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lunes, 4 de enero de 2021
jueves, 27 de junio de 2019
Rojo sangre
Eran más de las doce de la noche. Me había quedado en la redacción del diario para corregir algunos reportajes pendientes. El pequeño rincón donde se encontraba la sección de cultura y espectáculos lucía por completo solitario. Me gustaba esa soledad, sabía disfrutarla. De pronto, cuando más concentrado estaba en la revisión de un texto sobre la corrupción en cierta sociedad de escritores mexicanos, pude sentir su presencia a mis espaldas. Por algunos segundos me quedé inmóvil, sin saber qué hacer. Fingí que seguía trabajando y entonces escuché una voz que resumía buena parte de lo que puede volver atrayente a una mujer: dulzura, sensualidad, calidez, firmeza; era una pronunciación perfecta, con una entonación grave e intencionada.
–Sabía que ibas a estar aquí –dijo.
Me volví con lentitud para alargar el tiempo, para prolongarlo con el fin de retardar el momento, mágico o decepcionante, en el cual mis ojos descubrieran a la dueña de aquella voz. Ganó la magia. Era una hembra de belleza sobrehumana, con el rostro más sublimemente cincelado que había yo visto en mi vida. Sus iris de miel me contemplaban sonrientes, como sonriente era su naricilla respingada, como sonrientes eran, claro está, sus labios carnosos, afrancesados.
–Sabía que ibas a estar aquí –repitió.
Yo estaba mudo, no atinaba a pronunciar palabra. Y ella seguía sonriéndome. Me sonreía también, de algún modo, de muchos modos, con su cuerpo esbelto y flexible, con sus pechos desnudos bajo la ajustada y delgada licra de su vestido rojo fuego rojo sangre rojo lava, con su cintura abreviada que dejaba adivinar un ombligo de hondura prodigiosa, con sus piernas de palmera enfundadas por aquellas invitantes medias negras.
–¿No te acuerdas de mí? –preguntó, mientras ladeaba apenas la cabeza, con paradójico candor infantil.
Por todos los santos. ¿Cómo iba a acordarme de aquella hembra de rubia y suave cabellera si nunca antes la había visto? Portento tal jamás se habría borrado de mi memoria, tan presta a olvidar los rostros de los varones y tan exacta al guardar los de las damas. No, eso hubiera sido imposible.
–La verdad es que no –aventuré titubeante, abrumado por aquel sol.
–Fue hace cinco años, cuando fuiste a dar un curso a mi tierra, Mexicali. Yo era tu alumna. Me impresionaste tanto con tu sapiencia, tu simpatía, tu facilidad de palabra. Desde entonces no he dejado de pensar en ti, de soñar con que volvieras allá y pudiéramos conversar, conocernos, profundizar el uno en el otro. Imaginé tantas cosas, pero el tiempo transcurrió y de ti sólo sabía por lo que escribías en el periódico. Hasta que desesperé y decidí venir a la montaña.
Quise recordarla, pero por más esfuerzos que hice no fui capaz de conseguirlo. Quién sabe. Quizás en ese tiempo ella era una adolescente delgaducha e intrascendente que se confundía entre la masa de quienes acudieron a mi curso. Aunque, ¿cuál curso? Nunca di un curso en Mexicali. Ni siquiera estuve alguna vez en esa ciudad. Ella mentía. Mentía abiertamente. Y sin embargo, no me atreví a contradecirla. Y mentí de igual modo.
–Claro, ya me estoy acordando de ti. En Mexicali, sí.
Su sonrisa se hizo más deslumbrante. Sus dientes eran como perlas recién salidas del mar. No dejaba de sonreír, mas tampoco decía cosa alguna, lo cual resultaba bastante embarazoso.
–Bueno, estoy a punto de partir, no sé si te gustaría ir a algún lugar para tomar una copa –dije por decir algo.
–Me encantaría.
Me olvidé de lo que estaba haciendo antes de su sorpresiva llegada, apagué la computadora y me apresuré a tomar mi chamarra.
–¿Vamos?
Salimos a la calle. A pesar de la avanzada hora, el clima era muy agradable. Todo parecía perfecto. Ella me tomó del brazo y juntos caminamos, sin prisas, hasta un bar cercano. Entramos y las miradas de los escasos parroquianos se concentraron en nuestra presencia. A ella, los hombres la observaban con lascivia; a mí, con envidia. Ocupamos una mesa solitaria, íntima, al fondo del salón. Ordené una botella del mejor ron y hielo, mucho hielo. Tenía antojo de beberlo así, en las rocas, y mi compañera estuvo de acuerdo. Mientras el mesero regresaba, ella se disculpó con la frase eufemística de que iba al tocador. La vi alejarse. La esférica redondez de sus nalgas era un absoluto geométrico.
Llegaron la botella, los hielos, los vasos. Decidí aguardar a que ella retornara. Una destartalada sinfonola dejaba escuchar las voces y las guitarras de un trío, el cual interpretaba una melodía que me pareció familiar, si bien mi incultura bolerística me impidió reconocerla. Eché una ojeada alrededor. Ya nadie me observaba. Era preferible. Los minutos fueron pasando, uno tras otro, y ella no regresaba. Comencé a inquietarme. Pensé en servirme un poco de ron, pero la caballerosidad me obligaba a esperar a mi invitada. Un cuarto de hora, media hora. Mis dedos tamborileaban cada vez más impacientes sobre la mesa. Al notar mi nerviosismo el mesero se me acercó.
–¿Algún problema, señor?
–No... Es decir, sí... La señorita que llegó conmigo... Bueno, ella entró al baño hace un buen rato y no ha salido. ¿Podría alguien ir a ver si se encuentra bien?
El tipo me miró como se mira a un desquiciado. Y me habló muy acomedido.
–Disculpe el señor, pero usted llegó solo.
Sus palabras me traspasaron como alfileres.
–Oiga, no. Mi acompañante es una mujer de muy buen ver. Rubia. Trae un vestido rojo y medias negras. Todo el mundo se fijó en ella cuando entramos. Imposible que usted mismo no la haya visto.
Esta vez su mirada fue casi de lástima y me siguió la corriente.
–Si el señor lo dice es porque así debe ser. Nos cercioraremos de que a la señorita nada le haya pasado.
