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domingo, 1 de noviembre de 2026

Anoche, con Pau, en el Centro de Tlalpan

sábado, 24 de octubre de 2026

Bernarda


El sol de las cuatro de la tarde caía a plomo sobre el sur de la Ciudad de México, calentando el asfalto y la paciencia de Esteban. A sus setenta y un años, con la próstata en situación de tregua inestable y un negro saco de pana que le quedaba un poco grande de los hombros, estaba sentado en una banca del Zócalo de Tlalpan. Tenía las manos sudorosas, cosa ridícula a su edad, y una sensación de indigestión que no sabía si atribuir a los nervios o a las gorditas de chicharrón que se había zampado la noche anterior.

  Todo aquel enredo era culpa del internet. Tres semanas atrás, mientras revisaba Facebook en su celular, terminó por aceptar la solicitud de amistad de una tal Bernarda que decía conocerlo de muchos años atrás. Al principio, él no la recordó. Ella le dijo que hiciera memoria y luego de algunos esfuerzos pudo acordarse. 

  Cerca de medio siglo atrás, Bernarda era una jovencita de diecisiete años que se sentaba en la segunda fila de su clase de Literatura en una prepa particular, ponía cara de trance al tiempo que él explicaba a López Velarde y, al final del año lectivo de 1979, le había deslizado una carta apasionada entre las páginas de un examen parcial. En la carta, cargada de adjetivos desmesurados, le confesaba un amor eterno, platónico e irremediable. Esteban, quien por ese entonces era un joven profesor de veinticuatro años, recién casado, con apartamento rentado y pretensiones de novelista, guardó la misiva en el fondo de un cajón y no volvió a tocar el tema por prudencia o por cobardía, lo que para el caso venía a ser la misma cosa.

  Ahora, tras un intercambio de mensajes en los que abundaban las caritas sonrientes y las explicaciones gratuitas, resultaba que Bernarda tenía sesenta y cuatro años, un divorcio recién firmado y muchas ganas de “reconectar con el pasado”. Esteban, viudo desde hacía una década y harto de la sopa Maruchan, había aceptado la cita con la torpe ilusión de los viejos que se creen personajes de novela.

  Una campanita en el teléfono lo sacó de sus cavilaciones; era un mensaje de Whatsapp: “Ya me bajé del micro. Estoy en San Fernando, a dos cuadras del centro de Tlalpan”.

  A Esteban le entró un pánico desmedido. Se dio cuenta de que la memoria es una estafadora profesional. Él recordaba a Bernarda como un espectro juvenil con olor a jabón de tocador y una cabellera abundante; pero la realidad dictaba que estaba a punto de encontrarse con una señora sesentona a la que el matrimonio fallido le habría dejado, probablemente, el mismo ceño fruncido que a todos los que pasan por ese trance. Peor aún: ¿qué iba a ver ella? Un viejo con tres pelos canos mal peinados sobre una calva incipiente, un caminar vacilante con tendencia a los tropezones y la incómoda mala costumbre de hablar de sus achaques.

  Se imaginó el cuadro: dos veteranos que se miran con lástima disimulada frente a la mesa de un café, tratando de encajar de manera un tanto forzada el recuerdo de 1979 en la compartida decadencia de 2026.

  Sintió unos deseos fervientes de levantarse, meterse al primer taxi que pasara y atrincherarse en su casa para ponerse a ver Netflix. Podía mandarle un mensaje más tarde y echarle la culpa al tránsito, al estómago o a alguna repentina cita médica.

  Estaba apoyando las manos en el hierro de la banca para emprender la cobarde huida, cuando una mujer con un delgado suéter de deslavado color carmín y lentes de armazón grueso apareció por uno de los pasillos que conducían al kiosko. Caminaba con paso decidido, mientras esquivaba a las palomas y buscaba con la mirada entre los parroquianos de la plaza.

  Esteban se quedó petrificado, a medio levantar, en una postura poco elegante que lo hacía parecer un pajarraco disecado. Bernarda detuvo el paso, se acomodó los anteojos y fijó la vista en él.

