viernes, 21 de noviembre de 2014

Manassas / Manassas (1972)

Stephen Stills reunió a un grupo de grandes músicos (entre ellos el ex The Birds Chris Hillman) para producir un álbum doble asombroso, a la altura del Exile On Main Street de los Rolling Stones. Toda una revisión de la música estadounidense –folk, blues, country, bluegrass, rock- en una verdadera obra maestra, hoy día increíblemente ignorada.

Mejor tema: “Johnny’s Garden”



jueves, 20 de noviembre de 2014

La saga de Antoine Doinel

Una escena de "Domicilio conyugal".
El personaje de Antoine Doinel es el más importante de toda la filmografía de François Truffaut. La razón es muy simple: se trata del álter ego declarado del propio realizador, un personaje que retrata y reproduce su existencia emocional, su relación con las mujeres (incluida su madre), su modo de ser contradictorio e inseguro, sus ambiciones, sus ambivalencias, sus fantasías, sus ilusiones, sus frustraciones y, al final, su amor por la vida.
  A lo largo de dos décadas, de 1959 a 1979, en cinco películas (cuatro largometrajes y un corto que formó parte de la cinta colectiva El amor a los veinte años, de 1962), Truffaut nos transmitió sus sentires por medio de ese muy peculiar varón, en una saga tan divertida como entrañable y conmovedora.
  Para interpretar a Antoine Doinel, el director eligió a un jovencito inexperto de catorce años, llamado Jean-Pierre Léaud, quien acudió a hacer el casting para el papel principal de su cinta debut, la laureada y casi mítica Los 400 golpes, y de inmediato fue elegido por su singular y espontánea personalidad. Truffaut lo adoptó de alguna manera y revivió al personaje tres años después, en Antoine y Colette, para retomarlo en tres ocasiones más: en 1968 con Besos robados (en la que vemos a un Antoine que salta de empleo en empleo y de amor en amor en sus primeros años veinte), en 1970 con Domicilio conyugal (en la que lo vemos ya casado y poniéndole bobamente el cuerno a su mujer) y en 1979 con El amor en fuga (en la que Doinel, ya treintón, rememora lo que fue su vida, se divorcia y se vuelve a enamorar).
  Léaud fue como un hijo adoptivo para Truffaut. Simpático, bien parecido, carismático y con un muy especial encanto, el joven actor actuó en otras cintas del realizador (como en Las dos inglesas y el continente de 1971) o en las de otros directores (como en la estupenda Masculino femenino de Jean-Luc Godard, de 1968), pero siempre será recordado por su espléndido y único Antoine Doinel, una caracterización absolutamente clásica.
  La pregunta que me hago es si François Truffaut habría filmado una sexta y hasta una séptima parte de la saga de haber seguido en el mundo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El cineasta que amó a las mujeres

"Hago películas normales para gente normal".

François Truffaut

Hay una escena inolvidable en Domicilio conyugal, la onceava película de François Truffaut, en la que el personaje de Antoine Doinel, quien ha abandonado a su mujer, Christine, por una japonesa de la que se cree enamorado, va a un restaurante a cenar con ésta y la cita resulta tan sosa que Antoine se levanta repetidamente de su mesa para telefonear a su aún conyuge y decirle lo aburrido que se encuentra y las ganas que tiene de verla. Es un momento tan absurdo como tragicómico, sobre todo cuando Antoine la dice a Christine: “Eres mi hermanita, mi hija, mi madre” y esta le responde del otro lado de la línea: “Hubiera querido ser también tu esposa”.
  Descubrí el cine de Truffaut con esta película, a principios de los años setenta. No recuerdo si la vi en el añorado cine Regis de Avenida Juárez o en la legendaria Cineteca Nacional de Calzada de Tlalpan y Río Churubusco. De lo que sí me acuerdo es del efecto que causaron sobre mí la elegancia, la sutileza, la liviandad, la ironía y la belleza en el estilo del realizador francés. Desde ese momento quedé enganchado con su cine y aunque su muerte, acaecida el 21 de octubre de 1984, hace treinta años, cortó abruptamente lo que era una fructífera carrera cinematográfica, quedó el legado de sus filmes, en su gran mayoría imperdibles, y de algunos libros, en especial esa joya en la que entrevistó largamente a uno de sus mentores: Alfred Hitchcock.
  Conozco casi completa la filmografía truffautiana (sólo no he podido ver cuatro de sus veinticuatro películas) y aunque algunas de sus obras no terminan de convencerme (en especial la a mi modo de ver sobrevalorada Fahreinheit 451 de 1966, en la que si algo se extraña es el toque del director), la gran mayoría me resultan fascinantes, en especial la saga de Antoine Doinel (el alter ego del propio François Truffaut, interpretado siempre por el singular Jean-Pierre Léaud), conformada por Los 400 golpes (1959), Antoine y Colette (1962), Besos robados (1968), la mencionada Domicilio Conyugal (1970) y El amor en fuga (1979). Otros largometrajes que resalto son Jules y Jim (1962), La piel suave (1964), La sirena del Mississippi (1969), Una chica tan linda como yo (1972), La noche americana (1973) y La mujer de al lado (1981). No obstante, si con una de sus piezas fílmicas me rindo a sus pies –y quizá lo haga más por razones de identificación personal que por motivos estrictamente cinematográficos– es con El hombre que amó a las mujeres (1978).
  Truffaut fue un gran amante de la mujer y se enamoró de algunas de las actrices a quienes dirigió, muy especialmente de Jeanne Moreau, de Catherine Deneuve, de Claude Jade y de Fanny Ardant. Con todas ellas tuvo affaires de distinta intensidad y duración. Además de eso, casi en cada uno de sus filmes las mujeres son el factor dominante, frente a los personajes masculinos, mucho más vulnerables, débiles y hasta ridículos. Pero fue en El hombre que amo a las mujeres que brindó un abierto homenaje a la belleza, la magia, la presencia, la inteligencia y la fascinación del sexo femenino. No sé si por eso el personaje principal fue interpretado por el actor Charles Denner, feo y escasamente carismático, en lugar del encantador y en momentos hasta un tanto femenino Jean-Pierre Léaud. 
  Hay mucho más que hablar de este realizador parisino, pero el espacio es poco. De la mala relación con su madre y su padrastro; de los cine clubes que organizaba en su adolescencia; de las cientos (¿o miles?) de películas que vio en aquellos años; de su estancia en una prisión juvenil; de su labor como crítico despiadado en la mítica revista Cahiers du Cinema; de sus conflictos con la vieja guardia del cine galo (con excepción de su admirado Jean Renoir); de su relación de amor-odio con Jean-Luc Godard; de su participación en las protestas callejeras para lograr la reinstalación del director de la Cinemateca Francesa, apenas meses antes del movimiento estudiantil de 1968 en Francia, al cual prefiguró; y, por supuesto, de su importante papel como uno de los fundadores de la nouvelle vague, al lado del propio Godard, de Eric Rohmer, de Jacques Rivette, de Claude Chabrol, de Jean Pierre Melville.
  François Truffaut se fue hace tres décadas exactas y uno se pregunta qué tanto le faltó por filmar. Nacido en París en 1932, falleció cuando tan sólo tenía cincuenta y dos años. Nunca dejará de extrañarse al cineasta que amo a las mujeres.

