jueves, 28 de abril de 2016

Cinco frases lapidarias de Emmanuel Carballo

"Decir la verdad. Sin pudor, pero con razones”.

"(En México), una gente que no tiene talento puede llegar a ser una luminaria”.

"Yo fui descubridor de Elena Garro, de Inés Arredondo, de Beatriz Espejo, de Elena Poniatowska. Yo creo que mi única equivocación fue Elena Poniatowska”.

"Salvador Novo era un Monsiváis con talento”.

"Monsiváis escribía para sus admiradores. Y sus admiradores son realmente tontos, pedantes, incultos".

miércoles, 27 de abril de 2016

El truene

Dicen los enterados que la vida privada de quien escribe en un diario no debería reflejarse ni por asomo en sus textos. Así pues, no voy a decir a mis lectores que estoy sumido en la depresión más jodida. Tampoco les contaré de mis cuitas sentimentales ni de las broncas maritales que me han conducido a un virtual callejón sin salida. Después de todo, ¿a quién le importa además de al que esto escribe y a dos que tres amistades o familiares cercanos? Hablemos en cambio de un hecho cultural cada vez más difundido en nuestra sociedad posmodernizada. Me refiero, sí, al truene.
  ¿A qué se debe que la tasa de divorcios y separaciones sea actualmente tan alta? En otros tiempos, las parejas se casaban (nada de uniones libres, por supuesto), se reproducían y morían. Poco importaba que sus integrantes llevaran una relación de perros y gatos, que se aborrecieran a muerte, que dejaran de hablarse durante años y acabaran deseando los mayores males para la contraparte. El matrimonio era una institución intocable y ¡ay! de aquél que no lo respetara. Si alguien cometía la fatal osadía de divorciarse, era de inmediato tildado de pecador y hereje. La parentela le retiraba la palabra y lo condenaba al ostracismo y la soledad más terribles. Pero eran, como dije, otros tiempos.
  Hoy la cosa es distinta y no tiene caso entrar en detalles por todos sabidos. ¿Quién no ha vivido un truene? Es la cosa más normal, más común y corriente. Le sucede a cualquiera, no es algo del otro mundo. ¿Que tu mujer (o tu hombre) te estuvo viendo la cara durante años sin que te dieras maldita cuenta? ¡Hombre (o mujer), no hay que hacer una tormenta en un vaso de agua! ¿Que anduvo con otros(as) en tanto tú confiabas absolutamente en su fidelidad? Pecata minuta, camarada. A final de cuentas, existen cosas más importantes en este mundo que la separación de una pareja. Hay gente que lleva hasta cuatro o cinco divorcios, ¿y tú te amargas por uno? Es el truene, maestro; un hecho cultural típico de este fin de siglo tan yupi y tan posmo. Es más, la categoría de divorciado te da cierta distinción, un aire interesante que puedes usar para nuevos ligues y, claro, nuevos truenes. O como dice la canción de Bobby McFerrin que tanto gusta a los young urban professionals de aquí y de acullá: don't worry, be happy.

(Publicado originalmente el 7 de mayo de 1992 en mi columna "Bajo presupuesto" de la sección cultural de El Financiero)

