domingo, 18 de noviembre de 2012

Ratón de biblioteca

El verdadero (¿o es una ratita?).

sábado, 17 de noviembre de 2012

Del tenemossismo al sospechosismo

Volvió a temblar. Los capitalinos nos sacudimos de madrugada el jueves pasado. Twitter enloqueció de inmediato y don Marcelo Ebrard, quizás adormilado aún pese al estremecimiento telúrico, tuiteó su hoy famoso hashtag convertido en trending topic #Tenemossismo.
  Por suerte, no hubo daños que lamentar y la vida en el Distrito Federal continúa, aun cuando otra clase de temblores lo sobresalten. Como el que agita (literalmente) a la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
  Por allá de 1972, entré como oyente a la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la ENAH, cuyas instalaciones estaban dentro del Museo de Antropología, en Chapultepec. Yo era en ese entonces, a mis diecisiete años y gracias a mis lecturas de los libros e historietas de Rius, un socialista convencido y al enterarme de las materias que daban en la escuela (Materialismo histórico, Introducción al marxismo, Dialéctica, Economía política et al) y de que los profesores encargados de impartirlas eran ex presos políticos y/o militantes del Partido Comunista, logré que me aceptaran en sus clases que eran más bien largas discusiones y claro adoctrinamiento.
  Ahí le entré con fe a la lectura de Marx y Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, Mao Tse-Tung, el Che Guevara, Maurice Cornforth, C. Wright Mills, Marta Harnecker, Adolfo Gilly, Ariel Dorfman, Armand Mattelart, Paulo Freyre y un largo etcétera. Lo recuerdo ahora porque intuyo que es el tipo de “enseñanza” que ciertos grupos quisieran imponer en la UACM, en lugar de que existan carreras “burguesas” y “productivistas”. No lo sé de cierto, es mero sospechosismo de mi parte; pero, bueno, en ciertas facultades de la UNAM las cosas no son muy distintas.
  Por cierto, abandoné la ENAH después de un año. Hubo una huelga de maestros y ya no volví. Pero salí más que convencido de la necesidad de la revolución socialista, de la inevitable caída del imperialismo yanqui y del inminente fin del capitalismo. Hoy, cuarenta años más tarde, el mundo socialista desapareció, el imperialismo sigue tan campante y hasta la China comunista es salvajemente capitalista.
  Tenemossismo.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 16 de noviembre de 2012

La creación

Nunca había leído a Agustín Yáñez. De hecho, tenía ciertos prejuicios sobre este escritor jalisciense, prejuicios totalmente estúpidos: lo despreciaba sólo porque fue secretario de Educación Pública durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Pero nunca me había acercado a sus letras, a sus libros. Craso error, pero error corregido y afortunadamente disminuido. Acabé de leer (en su edición de Lecturas Mexicanas) La creación (1959), ciertamente no su obra más reconocida (todos los estudiosos de las letras mexicanas coinciden en señalar a Al filo del agua, de 1947, como su novela más brillante), aunque él la defendía a muerte y afirmaba (lo hace al menos en una charla con Emmanuel Carballo, en su espléndido libro de entrevistas Protagonistas de la literatura mexicana) que con el tiempo sería reconocida en todo su valor narrativo.
  A mí me gustó mucho y si bien no me parece tan grandiosa como le parecía al propio autor, sí creo que es un gran texto, un libro que continuó su rompimiento con la tradición de la novela de la revolución (rompimiento que ya se había dado con Al filo del agua) y que se atrevió a experimentar, a veces con enorme fortuna y otras veces no tanto, con modelos narrativos de vanguardia. La historia de Gabriel Martínez, un músico de conservatorio que comenzó de muy jovencito como campanero en la iglesia de un pueblo y que gracias a la ayuda de diversas mujeres (María, Victoria, Pandora y hasta la mismísima Antonieta Rivas Mercado, entre otras) logra encumbrarse hasta lo más alto del firmamento artístico en el México de los años veinte y treinta (el relato inicia en 1920 y concluye en pleno gobierno cardenista).
  La novela es un canto a la creación en el arte, enfocada al mundo de la música culta, pero con menciones a la pintura, la escultura y la literatura de la época. Por ahí aparecen tangencialmente Diego Rivera, el Dr. Atl, Silvestre Revueltas y se retrata el mundillo artístico y bohemio de la capital de México en esas dos primeras décadas post revolucionarias. Las menciones a la situación política son pocas, incluido el asesinato de Álvaro Obregón, pero sí se palpan los vaivenes de lo que sucedía en el país.
  Dividido en cuatro grandes movimientos, como si fuese una sinfonía, La creación tiene momentos extraordinarios, aunque el tercer movimiento peca a mi modo de ver de pretensiones que lo vuelven excesivo, confuso y un tanto aburrido. Sin embargo, no afecta demasiado y al final la novela deja un gran sabor de boca.
  El personaje que más me gusta es el de Pandora, una mujer de origen humilde y de belleza muy mexicana que comienza como modelo para algunos pintores y termina como famosa y popular actriz de cine (no sé si estaría inspirada en algún personaje femenino de aquellos años). Su carácter fuerte y su liberalidad resultan provocadores y sus ideas sobre la libertad en el amor me encantaron, como cuando dice "¿qué diferencia hay entre el amor y el deseo? Para mí, ninguna: cuando no deseo, no quiero; hasta que vuelvo a desear es que vuelvo a querer; lo demás es puro aburrimiento y obligación: por eso no me he casado" o "... el deseo renace; si no, es que el amor se secó y lo que sucede es que renace en sitios diferentes, con distintos motivos. Por eso hay vida. Desgraciada una, si habiéndosele acabado el amor, no nacieran otros muchos, por otras personas, por otras cosas".
  La creación.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Doble aniversario

Hoy mi hijo Alain cumplió treinta años. Qué barbaridad, cómo pasa el tiempo. Igual ya lo escribí aquí antes, pero recuerdo perfecto el día que nació (lo vi surgir de su mamá, ya que fue dado a luz en un parto psicoprofiláctico y hasta tomé fotos del momento; igual sucedió con Jan, cuatro años y pico después). El caso es que mi amado chilpayate ya tiene tres décadas de vida y le está yendo muy bien. Me pone muy contento que ande de nuevo en el DF y que sea tan feliz al lado de Hallet, su preciosa novia.
  También hoy, 15 de noviembre, festejo otra cosa, ya que en una fecha idéntica, pero de 1969, compuse mi primera canción, "Please Be True", y me inicié como compositor (tengo cerca de setecientas canciones). Era yo un jovencillo de catorce marzos y no imaginaba todo lo que me deparaba la vida, la cual ha sido tan generosa conmigo (a pesar de mis azotes amorosos de ciertas épocas, azotes que me sirvieron finalmente para escribir muchas de mis camposiciones).
  Dos aniversarios.
  Dos festejos.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

U2

Bordando siempre entre lo políticamente correcto, lo burdamente panfletario, lo finamente poético y lo musicalmente impecable, U2 es un grupo que ha hecho –en forma paradójica- de la contradicción un estilo y de la congruencia un sello. Considerada por muchos como la mejor banda de rock que jamás ha existido –una obvia exageración que no se sostiene en el contexto de más de medio siglo del género-, la agrupación irlandesa ha sabido evolucionar desde sus austeros y rústicos orígenes para alcanzar una alta sofisticación tecnologizada y retornar luego, con suavidad, a la simplicidad de la mejor música popular. El cuarteto ha ido de la sencillez de sus primeros discos a la fina sensibilidad de un álbum como The Joshua Tree, el homenaje emotivo a la música negra norteamericana en Rattle and Hum y la perfección artística casi absoluta en Achtung Baby, a mi entender su obra maestra. Con Bono como su líder emblemático, rodeado sin embargo por tres egos que le sirven como relativa ancla y contrapeso, U2 ha sobrevivido durante más de veinte años a toda clase de turbulencias y se mantiene en la cúspide como –eso sí- uno de los proyectos musicales más importantes del siglo pasado y lo que va de éste. ¿Qué es lo que diferencia a los creadores de “One” y “With or Without You” de otros grupos de rock? En primer lugar y sobre todo, la creación de un estilo propio y por demás característico. U2 puede tocar diversos géneros y siempre suena a sí mismo. Por otra parte, su propuesta ha sido permanentemente vanguardista y arrojada, incluso temeraria aun a riesgo del ridículo, pero eso le ha permitido mantenerse vigente y dictar muchas de las direcciones que ha seguido el rock durante las décadas más recientes. La música actual sería impensable sin la contribución de U2 y con ello queda dicho todo.