(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario).

martes, 18 de noviembre de 2014

Un festival bestial

En México, la existencia de festivales de música se ha convertido en práctica común y forma parte de la cotidianidad de los melómanos o los simples curiosos. Sin embargo, hay de festivales a festivales y no todos ofrecen la misma calidad artística.
  El Bestia Festival es una especie de rara avis, ya que está dirigido a un nicho muy especializado y vanguardista de público. Si en su primera edición, en 2013, tuvo gran éxito al traer un proyecto tan radical como Moonchild, del jazzista neoyorquino John Zorn, en 2014 sus organizadores vuelven a apostar por el riesgo y presentan dos conciertos imperdibles.
  El primero será este miércoles 19 de noviembre, a las ocho y media de la noche, en el Teatro de la Ciudad y constará de tres actos. En el primero, se presentarán el gran trombonista Ray Anderson en dúo con el tubista Bob Stewart, en una combinación jazzística alucinante. Luego aparecerá el enorme Mark Ribot, quien presentará por primera vez en México un solo acústico de guitarra, algo que no ha hecho en casi veinte años, por lo que se trata de una oportunidad muy especial. Finalmente, Han Bennink y Terrie Ex harán una serie de improvisaciones, integrados como dueto de guitarra y batería. Para redondear el concierto, Daniel Goldaracena fungirá como ingeniero de audio (Goldaracena pasó cerca de una década en Nueva York, trabajando con John Zorn).
  Cuatro días más tarde, en el Centro Cultural Estación Indianilla, el punk tendrá su oportunidad con las actuaciones de dos agrupaciones internacionales que visitan México por vez primera: Neurosis y The Ex, a los que abrirán los proyectos mexicanos Monogatari y (sic).
  Paralelo a estas actividades musicales, el Bestia Festival presentará en la Cineteca Nacional un ciclo de cine relacionado con la experimentación sonora, mientras que en el Museo del Chopo habrá clínicas con músicos internacionales aún por anunciarse.
  Se trata, como podemos ver, de un festival propositivo y muy interesante, posiblemente el festival de música experimental que hacía falta en nuestro país.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 17 de noviembre de 2014

La vie d'Adèle

Intensidad es el nombre del juego. Intensidad y fascinación. Intensidad, fascinación y sensualidad. Porque eso y más es La vida de Adele de Abdellatif Kechiche (2011).
  La idea de ver una película de tres horas de duración puede repeler al cinéfilo más empedernido, ese que ve de todo y se aventura a todo. No es mi caso. Sin embargo, debo decir que La vie d'Adele, lejos de parecerme pesada, fluye de manera sorprendente, a pesar de no ser un filme vertiginoso o fragmentado, sino todo lo contrario: se trata de una cinta de narración más bien pausada e introspectiva, en la que el manejo de los close ups es parte fundamental para entender y, sobre todo, para sentir las emociones de los protagonistas, en especial de las dos jóvenes amantes, Adèle y Emma, interpretadas por las extraordinarias Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux, respectivamente.
  Amo el cine francés y obras como esta me hacen amarlo más. La historia del enamoramiento lésbico entre una muy joven estudiante y educadora y una artista plástica veinteañera jamás cae en el morbo, a pesar de la gran cantidad de escenas eróticas que contiene. Tampoco es que la dirección haga de esas escenas la típica andanada de imágenes sofisticadas y falsamente elegantes, llenas de filtros y erotismo light. No. Uno ve a las dos jóvenes hacerse el amor con naturalidad casi documental, pero sin ese mal gusto en el que luego caen algunas películas mexicanas que quieren ser muy crudas y terminan por resultar tremendamente burdas.
  La cinta transcurre paso a paso, desde que la hermosa Adèle descubre que le gustan más las mujeres que los hombres, hasta que ve a Emma en la calle y terminan por conocerse en un bar. Luego viene la historia de su romance, hasta que aparecen los celos, los engaños y la ruptura, para dar paso a los meses o años que siguen, sin que la pareja regrese, pero con una final reconciliación abnegada de ambas partes.
  Una gran película, quizá no del gusto de todos.

domingo, 16 de noviembre de 2014

#Renuncia Vela

La desfachatez tiene un límite y Carlos Vela lo rebasó. Por eso es que debe renunciar a la selección mexicana de futbol, como ya lo había hecho antes. Por eso es que el clamor popular ahora debe ser: “¡#Renuncia Vela!”.
  Yo no sé qué se piensa ese muchacho, quien con el mayor de los descaros vuelve a jugar con el tricolor (al que, repito, despreció por varios años) y tiene el cinismo de anotar dos goles. ¿De qué se trata? ¿De tender una cortina de humo ahora que la situación nacional está a punto de arder?
  Porque leo y escucho los medios de comunicación contrarios al actual régimen y lo que descubro en sus dichos y sus encabezados, en sus opinadores y en sus portadas, es que México se encuentra irremediablemente al borde de una insurrección. Sus principales voceros en las redes sociales pintan un panorama tal (y además lo celebran) que, según deduzco por sus palabras, el levantamiento armado ya no debe tardar. Dicen ellos que TODO el país y que TODOS los mexicanos estamos a punto de alzarnos contra el mal gobierno (bueno, hasta donde entiendo yo no; no sé usted, estimado lector, ¿o ya tiene listas sus bombas molotov y su carabina 30-30?). En descargo de estos jovenazos, habrá que decir que ellos están convencidos de ser los voceros y los representantes de lo que llaman el pueblo de México y quizá por eso pierdan la proporción de las cosas (o tal vez sea su manera de interpretrar el Buen Fin).
  Es en este contexto que entra la participación de Carlos Vela. ¿No sabrá el señorito que al anotar dos golazos y darle el triunfo a la selección está contribuyendo a la enajenación de nuestra gente? Porque con esa buena actuación, lo único que ha logrado es que se hable de la manera como realizó sus anotaciones, en lugar de que los ciudadanos sigan cuestionando al malvado Estado. Para colmo, no quiso ser entrevistado y tampoco hacer declaraciones sobre Ayotzinapa. ¿Por qué? Porque –digámoslo claro– seguro está coludido con la mafia en el poder, cuyos perversos tentáculos ya llegan hasta San Sebastián, donde el apátrida vive.
  Por eso es inaplazable gritar, exclamar, aullar: ¡#Renuncia Vela!

(Publicado ayer en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

sábado, 15 de noviembre de 2014

Los treinta y dos de Alain

Aunque no pude verlo o hablar con él, porque andaba de fiestero, hoy pensé todo el día en mi Alain, ya que cumplió treinta y dos años (¡tengo tan presente el momento en que llegó al mundo! Hasta fotos tomé, ya que fue por medio de un parto psicoprofiláctico). Como escribí en facebook, Alain es una de las dos personas que más amo en esta vida (la otra, obviamente, es mi Jan). Me hace muy feliz verlo tan bien, al lado de la mejor de las compañeras que podría tener (la adorable Hally) y haciendo lo que le gusta y viviendo de ello. Maravilloso.
  De hecho, también fue mi aniversario número treinta y dos... como padre, ya que debuté como tal justo el 15 de noviembre de 1982, con el propio Alain, y otro 15 de noviembre, pero de 1969, escribí mi primera canción: "Please Be True", a mis catorce años de edad. Así que hoy cumplo también cuatro décadas y un lustro exactos como compositor. Chingón.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Tom Robinson Band / TRB Two (1979)

Aunque opacado por el disco debut de este cuarteto de punks-gays o gays-punks híper politizados, el segundo opus es un trabajo lleno de frescura, provocaciones y diversión. Tom Robinson fue un músico con un muy especial joie de vivre y eso se nota en su forma de tocar y cantar.

Mejor tema: “Alright All Night”

jueves, 13 de noviembre de 2014

La biografía de Truffaut

Terminé de leer el libro François Truffaut de Robert Ingram (Taschen, 2004), una biografía muy seria e informativa, aunque con muchas ricas anécdotas e información invaluable sobre la vida y obra, película por película, del gran director francés (como ya lo he dicho y escrito, uno de mis dos cineastas favoritos de todos los tiempos, al lado de Woody Allen).
  Lleno de fotografías y de minuciosos datos, el libro se dejar leer con delicia y completa muchas lagunas que yo tenía acerca no sólo de la biografía de Truffaut sino de los motivos y los entretelones de cada una de sus cintas, desde su cortito Une visite de 1955 (el año en que nací) hasta su final Vivement dimanche! de 1984. Casi treinta años de una carrera espléndida de este fundador de la nouvelle vague francesa, crítico de cine desde muy joven en Les Cahiers du Cinema y, por supuesto, enorme realizador. Una buena manera de recordarlo en este año en que se cumplen tres décadas de su lamentable e inesperada muerte.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Las dos Talías

Hoy comí con dos Talías y fue una comida absolutamente grata. En efecto, mi amiga Talía Chavira nos invitó a comer, a su casa, a mi amiga Daniela Talía y a mí, pues yo quería presentarlas. No porque ambas sean tocayas y encantadoras, sino porque están realizando trabajos similares de producción de alimentos orgánicos y me pareció buena idea ponerlas en contacto. Estuvimos muy a gusto en Coyoacán, comimos delicioso y la pasamos muy bien. Ojalá fructifique su amistad porque además las dos son muy queridas por mí. Las dos Talías.

