jueves, 23 de abril de 2015

Sixto Valencia

Conocí su nombre desde que era yo un niño y leía los ejemplares de Memín Pinguín (al que todos le decíamos Pingüín), la historieta en sepia que publicaba editorial Argumentos y que cada semana compraba mi prima Dora.
  Escrita por Yolanda Vargas Dulché y dibujada por Sixto Valencia, aquella revista formó parte esencial de mi educación sentimental, al lado de Chanoc, Los Supersabios, La Familia Burrón, Tawa y, claro, las historietas ("cuentos", se les llamaba en los años sesenta) de la editorial Novaro. ¿Cómo haber imaginado en ese tiempo que veinte años más tarde sería yo guionista de aquel tipo de publicaciones y que trabajaría directamente con doña Yolanda y me tocaría toparme muchas veces con Sixto, en las oficinas de la editorial Vid, en la colonia Narvarte?
  Recuerdo a Sixto Valencia como un hombre muy serio y poco comunicativo, de muy pocas palabras. En los ochenta era casi inaccesible y en los noventa, ya en la editorial Toukán, me acuerdo de él como un señor de escaso cabello y gran bigote, igualmente serio y hasta un tanto huraño y malhumorado. Nunca hice amistad con él, como sí la hice con otros dibujantes y argumentistas de leyenda, como el gran Ángel Mora (Chanoc) o el ingeniosísimo Daniel Muñoz (El Pantera), entre otros.
  Como sea, Sixto es una leyenda de la historieta mexicana y al enterarme hoy de su fallecimiento, a los 81 años de edad, no puedo más que lamentarlo.
  Memín debe estarlo llorando.

lunes, 20 de abril de 2015

Mi entrevista para Código DF

Este el podcast de la entrevista que me hicieron en la estación en línea Código cdmx para el programa Código Indie. Creo que está entretenida y divertida. La dejo a su consideración, denle clic aquí:

Entrevista HGM sobre Matar por Ángela.

viernes, 17 de abril de 2015

Cat Stevens / Foreigner (1973)

¿Cat Stevens progresivo? Sí y con una enjundia insospechada. Luego de cuatro discos de pacifismo, mensajes hippies y baladas acústicas, el futuro musulmán quiso emular (se dice) al Thick As a Brick de Jethro Tull. ¿Ambicioso? Sí. ¿Pretensioso? También. Pero a final de cuentas, un trabajo muy disfrutable e interesante.

Mejor tema: “Foreigner Suite”.



jueves, 16 de abril de 2015

Cumbres borrascosas

Nunca es tarde para entrar a una obra clásica. No había leído la gran (y única) novela de Emily Brönte y aunque yo esperaba una obra meramente romántica (que lo es), mi sorpresa vino al toparme con un tratado sobre el amor enfermo, el odio visceral y la vida convertida en un deseo de venganza.
  El fondo de Wuthering Heights es tremendamente oscuro. Los personajes principales (Heathcliff, Catherine, Linton, Earnshaw, Cathy, Joseph y hasta la narradora principal, la señora Dean) viven en un microcosmos lleno de rencores, miedos, revanchismo, malos sentimientos, violencia implícita y explícita, todo en medio de los helados y sombríos ambientes del norte de la Inglaterra de principios del siglo XIX.
  Brönte narra con claridad y devela un mundo gótico y aterrador, aunque lo sobrenatural casi no figura en la historia.
  Me gustó mucho, sin ser la mejor novela decimonónica que haya yo leído. Pero es una gran lectura que deja una extraña sensación y nos lleva a preguntar cómo es que existe gente que toda su vida vive obsesionada por el amor-odio y cómo es que esa pasión enajena de tal manera a las personas que las lleva a anularse a sí mismas y a impedirse la posibilidad de ser felices. Un libro realmente borrascoso.

miércoles, 15 de abril de 2015

Matemáticas amorosas

La primera fémina de quien verdaderamente me enamoré, en mis años de adolescencia, era dos años menor que yo. A la que siguió le llevaba tres. Luego vino la mujer con quien me casaría y con quien viviría cerca de dos décadas y que era nueve años mayor que yo. Después del divorcio, volví a enamorarme, platónicamente, de una joven catorce años más chica (con quien di a luz mi novela Matar por Ángela). Luego vino un grande, apasionado, obsesivo y azotado enamoramiento de siete años con una mujer a quien le llevaba veintitrés (hoy, quizá, mi mejor amiga). Breve relación de tres meses con una chava de quien me diferenciaban veinticinco años y delirante amistad cariñosa que se volvió odiosa con una alacrancita a la que le llevaba treinta. Por último, noviazgo de tres años con una niña treinta y cinco años más joven que yo. Es decir: 2 / 3 / -9 / 14 / 23 / 25 / 30 / 35 (la progresión es casi perfecta y la tendencia clara). Entre la primera y la más reciente hay una diferencia, hoy, de ¡33 años! ¿Qué sigue? ¿Quién sigue? No lo sé, pero qué divertido.

martes, 14 de abril de 2015

Un tipo apellidado Wilson

Para alguien que escribió dos canciones tan fundamentales para la historia del rock pop como “Good Vibrations” y “God Only Knows”, lo que hiciera después ya era lo de menos. La inmortalidad estaba ganada. Pero esas canciones y otras casi tan buenas, aparte de algunos discos tan importantes como el Pet Sounds (1966) de los Beach Boys son apenas una parte de la larguísima carrera de Brian Wilson, quien a los setenta y tres años de edad sigue en plena actividad musical y luego de que en 2012 hiciera un álbum tan bueno como That’s Why God Made the Radio, regresa en este 2015 con otro disco excelente: No Pier Pressure (Capitol/Virgin EMI).
  El talento (algunos dirían el genio) de Wilson para crear grandes melodías y, sobre todo, fantásticas armonías vocales es un sello personal que ha mostrado a lo largo de más de medio siglo y lógicamente esta presente en el nuevo plato. Sin embargo, no es un disco tan wilsoniano como su inmediato predecesor. Esta vez, el también autor de “Do It Again” y “Surfer Girl” experimenta por momentos con sonidos diferentes a los que nos tiene acostumbrados y si bien lo hace con fortuna (en temas como “On the Island”, “Our Special Love” o “Runaway Dancer”), en realidad cuando suena mejor y más en su ambiente es en esas canciones de inconfundible marca Brian Wilson, en las que las combinaciones de voces encajan a la perfección con los líneas melódicas y ello queda muy bien establecido en temas tan buenos como “Tell Me Why”, “Whatever Happened”, “One Kind of Love” (que recuerda de pronto –y no sé si esto sea bueno o sea malo– al rock pop de Peter Frampton o de Stix) y la espléndida “Guess You Had to Be There”, una composición pop que raya en lo excelso.
  Con músicos invitados como el dueto She & Him, Peter Hollens, Kacey Musgraves, Blondie Chaplin y su viejo compañero de lides beachboyanas Al Jardine (con el que interpreta la conmovedora y bellísima “The Right Time”, No Pier Pressure es una obra estupenda y muy disfrutable. No su mejor trabajo, eso es claro, pero sí un álbum digno de figurar entre lo más destacado de la discografía de Wilson.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).

lunes, 13 de abril de 2015

Emiliano

Anoche empecé a escribir al fin, después de largo tiempo de tener la idea en la cabeza, la novela sobre mi abuelo Emiliano. No había encontrado el momento y el modo para empezarla, pero en altas horas de la noche me vino la luz y escribí las primeras cuatro o cinco páginas. Me he dado un año para terminarla, tengo que hacerlo así porque quiero tenerla para principios de 2017, cuando se cumplan cien años de la Constitución Mexicana. ¿Que qué tiene eso que ver con la vida de mi abuelo? Todo: don Emiliano Celso García Estrella (y ya lo he contado en otras ocasiones, incluso en este blog) fue uno de los cinco diputados por el estado de Sinaloa en el Congreso Constituyente de Querétaro en 1917.
  Estoy muy entusiasmado (y espero que donde quiera que él se encuentre, lo esté también; además, casi coincidentemente, su cumpleaños fue hace justo una semana, el 6 de abril. Hubiera cumplido 139 años, Será un muy buen regalo para 2016, cuando cumpla 140).