No dijo más y se alejó, moviendo la cabeza en señal de compasión. Era obvio que me tomaba por un borracho loco. Decidí entonces servirme una buena porción de licor y la apuré con exasperación. Me serví una más y vaso en mano, me levanté de la mesa y dirigí mis pasos al baño de damas. Nadie me vio entrar y nadie había en su interior. Estaba por completo vacío. Me sentí ridículo, burlado; aquella infame me había visto la cara de imbécil, tal vez pagada –pensé– por alguno de mis múltiples enemigos. Iba a salir de los sanitarios, cuando vi algo que me heló la sangre.
Dibujada en la pared estaba la imagen de una mujer rubia, preciosa, de cuerpo perfecto, ataviada con un ajustado vestido rojo y medias de negro tejido. Era terriblemente real. Y me miraba. Me miraba desde aquellos iris de miel y desde aquella sonrisa que de pronto se había tornado sarcástica, juguetona, desafiante. Lo único que se me ocurrió entonces fue alzar mi vaso, verla a la cara y brindar con ella.
–Sabía que ibas a estar aquí –dijo.
Me volví con lentitud para alargar el tiempo, para prolongarlo con el fin de retardar el momento, mágico o decepcionante, en el cual mis ojos descubrieran a la dueña de aquella voz. Ganó la magia. Era una hembra de belleza sobrehumana, con el rostro más sublimemente cincelado que había yo visto en mi vida. Sus iris de miel me contemplaban sonrientes, como sonriente era su naricilla respingada, como sonrientes eran, claro está, sus labios carnosos, afrancesados.
–Sabía que ibas a estar aquí –repitió.
Yo estaba mudo, no atinaba a pronunciar palabra. Y ella seguía sonriéndome. Me sonreía también, de algún modo, de muchos modos, con su cuerpo esbelto y flexible, con sus pechos desnudos bajo la ajustada y delgada licra de su vestido rojo fuego rojo sangre rojo lava, con su cintura abreviada que dejaba adivinar un ombligo de hondura prodigiosa, con sus piernas de palmera enfundadas por aquellas invitantes medias negras.
–¿No te acuerdas de mí? –preguntó, mientras ladeaba apenas la cabeza, con paradójico candor infantil.
Por todos los santos. ¿Cómo iba a acordarme de aquella hembra de rubia y suave cabellera si nunca antes la había visto? Portento tal jamás se habría borrado de mi memoria, tan presta a olvidar los rostros de los varones y tan exacta al guardar los de las damas. No, eso hubiera sido imposible.
–La verdad es que no –aventuré titubeante, abrumado por aquel sol.
–Fue hace cinco años, cuando fuiste a dar un curso a mi tierra, Mexicali. Yo era tu alumna. Me impresionaste tanto con tu sapiencia, tu simpatía, tu facilidad de palabra. Desde entonces no he dejado de pensar en ti, de soñar con que volvieras allá y pudiéramos conversar, conocernos, profundizar el uno en el otro. Imaginé tantas cosas, pero el tiempo transcurrió y de ti sólo sabía por lo que escribías en el periódico. Hasta que desesperé y decidí venir a la montaña.
Quise recordarla, pero por más esfuerzos que hice no fui capaz de conseguirlo. Quién sabe. Quizás en ese tiempo ella era una adolescente delgaducha e intrascendente que se confundía entre la masa de quienes acudieron a mi curso. Aunque, ¿cuál curso? Nunca di un curso en Mexicali. Ni siquiera estuve alguna vez en esa ciudad. Ella mentía. Mentía abiertamente. Y sin embargo, no me atreví a contradecirla. Y mentí de igual modo.
–Claro, ya me estoy acordando de ti. En Mexicali, sí.
Su sonrisa se hizo más deslumbrante. Sus dientes eran como perlas recién salidas del mar. No dejaba de sonreír, mas tampoco decía cosa alguna, lo cual resultaba bastante embarazoso.
–Bueno, estoy a punto de partir, no sé si te gustaría ir a algún lugar para tomar una copa –dije por decir algo.
–Me encantaría.
Me olvidé de lo que estaba haciendo antes de su sorpresiva llegada, apagué la computadora y me apresuré a tomar mi chamarra.
–¿Vamos?
Salimos a la calle. A pesar de la avanzada hora, el clima era muy agradable. Todo parecía perfecto. Ella me tomó del brazo y juntos caminamos, sin prisas, hasta un bar cercano. Entramos y las miradas de los escasos parroquianos se concentraron en nuestra presencia. A ella, los hombres la observaban con lascivia; a mí, con envidia. Ocupamos una mesa solitaria, íntima, al fondo del salón. Ordené una botella del mejor ron y hielo, mucho hielo. Tenía antojo de beberlo así, en las rocas, y mi compañera estuvo de acuerdo. Mientras el mesero regresaba, ella se disculpó con la frase eufemística de que iba al tocador. La vi alejarse. La esférica redondez de sus nalgas era un absoluto geométrico.
Llegaron la botella, los hielos, los vasos. Decidí aguardar a que ella retornara. Una destartalada sinfonola dejaba escuchar las voces y las guitarras de un trío, el cual interpretaba una melodía que me pareció familiar, si bien mi incultura bolerística me impidió reconocerla. Eché una ojeada alrededor. Ya nadie me observaba. Era preferible. Los minutos fueron pasando, uno tras otro, y ella no regresaba. Comencé a inquietarme. Pensé en servirme un poco de ron, pero la caballerosidad me obligaba a esperar a mi invitada. Un cuarto de hora, media hora. Mis dedos tamborileaban cada vez más impacientes sobre la mesa. Al notar mi nerviosismo el mesero se me acercó.
–¿Algún problema, señor?
–No... Es decir, sí... La señorita que llegó conmigo... Bueno, ella entró al baño hace un buen rato y no ha salido. ¿Podría alguien ir a ver si se encuentra bien?
El tipo me miró como se mira a un desquiciado. Y me habló muy acomedido.
–Disculpe el señor, pero usted llegó solo.
Sus palabras me traspasaron como alfileres.
–Oiga, no. Mi acompañante es una mujer de muy buen ver. Rubia. Trae un vestido rojo y medias negras. Todo el mundo se fijó en ella cuando entramos. Imposible que usted mismo no la haya visto.
Esta vez su mirada fue casi de lástima y me siguió la corriente.
