martes, 15 de agosto de 2017

Música de mierda

Su título en inglés es Let’s Talk About Love: Why Other People Have Such Bad Taste (“Hablemos acerca del amor: por qué otras personas tienen tan mal gusto”), pero la editorial catalana Blackie Books decidió llamarlo, de manera sencilla y contundente, Música de mierda. Su autor es el crítico y escritor canadiense Carl Wilson y la edición es preciosa, con pasta dura y tornasolada.
  ¿De qué trata el libro? De una larga, inteligente, documentada y divertida reflexión acerca de nuestra intolerancia, nuestro clasismo y nuestros prejuicios frente a los “malos” gustos musicales de las mayorías y, para ejemplificarlo, Wilson toma como objetivo a alguien cuyas canciones siempre aborreció: su paisana, la inefable y muy popular Céline Dion.
  Contra lo que pudiera pensarse, no estamos ante un texto dedicado a destrozar a la cantante. Eso hubiera sido muy sencillo. Por el contrario, el autor se pregunta por qué no le gusta la música de Dion y realiza un amplio y profundo ejercicio en el que analiza y reflexiona sobre sus propios prejuicios al respecto.
  Wilson se cuestiona a sí mismo como crítico de música y se pregunta por qué él y muchos de sus colegas que presumen de cultos y exquisitos desprecian (¿despreciamos?) no sólo a Céline Dion sino a la música pop en general. Para ello, se mete de lleno en la vida y obra de la intérprete y de sus seguidores, en una aventura que resulta tan jocosa como interesante y cuyas conclusiones al final resultan sorprendentes (no las revelaré para no fungir como spoiler del libro).
  Con estupendo prólogo del gran novelista inglés Nick Hornby y un quizás innecesario epílogo del músico español Manolo Martínez, Música de mierda es un libro que todos deberíamos leer, sobre todo para controvertir nuestros propios prejuicios ante la música que consumen las grandes masas.
  ¿Que Arjona, el reguetón o la propia Celine Dion son una porquería? Tal vez. No obstante, habría que averiguar y comprobar por qué. Finalmente, le gustan a mucha gente. He ahí la cuestión.

(Publicado el día de hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 14 de agosto de 2017

Pornography

El álbum favorito de muchos seguidores de The Cure, Pornography (1982) tardó mucho tiempo en ser considerado seriamente por la crítica, la cual lo calificó en sus tiempos como una obra hueca, pretenciosa, grotesca, granguiñolesca.
  El disco que hoy está considerado como una de las piezas clave del rock gótico de los años ochenta, en su tiempo fue menospreciado por los especialistas, quienes suelen equivocarse nueve de cada diez veces con sus veredictos. Actualmente, con la perspectiva que da el tiempo, puede decirse que se trata de un trabajo excelente, si bien no alcanza los niveles de obra maestra que algunos le conceden de manera un tanto acrítica.
  Hiperdepresivo, con una visión negrísima de la realidad, Pornography empieza estremecedoramente con "One Hundred Years", una composición que inicia de manera muy poco optimista con la frase: “No importa si todos morimos”. Otros cortes notable son la desoladora “The Hanging Garden”, la bizarra “Siamese Twins” –la cual describe con sardónica crudeza la traumática pérdida de la virginidad de un joven (¿el propio Robert Smith?) y que concluye con una pregunta desolada y atónita: “¿Acaso siempre es así?”– y la homónima “Pornography” –en la que se relata la caída sin remedio en la desesperación y la angustia, a pesar de los gritos finales que claman con iracundia: “¡Tengo que combatir este mal, encontrar una cura!”.
  Un final dramático para un álbum aún más dramático, si bien musicalmente carece del necesario pulimento.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 5 de La Mosca en la Pared, dedicado a The Cure y publicado en noviembre de 2003)

domingo, 13 de agosto de 2017

El lado negro de Elvis Presley

A punto de cumplirse 40 años de su fallecimiento, hoy recordamos 
al de Tupelo, Mississippi, desde su lado más grasoso.

Y cuando hablo de grasoso no me refiero al evidente sobrepeso que padeció en sus últimos años, cuando su gordura de devorador de hamburguesas y cocacolas se hacía más que evidente durante sus presentaciones en Las Vegas.
  Al mencionar el lado negro de Elvis Presley, tampoco me refiero a sus oscuridades íntimas y personales. Lo que me interesa traer a la luz es la influencia que ejerció la llamada música negra –ergo el blues, el gospel, el soul, incluso el funk– en el intérprete más emblemático y popular de la era del rocanrol. De qué manera aquellos cantos que los W.A.S.P. más paletos del sur profundo estadounidense consideraban pecaminosos y diabólicos permearon en la mente del joven Elvis, hasta convertirlo en lo que muchos llamaron en su momento, en un bonito comentario racista, el primer cantante blanco que cantaba como negro.
  Nada de extraño tiene que al haber nacido en un lugar como Tupelo, en las inmediaciones del Delta del río Mississippi, cuna del blues rural más auténtico, aquel muchacho escuchara desde niño los cánticos de los discriminados hombres de raza negra, ya sea en los campos de trabajo, en las iglesias, en las calles o afuera de los bares y clubes para los segregados nigroes.
  Elvis creció en aquel mundo ambiguo en el que la música negra era despreciada pero al mismo tiempo escuchada tanto o más que las canciones hillbillies o aquellas provenientes del country and western. Muchas estaciones locales de radio estaban dedicadas a tocar blues, esa “música de esclavos” que sin embargo hacía vibrar a cualquiera con un mínimo de sensibilidad, sin importar el color de su piel, y Elvis era un tipo de una enorme sensibilidad artística. Por eso, ya de adolescente, cuando su familia se mudó (of all places) a la ciudad de Memphis, en Tennessee, le gustaron las composiciones de autores “de color” como Arthur Crudup y Rufus Thomas o los blueses de B.B. King, a quien tuvo la oportunidad de tratar desde principios de los años cincuenta.
  La mudanza a Memphis habría de ser fundamental para él y para la historia toda del rock. La anécdota es muy conocida, pero siempre es bueno recordarla. En agosto de 1953, a los 18 años de edad, el joven Presley tuvo la idea de regalarle un presente muy especial a su madre el día en que esta cumplía años. Para ello, ahorró algún dinero y acudió a un estudio de grabación de la ciudad, cuyo propietario era un tal Sam Phillips. Sun Records se llamaba la pequeña pero próspera disquera. La idea del muchacho era grabar un par de canciones en un disco, para regalárselo a su mamá. Las dos piezas elegidas fueron las tradicionales “My Happiness y “That’s Where Your Heartaches Begin”. Ciertamente no eran canciones “negras”, pero cuando Sam Phillips las escuchó, de inmediato quizo saber quién era el dueño de aquella voz sin par. Por medio de su recepcionista logró entrar en contacto con él y le ofreció un contrato para grabar, cosa que extrañó al muchacho, ya que recientemente había hecho dos intentos por ingresar a un par de grupos y en ambas ocasiones le habían dicho que no servía para cantar, por lo que, resignado, acababa de tomar un trabajo como chofer de camión de una empresa de productos eléctricos.
  Phillips llevaba mucho tiempo en busca de un vocalista de raza blanca que pudiera llevar a un público mayoritario el sonido de los músicos negros con los que hasta entonces había trabajado (Muddy Waters, Willie Dixon, Howlin’ Wolf, Junior Parker, Little Milton, Bobby Blue Bland, etcétera) y vio en Presley su oportunidad de oro. No se equivocaría.
  En una sesión histórica, el 5 de julio de 1954, en la que los presentes en el estudio no daban con la canción precisa para que Elvis la grabara, durante un intermedio, con todos los músicos fatigados y a punto de retirarse, el joven de 18 años tomó la guitarra y empezó a cantar “That’s All Right”, un viejo blues de Arthur Crudup. Dos de los músicos, el guitarrista Scotty Moore y el contrabajista Bill Black se unieron a manera de jam session y como la puerta de la cabina estaba abierta, aquello llegó a oídos de Sam Phillips quien, como en final feliz de película hollywoodense, supo que aquel era justo el sonido que estaba buscando. Su cantante blanco con voz de negro acababa de surgir.
  De inmediato se grabó un primer EP de dos caras, con “That’s All Right” como lado A y la canción de bluegrass  “Blue Moon of Kentucky" como lado B. Tres días después, el disco era un éxito local, al ser difundido por una radiodifusora de Memphis. Mucha gente llamó para saber quién era aquel nuevo cantante negro y fue entonces que se reveló que Elvis Presley en realidad era blanco.
  A partir de ahí, firmado por Sun Records y con la fama que se extendía rápidamente por todos los Estados Unidos, Elvis grabaría una combinación de canciones de origen bluesero, junto con otras más de tipo campirano a la Nashville. Pero era con las primeras con las que la naciente estrella se sentía más a sus anchas y con las que podía explotar más ese estilo personal que empezaba a desarrollar durante sus presentaciones y que tenía mucho más de la sensualidad negra de los músicos de blues y de soul que de la rigidez asexuada y bobalicona de los cantantes blancos de country & western. Su manera de moverse incitaba a las jovencitas (y a muchos jovencitos) que lo veían contonearse y mover la pelvis (de ahí el sobrenombre de Pelvis Presley), mas para ello requería de las canciones idóneas, con el ritmo cachondo que le permitía realizar sus tan característicos pasos de baile. Por ello grabó temas como “Good Rockin’ Tonight”, “Milk Cow Blues", “Baby Let’s Play House”, “I Got a Woman”, Mistery Train” y varias más (como “Hound Dog” o “Heartbreak Hotel”, ya en la RCA).
  Aunque a principios de los sesenta fue enviado al ejército y de algún modo neutralizado, Elvis Presley jamás perdió su lado negro y lo siguió manifestando hasta el día de su muerte, el 16 de agosto de 1977, hace 40 años. En el fondo, fue siempre un blues man.

