Quisiera hablar acerca de algo que vislumbré hace unos días, al escuchar en forma continuada dos discos: primero, el de un exponente del rockcitito nacional llamado Furland y en seguida el Surprise de Paul Simon.
Muchas y abismales son las diferencias entre ambas obras, pero hay un concepto que resulta clave, no sólo para distinguirlas entre sí, sino para determinar una de los grandes carencias del rock que se hace hoy en nuestro país: la incapacidad de casi todos los grupos y solistas para crear belleza. Porque aunque Furland (como tantos otros) apuesta por un popcito con ciertos tintes melódicos (aun cuando en su caso resulta una burda y fallida imitación de los Babasónicos), sus tonadas (ya no digamos sus letras) jamás se acercan a algo semejante a la belleza. No hay sensibilidad, no hay sentimiento, no hay emoción, no hay entraña.
En cambio, desde la primera hasta la última nota de su disco, Paul Simon nos regala una lluvia de belleza musical y letrística, sin la menor artificialidad, con esa sencillez y esa humildad que sólo poseen los verdaderos artistas. A sus sesenta y cinco años de edad, este hombre es aún capaz de sublimarse al escribir canciones y, sobre todo, es capaz de conmovernos por medio de la belleza. ¿Por qué? Porque nunca ha pretendido otra cosa que expresarse mediante el simple (y por ende complicado) expediente de hacer música. No para vender, no para ganar premios, no para filmar videoclips y aparecer en MTV, no para ser famoso y millonario. ¿Qué sus discos se venden y que a lo largo de más de cuarenta años le han redituado dinero y celebridad? Por supuesto. Pero ello fue una consecuencia de su obra artística y no una finalidad que se haya propuesto cuando se iniciaba como cantante de folk, en el Greenwich Village neoyorquino, a principios de los años sesenta.
He ahí la gran diferencia entre ser artista, en el verdadero sentido de la palabra, y ser un simple mercenario. De los primeros hay pocos, los segundos pululan por el mundo. Los primeros crean belleza; los segundos, una brillosa, llamativa, aparatosa pero vacua y aguada mierda.
(Editorial "Ojo de mosca" que escribí para el No. 110 de La Mosca en la Pared, en noviembre de 2006)
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jueves, 4 de octubre de 2018
miércoles, 13 de junio de 2018
El derecho a la disidencia
La sobrevaloración es casi siempre fruto de la ignorancia. Lo es también del bombardeo mediático o de una serie de sobreentendidos, aunque éstos muchas veces estén fundados en premisas falsas. Cuando vemos a un músico, un escritor, un actor, un artista plástico que de pronto es tomado por todos como un genio, la precaución debería ser nuestra primera actitud. Por supuesto que lo más fácil y lo más cómodo es aceptar acríticamente lo que se nos trata de imponer por medio de la publicidad o mediante la opinión inapelable de una corte de “expertos”, a quienes nadie se atreve a contradecir por temor a ser señalado como un necio. Tratar de asumir una posición crítica acarrea enemistades y desconfianzas. Ir contra la corriente suele traducirse en rechazo y marginación, en ser acusado incluso de retrógrado e indeseable. De ahí que para muchos sea preferible adherirse a la masa y aceptar como verdades absolutas los dictados de aquellos que “sí saben”, en lugar de arriesgarse a tener una opinión propia. Cada quién asume la posición que quiere. Cada quién es responsable de sus decisiones y sus actos y de las consecuencias que éstos conlleven. Si alguien se adhiere ciegamente a un personaje sobrevalorado y eso lo hace sentir bien, está en todo su derecho de hacerlo, como también lo está aquél que debido a su bagaje de experiencias y conocimientos se niega a ello. Es una mera cuestión de respeto a la opinión ajena. Negar el derecho a la disidencia, a la diferencia, sólo trae consigo la intolerancia, la cerrazón y la condena fascistoide. Es olvidar a Voltaire.