–Si el señor lo dice es porque así debe ser. Nos cercioraremos de que a la señorita nada le haya pasado.
No dijo más y se alejó, moviendo la cabeza en señal de compasión. Era obvio que me tomaba por un borracho loco. Decidí entonces servirme una buena porción de licor y la apuré con exasperación. Me serví una más y vaso en mano, me levanté de la mesa y dirigí mis pasos al baño de damas. Nadie me vio entrar y nadie había en su interior. Estaba por completo vacío. Me sentí ridículo, burlado; aquella infame me había visto la cara de imbécil, tal vez pagada –pensé– por alguno de mis múltiples enemigos. Iba a salir de los sanitarios, cuando vi algo que me heló la sangre.
Dibujada en la pared estaba la imagen de una mujer rubia, preciosa, de cuerpo perfecto, ataviada con un ajustado vestido rojo y medias de negro tejido. Era terriblemente real. Y me miraba. Me miraba desde aquellos iris de miel y desde aquella sonrisa que de pronto se había tornado sarcástica, juguetona, desafiante. Lo único que se me ocurrió entonces fue alzar mi vaso, verla a la cara y brindar con ella.
miércoles, 22 de mayo de 2019
Una pelirroja
Hay horas de la noche en las cuales la actividad suele hacerse más febril. Esto tiene que ver tanto con los días laborables como con las jornadas de supuesto descanso. Cuando trabajo, me gusta meterme de lleno en la misión creativa que significa dirigir, coordinar, diseñar, llevar a buen puerto a una sección diaria de cultura y espectáculos. Esto quiere decir, por otro lado, que me contraría ser interrumpido por cosas que en esos momentos nada tienen que ver con mis tareas. Fue debido a ello que en un principio me irrité cuando aquella pelirroja invadió mi cubículo y sin la menor consideración, me desconcentró de lo que hacía.
–Una caricia por tus pensamientos -fue lo que me dijo, con una familiaridad que exasperó mi cotidiana neurosis.
Era bella, sin duda alguna. Más que bella. Su rostro y la parte visible de su pecho combinaban a una piel blanquísima con una enorme cantidad de pecas. Sus ojos eran verdes, acuáticos, y reflejaban una intensidad que me obligó a dejar todo lo que estaba haciendo y contemplarla.
–¿Nos conocemos? -pregunté.
–No –respondió ella en seguida, para agregar no sin cierta retadora ironía:– ¿Importa acaso?
Me quedé mudo. ¿De qué se trataba aquella súbita aparición, aquella sonrisa desafiante? Me tomó de la mano y siguió con su río de palabras.
–No te preocupes. No vine a traerte poemario alguno ni a pedirte que me des la oportunidad de publicar en tus páginas. Tampoco busco trabajo. De hecho, estoy aquí para ofrecerte algo que no puedes rechazar.
Un repentino dejo de fastidio me hizo acomodarme en mi silla.
–Creo que no entiendo –le dije, sin ocultar mi desconfianza.
–Yo sé que estás muy a gusto en este periódico, pero pienso que te queda chico; con tu inteligencia, tu capacidad y tu talento deberías estar dirigiendo algo mucho mejor.
Mis reservas se transformaron en franco recelo.
–Perdóneme, señorita, pero yo no tengo intención alguna de dejar mi trabajo. La verdad estoy muy ocupado y...
–No seas ridículo –me atajó con tono seco e incluso agresivo–. La oferta que te traigo es algo que jamás se repetirá en tu vida.
Llevaba desabotonados los dos ojales superiores de su roja blusa de seda y al inclinarse hacia mí, pude darme cuenta de que no llevaba sostén. Sus senos eran espléndidos en su epidérmica firmeza.
Quise ser paciente, aunque a cada momento me sentía más irritado, a pesar de la incontestable hermosura de la intrusa.
–Mire, no quiero ser maleducado o grosero con usted, pero no me interesa lo que quiera decirme... y ahora, si me permite...
Iba a darle la espalda, cuando me tomó con fuerza por un hombro.
–No estoy jugando.
Su voz poseía una violencia apenas contenida y continuó ante mi pasmo.
–¿Quién carajos te crees para despreciarme? Un mugriento periodista como tú debería estar de rodillas y darme las gracias por ofrecerle la posibilidad de alejarse para siempre de la grisura en que se encuentra.
En aquel instante, más que enojo sentí azoro. La agraciada pelirroja despotricaba como histérica, al reclamar mi falta de interés por un ofrecimiento que yo aún ignoraba.
–Muy bien, señorita..., ¿o señora? ¿De qué se trata su maravillosa oferta? –le dije con fallida pretensión irónica. Ella pareció calmarse y me miró con sonrisa de superioridad, como si asumiera que me había derrotado.
–De la oportunidad con la cual soñaste toda tu vida. Mira esto.
La tipa sacó de su bolso una revista de temas "femeninos", de muy defectuosa factura, cuyo título me era por completo desconocido, y la puso en mis manos. Yo cada vez entendía menos.
–¿Qué es esto? –pregunté con expresión de desconcierto.
–¿Cómo qué? ¿No lo ves? ¡La mejor publicación para mujeres que hay en este país! –respondió ella enardecida.
–¿Y?
–¿Pues qué no te das cuenta? ¡Vengo a ofrecerte que seas nuestro jefe de redacción!
Me quedé mudo, boquiabierto, sin reacción alguna, con mi vista fija en sus ojos verdes, ansiosos por ver salir de mi boca la aceptación inmediata. Inmediata y agradecida. Pero eso nunca sucedió, aunque traté de ser hipócritamente gentil.
–Muchas gracias, pero no me interesa.
Esta vez fue ricitos de fuego quien se quedó atónita, sin capacidad para dar crédito a lo que yo acababa de decirle. Tuve entonces que repetírselo y fui con toda intención más explícito.
–Pierde su tiempo conmigo. No estoy interesado en su revista, ni en la temática que maneja; mucho menos en ser su jefe de redacción. Porque me imagino que usted es la directora.
Su fino rostro enrojeció más que su cabellera.
–Me habían dicho que eras un perfecto imbécil y me lo acabas de demostrar. Pero además de eso eres un soberbio. ¿Qué pretendías, idiota? ¿Ser tú el director?
