluesero, ese “Moros con tranchete” de guitarreos pirotécnicos y a la vez contenidos, ese “Nadie da por nada su corazón” de inaudita belleza melancólica, ese “Fama fatal” de provocativa cachondería y ese “Materia tóxica” que es como una mezcla de Tom Waits con el trío Los Panchos. El disco culmina con una serie de piezas de vehemencia semejante, como la antiburocrática y sonera “El cara de memorándum o cutis de currículum”, la divertida y lobuna “Odio fonky”, la hipnótica y lunar “El recado” y esa especie de coda que es “Radio odio”.
Odio fonky (tomas de buró), su título completo, es ante todo un disco de rock, de buen rock. Hay en él una fusión de géneros que van del danzón y el mambo al blues, el folk y el bolero, pero la música sigue sonando a rock, sigue siendo rock. Esa fusión se convierte en una fisión rocanrolera que nunca pierde su esencia y en ello estriba una lección que no ha sido aprendida por muchos músicos actuales que en lugar de fusionar, calcan; que en vez de entremezclar ingredientes con sabiduría culinaria, copian del modo más obvio y más burdo.
Puro odio fonky.
Reseña contenida en mi libro Cerca del precipicio (Cuadernos de El Financiero, 2012)
jueves, 1 de junio de 2017
50 años del Sargento Pimienta
La obra por antonomasia de los Beatles. A 50 años de distancia, La Banda del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta continúa tan fresco y vigente como cuando fue grabado.
Tersa continuación de su antecesor, el espléndido Revolver de 1966, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band vale tanto por su intrínseca calidad artística como por su significado cultural y quizás incluso más por esto. El momento en el cual apareció provocó que el mundo entero se revolucionara, creando un hito, un antes y un después cuyos efectos no terminan de asentarse hoy día.
Como pieza estrictamente musical, puede decirse que a pesar de su fallida intención conceptualista es, de todas maneras y por donde se le escuche, una obra maestra. Si Revolver fue el gran paso hacia la transformación de los Beatles en algo más que un simple grupo de rock, el Sgt. Pepper es la consolidación de ese paso y el ingreso del cuarteto al Olimpo de la historia de la música.
Lo que en un principio quiso ser una especie de revista de variedades con tintes al mismo tiempo de music hall y psicodelia, jamás pudo cuajar como tal. Salvo la introductoria pieza homonima (más su reprise) y la subsiguiente “With a Little Help from My Friends”, cantada por Ringo Starr en su papel de Billy Shears, el resto del material no tiene relación entre sí y lo único que lo unifica a medias es el modo como las canciones van enlazadas, prácticamente sin espacios silenciosos entre una y otra. Resulta claro entonces que la idea original de Paul McCartney no se concretó (algo que le sucedería con otros proyectos posteriores, sobre todo con el álbum Let It Be). No obstante, el que a final de cuentas no haya sido un opus conceptual es lo de menos, ya que todas sus canciones son tan buenas que trascienden cualquier consideración al respecto.
Hay aquí joyas exquisitas como “She’s Leaving Home”, un portento melódico que puede remitir incluso a la música de Felix Mendelsshon. O la esplendorosa “Lucy in the Sky with Diamonds” que tanta polemica causó por llevar supuestamente las iniciales LSD en su título, cuando en realidad –o eso juraba su autor, John Lennon– estaba inspirada en un dibujo de Julian, su pequeño hijo.
Tan variado como Revolver, Sgt. Pepper recorre una colorida paleta de estilos que va de la vodevilesca “When I’m Sixty Four” a la engañosamente optimista “Gettin Bettter”, de la irónica “I’m Fixing a Hole” a la irresitible “Lovely Rita”, sin olvidar la circense (en todos sentidos) y naïve “Being for the Benefit of Mr. Kite”, la hinduista y espléndida “Within You Without You” (única contribución de George Harrison al álbum) y la chispeante “Good Morning Good Morning”.
