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sábado, 6 de enero de 2024
martes, 10 de noviembre de 2020
lunes, 12 de octubre de 2020
Tiempo al tiempo
La pelea rabiosa y lamentable por la dirigencia de Morena confirma mi teoría de que la transformación de cuarta va a caer tarde o temprano, derrumbada por sus propios seguidores. El principal rival de López va a surgir de sus hoy aliados. Démosles tiempo y veámoslo muy tranquilos desde la barrera.
miércoles, 12 de agosto de 2020
Generación vidriera
Hubo un tiempo en este país en que el sentido del humor era bien visto
por las izquierdas y el progresismo. Hoy día, se le considera cosa
reaccionaria y políticamente incorrecta. Lo de ahora es sentirse
indignado. Mostrarse amargado y ver todo negro es cool.
sábado, 30 de mayo de 2020
miércoles, 26 de febrero de 2020
jueves, 20 de febrero de 2020
Sobre la "comentocracia"
Mentes tan lúcidas y brillantes como las de Héctor de Mauleón, Enrique
Krauze, Jesús Silva Herzog Márquez, Federico Reyes Heroles, Guillermo
Sheridan, Roger Bartra, Rafael Perez Gay (Gil Gamés), José Woldenberg, Raúl Trejo Delarbre, León Krauze, Román Revueltas, Julio Patán, Fernando Garcia Ramirez, Gustavo Hirales, Macario Schettino, Rogelio Villarreal, Agustín Sánchez González, Salvador Mendiola, Ariel González Jiménez y por supuesto la del recordado Luis González de Alba, entre muchas otras,
han mantenido una posición crítica acerca de AMLO y sus textos son y
han sido en todo momento material para la reflexión y el análisis. Pero,
¿qué hacen los chairos cantores y pejelovers ante ellos? No los leen,
los descalifican a priori y los condenan con epítetos como "chayoteros" o
"la comentocracia". Por eso terminan creyendo que gente como Ackerman,
Jalife, Pedro Miguel o Sanjuana son intelectuales.
viernes, 27 de septiembre de 2019
Compartir y diferir
Compartir en lo fundamental el pensamiento político y reflexivo de gente como Roger Bartra, Héctor Águilar Camín, Enrique Krauze, José Woldenberg, Luis González de Alba (Q.E.P.D.), Jorge G. Castañeda, Héctor de Mauleón, Julio Patán, Rafael Pérez Gay, Rogelio Villarreal, Salvador Mendiola y Pablo Majluf, entre varios otros, es algo que me hace sentir muy bien.
Diferir del dogmatismo cerrado de gente como John Ackerman, Epigmenio Ibarra, Gerardo Fernandez Noroña, Julio Hernández, Jorge Zepeda Patterson, Sanjuana Martínez, Temoris Greko, Tryno Maldonado, Alfredo Jalife, Sabina Berman, Pedro Miguel, Fabrizio Mejía, Jesús Robles Maloof, Juan Pablo Proal, Jenaro Villamil, Gibrán Ramírez y algunos otros es algo que me hace sentir aún mejor.
martes, 6 de agosto de 2019
Cámara húngara: Una izquierda atrapada en los setenta
“Del mar los vieron llegar
mis hermanos emplumados.
Eran los hombres barbados
de la profecía esperada”.
“La maldición de Malinche”
Gabino Palomares
Siempre me he definido como un hombre de izquierda y en esencia lo sigo siendo, si se entiende a la izquierda como una posición política, ideológica e incluso existencial que pugna por la justicia social y la lucha contra la pobreza, pero también por las irrenunciables libertades individuales: la de expresión, la de pensamiento, la de movimiento, la de elección, la de empresa, etcétera. Las libertades liberales, vamos. Eso me coloca en automático en contra de cualquier tipo de dictadura o de cualquier régimen que intente acabar con esas libertades, bajo el pretexto de que busca un más que abstracto bienestar colectivo, el cual normalmente se traduce en bienestar para la casta gobernante y su burocracia afín.
Cualquier marxista ortodoxo diría que mi pensamiento no es de izquierda y que, en todo caso, sería apenas el de un vulgar socialdemócrata, es decir, de un pequeño burgués cómplice del capitalismo y enemigo de la sacrosanta lucha de clases y de la aún más sacrosanta dictadura del proletariado que habrá de llevarnos al paraíso socialista y colectivista en el cual todos seremos iguales y felices, etcétera, etcétera, etcétera. Lástima que la historia del siglo XX y lo que llevamos del XXI esté ahí para desmentirlos de la manera más rotunda. José Stalin, Nicolás Ceaucescu, Mao Zedong, Pol Pot, Fidel Castro, Enver Hoxha, Kim Il-sung, Muamar el Gadafi, Hugo Chávez, son algunos de los nombres de dictadores de una autonombrada izquierda que confiscó la libertad en nombre de las mayorías y sumió a estas mismas mayorías en una miseria económica y social (para no hablar de la miseria ética y ontológica) verdaderamente inicua, además de cometer –en mayor o menor grado– crímenes de lesa humanidad (ejecuciones, encarcelamientos, deportaciones, persecuciones, desapariciones, trabajos forzados, campos de aislamiento, censura) en nombre de esa misma humanidad. Se definían como antifascistas y sus semejanzas con el fascismo eran mayores que sus diferencias. Paradoja tan sanguinaria como ignominiosa.
Valga la anterior reflexión como base para comentar un breve video que acabo de ver en el Twitter de Yeidckol Polevnsky, la inefable e inenarrable presidenta de ese ¿partido?, ¿movimiento?, ¿secta?, ¿iglesia?, ¿entelequia?, ¿quimera? que mañosamente se hace llamar Morena y cuyo fundador, líder máximo y propietario vitalicio hoy se encarga de desgobernar a México desde el voluntarismo más grotesco y delirante.
El video fue grabado durante el informe que rindió la senadora guanajuatense María Lucía “Malu” Micher en un auditorio del Senado de la República y corresponde a la parte final del “evento”. Contenido en un tuit de quien en realidad se llama Citlali Ibáñez Camacho, el video reza, palabra por palabra, lo siguiente: “MORENA, partido de hombres y mujeres libres que luchan de pie por una transformación pacífica y democrática de nuestro país en completa armonía. ¡Un rojo amanecer!”.
En las imágenes se muestra una pantalla en la cual es proyectado un clip del grupo chileno Inti Illimani, mientras interpreta su clásica y combativa rola “El pueblo unido jamás será vencido”. Pero también se dejan escuchar otras voces que cantan (es un decir) al unísono. Primero no sabemos a quiénes pertenecen, pero poco después la persona que grabó desde su teléfono celular (posiblemente la propia Polevnsky) alcanza a captar a algunos de los chairos cantores y entre ellos vemos a Martí Batres, Ricardo Monreal y la propia Micher, quienes alcanzan el éxtasis del puño en alto cuando en la canción surge la frase “el pue-blo u-ni-do..." etcétera. De pronto el video se interrumpe. Quizá por un rapto de pudor ante el ridículo.
¿Cómo podemos interpretar semejante muestra de militancia anquilosada? No es tan difícil. Lo que se nos muestra ahí es a una generación de quedados, quienes aún suspiran por los tiempos idos, por la época “romántica” de los años setenta, cuando tras una serie de golpes de estado en Sudamérica, México abrió sus puertas a un enorme grupo de exiliados chilenos, argentinos, uruguayos, paraguayos, brasileños, peruanos y bolivianos. De pronto, Coyoacán, San Ángel y anexas (todavía la Condesa y la Roma no rifaban como colonias progres) se vieron invadidos de peñas folclóricas donde reinaban las quenas y los charangos, las milongas y las chacareras. Años en que la programación de Radio Educación se basaba en Los Chalchaleros, Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui, Daniel Viglietti, Mercedes Sosa y una larguísima lista de cantores y cantautores (por supuesto no podían faltar los cubanísimos Carlos Puebla, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés), además del inefable grupo mexicano Los Folcloristas, con su fanaticazo líder René Villanueva (el mismo que acusó al rock y las guitarras eléctricas de ser medios de penetración del imperialismo yanqui, omaigod). Inti Illimani estaba entre esos nuevos “artistas latinoamericanos” que por lo que se ve formaron parte esencial de la educación sentimental de muchos dirigentes de Morena, incluido el propio santo patrono macuspano, quien presume su amistad con Silvio (así, el puro nombre basta).
Aceptémoslo: mientras permanezcan don López (un nostálgico del echeverrismo setentero) y sus morenazos en el poder político del país, la música oficial en este (más que nunca) Mexicalpan de las Tunas será la que Federico Arana denominara, con enorme y sarcástico tino, como la música folcloroide.
Una prueba de ello fue el primer festival musical que organiza la Secretaría de Cultura –con el nombre de “Cantares: Fiesta de Trova y Canción Urbana”– y que se llevó a cabo en diferentes foros, entre ellos las llamadas islas de Ciudad Universitaria, en plena Universidad Nacional Autónoma (aún) de México, la que ya se prepararía para recibir como nuevo rector (eso murmuran las malas lenguas) al mismísimo marido gringo de la secretaria de la Función Pública (ese Ackerman de todos los moles que lo mismo hace de intelectual orgánico de la 4T que de cómico televisivo chafa, delirante politólogo bolivariano o tuitero propagandista y zalamero –y al parecer por cada actividad cobra).
Con gente del folclor sudaca, del oxidado canto nuevo, de la cursilísima hueva…, perdón…, nueva trova y uno que otro colado del rock rupestre (más un invitado de lujo, ése sí: el gran Caetano Veloso), el festival fue también una declaración de principios de lo que nos espera musicalmente en este sexenio, al menos desde las esferas oficiales.
