domingo, 17 de mayo de 2015

B.B. King: la emoción se fue

Conocí la música de B.B. King en mi adolescencia, gracias a un LP que tenía mi hermano Sergio y en el que venía la que quizá sea la composición más emblemática de este gran guitarrista e intérprete estadounidense: “The Thrill Is Gone”. Fue de hecho con él que prácticamente descubrí el blues negro, porque con el blues tocado por blancos me había topado poco antes, gracias al portentoso álbum Super Session (1968) de Al Kooper, Mike Bloomfield y Stephen Stills.
  Muchos años después, en 1991, B.B. King vino a tocar a México, en aquel legendario Festival de Jazz y Blues que se organizó en el Auditorio Nacional y al que tuve la oportunidad de asistir. Fue una noche larguísima, en la que King alternó con un delirante Chuck Berry (quien abrió el concierto) y un sobrio Ray Charles (quien lo cerró). Al también creador de “Paying the Cost to Be the Boss” y “Why I Sing the Blues” le tocó la parte intermedia y aquello fue un espléndido viaje por lo mejor de su repertorio y de su impecable guitarra, esa “Lucille” a la que B.B. había vuelto tan famosa como él mismo.
  Nacido en Indianola, Mississippi, en 1925, la biografía de Riley Ben King es la misma de tantos blueseros legendarios, historias que parecen repetir siempre los mismos cartabones: haber nacido en el sur profundo, en alguna población diminuta, en medio de la pobreza; haber tenido que trabajar en los campos de algodón en condiciones casi de esclavitud; haber cantado en coros de góspel durante las ceremonias religiosas; haber aprendido a tocar algún instrumento (casi siempre la guitarra de palo); haber abandonado su lugar de origen para buscar fortuna como músicos en otros lares más propicios. En fin, todo eso lo pasó también quien falleciera este jueves 15 de mayo, cuando se acercaba su cumpleaños número noventa.
  Son muchas las cosas básicas que todo aficionado al blues conoce acerca de B.B. King: que sus iniciales quieren decir Blues Boy o que (dato quizá menos difundido, a pesar de ser una verdadera curiosidad) nunca pudo aprender los acordes de la guitarra y sólo sabía requintear (vea usted cualquier actuación del músico y descubrirá que jamás toca la guitarra de acompañamiento, mucho menos mientras canta) o que bautizó a su instrumento con el nombre de Lucille a raíz de un incidente que él mismo le narró a mi gran amigo, el periodista Jorge R. Soto (al que le debo el privilegio de contar con un ejemplar de la autobiografía Blues All Around Me de B.B. King, con su firma al calce): “Durante un invierno en la década de los cincuenta, estaba tocando en un antro de mala muerte en Arkansas. Hacía mucho frío y estaban colocadas, en varios sitios del local, lámparas de petróleo para calentar a los parroquianos. De pronto, dos de ellos se enfrascaron en una riña en la que rodaron por el suelo, tirando una de esas lámparas. El local era de madera por lo que de inmediato empezó a arder. Todos salimos corriendo y, al estar afuera, me di cuenta de que había dejado mi guitarra en el interior del local, por lo que, sin pensarlo, me metí corriendo para rescatarla de entre las llamas. Pude salir antes de que el lugar se colapsara. A la mañana siguiente, me enteré de que la riña había empezado por una mujer llamada Lucille que trabajaba ahí. Es por ello que bauticé a mi guitarra con ese nombre, como un recordatorio de que nunca debo cometer alguna pendejada que ponga en peligro mi vida”.
  La carrera de King se consolidó realmente a partir de la década de los sesenta, aunque él ya bregaba en el medio bluesero desde veinte años antes y para entonces había grabado varios discos y se había presentado en una gran cantidad de clubes, teatros y festivales a todo lo largo y ancho de la Unión Americana. Su actividad era tan febril que en 1956 tocó en 342 fechas, casi una diaria sin descanso, y a partir de ahí, su promedio de presentaciones era de trescientas al año. Una verdadera locura.
  Muchos afirman que B.B. King es el rey del blues y por eso piensan que no ha habido bluesero mejor. Disiento. Creo que Robert Johnson, Willie Dixon, Muddy Waters, Howlin’ Wolf y John Lee Hooker están por encima del buen B.B. Ni siquiera era un virtuoso de su instrumento. No obstante, su importancia resulta innegable, sobre todo porque ayudó a difundir el género por todo el mundo como nadie más lo hizo. Más que el monarca, fue el embajador del blues.
  Dice el lugar común que el mejor homenaje a un músico que se va es escuchar su música. Discos como How Blue Can You Get (1996), Blues on the Bayou (1996), Let the Good Times Roll (1999), Making Love Is Good for You (2000) o su álbum de duetos Deuces Wild (1997) son buenas muestras más o menos recientes de su gran talento.
  La diabetes se llevó a B.B. King, quien murió mientras dormía, en santa paz. Pero su música sigue viva. Su blues agridulce permanece. La emoción no se ha ido a pesar de todo.

(Publicado el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario).

sábado, 16 de mayo de 2015

¡No se mande, profe!

Solía considerarse como la profesión más noble. Yo crecí con la idea de que la vocación magisterial era sin la menor duda la más admirable, la más sacrificada, la más patriótica, la más honrada y casi (o sin el casi) la más sagrada. Hoy, sin embargo, gracias a ese cáncer nacional en que se han convertido los sindicatos en general y la CNTE en particular, la figura del maestro de escuela ha caído tan bajo como la de los políticos.
  Como ayer, 15 de mayo, fue su día y no se trata de amargarse con cosas como las fuertes cantidades que los líderes centistas cobran por no trabajar, por tener en el abandono a millones de alumnos oaxaqueños, chiapanecos y guerrerenses y por especializarse en marchas, plantones y tomas de calles y edificios públicos, quiero recordar a algunos de los profes que tuve durante mis años escolares, varios de los cuales, por cierto, tampoco eran tan ejemplares y abnegados como el maestro Cipriano que interpretaba José Elías Moreno en aquel sufrido dramón fílmico que es Simitrio de Emilio Gómez Muriel (1960).
  Tuve profesores de todos colores y sabores, desde la maestra Olivia (en cuarto año, una monja obesa, chaparrita y bonachona que nos ponía a rezar el rosario cada mañana) hasta el “Cachirulo” (mi profesor de historia universal en tercero de secundaria, progresista, izquierdoso y que me impulsó personalmente a escribir), desde el maestro Pascual (en quinto de primaria, quien nos castigaba azotando nuestras piernas con su temible latiguito –un delgado cable de alambre forrado) hasta el “Piporro” (mi maestro en el taller de encuadernación de la tlalpeña Secundaria 29, quien por las tardes era taxista y gozaba con jalarnos las patillas hasta hacer que nos alzáramos de puntitas y gritáramos de dolor) o “Herodoto” (así, con pronunciación grave, el profe de historia en primero de la misma secun, especialista en dar las clases más aburridas del planeta).
  Tuve maestros excelentes, aceptables, malos y pésimos, pero comparados con ciertos maistros de hoy, aquello era una jauja educacional.
  Felicidades por su día a aquellos docentes que siguen siendo decentes… y que no están en la CNTE.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 15 de mayo de 2015

Dusty Springfield / Dusty in Memphis (1969)

Una de las mejores voces femeninas de todos los tiempos, una diva de la música popular, se fue a Memphis para grabar uno de los grandes discos de música soul de la historia. No es el disco más conocido de esta cantante británica, sólo el más profundo y artístico.