  Durante dos segundos que parecieron eternos, el fantasma de la muchacha de diecisiete años y la señora del suéter carmín flotaron en el aire. De pronto, ella soltó una risa franca, una de esas risas de quien ya nada le debe a nadie, y caminó directo a él. Esteban suspiró, volvió a sentarse y pensó que, después de todo, la huida era demasiado fatigosa para una tarde en la que hacía tanto calor.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Comida familiar de fin de año

Muy linda y grata comida familiar de fin de año, en un restaurante oaxaqueño del Centro de Tlalpan, hoy sábado 27, con mis hermanas Myrna e Ivette, mi cuñado Jorge y mi sobrino Carlos. 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Paseo matinal


Una linda incursión por el Centro de mi Tlalpan este 25 de diciembre a mediodía, con mi querida Estefania. Pueblo fantasma.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Renato por Leduc

Terminé mi libro número 17 de este año. No diré que me decepcionó. En absoluto. Sin embargo, no colmó mis expectativas. Al tratarse de un larguísimo testimonio del gran Renato, transcrito por el periodista José Ramón Garmabella (a quien recuerdo como reportero de Jacobo Zabludovsky hace mil ayeres), pensé que sería un libro divertidísimo de principio a fin, lleno de anécdotas imperdibles, retratos de personajes de diversos ambientes y diversas épocas... En fin, unas memorias fantásticas. No fue así. Aunque contiene todo lo mencionado, el balance para mí es el de unas memorias a las que les faltó esa chispa por la cual Leduc es tan famoso y ese humor agudo y fino para contar las muchas historias y experiencias que tuvo en la vida. Pero no. Tiene momentos muy buenos, cierto, pero la gran variedad de personajes que van apareciendo desde su infancia hasta su vejez son vistos con demasiada prisa, sin detenerse lo suficiente en ellos. Quizá María Felix o Agustín Lara son tratados con un poco (sólo un poco) de mayor detalle, pero hay demasiados de los que como lector me quedé con las ganas de conocer más, en especial gente de la Revolución Mexicana, políticos, ex presidentes, periodistas, literatos, pintores, actores y actrices... Eso sí, habla de un montón de personajitos sin chiste: burócratas, compañeros de trabajo de cuando fue telegrafista, vecinos de los barrios de la Ciudad de México, pero sus anécdotas en general no tienen real interés y casi siempre las remata con frases o chistes bastante insulsos de los que solamente el propio Renato se ríe. Tanto que pudo narrar de su Tlalpan natal, de la gente de la cultura con la que convivió en los años veinte y treinta, de su larga estancia en París... En cambio, para hablar de su gran pasión, la tauromaquia, dedica largas páginas y se detiene en diversos toreros mexicanos y españoles para referirse a sus estilos, sus faenas, sus glorias y sus desgracias.  En resumen, este Renato por Renato (Editorial Océano, 1982), que tuvo la generosidad de obsequiarme mi querido amigo tamaulipeco Hervey Torres Fonseca, me dejó un tanto frío, aunque se deja leer. 

viernes, 16 de mayo de 2025

Porterazo


Pambolero desde chiquillo. Aquí tendría yo unos ocho o nueve años (1963 o 1964). Casa de mi tía Beatriz en Tlalpan.

jueves, 15 de mayo de 2025

Pumita desde chiquillo


A los diez años (1965), con mi camisola del Universidad (imaginar los colores azul y oro). Tlalpan, DF.

sábado, 7 de septiembre de 2024

Una linda tarde tlalpeña


Una tarde de viernes muy bonita y agradable con mi queridísima Paulina de la Vega en el café librería "Katsina" del Centro de Tlalpan. 

sábado, 17 de febrero de 2024

Recuerdo


Con mi gran amigo de (casi) toda la vida (desde 1970, cuando yo tenía 15 y él 12 años) Adolfo Cantú, en una foto que nos hizo nuestra mutua amiga, la entrañable, bella y talentosa Isadora Hastings, en Tlalpan, por allá de 2001 o 2002.