(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

sábado, 12 de agosto de 2017

El tal Rius

Pocas personas resultaron tan importantes en mi formación personal, sobre todo a partir de mi adolescencia y hasta mis primeros 30 años, como Eduardo del Río, el gran caricaturista mejor conocido como Rius.
  Me topé con su obra y sus ideas a fines de los años 60, cuando yo tenía 13 años y mi hermano mayor comenzó a comprar una revista mexicana de historietas absolutamente diferente a las que yo había leído antes. No sólo era diferente por el dibujo de sus personajes, sino por el contenido. Se trataba de un comic que hablaba de política, que ejercía una fuerte crítica social y que además era divertidísimo. Hablo de Los Supermachos de Rius, revista de la que se publicó un centenar de números en pleno gobierno del priista de ultraderecha Gustavo Díaz Ordaz.
  Al lado de publicaciones como Siempre! o la casi clandestina ¿Por qué?, Los Supermachos era de lo muy poco que se podía comprar en los puestos de periódicos con señalamientos al régimen.
  Más tarde vinieron Los Agachados, editados por Posada, empresa dirigida por don Guillermo Mendizábal Lizalde (donde trabajé y conocí a Rius, en los años 80) y en la que el caricaturista comenzó a publicar sus primeros libros, como los clásicos Cuba para principiantes y La panza es primero. Debido a aquél, terminé por transformarme en un convencido socialista pro soviético y antiimperialista y gracias al segundo, me convertí en vegetariano.
   Con el paso de los años, mis ideas empezaron a bifurcarse respecto a las del dibujante. Comencé a volverme cada vez más crítico del llamado socialismo real, incluido el gobierno de Fidel Castro en Cuba. Rius, en cambio, se mantuvo dentro de la ortodoxia y ahí permaneció hasta su muerte.
  Guardo un cariño muy especial por aquellas de sus obras que más me tocaron la mente y que en su momento me la abrieron hacia nuevos horizontes.
  Ah, también dejé de ser vegetariano.

PD: Nunca dejaré de agradecer a Rius el haber dibujado la portada de mi primer libro: Más allá de Laguna Verde (Editorial Posada, 1988).

(Publicado el día de hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 11 de agosto de 2017

Para dártelas de entendido en rock (22)

Pattie Boyd fue esposa de George Harrison y Eric Clapton. Cotizada modelo a mediados de los sesenta, su rostro era el epítome de la escena londinense de la época. George y Eric se enamoraron tanto de ella que el segundo prácticamente se la bajó al primero. Era tan hermosa que a cada uno de ellos le inspiró una obra de arte: Harrison le compuso “Something” y Clapton “Layla.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Rius

Pocas personas resultaron tan importantes en mi formación personal, sobre todo a partir de mi adolescencia y hasta mis primeros treinta años, como Eduardo del Río, el estupendo caricaturista mejor conocido como Rius.
  Me topé con su obra y con sus ideas a fines de los años sesenta, cuando yo tenía trece años y mi hermano Sergio comenzó a comprar una revista mexicana de historietas absolutamente diferente a las que yo había leído antes. No sólo era diferente por el dibujo de sus personajes (Calzonzin, Chon Prieto, doña Emerenciana, don Plutarco, el Lechuzo, Arsenio, don Lucas, etcétera, cada uno un prototipo social: el gobernante, el gendarme, el burócrata, la beata, el borrachín, el indígena ilustrado y consciente), sino por el contenido. Se trataba de un comic que hablaba de política, que ejercía una fuerte crítica social y que además era divertidísimo. Hablo, claro, de Los Supermachos, revista semanal de la que se publicó un centenar de números en pleno gobierno del priista de ultraderecha Gustavo Díaz Ordaz (estoy hablando aproximadamente de los años 1967 y 1968).
  Al lado de publicaciones como la revista Siempre! o la casi clandestina Por qué!, Los Supermachos era de lo muy poco que se podía comprar en los puestos de periódicos con señalamientos al régimen (en secundaria, encuaderné dos tomos de ejemplares de la revista, mismos que aún conservo).
  Más tarde vinieron Los Agachados, del mismo Rius, editados por Posada, empresa dirigida por el entrañable don Guillermo Mendizábal Lizalde y en la que el caricaturista comenzó a sacar sus primeros libros, como los inolvidables Cuba para principiantes y, más adelante, La panza es primero. Debido a aquél, terminé por transformarme en un convencido socialista pro soviético y antiimperialista (además de antipriista y antirreligioso) y gracias al segundo, me convertí en vegetariano en 1969. También me entró la idea de ser caricaturista y me puse a imitar los monos del michoacano y a escribir algunas cosas inspiradas en él, como una pretensiosa e ingenua historia de la humanidad.

