Luego de algún tiempo de no vernos, hoy comimos juntos en un restaurante bastante carito de San Ángel. Fue un gusto vernos y ponernos al día. Varios cambios en su vida. Luego de comer, dimos un paseíto muy agradable por el jardín de San Jacinto y otros rincones hermosos del antiguo pueblo. Llegamos hasta un local de artesanías que está en el mismo lugar en donde, cuando yo era niño, había una tienda de mascotas ("la tienda de animales", le decíamos mis hermanos y yo). Me fascinaba que mis papás nos llevaran a ver los perritos, gatitos, las aves y algunos animales más o menos exóticos que ahí se vendían. Hoy, como dije, venden artesanía fina a precios exorbitantes. Tienen por cierto un cocodrilo de madera gigante, casi tamaño natural, de una belleza fantástica. Pregunte el precio: ¡200 mil pesos! Qué locura.
Pero me encantó ver a Pau.
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viernes, 29 de noviembre de 2019
domingo, 25 de septiembre de 2016
Domingo en Coyoacán
Un domingo hermoso, plácido, con visita a los Viveros de Coyoacán para comprar unas plantas que adornarán mi balcón siempre vacío y aburrido, para darle color y vida. La idea, por supuesto, no fue mía sino de Paulina, con quien emprendí este paseo hermoso por los ámbitos coyoacaneros, incluida una comida deliciosa (en todos sentidos) en el café Ruta de la Seda, a un lado del parque Santa Catarina (ver foto). Uno de esos domingos inolvidables, lleno de buenos momentos y de un par de muy simpáticas anécdotas. Todo perfecto.
jueves, 24 de marzo de 2016
Librerías de viejo
Tienen un halo fascinante, en especial las más tradicionales, es decir, aquellas que están en la antigua calle de Donceles, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México. Hacía muchos años que no incursionaba por ahí y hoy se dio la oportunidad, acompañado por mi mejor amiga (la mujer misteriosa). Nos vimos enfrente del Café de Tacuba y de ahí visitamos un par de librerías que no nos convencieron (una era muy cara y tenía poco que ofrecer, en la otra el ambiente se sentía asfixiante por la cantidad de polvo que se respiraba), hasta que entramos a una llamada "El laberinto" que, en efecto, es laberíntica y llena de libros viejos. Exploramos un buen rato y vi volúmenes fascinantes. Como no llevaba mucho dinero, me decidí por dos libros que no tenía de René Avilés Fabila: Recordanzas y Memorias de un comunista. Me quedé con ganas de sus novelas El gran solitario de palacio y Los juegos que ahí estaban, pero ya no me alcanzaba. Igual regreso un día de estos por ellos.
Al salir, las calles estaban inundadas de gente, sobre todo turistas de fuera del DF que aprovecharon Semana Santa para venir. Buscamos dónde comer y todo estaba repleto. Terminamos en el Sanborns que está detrás de Bellas Artes. La comida, bastante regularcita. Nos la pudimos ahorrar. Me despedí de mi amiga misteriosa y cada quién tomó por su lado en el Metro. Regresé a ver el partido en que México venció fácilmente a Canadá, en Vancouver, al son de tres goles a cero.
Al salir, las calles estaban inundadas de gente, sobre todo turistas de fuera del DF que aprovecharon Semana Santa para venir. Buscamos dónde comer y todo estaba repleto. Terminamos en el Sanborns que está detrás de Bellas Artes. La comida, bastante regularcita. Nos la pudimos ahorrar. Me despedí de mi amiga misteriosa y cada quién tomó por su lado en el Metro. Regresé a ver el partido en que México venció fácilmente a Canadá, en Vancouver, al son de tres goles a cero.
jueves, 9 de julio de 2015
De paseo al aeropuerto
Estoy leyendo El cerebro de mi hermano, la dura pero a la vez amena novela corta de Rafael Pérez Gay, en la que cuenta los últimos días de su hermano José María y su relación con el mismo. Ya cuando la termine haré aquí la reseña. Si la menciono ahora es porque en un pasaje de la misma, Rafael refiere que cuando era niño, sus papás lo llevaban de paseo al aeropuerto de la ciudad, para ver la llegada y salida de los aviones.
