lunes, 2 de noviembre de 2026

El último creyente


La mañana del domingo 25 de octubre de 2026, mientras preparaba su segundo café del día, Alejandro Michelena recibió en su smartphone la noticia de que Guadalupe Taddei presentaría su renuncia a la presidencia del Instituto Nacional Electoral. Un escándalo de corrupción relacionado con proveedores y contratos había terminado por hacer insostenible su permanencia en el cargo.


  Alejandro leyó la noticia dos veces. No porque no la hubiera entendido, sino porque últimamente necesitaba leer dos veces las noticias para convencerse de que no estaba leyendo una novela de ciencia ficción escrita por algún influencer de Morena.

—Ya se veía venir —se dijo en voz alta.

  Vivía solo desde hacía once años en un departamento de la colonia Portales, con dos recámaras, una sala razonablemente amplia y una colección de libros que había ido creciendo mientras el número de personas que lo visitaba disminuía. Tenía sesenta y nueve años, una pensión modesta, algunos trabajos editoriales esporádicos y la costumbre de desayunar mientras veía mesas de opinión en YouTube. Era un hombre culto que se consideraba inteligente, al menos lo suficiente como para identificar las tonterías y separarlas de las estupideces, para no hablar de las mentiras que de manera cotidiana se decían en la Mañanera (del pueblo).

  La noticia del INE, pues, no lo sorprendió demasiado. La situación era tan insostenible que ni el propio gobierno podía evadirla esta vez. Además, no era lo mismo Rocha Moya que Guadalupe Taddei, de quien se rumoraba que tenía diferencias con la presidenta (con A) y que pertenecía al bando enemigo de ésta dentro de las cada vez más rijosas filas de la 4T. No obstante, le molestaba la cínica naturalidad con la que se producían aquellas cosas y que ya fueran parte del paisaje cotidiano. Uno podía levantarse una mañana, enterarse de que el organismo encargado de garantizar la limpieza de las elecciones estaba envuelto en un asunto de evidente corrupción y, después de terminar el café, salir a comprar el pan como si nada. México tenía esa extraordinaria capacidad de convertir lo inverosímil en parte de la rutina.

  Pensó que si aquello hubiera sucedido en una novela, el editor le habría pedido al autor que le bajara dos rayitas a su imaginación.

  Tres días más tarde, ya cerca de la medianoche y cuando se preparaba para meterse a la cama, una campana sonó en su celular y al entrar a X, se topó con una noticia que lo dejó helado: el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas había muerto.

  Durante algunos segundos no pensó en cosa alguna. Fue hasta la ventana y contempló la soledad de la calle, en donde no se veía un alma. Ahí permaneció por largo rato.

  Había admirado a Cárdenas. De hecho, lo seguía admirando. No era que lo considerara infalible o que hubiera compartido todas sus decisiones o muchas de sus opiniones, pero representaba para él algo que la política mexicana parecía haber extraviado hacía mucho tiempo: la posibilidad de creer que un hombre podía participar en la vida pública sin tener como objetivo enriquecerse o conseguir una embajada al termino del sexenio. 

  Recordó 1988. Había votado por Cuauhtémoc con entusiasmo, había seguido aquella jornada electoral con la esperanza de que el país estuviera a punto de cambiar. Recordaba también la famosa caída del sistema, las nada creíbles explicaciones oficiales y aquella sensación de haber asistido a un espectáculo de prestidigitación en el que el mago había metido la mano en la urna y sacado un presidente. Un mago por cierto que, en otro truco de prestidigitación, ahora era uno de los más connotados miembros de Morena, a quien Andrés Manuel López Obrador premió durante su gobierno nada menos que con la dirección de la Comisión Federal de Electricidad, donde el tipo hizo y deshizo a su antojo.

  Cárdenas había perdido oficialmente y el país había perdido algo más difícil de recuperar: la esperanza en un cambio con dirección a la democracia. 

  A la mañana siguiente, Alejandro encendió el televisor. Los conductores de un noticiario hablaban del fallecimiento del ingeniero con expresiones de pesar. Algunos políticos publicaban fotografías en las que aparecían abrazándolo, como si hubieran sido sus mejores amigos desde la infancia. Michelena sintió una indignación preñada de asco.

—Ahora resulta que todos eran cardenistas —murmuró para sí—. Hasta los que lo traicionaron como traicionaron a la democracia.

