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martes, 22 de junio de 2021

Encuentros ardientes con mi vecina

De mi época de guionista de historietas (1979-1999), esta adaptación de la película La mujer de al lado (La femme d'à côté, 1981) de François Truffaut. Me la publicó Editorial Mango, en febrero de 1997. ¿Qué tal el título que le pusieron?

lunes, 1 de octubre de 2018

"El submarino amarillo" en historieta

Lo compré en 1969, en el puesto de periódicos que estaba en los portales del centro de Tlalpan (cuando en dichos portales no había un solo restaurante y sí algunas mueblerías y otro tipo de comercios en los que no se paraba nadie). Lo publicó la editorial Novaro y lo atesoro desde entonces. Es el ejemplar en historieta de la película El submarino amarillo, de los Beatles. Incluso me sirvió como inspiración para pintar el mural que hice con punturas Vinci en el sótano de la casa de mi gran amigo de la infancia, Alejandro González Rubín, cuando ambos teníamos 14 años.
  Sé que es una joya hemerográfica y la atesoro como tal.

sábado, 12 de agosto de 2017

El tal Rius

Pocas personas resultaron tan importantes en mi formación personal, sobre todo a partir de mi adolescencia y hasta mis primeros 30 años, como Eduardo del Río, el gran caricaturista mejor conocido como Rius.
  Me topé con su obra y sus ideas a fines de los años 60, cuando yo tenía 13 años y mi hermano mayor comenzó a comprar una revista mexicana de historietas absolutamente diferente a las que yo había leído antes. No sólo era diferente por el dibujo de sus personajes, sino por el contenido. Se trataba de un comic que hablaba de política, que ejercía una fuerte crítica social y que además era divertidísimo. Hablo de Los Supermachos de Rius, revista de la que se publicó un centenar de números en pleno gobierno del priista de ultraderecha Gustavo Díaz Ordaz.
  Al lado de publicaciones como Siempre! o la casi clandestina ¿Por qué?, Los Supermachos era de lo muy poco que se podía comprar en los puestos de periódicos con señalamientos al régimen.
  Más tarde vinieron Los Agachados, editados por Posada, empresa dirigida por don Guillermo Mendizábal Lizalde (donde trabajé y conocí a Rius, en los años 80) y en la que el caricaturista comenzó a publicar sus primeros libros, como los clásicos Cuba para principiantes y La panza es primero. Debido a aquél, terminé por transformarme en un convencido socialista pro soviético y antiimperialista y gracias al segundo, me convertí en vegetariano.
   Con el paso de los años, mis ideas empezaron a bifurcarse respecto a las del dibujante. Comencé a volverme cada vez más crítico del llamado socialismo real, incluido el gobierno de Fidel Castro en Cuba. Rius, en cambio, se mantuvo dentro de la ortodoxia y ahí permaneció hasta su muerte.
  Guardo un cariño muy especial por aquellas de sus obras que más me tocaron la mente y que en su momento me la abrieron hacia nuevos horizontes.
  Ah, también dejé de ser vegetariano.

PD: Nunca dejaré de agradecer a Rius el haber dibujado la portada de mi primer libro: Más allá de Laguna Verde (Editorial Posada, 1988).