martes, 11 de noviembre de 2014

El regreso de los nerds

Si en los años noventa el grunge trajo al rock un nuevo renacimiento, sólo comparable con el del punk en los setenta, el post grunge no se quedó muy atrás, en especial con grupos tan representativos como Weezer.
  Surgido en Massachusetts en 1993 y encabezado desde entonces por el pequeño geniecito geek Rivers Cuomo, estudiante de la universidad de Harvard, ese mismo año grabó su álbum debut homónimo, producido nada menos que por Ric Ocasek, el líder de la legendaria agrupación setentera The Cars.
  A pesar de sus orígenes cultos y nerds (su aspecto físico nada tenía que ver con el prototipo grungero), la música de Weezer provenía lo mismo del metal que del punk , aunque de inmediato se le clasificó como una banda “alternativa” (lo que hoy vendría a ser “indie”, términos ambos igualmente ambiguos e inasibles).
  Más de veinte años y ocho discos despúes, Weezer regresa con un nuevo trabajo en estudio, Everything Will Be Alright in the End (Island/Republic, 2014) y su sonido no sólo se mantiene fresco y vigente, sino que conserva el sentido del humor, la inventiva melódica y los secos acordes protogarageros de antaño, sin sonar en absoluto anticuado.
  Con este nuevo plato, el grupo retoma su viejo sonido, luego del fallido experimento seudoelectrónico de su disco Ratitude de 2010. Everything Will Be Alright in the End posee mucho de lo que Weezer hizo en sus famosos álbumes azul, verde y rojo o en el estupendo Pinkerton, es decir, ese power pop agridulce e irónico que tanto celebran sus viejos seguidores y que quienes no lo hemos sido tanto agradecemos de igual manera.
  Cuomo sigue siendo la figura principal del cuarteto y sus composiciones mantienen ese calor y ese entusiasmo tan suyos. Esto queda demostrado con temas tan buenos y variados como “Ain’t Got Nobody”, “Eulogy for a Rock Band”, “Lonely Girl”, “Go Away” o la sensacional “Back to the Shack”.
  Como cereza del pastel, el viejo y entrañable Ric Ocasek se encuentra de nuevo al frente de la producción y eso se nota en la alta calidad de esta obra perfectamente recomendable.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 10 de noviembre de 2014

¡Va mi espada en prenda!

(o de algunas características que acompañan a los defensores a ultranza del rock en español)

Si hubiera que darle una clasificación científica, creo que la que mejor le acomodaría es la de Rockcitus defensorus vulgaris. Existe desde hace muchos años, aunque no tantos, quizá, como años de existencia tiene el rock en nuestro país y en nuestro continente. Nuestro sujeto de estudio surgió más bien a finales de la década de los ochenta del siglo pasado, como rémora de aquel movimiento prefabricado por algunas disqueras trasnacionales asentadas en México y que hoy recordamos bajo el entrecomillado nombre de “Rock en tu idioma”.
  Me centraré en el estudio del Rdv, para llamarlo por sus siglas (no confundir con RBD, aunque mucho puedan tener en común), en su versión mexicana, ya que carezco de los datos suficientes como para arriesgar teorías acerca de sus congéneres en países como Argentina, Chile, Perú o España, aun cuando dudo que las diferencias entre ellos sean demasiado grandes.
  En su etapa primitiva, por allá de la segunda mitad de la década ochentera y la primera de la década siguiente, el Rdv solía provenir de una clase media no necesariamente ilustrada (más bien no) y su cultura musical y roquera no venía del rock anglosajón, sino del pop disfrazado de rock que en México habían inventado los hermanos De Llano Macedo (Luis y Julissa), con la ayuda de compositores como Memo Méndez Guiu, y cuya más destacada expresión estuvo en un grupo de infantes desnaturalizados al que bautizaron como Timbiriche. He ahí a los pioneros verdaderos de lo que durante varios lustros he denominado como el rockcito mexicano.

Antes del Rdv
Esto no quiere decir que antes no hubiera un rock elaborado en el país. De hecho, el mismo surgió desde finales de los años cincuenta y es más antiguo incluso que el mismísimo rock británico. Cierto que era un rock pequeñito, de imitación en su mayor parte, y que en ese sentido podría denominársele también como rockcito. Pero a su favor tenía una peculiar frescura y una inocencia bobalicona que reflejaba la cultura adolescente urbana de su época, como lo denotan las letras, adaptadas a la realidad nacional, de algunas canciones de los Teen Tops, los Locos del Ritmo, los Rebeldes del Rock o los Hooligans. En esa época, no existían aún los defensores del naciente género y no existirían a lo largo de los años sesenta, cuando el rock en México vivió dos épocas marcadamente distintas: la de la era A Go-Go y la de la era de Avándaro. No recuerdo que en la prensa roquera de ese tiempo (la que arrancó con Notitas Musicales y culminó con Piedra Rodante, pasando por Ídolos del rock, México Canta y Pop, entre otras publicaciones) hubiese un solo escribidor que se rasgara las vestiduras por el rock que se hacía en estos lares o que considerara de lesa Patria cualquier crítica en su contra.
  Luego sobrevendría la década oscura en la que el rock hubo de refugiarse en las catacumbas de los hoyos fonkis (Pármenides García Saldala dixit), de las que no saldría sino hasta la segunda mitad de los ochenta, justo cuando surgieron también los primeros especímenes del Rockcitus defensorus vulgaris.

Enemigos del rock “en inglés”
Estos primeros Rdv venían influidos no sólo por Timbiriche y Flans, sino también por el pop español (algunos lo conocían como “la movida madrileña”) y el pop rock argentino (Miguel Mateos, Los Enanitos Verdes y anexas). Si conocían a los Beatles, los Rolling Stones, Led Zeppelin o David Bowie, por mencionar a algunos de los exponentes más célebres del rock “en inglés”, era de oídas y en realidad no les interesaban. Ya no hablemos del blues y el rock n’ roll originario.
  Un poco por convicción propia y un mucho por una cuestión de intereses (había que quedar bien con las casas discográficas y con los propios músicos, a fin de recibir canonjías como discos y pases de prensa para las “tocadas”), los primeros periodistas (es un decir) plenamente identificables como Rvd empezaron a cantar loas a los exponentes iniciales del rockcito, es decir, Caifanes, Fobia, Rostros Ocultos, Café Tacuba, La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio y un no muy largo etcétera.
  Si uno leía los textos (mal)escritos por aquellos redactores en ciernes, sin haber escuchado la propuesta de los grupos a los que hacían referencia, podía pensar que se estaba ante verdaderos genios de la música, frente a virtuosos que no sólo superaban con creces todo lo hecho con anterioridad en cualquier parte del planeta, sino que marcaban el surgimiento de una franca revolución artística y cultural, etcétera.
  Nadie tocaba a los roqueritos mexicanos y a sus tíos españoles y argentinos con el pétalo de una crítica. Resultaba impensable. La consigna era apoyar (esa era la palabra que se empleaba: apoyar) a cada uno de ellos. ¿Porque eran en verdad tan buenos? No: porque eran mexicanos y/o hispanoamericanos. Esa era la única razón que se esgrimía y guay de aquel que osara contradecir el dogma.

Intermedio personal
Aquí tendré que hablar en primera persona y pido la comprensión del lector, pero en 1991 entré a colaborar en la sección de cultura que dirigía Víctor Roura para el diario El Financiero y en mi columna “Bajo presupuesto” empecé a ejercer la crítica al revisar lo que hacían varios de los grupos mexicanos de la nueva hornada. Caifanes, Fobia y La Maldita Vecindad estuvieron entre mis criticados y aquello provocó un pequeño escándalo. No era posible que cuando hasta la televisión nacional se había abierto como foro para dichas agrupaciones, mismas que aparecían lo mismo con Ricardo Rocha que con la Vero Castro y Paco Stanley, alguien se atreviera a cuestionar su calidad musical.
  Cuando tres años más tarde empecé a dirigir una revista (La Mosca en la Pared) en la que lejos de disminuir la actitud crítica, la incrementé, aquello fue el acabose y tanto la publicación como quien esto escribe caímos de lleno en la lista negra de los Rockcitus defensorus vulgaris, situación que ha proseguido a lo largo de veinte años.