Por fin me harté de sus insultos, de sus insolencias sin fin. La tomé no sin brusquedad por un brazo y la conduje hacia el elevador. Los compañeros que atiborraban la sala de redacción nos miraban confundidos. Oprimí el botón y las puertas se abrieron casi en seguida. La mujer no insistió más. De hecho, adoptó una actitud resignada. Antes de despedirse para siempre, me miró con un dejo de inesperada tristeza y pude escuchar sus últimas y melancólicas palabras.
–Es una lástima. ¡Tenía tanto antojo de coger contigo encima de mi escritorio!
–Una caricia por tus pensamientos -fue lo que me dijo, con una familiaridad que exasperó mi cotidiana neurosis.
Era bella, sin duda alguna. Más que bella. Su rostro y la parte visible de su pecho combinaban a una piel blanquísima con una enorme cantidad de pecas. Sus ojos eran verdes, acuáticos, y reflejaban una intensidad que me obligó a dejar todo lo que estaba haciendo y contemplarla.
–¿Nos conocemos? -pregunté.
–No –respondió ella en seguida, para agregar no sin cierta retadora ironía:– ¿Importa acaso?
Me quedé mudo. ¿De qué se trataba aquella súbita aparición, aquella sonrisa desafiante? Me tomó de la mano y siguió con su río de palabras.
–No te preocupes. No vine a traerte poemario alguno ni a pedirte que me des la oportunidad de publicar en tus páginas. Tampoco busco trabajo. De hecho, estoy aquí para ofrecerte algo que no puedes rechazar.
Un repentino dejo de fastidio me hizo acomodarme en mi silla.
–Creo que no entiendo –le dije, sin ocultar mi desconfianza.
–Yo sé que estás muy a gusto en este periódico, pero pienso que te queda chico; con tu inteligencia, tu capacidad y tu talento deberías estar dirigiendo algo mucho mejor.
Mis reservas se transformaron en franco recelo.
–Perdóneme, señorita, pero yo no tengo intención alguna de dejar mi trabajo. La verdad estoy muy ocupado y...
–No seas ridículo –me atajó con tono seco e incluso agresivo–. La oferta que te traigo es algo que jamás se repetirá en tu vida.
Llevaba desabotonados los dos ojales superiores de su roja blusa de seda y al inclinarse hacia mí, pude darme cuenta de que no llevaba sostén. Sus senos eran espléndidos en su epidérmica firmeza.
Quise ser paciente, aunque a cada momento me sentía más irritado, a pesar de la incontestable hermosura de la intrusa.
–Mire, no quiero ser maleducado o grosero con usted, pero no me interesa lo que quiera decirme... y ahora, si me permite...
Iba a darle la espalda, cuando me tomó con fuerza por un hombro.
–No estoy jugando.
Su voz poseía una violencia apenas contenida y continuó ante mi pasmo.
–¿Quién carajos te crees para despreciarme? Un mugriento periodista como tú debería estar de rodillas y darme las gracias por ofrecerle la posibilidad de alejarse para siempre de la grisura en que se encuentra.
En aquel instante, más que enojo sentí azoro. La agraciada pelirroja despotricaba como histérica, al reclamar mi falta de interés por un ofrecimiento que yo aún ignoraba.
–Muy bien, señorita..., ¿o señora? ¿De qué se trata su maravillosa oferta? –le dije con fallida pretensión irónica. Ella pareció calmarse y me miró con sonrisa de superioridad, como si asumiera que me había derrotado.
–De la oportunidad con la cual soñaste toda tu vida. Mira esto.
La tipa sacó de su bolso una revista de temas "femeninos", de muy defectuosa factura, cuyo título me era por completo desconocido, y la puso en mis manos. Yo cada vez entendía menos.
–¿Qué es esto? –pregunté con expresión de desconcierto.
–¿Cómo qué? ¿No lo ves? ¡La mejor publicación para mujeres que hay en este país! –respondió ella enardecida.
–¿Y?
–¿Pues qué no te das cuenta? ¡Vengo a ofrecerte que seas nuestro jefe de redacción!
Me quedé mudo, boquiabierto, sin reacción alguna, con mi vista fija en sus ojos verdes, ansiosos por ver salir de mi boca la aceptación inmediata. Inmediata y agradecida. Pero eso nunca sucedió, aunque traté de ser hipócritamente gentil.
–Muchas gracias, pero no me interesa.
Esta vez fue ricitos de fuego quien se quedó atónita, sin capacidad para dar crédito a lo que yo acababa de decirle. Tuve entonces que repetírselo y fui con toda intención más explícito.
–Pierde su tiempo conmigo. No estoy interesado en su revista, ni en la temática que maneja; mucho menos en ser su jefe de redacción. Porque me imagino que usted es la directora.
Su fino rostro enrojeció más que su cabellera.
–Me habían dicho que eras un perfecto imbécil y me lo acabas de demostrar. Pero además de eso eres un soberbio. ¿Qué pretendías, idiota? ¿Ser tú el director?
Por fin me harté de sus insultos, de sus insolencias sin fin. La tomé no sin brusquedad por un brazo y la conduje hacia el elevador. Los compañeros que atiborraban la sala de redacción nos miraban confundidos. Oprimí el botón y las puertas se abrieron casi en seguida. La mujer no insistió más. De hecho, adoptó una actitud resignada. Antes de despedirse para siempre, me miró con un dejo de inesperada tristeza y pude escuchar sus últimas y melancólicas palabras.
–Es una lástima. ¡Tenía tanto antojo de coger contigo encima de mi escritorio!
martes, 23 de abril de 2019
Un cuento voluntariamente inconcluso
Noté que ella me miraba desde el momento mismo en que tomé asiento ante la mesa donde daría mi conferencia. Se había instalado en primera fila y no me quitaba la vista de encima. Su rostro parecía esculpido por un artista del Renacimiento, así de perfecto y armónico era, y su cuerpo..., Dios, su cuerpo... Jamás vi antes un físico similar.