  Rius puso en circulación muchos otros libros sobre los más diversos temas, al tiempo que en Los Agachados (virtual continuación de Los Supermachos y de los que también tengo muchos números) abordó de manera concisa y, hoy puedo verlo, un tanto esquemática, muchos otros asuntos políticos, sociales y culturales. Asimismo, por esa época apareció La garrapata, en la que Rius y otros colegas suyos, como Helio Flores y Rogelio Naranjo, siguieron ejerciendo una crítica cada vez más radical y al mismo tiempo humorística, aprovechando la relativa apertura que a principios de los setenta otorgó (porque así fue: él la otorgó) el gobierno del nuevo presidente: Luis Echevarría Álvarez. Fui fan de La garrapata y también conservo ejemplares.
  A lo largo de esa década, seguí siendo fiel seguidor de todo lo que publicaba Eduardo del Río y quiso la vida que a fines del decenio entrara yo a trabajar precisamente a Editorial Posada, donde en no pocas ocasiones me tocó ver a Rius, aunque jamás me atreví a hablarle. En 1982 salí de Posada y no regresé hasta 1987, para dirigir la revista Natura (fundada por el propio Rius años atrás). Al año siguiente, la editorial editó mi primer libro, Más allá de Laguna Verde, una investigación periodística sobre la planta nuclear veracruzana y tuve el privilegio de que la portada la ilustrara mi héroe Rius (aunque no sé por qué no le puso su famosa firma). Aún así, sólo en una ocasión tuve la oportunidad de saludarlo y darle las gracias. Me pareció un tipo seco y no del todo amable.
  Con el paso de los años (volví a dejar Posada en 1989), mis ideas empezaron a bifurcarse respecto a las del dibujante y escritor. Yo comencé a volverme cada vez más crítico del llamado socialismo real (ya habían desaparecido la URSS y el bloque socialista europeo), incluido el gobierno de Fidel Castro en Cuba, aunque siempre seguí considerándome -como hasta la fecha- un hombre de izquierda. Rius, en cambio, se mantuvo dentro de la ortodoxia y ahí permaneció hasta su muerte, lamentablemente acaecida el día de ayer.
  Hace mucho que no lo sigo y que no leo sus libros, pero guardo un cariño muy especial por aquellas de sus obras que más me tocaron la mente y que en su momento me la abrieron hacia nuevos horizontes.
  Ah, también dejé de ser vegetariano.

martes, 8 de agosto de 2017

Cuatro sencillos

Vivimos el reinado del sencillo, de la canción sola, de la tonada solitaria y aislada del contexto del álbum. No es algo nuevo, por supuesto, y ha sucedido desde tiempos pretéritos. Sin embargo, nunca como hoy los discos de larga duración han tenido tan poca importancia comercial y nunca como hoy el famoso single ha impuesto su dictadura.
  Por eso, músicos como Mick Jagger lanzan dos canciones “sencillas” para preparar el advenimiento de su nuevo disco, mismo que será una colección... de sencillos. En fin, cuestiones e imposiciones del mercado.
  Cuatro sencillos han llegado a mis oídos estos días y los comentaré rápida y sucintamente. Dos son, como decía, de Jagger, uno de Belle and Sebastian y el último de un inefable grupito mexicano llamado Adiós París.
  “Gotta Get a Grip” e “England Lost” de Mick Jagger son dos excelentes piezas. La primera recuerda la época ochentera de los Rolling Stones, con un beat bailable y sensual y una atmósfera hipnótica que va intensificándose en un irresistible crescendo vocal e instrumental, mientras que la segunda tiene más que ver con las actuales tendencias musicales relacionadas con el hip-hop, aunque no pierde su esencia jaggeriana y posee una intensidad rítmica y onírica irresistible. Dos temas estupendos de un Mick Jagger que jamás envejece.
  “We Were Beautiful” de Belle & Sebastian es una absoluta belleza (como es usual en las composiciones de Stuart Murdoch), plena de nostalgia y de poéticas reflexiones sobre el paso del tiempo. Dueño de una gran intuición melódica, el grupo vuelve a hacer honor a sus mejores cualidades musicales.
  Last and, yes, least, “Canción para ti” de Adiós París es una cosa inenarrable que demuestra los profundos abismos a los que es capaz de llegar nuestro mísero rockcito. Música simplona, letra de pobreza extrema y un video sexista a más no poder. La bobería llevada a límites que ni Caloncho (nuestro Arjona en versión chafa) ha alcanzado en sus peores momentos. De penita ajena.

(Publicado el día de hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 7 de agosto de 2017

Band of Gypsys

De los muchos álbumes en vivo de Jimi Hendrix que han aparecido (y que siguen apareciendo) durante los últimos cuarenta y tantos años, este es el único oficialmente autorizado por el músico. Ni siquiera la versión completa y en disco compacto doble (aparecida en 1999) de los dos legendarios conciertos de la Banda de Gitanos, celebrados en el Fillmore East de Nueva York en el año nuevo de 1969-1970, vale. Lo curioso es que el vinil original salió debido a un adeudo contractual que tenía Hendrix con su disquera y que debió pagar de ese modo.
  The Band of Gypsys estaba conformada por Jimi Hendrix en la guitarra, Billy Cox (un viejo ex compañero de Jimi en el ejército) en el bajo y Buddy Miles (el obeso y contundente ex integrante de Electric Flag) en la batería. La Jimi Hendrix Experience había pasado a mejor vida seis meses atrás y con su nueva agrupación, el guitarrista pareció tomar nuevos ánimos, lo cual resalta en esta emotiva grabación en la que el de Seattle quiso dar a conocer parte del nuevo material que había compuesto. Era claro que la psicodelia comenzaba a quedar atrás y que Hendrix apostaba ahora por temas más concisos y más emparentados con el soul, el funk y el rhyhm n’ blues.
  La actuación de esa noche no pudo ser mejor: intensa, precisa, compacta, poderosa, llena de alma y sentimiento… y técnicamente perfecta, con una utilización asombrosa de su instrumento y de diferentes efectos que lo llevaron a estratos nunca antes explorados por músico de rock alguno. Esto resulta evidente sobretodo en la mejor pieza del disco: la monumental y escalofriante “Machine Gun”, en la que su guitarra produce toda clase de sonidos que remiten a la guerra y a los bombardeos de los marines sobre Vietnam del Norte. El tableteo de las ametralladoras, reproducido también por la batería de Miles, es uno de los momentos más memorables en la carrera de Jimi Hendrix. Pero no sólo hay efectos en la canción. La letra es un impecable alegato antibélico y la música no puede ser mejor, sobre todo el prodigioso y devastador solo de su guitarra eléctrica.
  Otros temas notables del disco son “Who Knows” –con su suave riff inicial que da paso a la entrada simultánea de la sección rítmica para armar un compás que hipnotiza y brinda pie a un diálogo vocal entre Hendrix y Miles para culminar con una extraordinaria demostración del uso del wah-wah–, “Power of Soul” –un gran tema (que en la contraportada del disco aparece extrañamente como “Power to Love”), pleno de potencia rocanrolera, cambios armónicos que van del rock duro al funk y al soul psicodélico y asombrosos pasajes instrumentales de transición, más una sensacional coda a dos voces– y “Message to Love” –otra canción con idealista mensaje de amor y paz (que es lo de menos) y una construcción funkera (que es lo de más) próxima al pop (como se entendía el pop en los sesenta) y al rhyhm and blues, aunque con una guitarra hendrixianamente apabullante.
  Buddy Miles contribuyó con dos composiciones: “Changes” y “We Gotta Live Together”. La primera es una muy divertida pieza funky, con la guitarra juguetona de Jimi que sirve como contrapunto a la aguda voz del gordo baterista, al tiempo que repite el contagioso y conocido riff y edifica un muy buen solo. “We Gotta Live Together” es menos brillante y no parece ser el corte ideal para terminar el plato, pero la salva la intervencieon omnipresente e híper creativa de la guitarra de Hendrix.
  Band of Gypsys (1970) es  un trabajo memorable y uno de los grandes discos en concierto de la historia del rock.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 19, publicado en abril de 2005).