domingo, 12 de abril de 2015

sábado, 11 de abril de 2015

De helicópteros y jarritos de Tlaquepaque

Hubo un tiempo en que los mexicanos lo aguantábamos todo. Por eso Rius bautizó a su primera historieta como Los Supermachos. Antiguo tiempo en que el PRI tenía el control absoluto y en que los políticos podían ser lo corruptos y ostentosos que se les pegara la gana, sin que alguien los molestara ni con el pétalo de un reclamo.
  El sexenio de Miguel Alemán, el sexenio de Luis Echeverría, ¡el sexenio de José López Portillo!, con Arturo El Negro Durazo como mojón en el pastel. “La corrupción somos todos”, se proclamaba a sotto voce, como paráfrasis entre burlona y cinicaza de la frase de campaña del inenarrable Jolopo.
  Old times, bad times en los cuales enfrentar a los gobernantes significaba riesgo real de encierro, tortura, desaparición y muerte. Tiempos de impunidad en los que no existían libertades, prensa opositora, redes sociales o la actual manga ancha para manifestarse. Tiempos y entornos que muchos “rebeldes” contestatarios de ahora no pueden imaginar siquiera.
  Por eso me provoca cierta sonrisa sarcástica la manera como se hace un escándalo alrededor de cosas que si bien resultan ilegales y abusivas, no son ni por asomo cuestiones que pongan al país al borde del precipicio. Como todo este relajo de los helicópteros que lleva días en el centro de la atención mediática (y luego se quejan de las cortinas de humo). De acuerdo: algunos políticos y funcionarios se pasaron de rosca y deben ser sancionados. Vale. Pero no es que de eso dependa la situación nacional.
  Hay tanto jarrito de Tlaquepaque en las redes y en el famoso círculo rojo, tanto espantado con cosas a veces tan baladíes, que los problemas profundos de México se olvidan para centrarse en el vestido de la primera dama o en cualquier otra cuestión intrascendente.
  Por ejemplo, ¿cuántos niños se quedan sin clases en Guerrero, Oaxaca y Chiapas, sin que a nadie –y en especial a sus maestros– le importe? ¿Por qué las fuerzas políticas no se unen y lanzan una verdadera cruzada por la educación que es lo único que algún día nos podrá sacar del agujero en que estamos? Es que eso no vende.
  Yo por eso mejor me espero, al próximo helicoptéro.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

jueves, 9 de abril de 2015

Sixto Rodríguez: la invención de un mito

Ilustración: Sandoval.
“Es mejor que Bob Dylan”, me dijo un amigo. "Tienes que escucharlo, pero sobre todo tienes que ver Sugar Man, la película en la que se cuenta su historia", concluyó. Muy bien. Escuché su música y vi el documental de marras, dirigido por Malik Bendjelloul, en el que se narra la accidentada saga de este cantautor estadounidense de origen mexicano, contemporáneo de Dylan, ciertamente, quien tuvo un éxito fenomenal en Sudáfrica, durante la guerra contra el apartheid, ya que quienes combatían al régimen racista de ese país tomaron varias de las canciones de aquel hombre, en especial las de su álbum Cold Fact de 1970, para convertirlas en himnos combatientes, en cantos de lucha. Fue de ese modo que Sixto Rodríguez (quien comenzara su carrera con el nombre de Rod Riguez) se convirtió en leyenda para los sudafricanos, mientras que en su propio país, los Estados Unidos, nadie sabía de su existencia.
  La historia es muy bonita y la peli la cuenta de manera conmovedora. Tanto que los espectadores terminan por aceptar que las canciones de Rodríguez eran tan buenas, pero tan buenas, que superaban en calidad musical y poética a las de Mr. Robert Zimmerman. ¿Te cae?
  Seamos objetivos y no nos dejemos llevar por los sentimientos que despierta el documental, con todo y que haya ganado un premio Oscar. Yo sé que lo políticamente correcto sería alabar a Rodríguez y decir que es un genio desconocido y que su descubrimiento ha sido tan importante como el de la penicilina y hasta el del continente americano, pero si nos centramos en las composiciones del buen Sixto, encontramos que están bien hechas, bien estructuradas, con arreglos decentes, que las letras son buenas, pero no hay en ellas, en las canciones, algo extraordinario, algo fuera de serie, algo cercano al genio, como sí lo hay en las de Dylan, en las de Tom Waits o en las de Leonard Cohen, por ejemplo.
  Sé que es odioso comparar, pero pongamos una canción emblemática de Rodríguez, como “Sugar Man”, frente a “Like a Rolling Stone” de Dylan, “Heart of Saturday Night” de Waits o “I’m Your Man” de Cohen. No hay forma de equipararlas. Vamos, el méxico-estadounidense ni siquiera se aproxima a un Donovan, una Joni Mitchell, un Country Joe McDonald, un David Crosby o un Neil Young. Si acaso, estaría a la altura de Don Mclean (el de “American Pie”) o de Neil Diamond.
  La fama de Sixto Rodríguez viene más de su singular historia personal (quién sabe qué tan mitificada) y sobre todo de la película de Bendjelloul. Pero artísticamente, se trata de un músico mediano, aceptable, simpático. Un hombre de azúcar.

(Texto que iba a salir publicado en la revista Mosca No. 10 que ya no vio la luz. Lo rescato con todo y la gran ilustración de mi querido y magnífico Ricardo Sandoval)

miércoles, 8 de abril de 2015

En Milenio (grabación)

Hoy grabé la entrevista sobre Matar por Ángela con Carlos Puig, en los estudios de Milenio Televisión. Llegué a las cinco, pasé a maquillaje (donde saludé a Mariza Iglesias) y casi en seguida grabamos. Creo que salió todo muy bien.
  De ahí me fui a saludar a Roberto López (actual director del canal) y luego subí al sexto piso para saludar a Carlos Marín (muy efusivo), Claudia Amador, Jairo Calixto Albarrán, Vero Maza, Rafael Tonatiuh, Óscar Ocampo, José Luis Martínez, Susana Moscatel y Rafael Ocampo. Con todos pude platicar un ratito.
  Me encanta ir a Milenio: todos me tratan de maravilla y me hacen sentir en casa (digo, soy alguien de casa, como me dijo Puig en la entrevista).
  Estupendo.

martes, 7 de abril de 2015

¿Quién es Mark Ronson?

No sé si fue porque estábamos en plena Semana Santa, pero hasta hace un par de días aún no decidía de qué escribir en esta mi columna musical de los martes en la querida sección ¡hey!, de Milenio Diario. Entonces Alain, mi hijo mayor, DJ de profesión desde hace doce años, me recomendó que escuchara el más reciente disco del músico y productor británico Mark Ronson. El nombre me remitió de inmediato al ya desaparecido y legendario guitarrista Mick Ronson, mano derecha de David Bowie en su etapa glam, y aunque al parecer no existe parentesco entre ambos, me llamó la atención buscarlo para conocer su música.
  No me arrepentí. Con una discografía que data de 2003, cuando grabó el álbum Here Comes the Fuzz, Mark Ronson hace una mezcla de música soul de los años setenta (llamémosle retro soul), pero con elementos de rock y del pop electrónico actual, todo con una producción impecable.
  Ronson compone, programa, arregla y produce. Para las partes vocales, invita a diferentes intérpretes (por sus discos han pasado cantantes y raperos como Mos Def, Sean Paul, Rivers Cuomo o Jack White). Esta fórmula le ha funcionado de maravilla y le vuelve a funcionar en su más reciente trabajo: Uptown Special (RCA, 2015).
  Con notoria influencia de gente como Stevie Wonder (cuya armónica aparece en un par de cortes) y Terence Blanchard y con reminiscencias lo mismo de Donald Fagen y Steely Dan que del funk de The Meters y James Brown, el rap de Public Enemy y hasta el neo soul de Janelle Monáe o el rock pop de Phoenix, las once piezas que conforman este plato resultan una muy grata y variada colección de composiciones, cuyas letras, por cierto, fueron escritas en su mayoría nada menos que por un ganador del premio Pulitzer: el novelista Michael Chabon.
  Esta vez con voces invitadas como, entre otras, las de Bruno Mars, Mystikal, Keyone Starr, Andrew Wyatt y Kevin Parker, además de un formidable grupo de músicos de sesión, Uptown Special es literalmente un discazo que homenajea a la música negra en su versión más rítmica y bailable, un álbum que habría hecho felices a Sly Stone y Michael Jackson.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 6 de abril de 2015