(Editorial del No. 12 de los Especiales de La Mosca, publicado en julio de 2004).

martes, 13 de noviembre de 2012

lunes, 12 de noviembre de 2012

Motown y la época de oro de la música del alma

1959. Detroit, Michigan. Ciudad industrial del medio oeste de los Estados Unidos de América. Muy alejada de los puntos neurálgicos de la música negra. El delta del Mississippi, Memphis, Nueva Orleans, St. Louis se miran remotos desde Motor Town, la urbe septentrional en donde la industria automovilística florece en medio del frío, la humedad y la grisura. Fabricas, talleres de ensamblaje, autos que son construidos en serie en pleno auge económico de la postguerra. Ruido de factorías. Compás mecanizado. Rumor de motores. Capitalistas poderosos que no vislumbran la lejanísima crisis que cincuenta años más tarde pondrá a sus compañías al borde de la quiebra o en la quiebra misma. Ford, Chrysler, General Motors. Poderosa trilogía que se alimenta de una mano de obra multirracial, multifacética, de una clase obrera pujante pero empobrecida. Detroit, Michigan. Motor Town. Ciudad ajena a los algodonales sureños y sus antiguos esclavos, mas con la misma palpitación cardiaca, palpitación de los nuevos trabajadores, muchos de ellos negros que es decir gente con alma de blues que es decir entes con alma de rhythm ‘n blues que es decir seres con alma de soul.

Afroamericano de origen, Berry Gordy Jr. había nacido en aquella misma Detroit treinta años atrás, el 28 de noviembre de 1929, en plena época de la depresión. Hijo de un contratista homónimo y de una vendedora de seguros, desde muy pequeño mostró dos vocaciones: la del mundo de los negocios y la de la música. En esta última destacó a temprana edad, pues aún niño ganó un concurso de composición con el tema “Berry´s Boogie¨. Para entonces ya tocaba algo de piano y de clarinete. Sin embargo, su vida dio un giro cuando, al salir de la secundaria, decidió convertirse en boxeador. Entre 1948 y 1951, llegó a combatir en quince peleas, de las cuales ganó doce. Parecía que el joven Gordy Jr. tenía por delante una prometedora carrera pugilística, hasta que el ejército se atravesó en su camino. Fue reclutado en la armada estadounidense y enviado a la guerra de Corea, de la que salió ileso y pudo regresar en 1953. Desinteresado en volver al boxeo, con el dinero que había reunido por su paga como soldado abrió una tienda de discos a la que llamó Three-D Record Mart y en la que dio preferencia a los álbumes de jazz de sus músicos favoritos, como Stan Kenton, Thelonius Monk y Charlie Parker. Para su  desgracia, el negocio no tuvo éxito y quebró casi tan rápido como fue instalado. Lleno de decepción, Gordy Jr. trabajó un tiempo para su padre y más tarde en los talleres de la Ford Motor Company. Pero la música seguía ahí, en su cabeza y en su alma, y en sus tiempos libres no dejaba de escribir canciones. La suerte empezó a estar de su lado cuando varios grupos y cantantes locales comenzaron a incluir algunas de esas composiciones en su repertorio y la disquera Decca le compró varias de ellas, como “Reet Petite” y la hoy clásica “Lonely Teardrops”, popularizada por Jackie Wilson and the Matadors. El imberbe autor pudo haberse conformado con el pago de sus temas, pero de vocación negociante al fin y al cabo, no tardó en darse cuenta de que las verdaderas ganancias no eran para los compositores sino para quienes adquirían los derechos de las melodías. Fue entonces que decidió ser el dueño de sus canciones … y de las de otros. Aconsejado por un amigo adolescente que empezaba a destacar como vocalista y que respondía al nombre de William Robinson –Smokey, lo apodaban sus compinches–, Barry Gordy Jr. consiguió setecientos dólares de su padre y con ellos fundó en 1959 su propia compañía disquera. La llamó Tamla Records y un año después mutó su nombre a Motown Records, en honor a la ciudad de Detroit, la famosa Motor Town. Fue la primera empresa discográfica cuyo único dueño era de raza negra y significó un paso importante para la difícil y conflictiva integración racial que comenzaría a darse a partir de los años sesenta.

Hay de música soul a música soul. A fines de los cincuenta, la ciudad de Memphis, en Tennessee, era la meca del género. En 1957 había sido fundada ahí –en la modestia de un garage casero– la discográfica Satellite, que al poco tiempo pasaría a llamarse Stax Records y se convertiría en la principal rival de la Motown de Detroit. Ambas grabarían principalmente música soul –aunque Stax incluiría en su repertorio también a artistas de blues y rhythm n’ blues (R&B) –, pero con una notoria diferencia estilística: mientras Stax apostaba por un estilo crudo, áspero, agresivo, grasoso, directo (raw soul se le llegó a denominar), consumido en su mayor parte por un público negro, Motown iba hacía un soul ligeramente más pasteurizado, más blanqueado, más comercial. Lo que en Stax era una inclinación por el ritmo y el sudor, en Motown fue un énfasis en la melodía y el sabor acaramelado. Sentimiento y alma había en ambas casas, un sentimiento y un alma igualmente auténticos y profundos; pero desde un punto de vista artístico, las orientaciones fueron distintas. Era como una competencia entre el sur profundo y cerrado en sí mismo y el norte más abierto y cosmopolita. Por eso el público blanco en general aceptó sin demasiados regañadientes a los músicos de Motown, en tanto que los de Stax –con algunas pocas excepciones– permanecieron confinados durante largos años a las listas del R&B, prácticamente exclusivas de la gente negra. Fue el caso de artistas espléndidos como Rufus y Carla Thomas, Booker T. & the MGs, The Mar-Keys, William Bell, Sam and Dave, Wilson Pickett, Otis Redding y Aretha Franklin, entre muchos otros que tardaron demasiado tiempo en ser reconocidos.

Motown Records se instaló originalmente en una casa situada en el boulevard West Grand de Detroit, casa conocida popularmente como Hitsville U.S.A. Barry Gordy Jr. dormía con su esposa en turno en el segundo piso, mientras que los estudios de grabación se encontraban en la planta baja. Su primera grabación fue el tema “Shop Around”, compuesto e interpretado por Smokey Robinson, el joven amigo de Gordy Jr., acompañado por el grupo vocal The Miracles. Era 1960. La canción tuvo un éxito tan inmediato como sorpresivo y vendió más de un millón de copias. No había duda de que el antiguo boxeador y soldado había dado por fin en el clavo. Más de cien sencillos producidos por Motown habrían de alcanzar el primer lugar en las listas de popularidad de los Estados Unidos y eso incluía a las del público anglosajón. Entre ellos podemos mencionar a piezas hoy tan populares como “Please Mr. Postman”, “Reach Out, I'll Be There”, “My Girl”, “Stop! In the Name of Love”, “For Once in My Life”, “How Sweet It Is to Be Loved by You”, “I Heard It Through the Grapevine”, “Dancing in the Streets”, “Baby Love”, “I Want You Back” y “I'll Be There”.

Gran parte del éxito de Motown se debió a que Barry Gordy Jr. supo rodearse de la gente idónea, sobre todo en la parte creativa. Tuvo a grandes productores –entre ellos al propio Smokey Robinson–, pero sobre todo a un equipo de magníficos compositores encabezado por Brian Holland, Lamont Dozier y Norman Whitfield, quienes se convirtieron en verdaderos fabricantes de éxitos para el elenco de la casa disquera. Ésta comenzó a crecer y a diversificarse y no tardó en tener oficinas en Nueva York y Los Ángeles. Por desgracia, no todo fue terso en la relación entre Gordy Jr. y sus estrellas. Gente como Gladys Knight, Diana Ross o los Jackson 5, entre otros, no soportaron la tiranía de su estricto patrón y abandonaron la nave. Lo mismo harían más tarde Holland, Dozier y Whitfield. Las cosas empezaron a marchar mal y aunque aguantó así todavía varios años, el empresario terminó por vender Motown a la gigantesca MCA (hoy Universal Music). El viejo edificio en Detroit donde se instalara el primer estudio de la disquera fue convertido en el Museo Motown y hoy puede ser visitado por los turistas. Actualmente, a los 83 años de edad, Barry Gordy Jr. está prácticamente retirado y su nombre se encuentra inscrito desde 1990 en el Salón de la Fama del Rock and Roll. Felizmente, alcanzó a ver cómo lo que fue el sueño y la realización más importante de su vida rebasó su primer medio siglo de existencia. Pura y absoluta música soul.

(Publicado en el No. 105 de la revista Marvin, octubre de 2012)

domingo, 11 de noviembre de 2012

Natalie Wood

Una de las actrices más bellas y encantadoras que ha dado la pantalla. ¿Cómo olvidarla en West Side Story, Rebelde sin causa, Esplendor en la hierba, Más corazón que odio, De aquí a la eternidad o incluso en la simpática Bob & Carol & Ted & Alice? Era una mujer bellísima y siempre agradable en sus filmes. Su vida no fue sencilla y las circunstancias de su trágica muerte, acaecida el 29 de noviembre de 1981, siguen aún despertando grandes dudas e interrogantes. A manera de homenaje, a dos semanas de cumplirse treinta y un años de su desaparición física, publico esta bella imagen.

sábado, 10 de noviembre de 2012

¿Dónde está Andrés Manuel?

