sábado, 12 de mayo de 2018

Meade no cree en las encuestas

Yo tampoco. Al menos no de la manera como a lo largo de una campaña política (así sucedió en 2006, así sucedió en 2012, así sucedió en las recientes elecciones en los Estados Unidos) se les considera casi como un oráculo. Habría que recordar las encuestas de hace seis años y el escándalo que se armó ante su espectacular y rotundo fracaso. O lo que acaba de suceder en las presidenciales de Costa Rica.
  El candidato de la coalición Todos por México, José Antonio Meade, se presentó el martes pasado en Milenio Televisión y entre las cosas que dijo, destaca su afirmación de que él no cree en las encuestas y que la verdadera encuesta es la que se dará en las urnas el próximo domingo 1 de julio. Pienso lo mismo. No porque simpatice particularmente con Meade (estoy cierto de que puede ser un magnífico presidente, pero el fardo que representa traer al PRI en las espaldas es muy pesado), sino porque la historia reciente nos demuestra la falibilidad de las empresas encuestadoras que hacen su trabajo (y qué bueno), pero que no son lo certeras que ellas mismas presumen (y hay que ver en los medios electrónicos a varios de sus representantes y lo presuntuosos que son algunos acerca de sus mediciones, como lo eran en 2006, en 2012, etcétera).
  Andrés Manuel López Obrador y los suyos abominaban de las encuestas (al tabasqueño debemos el adjetivo “cuchareadas”, para calificarlas). Claro, eran encuestas que no les favorecían. Hoy, en cambio, las pregonan a todo pulmón y les dan una categoría de verdad revelada. “Tenemos el 48 por ciento de las preferencias”, regurgitan a la menor provocación. Para los morenazos, ya no hay encuestas cuchareadas y las han aprovechado con gran habilidad (hay que reconocerlo) para crear una percepción que mucha gente toma como una realidad fatal.
  Acúsenme de ingenuo, pero yo no compro esa percepción. Veo a muchos fanáticos de AMLO, pero también a muchos (muchísimos) que no lo quieren en la presidencia.
  Vale, es un lugar común decirlo, pero lo repetiré: la verdadera encuesta tendrá lugar el 1 de julio. Esa es la única infalible.

(Mi columna "Cámara húngara" de hoy en Milenio Diario)

viernes, 11 de mayo de 2018

Para dártelas de entendido en rock (60)

El cantante y guitarrista de blues Blind Willie McTell fue conocido también como Pig n' Whistle Red, Hot Shot Willie, Blind Sammie, Red Hot Willie, Georgia Bill, Peg Whistle Red y Barrelhouse Sammie.

miércoles, 9 de mayo de 2018

On the Beach

Aunque grabado un año después que Tonight’s the Night, por imposiciones de la compañía disquera On the Beach (1974) apareció algunos meses antes que aquél (cosas de las corporaciones, normalmente tan poco consideradas con sus músicos, a pesar de ser éstos quienes les dan sustento y capital). Por fortuna, se trata de un trabajo tan bueno que no influyó negativamente en la carrera de Neil Young y vino a reforzarla de la mejor manera.
  Estamos ante otro álbum de proporciones mayores. Aparecido después del extraordinario y controvertido LP en concierto Time Fades Away, este En la playa está lleno de sarcasmo, desparpajo y un muy filoso buen humor, lo cual se refleja en el tono de las canciones, todas ellas estupendas.
  El álbum arranca con “Move On” –la respuesta cantada de Young a los intregrantes del más tarde malogrado grupo Lynyrd Skynyrd, quienes odiaron al canadiense cuando éste criticó el racismo de muchos sureños en los temas “Southern Man” y “Alabama”– y prosigue con piezas tan buenas como la evocadora “See the Sky About to Rain”, la aterradora y estructuralmente dylaniana “Revolution Blues” (dedicada a… ¡Charles Manson!), la desgarrada e indefinible “For the Turnstiles” (ese banjo, ese banjo), la sensacional “Vampire Blues” (“I’m a vampire, babe / Sucking blood everyday”), la sensual y enigmática (y homónima) “On the Beach”, la sutil y sensible “Motion Pictures” y la híper crítica y fabulosa “Ambulance Blues”, hoy un clásico del folk aunque musicalmente nada tiene que ver con el blues.
  On the Beach es uno de los álbumes más subestimados de Young a pesar de su enorme calidad y urge que sea revalorado.

(Reseña que escribí originalmente para el "Especial" No. 35 de La Mosca en la Pared, publicado en noviembre de 2006)

martes, 8 de mayo de 2018

López Obrador, Saúl Hernández y el rockcito

Me doy cuenta de que mucho del público que sigue al rock hecho en México y la gran mayoría de los músicos que lo interpretan son fans fatales de Andrés Manuel López Obrador, sin importarles que su propuesta represente un regreso a los tiempos en que el PRI era el partido absolutista y omnipotente que todo lo controlaba y el presidente de la república el jefe máximo sin cuya voluntad en el país no se movía una hoja. Esos tiempo en los que en México el rock estaba prácticamente proscrito.
  Hace unos días me topé con un artículo que escribí para El Financiero en septiembre de 1996, hace 22 años, y del cual quiero compartir un fragmento. Quizá su lectura explique algo de la posición de los actuales roqueros obradoristas:
  “Quien esto escribe estuvo en la tocada de Jaguares del pasado viernes 13, en el Auditorio Nacional  y pudo atestiguar que la gente venera a Saúl Hernández de una manera que rebasa la razón y penetra en campos reservados a la fe piadosa. Una palabra, un gesto, cualquier actitud del cantante produce una reacción inmediata de la masa. Si Alejandro Lora sabe manejar al público mediante palabras altisonantes o su sempiterna vociferación ‘¡Que viva el rocanrol!’, Hernández emplea un lenguaje mesiánico y cuasi sacerdotal, con referencias místico-indigenistas que actúan de manera extraña en la mente de sus fanáticos, dispuestos a absorber acrítica y ciegamente un dogma confuso y metafórico. Por eso, cuando el líder de los Jaguares dice algo así como ‘estamos otra vez aquí para seguir haciendo la historia del rock en México’, el rugido de la audiencia es un clamor aprobatorio que no cuestiona ni por asomo la evidente y pretenciosa exageración de la frase. E igual acepta al desafortunado grupo de danzantes autóctonos que abrió el espectáculo, en un lamentable intento coreográfico. Lejos de sentir pena ajena por los pobres compas, la gente rugió su típico y autocompensatorio grito de ‘¡Mé-xi-co, Mé-xi-co!’.
  Llámenme exagerado pero, ¿acaso en el subconsciente de muchos AMLO es como un nuevo Saúl Hernández? Es pregunta.

(Publicado el día de hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 7 de mayo de 2018

Con el talentoso Bernardo Espadas

Lo conocí hace ocho años, cuando era él ya un talentoso músico, un magnífico pianista. Me lo presentó Denisse. En aquel tiempo Bernardo tenía 20 años y se integró a mi efimero proyecto musical Gatos de Arrabal (alterno a Los Pechos Privilegiados). Éramos una agrupación mixta con un pianista (el propio Bernardo), contrabajo (el buen Jorge González), clarinete (no recuerdo el nombre del ejecutante), batería (tampoco lo recuerdo), coros femeninos (Nancy Zahmer y otras dos chavas cuyos nombres he olvidado) y yo en la guitarra y la voz principal. Sonábamos bastante bien, pero por angas o por mangas sólo tocamos una noche, en el Ruta 61 (ni fotos tenemos), y aunque nos fue bastante bien, el proyecto se desinfló. Esto fue en 2009 o 2010.
  Por fortuna, nos mantuvimos como amigos en Facebook y aun cuando casi no teníamos comunicación, la amistad no se rompió. Ahora Bernardo se intregró a mi disco como tecladista en tres de las canciones del mismo. Hoy en la tardecita estuve con él en su estudio y grabamos un piano Rhodes y un órgano Hammond para "Falta de inspiración" y un maravilloso piano híper bluesero para "Regresaste" (la voz se la pondré este lunes en el estudio de Iris y Jehová). Fue una sesión esplendorosa en verdad.

