jueves, 16 de febrero de 2017

Los densos Flaming Lips

Con su nuevo y espeso álbum, Oczy Mlody (Warner Music, 2017), The Flaming Lips regresa a la música densa y elaborada de sus álbumes Embryonic (2009) y The Terror (2013). Oczy Mlody (que en polaco significa “los ojos de los jóvenes”) ciertamente es más melódico que sus dos mencionados antecesores, mas no se aparta de esa música que avanza con pesada lentitud, con instrumentaciones eclécticas que remiten lo mismo al rock progresivo que al hip-hop con arreglos orquestales que por fortuna nunca resultan pomposos.
  Estamos frente a un estupendo disco, en el que Wayne Coyne y compañía dan rienda suelta a su inagotable inventiva cuasi psicodélica (hay momentos muy al estilo del Pink Floyd de Syd Barrett), con esas voces agudas que suavizan un poco las atmósferas siniestras y acercan la música a un pop rock experimental de altísima calidad.
  Más electrónico que acústico, con muchas bases de sintetizadores, Oczy Melody vive sus mejores momentos con temas como “There Should Be Unicorns”, “Nigdy Nie (Never No)”, “How??”, “One Night While Hunting for Faeries and Witches and Wizards to Kill”, “Listening to the Frogs with Demon Ayes”, “We a Family” (en la que los Flaming Lips vuelven a colaborar con la cantante pop Miley Cyrus, tal como lo hicieron en el peculiar homenaje beatlesco With a Little Help from My Fwends de 2014) y la homónima pieza inicial. Sin embargo, no hay desperdicio alguno en el resto de las doce piezas que constituyen el plato.
  Un denso regreso el de los Labios Flameantes, pero de una densidad más que atrayente y paradójicamente luminosa.

(Publicado en "Acordes y desacordes", el sitio de música que coordino para la revista Nexos)

miércoles, 15 de febrero de 2017

20 años de Tempestad

El segundo trabajo discográfico de La Barranca muestra de manera más clara aún que su álbum debut, El fuego de la noche (1996), las características letrísticas y musicales de esta agrupación que durante más de veinte años se ha transmutado, ha mudado de integrantes (con la obvia excepción de su creador, líder, cerebro y corazón, José Manuel Aguilera), ha evolucionado a lo largo de una decena de discos sin perder en momento alguno dos cosas fundamentales: su coherencia y su estilo.
  Tempestad (BMG Ariola, 1997) es quizá la obra por antonomasia de La Barranca. En 1997, el grupo estaba conformado por Jorge “Cox” Gaitán en violín, guitarras, bajo, stick, maracas (sic) y coros; Federico Fong en bajo, stick, percusiones, piano, programación y coros; Alfonso André en batería, percusiones, programación, sampleos y coros; José Manuel Aguilera en guitarras eléctricas y acústicas, jarana, loops, percusiones, programación, coros y voz principal. Semejante parafernalia instrumental se traduce en una catorcena de canciones en las cuales ya está plenamente presente el muy característico sonido del conjunto.
  Desde siempre, la música de La Barranca me ha dado una sensación de oscuridad. Algo semejante me pasaba con Jim Morrison y The Doors, aunque ambas agrupaciones –en apariencia– poco pudieran tener en común. Escuchar Tempestad es como adentrarse en un largo, profundo y húmedo túnel de piedra fría y resbaladiza, al final del cual no se halla la luz sino una mayor y más acentuada negrura. Pero es una negrura que se traduce en extraña belleza, esa belleza que dan las elaborados armonías que desarrolla el grupo en numerosos pasajes del disco.
  El rock de La Barranca tal vez sea el más mexicano que haya hecho agrupación nacional alguna. Lejos de cualquier folclorismo, sin pretensiones de convertirse en mexican curious de exportación, sin caer en baraturas artesanales, sin recurrir a ritmos pegajosos y bailables, sin perder jamás su esencia rocanrolera, el grupo suena a México –y este álbum es una clara muestra de ello– sin dejarse seducir por el patrioterismo musical. No hay aquí huarachismos a lo Café Tacuba o falsos y populistas “rescates” urbanos a lo Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio o juangabrielismos a lo Caifanes-Jaguares. Es ese sin duda uno de los grandes méritos de Aguilera y sus distintas formaciones: hacer un rock tan profundamente enraizado en la identidad mexicana que de manera perfecta resulta universal.
  Una de las grandes virtudes de Tempestad es que carece de fisuras, Los catorce cortes se encuentran tan bien ensamblados que el interés jamás se pierde a lo largo de los cincuenta minutos y pico que dura el plato. Desde el arranque, con la ya clásica “Día negro” (“Hoy no es un día común, hoy es un día negro / la realidad otra vez muestra su rostro siniestro”), el álbum nos ofrece una propuesta que se inclina por la expresión artística sin que parezcan importarle modas, tendencias o exigencias mercantilistas.
  Entre las composiciones a destacar están la intensa “La caída”, la enigmática “El velo”, la sensualmente acompasada “El desafío”, la hipnotizante “El faro”, la preciosa y sutilmente llena de gracia “El gran pez”, la muy rocanrolera “Perla” y la concluyente y majestuosa “Como una sombra”.
  Tempestad es la obra maestra de La Barranca, un disco que navega a través de mares procelosos y al final, cada vez que se le escucha, llega siempre a buen puerto.

(Publicado el día de ayer en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

martes, 14 de febrero de 2017

La Generación Timbirruca (y 3)

En mis dos columnas anteriores me referí a la manera como Raúl Velasco, por medio de su inefable Siempre en domingo, determinó los gustos musicales de toda una generación, la Generación Timbirruca, y de cómo los intérpretes del rockcito actual abrevaron de esa fuente que determinó sus influencias.
  Sin embargo, esas influencias no se limitan a la balada ochentera, la cumbia chafa, la movida española, el pop argentino y chileno, las mafufadas folcloroides a lo Tigresa del Oriente o la música grupera. Existe una influencia mayor que extrañamente no ha sido reconocida como es debido por los seudo roqueritos que hoy padecemos y que los permeó de manera evidente. Me refiero a la sombra inconmensurable de los grupos infantiles manejados por los hermanos De Llano Macedo, Luis y Julissa, propuesta archicomercial y exitosísima que tuvo a la Banda Timbiriche como su principal baluarte, seguida por Microchips, el grupo Vaselina y algunos conjuntillos menores como Fresas con Crema et al.
  ¿Por qué los roquerines nacionales que adoran a Sandro de América, los Ángeles Azules, los Tigres del Norte y hasta Cepillín reniegan de Timbiriche? ¿Por qué el Vive Latino no le ha rendido a esta agrupación el homenaje que tanto le debe como pionero del rockcito?
  Lo digo absolutamente en serio. Porque, de hecho, la música de Timbiriche es más rocanrolera que la de cualquier grupo o solista actual, tipo Enjambre, Carla Morrison, Little Jesus o Caloncho. Esto se debe, claro, a que Luis de Llano y Julissa sí gustaban del rocanrol y trataron de infundirlo en aquellos chavitos. No lo lograron del todo, pero algo quedó sin embargo.
  Por simple y elemental congruencia, urge que se haga un disco tributo a Timbiriche (imagínese a Saúl Hernández cantar, por ejemplo, “Con todos menos conmigo”) y que el “Vive” los invite como estelares en su siguiente edición.
  ¡Reconózcase ya a los hermanos De Llano Macedo como los verdaderos padres del rockcito a la mexicana!

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

domingo, 12 de febrero de 2017

Eusebio por la mañana

Ilustración: Óscar Castro.