Mejor tema: “Breakfast in Bed”

jueves, 14 de mayo de 2015

Un libro para el fin (la grabación)

Estuve hoy por los rumbos de la colonia Condesa, en las instalaciones de Puentes, la estación de radio por internet en la que mi cuate Eduardo Limón graba y transmite su programa Un libro para el fin. Esta vez yo fui el invitado y realmente resultó muy divertida la entrevista. Creo que cuando la suban, la próxima semana, les va a gustar mucho a todos aquellos que la escuchen. Ya me encargaré de subir aquí el podcast.
  Me trataron muy bien y todo resultó excelente.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Presentación del libro de Julio Patán

Por la noche estuve con mi mejor y más querida amiga en la presentación del libro Cocteles con historia de Julio Patán. Fue en un bar de la avenida Álvaro Obregón, en la Roma y resultó bastante divertida. Mucha gente conocida (Carlos Puig, Paola Tinoco, Rulo, Juan Ignacio Zavala, don Federico Patán, Gerardo Hellion...) y un ambiente muy agradable que incluyó beber cocteles por cortesía del lugar (al tercero, un martini seco, empecé a sentir ciertos efectos).
  Realmente la pasamos bien.

martes, 12 de mayo de 2015

My Morning Jacket

Nacida en Louisville, Kentucky, en 1998, esta agrupación fundada por su aún líder actual, el talentosísimo Jim James, posee un estilo tan difícil de definir que, para quitarse de líos, la mayoría de los especialistas la definen como “una banda indie”. Como eso puede significar cualquier cosa, preferiría determinar a My Morning Jacket como un grupo basado en el alt-rock de finales de los noventa que con el tiempo ha ido enriqueciendo su sonido con diversos géneros y subgéneros que van del rock clásico al rock progresivo y del folk a la neo psicodelia con elementos de la electrónica y, en el caso de su más reciente disco, incluso con múltiples influencias de la música soul.
  Con álbumes anteriores de espléndida factura como At Dawn (2001), Z (2005), Evil Urges (2008) o Circuital (2011), James y los suyos llegan ahora con su séptimo larga duración: The Waterfall (ATO, 2015).
  Comparable a proyectos como Okkervil River, Wilco, Fleet Foxes o The Decemberists, My Morning Jacket propone una música que no es fácil de asir a la primera escucha. No porque se trate de algo complicado o demasiado experimental, sino porque apela a la inteligencia del escucha, a su buen gusto y, sobre todo, a su disposición a aceptar retos.
  Con The Waterfall (que no ha sido bien visto por cierta parte de la critica estadounidense), el quinteto apuesta por una serie de composiciones elegantes y con un toque de sofisticación que remite poco a sus anteriores obras, aunque sin cambiar el estilo del grupo.
  Si bien es cierto que se trata de un disco irregular, la mayoría de las diez canciones que lo conforman (catorce en la edición de lujo) cuenta con la suficiente calidad como para que se le considere entre lo mejor del repertorio del conjunto. Temas tan suntuosos como “Believe (Nobody Knows)”, “Compound Fracture” o “In Its Infancy (The Waterfall)”, ricos en sus arreglos, contrastan muy afortunadamente con piezas tan sencillas y hermosas como “Like a River ” o “Get the Point”.
  The Waterfall es un álbum estupendo, una obra que señala nuevos caminos en la magnífica discografía de My Morning Jacket.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 11 de mayo de 2015

El rey viejo

Después de treinta años he vuelto a leer esta novela de Fernando Benítez y creo que esta vez pude apreciarla mucho mejor, en toda su calidad narrativa. La historia de los trágicos últimos días del presidente Venustiano Carranza y la serie de traiciones que sufrió hasta ser emboscado y asesinado en la ranchería de Tlaxcalantongo, en la serranía poblana, está contada con un cuidado, un dramatismo y una elegancia envidiables por la pluma concisa y detallada de Benítez.
  Más allá de lo que se narra en El rey viejo (1959), en esta edición de Lecturas mexicanas, la magnífica colección de literatura nacional que tengo la fortuna de poseer casi completa en sus dos ediciones: la negra y la roja, más allá de los hechos históricos que registra, lo más valioso del libro es la forma como el autor recrea la tragedia y el magnicidio perpetrado por el oscuro sicario Rodolfo Herrero, enviado por los obregonistas y/o los gonzalistas para liquidar el gran viejo (que en realidad no lo era tanto: don Venustiano tenía apenas sesenta y un años al morir).
  Gran novela, altamente recomendable por su valor literario y su importancia histórica. Uno de las grandes relatos de la revolución mexicana.
  Imperdible.

domingo, 10 de mayo de 2015

Dos Psicosis

Mis dos Psicosis.
Terminé de leer la novela corta Psicosis, escrita en 1959 por Robert Bloch, y en seguida vi (no sé si por primera vez, se me hace que sí) la versión cinematográfica de la misma, dirigida en 1960 por Alfred Hitchcock.
  Ambas son obras maestras en su género y aunque lo normal es decir que el libro siempre supera a la película, en este caso yo decretaría un salomónico empate.
  Hay diferencias entre ellas. La novela es estupenda y atrapante, como lo es la cinta. Resalta en la primera que el personaje principal, el célebre Norman Bates, es caracterizado por Bloch como un tipo regordete, achaparrado, acomplejado, casi insignificante, en tanto que el Bates de Hitchcock resulta todo lo contrario, gracias a la personificación de Anthony Perkins. Tenemos aquí a un tipo alto, delgado, nervioso, de carácter bipolar y con una personalidad que atemoriza e impone.
  Sobre la conocida trama no abundaré, ya que muchos la conocen y a quienes no, no quiero estropeárselas, ya sea que lean el libro y/o vean el filme.
  Es claro que Hitchcock se permitió varias licencias, además del carácter del dueño del siniestro motel en donde ocurren los hechos principales. El realizador inglés de hecho deconstruyó el relato original para enfatizar el carácter visual de la historia y los contrastes de la misma. Empleó el blanco y negro de la fotografía, para remarcar ambientaciones pero también sensaciones y sentimientos. En ese sentido, la película logra provocar una mayor tensión en el espectador que el libro en el lector y ese es sin duda un mérito del director británico.
  Con todo, ambas valen la pena: la novela y la cinta. Yo recomiendo abordar las dos y disfrutar ese enfermizo placer que producen.