sábado, 5 de mayo de 2018

De fusilamientos y el síndrome de Celia Cruz

El triunfalismo invade a los simpatizantes lopezobradoristas y la soberbia, por lo que consideran un triunfo seguro en las próximas elecciones presidenciales, los hace hincharse como pavorreales (aseguran ellos en las redes que la presencia de Andrés –así le dicen ahora– en un muy cómodo Tercer Grado fue su consagración definitiva y que ya nada ni nadie lo paran).
  Sin embargo, frente a estas percepciones las cosas en Morena no parecen tan calmas. Quizá se deba precisamente a que ya palpan la victoria y eso los llena de ambición, les embota el entendimiento, los hace salivar antes de tiempo y empezar a ver feo a sus congéneres. Cuando menos en los altos niveles del partido.
  Así, el inefable Paco Ignacio Taibo II, además de prometer expropiaciones y fusilamientos en el Cerro de las Campanas, critica acremente al empresario consentido de AMLO, Alfonso Romo, mientras que en una conferencia ante los Rotarios, Alfredo Jalife le pide al propio Andrés Manuel que expulse de Morena a Taibo y al dominicano y muy bolivariano Héctor Díaz Polanco, en tanto un youtuber híper pejista que tiene un canal al parecer muy visto (“El chapucero”) acusa a Tatiana Clouthier y Yeidckol Polevnsky de dejarse deslumbrar por el glamour de la televisión y de hacerle el juego a Televisa, al asistir un día sí y otro también a sus mesas de debate. Dentro de Morena están duros los chingadazos (John Ackerman dixit) y apenas empiezan. No olvidemos que una máxima de la izquierda mexicana es aquella que reza: “pocos pero sectarios” y que las tribus ex perredistas y hoy morenistas suelen terminar en purgas y devorándose entre ellas.
  No sé si el primero de julio gane López Obrador, como hasta ahora indican las encuestas, o si se repita el fenómeno de 2006 y el hoy orondo tabasqueño pierda por una nariz. Lo que sí veo es que tal vez el nuevo himno de ese partido muy pronto será aquel que dice: “Songo le dio a Borondongo / Borondongo le dio a Bernabé / Bernabé le pegó a Muchilanga, le echó a Burundanga / le jinchan los pies”. ¡Azúcar!
(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 4 de mayo de 2018

Para dártelas de entendido en rock (59)

"Smoke on the Water", el popularísimo tema de Deep Purple, con uno de los riffs más conocidos de la historia (en este momento debe haber en el mundo cuando menos diez mil guitarristas tratando de tocarlo), habla en su letra acerca de la ocasión en que Frank Zappa se presentó en el festival de Montreux, Suiza, el 4 de diciembre de 1971, y mientras tocaba su composición "King Kong", alguien lanzó una bengala e "incendió el lugar desde el suelo", es decir, provocó que se incendiara el casino donde Zappa y su grupo se presentaban. Por fortuna, todos salieron ilesos.

jueves, 3 de mayo de 2018

(Des)vergüenza ajena

Asisto a la conferencia de prensa en la que se presenta el primer álbum como solista del ex caifán Sabo Romo (sss, BMG Ariola, 1996). Llego un poco tarde y ya todos los lugares están ocupados por numerosos reporteros de la llamada fuente roquera. Al centro, presidiendo el asunto, Romo habla con sonrisa de autosuficiencia, como aquel que vive en las alturas y desciende generoso a repartir algunas migajas de su inconmensurable talento. Es un monólogo en extremo aburrido, pero al ver los rostros de los demás colegas, noto que casi todos contemplan al músico con ojos de beatífica adoración. Mientras devoran las viandas colocadas ex profeso en una amplia mesa, ríen estruendosos ante cada una de los bromas del susodicho, las celebran con carcajadas que buscan ser notadas por él, por el semidiós que los mira benevolente.
  Cerca de una hora después de aquel tormento (que de manera estoica soporto de pie) y de preguntarme en repetidas ocasiones qué carajos estoy haciendo ahí, llega la sesión de preguntas. Por Dios, qué interrogantes más complacientes, dispuestas todas en bandeja de plata para que Romo se luzca (es un decir) con varias más de sus ingeniosidades. Y cuando el bajista contesta a alguno de sus súbditos y lo llama por su nombre, éste no puede menos que esponjar el plumaje y voltear con sonrisa presuntuosa hacia los envidiosos que no tuvieron la fortuna, ¡ay!, de tamaña distinción.
  ¡Ah, pero aún falta el momento culminante! Uno de los decanos de la fuente toma la palabra y habla de su “entrañable amistad con Sabo”. Este responde y comienza a ensalzar a su interlocutor, colocándolo de plano en el cielo mismo de los inmortales. El otro entonces regresa las loas, los ditirambos, las lisonjas, en un tenístico torneo de elogios mutuos que sonrojaría a cualquiera, menos a la mayoría de los ahí presentes.
  No puedo más y busco la salida, el aire puro, el alejamiento de la estulticia. Así está nuestro periodismo roquero, en el subdesarrollo absoluto. (Acerca del disco, sólo diré que el título es en sí mismo una gigantesca falta de ortografía; en lugar de sss, debió llamarse zzz).

(Crónica que escribí para mi columna "Bajo presupuesto", de la sección cultural del diario El Financiero, y que se publicó el 14 de febrero de 1997)

miércoles, 2 de mayo de 2018

4 3 2 1

Terminé, luego de más de tres meses de estar sumido en sus páginas todos los días (páginas electrónicas, porque lo leí como e-book), la monumental y más reciente novela (que algunos dicen será la última) del escritor neoyoquino Paul Auster.
  Nunca había leído a Auster y debo decir que el libro me atrajo de tal forma que su personaje principal, Archibald Ferguson, se convirtió en un miembro más de mi familia a lo largo de unos cien días. 4 3 2 1 narra la vida de Ferguson, desde la infancia hasta los 21 años, pero en realidad lo que leemos es la vida de cuatro Ferguson, cada uno con un mismo origen familiar (su abuelo judío llegó a los Estados Unidos, desde Rusia, a principios del siglo pasado y al registrarse quiso cambiar de apellido y ponerse Rockefeller, pero una confusión burocrática hizo que lo llamaran oficialmente Ferguson), aunque con una vida que toma diferentes derroteros, distintos destinos.
  La tesis de Auster (que comparto) es que cada cosa que nos sucede cada día, cada decisión que tomamos en la rutina diaria, hace que el camino de nuestra vida se vaya bifurcando por distintas rutas y que lo que somos hoy, pudo ser de muy otra manera. De cuatro maneras, en el caso de Archie Ferguson. Eso es lo que vuelve fascinante a esta novela, a pesar de que lo que nos narra nada tiene de épico o de aventurero. No es como un relato de Jack London o Ernest Hemingway. Tiene mucho más que ver con Philip Roth, por ejemplo, aunque más cotidiano aún. Lo que vamos conociendo en paralelo, en cuatro planos, es como la vida común del personaje principal (seguramente un alter ego del propio Auster) se desarrolla. Sus estudios, sus intereses vitales (la literatura, la música, el cine, el beisbol, el basquetbol, la familia, los enamoramientos, el sexo -al menos dos de los Ferguson son bisexuales-, los viajes -París y Nueva York, sobre todo-, la política, etcétera).
  La novela es también un fresco sobre la historia de los Estados Unidos en los años cincuenta y sobre todo en los sesenta del siglo pasado y eso le da un contexto que la hace más interesante (aunque al final se centra demasiado en las protestas estudiantiles dentro de la universidad de Columbia).
  ¿Qué pudo ser un poco más corta? Es cierto. ¿Qué el final se siente precipitado? También. Sin embargo, el balance es que se trata de una gran novela y que a pesar de su longitud (¡900 páginas!), nunca se vuelve pesada o aburrida. Gran libro 4 3 2 1. En todos los sentidos.

martes, 1 de mayo de 2018

La computadora sucia de Janelle Monáe

Es apenas su tercer disco a lo largo de ocho años, luego de su más que extraordinario y explosivo debut con The ArchAndroid de 2010 y el excelente The Electric Lady de 2013. Un lustro más tarde, esa fantástica creadora de imaginación musical inagotable que es Janelle Monáe regresa con Dirty Computer, para dejarnos boquiabiertos una vez más.
  Nuevamente al lado de sus fieles aliados musicales, The Wondaland, Monáe nos entrega una grabación impecablemente producida, pero alejada de cualquier frialdad tecnológica. Esta vez no hay tantas alusiones a la ficción científica (su amada sci-fi), pero sí muchas de sus fantasías transformadas en composiciones de una riqueza fastuosa. Color y calor. Sensibilidad e inteligencia. Pasión y ternura. Todo eso existe en este brillante trabajo que demuestra que el calificativo de genial encaja sin problema con la obra de esta joven cantante y autora, nacida hace apenas 32 años en la musicalmente  mítica ciudad de Kansas.
  Si con alguien podríamos comparar a Janelle Monáe (aunque de manera relativa y con matices) es con Prince y en el octavo corte del álbum, el sensacional tema funky “Make Me Feel”, la presencia del propio artista de Minnesota está más que presente.
  No se crea sin embargo que estamos ante un clon femenino del creador de “Purple Rain” y “Cream”. Monáe va mucho más allá, con un estilo propio que no ha perdido desde que sorprendiera al mundo de la música con su disco debut. De ahí la grandeza de composiciones de este nuevo opus, como “Take a Byte”, “Django Jane”, “PYNK”, “So Afraid” o “Americans”.
  El disco cuenta con algunos músicos invitados, entre quienes destacan Zoë Kravitz, Grimes, Pharrell Williams y nada menos que Brian Wilson, con quien interpreta la muy beachboyana, breve (apenas dos minutos) y homónima “Dirty Computer” con la que abre el larga duración.
  Janelle Monáe es poco conocida en México. Los medios no le han dado a su música la importancia que tiene. Búsquela y disfrútela, estimado lector. Puedo asegurarle que no se arrepentirá.