(Editorial "Ojo de mosca" que escribí en el No. 113 de La Mosca en la Pared, febrero de 2007)
(Editorial "Ojo de mosca" que escribí en el No. 113 de La Mosca en la Pared, febrero de 2007)
domingo, 29 de noviembre de 2015
En la FIL de Guadalajara (viaje relámpago)
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| Con Eduardo Limón y Julio Patán durante la presentación. |
El viaje no fue nada bueno. Como era un autobús de los de dos pisos y yo iba en el piso de arriba, esa parte se balanceaba como barquito en altamar y pasé buena parte de las siete horas de camino sin poder dormir por el mareo. Nada grave, pero sí muy incómodo. Llegamos a Guadalajara poco antes de las ocho de la mañana de hoy y me fui con ellos dos en un taxi hasta las proximidades de las instalaciones de la feria. Me invitaron a desayunar (menos mal) y me consiguieron una acreditación para entrar a la feria (de otra manera, hubiera tenido que pagar la entrada y esperar a que la abrieran). La presentación del libro sobre Margalli fue a las diez de la mañana y en una salita a medio llenar hablé más sobre el rockcito mexicano que sobre el libro que no había yo leído. Al público le gustó. También a Jarris. Me dieron las gracias y ya no volví a verlos. Aún no daban las doce y la presentación de mi novela era hasta las siete. Puf.
Me puse a recorrer la feria y a buscar el stand de Lectorum. Pronto pude dar con él y me recibió Liz, la jefa de relaciones públicas de la editorial. Luego llegó Porfirio Romo, el propietario de la misma. Nos dimos un abrazo y... No tiene mucho caso decir lo que hice durante las siguientes seis horas porque se me hicieron eternas. Lo mejor fue toparme con mi querida Viridiana Villegas, una de las encargadas de prensa de Editorial Planeta, pero apenas pude platicar con ella unos minutos. Comí cualquier cosa y a las seis regresé a Lectorum. Mis presentadores llegarían poco después: Julio Patán y Eduardo Limón. Poco a poco fue arribando la gente y por fortuna estuvo lleno (había como 25 sillas). La presentación salió muy bien, realmente fue divertida, y por ahí se acercaron Rogelio Villarreal, una amiga de Facebook cuyo nombre se me fue en estos momentos y mi muy querida Gypsy, a quien no veía desde hacía años (literalmente). Quedamos en vernos mañana para dar un paseo y platicar a gusto (mi plan era regresarme mañana lunes por la noche al DF).
Al despedirme de Julio Patán, me preguntó si iría yo a la fiesta de Milenio esta noche. Yo ni idea tenía de la fiesta y tampoco tenía dónde pasar la noche (la editorial sólo me pagó el boleto de ida y nada más). Me dijo dónde sería la fiesta y quedamos en vernos allá. Sin embargo, empecé a preocuparme por la falta de hospedaje. Le pregunté a Liz dónde se estaba quedando ella y si creía que habría algún cuarto disponible. Me dijo que estaba en un hotel de medio pelo, junto con otros empleados de la editorial, pero que se encontraba lleno a reventar. El caso es que así estaban todos los hoteles cercanos a la feria o al centro de Guadalajara y los precios por noche se habían elevado al triple. Traía mi tarjeta de crédito, pero eso de pagar más de dos mil pesos por una cama para poder acudir a la fiesta de Milenio no era lo ideal. Pensé en ir a la fiesta, desvelarme y amanecerme, pero ¿dónde dejaría mis cosas? Además, necesitaba darme un baño. Las cosas lucían poco propicias a decir verdad.
Todavía acudí a dar una entrevista en la cabina de Radio UdeG (me entrevistó mi querida y admirada Julieta Marón) y al salir, no supe qué hacer. Cansado, con hambre, sin muchas ganas de fiesta, tomé la única decisión que podía tomar: irme a la estación de autobuses y regresar a la Ciudad de México hoy mismo. Suena como una locura, pero no había alternativa. Así que salí a la calle, tomé un taxi que me cobró un dineral por llevarme a la estación y alcancé boleto para el autobús de las once de la noche. Faltaban dos horas y, ya más tranquilo, me metí a cenar a un restaurante de la central. Mientras cenaba, llegó al lugar mi amiga Marisol y se sentó un rato conmigo. Su camión, también al DF, salía a las diez. Me habría gustado que viajáramos juntos, pero no se pudo.
Ahora mismo hago estos apuntes ya a punto de abordar. Lo único que lamento de no haberme quedado es que no podré verme mañana con la preciosa Gypsy. Ya le mandé un mensaje para avisarle- Ni modo.
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