martes, 26 de abril de 2016

Prince, eclecticismo y Vive Latino

Quizá tardemos un tiempo en aquilatar la pérdida que para la música representa la reciente muerte de Prince. No era un artista tan popular como David Bowie y su ostracismo y su extraño carácter hicieron que su obra fuese mucho menos conocida que la del británico. Sin embargo, lo que hizo el nacido en Minneapolis no desmerece en absoluto si lo comparamos con la obra del creador de Ziggy Stardust.
  En el caso de Prince, eclecticismo es el nombre del juego. Un eclecticismo virtuoso que lo hizo experimentar de manera constante con los más diversos géneros, desde el rock puro y el blues, hasta el jazz y el soul más sofisticados; desde el folk tradicional hasta el avant-garde, pasando por el rhythm n’ blues, el funk, el pop y el hip-hop. El hombre logró fusionar todos esos estilos y proponer una música que llevaba su marca, música para nada sencilla, sobre todo la que produjo luego de su paso por la fama cuasi popera a principios de los años ochenta del siglo pasado.
  Fusión y pasión, pero con conocimiento de causa. Sin promiscuidades oligofrénicas. Con ideas propias. Con sentido de individualidad e independencia (para no hablar de la independencia por la que luchó hasta liberarse de las disqueras trasnacionales y consolidar su propio sello).
  Contrasta este sentido del eclecticismo y la fusión con la ensalada empalagosa, pesada e indigesta en que se ha convertido el festival Vive Latino, muestra anual del estado en que se encuentra el rock que se mal hace y de deshace en México. Ahí, el supuesto eclecticismo resulta barato y falso y la fusión que se propone es una horrenda mescolanza de cumbias, boleros, reggaetón, música grupera, mariachi y pop desganado y hueco. Promiscuidad absoluta, incapaz de incorporar géneros, pero que es aceptada por un público complaciente que aguarda cada año, con ansias incomprensibles, la celebración de este malhadado “evento”.
  Prince sabía lo que eran las fusiones eclécticas y las elevó a la altura del arte. Lo que se escucha en el “Vive” es la burda representación de lo mal que se encuentra ese rockcito, ahora transformado en popcitito. Una murga,

(Publicado hoy martes en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 25 de abril de 2016

Algo que escribí ayer en facebook

La verdad es que esta ha sido una semana fantástica como pocas, llena de momentos mágicos, felices, emocionantes, divertidos y hasta alucinantes. Se lo debo sobre todo a tres personas maravillosas (del sexo femenino, aclaro; una de ellas, de hecho, acudió a la marcha de hoy y quizás otra también). La semana que viene luce de nueva cuenta muy prometedora y eso sin duda es muy bueno.

domingo, 24 de abril de 2016

The Who by Numbers

He aquí la primera obra confesional de Pete Townshend con los Who. Dos años después de Quadrophenia, el grupo presentó este trabajo mucho más austero, mucho menos ambicioso y, quizá por ello, uno de los más sinceros e interiormente desgarrados de su discografía. 
  The Who by Numbers (1975) es ante todo el ejercicio de introspección de un creador que acaba de pasar por una serie de vicisitudes existenciales y que necesita exponerlas a corazón abierto. De ahí que haya composiciones que hablan sobre la relación de Townshend con las mujeres (“Dreaming from the Waist”, “They Are All in Love”), con el alcoholismo (“However Much I Booze”) y con su propia vida (“Imagine a Man”, “How Many Friends”). No se crea sin embargo que el disco resulta sombrío y depresivo. La música se encarga de llevarnos a otras dimensiones, incluyendo las de la alegría y la dulzura. De ahí la presencia de temas como “Squeeze Box”, “Blue, Red and Grey”, “Slip Kid” y la única canción de John Entwistle: la sólida y burlonamente contradictoria “Success Story”. Un álbum estupendo, entrañable, mucho mejor de lo que algunos creen, con portada dibujada por el propio Entwistle.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No, 11, dedicado a The Who y publicado en marzo de 2008)