(Mi columna "Gajes del orificio" de hoy en la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 30 de abril de 2018

Las groupies, esas acosadoras

Quizá sea el de la música uno de los campos en donde más se produzca el acoso sexual, si bien histórica y paradójicamente (aunque no evidentemente) muchas veces este se haya dado en sentido inverso, es decir, no de manera predominante por parte de los hombres hacia las mujeres, sino precisamente al contrario. Intentaré explicar este galimatías.
  Por cuestiones que no logro vislumbrar del todo (y desconozco si existen estudios de genero sobre el tema), desde sus orígenes la creación musical ha provenido más del talento del sexo masculino que del femenino. De un modo cuantitativo al menos. En ese sentido, la música podría considerarse como un arte machista.
  Desde sus orígenes más antiguos hasta la era del avant-garde, los grandes compositores han sido en su inmensa mayoría varones. Del canto gregoriano a la música concreta, pasando por el renacentismo, el barroco, el clasisismo, el romanticismo, la ópera, el impresionismo, el modernismo. Monteverdi, Bach, Händel, Telleman, Vivaldi, Haydn, Mozart, Gluck, Beethoven, Tchaikovsky, Rachmaninoff, Debussy, Mahler, Ravel, Satie, Stravinsky, Stockhausen, Strinberg, Berg, Cage. Hombres todos. ¿Alguna compositora de esas alturas. Tal vez sólo Hildegarda de Bingen, en el siglo XII.
  ¿Grandes creadores del jazz? Armstrong, Parker, Coltrane, Davis, Evans, Nelson, Mingus, Monk. ¿Mujeres? Hay nombres grandiosos, desde Bessie Smith y Memphis Minnie, hasta Ella Fitzgerald y Billie Holiday, pero casi todas interpretaban canciones escritas por hombres. Algunas componían, como Nina Simone o la propia Holiday, mas constituían la excepción que confirma la regla, al igual que sucedía en el rock, el tango o la música popular en general.
  Pero, ¿qué tiene que ver el machismo intrínseco de la música con el acoso? ¿Han sido los grandes monstruos musicales grandes monstruos del abuso sexual? Algunos han tenido fama de insaciables, como Jimi Hendrix o Mick Jagger, pero no se les acusó jamás de abusadores. De hecho, no parece haber muchos datos al respecto.
  Para no desvariar, centrémonos en uno de los géneros más falocéntricos (hasta me sentí feminista al escribir ese término: fa-lo-cén-tri-co). Me refiero al ya mencionado rock.
  Desde sus inicios durante la década de los años cincuenta de la centuria pasada, el rock fue un género dominado por un género: el masculino. Las mujeres jugaron en un principio un rol si no marginal, al menos sí muy menor, casi siempre como meras intérpretes de canciones que les eran impuestas por las casas disqueras y sus directores artísticos.
  Sin embargo, había otra actividad aledaña que miles de mujeres empezaron a jugar en el mundo, un papel que desde el punto de vista del feminismo actual podría considerarse humillante y despreciable, pero que no parecía disgustar en absoluto a las jóvenes y no tan jóvenes que lo llevaban a cabo. Me refiero al papel de las llamadas groupies.
  Aunque ya desde las años cuarenta y cincuenta algunos cantantes contaban con seguidoras que los admiraban de manera incondicional (Frank Sinatra es un ejemplo claro), no fue sino hasta la aparición del rock n’ roll en los cincuenta y sobre todo del rock en los sesenta que las groupies pasaron de ser meras fanáticas que se desgañitaban en las actuaciones de sus artistas favoritos a representar algo mucho más cercano e íntimo con estos.
  Las groupies eran mujeres que lograban aproximarse de uno u otro modo a los músicos para convertirse en sus amantes de ocasión, en sus dadoras de placer, en sus corderitas obedientes, en sus aparentemente pasivas y complacientes hembras. Sin embargo, las cosas no eran del todo como parecía a simple vista. Muchas de estas groupies en realidad ejercían el papel de dominatrices y lograban un franco –para usar una palabreja de moda– empoderamiento.
  Organizaciones de groupies como las Plaster Casters, cuya meta era moldear en yeso los penes de las estrellas del rock y mostrarlas como trofeos escultóricos, en realidad lograban controlar la voluntad de vocalistas, guitarristas, tecladistas, bateristas y demás.
  También había groupies que presumían su calidad de cazadoras de rockstars y daban a conocer con orgullo las listas de personalidades a las que se habían llevado a la cama. Varias de ellas empezaron a convertirse en acosadoras (y no sólo sexuales) de los músicos, como lo fueron muchos de los llamados clubes de admiradoras que exigían determinados privilegios (discos, entradas gratuitas a las presentaciones, algún tipo de cercanía con sus admirados, etcétera). La presión acosadora y chantajista de muchos de estos clubes llegaba a ser insoportable en ciertos casos, dado el fanatismo de sus integrantes (¿o sería más políticamente correcto decir integrantas?).
  Hace ya algunos años, me tocó atestiguar cómo algunas quinceañeras se metían de manera subrepticia a un hotel de la ciudad de Hermosillo, en Sonora, para tratar de llegar a los cuartos de un grupo musical que ahí se hospedaba en la víspera de su concierto. Yo iba como periodista invitado para cubrir la gira y al ir caminando por un pasillo al lado de mi fotógrafo, fuimos identificados como parte de la comitiva de aquel grupo y empezaron a perseguirnos con gritos histéricos. Tuvimos que correr y a duras penas alcanzamos a llegar a nuestras habitaciones para escondernos. El susto fue mayúsculo. Aquellas demenciales mocosas daban terror.
  Groupies y admiradoras pueden convertirse en peligrosas acosadoras de los músicos y hasta de las músicas, como se vio en el caso de Selena, la cantante de tex mex asesinada por la presidenta de su propio club de fanáticas, quien se había convertido en una pesadilla para la infortunada vocalista.
  Sé que el de las groupies no es un problema de acoso que se considere en los estudios de género, pero no está por demás mencionarlo. A riesgo de ser considerado un furibundo macho antifeminista.
  Ni modo.

(Artículo que escribí para el No. 1 de la revista Dorsia)