Tiempos modernos
Pero dejémonos de cosas personales y volvamos a la caracterización de estos singulares Rdv, mismos que hoy pululan ya no sólo en el medio periodístico, sino también entre los propios músicos e incluso entre los fanáticos del rockcito en español.
  Las redes sociales hacen más sencillo el hecho de detectarlos. Basta con poner un comentario crítico en facebook o en Twitter acerca –digamos– de Soda Stereo, de Enrique Bunbury, de Zoé o de Carla Morrison, por mencionar cuatro ejemplos, para que por todos lados surjan erredevés de toda laya. Desde los plenamente rabiosos e insultantes hasta los que disfrazan su fanatismo adornándolo con farragosas actitudes teóricas y culteranas, todo en aras de justificar lo injustificable y de defender lo indefendible.
  Porque si el Rdv primitivo era tosco, limitado y pedestre y sus argumentaciones (de algún modo hay que llamarlas) resultaban de un rudimentarismo que hoy día hasta conmueve (un ejemplo es el de un personero de mediados de los años noventa que dirigía una revista de rock “en español”, quien en alguna ocasión pergeñó un editorial en el que condenaba la existencia de "cierta revista con nombre de insecto” e instaba a sus lectores a “acabar con esos traidores”; adornaba tan edificante escrito con el dibujo de una mano que sostenía un enorme cuchillo de carnicero listo para ser usado), el Rdv actual, hijo de la época hipsteriana, presume sus conocimientos metodológicos, lanza teorías llenas de paja discursiva, hace ostentación de sus dotes de investigador (que se limita a meterse a cuanto antro existe –aunque no los llame antros sino venues) y se presenta a sí mismo como dueño único e indiscutible de la verdad roqueril.

A manera de conclusión
Como vemos, el Rockcitus defensorus vulgaris es una criatura digna de estudio, dado su singular comportamiento y su conducta anti gregaria. Porque eso sí: entre ellos mismos se da un odio cerval y aun cuando dicen defender la misma causa, son capaces de atacarse entre sí y destrozarse con supina ferocidad.
  Quise hacer constar su existencia, ya que hasta ahora han sido ignorados incluso por sus propios defendidos –los músicos de rock mexicanos e hispanoamericanos–, quienes si acaso reparan en ellos, es tan sólo para lanzarles con desdén alguna mirada piadosa y permitir que les besen la mano. Pero los Rdv se dan por satisfechos con ello y hacen valer su divisa: Semper fidelis.

(Publicado este mes en la revista Etcétera, en su número del catorce aniversario)

domingo, 9 de noviembre de 2014

Las armas secretas

Un gran cuento de Julio Cortázar. Casi podría definirlo como un relato de la nouvelle vague francesa, por el tono y por el lugar donde se desarrolla la trama y de donde son los protagonistas: París. Hay quienes dicen que el cuento no trata sino de un hombre que intenta llevar a la cama a su novia y la manera como ella lo evade. Sí y no. Cierto que a lo largo de la narración Pierre muestra esta obsesión por acostarse con Michèle y que ella escapa siempre de ello, incluso cuando cerca del final él trata de forzarla y tienen un disgusto. Pero el meollo del cuento es otro: es el secreto que existe, ese secreto que tanto Pierre como el lector desconocen y que sin embargo permea toda la trama y la inunda con su misterio y su ambigüedad, ese secreto que guardan la propia Michèle y sus dos amigos más cercanos, la pareja conformada por Roland y Babette.
  En los últimos párrafos, en la conversación entre estos dos últimos, se devela el secreto (que por supuesto no revelaré aquí) y el mismo nos golpea con la contundencia del horror y la violencia que conlleva y que contrasta con la más o menos plácida manera como Cortázar nos fue llevando de la mano a lo largo de las páginas, con esa su envolvente sabiduría literaria. Lo que parecía una narración ligera, casi pícara, hasta intrascendente, es sólo la capa superficial de algo inconfesable y que, sin embargo, explica el comportamiento de Michèle. Un relato extraordinario.

sábado, 8 de noviembre de 2014

El síndrome del obradorista vergonzante

En medio de toda la vorágine real e inducida que existe en el país, a raíz del caso Iguala, hay cuestiones que a simple vista podrían parecer intrascendentes, pero que resultan bastante sintómaticas. Una de ellas es lo que he denominado como el síndrome del obradorista vergonzante, algo muy curioso y cada vez más frecuente dentro del sector progre (no le puedo llamar progresista, porque de progresista tiene lo mismo que tiene don Chente Fox de marxista-leninista).
  De unos meses a la fecha, me topo cada vez con más personas, de esas que se autocalifican como de izquierda, que antes de emitir una opinión me aclaran: “no soy lopezobradorista, pero…” o “Yo no simpatizó con López Obrador, aunque…” y enseguida me sueltan una retahila de ideas (algún nombre hay que ponerles) que parecen calcadas del vocabulario y los pregones del famoso y empecinado señor que trabaja como propietario de Morena.
  Esto me lleva a elaborar dos conclusiones no necesariamente excluyentes: 1. El poder de penetración mental de don Peje es tal que tiene a una masa de seguidores que, sin darse cuenta de que lo sigue, repite como mantra todo lo que él dice. 2. El prestigio de AMLO ha caído de tal manera que a muchos de sus seguidores les avergüenza confesar que sigue siendo su gallo y prefieren negarlo como San Pedro a Jesús (otro Jesús, este no era de los Chuchos).
  Esto lo podemos ver, por ejemplo, en el clamor de nuestros inefables progres (quienes gustan de arrogarse la representatividad de todo el pueblo mexicano) al pedir la renuncia del presidente Peña Nieto, una exigencia que Mr. Liópez (Gil Gamés dixit) externa un día sí y otro también, en un penoso esquematismo maniqueo y reduccionista que sigue viendo en la figura presidencial la imagen de un ser omnímodo, omnipresente y omnipotente. Como si más de tres lustros de transición democrática hubieran servido para maldita la cosa.
  Pero volviendo al tema de esta columna: ¿por qué sus seguidores niegan a López Obrador, por qué les da penita aceptar que lo siguen? ¿Cuál es el origen de ese vergozante pudor que les impide salir del clóset? Misterio.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 7 de noviembre de 2014

Screaming Lord Sutch / Lord Sutch and Heavy Friends (1970)

Este disco es para muchos algo así como el equivalente musical a la peor de las películas de Ed Wood o de Juan Orol. Un álbum tan malo que se ha vuelto mítico, sobre todo por los músicos que acompañan al extraño personaje: nada menos que Jimmy Page (quien además produce), Jeff Beck, John Bonham, Nicky Hopkins y Noel Redding. Una cosa inenarrable pero tremendamente divertida.

Tema menos malo: “’Cause I Love You”

jueves, 6 de noviembre de 2014

Dos películas de Roger Michell: 2. Le Week-End

Otra gran cinta de Michell, muy diferente a Venus, pero con algunos puntos en común. Si esta se desarrollaba en Londres, Le Week-End (2014) tiene lugar en París. Si la primera mostraba la relación sentimental y de amor-odio entre un septuagenario y una jovencita, la segunda trata sobre la crisis matrimonial de una pareja sexagenaria. Pero las dos tratan el mismo tema central: el del amor y el desamor y ambas con una gran elegancia, un impecable buen gusto, un ácido pero muy fino sentido del humor y una sensibilidad tan notable como conmovedora.
  En Le Week-End, los esposos Nick y Meg Burrogs viajan a la capital de Francia treinta años después de haber celebrado ahí su luna de miel. Ahora son un matrimonio lleno de problemas y diferencias que al acudir a la ciudad en donde de algún modo coronaron su amor tres décadas atrás, intentan recuperarlo. Sin embargo, las cosas no funcionan como hubiesen querido. Las discusiones son continuas, las disputas -ya sea por nimiedades o por cosas importantes- resultan agrias y más que el cariño lo que asoma es el rencor y las viejas cuentas pendientes. Todo ello a pesar del maravilloso ambiente que les brinda París, con toda su belleza y su luz, con todo su colorido y su exquisito entorno.
  Interpretada por los magníficos Jim Broadbent y Lindsay Duncan, la singular pareja es tan encantadora como irritante. Pero no se trata del típico matrimonio de turistas clasemedieros. Ambos son académicos (él, un brillante profesor de filosofía) y gustan de visitar museos y galerías, así como acudir a los mejores restaurantes. Si realmente no disfrutan de París es por sus problemas íntimos y todo lo que se ha ido deteriorando entre ellos a lo largo de tantos años de convivencia.
  Hay una vuelta de tuerca, sin embargo, cuando se topan por casualidad con un viejo amigo estadounidense de Nick (Morgan, interpretado por el gran Jeff Goldblum) y las cosas empiezan a dar un giro que parece precipitar un final amargo y doloroso. La secuencia final, la de la cena en casa de Morgan, es una maravilla y el punto clave de la película, el lugar en el que los caminos se bifurcan o vuelven a encontrarse. Llego hasta aquí, para que la vean y descubran por sí mismos el excelente final.
  Una magnífica cinta, una comedia agridulce de muy alta calidad.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Dos películas de Roger Michell: 1. Venus