domingo, 6 de agosto de 2017

Con mi mamá en Tlalpan

Pasé desde el mediodía hasta la tardenoche en casa de mi mamá. Ivette tuvo un compromiso y me pidió que le echara la mano con la comida y la cena de nuestra señora madre, aunque cuando llegué (a la una y media) ya estaba comiendo y a las siete y media que me fui, se negó a cenar porque aún no tenía hambre.
  Nos pusimos a ver la tele (Animal Planet que la entretiene mucho) y en algún momento a ambos nos ganó el sueño. Le tomé fotos antes de irme. La de ella asomada a la ventana me gusta y por eso la incluyo aquí.

sábado, 5 de agosto de 2017

The Caracas-Tláhuac connection

¿Cómo? ¿Hay una conexión entre lo que está sucediendo en Caracas y los recientes acontecimientos delictivos en Tláhuac? No, no se trata de una nueva teoría del complot. La conexión a la que me refiero tiene que ver con una semejanza entre el sátrapa venezolano Nicolás Maduro y el delegado en Tláhuac Rigoberto Salgado: a ambos les encanta colocar parientes en la nómina.
  En el caso del funcionario morenista, el miércoles pasado, durante su comparecencia ante la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México, salió a relucir, en voz de diversos asambleístas que interrogaban a Salgado, una gran cantidad de nombres de parientes suyos o del tristemente célebre Felipe Luna Pérez, “El Ojos”, que ostentan o han ostentado empleos dentro de la delegación tlahuacana. En el caso de Cristian Salgado, detenido el 27 de julio, resulta que es hijo de una hermana del “Ojos” y de un primo de don Rigoberto. Lazos familiares se les llama.
  Frente a los cuestionamientos, el delegado se quejó porque, dijo, los datos sobre sus familiares y los de “El Ojos” en la nómina de la demarcación deberían estar bajo resguardo de la Contraloría y no en manos de los asambleístas.
  Por lo que toca a Nicolás Maduro, el ya casi dictador oficial de Venezuela, resulta que su hijo, conocido como “Nicolasito” (creador de la frase: “Ha fallecido gente viva”), es quien encabeza la lista de “constituyentes” que fueron elegidos para la nueva y espuria Asamblea Nacional. Nico Jr., a sus escasos 27 años, ha sido protagonista de algunos escándalos y ha medrado del presupuesto con diversos cargos, como el de director de una escuela de cine que durante un año no existió.
  También la esposa de Maduro, Cilia Flores, la “Primera combatiente”, madrastra de Nicolasito y quien ha colocado a una cincuentena de parientes y amigos en puestos claves del gobierno, es flamante asambleísta constituyente.
  “El orgullo de mi nepotismo”, llamó el ex presidente José López Portillo a su hijo. Don Pepe continúa teniendo seguidores.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 4 de agosto de 2017

Para dártelas de entendido en rock (21)

Guns And Roses grabó su hermosa canción  "Patience" una noche en la que todos sus integrantes se encontraban totalmente borrachos. A la mañana siguiente, cuando escucharon la cinta, no podían creer que habían hecho algo tan bueno. Sin embargo, fue necesario regrabarla, debido a que a la mitad de la pieza se escuchaba el sonido de Axl Rose al ganarle el vómito.

jueves, 3 de agosto de 2017

A veces

No recuerdo si ya había publicado este meme que alguien me hizo. Lo subo de todos modos.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Mi primo Gustavo

Hoy es el cumpleaños 64 de mi primo Gustavo García Arróyave (1953). Hijo de mi tío Gustavo (hermano menor de mi papá) y de su esposa, mi tía Martha, quienes fueron mis padrinos de bautizo.
  Crecí muy cerca de Gustavo y de sus hermanas, mis queridísimas primas Martha y Marcela. Durante años, nos vimos los fines de semana en la Quinta Guadalupe, en Tlalpan, donde nos quedábamos a dormir acompañando a mi abuelita Guadalupe. Muchas veces fui con ellos también a Cuautla, Morelos, a la casa que allá tenían nuestros tíos Juan Szemann y Esperanza, la hermana mayor de mi papá.
  Gustavo se convirtió en piloto aviador y trabajó más de 30 años en ello, terminando su carrera en Aeroméxico. Incluso fue presidente del sindicato de pilotos de esa empresa aérea.
  En fin, con él siempre he tenido una magnífica relación y existe un gran cariño entre nosotros, como lo muestran las dos fotos de este post: una de 1955 y la otra de 2013.
  El gran Gus.

martes, 1 de agosto de 2017

Jaime López en el 61

Dos leyendas de la música mexicana contemporánea relacionada con el blues, el folk y el rock. El gran Jaime López y ese entrañable lugar llamado el 61.
  Por un lado, un gran intérprete y hacedor de canciones (no hace mucho platicaba con Jaime acerca del feo y equívoco término “cantautor” y me decía que es difícil hallar un buen equivalente en español a la palabra inglesa songwriter. Cierto: ¿cancionero, cancionista? Dejémoslo pues en hacedor de canciones... ¡y qué canciones! Siempre he dicho que López es el mejor letrista del rock –que no rockcito en su caso– nacional y lo sostengo).
  Por otro lado, el legendario bar 61 (antes Ruta 61) que ha vuelto por sus fueros en otra ubicación más céntrica (Fray Servando casi esquina con 5 de febrero) y con mucho mayor cupo y espacio, pero sin perder su vieja mística negra, abierta hoy a otras expresiones musicales como el jazz, el funk y el rock.
  Gran noche la del pasado sábado 29 de julio, con un 61 lleno a reventar y un Jaime López a solas en el escenario, con no más acompañantes que su guitarra electroacústica de doce cuerdas, su armónica, su voz y una botella de vino rojo. Casi tres horas de actuación en un verdadero tour de force que jamás decayó y en el que el público, su público, no dejó de cantar las ¿veintitantas, treintaitantas? canciones que ofreció sin darse un momento de reposo. Nada de intermedios. Para parafrasear a Norman Mailer: los tipos duros no hacen pausas.
  Temas de todas sus épocas, más de 30 años compilados en canciones a las que el músico quiso imbuir de un mood bluesero y cachondo, con esa voz rasposa que sube y baja de manera asombrosa y esas letras tan llenas de juegos de palabras e intencionada ironía.
  Jaime López y el 61. Grata y perfecta conjunción en una noche en la que asomaron las narices Lou Reed y Muddy Waters, Howlin’ Wolf y Chuck Berry, pero también Mike Laure y el autor anónimo de “La llorona”.
  ¡Sácalo!