Dos presentadores

Ya tengo confirmados a dos de las personas que presentarán mi novela Matar por Ángela a principios de mayo próximo. Aún no puedo revelar sus nombres, pero se trata de dos personajes muy conocidos en los medios y verdaderos pesos completos. Había un tercero, muy amigo mío aunque últimamente se ha distanciado un poco de mí, debido a incompatibilidad de ideas políticas, pero declinó hoy y no estará presente. Debo buscar en poco tiempo al tercer presentador o dejarlo quizás en dos. Lo platicaré con mi editor, Porfirio Romo.
  Respecto, pues, a la fecha, hora y lugar (que ye están), se darán a conocer en unos pocos días, para que todos se enteren y asista la mayor cantidad de gente posible.

domingo, 5 de abril de 2015

¿Demasiado viejo para rocanrolear?

“Too old to rock ‘n’ roll, too young to die”.

Ian Anderson.

Mi situación como músico y como escribidor de música, sobre todo como escribidor de rock, se ha vuelto un tanto paradójica a partir de marzo pasado. La razón es más que nada cronológica: acabo de cumplir sesenta años de edad.
  “¿Y qué carajos hace un sexagenario carcamán como columnista en una revista para jóvenes? ¿Por qué no busca asilo (literalmente) en alguna publicacion para la tercera edad?”, se preguntará, altivo y desafiante, más de un lector veinteañero de Marvin. Trataré de darle respuesta, sin acudir al fácil expediente de citar ridículos lugares comunes tipo “la edad es un estado mental” o “uno es tan joven como se sienta”, etcétera (aunque debo confesar que me encanta aquella frase de Groucho Marx que reza algo así como “uno tiene la edad de las mujeres con las que anda” y que quizás explique mi afortunada situación de estar rodeado de amigas entre los diecinueve y los treinta y tantos… Pero ya me estoy saliendo del tema).
  Mi primer argumento es que tengo la edad exacta del rock, ya que éste surgió justo el año en que nací, en 1955, cuando apareció “Rock Around the Clock” de Bill Haley y sus Cometas. Ese rock cincuentero lo hizo gente nacida en los años treinta del siglo pasado, desde Chuck Berry y Little Richard hasta Buddy Holly y Eddie Cochran (para no mencionar a Elvis). Luego vino la generación dorada que brilló a lo largo de los sesenta, conformada por músicos geniales nacidos en los cuarenta: desde los Beatles, los Rolling Stones, los Kinks y The Who, hasta Frank Zappa, Bob Dylan, David Bowie, Jimi Hendrix y un largo y talentosísimo etcétera. Nací, pues, con la tercera generación del rock: los cincuenteros que brillaron básicamente en los setenta (atento aviso a los lectores, antes de que comiencen a hacerme pedazos: no me estoy comparando con esos músicos, sólo digo que me tocó nacer al mismo tiempo que ellos).
  La pregunta es entonces: ¿somos viejos los nacidos en la década del cincuenta y, en caso de ser así, eso nos inhabilita o desacredita para seguir dentro del rock, ya sea como músicos, periodistas, escritores o, incluso, meros aficionados al género? Dejo en usted, estimado lector, la respuesta.
  Los roqueros de los sesenta, con Pete Townshend (hoy a punto de convertirse en un honorable septuagenario) a la cabeza, proclamaban que mejor sería morir antes de los treinta (“La gente trata de menospreciarnos, / sólo porque vamos a donde queremos. / Las cosas que hacen parecen horriblemente frías. / Espero fallecer antes de hacerme viejo” cantaba The Who en “My Generation”, en 1965). No sé si las actuales generaciones de jóvenes entre los quince y los treinta mantengan la misma actitud. Lo que sí persiste es el desprecio generacional hacia los “viejos” (a quienes suelen desacreditar tan sólo por su edad, a pesar de que compartan el mismo gusto y amor por el rock y todos sus derivados).
  Más que un culto a la juventud, el fenómeno que hoy se da es el del retroceso cronológico del género masculino: los actuales adultos de cuarenta años se comportan como si tuvieran treinta, los treintañeros parecen tener diez años menos y los de veintitantos son como adolescentes imberbes. Lo confirmo a diario, no lo estoy inventando, como confirmo que ese mismo fenómeno no se repite tanto entre las mujeres, quienes se mantienen en sus respectivas edades (una chava de veintiocho es una chava de veintiocho) y a veces son incluso más maduras que eso.
  Así las cosas en las generaciones jóvenes del presente milenio con las cuales tengo mucho trato cotidiano. Mis dos hijos pertenecen a esa juventud milenaria y ambos son diyéis muy creativos y talentosos, aunque todavía me cuesta comprender cómo elaboran su música.
  Millenials es el tema de este número de Marvin. ¿Se dará en este siglo, en este aún joven milenio, un fenómeno como el de los Beatles, por ejemplo? ¿Un nuevo Zappa, un nuevo Bowie? ¿Habrá algo por inventar en la música. Lo conseguirá algún joven actual, alguien que aún no ha nacido? Lo veremos… o lo verán otros.

(Publicado en el número de este mes de la revista Marvin)

sábado, 4 de abril de 2015

Elecciones y futbol

Me parece una soberana marranada. Una jugarreta de los mafiosos y los empoderados, para perjudicar a la mayoría de los mexicanos. Con cuánto cinismo se comportan esas mentes maquiavélicas que un día sí y el otro también sólo están pensando en dañar a las masas más pobres y desprotegidas, aquellas que no tienen acceso a los grandes privilegios que ostentan los poderosos, los oligarcas, los que desde sus posiciones hiperaburguesadas desprecian todo aquello que huela a pueblo, aunque en su demagógica verborrea digan que hablan en nombre de la gente.
  México no se merece esto. Ese día, el 7 de junio próximo, decenas de millones de connacionales sólo tenemos en mente una cosa y no es justo que nos la quieran arrebatar, sobre todo si de lo que se trata es de favorecer a unos cuantos que, por supuesto, saldrán ganando si su obsceno propósito finalmente se lleva a cabo y los muy viles se salen con la suya.
  Nuestro país tiene una larga tradición en ese campo y si bien en el pasado ha habido fraudes y chanchullos al por mayor, aun así es menester que podamos conservar esa indudable conquista popular. Por ende, los verdaderos patriotas debemos unirnos para impedir que esos pocos –poquísimos– que nos quieren privar de nuestro derecho, en aras de enajenar más y más a la población, logren echar a perder lo que sin duda será una fiesta llena de colorido, alegría y nacionalismo del bueno.
  Es muy posible que haber juntado ambos eventos, el mismo día, responda a un plan perverso y premeditado. Estos sátrapas son capaces de todo. Ya me los imagino en pleno cónclave, decidiendo la manera de pegarnos en dónde más nos duele a los verdaderos mexicanos.
  Porque eso es lo que pretenden: perjudicarnos, jodernos, despojarnos de lo poco que para nosotros aún representa patria e identidad.
  Mexicanos y mexicanas, no demos pie a semejante despojo. Si ellos quieren hacer sus elecciones ese día, que las hagan. Pero que no nos priven de ver el encuentro entre México y Brasil. Allá ellos y sus partidos, allá ellos y sus candidatos. Los mexicanos queremos futbol.
  Ego dixit.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 3 de abril de 2015

The Flock / Dinosaur Swamps (1970)

El estilo de The Flock era una fusión de rock, jazz y música culta. Algo tenía también de rock progresivo temprano. Dinosaur Swamps es un trabajo que ha sido opacado injustamente por su disco antecesor, The Flock, pero está a la altura de éste y en ciertos puntos incluso lo supera.