Lo extraño más de lo que los niños gringos extrañan a Wally. A lo largo de los meses más recientes, en especial durante la pasada campaña electoral, ya me lo habían hecho notar varios lectores de esos que, tiro por viaje, solían (suelen) insultarme en las redes sociales o en el sitio de Milenio.com: “Estás obsesionado con López Obrador”, me decían unos. “Confiesa que tienes una fijación con él”, me exigían otros. Sin embargo, yo lo negué siempre. “No es obsesión la mía”, aseguraba, “sino mero espíritu crítico que pretende ser lo más objetivo posible”, etcétera.
  No obstante, con el paso de las semanas y ante la aburridísima falta de emociones políticas luego de que el Tribunal Electoral declarara presidente electo al candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, debo admitir que sufro una especie de síndrome de abstinencia y que así como el poeta requiere de las musas para inspirarse, yo necesito de los gritos destemplados, las quejas victimistas, el cacaraqueo diario y estridente a que nos acostumbraron don AMLO y su pandilla.
  Como si fuese integrante de Alcohólicos Anónimos, podría parafrasear: “Mi nombre es Hugo y soy adicto al Peje”. No como su fan fatal, pero sí como alguien que cada semana tenía un tema sabroso para comentar, así me llevará una lluvia de insultos y amenazas por parte de los otros pejeadictos.
  El caso es que lo extraño y con él a sus canchanchanes: el inenarrable Ricardo Monreal, el inefable Chucho Zambrano, los dos señorcitos que siempre aparecían parados a su lado sin decir palabra alguna. Añoro sus conferencias de prensa, su dedo flamígero en alto, sus ironías fallidas, sus amenazas apocalípticas, sus frases repetidas, todo aquello de la mafia en el poder, el PRIAN, el compló y, por supuesto, su república amorosa.
  Dicen que anda por ahí, en plena organización de su juguete nuevo: Morena. Pero hacen falta su omnipresencia en los medios, sus mohines y sus abrasadores señalamientos mesiánicos.
  ¿Dónde está Andrés Manuel? Nos hace falta su delirante show. La polaca no es la misma sin él. Díganle que vuelva. I miss him.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 9 de noviembre de 2012

Inglourious Basterds

No había podido ver este, el más reciente filme de Quentin Tarantino, y la verdad es que me gustó y me divirtió mucho. He aquí la diferencia que mencionaba yo ayer entre Oliver Stone y el propio Tarantino. Bastardos sin gloria (2009) es una película inteligente y llena de intenciones, pero sobre todo con una narrativa en la que el sarcasmo juega un papel fundamental. Ese sentido del humor del cual carece Stone, le sobra al director de Pulp Fiction y se hace más que evidente en esta cinta.
  La historia de un singular y delirante grupo de militares estadounidenses (los mencionados Basterds), comandados por el teniente Aldo Raine (Brad Pitt en un papel chistosísimo como oficial de origen sureño; de Tennessee, específicamente), quienes se infiltran en la Francia ocupada, durante la Segunda Guerra Mundial, con el único fin de matar al mayor número posible de nazis y arrancarles las cabelleras.
  Hay personajes verdaderamente geniales, pero ninguno como el coronel alemán Hans Landa, jefe de las SS en París, un tipo enloquecido, un sádico elegante y culto, refinado políglota al servicio del Führer y del Tercer Reich, interpretado de manera fantástica por Christoph Waltz. La historia es tan inverosímil que se vuelve jocosa, a pesar de su constante violencia.
  Mención aparte merece la bellísima actriz francesa Melanie Laurent, quien hace el papel de Shoshana, una joven judía gala cuyos padres fueron asesinados despiadadamente por los nazis y quien, heredera de una sala de cine, sólo piensa en vengarse de los criminales y lo logra, en un final aposteósico. Ya la había yo visto en otra película, la preciosa París de Cedric Klapisch (2008), en la que interpreta a una hermosa estudiante de la Sorborna de la que se enamora un profesor de historia.
  Me encantó Inglourious Basterds, un filme que, como bien apunta el crítico Roger Ebert, debe ser vista más de una vez. Me daré un tiempo para ello, pero sin duda lo haré.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Savages

Aunque el cine de Oliver Stone en general no me gusta (pocas obras en la historia del cine me parecen tan sobrevaloradas como Asesinos por naturaleza, su película de 1994) y si tuviera que nombrar un par de buenos filmes suyos me quedaría con JFK (1991) y Un domingo cualquiera (1999), a pesar de eso, hace un par de noches vi Salvajes, su más reciente trabajo.
  La palabra que se me viene a la mente para definirla sería desperdicio. Como es habitual en él, la ideología y el moralismo prevalecen sobre la expresión artística y lo que pudo ser una cinta llena de humor negro, dada la historia que cuenta -la de un par de traficantes californianos bastante sui generis que desafían a un cartel mexicano de la droga-, termina por volverse una cosa solemne y excesivamente violenta. A Stone no se le da la ironía y ello acaba por pesar en una narración cinematográfica que en manos de alguien como Quentin Tarantino, por ejemplo, hubiese dado como resultado una película estupenda.
  Sin embargo, no sucede así y aunque la cinta se deja ver, uno termina por abominar las sobreactuaciones, en especial de los actores mexicanos (sobre todo de Salma Hayek y Demian Bichir), aunque Benicio del Toro y John Travolta también rozan el tono exagerado.
  En fin, nada que se pierda si uno no la ve. A final de cuentas, una película intrascendente.

 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Perdigón

Así estaba la bellísima actriz mexicana Leticia Perdigón en 1975, a los diecinueve años de edad, cuando filmó La otra virginidad de Juan Manuel Torres. Nada de artificios o implantes. Hermosura natural, Recuerdo también su cachondísima actuación en Anoche soñé contigo, la buena y simpática película de 1992, dirigida por Marisa Sistach. Vaya mujer.

martes, 6 de noviembre de 2012

Con Jan en los tacos

Esta noche vino mi hijo Jan a cenar conmigo y nos fuimos a una taquería cercana, en la calle de Pensylvania. Aparte de que todo estuvo rico, platicamos muy a gusto y me explicó varios de sus planes a corto, mediano y largo plazos. Lo veo muy bien y muy centrado, a pesar de algunos puntos que podrían parecer un tanto cuanto acelerados. Pero ni cómo reclamarle, si a su edad y de hecho más joven que él, yo era igual. Quedamos en que va a ayudarme a hacer un sitio personal de internet. Espero tenerlo para principios del año próximo. Un placer estar con mi hijo.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Cridens contra bitles

Siempre he sostenido que el arte no es una cuestión de competencia. Quien pinta un cuadro, escribe una novela, redacta un poema, esculpe una figura o compone una sinfonía debe hacerlo, pienso yo, a manera de expresión personal, sin más finalidad que la de externar, de manera auténtica y desinteresada, lo que tiene dentro de sí mismo.
  Tal vez se trate de una posición utópica o, peor aún, ingenua… y viéndolo bien, creo que lo es. Porque en el mundo real, en este mundo signado por la lucha del hombre contra el hombre (hombre en su acepción de ser humano, se entiende), en este mundo en el cual la idea de competencia y de ser “el mejor” se les enseña a muchos desde pequeños, el arte, por desgracia, no puede permanecer ajeno a ello. Por eso, el ideal del artista a quien sólo le interesa expresar lo que hay en su interior ha caído en desuso desde hace… ¿siglos?
  Decía Cioran que cinismo es ver las cosas como son y no como quisiéramos que fuesen. Desde ese punto de vista, tengo que aceptar, así sea a regañadientes, que hoy día el arte de la música es un terreno muy competido. Demasiado tal vez.
  Este sentido de competencia, inducido o no por los convencionalismo sociales y por la educación misma, ha sido fomentado por la industria musical y ello se ve claramente, por ejemplo, en la existencia de las famosas listas de popularidad. Los medios y las empresas disqueras sobre todo, aunque también los propios músicos, buscan a como dé lugar la posibilidad de alcanzar los primeros lugares en esas listas. Para ello, la mayoría se olvida de escribir canciones como un medio de expresión artística y trata de conseguir que sus composiciones tengan ganchos comerciales, que posean coros pegajosos y letras simples que puedan quedar en el consciente o, mejor todavía, en el inconsciente de quienes las escuchan. El público se convierte así en un mero receptor pasivo de melodías simples y repetitivas que comprará con oligofrénica alegría.
  Por supuesto que para llegar a los sitios más altos de esos hit parades se da una competencia feroz, en la que se olvidan escrúpulos, amistades y purezas artísticas. Hay que competir para ganar, para vender. El arte se transforma así en mera mercancía y pierde su esencia más preciada.
  Cuando era un adolescente, allá a fines de los años sesenta del siglo pasado, algunas estaciones de radio en AM solían producir programas en los cuales ponían a competir a algunos grupos de rock, contrastando a unos contra otros. Los más famosos fueron quizás el de Beatles contra Monkees en Radio Éxitos y el popularísimo Creedence contra Beatles (o Cridens contra bitles) de Radio Capital, en los que los radioescuchas llamaban por teléfono a la estación para votar por su agrupación favorita y ver cuál era la ganadora al final de la emisión. “¿Bueno, por quién votas?”, era la frase clásica de los locutores al responder las llamadas. Hasta donde recuerdo, nunca marqué para emitir un voto. Al menos eso espero.
  Este burdo ejemplo de competencia muestra hasta dónde puede llegar la estupidez de ese concepto. La mera idea de contraponer, de contrastar a un artista frente a otro resulta por demás absurda. No obstante, esto se ha dado incluso en la literatura barroca española (Góngora contra Quevedo) o en las artes plásticas mexicanas (muralistas contra pintores de caballete), por mencionar tan sólo un par de ejemplos culteranos.
  El síndrome del Cridens contra Bitles permanece también en el rockcito nacional (habría que ver la mala sangre que existe entre muchos músicos mexicanos al referirse en forma déspota a sus “competidores”) y no se ve que vaya a desaparecer algún día.
  El contraste puede ser positivo, cuando se usa para comparar diversas situaciones en busca de alguna conclusión. Pero si se utiliza como pretexto para impulsar la competencia salvaje, puede llegar a convertirse en un arma perversa. Así las cosas en este nuestro querido mundo.
  Bueno, ¿y usted por quién vota?