Cuesta trabajo. Cuesta dolor. Cuesta tristeza que vaya cayendo el veinte.
  Aunque ya sabía del hematoma cerebral que cuatro semanas antes lo había llevado al quirófano, las noticias sobre su salud post operatoria eran escasas. Finalmente, en la noche del pasado martes 7 de febrero, la mala nueva comenzó a correr por las redes sociales: Eusebio Ruvalcaba acababa de morir.
  La desaparición de un ser querido siempre será golpeante y un amigo entrañable es un ser querido. Conocí a Eusebio a mediados de los años noventa, cuando ambos compartíamos páginas como colaboradores de la sección cultural de El Financiero que dirigía Víctor Roura. Desde un principio fue cordial y amable conmigo y al descubrir que vivíamos en la misma calle (de peculiar nombre: Once Mártires), en el antiguo pueblo de Tlalpan, fue fácil empezar a encontrarnos para charlar e intercambiar vivencias. Así fue que llegó a invitarme a su casa, donde conocí a su esposa Coral y a sus dos hijos pequeños: León y Érica. Fue por entonces también que lo invité a colaborar en la revista que yo dirigía, La Mosca en la Pared, en la que inició una columna que con el tiempo se convertiría en una de las favoritas de los lectores: “Un hilito de sangre”, título homónimo de su más conocida obra narrativa.
  Nuestra amistad habría de consolidarse cuando escribí mi primera novela, Matar por Ángela, a finales de 1997. Meses antes la había metido a un concurso de Editorial Planeta, pero no obtuvo el premio y como según yo no era tan mala, se me ocurrió pedirle a Eusebio que la leyera. Pensé que me pondría mil pretextos para no verse obligado a padecer semejante suplicio, pero aceptó encantado y le entregué el manuscrito impreso. Pasaron uno, dos y tres meses. Pensé que no lo habría leído y cuando ya me había resignado, me llamó para citarme en un cafecito cercano al parque de La Bombilla, en San Ángel.
  Allá acudí, a las cinco de la tarde en punto del día siguiente, y cuando llegué ya estaba él ahí, acompañado de una mujer muy guapa. Me la presentó. Se llamaba Margarita Cerviño. Eusebio me explicó que había tardado tanto en buscarme porque luego de leer mi escrito quiso tener una segunda opinión y se lo pasó a Margarita, escritora también. Yo esperaba un juicio sumario, pero resultó todo lo contrario. La novela les había gustado mucho y él tuvo incluso la gentileza de decirme que ya se la había recomendado al escritor y editor Sandro Cohen, para que yo fuera a verlo.
  No referiré los avatares que siguieron con el libro, hasta que finalmente fue publicado en 1998 por la editorial Sansores y Aljure.
  A partir de entonces, la relación con Ruvalcaba se volvió más cercana y comenzamos a vernos para desayunar más o menos una vez al mes. Durante muchos años, siempre nos vimos por la mañana. A pesar de la fama de bohemio y bebedor que por entonces él ya tenía, jamás nos tomamos una copa juntos. Sé que suena extraño tratándose de Eusebio, pero así fue. Siempre que nos vimos lo único que bebimos fue algún jugo de fruta... sin alcohol.
  En esos desayunos, primero en el Sanborns de San Ángel y más recientemente en el de Plaza Cuicuilco, hablábamos de muchas cosas, incluso de nuestras cuitas amorosas (que las sufríamos ambos), ya que compartíamos la pasión por las mujeres y los amores difíciles. Él conoció muchos de mis secretos sentimentales y yo conocí algunos de los suyos, mientras nos comíamos unos huevos con tocino o unos chilaquiles con café aguado.
  En realidad, la única vez que recuerdo haberlo visto de noche fue cuando me invitó a tocar, con mi grupo de blues Los Pechos Privilegiados, al Foro Alicia, a la presentación de un libro suyo que le había editado Carlos Martínez Rentería de la revista Generación. El acto se retrasó más de una hora, porque Eusebio y Carlos se fueron a una cantina cercana “para hacer tiempo”, mientras tocaba un horrendo grupo de surf impuesto por el Alicia. Cuando regresaron, venían hasta las manitas y sus intervenciones en la mesa fueron balbuceantes y entrecortadas, aunque muy divertidas. Al terminar y cuando mi grupo se disponía a subir al escenario, Eusebio se me acercó para decirme en evidente estado bukowskiano: “Perdóname, manito, pero mira cómo estoy; yo quería verte tocar, pero creo que mejor me voy a mi casa”. Se fue y tocamos con el foro casi vacío, ante unas 40 personas.
  Aunque es mayormente identificado como un gran escritor de novelas, cuentos y poemas, mi relación con Eusebio tuvo mucho que ver con la música. Hijo del virtuoso violinista jalisciense Higinio Ruvalcaba y de la pianista Carmen Castillo Betancourt, el escritor nacido en Guadalajara en 1951 fue un amante de la llamada música culta, en especial de la obra de Johannes Brahms. Sus libros sobre Mozart y Beethoven son tan recomendables como los de narrativa.
  Después de La Mosca, Eusebio aceptó mi invitación para sumarse, en 2016, al proyecto “Acordes y desacordes”, el sitio de música de la revista Nexos, donde colaboraba con su columna “Alusiones musicales”.
  A principios de enero pasado, me enteré de lo del hematoma cerebral y el martes 7 de febrero por la noche supe que había fallecido, luego de un mes de permanecer entre la vida y la muerte.
  Nos habíamos visto por última vez, para desayunar, en el Sanborns de Cuicuilco, el 18 de febrero de 2016, hace casi un año. Él llevaba un ejemplar de la nueva edición de Matar por Ángela que le dediqué con gusto y yo llevaba un ejemplar de su libro de 2008, Una mosca devastada y deprimida sobreviviendo en un hilito de sangre, que tuvo a bien dedicarme en una página impresa, la 7 (“Para Hugo García Michel, por su paciencia como amigo y como editor”). Esa mañana le agregó una dedicatoria escrita (“Con un fuerte abrazo para mi querido Hugo García Michel, con quien comparto el amor por la belleza. Suyo, Eusebio Ruvalcaba”).
  Me contó que se había separado y que vivía solo, en un pequeño cuarto sin cocina, no muy lejos de ahí. Sobre la diabetes que padecía de tiempo atrás, me comentó que estaba controlada (y aunque se supone que por la enfermedad no podía beber, también me dijo que le gustaba ir los miércoles por la tarde al bar de aquel mismo restaurante, porque los whiskies estaban al dos por uno). Caminamos hasta San Fernando y nos despedimos con un fuerte y afectuoso abrazo, prometiendo que pronto nos veríamos. No fue así, no hubo ocasión de reunirnos de nuevo.

(Publicado hoy en "El Ángel exterminador" de Milenio Diario)

sábado, 11 de febrero de 2017

¡Anímese, ingeniero!

De unos días para acá, la figura del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas ha vuelto a estar en el candelero. A raíz de la aparición de su libro Cárdenas por Cárdenas, biografía de don Lázaro escrita por su vástago y editada por Debate, el presidente fundador del hoy maltratadísimo y casi agonizante Partido de la Revolución Democrática ha vertido una buena cantidad de declaraciones críticas acerca de la realidad del país y sobre la izquierda mexicana. Sus palabras han hecho pensar a muchos que el ingeniero está de regreso y en buena forma, como para aspirar a algo que vaya más allá de la mera presentación del volumen sobre su ilustre progenitor. De hecho, hay quienes proponen que regrese a la política activa e incluso que busque ser candidato en las próximas elecciones presidenciales. ¿Buena idea? ¿Mero delirio? Veamos.
  Si revisamos a los hoy presidenciables de los diversos partidos, podemos recordar la vieja frase del nefasto Rubén Figueroa, cuando dijo aquello de “la caballada está flaca” y aunque tal vez no esté tan flaca como en otras ocasiones, no se vislumbra una personalidad de altos vuelos en el panorama político nacional.
  Entre un López Obrador que va por su tercer intento y que en estos momentos encabeza las encuestas (sin que ello sea garantía de cosa alguna), una Margarita Zavala que comienza a descender en las mismas, un dubitativo Mancera y los nombres que se barajan en el PRI (desde Videgaray hasta Osorio Chong) y en los independientes, no hay todavía alguien que pueda convencer realmente a la mayoría de los votantes.
  En ese contexto, me parece que la figura de Cuauhtémoc Cardenas lograría concitar grandes simpatías y quizás amalgamar a muchos que no encontramos opciones convincentes. Su historial personal y político le da un valor indisputable. No veo hoy día a una personalidad más fuerte en el horizonte y aun cuando no se ha pronunciado al respecto, yo le diría con sincero entusiasmo: ¡anímese, ingeniero!

(Publicado el día de hoy en "Cámara húngara", mi columna sabatina en Milenio Diario)

viernes, 10 de febrero de 2017

Bronski Beat / The Age of Consent (1984)

El grupo del peculiarísimo cantante gay Jimmy Somerville debutó con este grandioso disco. Con un feelin’ excepcional que surgía de su garganta, con una voz tan aguda como escalofriante, Somerville demostraba que en su alma traía el blues, a pesar de ser inglés y de que su música era considerada como dance. Impresionante.

Mejor tema: “Why?”


jueves, 9 de febrero de 2017

Por la mañana y por la noche

Por la mañana de ayer, desayuno en la casa de mi querida Irma Larios, con su esposo Mario y mi no menos querido Adolfo Cantú. Es el desayuno anual entre Irma, Adolfo y yo que esta vez se trasladó a la colonia Condesa. Todo muy grato y divertido, sabroso por la comida y por la charla que se volvió polémica entre Bo y Mario al abordar cuestiones políticas y culturales. Todo en plan amistoso y entrañable. Espero que se repita el año próximo.
  Por la noche de hoy, incursión en el bar Debarbas de la Nápoles, con Talía y nuestra mejor amiga mutua, para platicar, convivir, tomar cerveza y escuchar a mis queridos amigos del dueto Faralae, quienes tuvieron a un muy buen guitarrista invitado. Velada espléndida y relajada, de esas noches tranquilas en las que todo marcha bien. Estuvimos ahí un par de horas y cada quién tomó para su casa, pero surgieron algunos planes con Talía para mi nueva novela.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Eusebio


A la memoria de mi grande y entrañable amigo Eusebio Ruvalcaba, fallecido el día de ayer por la noche.

