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lunes, 11 de diciembre de 2017

Frida Kahlo

Se termina 2007, el año oficial de Frida Kahlo, el año en el cual el aparato burocrático-cultural de nuestro país celebró –a su muy particular y solemne manera– el centenario del nacimiento (1907) de la pintora defeña.
  Dicen que nada hay peor que ser más papista que el Papa. En ese sentido, nada también tan detestable como ser más fridista que Frida. Quienes han hecho de la autora de “Autorretrato con monos”, “Pensando en Diego” y otros cuadros famosos un mito; quienes la han sacado de su naturaleza humana, para convertirla en una mezcla de santa y monstruo; quienes han medrado con el nombre de la Kahlo para transformarla en marca comercial altamente lucrativa; quienes –en resumen– la han mutado en una vaca sagrada, no saben el daño que le han infligido a la artista real (y si lo saben, dudo mucho que en realidad les importe).
  Dice Rafael Pérez Gay, en un artículo publicado hace unos meses, que ya está cansado de Frida porque “la mitología ha devorado a una obra. La leyenda logró que cada vez quede menos de un rasgo definitivo en Frida Kahlo: la felicidad de la imagen a través de una tempestad interior”.
  Nadie repara ya en la tragedia existencial de la amada de Diego Rivera y de cómo en muchas ocasiones ella sublimó esa tragedia para erigirla en belleza, en arte irónico, en feliz y sarcástico auto escarnio. Se prefiere a la Frida mexican curious, a la Kahlo exportable y vendible, a la que Ofelia Medina y Salma Hayek hicieron objeto de pugna para ver cuál de las dos podía cejijuntarse y disfrazarse mejor de ella; todo para que al final les comiera el mandado nada menos que Itatí Cantoral (oh, my god!).
  Que Frida le gusta a Madonna. Que sus obras se subastan a precios exorbitantes en la galería Shoteby’s. Que muchos funcionarios se visten de falsos ropajes kahlianos para parecer cultos y refinados. Que la comunidad artístico cultural más ligada a la burocracia realiza grandes fiestas en nombre de la mujer que pasó la mitad de su vida presa de la inmovilidad física más espantosa y de dolores corporales inenarrables, insoportables. Que tantos se agarran del fenómeno comercial que es Frida Kahlo y tantos medran con el mismo.
  Hoy día Frida es una marca registrada, un producto más, una mercancía intercambiable que se ha vuelto incluso desechable. La malhadada fridomanía todo lo invade y todo lo contamina. El país oficial se llena de celebraciones que exaltan al nacionalismo más rampante y más repugnante. La Kahlo como sinónimo de chauvinismo y lo que es peor, como sinónimo de corrección política. Porque no sólo la burguesía pulquera mexicana ha adoptado a Frida, también lo ha hecho –a su manera– esa entidad vaga que se llama a sí misma “La Izquierda” (así, con mayúsculas). No es para menos: Frida Kahlo era una militante comunista que desfiló al lado de Diego Rivera en apoyo de los proletarios del mundo; era rebelde, feminista, malhablada; apoyaba el discurso dogmático que se desprendía del muralismo del propio Rivera, de Siqueiros y de todos los pintores que dependían de las simpatías o antipatías de José Vasconcelos. En síntesis, hoy sería una perfecta militante perredista (según, claro, los propios perredistas). Porque además le gustaba lo mexicano. Su famosa casa azul de Coyoacán (of all places) es un claro ejemplo de ello, con los colores pastel de sus muros, su decoración, sus judas, sus alebrijes, sus ex votos, su cocina con cazuelones de barro y sus cucharones de madera. Para volver a citar a Rafael Pérez Gay, Frida era “seguidora de una identidad contenida en la cultura del nopal y el internacionalismo proletario, el arte comprometido y la creación revolucionaria”.
  Frida fue, en chiquito, lo que Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco fueron en grandote: exponentes de un arte que muchas veces privilegió al “mensaje” y el contenido social por sobre la propia calidad pictórica. Muy al estilo del realismo socialista de su época, con los artistas patrocinados por el Estado (o lo que en tiempos priistas se llamaría Papá Gobierno).
  ¿Fue Kahlo la mejor pintora de su tiempo? No necesariamente. Hubo otras mujeres como Remedios Varo y Leonora Carrington que a mi modo de ver la superaron en técnica y capacidad artística. Cierto, ambas eran extranjeras (la primera española, la segunda británica), pero las dos forman parte indudable de la historia de la pintura mexicana, ya que fue en nuestro país donde desarrollaron su obra. Ello para no hablar de pintores de caballete del sexo masculino como Jesús Guerrero Galván Agustín Lazo, Julio Castellanos y Alfonso Michel.
  Se acaba 2007 y con ello se termina el año dedicado a Frida Kahlo. Al fin la pobre mujer podrá descansar de tanto homenaje barato y tanto elogio pueril. Aunque desde un punto de vista comercial, eso sí, seguirá siendo muy rentable. Enhoramala.

(Texto que escribí con el sobrenombre de Goyo Cárdenas Jr. para la sección "Vacas sagradas" de la revista La Mosca en la Pared No. 122, en diciembre de 2017).

lunes, 4 de enero de 2016

Alejandro Jodorowsky: ¡Santa sangre pesada, Batman!

“La fascinación por el teatro entró en mi alma gracias a tres acontecimientos que marcaron profundamente mi alma infantil: participé en el entierro de un bombero, 
vi un ataque epiléptico y escuché cantar a un príncipe chino”.

Clásica declaración”profunda” y  apantallapendejos de A. Jodorowsky.