(Publicado el día de hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

miércoles, 9 de agosto de 2017

Rius

Pocas personas resultaron tan importantes en mi formación personal, sobre todo a partir de mi adolescencia y hasta mis primeros treinta años, como Eduardo del Río, el estupendo caricaturista mejor conocido como Rius.
  Me topé con su obra y con sus ideas a fines de los años sesenta, cuando yo tenía trece años y mi hermano Sergio comenzó a comprar una revista mexicana de historietas absolutamente diferente a las que yo había leído antes. No sólo era diferente por el dibujo de sus personajes (Calzonzin, Chon Prieto, doña Emerenciana, don Plutarco, el Lechuzo, Arsenio, don Lucas, etcétera, cada uno un prototipo social: el gobernante, el gendarme, el burócrata, la beata, el borrachín, el indígena ilustrado y consciente), sino por el contenido. Se trataba de un comic que hablaba de política, que ejercía una fuerte crítica social y que además era divertidísimo. Hablo, claro, de Los Supermachos, revista semanal de la que se publicó un centenar de números en pleno gobierno del priista de ultraderecha Gustavo Díaz Ordaz (estoy hablando aproximadamente de los años 1967 y 1968).
  Al lado de publicaciones como la revista Siempre! o la casi clandestina Por qué!, Los Supermachos era de lo muy poco que se podía comprar en los puestos de periódicos con señalamientos al régimen (en secundaria, encuaderné dos tomos de ejemplares de la revista, mismos que aún conservo).
  Más tarde vinieron Los Agachados, del mismo Rius, editados por Posada, empresa dirigida por el entrañable don Guillermo Mendizábal Lizalde y en la que el caricaturista comenzó a sacar sus primeros libros, como los inolvidables Cuba para principiantes y, más adelante, La panza es primero. Debido a aquél, terminé por transformarme en un convencido socialista pro soviético y antiimperialista (además de antipriista y antirreligioso) y gracias al segundo, me convertí en vegetariano en 1969. También me entró la idea de ser caricaturista y me puse a imitar los monos del michoacano y a escribir algunas cosas inspiradas en él, como una pretensiosa e ingenua historia de la humanidad.

  Rius puso en circulación muchos otros libros sobre los más diversos temas, al tiempo que en Los Agachados (virtual continuación de Los Supermachos y de los que también tengo muchos números) abordó de manera concisa y, hoy puedo verlo, un tanto esquemática, muchos otros asuntos políticos, sociales y culturales. Asimismo, por esa época apareció La garrapata, en la que Rius y otros colegas suyos, como Helio Flores y Rogelio Naranjo, siguieron ejerciendo una crítica cada vez más radical y al mismo tiempo humorística, aprovechando la relativa apertura que a principios de los setenta otorgó (porque así fue: él la otorgó) el gobierno del nuevo presidente: Luis Echevarría Álvarez. Fui fan de La garrapata y también conservo ejemplares.
  A lo largo de esa década, seguí siendo fiel seguidor de todo lo que publicaba Eduardo del Río y quiso la vida que a fines del decenio entrara yo a trabajar precisamente a Editorial Posada, donde en no pocas ocasiones me tocó ver a Rius, aunque jamás me atreví a hablarle. En 1982 salí de Posada y no regresé hasta 1987, para dirigir la revista Natura (fundada por el propio Rius años atrás). Al año siguiente, la editorial editó mi primer libro, Más allá de Laguna Verde, una investigación periodística sobre la planta nuclear veracruzana y tuve el privilegio de que la portada la ilustrara mi héroe Rius (aunque no sé por qué no le puso su famosa firma). Aún así, sólo en una ocasión tuve la oportunidad de saludarlo y darle las gracias. Me pareció un tipo seco y no del todo amable.
  Con el paso de los años (volví a dejar Posada en 1989), mis ideas empezaron a bifurcarse respecto a las del dibujante y escritor. Yo comencé a volverme cada vez más crítico del llamado socialismo real (ya habían desaparecido la URSS y el bloque socialista europeo), incluido el gobierno de Fidel Castro en Cuba, aunque siempre seguí considerándome -como hasta la fecha- un hombre de izquierda. Rius, en cambio, se mantuvo dentro de la ortodoxia y ahí permaneció hasta su muerte, lamentablemente acaecida el día de ayer.
  Hace mucho que no lo sigo y que no leo sus libros, pero guardo un cariño muy especial por aquellas de sus obras que más me tocaron la mente y que en su momento me la abrieron hacia nuevos horizontes.
  Ah, también dejé de ser vegetariano.

miércoles, 27 de julio de 2016

"Fui ghost writer de Yolanda Vargas Dulché"

"Sí voto, pero en las tres últimas elecciones presidenciales 
lo he hecho simbólicamente por Heberto Castillo".