Lo conocí a mediados de los años noventa, cuando ambos éramos colaboradores en la sección cultural del diario El Financiero, sección que dirigía Víctor Roura. Claro que ya sabía yo de él e incluso había leído su novela Un hilito de sangre.
  Al conocernos, resultó que ambos vivíamos en la misma calle tlalpeña de nombre fatalista: Once Mártires, yo en el extremo sur de la misma, a una cuadra de Insurgentes, y él en el extremo norte, a media cuadra de la avenida San Fernando. Nos hicimos buenos amigos, aunque la amistad se volvió más fuerte cuando lo invité a colaborar en las páginas de la revista que yo dirigía, La Mosca en la Pared (en la que por muchos años escribiría su columna “Un hilito de sangre”, una de las favoritas de los lectores por sus magníficas y crudas narraciones).
  En 1997, le pregunté, con timidez y hasta un poco de pudor, si podría echarle un ojo al borrador de mi novela Matar por Ángela. Generoso como siempre fue conmigo, aceptó de inmediato y se la entregué. Tardó tres meses en llamarme (francamente, yo pensaba que no la había leído) y me citó en un café cercano al parque de La Bombilla, en San Ángel. Allá acudí al día siguiente, a las cinco de la tarde, y cuando llegué ya estaba él ahí, acompañado de una mujer muy guapa. Me la presentó. Se llamaba Margarita Cerviño. Él me explicó que había tardado tanto en buscarme porque luego de leerla, quiso tener una segunda opinión y le pasó el manuscrito engargolado a Margarita, escritora también. Yo esperaba un juicio sumario, pero resultó todo lo contrario. La novela les había gustado mucho y él tuvo incluso la gentileza de decirme que ya se la había recomendado al escritor y editor Sandro Cohen, para que yo fuera a verlo.
  No referiré los avatares que siguieron con el libro, hasta que finalmente fue publicado en 1998 por la editorial Sansores y Aljure.
  A partir de ahí, la amistad con Eusebio Ruvalcaba se hizo mucho más cercana (también con Margarita Cerviño, quien se integró a las páginas de La Mosca con una columna muy leída también). Conocí a Coral, su esposa, y a sus hijos pequeños.
  Eusebio y yo solíamos vernos para desayunar. Muchas veces en San Ángel y más recientemente en Plaza Cuicuilco. Hablábamos de muchas cosas, incluso de nuestros dilemas amorosos, ya que compartíamos la pasión por las mujeres y los amores difíciles. Él conoció muchos de mis secretos sentimentales y yo conocí algunos de los suyos. No éramos en cambio compañeros de bohemia, quizá porque bebo muy poco y nunca me dio por los ambientes bukowskianos.
  Aunque es mayormente identificado como un gran escritor de novelas, cuentos y poemas, mi relación con Eusebio tuvo mucho que ver con la música. Hijo del virtuoso violinista jalisciense Higinio Ruvalcaba, el escritor fue un amante de la llamada música culta y profesaba un amor muy especial por la obra de Johannes Brahms. Libros suyos sobre Mozart y Beethoven son tan buenos y recomendables como sus libros de relatos.
  Luego de La Mosca, Eusebio aceptó mi invitación a sumarse al proyecto de “Acordes y desacordes”, el sitio de música de la revista Nexos, donde colaboró con su columna “Alusiones musicales”. Su última entrega (“El alma de Paganini”) apareció el 19 de diciembre pasado.
  A principios de enero, me enteré de que a Eusebio le había sobrevenido un hematoma cerebral. Traté de averiguar cómo estaba, pero no hubo quien pudiera informarme bien. Hace dos semanas, hablé con Coral y me dijo que el escritor estaba en el hospital, al parecer estable, pero la noté apresurada y no quise molestar más.
  Apenas anoche me llegó la noticia de su muerte. Desconozco los detalles y quizá prefiera no saberlos. Eusebio y yo nos habíamos visto por última vez, para desayunar, en el Sanborns de Plaza Cuicuilco, el jueves 18 de febrero de 2016, hace casi un año.
  Él llevaba un ejemplar de la nueva edición de Matar por Ángela que le había pasado mi editor de Lectorum (y suyo también), Porfirio Romo, y se la dediqué con gran gusto. Yo llevaba un ejemplar de su libro de 2008, Una mosca devastada y deprimida sobreviviendo en un hilito de sangre, que de hecho está dedicado a mí en una página impresa, la 7 (“Para Hugo García Michel, por su paciencia como amigo y como editor”) y ese día le agregó una dedicatoria escrita (“Con un fuerte abrazo para mi querido Hugo García Michel, con quien comparto el amor por la belleza. Suyo, Eusebio Ruvalcaba”). Además me obsequió un libro muy hermoso, también de su autoría y editado en 2015: Pensemos en Beethoven. Con su dedicatoria a pluma también: “Bajo el relámpago Beethoven, para Hugo García Michel que sabe de relámpagos”. Me contó que se había separado y que vivía solo, en un pequeño cuarto sin cocina, no muy lejos de ahí. Me platicó de una joven mujer con la que salía y sobre la diabetes que padecía desde tiempo atrás, me comentó que estaba controlada (aunque se supone que por la enfermedad no podía beber, también me dijo que le gustaba ir los lunes –¿o los miércoles?– por la tarde al bar de aquel mismo Sanborns, porque los whiskies estaban al dos por uno). Salimos caminando hasta San Fernando y nos despedimos con un fuerte y afectuoso abrazo, prometiendo que pronto nos volveríamos a ver. No fue así. Si bien nos escribimos y hablamos por teléfono, para ultimar detalles sobre su columna de Nexos, no hubo ocasión de reunirnos de nuevo.
  Ya será en otro lado, mi querido Eusebio, allá a donde te fuiste. Aunque no corre prisa, podemos esperar varios años todavía.
  Pinche Chebo, amigo querido, no te hubieras ido.

(Texto publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

martes, 7 de febrero de 2017

La Generación Timbirruca (2)

Hablaba en mi columna anterior de la existencia de una Generación Timbirruca (Óscar Aparicio dixit), cuyos gustos musicales fueron moldeados por la antigua Televisa y su adalid en esos menesteres, el inefable conductor (literalmente conductor... de masas) Raúl Velasco, y de cómo eso determinó las preferencias de la mayor parte de los músicos que hoy dan forma y sustancia (aunque sea una forma informe y una sustancia insustancial) a eso que algunos insisten en llamar rock mexicano (el inenarrable rockcito y sus derivados en decreciente diminutivo que en esencia son un engendro tardío del raulvelasquismo).
  ¿Por qué las mayores influencias del supuesto rock que se hace en nuestro país no son las raíces propias del género sino la movida española, el pop argentino, los baladistas ochenteros, la música grupera, la cumbia más vulgar y otros subgéneros a los que promovió impunemente el animador de Siempre en Domingo? ¿Por qué Sandro de América en lugar de Chuck Berry? ¿Por qué Daniela Romo en lugar de Janis Joplin? ¿Por qué los Ángeles Negros y no Led Zeppelin? ¿Por qué Mijares y no David Bowie? ¿Por qué el grupo Bronco y no The Clash?
  La respuesta es simple: por mera educación (o en este caso deseducación) musical y cultural. Cuando uno habla con la mayor parte de los intérpretes del rockcito (hay grandes excepciones, por supuesto, esas excepciones que siempre confirman la regla), aparte de que desde su enorme e inexplicable soberbia suelen responder con monosílabos y que difícilmente hilan tres palabras coherentes seguidas, se deja ver que desconocen los orígenes de la música que dicen hacer y tocar. Esta ignorancia supina se transmite a sus seguidores para formar un circulo vicioso que se retroalimenta de canciones chatarra, musiquita basura, tonadas desechables y propuestas (es un decir) baratas y absolutamente olvidables.
  Pero aún queda algo más que decir y eso será parte de una tercera entrega.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 6 de febrero de 2017

Fiesta y despedida

Fiesta familiar (más bien reunión tranquila), ayer, en la casa de Myrna y los suyos, en Tepepan. ¿Los motivos? Dos: los cumpleaños de mi mamá (cumplió 95 años el 10 de enero) y de mi amado hijo Jan (cumplió 30 años el 30 del mismo mes pasado). Todo muy bien, muy grato, alegre y tranquilo. Estuvimos mi mamá, Myrna, Jorge, Leyla, Axel, Ivette, Carlos, Alain, Hally, Liza, Jan y yo. Lindo domingo familiar.
  Hoy fue más bien un día melancólico. Luego de cinco meses y dos días (155 días exactos) de estar viviendo en mi depto, ella optó por irse. Era lo que habíamos convenido desde que me solicitó asilo a  principios de septiembre pasado y era algo que tenía que pasar, pero me habitué tanto a su presencia, a su estar aquí, a las charlas, a las cenas y desayunos, a trabajar y ver series juntos, incluso a los bruscos subeibajas de su carácter -que de pronto hicieron que el espíritu de Humberto Gazca reviviera en mí-... Pero bueno, su estancia tenía un límite temporal (de hecho, se alargó un mes más de lo convenido en un principio) y aun cuando coincido con ella en que es lo mejor para ambos y que nuestra amistad sigue incólume (y mucho más profunda que hace cinco meses), la verdad es que la voy a extrañar y no me hubiera disgustado que siguiera aquí por más tiempo. La quiero muchísimo. Ni hablar.

