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jueves, 7 de febrero de 2019

… y cuando despertó, Café Tacuba seguía ahí

(Ilustración: Eduardo Salgado)
Cuando se habla de las raíces que dieron su insustancial sustancia a  esa entelequia que muchos llaman el rock mexicano, la discusión puede resultar tan amplia e interminable como delirante y bizantina. Que si el mismo viene de la época ingenua de los Teen Tops, los Locos del Ritmo, los Rebeldes del Rock y los Hermanos Carrión. Que si sus orígenes se remontan a la Tijuana que vio surgir a Javier Bátiz. Que si es tan sólo un mal producto de la primera generación de estadounidenses nacidos en México (Carlos Monsiváis dixit). Que si en realidad surgió como fruto derivado del rock español y argentino de los años ochenta. Que si su auténtica fuente de inspiración es la banda Timbiriche (lo que haría de Luis de Llano Macedo el único y verdadero padre del rockcito nacional). En fin.
  La cosa es que existen tantas vertientes dentro del rock que se hace en México que toda respuesta sobre su génesis puede ser equivocada o correcta. Porque, después de todo, ¿qué puede haber en común entre la música de El Tri y la de Porter? ¿Entre la propuesta de la banda Isis y la de Plastilina Mosh? ¿Entre los estilos de Charlie Montanna y Eli Guerra? ¿Entre las letras de Jaime López y las de Maná? Se dirá que eso habla de la gran diversidad que existe dentro del rock hecho en México. Tal vez. Pero también puede hablar de su gran falta de identidad.
  Entre que son peras o son manzanas, una de las agrupaciones que cuando menos ha tenido la decencia de decir que lo que hace no es rock, sino música mexicana contemporánea, es Café Tacuba. Si lo hace bien o lo hace mal es harina de otro costal, pero al menos su proyecto partió desde el principio de algo cercano a la honestidad artística.
  Cuando los llamados (de la manera más cursi) tacubos (aquí debo aclarar que siempre me he negado a cambiar la letra u de su nombre por la v labiodental, sorry) surgieron hace veinte años, muchos los vimos como una muy mala imitación de los entrañables Xochimilcas, sólo que sin su gracia y virtuosismo. Canciones como “Ingrata” no hicieron más que corroborar esa idea. En lo personal, la chillante voz de Rubén Albarrán (quién ha cambiado de nombre cada dos semanas para llamarse lo mismo Pinche Juan que Cosme, Anónimo, Rita Cantalagua o Ixcaya Mazatzin Tléyotl, entre varios otros apelativos un tanto cuanto mamoncillos) me resultaba tan desagradable como uñas que rechinan sobre un pizarrón. Sin embargo, desde aquellos días era notorio que su música no se parecía a lo que hacían congéneres contemporáneos suyos como Caifanes, Santa Sabina o La Maldita Vecindad.
  En 1994, tuve oportunidad de platicar con los integrantes de Café Tacuba para un libro de entrevistas que jamás vio la luz. Debo confesar que pensaba toparme con los clásicos seudo roqueritos que a cada pregunta responden con un monosílabo y que exudan su incultura, su ignorancia y su limitadísimo vocabulario. No fue así. Me encontré con cuatro tipos amables, discretos e inteligentes, con un discurso coherente y articulado, quienes se habían conocido no como músicos sino como diseñadores gráficos. No sé qué tanto haya cambiado su forma de ser en estos tres lustros, pero en aquel momento me dieron una buena impresión y pude entender lo que proponían desde un punto de vista creativo (aunque sus canciones no me gustaran). En especial, Albarrán fue el más explícito y claro en sus conceptos. Poco después, en 1996, los vi tocar en un concierto en el Teatro Metropólitan y tuve que aceptar su profesionalismo, su entrega en el escenario y la buena estructura de su espectáculo, muy entretenido y variado.
  Muchos años y varios discos del grupo han pasado desde entonces (si tuviera que mencionar a mi “favorito”, diría que Avalancha de éxitos me resulta el más aceptable de todos). Hoy, los miembros de Café Tacuba cumplen dos décadas de carrera (y lo festejan este 13 de junio en el Foro Sol del Distrito Federal) y su banda es una de las vacas sagradas de la música popular mexicana y si bien muchos los siguen considerando como roqueros (lo cual, como decía Arturo de Córdova, no tiene la menor importancia), lo cierto es que han ido más allá del estrecho mundo del rock que se hace en nuestro país, para establecerse como una entidad única, singular, y esa sola circunstancia es, por sí misma, una muy legítima distinción.

(Texto publicado en junio de 2009 en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

jueves, 16 de agosto de 2018

Adiós a "Mil cosas más"

Fue la sección que le dio un notable grado de diferencia a Milenio Diario desde su nacimiento. Una idea de Fernando Rivera Calderón, quien la dirigía. Fernando me invitó a participar en ella desde su inicio, sobre todo en una de las dos partes que la componían: "El ángel exterminador", una página diaria (la penúltima del periódico, para ser exactos) dedicada a una multitud de temas, entre ellos la música. Ahí Verónica Maza Bustamente publicaría "El sexódromo", cada sábado, y Rafael Tonatiuh sus delirantes aventuras cotidianas, cada martes. Por supuesto, los viernes aparecía esa sección sensacional que era "El pasón" y los lunes salía "Héroes", en donde uno podía escribir sobre diferentes personajes. Yo publiqué textos sobre Groucho Marx, Woody Allen, Louise Carroll, Tin Tan, Enrique Borja y muchos más.
  La otra parte de Mil cosas más era el "QRR" (Quien resulte responsable), que trataba sobre temas políticos con un humor desatado y en la que también llegué a colaborar (inicialmente, aparecía en la página dos). El humorismo era tan fuerte que muchos se quejaron y el entonces director de Milenio, Federico Arreola, obligó a Fernando para que incluyera un "aviso" en el que se decía que esa sección estaba hecha por personas que no se encontraban en sus cabales. Fue como una patente de corso para hacer más desquiciado el asunto.
  En Mil cosas más aparecía la columna "Política cero" que en un principio estaba escrita por un colaborador diferente cada día. Yo la hacía los sábados. Sin embargo, fue habiendo varias defecciones y al final la escribía Jairo Calixto Albarrán todos los días, salvo los sábados (que la hacía yo) y los domingos (creo que esos días la hacía el buen Fernando Figueroa). Más tarde, Arreola decidió que los sábados se llamara de otra manera y así nació mi "Cámara húngara" que, ya con Carlos Marín en la dirección, fue pasada a la página tres, igual, todos los sábados.
  No recuerdo en qué año, Fernando Rivera renunció al diario y Mil cosas más quedó bajo la dirección de Jairo. Yo seguí colaborando más o menos con una participación mensual y con mis pronósticos para el siguiente año que aparecían cada 31 de diciembre. Poco después, hubo una reestructuración en Milenio y la sección quedó en la antepenúltima y la penúltima páginas.
  Durante los años más recientes, el equipo de la sección estaba conformado por Jairo, Verónica Maza, Rafael Tonatiuh, Guillermo Guerrero, Karina Vargas y el gran Tacho. Poco antes se había ido Juan Alberto Vázquez.
  Esta mañana, me enteré que debido a una nueva reestructura del diario, Mil cosas más desaparece. Desconozco las razones, pero lamento sobremanera el hecho; no sólo porque yo colaboré ahí, con la más absoluta libertad, a lo largo de 18 años, sino porque ya era toda una institución y una sección que distinguía a Milenio sobre el resto de los periódicos del país.
  Una triste noticia que se suma a la de Carlos Marín.
  Abrazo a todos los que elaboraban tan entrañable sección. Saben cuánto los quiero y los admiro.

miércoles, 25 de julio de 2018

El Álbum Blanco no se llama así

Este año cumple medio siglo y el famoso disco doble de portada blanca que grabaron los Beatles en 1968 sigue siendo conocido con un nombre que no es el suyo. El álbum se llama escueta y simplemente The Beatles y esta es su historia...

A mediados de 1968, en pleno apogeo como el grupo de rock más célebre del planeta, los Beatles lanzaron dos nuevos temas en un mismo EP. Se trataba de “Hey Jude” de Paul McCartney (lado A) y “Revolution” de John Lennon (lado B), si bien ambas aparecieron firmadas por el ya para entonces cada vez más inoperante binomio Lennon y McCartney. “Hey Jude” fue escrita por Paul con una dedicatoria muy especial para Julian, el hijo de John, al ver lo que el pequeño estaba sufriendo debido al proceso de divorcio de sus padres. “Revolution”, en cambio, es un rock sencillo con ambigua temática política, ya que al mismo tiempo es una proclama y una condena a las revoluciones. El éxito de los dos temas fue inmediato y mantuvo a los Beatles en el primer plano que no habían abandonado desde hacía seis largos años.
  Para ese entonces, el grupo se encontraba ya en pleno proceso de grabación del que sería su siguiente disco, un doble acetato intitulado simplemente The Beatles y que sería conocido universalmente como el Álbum Blanco. Fue durante los meses que duraron esas sesiones cuando se hizo evidente que las cuatro personalidades empezaban a manejarse de manera independiente y a trabajar por su cuenta. Cada canción del álbum lleva el sello indeleble de su compositor y es difícil confundirse y creer que “Martha My Dear” pudiera ser de Lennon” o “Happiness Is a Warm Gun” de McCartney.
  The Beatles es un trabajo muy polémico incluso en la actualidad. En tanto hay quienes piensan que se trata de una obra excesiva y demasiado egomaniaca (o tetra-egomaniaca), otros lo consideran el mejor álbum de toda la carrera de los Beatles. George Martin siempre creyó que debió hacerse una selección y producir un LP simple (se me ocurre que un buen ejercicio para pasar el tiempo sería que cada seguidor del grupo hiciera su propia versión de The Beatles en un solo acetato: ¿cuáles cortes dejaría, cuáles quitaría?). En cambio, los cuatro músicos prefirieron la versión doble, tal como está.
  La grabación del disco tuvo un elemento que provocó tensión entre los miembros del grupo: la presencia omnipresente de Yoko Ono, prácticamente pegada a John Lennon todo el tiempo. Y esa presencia era ya también influencia, como lo muestra la inclusión del tema experimental “Revolution # 9”, debido al reciente contacto de John con la música concreta (Yoko era amiga y seguidora de John Cage).
  Cuando apareció, el Álbum Blanco produjo una excelente respuesta de público y prensa. Los Beatles habían dejado atrás toda la parafernalia instrumental y la sobreproducción de sus dos más recientes discos (para “A Day in the Life” habían requerido setecientas horas de trabajo en el estudio) y volvían al rock basado en los instrumentos elementales: guitarras, pianos, bajos, baterías. En ese sentido se parece más a Rubber Soul que a Sgt. Pepper o Revolver.
  Otro aspecto interesante de esta obra es que mostró a un George Harrison más prolífico y maduro, con cuatro composiciones verdaderamente espléndidas. Incluso Ringo Starr debutó con su primer tema propio. El mismo Ringo diría que “Sgt. Pepper se convirtió en el álbum de la década o quizá del siglo. Era innovador, contenía unas canciones geniales, era un placer escucharlo y me alegro de haber participado en él. Pero creo que el Álbum Blanco es mejor”.
  Así pues, The Beatles fue una obra que marcó los límites dentro de los cuales se movía cada uno de los miembros del cuarteto. Aún así, estamos ante una pieza de trabajo fuera de serie, una colección de treinta canciones de calidad casi uniformemente espléndida. Hay grandes temas. Los hay también muy buenos. Pero no hay uno sólo que pudiéramos considerar de relleno. John Lennon contribuyó con maravillas como “Happiness Is a Warm Gun”, “Dear Prudence”, “Yer Blues”, “Sexie Sadie”, “I’m So Tired”, “Cry Baby Cry” y “Julia”, además de “Glass Onion”, “The Continuing Story of Bungalow Bill”, “Good Night” y  “Revolution 9”. De Paul McCartney son joyas como “Blackbird”, “Helter Skelter”, “Back in the U.S.S.R.”,  “Why Don't We Do It in the Road?” y “Mother’s Nature Son”, así como melodías tan buenas como “Martha My Dear”, “I Will”, “Ob-La-Di, Ob-La-Da”, “Honey Pie” y “Rocky Raccoon”. George Harrison colaboró con cuatro enormes composiciones: “While My Guitar Gently Weeps” (en la cual participó Eric Clapton como músico invitado), “Piggies”, “Savoy Truffle” y “Long, Long, Long”. Y Ringo puso su grano de arena con la divertida “Don’t Pass Me By”, su primera canción original grabada con los Beatles.
  La profusión de estilos en el Álbum Blanco es apabullante. La cantidad de reflexiones críticas y satíricas de las letras asombra. Incluso el arte del disco, con esa singular portada blanca, habla de inquietudes gráficas de vanguardia y de una respuesta al exceso de colores del arte pop de finales de los sesenta.
  ¿El mejor álbum de los Beatles? Imposible decirlo. Sin embargo, su trascendencia es clara e indiscutible.