Hay directores a los que solemos considerar como "menores", debido al tipo de cine que hacen. Es el caso del británico Roger Michell, realizador de cintas como la muy aceptable Notting Hill (1999), a quien se encasilla como mero hacedor de comedias románticas. Sin embargo, al ver su cine con mayor atención uno se encuentra con muy gratas sorpresas, como es el caso de sus películas Venus (2006) y la muy reciente Le Weekend (2014).
  Acabo de ver ambas y quedé muy gratamente sorprendido. Agridulces, finamente sarcásticas, crueles y al mismo tiempo tiernas y comprensivas con sus personajes, ambas retratan la crisis de las relaciones de pareja y los intentos por tratar de experimentar nuevas formas al respecto. Hablemos de la primera.
  Venus se desarrolla en Londres y cuenta la historia de un septuagenario de nombre Maurice (interpretado por un fantástico Peter O'Toole), un afamado actor que se niega a jubilarse y que todavía hace pequeños papeles en filmes sin importancia. Divorciado aunque aún amigo de su ex esposa Valerie (la maravillosa Vanessa Redgrave), vive solo en un pequeño apartamento y pasa los días tomando café o whisky con sus dos mejores amigos (Ian y Donald, los estupendos Leslie Philips y Richard Griffiths), contemporáneos y colegas suyos ya en el retiro. Uno de ellos necesita quién lo auxilie en su diario trajinar casero y hace venir a su sobrina Jessie (la bella Jodie Whittaker), una joven rebelde, tosca, poco educada y poco cultivada. Lo que parecería poco probable, el que el viejo Maurice, culto y refinado, se fije en aquella vulgar muchacha, se da casi a primera vista y se inicia así una relación de enamoramiento no del todo platónico entre ellos.
  La manera como se desarrolla dicha relación es el tema principal de la historia, la cual está contada con exquisito buen gusto, incluso en sus partes más, digamos, guarras. El retrato del anciano, ya impotente pero lleno de deseo sexual, quien se conforma con ver, tocar y besar, y el modo como es tratado por la jovencita -de manera grosera al principio, incluso con maldad por momentos, aunque poco a poco va cambiando-, sin que eso haga que él se arrepienta de su enamoramiento, hace que todo se desenvuelva de manera conmovedora.
  Venus es una gran película; así, sin más. Absolutamente recomendable y un deleite por la presencia de Peter O'Toole (en una de sus últimas participaciones cinematográficas) y de Vanessa Redgrave.

martes, 4 de noviembre de 2014

Un Sargento Pimienta deconstruido

Cuando alguien que no conoce a los Beatles quiere introducirse a su música, uno suele recomendarle que se inicie con el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967), ya que se trata de un plato amable y accesible. Esto no deja de tener cierto grado de paradoja, ya que en su momento el Sargento Pimienta fue un disco que revolucionó al rock y a la música popular y que fue visto como un experimento arriesgado y hasta vanguardista.
  Se dirá que cuarenta y siete años son nada, pero es claro que la percepción de la música es muy otra hoy que hace cerca de medio siglo. Tan lo es que el hecho de que alguien se atreva a deconstruir la célebre grabación beatlesca puede sonar para muchos seguidores del célebre cuarteto como una herejía, como un imperdonable sacrilegio. Pero he aquí que acaban de hacerlo y que dicho sacrilegio es la mar de interesante.
  En 2009, los Flaming Lips, bajo el comando de su sempiterno líder Wayne Coyne, tomaron el álbum The Dark Side of the Moon de Pink Floyd para retrabajarlo por completo y el resultado fue sorprendente. Cinco años más tarde, el grupo ha vuelto a las andadas de las reversiones para desarmar y volver a juntar las piezas del Sgt. Pepper’s… de los Beatles, en un álbum al que han titulado With a Little Help from My Fwends (Warner Bros, 2014).
  Debo confesar que en la primera escucha brotó en mí el espíritu tradicionalista y estuve a punto de rechazar la singular propuesta de Coyne y compañía. Sin embargo, conforme me fui adentrando en el disco, entendí que, de una y muchas maneras, los Flaming Lips estaban haciendo lo mismo que los Beatles en el 67: transformar al estudio de grabación en un gran instrumento, subvertir las convenciones, darle la vuelta a lo establecido y presentarlo con nuevos colores y nuevos sonidos.
  Psicodélico, electrónico, delirante, juguetón, provocativo (“Lucy in the Sky with Diamonds” es interpretada por la invitada más impensable: Miley Cyrus), With a Little Help from My Fwends es un trabajo al mismo tiempo insolente y respetuoso. Una divertida reinvención, una esplendorosa deconstrucción. Una deliciosa osadía.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 3 de noviembre de 2014

Jorge Saldaña

El sábado desperté con la triste noticia de la muerte de Jorge Saldaña, uno de los grandes personajes de la televisión mexicana.
  Innovador, propositivo, rebelde, inquieto y hasta subversivo para los momentos en que hizo sus programas de opinión, como el legendario Anatomías, en plenos años sesenta, en pleno Telesistema Mexicano (la hoy Televisa) del "Tigre" Azcárraga, en pleno sexenio de Gustavo Díaz Ordaz. ¿Cómo le hizo? Sorteando infinidad de trabas y censuras, pero era un gran programa que tocaba temas que en aquellos años eran tabú. Yo lo veía desde entonces, en la televisión en blanco y negro.
  Ya en los setenta, se pasó a la añorada Imevisión y durante los sexenios priistas creó los inolvidables Sábados con Saldaña, en Canal 13, con secciones como "Sopa de letras", "Nostalgia", "El juicio de los niños" y muchas más. Esto duraría hasta principios de los años noventa, cuando el canal fue vendido a Ricardo Salinas y se transformó en la actual TV Azteca. Saldaña se autoexilió entonces en París y después en su natal Banderilla, Veracruz. Luego regresó al Distrito Federal y empezó a hacer radio, pero confieso que ya no lo seguí. Últimamente conducía el programa Añoranzas, en Once TV.
  Amante de la música (en especial la folclórica mexicana, pero también el bolero), del arte y la cultura, Jorge Saldaña tenía ochenta y tres años al morir. La suya fue una vida muy fructífera y bien vivida. Sus aportes son invaluables para varias generaciones, entre ellas la mía.
  Descanse en paz. O no.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Sin el paso (y sin el peso) de los años

Dice el lugar común que la edad es un estado de ánimo. También hay otra frase hecha que señala que el rock es la verdadera fuente de la juventud. Pues entre que son peras o son pretextos y justificaciones, en recientes semanas apareció un par de álbumes que cuando menos parecería justificar ambos dichos.
  Este año, Leonard Cohen cumplió ochenta años y Robert Plant llegó a los sesenta y seis. Ambos pertenecen, ya que de lugares comunes hablamos, a lo que la corrección política denomina como la tercera edad (extraño eufemismo que nos quiere evitar la incorrección de usar palabras como vejez, ancianidad o decadencia; cosas de la post-postmodernidad bien portada).
  La felizmente coincidente cuestión es que ambos músicos sacaron casi al mismo tiempo sendas grabaciones (los dos discos aparecieron a mediados de septiembre pasado) y que éstas tienen muchas cosas en común, sobre todo en lo que se refiere al concepto de los mismos. Popular Problems (Columbia/Sony) se intitula el álbum de Cohen; lullaby and… The Ceaseless Roar (Nonesuch) lleva por nombre el de Plant. Los dos son verdaderas joyas, obras impresionante, trabajos de orfebrería musical y poética llenos de arte, sensibilidad, profundidad y belleza.