Texto y foto: Héctor González

Ciudad de México. "Siempre digo que soy músico antes que periodista, pero no me creen", cuenta Hugo García Michel y no le falta razón. Desde joven aprendió guitarra y más tarde formó la banda Los PechosPprivilegiados. Ex miembro del Partido Mexicano de los Trabajadores, abandonó la militancia más no la ideología zurda. Hoy, vive del periodismo y rodeado de cocodrilos de adorno. Lectorum acaba de reeditar su novela Matar por Ángela.

¿Qué sobrevive de sus estudios con los salesianos?
¡Híjole! Quedan recuerdos de una disciplina católica muy fuerte. Yo era niño bueno y aplicado, pero todavía me tocó la época de los castigos físicos. Nunca los padecí, pero vi, por ejemplo, cómo ponían a los alumnos en el patio de rodillas, a pleno sol, cargando dos ladrillos con los brazos abiertos. Cuando dejé la religión católica, abracé la religión socialista durante muchos años. Ahora soy un crítico de todo eso.

¿Quiénes son más radicales los católicos o los socialistas?
Creo que los socialistas y los comunistas. Al final, toda la izquierda resulta más religiosa. No aceptan críticas y menos si son con humor, me consta.

Cuando un izquierdista se queda sin representación partidista, ¿qué le resta?
El individualismo; en este momento, no me afiliaría a ningún partido.

¿No vota?
Sí voto, pero en las tres últimas elecciones presidenciales lo he hecho simbólicamente por Heberto Castillo, quien para mí es el único político realmente honesto que ha existido en el México contemporáneo. Sé que es como anular el voto, pero lo prefiero a ser cómplice de los partidos actuales.

¿Se vale matar por amor?
Literariamente sí, aunque en la vida real creo que no. Al menos yo sería incapaz. No puedo ni matar una mosca. Una vez me llevaron a pescar en Tamaulipas y agarré un bagre; apenas vi al pobre animal sacudirse, lo regresé al agua.

¿De plano corazón de pollo? No tiene esa fama.
La gente tiene una imagen de mí debido a mis críticas y piensa que soy una especie de demonio. A la hora de escribir, se me va el corazón de pollo.

¿En qué momento llegó el rock?
Desde que nací. Mi hermano, el cineasta Sergio García, quien me llevaba 10 años, oía rock todo el tiempo. Crecí escuchando a los Teen Tops, Los Locos del ritmo, etcétera.

¿Ése es rock?
Sí, era imitación y una copia de Chuck Berry y Little Richard, aunque con letras ingeniosas. Enrique Guzmán era un buen hacedor de letras, pero se volvió baladista como tantos otros.

¿Cuál fue su primer disco?
El primer disco que compré con un sueldo, de mi primer trabajo en la adolescencia, fue Led Zeppelin I y el primero que compré con los domingos que me daba mi papá fue In A-Gadda-Da-Vida de Iron Butterfly. Ahora ya no compro discos. Durante mi época como director de la revista La Mosca me los regalaban las disqueras y actualmente escucho formatos digitales o mis viejos viniles.

¿Por qué no le gusta el rock mexicano?
Al rock mexicano le falta la esencia negra, la perdió a raíz de que el rock argentino llegó a influirlo. Gente como Cerati le hizo mal al rock nacional porque lo descafeinó y lo volvió pop. Me tocó estar en Avándaro, en 1971, y la mayoría de las bandas cantaba en inglés; creo que siempre ha faltado identidad.

¿Entonces el rock mexicano está más del lado del pop?
Totalmente. La mayor influencia del actual rock mexicano es la banda Timbiriche. Luis de Llano debería ser reconocido como uno de los hacedores del rock nacional.

¿Ahí mete a Café Tacuba y la Maldita Vecindad?
Sí, totalmente.

Por eso no lo quieren...
Bueno, no todos. Santa Sabina, Jaime López, El Personal o La Barranca tienen todos mis respetos. De los actuales solo salvo a Ruido Rosa, los demás no me dicen nada.