“Cuidado con los estafadores. Cualquier persona que se declare psicomago o proponga consejos de psicomagia es un mentiroso. La psicomagia, aunque tenga rasgos humorísticos y surrealistas, es un útil de terapia en extremo peligroso. Necesita años de estudio. Por el momento sólo yo, mi hijo Cristóbal Sol y mi esposa Mariana Costa podemos ejercer la psicomagia. No existe ninguna escuela de psicomagia que yo haya autorizado. Los que anuncian esta escuela son ingenuos o son astutos comerciantes”.
  Lo anterior aparece firmado por Alejandro Jodorowsky en su página oficial de internet y lo retrata de cuerpo entero. Si leemos entre líneas, podremos vislumbrar que también está diciendo: “Se los advierto: yo inventé esa farsa que es la psicomagia y solamente yo y mi gente cercana la podemos utilizar para hacer negocio. Los únicos estafadores con licencia de psicomagos somos mi mujer, mi hijo y yo”. Así se las gasta este personaje, una de las grandes vacas sagradas de nuestro tiempo.
  Pocos tipos tan hábiles para verle la cara (de imbéciles) a cientos de miles (¿o deberíamos decir millones?) de personas como Jodorowsky. En verdad es de admirar lo que este chileno ha logrado a lo largo de sus muchos decenios de vida (nació en 1929), tiempo en el cual ha conseguido hacer de la charlatanería y la filosofía barata (o netología, para emplear uno de esos neologismos que tanto le gustan al propio “Jodo”) todo un arte y, sobre todo, un negocio muy pero muy lucrativo. Desde México hasta Francia y desde España hasta los Estados Unidos, en todas partes existen fieles y hasta fanatizados devotos de este aprendiz de brujo, de este amo del efectismo que sabe usar todo tipo de trucos no sólo en sus muy discutibles películas, sino en la mismísima vida real.
  Recuerdo bien cuando Alejandro (como le dicen muchos de sus seguidores) arribó a México, a mediados de los sesenta. Yo era un niño, pero en mi casa compraban El Heraldo de México (diario que en las épocas anteriores a 1968 no era el periódico de ultraderecha en que terminó convertido y que por allá del 66 y el 67 abrió las páginas de su suplemento cultural a muchos personeros de la contracultura, como José Agustín, Juan Tovar, Gustavo Sainz y el mismísimo Jodorowsky, quien ahí comenzó a publicar sus famosas “Fábulas pánicas”, hoy tan cotizadas y sobrevaloradas. En dichas fábulas, con dibujos que querían ser como los de Robert Crumb pero que ni por asomo alcanzaban la calidad de uno solo de los caricaturistas mexicanos de esos días (desde Rius hasta Abel Quezada), el chileno de treinta y tantos años absorbía la ideología hippie en boga y trataba de dar “mensajes” apantallantes y -¡oh!- subversivos.
  Hábil y bueno para las relaciones públicas, logró meterse en el fácilmente deslumbrable mundillo intelectual capitalino y pronto puso en escena sus “revolucionarias” obras de teatro Zaratustra y El juego que todos jugamos (en esta última, “cuestionaba” directamente a los espectadores para “confrontarlos” con su mediocridad y su conformismo). En televisión también aparecía mucho, en emisiones como Anatomías (un programa que hizo época, conducido por Jorge Saldaña) y su propia aunque efímera serie 1, 2, 3, 4, 5 A Go-Go. De ahí, su paso al cine fue casi natural y consiguió el financiamiento para filmar Fando y Lis (que no resiste la prueba de los años) y El topo (una de las cintas más híper sobrevaloradas de la historia y que no habría sido filmada si en ese momento hubieran existido organizaciones de protección a los animales (fueron sacrificados muchos caballos, burros y vacas para diversas escenas del mentado western pánico, escenas en las cuales las pobres bestias aparecían con las entrañas expuestas, todo en aras del “verdadero” arte).
  “El ego es como tu perro. El perro tiene que seguir al amo y no el amo al perro. Hay que hacer que el perro te siga. No hay que matarlo, sino domarlo”. Con ese tipo de sentencias, Jodorowsky ha hecho todo un mercado. A la peor manera de un Miguel Ángel Cornejo -aunque “Jodo” quiera aparecer como una mezcla de Erich Fromm y Gurdjieff-, el hombre se ha convertido en un vendedor de best sellers para gente que quiere mostrarse como intelectual y profunda. Lo que Carlos Cuauhtémoc Sánchez es para la colonia Nativitas o la Del Valle, Alejandro Jodorowsky lo es para el eje Coyoacán-Roma-Condesa. Su filosofía de a peso, combinada con esoterismo y “magia” (¿qué dirían Chen Kai y el “Magazo” Beto El Boticario) ha dado frutos lucrativos increíbles. Por eso, este lector del Tarot se puede dar el lujo de filmar cosas como Santa Sangre y dejar boquiabierta a gente que se presupone inteligente o lanzar netas como “fracasar no existe, en cada fracaso cambiamos de camino”; “para llegar a lo que eres, debes de ir por donde no eres”; “llegar a ser lo que uno es, es la más grande felicidad”; “la civilización occidental sólo nos enseña a vivir, pero rehuye enseñarnos a morir”, “es más difícil vivir que morir”; “no intentes ‘mejorarme’, mejor trata de ‘aceptarme’”. Puros galimatías y tramposas frases hechas de manual de superación personal, recetas de cocina transformadas en Grandes Verdades. Ah, porque Jodorowsky navega con la bandera de que él sólo dice verdades y que por eso es tan combatido (?). También le gusta que lo consideren un hombre “de escándalo”, porque –él lo sabe mejor que nadie- el escándalo vende y deja dividendos. Eso, a pesar de que declare: “Nunca busqué el escándalo. Producir un escándalo en esta sociedad escandalosa es lo más difícil que hay. Todos los artistas superficiales han tratado de hacerlo… La única posibilidad de escandalizar actualmente es tratar por todos los medios de no hacerlo. Tratar de expresar la verdad. En una sociedad de mentirosos, la verdad es escándalo. En una sociedad degenerada, la honestidad es escándalo. En una sociedad enferma, la salud es escándalo. En una sociedad hipócritamente religiosa, el verdadero misticismo es escándalo… El primer escándalo de nuestra civilización es Cristo…”. O sea: “Yo digo la verdad, soy honesto, estoy sano y ejerzo el verdadero misticismo. Ergo: soy un Cristo”. Ajá.
  Si en Francia, la cuna de la Enciclopedia y el raciocinio, Alejandro Jodorowsky es considerado como todo un genio, allá los franceses y su candidez bien portada. Si ahí y en tantas partes del mundo se tragan cosas como: “Si mis obras han escandalizado, debo sentirme orgulloso; no del ruido que han hecho, sino de que, hiriendo, prueban que algo tienen de verdadero” o “(Hay que) mandar al psiquiatra a todos los profesores de primaria. También a meditación yoga. Subirles el sueldo. Ellos tienen en sus manos a la juventud... Deben por lo tanto gozar de sueldos tan elevados como los de un cantante de tangos o un dueño de estacionamientos”.
  El hilo negro.

(Publicado originalmente en la sección "Vacas sagradas" de La Mosca en la Pared No. 122, enero de 2007. Lo escribí bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdemas Jr.)