sábado, 23 de abril de 2016

Prince, la mota y la amapola

Murió Prince y con él sigue la mala racha que en este 2016 se ha llevado a algunos grandes de la historia del rock. Ello en el entorno de la intervención del presidente Peña Nieto en la Asamblea General de la ONU sobre Drogas, una intervención que quizá no sea del todo satisfactoria al quedarse corta en algunos aspectos, pero que, de cualquier modo, representa un gran paso en la ultraconservadora postura que hasta ahora había mantenido México en este tema.
  Estupendo que se haya reconocido que la malhadada guerra contra las drogas ha sido inútil para inhibir la producción, el tráfico y el consumo mundial de estupefacientes. Magnífico que se proponga modificar el marco normativo en el país a fin de aumentar la cantidad establecida para el consumo personal de marihuana, al tiempo que se apuesta por efectuar grandes campañas de prevención. Espléndido que sea prácticamente un hecho la autorización oficial para el uso de esa yerba con fines medicinales y terapéuticos. Enhorabuena por el cambio de actitud y por haber acudido a presentarlo en ese foro mundial, cuando en un principio se había dicho que el primer mandatario no acudiría al mismo.
  Claro que aún faltan más puntos por resolver en el caso de la famosa mota, pero estos pasos hacia adelante hasta hace poco hubiesen sido impensables. Ahora habría que abrir camino a la discusión sobre la propuesta de reglamentar el cultivo de amapola también con fines médicos, para que las zonas de cultivo (por ejemplo en Iguala) la sigan cosechando pero con fines exclusivamente relacionados con el alivio del dolor en diversas enfermedades terminales (léase el indispensable texto “El derecho a la amapola” de Saúl López Noriega que aparece en la revista Nexos de este mes).
  De los posibles precandidatos a las elecciones presidenciales del 2018, sólo el priista Miguel Ángel Osorio Chong ha mostrado una posición (bastante positiva y progresista) sobre el tema de las drogas. ¿Y los otros dónde están? ¿Qué esperan para pronunciarse al respecto. No los he escuchado decir ni pío.
  “Todo tiene su lado oscuro”, dijo alguna vez Prince. En el caso de las drogas, puede tener su lado luminoso.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 22 de abril de 2016

The Dixie Dregs / Industry Standard (1982)

El antiguo grupo de Steve Morse y su característico sonido de rock de fusión en este que fue su último álbum y para muchos el mejor. Hay aquí mucho de progresivo pero también una buena dosis de jazz rock en una propuesta de gran interés.

Mejor tema: “Assembly Line”

jueves, 21 de abril de 2016

El papucho Colón

(El siguiente texto llegó extrañamente a nuestras manos y al parecer fue extraído en forma clandestina de la redacción de la revista Eres. Desconocemos a la autora del mismo).

¡Suertuda! Así me calificaron todos los que supieron que pude entrevistar al papucho de papuchos, al galán más popular del momento, al guapérrimo italiano que rompe los corazones de... ¡todas! ¿Se imaginan? El sueño de miles de chicas fue para mí una realidad, como si fuera yo uno de los personajes de la Isla de la Fantasía. Ay, no saben, pero la cosa estuvo ¡super! y todavía nolopuedocreer. Cómo llegué hasta él es un secretito que no voy a contar (absténganse, chismositos), Básteles saber que hablé con él en una lujosísima suite del mejor hotel de Cancún. Ahí estaba, chulísimo, con la piel dorada y la blonda melena cuidadosamente despeinada. Tenía un look padrísimo, hagan de cuenta Laureano Brizuela (¡guau!), pero con un aire mediterráneo y unos ojazos azules que para qué les cuento, ¡casi perfecto! 
  No podía desperdiciar la oportunidad de entrevistarlo, a pesar de que tan sólo verlo me causaba unas ñáñaras ¡tremendas! Con decirles que hasta ganas me dieron de hacer pipí (pero me aguanté). Por fin, después de 500 años, él concedía una interviú a un medio de comunicación "y cuál mejor que Eres", me comentó con una sonrisa ensoñadora y divina. Así pues, encendí mi grabadora y bien prendida (yo) me dispuse a confesar al genovés más famoso del mundo: el rorro Cristóbal Colón. 
  "Antes que nada agradezco esta oportunidad de expresarme directamente, porque se ha dicho muchas cosas de mí que no merezco", declaró con su coqueto acento entre italiano y gallego. Y continuó: "Apenas el pasado día 12, muchos me agarraron de su puerquito. A mi pobre estatua la escupieron, la pintarrajearon, le cortaron un dedo y hasta le pintaron un letrero confundiéndome con el baturro de Hernán Cortés, ¡no hay derecho!". Como no era eso lo que nos interesaba saber, fuimos directo al grano: ¿Es cierto que te vas a retirar? Su respuesta fue. contundente: "Sí, pienso cambiar de rubro. Ya hablé con Ernesto Alonso para estelarizar una telenovela que se va a llamar "Muchacho italiano viene a quedarse", en la que compartiré estelares con Biby Gaytán y Paco Stanley. Yo quería que mi galán fuera Luismi, pero no se pudo". 
  ¿Es cierto que tronaste con Isabel? "Bueno, es que Fernando era muy celoso y se enojó cuando ella me regaló sus joyas. Y peor cuando supo que me fui de juerga con los hermanos Pinzón. Pero la recuerdo con cariño y de vez en cuando nos hablamos por el celular. ¡Besitos para mi reinita!". 
  Se dice que serás el invitado en el último programa de Y Vero América va... "Chance y sí, sobre todo si Juanga los deja colgados. Yo a la Veros la quiero mucho. Es bien ingeniosa y pícara. También voy a estar con mi cuate Raúl Velasco en Siempre en Domingo, donde haré mi debut como cantante de ópera-rap. Tú sabes, una mezcla de Verdi con MC Hammer Ya lo verán. Es una sorpresota". 
  La entrevista terminó súbitamente cuando el representante de Cris (ése será su nombre artístico) llegó a avisar que el tiempo había terminado, pero él tuvo el detalle de despedirse de sus fans: "Adoro a los mexicanos y sobre todo a las mexicanas. México es como mi segunda patria. ¡Los amo..!".