Mención aparte merece la que sin duda es la mejor composición del disco: la impresionante “A Day in the Life”, concebida en su mayor parte por Lennon y un verdadero tour de force instrumental y letrístico –con el intermesso de McCartney incluido. De impecable construcción, con inteligentes y efectivas yuxtaposiciones rítmicas, armónicas y melódicas, con una orquestación que lleva a un gran climax, “Un día en la vida” es la coda perfecta, la conclusión grandiosa y a la vez siniestra de una obra monumental que jamás cae en los excesos o la grandilocuencia.
(Texto de mi autoría, publicado el día de hoy en el diario El Financiero)
Tersa continuación de su antecesor, el espléndido Revolver de 1966, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band vale tanto por su intrínseca calidad artística como por su significado cultural y quizás incluso más por esto. El momento en el cual apareció provocó que el mundo entero se revolucionara, creando un hito, un antes y un después cuyos efectos no terminan de asentarse hoy día.
Como pieza estrictamente musical, puede decirse que a pesar de su fallida intención conceptualista es, de todas maneras y por donde se le escuche, una obra maestra. Si Revolver fue el gran paso hacia la transformación de los Beatles en algo más que un simple grupo de rock, el Sgt. Pepper es la consolidación de ese paso y el ingreso del cuarteto al Olimpo de la historia de la música.
Lo que en un principio quiso ser una especie de revista de variedades con tintes al mismo tiempo de music hall y psicodelia, jamás pudo cuajar como tal. Salvo la introductoria pieza homonima (más su reprise) y la subsiguiente “With a Little Help from My Friends”, cantada por Ringo Starr en su papel de Billy Shears, el resto del material no tiene relación entre sí y lo único que lo unifica a medias es el modo como las canciones van enlazadas, prácticamente sin espacios silenciosos entre una y otra. Resulta claro entonces que la idea original de Paul McCartney no se concretó (algo que le sucedería con otros proyectos posteriores, sobre todo con el álbum Let It Be). No obstante, el que a final de cuentas no haya sido un opus conceptual es lo de menos, ya que todas sus canciones son tan buenas que trascienden cualquier consideración al respecto.
Hay aquí joyas exquisitas como “She’s Leaving Home”, un portento melódico que puede remitir incluso a la música de Felix Mendelsshon. O la esplendorosa “Lucy in the Sky with Diamonds” que tanta polemica causó por llevar supuestamente las iniciales LSD en su título, cuando en realidad –o eso juraba su autor, John Lennon– estaba inspirada en un dibujo de Julian, su pequeño hijo.
Tan variado como Revolver, Sgt. Pepper recorre una colorida paleta de estilos que va de la vodevilesca “When I’m Sixty Four” a la engañosamente optimista “Gettin Bettter”, de la irónica “I’m Fixing a Hole” a la irresitible “Lovely Rita”, sin olvidar la circense (en todos sentidos) y naïve “Being for the Benefit of Mr. Kite”, la hinduista y espléndida “Within You Without You” (única contribución de George Harrison al álbum) y la chispeante “Good Morning Good Morning”.
Mención aparte merece la que sin duda es la mejor composición del disco: la impresionante “A Day in the Life”, concebida en su mayor parte por Lennon y un verdadero tour de force instrumental y letrístico –con el intermesso de McCartney incluido. De impecable construcción, con inteligentes y efectivas yuxtaposiciones rítmicas, armónicas y melódicas, con una orquestación que lleva a un gran climax, “Un día en la vida” es la coda perfecta, la conclusión grandiosa y a la vez siniestra de una obra monumental que jamás cae en los excesos o la grandilocuencia.
(Texto de mi autoría, publicado el día de hoy en el diario El Financiero)
domingo, 15 de enero de 2017
¡Aguas con las cucarachas!
Con obvias influencias de los Red Hot Chili Peppers (en ocasiones demasiado obvias), el cuarteto tapatío Cuca acaba de publicar su primera grabación, una obra irreverente y divertida que sorprende desde la primera impresión por su frescura y antisolemnidad rampantes.