Mi columna "Bajo presupuesto" de este mes en la revista Marvin.

domingo, 4 de noviembre de 2012

En Tepepan y en Tlalpan

Así se puso la cosa más o menos.
Ayer fui a comer a la casa de mi hermana Myrna, en Tepepan. Quise utilizar la nueva línea del Metro para irme y resultó una muy mala idea. Muy quitado de la pena y luego de calcular que haría como una hora de mi casa a Tepepan, tomé el metrobús hasta Felix Cuevas para subirme al Metro en la estación Insurgentes Sur. Todo parecía tranquilo: el convoy llegó rápido y no había mucha gente. Pasamos rápido por Hospital 20 de noviembre y por Zapata, pero al llegar a Parque de los Venados nos detuvimos por más de quince minutos. "Problemas en las vías", se dijo en el sonido local, al tiempo que a los pasajeros se nos solicitaba paciencia. Algunas personas más se fueron subiendo, pero otras más desesperaron y se bajaron. Al fin arrancamos, sólo para que en Eje Central se repitiera la historia y esta vez durante más largo rato. Yo llevaba un libro y aproveché para avanzar en la lectura, pero no dejaba de ser molesta la tardanza. Al fin vino el nuevo arranque y la llegada a Ermita, donde me dispuse a descender. La cantidad de gente que se agolpaba para entrar en los trenes era asombrosa y nada de dejar bajar primero. Tuve que abrirme paso como pude. Ya en la escalera eléctrica, miré hacia el convoy que iba repleto y que, muy posiblemente, se quedaría parado al menos un cuarto de hora más. De pesadilla.
  Sólo diré que me equivoqué de salida y tuve que recorrer de regreso toda la estación, para luego seguir  el camino de trasbordo hacia la Línea 2. En lugar de continuar en el Metro hasta Taxqueña y ahí tomar el tren ligero, opté por seguir los consejos de mi hermana, salir a la calle y tomar un micro en Calzada de Tlalpan. Fue lo mejor que pude hacer: de Ermita a Tepepan hice tan sólo media hora.
  Llegué casi a las cuatro con Myrna, pero la estancia allá valió la pena. Comí muy rico acompañado por ella, su esposo Jorge y mis sobrinos Axel y Leyla, quien me presentó a su novio, Juan Carlos, hijo de una casi prima mía, Mercedes Cesari. Todo fue, pues, muy agradable. Incluso vimos una película juntos que yo llevé (El Ceniciento, de Gilberto Martínez Solares, con Tin Tan). Ya como a las diez me dieron un aventón de regreso hasta acá. Lindo sábado, a pesar del Metro (quiero suponer que las fallas se arreglarán pronto y que en cuanto empiecen a cobrar el boleto, a partir del próximo lunes, las cosas van a mejorar en el servicio).
  Hoy domingo fui a Tlalpan, a ver a mi mamá. Todo muy bien con ella. De igual manera, pasé a saludar a Rosa y a mi hijo Alain, quien ya el miércoles empieza a tocar en un antro de la Condesa.
  Buen domingo también.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Voy en el metro

“Voy en el metro, qué grandote, rapidote, qué limpiote / Qué diferencia del camión de mi compadre Filemón que va al panteón”, cantaba alegremente el gran Chava Flores cuando se inauguró en el Distrito Federal la Línea 2 de este hoy tan imprescindible medio de transporte.
  Ahora acaba de ponerse en funcionamiento la famosa Línea Dorada que va de Mixcoac a Tlahuac (y a la visconversa) y aunque todavía no la conozco, hay elementos para escribir sobre los buenos augurios con que se ha echado a andar (salvo el incidente de la bolsa de papas que el miércoles causó una suspensión momentánea del servicio), después de cuatro años y un mes de una construcción que parecía eterna (¿cómo olvidar el paisaje de guerra de la avenida Félix Cuevas a lo largo de todo ese tiempo?).
  Buenos augurios y buenas señales, como el hecho de que el presidente Felipe Calderón haya atendido la invitación del Jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, para inaugurar juntos dicha Línea 12. Están también los acercamientos de connotados integrantes de eso que en México se denomina como izquierda con personajes hasta hace escasas semanas denostados por los progres, caso del propio Calderón o del presidente electo, Enrique Peña Nieto. Son signos muy positivos de civilidad y concordia que tanta falta le hacen a la vida pública del país, así no les parezca a algunos pejistas delirantes (valga la redundancia).
  Porque lo que hay en el fondo de esto es el paulatino aislamiento político de un personaje que, también hace escasas semanas, era el todopoderoso del seudoizquierdismo: Andrés Manuel López Obrador. De pronto, muchos de los más célebres personeros de esa ala están pintando su raya respecto al lopezobradorismo y presumen su independencia como niños con juguete nuevo. Uno los ve alegres y sonrientes, luego de quitarse de encima ese lastre que era la obediencia forzosa al jefe máximo.
  Es como si le cantaran: “Adiós mi linda Tacuba, bella tierra tan risueña / Ya me voy de tu Legaria, tu Marina y tu Pensil”. Ah, el buen Chava Flores. Tan visionario.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 2 de noviembre de 2012

Con Ciro y Denisse

Pero no con Denisse Maerker, sino con Denisse Berman. Aunque sí con Ciro Gómez Leyva, quien me invitó a comer al restaurante Los Arcos y a participar en su programa Fórmula de la tarde, en Radiofórmula y Telefórmula.
  La comida fue muy agradable, pudimos platicar largamente y con calma de múltiples temas, aunque lo dominante fue la música (Ciro es un gran melómano y gran conocedor del rock clásico, aunque bastante actualizado con lo que se hace hoy día). En cuanto al programa, estuve la hora y media que duró el mismo y tuve varias intervenciones, al lado del propio Ciro, de Marisa Iglesias y de Manuel Feregrino (incluso de Enrique Burak). Estuvo muy divertido. Presentamos mi libro Cerca del precipicio y Ciro tuvo comentarios muy elogiosos sobre el mismo.
  Salí de Fórmula a las cinco y media hora después me vi con Denisse en la estación Coyoacán del Metro. Nos fuimos a Zapata y ahí trasbordamos a la nueva Línea 12, para trasladarnos dos estaciones, hasta Insurgentes Sur. Aunque se nota que aún faltan muchos detalles, el nuevo Metro está muy bonito y las estaciones son grandes y espaciosas. Ya lo estaré usando de vez en vez. En metrobús llegamos aquí para dejar algunas cosas e irnos de inmediato, en taxi, a los Cinemex del WTC. Ayer fue cumpleaños de Denisse y la invité a ver Frankenweenie de Tim Burton. Había mucha gente en los cines (me engento muy fácilmente), aunque no en la sala que nos tocó que estaba como a la mitad. La película está bonita y divertida (Leyla mi sobrina dobla la voz de la niña Elsa Van Helsing). La pasamos bien, palomitas y refresco incluidos.
  Regresamos a la casa para prácticamente descansar. Ambos estábamos agotados (Denitzia había ido muy temprano a natación y se aventó casi cuatro horas de entrenamiento).
  Pero fue un buen viernes.