Luego de las presentaciones de rigor, di inició a mi charla. Hablé del periodismo cultural que se hace en México, de sus vicios, sus problemas, sus limitaciones. Me referí a las mafias que a pesar de un pluralismo aparente, continúan dominando, desde sus muy específicas trincheras, a la llamada alta cultura. Conforme iba desarrollando el tema, la mirada de la soberbia mujer se hacía cada vez más fija y profunda. Sentía que aquellos grandes ojos azules me penetraban y recorrían todo mi cuerpo y toda mi alma. Me provocaban un placer tan intenso que de pronto perdía el hilo de mis ideas. Traté de ignorarla, de concentrarme en la ponencia. Después de todo, me debía a la multitud que había atiborrado el auditorio de aquella universidad de provincia con el solo propósito de escucharme y sin embargo...
Estaba a punto de culminar mi plática cuando así, de repente, ella se levantó de su lugar y me dirigió una inequívoca sonrisa. Era uno de esos gestos, altamente sugerentes, cuyas intenciones no dejan lugar a dudas. Luego encaminó sus pasos rumbo a la salida y por segundos que parecieron centurias enmudecí en la contemplación de sus corpóreas redondeces. Perdí la noción del tiempo y del espacio, hasta darme cuenta de que el público me veía con extrañeza. Un tanto confundido y otro tanto avergonzado, me disculpé y prometí regresar en dos minutos. Hubo murmullos a mi alrededor, al tiempo que corría con grandes zancadas hacia la puerta del auditorio. Al salir, me encontré con ella frente a frente.
-Sabía que vendrías tras de mí -me dijo con expresión triunfal.
Yo no supe qué responder y me perdí en aquellos ojos suyos, profundos como un lago espectral.
-Vamos a un bar -ordenó.
Le dije que era imposible, que el público me aguardaba, que mi responsabilidad y mi profesionalismo me obligaban a retornar a la mesa y terminar mi conferencia.
-Tengo ganas de beber contigo -dijo, aumentando la intensidad de su mirada.
Imposible resistir. La tomé de un brazo y salimos sin volver la vista atrás. La calle lucía solitaria y soplaba un viento helado. Ella se apretujó contra mí y pude sentir uno de sus firmes y magníficos senos sobre mi brazo. Me estremecí, antes de instalarme en el colmo de la felicidad.
-Conozco una pequeña cantina que te va a encantar. Está en la parte baja de un hotel.
La manera insinuante como pronunció la palabra hotel me hizo adivinar las intenciones de la bella dama, cuyo nombre no quise averiguar. De pronto, al cruzar por un penumbroso callejón de la colonial ciudad donde nos encontrábamos, me detuvo en seco, me miró de frente y me dijo algo que aunque esperado no dejaba de resultar asombroso...
Luego de las presentaciones de rigor, di inició a mi charla. Hablé del periodismo cultural que se hace en México, de sus vicios, sus problemas, sus limitaciones. Me referí a las mafias que a pesar de un pluralismo aparente, continúan dominando, desde sus muy específicas trincheras, a la llamada alta cultura. Conforme iba desarrollando el tema, la mirada de la soberbia mujer se hacía cada vez más fija y profunda. Sentía que aquellos grandes ojos azules me penetraban y recorrían todo mi cuerpo y toda mi alma. Me provocaban un placer tan intenso que de pronto perdía el hilo de mis ideas. Traté de ignorarla, de concentrarme en la ponencia. Después de todo, me debía a la multitud que había atiborrado el auditorio de aquella universidad de provincia con el solo propósito de escucharme y sin embargo...
Estaba a punto de culminar mi plática cuando así, de repente, ella se levantó de su lugar y me dirigió una inequívoca sonrisa. Era uno de esos gestos, altamente sugerentes, cuyas intenciones no dejan lugar a dudas. Luego encaminó sus pasos rumbo a la salida y por segundos que parecieron centurias enmudecí en la contemplación de sus corpóreas redondeces. Perdí la noción del tiempo y del espacio, hasta darme cuenta de que el público me veía con extrañeza. Un tanto confundido y otro tanto avergonzado, me disculpé y prometí regresar en dos minutos. Hubo murmullos a mi alrededor, al tiempo que corría con grandes zancadas hacia la puerta del auditorio. Al salir, me encontré con ella frente a frente.
-Sabía que vendrías tras de mí -me dijo con expresión triunfal.
Yo no supe qué responder y me perdí en aquellos ojos suyos, profundos como un lago espectral.
-Vamos a un bar -ordenó.
Le dije que era imposible, que el público me aguardaba, que mi responsabilidad y mi profesionalismo me obligaban a retornar a la mesa y terminar mi conferencia.
-Tengo ganas de beber contigo -dijo, aumentando la intensidad de su mirada.
Imposible resistir. La tomé de un brazo y salimos sin volver la vista atrás. La calle lucía solitaria y soplaba un viento helado. Ella se apretujó contra mí y pude sentir uno de sus firmes y magníficos senos sobre mi brazo. Me estremecí, antes de instalarme en el colmo de la felicidad.
-Conozco una pequeña cantina que te va a encantar. Está en la parte baja de un hotel.
La manera insinuante como pronunció la palabra hotel me hizo adivinar las intenciones de la bella dama, cuyo nombre no quise averiguar. De pronto, al cruzar por un penumbroso callejón de la colonial ciudad donde nos encontrábamos, me detuvo en seco, me miró de frente y me dijo algo que aunque esperado no dejaba de resultar asombroso...
lunes, 17 de junio de 2013
La ira le sentaba bien
-Escribí un poema y quiero que lo publiques- me dijo la joven rubia de exquisito porte y cuerpo monumental.
Era bella en verdad. Alta, de sedosa y refulgente cabellera, vestía una blusa ajustada y corta que dejaba ver su vientre desnudo, aterciopelado por un vello de oro apenas perceptible, piel de durazno..., y sus piernas, apenas cubiertas por una falda diminuta, eran una invitación a la lujuria. Jaló una silla y se sentó a mi lado, muy cerca, demasiado como para no ponerme nervioso. No se preocupó por acomodarse la faldita y dejó ante mí un panorama de estudiado, premeditado erotismo, en el cual unas bragas blancas se vislumbraban al fondo, justo donde inicia el camino al paraíso.
-Toma. A ver qué te parece.