Yo también disfruté de esa diversión cuando tenía ocho o nueve años y, en efecto, mis papás también nos llevaban en el carro, a mí y a mis hermanos Myrna y Jorge, desde Tlalpan hasta las rejas del aeropuerto que daban a una avenida desde la que se podían ver sin problemas las pistas de la central aérea. Ahí nos pasábamos las horas, felices de la vida. Sergio ya estaba grande para eso, pero igual llegó a ir con nosotros. Ivette no había nacido todavía. Hablo de mediados de los años sesenta y gracias a la novela de Pérez Gay recordé aquellos felices y emocionantes momentos que quizás hoy parezcan demasiado simples, pero que en aquellos días constituían un entretenimiento fabuloso y además gratuito. Ver los despegues de las aeronaves o el momento en que descendían y aterrizaban era en verdad muy padre. "¡Mira, allá viene uno!", gritábamos desde que veíamos un punto en el cielo, el cual se iba haciendo cada vez más grande hasta tomar forma de avión y llegar a las pistas. Era genial.
Tengo la idea de que ya por ese entonces estaba el avión-restaurante, de lo que no me acuerdo es de si alguna vez llegamos a entrar.
Lindos recuerdos de infancia.
Yo también disfruté de esa diversión cuando tenía ocho o nueve años y, en efecto, mis papás también nos llevaban en el carro, a mí y a mis hermanos Myrna y Jorge, desde Tlalpan hasta las rejas del aeropuerto que daban a una avenida desde la que se podían ver sin problemas las pistas de la central aérea. Ahí nos pasábamos las horas, felices de la vida. Sergio ya estaba grande para eso, pero igual llegó a ir con nosotros. Ivette no había nacido todavía. Hablo de mediados de los años sesenta y gracias a la novela de Pérez Gay recordé aquellos felices y emocionantes momentos que quizás hoy parezcan demasiado simples, pero que en aquellos días constituían un entretenimiento fabuloso y además gratuito. Ver los despegues de las aeronaves o el momento en que descendían y aterrizaban era en verdad muy padre. "¡Mira, allá viene uno!", gritábamos desde que veíamos un punto en el cielo, el cual se iba haciendo cada vez más grande hasta tomar forma de avión y llegar a las pistas. Era genial.
Tengo la idea de que ya por ese entonces estaba el avión-restaurante, de lo que no me acuerdo es de si alguna vez llegamos a entrar.
Lindos recuerdos de infancia.
viernes, 3 de octubre de 2014
Murales en el centro
M me convenció de salir de mi casa e ir con ella a pasear al centro histórico, cosa a la que accedí gustoso. Nos encontramos a mediodía frente a Catedral y de ahí nos fuimos a San Ildefonso, para ver "La creación", el primer mural que pintó Diego Rivera, en 192X, en el anfiteatro Simón Bolivar de lo que entonces era la Escuela Nacional Preparatoria. Es una maravilla ver de cerca esa obra y es una maravilla también el propio anfiteatro. Estuvimos ahí un buen rato y luego fuimos a tomar algo a la cafetería de la librería Porrúa, a media cuadra. El lugar es muy agradable y tiene una vista preciosa del Templo Mayor, el palacio de la Autonomía, la cúpula del ex convento de Santa Teresa la Antigua y un edificio construido por Manuel Tolsá y que alberga las instalaciones de Educal. También se ve parte de la Catedral, un costado del Palacio Nacional y una parte del Zócalo. Hermoso panorama.
Luego de un delicioso chocolate caliente y un cuernito, pasamos a conocer el edificio y los jardines del Colegio Nacional, sobre Donceles. Al salir, empezó a lloviznar tupido y nos metimos a otro edificio colonial, donde se encuentra el Museo de la Caricatura. Ahí me encontré con el buen caricaturista Román, quien nos consiguió que entráramos gratis y vimos el pequeño pero muy buen muestrario que incluye caricaturas desde la época de la Reforma hasta la actualidad. Fue emocionante ver trabajos de dibujantes que yo casi tenía olvidados, como Guerrero Edwards, Heras y otros.