¿Recomienda ser autodidacta?
A mí me funcionó. No creo en el sistema escolar mexicano, en general me parece malo. Yo aprendí periodismo y edición de revistas en la práctica. En editorial Posada descubrí todo. Aparte, fui historietista durante casi 20 años. Trabajé con doña Yolanda Vargas Dulché y hasta fui su ghost writer en Lágrimas y risas.

*Hugo García Michel nació en la Ciudad de México, en 1955. De formación autodidacta, ingresó a la industria editorial en 1979. De 1994 a 2008 dirigió la revista de rock La Mosca. Es colaborador de Milenio Diario y las revistas Nexos y Marvin. Matar por Ángela es su primera novela.

(Entrevista publicada originalmente en el suplemento Milenio Dominical, el 3 de mayo de 2015)

sábado, 25 de abril de 2015

Vigencia de don Perpetuo

Quienes la leyeron en su momento o en sus múltiples reediciones a lo largo de los años posteriores, deben recordar con agrado la historieta Los Supermachos de Eduardo del Río, Rius, una especie de decano y tótem de los caricaturistas mexicanos actuales (debo confesar que aunque hoy ya no comulgo con la esquemática visión política del gran humorista michoacano, durante buena parte de mi vida fue mi principal ideólogo y lo leía con absoluta devoción, tanto en la referida historieta como en Los Agachados y en sus numerosos libros –Marx para principiantes y La panza es primero eran para mí como una Biblia).
  Pues bien, en Los Supermachos había un personaje torvo, astuto, corrupto y maquiavélico que era el presidente municipal del pueblo de San Garabato y que respondía al nombre de don Perpetuo del Rosal. De botas y sombrero de ala ancha, de eternos lentes oscuros y bigotazo ranchero, miembro fiel del RIP (eran épocas en que la censura no hubiese permitido usar el nombre del PRI), don Perpetuo hacía y deshacía a su antojo, con todo el autoritarismo, el cinismo y el populismo de tantos políticos mexicanos de ayer, hoy y mañana.
  ¿Qué tan vigente sigue siendo don Perpetuo en pleno siglo XXI, qué tan vigente lo sigue siendo en este México tan lleno de trabas, muchas de ellas mentales, que no le permiten dar el gran paso a la modernidad y el desarrollo?
  Basta echar un ojo a nuestros políticos de esta década, para darnos cuenta de que el espíritu del referido alcalde caricaturizado por Rius se encuentra absolutamente presente, con la variante de que ya no sólo representa a los priistas, sino también a perredistas, panistas, morenistas, petistas, verdes y demás fauna polaca. Ahí están las mismas mañas, las mismas tranzas, las mismas mentiras, las mismas promesas sin cumplir, la misma demagogia y hasta el mismo mesianismo iluminado.
  Don Perpetuo del Rosal debería ser considerado héroe y patriarca de los políticos mexicanos y su nombre tendría que estar inscrito, con letras de oro, en el Palacio Legislativo.
  Ya que la nuestra es una política de historieta, honor a quien honor merece.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

jueves, 23 de abril de 2015

Sixto Valencia

Conocí su nombre desde que era yo un niño y leía los ejemplares de Memín Pinguín (al que todos le decíamos Pingüín), la historieta en sepia que publicaba editorial Argumentos y que cada semana compraba mi prima Dora.
  Escrita por Yolanda Vargas Dulché y dibujada por Sixto Valencia, aquella revista formó parte esencial de mi educación sentimental, al lado de Chanoc, Los Supersabios, La Familia Burrón, Tawa y, claro, las historietas ("cuentos", se les llamaba en los años sesenta) de la editorial Novaro. ¿Cómo haber imaginado en ese tiempo que veinte años más tarde sería yo guionista de aquel tipo de publicaciones y que trabajaría directamente con doña Yolanda y me tocaría toparme muchas veces con Sixto, en las oficinas de la editorial Vid, en la colonia Narvarte?
  Recuerdo a Sixto Valencia como un hombre muy serio y poco comunicativo, de muy pocas palabras. En los ochenta era casi inaccesible y en los noventa, ya en la editorial Toukán, me acuerdo de él como un señor de escaso cabello y gran bigote, igualmente serio y hasta un tanto huraño y malhumorado. Nunca hice amistad con él, como sí la hice con otros dibujantes y argumentistas de leyenda, como el gran Ángel Mora (Chanoc) o el ingeniosísimo Daniel Muñoz (El Pantera), entre otros.
  Como sea, Sixto es una leyenda de la historieta mexicana y al enterarme hoy de su fallecimiento, a los 81 años de edad, no puedo más que lamentarlo.
  Memín debe estarlo llorando.

