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jueves, 6 de octubre de 2016

¿Quién es Quién?

Y Eric Burdon anunció a los cientos de miles de asistentes: “Con ustedes The Who, un grupo que va a destruirlos en más de una manera”.
  Año 1967. El hoy legendario festival de música en Monterey, California, se acercaba a su término. Era la última noche, la del 18 de junio, y había dos cartas para cerrar con espectacularidad la primera gran celebración del hippismo norteamericano: Jimi Hendrix y The Who. Era necesario tomar una decisión al respecto y aquello olía a conflicto, sobre todo porque los integrantes del cuarteto británico, con Pete Townshend a la cabeza, habían escuchado rumores acerca de lo que Hendrix estaba preparando: una actuación en la cual tocaría a impresionante volumen, haría uso de toda clase de efectos e incluso destrozaría instrumentos. En una palabra, Townshend y compañía se sintieron plagiados, ya que si por algo eran conocidos era precisamente por tocar al más alto volumen y terminar sus presentaciones en medio de un caos lleno de humo, estridente ruido de feedback y la destrucción de sus instrumentos.
  En un principio pensaron en negarse a salir a escena, pero los organizadores del festival lograron persuadirlos de que lo más justo era echar a la suerte quién cerraría el evento. Una moneda al aire lo decidió. The Who sería el penúltimo grupo y Hendrix se llevaría la gloria de clausurar el histórico acontecimiento. Aunque se pusieron furiosos y furiosos salieron al escenario, Pete Townshend y sus compañeros Roger Daltrey, John Entwistle y Keith Moon pronto se dieron cuenta de que había sido lo mejor. Al aparecer ellos primero, podrían realizar su acto y el creador de “Purple Haze” tendría que inventar otra cosa para no quedar como un simple imitador.
  Y así fue. Esa noche The Who tocó como pocas veces, con una ira desbordada que dejó atónito a un público habituado a todo, menos a esa violencia escénica. En especial, Townshend se mostró como un verdadero matarife y no estaba fingiendo. Acostumbrado durante sus actuaciones a la potencia de sus amplificadores Marshall, el guitarrista se sintió frustrado porque aquella noche sólo contaba con unos modestos Vox que no reproducían sus salvajes acordes con el debido volumen. Por eso, luego de interpretar “Substitute”, “Summertime Blues”, “Pictures of Lily”, “A Quick One, While He’s Away”, “Happy Jack” y “My Generation”, culminó esta última clavando una y otra vez, como balloneta, el brazo de su guitarra contra las bocinas, mientras Daltrey giraba espectacularmente su micrófono en el aire y Moon hacía estallar bombas de humo desde su batería, al tiempo que pateaba los tambores y lanzaba al piso los platillos. Aquello era un espectáculo inédito para los “alivianados” espectadores creyentes del peace and love y el flower power.
  A pesar de su histórica actuación en Monterey, The Who no pudo evitar que Jimi Hendrix fuera la estrella no sólo de la noche, sino del festival entero. El de Seattle tocó como nunca hasta entonces y convirtió su acto en una provocadora ceremonia ritual llena de magia, energía y sensualidad, cuyo momento cumbre llegó cuando roció su guitarra de gasolina y le prendió fuego para luego dejar el escenario convertido en ruinas. Además, Hendrix sí pudo usar amplificadores Marshall…

(Casi medio siglo después de aquella noche turbulenta, The Who –o sus dos sobrevivientes: los extraordinarios Pete Townshend y Roger Daltrey– se presentará en el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México, el 12 de octubre próximo)