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 31 de julio de 2017

El sonido de la ciudad

Terminé de leer los dos tomos de este libro que, según la editorial española que lo edita (Ma Non Troppo), se supone es todo un clásico de la historiografía del rock.
  Titulado en su versión española simple y pobremente como Historia del rock, la obra del musicólogo y locutor de radio inglés Charlie Gillett es más que nada un recorrido histórico por las casas disqueras estadounidenses y británicas desde los años cuarenta hasta mediados de los setenta. La visión puede ser interesante, pero el énfasis en las compañías y en los productores, así como en las listas de Billboard, hace que los libros resulten de pronto un tanto tediosos. Muy informativos, con multitud de datos comerciales, pero tedioso.
  Son tantos los nombres de los músicos grabados por una gran cantidad de sellos que casi nunca profundiza de manera suficiente en quienes en realidad hacen la música y en ocasiones hasta los desprecia un poco, sobre todo a los grupos y solistas de rock de los años sesenta.
  Es una obra interesante, vale la pena leerla, pero ni por asomo es la mejor historia del rock como pomposamente la anuncian sus editores.

sábado, 29 de julio de 2017

Tláhuac, mon amour

Tláhuac siempre me ha parecido un lugar remoto. Aunque soy nativo del pueblo de Tlalpan y por tanto sureño del ex DF, conocí las tierras tlahuacanas hasta mis épocas de casado, cuando con la familia nos lanzábamos de vez en cuando a pasear por Milpa Alta y Tláhuac, en incursiones que exigían algunas horas de camino. Eran en esa época (años ochenta) lugares tranquilos y campesinos.
  Pero la urbanización todo lo alcanza y todo lo contamina. Hoy se llega a Tláhuac en menos de una hora, Linea Dorada del metro mediante, y uno se da cuenta de que aquellos idílicos paisajes de antaño –María Candelaria style– han pasado a mejor vida y que la civilización (es un decir) ha hecho su labor de zapa.
  Tláhuac fue noticia nacional (quizá por primera vez en su historia) en 2004, cuando se produjo aquel horrendo y salvaje linchamiento de tres agentes encubiertos de la policía capitalina, dos de los cuales fueron quemados vivos. Los terribles hechos ocurrieron en la comunidad de San Juan Ixtayopan. Eran tiempos en los que Andrés Manuel López Obrador gobernaba la hoy Ciudad de México y Marcelo Ebrard era el encargado de la seguridad. Un hecho de sangre llevó el nombre de la demarcación a los titulares de la prensa.
  Hoy Tlahuac regresa a las ocho columnas (como se decía en tiempos pre internet) por acontecimientos igualmente violentos y que el lector ya conoce. La historia del “Ojos” y su desenlace han sido noticia de la semana. Llama la atención que esto suceda cuando Morena gobierna esa delegación y que aparezcan tantos datos que parecerían relacionar al actual delegado con el capo abatido por fuerzas de la Marina y con las actividades delictivas que realizaba.
  Qué mala suerte la de don Peje, siempre rodeado de gente tan indeseable (remember los Abarca y el caso Iguala). Mucha corrupción y muy poca honestidad valiente a su alrededor (los dineros de Ahumada, las ligas de Bejarano, las apuestas de Ponce, el caso Bonino, el caso Eva Cadena, etcétera).
  Qué buena suerte que su plumaje no se mancha.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 28 de julio de 2017

Sergio, 72 años

Es la edad que hoy hubiera cumplido Sergio, mi amado hermano, a quien sigo extrañando y a quien, sin embargo, siento todo el tiempo tan cerca.

jueves, 27 de julio de 2017

The Pusher

Uno de las grupos más importantes del rock de los años sesenta del siglo pasado, padre del rock duro y del rock militante, siempre crítico y siempre directo, fue Steppenwolf, liderado por un joven alemán nacionalizado estadounidense llamado John Kay.
  El nombre de la agrupación (primeramente conocida como The Sparrows) estaba tomado del título de una de las obras literarias más célebres de Hermann Hess, la muy leída El lobo estepario. En su primer disco, el homónimo Steppenwolf, grabado en 1968, una de las canciones fundamentales fue “The Pusher” (“El traficante”), pieza que logró una gran fama al ser incluida, junto con “Born to Be Wild” del mismo conjunto, en la banda sonora de la mítica película contracultural Easy Rider de Dennis Hopper (1969).
  “The Pusher” no es un tema original de Steppenwolf. La escribió el cantautor norteamericano de country-folk Hoyt Axton (autor también, entre otras, de “Joy to the World” y “Never Been to Spain”, ambas popularizadas por el trío vocal Three Dog Night, así como de “Cocaine”, aunque no la misma que cantaba Eric Clapton y que es de la autoría de J.J. Cale). Se cuenta que Axton compuso la pieza en 1967, a raíz del fallecimiento de uno de sus mejores amigos, muerto a causa de una sobredosis. La letra es una dura crítica contra las drogas duras, pero sobre todo contra los narcotraficantes: “Al traficante no le importa si vives o mueres... / El traficante es un monstruo / Buen Dios, no es un hombre natural / Por unos cuantos centavos / te vende muchos dulces sueños / Ah, pero el traficante arruina tu cuerpo / y lleva tu mente a la locura / Dios maldiga al traficante”.
  Es de notar que la letra hace una distinción entre el monstruoso pusher que vende drogas como la heroína, en contraste con el dealer que vende marihuana.
  Steppenwolf tomó la canción y la convirtió en un anti himno de una fuerza extraordinaria, con un sólido arreglo cuyo riff es ya legendario. Su poderío resulta escalofriante, sobre todo en la versión en concierto, contenida en el álbum doble Steppenwolf Live de 1970.
  Una obra maestra del rock clásico de la cual hay otras dos versiones notables por parte de Nina Simone y del grupo noventero Blind Melon, además de que Neneh Cherry empleó el característico riff del Lobo Estepario en su composición “Trout”, contenida en el estupendo disco Homebrew de 1992. En el corte aparece el cantante Michael Stipe de R.E.M. como voz invitada.



