lunes, 8 de febrero de 2016

La celda de cristal

La había leído hace veinte años, por allá de 1995 o 1996. La tenía en una preciosa edición de la colección "El libro de bolsillo" de Alianza Editorial. Ya vivía aquí cuando se la presté a una amiga (y por más que quiero no logro acordarme a cuál de todas fue), quien jamás me la devolvió. Recordaba la novela como la mejor que he leído hasta ahora de Patricia Highsmith (una autora que me encanta y a quien he leído mucho) y como un libro que me influyó a la hora de escribir Matar por Ángela (de hecho, hay un epígrafe sacado del relato de la Highsmith al principio de mi novela). Mucho tiempo la busqué en librerías y luego en internet y nada. Hasta que hace unos meses me topé con una edición de Anagrama y pude pedirla por Amazon México. La recibí, la leí y hoy, en horas de madrugada, la terminé.
  Aunque recordaba lo principal de la trama, la verdad es que fue como leerla por primera vez. Volvió a atraparme, a envolverme, a fascinarme, a no soltarme. Porque La celda de cristal es una obra mayor, portentosa, un estudio de caracteres fenomenal, un análisis del efecto que pueden llegar a tener los celos sobre cualquier persona, por normal que se considere, cuando éstos la enajenan de tal modo que le hacen perder todo sentido de la realidad, al punto de desear la muerte de otro o de otros y llegar a matarlos.
  La historia de Philip Carter y la manera como es maltratado por la vida, primero por un delito que no cometió y que le costó seis años en la cárcel y luego por la forma como ha cambiado su entorno familiar, matrimonial y laboral una vez que recupera la libertad, está narrada con una maestría admirable, con fría pasión, con precisión quirúrgica y, sobre todo, sin acudir jamás a falsos moralismos o a la pretensión de querer dar lecciones de vida o moralejas innecesarias. El magnífico final abierto es parte de ello.
  Una novela fundamental. A mi modo de ver, una de las grandes obras de la literatura estadounidense.

martes, 2 de febrero de 2016

Mujeres salvajes

La influencia de PJ Harvey es evidente y ya se notaba en su primer disco, el estupendo Silence Yourself de 2013. Me refiero a Savages, el cuarteto femenino británico de post punk, una de las agrupaciones actuales con mayor frescura y energía, cosa que refrenda con Adore Life (Matador Records), su nuevo álbum de 2016.
  Potentes pero sensibles, desgarradas pero tiernas, irónicas pero vulnerables, apasionadas pero inteligentes, amorosas pero sin cursilerías inútiles, estas mujeres salvajes son capaces de brindar una obra sin fisuras y lejos de caer en el antiguo y frustrante agujero negro del segundo disco –ese que ha hundido a tantos grupos a lo largo de la historia y que a tantas promesas ha sumido en la ignominia y el olvido–, han conseguido superar lo ya hecho y mostrar que las agallas del plato debut eran reales y auténticas.
  Diez son los cortes de Adore Life y no existe uno solo que no valga la pena, además de que cuentan con una virtud adicional: no se repiten. Cada canción responde a diferentes intensidades, a distintos humores, y lo que en unas puede ser vértigo y estruendo (“The Answer”, “T.I.W.Y.G”), en otras es contención y dramatismo (“Slowing Down the World”, “Mechanics”). Hay huellas del gótico de Siouxie and the Banshees (“Evil”) o del new wave de Pretenders (“Sad Person”), pero es la mencionada marca de PJ Harvey la que más resalta en la música de Savages, algo que ya se palpaba en el disco anterior y que aquí puede escucharse en composiciones tan vibrantes como “Adore” o “When in Love”.
  En cuanto a la temática de las letras, es el amor visceral lo que reina en ellas, esa angustia por el amor perdido pero también por el amor encontrado, esa ansia por dar con el amor posible o imposible, esa mezcla de afecto y rencor que suele haber en las relaciones sentimentales y que queda tan bien reflejada en temas como “I Need Something New” o “Surrender”.
  No hay más que disfrutar de este gran trabajo, una sorpresa temprana de este año que, cuando menos discográficamente, parece empezar muy bien.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

domingo, 31 de enero de 2016

The Game

Dos años tuvieron que transcurrir, a partir de la aparición de Jazz, en 1978, para que Queen grabara el que quizá sea su segundo mejor disco. Y para no pocos, el mejor. The Game (1980) es un trabajo impecable. Lo paradójico del asunto es que se trata de una obra perfectamente diferente, casi diríamos que opuesta a A Night at the Opera. Lo que en ésta es grandilocuencia, en The Game es sencillez. Lo que en la primera es virtuosismo un tanto pomposo y a duras pensa contenido, en el segundo es austeridad y una actitud gozosamente rocanrolera. Rock sinfónico contra rock a secas.
  Sin ideas conceptuales, sin pretensiones de trascendencia, The Game es un sencillo disco de rock and roll, con una serie de canciones estupendas. La abridora “Play the Game” es emocionante y melodiosa; “Dragon Attack” es potente y dura, con un bajeo irresistible y un Brian May dueño de una guitarra abrasiva; “Another One Bites the Dust” no necesita mayores comentarios, es una pieza clave no sólo de este disco sino de la carrera toda de Queen (¡y la compuso John Deacon!); “Need Your Loving Tonight” (también de Deacon) es una encantadora canción de sonido sesentero; “Crazy Little Thing Called Love” es el mejor homenaje que el grupo pudo hacer a Elvis Presley: escrita por Freddie Mercury, contiene un precioso y preciso solo de Brian May, ejecutado con una vieja Telecaster; “Rock It (Prime Jive)” es una divertida incursión en el new wave con ciertos aires ledzeppelinianos a la “D’Yer Maker”; “Don't Try Suicide”, en cambio, maneja un beat muy sugerente para enmarcar su irónica letra; “Sail Away Sweet Sister” es una hermosísima balada de May que hubiese quedado perfecta en Una noche en la ópera; “Coming Soon” por su parte es otra probadita de new wave; finalmente, “Save Me” corona The Game con una de las más excelsas interpretaciones del grupo. Una conclusión verdaderamente conmovedora y maravillosa para un disco gigantesco.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 13 de La Mosca en la Pared, aparecido en diciembre de 2004).

sábado, 30 de enero de 2016

Instrucciones para violar la Constitución

El próximo viernes se cumplen 99 años de la promulgación, en la ciudad de Querétaro, de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (y aquí hago un recuerdo de mi abuelo, Emiliano García Estrella, diputado constituyente en 1917 por el estado de Sinaloa) y parece que el actual Congreso federal y los congresos de todas las entidades de la república eligieron estos días para cometer una “pequeña” violación a nuestra Carta Magna.
  Igual estoy mal y algún especialista en derecho constitucional me corrige, pero nos dicen que el Distrito Federal ha pasado a denominarse Estado de la Ciudad de México y luego leo el artículo 44 constitucional que a la letra dice: “La Ciudad de México es el Distrito Federal, sede de los Poderes de la Unión y Capital de los Estados Unidos Mexicanos. Se compondrá del territorio que actualmente tiene y en el caso de que los poderes Federales se trasladen a otro lugar, se erigirá en el Estado del Valle de México con los límites y extensión que le asigne el Congreso General” y pues nada más no entiendo.
  Es cierto que con el nuevo estatus de la capital mexicana los poderes federales no se han trasladado a otra parte del país, pero es cierto también que ya somos un estado más de la federación y que nos cambiaron el nombre y que éste no es el que la Constitución ordena.
  Insisto en que no soy especialista y hago esta observación como mero ciudadano ex defeño y mexicano (aunque en realidad soy tlalpeño). ¿Se viola la Constitución al ponerle Ciudad de México a la nueva entidad en lugar de Valle de México? ¿Es peccata minuta? ¿No tiene caso hacerla de tos? ¿Hay problemas más graves en el país como para andar fijándose en semejantes minucias? ¿Se viola tanto a doña Consti que una vez más ya da lo mismo? ¿Estoy levantando una cortina de humo y haciéndole el juego a la mafia en el poder?
  No lo sé. El caso es que así están las cosas y, salvo explicación fundamentada, seguiré pensando que los legisladores, all over the nation, no respetaron al artículo 44.
  Caray… y hasta sería más sencillo el gentilicio: vallimexicanos.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 29 de enero de 2016