Mejor tema: “Big Bird”



jueves, 2 de abril de 2015

Veo borroso

Estoy nervioso. Mucho. Al caminar, siento como si mis piernas se hubiesen aflojado y pudieran doblarse en cualquier momento. Pero debo mantenerme sereno o fingir que lo estoy. Porque aunque para ellos dos también es su primera vez, se ven muy tranquilos y sus bromas los muestran como dos tipos experimentados y de más edad que la mía. Porque, sí, son mayores. Gerardo me lleva dos años y Víctor es cuando menos seis meses más grande. Sin embargo, en este momento me siento como un bebé, como un niño imberbe e inerme; no sé qué tan listo estoy como para enfrentarme a mi primera vez.
  Mi primera vez, mi primera vez. ¿Cuántas primeras veces he tenido ya y cuántas me faltan por delante en lo mucho que me queda de vida? Porque yo espero vivir bastantes años. Ochenta por lo menos. Ahorita tengo catorce, pero dentro de quince días cumplo quince… y, a decir verdad, no he tenido aún las suficientes primeras veces.
  Bueno, no sé si cuenten como tales la primera bocanada de aire que di al salir del vientre de mi madre o la primera vez que bebí leche de su pecho o mi primer cambio de pañales o mi primer cumpleaños. Esas no son primeras veces que uno elija. A todos les pasan. Tampoco cuenta mi primer día en el jardín de infantes (del cual sólo recuerdo que no lloré como hacían otros niños y niñas a quienes miraba asombrado y sin entenderlos). ¿La primera ocasión en que mi papá me llevó a un partido de futbol? No, él me llevó porque quiso (y la pasé muy bien, a decir verdad). ¿El primer diente que se me cayó? No. ¿Mi primera enchilada con un maldito habanero que me hizo llorar de dolor? Tampoco. ¿Mi primer domingo? Fue estimulante, pero de algún modo era una obligación de mis padres dármelo. ¿Mi primera comunión? ¡No, menos! ¿El primer libro que leí? Vale, ese sí lo elegí yo y podría contar: Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain. Maravilloso y divertidísimo.
  Ya sé: la primera niña de la que me enamoré. Aunque en este caso no sé si yo quise enamorarme de ella o ella supo emplear sus indiscutibles encantos para hacerme caer como un idiota. Digo caer, literalmente. Fue en el mismo jardín de niños. Elenita se llamaba. Era la chiquilla más bonita de todo el kínder. Al menos eso recuerdo, porque de sus facciones, su cabello, su cuerpecito, no guardo la menor memoria. Sólo sé que se llamaba Elenita y que un día que iba yo corriendo por un pasillo, me metió el pie y me hizo caer en el pavimento. Sé que una rodilla sangró y la otra quedó toda raspada… y que lloré. Como no lo había hecho en el primer día de clases.
  Pero esta primera vez que voy a experimentar dentro de algunos minutos supera a cualquier otra. Porque es algo prohibido. Porque si mis papás se enteraran, me castigarían un año sin salir o me meterían a un internado. Porque transgrede la ley.
  De pronto llegamos.
  –Ahí está el cuartito –dijo Gerardo.
  –Poca madre –completó Víctor.
  Yo me limité a sonreír y me puse más nervioso todavía. Tanto que apreté contra mi pecho la bolsa del súper llena de frituras que cargaba.
  Habíamos cruzado un amplio jardín en la casona de los primos de mi primo. Ah, porque Gerardo es mi primo hermano por el lado de mi papá y sus primos, los de la casona, son primos suyos por el lado de su mamá. Sí me entendieron, ¿verdad?
  –Aquí traigo la llave –dijo Gerardo.
  –Poca madre –completó Víctor, quien no es mi primo y tampoco es primo de mi primo. Es un amigo suyo que siempre anda con él.
  Por afuera, el cuarto se veía muy chiquito e insignificante. Estaba situado hasta el fondo de la propiedad y en algún tiempo se usó para guardar herramientas. Hasta que uno de los primos de mi primo lo adoptó como club para él y sus amigos.
  Por dentro, las cosas cambiaban. Parecía bastante más grande que por afuera y estaba decorado de manera increíble. Carteles de Nirvana, Temple of the Dog, Mother Love Bone, Pearl Jam y otros grupos de la escena grungera cubrían las cuatro paredes, mientras que del techo de lámina acanalada colgaban un par de lámparas con pantallas medio sicodélicas. Me sentí encantado. El piso estaba cubierto por una mullida alfombra y me senté con las piernas cruzadas, al tiempo que miraba cada detalle con fascinación.
  Gerardo cerró la puerta y puso el seguro.
  –Mejor así, no vaya a venir uno de mis tíos y nos cachan.
  –Poca madre.
  Había un aparato de sonido impresionante. Las lámparas daban una media luz que resultaba perfecta. Mis nervios seguían ahí, pero embargados por una emoción deliciosa.
  –¿Trajiste los discos, Vic? –preguntó Gerardo.
  –A huevo –respondió el otro, quien tomó el morral que colgaba de su hombro y sacó cuatro compactos.
  Mi primo los revisó uno a uno.
  –Poca madre –dijo (Gerardo, no Víctor).
  Me los pasó para que yo los viera.
  –Escoge uno, tú eres aquí el experto.
  Los tomé en mis manos y los miré con asombro.
  –Una amiga que fue al Gabacho me los acaba de traer –me comentó el orgulloso dueño de aquellas maravillas.
  In Utero de Nirvana, Vs. de Pearl Jam, Badmotorfinger de Soundgarden, todos compactos recién salidos en aquel 1993. Me sentí bien por haber llevado mi holgada y desfajada camisa de franela de cuadros verdes con líneas negras. Entonces llegué al cuarto disco y lo miré con curiosidad.
  –A éstos no los conozco.
  –¿No conoces a Blur? –exclamó Víctor y me miró como quien mira a un alienígena tuerto.
  –No, ¿quiénes son? –inquirí con un dejo de vergüenza ante mi ignorancia.
  Me lo arrebató casi ofendido y lo acarició con amor.
  –Para mí, la mejor banda del mundo.
  –¿Son de Seattle también?
  –¡No mames! ¡Ya quisieran en esa pinche ciudad lluviosa tener a un grupo como éste!
  –¿Entonces de dónde son?
  –¡Ingleses, de Colchester!
  Yo ni idea tenía de dónde era Colchester, pero no podía quedarme callado.
  –Seguro también es una pinche ciudad lluviosa.
  Mi primo Gerardo no había participado en la discusión, atento como estaba en liar aquel cigarro.
  –Listo. Ya déjense de mamadas y pongan la musiquita.
  Víctor fue hacia el estéreo, sacó cuidadosamente el disco de aquel grupo y me pasó la cubierta.
  Modern Life Is Rubbish era el título del álbum. Me gustó la portada, en la que se veía a una poderosa locomotora a toda velocidad sobre una vía, al tiempo que lanzaba mucho humo. El cielo se veía nublado y verdoso. Tal vez era otra la tonalidad, pero con tan poca luz no podía discernir bien.
  Comenzó a sonar la primera canción. Leí que se llamaba “For Tomorrow”. Sonaba bien. Armonías cortadas. Un ritmo seco. Me hizo pensar en los Kinks. Era diferente, nada que ver con el grunge ciertamente. Complacido, saqué de la bolsa del súper un paquete de Doritos, lo abrí y me comí dos de un bocado.
  –Me gusta –dije sonriente y con la boca llena.
  De pronto, vi que Gerardo encendía un cerillo y lo llevaba a su boca para prender el cigarro. La discusión con Víctor y la novedad del disco de Blur me habían hecho olvidar por un instante la razón de nuestra estancia en aquel cuarto.
  –Entonces tengo que aspirar y tragarme todo el humo, ¿verdad?
  –Exacto, eso es lo que me dijo el cuate que me la vendió.
  Desde mi lugar, vi cómo mi primo aspiraba profundamente. En ese momento, un miedo muy fuerte me invadió y traté de disimularlo. Puse mis ojos en la contraportada del disco. “Advert” se llamaba la segunda pieza. Sonaba simpática.
  –¡Perfecto, carnal! –dijo Víctor al recibir el pitillo con el índice y el pulgar de su mano derecha.
  –¿Todo bien, primo? –me preguntó con calidez Gerardo, a lo que respondí con un leve movimiento afirmativo de cabeza y una sonrisa estúpida.
  Víctor aspiró como un experto, lo cual me hizo sospechar que aquello de que era la primera vez que fumaba marihuana era puro cuento.
  –Vas, manito –me dijo, al tiempo que me ofrecía el informe cigarrito.
  Tragué saliva y estiré la mano. Me di cuenta de que estaba temblando.
  –Tranquilo, no pasa nada. Estás con tus brothers –trató de calmarme el otro.
  Acerqué el porro (como había leído que le decían en una novela española de detectives) a mis labios y traté de succionar. Mi falta de experiencia incluso para fumar tabaco hizo que no jalara nada hacia adentro.
  –Así no, güey –me regañó Víctor con enfado.
  –Hazle como le hice yo –intercedió mi pariente.
  El segundo intento fue más digno y me tragué aquel humo. El sabor que invadió mi garganta me pareció tan amargo como desagradable, pero me contuve y pude evitar incluso un acceso de tos que hubiera resultado la mar de penoso.
  El cigarro dio una vuelta más y yo regresé a mi lugar. Ya habían pasado dos o tres canciones del disco. Me fijé en la que estaba. Su título era “Blue Jeans”. Pensé en David Bowie. Me quedé con el disco en la mano hasta que empezó la siguiente, “Chemical World”. Me sonó muy bien desde el principio. Dejé la cajita de plástico duro, me recargué en la pared y cerré los ojos. No sentía nada, ningún efecto extraño. Me concentré en la melodía. Realmente era bonita.
   –¿Cómo te sientes, primo?  –me preguntó Gerardo.
  –Normal…, ¿y tú?
  –No, pues… Yo ya empiezo a sentir cosas –respondió al tiempo que se reía.
  –¡Poca madre! –complementó el otro.
  Me acerqué al aparato y repetí la canción. Por alguna razón, esa “Chemical World” me había gustado. Creo que ellos ni cuenta se dieron de que volví a ponerla.
  Regresé a mi posición inicial. Pensé que quizá la yerba no me haría efecto. Casi sin darme cuenta, empecé a mover los dedos de mi mano derecha sobre el suelo, como si lo hiciera sobre un teclado. Entonces sentí que en mi mente veía a mis dedos, pero los veía negros y terriblemente flacos. Me di cuenta de que se movían independientemente de mi voluntad, que eran autónomos, y hasta temí que en un momento dado quisieran irse por su lado y abandonarme. La sola idea me dio mucha risa y empecé a carcajearme sin control.
  –¿Qué te pasa, güey? –me dijo Gerardo, atacado por la hilaridad también.
  Abrí los ojos, lo miré y escuché mi voz al contestar, pero como si fuera una voz ajena.
  –No lo sé, cabrón…, pero… veo borroso.
  Los tres entonces nos revolcamos de risa.