Con un sonido compacto y más que aceptable, Jorge Fors (excelente vocalista; sobre todo en un medio donde los buenos cantantes brillan por su ausencia), Galileo Ochoa (guitarra), Carlos Avilez (bajo) y Nacho González (batería) presentan un disco con pocos altibajos, con un nivel musical que combina ritmos desaforados en una mezcla de funk, punk y rock pesado con algunos ligeros elementos mexicanistas (esto resulta particularmente claro en piezas como “El son del dolor” y “Qué chingaos”). Si bien sus melodías son elementales y sus armonías poco cambiantes, la fuerza del grupo estriba en su manera de interpretar y en sus letras jocosamente léperas e ingeniosamente provocadoras.
Lejos de pretender dar "mensajes", los integrantes de la Cuca se burlan de todo y de todos, incluso de ellos mismos, en una actitud antisolemne altamente saludable y agradecible.
Sus letras sin duda pondrían de punta los cabellos de la senadora Gore, esposa del vicepresidente electo de los Estados Unidos, y quien se ha distinguido por su persecución implacable de los rocanroleros gringos a los que ha tratado de censurar y callar sin demasiado éxito. Tan sólo los títulos son más que explícitos: “El mamón de la pistola”, “Me vale madre”, “Hijo del lechero”, la sensacional “La pucha asesina” ("se te ve divina / pero quién adivina / si tú tienes la pucha asesina") y otras.
Entre las canciones más destacables se encuentran “Don Goyo", la ya mencionada “El mamón de la pistola” (ambas muy redhotchilipepperas o como se diga), la demencial “Necesito cirugía”, la muy chistosa “Hijo del lechero” ("Ay mamá, ¿qué es lo que pasa? / ¿Por qué me siento como un invitado en esta casa / Ay mamá, papá me maltrata / Dime por qué me trata como rata / Ay mamá, no siento el parentesco / en esta casa a nadie me parezco / Ay mamá, soy el único güero / ¿Por qué es tan bueno conmigo el lechero?”) y la divertidísima “Cara de pizza”. Quizá la pieza menos afortunada sea “El moralizador”, con una letra demasiado plana y superficialmente crítica y una música que desmerece al lado de otras mucho mejores.
La Cuca tiene una mega ventaja frente a otros grupos nacionales: gracias a sus letras y su actitud, jamás va a ser invitada de Raúl Velasco, Paco Stanley y la Vero. Eso ya habla muy bien de la agrupación y la honra sobremanera.
Descendientes indirectos de Frank Zappa, estos guadalajareños suenan como hubiera sonado La Maldita Vecindad si se hubiese dedicado a tocar rock en lugar de música tropical y con eso queda dicho todo.
Cuca, La invasión de los blátidos. Discos Culebra, BMG, 1992.
(Reseña que publiqué en mi columna "Bajo presupuesto" de la sección cultural del diario El Financiero, el 10 de diciembre de 1992)
Con un sonido compacto y más que aceptable, Jorge Fors (excelente vocalista; sobre todo en un medio donde los buenos cantantes brillan por su ausencia), Galileo Ochoa (guitarra), Carlos Avilez (bajo) y Nacho González (batería) presentan un disco con pocos altibajos, con un nivel musical que combina ritmos desaforados en una mezcla de funk, punk y rock pesado con algunos ligeros elementos mexicanistas (esto resulta particularmente claro en piezas como “El son del dolor” y “Qué chingaos”). Si bien sus melodías son elementales y sus armonías poco cambiantes, la fuerza del grupo estriba en su manera de interpretar y en sus letras jocosamente léperas e ingeniosamente provocadoras.
Lejos de pretender dar "mensajes", los integrantes de la Cuca se burlan de todo y de todos, incluso de ellos mismos, en una actitud antisolemne altamente saludable y agradecible.