Paul Kantner, in memoriam

Mi colección discográfíca particular de Paul Kantner, en un pequeño homenaje en video de cinco minutos (hay una errata que corrijo: el segundo disco de Jefferson Airplane es After Bathing at Baxter's, grabado en 1967, mismo año del Surrealistic Pillow). Lo grabé esta noche, un día después del fallecimiento de Kantner.

jueves, 28 de enero de 2016

The Velvet Underground and Nico

Parece mentira que uno de los discos más legendarios e influyentes de la historia del rock haya sido grabado en apenas un par de días. Más sorprendente resulta que un álbum tan espléndido y singular haya permanecido en la oscuridad prácticamente durante una década.
  Sin The Velvet Underground and Nico sería muy difícil –si no es que imposible- concebir la existencia de géneros como el glam, el punk, el new wave, el noise, el dream pop y hasta el gótico, para no hablar de varias bandas de lo que en la actualidad se conoce con el ambiguo nombre de indie.
  El trabajo con el cual debutó la banda encabezada por Lou Reed y John Cale -más ese añadido impuesto por Andy Warhol que fue la cantante alemana Nico (un añadido que a la larga terminó por ser muy afortunado y ayudó a que creciera el aura mítica del disco)- es una obra que asombra no sólo por la calidad de todas y cada una de las canciones que la recorren, sino también por la diversidad estilística de las mismas.
  El plato comienza con “Sunday Morning”, una melodía llena de aparente ternura (campanitas incluidas) pero cuya letra habla acerca de un tipo que no ha dormido y a quien la mañana del domingo sorprende en las calles que lucen como un terreno amenazante y ominoso, tan amenazante y ominoso como los rumbos que recorre el narrador de “Waiting for the Man” en busca de un vendedor de drogas que le dará algo que lo hará sentirse bien durante ese día, aunque al siguiente las cosas vuelvan a ser igual de jodidas. “Femme Fatale”, la primera pieza cantada por Nico, es igualmente siniestra en su mensaje de advertencia acerca de una mujer que es capaz de destruir a quien se le ponga enfrente. Por su parte, “Venus in Furs” es un corte mayor, una composición minimal con una persistente guitarra que repite una sola nota a manera de cítara hindú, mientras Reed canta acerca de una singular prostituta. “Run, Run, Run” es un rock casi de garage con una letra dylaniana y un Lou Reed que recuerda al Mick Jagger de aquellos días. La guitarra sucia del propio Reed en los solos es un claro antecedente del noise rock. Viene entonces el contraste con la hermosamente marcial “All Tomorrow’s Parties”, cantada por Nico y con una base percusiva que descubre la importancia del bajo de Sterling Morrison y la batería de Maureen Tucker, al tiempo que John Cale hace resonar un teclado a manera de clavicordio. Una belleza como sacada del Berlín de la preguerra.
  “Heroin” es sin duda la cumbre del también conocido como “el álbum del plátano” (diseño de Warhol, claro). Es una de las grandes composiciones de Reed, el antihimno de un heroinómano, con una letra escalofriante y sólo comparable a la “Sister Morphine” de los Rolling Stones. Un tema que sigue impresionando a casi cincuenta años de distancia con frases como “Heroin, be the death of me / Heroin, it’s my wife and it’s my life / Because a mainer to my vein / Leads to a center in my head / And then I’m better off and dead/ Because when the smack begins to flow/ I really don’t care anymore”. Punto y aparte merece la guitarra en constante feedback que da a la canción su exacto sentido musical. Impresionante. El reposo sobreviene en cambio con la preciosa “There She Goes Again”, una especie de rhythm and blues muy a la Memphis pero con ese inevitable toque neoyorquino de los temas de Reed. “I’ll Be Your Mirror” podría considerarse en sentido estricto como la única canción de amor del álbum. Se trata del último corte cantado por Nico y tal vez sea la canción menos notable. “The Black Angel’s Death Song” y “European Son” resultan los temas más experimentales de The Velvet Underground and Nico. En el primero, la viola de Cale prevalece como leit motiv instrumental, en tanto Reed interpreta una letra más que hermética. En el segundo, la ruidosa improvisación se extiende durante cerca de ocho minutos en un intensísimo jam session de difícil descripción que cierra esta grabación cuya actualidad y frescura permanecen por completo incólumes.

(Reseña que escribí para el Especial No. 29 de La Mosca en la Pared, dedicado a The Velvet Underground y publicado en abril de 2006)

miércoles, 27 de enero de 2016

Emmy Rossum

Si me lo preguntan, diré que para mí es la mujer más bella del mundo.



martes, 26 de enero de 2016

La muerte agradecida

La mayor parte de las muertes son lamentables y es normal que causen dolor. Sin embargo, también resulta natural que esas muertes empiecen a suceder cuando se trata de personas que han alcanzado la llamada tercera edad, etapa de la vida en que los decesos se vuelven más comunes.
  Las muertes reciente de músicos sexagenarios y septuagenarios tendría que ser vista de ese modo, a pesar de la pena que nos causen por tratarse de gente admirable, sensible y creativa. Así, David Bowie se fue a los 69 años, Glenn Frey (Eagles) a los 67 y el baterista Dale Griffin (Mott the Hoople) a los 67. El mexicano Lalo Tex era más joven, pues tenía apenas 56 años.
  Los cuatro expiraron por causas que podemos llamar naturales: Bowie por un cáncer, Frey por una neumonía complicada con artritis reumatoide, Griffin por Alzheimer y el líder de Tex Tex por un infarto.
  Si bien es cierto que hay leyendas del rock que por fortuna permanecen entre nosotros (Chuck Berry tiene 89 años, Little Richard 83, Leonard Cohen 81, Buddy Guy 79, Bill Wyman 79, Tina Turner 76, Grace Slick 76, Ringo Starr 75, Bob Dylan 74, Paul Simon 74, Charlie Watts 74, David Crosby 74, Leon Russell 73, Aretha Franklin 73, Paul McCartney 73; Keith Richards 72, Mick Jagger 72, Jimmy Page 72, Ray Davies 71, Pete Townshend 70, Van Morrison 70, Donovan 69), es lógico hacerse a la idea de que los grandes músicos del género que brillaron de finales de los años 50 a mediados de los 70 poco a poco irán desapareciendo en los próximos años. Suena cruel, pero es la verdad y aunque resultará tan impactante como la muerte de Bowie el pasado 10 de enero, cada fallecimiento será algo tan natural como irremediable.
  Si los héroes del rock morían a los 27, los sobrevivientes lo harán a sus 70, 80 o 90 y tantos, después de haber dejado un legado fantástico para las generaciones que les siguieron y las que están por llegar.
  La muerte agradecida, the grateful death, es la consecuencia natural de la vida. Si hay algo después, no lo sabemos. Al menos no todavía.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 25 de enero de 2016