domingo, 29 de abril de 2018

Un inusual círculo perfecto

Para los seguidores más aferrados de A Perfect Circle, su nuevo álbum, Eat the Elephant (BMG, 2018), puede resultar casi como un caso de alta traición. Pitchfork lo ha definido incluso como un disco de “adulto contemporáneo alternativo” que viniendo de esa revista es lo más parecido a un insulto. Y sin embargo...
  Es cierto que este nuevo trabajo de la mancuerna creativa formada por Maynard James Keenan y Billy Howerdel resulta notoriamente distinto a sus anteriores trabajos como A Perfect Circle, los estupendos Mer de Noms (2000) y Thirteenth Step (2003), así como su peculiar álbum de covers eMOTIVe (2004), ello para no hablar de su extraordinaria obra discográfica con Tool.
  Catorce años después de su última grabación, el círculo perfecto regresa con este Eat the Elephant tan inesperado como desconcertante. Desconcertante porque su música poco tiene que ver con el sonido proto metalero de sus dos primeros opus. Esta vez, el grupo apuesta por un sonido más accesible, no precisamente más pop pero sí más melodioso y menos duro, con letras altamente críticas ante la actual realidad del mundo y de la sociedad, una sociedad muy distinta a la de 2004, cuando aún no estaba a la vista la preeminencia de la tecnología de bolsillo, de las fake news o de las desconfiables aunque necesarias redes sociales. En este virtual disco de protesta, las letras de Keenan hablan de la enajenación, de la corrupción, de la guerra, del culto a la selfie y de los cuerpos de plástico, todo ello envuelto en una música que si bien es accesible para cualquier escucha –y en ese sentido podría volverse masiva y dejar de ser para un pequeño grupo de iniciados–, también resulta compleja, gracias a  la creación de atractivas atmósferas que nos seducen o nos mueven hacia los terrenos de la épica.
  De ese modo, desde la inicial y homónima “Eat the Elephant” nos vemos envueltos por un ambiente hipnótico y melancólico, mientras la voz de Keenan nos conmueve con irresistible dulzura. Luego vendrán maravillas como “Disillusioned” (glorioso canto contra la sobrevaloración de la tecnología moderna con ecos de Depeche Mode) y “The Doomed” (un himno sardónico en lo que todo es dicho a contrario sensu, mientras la música nos remite un tanto al viejo Tool). Otras altas cumbres del disco son la cuasi popera y hasta divertida “So Long, and Thanks for All the Fish”, la fantástica “Talk Talk” (con ecos de King Crimson), la solemnemente hermosa “By and Down the River”, la ominosa y proto industrial “Hourglass”, la elegante (e inquietante) “The Contrarian” y la concluyente y acompasada (¿es trip-hop?) “Get the Lead Out”.
  Keenan y Howerdel tardaron varios años en confeccionar este álbum y la paciente elaboración valió la pena. Fácil habría sido mirar al pasado y repetir fórmulas. Lejos de eso, Eat the Elephant nos presenta a un nuevo A Perfect Circle. ¿Mejor? ¿Peor? ¿Tan sólo diferente? Que cada escucha lo decida por sí mismo.

(Texto que me publicó el día de hoy la sección "Un triste domingo" de la revista Siempre!)

sábado, 28 de abril de 2018

Los saldos del debate

Casi una semana ha pasado desde que se llevó a cabo el primer debate entre los cinco candidatos a la presidencia de la República. Como era previsible, los seguidores más aferrados de cada uno de ellos dio como ganador a su favorito. Pero como dicen por ahí, los debates no dan ganadores sino perdedores y aunque no veo a un derrotado definitivo, sí creo que algunos perdieron más que otros.
  José Antonio Meade perdió un poco por su participación un tanto gris, a pesar de ser quién dio algunas propuestas sólidas y fundamentadas. Su personalidad, más ligada a la tecnocracia que a la política, sigue jugando en su contra.
  Margarita Zavala también perdió un poco, por su nerviosismo y su atropellada dicción que de pronto hacía que no se entendiera lo que quería decir. Creo que sus énfasis oratorios fueron excesivos y sobreactuados en algunos momentos.
  Andrés Manuel López Obrador fue el que más perdió. No entre sus seguidores, no entre su voto duro que le perdona y le justifica todo, pero sí entre el electorado indeciso, aquel que aún no sabe por quién votar. Pienso que su actitud hosca y apática, su silencio ante los cuestionamientos directos, su desdén y su soberbia ante el propio debate, así como su terrible lenguaje corporal (no olvidemos que en política la forma es fondo), no lo favorecieron en absoluto.
  Desde mi punto de vista, quienes menos perdieron y hasta se puede decir que ganaron fueron Ricardo Anaya y Jaime Rodríguez Calderón, “El Bronco”. Este último, porque prácticamente partía de cero y sus locas ocurrencias y su peculiar humorismo seguro le atrajeron simpatías.
  Anaya fue el más articulado, el que mejor se preparó, quien polemizó con más brillantez y quien supo capotear con más habilidad los ataques. No me extrañaría ver que en las próximas encuestas ocupe ya un definitivo y promisorio segundo lugar, con tendencia a seguir subiendo.
  Dicen que los debates no sirven para sumar puntos, pero creo que los dos que siguen pueden determinar muchas cosas. Por lo pronto, gracias al del pasado domingo, ya no hay un solo contendiente.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 27 de abril de 2018

Para dártelas de entendido en rock (58)

En la mayoría de los colegios y universidades de los Estados Unidos se acostumbra publicar anuarios, en los que aparecen las fotografías de los alumnos, así como algunos mensajes de estos. Cuando era estudiante, Bob Dylan (aun se llamaba Robert Zimmerman) escribió una vez, en el anuario de su escuela, a los 20 años de edad, que su más grande sueño era... ¡ser integrante de la banda de Little Richard! (algo que sí lograría Jimi Hendrix, aunque no le fue tan bien).   

jueves, 26 de abril de 2018

Jorge, ya diez años ha

Duele recordar que hoy se cumplieron diez años de la muerte de mi hermano Jorge. Diez años han pasado ya de aquella tristísima mañana en que me llamó mi hermana Ivette para avisarme que nuestro hermanito había fallecido. No entraré en los pormenores de ese día tan difícil, tan terrible, tan doloroso. José Jorge García Michel. Pensar que si te hubieses atendido a tiempo o si la noche anterior hubieras aceptado que te llevaran al hospital, muy posiblemente seguirías aquí y estarías por cumplir los 57 años. Pero no fue así. Te negaste a ser visto por un médico y aún no entiendo por qué.
  Sé que Georgie, el hijo consentido de mi papá, seis años menor que yo, ahora está con él y con nuestro otro hermano, Sergio, quien se iría dos años después. Y está con los cuatro abuelos y con mis tíos Luis y Teresa que murieron en esos mismos tristísimos días del bienio abril-mayo de 2008, al igual que mi querido amigo Paco Cantú. Pero bueno, así se dieron las cosas y ya no hay manera de remediarlo. Te recuerdo, Jorge, Te amo desde acá y sé que estás cerca.

miércoles, 25 de abril de 2018

Caras y gestos

Contra lo que podría pensarse, no voy a escribir acerca del gustado recuadro que con sus caritas irónicas aparece todos los días en la sección deportiva de nuestro periódico. Más bien, se trata de comentar una actitud que ya resulta enfermiza en gran cantidad de grupos mexicanos de ¿rock? Me refiero a esa manía que tienen por parecer cada vez más histéricos, más oligofrénicos. Y las muestras sobran.
  Por ejemplo, en el video de la canción “Ja, ja, ja” de La Lupita, que MTV y otros canales proyectan ad nauseam, los integrantes del grupo se pasan más de tres minutos haciendo gestos “chistosos” a la cámara. Si de una excepción se tratara, estaría bien y ya. Lo malo es que existe una especie de consigna que determina que las “bandas” roqueras nacionales tienen que gesticular, brincotear, aullar y decir la mayor cantidad de estupideces que se les ocurra en el menor tiempo posible. Véanse si no otros videos, como los de Café Tacuba o Las Víctimas del Doctor Cerebro –nunca un nombre fue tan perfectamente definitorio de la (in)sustancia de un grupo– o léase casi cualquier entrevista o atiéndase ese programa televisivo para descerebrados que se llama Rock líquido y que pasa los miércoles por Canal 7 de TV Azteca. ¡Por Dios, qué sarta de agresiones a la inteligencia de los espectadores, de los escuchas y de los lectores potenciales!
   Increíblemente, buena parte del rockcito mexicano continúa en el mismo nivel de hace treinta y tantos años, cuando los Hooligans agitaban sus neuronas al compás de “despeinada, ja ja ja ja” y los Rockin Devils nos espetaban con toda impunidad su “quítate ya de aquí perro lanudo, déjame estar solo con mi novia”. Ahora sus letras dicen cosas como “hiciste lo imposible por hacerme infeliz, pero yo gozo bien sabroso como una lombriz”. Nada ha cambiado. Nada. ¿O cómo es posible que Alejandro Lora mantenga el mismo discurso de hace veintitantos años y siga gritando “¡Qué viva el rocanrol” a la menor provocación?
  Esa actitud de ser relajientos, graciosos y “bien prendidos” lo que refleja no es la esencia desmadrosa de la juventud mexicana, sino el retraso intelectual y cultural de seudo músicos cuyo máximo anhelo continúa siendo volverse ricos y famosos a la brevedad posible, aparecer en Siempre en domingo y En vivo, en MTV, en Rock líquido, en Notitas musicales y en la revista Eres. ¿Hacer arte? ¿Crear obras que trasciendan? ¡Por favor! ¡Esas son metas de la premodernidad! ¿Pues en qué país creen que estamos?