sábado, 9 de mayo de 2015

Tartufo tropical

La carta que el diputado Fernando Belaunzarán dirigió a López Obrador y que bajo el título “Distinguido Andrés Manuel” fue publicada el miércoles 6 en Milenio Diario es, a mi modo de ver, un documento de la mayor importancia que cobrará trascendencia con el paso del tiempo.
  Se trata de la más exacta y perfecta radiografía de lo que el actual líder de Morena ha hecho para dividir en forma sistemática a una izquierda que de por sí, históricamente, tiene tendencias a dividirse (y aquí cito al clásico Jairo Calixto Albarrán con su frase “pocos pero sectarios”). La comparación que hace Belaunzarán entre AMLO y el Tartufo de Molière es tan reveladora que cualquiera que conozca las características de ese singular personaje del genial dramaturgo francés del siglo XVII en seguida la comprenderá. Ese uso de la doble moral y la hipocresía, de la simulación y el puritanismo, lo hemos visto repetidas veces en la carrera política del tabasqueño, quien objetivamente no sólo ha dedicado todos sus esfuerzos para llevar a la realidad su delirante obsesión por ser presidente de México (algo ante lo cual millones de mexicanos tocamos madera), sino también para atomizar a eso que aún se denomina izquierda en beneficio, sobre todo, del partido del cual proviene originalmente Andrés Manuel: el PRI.
  No ha habido en estos años soldado más útil para el actual partido en el poder que López Obrador. La manera como desarmó al PRD o como en su momento envió al ostracismo o al menos al retiro o la impotencia a gente que le estorbaba, como el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas o el mismo Marcelo Ebrard, sólo ha beneficiado a los priistas y de algún modo también a los panistas. Hoy intenta hacer lo mismo con el jefe de gobierno del DF, Miguel Ángel Mancera, su rival más notorio en la izquierda rumbo a las elecciones de 2018.
  Hay que leer la carta de Belaunzarán, analizarla, discutirla. Ahí está señalado el discurso de odio que AMLO ha desplegado desde 2006 y que dividió a tanta gente, incluso a familias enteras (lo sé, porque lo viví en carne propia). A pesar de su tono conciliador y civilizado, es un documento duro. Duro y contundente. Necesario.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 8 de mayo de 2015

Stand by Me

No nos habíamos repuesto de la muerte de Percy Sledge, ocurrida apenas el pasado 14 de abril, cuando la semana pasado amanecimos con la mala noticia del fallecimiento de otra gloria de la música soul: el gran Ben E. King.
  Es natural que suceda, la edad ha alcanzado a la mayoría de los grandes intérpretes souleros, casi todos surgidos como estrellas en la década de los años sesenta.
  Aún tenemos fresca en la memoria la trágica desaparición del que quizá sea el más grande de todos: el legendario Otis Redding, víctima de un accidente de aviación en el lejano año de 1967, cuando se encontraba en la plenitud de su carrera, y antes se había ido Sam Cooke. Luego irían partiendo otros pilares del género: Marvin Gaye, Ray Charles, Jackie Wilson, Wilson Pickett, Curtis Mayfield, Donny Hathaway, Isaac Hayes, Luther Vandross, Salomon Burke y el año pasado uno más: Bobby Womack. Sin embargo, aún contamos con músicos de esa generación con los tamaños de Stevie Wonder, Al Green, Jerry Butler, Sly Stone y Smokey Robinson.
  De las grandes mujeres del soul sesentero, en cambio, la mayoría aún vive por fortuna. Cierto que ya no están le enorme Etta James y las menos conocidas Mary Wells y Tammi Terrell, pero siguen con nosotros (unas en activo, otras ya retiradas) divas como Diana Ross, Tina Turner, Mavis Staples, Martha Reeves y la gran reina de todas: la inmortal Aretha Franklin.
  La música soul de hoy –pasteurizada, procesada y ultracomercializada– muy poco tiene que ver por desgracia con la que hace medio siglo se producía en las míticas disqueras Stax y Motown. Con la muerte de Ben E. King (ex integrante de The Drifters y creador de la clásica “Stand by Me”) se despide una más de sus grandes figuras.
  Volvamos a escuchar esa música del alma negra, del alma profunda, del alma humana toda.

(Publicado el martes pasado en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

jueves, 7 de mayo de 2015

Medio siglo del "Rubber Soul"

Cuenta la leyenda que el 28 de agosto de 1964, John Lennon, Paul McCartney, George Harrison, Ringo Starr y Brian Epstein se reunieron, en una suite del hotel Delmónico de Nueva York, con el ya para entonces gran estrella del folk estadounidense, Bob Dylan.
  Tanto los integrantes del cuarteto británico como el oriundo de Duluth, Minnesota, tenían muchos deseos y mucha curiosidad de conocerse. El encuentro fue cordial y campeaba el buen humor cuando, de repente, el socarrón Bob sacó de sus bolsillos un carrujo de marihuana y preguntó a los otros si les gustaría fumar.
  La reacción de los de Liverpool fue entre nerviosa e insegura. Con cierta pena, confesaron que nunca la habían probado. Sin embargo, se mostraron más que dispuestos a aceptar el ofrecimiento del autor de “The Times They Are a Changin’”.
  Dylan encendió el cigarrillo y lo fue rolando entre los inquietos Beatles, hasta que llegó a manos de Ringo y este se lo terminó de varias chupadas, sin compartirlo. No había problema: Bob traía más y al poco rato, todos en el cuarto reían como dementes y sentían cosas tan raras e insólitas que McCartney pidió a su roadie, Mal Evans, que escribiera todo lo que él dijera, pues se le estaban ocurriendo muchas cosas “geniales”.
  Sin duda fue un momento divertido, pero lo más importante es la manera como a partir de entonces los Beatles fueron influidos por Bob Dylan y viceversa. Este quedó convencido de que su propuesta debía cambiar y en su siguiente y sexto disco (Highway 61 Revisited, 1965) dio el gigantesco paso de electrificar su música y cantar a la cabeza de un grupo de rock. Los cuatro ingleses, por su parte, transformaron por completo su manera de escribir canciones, tanto en lo musical como en lo literario, y empezaron a ser más profundos en la búsqueda de crear una obra más artística y menos superficial. El primer resultado, también en 1965, sería la elaboración del disco Rubber Soul.
  El álbum número seis de los Beatles representó una vuelta de tuerca que desconcertó no sólo a su público, acostumbrado a la actitud alegre y despreocupada, desmadrosa pero inocente, del cuarteto. También la gente de la disquera se inquietó por esa súbita transformación, preocupada ante la posibilidad de que las ventas se vinieran abajo. Como sabemos, tal cosa no sucedió; todo lo contrario: el prestigio del grupo se consolidó y comenzó a abarcar a otros sectores, más allá de las gritonas teenagers y los adolescentes imberbes. Una audiencia más adulta empezó a tomarlos en cuenta.
  Lennon, McCartney, Harrison y hasta Starr tomaron muy en serio la nueva orientación del conjunto y esto se vio reflejado en las composiciones que formarían parte del nuevo plato. Antes, en ese mismo año, pusieron a la venta el disco Help!, con la música y algunas canciones de la película del mismo nombre, dirigida por Richard Lester (el mismo realizador de A Hard Day’s Night, de 1963). Pero a pesar de las estupendas piezas de ese álbum (como “You’ve Got to Hide Your Love Away”, “I Need You”,  “Ticket to Ride” o la propia “Help!”), era el siguiente el que en verdad les interesaba.
  Aun cuando Paul y John seguían firmando la mayoría de los temas, resultaba cada vez más evidente que cada uno estaba componiendo por su lado. Esto se notaría con mayor claridad en ese larga duración que llevaría como título Rubber Soul (que no es “alma de hule”, como muchos traducen literalmente, sino “soul de plástico”, en una especie de broma bastante autoirónica).
  En esencia, se trata de un disco de folk rock, como los que estaban haciendo The Byrds o el propio Dylan. No obstante, también hay diversos elementos de sicodelia, soul, música francesa, música de la India y rock pop a la Beach Boys, lo cual se destaca en el uso de las armonías vocales, muy influidas por el estilo de Brian Wilson.
  Producido por George Martin, catorce son las canciones que lo conforman. La mano de Lennon se aprecia en temas como “Girl”, “Run for Your Life” y las inconmensurables “In My Life”, “Nowhere Man” y “Norwegian Wood (This Bird Has Flown)”, en tanto la de McCartney está presente en joyas del pop rock como “Michelle”, “Drive My Car”, “You Won’t See Me”, “Wait” y “I’m Looking Trough You”. George Harrison, quien ya comenzaba a interesarse por el uso del sitar, contribuyó con dos composiciones propias: “If I Needed Someone” y “Think for Yourself”. Por su parte, Ringo pudo intervenir como primera voz e incluso como letrista en la bobalicona (as usual) “What Goes On”. Al parecer, sólo esta y “The Word” pueden considerarse realmente como del binomio Lennon y McCartney.
  Rubber Soul es la primera obra maestra de la discografía beatlesca. Vendrían en lo inmediato otros álbumes que lo superarían. Sin embargo, permanece como una joya discográfica que marcó una época y dio pie a una riquísima segunda mitad musical de la década de los sesenta.