domingo, 5 de febrero de 2017

Una almohada surrealista de 50 años

Y en el principio era el alucine y el alucine era como ver a Dios y el alucine era Dios. Al menos eso pensaban los habitantes de aquel pretendido paraíso psicodélico en el que la paz y el amor reinaban y el ácido lisérgico circulaba de manera abierta y legal. Era el alucinante y alucinado universo de la psicodelia, un universo que lo mismo se encontraba en Nueva York que en Londres, en París que en Berlín, pero sobre todo en la idílica San Francisco de las flores en tu pelo.
  1967. El año psicodélico por excelencia. El año en que la esquina más famosa del planeta la conformaba la intersección de las calles Haight y Ashbury, donde en los años cincuenta surgió el movimiento beatnik.
  Fue en aquel mítico San Francisco que emergió un grupo con un estilo muy especial. Se trataba de un sexteto conformado por las voces y las guitarras de Marty Balin, Jorma Kaukonen y Paul Kantner, el bajo de Jack Casady, la batería de Spencer Dryden y la voz de Grace Slick, una joven bella y talentosa que acababa de ingresar a la agrupación para sustituir a la hoy olvidada Signe Anderson. El nombre del conjunto era Jefferson Airplane.
  En febrero de 1967, el grupo lanzó uno de los discos clave para entender esa época. Surrealistic Pillow es una combinación de folk rock y psicodelia, un álbum marcado por el ácido lisérgico y los aires de flower power que se respiraban en la costa oeste de los Estados Unidos.
  Segundo trabajo en la discografía del grupo, fue un éxito inmediato no sólo entre la comunidad hippie sino a nivel nacional e internacional. Dos temas hoy clásicos bastaron para hacer del Aeroplano de Jefferson uno de los grupos más importantes de aquel momento y cuya música ha trascendido con el tiempo. “White Rabbit” y “Somebody to Love” son dos composiciones que, como decía la antigua radiodifusora 6.20, llegaron para quedarse.
  Otro dato importante es la decidida colaboración que tuvo Jerry García, el legendario guitarrista de Grateful Dead, en la manufactura del disco. No sólo tocó en varios de los cortes, sino que también participó en la confección de los arreglos y en la producción.
  El plato inicia con “She Has Funny Cars”, un tema impecable. Crítica a la hipocresía política, la canción hace que desde el principio brille la voz contrapuntística de Grace Slick, para mostrar el sello de las armonías vocales que el grupo no habría de perder jamás.
  “Somebody To Love” es el himno jeffersonairplaniano por excelencia, su composición más conocida y emblemática. La manera como Slick empieza casi a capella, con la frase “When the truth is found", aún estremece a medio siglo de distancia.
  La deliciosa “My Best Friend”, con claros aires de The Mamas and The Papas, es una hermosa tonada, mientras que “Today” es una fina pionera del folk progresivo.
  El lado A del vinil original concluye con una de las composiciones más perfectas y emotivas del grupo. “Comin' Back to Me” es una perla que convoca imágenes trovadorescas, un doloroso pero sutil canto de amor, una evocación al ser amado que se ha ido y a quien se pide que regrese. Marty Balin, con su solitaria guitarra acústica y una flauta fantasmal, va cantando cada parte referida a una estación del año y los sentimientos que cada una produce en el enamorado. Ricky Lee Jones haría en su álbum Pop Pop (1991) una versión tanto o más conmovedora.
  La segunda parte de Surrealistic Pillow arranca con "3/5th of a Mile in 10 Seconds", un rock duro en el cual se habla del comercio de drogas y del pintoresco movimiento en las calles de San Francisco. Psicodelia en estado puro.
  “DCBA 25” es una pieza oscura, un breve viaje por las profundidades de una mente en LSD. Por su parte, “How Do You Feel” es un tema lleno de candor jipiteca.
  La instrumental y acústica “Embryonic Journey” constituye un pequeño tour de force de Jorma Kaukonen que anticipa muchas de las cosas que harían de similar modo Jimmy Page y Steve Howe en la década siguiente.
  ¿Qué se puede decir de “White Rabbit” que no se haya dicho ya? Onírica, surrealista y disparatada en su letra, con acordes hipnóticos y con la voz de Grace Slick a plenitud, este homenaje a Lewis Carroll es uno de los grandes clásicos del rock de todos los tiempos, sólo comparable a “Lucy in the Sky with Diamonds” de los Beatles o a “Purple Haze” de Jimi Hendrix. Todo un acid trip.
  Por último, “Plastic Fantastic Lover” es una crítica provocadora, divertida e irónica de Marty Balin a la televisión. Se trata del tema que en el disco más se aproxima al blues. El cierre ideal para este álbum fundamental.

(Publicado el día de hoy en "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

sábado, 4 de febrero de 2017

La Constitución, un libro vacío*

“–¿Qué es nuestra historia, amigo Leyva? ¿Qué es sino una larga sucesión de crímenes, de violencia, de traiciones, de corrupción, de ambiciones egoístas, de tiranías y luchas fratricidas? Desde la época de la conquista hasta el crimen de Tlaxcalantongo.
  No supe qué responder y él siguió con su discurso.
  –¿Cuál es la diferencia entre Obregón y Nuño de Guzmán, entre Pablo González y Calleja, entre la sabandija del coronel Herrero y los asesinos de Melchor Ocampo? No hemos evolucionado un ápice. Se diría más bien que vamos hacia atrás y que lo que nos espera no es precisamente una época de paz y prosperidad, como lo deseaba Venustiano. Los militares tienen otra vez el poder y no veo de qué manera podríamos evitarlo. Yo al menos no puedo.
  –Bueno…, cuando menos el general Obregón llegó a la presidencia después de unas elecciones –comenté de la manera más tonta.
  Él cerró el tomo de un fuerte golpe que me hizo saltar y me miró por un instante con unos ojos que hasta ese momento no le había visto: ojos fieros, de absoluta indignación. Pero en seguida recuperó la calma y el dominio sobre sí mismo.
  –Elecciones. Sí. Al más puro estilo porfirista. Con dedazo, con todo resuelto de antemano. Sin un contrincante que le hiciera contrapeso. Una elección producto del crimen y la tranza. De la Huerta le dejó la silla a Obregón y éste se la dejará al mismo De la Huerta o a Pablo González o a Elías Calles. Eso si a Álvaro no se le ocurre cambiar la Constitución, esa que redactamos y discutimos y votamos en Querétaro apenas hace tres años y que tan rápido se ha convertido en un documento sin valor, sin importancia, en un libro vacío.
  Don Emiliano se me acercó y me palmeó un hombro con actitud paternal y afectuosa.
  –Si en 1906 creía que el cambio era posible y que podríamos tener un país más justo y más moderno, más próspero y democrático, hoy, tres lustros después, siento como si todo lo que hice, por todo lo que luché y me entregué hasta el punto de casi perder la vida, hubiera sido en vano”.

*Fragmento de mi novela Emiliano (Ediciones Beso Francés, 2017) de reciente aparición.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 3 de febrero de 2017

Dream City Film Club / In the Cold Light of Morning (1999)

Vaya discazo. Una obra maestra de un grupo del norte de Inglaterra que sólo grabó dos álbumes (éste es el segundo) para desaparecer en la oscuridad. Ecos de Nick Cave y Lou Reed entremezclados con Bauhaus y la música de Twin Peaks. Anonadante.

Mejor tema: “The Curse”


jueves, 2 de febrero de 2017

Hombres fuera de serie

Terminé de leer este estupendo libro de Brett Martin, una joya para todos aquellos amantes de las series que quieren (que queremos) saber lo que hay detrás de aquellas que vinieron a revolucionar la televisión y a convertirla en una forma de expresión exquisitamente artística.
  ¿Quiénes crearon el gran cambio que surgió a finales de la década de los noventa? ¿Quiénes concibieron esa nueva forma de narrar historias y de qué manera lo hicieron? ¿Quiénes son ellos, los que crearon maravillas como Los Soprano, Mad Men, The Wire, The Shield, Six Feet Under, Deadwood, Dexter, True Blood, Breaking Bad y Game of Thrones, entre muchas otras? ¿Cómo nació todo esto en cadenas como HBO, Showtime, FX o AMC? ¿Qué hay detrás de showrunners como David Chase, David Simon, David Milch, Shawn Ryan, Matthew Weiner, Vince Gilligan y otros genios de la nueva televisión, cuya estética puede compararse con las de los grandes directores cinematográficos surgidos en los años setenta, como Martin Scorsese, Robert Altman y Francis Ford Coppola?
  A estas cuestiones y a muchas más da respuesta Brett Martin en este magnífico Hombres fuera de serie (Ariel, 2014), un libro apasionante, divertido y la mar de interesante.
  Lo recomiendo a quienes como yo se han convertido en seguidores fatales de las series.