(Cuento que escribí para el libro de relatos Blur, amor y paranoia en los 90, editado en marzo de 2014 por la revista Marvin)

miércoles, 1 de abril de 2015

La bendita primavera

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Para los romanos, aprilis, nuestro abril, era el mes en que todo se abría, cuando todo florecía, cuando la vida se desplegaba en su magnífica plenitud. Aprilis: apertura, comienzo, el mes en el cual la primavera se consolida luego de sus diez días en marzo.
  La primavera ha sido motivo, tema emblemático para la creación de música en todos los géneros. Desde “La consagración de la primavera” de Igor Stravinsky hasta “La maldita primavera” que cantaba Yuri, el espectro de composiciones referidas a esa estación resulta amplio y rico. La música culta, el jazz, la canción popular, el rock, etcétera, tienen en sus respectivos repertorios una enorme cantidad de piezas musicales con títulos o referencias primaverales.
  En la mal llamada música culta (o peor llamada música clásica), además de la ya referida magna obra de Stravinsky, destaca por supuesto la primera parte de “Las cuatro estaciones” de Antonio Vivaldi, es decir, los tres bellísimos y conocidísimos movimientos de “La primavera” del compositor italiano. No obstante, hay otras obras y, sin rascarle mucho, podemos mencionar la Sinfonía en Si bemol “Primavera” de Robert Schumann; la Sonata para violín y piano No. 5 en Fa mayor, opus 24, “Primavera” de Ludwig van Beethoven; el vals “Voces de primavera” de Johann Strauss y los “Murmullos de primavera”No. 3, opus 23, de Christian Sinding.
  En el jazz, existen numerosas composiciones con el tema. Por ejemplo, en una de las más antiguas grabaciones de Ella Fitzgerald viene “I Got the Spring Fever Blues”, con la orquesta de Chick Webb, mientras que en los años cincuenta, la cantante grabó la exquisita y aterciopelada “Spring Can Really Hang You Up the Most”. Por su parte, el cuarteto de Dave Brubeck tiene esa joya que es “Spring in Central Park”, contenida en su álbum Jazz Impressions of New York, de 1964, mientras que en el disco Stan Getz ’57, del quinteto de este gran saxofonista, viene otra maravilla: “Spring Is Here”. Otros jazzistas que grabaron temas relacionados con la primavera fueron Fats Waller (“Spring Cleaning”), Duke Ellington (“The Spring”), Benny Goodman (“Santa Claus Came in the Spring”), Miles Davis (“Swing Spring”), Bill Evans (“You Must Believe in Spring”), Dexter Gordon (“Some Other Spring”), Joe Pass (“Joy Spring”), Pat Metheny (“Cold Spring”), Abbey Lincoln (“Up Jumped Spring”), Stanley Jordan (“Spring”), Winton Marsalis (“Spring Yaounde”), Dianne Reeves (“Ther’ll Be Another Spring”) y hasta Tony Bennett (“You Must Believe in Spring”) y Frank Sinatra (“It Might as Well Be Spring” y “We’ll Gather Lilacs in the Spring”).
  El blues también tiene sus queveres con la primera estación del año: “Springtime Blues” de Sonny Boy Williamson, “Spring” de Little Milton o “Springtime in the Rockies” de Leadbelly, por ejemplo, y el soul no se queda atrás: “Spring Again” de Lou Rawls y “Spring” de James Brown son dos magníficas muestras de ello.
  El rock tiene bastante que decir también en términos primaverales. Una de las primeras canciones del género, compuesta en México a principios de los años sesenta del siglo pasado, cuando lo que dominaba era el implacable imperio del cover, fue “Vuelve primavera” de los Blue Caps (era la época de aquello que se conoce como “Los años dorados del rocanrol”). Ya en el plano internacional, el rock y la primavera dieron piezas como “Spring Fever” de Elvis Presley, “Their Hearts Were Made of Spring” de los Beach Boys, “Filipino Box Spring Hog” de Tom Waits, “Spring Vacation” de Black Oak Arkansas, “I Dreamed of Spring” de k.d. Lang, “Spring Will Be a Little Late This Year” de Carly Simon, “Spring” de Rammstein (¡sí, de Rammstein!), “Springtime” de Donald Fagen, “Spring Haze” de Tori Amos, “Southland in the Springtime” de Indigo Girls, “I Am the Spring” de Morcheeba, “Spring Time in Vienna” de The Tragically Hip, “The First Days of Spring” de Noah and the Whale y “Can’t Stop the Spring” de los Flaming Lips, entre muchas más, incluida “Where Did My Spring Go”, una maravillosa rareza de los Kinks.
  En México, la reina de las canciones sobre este tema estacional es “La maldita primavera”, pieza de autoría italiana que se volvió tremendamente popular en la voz de la cantante popera Yuri, a mediados de los años ochenta. No es una mala composición si la analizamos bien, pero ciertamente existen muchísimas otras, con el mismo motivo de creación, con una mayor calidad, una mejor inventiva y una más genuina sensibilidad.
  Finalmente, la primavera es un buen motivo para hacer música, para escribir canciones, y abril es un buen mes para recordarlo.