(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

martes, 5 de mayo de 2015

Con Ciro en la mañana

Estuve con Ciro Gómez Leyva hoy tempranito, en Telefórmula, en su programa Ciro por la mañana. Me trataron muy bien en la estación y la entrevista estuvo muy divertida, tal como puede verse en el video. Ciro es un tipazo, un gran y generoso amigo. Siempre le estaré agradecido por su apoyo, desde que nos conocimos en Milenio, hace ya diecisiete años.

lunes, 4 de mayo de 2015

Los avatares de "Matar por Ángela"

¿Cómo nace una novela? ¿Cuál es proceso por medio del cual se gesta una obra literaria de este género? Como autor, uno podría inventarse una versión fantástica del modo como surgió una obra suya y hacer creer al lector que se encuentra frente a una especie de iluminado. Después de todo, ¿qué es en el fondo un escritor de ficción si no un gran embustero que cuenta mentiras en busca de hacerlas pasar por algo real?
  En mi caso, como no se me da eso de inventarme a mí mismo y más que un escritor me considero un mero escribidor, trataré de contar en verídicas palabras cómo fue que surgió Matar por Ángela, mi primera novela publicada y que en este 2015 acaba de ser reeditada por el sello Lectorum.
  Corría el año de 1994. En julio, yo acababa de recibir la pésima noticia de que la revista que dirigía, La Mosca en la Pared, tendría que desaparecer, debido a su inviabilidad económica. Sólo seis números habían aparecido de la misma y no había logrado el éxito de ventas esperado. Apesadumbrado pero necesitado (no sólo se iba la revista, sino también mi sueldo), se me ocurrió proponer un libro de entrevistas de rock con los grupos mexicanos que en ese tiempo mayor fama disfrutaban. Acudí entonces a la editorial Planeta y hablé con Andrés Ramírez, a quien conocía desde que éste era un niño, cuando mi hermano, el cineasta Sergio García, y yo visitábamos la casa del padre de Andrés, el escritor José Agustín.
  Mi propuesta fue aceptada y me di a la tarea de concertar las entrevistas con las cinco agrupaciones que elegí: Santa Sabina, Caifanes, Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Café Tacuba y El Tri. Para ello, acudí a una amiga fotógrafa que no sólo era muy buena en su profesión, sino que conocía a todos esos músicos y quien se encargaría de coordinar y concertar los citas con todos ellos. Por razones que se comprenderán más adelante, no puedo revelar el nombre de dicha artista de la lente (como se decía antes).
  El caso es que hice las entrevistas, ella hizo las fotos y una vez reunido el material, conseguí que mi gran amigo de toda la vida, el músico y artista plástico Adolfo Cantú, me facilitara una de las computadoras Mac (¿recuerdan aquellos viejos modelos que eran como cajitas grises) que tenía en su oficina, a fin de transcribir mis charlas con los músicos entrevistados.
  Como algunos sabrán, la transcripción puede convertirse en una labor cansada y tediosa. Entonces, cierto día se me ocurrió, a manera de distracción, ponerme a escribir y recrear una escena que había yo vivido durante una de las sesiones de entrevistas. Es aquí donde tengo que contar que mi amiga fotógrafa de nombre anónimo despertaba en mí algo más que una mera atracción y que me había enamorado profundamente de ella. Sin embargo, el sentimiento, ¡ay!, no era recíproco y aquel enamoramiento incorrespondido empezó a aderezarse con uno de los peores sentimientos que pueden surgir en un ser humano: los celos. Para no hacerla larga, aquel día decidí verter literariamente mi situación de amor (hacia ella) y de odio (hacia los tipos con quienes salía) y fue así como empecé a escribir lo que con el paso de los meses se convertiría en la novela Matar por Ángela.
  El relato fue avanzando. La historia de un cuarentón llamado Humberto Gazca (el nombre no podía ser más obvio), quien se enamora enajenada y perdidamente de una joven quince años menor que él (a quien llamé, precisamente, Ángela) fue tomando forma y en algún momento, muy a la Patricia Highsmith, decidí que el personaje masculino (un reportero de temas musicales) se viera impelido a asesinar a quienes consideraba sus enemigos amorosos. Es todo lo que diré acerca de la trama principal de la novela, para no echársela a perder al potencial lector.
  El libro quizá nunca hubiera sido terminado, de no ser porque, en 1997, la misma editorial Planeta convocó a un certamen para primera novela. Me dije que sería buena idea meter la mía al concurso y como había una fecha límite para entregarla, me di a la labor de terminarla.
  El libro entró a la competencia… y no ganó. Sin embargo, no me di por vencido. En ese tiempo, yo era colaborador de la sección de cultura que dirigía Víctor Roura en El Financiero, con una columna llamada “Bajo presupuesto”. Ahí había conocido al escritor Eusebio Ruvalcaba y me atreví a pedirle que leyera mi texto. Lejos de mandarme al demonio, como yo temía, Eusebio aceptó generoso y me pidió un par de meses para leerla y darme su opinión. Pasado el plazo, me llamó y me citó en una cafetería de San Ángel, donde lo encontré al lado de una guapa mujer que resultaría ser la escritora Margarita Cerviño. Ambos habían leído mi novela y les había gustado mucho. Tanto que el buen Eusebio me recomendó con Sandro Cohen, por aquel entonces editor de Nueva Imagen. Cohen la leyó, la aprobó y sólo me pidió que le cambiara dos cosas: el título (tenía otro muy malito) y el final. Sabía decisión la suya. Le llevé una larga relación de posibles nombres (pésimos en su mayoría), pero eligió el que lleva hoy y así pasó a llamarse Matar por Ángela. En cuanto al final, creo que el que tiene hoy es infinitamente mejor que el que tenía. Todo parecía miel sobre hojuelas (horrible lugar común, lo sé), hasta que a punto de irse a la imprenta, Nueva Imagen tuvo un recorte de presupuesto y Sandro me avisó con pesar que no podría editarme.
  Antes de que me sobreviniera la depresión, me recomendó con un amigo suyo, antiguo editor de Planeta, Jaime Aljure, quien acababa de fundar la pequeña editorial Sansores & Aljure. Era mi última esperanza y, helas!, al buen Jaime le gustó y a fines de 1998 al fin pudo ver la luz. A pesar de la escasa difusión que tuvo (dos o tres entrevistas, cuatro o cinco reseñas –la primera de ellas generosísima, por parte de don Federico Patán, en el suplemento cultural sábado que dirigía Huberto Bátiz en unomásuno), el libro se vendió bastante bien y pudo hacerlo más, de no ser porque un año después Sansores & Aljure desapareció y Matar por Ángela quedó en un limbo de diecisiete años en el que mucha gente me la solicitaba sin suerte. Hasta que el año pasado, a mediados de 2014, el poeta Fernando Fernández me puso en contacto con Porfirio Romo Lizárraga, propietario de la editorial Lectorum, quien accedió a publicarla de nuevo y aquí está otra vez, en los estantes de las librerías y esta vez con un apoyo y una difusión mucho mayores que en su primera vida.
  Como se ve, debo mucho a la generosidad de diversos personajes (puedo agregar a José Agustín, a Sergio González Rodríguez, a Josefina Estrada, a Fedro Carlos Guillén, a Julieta Venegas) quienes también tuvieron que ver) para que mi novela esté al alcance de los lectores y añadiré los nombres de Ciro Gómez Leyva, Héctor de Mauleón y Julio Patán, quienes la presentarán este miércoles 6 de mayo en el Centro Cultural Elena Garro (Fernández Leal No. 43, Barrio de la Conchita, Coyoacán), a las seis y media de la tarde.