Me extendió una hoja impresa en computadora. En efecto, había escrito un poema. Al menos era un texto con la forma de un poema. Pero el contenido... Por todos los cielos: era claro que la vida no la había llamado al terreno de las letras. Falto de imaginación, pletórico de lugares comunes, ausentes de él la belleza y la sensibilidad, con faltas de ortografía y con asonantes rimas que ni siquiera llegaban a ser anticuadas, el supuesto poema era basura, no funcionaba, nadie podría publicarlo. Con todo pesar se lo dije, francamente. Me contempló con rabia y eso la hizo mirarse más hermosa todavía. Hay mujeres a quienes la ira les sienta bien.
-No puedo creer que me digas eso -exclamó ofendida-. Se lo he enseñado a varios amigos que sí saben y todos estuvieron de acuerdo en que es un gran poema.
Le respondí que lo sentía mucho, pero que a mi modo de ver sus amigos estaban equivocados. Quise explicarle por qué su texto no servía, pero me arrebató la hoja y se puso de pie, convertida en furioso viento huracanado. Jaló la estrecha falda hacia abajo, como si quisiera quitarme de pronto el derecho a contemplar sus perfectas extremidades.
-Te vas a arrepentir. Voy a hablar con tus jefes y te obligaré a publicar mi poesía (así llamó a sus paupérrimos versitos: "mi poesía").
Dio media vuelta y se largó. Sus nalgas dibujaban una curva perfecta, más que apetecible, y sus muslos eran, ellos sí, todo un poema.
Era bella en verdad. Alta, de sedosa y refulgente cabellera, vestía una blusa ajustada y corta que dejaba ver su vientre desnudo, aterciopelado por un vello de oro apenas perceptible, piel de durazno..., y sus piernas, apenas cubiertas por una falda diminuta, eran una invitación a la lujuria. Jaló una silla y se sentó a mi lado, muy cerca, demasiado como para no ponerme nervioso. No se preocupó por acomodarse la faldita y dejó ante mí un panorama de estudiado, premeditado erotismo, en el cual unas bragas blancas se vislumbraban al fondo, justo donde inicia el camino al paraíso.
-Toma. A ver qué te parece.
Me extendió una hoja impresa en computadora. En efecto, había escrito un poema. Al menos era un texto con la forma de un poema. Pero el contenido... Por todos los cielos: era claro que la vida no la había llamado al terreno de las letras. Falto de imaginación, pletórico de lugares comunes, ausentes de él la belleza y la sensibilidad, con faltas de ortografía y con asonantes rimas que ni siquiera llegaban a ser anticuadas, el supuesto poema era basura, no funcionaba, nadie podría publicarlo. Con todo pesar se lo dije, francamente. Me contempló con rabia y eso la hizo mirarse más hermosa todavía. Hay mujeres a quienes la ira les sienta bien.
-No puedo creer que me digas eso -exclamó ofendida-. Se lo he enseñado a varios amigos que sí saben y todos estuvieron de acuerdo en que es un gran poema.
Le respondí que lo sentía mucho, pero que a mi modo de ver sus amigos estaban equivocados. Quise explicarle por qué su texto no servía, pero me arrebató la hoja y se puso de pie, convertida en furioso viento huracanado. Jaló la estrecha falda hacia abajo, como si quisiera quitarme de pronto el derecho a contemplar sus perfectas extremidades.
-Te vas a arrepentir. Voy a hablar con tus jefes y te obligaré a publicar mi poesía (así llamó a sus paupérrimos versitos: "mi poesía").
Dio media vuelta y se largó. Sus nalgas dibujaban una curva perfecta, más que apetecible, y sus muslos eran, ellos sí, todo un poema.
domingo, 28 de febrero de 2010
Trillizas

-Somos hermanas -dijo la primera.
-Escribimos poemas -continuó la segunda.
-Poemas a tres voces -concluyó la tercera.
Habían aparecido ante mí de manera intempestiva, a la salida de la cafetería de la Cineteca Nacional. Eran trillizas, sorprendentemente idénticas, como tres gotas de agua diría el lugar común. Rubias, altas, bien formadas, sonrientes, irresistibles. Y muy jóvenes.
-Queremos... -dijo la primera.
-... que leas... -continuó la segunda.
-... nuestros textos -concluyó la tercera.
Aparte de su fresca belleza, lo que más me asombró fue su forma de hablar en perfecta y coordinada continuidad, como lo hacían Hugo, Paco y Luis en las viejas historietas de Walt Disney que editaba Novaro cuando yo era niño. Me simpatizó el detalle y acepté su invitación para acompañarlas a su casa.
-Vivimos solas... -dijo la primera.
-... es un departamento... -continuó la segunda.
-... aquí cerca, en Coyoacán -concluyó la tercera.
El lugar era pequeño y acogedor, cálido y lleno de libros, discos y artesanías de diversas regiones del mundo. Elucubré que las trillizas serían sin duda hijas de familia adinerada y que de seguro habrían pasado largas temporadas en Europa y los Estados Unidos. Me hicieron entrar a una recámara, donde una cama de agua era reina enseñoreada. Me senté en una orilla mientras ellas se descalzaban a un mismo tiempo. Sus pies eran pequeños y delicados, blancos y hermosos. Aquello comenzaba a parecerse al paraíso.
-Antes de que empecemos a leer... -dijo la primera.
-... queremos asegurarnos... -continuó la segunda.
-... de que te encuentres a gusto -concluyó la tercera.
Una de ellas salió del cuarto y las otras dos acomodaron grandes cojines junto a la cabecera, para que me recargara en ellos. La primera regresó con un vaso en la mano: un ron en las rocas.
-Sabemos... -dijo la primera.
-... que es... -continuó la segunda.
-... tu bebida favorita -concluyó la tercera.
Me sentía como un maharajá de Las mil noches y una noche, según las llamaba Borges. Licor en mano, recostado sobre los mullidos almohadones, me dispuse a recibir lo que siguiera, así se tratase de una mala lectura de pésimos poemas. Mas no fue así. Las tres angelicales ninfas se colocaron a mi lado, dos de ellas a mis costados, la otra a mis pies. Debo confesar que me desconcerté.
-… y bien, ¿no van a enseñarme sus escritos? -inquirí.
Se miraron entre ellas y rieron con graciosa complicidad, como quienes acaban de cometer una travesura.
-¿Nunca has hecho el amor... -dijo la primera.
-... al mismo tiempo... -continuó la segunda.
-... con tres mujeres? -concluyó la tercera.