Enojado

Hace mucho tiempo que no me enojo. Me refiero a enojarme en serio, a enfurecer, a perder los estribos. Para hacerme enojar de ese modo, se necesita mucho. Quizá de vez en cuando algo me moleste, pero no como para ponerme iracundo. Se me pasa muy pronto. Tampoco soy rencoroso. Siempre suelo estar de buen humor. Debido a todo esto, casi nadie me ha visto alguna vez realmente enojado (y qué bueno, porque las escasísimas veces que en mi vida he estado fuera de mis cabales, me sale lo Aries y hasta yo mismo me doy miedo). Así pues, qué bueno que no suelo enojarme y que en general tengo una paciencia casi franciscana. Ahora que si alguien desea saber cómo me veo enojado, les muestro esta foto..., aunque no sé si resulte muy convincente.

domingo, 24 de enero de 2016

Tommy

A más de cuatro décadas y media de haber sido grabada (1969), la ópera rock Tommy mantiene su importancia y su frescura sin par. Uno de los cuatro álbumes fundamentales de The Who (al lado de Sell Out, Who’s Next y Quadrophenia), la historia de Tommy Parker, el muchacho sordomudo y ciego que se convierte en un as del pinball, ha seducido a varias generaciones no tanto por lo que relata como por la calidad de su música.
  Aunque en su momento se le pudo acusar de pretenciosa y fatua, el paso de los años ha demostrado que Tommy vale por sí misma y que aparte de haber servido para llevar a Townshend y compañía al superestrellato del rock, los consagró como una de las bandas fundamentales de todos los tiempos.
  Si bien no todas las canciones de la obra tienen el mismo nivel de calidad, hay aquí temas tan extraordinarios como “I’m Free”, “Amazing Journey”, “Sparks”, “The Acid Queen”, “Underture”, “Tommy, Can You Hear Me?”, “Sensation”, “Sally Simpson” y obviamente “Pinball Wizard” y ese himno que es “We’re Not Gonna Take It”. Sorprende que a pesar de la grandiosidad de la obra en sí, las instrumentaciones sean más bien austeras, con una presencia constante de la guitarra acústica, algo muy diferente a lo que The Who presentaba en sus actuaciones en concierto.
  Tommy marcó un parteaguas no sólo para la historia de los Who sino del rock todo, al abrir al género nuevas posibilidades expresivas y artísticas.

(Texto que publiqué originalmente en el Especial de La Mosca No. 18, dedicado a The Who, en marzo de 2004)

sábado, 23 de enero de 2016

Mecsicou citizens

Preguntaba yo, en mi “Cámara húngara” del 19 de diciembre pasado (“Adiós, DF, adiós”) y ante la inminencia de que el Distrito Federal se convirtiera oficial y constitucionalmente en el Estado de la Ciudad de México (sic), que cuál sería a partir de ahora el gentilicio con el que seríamos nombrados los habitantes de lo que Alfonso Reyes llamó alguna vez la región más transparente del aire (cosa que fue hace unos días, por cierto, cuando inopinadamente la atmósfera decidió transparentarse y pudimos ver a plenitud algo que ya parecía imposible: nuestros dos magníficos volcanes nevados: el Iztaccíhuatl –primero las damas, para evitar iras feministoides– y el Popocatépetl).
  Nadie hizo caso a mi pregunta en su momento, pero resulta que el miércoles y jueves de esta semana, una de las discusiones en las redes sociales y en algunos medios fue precisamente sobre nuestro gentilicio. Las propuestas fueron muchas, algunas en serio, la mayoría de chacota (como la tétrica “amlosajones”), pero ninguna para tomar en consideración. ¿Será que en la próxima Constitución Política del DF…, perdón…, de la Ciudad de México, se aclarará dicha asignatura? Mancera dirá.
  Aun así, me asaltan otras dudas sobre el asunto. Por ejemplo, si el estado de Jalisco tiene su ciudad capital que es Guadalajara, si Sinaloa tiene su ciudad capital que es Culiacán, si Veracruz tiene su ciudad capital que es Xalapa, ¿cuál demonios será la ciudad capital de la Ciudad de México? ¿La colonia Condesa, la Zona Rosa, Tepito, el Zócalo?
  Es lo malo de haberle puesto nombre de ciudad a un estado. Porque eso de Estado de la Ciudad de México me parece un contrasentido bastante confuso. Por fin, ¿somos estado o ciudad? Que alguien me lo explique, plis.
  Respecto a uno de nuestros himnos, la genial composición de Chava Flores “Sábado Distrito Federal”, no le veo problema. Puede cantarse “Sábado, Ciudad de Mexicó” (con acento agudo, pa que siga rimando).
  Ya por último, si estamos en tiempos de globalización, se me ocurre que de una vez el gentilicio sea el muy cosmopolita mexicocitizens (pronúnciese mecsicoucitizens). Igual así hasta jalamos más turismo.
  México, Distrito Federal. Tan tan.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de Milenio Diario)

viernes, 22 de enero de 2016

Primus / Sailing the Seas of Cheese (1991)

Aunque Pork Soda es el más reconocido de los trabajos discográficos de Primus, éste –su antecesor- es quizás una obra aún mayor. Les Claypool ha sido un digno heredero del carácter sardónico de Frank Zappa y su bajeo es el equivalente a lo que Jaco Pastorius hizo en el jazz. Una absoluta maravilla del rock bizarro.

Mejor tema: “Jerry Was a Race Car Driver”




jueves, 21 de enero de 2016

Cena familiar

Jan y Liza me invitaron a conocer el apartamento al que se acaban de cambiar y anoche cené ahí con ellos y con Alain y Hallet. La pasé de maravilla con mis hijos y mis nueras. Platicamos mucho, reímos otro tanto y cenamos rico. Realmente una velada muy linda y divertida, con buena música de fondo y mucho calor de hogar. Todo en familia.

miércoles, 20 de enero de 2016

Acordes y desacordes

El día de ayer, 19 de enero de 2016, dimos inicio a un proyecto (y digo "dimos" porque es un esfuerzo colectivo) que yo espero consiga una mayor trascendencia que los intentos pasados por hacer y sostener un sitio en internet con el nombre de La Mosca (ha habido tres intentos en diferentes épocas y los tres al final han resultado fallidos).
  Esto es algo diferente, aunque es inevitable que posea un aroma (¿o un tufo?) mosquiento. Se trata de Acordes y desacordes, el sitio de música de la revista Nexos, al que queremos convertir en una especie de revista o suplemento en línea, dentro de la página de la propia revista Nexos. Para ello, cuento con el apoyo de esta prestigiosa y ya legendaria publicación que hoy dirige mi admirado y muy estimado Héctor Aguilar Camín, a quien agradezco la oportunidad que me dio inicialmente, hace ya casi siete años, de colaborar en la revista impresa y luego de coordinar una sección musical dentro del sitio Cultura y vida cotidiana, sección que ahora se transforma en este Acordes y desacordes cuyo nacimiento mucho debe también a mis queridos Héctor de Mauleón, Kathya Millares y Jorge Landa (bello y elegante diseño el suyo).
  Si antes tenía yo cuatro firmas fijas (Eusebio Ruvalcaba, Sergio Monsalvo C., David Cortés y Rosa Olivia Hellion Tovar), además de la mía, esta vez el abanico se ampliará con muchos más colaboradores. La ideas es hacer una revista de música con secciones que abarquen todos los géneros periodísticos (noticias, entrevistas, reportajes, crónicas, columnas, reseñas, etcétera) y la mayor parte de los géneros musicales (desde el rock y el jazz hasta la música popular y la llamada música clásica, pasando por el soul, el funk, el reggae, el bolero, el blues, el country, la world music y un largo etcétera. A diferencia de La Mosca, aquí no habrá más tema que la música, pero espero lograr el mismo desenfado y sentido crítico que era sello de aquella.
  Pues ya arrancamos y hay desde este momento un amplio abanico de textos para su lectura, mismos que irán creciendo día con día, con el afán de mantener un sitio lleno de vida, frescura y credibilidad. La idea es que se convierta en un referente y que se dé una gran retroalimentación con los lectores. En eso nos vamos a empeñar a partir de hoy. El enlace: http://musica.nexos.com.mx/