Gabino Palomares, con su ultra xenofóbica, chovinista y racista canción “La maldición de Malinche”, debe estar de plácemes. Seguro se la regraban.
mis hermanos emplumados.
Eran los hombres barbados
de la profecía esperada”.
“La maldición de Malinche”
Gabino Palomares
Siempre me he definido como un hombre de izquierda y en esencia lo sigo siendo, si se entiende a la izquierda como una posición política, ideológica e incluso existencial que pugna por la justicia social y la lucha contra la pobreza, pero también por las irrenunciables libertades individuales: la de expresión, la de pensamiento, la de movimiento, la de elección, la de empresa, etcétera. Las libertades liberales, vamos. Eso me coloca en automático en contra de cualquier tipo de dictadura o de cualquier régimen que intente acabar con esas libertades, bajo el pretexto de que busca un más que abstracto bienestar colectivo, el cual normalmente se traduce en bienestar para la casta gobernante y su burocracia afín.
Cualquier marxista ortodoxo diría que mi pensamiento no es de izquierda y que, en todo caso, sería apenas el de un vulgar socialdemócrata, es decir, de un pequeño burgués cómplice del capitalismo y enemigo de la sacrosanta lucha de clases y de la aún más sacrosanta dictadura del proletariado que habrá de llevarnos al paraíso socialista y colectivista en el cual todos seremos iguales y felices, etcétera, etcétera, etcétera. Lástima que la historia del siglo XX y lo que llevamos del XXI esté ahí para desmentirlos de la manera más rotunda. José Stalin, Nicolás Ceaucescu, Mao Zedong, Pol Pot, Fidel Castro, Enver Hoxha, Kim Il-sung, Muamar el Gadafi, Hugo Chávez, son algunos de los nombres de dictadores de una autonombrada izquierda que confiscó la libertad en nombre de las mayorías y sumió a estas mismas mayorías en una miseria económica y social (para no hablar de la miseria ética y ontológica) verdaderamente inicua, además de cometer –en mayor o menor grado– crímenes de lesa humanidad (ejecuciones, encarcelamientos, deportaciones, persecuciones, desapariciones, trabajos forzados, campos de aislamiento, censura) en nombre de esa misma humanidad. Se definían como antifascistas y sus semejanzas con el fascismo eran mayores que sus diferencias. Paradoja tan sanguinaria como ignominiosa.
Valga la anterior reflexión como base para comentar un breve video que acabo de ver en el Twitter de Yeidckol Polevnsky, la inefable e inenarrable presidenta de ese ¿partido?, ¿movimiento?, ¿secta?, ¿iglesia?, ¿entelequia?, ¿quimera? que mañosamente se hace llamar Morena y cuyo fundador, líder máximo y propietario vitalicio hoy se encarga de desgobernar a México desde el voluntarismo más grotesco y delirante.
El video fue grabado durante el informe que rindió la senadora guanajuatense María Lucía “Malu” Micher en un auditorio del Senado de la República y corresponde a la parte final del “evento”. Contenido en un tuit de quien en realidad se llama Citlali Ibáñez Camacho, el video reza, palabra por palabra, lo siguiente: “MORENA, partido de hombres y mujeres libres que luchan de pie por una transformación pacífica y democrática de nuestro país en completa armonía. ¡Un rojo amanecer!”.
En las imágenes se muestra una pantalla en la cual es proyectado un clip del grupo chileno Inti Illimani, mientras interpreta su clásica y combativa rola “El pueblo unido jamás será vencido”. Pero también se dejan escuchar otras voces que cantan (es un decir) al unísono. Primero no sabemos a quiénes pertenecen, pero poco después la persona que grabó desde su teléfono celular (posiblemente la propia Polevnsky) alcanza a captar a algunos de los chairos cantores y entre ellos vemos a Martí Batres, Ricardo Monreal y la propia Micher, quienes alcanzan el éxtasis del puño en alto cuando en la canción surge la frase “el pue-blo u-ni-do..." etcétera. De pronto el video se interrumpe. Quizá por un rapto de pudor ante el ridículo.
¿Cómo podemos interpretar semejante muestra de militancia anquilosada? No es tan difícil. Lo que se nos muestra ahí es a una generación de quedados, quienes aún suspiran por los tiempos idos, por la época “romántica” de los años setenta, cuando tras una serie de golpes de estado en Sudamérica, México abrió sus puertas a un enorme grupo de exiliados chilenos, argentinos, uruguayos, paraguayos, brasileños, peruanos y bolivianos. De pronto, Coyoacán, San Ángel y anexas (todavía la Condesa y la Roma no rifaban como colonias progres) se vieron invadidos de peñas folclóricas donde reinaban las quenas y los charangos, las milongas y las chacareras. Años en que la programación de Radio Educación se basaba en Los Chalchaleros, Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui, Daniel Viglietti, Mercedes Sosa y una larguísima lista de cantores y cantautores (por supuesto no podían faltar los cubanísimos Carlos Puebla, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés), además del inefable grupo mexicano Los Folcloristas, con su fanaticazo líder René Villanueva (el mismo que acusó al rock y las guitarras eléctricas de ser medios de penetración del imperialismo yanqui, omaigod). Inti Illimani estaba entre esos nuevos “artistas latinoamericanos” que por lo que se ve formaron parte esencial de la educación sentimental de muchos dirigentes de Morena, incluido el propio santo patrono macuspano, quien presume su amistad con Silvio (así, el puro nombre basta).
Aceptémoslo: mientras permanezcan don López (un nostálgico del echeverrismo setentero) y sus morenazos en el poder político del país, la música oficial en este (más que nunca) Mexicalpan de las Tunas será la que Federico Arana denominara, con enorme y sarcástico tino, como la música folcloroide.
Una prueba de ello fue el primer festival musical que organiza la Secretaría de Cultura –con el nombre de “Cantares: Fiesta de Trova y Canción Urbana”– y que se llevó a cabo en diferentes foros, entre ellos las llamadas islas de Ciudad Universitaria, en plena Universidad Nacional Autónoma (aún) de México, la que ya se prepararía para recibir como nuevo rector (eso murmuran las malas lenguas) al mismísimo marido gringo de la secretaria de la Función Pública (ese Ackerman de todos los moles que lo mismo hace de intelectual orgánico de la 4T que de cómico televisivo chafa, delirante politólogo bolivariano o tuitero propagandista y zalamero –y al parecer por cada actividad cobra).
Con gente del folclor sudaca, del oxidado canto nuevo, de la cursilísima hueva…, perdón…, nueva trova y uno que otro colado del rock rupestre (más un invitado de lujo, ése sí: el gran Caetano Veloso), el festival fue también una declaración de principios de lo que nos espera musicalmente en este sexenio, al menos desde las esferas oficiales.
Gabino Palomares, con su ultra xenofóbica, chovinista y racista canción “La maldición de Malinche”, debe estar de plácemes. Seguro se la regraban.
domingo, 21 de julio de 2019
Cámara húngara: El humor en los tiempos de la 4T
¿Existe el humor en los tiempos de la llamada Cuarta Transformación? No me refiero al humor como estado de ánimo, el cual es cada vez más malo, dados los pésimos resultados que está teniendo un gobierno que día a día muestra y demuestra sus incapacidades para llevar a buen puerto al país. Hablo del sentido del humor, del humorismo, del humor crítico, del humor irreverente, del humor como catarsis individual y social.
El obradorismo ha trastocado tantas cosas (tan a lo bestia) que muchas han quedado bocarriba (o bocabajo, según el punto de vista de cada quién). Un ejemplo es el de los cartonistas izquierdosos (que no de izquierda), especialmente los del grupo de La Jornada (con la honrosísima excepción del gran maestro Bulmaro Castellanos, Magú) y Proceso, es decir, los célebres Chamucos. Hasta antes del 1 de julio de 2018, El Fisgón, Hernández, Helguera y todos sus adláteres eran tremendamente antigobiernistas y mantenían una postura feroz en contra del régimen que gustan en llamar prianista. Ahora, en cambio, se han convertido (con todo respeto, diría don López) en los más zalameros perros guardianes del gobierno y del presidente de la república, a quien no osan tocar ni con el pétalo de una crítica. Perdieron todo su filo y actualmente se dedican a atacar a los adversarios de “Andrés Manuel” (así le dicen), a pesar de que éste brinda diariamente una cantidad enorme de material humorístico que podrían explotar a sus anchas. Pero no: La Causa (así, con mayúsculas y sin cursivas) es primero y su deber como fieles al tlatoani es no cuestionarlo y sí defenderlo de sus enemigos. Para eso cuentan con sus trincheras periodísticas y con El Chamuco TV, el programa de TV UNAM y Canal 22 (sí, se transmite por ambas emisoras) que con total generosidad les brindó el mismo gobierno al que tan devotamente sirven y les paga por ello (por el programa).
Algo parecido sucede con columnistas como mi estimado Jairo Calixto Albarrán, quien en su afán por no rozar siquiera la sensible piel del Pejecito santo (el cual es, para usar una muletilla del propio Jairo, como jarrito de Tlaquepaque), en su colaboración diaria para el diario Milenio hace malabares increíbles (maromas, les dicen ahora) para no criticar ni por asomo a la 4T. Por eso su columna se dedica a tirarle al PRIAN, a los expresidentes y a los políticos anteriores al actual gobierno, siempre y cuando no se hayan integrado a éste (cero críticas al dinosaurazo Manuel Bartlett, por ejemplo). Mas para su adorado cabecita de algodón ni un solo cuestionamiento.