No alcancé a responder siquiera. Me desnudaron. Me acariciaron. Me besaron en la boca y en cada intersticio de mi cuerpo. Me hicieron probar las mieles del placer más penetrante y virulento. Las poseí una a una y ellas me poseyeron, sin prisas, sin sonrojos, sin reservas... y todo lo hicieron a tres voces.
viernes, 16 de octubre de 2009
La dificultad

Quedamos de vernos en una discreta cafetería de Río Mixcoac, atrás de lo que fuera el añorado cine Manacar y que hoy es un complejo de modernas e impersonales salas cinematográficas. Ambos llegamos puntuales, desde diferentes puntos, con nuestro respectivo libro bajo el brazo. Era una mujer muy guapa. Me había impresionado desde el día en que la conocí, apenas un par de semanas atrás, en la editorial donde ella acababa de publicar y donde yo esperaba volver a hacerlo. Damiana Arvizu, que así se llamaba, acudió para ver los flamantes primeros ejemplares de su igualmente flamante primera novela, recién salidos de la imprenta y aún olorosos a tinta fresca, mientras que yo estaba ahí en un vano y repetido intento por cobrar las regalías de un libro de cuentos aparecido un año atrás y de las cuales no había visto un solo centavo. El afable y siempre sonriente editor nos presentó y en lugar de pagarme lo que me correspondía, me sugirió entrevistar a la atractiva autora para mi sección del periódico. Por norma, yo no hacía las entrevistas, labor que delegaba de manera habitual en dos de mis reporteros. Sin embargo, la belleza, la sensualidad y la aparente inteligencia de Damiana me hicieron optar por lo inusual. Nos citamos para el jueves siguiente por la tarde y así se llevó a cabo el encuentro.
Una vez instalados en una mesa apartada, con sendos cafés cortados ante nosotros, saqué mi diminuta grabadora con la idea de iniciar la entrevista. Apenas deposité el adminÌculo en la mesa, ella puso su mano sobre la mía y me contempló directo a los ojos. Su piel estaba más que tibia, caliente diría yo, y su contacto me hizo estremecer, si bien no tanto como su incitante mirar.
-¿En verdad piensas perder el tiempo con una estúpida entrevista? -me inquirió con desconcertante agresividad. No atiné a responderle y desvié la vista, incapaz de soportar la lumbre de sus pupilas.
-Sería una lástima desperdiciar estos momentos tan especiales hablando idioteces de mi libro -añadió con desdén-. De hecho, estoy hasta la coronilla de tantas entrevistas. Los reporteros de cultura son unos pendejos pretensiosos, creen que todo lo saben y opinan de mi novela sin haberla comprendido. Y eso quienes la leyeron, porque la mayoría ni siquiera se toma la molestia de revisar el libro más allá de lo que dicen la solapa y la cuarta de forros. ¡Estúpidos! ¿Y a eso llaman hacer nuevo periodismo? Pero contigo las cosas son distintas, desde que nos presentaron supe que eras diferente.
Seguí instalado en la más vergonzosa mudez. No me atreví a decirle que yo tampoco había leído su libro, que me había dado una enorme flojera, que tan sólo había echado un vistazo superficial a algunas de sus páginas y con eso me había bastado para redactar y publicar una rutinaria reseña pletórica de lugares comunes. Así que permanecí callado.
-Lo cierto es que me fascinó lo que escribiste. Nadie había entendido el mensaje que quise dar, nadie penetró tan pero tan adentro de lo que pretendí plasmar en mi relato (la manera como pronunció el verbo penetrar me causó un fuerte estremecimiento, simultáneo a un principio de erección, sobre todo porque su ardiente mano permanecía sobre la mia). Percibiste perfecto la esencia de mi ser como escritora, como artista, como creadora que soy.
¿Qué carajos podía yo decirle? Parecía tan conmovida y sus pechos se agitaban de un modo tan hipnotizante bajo su delgada blusa y su ausencia de sostén que las palabras se negaban a salir de mis labios, secos por la impresión.
-Me gustaría agradecerte todo, pero no aquí sino en otra parte más privada -dijo con seguridad pasmosa, sin dejar de mirarme. Su frase era inequívoca y no admitía interpretaciones, pero aun así no quise albergar falsas expectativas. ¿Qué tal si se refería a un agradecimiento más espiritual que meramente físico? Sin embargo, ella misma se encargó de dejar las cosas en claro.
-Quiero coger contigo.
De inmediato sentí incendiarse mi cara y retiré la mano como señorita asustada.
-¿Qué pasa? ¿Dije algo que te ofendió? No lo tomes a mal. En serio, quiero acostarme contigo. Te deseo.
Mi respiración se volvió agitada. Bebí el café de un trago y sentí su amarga e hirviente consistencia recorrer mi garganta como una oleada de lava incandescente. Nunca había reaccionado de esa manera y ni yo mismo me entendía. Pretexté cualquier tontería, dejé unos billetes en la mesa y abandoné la cafetería, dejando a aquella mujer sumida en la incredulidad y el pasmo.
Cuando esa noche me encontraba en casa, recostado sobre mi cama sin destender, me maldije una y mil veces por mi incomprensible actitud. No podía discernir las causas de aquel comportamiento irracional. No obstante, luego de mucho pensar y repensar el asunto, llegué a una conclusión que me pareció incuestionable: con todo lo hermosa y sensual que fuera aquella escritora, con toda su abierta y absoluta cachondería, faltaba en ella algo que me parece básico en una mujer para estar con ella en la cama: la dificultad.
jueves, 16 de abril de 2009
Alta literatura (un relato breve)

Estaba solo en aquel bar, sin más compañía que la siempre fiel de un vaso de vidrio en el cual reposaba amable, plácidamente, un ron con Coca Cola. Miraba el ajetreo normal del pequeño antro cuando una mujer de portentosas proporciones se acercó a mí, con la sonrisa más luminosa que había visto jamás.
-Tú eres Zama, ¿verdad?
Asentí sin ocultar la admiración que su cuerpo me provocaba.
-Soy escritora y me gustaría que leyeras mis textos. Son pequeños cuentos en prosa poética.
Le pedí que se sentara y le dije que con gusto le invitaría una copa mientras me leía sus escritos.
-Preferiría ir a otro sitio. ¿Qué tal mi departamento?