Sus letras sin duda pondrían de punta los cabellos de la senadora Gore, esposa del vicepresidente electo de los Estados Unidos, y quien se ha distinguido por su persecución implacable de los rocanroleros gringos a los que ha tratado de censurar y callar sin demasiado éxito. Tan sólo los títulos son más que explícitos: “El mamón de la pistola”, “Me vale madre”, “Hijo del lechero”, la sensacional “La pucha asesina” ("se te ve divina / pero quién adivina / si tú tienes la pucha asesina") y otras.
Entre las canciones más destacables se encuentran “Don Goyo", la ya mencionada “El mamón de la pistola” (ambas muy redhotchilipepperas o como se diga), la demencial “Necesito cirugía”, la muy chistosa “Hijo del lechero” ("Ay mamá, ¿qué es lo que pasa? / ¿Por qué me siento como un invitado en esta casa / Ay mamá, papá me maltrata / Dime por qué me trata como rata / Ay mamá, no siento el parentesco / en esta casa a nadie me parezco / Ay mamá, soy el único güero / ¿Por qué es tan bueno conmigo el lechero?”) y la divertidísima “Cara de pizza”. Quizá la pieza menos afortunada sea “El moralizador”, con una letra demasiado plana y superficialmente crítica y una música que desmerece al lado de otras mucho mejores.
La Cuca tiene una mega ventaja frente a otros grupos nacionales: gracias a sus letras y su actitud, jamás va a ser invitada de Raúl Velasco, Paco Stanley y la Vero. Eso ya habla muy bien de la agrupación y la honra sobremanera.
Descendientes indirectos de Frank Zappa, estos guadalajareños suenan como hubiera sonado La Maldita Vecindad si se hubiese dedicado a tocar rock en lugar de música tropical y con eso queda dicho todo.
Cuca, La invasión de los blátidos. Discos Culebra, BMG, 1992.
(Reseña que publiqué en mi columna "Bajo presupuesto" de la sección cultural del diario El Financiero, el 10 de diciembre de 1992)
jueves, 24 de noviembre de 2016
Lennon, un tributo
El pasado martes se cumplieron, como ya es sabido, doce años la muerte de John Lennon. ¿Qué se puede decir al respecto que no se haya dicho antes? Fácil sería caer en reiteraciones, frases hechas o lugares comunes, pero la verdad me da flojera y nadie, ni los lectores ni quien esto escribe, ganaría cosa alguna.
Con toda la tristeza que aún envuelve los recuerdos relacionados con el genio creador de "In My Life", "l'm So Tired", "I Am the Walrus", "God" y tantas otras joyas, intentemos ser optimistas (aunque parezca pinche mensaje yupi) y disfrutemos la música de Lennon en todo lo que vale. Al respecto, tengo a bien recomendar a ustedes un estupendo video en el que se registra una colección de interpretaciones, algunas sensacionales y otras no tanto, de piezas de John. Lennon, a Tribute es el título de esta obra publicada por Sony Music Video Enterprises, con número de catálogo 19V-49112. En formato VHS, el video se consigue en México y su precio es bastante accesible. Si los lectores son admiradores del enorme compositor británico, no deben perderse estos noventa minutos de versiones de todos colores y sabores de las más conocidas canciones lennonianas.
La mayor parte del material fue grabado en 1990, durante un magno concierto celebrado en el Central Park de Nueva York, justo frente al edificio Dakota, donde el ex beatle vivía y ante el cual fue traicioneramente asesinado por el loco Mark Chapman. En esta parte del video hay interpretaciones tan buenas como la de Joe Cocker a "Isolation", Lenny Kravitz a "Cold Turkey", Wet Wet Wet a "l Feel Fine", Natalie Cole (en verdad) a "Ticket to Ride" y una sorprendente y magnífica Cindy Lauper que recrea la durísima "Working Class Heroe" y lo hace tan bien como hiciera David Bowie en al primer disco de Tin Machine.