Otro fenómeno es el de la televisión pública que ha incluido programas como el ya mencionado El Chamuco TV, Me canso ganso, John & Sabina o el malogrado La maroma estelar. Especialmente en los dos últimos se ha intentado realizar un humorismo crítico, pero siempre contra los conservadores, los fifíes, los prianistas, etcétera. Más que crítico, el resultado es criticón, lleno de ramplonería, demasiado obvio y tremendamente burdo. No sé si ellos y sus panegiristas se rían con sus sketches, pero francamente la comicidad no se les da.
Ese es el “humor” de la 4T, tan fallido como está resultando la prometida transformación. Sin embargo, en el bando opositor el humor y el humorismo gozan de cabal salud, sobre todo porque ahí se han sabido aprovechar los cotidianos desatinos del presidente y su corte, gracias a la enorme cantidad de personajes chuscos y esperpénticos que ha producido el régimen actual. Los nombres sobran y pasan por Gerardo Fernández Noroña, Yeidckol Polevnsky (o como se escriba), John Ackerman, Sabina Berman, Epigmenio Ibarra, Sanjuana Martínez, Antonio Attolini, Gibrán Ramírez, Irma Eréndira Sandoval, Rocío Nahle, Armando Guadiana, Pablo Gómez, Octavio Romero, José María Riobóo, Paco Ignacio Taibo II, María Elena Álvarez-Buylla, Abraham Mendieta, Hernán Gómez, más un grandísimo etcétera de impresentables protagonistas de esta gran obra bufa que padece México y que si no representaran una tragedia para el país, resultarían todos de una comicidad superlativa.
Esto lo han sabido aprovechar escritores como Guillermo Sheridan, Julio Patán y Rafael Pérez Gay –los dos últimos, con sus personajes de Justo Leal y Gil Gamés (y espero que Julio y Rafael no se molesten conmigo por el spoiler: todo mundo sabe que son ellos)–, lo mismo que espléndidos caricaturistas como Calderón, Garci, Alarcón, Iracheta y el propio Magú, entre otros. No se diga el gran Brozo y yutuberos como Chumel Torres y su equipo. En ellos subsiste la posibilidad del humor crítico e inteligente, un humor que, esperemos, al obradorismo no se le ocurra tratar de reprimir.
Con eso de que las plumas de ganso son tan delicadas como un jarrito de Tlaquepaque…
El obradorismo ha trastocado tantas cosas (tan a lo bestia) que muchas han quedado bocarriba (o bocabajo, según el punto de vista de cada quién). Un ejemplo es el de los cartonistas izquierdosos (que no de izquierda), especialmente los del grupo de La Jornada (con la honrosísima excepción del gran maestro Bulmaro Castellanos, Magú) y Proceso, es decir, los célebres Chamucos. Hasta antes del 1 de julio de 2018, El Fisgón, Hernández, Helguera y todos sus adláteres eran tremendamente antigobiernistas y mantenían una postura feroz en contra del régimen que gustan en llamar prianista. Ahora, en cambio, se han convertido (con todo respeto, diría don López) en los más zalameros perros guardianes del gobierno y del presidente de la república, a quien no osan tocar ni con el pétalo de una crítica. Perdieron todo su filo y actualmente se dedican a atacar a los adversarios de “Andrés Manuel” (así le dicen), a pesar de que éste brinda diariamente una cantidad enorme de material humorístico que podrían explotar a sus anchas. Pero no: La Causa (así, con mayúsculas y sin cursivas) es primero y su deber como fieles al tlatoani es no cuestionarlo y sí defenderlo de sus enemigos. Para eso cuentan con sus trincheras periodísticas y con El Chamuco TV, el programa de TV UNAM y Canal 22 (sí, se transmite por ambas emisoras) que con total generosidad les brindó el mismo gobierno al que tan devotamente sirven y les paga por ello (por el programa).
Algo parecido sucede con columnistas como mi estimado Jairo Calixto Albarrán, quien en su afán por no rozar siquiera la sensible piel del Pejecito santo (el cual es, para usar una muletilla del propio Jairo, como jarrito de Tlaquepaque), en su colaboración diaria para el diario Milenio hace malabares increíbles (maromas, les dicen ahora) para no criticar ni por asomo a la 4T. Por eso su columna se dedica a tirarle al PRIAN, a los expresidentes y a los políticos anteriores al actual gobierno, siempre y cuando no se hayan integrado a éste (cero críticas al dinosaurazo Manuel Bartlett, por ejemplo). Mas para su adorado cabecita de algodón ni un solo cuestionamiento.
Otro fenómeno es el de la televisión pública que ha incluido programas como el ya mencionado El Chamuco TV, Me canso ganso, John & Sabina o el malogrado La maroma estelar. Especialmente en los dos últimos se ha intentado realizar un humorismo crítico, pero siempre contra los conservadores, los fifíes, los prianistas, etcétera. Más que crítico, el resultado es criticón, lleno de ramplonería, demasiado obvio y tremendamente burdo. No sé si ellos y sus panegiristas se rían con sus sketches, pero francamente la comicidad no se les da.
Ese es el “humor” de la 4T, tan fallido como está resultando la prometida transformación. Sin embargo, en el bando opositor el humor y el humorismo gozan de cabal salud, sobre todo porque ahí se han sabido aprovechar los cotidianos desatinos del presidente y su corte, gracias a la enorme cantidad de personajes chuscos y esperpénticos que ha producido el régimen actual. Los nombres sobran y pasan por Gerardo Fernández Noroña, Yeidckol Polevnsky (o como se escriba), John Ackerman, Sabina Berman, Epigmenio Ibarra, Sanjuana Martínez, Antonio Attolini, Gibrán Ramírez, Irma Eréndira Sandoval, Rocío Nahle, Armando Guadiana, Pablo Gómez, Octavio Romero, José María Riobóo, Paco Ignacio Taibo II, María Elena Álvarez-Buylla, Abraham Mendieta, Hernán Gómez, más un grandísimo etcétera de impresentables protagonistas de esta gran obra bufa que padece México y que si no representaran una tragedia para el país, resultarían todos de una comicidad superlativa.
Esto lo han sabido aprovechar escritores como Guillermo Sheridan, Julio Patán y Rafael Pérez Gay –los dos últimos, con sus personajes de Justo Leal y Gil Gamés (y espero que Julio y Rafael no se molesten conmigo por el spoiler: todo mundo sabe que son ellos)–, lo mismo que espléndidos caricaturistas como Calderón, Garci, Alarcón, Iracheta y el propio Magú, entre otros. No se diga el gran Brozo y yutuberos como Chumel Torres y su equipo. En ellos subsiste la posibilidad del humor crítico e inteligente, un humor que, esperemos, al obradorismo no se le ocurra tratar de reprimir.
Con eso de que las plumas de ganso son tan delicadas como un jarrito de Tlaquepaque…
miércoles, 27 de marzo de 2019
miércoles, 19 de diciembre de 2018
Un depto de menos de dos mil pesos
Esta es de la 4T y es retequé bonita: Irma Sandoval, flamante secretaria
de la Función Pública (y esposa de John Ackerman), fue denunciada por
el diario Reforma por no haber hecho pública su declaración patrimonial.
Furiosa, despotricó contra el periódico, dijo que era falso y
finalmente publicó su declaración de bienes. En ella, subida este
martes, Sandoval declara como operación la venta de tres departamentos y
dos casas, de las cuales no reporta su valor, así como la incorporación
de una vivienda en la que asentó que tiene un valor de... ¡mil 752
pesos mexicanos! Una casa de menos de dos mil pesos. ¿Dónde las venden?
Yo quiero una.
domingo, 16 de diciembre de 2018
Bendito aislamiento
Hace poco, una bella y muy querida amiga mía me dijo, con la mejor de las intenciones, que estaba preocupada por mí, porque creía que mis opiniones políticas terminarían por aislarme. Pero, ¿aislarme de quiénes? Entonces me puse a pensar de cuáles personas está alejado mi pensamiento político y de cuáles está próximo. Me siento próximo de Luis González de Alba (q.e.p.d.), Roger Bartra, Héctor Aguilar Camín, Guillermo Sheridan, José Woldenberg, Rafael Pérez Gay, Héctor de Mauleón, Enrique Krauze, Ciro Gómez Leyva, Raúl Trejo Delarbre, Federico Reyes Heroles, Jesús Silva Hérzog Márquez, María Amparo Casar, Roman Revueltas, Rubén Cortés, Julio Patán, Macario Schettino, Sergio Zurita, Valeria Moy, José Antonio Crespo, Leonardo Curzio, Gustavo Hirales, Rogelio Villarreal, Ricardo Cayuela y un largo etcétera. En cambio, me siento aislado (y mucho, por fortuna) de John Ackerman, Paco Ignacio Taibo II, Epigmenio Ibarra, Julio Astillero, Jenaro Villamil, Fabrizio Mejía, Jesús Robles Maloof, Lorenzo Meyer, Ricardo Monreal, Gerardo Fernández Noroña, Dolores Padierna, Carmen Aristegui, Sanjuana Martínez, Luis Hernández N., Gibran Ramírez, Abraham Mendieta, Hernán Gómez, Antonio Helguera, El Fisgón y de algunos amigos y ex amigos que por buen gusto no voy a mencionar… En fin.
martes, 4 de diciembre de 2018
Mi entrevista a Ciro Gómez Leyva para Los Angeles Times
Desde hace varios lustros, Ciro Gómez Leyva ha sido unos de los periodistas y líderes de opinión más vistos, escuchados, leídos y respetados (y también vilipendiados) de México. Su carrera en la prensa escrita, la radio y la televisión lo ha convertido en una de las voces periodísticas fundamentales de los tres más recientes sexenios y seguramente lo seguirá siendo a lo largo del que acaba de iniciar y del que habla en esta entrevista exclusiva para Los Angeles Times.