miércoles, 1 de febrero de 2017

El club de corazones rotos del sargento García Michel

Perdonarán ustedes en esta ocasión el título tan personal de mi columna, pero a lo largo de mi ya no tan corta vida he pertenecido a ese club que menciono y que es como una sucursal del Club de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta. Experto en corazones rotos soy yo. O más bien de tener roto el corazón.
  No vendrá a continuación una andanada de frases de auto conmiseración, no se asusten. No será una columna de quejas doloridas por lo mal que me haya podido ir en cuestiones sentimentales. Ya en otros tiempos tuve oportunidad de dolerme y arrastrarme en el fango del sufrimiento amoroso, ese que suele provocar, ¡ay!, la proliferación de entrañas rotas. Algo que por cierto se ha reflejado en la música, especialmente en la canción popular, desde los tiempos de los juglares y los trovadores medievales, si no es que desde que el Homo Sapiens sintió por primera vez las agujas punzantes del enamoramiento mal correspondido (para mayor información, remitirse al espléndido ensayo La llama doble de Octavio Paz).
  Quienes escribimos canciones solemos ser especialmente vulnerables a las cuestiones que tienen que ver con el amor y, sobre todo, con el desamor. De las varias musas que he tenido a lo largo de los 47 años que llevo como compositor, a todas les he hecho muchas más canciones de dolor que de alegría amorosa. Feo balance. Pero como decía José Agustín: así es esto del Bardotodol.
  Por supuesto que no soy el único. Tan sólo en el rock, desde Chuck Berry hasta Damien Rice y desde Lennon y McCartney hasta Noah Gunderson, pasando por un larguísimo etcétera, han escrito canciones para corazones rotos. No hablemos de otros géneros, como el blues, el bolero o hasta la llamada música culta (Mozart, Beethoven, Schumann, Chopin, Satie, entre otros, compusieron obras tristísimas y conmovedoras que tienen que ver con los broken hearts).
  ¿Y los millenials? ¿Cómo sobrellevan el dolor del alma? Mi experiencia con amigas veinteañeras me lleva a decir que no lo sobrellevan del todo bien. De hecho, algunas de las cantautoras actuales en español suenan en sus letras como si interpretaran azotadísimos boleros de los años cuarenta del siglo pasado. Escúchense si no las canciones de Natalia Lafourcade, Mon Laferte o la inefable (dije inefable, no inflable) Carla Morrison. Todas sufren el amor como plañideras.
  De esta época milleniarista es también el término tan en boga de la friendzone, es decir, ese lugar semejante al limbo al que las personas envían a quienes sólo quieren “como amigos”.
  Sobre ello escribí el siguiente, llamémoslo, poema, intitulado “Letanía de la friendzone”: “La torpeza me domina, no es mi fuerte ser galán / La impericia me tropieza, no es lo mío ser patán. / No soy buen conquistador, no consigo seducirte, / invariable situación: me mandas a la friendzone. / Veo a cada esperpento que te cautiva a la primera. / Me pregunto asombrado: ¿qué es lo que hace que cualquiera,  el más mediocre, el más actuario, el más zafio y ordinario, / te encandile con fervor, mientras yo estoy en la friendzone? / “Yo te admiro, eres mejor, mejor que todos y te quiero, / pero te quiero como amigo”, me lo dices y yo muero. / “¿Un beso, una caricia, nuestros cuerpos que se unen? / Eso nunca entre tú y yo, porque te tengo en la friendzone. / Eres un privilegiado, eres mi amigo y ellos no, / tenemos sexo pero efímero: lo que el viento se llevó. / En cambio tú siempre estarás cerca de mi alma y mi amistad, / pero sin erotismo, corazón: te quedas en la friendzone”. / Y así pasa cada día, sin que cambie la letanía. / Los galancetes se llevan todo y yo sigo en la agonía. / La deseo y se lo digo: “¡me enamoras, por ti deliro!”. / Pero ella es firme en su decisión y me mete en la friendzone / y me hunde en la friendzone / y me condena a la friendzone. / ¡Vaya mierda, vaya son!”.

(Publicado este mes en la revista Marvin No. 148)

martes, 31 de enero de 2017

La Generación Timbirruca (I)

El apelativo no es mío, sino de mi incisivo amigo Óscar Aparicio. Porque así como existen la generación de los baby boomers, la Generación X, la de los millenials y otros tipos de generaciones y degeneraciones, del mismo modo resulta imposible negar la existencia, en México y en diversos países de habla española, de la singular Generación Timbirruca.
  Se trata de gente que hoy anda entre los 30 y los 50 años. Personas que fueron plenamente formadas por la televisión mexicana en su etapa más siniestra, autoritaria y paternalista, aquella de los años 70, 80 y 90, cuando el PRI era amo y señor de la política y la actual Televisa, sin competencia a la vista, moldeaba con absoluta impunidad y sin contrapeso alguno la mentalidad de las masas.
  Es la era del noticiario 24 Horas de Jacobo Zabludovsky y de Siempre en domingo de Raúl Velasco. Centrémonos en el último personaje, ya que es esta una columna de música. El autor de la frase “¡Aún hay más!” fue durante cerca de 30 años (de 1969 a 1998) quien dictó y estragó los gustos musicales de millones de personas, mismas que nacieron, crecieron y se reprodujeron en la inopia cultural más lamentable. Velasco fabricó desde el artificio a una serie de “artistas”, para conformar el más cursi y patético firmamento de estrellas de la farándula. Gracias a este hombre, el público mexicano (e hispanoamericano, porque sus alcances llegaron a todo el continente) prostituyó sus gustos y mansamente aceptó todas las propuestas que provenían del larguísimo programa dominical.
  Las consecuencias hoy día son obvias y se notan en la bajísima calidad de la música que se escucha en los medios masivos de comunicación y en las “estrellas” actuales (aún peores que las de las décadas del raulvelasquismo rampante). Por ello, por ejemplo, los roqueros nacionales rinden tributo a tantos baladistas y grupitos consagrados y bendecidos por Raúl Velasco. Pero de esto hablaremos en un segundo artículo.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 30 de enero de 2017

Los 30 de Jan

Hoy mi adorado Jan cumple 30 años de edad. Apenas puedo creer que haya pasado tanto tiempo desde aquella mañana de 1987 en que lo vi llegar al mundo, en un parto natural, psicoprofiláctico, de la misma manera en que vi nacer a su hermano Alain, casi cinco años atrás, en noviembre de 1982, en la sala de partos del hospital San José.
  Ahora mi hermoso chilpayate cumple tres décadas de vida y me siento tan orgulloso de él como de su carnal, como ellos se dicen. Ambos son dos hombres magníficos a quienes amo con toda mi alma.
  Felicidades, mi Jano. Ya nos veremos para celebrarlo en estos días. Hoy pásala muy bien con tu amada Liza.

domingo, 29 de enero de 2017

Hunky Dory

Después de las densas atmósferas de The Man Who Sold the World, David Bowie retornó a los terrenos en los cuales había incursionado en Space Oddity, es decir, aquellos de las canciones más sencillas, con mayor sentido armónico y melódico.    Hunky Dory (1970) es una obra más apegada al pop, sin que ello signifique un sentido negativo. Por el contrario, se trata de una magnífica colección de temas sólo en apariencia sencillos. Si en su segundo disco había caído en ciertas tentaciones metaleras, quizá debido a la presencia de Mick Ronson, esta vez la guitarra del peculiar instrumentista pasó a un plano más discreto y son los teclados de Rick Wakeman los que van marcando la pauta a lo largo de los once cortes del álbum.
  Hay aquí composiciones soberbias, empezando por la contagiosa “Changes” y siguiendo con pequeñas joyas como “Oh! You Pretty Things”, “Song for Bob Dylan”, “Kooks”, “Quicksand” (lejanamente neilyoungiana), “Queen Bitch” (claro homenaje a Lou Reed y The Velvet Underground) y la maravillosa “Life On Mars”.
  Un trabajo lleno de frescura e inventiva, de variedad y colorido, Honky Dory es un gran disco de Bowie.

(Reseña que escribí para el Especial No. 10 de La Mosca en la Pared, dedicado a David Bowie y aparecido en abril de 2004)

sábado, 28 de enero de 2017

No quiero hablar de Donald Trump

En serio, el tipo lleva una semana en la Casa Blanca y tanto leer y oír de él ya me tiene hasta el copete. Desde el primer día, Donaldo empezó a dar de qué hablar, con una hiperactividad digna de mejores causas y todo mundo se ha hecho eco de esas famosas órdenes ejecutivas que dispara con la velocidad de Usain Bolt (con todo y medalla de oro arrebatada).
  Por eso no quiero hablar de Trump, porque políticos, analistas, periodistas, conductores de radio y televisión, más el público en general parecen no tener otro tema. Que si va a levantar el muro en la frontera, que si va a expulsar a millones de inmigrantes, que si cada que lanza un exabrupto el peso mexicano se devalúa, que si se pelea con la prensa gringa, que si está desarmando el Obamacare, que si ya autorizó la construcción de dos peligrosos oleoductos, que si dice que el cambio global no existe, etcétera, etcétera, etcétera.
  Todos hablan de Donald Trump y yo me niego a hacerlo. Me niego a decir que su lenguaje corporal es terrible, que tiene un pésimo gusto al vestir, que su peinado es una cosa inenarrable, que su opinión sobre las mujeres es vergonzosa, que en cada conferencia de prensa dice dos mentiras por minuto, que es un sujeto la mar de desagradable, que sigo sin entender cómo carajos llegó a la primera magistratura del país más poderoso del orbe.
  Por eso, hoy no quiero hablar de él o de la manera como canceló la entrevista que iba a tener el próximo martes con el presidente de México (con lo cual la bizantina polémica sobre si Peña Nieto debía o no ir a dicha entrevista quedó finiquitada... por Donald Trump).
  Que quede claro entonces: esta vez no hablaré de ese señor.

* * * * *

¿Y si antes de que los gringos empiecen a construir su muro, nosotros construimos otro de este lado? Se generaría empleo, la industria de la construcción volvería a florecer (digo, son 3 mil kilómetros de frontera), los servicios también entrarían en boga...). En fin, es sólo una ideota.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 27 de enero de 2017

Candlebox / Candlebox (1993)

¿Grunge? ¿Rock duro? ¿Blues rock con riffs cercanos al heavy metal? Todo ello encaja en el estilo de Candlebox, sobre todo en este su álbum debut, un disco que fue rechazado por los puristas grungeros pero que contiene temas irresitibles. No es Nirvana o Alice in Chains; es, simplemente, Candlebox.