Otras actuaciones del mismo concierto y que son muy buenas: Lou Gramm ("Eight Days a Week"), Terence Trent D'Arby ("You've Got to Hide Your Love Away"), Randy Travis ("Nowhere Man"), el gran Dave Edmunds ("Ballad of John and Yoko"), Hall and Oates ("Don't Let Me Down), Al Green ("Power to the People), Ringo Starr ("I Call Your Name"), acompañado nada menos que por Tom Petty, Jeff Lyne, Jim Keltner y Joe Walsh. Tal vez el único pero de todo el video sea una horrenda versión disco-rapera de "Help", debida a la fresísima (aunque buenísima, eso sí) Kylie Minogue, que vaya usted a saber cómo se coló ahí.
La obra se complementa con videoclips de Billy Joel ("Back in the USSR"), David Bowie ("Fame", canción que compuso junto con Lennon) y Michael Jackson ("Come Together", en una más que buena interpretación). Asimismo hay fragmentos de otros conciertos, como uno de Elton John ("Imagine"), otro de Paul McCartney ("PS I Love You" y "Love Me Do") y uno más de U2 ("Help"). También aparece Ray Charles cantando "Let It Be" que oficialmente es de Lennon y McCartney, pero hasta donde sé fue compuesta por Paul. La parte más emotiva del video es sin duda aquella en la que el propio John aparece para cantar "Give Peace a Chance" e "Imagine", pero de igual manera lo son una brevísima "Help" con Roy Orbison, una bonita versión de la preciosa "Dear Prudence" por Sean, el hijo más pequeño de Lennon. En fin, que ver este video es una forma más que recomendable de rememorar al creador de esa frase lapidaria como pocas y que en estos días de incertidumbre cobra estremecedora crudeza: "El sueño ha terminado”.
(Texto publicado en mi columna "Bajo presupuesto" de la sección cultural de El Financiero, el jueves 10 de diciembre de 1992)
Con toda la tristeza que aún envuelve los recuerdos relacionados con el genio creador de "In My Life", "l'm So Tired", "I Am the Walrus", "God" y tantas otras joyas, intentemos ser optimistas (aunque parezca pinche mensaje yupi) y disfrutemos la música de Lennon en todo lo que vale. Al respecto, tengo a bien recomendar a ustedes un estupendo video en el que se registra una colección de interpretaciones, algunas sensacionales y otras no tanto, de piezas de John. Lennon, a Tribute es el título de esta obra publicada por Sony Music Video Enterprises, con número de catálogo 19V-49112. En formato VHS, el video se consigue en México y su precio es bastante accesible. Si los lectores son admiradores del enorme compositor británico, no deben perderse estos noventa minutos de versiones de todos colores y sabores de las más conocidas canciones lennonianas.
La mayor parte del material fue grabado en 1990, durante un magno concierto celebrado en el Central Park de Nueva York, justo frente al edificio Dakota, donde el ex beatle vivía y ante el cual fue traicioneramente asesinado por el loco Mark Chapman. En esta parte del video hay interpretaciones tan buenas como la de Joe Cocker a "Isolation", Lenny Kravitz a "Cold Turkey", Wet Wet Wet a "l Feel Fine", Natalie Cole (en verdad) a "Ticket to Ride" y una sorprendente y magnífica Cindy Lauper que recrea la durísima "Working Class Heroe" y lo hace tan bien como hiciera David Bowie en al primer disco de Tin Machine.
Otras actuaciones del mismo concierto y que son muy buenas: Lou Gramm ("Eight Days a Week"), Terence Trent D'Arby ("You've Got to Hide Your Love Away"), Randy Travis ("Nowhere Man"), el gran Dave Edmunds ("Ballad of John and Yoko"), Hall and Oates ("Don't Let Me Down), Al Green ("Power to the People), Ringo Starr ("I Call Your Name"), acompañado nada menos que por Tom Petty, Jeff Lyne, Jim Keltner y Joe Walsh. Tal vez el único pero de todo el video sea una horrenda versión disco-rapera de "Help", debida a la fresísima (aunque buenísima, eso sí) Kylie Minogue, que vaya usted a saber cómo se coló ahí.