(Publicado en mi columna “Una pálida sombra” de la sección cultural del diario El Financiero, el 16 de abril de 1996)

martes, 24 de abril de 2018

Sting y Shaggy, feliz combinación

Ya era hora de que el hombre volviera a sonreír y ponerse festivo. Nadie puede dudar de la calidad de la música del inglés Gordon Matthew Thomas Sumner, mejor conocido como Sting, pero hay que admitir que siempre le dio por escribir canciones con un cierto grado de melancolía y emociones no del todo felices. Incluso desde su etapa inicial con The Police, había algo de angst en sus composiciones.
  Pero justo en esa época también empezó a abrevar del reggae, género que adaptó al rock junto con Andy Summers y Stewart Copeland para crear un estilo que fue imitado por muchos (en México, abiertamente por Maná). Es al reggae que Sting regresa ahora, en pleno 2018 y a sus 66 años de edad, con este disco en colaboración con el jamaicano (jamaiquino se decía aún hace poco) Shaggy, un dueto que funciona a las mil maravillas y que ha hecho de 44/876 un álbum lleno de sol, de luz, de calor, de optimismo y de belleza rítmica.
  El flamante plato debe su nombre a los códigos telefónicos de larga distancia de los países de ambos músicos y se trata de una deliciosa colección de doce temas originales con el más fino y contagioso reggae.
  Quizás el único pero que le pondría a esta obra es su producción, demasiado apegada a los usos y costumbres del pop actual, es decir, con un empleo excesivo de los recursos del estudio de grabación, haciendo a un lado el sonido más orgánico que daría un grupo de acompañamiento con instrumentos reales. Aun así, el disco suena más que bien y al final resulta muy grato, con canciones tan buenas como “Morning Is Coming”, “Don’t Make Me Wait”, “Waiting for the Break of Day”, “22nd Street” y “Just One Lifetime”, en las que la combinación contrastante entre la voz aguda de Sting y la voz grave de Shaggy funciona a las mil maravillas.
  No es el mejor álbum del año ni creo que aspire a tal cosa. Es tan sólo un trabajo muy grato de reggae-pop, cuyas posibilidades comerciales (que las tiene) no obstan para recomendarlo como una obra digna de entrar en la colección de música del lector.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 23 de abril de 2018

Caifanes: del subterráneo al Canal de las estrellas

Admirados y vilipendiados, amados y criticados, factor de división entre una crítica que los alaba sin rubores y otra que los pulveriza sin piedad, Caifanes es sin duda una de las agrupaciones clave del llamado nuevo rock mexicano. Conformada hace cerca de siete años, cuando dejaron su antiguo nombre de Las Insólitas Imágenes de Aurora (denominación bajo la cual se habían transformado en banda de culto de un grupo de seguidores de la clase media intelectualizada de Coyoacán y anexas), Saúl Hernández, Alfonso André, Alejandro Marcovich, Diego Herrera y Sabo Romo iniciaron una aventura que los ha llevado a grados de popularidad que para un grupo de rock mexicano resultan todavía insólitos.
  Si bien en un principio mantuvieron un estilo musical e incluso físico que era una especie de calca de lo que hacía en Argentina el grupo Soda Stereo (calca a su vez del quinteto británico The Cure), poco a poco fueron evolucionando hasta conseguir un sello más propio y distintivo, sobre todo gracias al timbre de su vocalista, Hernández, quien paulatinamente consiguió dejar de imitar al cantante de Soda Stereo y a Robert Smith y cuando menos logró una cierta identidad propia.

Esa negra linda me hizo famoso
Ocioso sería detallar aquí lo que fue, año con año, la carrera de Caifanes, ya que la mayor parte de los aficionados al rock nacional la conocen al dedillo. Cabe señalar, sin embargo, el parteaguas que resultó para ellos la peculiar grabación de una vieja melodía tropical, “La negra Tomasa”, que de golpe los metió en el gusto popular, no sólo de los roqueros, sino de un público mucho más amplio: aquel que gusta de escuchar estaciones de radio especializadas en baladistas, comprar revistas del tipo de las actuales Eres o Circo o soplarse las interminables horas que dura el programa Siempre en domingo, conducido por el pontífice de la TV mexicana: Raúl Velasco.
  Con esa canción, el grupo se vio de pronto metido en un medio al que cuando menos aparentemente no pretendía acceder. Aparecía en las portadas y los anuncios televisivos de publicaciones frívolas y dirigidas a un público cuyo coeficiente mental es menor al de un chimpancé oligofrénico; actuaba en emisiones tan prestigiadas como las de Verónica Castro, el ya mencionado Velasco o el inefable Paco Stanley; sus piezas, de “La negra Tomasa” en adelante, eran tocadas lo mismo en estaciones ultracomerciales que en las populacheras y tropicalonas. Eran los gajes de la fama, los sacrificios que debían ofrendar en aras de una popularidad masiva que si no había sido buscada, cuando menos fue aceptada sin demasiados peros.
  Con el arribo de Caifanes al mundo del espectáculo made in Televisa, las puertas del monopolio comenzaron a abrirse para otras agrupaciones. Fue así como, de la noche a la mañana, los jerarcas de los medios más mediatizadores del país descubrieron que el rock nacional podía ser un buen negocio y abrieron generosamente sus puertas a “bandas” como La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Fobia, Café Tacuba, Rostros Ocultos, Maná y alguno que otro etcétera. Y dieron en el blanco: los discos de estos músicos –que del gueto saltaron a los almohadones de plumas, las limusinas (alquiladas) y los guaruras (verídico)– comenzaron a venderse como pan caliente y surgió ahí una veta que hasta hoy sigue siendo más que lucrativa.

I wanna be a rock n’ roll star
Convertidos los ex marginales en superestrellas huehuenches, el siguiente paso fue internacionalizarlos. Caifanes fue uno de los baluartes en ese sentido. Gracias a la difusión del “Canal de las estrellas” en numerosos países, el grupo consiguió darse a conocer en toda Iberoamérica, en los Estados Unidos, España y algunos otros puntos del orbe. Sus discos (Caifanes, 1988; El diablito, 1990; El silencio, 1992) fueron cada vez más vendidos y todo parecía como un cuento de hadas. Hasta la revista norteamericana Rolling Stone les dedicó un comentario de un sexto de página, algo antes sólo logrado en nuestro país por Luis Miguel.
  Después de la grabación de El silencio, producido nada menos que por el ex Frank Zappa y ex King Crimson Adrian Belew (cuyo trabajo resultó bastante deficiente a decir de varios críticos), los rumores sobre una escisión en el grupo comenzaron a rondar por los corrillos y bajos fondos roqueros. Pronto dichos rumores cobraron visos de  verdad, cuando se anunció la salida del bajista Sabo Romo por problemas internos que no fueron dados a la luz pública. El hecho coincidió con los festejos de los seis años de la formación del quinteto, celebración que se llevó a cabo por medio de un concierto a lleno total en el Palacio de los Deportes, en abril de 1993. Después de la exitosa presentación, Romo se fue a engrosar las filas de Aleks Syntek y la Gente Normal, logrando el consenso absoluto de que daba un terrible paso atrás. Su lugar ha sido ocupado por algunos bajistas eventuales que, según los fanáticos del grupo, no han logrado llenar sus zapatos. Más tarde, el tecladista y saxofonista Diego Herrera siguió los pasos de Sabo y hoy día es flamante director artístico de BMG Ariola, lo cual nos viene a mostrar que pasar de roquero a yupi no es del todo difícil.
  ¿Y ahora qué? ¿Qué se puede esperar de Caifanes para los tiempos por venir (tan conflictivos de por sí)? ¿Volverán a sus raíces subterráneas, una vez probadas las mieles del éxito comercial y la fama, o se irán por el caminito fácil de lo probado y lo seguro, negándose a experimentar creativamente? Como diría el maestro Bob Dylan: la respuesta está en el aire.

(Publicado en la revista La Mosca en la Pared No. 1, febrero de 1994)

domingo, 22 de abril de 2018

Rockeros y roqueritos

Hablar de las diferencias entre rockeros y roqueritos es más, mucho más que referirse a simples distinciones semánticas. Porque son numerosas las divergencias entre estas dos especies, pertenecientes ambas a esa peculiar fauna entomológica que surgió a partir del rocanrol. ¿Qué es lo que distingue a cada sector, cuando menos en México? Veamos.