(Publicado este mes en el No. 448 de la revista Nexos)

martes, 31 de marzo de 2015

El blues de Ezra Shabot

Gustav Mahler, Felix Mendelssohn, Giacomo Meyerbeer, Jacques Offenbach, Otto Klemperer, Aaron Copland, Arnold Schönberg, Kurt Weill, Leonard Bernstein, George Gershwin, Irving Berlin, Johnny Mandel, Benny Goodman, Burt Bacharach, André Previn, Herbie Mann, Philip Glass, John Zorn, Michael Nyman, Serge Gainsbourg, Paul Simon, Laura Nyro, Carole King, Art Garfunkel, Bob Dylan y hasta Beck y Amy Winhouse. ¿Qué tienen esos músicos y compositores en común? Que todos son de origen judío. Como lo son escritores de la talla de Saúl Below, Joseph Roth, Stefan Zweig, Ana Frank, Elías Canetti, Isaac Bashevis Singer, Henri Bergson y Philip Roth o grandes personajes como Albert Einstein, Baruch Spinoza, Marc Chagall, Amadeo Modigliani y Frida Kahlo o gente del espectáculo como Woody Allen, Mel Brooks, Steven Spielberg, Stanley Kubrick, Roman Polanski y Jerry Seinfeld, entre muchísimos más.
  Valga este recuento de grandes personalidades judías para tratar de contrarrestar de algún modo la estúpida campaña emprendida contra el periodista, columnista y maestro Ezra Shabot, a quien los simpatizantes de Carmen Aristegui han dedicado una enorme, violenta y cobarde sarta de insultos en las redes, por la mera razón de haberse atrevido a externar su opinión personal respecto al conflicto entre la conductora y MVS, opinión contraria a la de estos fanatizados y en su mayoría anónimos decidores de improperios antisemitas y racistas.
  ¿Cómo es posible que gente que se considera progresista y de izquierda se transforme, por acción del odio, el rencor y el revanchismo, en lo mismo que en su momento fueron los nazis y los fascistas? ¿No sería bueno que la propia Aristegui se deslindara de ellos, al menos en este punto? ¿Será que, si lo hiciera, perdería “base social”?
  ¿O será, como dice un verso de la letra de la canción “With No Companion”, de otro músico y compositor judio, el gran Leonard Cohen, que estamos cerca de cruzar “a través de los días de vergüenza que se avecinan”? Esperemos que no sea así.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 30 de marzo de 2015

Merd

Debió llamarse "Merde...", pero cuando lo dibujé (a mis 14 o 15 años) aún no entraba a estudiar francés. Es la portada de una libretita en la que hacía yo diversos apuntes y con la que me topé hace unos días, al hurgar uno de mis cajones inexplorados. El dibujo lo hice yo, pero se trata de una copia de una ilustración de Skip Williamson, un artista estadounidense de los años sesenta. La ilustración viene en el libro Steal This Book de Abbie Hoffman. Es de cuando yo pretendía ser caricaturista, por allá de 1969 o 1970.

sábado, 28 de marzo de 2015

¿Tenemos libertad de expresión?

Si creyéramos en la versión tuitera del país, México sería la nación más violenta, corrupta, dictatorial, totalitaria, degradada, miserable e infeliz de este planeta y hasta de diversos confines del universo. Uno lee los tuits de algunos personeros del retroprogresismo seudoizquierdoso nacional y parecería que en las calles cunden el terror y la exasperación, mientras la gente deambula cabizbaja, triste, desesperanzada, llena de angustia, cólera e indignación.
  Luego sale uno de su casa y resulta que la enorme mayoría de la población se dedica a lo suyo, que la gente trabaja, transita, va de compras, ve la tele, acude a restaurantes, sonríe, echa relajo, charla de muchos temas, se apasiona por otros tantos (como el futbol, por ejemplo) y pues, nada: no hay esa exacerbación insoportable y al borde del estallido que nos pintan los agoreros de las redes sociales.
  Que hay problemas muy graves en México, por supuesto. Que la violencia del crimen organizado asuela aún a diversas zonas de la república, no hay duda. Que la pobreza y la desigualdad siguen siendo dolorosos dramas, nadie podría negarlo. Que hay corrupción en la clase política, como la hay en la empresarial, la sindical y en otros estratos de la realidad mexicana, también. Pero de ahí a la negrura sin matices que nos quieren retratar quienes en realidad buscan sacar raja de la actual situación, para beneficio de sus propios intereses económicos y políticos, hay una gran distancia.
  ¿Se han acotado las libertades en México, en especial la libertad de expresión, como claman los susodichos a partir del caso MVS-Aristegui? No lo veo así: ahí siguen intocados sus contestatarios medios de comunicación, sus columnistas rabiosos, sus caricaturistas implacables y sus tuiteros iracundos. Sigue habiendo marchas y protestas cada día. En realidad, son ellos quienes tratan de acallar a los que no piensan igual, mediante insultos y descalificaciones inquisitoriales.
  La libertad de expresión es una conquista ciudadana y sigue presente. No sé cómo nos iría en cambio si esos “indignados” se hicieran del poder. Qué miedo.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 27 de marzo de 2015

Ten Years After / Ssssh (1969)

Uno de los mejores guitarristas blancos de blues hoy permanece casi en el olvido. Durante el festival de Woodstock, Alvin Lee asombró al mundo con su preciso y velocísimo rasgueo y su enorme feelin’. Este es un disco en estudio que nos lo muestra en pleno, al lado de su eficaz grupo.

Mejor tema: “I Woke Up This Morning”

jueves, 26 de marzo de 2015

Hugo García Michel: periodismo y polémica a los 60 años

Por Juan Carlos Hidalgo

“A veces me pregunto si La Mosca ya dio todo lo que tenía que dar”

Se trata de un periodista con muchísimos años de carrera en el ámbito nacional. Pocos como él a la hora de erigirse como ave de las tempestades, pues no sólo arma revuelo dentro de la escena musical sino que amplía su campo de batalla hacia el terreno sociopolítico. Compartimos luchas escriturales tanto en Marvin como en La Mosca, la revista que ha sido su trinchera desde hace poco más de dos décadas (y en la que surgió aquello del rockcitito mexicano). También colaborador de Milenio y Nexos, se trata de un polemista irredento con el que vale la pena conversar ahora que ha arribado a las seis décadas de vida y acumula experiencias de sobra.

Hace muy poco señalabas que a punto de cumplir los sesenta años sigues siendo un adolescente, ¿te sientes cómodo con tal aseveración? ¿Tan rudo resulta manejar la idea de madurez?
No, en absoluto. No me cuesta el menor trabajo manejar la idea de madurez, por la simple y sencilla razón de que aún no sé qué demonios es eso. No sé si estoy mal, pero me sigo sintiendo tan ligero y lleno de ganas de hacer cosas como cuando era adolescente… o quizás aún más.

También citabas algunas frases de Octavio Paz para subrayar la importancia de la crítica y la disidencia. ¿Con el paso del tiempo no resulta una losa muy pesada de cargar? ¿No abruma ejercer una crítica constante y sin complacencias?
La verdad es que me divierte y hasta ahora la diversión no me ha resultado una losa. La crítica me es connatural, me brota casi sin proponérmelo. Tal vez sea por ello que no me abruma. Lo que sí me sigue pareciendo intrigante y a la vez fascinante es la manera como unas cuantas palabras pueden causar un efecto tan devastador sobre ciertas personas, en especial si a esas palabras las acompañan el sentido del humor y el sarcasmo.

¿Todavía te apasiona y prende la música como en tus primeros años de melomanía?
Absolutamente sí, aun cuando cada vez me es más difícil toparme con discos o con propuestas que me emocionen y éstas suelen ser de músicos ya consagrados, incluso octogenarios, como en el caso del nuevo disco de Leonard Cohen. Pero sigo escuchando a los grupos jóvenes o más o menos jóvenes. Me encantan: These New Puritans, Dirty Projectors, Belle & Sebastian, The Avett Brothers, St. Vincent, Jack White y varios más.