(Texto publicado el jueves 15 de octubre de 1992 en mi columna "Bajo presupuesto" de la sección cultural de El Financiero)

miércoles, 20 de abril de 2016

Un gran disco poco conocido de Bob Dylan

De algún modo ligado a John Wesley Harding y Nashville Skyline, New Morning (1970) se diferencia en un hecho fundamental: la recuperación del espíritu rocanrolero, enriquecido con elementos del jazz (“Sign on the Window”, “Winterlude”) y hasta de una especie de vocalización prehiphopera (“If Dogs Run Free”). Sin embargo, el tema más trascendente es la dulce y muy bella “If Not for You”, la cual algunos afirman fue compuesta por Dylan junto con su gran amigo George Harrison. Si esto es o no verdadero, lo cierto es que la canción fue incluida primeramente en el álbum triple All Things Must Pass del ex beatle.
  Otros cortes notable de este Nueva mañana son el bucólico y sencillamente elegiaco “New Morning”, el finísimamente machista (en serio) “The Man in Me” y el conmovedor “Father of Night”. Un tema cuando menos curioso es “Went to See the Gypsy”, aparente homenaje (¿o antihomenaje?) a Elvis Presley.

martes, 19 de abril de 2016

Una joya llamada Parquet Courts

Hace un par de años, una amiga me recomendó a una agrupación que acababa de sacar un álbum llamado Sunbathing Animals y no le hice mucho caso. Luego de escuchar apenas un par de canciones de aquel grupo cuyo nombre ni siquiera memoricé, deduje que era una mala copia de Lou Reed. Prejuicioso y superficial que a veces es uno. Resulta que ahora los escucho, recomendados por uno de mis sitios de cabecera (AllMusic), y me impresionan desde el primer acorde. Llamo a mi amiga y le digo: “¡Tienes que escuchar esto que acabo de descubrir! ¡Es una banda llamada Parquet Courts!”. Casi me la mienta: “¡Pero si ya te la había recomendado, hasta me dijiste que sonaba como Velvet Underground!”. Ella estaba en lo cierto y merecí su inevitable regaño. Así que haré el intento de reivindicarme con esta reseña sobre Human Performance (2016), cuarto larga duración de Parquet Courts, editado por la disquera Rough Trade y publicado el 8 de abril pasado.
  Por supuesto que esta vez no me recordó a Lou Reed o al Velvet Underground, aunque puedan existir algunos ecos de estos. El sonido seco, austero, golpeante, urbano, con voces unidimensionales, guitarras entre punkeras y grungeras (hay muchas huellas de lo que en los noventa se conocía como rock alternativo y uno no puede más que pensar en Pavement, Beck, The Go-Betweens y Sonic Youth).
  No es un estilo común el de Parquet Courts. Existe algo de extravagante minimalismo que seduce e hipnotiza, lo mismo en composiciones intensas y tranquilas como “Steady on My Mind” que en otras más rítmicas y agresivas como “One Man No City”, ésta con un dejo irresistible de los Talking Heads.
  Otros cortes destacables (aunque en realidad los catorce tracks del disco son muy buenos y no hay uno solo de desperdicio) son “Outside”, “Berlin Got Blurry”, “Pathos Prairie” (punk puro), “Two Dead Cops” y la homónima “Human Performance”.
  Parquet Courts está conformado por Andrew Savage (guitarra, voz principal y líder del cuarteto), Austin Brown (segunda guitarra), Sean Yeaton (bajo) y Max Savage (batería).
  Para mi gusto, uno de los grandes discos de este año.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 18 de abril de 2016