(Texto que escribí para "El ángel extermninador" de Milenio Diario y que se publicó el día de hoy)

miércoles, 11 de julio de 2018

Una casa de animales de 40 años

“They were like the early Beatles of comedy.
Everything changed after Animal House”.

Richard Roeper


El género de la comedia estudiantil ha producido una enorme cantidad de películas malas, especialmente en Hollywood. Sin embargo, hay algunas joyas más o menos ocultas por ahí, como las estupendas School Daze de Spike Lee (1988), Dazed and Confused de Richard Linklater (1993) y –sobre todo y por encima de todas– la genial Animal House de John Landis (1978).
  Producida por el equipo que editaba la irreverente y provocadora revista National Lampoon (uno de sus directores, el singular humorista Doug Kenney, aparece en un pequeño pero jocoso papel secundario), Colegio de animales (como se le conoció en México, en una translación más o menos aceptable; en España, la bautizaron con el horrendo título Desmadre a la americana) debe mucho al humor absurdo y anárquico de los Hermanos Marx y tiene como antecedente inmediato a otra delirante comedia: The Kentucky Fried Movie (1977), del propio Landis, e influyó para que Steven Spielberg filmara, apenas al año siguiente, una de sus películas menos valoradas pero más divertidas: la nihilista 1941.
  Año de 1962. Universidad Faber, en Oregon. El fascistoide rector de la institución trae entre ojos a una de las fraternidades estudiantiles del campus: la de los Deltas, conformada por un variopinto y caótico grupo de pésimos y desmadrosos estudiantes que organizan fiestas llenas de sexo, drogas, alcohol y rocanrol. Para exterminarla, se apoya en otra fraternidad rival, la de los Omegas, constituida por una colección de jóvenes híper cuadrados y ultraderechistas, simpatizantes del militarismo, la disciplina y las prácticas sadomasoquistas de tintes nazis.
  A partir de ahí se desata una guerra sin cuartel que da forma y contenido a uno de los filmes más cómicos de la historia, dirigido por John Landis, uno de los directores que en aquel 1978 se encontraba el inicio de lo que parecía una carrera muy prometedora (después vendrían otras grandes realizaciones, como The Blues Brothers, An American Werewolf in London y Trading Places), carrera que se vería truncada por un triste acontecimiento que va más allá del tema de este artículo.
  Pero si para alguien Animal House resultó una plataforma de despegue fue para John Belushi, ese inenarrable actor cómico que con el personaje del caótico, valemadrista y provocador Bluto inició una consagración que lo llevaría a los cuernos de la luna. Landis le pidió que hiciera del pésimo estudiante Blutovsky “una combinación entre Harpo Marx y el monstruo come galletas”, aunque yo agregaría también a "Animal" de los Muppets.
  Las escenas más memorables de esta políticamente incorrectísima película se las debemos a Belushi (quien provenía del programa Saturday Night Live), ya sea devorando la comida del comedor estudiantil, aplastando una lata de cerveza contra su frente, apurando una botella de whisky de un solo trago o espiando las habitaciones de sus compañeras universitarias mientras estas se desnudan. Y todo sin pronunciar una sola palabra (al final de la cinta, se nos informa que con los años Bluto llegó a Washington para convertirse en senador).
  Pero hay una pléyade de personajes inolvidables, entre ellos el tímido estudiante interpretado por Tom Hulce (antes de volverse famoso con el papel de Mozart en Amadeus, del recientemente fallecido Milos Forman) y el veterano profesor liberal fumador de marihuana y seductor de alumnas que hace el gran Donald Sutherland (se cuenta que el actor prefirió cobrar 50 mil dólares al contado en lugar de esperar a las regalías del filme, mismas que le habrían reportado cerca de diez millones de billetes verdes, dado el inusitado éxito de taquilla en que se convirtió Animal House).
  El caótico final, con la venganza de los Deltas contra las autoridades estudiantiles y municipales, al boicotear un típico desfile gringo, es la jocosa culminación (muy a la Marx Bros) de la película, con todos los destrozos causados y las sardónicas burlas a lo establecido y sus personeros: desde al alcalde hasta el rector y desde los militares protofascistas hasta las falsamente bien portadas muchachas de rosados vestidos con crinolinas y peinados laqueados. Nadie queda sin recibir su divertido merecido en esta cinta que puede verse una y otra vez (quien esto escribe la ha visto fácilmente en una veintena de ocasiones), sin que los diálogos y las situaciones pierdan actualidad y frescura. Por eso es ya una joya clásica del cine cómico nihilista, a la altura de Duck Soup y A Night at the Opera de los Marx o de la ya mencionada The Blues Brothers de John Landis.
  Landis prácticamente ya no filma (dejó de hacerlo en 2010) y John Belushi falleció en 1982, a los 33 años. Pero esta sola película logró inmortalizarlos.

(Texto que me publicaron el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

miércoles, 27 de junio de 2018

El día que Syd Barrett recibió tarjeta roja

Pocos son los músicos que llegan a trascender con tanta fuerza dentro de una agrupación, a pesar de sólo haber participado de lleno en su primer disco. Esto resulta especialmente cierto cuando hablamos de agrupaciones grandes y trascendentes y sobre todo cuando nos referimos a Pink Floyd.
  Syd Barrett, fundador de este mítico cuarteto inglés, sólo intervino de manera decisiva en su primer álbum, el fantástico The Piper at the Gates of Dawn de 1967, una de las cumbres de la psicodelia primigenia. Se sabe que el título del disco fue tomado de un capítulo del libro favorito del propio Barrett cuando era niño: The Wind in the Willows (El viento en los sauces) de Kenneth Grahame, lo cual explica la gran cantidad de elementos fantasiosos, colores brillantes, apuntes mitológicos y detalles infantiles, algo así como una mezcla entre J.R.R. Tolkien y Walt Disney, pero todo ello visto a través de los perceptivos y psicodélicos lentes del LSD. Las composiciones de Barrett van de las canciones pop ácidamente lisérgicas a piezas largas en las cuales hay extensas instrumentaciones a manera de metáforas sobre viajes alucinógenos. En el primer caso están piezas como “Astronomy Domine” y “Lucifer Sam”, mientras que “Insterstellar Overdrive” entra de lleno en lo que alguna vez se llamó rock-espacial.
  Para el crítico Steve Huey, The Piper at the Gates of Dawn captura con éxito los dos lados de la experimentación psicodélica: “Por un lado, los placeres de la percepción y la expansión mental y por el otro, los desórdenes cerebrales que podían convertir al individuo en lunático”, algo que poco tiempo después le sucedería al propio Barrett, quien debido precisamente a ello hizo con este trabajo su debut y despedida como integrante de Pink Floyd.
  ¿Por qué debió abandonar la nave pinkfloydiana este gran músico a quien muchos siguen considerando como un genio? A lo largo de aquel 1967 y más aún en 1968, la conducta de Syd Barrett se fue haciendo cada vez más errática y difícil. El exceso en el uso de drogas químicas, muy especialmente el LSD, aunado a una creciente esquizofrenia, hacía que el joven músico pasara de estados de ánimo llenos de extrovertida vitalidad y amistosa alegría a otros en los cuales caía en la depresión o la agresividad. Constantes alucinaciones, desordenes en el lenguaje, pérdidas temporales de memoria, cambios radicales de humor e incluso alarmantes lapsos catatónicos hacían ver que cada vez se perdía más en un laberinto que parecía no tener salida. Y no la tuvo.
  Contaba en aquellos días el hoy finado tecladista del cuarteto, Rick Wright, que Syd desapareció durante un fin de semana sin que nadie supiera en dónde se encontraba. Cuando regresó, “era una persona completamente distinta”. De pronto, dejaba de reconocer a las personas, por más cercanas que fueran. En ocasiones, no sabía en qué lugar se encontraba. En el escenario se volvió una calamidad. Hubo ocasiones en las que sólo tocó un acorde de su guitarra a lo largo de un concierto y otras en que ni siquiera puso la mano en las cuerdas. En cierta ocasión, mientras Pink Floyd interpretaba “Interstellar Overdrive” en el Fillmore West de San Francisco, Barrett comenzó a desafinar intencionalmente su instrumento, cosa que daba gracia a algunos espectadores, pero preocupaba seriamente a sus compañeros. Dentro de esa misma gira, durante una entrevista de televisión, al preguntársele algo, se quedó mudo, ausente, con los ojos mirando al vacío y sin mover los labios.
  Las cosas iban mal. Cuando el grupo regresó a Gran Bretaña, después de la gira por Estados Unidos, el guitarrista David O’List, del grupo The Nice, fue llamado para reemplazar a Barrett mientras éste “se recuperaba”. Sin embargo, esto no ocurría y a finales de 1967, un amigo de Syd llamado David Gilmour entró a Pink Floyd que por breve tiempo se convirtió en quinteto.
  Fueron pocos los conciertos con esa formación. Gilmour tocaba cada vez mejor, mientras Barrett se la pasaba cometiendo locuras en el escenario. Era inevitable que a pesar de ser fundador del grupo, tendría que irse.
  El 26 de enero de 1968, Pink Floyd tuvo una presentación en la Universidad de Southampton y los otros cuatro miembros de la agrupación decidieron no avisarle a Syd. Así continuarían, hasta el extremo de no llamarlo tampoco para la grabación de su segundo álbum, el extraordinario A Saucerful of Secrets. Se cuenta que dócilmente, Barrett llegó algunas veces al estudio de grabación y aguardó en la recepción, con la esperanza de ser invitado a participar en el disco. Al parecer, sólo tocó una parte de guitarra en la alucinante “Set the Controls for the Heart of the Sun”.
  El 6 de abril de 1968, Pink Floyd anunció oficialmente que Syd Barrett dejaba de ser integrante del grupo. El diamante loco jamás volvería a tocar con sus amigos y compañeros y así sería hasta su muerte, acontecida en 2006.