Problemas populares
Con ocho décadas a cuestas, Leonard Cohen, nacido en Montreal, Canadá, en septiembre de 1934, se encuentra en plenitud de forma y lo demuestra con éste, su decimotercer disco en estudio. De hecho, lo hizo para conmemorar sus ochenta otoños y el resultado no pudo ser mejor. El poeta tomó mucho del espíritu y el sonido de su plato anterior, el espléndido Old Ideas (2012), y en su nuevo larga duración retomó la temática de la vejez, la enfermedad, la religión y la muerte, al tiempo que en la parte musical repitió el mismo tipo de composiciones austeras, de pocas variantes armónicas, con vocalizaciones graves y profundas que algo tienen de recitación y con esos coros femeninos irrealmente celestiales que funcionan no sólo como apoyo, sino como una especie de coro griego que responde o complementa lo que la voz de Cohen va cantando.
  Las nueve canciones del álbum son de una perfección inaudita. Desde esa maravilla cuasi bluesera con que inicia, “Slow”, declaración de principios (y, viéndolo bien, de finales) sobre las virtudes de la lentitud como modo de vida, hasta la final y concluyente “You Got Me Singing”, una balada folk de gran belleza, pasando por perlas relucientes como “It’s Almost Like the Blues”, “Samson in New Orleans”, “A Street”, “Nevermind”, “My Oh My”, “Born in Chains” y esa plegaria agridulce que es “Did I Ever Love You”, todo en Popular Problems es vital, urgente, sensible, poético.
  ¿El disco postrero de Leonard Cohen? ¿Su testamento? La verdad es que el hombre se ve tan creativo y fresco que dudo que lo sea. Afortunadamente.

El rugido incesante
Robert Plant no ha dejado que la sombra de Led Zeppelin lo aplaste y a pesar de que todos lo recordamos como el enorme vocalista y front man del mítico cuarteto inglés, su carrera como solista ha resultado tan sólida como propositiva.
  lullaby and… The Ceaseless Roar (así, con minúscula inicial), su onceavo trabajo en solitario, es una obra plena de magnificencia, un álbum en el cual regresa a sus raíces británicas, sin dejar de lado al rock primigenio y a ese gusto que de tiempo atrás ha mostrado por la música de Medio Oriente y del norte de África.
  Acompañado por The Sensational Space Shifters, agrupación con la cual había grabado los estupendos Dreamland (2002) y Mighty Rearrenger (2005), Plant hace que el disco transcurra con enorme placidez para dejarnos escuchar piezas tan diversas como la inicial y rítmica “Little Maggie”, la muy emotiva “Rainbow”, las lujuriosas “Pocketful of Golden” y “Embrace Another Fall”, la rocanrolera y con dejos de Tom Waits “Turn It Up”, la nostálgica “A Stolen Kiss”, la repiquetante (esas guitarras punteadas recuerdan a los legendarios Byrds) “Somebody There”, la divertida y folkie “Poor Howard”, la arabesca “House of Love”, la intensa “Up on the Hollow Hill (Understanding Arthur)” y la vertiginosa “Arbaden (Maggie’s Babby” con que concluye el plato.
  Estamos frente a una propuesta discográfica cuyos misteriosos deben ser descifrados por medio de repetidas y atentas escuchas, una obra reflexiva y llena de sabiduría, una profunda meditación acerca del paso de los años (un paso que no parece ser un peso), algo que emparenta a lullaby and… The Ceaseless Roar con el trabajo más reciente de autores como Bob Dylan o el propio Leonard Cohen.
  Un gran opus de Robert Plant.

(Publicado este mes en el No. 443 de la revista Nexos)

sábado, 1 de noviembre de 2014

Fue Teté

Cuando “apoyar a Ayotzinapa” se vuelve cosa cool y trendy, es que algo se está pudriendo en Dinamarca… o en México. En ese momento todo se trivializa, como cuando la imagen del Che Guevara se industrializó y entró a formar parte de la tan aborrecida, malévola y gacha sociedad de consumo.
  Basta ver las redes sociales, ese termómetro de cierto sector clasemediero y en su mayoría progresista (si digo progre, se enojan), que en su aparente entusiasmo solidario muestra una superficialidad analítica y una tendencia inquisitorial escalofriantes y si a ello le sumamos el actual juego de “yo no fui, fue Teté” que practican los partidos políticos y sus principales dirigentes, a fin de sacarle la vuelta al asunto y culpar a los del bando contrario, tenemos una sopa demasiado espesa e indigesta.
  Que el PRD le echa la culpa al PRI y que éste responsabiliza a López Obrador, quien a la vez, desde su castillo de la pureza, le carga todo a esa difusa mafia del poder que tanto suele utilizar como punching bag. Eso para no hablar de tantos histéricos tuiteros (palabra ya aceptada por la RAE) y feisbuqueros que lloriqueantes e indignados (siempre remarcan este último vocablo) gritan la palabra asesino, para endilgársela al personaje político que más gordo les cae y quien suele estar justo del otro lado de su prejuiciada tendencia ideológica (lo de ideológica es un decir, por supuesto).
  La tragedia ya se politizó y se convirtió en artefacto para golpear al oponente. Dado que muchos políticos de altos vuelos tienen que ver, de una manera u otra, con el siniestro y nada dinámico dúo del alcalde y la alcaldesa de Iguala, todos tratan de negarlo y de afirmar que ellos no sabían nada, pero que los del bando opuesto estaban enteradísimos y se hicieron güeyes.
  En el juego de “pégale, pégale que ella fue”, también está la consigna que muy solemnemente reza “Fue el Estado”, como quien dice fue Fuenteovejuna… o fue Teté. El chiste es madrear al de enfrente; los cuarenta y tres desaparecidos se han convertido lastimosamente en el instrumento para hacerlo. Después de todo, el próximo es un año electoral.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 31 de octubre de 2014

Jefferson Airplane / Bark (1971)

Otro de esos grandes discos despreciados a pesar de su valor intrínseco. Uno de los trabajos más oscuros de Jefferson Airplane y, por lo mismo, uno de los que ofrecen más posibilidades de descubrimientos y hallazgos. Irregular, sí, pero con memorables momentos olvidados.

Mejor tema: “Third Week in the Chelsea”