martes, 19 de enero de 2016

El otro Dylan

No es que quiera escribir aquí acerca de un nuevo cantautor con el potencial poético o musical suficiente para convertirse en un nuevo Bob Dylan (aunque uno nunca sabe). En realidad, sólo quise hacer un juego de palabras para presentar a Dylan LeBlanc, joven músico cuyo tercer disco acaba de aparecer en los albores de este naciente año que nos recibió con la triste noticia de las muertes de David Bowie y Lalo Tex.
  Pero la vida sigue y la música también, por lo que vale la pena hablar de gente nueva con talento, como es el caso de LeBlanc, compositor e intérprete oriundo de Schreveport, Louisiana (1990), quien debutara a los 19 años con su primer y estupendo disco Paupers Field (2010), al que siguió el muy bello y oscuro Cast the Same Old Shadow (2012) y quien ahora presenta su tercer opus, un trabajo que sorprende por su elegancia, sensibilidad y solvencia artística.
  Cautionary Tale (Single Lock Records, 2016) es el nombre del flamante larga duración de LeBlanc (hijo, por cierto, de James LeBlanc, uno de los miembros originales del legendario grupo de músicos de sesión de Alabama Muscle Shoals, al que tanto debe la música soul de los años sesenta y setenta del siglo pasado) y puede decirse que se trata de una gratísima sorpresa para iniciar el nuevo año. Con ecos lo mismo de Neil Young que de Jeff Buckley y de Townes Van Zandt que de Robin Pecknold (vocalista de Fleet Foxes), Dylan LeBlanc no sólo posee un estilo profundo y melancólico de componer canciones, sino que cuenta con una voz de crooner verdaderamente cálida y dulce, bella y conmovedora, de una hondura escalofriante.
  Si hubiera que situar el género en el que se desenvuelve LeBlanc, yo diría que es una fina combinación de folk, alt-country (lo que muchos denominan como americana), rock y pequeños destellos de pop. Así lo demuestran temas tan austeramente suntuosos (válgaseme la aparente contradicción) como “Roll the Dice”, “Look How Far We’ve Come”, “Beyond the Vail”, “Easy Way Out” o la homónima “Cautionary Tale”.
  Un excelente disco para iniciar 2016.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 18 de enero de 2016

Con Irma y Adolfo

Después de cinco años, volví a reunirme con Irma Larios y Adolfo Cantú en el Vips cercano a mi casa, lugar donde nos habíamos visto los tres en enero de 2011 (bueno, a Adolfo sí lo veo más seguido). Mucho ha cambiado y mucho no desde entonces. Irma me cuenta que en la SRE la cambiaron de Nueva York a Berlín, donde lleva trabajando cuatro meses para la embajada mexicana en Alemania. Le regalé un ejemplar de mi novela y a Bo le obsequié una biografía de Richard Wagner. Muy rica plática de dos horas y pico y la promesa de vernos pronto, ojalá que en Berlín (por ahí surgieron algunas buenas ideas). Un gusto ver a estos dos entrañabilísimos y antiguos amigos (¡nos conocemos desde 1970!).

domingo, 17 de enero de 2016

Los locos Suárez

Pues resulta que el actor Héctor Suárez Gomís es lector de mi columna "Cámara húngara" de los sábados, en Milenio, y muchas veces la comenta o me manda saludos por Twitter. Hace unos días, me invitó para ir a verlo en el acto de stand up comedy que hace al lado de su papá, el gran Héctor Suárez, en el teatro NT de la Zona Rosa. Finalmente hoy fui, acompañado de mi mejor amiga, y la pasamos de maravilla. Está muy divertido. La obra (que no es exactamente una obra, sino un par de monólogos estandoperos) se llama Los locos Suárez y consiste en ver primero y durante casi una hora a Suárez Gomís, muy divertido, mientras habla de sí mismo y de su familia, con fuertes alusiones a su papá, y luego casi otra hora con éste, es decir, Héctor Suárez, quien muestra unas tablas sensacionales y hace reír muchísimo también, al referir muchas anécdotas familiares y profesionales... y desquitarse de todo lo que dijo su hijo sobre él.
  El teatro estaba lleno y valió mucho la pena. La recomiendo en verdad.
  Al final, pasamos a los camerinos para saludar a Héctor chico y nos topamos con Héctor grande (quien es muy bajito y flaquito y nos saludó muy afectuoso y simpático). Luego intercambié libros con el primero (le regalé un ejemplar de Matar por Ángela y el a su vez me dio uno de El pelón de los anillos). Todo muy bien y muy cordial.
  Al salir, mi mejor amiga y yo cenamos en un café Sanborns cercano y regresé hace apenas un rato. Valió mucho la pena la salida.

sábado, 16 de enero de 2016

Noroña y el humor ¿involuntario?

Decía José Emilio Pacheco en 1999, en uno de sus espléndidos textos para la columna “Inventario” (y parece que lo hubiese escrito hoy): “No es falta de respeto a los muertos ni indiferencia al dolor de las víctimas. No se trata de evasión ni de insensibilidad irresponsable. Ante circunstancias tan trágicas como las nuestras, opera el mismo impulso que lleva a contar chistes en los velorios. Una precaria defensa contra el horror, un minuto de pausa ante el sufrimiento.
  “Así, hay que darle las gracias al senador Lisandro Lezama, porque nos permitió un respiro en medio de la tragedia, y felicitarlo porque pasó a la historia el día 7 de este aciago octubre. Durante le ceremonia en que el Senado de la República impuso la medalla Belisario Domínguez a Carlos Fuentes, Lezama dijo, ‘con el aplomo del que ignora la duda’, que el senador por Chiapas en 1913 ¡había sido víctima del chacal Venustiano Huerta! (¿O habrá dicho Victoriano Carranza?)”.
  Valga la simpática cita de JEP para refrendar la importancia del humor y la ironía, aún en los momentos históricos más trágicos, y valga también para agradecer que ese humor aparezca de nuevo en estos inicios del 2016, con el tan sorpresivo como delicioso autodestape de Gerardo Fernández Noroña, como precandidato a la presidencia de la república de todas las izquierdas (menos del PT, según aclaró con Néstor Ojeda en Milenio Televisión, porque los petistas –dijo– ya se vendieron al PRI).
  La candidez de don Gera resulta maravillosa, al imaginar que si logra reunir más apoyo que Andrés Manuel López Obrador, éste hará mutis para dejarlo ser el candidato de Morena, el PRD y Convergencia. Da ternura presenciar tal muestra de ingenuidad…, a menos que Fernández Noroña esté jugando a otra cosa, a sabiendas de que el Peje no se hará a un lado ni con el empujón de cien bulldozers.
  Como sea, ya hay un ingrediente más para la diversión de aquí a dos años. GFN contra su hermanito (sic) AMLO será un espectáculo imperdible de humorismo involuntario. ¡Ya quiero conocer la respuesta de Andrés Manuel, al acusar a Gerardo de haberse unido a la mafia en el poder! ¡Será de antología!
  Guerra de chistes.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 15 de enero de 2016

Lowell George / Thanks I’ll Eat It Here (1979)

El único disco de Lowell George como solista retoma el estilo original de su antigua banda, Little Feat, y recrea ese sonido lleno de humor, finura y raíces que tan bien lo caracterizó. Poco después de grabar el plato, el buen Lowell murió de un ataque al corazón mientras realizaba una gira.