(Texto publicado hoy en la sección "Ciudad de libros" del sitio de la revista Nexos).

sábado, 2 de mayo de 2015

Sábado, Distrito Federal

Mientras leo esa vacilada que es la reforma política del Distrito Federal, ya aprobada por los senadores y en espera de serlo por los diputados, no puedo sino acordarme de dos grandes personajes que en su obra se refirieron muchas veces al DF.
  No, no estoy hablando de Artemio de Valle Arizpe o de Salvador Novo, tampoco de Guillermo Tovar de Teresa o de Carlos Monsiváis. Mi recuerdo va al gran Raúl Prieto Río de la Loza (mejor conocido como Nikito Nipongo) y al no menos grande Salvador Chava Flores, ínclitos ciudadanos de esta muy noble y leal ciudad capital de México.
  En su legendaria columna “Perlas Japonesas”, Nikito insistió muchas veces en la tontería de llamar Ciudad de México a lo que oficial y constitucionalmente era el Distrito Federal. Por supuesto que nadie le hizo caso, pero nunca quitó el dedo del renglón.
  En mis épocas de militancia izquierdista, por allá de los años setenta y ochenta, una de las reivindicaciones principales era la de que el DF se convirtiera en entidad federativa y uno de los nombres que se proponía era el de Estado del Valle de México. También Nikito se cansó de decir que nuestra gran ciudad no se encuentra asentada en un valle, sino en una cuenca: la cuenca de México. Ahora, la nueva reforma propone que en lugar de Distrito Federal, todo el territorio que ocupa se denomine Ciudad de México (¿un estado que se llame ciudad?) y que las delegaciones pasen a ser alcaldías (¿y por qué no municipios, como en el resto del país?).
  Sobre Chava Flores, uno no puede dejar de rememorar sus maravillosas composiciones, sobre todo esa que –ya que andamos de reformistas– debería instituirse como el himno oficial de nuestra amada y aborrecida, celebrada y vilipendiada megaurbe: la enorme “Sábado, Distrito Federal”.
  Ahí les dejo la propuesta a nuestros legisladores, tan proclives a generar ideas, ideítas e ideotas.
  PD: También sería bueno que se editaran y se vendieran (o de plano se repartieran) millones de ejemplares del flamante libro Ciudad, sueño y memoria de Rafael Pérez Gay, Héctor de Mauleón y Carlos Villasana. Que sea texto obligatorio para los defeños (o el gentilicio que ahora nos endilguen).