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Santa Carmen

Ilustración de Ricardo Sandoval
A eso que en México suele llamarse la izquierda le encanta idealizar –e idolizar– a determinados personajes que le son afines. El santoral izquierdoso mexicano cuenta con abundantes ejemplos de figuras a las cuales sus feligreses suelen dotar de virtudes infinitas y de una perfección a todo prueba.
  Un amplio sector de los autonombrados izquierdistas, obediente al dogma, acepta en automático a determinados personeros de la política, el arte y los medios, ya sean nacionales o extranjeros. Así, por ejemplo, los progres tienen como verdad indiscutible, como neta absoluta que no admite réplicas, que Fidel Castro es tan puro e intocable como el régimen cubano, no importa que se trate de una dictadura impresentable en la que la intolerancia y la persecución y encarcelamiento de los opositores es ley. Igualmente intocable es el recientemente finado Hugo Chávez, a quien incluso se le otorgan poderes divinos y sobrenaturales.
  En el medio mexicano, ninguna figura más deificada (por esa izquierda de la que hablamos) que Andrés Manuel López Obrador, considerado por ciertos sectores a la altura de la propia Virgen de Guadalupe. Así de inmaculado, infalible, cuasi divino y hasta milagroso se le mira.
  También hay medios de comunicación a los que se les otorga calidad de emisarios de la Verdad (así, con mayúsculas) ¡y guay de aquellos que osen poner en duda sus enunciados!, así se trate de los más disparatados y muchas veces falsos e inventados. Es fácil nombrar a los tres medios a los que esta gauche mexicaine califica como los únicos honestos e incorruptibles del país (favor de no reír): Proceso,  La Jornada y el noticiario radiofónico de Carmen Aristegui que trasmite en las mañanas MVS Radio.
  El de Aristegui es un caso bastante sui generis. De haber sido “la compañera de Javier Solórzano”, hace muchos años, en distintos programas noticiosos de la radio y la televisión (sirviendo a empresas como la mismísima Televisa), ha llegado a convertirse en una diva de la izquierda mexicana, una mujer intocable a quien no se le debe rozar ni con el pétalo de una leve crítica. Seguida por miles de radioescuchas, muchos de los cuales la veneran con fe delirante, se ha ido convirtiendo en una especie de Papisa a la que le encanta pontificar y lanzar netas, netas que no pueden ser cuestionadas so pena de pasar por reaccionario, derechista, retrógrado, enemigo del pueblo y, but of course, por un ser políticamente incorrecto.
  Porque la corrección política siempre estará con ella, con La Gran (así, con mayúsculas) Carmen Aristegui, periodista que se hace respetar, seria, seca, dura, aunque fiel servidora de su Alteza Serenísima, el Benemérito de las izquierdas bejaranistas, el Apóstol y Pastor (así, con mayúsculas) de las masas desposeídas: el señor Don Peje.
  Frente a Andrés Manuel, Carmencita es humilde y complaciente y siempre se sumará a sus causas, como ya lo demostró en las más recientes elecciones e incluso durante el sexenio pasado, cuando unida a personajes como el ex diputado Gerardo Fernández Noroña (mejor conocido como El Noroñas) o el periodista (es un decir) de Proceso Jenaro Villamil, hizo suyas causas como la de acusar de alcohólico al presidente Felipe Calderón (cosa que jamás probó, aunque sí dijo al aire que “por lo delicado del tema”, la Presidencia de la República “debería dar una respuesta clara, nítida, formal?” y luego inquirió como moderna Torquemada: “¿Tiene o no problemas de alcoholismo el Presidente de la República?”… y todo “basado” en una manta que sacó el Noroñas para acusar a Calderón de borracho, esa fue “la prueba” –y lo peor es que hasta la fecha abundan quienes dan por hecho el supuesto gusto del ex presidente por la bebida) o la de acusar a su odiadísima Televisa de tráfico de drogas en Nicaragua por lo de aquellas famosas camionetas que llegaron a ese país con logos de la televisora de Avenida Chapultepec (otro asunto que tampoco pudo comprobar, pero qué tal dejó la sombra de la duda y la inquina que muchos se tragaron).
  Carmencita trabaja más por consignas que por investigaciones periodísticas. Gusta de deslizar sospechas contra aquellos sobre los que pone el ojo y dejar que sean estos quienes prueben su inocencia. Suele opinar mucho y documentar poco. Pero su tono estridente y melodramático suele convencer a sus seguidores, quienes se muestran sumamente acríticos ante la palabra de “la única periodista honesta y confiable de este país”.
  Aristegui navega con bandera de mártir de la libertad de expresión (por aquella ocasión en la que MVS la echó para luego recontratarla) y con esa patente de corso, continúa erigida en jefa de un tribunal que divide a la sociedad en buenos y malos, tal como dicta la doctrina pejista (tan inspirada a su vez en la doctrina “bolivariana” del chavismo venezolano). Por eso suele cuestionar a las autoridades cuando las sentencias de éstas no coinciden con sus opiniones, así las pruebas apunten en contrario.
  Sobrevalorada ad nauseam, la conductora de programas de noticias justifica todo con la muletilla de que lo que hace es “por interés público” o con su sobada frasecita de “existen muchas preguntas que merecen tener respuestas”. Sólo que esas respuestas únicamente valen si se corresponden con las de la propia Carmen.
  Para terminar, una cita, tomada del artículo “El bullying periodístico de Aristegui”, de Sergio Andrés de León, publicado en la revista Replicante y que define de manera precisa “el estilo” de la conductora radiofónica: “La forma de hacer periodismo de Aristegui es la de una bully consumada. Está en el salón de clases, se levanta, esculca en las mochilas de los compañeros, saca sus agendas, recoge información personal, la difunde en el “chismógrafo”. Cuando sus compañeritos se quejan con la maestra ésta no sabe qué hacer: si le dice a Carmen que se aplaque sabe que la niña va a hacer un escándalo, va a aventar los libros, irá a la dirección a pedir su renuncia, se presentará su papá Andrés en la dirección para exigir que se respete el derecho de su hija a disentir. La maestra prefiere hacerse de la vista gorda. Carmen sigue haciendo de las suyas: habla a las casas de sus compañeros, los agrede verbalmente. Nadie se atreve a enfrentar las arbitrariedades de la niña. La bully del salón agrede, provoca. Si alguien se atreve a encararla ella recurre a la acusación de que están molestándola”.
  Toda una niña malcriada.

(Texto publicado originalmente en la sección "Vacas sagradas" de la revista Mosca No. 1, julio de 2013, escrito bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr.)

lunes, 16 de noviembre de 2015

El mito del Che Guevara

-Comandante, ¿qué se necesita para ser un buen revolucionario? 
-¡Huevos!

Ernesto Guevara, entrevistado por un periodista en Punta del Este, Uruguay, durante una conferencia de la OEA en 1962.

Una de las imágenes más comercializables y vendedoras (publicitaria, ideológica y políticamente hablando) desde finales de los años sesenta hasta la fecha es sin duda la de Ernesto Guevara de la Serna, mejor conocido para efectos universales como El Che. Su efigie más célebre, la que surgió a partir de la fotografía que le hizo Alberto Korda en 1967, es icono universal y uno de los símbolos del siglo veinte. De Nicaragua a Suecia y de Indonesia a Nigeria, de España a Japón y de Australia a México, el Che Guevara es héroe indiscutible, inmarcesible, impoluto. No en balde millones de personas en el mundo lo siguen considerando “el más puro, el más noble, el más valiente de todos los grandes revolucionarios”. Para esa gente, el argentino-cubano está a la altura de Jesucristo y Buda y para fines prácticos, ha sido canonizado desde hace varias décadas por la Iglesia marxista-leninista-maoista-castrista. No hay mácula en la biografía del Che. No hay sombra que oscurezca la menor parte de su historia personal y política. Es la perfección absoluta, el heroico guerrillero que dio generosamente la vida por sus ideales y murió sacrificado en aras de una humanidad más justa y libre, el ejemplo más preclaro de lo que él mismo llamaba “el Hombre Nuevo”. Y sin embargo…
  Por desgracia, el hombre real, el Ernesto Guevara de carne y hueso, estuvo muy lejos de encarnar ese ideal de perfección que se nos ha vendido desde hace tanto. No era el superhéroe de izquierda que nos muestran sus biógrafos incondicionales, no era el épico hidalgo que buscaba liberar al mundo de la opresión de un imperio insaciable y sanguinario; ni siquiera se trataba de un líder noble y amoroso capaz de conmoverse ante el dolor ajeno. El Che Guevara verdadero era un stalinista convencido, un admirador absoluto de la burocracia soviética que aplastaba a su pueblo con saña implacable y que mantenía en el terror de la delación, la vigilancia extrema y los campos de exterminio a millones de personas, cuyo único delito era disentir de la ideología de la supuesta dictadura del proletariado que no era otra cosa que la dictadura de una clase política minoritaria sobre las grandes masas alienadas y oprimidas.
  El Che gustaba proclamar que había que amar con odio revolucionario. Como ministro de economía de Cuba y miembro del politburó del Partido Comunista Cubano (PCC), ayudó a implantar un régimen de terror que envió a miles de isleños al paredón y a las cárceles. No era una persona fácil de conmover y no se tentaba el corazón para condenar a muerte a cualquiera que considerara contrarrevolucionario. Para él, el fin justificaba los medios y con tal de salvar a la revolución y luchar contra el “imperialismo yanqui”, pensaba que poco importaba asesinar a algunos cientos de miles de “gusanos”, como despectivamente se llamaba y se sigue llamando en la Cuba de Fidel Castro a quienes se oponen a su gobierno. Por otro lado, su férreo sentido de la disciplina le granjeó odios y rencores de muchos de sus compañeros en el PCC, quienes aborrecían su enfermizo afán por el trabajo (hoy se le llamaría un workaholic). También era un antirreligioso feroz y un homofóbico absoluto.
  Muchas veces me he preguntado cuánto le debe a su guapura y apostura la idolatría por el Che Guevara. ¿Sería lo mismo si hubiese tenido el físico de un Genaro Vázquez Rojas o un Lucio Cabañas, guerrilleros mexicanos de los años setenta, quienes muy lejos estaban de encarnar el ideal del galanazo cinematográfico? No en balde, en un filme de hace algunos años el Che fue personificado por Gael García Bernal y no por, digamos, Jesús Ochoa.
  Es que la revolución debe ser tan chic como la imagen de este personaje, quien no dudaba a la hora de jalar del gatillo a sangre fría en contra de algún "enemigo del pueblo". Se sabe que así asesinó, con su propio revolver, a algunas decenas de "contrarrevolucionarios", pero como él mismo siempre decía: hay que amar con odio revolucionario. Vaya que lo hizo.