Mejor tema: “You”





jueves, 26 de enero de 2017

Déjà Vu: cuando lo que mal empieza bien acaba

Cuando uno escucha un álbum tan espléndido como este, lejos está de imaginar las condiciones en las cuales fue grabado. La impresión que da Déjà Vu (Atlantic, 1970) es la de ser una obra diáfana, hecha con amoroso cuidado y en plena armonía. Craso error. Porque si vemos las circunstancias en las cuales fue producido, descubrimos que tenía todo para ser un fracaso.
  Luego del magnífico y muy exitoso Crosby, Stills & Nash de 1969, el segundo trabajo discográfico de aquel grupo de solistas era esperado con ansiedad, más aun cuando se sabía que Neil Young se había incorporado a ellos. Young era un músico muy respetado desde sus épocas con Buffalo Springfield, en el cual había sido compañero de Stephen Stills, pero sobre todo como solista. Ya tenía un par de álbumes en su haber, ambos de 1969 –Neil Young y Everybody Knows This Is Nowhere–, y su actitud siempre circunspecta e incluso hosca lo revestía de un halo misterioso y fascinante. No dejaba de extrañar que hubiese aceptado entrar a la agrupación, ya que precisamente desde Buffalo Springfield había tenido serias rencillas con Stills. Sin embargo, ahí estaba, listo para contribuir con un par de composiciones para el nuevo disco.
  Desde el principio las cosas caminaron mal. Apenas unos meses antes de entrar a grabar a los estudios Wally Heider de San Francisco, la novia de David Crosby, Christine Hinton, la mujer que lo inspiró a escribir la bellísima “Guinnevere” del primer álbum, se estrelló de frente contra un autobús escolar, mientras conducía el Volkswagen de su pareja. Murió instantáneamente. Era el 30 de septiembre de 1969 y la gira que estaba efectuando la agrupación se suspendió de inmediato. Las cenizas de Christine fueron arrojadas al agua desde el Golden Gate y Crosby entró en una profunda depresión que lo llevó a consumir alcohol y heroína en cantidades industriales. Temiendo que tratara de suicidarse, Graham Nash no se separó de él un solo instante.
  Cuando algunas semanas después al fin se iniciaron las sesiones, las cosas estaban tensas y complicadas. David Crosby debió hacer un enorme esfuerzo para recobrar cierta serenidad, algo a lo cual no ayudaba demasiado la actitud poco sociable y hasta áspera de Neil Young. Nash, por su parte, había asumido el papel de pacificador y trataba de crear, sin mucho éxito, un ambiente de trabajo agradable, mientras que Stills desesperaba a los ingenieros de sonido con sus obsesiones perfeccionistas.
  Había cocaína por todas partes: en la cabina, en las salas de descanso, en la consola. John Sebastian, uno de los pocos músicos invitados al disco cuenta que “la cocaína me daba miedo. Era una droga que apenas se conocía y que lejos de relajar ponía a todos tensos y agitados. Ciertamente no era una droga que ayudara a socializar”.
  Rara vez hubo más de dos integrantes del grupo al mismo tiempo en la cabina de grabación y prácticamente cada uno grabó sus partes por separado. En ello tuvieron que ver también sus problemas sentimentales. Si Crosby había perdido irreparablemente a su novia y buscaba consolarse llegando cada día al estudio con dos jovencitas diferentes, Nash tenía diferencias con su pareja (la cantautora Joni Mitchell), Stills no lograba conciliar su relación con la suya (la también cantautora Judy Collins) y hasta Young veía tambalear su matrimonio con Susan Acevedo.
  Dallas Taylor, el baterista de Crosby, Stills, Nash & Young, recuerda que “la grabación de Déjà Vu fue como una pesadilla. Tardamos cerca de un año en concluirlo y fue desgastante. Los conflictos entre ellos eran tantos que Neil prefirió llevarse las cintas de sus canciones a otro estudio para trabajarlas solo. Greg Reeves (bajo) y yo teníamos que andar de un lado a otro, según las exigencias de cada uno de ellos. Veía aquel sueño derrumbarse ante mis propios ojos”. Y Nash rememora: “Nos odiábamos. Estábamos todos listos para saltar a la garganta del otro”.
  Neil Young se encontraba grabando al mismo tiempo su álbum After the Gold Rush y no ocultaba la prisa por terminar con su parte en Déjà Vu y largarse cuanto antes. Fue por ello que produjo sus dos canciones (“Helpless” y “Country Girl”) en muy breve tiempo y no volvieron a saber de él. Casi no participó en los temas de sus compañeros (es un decir). El resto del disco puede considerarse como de Crosby, Stills y Nash. Al final, las sesiones de Déjà Vu alcanzaron las setecientas horas de grabación.
  No obstante todo lo aquí mencionado, el álbum es una completa maravilla y refleja una paradójica armonía no sólo musical sino emocional. ¿Cómo fue posible que se alcanzara un resultado tan asombroso? Sólo hay una explicación y la ofrece Dallas Taylor: “No importaba lo que estuviera sucediendo. A final de cuentas éramos una banda. Cuando tienes la combinación correcta de músicos, la magia surge a pesar de los pesares”. Le faltó decir algo más: que las cuatro cabezas del grupo eran (y siguen siendo) verdaderos talentos cercanos al genio.
  Musicalmente, Déjà Vu no presenta una sola fisura, un solo momento de debilidad. Desde la inicial “Carry On” de Stephen Stills, nos topamos con algo diferente. Las guitarras acústicas iniciales, tocadas con un beat hechizante; los celestiales coros (sólo los Beatles y los Beach Boys alcanzaron tan perfectas combinaciones vocales), todo se conjuga para crear un tema aplastante. Y lo que sigue es una serie de joyas que hoy son ya clásicas. Las otras dos composiciones de Stills (la austera “4 + 20” y la final “Everybody I Love You”, a la que muchos consideran como la mejor canción de Buffalo Springfield que este grupo jamás grabó), las dos bellezas melódicas de Graham Nash (la muy inglesa y beatlesca tonada "Our House" –no olvidemos que Nash nació en Gran Bretaña y fue miembro del grupo de Manchester The Hollies– y la preciosa balada de optimista ideología hippie “Teach Your Children”), las intrincadas composiciones del ex-Byrd David Crosby (la increíble “Déjà Vu” –que se llevó cien horas de grabación y revolucionó muchos aspectos de la armonía y el ritmo, debido al manejo muy poco convencional de los mismos– y la dura, potente y paranoica “Almost Cut My Hair”, con sus secos guitarreos eléctricos) más la solitaria pieza ajena “Woodstock”, escrita por Joni Mitchell y el único corte, tal vez junto con “Carry On”, en que Crosby, Stills, Nash & Young realmente suena como un grupo compacto. Claro, sin olvidar los dos temas de Neil Young ya referidos atrás.
  Déjà Vu es no sólo una obra cumbre del rock sesentero de la costa oeste estadounidense, sino un símbolo y un testimonio de lo que fueron capaces de hacer cuatro sensibilidades tan distintas que al chocar con violencia, como aerolitos en el espacio, provocaron una explosión de música que sigue resultando asombrosa y conmovedora a casi cincuenta años de distancia.

(Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

miércoles, 25 de enero de 2017

Emiliano nació

Ayer en la tarde me entregaron los primeros ejemplares de Emiliano, mi inicial experiencia como editor independiente. Dado que yo quería que la novela apareciera antes del próximo 5 de febrero, fecha en que se celebra el primer centenario de la promulgación de la actual Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, y que ninguna editorial podía sacarla en estos días, me aventuré a publicarla por mis propios medios, para lo cual recurrí a los servicios de Libro a la Carta, a cuya cabeza está mi querida amiga Jocelyn Pantoja, quien me entregó un libro realmente bello, con el diseño de portada de mi hijo Jan García Hellion.
  Emiliano es mi incursión en la novela de la Revolución Mexicana y está basada en la vida de mi abuelo, el diputado constituyente por Sinaloa Emiliano García Estrella. Sin embargo, quise que fuera más allá de la mera biografía y traté de hacer un retrato no sólo del movimiento revolucionario, sino de lo que era la Ciudad de México en los años veinte del siglo pasado. Dado que la edición es personal, no estará a la venta en librerías sino por medio de las redes sociales y de una página dedicada a la novela que pronto estará lista. Ojalá a muchos les interese leerla. Creo que su lectura no los defraudará.