(Texto que se me publicó el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

domingo, 24 de junio de 2018

El primer disco punk de la historia

Mucha gente suele pensar que en la historia del rock nada ha habido más rudo, desafiante y provocativo que los Sex Pistols. No debemos olvidar sin embargo que se trataba de una banda prefabricada (algo así como el anti antecedente de los Backstreet Boys o NSYNC) por ese genio de la mercadotecnia cutre que fue el ya fallecido Malcolm McLaren.
  En realidad, existió un proyecto mucho más auténtico y poderoso, mucho más subversivo y realmente incendiario. Me refiero a ese grupo sesentero de Ann Arbor, Michigan, que fue The Stooges (Los Chiflados).
  Surgido en los años en los que el rock psicodélico y la filosofía hippie eran la dominante, los Stooges fueron realmente un cuerpo extraño dentro de su época. Un poco como The Velvet Underground, The Doors, MC5 o The Sonics, el estilo de su música rompía –valga decirlo así– con el establishment de los anti establishment. Pero no sólo eso. Ahí donde Lou Reed o Jim Morrison eran unos frontmen desafiantes y quebradores de esquemas, el vocalista de los Stooges, un tipo flaco y desgarbado que se hacía llamar Iggy Pop (su verdadero nombre era James Newell Osterberg), los superaba en ferocidad, exhibicionismo y  demencia.
  Sin la intelectualidad neoyorquina de Reed o la sensualidad poética de Morrison, Pop se mostraba como un enloquecido cantante que se solazaba en la vulgaridad y el escándalo en escena, mientras sus compañeros (Ron Asheton, Scott Asheton y Dave Alexander) tocaban un rock seco, primitivo, ruidoso y lleno de aspereza.
  Desde el primer concierto de los Stooges, el 28 de septiembre de 1968, en el Grand Ballroom de la ciudad de Detroit, Iggy Pop mostró que no era un cantante común y corriente y su actuación kamikaze de escasa media hora terminó con abucheos e insultos de un público que no entendía lo que acababa de presenciar y que él respondió con escupitajos sobre las primeras filas. Meses después, en enero de 1969, en Dearbon, Michigan, se lanzó hacia la multitud para tomar a una joven espectadora de los cabellos y fingir que la apuñalaba. A partir de eso, los promotores incluyeron en sus contratos una cláusula que estipulaba que Iggy “de ninguna manera debe tener contacto físico con el público”. De poco sirvió: apenas unas semanas más tarde, Pop se arrojó sobre otra espectadora, quien asustada le rasguñó la cara y recibió a cambio una fuerte mordida en un brazo por parte del vocalista.
  En otra ocasión, el delirante personaje se laceró el pecho y bañó al público con su sangre y en medio de presentaciones cada vez más caóticas, se le vio reventarse los dientes contra un micrófono, rodar en el suelo sobre vidrios rotos, derramar la cera hirviente de un cirio en su torso desnudo, vomitar en escena o exhibir su pene sin reparos.
  Con dos primeros álbumes (The Stooges, 1969; Funhouse, 1970) que en su momento pasaron prácticamente inadvertidos, en 1973 el grupo grabó su último plato y piedra de toque en el surgimiento del rock punk: Raw Power. Para muchos historiadores del rock, fue éste el primer disco plenamente punkero. Grabado tres años antes que el Ramones de los Ramones y cuatro antes que el Never Mind the Bollocks de los Sex Pistols y cuando los Stooges se encontraban a punto de disolverse, este Poder Crudo contó con el apoyo de David Bowie, quien deslumbrado por la fuerza rocanrolera de la banda, la tomó bajo su protección antes del definitivo naufragio y logró que grabara en Londres lo que sería su testamento y obra maestra.
  Las sesiones fueron tensas y estuvieron llenas de conflictos. Las drogas hacían estragos entre los integrantes del grupo (en ese entonces, Iggy Pop se ostentaba como “el junkie más musculoso de los Estados Unidos”). Sin embargo, el sonido del disco resultó espectacular y lleno de adrenalina, un estallido de sonido que produjo clásicos automáticos como “Search and Destroy”, “Gimme Danger”, “Raw Power” y la sublime “I Need Somebody”.
  A 37 años de distancia, Sony Legacy reeditó en 2010 Raw Power, en una presentación doble de lujo que incluye un sensacional disco en concierto. Sobra decir que se trata de una maravilla que ningún amante del rock debe perderse. Búsquelo y destruya sus tímpanos (por supuesto, debe escucharlo a todo volumen).

(Publicado originalmente en "El ángel exterminador" de Milenio Diario en junio de 2010)

lunes, 4 de junio de 2018

Lo eterno de La Barranca

Tras 22 años de andar el camino, La Barranca arriba a Lo eterno, su onceavo álbum en estudio, y lo hace en plenitud de forma, según deja ver esta entrevista con José Manuel Aguilera, el jefe de jefes de este proyecto, el más constante, consecuente y congruente de las últimas décadas dentro del rock que se hace en México.

“Para llegar al mar antes que hubiera carretera / tuvimos que avanzar primero abriendo brecha”, dices en “Brecha”, la primera canción de Lo eterno. ¿Sigues abriendo brecha o La Barranca ya está en plena autopista?
No, yo creo que un grupo como nosotros va paralelo a las autopistas. Vamos en paralelo a todo lo demás y no estamos en las grandes autopistas.

“Si no existe Dios, si no existe el cielo / si no hay purgatorio ni tampoco infierno”, cantas en el tema “Donde la confusión se suspende”. ¿Eres un hombre espiritual?
Yo pienso que todos los músicos de alguna manera creemos en lo inmaterial. Creo en ese tipo de cosas que no tienen explicaciones tan racionales, porque la música es así también y no sé si eso sea una cuestión mística en mí. Me preocupan de pronto las preguntas viejas de la humanidad, de los grandes filósofos. No sé si eso implique un misticismo, pero aunque nací en un hogar católico, no practico alguna religión.

¿Quiénes son esos cuervos “que se llevan en sus picos nuestros días, que se llevan en sus garras los recuerdos” a los que te refieres en “Cuervos”, el primer sencillo del disco?
Los quise utilizar como una imagen de cosas terribles que le pueden suceder a alguien. La canción está construida con exhortos: “ojalá que nunca pase esto, que nunca vuelen estos cuervos, que nunca soplen los demonios...”. Es un desear que nunca sucedan malas cosas.

En “Ceiba” hablas de que muchos han perdido el rumbo. ¿Eso lo has visto en la gente en general, en los músicos, en el rock nacional?
Un poco en todo eso. Esa canción en particular es la que más trabajo me costaría explicar, porque su letra es más hermética incluso para mí. Me sucede con esa canción y con otras que de pronto como que puedo convertirme en un personaje que no soy yo. No es José Manuel Aguilera el que está diciendo esa letra, sino otro personaje que ya ha aparecido en otras canciones de La Barranca. Un alter ego que no tiene nombre o identidad, pero es un tipo al que yo veo desde afuera y que habla de temas que tienen que ver con cosas del pasado remoto. Es una especie de filósofo prehispánico. Quizá producto de mis lecturas de Miguel León Portilla sobre el mundo náhuatl o de los poemas del rey Nezahualcóyotl. Ese tipo de poesía me gusta porque siento que, de una manera muy inconsciente pero asimilada, define un poco nuestra mexicanidad actual. Aunque entre los millennials ya nadie lee y probablemente no ha leído a esos autores, estoy seguro de que esas maneras de ver el mundo han permeado hasta nuestros días de una u otra manera.

¿A quién le hablas en tus canciones? Por ejemplo, cuando dices “considera que estás viva”, ¿te diriges a una mujer, a una musa, a la humanidad?
¡A una mujer! A esa misma a la que no quiero que los cuervos vuelen sobre ella.

En “Manos” dices que confías más en tus manos que en la razón. ¿A qué te refieres?
Yo creo que mis canciones se dividen en tres tipos: las amorosas (que son el 99.9 por ciento), las que hablan sobre lo que sucede en el mundo en que me muevo y hay un tercer tipo de canciones que no entran en ninguna de las otras dos categorías, piezas más oníricas. “Manos” es una canción de amor, pero es abierta. La letra resuelve el tema del amor de una manera muy física. O sea: “ No entiendo si me gustas o si estoy enamorado de ti, pero me gusta tocarte. Confío en mis manos y digo que quiero más”. Es algo más sensual que romántico. Esa canción, aunque fue pensada para una persona específica, a la que quiero darle el mensaje, al hacerla pensé también en mis manos de guitarrista y en no saber si está bien seguir haciendo música. Pero al final, las manos son las que mandan.

“Este mundo que se quiebra no se arregla con palabras ni con decretos”, dices en “El escarabajo”. ¿Cómo ves al mundo, cómo ves al país?
Estamos en un mundo muy fragmentado, en comparación con el que nos tocó vivir a ti y a mí, especialmente por el asunto de las redes y por cómo las cosas han llegado a lo sumamente individual. Hay pocos escenarios que permiten la colectividad. La gente ya no quiere ver a otra gente si no es por medio de Facebook. No digo que esté mal o que esté bien, sólo que es diferente, aunque creo que en ese orbe virtual la manipulación es más factible. Vivimos en un mundo donde es muy fácil que a la gente le tomen el pelo.