–Los rockeros saben que el rock nació en el delta del río Mississippi y sus raíces son negras. 
–Los roqueritos suponen que el rock nació en las riberas del río de La Plata y que sus raíces son bonaerenses.
–Los rockeros consideran a Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis y Elvis Presley como algunos de los pioneros de esta música.
–Los roqueritos tienen a Charly García, Fito Páez, Soda Stereo y los Enanitos Verdes como fundadores de la misma.
–Los rockeros valoran al rhythm and blues de los cuarenta y los cincuenta como la raíz primigenia del rock. 
–Los roqueritos no tienen idea de lo que es el rhythm and blues de los cuarenta y los cincuenta y creen que las raíces se encuentran en las canciones de Parchis y Timbiriche.
–Los rockeros son hijos de la radio. 
–Los roqueritos son hijos de la televisión.
–Los rockeros crecieron escuchando a Elvis, los Beatles, los Rolling Stones, los Who, los Kinks, los Doors, Hendrix, Clapton, Bowie, etcétera. 
–Los roqueritos crecieron llenando sus oídos con las melodías de Cepillín, Menudo, Flans, la Onda Vaselina, etcétera.
–Los rockeros están íntimamente relacionados con la contracultura de los años sesenta.–Los roqueritos están íntimamente ligados con la filosofía de Raúl Velasco y del Canal de las Estrellas.
–Los rockeros llegaron a creer que el rock es un modo de vida.
–Los roqueritos están convencidos de que el rock debe ser un modus vivendi.
–Los rockeros muestran muchas reservas críticas acerca del llamado rock mexicano.
–Los roqueritos tienen la creencia religiosa de que el rock mexicano está a la altura del de cualquier parte del mundo.
–Los rockeros privilegian el escuchar sobre el bailar.
–Los roqueritos privilegian el slam sobre cualquier posibilidad de escuchar.
–Los rockeros piensan que el rock debe ser universal.
–Los roqueritos afirman que el rock debe ser nacionalista y suelen caer en el chauvinismo y la xenofobia más fascistoides.
–Los rockeros se reconocen por su actitud.
–Los roqueritos son traicionados por sus actitudes.
–Los rockeros aman la música.
–Los roqueritos aman el bluff.
–Los rockeros desconfían de la excesiva comercialización en que ha caído el rock a partir de los ochenta.
–Los roqueritos ansían entregarse en manos de la comercialización con tal de lograr una fama rápida e inmediata.
–Los rockeros desconfían de la demagogia facilona.
–Los roqueritos lanzan proclamas seudopolíticas y panfletarias a la menor provocación.
–Los rockeros tienen como ideal crear buena música.
–Los roqueritos tienen como ideal aparecer en el programa de Paco Stanley.

(Publicado en mi columna “Una pálida sombra” de la sección cultural del diario El Financiero, el 23 de julio de 1996)

sábado, 21 de abril de 2018

Slim fast

No sé qué tanto pueda influir en las preferencias electorales. Nada quizá por el momento. Sin embargo, cuán sorpresiva fue la conferencia de prensa a la que convocó Carlos Slim para establecer su posición ante la controversia suscitada por la construcción del nuevo aeropuerto internacional de la Ciudad de México.
  Muchos pensábamos que en el fondo, discretamente, Slim seguía siendo un aliado de Andrés Manuel López Obrador, como lo fue cuando el tabasqueño era jefe de gobierno del ex Distrito Federal. Pero qué equivocados estábamos. Las fuertes críticas del más poderoso hombre de empresa de México y una de las personas más ricas del planeta, a la loca idea de clausurar las obras del NAICM y levantar el nuevo puerto aéreo en la base militar de Santa Lucía, resultaron inusitadas y la inmediata y visceral respuesta de López, al afirmar que Carlos Salinas y el presidente Peña Nieto habían enviado al ingeniero Slim en plan de mandadero, demostraron que el rompimiento entre AMLO y el empresario es un hecho (y al parecer desde hace largo tiempo).
  ¿Qué consecuencias tendrá esto en el futuro inmediato, en vísperas del primer debate entre los candidatos a la presidencia y a poco más de dos meses de la jornada electoral? No lo sabemos. Dicen que las encuestas aún no lo reflejan (ahora todos los que criticaban hace seis años a las encuestas creen ciegamente en ellas) y que Andrés Manuel sigue viento en popa hacia Palacio Nacional. Yo no estaría tan seguro.
  El hecho real es que varios de los poderes fácticos de este país e incluso de más allá de nuestras fronteras muestran cada vez una mayor aprehensión hacia la candidatura de López Obrador, un temor que va creciendo. ¿Cómo interpretamos eso? ¿Cómo lo leemos?
  No se trata de caer en alarmismos, pero hay intereses económicos, sociales y políticos que se sienten abiertamente amenazados por las cotidianas y muchas veces soberbias declaraciones de quien ya se siente presidente de México. Y así lo ven también, como virtual presidente, muchos de sus seguidores. Como lo veían hace doce y hace seis años.
  Lo cierto es que todavía quedan algunas cosas por vivir.

(Mi columna "Cámara húngara" de hoy en Milenio Diario)

viernes, 20 de abril de 2018

Para dártelas de entendido en rock (57)

Se dice que al tocar en reversa la canción "Empty Spaces" del disco The Wall de Pink Floyd, uno puede escuchar las palabras "You have now discovered the secret message of rock 'n roll... Please write" ("Ahora has descubierto el mensaje secreto del rocanrol... Por favor, escribe"). No muy satánico que digamos el mensajito.

jueves, 19 de abril de 2018

El fanatismo en el rock

Cuando hablamos de la música popular en general y del rock en particular, el término fan puede traducirse de dos maneras: como seguidor o como fanático. La primera acepción debería ser la más aceptable, pues un seguidor es alguien que sigue la carrera y la producción artística de un grupo o un solista pero lo hace de manera tranquila, gozosa, lúdica. En cambio, un fanático –la palabra lo dice– es víctima del fanatismo y por ello suele cegarse y hacer que su pasión se convierta en visceralidad y posiciones extremas. Al igual que en las religiones, la política o el deporte, los fanáticos pueden convertirse en bestias ciegas e idólatras que llegan a trocar el amor por sus favoritos en odio contra todo aquel que se atreva a tocarlos con el pétalo de un cuestionamiento. Fanáticos son los terroristas, los fundamentalistas, los hooligans, los porros de las llamadas barras futboleras. Parece increíble que en un campo tan noble y sensible como el de la música puedan darse reacciones fanatizadas, pero sabemos que las hay en gran cantidad y que incluso existen fans que han llegado a asesinar hasta a su propio ídolo, como sucedió en los casos de John Lennon y de la cantante de tex mex Selena.
  La anterior reflexión tiene que ver –¿toda proporción guardada?– con las cartas que han llegado a nuestra redacción de parte de algunos fanáticos de Oasis, quienes no toleran que en una simple nota editorial alguien se atreva a afirmar algo tan aparentemente baladí como que ese grupo está sobrevalorado y que no es la mejor banda del mundo. Insultos, improperios y hasta una que otra amenaza por una cosa así de intrascendente. Uno quisiera que los seguidores de ciertos grupos no se transformaran en fanáticos y aceptaran que no todo el mundo tiene por qué compartir sus gustos. Pero así es esto y ni hablar. A veces la inteligencia queda obnubilada por un mal entendido apasionamiento.
  Habrá que reiterar por cierto, como ya se hizo alguna vez, que los Especiales de La Mosca lo único que buscan es difundir los elementos básicos para conocer la vida y obra de una agrupación o de un solista y que están dirigidos al público en general y no solamente a los denominados fans. Es una revista de difusión, no de propaganda o endiosamiento, por más grande que pueda ser el artista de quien se trate.

(Editorial "Ojo de Mosca", publicado en el No. 103 de La Mosca en la Pared, abril de 2006)

miércoles, 18 de abril de 2018

10 grandiosos discos de 1998


1998 fue un buen año para el rock y sus diversas vertientes. En vísperas del cambio de siglo, diversos grupos y solistas se encontraban en un momento iluminado y su talento musical fue capaz de producir trabajos tan buenos como los que aquí me permito enlistar.

1.- Massive Attack. Mezzanine (Virgin). Una de las obras fundamentales del trip-hop. La agrupación de Bristol produjo su pieza maestra con este su tercer trabajo discográfico, un álbum extraordinario, sublime, especialmente en su primera parte (dos de los tres impresionantes cortes iniciales –“Angel” y “Teardrop”– no tienen parangón). Un disco artísticamente perfecto.

2.- Pulp. This Is Hardore (Island). Quizás el grupo más lleno de sofisticación y sensualidad del britpop, Pulp alcanzó la cumbre con este, su sexto y penúltimo álbum, muy posiblemente su obra maestra (aunque hay quienes piensan que el anterior Different Class es mejor). De la mano de su líder y cantante, el extraordinario Jarvis Cocker, el grupo logró producir una serie de canciones magníficas, como “The Fear”, “Help the Aged” y la homónima “This Is Hardcore”.