martes, 24 de enero de 2017

Un Vive Latino grupero y tropical

En medio de la tormenta que significa la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, el mundo con todas sus particularidades sigue su marcha y entre esas particularidades se encuentra la música. Así pues, vayamos a nuestro campo habitual y hablemos de nuestra materia.
  A mediados de este mes se anunció el elenco que participará en la versión 2017 del Vive Latino y aunque ya no sorprende, no deja de resultar significativo que entre las cabezas del cartel se anuncie a Bronco y a la Sonora Santanera. La música grupera y la música tropical (con sus diferentes géneros: el danzón, el mambo, el bolero, la guaracha, la cumbia) como estelares en un festival que en sus inicios era exclusivamente de rock.
  Se dice que los tiempos cambian, que el rock ya es indefinible, que los crossovers (eufemismo de promiscuidad) son lo de hoy, que debemos ser abiertos y eclécticos, que el Vive Latino es “un evento de cultura musical” y que por eso ha de abrirse a todas las expresiones, etcétera. Son buenas excusas, sin duda, y justifican la presencia de las dos agrupaciones mencionadas y de los Tigres del Norte, Los Ángeles Azules o Paquita la del Barrio en ediciones anteriores. Todo ello para no decir la verdad: que el rockcito que se hace hoy en México es un híbrido con un público cada vez más escaso que no garantiza el negocio y que por ello se recurre a grupos y solistas de raigambre populachera.
  Entiéndase: nada tengo en contra, por ejemplo, de la Sonora Santanera y su larga y admirable trayectoria dentro de lo suyo. Pero afirmar que se le incluye en el Vive Latino por cuestiones culturales es un mal chiste que ni siquiera se cuenta solo. Lo cierto es que en México el rock se encuentra en estado de coma, confinado en lo subterráneo (como en los tiempos post Avándaro) y ya no rinde suficientes dividendos.
  Así pues: todos a cantar “La boa”, “El ladrón”, “Perfume de gardenias” y “Bómboro quiñá quiñá”.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 23 de enero de 2017

El huelepiés

Al término del ensayo, Pánfilo se despojó de su bajo, lo colocó cuidadosamente a un lado del amplificador y se alejó de sus compañeros para refugiarse en un rincón del cuarto. Ya tenía en su mano el iPhone y marcó un número. Aguardó con cierta impaciencia, hasta que escuchó la voz femenina que le contestaba desde el otro lado de la línea.
  —¿Qué onda, guapa? ¿Cómo estás? ¿Siempre sí vas a poder?
  La jovencita rio nerviosa y divertida y le respondió que aún no sabía si su mamá la dejaría salir esa noche.
  —Bueno, yo te llamo más tarde o nos ponemos de acuerdo por el inbox, ¿vale? Para que me digas qué te preparo de cenar.
  Pánfilo colgó y se dio cuenta de que sus camaradas lo miraban con sonrisas sarcásticas.
  —¿Qué? —les espetó molesto.
  —Nada, güey —le respondió Eulalio, el vocalista y líder de la banda.
  No hubo mayor intercambio de palabras al respecto, aunque todos y cada uno de los integrantes de Como Santo Tomás, aquel más o menos famoso grupo mexicano de cumbia-rock, conocían a la perfección las mañas de su bajista.
  Pánfilo se despidió y se dirigió a su casa. Vivía en un departamento cercano al metro Coyoacán y en cuanto llegó a su hogar, se instaló en la computadora y entró a Facebook. Varias de sus amigas estaban conectadas al chat, aunque no Vanessa, la joven de diecisiete años con quien hablara por teléfono al término del ensayo.
  Como lo abrumaba charlar con varias personas a la vez, optó por saludar a una sola de ellas. La elegida fue Macaria, con quien desde semanas atrás solía sostener charlas de doble sentido.
  —Hola, linda —escribió en el teclado.
  —hola!!!!!!! —respondió la joven.
  —¿Qué ondita? ¿Ya te decidiste?
  —Jijijijijij xD
  —¿Eso quiere decir que sí?
  —no c, es ke mi mamá igual no me deja.
  —Pues no le digas que vienes aquí, invéntale que vas con alguna amiga.
  —jajaja sí, podría ser xP.
  —Se me hace que la que no quiere venir eres tú.
  —Noooooo!!!!! Kómo krees… Si ya muero x konocerte.
  —Ahí está, ¿cómo ves este sábado?
  —Chance… Tengo ke ir al gym, igual saliendo de ahí.
  —Oye, ¿pero te pido una cosa?
  —Klaro.
  —Cuando termines en el gimnasio, no te bañes.
  —jijijiji xq?
  —Ya te he dicho que me encantan tus pies, ya ves que fue lo primero que me llamó la atención de ti cuando te vi en Facebook.
  —Sí, pero kómo krees que voy a ir con las patas todas sudadas y apestosas y luego con los tenis, jajajajaj
  —Justo eso quiero, ¿me prometes que lo harás?
  —Bueno, aunke c me hace raro.
  —La vamos a pasar increíble, ya lo verás.
  —Sí, me imagino… Oye, me tengo que ir, tengo que hacer tarea.
  —Sale, confirmamos el viernes. Chau!
  —Besitos, chau! u.u
  Se sintió contento pero insatisfecho. Tenía libre la noche del sábado y no podía pasarla solo. Optó por dejar abierta otra posibilidad y saludó a una más de sus amigas conectadas al chat. Se saludaron, platicaron de boberías y por fin él fue directo a lo que quería. Sólo que Mireya ya sabía de qué se trataba y en un principio se mostró esquiva.
  —Es que no sé si eso me gusta —le dijo.
  La primera vez, se había visto sorprendida y no atinó a reaccionar cuando él se puso de rodillas ante ella, la despojó de una de sus zapatillas de tacón, le acarició el pie con manos temblorosas y comenzó a olisquearlo con fruición. “Me haces cosquillas”, le espetó entre risas nerviosas, pero él no hizo caso y empezó a chupar su dedo gordo. El tipo sudaba y se mostraba excitadísimo, mientras ella lo contemplaba atónita y sin saber qué hacer, qué decir. Finalmente se dejó y él repitió la operación con el otro pie. No le pidió que se desnudara o que se acostara con él. Se limitó a oler y lamer los tobillos, las plantas y sobre todo cada uno de los deditos inferiores de la joven.
  —Si vienes, te preparo un espagueti al roquefort y te regalo el nuevo disco de la banda. Autografiado.
  Mireya terminó por ceder y le dijo que el sábado en la mañana confirmaban.
  Más tranquilo, con la seguridad de que si una de las chicas fallaba, la otra casi seguramente asistiría, abrió un archivo en el que guardaba, literalmente, cientos de fotografías descargadas de los álbumes de amigas, conocidas y admiradoras. Sin embargo, no eran imágenes de ellas, sólo de sus pies: descalzos, con zapatos de tacón, con tenis. Se llevó la mano a la bragueta, bajó el cierre y comenzó a masturbarse ruidosamente mientras iba pasando las fotos.
  Al poco rato, recostado en la cama, luego de beberse un whisky con agua mineral y dar dos fumadas a un cigarro de marihuana, su rostro se llenó de sombras. Quien hubiese visto sus ojos de cerca, además de lo rojo de su esclerótica, habría advertido que algunas lágrimas porfiaban por salir.
  Se sentía mal. Más que mal. Pensaba en Aurora, su ex novia, quien apenas un par de semanas antes lo había cortado, cuando todo estaba listo para que se casaran. Las familias de ambos estaban felices con aquella inminente boda y todo parecía perfectamente encaminado hacia la unión matrimonial de la pareja, hasta que cierto infausto día, alguien contó a Aurora sobre las infidelidades pedicuristas de su prometido. Ese alguien era una de las muchas mujeres que habían padecido la manía olfatoria de Pánfilo y le dio nombres de otras jóvenes que podrían confirmarle aquello. “Todas lo conocemos como ‘El Huelepiés’, así le decimos”, concluyó.
  Aurora habló con él, lo hizo confesar y lo cortó sin dudarlo. Paradójicamente, a ella jamás le había hecho eso. Nunca mostró alguna preferencia por sus blanquísimos pies de niña bien. De hecho, cuando le preguntó por qué con ella no había mostrado "su desviación", el tipo sólo atinó a balbucear que eso jamás, que a ella la quería y la respetaba mucho, que sólo lo hacía con chavas que no le importaban.
  Se quedó profundamente dormido.
  Ese sábado, Mireya fue a visitarlo y le advirtió que era la última vez que lo haría. Él le dijo que estaba bien, pero que se quitara los zapatos rápido, por favor. Pocas veces olisqueó unos pies con tanta desesperación.
  Dos semanas más tarde, un hombre de veintitantos años descendía de un vagón del metrobús en la estación Campeche de la Línea 1, con dirección a Indios Verdes. Eran las siete y media de la noche. Caminó hacia la salida y al acercarse a las entradas donde aguardaban los pasajeros que se dirigían al sur de la ciudad, lo vio. Ahí estaba el hijo de su puta madre. El mismo musiquete pendejo que había hecho que su novia lo fuera a ver para olerle y chuparle los pies. Lo había descubierto todo al meterse al Inbox de su chava y leer una conversación suya con Pánfilo. Luego de una agria discusión, su relación de tres años había terminado bruscamente. Su sentimiento de odio fue tal que pensó en ir a buscar al bajista para romperle la cara. No obstante, en aquel momento había logrado controlarse.
  Pero ahora era distinto. Ahí estaba el galancete, distraído, con la mirada extraviada, en espera del metrobús que lo llevaría a su casa. El hombre perdió toda calma. El rencor se apoderó de él y sus manos se engarrotaron, mientras empezaban a temblar incontrolables. Estaban a cuatro metros de distancia. Algunas personas se interponían entre ellos, pero pudo ver que Pánfilo estaba parado justo en la orilla para abordar primero. En eso, se escuchó la bocina preventiva del convoy que se acercaba a toda velocidad. No tuvo dudas sobre lo que tenía que hacer. Fue directo hacia el Huelepiés, para llegar momentos antes de que el vagón pasara a su lado. Aquello sería tan sencillo que parecería un accidente. Cuando lo tuvo a su alcance, contó los segundos que faltaban. Cinco, cuatro, tres, dos…
  Todavía alcanzó a ver que el rojo vehículo llevaba rumbo a El Caminero.