La obra se complementa con videoclips de Billy Joel ("Back in the USSR"), David Bowie ("Fame", canción que compuso junto con Lennon) y Michael Jackson ("Come Together", en una más que buena interpretación). Asimismo hay fragmentos de otros conciertos, como uno de Elton John ("Imagine"), otro de Paul McCartney ("PS I Love You" y "Love Me Do") y uno más de U2 ("Help"). También aparece Ray Charles cantando "Let It Be" que oficialmente es de Lennon y McCartney, pero hasta donde sé fue compuesta por Paul. La parte más emotiva del video es sin duda aquella en la que el propio John aparece para cantar "Give Peace a Chance" e "Imagine", pero de igual manera lo son una brevísima "Help" con Roy Orbison, una bonita versión de la preciosa "Dear Prudence" por Sean, el hijo más pequeño de Lennon. En fin, que ver este video es una forma más que recomendable de rememorar al creador de esa frase lapidaria como pocas y que en estos días de incertidumbre cobra estremecedora crudeza: "El sueño ha terminado”.
(Texto publicado en mi columna "Bajo presupuesto" de la sección cultural de El Financiero, el jueves 10 de diciembre de 1992)
lunes, 16 de mayo de 2016
Hal Roach
Una breve nota, perdida en las secciones de espectáculos de algunos diarios, dio cuenta de la mala nueva: Hal Roach, uno de los grandes creadores del cine cómico mudo, falleció a los cien años de edad, debido a una complicación en los pulmones. Triste noticia sin duda, ya que Roach fue, entre muchas otras cosas, el hombre que estuvo detrás de tres leyendas cinematográficas: Harold Lloyd, Stan Laurel y Oliver Hardy.
Nacido el 14 de enero de 1892, Harold Eugene Roach ingresó al cine como extra, realizando papeles de jinete en cintas del Oeste. Intentó ser actor, pero su poca preparación dramática y su físico nada propicio lo convencieron de buscar otros caminos, concretamente los de director y productor. Entre sus primeros trabajos se encuentran varios cortos con Lloyd, todos los cuales fueron un sonado fracaso. Sin embargo, años más tarde y después de una ruptura entre ambos, el gran Harold retornó a la compañía de Roach y juntos crearon el inolvidable personaje que inmortalizó al cómico: el hombrecillo de los lentes.
Sin embargo, la mayor contribución del recientemente fallecido fue la de haber unido en feliz matrimonio artístico a Laurel y Hardy, El Gordo y El Flaco, que antes de eso trabajaban cada uno por su cuenta sin pena ni gloria. Hal Roach descubrió la genial complementaridad de Oli y Stan y con ellos produjo una enorme cantidad de cintas que nos siguen haciendo reír por su humor fresco, desenfadado y muchas veces (por fortuna) anárquico, descabellado y nihilista. Baste recordar la extraordinaria Big Business (1929), producida por Roach y dirigida por J. W. Horne, fantástica película muda cuyo título inicial rezaba:, "La historia de un hombre que puso la otra mejilla... y fue golpeado en las narices". Aquí, Laurel y Hardy tienen una pequeña discusión con el espléndido cómico James Finlayson, a quien intentan vender un árbol de navidad. La discusión degenera en riña y va creciendo en intensidad y violencia desatada conforme avanza el filme. Al final, la pareja destruye regocijantemente la casa del calvito bigotón, quien a su vez acaba con el carro de sus rivales. Una desternillante maravilla.
En su libro La Risa Loca, Paco Ignacio Taibo I menciona algunas peculiaridades de lo que llama el "estilo Roach": "Creación de héroes cómicos con características psicológicas muy definidas; un cine más calmado, en el que los momentos de tensión no vienen dados tanto por la velocidad de los acontecimientos, como por la densidad de los mismos; una mayor atención a los argumentos que están considerados como un fondo sobre el cual se instalan los gags que le darán vida. Hay (aquí) una curiosa carga de elementos que, usados de forma razonable, desembocan en la irracionalidad más absoluta.