3.- Air. Moon Safari (Astralwerks). El elegante dueto francés de música electrónica, integrado por Jean-Benoit Dunckel y Nicolas Godin, debutó hace un par de décadas con esta acuarela musical que incluye una fusión de géneros que van del pop a la Bacharach al jazz y el ambient, con las necesarias referencias al rock de los años sesenta. Un disco irresistible, encantador, lleno de calidez  y color.

4.- Placebo. Without You I’m Nothing (Virgin). Aunque formó parte de llamado britpop, la música del grupo encabezado por el singular y andrógino Brian Molko tendió siempre hacia una especie de pop-rock oscuro que lo emparentaría más con The Cure o Depeche Mode, si no es que con el glam setentero, como lo muestra el tema abridor: “Pure Morning”. Con este, su segundo álbum, el trío londinense logró la fama mundial instantánea.

5.- Elliott Smith. Xo (Dreamworks). A sus tempranos 19 años, este talentosísimo aunque atormentado compositor y cantante irrumpió en las grandes ligas luego de tres discos independientes y de haber logrado la fama con sus canciones para el soundtrack de la película Good Will Hunting de Gus van Sant, en especial con “Miss Misery”. XO es un álbum espléndido, lleno de melancolía y belleza, una colección de las más hermosas melodías que mucho le debe a los Beatles.

6.- Eels. Electro-Shock Blues (Dreamworks). Luego de su estupendo debut discográfico con el Beautiful Freak de dos años antes, el proyecto de Mark Oliver Everett, alias “E”, presentó este su segundo álbum que resultó aún mejor que el primero. Más oscuro y más épico, más profundo y más austero, ha sido comparado con joyas similares como el Tonight’s the Night de Neil Young o el Magic and Loss de Lou Reed. Una joya.

7.- PJ Harvey. Is This Desire? (Island). La más desafiante y feroz cantautora de los noventa nos legó en este, su cuarto álbum, un trabajo más elaborado y difícil de apreciar de primer golpe de lo que habían sido sus tres trancazos discográficos anteriores. Menos punk y con una mayor sofisticación, Is This Desire? no fue debidamente apreciado en su momento, pero es una grabación que fue creciendo con el tiempo y que hoy alcanza el estatus de clásico.

8.- The Smashing Pumpkins. Adore (Virgin). No es el más afamado o el más apreciado de los discos de la agrupación encabezada por el singular Billy Corgan, pero este álbum posee una muy especial belleza que lo hace entrañable. Los de Chicago lograron producir aquí un dream pop sutil y hechizante, con atmósferas plenas de nostalgia. Un trabajo profundo y admirable que ha crecido con el paso de los años.

9.- Belle and Sebastian. The Boy with the Arab Strap (Matador). Si un grupo puede representar al mejor rock pop que se ha hecho de los noventa a la actualidad es este combo proveniente de Escocia, encabezado por ese geniecito de la composición que es Stuart Murdoch. Muy influido por su paisano Donovan, Murdoch ha grabado una decena de álbumes gloriosos, pero su opus de 1998 es una piedra de toque.

10.- Neutral Milk Hotel. In the Aeroplane over the Sea (Merge). Agrupación mítica de rock alternativo surgida en Athens, Georgia, NMH sólo grabó dos álbumes, ambos de culto absoluto, aunque este, su segundo, ha permanecido durante dos décadas como una singular obra maestra de lo que hoy llamamos indie. James Mangum y compañía consiguieron una perla del rock acústico y hi-fi, un viaje ácido y misterioso que sigue escuchándose tan fresco y vital como cuando fue grabado.

(Escribí y publiqué esta lista para "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

martes, 17 de abril de 2018

Nach, ese hambriento

Editorial Planeta puso en circulación hace unos meses el poemario Hambriento, escrito por Ignacio Fomés Olmo, mejor conocido como Nach. Los lectores se preguntarán qué tiene que ver un poemario con una columna dedicada a hablar de música, en lugar de aparecer en la gustada sección de cultura de Milenio o en el siempre espléndido suplemento cultural Laberinto. Y se preguntarán también algunos quién demonios es ese tal Nach.
  La respuesta resulta sencilla: Nach es poeta (o poeto, dirían algunas feministas radicales), pero también uno de los principales exponentes del hip-hop que se hace en España. Nacido en Albacete, en 1974, ha grabado ocho discos, entre los que destacan En la brevedad de los días (2000), Poesía difusa (2003), Un día en Suburbia (2008), A través de mí (2015) y el reciente Grande (2018). Se dio a conocer inicialmente como Nach Scratch y desde un principio se distinguió precisamente por la vena poética de sus letras. No era ese hip-hop callejero, mal hablado y mal rimado, sino uno más refinado y, perdonen ustedes la expresión, más culto.
  Hambriento no es una recopilación de sus letras, sino un poemario en toda forma, con poemas llenos de una inteligencia y una sensibilidad que sorprenden, aunque de pronto hay también cierta ingenuidad y simpleza.
  “El dolor por un amor no correspondido / es la espera de nadie / es dirigirte hacia la nada / es una ciudad desierta, un reloj cansado / es ofrecerle todo tu ser a una pared”, dice en “¿Cómo funciona el dolor?”, mientras que en “Volviendo a casa” escribe: “He vuelto a casa, / dispuesto a descansar mis derrotas / y a recordar los placeres que fui. / He regresado con la necesidad / que tiene un objeto perdido / de reencontrar a su dueño. / Aquí estoy, / entrando por una puerta / que es un pulmón. / Sintiendo cómo las paredes me miran / con sus cuadros doblados, / viendo que todos mis relojes / se han detenido en la misma ausencia”.
  Buen libro el de este poeta, actor, sociólogo y rapero español de 44 años. Un trabajo grato y recomendable, más allá del “jei...jó...” del hip-hop.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 16 de abril de 2018

Lovely Rita

Debo confesar la verdad. La noche del pasado 8 de mayo asistí a la Ola Azteca con ánimo crítico y dispuesto a demoler por escrito cuanto viera por ahí. Pensé que no me costaría trabajo. Después de todo, estaba convencido (y lo sigo estando) de que era una burda maniobra de Televisa para seguir manejando a su antojo al llamado rock nacional; una forma de continuar lo que ha hecho, al utilizar en su programación mediatizadora a grupos como La Maldita Vecindad, Café Tacuba, Caifanes, Rostros Ocultos y demás. Con la “Ola roquera”, el monopolio de la televisión se presentaba como impulsor del movimiento musical de los jóvenes roqueros (que no rocanroleros: hay notables diferencias de significado entre ambos términos), muchos de los cuales, me consta, creen en la sinceridad y las buenas intenciones del monstruo. “Lo importante es que existan foros para tocar”, dicen los músicos, y poco les interesa vender su alma al diablo con tal de gozar de quince minutos de fama. Lo importante no es el trabajo creativo, la labor verdaderamente artística, sino el hecho de ser difundidos a como dé lugar, no importa que sea en Siempre en domingo, Mi barrio o cualquier otra mierda. ¿Ideología? ¿Principios? ¡Maestro, estamos en otros tiempos! Es la era del liberalismo social, la era del cinismo.
  Pero volvamos a la noche del sábado 8 de mayo. Desde que entré al Estadio Azteca, sentí el clásico ambiente policiaco-represivo que distingue a los espacios dominados por Televisa. Gente de seguridad, guaruras disfrazados de guaruras, granaderos; miradas torvas, desconfiadas.
  En el escenario, un grupo llamado La Candelaria que, más que música, hacía dengues y gestos “prendidísimos” que dejaban a la gente impávida (menos mal). Luego vino Insignia, cuarteto muy joven y con una propuesta mucho más interesante que la de sus antecesores. Sin embargo, mi interés –y el de la mayoría de los asistentes– era ver a Santa Sabina (en mi caso, porque nunca los había visto en persona). Vino entonces lo inesperado...
  Después de haber visto en otras ocasiones a vacas sagradas como La Maldita y Caifanes, llevándome sendas decepciones por la pobreza de sus actos, ver a Santa Sabina resultó una sorpresa agradabilísima. He aquí una propuesta artística original y rica en matices, con composiciones interesantes  y muy bien ejecutadas por cuatro músicos espléndidos. La banda crea atmósferas oníricas y estrambóticas que son aprovechadas a la perfección por la presencia más impactante y la mejor voz del rock nacional: Rita Guerrero. A pesar de su corta estatura, Rita crece en el escenario, se adueña de él y lo utiliza a su antojo. Su dominio del público es impresionante. De pronto (y no exagero), uno de ve metido en una experiencia mística de la que resulta imposible escapar. Rita posee un manejo de la mirada, el rostro y el cuerpo que la transforma en una hechicera. En ella hay, por fin (al igual que en sus compañeros), una manifestación musical realmente rocanrolera, de una finura excepcional y hasta insólita dentro del medio en que se mueve.
  Rita y Santa Sabina se han salvado hasta ahora (supongo que por sus convicciones y no por falta de ofertas) de caer en el mercantilismo fácil de otros. Ojalá sigan por ahí, caray.