jueves, 1 de noviembre de 2012

1981-2012: 31 años de rock

En 1981, el rock entraba prácticamente a su cuarta década. No pasaba quizá por su mejor momento. De hecho, de ese año hay muy pocos álbumes realmente memorables y ninguno al que hoy pudiéramos nombrar un clásico. Gente como los Rolling Stones, Elton John, Alice Cooper, Genesis, The Cure y otros produjeron discos más bien mediocres y si tuviera que nombrar obras en verdad trascendentes, anotaría My Life in the Bush of Ghosts de Brian Eno y David Byrne y dos trabajos de los ¡cinco! que el gran Frank Zappa produjo ese año: Shut Up ‘n Play Yer Guitar y You Are What You Is.
  En México, entre tanto, musicalmente sucedía muy poco, por no decir que nada: el panorama del rock nacional se encontraba en un perfecto estado catatónico.
  Tal era el escenario del rock cuando apareció El Financiero y las cosas, en ese terreno, no cambiarían demasiado a lo largo de su primer decenio. La década de los ochenta que tantos cuarentones de hoy añoran por incomprensibles razones, musicalmente fue una época de absoluto horror. Mientras que en los cincuenta se dio el nacimiento del género (con Chuck Berry, Little Richard, Gene Vincent, Fats Domino, Elvis Presley, etcétera), en los sesenta se produjo la revolución de los Beatles, Bob Dylan y  la psicodelia y en los setenta surgieron David Bowie, Bruce Springsteen, U2, el heavy metal, el progresivo, el punk y la new wave, ¿qué hubo en los ochenta? Bueno, fueron los años del synth pop, de Michael Jackson, del metal hermafrodita y de la invención del disco compacto. Nada más. Sólo al final las cosas empezaron a mejorar, al sembrarse las simientes de lo que sería una nueva explosión del rock en los años noventa.
  Quien esto escribe, colaboró en la sección cultural de El Financiero de 1991 a 1997 y puede decir que sus tiempos en el diario coincidieron con una muy buena época musical. Fue la era del grunge, el alt-rock y el noise, del rap y el hip-hop, del segundo aire de gente como Neil Young. Los años de Nirvana, Pearl Jam, los Beastie Boys, Sonic Youth, Pixies, Alice in Chains y en Inglaterra de Blur, Pulp, Oasis y todo eso que se conoció como britpop.
  En nuestro país, el rock comenzó a transformarse en rockcito, gracias a los grupos derivados de Timbiriche y Flans. Así, Caifanes, Fobia, La Maldita Vecindad, Café Tacuba y otros tuvieron un boom que los llevó incluso al Canal de las estrellas, con sus apariciones en los programas de Raúl Velasco, Verónica Castro, Daniela Romo et al.
  El nuevo siglo ha sido benéfico para la música. A pesar del aplastante dominio en los medios del pop artificial y la preeminencia del vacuo periodismo rosa en los espectáculos, el rock ha sabido subsistir con discreta elegancia y con todo y que se le haya querido colgar la etiqueta de indie (cosa que desde el punto de vista musical no existe), puede afirmar hoy, en pleno 2012, que goza de cabal salud. Aunque no en México, por desgracia, donde el género vive quizás uno de sus peores momentos.
  31 años de El Financiero. 31 años de rock. 31 años para celebrar, reflexionar y escuchar buena música. ¡Salud!

miércoles, 31 de octubre de 2012

La tumba

La leí por vez primera en 1969, a mis catorce años de edad, en una primera edición, de Novaro, que tenía mi hermano Sergio. No era el primer libro que leía, pero sí tuvo un fuerte impacto en mí, tan fuerte que me impulsó a escribir de otra manera (a los trece había intentado hacer una novela, influido por un libro tan ideológicamente terrible como El Bismarck de Will Berthold, editado por Populibros La Prensa; ya contaré esa historia en otra ocasión). Por ahí debo tener aún guardados mis intentos por escribir al estilo de José Agustín, el autor de aquella breve novela: La tumba.
  Volví a leerla a los diecisiete años y de nueva cuenta a mis veintitantos. Ahora acabo de terminarla por cuarta ocasión, en una edición de Planeta. La leí rápidamente y mi impresión actual es diferente a la que tuve a mis catorce marzos. Aunque amena y divertida, hoy me resultó un tanto ingenua, afectada y de algún modo pretensiosa para un escritor, como Agustín, que la publicó a los diecinueve años, en 1964 (aunque se dice que la escribió a los dieciséis).
  Las aventuras de Gabriel Guía, un adolescente de la clase alta defeña, a mitad de la década de los sesenta, no parecen muy creíbles. El personaje habla y razona como si tuviera diez años más y la facilidad con que obtiene todo de pronto es un tanto irreal. Sin embargo, sigue siendo una novela fundamental para la historia de la literatura mexicana y conserva su frescura narrativa y el sello joseagustinesco, a pesar de que en un par de años cumplirá medio siglo de haber sido editada.
  Fue interesante volver a leerla. Habrá que entrarle a De perfil, mi novela favorita de José Agustín, y saber qué efectos me produce ahora.

martes, 30 de octubre de 2012

“Inditos” con sintetizadores

Leo diversas y disparadas (y en algunos casos disparatadas) reseñas acerca del nuevo disco de Café Tacuba (siempre me he negado a escribir el segundo nombre con “v”) y la gran mayoría de ellas coincide en calificarlo como la octava maravilla del universo (hay quienes –¡lo juro! – llegan a compararlo con Radiohead y hasta con los Beatles, lo cual es un imperdonable despropósito).
  Pero en fin: he escuchado El objeto antes llamado disco (Universal, 2012) y lo primero que se me ocurre decir es que no cabe duda de que en tierra de ciegos, el tuerto es rey. En un año en el cual no ha habido un solo buen disco de rock hecho en México, resulta lógico que la reciente obra de Café Tacuba resalte como flor en el bordo de Xochiaca. Pero ya de ahí a decir incluso que es el mejor grupo mexicano de todos los tiempos, me resulta por completo absurdo (¿o es que nunca han oído a La Barranca, a Santa Sabina, a El Personal?).
  Estamos ante un álbum medianamente interesante, con una decena de canciones de irregular calidad, cuyos arreglos se basan en el uso de sintetizadores y cajas de ritmos, para ofrecer una obertura mocha y con fallidos falsetes (“Pájaros”), tres temitas intrascendentes (“Andamios”, “Yo busco”, “Tan mal”), una tonada simpática con reminiscencias rítmicas de los concheros de Coyoacán (“Espuma”), una especie de homenaje involuntario (¿o voluntario?) a la escalofriante Tigresa del Oriente (“Olita del altamar”), un aceptable rockcito a la chilena que recuerda a Los Tres (“Aprovéchate”) y tres composiciones realmente buenas: las dramáticas “De este lado del camino” y “Volcán” (ambas con descensos armónicos en tonalidad menor) y el que a mi modo de ver es el mejor corte del disco: “Zopilotes”, un tema muy interesante en su letra y en su música (excelente arreglo à la The xx).
  Se dice que con este trabajo Café Tacuba regresa a sus orígenes, mismos que recuerdo como una especie de neo Xochimilcas o de clasemedieros de Ciudad Satélite disfrazados de “inditos”. De ser así, con El objeto antes llamado disco serían de nuevo “inditos”…, pero esta vez con sintetizadores.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de Milenio Diario)

lunes, 29 de octubre de 2012

Nirvana

Nirvana es uno de esos grupos emblemáticos de una época, una de esas entidades que marcan un cambio y una ruptura radicales. Parte de un movimiento no sólo musical sino social, cultural y hasta político, el trío lidereado por el compositor, vocalista y guitarrista Kurt Cobain pronto se convirtió –posiblemente de manera involuntaria- en cabeza de ese mismo movimiento al que pronto se le dio el nombre de grunge y que determinaría la historia del rock durante los últimos años de la década de los ochenta y los primeros de los noventa. Con un sonido que combinaba la pesadez y la dureza del heavy metal con la aspereza y la austeridad del punk, con letras que mostraban el desencanto, la rabia, la tristeza, la impotencia, la apatía de toda una generación, el grunge –cuyo origen geográfico se situó para fines prácticos en la lluviosa ciudad de Seattle, al noroeste de los Estados Unidos- pronto cundió en todo el mundo y agrupaciones como Green River, Mudhoney, Mother Love Bone, Soundgarden, Alice in Chains, Tad, Screaming Trees, Pearl Jam, Temple of the Dog, Candlebox, Hole, Bush y muchas otras surgieron para revolucionar una música que siempre se ha negado a estancarse.
  Dentro de ese panorama, Nirvana fue sin duda la banda más significativa, no sólo desde un plano artístico sino, sobre todo, por su actitud e inteligencia. Kurt Cobain, el bajista Chris Novoselic y el baterista Dave Grohl conformaron un proyecto cuya propuesta permeó las mentes y las conciencias de millones de jóvenes, mismos que, paradójicamente, terminaron por elevar al trío a un estrellato que, en especial Cobain, rechazaba y repudiaba. Esta súbita fama, aunada al uso y abuso de drogas y al vertiginoso ritmo de vida impuesto por el star system, hizo que las cosas se volvieran inmanejables y que el sueño se transformara en pesadilla, una pesadilla que culminaría en tragedia y muerte. La de Nirvana es, pues, una historia que de rosa nada tiene, pero que dejó un legado musical que ha trascendido y que permanecerá por siempre.