El estilo de Hal Roach se contraponía notoriamente al de ese otro genio que fue Mack Sennett, quien se distinguía por su forma lineal, frenética, en ocasiones caótica y siempre basada en locas persecuciones (cómo no recordar a los maravillosos Keystone Cops). Ambos fueron enormes creadores, feroces competidores, pero a final de cuentas verdaderos caballeros. Porque como lo dijo el propio Sennett: "Usted, Roach, es mi único rival".
Hal Roach se ha ido con un siglo de vida sobre sus espaldas. El lugar común nos obligaría a escribir que, sin embargo, su obra perdurará por siempre. Y sí: ésa es la verdad.
(Publicado el jueves 5 de noviembre de 1992 en mi columna "Bajo presupuesto" de la sección cultural de El Financiero)
Nacido el 14 de enero de 1892, Harold Eugene Roach ingresó al cine como extra, realizando papeles de jinete en cintas del Oeste. Intentó ser actor, pero su poca preparación dramática y su físico nada propicio lo convencieron de buscar otros caminos, concretamente los de director y productor. Entre sus primeros trabajos se encuentran varios cortos con Lloyd, todos los cuales fueron un sonado fracaso. Sin embargo, años más tarde y después de una ruptura entre ambos, el gran Harold retornó a la compañía de Roach y juntos crearon el inolvidable personaje que inmortalizó al cómico: el hombrecillo de los lentes.
Sin embargo, la mayor contribución del recientemente fallecido fue la de haber unido en feliz matrimonio artístico a Laurel y Hardy, El Gordo y El Flaco, que antes de eso trabajaban cada uno por su cuenta sin pena ni gloria. Hal Roach descubrió la genial complementaridad de Oli y Stan y con ellos produjo una enorme cantidad de cintas que nos siguen haciendo reír por su humor fresco, desenfadado y muchas veces (por fortuna) anárquico, descabellado y nihilista. Baste recordar la extraordinaria Big Business (1929), producida por Roach y dirigida por J. W. Horne, fantástica película muda cuyo título inicial rezaba:, "La historia de un hombre que puso la otra mejilla... y fue golpeado en las narices". Aquí, Laurel y Hardy tienen una pequeña discusión con el espléndido cómico James Finlayson, a quien intentan vender un árbol de navidad. La discusión degenera en riña y va creciendo en intensidad y violencia desatada conforme avanza el filme. Al final, la pareja destruye regocijantemente la casa del calvito bigotón, quien a su vez acaba con el carro de sus rivales. Una desternillante maravilla.
En su libro La Risa Loca, Paco Ignacio Taibo I menciona algunas peculiaridades de lo que llama el "estilo Roach": "Creación de héroes cómicos con características psicológicas muy definidas; un cine más calmado, en el que los momentos de tensión no vienen dados tanto por la velocidad de los acontecimientos, como por la densidad de los mismos; una mayor atención a los argumentos que están considerados como un fondo sobre el cual se instalan los gags que le darán vida. Hay (aquí) una curiosa carga de elementos que, usados de forma razonable, desembocan en la irracionalidad más absoluta.
El estilo de Hal Roach se contraponía notoriamente al de ese otro genio que fue Mack Sennett, quien se distinguía por su forma lineal, frenética, en ocasiones caótica y siempre basada en locas persecuciones (cómo no recordar a los maravillosos Keystone Cops). Ambos fueron enormes creadores, feroces competidores, pero a final de cuentas verdaderos caballeros. Porque como lo dijo el propio Sennett: "Usted, Roach, es mi único rival".
Hal Roach se ha ido con un siglo de vida sobre sus espaldas. El lugar común nos obligaría a escribir que, sin embargo, su obra perdurará por siempre. Y sí: ésa es la verdad.
(Publicado el jueves 5 de noviembre de 1992 en mi columna "Bajo presupuesto" de la sección cultural de El Financiero)
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