Ante la toma de posesión del nuevo presidente de la república, ¿cuál es su visión de lo que sucedió durante el periodo de transición?
Desde mi posición, lo veo como algo periodísticamente apasionante. Es un momento apasionante el que ha vivido México, cuando menos en términos periodísticos, desde 1994… y no se ha detenido. Hay momentos de más intensidad, hay momentos más interesantes y creo que este que vivimos, del 2014 hasta el día de hoy, ha sido uno de los más intensos y también de los más difíciles.
¿Por qué desde 2014?
Porque en 2014 sucedió lo de Ayotzinapa, un hecho que marcó el inicio de la caída de toda la esperanza que podía haber en el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. Lo que vino a partir de ese momento fue un remar a contracorriente de un gobierno que nunca encontró una ruta de escape o una ruta para volver a encarrilarse y esto trajo consigo el impresionante regreso de Andrés Manuel López Obrador. En marzo del 2015, escribí en El Universal una serie de artículos que se llamaba “¿Quién dejó ganar a López Obrador?”. Desde luego saltaba mucha gente que me decía que no hiciera profecías, que en qué me basaba para lo que decía, pero todo se fue cumpliendo tal cual.
¿Cómo vislumbra a la llamada Cuarta Transformación?
La transformación es un anhelo de millones de mexicanos que quieren que las cosas cambien. Siento que hay en ello mucho de pensamiento mágico –muy nuestro, muy mexicano–, pero hay una gran esperanza y López Obrador entendió muy bien el momento y lo jugó extraordinariamente como candidato. Vamos a ver ahora cómo gobierna.
¿Cómo vio a López Obrador en su papel de presidente electo?
Dos momentos: el momento pre-aeropuerto y lo que tuvimos en las últimas seis semanas antes de su toma de posesión. El arranque como presidente electo fue muy impresionante. El cuidado que tuvo con las palabras, con las formas; la manera como manejó las esperanzas, las expectativas. Pero algo ocurrió en sus mediciones. No sé si fueron las presiones internas o si él mismo sintió que se estaba alejando del personaje que quería ser y vino entonces un cambio muy brusco. Regresó el lopezobradorismo grosero que tú y yo conocemos muy bien, el lopezobradorismo autoritario, pendenciero. Lo que vivimos desde mediados de octubre fue eso. Parecería por momentos que hubo algo que para mí sería lo más periodístico: un descontrol de López Obrador sobre su equipo, pero yo no me la acabo de creer. No me creo que Félix Salgado Macedonio, Ricardo Monreal, la gente del PT o algunos legisladores estén actuando por su cuenta. No me la creo, pero por lo pronto me limito a la crónica de los hechos. Ya iremos viendo. Pero si ese va a ser el juego, pongámonos el cinturón de seguridad, porque vamos a entrar en la montaña rusa y no sé qué tan bien este diseñada la estructura de esa montaña rusa.
¿Qué cree usted que pasará con la libertad de expresión en el nuevo gobierno?
El tema será como lo hemos vislumbrado siempre: un espacio de lucha. Siempre ha habido limitantes para nuestro trabajo. Vamos a ver de qué tamaño son los medios de comunicación, los periodistas, las organizaciones sociales. Yo no imagino un gobierno que en verdad quiera acabar con la prensa. No por un asunto de voluntad o de fe, sino porque me imagino que deben calcular lo que eso significa hoy y deben pensar que es una batalla que no van a ganar. Mete ahí a las redes sociales, mete ahí toda una cultura que se ha desarrollado en los últimos 25 o 30 años. Pienso que el trabajo periodístico se mantendrá. Probablemente sea un gobierno que reclame mucho más en las formas, un gobierno más vehemente en su manera de presionar a los medios, pero las presiones no van a ser muy distintas a las que vivimos en el arranque del gobierno de Peña Nieto o las que hemos vivido en otros momentos. No es para mí un tema de preocupación. Si no estoy en los espacios en los que estoy ahora –que ojalá lo sean–, pues buscaremos y encontraremos otros. Pero el trabajo periodístico seguirá. Me preocupan otras cosas.
¿Cómo cuáles?
Pues mi salud, cosas de ese tipo. A mí la paranoia de que nos van a perseguir, a censurar, a matar, no la siento. Alguno de mis compañeros mayores, no recuerdo si fue Raymundo Riva Palacio o Humberto Mussachio, cuando yo empezaba en esto, decía que este es un trabajo en el que tienes que asumir que nada te garantiza que mañana vas a seguir. No he construido mi andamiaje personal o económico pensando en que mañana me van a dar de baja o en que algún poderoso va a pedir que me vaya. Yo trato de trabajar y de ahorrar algo, porque pues mañana, quién sabe. A mí ya me ha tocado: con el apoyo abierto, descarado, grosero de un gobierno, nos aplastaron un canal de televisión. Y me tocó ver cómo los pactos que nos habían dado una gran estabilidad y una gran armonía durante 16 o 17 años en Milenio, volaron hechos pedazos cuando llegó el gobierno de Peña Nieto y nosotros, como grupo, no fuimos capaces de encontrar una nueva forma de enfrentar ese momento que estábamos viviendo. Por eso tomamos la decisión conjunta de cerrar ese ciclo. Entonces, de los dos últimos cambios de gobierno yo tengo dos experiencias traumáticas. ¿Que si ahora también se va a complicar la cosa? Pues ya veremos. No es lo que me quita el sueño. Si hay que pelear, pelearemos. Si hay que resistir, resistiremos. Si hay que sobrevivir, sobreviviremos. Si hay que movernos, nos moveremos o nos mudaremos. Si por la razón que sea aquí termina la biografía profesional, pues a ver a qué nos dedicamos. Yo no tengo un sentido trágico de la vida y mucho menos del oficio.
¿Qué piensa sobre el establecimiento de la Guardia Nacional que ahora se anuncia como un cuerpo controlado por los militares?
El tema de la Guardia Nacional ilustra muy bien el paso de candidato a presidente. Era muy taquillero, era estridente, ventajoso, tramposo, era muy rentable en este país, donde el lloriqueo y la acusación ramplona suelen dar dividendos, hablar de “la guerra de Calderón”, de la militarización y de los cien mil muertos, sin hacer un análisis elemental. El análisis elemental es que hubo una expansión brutal, desde hace 25 años, de los grupos criminales en connivencia con la sociedad, con muchos sectores del “pueblo bueno”, que hizo pedazos a muchas personas, a muchas familias, a muchas economías. Ante eso no había más recurso que echar mano de quien podía más o menos plantárseles que eran el Ejército, la Policía Federal, la Marina. Al presidente Calderón los gobernadores no sólo no lo acompañaron con sus policías, sino que lo boicotearon, apostando al fracaso de su gobierno. Por eso sólo quedó el remedio de las fuerzas armadas y lo mismo sucedió con Peña Nieto y a López Obrador no lo queda de otra. Vamos a ver cómo le sale, no va a ser fácil presentar algo que se llame la Guardia Nacional y con mando militar. Ojalá funcione. Si hay un punto en el que yo he sido muy claro y que también me ha ganado muchas críticas es el de decir que yo sí creo que hubo en Calderón y Peña Nieto –y creo que también con López Obrador la habrá– una voluntad de vencer a la criminalidad y ojalá en ese tema el nuevo gobierno tenga éxito, porque es una tragedia que existan decenas de miles de mexicanos que hayan querido formar parte de los cárteles y esos mismos mexicanos han creado bandas de secuestradores, de extorsionadores y de ladrones. Que no me digan que son una consecuencia del neoliberalismo.
¿Cómo ve lo que quedó de oposición en México?
No hay oposición política. Como tampoco la hubo en la primera mitad del sexenio de Peña Nieto. La oposición política contra él surgió en el verano de 2015, cuando Morena ganó las elecciones intermedias, pero fue muy limitada. La oposición a Peña fue más de tipo social y se dio en las redes, en las calles, en algunos medios de comunicación. Y oposición política ahora menos la hay. Veremos gestos simbólicos. Veremos cómo germinan quizá figuras y movimientos. Hoy la oposición, al igual que con Peña Nieto, va a tener que surgir de otros lados y no de los partidos. Vamos a ver a los gobernadores, aunque yo tengo muchas dudas, porque ahí está el garrote presupuestal que tiene el Ejecutivo sobre ellos. Pero en fin, yo soy cronista y no astrólogo.
Pasemos al tema de las consultas, ¿qué le parecen?
Es una burla. Pero además, una burla innecesaria, López Obrador pudo haber cancelado las obras del aeropuerto sin ningún problema. Era una promesa de campaña. Hubiera sido más efectivo y políticamente más redituable construir un discurso, montar un ejercicio de propaganda, en lugar de esa farsa. Y ya lo que pasó en la más reciente consulta, la de las diez preguntas, nos lleva al México soviético, el de los resultados con porcentajes de 90. En una entrevista que le hice en televisión, López Obrador perjuró que era la última vez que haría algo así y que las siguientes consultas serían bajo el marco de la ley. El marco de la ley será que las organice alguien que garantice una cierta equidad, aunque desde luego como presidente él va a tener todas las ventajas. Pero esas consultas fueron como de gobierno bananero que hizo el ridículo y quedó mal con medio mundo. Un teatro del absurdo. Claro, periodísticamente apasionante y yo me dedico a esto. Aunque el paso de lo apasionante a lo aterrorizante…
Frente a todo lo que hemos hablado, ¿cómo vislumbra el México de 2024?