Cruzamos la Plaza de la Constitución bajo la leve lluvia y llegamos a la sede de la Suprema Corte de Justicia, sobre Pino Suárez, a un costado de Palacio, para ver los murales de Nishisawa, Cauduro y otros muralistas. Muy impresionantes las pinturas y el inmenso inmueble. Ya por último, comimos en la cantina "Nuevo León", a un lado de la Corte. Muy sabroso y barato.
Fue un día muy agradable, al lado de mi queridísima M. Tomamos algunas fotos (como la que adorna este texto que tomé desde la SCJ). Ya quedamos de ir a más lugares juntos.
Regresé aquí como a las siete.
Luego de un delicioso chocolate caliente y un cuernito, pasamos a conocer el edificio y los jardines del Colegio Nacional, sobre Donceles. Al salir, empezó a lloviznar tupido y nos metimos a otro edificio colonial, donde se encuentra el Museo de la Caricatura. Ahí me encontré con el buen caricaturista Román, quien nos consiguió que entráramos gratis y vimos el pequeño pero muy buen muestrario que incluye caricaturas desde la época de la Reforma hasta la actualidad. Fue emocionante ver trabajos de dibujantes que yo casi tenía olvidados, como Guerrero Edwards, Heras y otros.
Cruzamos la Plaza de la Constitución bajo la leve lluvia y llegamos a la sede de la Suprema Corte de Justicia, sobre Pino Suárez, a un costado de Palacio, para ver los murales de Nishisawa, Cauduro y otros muralistas. Muy impresionantes las pinturas y el inmenso inmueble. Ya por último, comimos en la cantina "Nuevo León", a un lado de la Corte. Muy sabroso y barato.
Fue un día muy agradable, al lado de mi queridísima M. Tomamos algunas fotos (como la que adorna este texto que tomé desde la SCJ). Ya quedamos de ir a más lugares juntos.
Regresé aquí como a las siete.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Torreón, día 2
Tuve que levantarme temprano, luego de una noche bastante fría y con el agravante de que las camas sólo tenían una sábana y una cobija tan delgada... como una sábana. Como a las dos o tres de la madrugada debí tomar necesariamente la sábana y la cobija de la otra cama para calentarme un poco.
El desayuno fue con un cupón que me dieron en el hotel, para consumir el buffet "americano", aunque si pagaba cien pesos podía tomar el buffet digamos normal. Opté por el primero. Craso error: estuvo infame, en especial los huevos con jamón que parecían huevos con jabón. Caray, dos desayunos malos seguidos (si contamos el de ayer en el aeropuerto del DF).
A las doce pasó por mí Prometeo Murillo y nos fuimos a tomar un café al Sanborns que está frente al hotel. Platicamos muy sabrosamente durante cerca de dos horas. A las dos regresé a reposar al hotel y otra vez no comí. A las cuatro pasó Paco por mí y di la segunda parte del curso, con algunos alumnos nuevos a cambio de otros que faltaron. Ahora vimos lo que fueron las décadas de los setenta y los ochenta.
Al terminar, poco después de las siete, me fui con Martha, una de las alumnas e integrante del grupo de blues Deneb (la única agrupación bluesera de Torreón), a su casa, para ensayar. Resulta que desde hace más de una semana, me ofreció tocar al final del curso y tocar canciones mías que su banda ya se sabía. Genial, todo un honor. Nos fuimos en su camioneta y luego de unoa quince o veinte minutos arribamos a su hogar, donde ya nos esperaban su esposo, José (guitarra principal) y Jorge (batería). Marha y Jorge tienen tres lindas hijitas, la mayor de dieciséis años y quien hasta hace poco era la bajista del grupo, aunque renunció recientemente, je. Ni hablar: Martha se haría cargo del bajo y los coros y yo de la guitarra de acompañamiento y la voz principal (me prestaron una preciosa guitarra Ibañez).
El ensayo resultó magnífico, me sentí muy bien. Tenía temor de que por falta de práctica mi voz fallara o me lastimara la garganta, pero todo estuvo perfecto. Pusimos cuatro canciones: "Algo prohibido", "El blues del destino", "El tigre de la rifa" y "Me iré a casa temprano". Cos dos vueltas bastó para dejarlas listas. Les mostré "Solicito una mujer". Les encantó y decidimos que la tocara yo mañana. Bueno (¡gulp!).Al final, su hijita mayor nos tomó una foto (misma que aquí incluyo).