viernes, 16 de agosto de 2013

Setenta años de Memín Pinguín y su Má linda

El personaje de Yolanda Vargas Dulché cumple setenta años de vida, casi tres cuartos de siglo de formar parte de la cultura popular mexicana al lado de Borola Burrón, Kalimán, Tawa y Calzonzin.

Cuando hace cinco años, la exacerbada corrección política de algunos sectores estadounidenses hizo que un personaje de historieta tan en apariencia inocente como Memín Pinguín se convirtiera en motivo de ofensa para la población de raza negra (está bien: afroamericana) del (diría el lugar común) vecino país del norte, el simpático monito bocón y achocolatado volvió a salir a la palestra de manera quizás involuntaria, en lo que resultó para sus editores un excelente motivo para que el negrito más famoso de México (junto con el Negrito Sandía de Cri Cri y el aún recordado Zamorita) tomara un segundo (o tercero o cuarto) aire.
  Aquel affaire finalmente no pasó a mayores y tampoco dañó el prestigio y el recuerdo de ese niño de color (negro, Les Luthiers dixit) creado en 1943 por Yolanda Vargas Dulché, la madre y autora de todas las Lagrimas y Risas del mundo, y dibujado primero por Alberto Cabrera y luego por Sixto Valencia. Porque a menos que queramos buscarle implicaciones sociológicas, psicológicas e ideológicas a la manera de Armand Mattelart y Ariel Dorfman con el Pato Donald, en realidad Memín Pinguín era una historieta bastante inocua y muy divertida.
  Recuerdo mi encuentro con aquella publicación, editada por Edar (Editorial Argumentos), a mediados de los años sesenta, cuando yo era un niño de diez u once años. Una prima mía la compraba y cada vez que yo iba a su casa, lo primero que hacía era pedírsela para leerla. De ese modo conocí el mundo de Memín (a quien todos conocíamos como “Pingüín”, hasta la fecha no sé por qué) y sus cuatro amigos: Carlangas (el pecoso muchachito bravucón), Ernestillo (el noble hijo de un carpintero) y Ricardo (el niño rico y rubio pero buena onda). También los padres de esos chiquillos eran personajes importantes, pero la más trascendente de todas era la peculiar doña Eufrosina, la mamá de Memín, una tremenda y obesa negra que hablaba con acento caribeño y que para las constantes travesuras de su adorado angelito negro utilizaba su temible tabla con clavo, con la que atizaba las oscuras nalgas de su vástago, quien no obstante la amaba y la llamaba “Ma linda”.
  Editada en sepia, aquella historieta (o “cuento”, como se les decía en esa época) hacía las delicias de muchísima gente y no puedo negar que formó parte de mi educación sentimental, al lado de Tawa, el hombre gacela, Los Supersabios, La Familia Burrón y Chanoc (mi favorita entre todas). Claro, también alimentaba mi cultura historietística con el material de Editorial Novaro: desde los Cuentos de Walt Disney hasta La pequeña Lulú, Lorenzo y Pepita, La zorra y el cuervo, Supermán e incluso la catoliquísima Vidas ejemplares, entre muchas otros revistas “animadas”. Ya después aparecería Rius con Los Supermachos (y más tarde con Los Agachados) para cambiar mi perspectiva por completo.
  Nunca imaginé en aquel entonces que algunos años después, a mediados de los ochenta, no sólo iba a conocer personalmente a la creadora de Memín Pinguín, sino que iba a trabajar directamente con ella.
  Por azares del destino (y del desempleo), en 1979 me convertí impensadamente en guionista de historietas (argumentistas, se nos llamaba) para la Editorial Posada que dirigía Guillermo Mendizábal Lizalde (a quien recuerdo con enorme cariño). Con don Guillermo aprendí los rudimentos para escribir esta clase de literatura, sin saber que era lo que le daría de comer a mi familia a lo largo de dos décadas exactas. En 1983, entré como colaborador a Editorial Vid y luego de algunos años de pergeñar un sinfín de historietas, un día uno de los directores, Manelich de la Parra, me dijo que su madre, doña Yolanda Vargas Dulché, necesitaba un ghost writer para que trabajara con ella en Lágrimas y Risas y que había pensado en mí. Era algo bien pagado y además representaba la oportunidad de escribir bajo la supervisión de la verdadera madre de Memín. Acepté sin dudarlo y a lo largo de casi un año fui el guionista fantasma de una historia llamada "Casandra".
  Doña Yolanda era muy severa (aunque muy afable), me hacía muchísimas correcciones y debía pasar largas horas con ella en su mansión del Pedregal de San Ángel, donde vivía con su esposo, Guillermo de la Parra, el creador de Rarotonga, quien solía estar ahí durante mis visitas (y de cuyo nombre proviene el del personaje: Guillermo-Memo-Memín).
  Le tenía tanto respeto a la señora, me imponía de tal manera, que jamás me atreví a preguntarle sobre Memín y ahora me arrepiento. Ni siquiera llegué a decirle que yo había sido su lector cuando niño. ¡Cosas de la historieta, má linda!