miércoles, 29 de octubre de 2014

Un miércoles en Tlalpan

Con Isadora, en una foto de 2003.
Buena, una tarde y una noche de miércoles, para ser exactos. Me lancé a las cinco de la tarde para allá, con el metrobús retrasado porque una marchita salió del Parque Hundido y alteró toda la zona. Llegué cerca de las seis a mis viejos lares. Pasé a saludar a Rosa y luego estuve con mi mamá y con Ivette. A las siete y media me fui a pie al centro de Tlalpan. Con eso del cambio de horario, ya estaba oscuro y buena parte de General Victoria, a partir de Insurgentes era una boca de lobo en la que nada se veía. Es increíble que no haya un solo poste con luz en esa parte y que las autoridades de la delegación no hagan algo por remediarlo. Para acabarla, en varias partes estaba el pavimento levantado y estuve a punto de tropezar varias veces (eso, para no hablar de la inseguridad que representa caminar por ahí).
  Al fin crucé Juárez y la cosa mejoró. Me fui hasta el mercado, para dar vuelta en Congreso. Fue extraño pasar frente a la vieja cantina "La Jalisciense" y verla de puertas abiertas, como cualquier restaurante. Cuando era niño, siempre estaban cerradas sus puertas movibles y afuera había un letrero que decía "no se admiten mujeres, niños ni personas con uniforme".
  Me senté en una banca frente a kiosko, en lo que llegaba Isadora Hastings, a quien quedé de ver a las ocho. Un grupo de rock tocaba canciones de los Beatles a un costado del "zócalo" tlalpeño (así se le decía en mi niñez: el zócalo, aunque es un parque arbolado) y frente al edificio delegacional, tomado no sé sí simbólicamente por apoyadores de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, había mantas de protesta y un altar de muertos. Me quedé sentado en la banca, meditando en cómo ha cambiado mi Tlalpan desde que no vivo ahí y cómo me siento más bien ajeno a lo que es hoy mi pueblo natal.
  Isadora llegó a las ocho y diez y decidimos cenar en uno de los restaurantes de los portales: el "1900". La cena fue muy amena y simpática. Hacía siete años que no veía a mi amiga y ex fotógrafa moscosa, quien sigue guapísima e igual de agradable que siempre. Hablamos de todo, nos pusimos al día, me enseñó fotos de sus preciosas hijitas y de los lugares donde está trabajando (en la montaña de Guerrero y en el Valle del Mezquital (donde ella y unos compañeros suyos asesoran a campesinos en cuestiones de cultivos orgánicos) y comimos muy rico (yo pedí una sopa de cebolla, una ensalada y una cerveza, todo muy bueno, aunque bastante caro). Al final, Isa quiso pagar la cuenta y quedamos en que la próxima me toca a mí.
  La acompañé hasta su casa, a tres cuadras del centro (un buen tramo de la calle Triunfo de la Libertad también estaba a oscuras) y nos despedimos a la entrada de su casa. Quedamos en vernos pronto. De ahí me bajé por todo Calvario (que estaba muy solo aunque iluminado) hasta Insurgentes, donde abordé el metrobús de regreso, en la estación "Fuentes Brotantes".
  Llegué a mi casa a las once y media. Todo estuvo muy bien.

martes, 28 de octubre de 2014

Oh my (Little) Jesus!

Circula el rumor, viaja de boca en boca, lo susurran en los rincones y lo comentan en los corrillos. Fue así como hace unos días llegó a mis oídos y aunque es sabido que el rock que se hace en México no es cosa que me apasione, debo reconocer que se me despertó cierta bienintencionada curiosidad.
  ¿De veras será tan bueno como se dice? ¿Es la agrupación que llegó para revolucionar la escena del rockcito nacional? Es más: ¿hace rock y no rockcito? Esas y otras varias preguntas llenaron mi cabeza y me decidieron a buscar su música. Quise conocer su propuesta y ¡eureka!, su único disco se puede escuchar en Spotify.
  De esa manera, sin más esfuerzo que poner su nombre en el buscador, di con él y me dispuse a disfrutar de la nueva sensación. Sonó la primera canción, vino la segunda, luego la tercera y no pude más que exclamar: Oh my Little Jesus!
  Porque el grupo se llama Little Jesus (así, en inglés) y su disco lleva el título de Norte. Fue grabado en 2013, pero es ahora que –según me entero– mucha gente lo está escuchando. Bueno, ¿y a qué se debe que haya yo lanzado la exclamación citada líneas arriba? ¿Tanto así me asombró? ¿Tanto así me gustó?
  Siento decepcionar al respetable, pero el grito lo proferí al tiempo que me daba un manotazo en la frente ante la decepción de esa musiquita insulsa, inocua y bobalicona. Un pop edulcorado, deslactosado, un sonido absolutamente light, sin garra, ñoñito, un estilo no de huevos sino de güeva.
  Escuché el disco dos veces. La primera no me gustó; la segunda, menos. Además, eso de pretender ser (al menos implícitamente) los Vampire Weekend mexicanos hace que uno haga comparaciones y que los Pequeños Jesuses salgan muy mal parados. Eso para no hablar de las letras de sus canciones. Hay más poesía en cualquier reguetón, además de que su vocalista de pronto pronuncia el español como si éste fuera inglés (al más puro estilo Zoé).
  Claro que si usted duda de mis palabras, puede escuchar a Little Jesus en Spotify o conseguir su disco. Quizás encuentre que le agrada y piense que estoy por completo equivocado. Aunque, a decir verdad, no lo creo.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 27 de octubre de 2014

Ryan Adams, 2014

Hay músicos con una larga trayectoria, con una obra sólida y de enorme calidad, músicos propositivos y consecuentes que sin embargo no consiguen el debido aprecio de las mayorías y permanecen en una especie de ostracismo del cual pocas veces logran salir. Algunos los llaman artistas de culto y quizá pueda ser un título de distinción, aunque muchos de ellos preferirían cambiarlo por algo más sencillo y ver que su trabajo fuera apreciado por más gente.
  Ryan Adams lleva varios años ya con el sanbenito de músico de culto colgado al cuello. Lo es, sin duda. Pero indudable es también que este nacido en Jacksonville, Carolina del Norte, en 1974, tendría que ser más difundido y valorado. Discos suyos como Heartbreaker (2000), Love is Hell (2004) o Cardinology (2008) son verdaderas joyas, como lo es su más reciente grabación, un álbum homónimo al mismo tiempo contundente y de gran finura: Ryan Adams (Blue Note, 2014).
  No deja de ser curioso que el decimotercer plato en estudio del estadounidense, a quien se ha querido encasillar dentro del alt-country o americana, lleve como título tan sólo su nombre propio. No es porque se trate de un volver a empezar, sino más bien parecería buscar una reafirmación en su estilo, en su sonido, en su modo de hacer canciones.
  Digo que a Adams se le ha querido encuadrar dentro de los límites del alt-country, pero si uno escucha su música en general y este disco en particular, podrá darse cuenta de que va mucho más allá de ese subgénero. Cada una de las once variadas piezas que conforman a este Ryan Adams lo muestra como un autor y un intérprete eminentemente rocanrolero que incluso ha tenido momentos que podríamos denominar como proto punks, sobre todo en el álbum 1984, aparecido también este año, con doce vertiginosas mini canciones que no rebasan los dos minutos y que en su totalidad apenas duran un cuarto de hora.
  El flamante larga duración inicia con la sensacional “Gimme Something Good”, un perfecto tema abridor, un rock con toda la barba, con acordes de guitarra sólidos y secos que cortan como navaja y revisten a la composición de un eficaz poderío. A partir de ahí, el disco jamás decae y tiene varios momentos de grandeza, en especial con piezas como la exultante “Kim”, la desafiante “Trouble”, la bellísima y acústica “My Wrecking Ball”, la neilyoungiana “Stay with Me”, la tersa y melancólica “Tired of Giving Up” y la sentenciosa y final “Let Go”.
  Mención especial merece la muy brucespringsteeneana “I Just Might”, composición de notable intensidad que acumula una potencia contenida que a cada momento parece a punto de estallar y que finalmente nunca lo hace.
  Ryan Adams es un excelente álbum, un trabajo digno y limpio de uno de los mejores músicos estadounidenses de rock (y de alt-country también, si se quiere). No es una obra maestra ciertamente –esas se dan muy de vez en vez–, pero sí uno de los mejores discos de este notable cantautor… y eso ya es decir algo.

(Publicado en la sección de reseñas del sitio de la revista Marvin)

domingo, 26 de octubre de 2014

Bola de sebo

Leí este cuento de Guy de Maupassant en mi adolescencia y recuerdo que me impactó mucho. Ahora que lo he releído, entiendo por qué. "Boule de suif" es un relato apasionante, intenso y con una enorme carga de crítica social. Sólo que no es esa crítica social amarga y solemne que solemos padecer desde la corrección política. Maupassant supo darle un toque irónico a su narración sobre ese pequeño grupo de aristócratas y burgueses de toda laya que trata de escapar de la Francia ocupada por las tropas prusianas, en la segunda mitad del siglo XIX. Con la angustia de salvar el pellejo y parte de sus fortunas, este conjunto de comerciantes, aristócratas venidos a menos y hasta un político demagógico y revolucionario, más sus esposas y un par de monjas, contrata un carruaje para que los lleve, en medio del crudo invierno nevado del norte francés, hacia el puerto del Havre, a fin de embarcarse rumbo a Inglaterra.
  El ingrediente "extraño", "anómalo", dentro del grupo es la presencia de Elizabeth Rousset, una obesa pero sensual prostituta a la que apodan "Bola de sebo" y a la que miran con desprecio desde que se inicia el viaje. No voy a revelar la trama del cuento porque vale mucho la pena leerlo, pero la manera como el autor -quien fue discípulo de Gustave Flaubert- cuenta las diferentes peripecias por las que pasan los personajes y la forma como todos giran, para bien y para mal, alrededor de la bondadosa y digna cortesana (además de la única persona en el relato con un sentido realmente patriótico) es fascinante. Maupassant revela la falta de sentimientos, la hipocresía, la crueldad, el egoísmo, la mezquindad y la estupidez de esos burgueses ignorantes y lerdos, pero lo hace con una gracia y un sarcasmo que en varias ocasiones provocan la sonrisa.
  Un cuento clásico de la literatura francesa. Una narración extraordinaria (para parafrasear a Poe, otro gran cuentista de la misma época). Una grande y aleccionadora historia. Un deleite.