“Todas las historias se repiten”, mencionas en otro de los cortes del disco. ¿Crees que este álbum se repite con respecto a tu obra discográfica anterior?
Todas las historias se repiten y aun así tienen que escribirse. Las cosas de las que me gusta hablar y las razones por las que hago música siguen siendo las mismas, no sólo desde que empezó La Barranca, sino desde que empecé a hacer música. Eso no ha cambiado y, en ese sentido, este disco obedece a los mismos principios. Quizás a estas canciones se les pueda encontrar equivalentes con otras que he hecho; sin embargo, creo que las maneras son nuevas. Hay otro tipo de construcciones formales, otros procesos de composición, otras búsquedas respecto a cómo decir las cosas, otras intenciones de claridad en ciertos momentos y de oscuridad en otros.

Nada es eterno, nada permanece”, reza el tema final de Lo eterno. ¿Qué viene para La Barranca y para ti en la carretera de la vida?
No lo sé. Es una pregunta difícil. Alguien me preguntó hace unos meses si me imaginaba seguir tocando después de veinte años y mi respuesta fue que por supuesto que no. En México, para un grupo como nosotros, es hasta dañino hacer planes a largo plazo. La incertidumbre es absoluta. Ahora mismo no sabemos qué va a pasar a partir del 1 de julio. Entonces, cuando sientas que estas en un punto en que no sabes para dónde caminar, lo que tienes que hacer es seguir haciendo lo que te gusta. Por eso yo seguiré haciendo canciones, seguiré haciendo música.

(Entrevista que escribí para la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario y que se publicó el día de hoy)

domingo, 4 de marzo de 2018

El banquete de limosneros de los Rolling Stones

Las cosas no iban bien en el seno de la agrupación. El ambiente resultaba pesado y las relaciones entre algunos de sus integrantes no eran las mejores. El espíritu de grupo se había deteriorado. En especial, Brian Jones se presentaba como el negrito en el arroz, como la parte más conflictiva del quinteto, sobre todo por sus desavenencias musicales y personales con Mick Jagger y Keith Richards, en ese entonces un dueto extraordinario y muy unido de compositores.
  Jones se alejaba cada vez más de los Stones y su complicada personalidad no era su mejor aliada. Su dependencia de las drogas y sus problemas con la policía (circunstancias ambas que compartía con Jagger y Richards) lo mantenían en un ostracismo cada vez más notorio. Para colmo, 1967 había sido un mal año para el conjunto y la grabación de su disco Their Satanic Majesty’s Request había resultado lenta y accidentada. Tanto que los resultados artísticos del álbum no fueron precisamente los mejores. A esto habría que sumarle la ruptura del grupo con su manager, Andrew Loog Oldham, con quien los Stones tenían ya muy serias diferencias, situación que terminó con el despido del representante.
  ¿Qué iba a suceder con la agrupación? ¿Estaba condenada a desaparecer? ¿De dónde sacaría fuerza y talento para reinventarse? Los sacó de un personaje impensado: el productor Jimmy Miller.
  Miller había producido los magníficos dos primeros discos del grupo Traffic y Mick Jagger le pidió que trabajara con los Rolling Stones en su siguiente sencillo. Lo que sobrevino fue una bomba y se llamó “Jumpin’ Jack Flash”. Aquella explosiva canción de 1968, tan sensacional como había sido “I Can’t Get No (Satisfaction)” tres años antes, devolvió a la agrupación a sus orígenes más rocanroleros y la alejó de la falsa y pretensiosa seudo psicodelía del Sus satánicas majestadas.
  Jimmy Miller era sin duda el indicado para producir el siguiente larga duración del quinteto. Propuso hacer un disco más apegado a los raíces del blues y Keith Richards aceptó encantado de la vida, sobre todo porque durante su anterior gira por los Estados Unidos había aprendido algo altamente revelador: la afinación abierta de la guitarra en sol mayor, lo que le abrió todo un mundo de posibilidades para componer nueva música y dotar al grupo de lo que hoy conocemos como el clásico sonido stone.
  Beggars Banquet (1968) se llamó el nuevo álbum, séptimo del grupo en el Reino Unido. Sería la última obra discográfica en la que participaría Brian Jones y eso es un decir, ya que tocó en muy pocas canciones y se involucró escasamente en la grabación del acetato. Si somos estrictos, podríamos decir que el disco lo grabó un cuarteto conformado por Mick Jagger, Keith Richards, Bill Wyman y Charlie Watts, más algunos músicos invitados, entre ellos Nicky Hopkins, Ric Grech, Dave Mason... y el propio Brian Jones, quien parecía un fantasma en el estudio.
  Este Banquete de limosneros representa el inicio de una nueva era en la música de los Rolling Stones, una era que se extendería a lo largo de varios años y que incluiría los tres álbumes siguientes: Let It Bleed (1969), Sticky Fingers (1971) y Exile on Main Street (1972, aunque yo añadiría el Goat’s Head Soup de 1973 y el It’s Only Rock ’n’ Roll de 1974).
  El disco de 1968 es un trabajo de muy limpia producción y canciones tan sencillas como extraordinarias. El rock sólido se hizo presente, en especial con un par de controvertidas piezas que hoy son verdaderos clásicos: la épica “Sympathy for the Devil” (mal traducida como “Simpatía por el diablo”, cuando el sentido real de la palabra inglesa sympathy es el de compasión) y la desafiante “Street Fighting Man”, ambas con una fuerte carga de crítica política y social. Sin embargo, el resto del material es igualmente notable, sobre todo en los cortes más sensibles y delicados. Ahí están composiciones tan bellas como la emotiva y (con)movedora “Salt of the Earth”, todo un himno a la humanidad (“Bebamos por la gente que trabaja duro / Bebamos por los humildes de nacimiento / Levanten su copa por el bueno y el malo / Bebamos por la sal de la Tierra”); la maravillosamente melancólica “No Expectations” (con la guitarra slide de Brian Jones en plenitud y el piano de Nicky Hopkins en toda su sutileza) y la preciosa y grácil “Factory Girl”, las cuales alcanzan momentos sublimes, mientras la ironía campea en la extrañamente bluesera “Parachute Woman”, la provocadora y mordaz “Stray Cat Blues” (sin duda la letra más osada del disco y quizá de toda la obra de los Stones, una letra que causaría escándalo en estos tiempos de exacerbada corrección política y sexual) y la sardónica “Dear Doctor”. Incluso temas “menores” como el blues campirano “Prodigal Son” o el peculiar “Jigsaw Puzzle” son grandes pequeñas obras y completan la perfecta redondez letrística y musical de este álbum fundamental que en 2018 está cumpliendo 50 años de vida.

(Texto que me publicó el día de hoy la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

domingo, 25 de febrero de 2018

11 grandes discos (no tan conocidos) de 1968

1967 fue uno de los grandes años en la historia del rock, como lo fue 1969. En medio queda 1968, al que recordamos más por sus acontecimientos políticos, aunque a lo largo de sus doce meses también se produjeron estupendos discos. Veamos aquí once de ellos, algunos quizá no tan famosos pero sí de enorme trascendencia artística y musical.

1.- The Band. Music from Big Pink. El álbum debut del legendario quinteto canadiense que adquirió su inicial fama como grupo acompañante de Bob Dylan y que poco a poco logró brillar debido a sus propias luces, al gran talento de sus integrantes y a sus espléndidas composiciones. Una joya de finura y gran rock.

2.- Van Morrison. Astral Weeks. Luego de sus grandes éxitos con el grupo Them, Morrison sorprendió con este disco etéreo e inasible, mágico y misterioso, todo un viaje astral, una especie de sinfonía pastoral en la que se entremezclan el rock, el pop, el folk y el jazz de manera alucinante.

3.- Simon & Garfunkel. Bookends. El primer álbum conceptual de este dueto, con canciones que se refieren a la amistad, a la vida cotidiana, pero sobre todo a las dificultades del crecimiento y la maduración de los seres humanos. Grandes canciones de Simon, como “America”, “At the Zoo”, “Old Friends” y la emblemática “Mrs. Robinson”.

4.- The Kinks. The Kinks Are the Village Green Preservation Society. Luego de pasar por la etapa de sus canciones secas, duras y pre-punks (“You Really Got Me”, “All Day and All of the Night”, etcétera), Ray Davies y los suyos entraron a una segunda etapa creativa, con composiciones más elaboradas y letras críticas que retrataban a la conservadora sociedad británica de su tiempo, aún marcada por la época victoriana. Una belleza llena de humor e inteligencia.

5.- Neil Young. Neil Young. El debut del trovador canadiense, poco después de abandonar a Buffalo Springfield, es una obra que ya apuntaba hacia dónde se dirigiría su carrera en el futuro. No es ni por mucho su mejor trabajo discográfico, pero vale por lo que representa dentro del rock folk que se hacía en aquel momento.

6.- Creedence Clearwater Revival. Creedence Clearwater Revival. Otro álbum debut, este por parte de esta original banda californiana que sonaba a música del deep south y el Mississippi, sin que sus integrantes y principalmente su líder, compositor, guitarrista y cantante, John Fogerty, hubiesen puesto jamás un pie en aquellas regiones. Sus versiones de “Susie Q” y “I Put a Spell on You”, sencillamente sensacionales.

7.- Blood, Sweat and Tears. Child Is Father to the Man. Fundada por el gran músico Al Kooper, esta banda fue más allá de las vertientes blueseras de sus similares Electric Flag y Paul Butterfield Blues Band, para adentrarse en territorios más sofisticados, en especial el jazz. Primer disco y único en el que participaría el propio Kooper antes de dejar a la agrupación.

8.- Traffic. Traffic. El segundo álbum del cuarteto inglés es otra maravilla a la altura del Mr. Fantasy del año anterior, con Steve Winwood y Dave Mason a plenitud como músicos y compositores. Más variado y mejor producido, con un mayor juego de estilos y canciones tan buenas como “You Can All Join In”, “Pearly Queen” y la más que clásica “Feelin’ Alright?”.

9.- Jeff Beck. Truth. El primer disco de Beck como solista luego de salir de los Yardbirds. Un disco de sólido y potente rock, con invitados de lujo que van de los inminentes zeppelines Jimmy Page y John Paul Jones a Keith Moon, Rod Stewart y Ronnie Wood. El característico estilo guitarrístico del buen Jeff ya está aquí a plenitud.

10.- The Doors. Waiting for the Sun. Sin la brillantez de sus dos primeros álbumes, Waiting for the Sun es sin embargo un gran disco. El sonido oscuro y la poesía de sus letras siguió desarrollándose y Jim Morrison se consolidó como un mito del rock de los sesenta. Incluso se dio el lujo de lanzar el simpático tema pop “Hello I Love You”.