No lo sé. Ni siquiera vislumbro lo que será México de aquí a seis meses. Pero si el Estado cede ante los grupos criminales y decide combatirlos sólo con propaganda o manipulando las cifras de los muertos, si claudica por incapacidad y por conveniencia, ese sería mi único temor, mi única pesadilla ante la Cuarta Transformación. Pero si, por el contrario, casi milagrosamente o por una inteligencia estratégica maravillosa, el gobierno de López Obrador le da la vuelta clara e incontrovertiblemente al tema de la inseguridad, yo que no voté por ellos en el 2018, seré el primero en hacerlo en 2024.
¿Algo que agregar, algún colofón?
Yo creo que quienes encabezan este gobierno, cuando menos en el arranque (porque así han sido, porque así es su genética, porque así se han movido en la transición), en las formas tratarán de ser suaves, pero en los hechos van a ser implacables y ante la verdadera oposición vendrá el linchamiento. No la cárcel, no la muerte: el linchamiento. Mediático, en las calles, en las plazas, en las redes, en donde se pueda. Es su ADN. Y quien se les ponga enfrente y no quiera quitarse, va a correr ese riesgo: el del linchamiento.
(Entrevista que hice para la edición en español de Los Angeles Times y que salió publicada este sábado 1 de diciembre)
lunes, 3 de diciembre de 2018
Mi entrevista a Rafael Pérez Gay para Los Angeles Times
Ciudad de México. Nos citamos en un restaurante bar de la colonia Condesa, su colonia, el barrio de toda su vida. Sospecho que es el mismo restaurante bar donde su muy cercano Gil Gamés suele reunirse con los amigos para convivir y brindar con el inseparable vaso de Glenfiddich 15 en la mano.
Pero es mediodía y Rafael Pérez Gay (no Gil Gamés) pide una Coca light con hielos, mientras conversamos acerca de un asunto que le es ingente: el arribo a nuestro país de la Cuarta Transformación.
Pongo a funcionar la grabadora, abro la libreta en la que traigo anotadas las preguntas que quiero hacerle, pero el autor de libros como El cerebro de mi hermano, Arde, memoria y Perseguir la noche, así como de la columna semanal “Prácticas indecibles” en Milenio Diario, además de conductor de la serie literaria de televisión La otra aventura, de ADN 40, y director de la editorial Cal y Arena, me ataja antes de que pueda lanzarle la primera interrogante:
“Podemos empezar por un asunto que a mí me parece que define en estos días el clima político mexicano. Me refiero a la celeridad, casi la ansiedad del presidente electo y su equipo de transición, por tomar decisiones, por realizar proyectos rápidamente, como si no hubiese mañana. Esta celeridad ha llevado al presidente electo a cometer serios y notables errores y contradicciones, al grado de que prácticamente donde aparece un proyecto, donde aparece una decisión, aparece, pegado, un conflicto. Desde luego, está lo del aeropuerto. Tenemos novedades: leí completo el informe de MITRE. Es demoledor. Porque se encarga de demostrar, ya que se trata de una autoridad en materia de navegación aeronáutica, que Santa Lucía es inviable. Y dice una cosa que suena obvia, pero que es una verdad de cien kilos: ‘Los aeropuertos no se planean de abajo para arriba, se planean de arriba para abajo’ y lo que van a ocasionar en el espacio aéreo es un embotellamiento terrible, con los riesgos que eso supone”.
Lo del aeropuerto es un caso, pero está también lo de la Guardia Nacional o lo de anular la reforma educativa.
Lo de la Guardia Nacional parece ser, una vez más, una decisión apresurada, prácticamente tomada sobre las rodillas. No soy el único que sabe o ha oído que realmente cambiaron el Plan de Seguridad y el plan de la Guardia Nacional sobre la marcha. El gran perdedor de esto fue Alfonso Durazo: perdió el presupuesto, perdió poder y todo se le trasladó a los militares. En materia de educación, como dijo el diputado Mario Delgado, no dejarán “coma sobre coma” y desaparecerán el Instituto Nacional de Evaluación Educativa. El conflicto que viene en educación va a ser serio. Juan Díaz ha dejado la dirigencia del SNTE y Elba Esther Gordillo parece decidida a retomarla. Por otro lado está la CNTE que va a jugar, como siempre, un papel inexplicable e ilógico. No me extrañaría que muy pronto estuvieran en contra del presidente electo respecto a algunos de sus proyectos.
Andrés Manuel López Obrador ha dicho recientemente que no va a perseguir a los corruptos del pasado y que es mejor mirar hacia adelante.
Sí, dijo que sería una especie de ley de punto final. Pero un día después declaró que en marzo hará una consulta para preguntarle al pueblo si quiere que investigue a los ex presidentes. Con esto y con lo que te comenté anteriormente, quiero ilustrar que la celeridad no es buena consejera política, la ansiedad por resolverlo todo a cada momento puede conducir a esta clase de contradicciones. Otro punto muy importante ocurrió hace unos días: la rebelión de los diputados panistas y la postura del gobernador electo de Jalisco, Enrique Alfaro. Este es el primer momento serio de una oposición real al nuevo gobierno. Luego vino el comunicado de los gobernadores que afirma claramente: “Nosotros no somos invitados, nosotros fuimos elegidos democráticamente”. Dice Alfaro con toda claridad, en un comunicado que me parece inteligente y valiente, que “la idea de los superdelegados atenta contra el pacto federal y atenta contra la democracia. Nosotros en Jalisco no vamos a perdonar a los corruptos, los vamos a meter a la cárcel”. Me parece sano y me parece una buena noticia, porque la concentración de poder que tiene López Obrador nos va a devolver a un hiperpresidencialismo muy serio. Por eso este principio de oposición es bueno, sobre todo si pensamos en los desechos en que se convirtieron los partidos políticos. De modo que este frente de gobernadores me parece bien.
¿Cuál es entonces el papel de los partidos, en especial del PRI y el PAN?
Los partidos tienen que cerrar filas para que en las elecciones intermedias de 2021, aunque no vayan a vencer a Morena, sí ganen algunos diputados. Así entonces, yo digo: tenemos a un presidente electo hiperactivo que ha mandado claras señales de que él es el que manda y que se va a hacer lo que él dice; tenemos a un Congreso que va aprobando y aprobando leyes todos los días, porque quieren hacer cambios muy grandes y probablemente lo van a lograr. Lo único que yo pienso y que me gustaría transmitir a quienes lean esta entrevista, es que no estoy de acuerdo en que todo esté mal y que todo haya que cambiarlo. Ese principio puede conducir al fracaso político. Cierto, la aprobación de López Obrador está en un 75 por ciento, es altísima, pero no hemos empezado todavía y ya ha habido mucho movimiento. Muchos pusieron sus esperanzas en él, pero hay un segmento –que no es el voto duro de López Obrador– que se está preguntando si lo que está pasando está bien. Porque otra característica del presidente electo es que es impredecible y eso ocasiona nerviosismo, no sólo en los mercados, no sólo en las finanzas, sino nerviosismo político. Hay quienes dicen: veamos sus acciones y no sus dichos y yo respondo: sí, pero las palabras y los hechos van juntos y la palabra del presidente de la república, de cualquier presidente, es una palabra muy seria, muy dura, a la cual hay que atender siempre. Por ejemplo, el presidente electo dice que muchos empresarios con camajanes (camaján quiere decir holgazán, perezoso, un hombre que vive de otros, un parásito). Luego se da cuenta de que ha cometido un error y entonces hace un concejo empresarial para que esté cerca de él. Esas señales son impredecibles, contradictorias, desprendidas en buena medida del exceso de protagonismo del presidente. El presidente debe hablar y todos sabemos muy bien que ese es el estilo de Andrés Manuel López Obrador, pero el hiperactivismo lo conduce a meterse en serios problemas y a partir del 1 de diciembre, su protagonismo se convertirá en algo que puede ser un adversario serio del presidente. Todos los días se va a encargar de la seguridad, todos los días va a estar mandando mensajes por las “benditas” redes sociales; de modo que no creo que sea buena noticia que tenga al país en vilo todos los días y que sus señales sean contradictorias. Tiene una gran concentración de poder, tiene a la Cámara de Diputados, tiene al Senado y tiene un plan territorial muy serio para que Morena se adueñe de la república y que sea un proyecto que no dure seis años, sino 12 o 18. No me refiero a que él se reelija, me refiero a su proyecto de Nación, un proyecto que en muchos sentidos es muy dudoso y peligroso.
¿Qué opina del caso del Fondo de Cultura Económica y la famosa Ley Taibo?
Respecto a Paco Ignacio Taibo II, me parece un absurdo legal que un mexicano que no nació en México no pueda dirigir al Fondo. Taibo es más mexicano que la tortilla. Sin embargo, ahí también hubo celeridad. Creo que quienes somos críticos de Morena y de López Obrador tenemos que esperar a ver qué acciones se cometen, antes de inventar. Por eso he tenido cuidado al opinar de este caso. Indudablemente, Taibo es un hombre de libros, ha hecho mucho por el libro, pero hay un primer momento en el que vuelvo a notar la celeridad. Ya dice que quiere fusionar al FCE con Educal y con la Dirección General de Publicaciones, cuando estas dependen de la Secretaría de Cultura. Hay que esperar un poco, hay que analizar si eso es posible, cuánto cuesta. Comparten todos una celeridad tremenda, una rapidez de vértigo. La velocidad es buena cuando sabes a dónde vas, pero si todavía no lo sabes, yo iría con un poco más de calma. El presidente López Obrador es un hombre de acción política muy serio, pero a veces a esa acción política le conviene un momento de reflexión, un momento de análisis. Eso me parece fundamental.