domingo, 28 de octubre de 2012

Ruby Sparks

No sé si ya la estrenaron en México o aún no, pero hoy vi una película de la cual no tenía noticia alguna y que realmente me encantó. Dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris, los mismos realizadores de la estupenda Little Miss Sunshine (2006), Ruby Sparks (2012) es una cinta sensible y llena de fantasía, acerca de un joven y exitoso escritor, Calvin Weir-Fields (el excelente Paul Dano), quien ha perdido la inspiración y la recupera gracias a una hermosa joven pelirroja que ve en sus sueños y de quien empieza a escribir, hasta que sorpresivamente cobra vida y aparece en su propia casa. ¿Comedia romántica, película humorística, melodrama indie? El filme es todo eso y no lo es.
  Una premisa tan irreal podría prestarse a chunga o a dar como resultado una obra poco creíble, pero el magnífico guión (escrito por Zoe Kazan, nieta del genial director Elia Kazan y quien además de ser la guionista hace el papel de la propia Ruby Sparks) salva cualquier debilidad de la trama y la convierte en una fábula espléndida y por demás disfrutable.
  Hay muchos momentos memorables, tesis que mueven a la reflexión (¿hasta dónde es un novelista dueño de sus personajes y hasta dónde pueden estos apoderarse de la voluntad de su creador?) y varias vueltas de tuerca sorprendentes (incluido el inesperado y dulcemente emotivo final). Las actuaciones son todas de primera línea (en el elenco aparecen Annette Bening, Elliot Gould, Steve Coogan y Antonio Banderas, entre otros).
  Una preciosidad fílmica que recomiendo plenamente en cuanto la vean en algún cine o en DVD (creo que en español le pusieron en cursilísimo título de Ruby, la chica de mis sueños, ¡ough!)..
  Me gustó mucho.

sábado, 27 de octubre de 2012

Attolini con el dedini

Vivimos días de concordia. Una concordia bastante extraña y que hubiera sido impensable hace apenas un par de meses. Quienes eran enemigos acérrimos, hoy se estrechan las manos y se toman la foto juntos y quienes eran críticos a muerte del sistema, se integran a éste con una mexicana alegría que conmueve por su ternura.
  Sin importarles la opinión de su ex jefe Andrés Manuel (quién sólo les advirtió que tuvieran cuidado con las carteras), gobernadores perredistas de cinco entidades federativas se reunieron como si nada con quien poco tiempo atrás era considerado, por casi todos ellos, como el comprador ilegal y alevoso de los votos con los cuales triunfó en las elecciones presidenciales de julio pasado. Ahora fueron a darle la manita y a retratarse sonrientes y cooperativos, lo cual me parece muy bien: son tiempos de distensión y de negociación política. No por nada anunciaron que asistirán a la toma de posesión de Enrique Peña Nieto, el próximo 1 de diciembre.
  Sin embargo, lo más inesperado (aunque no por ello sorprendente) es el anuncio del nuevo programa de Televisa, Sin filtro, conducido nada menos que por varios integrantes (¿o ex integrantes?) del heroico y siempre congruente movimiento #YoSoy132. Los “promocionales” de la emisión no dejan lugar a dudas: ahí están el inefable Antonio Attolini y seis o siete de sus partners, perfectamente ataviados al último grito de la moda hipster condechi, con frases tan combativas como las que pronuncia una chava de grandes anteojos y lunar en la mejilla, al advertir (¡ohhhh!) que está harta “de la vieja clase periodística”, mientras que el propio Attolini nos dice que “es hora de que alguien se atreva a decir que el emperador está desnudo”.
  Así, mientras algunos 132s, todos ellos morenos y con pinta de cegeacheros, toman enmascarados las oficinas de la representación del gobierno de Michoacán en el DF, otros “toman” los estudios de la repudiada Televisa… para hacer un programa híper nice. O sea que hasta entre los revolucionarios hay clases, ¿ves?
  Espeso y champurrado Attolini… con el dedini.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

jueves, 25 de octubre de 2012

Escuela de vagabundos

Después de años de buscar esta, mi película favorita de todas cuantas protagonizó Pedro Infante (las otras dos que completan mi Top 3 son Los tres García, de 1946, y La oveja negra, de 1949, ambas dirigidas por Ismael Rodríguez), al fin pude conseguir en DVD original Escuela de vagabundos, quizás una de las mejores comedias de toda la historia del cine nacional, a la altura de dos obras maestras de Gilberto Martínez Solares: El rey del barrio (1949) y El ceniciento (1951), las dos estelarizadas por Germán Valdés Tin Tan (y añadiría El revoltoso, también de Martínez Solares, también con Tin Tan y también de 1951).
  Con un elenco fabuloso, encabezado por Infante, pero complementado por grandes actores de cuadro como Óscar Pulido, Blanca de Castejón, Miroslava, Anabelle Gutiérrez, Eduardo Alcaraz, Óscar Ortiz de Pinedo, Fernando Casanova, Dolores Camarillo y Ramón Valdés, entre otros, Escuela de vagabundos fue realizada por Rogelio A. González en 1954 y presenta la vieja historia del extraño que es confundido con alguien que no es y que sigue la corriente para sacar provecho del asunto (tal vez fue Nicolas Gogol, con El inspector, quien planteó por primera vez esta idea).
  La trama es muy conocida por el ochenta por ciento de los mexicanos que la hemos visto en televisión una y mil veces y más bien lo que me gustaría destacar son algunas escenas memorables, como la del personaje de Óscar Pulido (Don Miguel Valverde) cuando llega borracho a su casa de madrugada, en un taxi conducido por un chofer que se lo quiere transar (un muy joven Ramón Valdés), pero es rescatado por el vagabundo Alberto Medina (Pedro Infante), ya convertido en una mezcla de amo de llaves, velador y conductor, quien al tratar de meterlo a la mansión da pie a un divertidísimo duelo de actuaciones en el que don Óscar se luce maravillosamente (ver video). Otros que destacan son Óscar Ortiz de Pinedo (en un breve papel de potentado), la preciosa Anabelle Gutiérrez (como la hijita quinceañera de la familia Valverde; aunque con ese cuerpazo y esas piernas, es difícil creerle esa edad), el sufrido mayordomo Audifaz (Eduardo Alcaraz) y, sobre todo, la enorme Blanca de Castejón en el papel de Emilia, la totalmente zafada, olvidadiza y distraída pero enormemente noble y generosa esposa de don Miguel. Sus intervenciones, a pesar de que de pronto se sobreactúe, son en verdad geniales (¿cómo olvidar la memorable frase que les espeta a los invitados en una cena que organiza: "¡Qué bueno que vinieron; si no, ¿qué hubiera hecho con tanta comida?!").
  No es una película perfecta, está llena de incongruencias y descuidos del director y los guionistas, pero son pecatta minuta que no impide el disfrute de la historia. De hecho, quizá sean esos elementos absurdos los que terminan por hacerla tan divertida.

miércoles, 24 de octubre de 2012

La Mosca y yo: Jessy Bulbo

La primera vez que oí sobre La Mosca fue en casa de Karem Martínez. Yo era la novia de su hermano, grababamos unos cassettes con discos que le habían prestado a ella y nos pusimos a platicar. Karem estaba estudiando periodismo, yo todavía no sabíia que después también le iba a entrar a lo mismo y me parecía de lo mas locuaz que alguien estuviera interesado en eso... Pues en esa plática me preguntó que si conocía a La Mosca o a La Pusmoderna y yo sólo las había visto en la escuela. Nunca compro revistas o el periódico; en general, por gusto, sólo leo novelas policiacas. Pero en ese tiempo no me parecía respetable ser así (hoy todavia me parece poco respetable pero soy mas cínica), entonces le dije que sí, a huevo, y saliendo de ahí apunte los nombres. Al otro día se las encargué a un compañero de la escuelita. Con lo que compré mis primeras dos revistas de rock: La Banda Rockera y La Mosca, que fueron las que él me consiguió. Karem nunca volvió a mencionar el asunto y no tuve oportunidad de presumir. Luego de unos años me encuentro contándoles esto como colaboradora de La Mosca. ¿Quién lo iba a decir? Un día hasta salí en una portada (con cara de diazepan) y es un orgullo, porque los grupos mexicanos que consiguen esa portada son raros (saaaaaacto) y por cierto: qué bonita entrevista. Mis deseos para los fundadores en este diex aniversario son: 1, que a Hugo lo reconquiste Ocesa con unos boletos para los Red Hot en primera fila (y que me invite) y 2, que Karem y el Piraña se mochen con un descuento en un tatoo.

Jessy Bulbo

*Publicado originalmente en La Mosca No. 82, febrero de 2004, número del décimo aniversario moscoso.

martes, 23 de octubre de 2012

Danny Elfman: el séptimo Simpson

Después de Homero, Marge, Bart, Lisa, Maggie y Matt (Groening), Elfman es prácticamente
 el Simpson No. 7, gracias al famosísimo tema musical que compuso para la peculiar serie.