Las memorias de Daniel Cosío Villegas

Hacía mucho que no leía un libro tan ameno, instructivo, revelador y divertido. Memorias, del gran Daniel Cosío Villegas (1898-1976), editado originalmente en 1976 por la editorial Joaquín Mortiz y reeditado en 1986, en la colección Lecturas Mexicanas de la SEP, es una maravilla, una manera de ver la historia de México, del porfiriato al gobierno de Luis Echeverría, a través de los ojos de un testigo y actor importantísimo de ese largo periodo.
  La prosa de Cosío Villegas es exquisita y su sentido del humor, finísimo. Decenas de anécdotas desfilan a lo largo de las cerca de 300 páginas del volumen que se lee como en un suspiro. Decenas de personajes aparecen también, muchos de los cuales fueron actores importantes de nuestra historia contemporánea y amigos o conocidos del autor. Diego Rivera, José Vasconcelos, Narciso Bassols, Alfonso Reyes, Antonio Caso, Alfonso Caso, Carlos Pellicer, Gustavo Baz, Genovevo de la O, Manuel Gómez Morín, Vicente Lombardo Toledano, Pedro Henríquez Ureña, León Felipe, Gabriela Mistral, Jesús Silva Hérzog, Salvador Novo, Julián Carrillo, Julio Scheter, los presidentes Álvaro Obregón, Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría (con todo y doña Esther Zuno). Con todos ellos y otros más se suceden los pasajes que narra con gran encanto e ironía el fundador del Fondo de Cultura Económica y el Colegio de México, entre otras grandes instituciones.
  Un libro que recomiendo sin la menor duda.
  Una joya.

domingo, 17 de abril de 2016

Oye, Reynaldo

No cabe duda: padecemos la publicidad que merecemos. Nuestros publicistas no sólo son en su mayoría analfabetos funcionales y destructores del idioma, sino que su ingenio resulta cada vez más pobre y lamentable. Un ejemplo claro lo tenemos en campañas como las del Consejo Nacional de la Publicidad para apoyar al Tratado Serra-Hills de Libre Comercio o en el anuncio en que se presenta a dos grupos de jóvenes como maniqueas opciones para elegir: los funestos reventados y los sanotes fresas, más estereotipados que nada.
  Este tipo de propaganda tiene uno de sus puntos más bajos en la campaña de la Secretaría del Trabajo para inducir a los obreros y empleados a "superarse” (whatever it means). Aparte de su tonito ultrapaternalista (¿con qué derecho se tutea impunemente a los trabajadores?), las frases que los distinguen son de un patetismo chabacano que da vergüenza ajena. Seguro usted los ha escuchado: "Oye, Reynaldo, ¿ya cobraste tu aguinaldo?", "No, Elena, ya sal de ese problema", "Así es, Encarnación, y todo gracias a la capacitación".
  Pero ya que tales mensajes existen y amenazan con proseguir tan campantes, sugiero las siguientes frases para nuevos anuncios de la dependencia que con tanta eficacia neoliberal dirige el inefable Arsenio Farell:

*Oye, María Bonita, te convirtieron en troglodita.
*Caray, Jacobo, ya no mientas de ese modo.
*Calma, Octavio, ser tan maniqueo no es de sabios.
*Aguas, Colosio, el PRI ya no es negocio.
*Cámara, Yuri, esos pechos son cachirules.
*Ya bájale, Monsiváis, estás hasta en los churrumáis.
*Por favor, Menotti, califícanos (aunque sea) de rebote.
*Chale, Brozo, no hagas raps tan horrorosos.
*Te lo ruego, Gorbachov, regresa por favor.
*Cuídate, Bibí, que no te coopte el PRI.
*Perdóname, Loaeza, pero leerte me da pereza.
*Lo siento, Víctor Roura, no hallo rima para Roura.
*Ni modo, Raúl Velasco, como místico eres un fiasco.
*Oye Alejo, ya no seas tan...