(Texto que escribí para el No. 10 de la revista Mosca y que habría de aparecer en la sección "Vacas sagradas", bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr.)

jueves, 15 de octubre de 2015

Los sacrosantos años sesenta

Estamos acostumbrados, persuadidos, seguros, convencidos, incluso diría que adocenados, en la idea absoluta de que la de los sesenta fue una década de oro, no sólo para el rock sino para la música occidental y la cultura universal. El decenio más importante del siglo veinte. La etapa en la cual florecieron la creatividad artística, la libertad personal, la liberación sexual, la apertura sociopolítica. El periodo en que la conciencia humana se expandió como nunca antes y como jamás después.
  Todo ello se da por sentado y nadie lo discute… o casi nadie. Porque, ¿realmente fue tan idílica esa década de ocho años que va de 1962 (con la aparición del primer disco de los Beatles) a 1970 (con la aparición del primer álbum solista de John Lennon, mismo que incluía la canción “God” y en ella la sentencia “the dream is over”, es decir, “el sueño ha terminado”)?
  A principios de los sesenta, el mundo venía de dos décadas terribles: la de la Segunda Guerra Mundial, con toda su cauda de destrucción y muerte, y la de la posguerra, con todo su bagaje de miedo y paranoia. Los jóvenes que en 1961 tenían quince o dieciséis años muy pronto se cansaron de vivir en medio del conservadurismo medroso, de las restricciones cotidianas, de la represión familiar, del temor a lo desconocido, de la desconfianza hacia un prójimo que no era tan prójimo. Si en los cincuenta surgió la figura del rebelde sin causa (ejemplificado cinematográficamente por James Dean, por Marlon Brando, por Sal Mineo), en el siguiente decenio aparecería la del rebelde con causa, el que se sublevaría contra la comodina hipocresía clasemediera, contra la falsa y ambivalente moralidad, contra ese constante vivir en el odio racial, en la prohibición erótica, en la adoración del consumismo más vacuo y frustrante. Los sesenta fueron un campo de cultivo perfecto para que floreciera esa rebeldía por tres lustros contenida y que estalló con la misma furia con que la juventud se opuso a la guerra de Vietnam, ese conflicto sangriento creado por el corrompido gobierno estadounidense para salvar intereses económicos inconfesables y del cual saldría humillado y derrotado.
  La explosión de los sesenta lo cubrió todo. Surgieron los hippies, los pacifistas, los ecologistas, los izquierdistas radicales (de los yippies a los Panteras Negras), los nuevos filósofos, los nuevos periodistas, el llamado Verano del Amor con la ciudad de San Francisco como su Meca. La revolución cubana era vista como un faro que alumbraba hacia el porvenir y la figura del Che Guevara adquiría un aura romántica que con el tiempo se revelaría más mítica que realista.
  En cuanto a la música… ¡La música! Nunca como entonces surgieron creadores e intérpretes como los de esa década: los Beatles, los Rolling Stones, los Byrds, Frank Zappa, los Kinks, The Who, los Doors, Jefferson Airplane, Jimi Hendrix, The Grateful Dead, Traffic, Procol Harum, Janis Joplin, Santana y un largo, larguísimo etcétera. Era el nuevo Renacimiento, así, con inicial mayúscula. El renacimiento psicodélico, cuando las drogas parecían un vehículo de creatividad ilimitada y un medio para abrir las puertas de la percepción. Sin embargo…
  Resulta fácil contemplar a los sesenta como una era de paz, amor, armonía, hermandad, buena música y drogas recreativas. No obstante, fue al mismo tiempo una época que engendró a sus propios demonios. Sobre todo en los Estados Unidos, las diferencias raciales permanecieron incólumes. El hippismo fue un movimiento esencialmente blanco, al que muy pocos negros, hispanos o gente de otras razas se integró. El paraíso del peace and love resultó a final de cuentas un coto muy cerrado y en ese sentido el racismo no desapareció del mismo. Tampoco la violencia fue desterrada de entre los jóvenes primermundistas. El surgimiento de grupos como los ya mencionados yippies (blancos extremistas de corte anarquista) y Panteras Negras (un grupo negro que pregonaba la lucha a muerte contra el opresor blanco) fue complementado con la aparición de bandas protofascistas como los Hell Angels (sus integrantes asesinaron a un espectador de raza negra durante el malhadado festival de Altamont, California, en 1969) o “familias” demenciales como la de Charles Manson (misma que llevó a cabo una serie de sanguinarios asesinatos rituales en ese mismo 1969). Todo ello para no hablar de la locura a la cual condujo el consumo indiscriminado de drogas y que terminó por llevarse de este mundo a miles de jóvenes e incluso a algunos de los músicos más talentosos de esa década, como Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin y Brian Jones, entre otros.
  Los sesenta no fueron años tan luminosos como hemos querido creer. Las grandes obras discográficas, los multitudinarios festivales de rock, la liberación sexual, la alucinante psicodelia, no fueron elementos suficientes para hacer desaparecer las sombras del odio racista, del rencor clasista, de los excesos mortales. En el mundo hubo guerras, hubo revoluciones que más adelante terminaron en tiranías (desde la de Fidel Castro en Cuba hasta la de Pol Pot en Cambodia), la pobreza se incrementó, la carrera armamentista no se detuvo, las represiones gubernamentales acabaron con movimientos como los estudiantiles en París y México, la Guerra Fría permaneció como una amenaza y la Unión Soviética aplastó a ese intento de libertad que quiso nacer en sus dominios y que se conoció como La Primavera de Praga. De lo mucho que se sembró a lo largo de ese decenio, muy poco floreció en realidad.
  Los sesenta: un lapso sin duda importantísimo, pero nunca una década dorada.