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 1 de mayo de 2015

El blues de Woody Allen

Es célebre y ya legendaria la anécdota sobre la ocasión, en 1978, en que la cinta Annie Hall (1977), de Woody Allen, ganó cuatro premios Óscar (a Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Guión y Mejor Actriz Principal) y el realizador no se presentó a la premiación, en la ciudad de Los Ángeles, debido a que esa noche tocaba en un club de Nueva York, con la banda de jazz de la cual era clarinetista.
  Esto pinta por completo a Allen como un tipo a quien los premios lo tienen sin el menor cuidado, pero también como un hombre que ama la música, en especial el jazz y la llamada música culta, algo que se refleja en todas y cada una de las cuarenta y cinco películas que hasta hoy ha dirigido.
  La estrecha relación entre el cine de Woody Allen y la música –o para mejor decirlo: la importancia de la música en el cine del realizador neoyorquino– data de sus primeras películas, pero quizá tuvo un papel verdaderamente preponderante en Manhattan (1979), con la majestuosa introducción, en glorioso blanco y negro, en la que la “Rapsodia en azul” de George Gershwin nos lleva a través de un rápido recorrido por diversas y hermosísimas vistas de Nueva York. La banda sonora de ese genial (y escribo la palabra genial sin ambajes) filme incluye otras composiciones del mismo Gershwin, como “Someone to Watch Over Me”, “I’ve Got a Crush on You”, “S Wonderful” o “Embreaceable You”, entre otras.
  Sin embargo, Allen ya había dado un gran papel a la música en una cinta anterior, la estupenda Love and Death de 1975, en la que la obra de compositores rusos como Sergei Prokofiev e Igor Stravinsky está presente a lo largo de esta sátira inspirada en la gran literatura decimonónica de la Madre Rusia.
  El romance de Woody Allen con la música del llamado American Songbook es notorio. Por eso en sus obras abundan las canciones y obras para orquesta de autores como Cole Porter, Rodgers & Hart y el ya mencionado George Gershwin. Esto resulta notorio, de manera muy especial, en la única película plenamente musical del director: la maravillosa (y deliciosa e intencionadamente cursi) Everyone Says I Love You (1996). En ella, los personajes cantan y bailan a la menor provocación (como buen musical hollywoodense, aunque Allen abomine en general de Hollywood y en su momento haya dijo que más que un musical, “lo que hice fue una comedia en la que los personajes cantan”), con las notas de standards como “Let’s Do It (Let’s Fall in Love”), “Makin’ Whoopee”, “Chinatown, My Chinatown”, “Just You, Just Me” o la propia “Everyone Says I Love You”, con la que también homenajea a los Hermanos Marx y en especial a su película The Coconuts (1929).
  Pero es el jazz antiguo el género que más apasiona a Allen. Por eso en sus trabajos cinematográficos se escucha tanto a músicos de la primera mitad del siglo pasado, como Louis Armstrong, Sidney Bechet, Al Jolson, Fats Waller, Hoagy Carmichael, Benny Goodman,  Harry James, Glenn Miller, Artie Shaw, Tommy Dorsey, Duke Ellington y Django Reinhardt (a quien de hecho rinde homenaje en Sweet and Lowdown de 1999).
  En cuanto a otros compositores de la llamada música culta, además de los dos rusos ya mencionados, el director ha utilizado en sus filmes música de Giacomo Puccini (Annie Hall), Felix Mendelssohn (Another Woman, 1988), Richard Wagner (Crimes and Misdemeanors, 1989), Erik Satie (Husbands and Wives, 1992), Gustav Holst (Manhattan Murder Mystery, 1993), Johann Sebastian Bach (Match Point, 2005), Aram Katchaturian (Melinda and Melinda, 2004), Giuseppe Verdi (A Midsummer Night’s Sex Comedy, 1982) y Gustav Mahler (Scoop, 2006), entre otros.
    El rock, en cambio, nunca ha salido bien parado en las cintas allenianas. Es claro que a Woody no le agrada el género en absoluto y lo demostró en un par de escenas muy semejantes, una en Annie Hall y otra en Hannah y sus hermanas (1986). En ambas, el personaje que él interpreta asiste a un concierto de rock, acompañado por mujeres de gustos roqueros (interpretadas por Shelly Duvall en el primer caso y por Dianne Wiest en el segundo), y en las dos ocasiones sale echando pestes de la música que acaba de escuchar (folk rock y punk, respectivamente). La intolerancia al rock es muy clara en él.
  “El blues de Woody Allen”, llamé a este texto y, ahora que lo veo y hasta donde recuerdo, no hay un solo blues en la filmografía del director… ¿o lo hay?

(Publicado este mes en el No. 449 de la revista Nexos).

jueves, 30 de abril de 2015

Presentador (dos amigas)

A seis días de que se presente mi libro, me tocó ser presentador de otro: el volumen de cuentos Instrucciones para jugarse la vida con Satanás de Arturo J. Flores. Había sido un buen mediodía, con la visita de la mujer que en estos momentos más me mueve el tapete y quien además me trajo un mezcal que degustamos placenteramente. No me pudo acompañar a la presentación del libro de Arturo, pero poseído por su espíritu mexica-mezcalero me lancé a la calle de Colima, en la colonia Roma, para arribar puntual, a las siete de la noche -llegué antes que el autor y el otro presentador-, al local de la marca de zapatos Dr. Martens, donde se llevó a cabo el "evento".
  Estuvo muy bien, bastante divertido. Hubo unas treinta personas como público. Ivan Farías y yo hablamos del libro (creo que no estuve tan mal) y cerró Arturo.
  Me tomé otro mezcal y luego, con mi amiga Leticia, a la que había quedado de ver ahí, me fui a cenar a los Bisquets de Obregón de la propia colonia Roma. Muy agradable cenita con una de mis cuatas más entrañables. De ahí nos fuimos caminando por Álvaro Obregón hasta Insurgentes y luego hacia el sur, por toda la gran avenida hasta llegar al metro Chilpancingo, donde nos despedimos y cada quién torció para su rumbo.
  Fue un día estupendo.

miércoles, 29 de abril de 2015

Reconectado

Luego de ocho días exactos (desde el miércoles 22 no tenía línea telefónica), hoy por fin acudió un técnico de Telmex para reparar el desperfecto que había causado un colega suyo, de Infinitum, cuando vino al edificio para instalar fibra óptica en un apartamento ¡del séptimo piso!
  Lograr que viniera alguien a arreglar el problema fue un viacrucis que me tuvo reportando, todos los días, mi número y recibiendo, todos los días, las mismas promesas vagas de quienes atienden los reportes (eso sí: siempre me ofrecían disculpas). Incluso ayer fui a la oficina de Telmex y un burócrata que trabaja como gerente me despachó con las mismas promesas, aunque con la advertencia de que "tal vez sea hasta el lunes próximo que vayan a su casa, porque se atraviesa el puente". Inaudito. Ah y además me hizo caras porque no supe mi número de reporte.
  Fue casi por azar que se resolvió todo. Molesto por el trato del gerentillo, publiqué en facebook y en Twitter mis quejas contra Teléfonos de México, pero al hacerlo en el tuit, se me ocurrió poner @telmex. Fue la fórmula mágica: en unos minutos me escribieron de Telmex Soluciona (@TELMEXSoluciona) para pedirme mis datos por correo electrónico, incluido mi número de celular. Luego me llamaron, me escucharon y me prometieron que hoy vendría un técnico.
  Un tanto incrédulo estaba yo, pero hoy temprano me llamaron para decirme que ya no tardaba el técnico y, en efecto, vino... y en cinco minutos me arregló la línea. Todo fue tan surrealista...

martes, 28 de abril de 2015

El rockcito sí tiene quién le escriba

Tal vez tomando como modelo los libros publicados hace poco por la revista Marvin, en los que diversos autores escribieron relatos basados en Morrissey o en Blur, la revista Resonancia acaba de publicar un volumen de cuentos intitulado Encore, el cual toma como fuente de inspiración a diversos grupos y solistas del rock que se elabora en México.
  Basados en músicos como La Barranca, Dangerous Rhythm, Café Tacuba, Ely Guerra, Cuca, El Tri, Los Ezquizitos y otros, una veintena de escribidores aporta sus narraciones, mismas que ofrecen una calidad tan desigual como la que existe entre las “bandas” en cuestión (digo, no es lo mismo La Barranca que Fobia o Santa Sabina que los Rebel Cats).
  La edición de Encore es un tanto descuidada (resulta claro que no hubo ya no digamos un corrector de estilo, pero al menos uno de pruebas) y el diseño no ayuda mucho (esa separación de dos espacios entre cada párrafo resulta muy poco atractiva para leer). Tampoco hay un índice o una ficha mínima sobre cada autor. En cuanto al contenido, hay relatos muy buenos, frente a otros bastante pobres.
  Destacan notablemente los cuentos de Armando Vega-Gil, Juan Alberto Vázquez, Rogelio Garza, Juan Carlos Hidalgo, Alejandro González y Arturo J, Flores. Se nota en cada uno de ellos el oficio escritural. En ese sentido, también son recomendables los textos de Raquel Castro y Carlos A. Ramírez.
  Lo que de plano me brincó es que el cuento abridor (“Rockstar”), un relato muy plano y simplón de Joselo Rangel (aunque la anécdota en sí no es mala), haya sido elegido para abrir el libro. Tal vez fue por razones comerciales, pero en él relucen la falta de oficio, la ausencia de estilo, la mala puntuación y horrores como explicar que la palabra “enlamado” tiene que ver con el limo (y no con la lama) o hablar de un tal Keith Richard (así, sin la “s” final). Ello para no mencionar el final, una joya del humorismo involuntario y el egocentrismo chafa al que sólo le faltó añadir la frase “¡Y lo logré!” (léalo usted para que vea a qué me refiero).
  El rockcito ya tiene quiénes le escriban.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 27 de abril de 2015