  Le molestaba particularmente aquella costumbre nacional de convertir a los muertos en personas admirables, sobre todo cuando ya no podían desmentir a sus falsos aduladores. Los políticos que durante años habían ignorado a Cárdenas o que habían tomado caminos muy distintos de los que él representaba, ahora competían por apropiarse de su memoria. Era una forma de canibalismo que pretendía ser respetuosa, pero que no dejaba de ser canibalismo al fin y al cabo.

  Apagó la televisión.

  Se dirigió al librero y sacó un viejo ejemplar de La democracia en México, de Pablo González Casanova. Lo hojeó sin detenerse en alguna página, en algún párrafo en particular. Pensó en los amigos que había perdido, en los que se habían vuelto cínicos y defendían como fanáticos o como beneficiarios –o como ambas cosas– a los políticos que hoy ostentaban el poder. Lo hacían con una pasión que habría sido más provechosa si la hubieran dedicado, por ejemplo, a salvar sus matrimonios.

  Él también había tenido esperanzas. Había creído en la izquierda, en la transición democrática, en la posibilidad de que México dejara de ser un país administrado por una pandilla de profesionales del engaño. Había creído incluso, durante algunos meses, que las cosas podían mejorar. No se avergonzaba de ello. Uno no debía avergonzarse de haber sido ingenuo; lo verdaderamente vergonzoso era perseverar en la ingenuidad al acercarse a los setenta años.

  Pensó que quizá la política mexicana era una enfermedad hereditaria y que cada generación se limitaba a cambiarle de nombre al virus. Los priistas habían tenido la corrupción institucionalizada; otros habían descubierto la corrupción con discurso moral; los actuales inventaron la corrupción sustentable, con perspectiva de género y certificación ecológica. La nepotista corrupción del bienestar.

  Se rio. Una risa breve, desagradable, casi involuntaria.

En la cocina se preparó unos huevos con tocino y más café, mucho café. Mientras comía, volvió a mirar el celular. Había cientos de mensajes sobre Cárdenas. Algunos eran sinceros, otros oportunistas y muchos parecían escritos por personas que acababan de descubrir quién era el difunto.

  Sintió tristeza. No solamente por la muerte del ingeniero, sino por lo que esa muerte significaba para él. Se iba uno de los últimos personajes de una época en la que todavía era posible imaginar (sólo imaginar) que la política podía ser una actividad relacionada con las ideas y no exclusivamente con el reparto del botín.

  Terminó su desayuno y lavó el plato, la taza y los cubiertos. Luego se sirvió un whisky con hielo y fue a sentarse a la sala, al frente de su selecta biblioteca.

  Pensó que estaba envejeciendo. No tanto por las canas, los dolores de espalda o la dificultad creciente para recordar dónde había dejado los lentes, sino porque cada vez le costaba más trabajo encontrar razones para entusiasmarse con el futuro. El país y la ciudad seguían ahí, con sus mañanas luminosas, sus parques arbolados, sus vendedores ambulantes, sus políticos de sonrisa hipócrita y sus ciudadanos resignados o indiferentes.

  Afuera, una ambulancia hizo sonar la sirena. Un vecino discutía por teléfono. Alguien escuchaba reguetón a un volumen criminal.

  Alejandro levantó el vaso.

  –Por el ingeniero Cárdenas –exclamó, mirando el descarapelado techo del apartamento.

  Bebió un trago y añadió, después de una pausa y un largo suspiro:

  –Y por nosotros, los imbéciles que alguna vez creímos en un México mejor.

  No sabía si aquello era un brindis o un epitafio.     Posiblemente las dos cosas.

  Después puso el Let It Bleed (¡Déjalo sangrar!) de los Rolling Stones, volvió a sentarse en su sillón favorito y miró hacia la ventana. Ese día tenía que pagar el recibo de la luz, comprar café y llevar unos libros que ya no le interesaban a la librería de viejo. Entre ellos, un ejemplar de Hacia una economía moral, uno de los ladrillos supuestamente escritos por López Obrador y que alguien había tenido la mala ocurrencia de regalarle alguna vez. Ni siquiera le había quitado el celofán que lo envolvía.

  Pero en fin, la democracia podía esperar. La CFE, en cambio, no tenía la misma paciencia.

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