(Texto que escribí para la sección "Historia de una canción" de "Acordes y desacordes", el sitio de música que coordino para la revista Nexosy que se publicó el día de hoy)

miércoles, 26 de julio de 2017

House of Cards, las cinco temporadas

Terminé al fin de ver la quinta temporada de la imponente serie House of Cards y me quedé con una sensación de nerviosa y tensa admiración ante esta obra de arte de la televisión, pero también frente a este curso de política real que nos muestra que la ambición, el odio, la envidia, la insidia, la inmoralidad, la trampa, la mentira, la hipocresía, la traición y la corrupción son parte fundamental de tan noble actividad humana y que lo son entre los políticos estadounidenses lo mismo que entre los mexicanos, los franceses, los españoles, los argentinos, los cubanos, los venezolanos, los japoneses, etcétera (y que así ha sucedido siempre a lo largo de la historia, desde que existe el poder y una minoría lo ejerce).
  Por supuesto, se trata también de una lección de arte: de escritura (el guión como columna vertebral), de actuaciones, de fotografía, de composición. Kevin Spacey es un actor extraordinario y Robin Wright no se queda demasiado a la zaga. Pero todo el conjunto actoral es de primer orden (¿qué decir de Michael Kelly en el papel del atormentado pero implacable, a la vez que leal y siniestro, Doug Stamper?).
  El último capítulo de la quinta temporada deja abierta la puerta a una sexta que ya se anuncia, aunque sin fecha todavía. La gran duda es cómo manejarán la inesperada llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, porque el final abierto con el que quedó la reciente temporada da a entender que los creadores de la emisión pensaban que Hillary Clinton sería la ganadora en noviembre pasado. Será interesante ver cómo lo resuelven.
  Grandísima serie.

martes, 25 de julio de 2017

Rockcito in-Maduro

No, no me refiero a la inmadurez congénita de nuestro h.h.h. rockcito nacional (las haches [minúsculas] no quieren decir heroico sino hueco, híbrido y [de] hueva, aunque se admiten otras acepciones). Lo de in-Maduro se refiere a la falsedad, la hipocresía y la falta de congruencia del sector militante y políticamente correcto de ese rockcito, tan bueno para gritonear consignas contra “el Estado”, el PRIAN, Televisa, etcétera (a sabiendas de que tiene plena libertad para hacerlo y de que nadie lo reprimirá o lo castigará por eso) y tan olvidadizo a la hora de cuestionar a regímenes verdaderamente represores y antidemocráticos, como los de Venezuela y Cuba, donde las libertades más elementales (de expresión, de reunión, de movimiento, de disensión) han sido conculcadas por tipos tan indefendibles como los actuales dictadorzuelos Nicolás Maduro y Raúl Castro. A ellos, nuestros valerosos roquerines jamás los incluyen en sus diatribas frente a las masas, esas que les acarrean tantos aplausos fáciles y tantos acríticos y borreguiles gritos aprobatorios.
  Ya sabemos que a Zoé, Café Tacuba (con u), La Maldita Vecindad, Caifanes, Panteón Rococó y otros más les fascina el papel de seudo críticos del Sistema (aunque se beneficien de éste) y que frente a públicos tan pavlovianos como el del Vive Latino suelen soltar las frases revolucionarias de cajón. Está bien que lo hagan y que jueguen a ser rebeldes y subversivos, pero que lo hagan de manera justa y congruente.
  Si tanto les ha dado por recurrir a las influencias de la música sudamericana, no olviden entonces que en Sudamérica (y por extensión en la América Hispana toda) hay países cuyos pueblos padecen a sátrapas peores y Venezuela es el más claro y puntual ejemplo de ello.
  ¿Cuándo escucharemos a un León Larregui o a un Rubén Albarrán (con el nombre que esté usando) lanzar una crítica pública al gobierno criminal de Nicolás Maduro? La respuesta está en el viento.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 24 de julio de 2017

"461 Ocean Boulevard" de Eric Clapton

Cuatro años y un largo tratamiento médico por su adicción a la heroína debieron pasar para que Clapton grabara su segundo álbum como solista, el excelente y finísimo 461 Ocean Boulevard (1974).
  Recuperado de su problema con las drogas pero también de sus habituales depresiones, el guitarrista muestra aquí un talante casi optimista y lo confirma a lo largo de diez cortes sin desperdicio. El tema más notorio es, por supuesto, “I Shot the Sheriff”, la composición de Bob Marley con la cual el jamaiquino prácticamente fue dado a conocer al mundo, gracias a la apasionada versión claptoniana. Sin embargo, hay otras canciones igualmente notables. Desde las originales “Give Me Strength” y “Let It Grow” (una especie de himno) hasta los extraordinarios blueses “Steady Rollin’ Man” de Robert Johnson, “I Can’t Hold Out” de Elmore James y el tradicional “Motherless Children” con que inicia el disco.
  También destacan ese grandioso y divertido rhythm and blues que es “Willie and the Hand Jive” de Johnny Otis y la muy bella pieza “Get Ready”, con la preciosa voz de Yvonne Elliman como compañía.
  Una obra espléndida.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 38, de marzo de 2007).