Mejor tema: “20 Million Things”

jueves, 14 de enero de 2016

"Survival" de Bob Marley

Si para los seguidores más ortodoxos de Bob Marley, Exodus o incluso Catch a Fire son las obras cumbres del jamaiquino, hay quienes piensan que Survival (1980) las supera con mucho. Cuestión de criterios, claro, de preferencias y subjetividades. El hecho es que este álbum, inicialmente intitulado Black Survival, fue el primero de una trilogía planeada por Marley y que ya no alcanzó a ver terminada.
  Musicalmente cercano al pop y al rock (aunque la esencia del reggae está siempre ahí, presente y constante), Survival es un manifiesto ideológico a favor de la unidad de la raza negra y de la reivindicación del continente africano como lugar de origen y tierra prometida. En ese sentido, se trata de un disco conceptual y también de un manifiesto político y racial (“Rise yeh mighty people!”, canta Bob en “Wake Up and Live”).
  Anticolonialista, independentista y favorecedor de las luchas de emancipación de las naciones del Tercer Mundo, el disco es una obra maestra de principio a fin, con una fuerza artística que supera lo meramente político y lo trasciende con gran fortuna. No existe entre los diez temas que conforman el plato, uno que destaque o que pueda considerarse como potencial “sencillo”. Todos son magníficos y mantienen una uniformidad que lejos de resultar monótona, es variada y asombrosa. A lo largo del álbum, hay un fuerte énfasis en el ritmo marcado por el bajo y las percusiones, lo que da una mayor presencia a canciones tan extraordinarias como “So Much Trouble in the World”, “Zimbabwe”, “Babylon System”, “Survival”, “Ride Natty Ride”, “Africa Unite”, “Ambush in the Night” y la singular “One Drop”.
  Un trabajo fuera de serie.

(Reseña que escribí para el Especial No. 15 de La Mosca en la Pared, publicado en octubre de 2004)

miércoles, 13 de enero de 2016

Bowie a la medianoche

El rumor empezó a correr en las redes sociales a la medianoche del domingo, hora de México. Un comunicado que según algunos provenía del sitio oficial de David Bowie anunciaba la “tranquila y pacífica muerte” del músico y pedía comprensión y respeto para su familia y su círculo cercano. De inmediato entré a la página www.davidbowie.com y no encontré información alguna al respecto, por lo que pensé que se trataba de una de esas noticias falsas que suelen aparecer en la red y preferí tener prudencia. Por desgracia no fue así. Poco a poco, medios como la BBC, The New York Times, The Guardian, El País y otros empezaron a difundir la mala nueva, la cual fue finalmente confirmada en Twitter por Duncan Jones, hijo del autor de “Space Oddity” y “Ashes to Ashes”: David Bowie había muerto de cáncer, a los 69 años de edad (los cumplió apenas este 8 de enero, pues nació en Brixton, Inglaterra, en 1947).
  Todo muerte es inoportuna, pero hay unas más inoportunas que otras y esta es una de ellas. Apenas la semana pasada había aparecido Blackstar, el nuevo álbum de Bowie, después de que en 2013 publicara The Next Day, luego de una década exacta de ausencia discográfica (su anterior plato, Reality, se editó en 2003). Nadie imaginó, fuera de sus familiares y de sus amistades más próximas, que Blackstar sería el opus final del multifacético británico. Por el contrario, se trataba de un motivo de celebración. Posiblemente él también lo celebró, con levedad, debilitado por la enfermedad y a sabiendas de que sería su trabajo postrero.
  Blackstar es una obra fina, de escasos 41 minutos de duración, con apenas siete cortes en los que el rock y el jazz se dan la mano para ofrecer un manjar exquisito y diferente, con canciones tan buenas como “’Tis a Pity She Was a Whore”, “Sue (Or in a Season of Crime)”, “Girl Loves Me”,  “I Can’t Give Everything Away”, “·Dollar Days”, la homónima “Blackstar” y la intensísima y densa “Lazarus”. Es un disco plenamente boweyano y por tanto plenamente experimental, con un uso primordial y fantástico de los metales, en especial del saxofón, el primer instrumento que David Jones (su verdadero nombre) aprendió a tocar. Un álbum digno de servir como colofón a una carrera impresionante, en la que la música y la imagen fueron siempre primordiales.
  Como es más que sabido, las transformaciones musicales de este singular artista (y digo artista en la exacta acepción de la palabra) estuvieron siempre aparejadas con sus cambios de apariencia, los cuales muchas veces adquirieron el grado de personajes perfectamente definidos y diferenciados de su propio creador. Algunos de ellos fueron tan fuertes, no sólo en su estética sino incluso en sus rasgos interiores, que Bowie llegó a estar literalmente poseído por ellos (el caso del extraterrestre Ziggy Stardust es muy revelador y sintomático al respecto). Esta especie de esquizofrenia artística definió buena parte de su carrera y le permitió desarrollarse como uno de los compositores e intérpretes más originales e importantes en la historia del rock.
  Desde sus inicios musicales, a mediados de los años sesenta, hasta la aparición del ya referido Blackstar, Bowie supo reinventarse de manera constante; tal vez no siempre de la mejor manera, pero cada vez con una intención propositiva y revolucionaria, incluso cuando revisaba su pasado.
  Álbumes como Hunky Dory (1971), The Rise and Fall of  Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972, para muchos su obra magna), Aladdin Sane (1973), su trilogía berlinesa de 1976-77 (compuesta por Lodger, Low y Heroes), Scary Monsters (1980), Let’s Dance (1983) y Heathen (2002) o canciones como “Changes”, “Life on Mars?”, “Rebel Rebel”, “Starman”, “The Jean Genie”, “Rock ‘n’ Roll Suicide”, “Sound and Vision” y “The Man Who Sold the World”, entre muchas otras, dejan constancia de su genio y son una herencia inmortal para las generaciones actuales y futuras.
  Retador y desafiante, convulsivo y compulsivo, enemigo de los convencionalismos pero al mismo tiempo elegante y sibarita, el eclecticismo de Bowie le permitió trabajar dentro de los más diversos géneros y mantenerse todo el tiempo no sólo dentro de la vanguardia sino marcando, en infinidad de ocasiones, la dirección a seguir de dicha vanguardia.
  Pocos como él para sobrevivir a las tormentas que suele desatar el súper estrellato del rock y llegar al final de sus días en medio de una plenitud creativa admirable y una visión de las cosas tan serena como lo reflejan las obras discográficas que produjo en los primeros años del presente siglo.
  La historia de David Bowie fue y sigue siendo la historia no de un alienígena, sino de un ser humano excepcional en sus virtudes y sus defectos. De un genio, pues.