viernes, 2 de febrero de 2024

Se visten Niños Dios

Esta tarde en el mercado "La Paz" del centro de Tlalpan, en busca de que me vistan o me restauren (foto de Paulina de la Vega)

lunes, 27 de marzo de 2023

viernes, 3 de marzo de 2023

Mis alumnos



En 1977, hace ya 46 años (¡puf!) fui maestro en una escuela secundaria particular en Tlalpan (la "Ángel María Garibay", ya desaparecida). Estos eran mis alumnos de primero y segundo (la foto con los de tercero se extravió. Me pregunto qué sería de todos ellos, hoy seguramente cincuentones o incluso en sus primeros sesenta (yo tenía tan sólo 22 años).

jueves, 2 de marzo de 2023

jueves, 8 de diciembre de 2022

Una foto de hace 53 años

En esta foto de fines de 1969, aparezco a mis 14 años de edad, sentado en una banca del "Zócalo" de Tlalpan (es decir, del parque que está frente al edificio delegacional -hoy alcaldía-, los portales y la iglesia de San Agustín). En ese entonces, el centro de Tlalpan no era aún el Coyoacancito que es hoy. La foto debe ser de noviembre del 69. Justo el día 15 de ese mes y de ese año compuse mis dos primeras canciones. O sea que es mi foto más cercana a mis inicios en la composición musical. Y sí, ya tocaba la guitarra.

domingo, 19 de junio de 2022

martes, 19 de abril de 2022

Memories

Centro de Tlalpan, 1969, mi último día en la inolvidable secundaria 29. A mi lado, Vázquez (de lentes) y otro compañero cuyo nombre no recuerdo. Teníamos 14 años de edad. Fue una época divertida.

viernes, 15 de abril de 2022

Con Pau

Esta tarde, en el Centro de Tlalpan, trabajando los últimos toques de mi nueva novela con mi queridísima Paulina De la Vega. 

jueves, 24 de febrero de 2022

Padres consentidos

Soy hijo de dos niños consentidos. No sé si eso sea bueno o sea malo. Lo que sí sé es que esa circunstancia determinó mi infancia y, con ella, mi vida toda.

Soy hijo de un niño y una niña a quienes se les consintió casi todo. Un niño y una niña que nacieron en familias pudientes y sin premuras económicas. Un niño y una niña que crecieron protegidos por el amor y los cuidados de sus padres, según se entendían el amor y los cuidados paternos y maternos en los años veinte del siglo pasado. Que esos dos hijos consentidos se encontraran en 1940 –a sus respectivos diecinueve y dieciocho eneros–, se enamoraran y se casaran cuatro años más tarde fue una determinación del caprichoso destino que moldea nuestras existencias. Fruto de ese encuentro y de ese matrimonio fuimos mis cuatro hermanos y yo, los cinco hijos de aquellos dos niños consentidos. Así apareció, en 1944, en el pueblo de Tlalpan, al sur profundo del Distrito Federal, capital de la república mexicana, la familia García Michel.
Mi padre se llamaba Juan Rubén García Ayala. Mi madre, María Rebeca Michel Ruelas. Juan nació en Mixcoac, DF, el 2 de enero de 1921. Rebeca vino al mundo un año y una semana después, en Autlán de la Grana, Jalisco, el 10 de enero de 1922. Los dos eran habitantes de Tlalpan desde finales de los años treinta. Juan vivía con sus padres, mis abuelos Emiliano y Guadalupe, en la “Quinta Guadalupe”, en la esquina de las calles Coapa y Tesoreros, hoy colonia Toriello Guerra. Rebeca lo hacía en la “Quinta María”, sobre la calle Madero, a cuadra y media del Zócalo de Tlalpan, como se le decía al parque central del entonces todavía pueblo. Se casaron el 5 de octubre de 1944, en la iglesia de San Agustín de las Cuevas, en pleno centro del poblado. Así empezó todo.
(En la foto, mi papá y mi mamá, de novios, afuera de la Quinta Guadalupe, año de 1942)