(Texto publicado el jueves 8 de agosto en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario).

miércoles, 28 de enero de 2009

¿Quién fue John Lennon?


Un lector de este blog menciona en un comentario a la revista ¿Quién fue...?, historieta de corte biográfico que editaba en los ochenta la editorial VID. En aquella época, yo trabajaba como argumentista (así se le dice en el argot historietil a los guionistas) para esa empresa y propuse escribir la vida de John Lennon. El proyecto fue aprobado y el primer ejemplar apareció el 23 de mayo de 1988, como número 227 y a un precio de ¡quinientos pesos! (eran épocas de gran crisis económica, por cierto). Los interiores (en blanco y negro) los dibujaba José Luis García y las magníficas portadas eran ilustradas por Benjamín Orozco Jr.

  Empecé la narración cuando los Beatles llevaron a cabo el famoso concierto en la azotea del edificio de la Apple, en Londres, que aparece en la película Let It Be (Michael Lindsay-Hogg, 1970), y conté todas las broncas que se daban en el interior del grupo (la lucha de egos, el odio de George Harrison y Paul McCartney contra Yoko Ono, las discusiones entre éstos y John Lennon, etcétera), para de ahí retroceder hasta 1956, cuando Lennon tocaba con los Quarrymen, e iniciar una retrospectiva que iría narrando paso a paso la historia del cuarteto de Liverpool. En total aparecieron veintinueve números (el último salió el 28 de noviembre del mismo 1988) y fue cortada de tajo por el entonces mandamás de Vid, Tonatiuh de la Parra, por las bajas ventas que la publicación tenía fuera del Distrito Federal (en el DF se vendía bastante bien). Fue una lástima, porque teníamos el plan de convertirla en una revista a color al llegar al momento en que los Beatles grababan el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (1967). Por desgracia, ya no fue posible hacerlo y nos quedamos justo (o apenas) cuando Ringo Starr se integraba a la banda, en 1962. Con el tiempo -y tardé mucho en darme cuenta- ¿Quién fue... John Lennon? se volvería una historieta de culto. Yo conservo veintisiete ejemplares y sólo me faltan dos. Es un buen recuerdo.