(Texto que publiqué en 2008 en la sección "Vacas sagradas" de La Mosca en la Pared, bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr.)

domingo, 30 de agosto de 2015

Santa Carla Morrison del divino verbo

Ilustración: Ricardo Sandoval.
¿Qué fue primero, la gallina, el huevo o la divina garza envuelta en huevo? Dicen que en tierra de ciegos, el tuerto es rey. Todo lo anterior puede aplicarse quizás al momento ¿afortunado, infortunado? en que apareció Carla Morrison, con su vocecita de agudo trino y escasa potencia, para cantarnos -al más puro estilo de Nicolás Maduro cuando cree ver a Hugo Chávez paradito en el pretil de su ventana- sobre el pajarito del amor.
  El rock en México nunca ha vivido una época de oro. Todo lo contrario: en más de medio siglo de existencia no logra salir de su mediocridad y su infantilismo (claro, con esas honrosas excepciones que no hacen sino confirmar la regla). Sin embargo, en etapas anteriores pasó por momentos menos malos, menos lamentables que el actual y es justo en estos patéticos momentos que arriba Carlita Morrison con sus lloriqueos insufribles para irrumpir como la superestrella que nadie esperaba, nadie deseaba y que, sin embargo, logra encumbrarse en forma inopinada y sorpresiva, para convertirse, de la noche a la mañana, en una rockstar que no canta rock (peor aun que “la reina del rock”, Alejandra Guzmán, quien tampoco canta rock pero al menos actúa como si lo hiciera y hasta se junta a hacer el ridículo con Moderatto).
  Uno no logra explicarse de dónde salieron de pronto esas “grandes” figuras del rockcito que se pergeña en México y que con su gran peso específico no hacen sino hundirlo más. ¿De qué extraño y tétrico laboratorio salieron Juan Cirerol, Enjambre, los Románticos de Zacatecas, los Daniels o la propia Morrison?
  Pero centrémonos en la rotunda cantante bajacaliforniana. ¿Qué hay con su música? Aunque se vista como pata, camine como pata, se contonee como pata y grazne como pata, doña Carla no es una pata. Pero se hace pata para colarse en un medio que, por la naturaleza de sus composiciones y su estilo, no le corresponde: el del rock. ¡Claro, son otros tiempos y hoy lo que rifa es el eclecticismo y el crossover! Si los Ángeles Azules y el Sonido Orangután (o como se llame) se pueden presentar en el Vive Latino, ¿por qué Carla Morrison no y hasta acompañada -¡a wilbur!- por un mariachi? ¡Seamos abiertos! El rock ya nada significa. ¿Las raíces negras del género? ¡Ja ja! ¡Esas son antiguallas de viejitos gagás! No: traigamos a la cumbia que es parte de nuestras más profundas raíces como pueblo (sí, ya sé que no somos colombianos, pero ¿quién se fija en nimiedades?) o recurramos a los sones mariacheros pues, finalmente, la propia Morrison (¡Dios y con ese apellido! ¿Qué dirían el buen Jim y el buen Van?) ha declarado que de chica no escuchaba rock sino música ranchera mexicana y que eso es lo que la alimentó artísticamente (es un decir) en sus primeros años.
  Representante central del rockcito ñoño (ese de cancioncitas bobaliconas cantadas con voces de niñas bembas), al lado de Natalia Lafourcade y Ximena Sariñana, Carla Morrison tiene a la monotonía estilística de un lado y a la hueva existencial del otro. Ese sonsonete cursi y zonzo que aparece en una canción sí y en otra también de su repertorio es su sello de fábrica y lo que, de modo más que inexplicable, la ha hecho no sólo colarse hasta adentro de una industria musical que vive su peor momento, sino ser incluso nominada a los Grammys latinos (no muy prestigiados, por cierto) y recibir todas las alabanzas de nuestro glorioso periodismo de espectáculos y hasta de una que otra revista “de rock”.
  En México hay y ha habido grandes cantantes femeninas del género. Ahí están Rita Guerrero y Nina Galindo, Cecilia Toussaint y Mayita Campos, Baby Bátiz y Leticia Servín, Maru Enríquez y Laura Koestinger, Iris Bringas y Eli Guerra (y hasta Julieta Venegas en sus dos o tres primeros discos). Eso para no hablar de una Yekina Pavón, una Margie Bermejo, una Betsie Pecanins, una Magos Herrera, una Verónica Ituarte o una Iraida Noriega. Voces aguerridas, poderosas, expresivas, sofisticadas, autenticas, desgarradas, sin ñoñerías. Pero ahora vienen a decirnos que la mejor de todas es Carla Morrison, con sus bofas ínfulas de diva artificial. ¡Que el alma de Janis Joplin nos coja confesados!

(Texto publicado en la sección "Vacas sagradas" de la revista Mosca No. 9, de julio de 2014, bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr.)

miércoles, 12 de agosto de 2015

Michael Jackson, ese híper sobrevalorado

(Ilustración de Ricardo Sandoval)
La muerte suele sobrevalidar a las personas; les hace el gordo favor de embellecerlas, de ennoblecerlas en el recuerdo. La muerte borra o al menos disminuye los defectos y potencia las virtudes, incluso aquellas  que resultan inexistentes. Dicen que hay que saber morir a tiempo. No sé si Michael Jackson lo hizo, pero su fallecimiento se convirtió desde el primer segundo en grandilocuente espectáculo, en cursi aguacero de cursilerías, en ridículo torneo de calificativos, en oportunista muestrario de egos, en demencial histeria colectiva y, sobre todo, en un anchuroso y fructífero negocio.
  El rey del pop le dicen aquellos que aman las frases hechas y los sobrenombres fáciles. Michael lo nombran quienes tratan de sentirse cercanos a su ídolo, al privarlo de su apellido y tutearlo desde años luz de distancia. Hoy que ha muerto, Jackson ha sido encumbrado hasta alturas que rayan con lo absurdo y lo grotesco. Hay muchos que lo definen como el más grande músico popular que jamás ha existido, por encima de cualquiera. Su más notoria (que no notable) invención, el pasito del moonwalk, ha sido elevado a rangos tales que superan a los más grandes aportes que ha recibido la humanidad, desde la invención de la rueda hasta el desarrollo de las tecnologías cibernéticas, pasando por la creación de la escritura, el descubrimiento de la penicilina, el arte pictórico renacentista, el impresionismo, la música clásica, el automóvil, etcétera.
  Nadie puede decir palabra alguna que cuestione la genialidad artística de Michael Jackson y mucho menos su calidad como ser humano generoso e impoluto. Es una vaca sagrada en toda la extensión de la palabra y guay de aquel que se atreva a ponerlo en duda… y sin embargo –para parafrasear a Galileo Galilei- esta certeza se mueve y se mueve demasiado.
  Michael Jackson no fue ese genio que los medios de empeñan en imponernos. Fue tan sólo un negrito bailarín que quiso blanquear su piel y sus orígenes raciales. Que cantaba bien, eso es cierto, como tantos otros vocalistas negros, entre los cuales sobran quienes lo superan históricamente. ¿Acaso puede decirse que Jackson era mejor cantante que Nat King Cole, Otis Redding, Smokey Robinson, Wilson Pickett o Marvin Gaye? Yo respondo enfáticamente que no. ¿Era mejor compositor que Lamont Dozier, Brian Holland o su mentor Quincy Jones (de quien siempre he tenido la sospecha de que era él quien le escribía sus canciones a Jackson)? En cuanto a capacidades individuales, ¿pueden compararse los talentos de Michael Jackson y Stevie Wonder? A mi modo de ver, el segundo se lleva de calle al primero y para comprobarlo están los discos de ambos.
  Todo lo anterior para hablar únicamente dentro de los parámetros de los músicos de raza negra. Pero, ¿qué pasa si nos abrimos a la música popular en general, incluidos el soul, el funk, el blues, el jazz y el rock? Puedo nombrar a cien músicos infinitamente superiores a Jackson, desde Miles Davis y Willie Dixon, hasta Jimi Hendrix, Thelonius Monk, Oliver Nelson, Jimmy Page, Ray Davies, Pete Townshend, Brian Wilson, David Bowie y un larguísimo etcétera que culminaría con los Beatles.
  Desmitifiquemos a Michael Jackson, bajémoslo de su pedestal y situémoslo en el lugar que le corresponde. ¿Que tiene muy buenas canciones? Pues sí, como las tienen tantos otros en el mundo del pop y el rock. Ya lo que hizo con su vida privada, francamente me tiene sin cuidado.