(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 21 de mayo de 1993)

domingo, 15 de abril de 2018

Piro en mi disco

Muy buena grabación con el gran Piro Pendas, quien vino directamente desde Miami, Florida, la ciudad donde vive hoy día. Bueno, a decir verdad no es que haya venido a México por estar en mi disco. En realidad vino para promover su álbum de los cuarenta años de Ritmo Peligroso, pero aprovechó para grabar sus partes vocales en mi canción "Falta de inspiración".
  Nos vimos por la tarde de hoy en la casa-estudio de Iris y Jehová. Piro llegó acompañado de otras cuatro personas (entre ellas su guitarrista actual y su representante en México) y todo fue muy divertido, con aportes para la canción que incluyeron un rapeo. Fueron dos o tres horas muy entretenidas.
  A Piro lo conozco desde hace casi veinte años y cuando él vivía por los rumbos de Liverpool Insurgentes, llegué a visitarlo varias veces (así conocí a su esposa Claudia y a su hijito, hoy ya en la universidad, allá en Florida) y creo que él vino aquí también alguna vez.
  Un gustazo volver a verlo y un honor que participe en el disco.

sábado, 14 de abril de 2018

El pueblo, esa entelequia

En su columna “Uno hasta el fondo” del lunes en Milenio, Gil Gamés cita algunos conceptos de Umberto Eco acerca de esa resbalosa e inasible entelequia a la que suele denominarse como “el pueblo”.
  “El pueblo es sabio”, se dice. Pero, ¿cómo va a ser sabio algo que carece de existencia? Repitamos las palabras de Eco, citadas por Gamés: “En realidad, el ‘pueblo’ como expresión de única voluntad y de unos sentimientos iguales, una fuerza casi natural que encarna la moral y la historia, no existe. Existen ciudadanos que tienen ideas diferentes y el régimen democrático consiste en establecer que gobierna el que obtiene el consenso de la mayoría de los ciudadanos”.
  Así es, tenemos que mirarnos como ciudadanos y no como parte de esa masa al mismo tiempo informe y uniforme, anónima y manipulable, a la que los demagogos llaman, con toda solemnidad, “el pueblo”. Somos un conjunto de individuos con intereses, visiones e ideas diferenciadas. No todos apuntamos hacia lo mismo. Por eso, de nuevo habla Eco: “Apelar al pueblo significa construir una ficción: teniendo en cuenta que el pueblo no existe como tal, el populista es aquel que se crea una imagen virtual de la voluntad popular. Mussolini lo hacía reuniendo a cien o doscientas mil personas en la Piazza Venezia que lo aclamaban y que en su condición de actores, desempeñaban el papel del pueblo”. Como aquí, en el Zócalo, con las manitas alzadas.
  Dijo AMLO en su comparecencia en Milenio TV que el pueblo se equivoca menos que los políticos, porque “el pueblo tiene un instinto certero, es sabio: (que haya) consulta ciudadana y que el ciudadano nos diga ‘quiero esto’ o ‘no quiero esto’. En la democracia es el pueblo el que manda, el que decide”.
  Por eso dice que apelaría “al pueblo” cada dos años para la revocación de mandato (algo que también decía Hugo Chávez). Quiere decir que lo consultaría en 2020, en 2022 y... ¿en 2024? ¿Acaso para ver si se sigue de largo otro bienio más (y otro y otro y...)? Esto aún no lo ha aclarado y estaría bien que lo hiciera. Digo, para que no haya dudas sobre sus intenciones.

Mi columna "Cámara húngara" de hoy en Milenio Diario)

viernes, 13 de abril de 2018

Para dártelas de entendido en rock (56)


Foo Fighters es la expresión con la cual la Fuerza Aérea de los Estados Unidos se refería a los OVNIs en los años cuarenta del siglo pasado.

jueves, 12 de abril de 2018

The Deuce: una zona prohibida

Con el enorme antecedente en su bagaje de una serie para HBO como The Wire (2002-2008), el showrunner David Simon regresó con mayores ímpetus a la misma emisora con The Deuce (2017), cuya primera temporada acaba de culminar.
  Creador también de las exitosas Generation Kill, Treme y Show Me a Hero, Simon unió fuerzas y talento con George Pelecanos y con la actriz y productora Maggie Gyllenhall, principal impulsora de la serie, para sumirnos en el submundo del Times Square neoyorquino de principios de los años setenta del siglo pasado, ese submundo de antros, prostitución, corrupción policiaca, alcohol, drogas y –parte central de la serie– los primeros intentos por hacer cine porno de manera más o menos profesional.
  The Deuce era el nombre con que se conocía en los bajos fondos a la calle 42 de Manhattan, donde sucede la mayor parte de la trama, centrada en dos personajes principales: Vincent Martino y, sobre todo, Eileen “Candy” Merrell. El primero, interpretado por James Franco (quien también da vida a su hermano gemelo: Franky), es un pequeño empresario que trata de sacar adelante su bar, sin poder evitar aliarse con la mafia italiana que maneja la zona y con los corruptísimos agentes de la policía que con puntualidad acuden por una paga, para hacerse de la vista gorda ante cualquier ilegalidad en la que tenga que ver Martino.
  El segundo gran personaje es Candy, una prostituta cercana a los 40 años, quien se niega a ser manejada por padrote alguno (“Nobody makes money off my pussy but me”, dice ella) y logra salir avante, aunque al darse cuenta de que cada vez es más difícil competir con sus pares más jóvenes, descubre su talento no sólo para actuar, sino para dirigir y producir cine porno. La fantástica Maggie Gyllenhall se encarga de personificarla y es a lo largo de los ocho capítulos que conforman la primera temporada que la vemos ir creciendo en importancia hasta dejar las cosas listas para que podamos disfrutar de la segunda (anunciada para este año).
  Intensa y desconcertante, violenta y cínica, agridulce y llena de humor negro, The Deuce tiene lugar en 1971, cuando Richard Nixon mal gobierna a los Estados Unidos y cuando aún se sienten los estragos de la tremebunda década de los sesenta, esa década revolucionaria que cambió para bien y para mal las mentes de buena parte de la humanidad, sobre todo en Occidente y, más específicamente, en la propia Norteamérica.
  Con una crisis económica galopante que obliga a muchas mujeres a prostituirse y caer en un ambiente gobernado por los más delirantes proxenetas, aquel Nueva York sucio, peligroso y contaminado es recreado de manera impresionante, mientras nos involucramos en las vidas de varias de aquellas damas de la vida galante; de los muchos policías corrompidos y los pocos que tratan de mantener la honorabilidad; de los padrotes (en su mayoría negros) y su machismo a ultranza, mismo que los lleva a tratar a “sus” mujeres con una mezcla de paternalismo protector y brutalidad esclavizante; de la universitaria que trata de trabajar en bares para subsistir y seguir estudiando; de la periodista consciente que busca realizar el imposible reportaje que denuncie la explotación de las cortesanas callejeras, haciéndose pasar por una de ellas; de los homosexuales que se van atreviendo a salir del clóset y se refugian en bares clandestinos que sufren periódicas redadas; del microuniverso de los pioneros del cine pornográfico que tratan de hacer películas más elaboradas y no conformarse con pequeños y burdos cortos que son vistos, en pequeñas cabinas con diminutas pantallas, por hombres morbosos que se masturban ahí, luego de depositar una moneda de dólar en una ranura.
  Toda esa ensalada de situaciones es lo que da vida a The Deuce, una vida reflejada con tal realismo que casi podemos oler el hedor de las coladeras o el aroma a perfume barato de las sacrificadas prostitutas. Todo ello para no hablar de la estupenda musicalización, llena de soul, funk, blues y rock de los setenta.
  “Era una oportunidad para retrotraer mucha de la música que amábamos cuando éramos jóvenes”, comentó en una entrevista reciente George Pelecanos. “Pero siempre tenía que encajar con las situaciones y los personajes”.
  Nostalgia setentera de la buena.

(Artículo publicado originalmente en el sitio Sugar & Spice)