(Publicado en el sitio Acordes y desacordes que coordino para la página de la revista Nexos)

martes, 12 de enero de 2016

La negra estrella de David Bowie

Cuando el pasado 8 de enero apareció el álbum Blackstar de David Bowie, casi nadie pudo imaginar que se trataba de la obra discográfica con la que el autor de “The Man Who Sold the World” y “Space Oddity” se despediría del planeta.
  Sólo dos días pasaron antes de que nos despertáramos con la tristísima y golpeante noticia de la muerte física de Bowie, debido a un cáncer terminal. Con Blackstar, el gran músico, compositor, cantante y actor (entre varias otras cosas) celebró su cumpleaños 69 (había nacido justo el 8 de enero de 1947, en Brixton, Inglaterra) y anticipó su muerte, acaecida apenas este domingo 10.
  Dado que no hay mucho que agregar que no se sepa ya sobre la vida y obra de quien se inició con el nombre de David Jones (debió cambiar a Bowie por causa del David Jones de los Monkees), centrémonos así sea de manera somera en este que resultó ser su álbum postrero.
  Siete son tan sólo los cortes que conforman a Blackstar, con una escasa duración de 41 minutos. Casi podría ser un EP. Sin embargo, la grandeza y hermosura de esas siete finas piezas hacen que el plato se vuelva suculento, lleno de riqueza artística. Desde la inicial y homónima “Blackstar”, que ya se había dado a conocer semanas atrás, sabemos que esta vez el músico quería ofrecer algo distinto. Siempre experimental, Bowie presentó aquí una fusión de rock, jazz y pop de espléndida manufactura, lo cual se vuelve más evidente conforme el disco va avanzando.
  Así, las siguientes canciones van adentrándose en un sonido a la vez misterioso y fascinante, pulcro y provocador, nostálgico y sensual, en el que la colaboración del saxofonista Donny McCaslin proporciona el debido mood jazzístico, con sus espléndidas intervenciones, ello para no hablar de la impecable producción del eterno colaborador de Bowie, Toni Visconti.
  Piezas como “Lazarus”, “Dollar Days”, “Girl Loves Me” o “I Can’t Give Everything Away” hacen de Blackstar un trabajo entrañable y no hay mejor manera de agradecer a David Bowie por todo lo que nos dio que escuchar el disco con deleite y, sí, también, con una dulce nostalgia.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 11 de enero de 2016

Boulez Vs. Zappa: dos perfectos extraños

Ilustración de Waldo Matus.
La muerte de Pierre Boulez, el último de los vanguardistas que quedaba en vida, termina con toda una época de la música del siglo pasado. Pese a su enorme figura, pocos saben de su curioso desencuentro con otro grande: Frank Zappa.

Pierre Boulez ha muerto y con él se va toda una época de la música culta avant-garde del siglo XX. Miembro de la llamada generación de Darmstadt, al lado de nombre tan grandes como los de Karlheinz Stockhausen, Luigi Nono, Luciano Berio y György Ligeti, Boulez falleció este martes 5 de enero, a los 90 años de edad, en la ciudad alemana de Baden-Baden, donde residía desde hace cinco décadas.
  Enorme compositor y gran director de orquesta, había nacido el 26 de marzo de 1925 en Montbrison, Francia, y se le recordará también por la construcción de grandes instituciones musicales, además de por su vocación de ácido polemista y prolífico escritor.
  La controversia lo alcanzó muchas veces. Sin embargo, quizás una de las menos conocidas sea la que lo involucró con Frank Zappa y sus composiciones, hecho que derivó en la grabación, en 1984, del disco zappiano The Perfect Stranger, editado originalmente nada menos que por el prestigiado sello de música clásica de la disquera EMI: Angel.
  En 1983, Zappa había grabado el álbum London Symphony Orchestra Vol 1 y a partir de ese momento, muchos grupos orquestales de los Estados Unidos y Europa empezaron a pedirle composiciones originales para incluirlas en su repertorio. Lejos de complacerlo, esto le causó cierto malestar, ya que como cuenta en su biografía The Real Frank Zappa Book (Poseidon Press, 1989), “recibí solicitudes de al menos quince conjuntos de música de cámara de varias partes del mundo, los cuales me ofrecían dinero con tal de que les escribiera alguna pieza. Si yo hubiera sido un compositor principiante, aquello me habría parecido grandioso, pero no tenía tiempo para ello y además me aterraba pensar qué pasaría con mi música si ellos la interpretaran sin mi presencia durante sus ensayos”. Añade el buen Frank que además casi todas esas comisiones requerían que él estuviese el día del estreno, “durante el cual, esperaban que me sentara en primera fila y pretendiera que aquello era fantástico”.
  Algo semejante sucedió cuando a fines de 1983 le pidieron algunas obras para que las interpretara el Ensamble Intercontemporáneo de Pierre Boulez, un grupo orquestal de dieciséis integrantes… y Zappa accedió, debido a la importancia del director. Aquello habría de ser un desastre.
  El autor de “Hot Rats” les hizo llegar tres composiciones suyas: “Dupree’s Paradise”, “Naval Aviation in Art?” y “The Perfect Stranger” y, por supuesto, fue invitado a la función de estreno en París.
  “Todo fue improvisado”, narra. “Boulez prácticamente tuvo que arrastrarme al escenario para que lo reverenciara. Me pusieron en una silla, a un lado del escenario, y desde donde estaba, podía ver el sudor que escurría de las frentes de los músicos… y todavía tendrían que ir al día siguiente a un estudio para grabar mis piezas”.
  Era claro que los miembros del ensamble y el propio Boulez no entendían el sentido de las obras de Zappa y no les agradaba tener que ejecutarlas. Todo iba mal: “había una mala actitud de los instrumentistas, se notaba que casi no habían ensayado y al público no le gustó porque no sonaba ‘bonito’. Eso aparte de la pésima acústica y la débil ejecución”.
  En su libro Viva Zappa! (Omnibus Press, 1985), el periodista francés Dominique Chevalier confirma lo sucedido: “A pesar de que el encuentro entre Pierre Boulez y Frank Zappa debió ser todo un acontecimiento, el concierto del 9 de enero de 1984 en París resultó totalmente anticlimático, tal vez porque Zappa, en la cumbre del mundo del rock, y Boulez, en la cumbre del mundo clásico de vanguardia, tenían muy poco en común, aparte de su gran profesionalismo, lo que llevó a un choque cultural entre ellos. Los integrantes del Ensamble Intercontemporáneo quizás estaban poco familiarizados con las influencias jazzeras y roqueras de Zappa y por eso su interpretación fue rígida e inflexible. Hubo también una falta de contacto entre los dos equipos encargados de la sonorización: cuando los técnicos de sonido franceses vieron a la gente de Zappa y su estudio portátil Sony PCM 3324, fue como si contemplaran algo que provenía de otro planeta. Los dos compositores nunca congeniaron en realidad y cuando Boulez fue entrevistado poco después por el diario Liberation, se negó a hablar de su colega. ‘Me reservo mi opinión acerca de las cualidades de la música de Zappa’, fue todo lo que dijo”.
  Así fue el encuentro-desencuentro entre Frank Zappa, fallecido en 1993, a los 53 años, y Pierre Boulez, quien murió apenas este 5 de enero, a poco más de dos meses de cumplir 91. En ambos casos y a pesar de sus diferencias, el mundo de la música perdió a dos genios de la centuria pasada, dos mentes altamente creativas, críticas, innovadoras y avanzadas, aunque hayan transitado por senderos tan disímbolos y contrapuestos.