¿Existirá algún habitante en este planeta que jamás haya escuchado el tema de Los Simpsons? Lo sé, la pregunta parte de una premisa falsa: seguramente en algunos rincones de Mauritania, Mongolia, las Islas Fiji y Corea del Norte no lo han oído; pero en el resto del mundo, pocas piezas musicales hay tan conocidas como la que ha presentado a esta familia amarilla en cada capítulo, a lo largo de veintitantos años.
  El autor de esa breve e ingeniosa introducción que varias generaciones llevan incrustada en la memoria es hoy uno de los más connotados compositores de bandas sonoras de cine y televisión. A él se debe la música de la mayoría de las películas de Tim Burton –desde Pee Wee’s Big Adventure (1985) hasta Frankenweenie (2012), pasando por Batman (1989), Mars Attack (1996), Sleepy Hollow (1999) y Big Fish (2003), entre varias otras. Danny Elfman es su nombre. Pero así como muchos conocen y reconocen sus creaciones, muy pocos saben su historia y cómo fue que se inició en el arte filarmónico, hace exactamente cuarenta años, nada menos que como líder de un grupo de rock casi olvidado: el singular Oingo Boingo.
  Daniel Robert Elfman nació en la polvosa ciudad de Amarillo, Texas, el 29 de mayo de 1953, hijo de la novelista Blossom Bernstein y del profesor Milton Elfman. La familia se mudó muy pronto a Los Ángeles, California, donde Daniel creció al lado de su hermano mayor Richard, quien se inclinaría por la realización cinematográfica. Ambos acudían muchísimo a los cines locales, pero por distintos intereses. Mientras Richard se fijaba en la manera como eran narradas las películas, Danny se sentía fascinado por las bandas sonoras de las mismas.
  Ya en la preparatoria, este joven nerd fundó una banda de ska y dio sus primeros pasos como músico. Vino entonces un cambio radical en su vida, cuando a punto de entrar a la universidad, su hermano lo convenció de irse un tiempo a París. Fue a finales de los años sesenta y la experiencia resultó fundamental para ambos, ya que se enrolaron en Le Grand Magic Circus, una compañía de teatro musical experimental, en la que Danny tocaba el violín. De Francia decidieron trasladarse a África, para viajar por países como Ghana, Mali y Alto Volta, donde conocieron mucha de la música autóctona, hasta que Danny contrajo malaria y debieron regresar con urgencia a Los Ángeles.
  Una vez recuperado, el joven aventurero ingresó al Instituto de Artes de California, mientras su hermano Richard fundaba un grupo de teatro musical semejante al que habían conocido en París y al que bautizó como The Mystic Knights of the Oingo Boingo. Danny no tardó en incorporarse a estos Caballeros Místicos y cuando en 1972 Richard Elfman filmó su primera película, Forbiden Zone, fue el propio Danny quien compuso el score de la misma. No sólo eso: ese mismo año redujo el nombre del grupo a Oingo Boingo y lo convirtió en una de las más exitosas bandas de new wave de los Estados Unidos.
  Como líder, vocalista, compositor y multiinstrumentista, Danny Elfman logró que su combo grabara siete álbumes en estudio, entre los cuales habría que destacar maravillas como Only a Lad (1981), Nothin to Fear (1982) y el clásico Dead Man’s Party (1985). Su estilo musical tomaba prestados ritmos de corte africano y balinés, mientras que la presencia de su sección de metales le dio siempre un sello distintivo. En cuanto a sus presentaciones, éstas tenían mucho de espectacular y de teatral y a lo largo de los años setenta sus enloquecidos conciertos atraían multitudes en el área de Los Ángeles.
  Oingo Boingo no grabaría su primer disco sino hasta principios de los ochenta y fue a lo largo de esa década del siglo pasado cuando la elástica agrupación (comenzó como trío y llegó a tener a ocho o más integrantes) consiguió su plena consagración, hasta separarse a mediados de los noventa, ya que Elfman tenía cada vez menos tiempo para la banda.
  No sólo por su trabajo para Tim Burton. Cada vez eran más los productores y directores de cine y televisión que lo solicitaban para que musicalizara sus filmes y programas. Desde Sam Raimi hasta Ang Lee y desde Matt Groening hasta Guillermo del Toro, todos querían que trabajara con ellos.
  Aún así, Danny Elfman, el pelirrojo y original compositor, se dio tiempo para atender a los viejos camaradas y en 1995 organizó un concierto de despedida para su grupo. El mismo quedó registrado en un disco doble y un DVD titulados Farewell. Es una buena oportunidad para disfrutar la música de Elfman y su Oingo Boingo…, además de seguir viendo a Los Simpsons.

(Texto publicado el día de ayer en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario).

lunes, 22 de octubre de 2012

Los 25 mejores discos de rock no inundados con lugares comunes

Por Viridiana Villegas Hernández

Cerca del precipicio es donde se encuentra el tomo 43 de la colección de los Cuadernos 
de EL FINANCIERO, en el que el crítico Hugo García Michel presenta una recopilación 
de reseñas que, en orden cronológico, pretende ser una breve muestra de obras destacables realizadas a lo largo de la historia del rock; un recorrido que va de Los Locos del Ritmo a Jack White.

Es recurrente [de manera errada y poco acertada en la mayoría de las ocasiones] que las revistas especializadas y demás publicaciones consideradas de corte roquero insistan en realizar a fin de año listas de los mejores discos; sin embargo, en esta ocasión nos ocupamos de un trabajo editorial peculiar: se trata de una reunión de reseñas a la que los convencionalismos no fueron invitados y por ello, en los 25 capítulos que la componen, no encontraremos esos legendarios álbumes que ya hemos disfrutado una y otra vez, sino joyas discográficas que cualquier melómano conocedor debe jactarse de poseer en su colección particular. Aquí hallaron cabida, por ejemplo, el Face to Face de The Kinks; Super Session de Michael Bloomfield, Al Kooper y Stephen Stills; Twelve Dreams of Dr. Sardonicus del quinteto Spirit; Daydream Nation de Sonic Youth e incluso el Circuital de My Morning Jacket, sólo por mencionar algunos.
  Durante una charla con un nada amargado Hugo García Michel, concluimos que si bien no integró a este volumen bibliográfico álbumes de maestros como Leonard Cohen, Bob Dylan, ni siquiera un disco de los Beatles, fue porque los sonidos e influencias de estos grandes músicos se encuentran impregnados, de alguna u otra manera, en cada uno de las producciones que en su momento como crítico se ocupó de reseñar.

-La selección de textos para este libro fue arbitraria -nos dice el autor de Cerca del precipicio / El Señor Fantasía y otros 24 déja vu-. Si bien es cierto que son reseñas llevadas a cabo a lo largo del tiempo y que he publicado en diferentes medios, considero que es una recopilación de aquellos discos que [sin tanto bombo y platillo] también son clásicos y, por ello, el criterio más importante que utilicé fue no tomar en cuenta los lugares comunes, como hubiera sido escribir acerca del Sargento Pimienta [de los Beatles] o el Dark Side of the Moon [de Pink Floyd] que siempre salen a flote en todas las recopilaciones de los mejores discos de la historia. En realidad preferí concentrarme en álbumes que para mí sí son buenísimos, aunque no los tomen en cuenta por doquier.
  -Entonces, si no son los 25 mejores discos del devenir roquero anglosajón [donde también incluyó algunas muestras de buenos trabajos en español], sí lo son a nivel personal...
  -No, para nada. ¡Si me preguntaran por mis mejores discos rebasaría la centena! Por otra parte, mi intención también era cubrir, de forma cronológica (aunque no tan concienzuda), al menos 50 años de la historia del rock, partiendo del álbum Rock! con Los Locos del Ritmo, de 1959, hasta llegar a 2012 con Blunderbuss, la interesante entrega solista de Jack White.
  -Justo es como si los Beatles, Dylan, Cohen o Bowie permanecieran en el background de estos textos; es decir, al realizar sus reseñas le sirven como fuertes puntos de referencia que enriquecen su escritura crítica.
  -¡Exacto! Para mí ellos son grandes genios poseedores de discos maravillosos y estupendos. No obstante que respeto a los clásicos, quise dar a conocer otros trabajos valiosos que por ser muy viejos mucha gente desconoce, como es la labor de Spirit o el álbum Super Session. En este tomo recuperé a Traffic, una banda tan importante en el rock y de la cual las nuevas generaciones no tienen idea de su existencia.