Y así, hasta el infinito.

(Publicado en mi columna "Bajo presupuesto" de la sección cultural de El Financiero, el jueves 13 de febrero de 1992)

sábado, 16 de abril de 2016

Salinas, mon amour

Frase 1: “Salinas está detrás de la campaña en contra de Duarte y a favor de Yunes”.
  Frase 2: “Mi instinto me dice que Salinas se quiere venir a apoderar de todo Veracruz a través de Yunes Linares”.
  ¿Quién disparó semejantes enunciados? ¿Quién es la persona más obsesionada con la figura de Carlos Salinas de Gortari? ¿Quién le confiere a éste toda clase de súper poderes y le otorga la capacidad de mover a su antojo cada uno de los hilos de la política nacional? ¿Quién mantiene en boga a esta especie de súper villano que ya lo quisieran los de Marvel para una de sus producciones cinematográficas?
  Desde hace varios años, el mayor propagandista de Salinas de Gortari es ni más ni menos que quien se quiere mostrar como su némesis. El lector ya sabe a quién me refiero. El inefable Andrés Manuel mantiene tal obsesión por Salinas que uno empieza a sospechar que hay por ahí alguna historia de despecho sentimental que desconocemos. Don Peje menciona tanto a don Carlos que uno ya no sabe qué pensar. ¿Se trata de una manera un tanto retorcida de expresarle su enamoramiento? Un buen psicólogo tendría mucho que explicarnos al respecto. Digo, porque así solemos comportarnos los seres humanos cuando una persona nos rechaza y no responde a nuestros requerimientos. Entre más nos repele, más la convertimos en objeto de aborrecimiento, pero no dejamos de mencionarla a la menor oportunidad.
  Esto es lo que he visto y sigo viendo en el caso Salinas-López Obrador. El segundo nos restriega, un día sí y otro también, que el primero es un malvado, un canalla con los peores sentimientos del mundo. Se trata de una visión maniquea, por supuesto, en la que el sujeto Carlos es presentado, de modo unidimensional, como el mayor adversario de México, manera sublimada de decir que, en realidad, Andrés Manuel lo considera como el mayor adversario suyo.
  Se trata posiblemente de un caso psicológico que va más allá de lo político y debe tener raíces muy profundas en el subconsciente del tabasqueño, quien al decir “Salinas, mi  enemigo”, en realidad parece expresar “Salinas, mon amour”.
  Enigmas de la psique humana.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 15 de abril de 2016

John Parish & Polly Jean Harvey / Dance Hall at Louse Point (1996)

Un disco alterno dentro de la discografía de PJ Harvey. Al lado de su más fiel colaborador, el talentoso John Parish, la inglesa crea atmósferas más angustiantes, duras y feroces aún de las que acostumbra habitualmente. Un disco tan bueno como (usemos el término) friqueante.


Mejor tema: “Taut”