(Publicado en la sección "Vacas sagradas" de la revista Mosca No. 5, diciembre de 2013, y escrito por mí bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr.)

miércoles, 22 de julio de 2015

Juan Cirerol

Ilustración de Ricardo Sandoval.
En el principio fue el chiste: un chavo norteño, raro, simpaticón, escribidor de canciones que algunos quieren ver enraizadas en Johnny Cash y Bob Dylan pero que en realidad abrevan de Los Tigres del Norte y Chalino Sánchez. Excelente para recorrer cantinas con su guitarra de doce cuerdas y su voz de pronunciación ininteligible, bueno incluso para tocar en autobuses urbanos y hasta en el Metro. Una curiosidad, un Mexicali curious. Hasta que lo “descubrieron” los que hacen y deshacen los gustos  del público roqueril mexicano y, muy especialmente, de la masa chilanga que atiborra año con año el festival Vive Latino.
  En la colonia Condesa –literalmente– alguien lo eligió y dictaminó que Juan Cirerol se convertiría en estrella del rock nacional, sin importar que su música tuviera de rock lo que los líderes sindicales Carlos Romero Deschamps o Martín Esparza tienen de democráticos y honorables.
  Entonces aconteció el milagro: el muchachito fue revestido de un carisma ficticio y se le colgó el sambenito de genio. Nadie osó oponer la menor objeción a semejante despropósito, so pena de ser considerado un enemigo del mainstream hipsterista del famoso eje Condesa-Roma-Coyoacán. Por decreto de los sacerdotes de las dos únicas radiodifusoras roqueras, de las revistas cool, de las disqueras independientes con sede en calles con nombres de entidades y ciudades del país (ya saben: Nuevo León, Tamaulipas, Jalapa, Orizaba, Mazatlán, etcétera) y de los empresarios que regentean los antros y salones de moda (incluidos, but of course, los del Centro histórico del DF), se determinó que Juan Cirerol era el trovador que la juventud mexicana esperaba.
  Pero, ¿qué tan buena es la música de este bajacaliforniano que, gracias a las relaciones públicas que le cayeron del cielo, ya hasta realiza giras internacionales? He tratado de ser objetivo hasta donde se puede al escucharlo y, a decir verdad, no encuentro aún la gracia de sus letras o la calidad de su música. De Dylan tiene algunas estructuras armónicas, pero esas las tienen cien mil cantantes de folk en todo el mundo (y la armoniquita también). De Johnny Cash, quizás el parecido entre la canción norteña mexicana y la canción sureña estadounidense. Sin embargo, la voz de Cirerol es mala, desafina, no tiene gracia, no tiene intención, carece de matices, es aguardentosa pero no como la de Tom Waits sino como la de un chavito que agarra la farra y en plena borrachera se pone a cantar canciones sufridas. Nada más.
  Lo vi también en algunas entrevistas en video. Su discurso es nulo. Contesta con monosílabos. Su vocabulario es limitadísimo. Juega el papelito de estar siempre hasta las manitas y con ello justifica las incoherencias que emanan de su boca ante los entrevistadores, mismos que suelen ser tanto o más patéticos y le hacen el juego de la manera más acrítica y complaciente (en YouTube hay varios ejemplos ilustrativos de esta oligofrenia compartida).
  Juan Cirerol es un invento de la mafia en el poder…, pero en el poder de los medios “indies” y “alternativos”. El se define a sí mismo como “un músico de taquerías”. Nadie pudo decirlo mejor.

(Texto mío, publicado bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr., en la revista Mosca No. 2, de septiembre de 2013, sección "Vacas sagradas").

jueves, 16 de julio de 2015

Las canciones de José José

Ilustración de Ricardo Sandoval.
“Espera un poco, un poquito más.
Me moriría si te vas”.

La nave del olvido

Hay quienes aseguran que todo mexicano que se embriague hasta el punto del llanto y la vulnerabilidad terminará por cantar alguna canción de José José. En especial si sufre eso que algunos llaman el mal de amores. Puede ser que esto se aplique a muchísimas personas, pero resulta absurdo generalizar el asunto.
  Yo, por ejemplo, no podría cantar un tema del llamado -de la manera más cursi y pastelera- Príncipe de la canción: primero, porque no me sé una sola letra completa. Segundo, porque su sensiblería barata sencillamente no me llega y eso le pasa también a una buena cantidad de gente nacida en nuestro país.
  Concedamos sin embargo que son más los que se conmueven con las tonadas del cantante que los que no sienten la menor conmoción “romántica”. ¿Demuestra ello la grandeza de dichas canciones, su riqueza musical, literaria, artística? No. Lo único que demuestra es la calidad sentimentaloide y francamente vulgar de una pléyade de débiles emocionales que se regodean con ellas.
  Para hablar de manera estricta, el título de este artículo no corresponde a la verdad. No hay tal cosa como “las canciones de José José”, porque el hombre ha sido toda su vida un intérprete y no un autor. Es decir: José al cuadrado canta canciones de otros. Con su estilo edulcorado y lloriqueante, pero las composiciones no son suyas. Esto en realidad poco importa a sus seguidores, a sus fanáticos (en el más estricto sentido de la palabra), quienes han endiosado a un cantor de buena voz pero de mediocre personalidad.
  José José encarna a ese típico perdedor al que tanto santifica nuestra idiosincrasia tricolor y godinezca. Incluso en las películas en las que ¿actuó?, el hombre encarnaba papeles de tipos grises, apocados, sin carácter, enamoradizos sin suerte a quienes las mujeres y el destino maltrataban con sadismo, para hacerlos padecer la peor de las penas que puede concebir un connacional educado por el cine y la televisión de Mexicalpan de las Tunas: el desamor (¡ay!).
  Un mal entendimiento del amor ha hecho que buena parte de la humanidad -y los mexicanos y mexicanas en destacadísimo lugar- conciba a dicho sentimiento como un vehículo no para el gozo, sino para el sufrimiento. De ahí que el individuo adopte una actitud masoquista, lastimera, sumisa, pasiva y se solace con el dolor, la pesadumbre y la dependencia emocional de aquel o aquella que lo azote con el látigo de su desprecio.
  Ante este patético contexto, convertido en verdadero caldo de cultivo, no es de extrañar que tantos y tantas se identifiquen y conmuevan con el repertorio josejosesiano y lo transformen en el soundtrack de sus tristes y lamentables existencias.
  Veamos un par de ejemplos tomados al azar de diferentes temas de José José, frases que son como epigramas de la vida vista como un valle de lágrimas. Por ejemplo, ¿cuál es la tesis de la canción “Amar y querer” cuando dice: “Casi todos sabemos querer / Pero pocos sabemos amar / Y es que amar y querer no es igual / Amar es sufrir, querer es gozar”. Uno pensaría que lo mejor entonces es querer, ya que así se puede gozar, pero ¡no!: a lo largo de la pieza vamos viendo que lo ideal es lo contrario: amar para sufrir, porque sólo así se aprecia el amor, ¡o sea…!
  También se glorifica a la terrible dependencia emocional en canciones como “El triste”: “Qué triste todos dicen que estoy / que siempre estoy hablando de ti / No saben que pensando en tu amor / he podido ayudarme a vivir” y en otra parte: “No sé, si vuelva a verte después / No sé qué de mi vida será / Sin el lucero azul de tu ser / que no me alumbra ya / Hoy quiero saborear mi dolor / No pido compasión ni piedad / La historia de este amor se escribió para la eternidad”. ¿Puede haber algo más enfermo que esa dependencia del otro?
  Saborear el dolor: he ahí la síntesis de toda una psicología y la manera como los mexicanos afrontamos muchos de los problemas culturales, sociales y hasta políticos que padecemos como pueblo desde la época de la dominación azteca. Saboreamos las aflicciones y las amarguras, nos bañamos en el lodo del sufrimiento y la humillación para cantar, llenos de resignación y la más pedestre autoconmiseración: “Y es verdad: soy un payaso / pero qué le voy a hacer / uno no es lo que quiere / sino lo que puede ser”.
  No, pos sí… ¡Viva México!