Rodeas tus días de lecturas, películas, de un disfrute continuo de la cultura, ¿crees que de alguna manera esta forma de vida consigue hacerle frente a la barbarie y a la sinrazón de la política?
La verdad es que si bien me alimento a diario y bastante generosamente de libros, música y cine (y ahora también de series televisivas), la política ejerce sobre mí una extraña fascinación, pero siempre desde el punto de vista del observador. Quizá me he vuelto muy cínico, en el sentido filosófico de la palabra o como lo definía Cioran: "cínico es el que ve las cosas como son y no como quisiera que fuesen". Por tanto, trato de ver a la política y a los políticos con ojo de entomólogo y como una especie de farsa tragicómica y shakespeariana. La política en general y la mexicana en particular no me asquean, no me repugnan, me interesan mucho. Es como ver House of Cards todos los días y en temporadas infinitas.

¿A qué se debe de que no te hayas aburrido de escribir acerca de estos asuntos tan acres?
Por lo mismo que expuse en la pregunta anterior: porque me fascina el tema. Sin embargo, vale la pena indicar que hubo un tiempo en que me enganchaba en esos debates y discusiones, sobre todo en mis años de izquierdista apasionado y convencido de las bondades del socialismo y las maldades del capitalismo y el imperialismo yanqui, etcétera. Hoy soy un crítico de eso que se sigue llamando izquierda y lo soy desde una posición que yo quiero pensar que es de izquierda, desde la manera como yo concibo al pensamiento de izquierda, es decir, una izquierda progresista, moderna, realista, abierta, desprejuiciada, tolerante y con un amplio sentido democrático. En cuanto a los debates, prefiero provocarlos, intervenir poco y mirar lo que dicen los otros, como suelo hacer en Twitter y sobre todo en facebook.

Con tantos años de ejercicio periodístico, ¿qué crees que aporta este campo de la escritura a la vida pública? ¿Todavía sigue teniendo un lugar en el ámbito de lo nacional?
Pienso que sí, aunque su influencia se circunscribe a un sector muy pequeño de personas que son las que leen diarios y revistas, ya sea en papel o en la red. Pero así ha sido siempre y es mejor que el periodismo siga existiendo a que desaparezca.

¿De qué manera ponderas con seis décadas a cuestas al erotismo y su fuerza creativa?
El erotismo es esencial en mi vida. Lo fue en su momento onanista adolescente y lo ha sido en su etapa, digamos, compartida. Es una fuente creativa enorme y desarrolla grandemente la imaginación. Relaciono erotismo con mujer y para mí la presencia de la mujer es básica. Lo fue en mis años de largos enamoramientos platónicos y autoerotismo frecuente, lo fue en mis años de matrimonio y lo sigue siendo en estos tiempos de neo soltería, gracias a la presencia de la mujer joven. No sé qué tanto de vampírico pueda tener el asunto, pero esa energía me alimenta y me mantiene entusiasta y jovial.

¿Te consideras a la postre un buen padre? ¿De qué manera orientaste el tema en su momento?
Creo que si de algo puedo presumir es de ser un buen padre. Tengo una relación muy cercana, llena de amor y confianza con mis dos hijos. Uno ya rebasa los treinta años y el otro casi los alcanza, pero mantenemos una comunicación muy cercana. Somos muy buenos amigos. Los sigo apoyando y ellos a su vez me apoyan. Compartimos el gusto por la música y aunque en diversos temas no pensamos lo mismo –lo cual me parece muy bien–, hay un gran respeto. Puedo decir que en muchos aspectos son bastante más maduros que yo. Por eso a veces me dan consejos y hasta me regañan.

¿A estas alturas de la vida qué es lo que te falta por hacer?
Mucho. Tengo una lista de cuando menos cinco o seis libros míos por escribir o editar. Sigo componiendo canciones y quiero seguir haciéndolo y grabar una buena cantidad de ellas, para que al menos quede constancia de su existencia. Quiero seguir escribiendo para los medios en que publico (y en otros que me abran las puertas) y me encantaría hacer radio y un programa de televisión que sigue como proyecto. Quiero regresar a Europa y estar en París cuantas veces se pueda. Quiero seguir con mis blogs y con mi nuevo sitio personal en internet: rojoynegro.com.mx… y leer y releer todos los libros que pueda.

¿Te desespera que los problemas de distribución de las revistas en México lleven a La Mosca a existir solamente en la red por el momento? ¿Te sientes con ánimo de seguir dando batalla?
Sí, aunque últimamente me pregunto mucho si La Mosca ya dio todo lo que tenía que dar y si valdría la pena abordar nuevos proyectos. No sé si se encuentra en estado de coma y la estamos manteniendo viva por medio de respiración artificial. Es un debate que en estos días tengo conmigo mismo y cuya respuesta tal vez conozca ya, aunque no me atreva aún a confesarlo.

¿Cederás a las presiones para que la novela Matar por Ángela tenga una segunda parte? ¿Tienes material inédito por publicar?
Matar por Ángela se quedará en esa primera parte y apenas hace tres o cuatro días apareció, por fin, una nueva edición, gracias a la generosidad de la editorial Lectorum. Ojalá reviva el proyecto que había para filmarla. Tengo aún inédita una novela corta ya terminada y ahora mismo trabajo en una novela sobre París, en una biografía novelada sobre mi abuelo, en una historia para niños y en un relato de tema vampírico. También quisiera reunir una selección de mis textos periodísticos en un volumen. Ojalá haya editores dispuestos. Si no, we’ll allways have internet.

(Entrevista publicada originalmente en Milenio Hidalgo, a fines del año pasado. Esta es la versión completa y actualizada)

miércoles, 25 de marzo de 2015

Diez cuestiones sin las cuales hoy no concibo la vida

1. Música. 
2. Mujeres. 
3. Literatura. 
4. Mujeres. 
5. Cine. 
6. Mujeres. 
7. Futbol. 
8. Mujeres. 
9. Series. 
10. Mujeres.

martes, 24 de marzo de 2015

La melancolía de Mark Knopfler

Aunque lo primero que viene a la mente al escuchar el nombre de Mark Knopfler es el recuerdo de los Dire Straits, la obra de este guitarrista escocés, nacido en 1949, va mucho más allá de lo que hizo con el grupo que él mismo fundó y lideró desde fines de los años setenta del siglo pasado. Su carrera como solista es tanto o más amplia que con el quinteto y abarca desde álbumes propios hasta las bandas sonoras de varias películas, además de colaboraciones con músicos tan importantes como JJ Cale, Eric Clapton, Emmylou Harris y Chet Atkins entre otros.
  Este mes ha visto el regreso discográfico de Knopfler con el álbum Tracker (Verve, 2015), su octavo opus en solitario (eso de “en solitario” es una muletilla que usamos los reseñistas de música y que en realidad casi siempre resulta falso; como en este caso, ya que el buen Mark se rodeó de un buen número de músicos para grabar el nuevo plato).
  Se trata de un trabajo sobrio, muy en el estilo de Mark Knopfler, con ese sonido que abreva lo mismo del rock puro y del blues que del folclor británico. Conformado por una oncena de canciones (quince en la edición de lujo), Tracker arranca con “Laughs and Jokes and Drinks and Smokes”, una pieza cuyos primeros compases remiten al jazz de Dave Brubeck (en especial al tempo de 5/4 de “Take Five”), para pasar a un estilo folkie en una composición tan amable como tabernariamente evocadora.
  El resto de los cortes son igualmente buenos y van de la tranquilidad acústica de “Basil” a la serena belleza de “River Towns”, de la sabrosa modorra de “Skydiver” (un poco en el mood de “Sunny Afternoon” de los Kinks) a la hermosa solemnidad de “Mighty Man”, del minimalismo funk de “Broken Bones” a la delicadeza sutil de “Long Cool Girl”, de la nostalgia melancólica de “Lights of Taormina” a la tristeza transparente de “Eagle”.
  Tracker culmina con una pieza muy a la Dire Straits (la espléndida “Beryl”, con ecos de “Sultans of Swing”) y la exultante “Wherever I Go”, en la que Knopfler es secundado por la preciosa voz de Ruth Moody.
  Un excelente disco.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 23 de marzo de 2015

"Matar por Ángela" a la venta

Pues a partir de hoy ya está a la venta la nueva edición de Matar por Ángela, en las tiendas Sanborns de todo el país, además de en las librerías Gandhi y El Sótano. Es una situación que me pone muy feliz, espero que se venda bien y que mucha gente lo lea.
  La campaña de difusión en medios comenzará una vez pasada la Semana Santa y la presentación oficial será a principios de mayo.

domingo, 22 de marzo de 2015

Dylan y sus huellas de sangre

“We always did feel the same,
We just saw it from a different point of view,
Tangled up in blue”.