(Publicado hoy en le sección El ángel exterminador de Milenio Diario)

domingo, 10 de enero de 2016

Los 94 de mi mamá

Pues mi mamá llegó a su cumpleaños No. 94 y se lo festejamos, en trés petit comité mis hermanas y yo. Un pastel que hizo Ivette, algunas botanas y refrescos. Todo muy sencillo y calmado. Doña Rebeca sigue físicamente muy sana (algo que achaca a sus 40 años sin comer carne), aunque ya casi nada oye y la memoria le sigue jugando malas pasadas. Pero ahí la lleva y, como ella misma dice, "yo creo que sí llego a los 100". Que así sea.

sábado, 9 de enero de 2016

De imbéciles y semejantes

Nadie acepta ser un imbécil. El imbécil siempre será el que piensa distinto a nosotros, el que no comparte nuestras opiniones o nuestra visión del mundo, el contrario, el rival, el otro, los otros.
  Dice Yuval Noah Harari, en su estupendo, provocador y controvertido libro De animales a dioses. Breve historia de la humanidad (Debate, 2014): “Existen algunas pruebas de que el tamaño del cerebro del Homo sapiens medio se ha reducido desde la época de los cazadores-recolectores. En aquella época, la supervivencia requería capacidades mentales soberbias de todos. Cuando aparecieron la agricultura y la industria, la gente pudo basarse cada vez más en las habilidades de los demás para sobrevivir y se abrieron nuevos nichos para imbéciles. Uno podía sobrevivir y transmitir sus genes nada especiales a la siguiente generación, trabajando como aguador o como obrero de una cadena de montaje”. Según Harari, la imbecilidad se ha hecho creciente entre los Homo sapiens, es decir, entre nosotros, y las pruebas se pueden constatar a diario y no sólo, digamos, en la televisión abierta nacional, sino también entre las élites económicas, políticas y hasta culturales que dominan al mundo.
  Ahí está el caso de Donald Trump, a quien en un reciente artículo (“El éxito de la antipatía”, El País, enero 2, 2016) Javier Marías describe de la siguiente manera: “Si se mira a Trump con un mínimo de desapasionamiento, no hay por dónde cogerlo. Su aspecto es grotesco, con su pelo inverosímil y unos ojos que denotan todo menos inteligencia, ni siquiera capacidad de entender. Su sonrisa es inexistente y si la ensaya, le sale una mueca de mala leche caballar (ay, esos incisivos inferiores). Sus maneras son displicentes sin más motivo que el de su dinero, pues no resulta ni distinguido ni culto ni ‘aristocrático’, sino hortera y tosco hasta asustar”. Un imbécil, pues. Como imbéciles son tantos políticos mexicanos de todos los partidos y basta con leer las noticias diarias para constatarlo. El problema es que no se dan cuenta o no quieren hacerlo.
  Porque nadie –y menos un egocéntrico– acepta ser un imbécil. Aunque lo sea.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 8 de enero de 2016

Joe Ely / Live Shots (1980)

El gran bluesero texano grabó este disco durante su gira por Inglaterra, como grupo abridor nada menos que de The Clash. Como una mezcla de Jerry Lee Lewis y Los Lobos, la música de Ely revienta en este álbum directo, potente y entrañable.

Mejor tema: “Finger Nails”


jueves, 7 de enero de 2016

Who’s Next

A mi parecer, el mejor disco de The Who, a pesar de que Pete Townshend nunca pensó en hacerlo y de que un elemento ajeno al grupo, el productor Glyn Jones, fue quien le dio forma y lo convirtió en uno de los mayores álbumes de rock de todos los tiempos. Paradojas del destino: la frustración de Townshend al no poder realizar su proyecto Lifehouse derivó en una obra fundamental, extraordinaria, fuera de serie, una grabación prácticamente perfecta. Who’s Next (1971) tiene otra ventaja: no es un trabajo conceptual sino una excelente colección de canciones, todas ellas espléndidas. Como novedad instrumental, en este disco aparecen por vez primera los sintetizadores que tanto habían fascinado al guitarrista y que sabe usar con enorme maestría y creatividad, sobre todo en el tema abridor, “Baba O’Riley”, y en el concluyente, “Won’t Get Fooled Again”, aunque se dejan oír en otras partes del álbum, para reforzar y dar cuerpo a las composiciones. En Who’s Next están presentes la fuerza rocanrolera de The Who Sings My Generation y Live At Leeds y la sensibilidad y el sentido armónico y melódico de The Who Sell Out y Tommy. Es de muchas maneras la obra que resume lo que fueron los Who a lo largo de su carrera. Temas estruendosos como los ya mencionados y otros de belleza incomensurable (“The Song Is Over”, “Behind Blue Eyes”, “Getting in Tune”) hacen de este un disco lleno de pasión, rabia, humor, tristeza, alegría, ironía, indignación, fe, amor. Cuatro músicos en plenitud de facultades y nueve canciones impecables. Una joya perfecta. Un álbum de rock and roll.

(Escribí esta reseña para el Especial de La Mosca en la Pared No. 18, publicado en marzo de 2004)

miércoles, 6 de enero de 2016

Los intrascendentes Reyes Magos

Los Reyes Magos nunca representaron algo realmente importante para mí. Tal como se acostumbra en el norte y el occidente del país, fui adoctrinado (al igual que mis hermanos y mis primos, cuando menos del lado de los Michel) para creer que el día principal para despertar y ver los juguetes y regalos al pie de mi cama (y no en el árbol con esferas) era el de la mañana del 25 de diciembre y no la del 6 de enero y que quien me traía esas cosas no era el gordo Santa Clos (ese al que los cursis llaman Santa) sino el Niño Dios.
  De hecho, en mi casa el Nacimiento era mucho más importante que el árbol y aunque Melchor, Gaspar y Baltazar también nos traían juguetes, eran menos y de menor calidad. Así pues, para mí el que valía era el Niño Dios y no los tres monarcas mágicos que venían del Oriente. Hasta la partida de rosca era menos vistosa que la cena de Nochebuena (de por sí la rosca siempre me ha parecido insulsa y odiaba que saliera el famoso muñequito en mi rebanaba). En fin, que al contrario de la gran mayoría de mis amigos de infancia del DF, a quienes les traían más los Santos Reyes, yo era del bando del Niño Jesús. Eso es lo que pasa por tener padres de origen sinaloense y jalisciense.

martes, 5 de enero de 2016

The Sonics, 50 años después

En 1965 era la agrupación más ruda y salvaje que pudiera concebirse. Su sonido crudo y agresivo no daba concesiones y no sólo pueden considerarse como los padres del garage rock (mucho más que contemporáneos suyos como MC5 o The Troggs), sino el antecedente de gente como Iggy Pop, The Clash, Social Distortion o los Ramones.
  Aunque sólo tuvieron un gran éxito (su inmortal cover a “Have Love Will Travel” de Richard Berry, con su inconfundible riff) y muchos pudieron considerarlo como un grupo de los llamados one hit wonder, en realidad The Sonics (formados en Tacoma, Washington, en 1960) crearon no sólo una escuela sino todo un subgénero que influyó tanto al punk de los setenta como al grunge de los noventa.
  Sus dos únicos álbumes de larga duración (Here Are the Sonics!!! de 1965 y Boom de 1966) permanecieron en el olvido durante casi medio siglo y muy pocos especialistas los han considerado a la hora de escribir sus diversas historias del rock. Para muchos, es como si los Sonics jamás hubiesen existido.
  He aquí sin embargo que, cincuenta años después de su primer larga duración, el quinteto ha regresado con tres de sus integrantes originales, convertidos en orgullosos septuagenarios y potentísimos rocanroleros. En efecto, Gerry Roslie (teclados y voz), Larry Parypa (guitarra) y Rob Lynd (sax), acompañados por una nueva sección rítmica compuesta por Freddie Dennis (bajo) y Dusty Watson (batería), grabaron en 2015 un disco sorprendente por su fuerza, su energía, su autenticidad y su frescura.
  This Is the Sonics (Revox) es un álbum asombroso por su austeridad rasposa y su producción casi monoural. No es una obra que recoja sus viejas canciones sino que todo el material es nuevo, incluidos sus sensacionales versiones a “I Don’t Need No Doctor” de Ray Charles y “The Hard Way” de los Kinks, además de temas originales tan buenos como “Be a Woman” o “Bad Betty”. Tal vez la voz de Roslie ya no sea la misma, pero el sonido es tan garagero como en 1965 y la energía que el grupo despliega resulta impactante.
  Rocanrol en estado de absoluta pureza.

lunes, 4 de enero de 2016

Alejandro Jodorowsky: ¡Santa sangre pesada, Batman!