¿Cree que a partir de diciembre la libertad de expresión en general y la libertad de prensa en particular estarán en riesgo?
Dice el presidente electo que él va a replicar a las críticas, que tiene derecho a contestar cuando tenga que contestar. Tiene razón, está en su derecho, pero el presidente tiene el poder, el dinero, el Congreso, el equipo para hacer lo que quiera. ¿Además de eso quiere replicarle a un simple periodista que lo critique? Me parece excesivo. Y está la tentación de siempre: la tentación autoritaria que es de la que nos tenemos que proteger.
¿Cuáles son entonces los contrapesos frente a un gobierno que concentrará tan inusitado poder?
Me parece que los comentaristas, los medios, las universidades deben tener presentes algunos puntos a los que yo llamo los irreductibles: cuidar la división de poderes, cuidar los institutos autónomos, vigilar la constitucionalidad de los actos del presidente, ver que existan transparencia y rendición de cuentas, ver que haya derechos universales y no clientelismo, cuidar a toda costa la libertad de expresión y nunca quitar el énfasis en la equidad social. Estos irreductibles son fundamentales para que no empiecen a descomponerse la vida política, la vida social, la vida en libertad del país y para que no comencemos a movernos hacia un hiperpresidencialismo autoritario en el que no se mueve una hoja del árbol político si el presidente no está de acuerdo.
Para finalizar, ¿cómo vislumbra al México del 2024?
Por primera vez tengo muchas dudas. Yo quisiera que a México le fuera bien. Que la desigualdad disminuyera considerablemente. Que hubiera menos pobres. Que pudiéramos crecer al 4 por ciento. Me gustaría que hubiera una clase media más próspera. Que el consumo fuera mayor. Pero yo no sé si esto va a ser posible con el plan de gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Todo lo que hemos charlado en esta entrevista apunta más bien hacia un país enconado, ese país enconado al que nos lleva la polarización, un país con muchos problemas, con muchos pleitos. Vendrá sin duda un pleito con los sindicatos. Vendrá un pleito con un sector de la empresa privada mexicana. Vendrán uno o varios pleitos con la prensa y algunos medios de comunicación. Eso es lo que vislumbro, porque eso es lo que es el encono y ser impredecible te lleva a ese temor de no saber cómo va a estar México en el año 2024. Espero que bien, es mi deseo, pero a los deseos se les atraviesa siempre esa cosa horrible que llamamos realidad.
(Entrevista que me publicó el pasado 1 de diciembre el diario californiano Los Angeles Times)
sábado, 24 de noviembre de 2018
Cámara húngara: ¿Quiénes son los conservadores?
Nos encontramos a una semana exacta de que Andrés Manuel López Obrador tome posesión formal como presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. Y digo formal porque el tabasqueño, de hecho y en los hechos, tomó posesión desde el 1 de julio pasado, sin que el gobierno de Enrique Peña Nieto metiera las manos.
¿Se trata de que al fin la opción progresista y de izquierda llegó al poder, después de tantos años de lucha? ¿Estamos a punto de ver en Palacio Nacional a un primer mandatario demócrata, abierto a la modernidad y heredero de la tradición de los hombres de la Reforma, como Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez y tantos otros integrantes del Partido Liberal del siglo XIX?
López Obrador ha insistido durante las últimas semanas en llamar a sus adversarios “los conservadores”, es decir, herederos de la ideología conservadora de los Lucas Alamán, Miguel Miramón, Tomas Mejía, Félix Zuloaga, etcétera. Recordemos que aquellos conservadores peleaban por un México centralista, en el que todo el poder estuviese concentrado en un gobierno fuerte y cerrado. Su pensamiento tenía un fuerte componente moralista, religioso y militarista. Eran los principales enemigos del federalismo. Y he aquí que aparece la paradoja.
Las propuestas de cambio que ha propuesto y está aplicando Morena, el partido que controla las cámaras de Diputados y Senadores, no van en absoluto en una dirección que nos recuerde los postulados del liberalismo decimonónico del que ese instituto político se siente heredero. Todo lo contrario. El poder en el obradorato tenderá a ser abiertamente centralista, con una idea religiosamente moralista de la convivencia social, con una fuerte presencia militar, con un control férreo de los medios estatales de comunicación y con una abierta tendencia a minar la autoderminación de los estados de la república y, con ello, a dinamitar el federalismo.
Ahí están los cambios legales que con inusitada prisa están realizando los legisladores morenistas, al más rancio estilo de lo que fue la aplanadora priista a lo largo de 70 años. Los llamados superdelegados, la Guardia Nacional, la concentración de poderes en el ejecutivo, la anunciada Constitución Moral, son tan sólo algunos ejemplos del conservadurismo político que podría conducirnos a largos años de autoritarismo y falta de libertades, muy destacadamente la libertad de expresión.
López Obrador suele aparecer públicamente con las figuras de Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas a sus espaldas. En aras de la congruencia, debería cambiarlas por las de Anastasio Bustamante, Porfirio Díaz y Manuel Ávila Camacho. Las de Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y José López Portillo resultarían demasiado obvias.
¿Se trata de que al fin la opción progresista y de izquierda llegó al poder, después de tantos años de lucha? ¿Estamos a punto de ver en Palacio Nacional a un primer mandatario demócrata, abierto a la modernidad y heredero de la tradición de los hombres de la Reforma, como Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez y tantos otros integrantes del Partido Liberal del siglo XIX?
López Obrador ha insistido durante las últimas semanas en llamar a sus adversarios “los conservadores”, es decir, herederos de la ideología conservadora de los Lucas Alamán, Miguel Miramón, Tomas Mejía, Félix Zuloaga, etcétera. Recordemos que aquellos conservadores peleaban por un México centralista, en el que todo el poder estuviese concentrado en un gobierno fuerte y cerrado. Su pensamiento tenía un fuerte componente moralista, religioso y militarista. Eran los principales enemigos del federalismo. Y he aquí que aparece la paradoja.
Las propuestas de cambio que ha propuesto y está aplicando Morena, el partido que controla las cámaras de Diputados y Senadores, no van en absoluto en una dirección que nos recuerde los postulados del liberalismo decimonónico del que ese instituto político se siente heredero. Todo lo contrario. El poder en el obradorato tenderá a ser abiertamente centralista, con una idea religiosamente moralista de la convivencia social, con una fuerte presencia militar, con un control férreo de los medios estatales de comunicación y con una abierta tendencia a minar la autoderminación de los estados de la república y, con ello, a dinamitar el federalismo.
Ahí están los cambios legales que con inusitada prisa están realizando los legisladores morenistas, al más rancio estilo de lo que fue la aplanadora priista a lo largo de 70 años. Los llamados superdelegados, la Guardia Nacional, la concentración de poderes en el ejecutivo, la anunciada Constitución Moral, son tan sólo algunos ejemplos del conservadurismo político que podría conducirnos a largos años de autoritarismo y falta de libertades, muy destacadamente la libertad de expresión.
López Obrador suele aparecer públicamente con las figuras de Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas a sus espaldas. En aras de la congruencia, debería cambiarlas por las de Anastasio Bustamante, Porfirio Díaz y Manuel Ávila Camacho. Las de Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y José López Portillo resultarían demasiado obvias.
martes, 20 de noviembre de 2018
Mi entrevista a Héctor Aguilar Camín para Los Angeles Times
Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) no necesita presentación. Se trata de uno de los intelectuales, historiadores y escritores más importantes de México. Director de la prestigiada revista Nexos, su columna “Día con día”, en Milenio Diario, es una de las más leídas del país. Autor de numerosos libros de ensayo y narrativos como Morir en el golfo, La guerra de Galio, Adiós a los padres, Un futuro para México o el más reciente, la novela Toda la vida, sus opiniones y sus visiones políticas son muy apreciadas, comentadas y discutidas. Con Aguilar Camín es la presente entrevista para Los Angeles Times, acerca del momento que está viviendo México en vísperas de la asunción del nuevo gobierno.
Ha pasado poco más de cuatro meses desde el día de las elecciones presidenciales y estamos en el último mes de este interregno previo al inicio del nuevo gobierno, ¿cuál es su visión de cuanto ha sucedido políticamente en este lapso tan lleno de acontecimientos políticos?
Creo que hemos visto a un gobierno electo con mucha prisa, con apresuramientos erráticos. Ningún presidente electo en México había tenido tanto control de los meses de su transición al poder, ninguno había ejercido tanto ese poder, desapareciendo de hecho al gobierno en funciones. Ninguno tampoco había tomado, antes de asumir la presidencia, decisiones tan serias y tan caras, como la de cancelar el nuevo aeropuerto. El poder anticipado del nuevo gobierno le ha traído costos anticipados también. Ha gastado parte de su luna de miel con el electorado, con la opinión pública y con los poderes reales, antes de que empiece formalmente su mandato.
Dado todo lo acontecido, desde la llamada consulta ciudadana para decidir la suerte del NAICM hasta las referencias directas del presidente electo a quienes lo critican en los medios, ¿cómo vislumbra al próximo gobierno en términos económicos, políticos y sociales?