jueves, 14 de abril de 2016

Breve autohistoria de la cándida Mosca por su director desalmado

Más de veinte años hace ya que surgió La Mosca en la Pared. Veintidós para ser exactos, aunque su vida editorial fue de catorce; casi tres lustros de historia que nos remontan a mediados de los años noventa y específicamente a un año crucial, 1994, cuando en México gobernaba un poderoso partido político y el presidencialismo era santo y seña de todo lo que pasaba y no pasaba en nuestro país. Año del Tratado de Libre Comercio y del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Año de asesinatos políticos y de elecciones presidenciales. Año incierto. Año cierto. Año que no sé si era el idóneo para que naciera una revista de rock que quería ser crítica y antisolemne, en un momento en el que, dentro de ciertos círculos de poder, la crítica y la antisolemnidad no eran muy bien vistas que digamos. Pero ahí nacimos, así nacimos, el 11 de febrero de ese mismo 1994.
  Para quienes jamás oyeron hablar de La Mosca, contaré que el proyecto surgió a finales de 1992, cuando le presenté la idea al editor Jaime Flores Montiel de hacer una revista de rock. Yo tenía alguna experiencia en la edición de revistas (me inicié en el oficio en 1979, cuando ingresé como redactor a la revista Natura de Editorial Posada, mi verdadera escuela. Poco después, ascendí a jefe de redacción de la misma y terminé por dirigir aquella publicación de temas naturistas, vegetarianos y ecológicos).
  El caso es que, por caprichosos azares del destino, a principios de 1993 Flores aceptó mi idea, convocó a un consejo de notables (notablemente desconocidos) y arrancó lo que llamábamos “la revista de rock”. Más de un año duró ese arranque, del cual formamos parte Karem Martínez (coordinadora editorial), Fernando Rivera Calderón (subdirector) y quien esto escribe (director).
  El título de La Mosca se lo debemos a Rivera Calderón. Se le ocurrió de pronto, durante una de las primeras juntas, al ver la camiseta que portaba uno de los presentes con la leyenda “U2: The Fly”. Así de impensado surgió el nombre que la haría conocida.
  Luego de varios meses de trabajo, tiempo que incluyó cambios en el equipo de diseño y hasta cambio de nombre y sede de la editorial (de Ejea pasamos a Toukán), el primer número de La Mosca apareció en febrero de 1994.
  ¿Qué tenía de especial la nueva revista? En primer lugar, su formato. Con dificultades, logramos convencer al editor para que la publicación tuviera una dimensión bastante sui generis en aquel momento: 34 centímetros de altura por 23 y medio de ancho. Nada que ver con el clásico tamaño carta. También el diseño fue desde el primer momento muy diferente y propositivo, en ocasiones incluso demasiado estridente. Pero pienso que lo básico fue su contenido y la manera de abordarlo. Durante años, en mi papel de lector, había observado que las revistas de rock en México tenían varias características que las hermanaban de manera por demás penosa y como lector quise evitar esas características, ese modo de hacer pseudoperiodismo roquero. Por fortuna, Fernando Rivera y Karem Martínez coincidieron conmigo y logramos romper con muchos mitos y vicios de aquellas revistas. En primer lugar, la actitud paternalista que trataba a los lectores como si se tratara de enanos mentales, de niños oligofrénicos, de seres impensantes, y que lo hacía, además, con un lenguaje paupérrimo y francamente pedestre. El buen uso del español fue una exigencia que tuvimos desde un principio. Estaba también la aplicación de la crítica. Por alguna extraña razón, las revistas nacionales sobre el género consideraban (y en su mayor parte siguen considerando) su deber “apoyar” al rock, sobre todo al que se produce en México. ¿Qué significaba apoyar para ellas? Simple y sencillo: hablar bien de los grupos y sus discos, sin importar qué tan malos fueran, ser complacientes con cuanto hicieran y deshicieran. En La Mosca no fue así. Desde nuestro primer número, aplicamos el principio de decir las cosas como eran y no como otros querían que fuesen. La crítica se convirtió en parte fundamental de nuestro quehacer cotidiano y muchísimas agrupaciones, sobre todo mexicanas, fueron cuestionadas sin contemplaciones. Casi de inmediato hubo reacciones, no sólo entre los músicos sino entre la prensa de rock. Se nos acusó de antinacionalistas, amargados, negativos, tendenciosos y un largo etcétera. Sin embargo, no nos movimos de ahí y aunque seguimos generando odios y rencores (larga sería la divertida lista de bandas que nos aborreció y aún nos sigue aborreciendo), nos ganamos el respeto de miles de lectores. Siempre he pensado que el mayor capital que tuvo siempre La Mosca fue justamente su congruencia y, por ende, su credibilidad entre los lectores.