11.- Aretha Franklin. Lady Soul. El álbum que consagró a Aretha como la reina de la música soul, un trono que no ha perdido 50 años después. Tercer opus para la disquera Atlantic, contiene canciones tan esplendorosas como “You Make Me Feel (Like a Natural Woman)” y “People Get Ready”, apoyada por un grupo de notables músicos que incluye al saxofonista King Kurtis, el organista Spooner Oldham y el guitarrista Joe South.
(Lista que me publicó el día de hoy la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

domingo, 14 de enero de 2018

Del galano arte de plagiar

¿Cuál habrá sido el primer plagio en la historia de la música? ¿O se habrá producido más bien en la prehistoria de este arte? Muy posiblemente. Uno puede imaginar la escena: un hombre primitivo, quizás incluso un Neanderthal, escucha a otro producir sonidos acompasados al golpear un palo contra una piedra y le gusta el ritmo. Lo memoriza y luego va a tocarlo ante otros congéneres, haciéndolo pasar como una invención suya. Tal vez así se dio el primer plagio en la historia musical de la humanidad.
  Ya en épocas más documentadas, por ejemplo en los siglos XVII, XVIII y XIX , era práctica común que los compositores tomaran “prestados” diversos temas o motivos de sus colegas pretéritos e incluso contemporáneos. Un caso concreto es el de Ludwig van Beethoven, quien en una de las partes más famosas de su Novena Sinfonía (la popular “Oda a la alegría” de 1824), se fusiló nota por nota un fragmento del Misericordias Domine de Wolfgang Amadeus Mozart, compuesto en 1775.
  “Un buen compositor no imita, roba” declaró Igor Stravinsky en épocas en que los derechos de autor no estaban en boga, como empezaron a estarlo a partir de la segunda mitad siglo XX.
  Ya en los ámbitos de la música popular y más concretamente en el mundo del rock, un caso muy sonado de plagio se dio a principios de los pasados años setenta, cuando George Harrison fue acusado legalmente de robar la estructura armónica y algunas formas melódicas de “He’s So Fine”, del grupo vocal femenino The Chiffons, para hacer su célebre “My Sweet Lord”. El ex beatle aceptó su culpabilidad, perdió el juicio (en el sentido judicial del término) y debió pagar una fuerte indemnización.
  Led Zeppelin también se dio gusto al plagiar, incluso descaradamente, blueses de Willie Dixon (“You Need Love” para hacer “Whole Lotta Love”) y Sonny Boy Williamson (el grupo grabó su canción “Bring It on Home” y se la acreditó a nombre de Jimmy Page y Robert Plant), aunque los casos más sonados fueron el de “Dazed and Confused” que Page firmó como suyo desde los tiempos en que estaba con los Yardbirds, cuando en realidad pertenecía al músico inglés Jack Holmes, y el de “Stairway to Heaven”, cuya parte inicial es sospechosamente parecida a la del tema “Taurus” del grupo estadounidense Spirit.
  En tiempos más cercanos, la música pop ha dado claros ejemplos de plagios más o menos escandalosos. Por ejemplo, está el caso de la canción “Blurred Lines” de Robin Thicke, demasiado coincidente con “Got to Give It Up” de Marvin Gaye (Thike fue demandado y perdió); el de “Girlfriend” de Avril Lavigne, casi idéntica en el coro a “I Want to Be Your Boyfriend” de los Rubinoos; el de “Viva la Vida” de Coldplay, tan pero tan semejante melódicamente a “If I Could Fly” de Joe Satriani, o el de “Locked Out of Heaven” de Bruno Mars que no podía parecerse más a “Roxanne” de The Police”. Y así como esos hay varios casos más que involucran a Madonna, Lady Gaga, Michael Jackson, Katy Perry y hasta el muy mexicano grupo Panda, acusado de plagiar canciones de grupos como Fall Out Boy, My Chemical Romance, Sum 41, Bright Eyes y un largo etcétera que incluye a los Ramones, los Smashing Pumpkins y ¡los Beatles! (como leí por ahí: si vas a plagiarte a una banda, asegúrate de que no sea la más importante de todos los tiempos).
  Todo para llegar a la presunta demanda de Radiohead a Lana del Rey, por haberse fusilado “Creep” para “componer” su reciente éxito “Get Free”. Cierto que ambas canciones se parecen muchísimo, aunque las dos están basadas en una escala descendente bastante habitual en la música popular, tan habitual que años antes el grupo The Hollies había demandado a Radiohead por robar partes de su canción “The Air That I Breath”, de 1971, para hacer... “Creep” (Lana del Rey podría esgrimir aquello de “ladrón que roba a ladrón”.
  Con todo, resulta difícil determinar qué es un plagio de verdad. ¿Son plagio los sampleos de los raperos, por ejemplo? Hay compositores que de pronto deciden homenajear a algún músico que admiran y lo citan armónica, melódica o hasta rítmicamente y lo hacen con claridad, para que no haya dudas de que se trata de un tributo. En esos casos, no pienso que haya plagio. Pero también existen vivillos que con todo descaro asaltan a otros creadores y con la justificante de “al fin que nadie se va a dar cuenta” (¿en tiempos de internet? C’mon!), hacen pasar como suyo lo que no les pertenece.
  Y no hablemos de los plagiadores literarios...

(Artículo de mi autoría, publicado el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

domingo, 31 de diciembre de 2017

30 + 1 pronósticos para 2018


Se viene otro año de elecciones federales y el crujir de dientes se deja sentir por todas partes. Estos son nuestros siempre infalibles vaticinios para los próximos doce meses (y que el INE nos coja confesados).

1.– La grilla arrancará a todo tren una vez que inicien oficialmente las campañas electorales. En todas abundarán los ataques personales, los insultos, las infamaciones; la guerra sucia, pues. Pero en ninguna como en la presidencial, en la que llegaremos a límites nunca vistos, capaces de hacer sonrojar al mismísimo Donald Trump. Aunque eso sí: serán la mar de divertidas.

2.– Los aún precandidatos de las tres coaliciones contendientes que se convertirán en candidatos serán José Antonio Meade, Ricardo Anaya y Andrés Manuel López Obrador (al Oráculo le costó mucho trabajo dilucidar esta predicción).

3.– Margarita Zavala, El Bronco y Marichuy lograrán de última hora el registro como candidatos independientes a la presidencia, pero renunciarán un mes antes de los comicios en favor, respectivamente, de Meade, Anaya y el Sup Marcos.

4.– En febrero, el presidente Enrique Peña Nieto declarará solemnemente que no meterá las manos durante los procesos electorales y enseguida sonreirá socarrón.

5.– Entre sus promesas de campaña, Juan Antonio Meade dirá que venderá el avión presidencial, pero no por las mismas razones que lo quiere vender AMLO, sino porque a él le gusta volar en clase turista de las líneas comerciales.

6.– Entre sus promesas de campaña, Andrés Manuel López Obrador anunciará un nuevo gabinete, en el que incluirá a Martí Batres, Yeidkol Polievnsky, John Ackerman, Héctor Díaz Polanco, Layda Sansores, Alberto Anaya, Hugo Éric Flores y Jorge Serrano Limón.

7.– Entre sus promesas de campaña, Ricardo Anaya prometerá no volver a hacer el oso de echarse palomazos con Juan Zepeda. Pero tocará cumbia con los Chuchos.

8.– Durante el primer debate presidencial, a la interrogante “¿Cuáles son los tres libros fundamentales de su vida?”, los tres candidatos dirán: “Paso a la siguiente pregunta”.

9.– En la lucha por el gobierno de la Ciudad de México entre Claudia Sheinbaum, Alejandra Barrales y Mikel Arriola, las dos primeras se pondrán de acuerdo para tundirle al candidato tricolor, no por incompetente sino por su nulo carisma. Luego las dos se agarrarán de las greñas.

10.– Después de los comicios, los usuarios más aferrados de las redes sociales redescubrirán que no se puede hacer la revolución desde sus laptops y que su influencia sobre las votaciones no era la que ellos creían.

11.– Sinaloa, Tamaulipas, Puebla, Coahuila, Veracruz y Guerrero y Jalisco se disputarán, hasta el último segundo, la nominación como el estado más violento del sexenio.

12.– Antorcha Campesina invadirá la calle de Bucareli cuando menos diez veces a lo largo de 2018.

13.– Si Morena no consigue la presidencia de la república, sus militantes tomarán Reforma, la Condesa, la Roma y el corredor que va del centro de Coyoacán a la Cineteca Nacional (cafetería incluida).

14.– Si Ricardo Anaya no consigue la presidencia, se dedicará a dar conferencias con ese estilo tan suyo a la Steve Jobs región cuatro.

15.– Si José Antonio Meade no consigue la presidencia, será secretario de Hacienda (de ganar Anaya) o secretario de la empresa de un cuñado suyo (de ganar AMLO).

16.– Donald Trump estará a punto de salir de la Casa Blanca, al descubrirse que el color de su cabello fue una idea de Vladimir Putin y la trama rusa, pero dirá que se trata de fake news.

17.– En su tercer año como rector de la UNAM, Enrique Graue, seguirá sin mover un dedo para recuperar el auditorio “Che Guevara” de la facultad de Filosofía y Letras, a fin de que deje de ser territorio autónomo de los grupos ultras que se lo siguen agandallando.

18.– Politólogos, intelectuales, opinadores y conductores de noticiarios en radio y televisión continuarán diciendo cosas como “han habido”, “tonces”, “en base a” o “hace sentido”.

19.– Al igual que en 2017, Televisa y Azteca proseguirán con su labor de hacer de la televisión abierta mexicana la más vulgar, aburrida y de mayor doble moral en el mundo.

20.– Netflix estrenará nuevas series sobre narcos famosos, sobre todo de aquellos que tengan posibilidades de ser amnistiados por López Obrador.

21.– Como ya es tradición, el cine mexicano seguirá produciendo películas tremendistas sobre temas fronterizos y comedias light filmadas en la colonia Condesa, cintas que nadie verá y que durarán en promedio una semana en exhibición para su posterior enlatamiento.

22.– La literatura mexicana también seguirá apostando por los temas sensacionalistas que involucren al narco y a la frontera norte. Los escritores más exitosos serán, como siempre, no los mejor dotados literariamente, sino los que tengan mejores relaciones públicas.

23.– A principios de año se anunciará el elenco del siguiente festival Vive Latino. La nota principal será la expulsión definitiva de los grupos de rock, aunque la cumbia, el mariachi, la balada ñoña y la música andina estarán muy bien representados.

24.– La Liga MX pasará a llamarse Liga EX y prohibirá en definitiva la contratación de jugadores nacidos en México.

25.– Águilas, Chemos, Pumas y Chivas no serán campeones en el Torneo de Clausura 2018. Tampoco en el de Apertura 2019 (que empieza en julio de 2018).

26.– Los Pumas alcanzarán por fin su ansiada meta: llegar a la división de ascenso, para poder participar en todas las liguillas.

27.– El América anunciará la contratación de José Ramón Fernández y André Marín como publicistas oficiales del equipo.