Publicado originalmente en el sitio Café con Letras (http://cafeconletras.mx/)

domingo, 22 de enero de 2017

Antoine Doinel

Uno de mis cinco actores favoritos de todos los tiempos, Jean Pierre Léaud, en tres tiempos (mis otros cuatro actores preferidos son James Cagney, James Stewart, Cary Grant y Marcello Mastroianni).



sábado, 21 de enero de 2017

El decálogo de Donald Trump

Empecemos con un lugar común: no hay fecha que no se cumpla o plazo que no se venza. Desde ayer, 20 de enero de 2017, nuevo presidente gringo habemus y en la Casa Blanca (la de Washington) ya está cómodamente instalado el inefable, burdo e impresentable Donald Trump.
  El mundo entero tiembla y México se estremece ante la amenaza que tamaño individuo representa para la paz y la economía globales. ¿Cómo nos irá con el hombre anaranjado a la cabeza del que sigue siendo el país más poderoso del planeta? Muy mal, si el tipo sigue al pie de la letra el siguiente decálogo, tomado de algunos de sus dichos más sonados.
  1.- Las mujeres son en esencia objetos estéticamente agradables. La belleza y la elegancia, en una mujer o en un edificio, sólo es algo superficial y lindo.
  2.- México nos envía a gente que tiene muchos problemas, que trae drogas, crimen y que son violadores.
  3.- Construiré un gran muro y voy a hacer que México pague por él.
  4.- Cuando eres una estrella, las mujeres te dejan hacerles de todo. Agarrarles el sexo..., ¡puedes hacer lo que se te antoje con ellas!
  5.- El calentamiento global fue creado por los chinos para perjudicar a la industria manufacturera de Estados Unidos.
  6.- El Ejército Islámico honra al presidente Obama. Él es el fundador del Ejército Islámico. Es el fundador, ¿entienden? ¡Él lo fundó!
  7.- Este es un país en el que hablamos inglés, no español.
  8.- Hay 26 mil agresiones sexuales sin denunciar en el ejército. ¿Qué esperaban si colocan a hombres y mujeres juntos?
  9.- Poner a una mujer a trabajar es algo muy peligroso.
  10.- Si Hillary no pudo satisfacer a su esposo, ¿cómo va a satisfacer a Estados Unidos?
  Misógino, antimexicano, antichino, antieuropeo, antidemócrata, anti tantas cosas, al menos durante los próximos cuatro años la humanidad se las verá de cara, día con día, con semejante barbaján. Ya veremos cómo nos va.

PD: Mera curiosidad ingenua: ¿la sorpresiva extradición del Chapo Guzmán, justo un día antes de la ascensión de Trump, fue mera casualidad?

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 20 de enero de 2017

Screaming Headless Torsos / Screaming Headless Torsos (1995)

El jazz-rock-funk de este grupo neoyorquino no deja de sorprender por su originalidad, su potencia rítmica y su esquizofrénica capacidad armónica. Encabezado por el excepcional guitarrista David Fiuczynski, el quinteto debutó con este disco que admiraría el propio Miles Davis, a quien rinde homenaje con el tema “Blue in Green”. Un disco que sacude desde la primera escucha.

Mejor tema: “Smile in a Wave”


jueves, 19 de enero de 2017

La oscura calma de The xx

La música de The xx podría parecer demasiado millenial. En especial la de sus dos primeros discos, los excelentes The xx (2009) y Coexist (2012). El grupo británico liderado por Jamie xx y en el que siempre han destacado las voces de Romy Madley Croft y Oliver Sim abre el nuevo año con su tercer larga duración, el sorprendente I See You (Young Turks, 2017). Digo sorprendente porque en este su opus No. 3, la agrupación se arriesga a ser más experimental e incluso más rítmica, con guiños musicales que nos recuerdan a proyectos como Lamb, Autour de Lucie e incluso Morcheeba. Por supuesto, sin olvidar su clásico estilo sosegado, sensual y pleno de angst.
  I See You es una obra sosegadamente apasionada y calladamente intensa. Sólo que a diferencia de los dos álbumes anteriores, la producción ha dejado de ser austera y juega más con la producción y las instrumentaciones; tanto así que se atreven incluso a introducir impensables referencias a Hall & Oats en el tema “On Hold”.
  Esta vez no todas las canciones apuestan por la melancolía y las atmósferas neblinosas. Hay, sí, canciones alegres. Tan alegres como pueden ser proviniendo de The xx, claro. Pero ahí están preciosos cortes como “Say Something Loving” o “I Dare You” para demostrarlo, como hay composiciones en las que la voz de Croft luce en toda su plenitud (escúchense “Lips” y “Performance”). Otras piezas imperdibles son “A Violent Noise”, “Replica” y “Brave for You”.
  I See You no será dentro de doce meses el disco del año, pero no cabe duda de que es una muy buena forma de iniciarlo.

(Reseña que escribí hoy para "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

miércoles, 18 de enero de 2017

Una mujer casada

¿Cómo es que nunca antes había yo visto esta maravilla? Había escuchado hablar de ella como una obra "menor" de Jean-Luc Godard que nada tenía que hacer frente a filmes como Sin aliento, Vivir su vida, Masculino-femenino o Pierrot, el loco. Sin embargo, Una mujer casada (Une femme mariée), filmada en 1964 (el mismo año en que realizó la también muy célebre Bande à part que vi hace algunos días), es una película perfecta: en la puesta en escena, en cada encuadre, en los diálogos, en el ritmo, en el montaje, en las actuaciones, en la maravillosa fotografía en blanco y negro. Es arte cinematográfico en su máxima expresión.
  La anécdota que se narra es muy sencilla: 24 horas en la vida de una mujer que lidia consigo misma para estar con su marido y con su amante. No es un drama, tampoco una comedia. Es la simple existencia de una parisina de la clase media alta a mediados de los años sesenta del siglo pasado. Lo que vale es la estructura, el preciosismo, la distancia que toma Godard para retratar sin moralismos a sus personajes, los finos detalles de humor, la genuina profundidad filosófica e intelectual (en el mejor sentido del término) de varios de los diálogos que contrastan a propósito con otros vacuos y cotidianos.
  En cuanto a las actuaciones, destaca sobremanera la frágil belleza de Macha Méril en el papel de la inquieta Charlotte, una mujer que parece flotar y vagar como una pluma al viento, mientras se debate en su conflicto entre el placer sexual y al amor. Su marido, un piloto aviador con quien tiene un hijo pequeño, y su amante, un actor de teatro clásico que ama a Racine, carecen de personalidad y aunque son inteligentes y más o menos cultos, no parecen suficiente para ella y quizá por ello necesita de ambos.
  Realmente una cinta esplendorosa en la que por cierto se ve mucho de lo que sería años después el cine de Woody Allen. Una obra de arte de la nouvelle vague.

martes, 17 de enero de 2017

Canciones para Donald Trump

“Al principio tenía miedo, estaba petrificado. / Seguía pensando que nunca podría vivir sin ti a mi lado. / Pero luego pasé tantas noches solamente pensando en cómo me habías herido / y me volví fuerte, aprendí a sobrellevarlo... / Sobreviviré. / Mientras sepa cómo amar, sé que estaré vivo. / Tengo toda mi vida para vivir, tengo todo mi amor para dar. / Sobreviviré. / Sobreviviré”.
  Son fragmentos del viejo y célebre tema “Sobreviré” (“I Will Survive”) de Gloria Gaynor que hace algunos días una veintena de estrellas de Hollywood interpretó en un divertido video, a manera de ingeniosa y desafiante protesta contra la inminente llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos.
  El mensaje es claro y lo podríamos cantar millones de habitantes del planeta: a pesar de ti, sobreviviremos.
  No es la única canción que se me ocurre podemos cantarle al hombre de la piel anaranjada. La primera que me viene a le mente es, por supuesto, “Another Brick on the Wall” de Pink Floyd, básicamente por la relación que se le dio con la caída del muro de Berlín (aunque la canción es de origen una dura crítica al sistema escolarizado) y que ahora implica a otro muro: el que Trump quiere construir a lo largo de la frontera con México.
  Otra composición que podemos relacionar con este sujeto es “It’s the End of the World As We Know It” de R.E.M, porque podríamos estar ante el final del mundo que conocemos para entrar a una aterradora dimensión desconocida (por cierto que durante su campaña, el terrible Donald empezó a utilizar esta canción en sus mítines, pero los integrantes de R.E. M. lo demandaron –el vocalista Michael Stype lo llamó “payaso anaranjado”– y tuvo que dejar de usarla).
  Sin embargo, la canción que mejor puede definir a tan detestable y burdo personaje se la debemos a Bob Dylan y lleva por título “The Idiot Wind” que en dos de sus versos dice: “Viento idiota que sopla cada vez que mueves la boca”. No creo que haya que agregar mayores comentarios.
 
(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)