(Mi colaboración de este mes en mi columna "Comunicación interrumpida" del periódico cultural La Digna Matáfora que dirige Víctor Roura)

domingo, 21 de agosto de 2016

El estado del rock en 2016

Hemos ingresado a la segunda mitad de la segunda década del siglo actual y el rock se ha convertido en un género sexagenario. A sus poco más de 60 años de edad (depende del año que elijamos para determinar su génesis: ¿1952?, ¿1954? ¿1955?), lo que nació en los años cincuenta de la pasada centuria como una fusión del rhythm ‘ blues y el country n’ western se ha convertido en una música que se recicla a sí misma ad infinitum y en la que la invención de un sonido nuevo se ha vuelto algo prácticamente imposible.
  ¿Significa esto un anquilosamiento? ¿Implica que no vale la pena escuchar lo que se sigue creando y produciendo? Por supuesto que no.
  Aunque de los más viejos pioneros del rocanrol sólo sobrevivan unos cuantos (Chuck Berry y Little Richard continúan con vida, aun cuando ya a sus ochenta y tantos años hayan dejado de tocar) y de la generación siguiente –la que floreció durante los años sesenta y principios de los setenta– sean pocos los que siguen en la brega, todavía es posible escuchar nuevos y buenos discos de ellos (pienso en gente como Leonard Cohen, Tom Waits, Keith Richards o Paul Simon), pero ya sin aquella chispa casi genial que los caracterizaba (bueno, en el caso de Cohen no estaría tan seguro: su álbum Popular Problems, de 2014, es una joya llena de poesía y excelente música).
  Pero no hablemos del pasado más remoto del rock, saltémonos los decenios siguientes –los complacientes ochenta, los retumbantes noventa, los aceptables primeros diez años del nuevo milenio– y situémonos en el momento actual: la segunda década del siglo XXI.
  ¿Cuál es el estado del rock en este 2016? ¿Se trata de un muerto viviente, asesinado hace muchos años por la propia industria que lo absorbió y en buena medida lo neutralizó en aras de la lógica comercial, o los jóvenes que hoy lo siguen recreando en todo el mundo están siendo capaces de hacerlo de un modo fresco y con un mínimo de originalidad (si es que esta palabra todavía se le puede aplicar al género)?
  Yo no sería tan pesimista, aunque parto de la premisa –e insisto en ella– de que ya no se puede inventar el hilo negro en el rock. Si bien no hay a la vista un flamante equivalente de los grandes exponentes de los años sesenta, setenta o noventa y si bien las nuevas plataformas de expresión y de difusión (desde las asombrosas herramientas digitales para grabar, hasta los grandes alcances de las redes sociales –o redes sociodigitales, como las llama con tino Raúl Trejo Delarbre– y de sitios virtuales como YouTube, iTunes y otros) promueven maneras distintas de abordar a la música, el espíritu primigenio que dio origen al rock permanece vivo, así sea muy escondido y en un porcentaje reducido de grupos y solistas.
  Pero en gente como The Avett Brothers, Swans, Wilco, Weezer, TV on the Radio, Alabama Shakes, Palehound, Savages, Son Little, Andrew Bird y muchos otros persisten el alma, el placer, la inquietud, la creatividad para seguir haciendo música que no se ajusta a los patrones de eso que llaman el mainstream.
  En una palabra: no todo está perdido. Al menos no todavía.

(Texto publicado este mes en mi columna "Comunicación interrumpida" del periódico cultural La digna metáfora que dirige Víctor Roura)

jueves, 30 de junio de 2016

Columnas

Alguien me preguntó cuáles son las columnas que escribo actualmente y para qué medios. Aprovecho por si a alguna otra persona le interesa saberlo y pongo aquí la respuesta:

1. "Cámara Húngara" (temas políticos). Todos los sábados en la página 3 de Milenio Diario.

2. "Gajes del orificio" (música). Todos los martes en la sección ¡hey! de Mileno Diario.

3. "Bajo presupuesto" (reflexiones alrededor del rock). Un mes sí y un mes no en la revista Marvin.

4. "Memorias de un melómano sarnoso" (recuerdos personales sobre la música). Una vez al mes en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos.

5. "Comunicación interrumpida" (música). Una vez al mes en "La digna metáfora", publicación cultural dirigida por Víctor Roura.

6. "Gato encerrado" (música y otros temas). Una vez al mes en el periódico El Vigía, de Ensenada, Baja California.

También colaboro de vez en vez, aunque no es columna, en la sección "El ángel exterminador" de Milenio, con artículos de diversas temáticas, aunque sobre todo de música.