28.– En mayo, la selección nacional anunciará que en Rusia empatará con Alemania y derrotará a Suecia y Corea del Sur. Exacto: el mismo camino “exitoso” del Mundial de Argentina en 1978.

29.– El tricolor, sin embargo, no pasará de la primera ronda y el profe Osorio será destituido. Un mes después, se le nombrará nuevo director técnico del América en sustitución del Piojo Herrera, quien entrenará al Xelajú de Guatemala.

30.– El Barcelona ganará la liga española, la Champions y todos los duelos contra el Real Madrid. Los fanáticos merengues y los comentaristas de ESPN, Fox y TDN sufrirán problemas hepáticos.

+ 1.– Mañana lunes será 1 de enero de 2018 (por si me fallan todas las predicciones anteriores, al menos a esta sí le atino).
(Estos pronósticos me fueron publicados el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

miércoles, 27 de diciembre de 2017

El rock del 2017 (los 15 mejores discos)


Un año de muchos buenos discos, aunque muy pocos que podamos distinguir con calificativos como extraordinario o trascendente. El hip-hop y el pop siguen dominando las preferencias del público millennial y poco espacio queda para el rock. Aun así, distingamos quince buenos álbumes del género o al menos cercanos al mismo, varios de ellos realizados por mujeres.

15.- JD McPherson. Undivided Heart & Soul. Delicioso álbum retro, con dejos de Dan Auerbach y los Black Keys. Rockabilly, blues, pop y roots music en una síntesis muy grata, gracias a la guitarra y voz de McPherson en este su tercer disco, el mejor hasta ahora.

14.- Sharon Jones. Soul of a Woman. Disco póstumo de la enorme cantante de soul fallecida hace poco más de un año y que aun con el cáncer que la afectaba tuvo los arrestos para grabar esta maravilla. Acompañada como siempre por sus Dap-Kings, Jones nos muestra por qué logró convertirse en diva de la música negra. Una joya

13.- Algiers. The Underside of Power. Tremenda, violenta y ultra politizada fusión de post rock, industrial y hip-hop. Una especie de soundtrack para la era Trump/Brexit, pero con una música poderosa y excelsa. Un disco de contundente denuncia política y de gran calidad artística.

12.- Nai Palm. Needle Paw. Sorprendente propuesta la de la frontwoman del peculiar grupo australiano de soul futurista Hiatus Kaiyote. Armada con su guitarra fuera de serie y acompañada por un coro de tres voces, Palm realiza fantásticos juegos vocales a lo largo de una docena de piezas asombrosas.

11.- The National. Sleep Well Beast. Oscuro y profundo. Irónico y sensual. Un álbum lleno de emoción y sensibilidad. Musicalmente impecable, con un Matt Berninger a plenitud. Letras de dolor ante el presente individual y social. Hay mucho de lamento, pero mucho de esperanza. Una belleza.

10.- The xx. I See You. La sofisticada sensibilidad de este proyecto regresa con un disco que toma todos los elementos que lo distinguieron en sus dos primeros álbumes para desarrollarlos con ritmos y armonías de mayor elaboración. Jamie xx se supera y las voces de Romy Madley Croft y Oliver Slim alcanzan una conjunción majestuosa. Una obra sublime.

9.- LCD Sound System. American Dream. Letras críticas y pesimistas acerca de la situación social, política y cultural de hoy, revestidas de música bailable y festiva. La aparente contradicción es resuelta gracias al talento de James Murphy en este disco para los pies, la cabeza y el corazón, como alguien lo definió.

8.- Brand New. Science Fiction. Uno de esos grupos que parecen surgidos de la nada, aunque lleven varios años en el camino. Science Fiction es un gran disco, con mucho de Nirvana y el grunge noventero, pero con mucho de oscura introspección progresiva que lo acerca incluso a Pink Floyd. Extraña mezcla, pero altamente efectiva.

7.- Queens of the Stone Age. Villains. Con toda su fuerza rocanrolera, con todo ese vértigo que siempre despiden, Josh Homme y compañía reaparecen con este gran trabajo discográfico, en una combinación tan interesante como explosiva. Gran disco.

6.- LP. Lost on You. Una artista sensacional y muy poco conocida, LP (Laura Pergolizzi) posee un estilo en el que el blues, el soul, el rock y el pop se entremezclan con la música electrónica y las más contemporáneas formas de grabación. Oscura, llena de alma, provocativa, sensual. Todas estas cualidades están en este, el cuarto disco de su carrera.

5.- Lorde. Melodrama. Pop rock en su mejor y más auténtica expresión. Pop rock con aires de art-rock. Más ambicioso que su disco debut, este Melodrama muestra a la muy joven compositora y cantante neozelandesa (sólo tiene 20 años de edad) en plenitud de forma para un trabajo admirable.

4.- Laura Marling. Semper Femina. La joven cantautora inglesa sorprende con cada álbum que produce. Su calidad como compositora e intérprete lleva una dirección siempre ascendente. Marling trasciende el sonido folk de sus inicios y con letras inteligentes y provocadoras, más una música a la vez sencilla y suntuosa, consolida su seductora originalidad.

3.- Aimee Mann. Mental Illness. Con muchos años ya en el camino, esta gran cantante y compositora regresa con una obra melancólica, introspectiva y de gran belleza, producida de un modo tan sutil que evita caer en el melodrama fácil y acaba por proporcionarnos más de una luz. Una preciosidad.

2.- Father John Misty. Pure Comedy. ¿Crooner, autor, músico, showman, filósofo, poeta? Todo eso es Joshua Tillman, quien con el sobrenombre de Father John Misty presenta una faceta brillante y sofisticada. Letras inteligentes, irónicas, poéticas y críticas con el marco de una música llena de finura e intencionalidad. Un álbum soberbio.

1.- St. Vincent. Masseduction. Una obra exquisita. El cuarto álbum de Annie Clark no es quizá su mejor trabajo, pero sí el más accesible, el más perfecto, el más cuidado y el más variado. No hay desperdicio en una sola de las composiciones que lo conforman. Elegante, sutil, refinado, en ocasiones divertido y en ocasiones conmovedor, Masseduction es eso: un disco cautivador, irresistible.

PD: ¿El rock en México? El chiste se cuenta solo.

(Lista que se publicó el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario).

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Disraeli Gears

La obra maestra de Cream. El álbum que consolidó al primer supergrupo de la historia del rock y que dio a Eric Clapton la estatura de dios de la guitarra. Otro disco clásico que cumple medio siglo este año.

Si en la década de los cuarenta Muddy Waters, Willie Dixon y otros de sus contemporáneos llevaron al blues rural a una transformación radical, al electrificarlo y darle un toque más urbano, cuando inició la segunda mitad de los sesenta, un trío británico se encargó de llevar esta electrificación al máximo, al elevar en extremo su volumen sonoro y transformarlo en un alucinante viaje psicodélico. Eric Clapton (guitarra y voz), Jack Bruce (bajo, armónica y voz) y Ginger Baker (batería y voz) conformaban al poderoso y hoy legendario grupo Cream, un vehículo musical extraordinario que durante tan sólo dos años condujo al blues-rock a niveles antes jamás imaginados. Gracias a su talento instrumental y a su capacidad para la improvisación cuasi jazzística, la agrupación logró convertir a sus conciertos en un hecho mítico y a sus pocas grabaciones de estudio en un testimonio imperecedero de su creatividad y finura musical.
  Disraeli Gears (Polydor, 1967) fue el segundo álbum de la agrupación, luego del debutante Fresh Cream de aquel mismo año. Este segundo opus reafirmó la propuesta bluesero-psicodélica del trío, iniciada en su primer trabajo, pero la enriqueció con un mayor sentido armónico y melódico y con la creación de riffs tan memorables como los de “Strange Brew”, “S.W.L.A.B.R.” y sobre todo el de ese gran clásico que es “Sunshine of Your Love”.
  El disco inicia con la mencionada “Strange Brew” (originalmente intitulada “Lawdy Mama”), un blues acompasado y sensual en el cual la guitarra de Clapton luce desde el primer acorde, mientras él mismo le canta a una mujer misteriosa y amenazante. En seguida, viene el por todos conocido riff de “El brillo de tu amor” y de golpe surge la potente y característica voz de Jack Bruce que a lo largo de la canción se alterna con la de Clapton, cuyo espléndido solo es tan célebre como el propio riff. “Sunshine of Your Love” es más que nada un hard rock bajo la estructura armónica de un blues, sólo relativamente quebrado por el contundente y portentoso puente (“I’ve been waiting so long…”).
  “World of Pain” se acerca más a un tema de pop psicodélico a la manera de Traffic, dado su gran sentido melódico. Se trata de una gran pieza (escúchese el wah wah claptoniano) que da paso a la exuberante y finísima “Dance the Night Away”, composición en la cual Clapton ejecuta con maestría la guitarra eléctrica de doce cuerdas para dar un peculiar aire folk a un tema claramente enraizado en la psicodelia. La letra llena de fantasía prefigura las temáticas literarias de las canciones de Led Zeppelin.
  El lado A del vinil original termina con la muy curiosa “Blue Condition”, única pieza cantada por Ginger Baker con una voz intencionalmente lánguida e irónica.
  La segunda parte de Disraeli Gears abre con uno de los grandes cortes del disco, “Tales of Brave Ulysses”, cuya estructura armónica descendente es casi idéntica a la de “White Room”, la clásica composición de Cream que aparecería en su tercer álbum, el Wheels of Fire de 1968. Clapton había compuesto la música de este tema y en un club de Londres comentó a su amigo y vecino, el ilustrador australiano Martin Sharp (quien creó la alucinante cubierta de Disraeli Gears), que necesitaba ponerle letra. Ahí mismo, en una servilleta, Sharp le escribió el poema que se convirtió, felizmente, en la mitológica letra de la canción.
  “S.W.L.A.B.R.” (siglas que significan “She Walks Like A Bearded Rainbow”, es decir, “Ella camina como un arcoiris barbado” [?]) es uno de los cortes más luminosos, divertidos y delirantes del álbum, lo cual contrasta con la dramática e intensa plegaria amorosa que es “We’re Going Wrong”.
  La luz regresa con una gran tonada de Arthur “Blind Willie” Reynolds, “Outside Woman Blues”, seguida por “Take It Back”, otro blues festivo cantado por Bruce, cuya armónica se pasea de lúdica manera al tiempo que se escuchan voces de un público ficticio, efecto creado dentro del estudio de grabación.
  El título de Disraeli Gears surgió de una broma y una confusión verbal, cuando Eric Clapton comentó que quería comprar una bicicleta de carreras y uno de sus roadies, de nombre Mick Turner, al querer hablar de los riesgos de que la rueda de la cadena se zafara, se confundió y en lugar de decir “derailleur gears” (palanca de cambios de la bicicleta), dijo “Disraeli gears” (Benjamin Disraeli fue un importante hombre de Estado en la Inglaterra del siglo XIX), lo que causó la hilaridad de los músicos, quienes decidieron que ése debía ser el nombre de su segundo álbum, mismo que culmina con “Mothers’ Lament”, una curiosa canción tradicional inglesa entonada con voces de borrachos por los tres integrantes de Cream, acompañados por un piano de cantina. Una buena y sonriente manera de terminar una obra fuera de serie.