domingo, 23 de julio de 2017

The Clash, ese grupo cuarentón

Si bien siempre se le ha querido etiquetar con el estricto y muy estrecho corsé de ser un grupo de punk, en realidad The Clash fue mucho más que eso.
  A diferencia de otras agrupaciones contemporáneas suyas, como los Sex Pistols, los Buzzcocks o The Damned, el cuarteto encabezado por Joe Strummer y Mick Jones fue capaz de desarrollar un estilo musical más amplio, al enriquecerlo con la abierta influencia de otros géneros como el reggae y el ska, primero, y el jazz, el blues, el swing, el rockabilly y otros, más tarde.
  Sin embargo, no sólo fue esa variedad de sonidos lo que caracterizó a estos nativos de Londres. Desde un principio, las letras de sus canciones y su actitud misma mostraron una declarada posición política cargada hacia la izquierda, en un momento histórico en el cual la Gran Bretaña padecía una de sus peores crisis económicas y sociales. En medio de una grave situación traducida en desempleo, miseria, inmigración, inseguridad y violencia, el movimiento punk brotó de un modo casi natural y su expresión musical, el rock punk, logró de inmediato una gran aceptación entre cientos de miles de jóvenes británicos. Fue en ese duro contexto que emergió The Clash, un cuarteto de rudos veinteañeros con ánimos de pelear y golpear por medio de lo único que realmente sabían hacer: música.
  Con seis álbumes grabados entre 1977 y 1985, la agrupación se convirtió en un símbolo de los punks politizados, pero también de buena parte de la juventud con ideas progresistas y/o contestatarias. Críticos feroces pero fundamentados del sistema social imperante en la orgullosa aunque empobrecida Inglaterra de fines de los setenta y principios de los ochenta, los integrantes de The Clash no pudieron ser engullidos del todo por la maquinaria integrada por la industria discográfica y los medios masivos de comunicación y lograron mantener su discurso a lo largo de ocho intensos años.
  Su primer disco, el homónimo The Clash, aparecido hace exactamente 40 años, mostraba a un conjunto que si bien aún no estaba del todo consolidado, sí daba muestras de lo que sería su sonido, muy diferente al de las otras bandas de punk británicas y estadounidenses, al integrar en sus composiciones elementos de la música jamaiquina, según lo demuestran piezas tan buenas como el cover al tema de Junior Murvin “Police & Thieves”.
  Aunque existe una versión posterior y más comercial de The Clash para el mercado norteamericano (la cual más parece una colección de sencillos que un álbum en sí mismo, con canciones como “I Fought The Law”, “Complete Control” o “[White Man] In Hammersmith Palais”), prefiero referirme a la obra original, tal como fue concebida por el grupo. Ya aquí las letras contenían un alto nivel de crítica política y social, mucho más consistente y pensada y mucho menos menos nihilista y visceral que la de los Sex Pistols.
  Sorprende que para ser el primer disco de un grupo punk el resultado sea tan fino, lo cual no significa que sea un trabajo pasteurizado o con elementos poperos. Por el contrario, se trata de una colección de cortes llenos de energía, filo y rudeza, pero con un alto sentido artístico. De hecho, es éste quizá su álbum más auténticamente punkero.
  Con temas tan buenos como la kinkófila “Remote Control”, la muy influenciada por los Ramones “Cheat”, la cuasi funkera “Protex Blue”, la oscurona “Deny” y las conocidísimas “White Riot”, “London’s Burning”, “Career Oppurtunities”, “Janie Jones” o “I'm So Bored with the USA” no se podía hacer una obra débil.
  The Clash es un muy afortunado debut de esta banda, un trabajo esencial –a mi modo de ver, uno de sus dos discos básicos– y un anuncio de lo que estaba por venir, para bien y para mal.
  El resto de la discografía clashiana resultaría francamente irregular. Hubo en ella álbumes tan buenos como el excelso London Calling de 1979 –su obra maestra, con composiciones tan buenas como “Rudy Can’t Fail”, “Lost in the Supermarket”, “Train in Vain” y la homónima “London Calling”– o el muy comercial y exitoso Combat Rock (1980), en el cual viene las que tal vez sean sus dos piezas más conocidas: la garagera y sardónica “Should I Stay or Should I Go” y la danzable “Rock the Casbah”. No obstante, otros discos como Give ‘Em Enough Rope (1978), Cut the Crap (1985) o el pretensioso y desproporcionado Sandinista! (1980) no fueron tan logrados.
  Una inevitable lucha de egos hizo que al final se diera la división entre sus miembros y que el grupo terminara por disolverse. Tuvieron otros proyectos, algunos muy buenos, pero nunca fue lo mismo. La magia de The Clash fue única e irrepetible.

(Publicado el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

sábado, 22 de julio de 2017

El rap del socavón


–El gobierno se halla en uno y mil aprietos.
La inseguridad llama a la corrupción.
Y cuando más cabronas se ponen las cosas,
de la nada aparece un gigantesco socavón.

–Violencia en todas partes, vivimos inseguros,
con ex gobernadores en fuga o en prisión.
Pobreza que no cede, empleos que no se crean
y en medio de todo eso se abre un gran socavón.

–Para colmo de males se acercan elecciones.
Viene la guerra sucia y viene con furor.
No votes por el bueno, sí por el menos malo.
Pero gane el que gane iremos al socavón.

–En el PRI la angustia está presente cada día.
El 2018 se viene sin compasión.
La caballada flaca... En ese partido
no saben cómo salir de su propio socavón.

–Morena se presenta como única esperanza,
como si no estuviera subida al mismo vagón.
Es parte del sistema y vive de sus rentas
y nos quiere arrastrar a su pejista socavón.

–El PAN es presa inerte de tipos ambiciosos.
Quieren ser candidatos de la institución.
Si no dejan de lado los egos que lo aquejan
en vez de la victoria irán a un nuevo socavón.

–El PRD respira por medios artificiales.
Su enfermo sectarismo lo tiene en la inanición.
Se liga con el PAN o se liga con Morena,
mas si lo hace con ésta va derecho al socavón.

–Pobre país el nuestro, pobre México herido,
pobre nación en manos de un clan sin compasión.
Todos lo jinetean: el PRI, el PAN, Morena,
el PRD y los otros lo mandan al socavón.

(Léase en voz alta y a ritmo de hip-hop)

(Mi columna "Cámara húngara" de hoy en Milenio Diario)

viernes, 21 de julio de 2017

Para dártelas de entendido en rock (20)

Pete Townshend cuenta haber tomado su famosa "rueda de molino" (es decir, esa manera de tocar la guitarra mientras hace girar el brazo derecho en amplios y veloces círculos) de Keith Richards, al ver a éste hacerlo durante un concierto de los Rolling Stones a mediados de los sesenta. Cuando tiempo después se topó con Richards en persona, le confesó su "plagio" y con su proverbial y campechano sarcasmo, el buen Keith le dijo que en realidad él sólo usaba ese movimiento una que otra vez, para calentar el brazo antes de empezar a tocar.

jueves, 20 de julio de 2017

Young Americans

Un disco francamente delicioso. La incursión de David Bowie en el soul negro norteamericano –tanto el de la Stax como el de la Motown, pero sobre todo el de Filadelfia– fue bastante criticada, pero Young Americans (1975) posee un encanto muy particular.
  Aunque algunos cortes de Diamond Dogs (muy especialmente “1984”) anunciaban el gusto del músico por la música soul, nadie esperaba que Bowie se clavara en ella de manera tan clara y contundente como en este disco. No se trata, como muchos críticos han dicho injustamente, del falso soul-de-ojos-azules a la Michael Bolton; más bien hay aquí un sentimiento muy británico, muy bowieiano, que se entremezcla con el mood de la Norteamérica negra de los sesenta y los setenta.
  Los arreglos, los coros femeninos, la participación de Luther Vandross, el feelin’ de rhythm and blues, las incursiones fonquis, todo se conjuga para hacer de temas como “Young Americans”, “Win” (preciosa), “Fascination”, “Right”, “Can You Here Me” y “Somebody Up There Likes Me” un gozo completo.
  Mención aparte merece la participación de John Lennon en dos temas del disco: el cover de “Across the Universe” y ese fastuoso homenaje a James Brown que es “Fame” (escrito por Lennon y Bowie). En ambos, el ex beatle toca la guitarra y realiza coros.
  Una joya poco apreciada del legendario hombre que vendió la Tierra.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 10, dedicado a David Bowie y publicado en abril de 2004)