(Publicado en la sección "Vacas sagradas" y escrito por mí bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr. Revista Mosca No. 8, marzo de 2014)

domingo, 5 de julio de 2015

Café Tacuba en "Vacas sagradas"

“¡Esa vocecita, esa vocecita!”
Titino, el de Don Carlos

Por alguna extraña razón, cada vez que uno cuestiona al rock que se hace en México, la respuesta de mucha gente es: “tienes razón, pero Café Tacuba sí es muy bueno”. Existe una especie de mito alrededor de este grupo de Ciudad Satélite (of all places), un mito que lo hace aparecer como la más grande expresión que el rock de este país ha dado al mundo. Y no hay vuelta de hoja. No hay matices. Son buenos porque son buenos. Y ya. Sin discusión alguna. Y sin embargo…
  Temo no compartir esa opinión tan generalizada. La primera vez que escuché al cuarteto, a cuyos integrantes la prensa especializada (es un decir) denomina “los tacubos” -o peor aún: “los tacvbos”, como si la v labiodental sonara igual a la vocal u (qué cursis)-, mi reacción inmediata fue de rechazo. La canción era “Ingrata” y de golpe me pareció una mala imitación de Los Xochimilcas. La voz del cantante, que en ese entonces se hacía llamar Anónimo (disculpen si me falla el dato, nunca he logrado discernir a cuál época del grupo corresponde cuál sobrenombre de quien originalmente se llama –creo- Rubén Albarrán), me resultó terriblemente desagradable. No podía entender (y sigo sin entenderlo) cómo un timbre tan chillonamente irritante podía ser considerado algo grato. Cierto que en el rock las voces bellas no son requisito. Bob Dylan canta feo. Muchos vocalistas de punk o de heavy metal igual. No obstante, la vocecita de Albarrán es tan repelente que de verdad no alcanzo a explicarme todavía su plena aceptación. Y aparte de todo estaba la pose.
  Café Tacuba pertenece a la misma generación del llamado boom del rock hecho en México que surgió a finales de los ochenta y principios de los noventa y que vio surgir a agrupaciones como Caifanes, Maldita Vecindad, Fobia y Santa Sabina, entre varias más. Se trataba del advenimiento de músicos provenientes de la clase media y de las escuelas activas, con una ideología progre, izquierdosa y políticamente correcta, jóvenes que por entonces frisaban los veinte años de edad y que no habían vivido en carne propia la etapa oscura del rock nacional, la era post avandariana de los hoyos fonquis, la persecusión de los roqueros por las autoridades, la falta de oportunidades en los medios y, por último, la marginación del género en la periferia de las ciudades.
  Gracias a una sorpresiva apertura que se dio (extraña paradoja) al iniciar el gobierno de Carlos Salinas de Gortari y que vio en el rock en español un negocio rentable, las puertas de las compañías disqueras y de los medios de comunicación –sobre todo los electrónicos- se abrieron para una serie de grupos que nada tenía que ver con los greñudos feos, prietos y de aspecto autóctono que tocaban y siguen tocando en Neza, Tlalnepantla, Ecatepec, Pantitlán o Iztapalapa. Eran los niños bonitos, egresados de escuelas como el Colegio Madrid o el Luis Vives, quienes arribaban a la escena con un rock menos tosco, menos burdo, menos grosero, más aceptable para las buenas conciencias (de izquierda, de derecha y de centro) y que les permitió entrar incluso a los programas de televisión más comerciales, como el sempiterno Siempre en Domingo que conducía Raúl Velasco o las emisiones nocturnas que encabezaban Verónica Castro, Daniela Romo o Ricardo Rocha. Muchos pensaron que ese boom sería eterno y que aquel rock había llegado para quedarse. Finalmente, sólo algunas bandas lograron quedar colgadas de la brocha, entre ellas Café Tacuba.
  ¿Por qué ese grupo despierta tanta consideración e incluso tanta veneración entre la masa que escucha rock en español y no sólo en México? ¿Por qué cuatro músicos más bien medianones son para mucha gente la manifestación máxima del arte lírico que se hace en este país? ¿Por qué se toma tan en serio a cuatro individuos que, al más puro estilo heredado de Menudo y Timbiriche, se hacen llamar Meme, Quique, Joselo y todos los apodos de su chirriante primera voz? ¿Por qué se considera como obra cumbre a una serie de discos y canciones irregulares y en su mayor parte olvidables?
  Hay aquí una clara sobrevaloración alimentada por la publicidad y la prensa dócil, por la falta de una crítica que no tema perder canonjías y privilegios, por el exceso de plumas que prefieren lanzar elogios desmedidos a diestra y siniestra y callan lo que sus autores en verdad piensan.
  Café Tacuba es un buen grupo a secas. Bueno a nivel nacional o inclusive a nivel de los países de habla hispana. En otras naciones puede funcionar como mera curiosidad folcloroide. ¿Tiene buenas composiciones? Sí. ¿Ha logrado convertirse en un buen espectáculo en concierto? Sí. ¿Es capaz de realizar arreglos interesantes a las canciones de otros? Sí. ¿Ha producido buenos videoclips? Sí. Pero nada más. Quererlos presentar como genios de la música es una tomadura de pelo, un anzuelo que sólo se pueden tragar quienes carecen de un bagaje musical suficiente como para estar en la posibilidad de comparar, de discernir y de separar los diamantes auténticos de los diamantes falsos.