Amabilísimos como son, todavía me invitaron a cenar a un lugar llamado "Las alitas", donde todo estuvo muy sabroso (es como de comida texana). El lugar estaba lleno a pesar de la hora (como las diez de la noche). Lo digo porque me habían contado que por los problemas de inseguridad, en Torreón todo el mundo se recluía en sus casas apenas anochecía.
Ya como a las once y media me llevaron al hotel y llegué muy bien. Solicité un cobertor para que no me sucediera lo de anoche. Debo haberme dormido como a la una.
El desayuno fue con un cupón que me dieron en el hotel, para consumir el buffet "americano", aunque si pagaba cien pesos podía tomar el buffet digamos normal. Opté por el primero. Craso error: estuvo infame, en especial los huevos con jamón que parecían huevos con jabón. Caray, dos desayunos malos seguidos (si contamos el de ayer en el aeropuerto del DF).
A las doce pasó por mí Prometeo Murillo y nos fuimos a tomar un café al Sanborns que está frente al hotel. Platicamos muy sabrosamente durante cerca de dos horas. A las dos regresé a reposar al hotel y otra vez no comí. A las cuatro pasó Paco por mí y di la segunda parte del curso, con algunos alumnos nuevos a cambio de otros que faltaron. Ahora vimos lo que fueron las décadas de los setenta y los ochenta.
Al terminar, poco después de las siete, me fui con Martha, una de las alumnas e integrante del grupo de blues Deneb (la única agrupación bluesera de Torreón), a su casa, para ensayar. Resulta que desde hace más de una semana, me ofreció tocar al final del curso y tocar canciones mías que su banda ya se sabía. Genial, todo un honor. Nos fuimos en su camioneta y luego de unoa quince o veinte minutos arribamos a su hogar, donde ya nos esperaban su esposo, José (guitarra principal) y Jorge (batería). Marha y Jorge tienen tres lindas hijitas, la mayor de dieciséis años y quien hasta hace poco era la bajista del grupo, aunque renunció recientemente, je. Ni hablar: Martha se haría cargo del bajo y los coros y yo de la guitarra de acompañamiento y la voz principal (me prestaron una preciosa guitarra Ibañez).
El ensayo resultó magnífico, me sentí muy bien. Tenía temor de que por falta de práctica mi voz fallara o me lastimara la garganta, pero todo estuvo perfecto. Pusimos cuatro canciones: "Algo prohibido", "El blues del destino", "El tigre de la rifa" y "Me iré a casa temprano". Cos dos vueltas bastó para dejarlas listas. Les mostré "Solicito una mujer". Les encantó y decidimos que la tocara yo mañana. Bueno (¡gulp!).Al final, su hijita mayor nos tomó una foto (misma que aquí incluyo).
Amabilísimos como son, todavía me invitaron a cenar a un lugar llamado "Las alitas", donde todo estuvo muy sabroso (es como de comida texana). El lugar estaba lleno a pesar de la hora (como las diez de la noche). Lo digo porque me habían contado que por los problemas de inseguridad, en Torreón todo el mundo se recluía en sus casas apenas anochecía.
Ya como a las once y media me llevaron al hotel y llegué muy bien. Solicité un cobertor para que no me sucediera lo de anoche. Debo haberme dormido como a la una.
martes, 11 de septiembre de 2012
Yo vi a la encuerada de Avándaro
En agosto de 1971 yo tenía dieciséis años. Durante los
meses previos había estado escuchando en la radio (sobre todo el Radio Éxitos)
y la televisión (en el programa La onda de Woodstock que producía
¡Jacobo Zabludovsky!) toda la promoción acerca del Festival de Rock y Ruedas
que se llevaría a cabo en Avándaro, Valle de Bravo, en el Estado de México.
Moría de ganas de ir, pero veía pocas posibilidades de hacerlo.
Medios
impresos, como las revistas Pop y México Canta, hablaban
maravillas de las bandas que ahí se presentarían y que en ese entonces gozaban
de gran popularidad. El Ritual, El Amor, Peace and Love, Bandido, Three Souls
in My Mind, La Tinta Blanca. En fin, todos teníamos ganas de acudir a la gran
tocada y no por la carrera de coches que también se anunciaba, sino por ese
festival que de alguna manera reproduciría, a nivel mexicano, lo que dos años
antes había acontecido en Woodstock.