sábado, 25 de octubre de 2014

No fue una marcha fúnebre

A lo largo del tiempo me he ido convenciendo de la inutilidad de las marchas, en especial aquellas como las que solemos padecer un día sí y otro también en esta bella pero sufrida ciudad capital de México donde me tocó nacer y vivir. Esas marchas cotidianas han perdido cualquier efectividad y se realizan ya más por inercia que por algún convencimiento en sus resultados.
  A pesar de ello, hay ciertas marchas que logran convocar a verdaderas multitudes y despertar una enorme admiración y una memoria histórica. Su valor es más que nada simbólico, pero en ocasiones el simbolismo tiene efectos políticos y sociales a corto, mediano o largo plazos. Dos son las marchas que acuden a mi mente como realmente memorables: la impresionante Manifestación del silencio de 1968, con aquellos admirables y callados contingentes de estudiantes, semanas antes del 2 de octubre, y la manifestación contra la inseguridad de 2004, cuando más de un millón de personas cubrieron de blanco el Paseo de la Reforma, prácticamente de punta a punta. Es la misma que el entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, despreció con olímpico desdén al calificar a sus participantes como pirrurris.
  La marcha de este miércoles 22 de octubre bien puede equipararse a las otras dos, gracias a la espontaneidad de su convocatoria, a la multitudinaria asistencia, al ánimo entusiasta pero pacífico de los manifestantes y a lo conmovedor de su frescura joven, de su autenticidad y de sus nobles intenciones. El motivo que los reunió fue impecable: la aparición de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa y el castigo a los culpables.
  De las decenas de miles que marcharon, muchos lo hacían por primera vez y para ellos debió ser una experiencia enriquecedora y de gran belleza solidaria. A mi modo de ver, el único negrito en el arroz fue el afán –no sé qué tan sincero o inducido– de culpar de la tragedia al Estado en general y al gobierno federal en particular, cuando los presuntos autores del crimen provienen de otro lado y se les relaciona con personajes del PRD y de Morena.
  Aun así, fue una gran marcha.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 24 de octubre de 2014

Frank Zappa / The Man from Utopia (1983)

Un disco menospreciado por la crítica y sin embargo, otra obra genial del gran Zappa. Ironía salvaje, música contundente, experimentaciones con formas libres de instrumentación, piezas narradas, imaginación desbordada. Un coctel de típicas maravillas zappianas en un álbum que urge revalorar.

Mejor tema: “The Dangerous Kitchen”

jueves, 23 de octubre de 2014

Los ochenta de Leonard Cohen

Ahora que Leonard Cohen se ha convertido en orgulloso y ejemplar octogenario, cabe decir que no sólo se trata de un gran músico y un enorme poeta, sino que la edad lo ha convertido también en un agudo filósofo y un hombre tremendamente sabio.
  Para autoconmemorar sus ochenta otoños, este canadiense nacido en Montreal, Canadá, el 21 de septiembre de 1934, acaba de poner en circulación el álbum Popular Problems (Columbia/Sony), su decimotercer disco en estudio, una breve colección de nueve canciones que en escasos treinta y seis minutos sintetiza de una y muchas maneras lo que ha sido una vida fructífera, una existencia intensa, una biografía tan apasionada como apasionante.
  Después de la maravilla que fue su Old Ideas, Cohen retoma mucho del espíritu crepuscular de ese disco de 2012 y vuelve a abordar temas que tienen que ver con su edad y sus perspectivas desde la vejez, aunque esta vez sin tanto énfasis en la enfermedad y la muerte como el que había en su antecesor. Musicalmente, también repite su idea de escribir composiciones austeras, de pocas variantes armónicas, con vocalizaciones que fluctúan entre el canto y la recitación y, de nueva cuenta, con esos coros femeninos que cumplen una función primordial en cada canción, como si fuesen coros celestiales o una especie de coro griego que responde, comenta o complementa lo que la voz del artistas va diciendo.
  Popular Problems inicia con “Slow”, a mi modo de ver una de las piezas más importantes en la carrera del canadiense, un manifiesto existencial en breves palabras, una declaración de principios y, valga la palabra, también una declaración de finales. Se trata de un blues dylaniano y monocorde en el que Cohen hace un elogio de la lentitud como modo de vida y lo hace con tanta profundidad como sentido del humor, a la vez que con frases de autoescarnio e insinuaciones eróticas. “La lentitud está en mi sangre” o “Tú quieres llegar allá rápido / yo prefiero hacer que dure” o “Déjame recuperar el aliento / yo pensé que tendríamos toda la noche” o “No es porque sea viejo / no es por la vida que he llevado / siempre lo hago lento / Eso es lo que mi mamá aconsejaba”. El mood es cachondo, la intención provocativa. Viejos los cerros, perece decir el buen Leonard.
  Por su parte “It’s Almost Like the Blues”, el tema que fue a dado a conocer semanas atrás, a manera de sencillo introductorio, es una especie de letanía igualmente bluesera (escúchese ese hipnotizante bajeo) y fuertemente crítica (“Vi a gente morir de hambre / había asesinatos, había violaciones / sus pueblos ardían en llamas / ellos trataban de escapar / No pude encontrar sus miradas / Yo estaba viendo mis zapatos / Estaba drogado, es algo trágico / Es casi como el blues”).
  Dedicada al paso arrasador del huracán Katrina por Louisiana, “Samson in New Orleans”es una preciosa y muy emotiva balada, en la que los coros femeninos y el tristísimo violín de Alexandru Bublitchi juegan un papel fundamental, mientras que “A Street” es un corte seco y desafiante, de nuevo con su toque de blues urbano (B.B. King habría sido un invitado perfecto para esta pieza), en el que el músico parece recordar los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York (“La fiesta terminó / Pero he caído sobre mis pies / Estaré parado en esta esquina / donde alguna vez hubo una calle”).
  Las cinco canciones restantes son igualmente hondas y bellas. Ahí están esa preciosidad agridulce, entre alegre y melancólica, que es “Did I Ever Love You” (“¿Fui alguna vez alguien / que pudo amarte por siempre?”) o esa joya cuasi neilyoungiana que es “My Oh My” (¿Fue difícil amarte? / No me dirás que no lo intenté”) o esa contudente pieza de artillería poética que es “Nevermind” (“La historia está dicha / con hechos y mentiras / Tu te adueñaste del mundo / así que no importa”) o esa mística introspección religiosa que es “Born in Chains” (“Palabra de palabras y la medida de todas las medidas / Bendito sea el nombre, el nombre sea bendito / Escrito en mi corazón con letras de fuego / está todo lo que sé y desconozco lo que falta”) o esa sencilla y grata perla folk con la que finaliza el disco que es “You Got Me Singing” (“Me mantienes cantando a pesar de que mi mundo se ha ido / Me mantienes pensando que me gustaría sobrellevarlo / Me mantienes cantando a pesar de que todo se ve tan triste / Me mantienes cantando el Aleluya”).
  Popular Problems fue producido por Patrick Leonard, quien además co-escribió la música de algunas de las canciones, algo que dejó muy satisfecho a Cohen, quien ya había hecho algo parecido en su disco Ten New Songs de 2001, cuando Sharon Robinson también participó como coautora.
  ¿Será este el último opus de Leonard Cohen, su testamento como músico y como poeta? Algo me hace sospechar que no y que aún nos tiene reservadas algunas sorpresas en el camino.

(Publicado el pasado 16 de octubre en "El ángel exterminador" de Milenio Diario).