(Texto de mi autoría, publicado en diciembre de 2004, en la sección "Vacas sagradas" de La Mosca en la Pared No. 88, bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr.)

jueves, 9 de abril de 2015

Sixto Rodríguez: la invención de un mito

Ilustración: Sandoval.
“Es mejor que Bob Dylan”, me dijo un amigo. "Tienes que escucharlo, pero sobre todo tienes que ver Sugar Man, la película en la que se cuenta su historia", concluyó. Muy bien. Escuché su música y vi el documental de marras, dirigido por Malik Bendjelloul, en el que se narra la accidentada saga de este cantautor estadounidense de origen mexicano, contemporáneo de Dylan, ciertamente, quien tuvo un éxito fenomenal en Sudáfrica, durante la guerra contra el apartheid, ya que quienes combatían al régimen racista de ese país tomaron varias de las canciones de aquel hombre, en especial las de su álbum Cold Fact de 1970, para convertirlas en himnos combatientes, en cantos de lucha. Fue de ese modo que Sixto Rodríguez (quien comenzara su carrera con el nombre de Rod Riguez) se convirtió en leyenda para los sudafricanos, mientras que en su propio país, los Estados Unidos, nadie sabía de su existencia.
  La historia es muy bonita y la peli la cuenta de manera conmovedora. Tanto que los espectadores terminan por aceptar que las canciones de Rodríguez eran tan buenas, pero tan buenas, que superaban en calidad musical y poética a las de Mr. Robert Zimmerman. ¿Te cae?
  Seamos objetivos y no nos dejemos llevar por los sentimientos que despierta el documental, con todo y que haya ganado un premio Oscar. Yo sé que lo políticamente correcto sería alabar a Rodríguez y decir que es un genio desconocido y que su descubrimiento ha sido tan importante como el de la penicilina y hasta el del continente americano, pero si nos centramos en las composiciones del buen Sixto, encontramos que están bien hechas, bien estructuradas, con arreglos decentes, que las letras son buenas, pero no hay en ellas, en las canciones, algo extraordinario, algo fuera de serie, algo cercano al genio, como sí lo hay en las de Dylan, en las de Tom Waits o en las de Leonard Cohen, por ejemplo.
  Sé que es odioso comparar, pero pongamos una canción emblemática de Rodríguez, como “Sugar Man”, frente a “Like a Rolling Stone” de Dylan, “Heart of Saturday Night” de Waits o “I’m Your Man” de Cohen. No hay forma de equipararlas. Vamos, el méxico-estadounidense ni siquiera se aproxima a un Donovan, una Joni Mitchell, un Country Joe McDonald, un David Crosby o un Neil Young. Si acaso, estaría a la altura de Don Mclean (el de “American Pie”) o de Neil Diamond.
  La fama de Sixto Rodríguez viene más de su singular historia personal (quién sabe qué tan mitificada) y sobre todo de la película de Bendjelloul. Pero artísticamente, se trata de un músico mediano, aceptable, simpático. Un hombre de azúcar.

(Texto que iba a salir publicado en la revista Mosca No. 10 que ya no vio la luz. Lo rescato con todo y la gran ilustración de mi querido y magnífico Ricardo Sandoval)

jueves, 4 de septiembre de 2014

Cerati y México (una visión crítica)

La muerte del músico argentino Gustavo Cerati resulta ciertamente lamentable. Aunque desde hacía cuatro años se le mantenía en estado de coma, existía en sus familiares, amigos y seguidores una improbable y casi metafísica esperanza de que despertara y volviera a ser el mismo, algo que resultaba prácticamente imposible y que al final no aconteció. Hoy, jueves 4 de septiembre de 2014, se ha confirmado de manera oficial su deceso.
  En México existe una verdadera adoración por Cerati y su influencia en el llamado rock mexicano fue y sigue siendo aplastante. He aquí algunas reflexiones críticas al respecto.

Si algo trajo Cerati, desde sus épocas con Soda Stereo a mediados de los años ochenta, fue la edulcoración del rock en español, su pasteurización, ese efecto de quitarle sus raíces negras para inyectarlo de un pop rock desprovisto de garra y con una sofisticación glam amanerada y neutra. Ni siquiera fue algo original. Simplemente adoptó (es un decir) al rock pop de The Cure, con un toque del reggae style de The Police, y lo trasladó a las Pampas y el río de La Plata. Soda Stereo y su líder encabezaron un movimiento que pronto se propagó por toda el continente y que en nuestro país tuvo a Caifanes como sus más conspicuos imitadores.
  Con la irrupción de los rockpoperos argentinos -y también de los españoles-, los músicos mexicanos de las clases media y alta adoptaron como suya la propuesta de estos adalides “latinos” y hasta la reivindicaron como una supuesta manera de crear un nuevo rock, opuesto al del imperio anglosajón y basado, decían, en la verdadera idiosincracia iberoamericana. El rock con raíces negras fue considerado como música para nacos (literal) y quedó marginado en las zonas proletarias de las ciudades.
  El movimiento que nació entonces en México, bajo el influjo del pop rock español y argentino (y del pop mexicano timbirichesco), no fue por desgracia algo temporal, sino que llegó para quedarse. La historia del rock fue, más que negada, ignorada. Vinieron así generaciones para las cuales el género no surgió a mediados de los cincuenta del siglo pasado, sino a finales de los ochenta y cuyos progenitores no eran Chuck Berry, Little Richard y ni siquiera Elvis Presley, los Beatles o los Rolling Stones sino Soda Stereo, Nacha Pop, los Hombre G y los Enanitos Verdes. En el mejor de los casos, Robert Smith era el padre verdadero del “nuevo rock” (véase la facha que en ese entonces lucían Gustavo Cerati o Saúl Hernández, por ejemplo).
  ¿Quiere decir todo lo anterior que la música de Cerati –como miembro de Soda Stereo o como solista– no vale la pena? No. Sería un despropósito afirmar semejante cosa. El hombre hizo excelentes composiciones y supo evolucionar para convertirse en un músico serio y respetable (aunque de pronto demasiado solemne). Discos suyos, como Bocanada o Ahí vamos, poseen una gran calidad musical. Incluso este último se acerca en momentos al rock de raíz, aquel que ni por asomo se escuchaba en sus primeros tiempos.
  Sin embargo, otorgarle el estatus de genio siempre me ha parecido un despropósito. No existe en su música una verdadera innovación. La marca de The Cure o de los Beatles está ahí. Cerati no revolucionó al rock y la forma como fue adoptado en nuestro país resultó por completo acrítica y se tradujo al final en un rockcito insustancial, pobre, desenraizado, inculto e infantiloide que, con sus honrosas excepciones, ha dominado al panorama de la música “juvenil” a lo largo de casi tres décadas. Para el mainstream roquero de México, la raíz negra jamás existió y Cerati (o Charly García o Fito Páez o Miguel Mateos) le son más trascendentes que Willie Dixon, Muddy Waters o John Lee Hooker, a quienes muchos no conocen siquiera de nombre.
  Tal vez no sea culpa o responsabilidad suya, de seguro no fue esa su intención, pero la influencia concreta de Gustavo Cerati fue, a mi modo de ver, más empobrecedora que enriquecedora y, lo peor: consiguió generar a una camada de fanáticos que lo idolatran, pero que lo hacen desde una posición histórica y cultural muy endeble, desde una ignorancia supina que confunde al pop más inofensivo con eso que todavía algunos pensamos que es el rock. Lo más paradójico del asunto es que Cerati abrevó siempre del rock anglosajón, ese mismo que sus seguidores más conspicuos abominan.
  Descanse en paz.