Todavía el
viernes 10 de septiembre, por la mañana, no sabía si podría ir. ¿De dónde iba a
sacar los veinticinco pesos que costaba la entrada? ¿Cómo me iría, si tampoco
tenía lana para pagar el autobús a Toluca y el camión a Valle de Bravo? Todo
sucedió entonces de manera vertiginosa, intempestiva: mi primo Gustavo García
Arróyave y un amigo de nombre Víctor Michel (con quien ningún parentesco me
unía) me propusieron irnos en la camioneta del segundo. Acepté de inmediato. No
sé cómo demonios pude convencer a mi mamá de que me dejara ir y me prestara (es
un decir) treinta pesos. La cosa es que lo conseguí y a las seis de la tarde
partimos rumbo al idílico encuentro rocanrolero.
Viaje
sorprendentemente rápido y tranquilo. Antes de las diez de la noche estábamos
en los terrenos del festival. Emocionados, empezamos a recorrer el lugar. Miles
de jipitecas poblaban la noche frente al gran escenario. No dormimos. Vagamos
por aquí y por allá y así nos sorprendió el amanecer.
En la
mañana del sábado 11, aquello era alucinante. Decenas de miles de chavos y
chavas cubrían la amplia explanada silvestre que se extendía frente a nuestros
ojos. Yo que en ese tiempo me sentía hippie, que traía mi larga greña, que
creía en el lema “paz y amor” y que aborrecía al “sistema”, me sentía feliz de
estar ahí, con tantos “hermanos y hermanas”. En algún momento me interné en el
bosque y me crucé ¡con Carlos Baca!, director de México Canta y una especie de
gurú para todos los que leíamos sus siempre “alivianados” textos. Recuerdo que
cruzamos sonrisas y me sentí realizado.
La
vigilancia resultaba discreta. Algunas parejas de soldados recorrían el sitio
muy afables y, según se decía, incluso repartían cigarros de marihuana a
discreción. En esa época yo practicaba el vegetarianismo, pero respecto a las
drogas era fresísima y nada me metía (costumbre que he mantenido hasta la
fecha, como bien les consta a mis amigos).
Mientras
tanto, en el escenario se presentaba una versión fonomímica y bastante aburrida
de la ópera rock Tommy de los Who, por parte de una compañía teatral
de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. El sol pegaba a plomo. No
recuerdo qué hicimos hasta el anochecer, hora en que dio inició propiamente el
festival. Abrieron los Dug Dug’s, siguió Epílogo y luego vino La División del
Norte. Fue con esta banda que ocurrió el instante más memorable: la aparición de
la famosa encuerada de Avándaro.
Recuerdo
bien el momento. Sin decir agua va, los reflectores del escenario apuntaron
hacia uno de los camiones de Telesistema Mexicano (hoy Televisa) e iluminaron a
una diminuta (desde donde yo me encontraba) chavita que bailaba en playera
blanca y pantalones azules. De pronto, se despojó de la prenda superior y
mostró sus pequeños pechos. Luego se quitó el pantalón y quedó en braguitas
(rojas), mismas que ante los gritos desaforados de la multitud se bajó y volvió
a subir en un movimiento que duró si acaso dos segundos. Eso bastó para
volverla mítica.
Es lo
último que recuerdo del festival. Llevaba más de treinta horas sin pegar el ojo
y decidí irme a dormir “un ratito” a la camioneta. Desperté como a las diez de
la mañana del domingo 12. Mis compañeros se burlaron de mí por todo lo que me
había perdido. Ni caso tenía lamentarlo. Ya no vi a Peace and Love, al Three
Souls, a... Ni hablar.
El regreso fue lentísimo, a vuelta de rueda prácticamente
hasta Toluca. Pero a final de cuentas me sentí muy satisfecho. Sí, me quedé
dormido y me perdí a varias bandas…, ¡pero pude ver a la encuerada de Avándaro!
(Texto publicado en septiembre de 2011 en la sección El ángel exterminador de Milenio Diario).
(Texto publicado en septiembre de 2011 en la sección El ángel exterminador de Milenio Diario).
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