Vislumbro un gobierno conflictivo, inclinado a la confrontación y a establecer duelos de poder con lo que se le opone. Pero me niego a hacer profecías. Lo sensato, creo, es ir midiendo día con día los pasos que da el nuevo gobierno, porque todavía no ha empezado, aunque nos dé la impresión de que empezó hace mucho tiempo. La prisa y las decisiones apresuradas son veneno para los gobiernos. El gobierno electo de México tiene demasiada prisa y de pronto se instala entre sus miembros una especie de competencia política por ver quién gana los titulares de la prensa o quién parece más activo, con la mejor agenda. El cuadro empieza a ser de descoordinación y contradicciones internas, fisuras que anuncian fracturas.
¿Cuál es su opinión en particular sobre el tema del aeropuerto, incluso más allá de la decisión de suspender las obras en Texcoco a partir del 1 de diciembre? ¿Cuáles pueden ser las implicaciones y las consecuencias a corto, mediano y largo plazos de esta determinación?
No recuerdo haber visto o haber leído en tiempo real algo parecido a la conferencia de prensa del día en que López Obrador anunció la cancelación del aeropuerto. Es la destrucción de valor más impresionante que he visto cumplirse en el tiempo de una conferencia de prensa. Las implicaciones son más caras aún que la anulación de esa inversión de 13 mil millones de dólares. Puso a los mercados en alerta roja. Algo parecido sucedió con el anuncio de que se cancelarían las comisiones bancarias. Las consecuencias reales de las primeras decisiones del nuevo gobierno, o del anuncio de sus propósitos, han destruido más que generado valor económico. Han sido malas para la economía. Han calentado de más a los mercados, a las casas calificadoras y a los inversionistas que están nerviosos, desconfiados, inciertos. Y por lo mismo, muy atentos y muy exigentes. No es la mejor manera de empezar un gobierno.
Hay temas como la reforma energética, la educativa, la de telecomunicaciones que podrían ser también sujetas a la llamada consulta popular. ¿Qué piensa acerca de esta posibilidad?
Si eso sucede en términos parecidos a la consulta sobre el aeropuerto, sólo acabará de destruir la confianza de los inversionistas nacionales y extranjeros Me preocupa un gobierno que toma decisiones costosas sin consultar realmente a los ciudadanos y a los afectados. También me preocupa la posibilidad de un gobierno que hace consultas a modo para justificar decisiones previamente tomadas, como me parece que fue la del aeropuerto. Hay que reglamentar las consultas y ejercerlas con inteligencia, para lo realmente necesario, cuando hay dudas genuinas sobre lo que quiere la gente, no para legitimar lo que quiere de antemano el gobierno. Han anunciado que corregirán esto reglamentando con transparencia las consultas. Ojalá.
Algunas calificadoras han mencionado la posibilidad de que las consultas sean usadas por el próximo presidente de la república no sólo para refrendar su mandato en 2021, sino incluso para buscar la reelección en 2024, un tema históricamente muy delicado para México. ¿Cree que pueda darse esta situación?
No lo sé. Me he propuesto no hacer profecías sino reaccionar paso a paso a las decisiones del nuevo gobierno. Sin hacer profecías, lo que sé, hoy por hoy, es que la sola idea de la reelección de un presidente es tabú en la cultura política mexicana.
Otro tema preocupante es el de la libertad de expresión. Como candidato primero y como presidente electo ahora, Andrés Manuel López Obrador ha dado muestras de poco tolerancia hacia la crítica, a la que ha descalificado no tanto con argumentos como con epítetos y adjetivos despectivos. ¿Cuál podría ser la suerte de la prensa y la opinión crítica una vez que AMLO se convierta en presidente constitucional?
Esto dependerá de la actitud del presidente y de la actitud de los medios. Si el presidente decide reprimir la libertad de expresión de los medios, podrá acallar a muchos. Pero si los medios resisten la presión del presidente, sufrirán el paso por el desierto, aunque los sobrevivientes habrán dado a luz una prensa más libre, más independiente y más efectivamente crítica de la que tenemos. Lo que ha dicho el presidente electo a ese respecto, es interesante. Dice que habrá cero censura, total libertad, pero que se reserva el derecho de réplica, porque el proceso debe ser de ida y vuelta: libertad de los medios para la crítica, pero derecho de réplica para el presidente. No me parece un mal trato, con esta salvedad: las réplicas del presidente electo suelen ser descalificaciones, más que argumentos. Debate poco y descalifica mucho. Hace también muchos juicios de intención, sugiriendo, con frecuencia, que hay un fondo de corrupción o interés ilegítimo en las críticas que recibe. Ese estilo de réplica no alimenta ni enriquece el debate, lo encona y al final lo inhibe, porque es un intercambio entre desiguales y el presidente tiene muchos seguidores en los medios y en las redes que imitan o reproducen su tono. Si el tono es de descalificación, lo que tendremos es lo que tenemos: no un debate abierto, sino una mayor polarización.
En términos de equilibrio político, ¿qué tan benéfico o perjudicial resulta para el país que las dos cámaras legislativas estén dominadas por el ahora partido oficial, Morena?
Unas mayorías tan contundentes como las que los electores le dieron a Morena no le hacen bien a los equilibrios democráticos. Tampoco estaban bien para la democracia las mayorías frágiles de los últimos años. Pasamos de la fragilidad a la contundencia, de la fragmentación a las mayorías absolutas. Hay algo desmesurado en la voluntad de los votantes mexicanos, pasan de lo sublime a lo ridículo, de la fragmentación democrática al “absolutismo democrático”. Digo esto último con comillas porque es una expresión exagerada, pero no encuentro otra que se aproxime a lo que quiero decir: una hegemonía democrática abrumadora, sin contrapesos.
Por último: ¿cómo vislumbra al México del año 2024, cuando constitucionalmente termine el mandato de López Obrador? ¿En qué condiciones se encontrará el país?
No hago profecías. Estamos entrando en un terreno inédito de hegemonía política. No me gustan sus síntomas, pero no quiero predecir las enfermedades.
(Entrevista que me publicó el día de hoy el sitio de la versión en español del diario estadounidense Los Angeles Times)
sábado, 6 de octubre de 2018
Cámara húngara: El 68 en los tiempos de Morena
Dice Enrique Krauze, en un artículo publicado por el New York Times esta semana, que “quizá la mayor contribución del 68 fue a favor de la libertad de expresión”. Ese y otros logros democráticos le son atribuidos al movimiento estudiantil de hace 50 años, incluidos la democracia electoral y conquistas como los matrimonios entre personas del mismo sexo, la despenalización del aborto, etcétera.
Aunque no queda del todo claro si tales logros son o no fruto de lo que se sembró en 1968, el mito lo dicta de ese modo y muchos lo creen religiosamente. Pero así como hay creyentes sinceros y sobrevivientes honestos y consecuentes de aquel movimiento, también hay quienes se aprovechan del propio mito para sacar raja del mismo. Gente que no sólo no participó en esas luchas, sino que pertenecía al bando contrario y que hoy se monta en la memoria del 68, aprovechando la desmemoria voluntaria o involuntaria de sus feligreses.
Andrés Manuel López Obrador fue el orador principal en un mitin multitudinario, celebrado hace unos días en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, y ahí se ostentó como heredero del movimiento estudiantil, sin que alguien se molestara en señalar que el partido al cual se afilió en 1976 fue el PRI. Se dirá que ya habían pasado ocho años de la matanza de Tlatelolco, pero en 1976 había opciones de izquierda como el Partido Mexicano de los Trabajadores que presidía el ingeniero Heberto Castillo o el propio Partido Comunista Mexicano de Valentín Campa. Sin embargo, el hoy presidente electo de México prefirió al PRI de Luis Echeverría (heredero directo de Gustavo Díaz Ordaz) y de José López Portillo (su continuador).
En fin, cuestiones de congruencia y de honestidad ideológica e intelectual, honestidad que tampoco existió en quienes se ostentan como “representantes históricos” del 68 y que al develar esta semana una placa en San Lázaro, recordaron a personajes como el rector Javier Barros Sierra, Roberta Avendaño, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, Roberto Escudero, Leobardo López, Eduardo Valle, Raúl Álvarez Garín, José Revueltas, Heberto Castillo, Fausto Trejo y Eli de Gortari, entre un total de 35 hoy ausentes. No obstante, como señalara Carlos Marín el jueves pasado, en su columna “El asalto a la razón” de Milenio Diario: “Hubo las deliberadas omisiones de líderes tan resplandecientes como Luis González de Alba y Marcelino Perelló, críticos del victimismo de los promotores de las marchas conmemorativas y de los colados tardíos que (...) enarbolan banderas ajenas y hasta opuestas al espíritu vivificante y democrático del movimiento estudiantil”.
La falsedad, la incongruencia, el sectarismo y la manipulación del 68 en tiempos de Morena.
Aunque no queda del todo claro si tales logros son o no fruto de lo que se sembró en 1968, el mito lo dicta de ese modo y muchos lo creen religiosamente. Pero así como hay creyentes sinceros y sobrevivientes honestos y consecuentes de aquel movimiento, también hay quienes se aprovechan del propio mito para sacar raja del mismo. Gente que no sólo no participó en esas luchas, sino que pertenecía al bando contrario y que hoy se monta en la memoria del 68, aprovechando la desmemoria voluntaria o involuntaria de sus feligreses.