martes, 18 de julio de 2017

Dusty en Filadelfia

La  manera como la música pop actual se ha estandarizado y uniformizado nos obliga a asomarnos a otras épocas, a tiempos pretéritos en los que las cosas se hacían o al menos se intentaban de otra manera.
  La reciente reedición de A Brand New Me, the Complete Philadelphia Sessions, de Dusty Springfield (Real Gone Music, 2017), debe considerarse como todo un acontecimiento. Grabado originalmente en 1969 y 1970, el material de este álbum nunca había aparecido junto, a pesar de su enorme calidad artística.
  Para quienes no tengan la menor idea de quién estoy hablando, Dusty Springfield (1939-1999) fue una estupenda cantante británica que si bien abrazó el pop desde sus inicios (su primer disco, el más o menos rocanrolero Stay a While data de 1964 y contiene la que sin duda es su canción más conocida: “I Only Want to Be with You” que tiene versiones hasta de Luis Miguel).
  Sin embargo, Springfield fue mucho más que una mera baladista como hubo tantas en su época. Gracias a su poderosa voz, desde un principio fue apreciada y muchos músicos, productores y críticos especializados la consideraron una cantante de soul, a pesar de ser blanca e inglesa. Tan es así que su LP de más culto, Dusty in Memphis (1969), está considerado como uno de los mejores discos de la historia del rock, a pesar de haber sido un fracaso de ventas cuando apareció.
  Las sesiones que grabó en Filadelfia tienen mucho que ver con las de Memphis (ambas ciudades de gran raigambre soulera) y de ahí la importancia de este flamante A Brand New Me en el que se recogen 15 canciones en su mayor parte desconocidas, pero sin desperdicio alguno.
  Justo es recuperar la memoria de esta intérprete de la icónica “Son of a Preacher Man”, de “Spooky”, “You Don’t Have to Say You Love Me” y otras maravillas y quitarle el estigma de haber sido una cantante “fresa” e intrascendente. Todo lo contrario y para comprobarlo, basta con escuchar estas sesiones philies que mucho valen la pena.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 17 de julio de 2017

Todos saludan al ladrón (entrevista con Colin Greenwood de Radiohead)

Hail to the Thief –algo así como “Salve al ladrón” o, quizá de manera más exacta,  “Alabado sea el ladrón”– es el más reciente trabajo discográfico de Radiohead, probablemente una de las agrupaciones más vanguardistas y propositivas del rock actual. Quinto álbum del quinteto británico, se trata de una especie de resumen de la música que han hecho a lo largo de su carrera, en especial a partir de The Bends (1995). Hay aquí referencias sonoras, aunque nunca explícitas, lo mismo del Ok Computer (1997) que del Kid A (2000) o el Amnesiac (2001). Sin embargo, no es un mero sumario de la obra del grupo lidereado por Thom Yorke, sino un paso adelante, una propuesta que –como ha sido siempre desde que la banda existe– marca nuevos derroteros, rutas a seguir, caminos a explorar. En entrevista telefónica desde París, Francia, Colin Greenwood, bajista de Radiohead, un tipo cálido y amable, habla a Milenio Semanal sobre este flamante opus de la agrupación.

¿Piensas que Hail to the Thief sea como un compendio de todos los discos anteriores de Radiohead?
Sí, ahora que lo dices creo que en esencia lo es. Puede verse como una combinación de lo que hemos hecho con anterioridad.

En este disco no hay tanta experimentación en estudio como la hubo en obras pasadas, la música suena más orgánica, más analógica. ¿Significa esto que Radiohead ha retornado de alguna manera al rock clásico?
No. Si bien en otros discos como Kid A o Amnesiac la experimentación era muy notoria, en este nuevo álbum existe una mezcla entre los elementos experimentales y los instrumentos convencionales. En ese sentido, Hail to the Thief no representa un regreso al rock clásico sino una evolución de la banda.

¿Por qué el nombre Hail to the Thief?
Queríamos un título fuerte, provocador, algo que fuera impactante. Es una frase tomada de una de las canciones de Thom (Yorke), la que abre el álbum (“2+2=5”) y que en una parte dice: “Todos saludan al ladrón / Pero yo no”. Y no nos referimos a un ladrón común y corriente, sino a todos aquellos ladrones que nos roban: las grandes empresas, las corporaciones, los gobiernos.

En el tema “Backdrifts”, Thom Yorke canta: “Somos fruta podrida / Somos buenos dañados / Qué demonios / Nada tenemos que perder”. ¿Por qué Radiohead tiene esa visión oscura de la vida? ¿Crees que todo esté tan mal? ¿Piensas que no hay esperanzas?
No, no… Es puro humor lo que hay en esa letra y en otras, simple ironía. Es una forma de hacer notar las cosas, pero tenemos otras canciones más luminosas.

En esta ocasión, han utilizado ustedes los conductos comerciales convencionales para promover el disco: lanzaron un sencillo en la radio (“There There”), grabaron un video para la televisión, dieron entrevistas a la prensa… ¿Significa esto que Radiohead ha terminado por aceptar las convenciones del mercado disquero?
Lo que sucede es que cuando hicimos Kid A desaprovechamos la oportunidad de promoverlo debidamente. Como no lanzamos sencillos, mucha gente se perdió de oírlo y fue una lástima, porque a mi modo de ver se trata de un gran disco. “Everything in It’s Right Place” hubiera sido un maravilloso sencillo. Creo que fue un gran error no sacarlo como tal. Por eso ahora quisimos entrar al mercado tradicional y su modo de operar.

Hablando del video, ¿cuál fue la idea detrás del uso de esa animación foto por foto?
Ese video tenía que ser animado. La animación nos parece algo divertido y ya la hemos usado en varias otras ocasiones. El video de “There There” quedó muy bien, el resultado es muy atractivo y fue gracias al concepto que creó Thom y que le dio un toque muy especial.

¿Existe algún corte del disco que te guste en especial?
Debería contestar que me gusta todo el álbum y así es, aunque si debo mencionar algunos temas diría que me gustan mucho “The Gloaming”, “Scatterbrain” y “A Punchup at a Wedding”.

Hay un gran número de nuevas bandas, como The White Stripes, The Kills, The Hives, que tocan un rocanrol, digamos, más puro. ¿Qué piensas de esa clase de agrupaciones?
Me gustan los White Stripes, creo que están haciendo cosas muy buenas, muy buen rock (Greenwood tararea de pronto el riff de "Seven Nation Army"). Sí, me gusta lo que hacen esos muchachos. Puedo decir que soy su fan.

¿Qué música estás escuchando en estos días?
Asian Dub Foundation es un proyecto que me encanta. Pero escucho una gran cantidad de cosas. Mucha electrónica. Me gusta el rock que se hace en Escocia. No sé, todo el tiempo oigo cosas diferentes. Hay demasiada música, es una locura.

En 1998, la revista inglesa Q designó al Ok Computer de Radiohead como el mejor disco de rock de todos los tiempos. ¿Estás de acuerdo con esto o es un caso de sobrevaloración?
Definitivamente es un caso de sobrevaloración. Ok Computer es un gran disco, pero hay muchos otros que lo superan. Simplemente los de los Beatles. Todo lo que podamos hacer viene después de los Beatles, estamos a la sombra de los Beatles.

¿Cuál es entonces tu disco favorito de todos los tiempos?
Buena pregunta… En realidad no tengo un disco favorito. Podría mencionar tal vez el de Otis Redding que trae “(Sittin’ on) The Dock of the Bay”. O quizás uno de Curtis Mayfield. Pero seguro tendría que ser uno de música soul.

(Entrevista publicada originalmente en la extinta y añorada revista Milenio Semanal en 2003)