Declaración de finales

Quienes se enojan porque me burlo de los progres, de los chairos, de los mitos izquierdosos, de los héroes de la feligresía políticamente correcta (desde el Che Guevara hasta Hugo Chávez, desde Eduardo Galeano hasta Mario Benedetti, desde Silvio Rodríguez hasta Lila Downs) no se dan cuenta de que en realidad me estoy burlando de mí mismo, de lo que fui hace treinta y tantos años. Porque aunque no se usaban esas palabras, durante largos años yo fui progre, chairo e izquierdoso, así como marxistoide, antiimperialista y prosoviético. Me asiste, pues, el derecho a burlarme de mí y de mis antiguas creencias. ¡Viva Marx (pero Groucho)!

domingo, 26 de abril de 2015

Algo de mi novela en "Final de partida"

Donde Julio Patán​ habla, durante los primeros minutos y con gran generosidad, de "Matar por Ángela" y de este servidor (programa Final de partida, Foro TV, abril 17 de 2015).

http://noticieros.televisa.com/foro-tv-final-de-partida/1504/confiar-pilotos-aviadores/

sábado, 25 de abril de 2015

Vigencia de don Perpetuo

Quienes la leyeron en su momento o en sus múltiples reediciones a lo largo de los años posteriores, deben recordar con agrado la historieta Los Supermachos de Eduardo del Río, Rius, una especie de decano y tótem de los caricaturistas mexicanos actuales (debo confesar que aunque hoy ya no comulgo con la esquemática visión política del gran humorista michoacano, durante buena parte de mi vida fue mi principal ideólogo y lo leía con absoluta devoción, tanto en la referida historieta como en Los Agachados y en sus numerosos libros –Marx para principiantes y La panza es primero eran para mí como una Biblia).
  Pues bien, en Los Supermachos había un personaje torvo, astuto, corrupto y maquiavélico que era el presidente municipal del pueblo de San Garabato y que respondía al nombre de don Perpetuo del Rosal. De botas y sombrero de ala ancha, de eternos lentes oscuros y bigotazo ranchero, miembro fiel del RIP (eran épocas en que la censura no hubiese permitido usar el nombre del PRI), don Perpetuo hacía y deshacía a su antojo, con todo el autoritarismo, el cinismo y el populismo de tantos políticos mexicanos de ayer, hoy y mañana.
  ¿Qué tan vigente sigue siendo don Perpetuo en pleno siglo XXI, qué tan vigente lo sigue siendo en este México tan lleno de trabas, muchas de ellas mentales, que no le permiten dar el gran paso a la modernidad y el desarrollo?
  Basta echar un ojo a nuestros políticos de esta década, para darnos cuenta de que el espíritu del referido alcalde caricaturizado por Rius se encuentra absolutamente presente, con la variante de que ya no sólo representa a los priistas, sino también a perredistas, panistas, morenistas, petistas, verdes y demás fauna polaca. Ahí están las mismas mañas, las mismas tranzas, las mismas mentiras, las mismas promesas sin cumplir, la misma demagogia y hasta el mismo mesianismo iluminado.
  Don Perpetuo del Rosal debería ser considerado héroe y patriarca de los políticos mexicanos y su nombre tendría que estar inscrito, con letras de oro, en el Palacio Legislativo.
  Ya que la nuestra es una política de historieta, honor a quien honor merece.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 24 de abril de 2015

High Llamas / Gideon Gaye (1994)

Claramente influenciados por el Brian Wilson post Pet Sounds, Sean O’Hagan y sus High Llamas grabaron este su segundo y mejor disco. Para muchos son unos imitadores de los Beach Boys. Para otros, este disco es mejor que el de los sonidos de las mascotas. Cada quién puede comprobarlo por sí mismo.

Mejor tema: “Checking In, Checking Out”

jueves, 23 de abril de 2015

Sixto Valencia

Conocí su nombre desde que era yo un niño y leía los ejemplares de Memín Pinguín (al que todos le decíamos Pingüín), la historieta en sepia que publicaba editorial Argumentos y que cada semana compraba mi prima Dora.
  Escrita por Yolanda Vargas Dulché y dibujada por Sixto Valencia, aquella revista formó parte esencial de mi educación sentimental, al lado de Chanoc, Los Supersabios, La Familia Burrón, Tawa y, claro, las historietas ("cuentos", se les llamaba en los años sesenta) de la editorial Novaro. ¿Cómo haber imaginado en ese tiempo que veinte años más tarde sería yo guionista de aquel tipo de publicaciones y que trabajaría directamente con doña Yolanda y me tocaría toparme muchas veces con Sixto, en las oficinas de la editorial Vid, en la colonia Narvarte?
  Recuerdo a Sixto Valencia como un hombre muy serio y poco comunicativo, de muy pocas palabras. En los ochenta era casi inaccesible y en los noventa, ya en la editorial Toukán, me acuerdo de él como un señor de escaso cabello y gran bigote, igualmente serio y hasta un tanto huraño y malhumorado. Nunca hice amistad con él, como sí la hice con otros dibujantes y argumentistas de leyenda, como el gran Ángel Mora (Chanoc) o el ingeniosísimo Daniel Muñoz (El Pantera), entre otros.
  Como sea, Sixto es una leyenda de la historieta mexicana y al enterarme hoy de su fallecimiento, a los 81 años de edad, no puedo más que lamentarlo.
  Memín debe estarlo llorando.

miércoles, 22 de abril de 2015

Duda existencial




























 
Hay días tan bellos como el de hoy en los que, luego de verla, no sabría decir si me estoy enamorando o no de ella.