Andrés Manuel López Obrador fue el orador principal en un mitin multitudinario, celebrado hace unos días en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, y ahí se ostentó como heredero del movimiento estudiantil, sin que alguien se molestara en señalar que el partido al cual se afilió en 1976 fue el PRI. Se dirá que ya habían pasado ocho años de la matanza de Tlatelolco, pero en 1976 había opciones de izquierda como el Partido Mexicano de los Trabajadores que presidía el ingeniero Heberto Castillo o el propio Partido Comunista Mexicano de Valentín Campa. Sin embargo, el hoy presidente electo de México prefirió al PRI de Luis Echeverría (heredero directo de Gustavo Díaz Ordaz) y de José López Portillo (su continuador).
En fin, cuestiones de congruencia y de honestidad ideológica e intelectual, honestidad que tampoco existió en quienes se ostentan como “representantes históricos” del 68 y que al develar esta semana una placa en San Lázaro, recordaron a personajes como el rector Javier Barros Sierra, Roberta Avendaño, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, Roberto Escudero, Leobardo López, Eduardo Valle, Raúl Álvarez Garín, José Revueltas, Heberto Castillo, Fausto Trejo y Eli de Gortari, entre un total de 35 hoy ausentes. No obstante, como señalara Carlos Marín el jueves pasado, en su columna “El asalto a la razón” de Milenio Diario: “Hubo las deliberadas omisiones de líderes tan resplandecientes como Luis González de Alba y Marcelino Perelló, críticos del victimismo de los promotores de las marchas conmemorativas y de los colados tardíos que (...) enarbolan banderas ajenas y hasta opuestas al espíritu vivificante y democrático del movimiento estudiantil”.
La falsedad, la incongruencia, el sectarismo y la manipulación del 68 en tiempos de Morena.
sábado, 25 de agosto de 2018
Loca academia de marxistas
Cuando en plena campaña electoral el candidato presidencial de la coalición Juntos Haremos Historia, Andrés Manuel López Obrador, dio a conocer al que sería su gabinete, a muchos nos extrañó no ver entre los futuros secretarios de Estado a sus más aguerridos y apasionados correligionarios, aquellos que se batieron en las benditas redes sociales y en los malditos medios electrónicos para defender a su líder y atacar con fiereza a sus adversarios.
Aquellos morenistas que soportaron con estoicismo que se les tildara de fanáticos, chairos y pejezombies no vieron coronadas su lealtad canina y su fidelidad a toda prueba y quedaron fuera del reparto de secretarías y otros organismos de gobierno, los cuales fueron a dar a manos de personajes más moderados e incluso ajenos al Movimiento de Regeneración Nacional.
Esta semana, sin embargo, parece que se desfizo el entuerto, al surgir como de la nada algo que se llamará Instituto Nacional de Formación Política de Morena (¿INFoPoMo?), en el que estarán todos aquellos leales que no habían aparecido en la foto. De esa manera, el sector más radical del partido fundará, 400 millones de pesos mediante, una nueva versión de aquel Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales, el famoso Iepes, tan caro al echeverrismo setentero. Con ello, personajes tan rábidos en su obradorismo como Rafael Barajas (El Fisgón), Paco Ignacio Taibo II, John Ackerman, y Pedro Miguel, of all names, quedarán dentro del presupuesto y lejos del error.
Según entiendo, la idea es crear una especie de escuela para la capacitación de cuadros que abarcaría todo el territorio nacional, aunque no queda claro en qué se les capacitará. ¿Resultará algo tan intrascendente como lo fue el Iepes? ¿Se buscará formar el equivalente mexicano de las juventudes bolivarianas? ¿Será una especie de loca academia de marxistoides tipo Filosofía y Letras o Ciencias Políticas de la UNAM? Qui sait!
Ojalá, si es que se trata de una onda marxista, al menos sea más de la tendencia Groucho que de la tendencia Karl. Muchos fans de los hermanos Marx lo agradeceríamos.
(Mi columna "Cámara húngara" de hoy y última que se publica en Milenio Diario)
Aquellos morenistas que soportaron con estoicismo que se les tildara de fanáticos, chairos y pejezombies no vieron coronadas su lealtad canina y su fidelidad a toda prueba y quedaron fuera del reparto de secretarías y otros organismos de gobierno, los cuales fueron a dar a manos de personajes más moderados e incluso ajenos al Movimiento de Regeneración Nacional.
Esta semana, sin embargo, parece que se desfizo el entuerto, al surgir como de la nada algo que se llamará Instituto Nacional de Formación Política de Morena (¿INFoPoMo?), en el que estarán todos aquellos leales que no habían aparecido en la foto. De esa manera, el sector más radical del partido fundará, 400 millones de pesos mediante, una nueva versión de aquel Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales, el famoso Iepes, tan caro al echeverrismo setentero. Con ello, personajes tan rábidos en su obradorismo como Rafael Barajas (El Fisgón), Paco Ignacio Taibo II, John Ackerman, y Pedro Miguel, of all names, quedarán dentro del presupuesto y lejos del error.
Según entiendo, la idea es crear una especie de escuela para la capacitación de cuadros que abarcaría todo el territorio nacional, aunque no queda claro en qué se les capacitará. ¿Resultará algo tan intrascendente como lo fue el Iepes? ¿Se buscará formar el equivalente mexicano de las juventudes bolivarianas? ¿Será una especie de loca academia de marxistoides tipo Filosofía y Letras o Ciencias Políticas de la UNAM? Qui sait!
Ojalá, si es que se trata de una onda marxista, al menos sea más de la tendencia Groucho que de la tendencia Karl. Muchos fans de los hermanos Marx lo agradeceríamos.
(Mi columna "Cámara húngara" de hoy y última que se publica en Milenio Diario)
sábado, 21 de julio de 2018
Descentralizar la burocracia, centralizar el poder
Lucas Alamán se sentiría feliz. Es más, seguramente se afiliaría a Morena, la versión actual del partido de los conservadores mexicanos del siglo XIX por sus afanes centralistas, contrarios al federalismo que preconizaban los liberales encabezados por Benito Juárez.
Porque eso y no otra cosa es la propuesta del virtual presidente, Andrés Manuel López Obrador, para acabar con las delegaciones estatales por secretaría de Estado y nombrar a un súper delegado de todas sus confianzas, a fin de que funja como virtual representante del gobierno central, con poderes casi omnímodos, lo que pondrá al gobernador de cada entidad en franco predicamento. Ese híper delegado será en los hechos el hombre (o la mujer) fuerte de AMLO en cada estado, lo que se puede traducir en un control férreo que anularía en los hechos el famoso pacto federal y lo reduciría a dimensiones porfirianas. El sueño de los conservadores decimonónicos vuelto realidad.
Por otro lado y en sentido contrario, el gobierno obradorista se propone cumplir una vieja propuesta de la izquierda mexicana: la de la descentralización de las secretarías, sacándolas de la Ciudad de México y enviándolas a diferentes partes de la república.
Esto suena muy bonito, pues en teoría despoblaría un poco a la gran capital del país y traería beneficios a las ciudades que recibieran a los diversos ministerios. Sin embargo, en la cruda realidad significa movilizar y mudar a decenas de miles de burócratas y sus familias (no a los de confianza, quienes serán echados de sus trabajos a partir del 1 de diciembre) a lugares que podrían no ser de su agrado, con otros climas y otros estilos de vida, además de sufrir el posible rechazo de los habitantes de esas poblaciones.
Es una apuesta muy riesgosa y que no se ve apoyada en estudios serios (al menos no han sido dados a conocer), sino en un mero voluntarismo que al parecer busca ahorrar dinero para destinarlo a programas sociales.
Lo dicho: Lucas Alamán estaría feliz, pero miles de trabajadores del Estado no creo que lo estén tanto.
(Mi columna "Cámara húngara" de hoy en Milenio Diario)
Porque eso y no otra cosa es la propuesta del virtual presidente, Andrés Manuel López Obrador, para acabar con las delegaciones estatales por secretaría de Estado y nombrar a un súper delegado de todas sus confianzas, a fin de que funja como virtual representante del gobierno central, con poderes casi omnímodos, lo que pondrá al gobernador de cada entidad en franco predicamento. Ese híper delegado será en los hechos el hombre (o la mujer) fuerte de AMLO en cada estado, lo que se puede traducir en un control férreo que anularía en los hechos el famoso pacto federal y lo reduciría a dimensiones porfirianas. El sueño de los conservadores decimonónicos vuelto realidad.
Por otro lado y en sentido contrario, el gobierno obradorista se propone cumplir una vieja propuesta de la izquierda mexicana: la de la descentralización de las secretarías, sacándolas de la Ciudad de México y enviándolas a diferentes partes de la república.
Esto suena muy bonito, pues en teoría despoblaría un poco a la gran capital del país y traería beneficios a las ciudades que recibieran a los diversos ministerios. Sin embargo, en la cruda realidad significa movilizar y mudar a decenas de miles de burócratas y sus familias (no a los de confianza, quienes serán echados de sus trabajos a partir del 1 de diciembre) a lugares que podrían no ser de su agrado, con otros climas y otros estilos de vida, además de sufrir el posible rechazo de los habitantes de esas poblaciones.
Es una apuesta muy riesgosa y que no se ve apoyada en estudios serios (al menos no han sido dados a conocer), sino en un mero voluntarismo que al parecer busca ahorrar dinero para destinarlo a programas sociales.
Lo dicho: Lucas Alamán estaría feliz, pero miles de trabajadores del Estado no creo que lo estén tanto.
(Mi columna "Cámara húngara" de hoy en Milenio Diario)
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