  -En varios de estos textos es recurrente encontrar información acerca de qué hacían los Beatles mientras otra agrupación editaba un nuevo material discográfico. Pareciera que el trabajo de este cuarteto inglés fuera un constante bálsamo para la fluidez de su escritura.
  -¡Qué observadora! Yo no me había dado cuenta de eso y es verdad: para mí los Beatles están apartados de todo lo demás porque casi cada una de sus composiciones se ha convertido en un tema clásico. Sin duda, en mi trabajo esta banda siempre ha sido una clara referencia por sus virtudes al manejar perfecto la melodía, la armonía, los arreglos, las letras... Revolucionaron todo.
  -¿Hoy día cómo es apreciada la reseña de rock?
  -En muchas ocasiones las revistas caen en la misma superficialidad que abunda en el rock nacional; por ejemplo, cuando los periodistas son amigos de los músicos mexicanos, quedan bien con su nota para conseguir boletos gratis para los conciertos y, en esos casos, no existe un análisis musical serio, sólo adulaciones. Asimismo, se concretan a dar más información que opiniones críticas por medio de las cuales se argumente por qué sí o por qué no es buena una obra. Es verdad que éste es un oficio muy subjetivo e instintivo a partir de conocimientos previos; sin embargo, uno sabe que un disco trascenderá cuando logra transmitir algo indescriptible al escucha.
  Le replicamos a García Michel que hay discos proféticos -como apuntara en la reseña sobre el trabajo que Velvet Underground realizara en 1967, a partir de una propuesta del artista pop Andy Warhol-, en los que es posible encontrar antecedentes de sonidos que tomarían una estética propia de manera posterior. Al contestar, nos demostró por qué es precisa la ilustración constante para escribir sobre música [y es que, como bien advirtiera el maestro Jorge Ayala Blanco: la crítica es creación]: "A mucha gente le gusta escuchar a Interpol, pero no sabe que antes vino Joy Division e hizo lo suyo y que, tiempo más atrás, irrumpió en la escena Velvet Underground que revolucionaría con su música oscura, minimalista, con letras profundas, ácidas y críticas".

Ausencia de feeling y soul
La parte axiomática de la crítica, afirma Hugo García Michel -autor de Cerca del precipicio / El Señor Fantasía y otros 24 déja vu, tomo 43 de la colección Los Cuadernos de EL FINANCIERO-, "es no aceptar las cosas como otros nos las entregan y, a su vez, implica ejercer la autocrítica. Nikito Nipongo sostenía que la crítica debía ser destructiva, pues no existe en su modalidad positiva, y estoy de acuerdo con él: mi obligación es desestructurar y analizar lo que escucho, lo cual no me convierte en un amargado (como me han hecho fama), sino en una persona feliz a la que le divierte su ejercicio periodístico".
  Si bien es cierto que García Michel es un severo crítico del rock en español, acepta que existen excepciones que han resultado gloriosas dentro del rock, como los álbumes Rock! Con Los Locos del Ritmo, No me hallo de El Personal, La canción de Juan Perro de Radio Futura y Odio Fonky de Jaime López y José Manuel Aguilera, los cuales tuvo a bien incluir en esta reunión de reseñas musicales.
  -Siempre me ha parecido que el rock mexicano nunca ha sido tan bueno ni prolífico debido a su deficiente cultura musical. Los músicos en México, desgraciadamente, son como los futbolistas, que se mantienen en un grado de ignorancia impresionante; por ejemplo: los grupos nacionales más recientes no poseen la fundamental referencia de que el rock nació a las orillas del Río Mississippi y no en el Río de La Plata con Soda Stereo. Se han conformado (con sus honrosas excepciones) con ser poseedores de un pequeño bagaje y no profundizan en la cultura, en más de 50 años de la historia del rock. Si bien dentro del jazz contamos con grandes virtuosos, en el rock mexicano son contados los músicos interesados en trascender por su creatividad y no gracias a la fama.
  -Los medios de comunicación han contribuido a que las aspiraciones musicales estén sólo ligadas a la fama, incluso a partir de la reseña de producciones discográficas intrascendentes...
  -Sí y esto ocurre con alarmante frecuencia en México. A través de la historia, las revistas en nuestro país han tenido siempre la función implícita de cobijar o apoyar al rock mexicano, cuando su misión debiera ser la crítica responsable, no el convertirse en agencias de relaciones públicas. Esto daña, más que al periodismo, al creador, al hacerle pensar que va por un buen camino, cuando en realidad carece de toda calidad en su trabajo. Yo no veo en las bandas nacionales el feeling; al contrario: cantan con frialdad pura, sin alma, sin soul, sin ese espíritu con el que, según yo, debe contar todo buen músico.

  Cerca del precipicio / El Señor Fantasía y otros 24 déja vu, de Hugo García Michel, puede ser adquirido llamando al teléfono 5227-7651 en la Ciudad de México y 01800-0156200 y 01800-2015788 en el interior de la República por un costo de 50 pesos.

(Entrevista publicada en la sección cultural del diario El Financiero, el pasado 24 de septiembre de 2012)

domingo, 21 de octubre de 2012

Pulp Fiction

Luego de mucho  tiempo, volví a ver Pulp Fiction (1994), la delirante segunda película de Quentin Tarantino y fue como verla por primera vez. Me dieron ganas de revisarla luego de haber vuelto a ver Jackie Brown (le tercera cinta dirigida por el mismo realizador). ¿Cuál me gusta más de las dos? Difícil decirlo. Ambos son estupendas e igualmente enloquecidas, aunque difieren en su estructura. Mientras Jackie Brown narra una historia más o menos (dije más o menos) lineal, Pulp Fiction tiene más rompimientos, más historias paralelas y más juegos con el tiempo (de hecho cierra con la anécdota inicial, misma que ya habíamos olvidado debido a la riqueza de situaciones y personajes a los que estuvimos siguiendo a lo largo de casi dos horas; pero ese final ocurre, cronológicamente, antes de lo que vimos en toda la parte media del filme: me quito el sombrero). Uno no sabe cuál es su historia favorita, si la del par de simplísimos y jocosos matones interpretados por John Travolta y Samuel L. Jackson (cuyo personaje en Jackie Brown me parece aún más rico y disfrutable), la de la noche loca entre el propio Travolta y la sensual y disparada Uma Thurman (en el papel de la hoy ya legendaria Mia Wallace); la del boxeador que desafía a un negro mafioso y su noviecita inocentona (Bruce Willis y Maria de Madeiros) o la intervención de Mr. Wolf (el siempre estupendo Harvey Keitel) para limpiar la escena de un crimen por demás estúpido, debido a una pistola que se dispara accidentalmente cuando un carro pasa por un bache. El humor negro, negrísimo, campea a lo largo de Tiempos violentos (como se le bautizó en México)
  Hay escenas inolvidables: el concurso de twist; el restaurante atendido por meseros disfrazados de Buddy Holly, Marilyn Monroe y Ed Sullivan; la resurrección intempestiva de Mia luego de darse un pasón, al confundir la cocaína con la heroína; el genial diálogo entre Travolta y Jackson sobre cómo llaman a las hamburguesas en Francia (parece sacado de un capítulo de Seinfeld); la violentísima secuencia entre el boxeador y el mafioso capturados por un par de sádicos violadores y, por supuesto, el asalto al restaurante con que abre y cierra la película.
  La música es perfecta y los diálogos fabulosos, no se diga las actuaciones, la edición y la dirección. Pero aun con todo ello, me sigo quedando con Jackie Brown como mi cinta predilecta de Tarantino
  Habrá que seguir el ciclo tarantiniano, con algunas obras que ya he visto y otras que aún no.

sábado, 20 de octubre de 2012

Michoacán no es Michigan

Una muy entrañable amiga me dijo una vez, por allá de 1994 o 1995, en pleno furor neozapatista del que ella, hermosa veinteañera, era fiel y apasionada fan fatal, que jamás estudiaría inglés y que prefería mil veces aprender tzotzil o tzeltal. Lo afirmó completamente convencida aunque, por supuesto, jamás se metió a tomar clases de lengua chiapaneca alguna. La volví a ver hace un par de años, ya más madurita y convertida en madre de una preciosa niña. Tal vez se había olvidado de aquel viejo propósito indigenista, porque me dijo muy quitada de la pena: “¿Qué crees? Estoy estudiando inglés”.
  La anécdota vino a mi mente al enterarme, con un azoro semejante al que me provocó mi amiga hace más de tres lustros, de que una de las razones principales por las cuales los estudiantes normalistas michoacanos están protestando –aparte de secuestrar y quemar autobuses– es, precisamente, porque no quieren que los obliguen a aprender inglés (y, de paso, tampoco computación). O sea, what the fuck?
  No sé si en lugar de lengua inglesa, los muchachos estén proponiendo estudiar purépecha o náhuatl antiguo y si en vez de computadoras prefieran volver al ábaco, pero no deja de sorprender que los supuestos progresistas mexicanos continúen en su afán de retroceso y su vocación por negarse a subir al carro de la historia (ahí están los izquierdosos que quieren regresar al nacionalismo revolucionario o los Yo Soy 132 y su pasión por el control stalinista de los medios).
  Esa idea infantiloide de que no debemos aprender “el idioma del imperio”, ya no la sostiene ni Hugo Chávez. Es como si los estudiantes de aquellas normales gritaran “¡Aquí es Michoacán y no Michigan!”, mientras le echan más gasolina al fuego en una entidad de por sí explosiva y en situación crítica.
  Entre la maestra Gordillo y su SNTE y los normalistas michoacanos y la CNTE, todos parecen empeñados en ver quién le da más en la madre al sistema educativo del país. Hasta ahora, ambas partes lo están logrando.
  Pobre México, tan lejos de la educación de excelencia y tan cerca de la más rampante estulticia.

(Publicado hoy en mi columna Cámara húngara de Milenio Diario).