martes, 21 de abril de 2015

Lila Downs y la artificiosa corrección

Algo me pasa con Lila Downs y me pasa desde la primera vez que la escuché: nada más no le creo. No creo en su autenticidad, no creo en su sinceridad, no creo en su sobrevalorada calidad artística.
  Sé que declarar esto es políticamente incorrectísimo y que de tiempo atrás se le considera como la nueva Gran Señora de la Canción Mexicana (así, con mayúsculas). Sin embargo, yo veo esto más como fruto de una imposición mercadológica de origen seudo progresista que como algo que hunda sus raíces en lo auténticamente mexicano. Es algo así como lo que fue no hace mucho la moda Frida Kahlo: un fenómeno kistch tan hueco como un cascarón vacío.
  En un país que ha dado tantas grandes intérpretes vernáculas, como Lola Beltrán o María de Lourdes (para no hablar de Lucha Reyes), o tantas genuinas voces folclóricas, como Amparo Ochoa o Tehua (para no hablar de Astrid Haddad o de Eugenia León), la repentina irrupción de Lila Downs y su estilo impostado y grandilocuente, superficial y artificioso, me ha resultado siempre una cosa tan indigesta como oportunista.
  Ese modo de usar a la música nacional como mero mexican curious cuasi turístico para consumo primermundista y burgués, esa propuesta tan elaborada y planificada, tan coloreada y chillante como artesanía de Fonarte, me brinca y me incomoda.
  Acabo de escuchar su nuevo disco, Balas y chocolate (Sony Music Latin, 2015), y no hice sino reafirmar mis impresiones sobre ella, con el agravante de que a la impostura musical (ahora con influencias de Juanes y de la Tigresa del Oriente), le ha añadido letras “militantes”, con referencias (but of course) a Ayotzinapa, el pueblo bueno y otros neo lugares comunes que de seguro le atraerán compradores entre su público cautivo.
  Bien producido, bien instrumentado, con invitados como el propio Juanes o Juan Gabriel (sí, el mismísimo Juanga), Balas y chocolate es un champurrado de música folcloroide (Federico Arana dixit) y letras ceceacheras que se venderá muy bien en el mercado progre y hasta en el mercado hipster.
  Si a usted no le molesta que le cambien oro por cuentitas de vidrio, no dude en adquirirlo.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 20 de abril de 2015

Mi entrevista para Código DF

Este el podcast de la entrevista que me hicieron en la estación en línea Código cdmx para el programa Código Indie. Creo que está entretenida y divertida. La dejo a su consideración, denle clic aquí:

Entrevista HGM sobre Matar por Ángela.

domingo, 19 de abril de 2015

¿Música para regalar?

Música gratuita. Esas dos palabras podrían constituir, a mediano o largo plazos, una consigna que al ser llevada al terreno de los hechos se convirtiera en una situación aun más subversiva y peligrosa para la gran industria discográfica que la propia piratería. Nada más explosivo para un sistema basado en el lucro, la ganancia y la plusvalía que las mercancías sin precio. ¿Cómo competir desde el mercado con un producto que en lugar de venderse se regala? ¿En la disyuntiva de pagar por algo o recibirlo sin gastar un centavo, cuál consumidor se inclinaría por lo primero? Las reflexiones anteriores surgen luego de saber que en nuestro país hay cuando menos dos músicos –el Sr. González y Alonso Arreola– que han sacado sendos discos (El Grao y Música horizontal) que no se expenden en tienda alguna, sino que se obsequian a la gente que desee tenerlos ya sea material o virtualmente. Esto que a simple vista parecería tan sólo una idea curiosa y un tanto delirante (¿quién en su sano juicio regalaría el fruto de su trabajo y de sus inversiones económicas?), posee un potencial gigantesco y es como un dardo envenenado para una industria, la del disco, que de por sí vive momentos de grave crisis a nivel mundial. La premisa de la cual parten estas dos obras (de gran calidad ambas, por cierto) es que de los músicos que graban para las disqueras, la mayor parte recibe una retribución mínima, ridícula, absurda, humillante, por concepto de regalías. Lo mismo sucede en el caso de las producciones independientes que en realidad no dejan una ganancia importante. En cambio, al regalarse, la propuesta puede ser conocida por muchas más personas, quienes acudirán a los conciertos de estos músicos y con ello los retribuirán de uno y muchos modos. La idea puede generalizarse. Muy posiblemente lo hará. En los próximos meses, en los próximos años, seguramente seremos testigos de cómo muchos grupos y solistas siguen la misma senda, la de la música gratuita. Todos los involucrados ganarán con ello.

(Publicado por mí en la sección editorial "Ojo de Mosca" de la revista La Mosca en la Pared No. 118, agosto de 2007)

sábado, 18 de abril de 2015

Galeano y la izquierda cursi

“Galeano es a la ciencia política (baste recordar Las venas abiertas de América Latina) lo que Benedetti (el escritor, no las pizzas) es a la poesía y Silvio Rodríguez es a la música y los tres son a la izquierda lo que Arjona es a la sensibilidad godinezca”.
  Subí este comentario en broma a mi muro de Facebook y a mi Twitter el día en que fallecieron Eduardo Galeano y Günter Grass. No le cuento cómo me fue porque resulta muy fácil adivinarlo (y si no, basta con que lea hoy esta columna en la versión en internet de Milenio Diario y le eche un ojo a varios de los comentarios de aquí abajito).
  Pero si en mi colaboración de hace ocho días hablaba yo de la irritabilidad de jarrito de Tlaquepaque del sector progre de la población nacional, hoy me puedo referir sin problemas a la cursilería churrigueresca y rococó de esos Compas (así, con mayúscula inicial, como ellos mismos se ponen ahora), quienes volvieron a derramar miel y almíbar al por mayor al lamentar (como yo lamento también) la muerte del escritor uruguayo (del pobre de Günter Grass prácticamente ni se ocuparon).
  Como si en ellos se hubieran juntado a la vez las frases más lugarcomunescas de Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra, Alfredo Zitarrosa, los Chalchaleros, Inti Illimani, Carlos Puebla (en sus odas a Fidel Castro), los Guaraguao, José de Molina y, por supuesto, los ya mencionados Silvio y Benedetti (cerezas del siempre empalagoso e indigesto pastel “latinoamericano”), muchos articulistas y usuarios de las redes sociales se dedicaron a deleitarnos con lo mejor de su repertorio de loas, apologías, encomios y lamentos por la muerte de ese ingenioso hacedor de frases citables que fue Galeano. Algunos, en el mejor (o peor) estilo de Hugo Chávez o Nicolás Maduro, volvieron a cantar a “la unión de los pueblos latinoamericanos”, unión que jamás ha existido ya que esos pueblos, a lo largo de más de dos siglos, han sido expertos en odiarse entre sí y en desconfiar los unos de los otros.
  Pero la añeja cursilería izquierdosa, esa sí que permanece incólume, esa sí que sí se ve.
  “¡De pie, cantar, que vamos a triunfar…!”.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 17 de abril de 2015

Cat Stevens / Foreigner (1973)

¿Cat Stevens progresivo? Sí y con una enjundia insospechada. Luego de cuatro discos de pacifismo, mensajes hippies y baladas acústicas, el futuro musulmán quiso emular (se dice) al Thick As a Brick de Jethro Tull. ¿Ambicioso? Sí. ¿Pretensioso? También. Pero a final de cuentas, un trabajo muy disfrutable e interesante.

Mejor tema: “Foreigner Suite”.