Cuando hace tres años Jack White grabó su primer álbum como solista, el magnífico Blunderbuss (2012), mucha gente comentó con cierta admiración que se  trataba de un disco conceptual alrededor del tema del divorcio, de la separación de pareja, y para algunos resultó una verdadera novedad.
  Sin embargo, dicha temática tiene un grandioso antecedente, un disco fuera de serie grabado hace exactamente cuarenta años por uno de los músicos y compositores más importantes del siglo pasado y lo que llevamos de este: Bob Dylan.
  En efecto, a principios de 1975 apareció Blood on the Tracks, uno de los mejores trabajos de Dylan no sólo hasta ese momento, sino de su discografía toda. Se trata de una obra del mismo tamaño de clásicos como The Freewheelin’ Bob Dylan (1963), Highway 61 Revisited (1965), Blonde on Blonde (1966) o Nashville Skyline (1969) y, al igual que estos, contiene composiciones hoy legendarias, con el extra de que son piezas cuyas letras se refieren a un solo asunto: el rompimiento conyugal. Porque una cosa es escribir canciones acerca de los fracasos amorosos (hay millones de melodías que hablan de ello) y muy otra es referirse concreta y pormenorizadamente al deterioro, los conflictos, las heridas de guerra de dos personas que estuvieron legalmente casadas. De eso reflexiona Blood on the Tracks, más que de los temas sociales, políticos o cotidianos en los cuales se había inspirado el autor hasta entonces para escribir sus letras. Ya no se refería a cuestiones que observaba y cuestionaba desde cierta distancia, para transformarlas en largas crónicas poéticas y musicales, sino de inquietudes y dolores que provenían de su propio interior, de su yo más íntimo y de su entorno inmediato.
  En este cambio de enfoque como creador mucho tuvo que ver Norman Raeben, un inmigrante ruso de 73 años con el que Dylan comenzó a tomar clases de pintura en 1974 y quien le enseñó la importancia de saber externar, en toda manifestación artística, los sentimientos más profundos, en lugar de mantenerlos guardados. Bob aprendió entonces a enfocar su creatividad de una manera consciente y esto lo trasladó a sus composiciones que se volvieron de inmediato más personales.
  En esos días, el músico estaba pasando por una difícil situación sentimental con su esposa Sara Lownds. Su matrimonio se encontraba a la deriva y él se enamoró de Ellen Bernstein, una atractiva ejecutiva de Columbia Records, su antigua casa discográfica, a la que había abandonado para hacer dos discos con la disquera Asylum (el Planet Waves y el Before the Flood, ambos de 1974). Ellen lo convenció no sólo de regresar a Columbia, sino que lo enamoró y él ya no pudo separarse de ella. Fue esta la gota que derramó el vaso de la relación con Sara, quien no sólo no entendía que su marido la dejara por una mujer más joven, sino también los cambios que estaba sufriendo en su forma de ver la vida y de hacer sus canciones. Sobra decir que tampoco comprendió el sentido de las letras de Blood on the Tracks: “Jamás supo de qué hablaba yo, qué era lo que pensaba, y no supe explicárselo de modo alguno”, confesaría tiempo después Dylan en una entrevista para The Dallas Morning News.
  Blood on the Tracks es un álbum triste, melancólico, de una belleza calma pero engañosa. Hay mucho dolor en esas letras y aunque la música no es necesariamente atribulada, no deja de haber en ella un dejo de pesadumbre.
 Inicialmente, Dylan grabó el disco en apenas tres días. En Columbia estaban felices y se aprestaban a imprimir medio millón de copias para que apareciera a principios de 1975. Pero sucedió algo inesperado: Bob le mostró las grabaciones a su hermano, David Zimmerman, y éste las escuchó con ojo clínico y oído crítico. Le dijo que no podía sacar el LP así y que varias de las piezas deberían ser regrabadas. Robert asintió y detuvo todo el proceso, para escándalo de los ejecutivos de la disquera. Se encerró entonces con tres músicos prácticamente desconocidos de su natal Minnesota, amigos de su hermano, y volvió a grabar cinco de los temas. La decisión valió la pena: si uno escucha las versiones originales (están en la serie The Basement Tapes) y las compara con las que regrabó, éstas salen ganando por mucho. Los nuevos músicos no aparecen en los créditos de portada, pero vale la pena mencionarlos: Kevin Odegard, Billy Peterson y Bill Berg.
  Las diez cortes que conforman a este Sangre en las huellas son de una perfección artística asombrosa. Joyas como “Tangled Up in Blue”, “Idiot Wind”, “Meet Me in the Morning”, “Shelter from the Storm” o “Simple Twist of Fate” son absolutas maravillas, clásicos imperecederos de la obra dylaniana.
  Cuarenta años de un disco que no ha envejecido un ápice.

(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

sábado, 21 de marzo de 2015

¿Aristegui presidenta?

Buena parte de la opinión pública tiende a la absolutización de los acontecimientos. Lejos de reconocer que todo hecho es relativo en el tiempo y que una nueva noticia suele tapar y reemplazar a otra que en su momento fue estelar, se suele considerar que el presente siempre será presente y nunca se convertirá en pasado, a pesar de la fatal demostración práctica de que eso es falso.
  Valga el anterior galimatías (creo que ni yo me entendí) para mostrar que una nota, como el actual affaire Aristegui, opaca a una inmediatamente anterior, como el affaire Ayotzinapa. Basta con mirar a los medios de comunicación y asomarse a las redes sociales, tan amantes del trending topic: en el ánimo de quienes siguen las noticias (una minoría, comparada con el grueso de la población nacional), doña Carmen ha borrado (quién iba a decirlo) a los normalistas desaparecidos.
  Hace no mucho tiempo, el movimiento #YoSoy132 parecía destinado a una trascendencia revolucionaria y hoy es apenas un vago y anecdótico recuerdo. Eso para no irnos más hacia el pasado.
  En fin, el caso es que lo de hoy es el asunto de Carmen Aristegui contra MVS, con todas las percepciones, opiniones, intereses y chismes que lo rodean. No simpatizo con el estilo periodístico de la conductora (demasiado parcial y tan obviamente militante), pero tampoco me parece bien que haya sido privada de su espacio en los medios. Sin embargo, lo que de plano parece un disparate demencial es la propuesta de algunos de sus simpatizantes para lanzarla como candidata independiente a nada más y nada menos que la presidencia de la república.
  Ya existen una página en facebook y una petición en Change.org para tal efecto y aunque parezca una broma delirante, para muchos la cuestión va muy en serio.
  Lo que me encantaría saber es qué piensa Andrés Manuel López Obrador (tan protegido siempre por Aristegui) de dicha propuesta. ¿Se convertirá Carmen en la principal rival de don Peje para obtener la candidatura presidencial de Morena? Estaría de antología y le pondría un sabroso sabor a la carrera por el 2018. Es una cosa de locos, lo sé, pero ojalá que ella se atreva.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 20 de marzo de 2015

Bram Tchaikovsky / Strange Man, Changed Man (1979)

He aquí el caso de un disco estupendo del cual nadie tiene la menor noticia, a pesar de contener algo del mejor rock post punk, enriquecido con finas armonías vocales. Bram Tchaikovsky es, para decirlo en una palabra, el padre de Green Day, pero con mucho mayor nivel y autenticidad.

Mejor tema: “Strange Man, Changed Man”