Vivía sola o al menos eso me dijo. Su hogar era reducido pero estaba decorado con evidente buen gusto. Había muchos libros, dispuestos con cuidadoso desorden, y también una buena cantidad de discos compactos: música barroca en su mayoría. Puso a Vivaldi, un concierto para mandolina.
-Sírvete lo que gustes, voy por mis cuentos.
En su cantina había de todo. Preparé dos whiskies en las rocas y me quedé en la sala, a su espera. Tardó varios minutos, tiempo que aproveché para escudriñar en su biblioteca. Era una lectora de cualquier tipo de literatura. Lo mismo estaban ahí La Divina Comedia que Cuando ella era buena, La Cartuja de Parma que Crímenes imaginarios. Tan embebido estaba en la inspección de los volúmenes que no la oí llegar. Carraspeó y entonces me volví, sólo para toparme con un espectáculo deslumbrante.
-Estos son mis relatos -dijo, con un ligero sonrojo en las mejillas.
Me quedé mudo. Ella no llevaba papeles en sus manos ni ropa alguna sobre su bienaventurada silueta. Estaba desnuda, por completo. Mi azoro debió ser tan obvio que me sonrió y su voz sonó en mis oídos como el dulce transcurrir de un arroyo.
-Mi prosa está aquí, en cada rincón de mi cuerpo. En mis senos, en mis piernas, en mi cuello, en los lóbulos de mis orejas, en mis muslos, en mi pubis. Quiero que la analices con tranquilidad, que la goces con toda la intensidad de que seas capaz y que me digas si nací para ser escritora.
Dejé mi vaso sobre la mesa de centro, fui hacia mi celestial anfitriona y la tomé en mis brazos. Nunca conocí más alta literatura.
martes, 10 de febrero de 2009
La mariposa del metro*

Eran las cinco de la tarde y el andén del metro en la estación Eugenia lucía bastante tranquilo. Abordé el vagón sin contratiempos y encontré un sitio libre. Relajado, sin responsabilidades o pendientes por cumplir, ya que era uno de mis dos días libres de la semana, tomé asiento y me dispuse a disfrutar la lectura de El sol de Breda, mientras llegaba a la terminal Universidad, desde donde me trasladaría en taxi a una de las salas cinematográficas de Cultisur para ver La edad de la violencia de Wim Wenders. Concentrado en las aventuras de ese singular espadachín del siglo de Oro español que es el capitán Alatriste, no me percaté de que en la estación División del Norte subió cierta persona, quien se sentó en uno de los dos lugares situados en la parte delantera del carro.
El convoy arrancó con suavidad y al dar vuelta a una página de mi libro, fue que la vi por primera vez. Era muy joven. Una muchacha de unos diecisiete años, de aspecto más bien discreto, aunque de inmediato me fijé en la finura de sus facciones. Llevaba puesta una pesada gabardina, el cabello recogido y el rostro limpio de cualquier trazo de maquillaje. En realidad semejaba una jovencita común y corriente, de las que se ven tantas en el metro. Retorné a la novela y me olvidé de la chica hasta llegar a Zapata. Ahí bajó mucha gente y el vagón quedó casi vacío. Cuando volví a mirar a aquella casi adolescente, descubrí que se estaba pintando la boca con un lapiz labial de rojo e intenso tono. Su piel blanca y pálida contrastaba dramáticamente con el fuerte matiz del cosmético. Terminó la sutil operación antes del arribo a Coyoacán y en seguida comenzó a ponerse rímel en las pestañas y un poco de sombra en los ojos. Yo estaba fascinado, presa de un trance hipnótico que me impelía a verla sin el menor recato. Ella pareció darse cuenta y una ligerísima sonrisa surgió en sus perfectos labios, recién iluminados de carmín. A medio camino entre Coyoacán y Viveros, finalizó aquella obra maestra del maquillaje y procedió a soltarse el pelo. Desprendió la dona de tela que lo mantenía sujeto y una brillante y dócil cabellera cayó sobre sus hombros y su cara, como una catarata de castaños hilos angelicales. Aquello era demasiado, algo en verdad extraordinario: la más maravillosa metamorfosis que me había sido dado admirar en la vida. Era una mariposa. La mariposa del metro. Al cerrarse las puertas en Viveros, permaneció inmóvil, como misteriosa y celestial estatua de alabastro (para emplear un término agustinlariano), y a poco de la llegada a Miguel Ángel de Quevedo, se puso de pie y se quitó la gabardina. ¡Por todos los santos y santas del paraíso! Una roja y ceñida blusa top dejó ver sus redondos hombros bronceados, al tiempo que a la mitad de su vientre refulgía un ombligo verticalmente alargado y espléndido en su abrumadora sensualidad. Los pantalones de mezclilla se untaban a sus piernas y a sus nalgas como al mango se unta la cáscara. Se acercó a la puerta con el majestuoso porte de una reina y sólo pensé en levantarme y hablarle sin dilación alguna. Fue imposible. Mis extremidades no respondieron y permanecí en mi lugar como un absoluto imbécil. El carro se detuvo por completo. La ninfa lo abandonó como si flotara en el viento y la vi alejarse hasta perderse entre los pasajeros que como ella se dirigían a la callejera superficie. Cuando al fin logré reaccionar, salté de mi asiento con ridícula torpeza y quise alcanzar la salida antes de que las puertas automáticas cerraran sus fauces. Misión imposible. Choqué contra ellas y pegué mi rostro tumefacto contra los rayados cristales. Tardé algunos minutos en resignarme a mi suerte y fui entonces al asiento donde su bendito trasero se había posado. Nadie me miraba. Unos leían, otros dormitaban, los más se hallaban demasiado ensimismados en la turbulencia de sus pequeñas grandes tribulaciones personales. Me puse de rodillas y bajé mi rostro hasta que mis narices tocaron la todavía cálida superficie de la butaca. Cerré los ojos e inspiré, tratando de encontrarme al menos con su perfume. Un dulce aroma penetró hasta mis pulmones y me sentí transportado al nirvana, justo en el momento en que una voz femenina irrumpía en mis oídos y me dejaba petrificado.
-¿Quiere usted acompañarme?
Al levantar la cara y abrir los párpados, me topé con la faz, dura y pétrea, de una mujer policía.
*Fragmento de mi novela inédita La suerte de los feos.
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