(Artículo que se me publicó el día de hoy en la sección "El ángel exterminasdor" de Milenio Diario)

jueves, 9 de noviembre de 2017

Enrique Guzmán, ¿padre o padrino del rock nacional?

1957. En algún lugar del aún Distrito Federal, cuatro adolescentes asiduos al Deportivo Chapultepec –a donde suelen ir a patinar– y fanáticos de esa nueva música que los medios llaman rocanrol deciden formar un grupo. Se trata de los hermanos Armando y Jesús Martínez, Sergio Martell y Enrique Guzmán. Este último tiene apenas 14 años de edad y hace dos que llegó a la ciudad, proveniente de Caracas, Venezuela, donde nació y vivió hasta entonces al lado de sus padres, ambos mexicanos. Los jóvenes se reúnen en la casa de Enrique, ya que es el único que tiene una guitarra eléctrica. Sin embargo, éste queda como bajista del grupo, con Jesús como guitarrista, Sergio como pianista y Armando como baterista y voz principal. Empiezan tocando canciones de Elvis Presley y Little Richard (o “El pequeño Ricardito”, como se le llamaba en México). En alguna entrevista, Guzmán cuenta: “Lo que pasa es que queríamos ligar. Porque antes íbamos a las fiestas y las muchachas no nos hacían caso. Entonces discurrimos formar un conjunto de rock para tocar en esas fiestas... y empezamos a ligar”.
  Dado que fueron gustando, cada vez los buscaban para tocar en más fiestas, hasta que alguien de la disquera Columbia los escuchó y los invitó a grabar. Para entonces, Armando ya no era el vocalista, debido a que en cierta ocasión se quedó ronco y de emergencia Enrique lo tuvo que sustituir. A partir de ese momento, se quedó como la voz del cuarteto, al que habían bautizado como Los Teen Tops.
  En 1960 grabaron su primer disco, con éxitos del rock n’ roll estadounidense a los que adaptaron muy curiosas e inventivas letras en español, en su mayor parte escritas por Enrique Guzmán, cuya versión de “Good Golly Miss Molly” de Little Richard nada tiene que ver con la original.
  Si algún día tengo la oportunidad de entrevistar a Guzmán, lo primero que le preguntaré es de dónde le vino la feliz y delirante idea de ponerle “La plaga” a la canción de Ricardito y de dónde surgieron líneas como “Ahí viene la Plaga, le gusta bailar y cuando está rocanroleando es la reina del lugar” o “Mis jefes me dijeron: ‘ya no bailes rocanrol; si te vemos con la Plaga, tu domingo se acabó’”.
  Porque uno de los grandes méritos de aquellas letras era su adaptación al español que se hablaba en México, con numerosos modismos y hasta citas a lugares de nuestro país (“Nací en Guadalajara, donde yo encontré una preciosa chica que me enamoré”, canta Enrique en “Ven, Johnny ven”, su versión de “Johnny B. Good” de Chuck Berry).
  Los Teen Tops permanecieron juntos hasta 1964, cuando Enrique Guzmán decidió separarse de ellos en definitiva y convertirse en baladista (tendencia que siguieron otros, como César Costa o Manolo Muñoz, quienes también provenían de conjuntos de rocanrol). Pero ahí quedaron, como clásicos del primer rock hecho en México, temas como “Presumida”, “Quiero ser libre”, “El rock de la cárcel”, “Confidente de secundaria”, Popotitos” y muchas más.
  Como solista, Enrique logró una gran aceptación. Ya desde 1960 había grabado su primer disco sin el grupo y con acompañamientos orquestales. Su éxito inicial fue “Cien kilos de barro” y de ahí vinieron en cascada muchos otros: “Tu cabeza en mi hombro”, “Lo sé”, “Mi corazón canta”, “Gotas de lluvia”, “Payasito” y hasta la híper surrealista “Mangos” (“Mangos, papayas, melones y bayas, mi amor, te daré, si me das el sí... / Y si me quieres tú a mí, como te quiero yo a ti, ¿por qué no habíamos de tener todos los mangos y papayas y cajetas de Celaya?”). Digna de “Call Any Vegetable” de Frank Zappa.
  Lo que vino después fue una muy larga carrera que incluyó su actuación en gran cantidad de películas “juveniles” del cine mexicano, sus noviazgos con estrellas como Angélica María y Rocío Dúrcal o su matrimonio con la actriz Silvia Pinal, con quien se reveló como un muy buen comediante, con personajes como Bartolo Taras, el cual se volvió tan popular que la gente en la calle, en lugar de decirle Enrique, lo llamaba Bartolo. Tuvo que matar al personaje.

2017. 30 de octubre. Auditorio Nacional de la Ciudad de México. Enrique Guzmán celebra sus 60 años como cantante con lleno total, acompañado por una gran orquesta y con una voz que no deja de sorprender por su claridad y su potencia a los 74 años de edad. Simpático y dicharachero, interpreta la mayor parte de su repertorio como solista y algunas canciones de los Teen Tops. Incluso “La Plaga”, al lado de su hija Alejandra. Un concierto estupendo y lleno de emotividad, con un público conformado por adultos de la segunda y la tercera edad. Cero millenials.
  ¿Es Enrique Guzmán padre o padrino del rock hecho en México? Dejémoslo en pionero. Un pionero entrañable.

(Publicado el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario).

domingo, 29 de octubre de 2017

Los 50 años del Señor Fantasía

Traffic fue formado en 1967 por Steve Windwood, poco después de su salida del Spencer Davis Group, al cual había ingresado en 1963, cuando apenas tenía quince años de edad. Verdadero niño prodigio, este multiinstrumentista contribuyó con dicha agrupación de rhythm’n’blues no sólo con su característica y soberbia voz y su extraordinaria manera de tocar la guitarra y el órgano Hammond, sino con un tema clásico de la historia del rock: “Gimme Some Lovin’” (1966).
  Quizá porque el grupo le empezaba a quedar chico o porque quería experimentar con nuevas ideas, en 1967 Windwood se reunió con Dave Mason (guitarra, cítara, instrumentos hindúes) y Jim Capaldi (batería y percusiones) –ambos provenientes del grupo de jazz Deep Feeling–, así como con el flautista y saxofonista Chris Wood. Apoyados por el productor Jimmy Miller y bajo el nombre de Traffic, grabaron en Londres un disco EP con dos temas: “Paper Sun" y “Giving to You”. El primero logró un gran éxito de popularidad y situó a Traffic en el panorama del rock británico de la época. Sin embargo, en lugar de engolosinarse, el cuarteto decidió aislarse de todo y los músicos se retiraron a una mansión campestre en Berkshire Downs, lejos del bullicio del swinging London, a fin de escribir canciones y buscar un sonido nuevo y diferente. El resultado fue el álbum Mr. Fantasy.
  El estilo de Mr. Fantasy (Island Records, 1967) podría definirse como psicodélico–bucólico y fue Chris Wood quien más influyó en la creación de dicho estilo. “En Berkshire Downs, llevábamos una vida totalmente campestre”, cuenta Steve Windwood. “Chris abrió nuestras mentes a una serie de ideas diferentes. Por él conocimos la música clásica china, así como oscuras baladas del folclor inglés. También infundió en los demás un gran interés por cosas como la geología, la topografía y la observación de las aves. Todo ello nos abrió un mundo nuevo y quisimos incluirlo en nuestras composiciones”.
  Mr. Fantasy fue tomando forma poco a poco, gracias a los talentos de Windwood y Mason, las dos fuerzas creativas –opuestas y complementarias– de Traffic. Windwood solía componer junto con Wood y Capaldi, mientras que Mason prefería hacerlo solo y únicamente mostraba las canciones a sus compañeros hasta que estaban por completo terminadas.
  Traffic entró en los Olympic Studios en el verano de 1967 y la grabación del álbum duró cerca de tres meses. Esta tardanza se debió sobre todo a los complicados arreglos de las canciones, llenos de texturas, colores y detalles instrumentales de enorme y sutil riqueza. Se trataba de un repertorio ecléctico y exótico que combinaba el rock con el jazz, el folk y la psicodelia. El productor Jimmy Miller tuvo mucho que ver en la cohesión y conjunción de esa música absolutamente novedosa, a pesar de que el disco fue grabado el mismo año del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de los Beatles.
  Mr. Fantasy comienza con la deliciosa “Heaven in Your Mind”, en la cual las voces de Windwood, Mason y Capaldi logran una expresión coral llena de armonía. “Berkshire Poppies”, por su parte, es una composición juguetona y llena de giros y cambios rítmicos. “House for Everyone” es una de las tres piezas de Mason incluidas en el disco. Su célebre comienzo, como una cajita de música a la que se da cuerda, y su letra llena de fantasía, así como el uso caprichoso de las cuerdas mostraron la capacidad de Dave como compositor y arreglista. Le sigue la bellísima “No Face, No Name and No Number”, con un Windwood que alcanza una tesitura vocal conmovedora.
  “Dear Mr. Fantasy” es ya un tema clásico. Durante sus casi seis minutos, la pieza va alcanzando un crescendo que alcanza su clímax en el intenso solo de guitarra de Windwood a manera de espléndido jam session.
  El lado B del LP original comienza con “Dealer”, una composición de Jim Capaldi, quien hace alarde en la variedad de las percusiones. Se trata de una canción oscura, extraña, con estructuras armónicas que recuerdan lejanamente al flamenco español. “Utterly Simple”, de Mason, es una afortunada incursión en la música de La India, con cítaras y tablas que de inmediato hacen pensar en George Harrison y Ravi Shankar.
  El álbum concluye con tres composiciones espléndidas: la magnífica, sofisticada y muy windwoodiana “Coloured Rain”, la masoniana “Hope I Never Find Me There” y la instrumental y jazzera “Giving to you”, en la que Chris Wood y Steve Windwood lucen con sus respectivos solos.
  Felices 50, Señor Fantasía.