“La fascinación por el teatro entró en mi alma gracias a tres acontecimientos que marcaron profundamente mi alma infantil: participé en el entierro de un bombero, 
vi un ataque epiléptico y escuché cantar a un príncipe chino”.

Clásica declaración”profunda” y  apantallapendejos de A. Jodorowsky.

“Cuidado con los estafadores. Cualquier persona que se declare psicomago o proponga consejos de psicomagia es un mentiroso. La psicomagia, aunque tenga rasgos humorísticos y surrealistas, es un útil de terapia en extremo peligroso. Necesita años de estudio. Por el momento sólo yo, mi hijo Cristóbal Sol y mi esposa Mariana Costa podemos ejercer la psicomagia. No existe ninguna escuela de psicomagia que yo haya autorizado. Los que anuncian esta escuela son ingenuos o son astutos comerciantes”.
  Lo anterior aparece firmado por Alejandro Jodorowsky en su página oficial de internet y lo retrata de cuerpo entero. Si leemos entre líneas, podremos vislumbrar que también está diciendo: “Se los advierto: yo inventé esa farsa que es la psicomagia y solamente yo y mi gente cercana la podemos utilizar para hacer negocio. Los únicos estafadores con licencia de psicomagos somos mi mujer, mi hijo y yo”. Así se las gasta este personaje, una de las grandes vacas sagradas de nuestro tiempo.
  Pocos tipos tan hábiles para verle la cara (de imbéciles) a cientos de miles (¿o deberíamos decir millones?) de personas como Jodorowsky. En verdad es de admirar lo que este chileno ha logrado a lo largo de sus muchos decenios de vida (nació en 1929), tiempo en el cual ha conseguido hacer de la charlatanería y la filosofía barata (o netología, para emplear uno de esos neologismos que tanto le gustan al propio “Jodo”) todo un arte y, sobre todo, un negocio muy pero muy lucrativo. Desde México hasta Francia y desde España hasta los Estados Unidos, en todas partes existen fieles y hasta fanatizados devotos de este aprendiz de brujo, de este amo del efectismo que sabe usar todo tipo de trucos no sólo en sus muy discutibles películas, sino en la mismísima vida real.
  Recuerdo bien cuando Alejandro (como le dicen muchos de sus seguidores) arribó a México, a mediados de los sesenta. Yo era un niño, pero en mi casa compraban El Heraldo de México (diario que en las épocas anteriores a 1968 no era el periódico de ultraderecha en que terminó convertido y que por allá del 66 y el 67 abrió las páginas de su suplemento cultural a muchos personeros de la contracultura, como José Agustín, Juan Tovar, Gustavo Sainz y el mismísimo Jodorowsky, quien ahí comenzó a publicar sus famosas “Fábulas pánicas”, hoy tan cotizadas y sobrevaloradas. En dichas fábulas, con dibujos que querían ser como los de Robert Crumb pero que ni por asomo alcanzaban la calidad de uno solo de los caricaturistas mexicanos de esos días (desde Rius hasta Abel Quezada), el chileno de treinta y tantos años absorbía la ideología hippie en boga y trataba de dar “mensajes” apantallantes y -¡oh!- subversivos.
  Hábil y bueno para las relaciones públicas, logró meterse en el fácilmente deslumbrable mundillo intelectual capitalino y pronto puso en escena sus “revolucionarias” obras de teatro Zaratustra y El juego que todos jugamos (en esta última, “cuestionaba” directamente a los espectadores para “confrontarlos” con su mediocridad y su conformismo). En televisión también aparecía mucho, en emisiones como Anatomías (un programa que hizo época, conducido por Jorge Saldaña) y su propia aunque efímera serie 1, 2, 3, 4, 5 A Go-Go. De ahí, su paso al cine fue casi natural y consiguió el financiamiento para filmar Fando y Lis (que no resiste la prueba de los años) y El topo (una de las cintas más híper sobrevaloradas de la historia y que no habría sido filmada si en ese momento hubieran existido organizaciones de protección a los animales (fueron sacrificados muchos caballos, burros y vacas para diversas escenas del mentado western pánico, escenas en las cuales las pobres bestias aparecían con las entrañas expuestas, todo en aras del “verdadero” arte).
  “El ego es como tu perro. El perro tiene que seguir al amo y no el amo al perro. Hay que hacer que el perro te siga. No hay que matarlo, sino domarlo”. Con ese tipo de sentencias, Jodorowsky ha hecho todo un mercado. A la peor manera de un Miguel Ángel Cornejo -aunque “Jodo” quiera aparecer como una mezcla de Erich Fromm y Gurdjieff-, el hombre se ha convertido en un vendedor de best sellers para gente que quiere mostrarse como intelectual y profunda. Lo que Carlos Cuauhtémoc Sánchez es para la colonia Nativitas o la Del Valle, Alejandro Jodorowsky lo es para el eje Coyoacán-Roma-Condesa. Su filosofía de a peso, combinada con esoterismo y “magia” (¿qué dirían Chen Kai y el “Magazo” Beto El Boticario) ha dado frutos lucrativos increíbles. Por eso, este lector del Tarot se puede dar el lujo de filmar cosas como Santa Sangre y dejar boquiabierta a gente que se presupone inteligente o lanzar netas como “fracasar no existe, en cada fracaso cambiamos de camino”; “para llegar a lo que eres, debes de ir por donde no eres”; “llegar a ser lo que uno es, es la más grande felicidad”; “la civilización occidental sólo nos enseña a vivir, pero rehuye enseñarnos a morir”, “es más difícil vivir que morir”; “no intentes ‘mejorarme’, mejor trata de ‘aceptarme’”. Puros galimatías y tramposas frases hechas de manual de superación personal, recetas de cocina transformadas en Grandes Verdades. Ah, porque Jodorowsky navega con la bandera de que él sólo dice verdades y que por eso es tan combatido (?). También le gusta que lo consideren un hombre “de escándalo”, porque –él lo sabe mejor que nadie- el escándalo vende y deja dividendos. Eso, a pesar de que declare: “Nunca busqué el escándalo. Producir un escándalo en esta sociedad escandalosa es lo más difícil que hay. Todos los artistas superficiales han tratado de hacerlo… La única posibilidad de escandalizar actualmente es tratar por todos los medios de no hacerlo. Tratar de expresar la verdad. En una sociedad de mentirosos, la verdad es escándalo. En una sociedad degenerada, la honestidad es escándalo. En una sociedad enferma, la salud es escándalo. En una sociedad hipócritamente religiosa, el verdadero misticismo es escándalo… El primer escándalo de nuestra civilización es Cristo…”. O sea: “Yo digo la verdad, soy honesto, estoy sano y ejerzo el verdadero misticismo. Ergo: soy un Cristo”. Ajá.
  Si en Francia, la cuna de la Enciclopedia y el raciocinio, Alejandro Jodorowsky es considerado como todo un genio, allá los franceses y su candidez bien portada. Si ahí y en tantas partes del mundo se tragan cosas como: “Si mis obras han escandalizado, debo sentirme orgulloso; no del ruido que han hecho, sino de que, hiriendo, prueban que algo tienen de verdadero” o “(Hay que) mandar al psiquiatra a todos los profesores de primaria. También a meditación yoga. Subirles el sueldo. Ellos tienen en sus manos a la juventud... Deben por lo tanto gozar de sueldos tan elevados como los de un cantante de tangos o un dueño de estacionamientos”.
  El hilo negro.

(Publicado originalmente en la sección "Vacas sagradas" de La Mosca en la Pared No. 122, enero de 2007. Lo escribí bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdemas Jr.)