(Texto que escribí para la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario y que se publicó el pasado día 19).

jueves, 28 de septiembre de 2017

Parménides: el escritor rocanrolero (a 35 años de su muerte)

A mediados de 1969, menos de un año después de la matanza de Tlatelolco, mi hermano, el cineasta independiente Sergio García, y varios amigos y colegas suyos conformaron el grupo cultural semi clandestino Liberación, con el que, además de filmar algunas cintas en formato Super 8, realizaban reuniones finsemanales para escuchar música y discutir diversos temas políticos, sociales y culturales. 
  Era un grupo más beatnik que hippie, más de corte existencialista e izquierdosón. Dichas reuniones se llevaban a cabo en el departamento donde vivían Sergio y su entonces esposa Guadalupe, en la unidad habitacional Lomas de Plateros, en Mixcoac, y normalmente invitaban a algún personaje para intercambiar puntos de vista con él. Por ahí estuvieron, entre otros, Alejandro Jodorowsky, el obispo Sergio Méndez Arceo, el sacerdote jesuita Enrique Marroquín, músicos como José de Molina y René Villanueva, actores como Carlos Ancira, July Furlong y José Alonso y escritores como José Agustín, Juan Tovar, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña.
  Yo tan sólo tenía 14 años de edad, pero logré estar en varias de aquellas reuniones, como asombrado y callado oyente. Recuerdo la de Parménides muy especialmente, porque yo leía con fruición sus artículos en El Heraldo de México y en la revista Pop y por su actitud irreverente y desparpajada. Por ahí guardo una foto de esa sesión (verla aquí), en la que se le ve de cabello corto, barba y vestido como cualquier joven clasemediero y “normal” de aquel tiempo.
  Volvería a verlo el 30 de junio de 1973, durante una comida dominguera en una casona de la calle Tezoquipa, en el centro de Tlalpan, y me recuerda mi hermana Myrna que ese día “El Par” (como se lo conocía) y José Agustín lamentaban frente a quienes ahí estábamos la muerte de Germán Valdés Tin Tan, acaecida un día antes, mientras veían la noticia en la sección de espectáculos del diario deportivo Esto. Yo tenía 18 años, pero no recuerdo haberme atrevido a hablar con Parménides. Era una figura que me imponía y más con todo lo que se contaba acerca de él y sus delirantes y en ocasiones violentas aventuras.
  Como cuando discutió con el escritor Ignacio Solares y terminó agarrándolo a patadas o aquella legendaria anécdota del día que irrumpió en las oficinas de la revista Plural con la intención de “romperle la madre” a Octavio Paz, porque éste no lo había incluido en una antología de literatura juvenil. Se cuenta que Paz tuvo que esconderse debajo de su escritorio, mientras la gente de la revista controlaba y echaba del lugar a Parménides. Hay quienes dicen que eso jamás sucedió, pero hay quienes afirman lo contrario.
  Asimismo, en una celebración del Partido Socialista Unificado de México, increpó a gritos a su líder, Arnoldo Martínez Verduzco, además de que en una ocasión destrozó la casa de Ricardo Vinós y en otra hizo trizas varios discos de su gran amigo José Agustín. Eso para no hablar de la vez en que fue a dar al Reclusorio Norte por golpear a su propia mamá. Estuvo encerrado un tiempo y al salir de ahí, lo primero que hizo fue buscar a su progenitora... para tratar de golpearla otra vez. Por ello no fue extraño que pasara temporadas en manicomios tlalpeños como La Floresta y el hospital de San Rafael.
  Parménides García Saldaña nació en Orizaba, Veracruz, en 1944. Estudió Economía en la UNAM y Ciencias Sociales en la Universidad Iberoamericana. Colaboró en publicaciones como Excélsior, El Heraldo de México, La Cultura en México, La Piedra Rodante, Pop, Diorama de la Cultura y la Revista de Bellas Artes, entre otras.
  Escribió la delirante novela Pasto verde (1968), el divertidísimo libro de cuentos El rey criollo (1971), el legendario y gran ensayo En la ruta de la onda (1972) y el poemario Mediodía (1974).
  Pero fueron el blues y el rock sus más grandes y apasionados amores (con las chavas no fue muy afortunado que digamos). Por eso la mayor parte de sus escritos tiene que ver con esa música, a la que abordaba con un estilo peculiarísimo y barroco, abigarrado y lleno de coloquialismos, con un sentido del humor que lo convertía en una especie de Mick Jagger–conoce a–Charles Manson de la literatura y el periodismo de rock.
  Parménides no daba concesiones y desde su brillante y loca inteligencia aceptaba con gusto (creo que fue el único) que lo consideraran como un escritor de la Onda.
  Falleció el 19 de septiembre de 1982, de una neumonía. Se dice que fue encontrado muerto, solo y su alma, en un cuarto de azotea de un edificio de la colonia Polanco. Tal vez se trata, también, de una mito más alrededor suyo... o tal vez no.
  “El Par”.

(Texto que me publica el día de hoy Milenio Diario, en la sección "El ángel exterminador")

lunes, 11 de septiembre de 2017

La fascinante historia del Hotel Riviera de Ensenada

Un lugar mágico y misterioso, en el que vagan las almas de Al Capone y del inventor del coctel Margarita.

Ensenada, Baja California. Se trata del mayor municipio del estado y la ciudad que lleva su nombre es un lugar que va más allá de sus evidentes atractivos turísticos. Puerto pesquero con los mejores mariscos (“no puedes visitar Ensenada sin comer unas tostadas marisqueras en una carreta callejera”, me dijo una gran amiga poco antes del viaje*) y lugar de llegada de grandes cruceros, sus frías playas son ideales para la práctica del surf. Parecería que no hay más y, sin embargo, existe un sitio que estuvo olvidado por largo tiempo, pero que fue rescatado como casa de la cultura: el antiguo Hotel Riviera, hermoso inmueble de blancas paredes y amplios y cuidados jardines en el que se oculta una fascinante historia que involucra a gangsters, políticos, gente del arte y estrellas de Hollywood.
  A mediados de junio pasado, tuve la fortuna de ser invitado a dar un par de cursos y presentar mi novela Emiliano en la galería del oficialmente llamado Centro Cívico y Cultural Riviera del Pacífico y mejor conocido como Centro Cultural Riviera. Ello me permitió admirar la magnífica edificación, originalmente inaugurada en 1930. Se trata de una enorme propiedad de blancas paredes, de estilo colonial español, con grandes estructuras de madera traída de España y Cuba, que se extiende a lo largo de amplios y cuidados jardines. Hoy día, ahí se realizan numerosas actividades culturales (desde conciertos, conferencias, exposiciones o presentaciones de libros hasta clases cotidianas de diversas actividades para niños, amas de casa y personas de la tercera edad). Resulta difícil concebir que ese espacio de tan nobles condiciones haya sido en su momento, especialmente en la llamada época de la prohibición, un suntuoso casino en el que se refugiaban mafiosos de Chicago y donde campeaban el juego, las apuestas, el alcohol, las drogas y la prostitución de lujo.
  El lugar es francamente deslumbrante y seductor. Aunque ya no da con la playa, debido al crecimiento de la ciudad, no resulta difícil imaginar cómo era en su época de esplendor, con el océano Pacífico a la vista de sus terrazas (hoy la vista la tapa el moderno y recién inaugurado Museo de la Ciencia de Ensenada, construido con capital privado).
  Cuenta la leyenda que el principal financiador del Hotel Casino Riviera fue Alphonse Gabriel Capone, el famoso “Scarface”, quien solía visitarlo cuando necesitaba alejarse de su centro de operaciones en Chicago. Si esto es verdad o no, resulta difícil de comprobar, ya que no existen documentos escritos o fotográficos que lo certifiquen. Hay quienes de plano niegan la presencia de Capone y aseguran que se trata de un mero mito urbano, explotado por algunos vivales para realizar recorridos turísticos, sobre todo con los muchos extranjeros, en su mayoría norteamericanos, que visitan Ensenada y quedan encantados al conocer el lujoso “refugio” del afamado mafioso. Me dicen incluso que existen pasadizos (no tan) secretos, por los que se efectúan recorridos en los que de pronto uno puede toparse con los espíritus errantes de algunos de los antiguos comensales del casino (“espíritus” protagonizados por empleados actuales del centro).
  Si lo de Al Capone es verdad o es mentira, de cualquier modo uno no puedo sustraerse al hechizo de la imaginación y dejarse llevar por ella. El ex casino se presta para ello.
  Pude efectuar un recorrido por los largos corredores y los enormes y lujosos salones del vasto inmueble (la barra del bar original es una perfecta maravilla), con sus majestuosos candelabros franceses y sus enormes espejos. Hoy, dichos salones se alquilan para convenciones y grandes fiestas (de esa manera se financia en parte el centro cívico y cultural), pero hace cerca de un siglo, pululaban por allí los gamblers, los padrinos del crimen organizado y las grandes estrellas de Hollywood (desde la época del cine mudo hasta la etapa de las primeras producciones en technicolor). Un notable cuadro, atribuido al pintor regiomontano Alfredo Ramos Martínez, quien en esos años vivía en la relativamente cercana ciudad de Los Ángeles, muestra con un cierto estilo riveriano a famosos visitantes como Marilyn Monroe, Lana Turner, Jack Dempsey y, por supuesto, Al Capone.
  A mediados de la década de los treinta, el gobierno de Lázaro Cárdenas prohibió los casinos y la edificación quedó clausurada durante largos años, hasta que en 1948 fue adquirida por la empresaria estadounidense Marjorie King Plant, quien la transformó en el Hotel Riviera del Pacífico. Fue en ese tiempo, en el llamado Bar Andaluz del propio hotel, donde el bartender David Negrete inventó, a petición de la señora King, el hoy popular coctel Margarita. Una placa en el bar da incluso la fecha de tan singular invento: agosto 21 de 1948.
  De 1963 a 1978 el lugar quedó en el total abandono y sobrevivió de milagro, hasta que fue rescatado por el gobierno de Baja California. Desde 1990, el hoy centro cívico es propiedad del municipio de Ensenada. Sin duda alguna, un sitio extraordinario.

*De carretas y mariscos exóticos

Las famosas carretas no son sino puestos ambulantes con ruedas que se encuentran en algunas esquinas de la avenida costera de Ensenada. Repletos de clientes de todas las clases sociales que acuden a cualquier hora, ofrecen cocteles y tostadas de mariscos con una variedad enorme de estos y con la garantía de haber sido pescados ese mismo día y adquiridos en el Mercado Negro. Pero no se me malentienda: el Mercado Negro no se llama así porque hoy día se vendan productos de manera ilegal. Al parecer, recibió ese nombre porque hace muchos años se expendían allí, en forma soterrada, abulón y langosta, especies que eran exclusivas de las cooperativas pesqueras.
  Ahí conocí uno de los mariscos más extraños que he visto en mi vida: un molusco enorme, con forma de grueso miembro viril (o para evitar eufemismos que puedan molestar a la doctora Verótika, con forma de pene), apenas cubierto por una concha, de la cual parece desbordarse y que es conocido como almeja generosa o (of all names) almeja chiluda. Confieso que no la probé. No por prejuicioso, sino porque cuesta un ojo de la cara (se exporta sobre todo a Japón). Pero sí me fotografié con una de ellas.


(Publicado el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)