  Otro punto que diferenció a la revista de sus congéneres fue el uso del humor. Hasta ese entonces, las publicaciones roqueras eran insufriblemente solemnes y se tomaban demasiado en serio a sí mismas. Como si el rock no fuera finalmente una música lúdica y anticonvencional, los diversos magazines que existían se referían al rock como si de un objeto sagrado e intocable se tratara. El lenguaje era aburrido y jamás se permitía la más ligera licencia humorística. Curiosamente, esa actitud irónica de La Mosca no fue retomada por las otras revistas musicales sino por medios mucho más importantes, caso del semanario Milenio y posteriormente del diario del mismo nombre, cuyo empleo del humor se debe en mucho a que a sus páginas llegó gente que colaboraba en La Mosca en la Pared. El propio Fernando Rivera Calderón, Verónica Maza Bustamante, Jairo Calixto Albarrán, Rafael Tonatiuh, Juan Alberto Vázquez y Miguel Cane, entre otros, fueron parte de La Mosca. Incluso hay leve presencia de La Mosca en La Jornada, con la periodista Patricia Peñaloza que fue parte del equipo editor y más tarde colaboradora (aunque ella no posee el mínimo sentido del humor).
  Muchas son las vicisitudes que pasamos a lo largo de catorce años (las más graves, nuestra momentánea desaparición de agosto de 1994 a junio de 1996 y luego, en 2008, la desaparición en apariencia definitiva de La Mosca en la Pared), muchos fueron los contratiempos, pero muchas las satisfacciones. De estas, dos de las principales fueron: primero, la conformación de un equipo de colaboradores estupendo, el cual incluyó a plumas como las de José Agustín, Eusebio Ruvalcaba, Rafael Aviña, Fernanda Solórzano, Naief Yehya, Adriana Díaz Enciso, Armando Vega-Gil, Fedro Carlos Guillén, Sergio Monsalvo, José Xavier Návar, Andrés de Luna y varios más, aparte de un muy competente grupo de jóvenes escritores, fotógrafos e ilustradores de ambos sexos, y, segundo, nuestra contribución para formar un público lector muy crítico y exigente, no sólo con la música que escuchaba sino con las cosas que leía, incluida la propia revista (a diario recibíamos correos salvajes que nos hacían polvo ante cualquier desacuerdo). Gente que hoy tiene cerca de cuarenta años y que empezó a leernos a los quince. La Mosca acompañó a varios miles de jóvenes mexicanos durante sus tempranas vidas y cuando me lo dicen, no deja de resultar emocionante y motivador.
  Fueron catorce años, pues, de sobrevivir prácticamente del milagro de la venta al público -sin subsidios, sin becas, con poquísima publicidad- y de mantenernos aleteando a pesar de todo. Es cierto que hubo causas para que justo al cumplir catorce años el proyecto se viera interrumpido. Causas económicas básicamente: las ventas disminuyeron, revistas con mayor poderío económico surgieron y nuestro principal talón de Aquiles, la poca capacidad para vender espacios publicitarios, terminó por cobrarnos factura.
  Con la perspectiva que dan los años, puedo decir que probablemente no supimos adecuarnos a las nuevas generaciones de lectores, cuando internet empezó a cobrar una gran importancia y las redes sociales iniciaron su predominio. También caímos en el error de tratar de revertir la caída en las ventas con portadas más comerciales (The Killers, Muse, Soda Stereo, Zoé), lo que lejos de mejorar la situación la empeoró, pues muchos de los viejos lectores se sintieron traicionados y perdimos una parte de lo que, como decía párrafos atrás, siempre fue el principal capital de la revista: su credibilidad.
  Desde entonces se intentó revivir el proyecto, primero como La Mosca en la Red y luego como la revista Mosca (nueve números, de julio de 2013 a junio de 2014). Pero ya no funcionó, en lo editorial y lo financiero, y creo que fue lo mejor. Ahora que veo las cosas con una mayor y mejor perspectiva, pienso que La Mosca cumplió su ciclo y que hasta ahí debe quedar: como un muy buen recuerdo (aunque como fuente hemerográfica mantiene su vigencia).
  Así pues, de lo único que podemos estar ciertos es de que, a lo largo de esos años, los hacedores y los lectores de La Mosca nos divertimos mucho con esos dos juguetes tan peculiares y entrañables, tan maravillosos y recompensantes, llamados periodismo y rock.

(Publicado este mes en la revista Marvin)

miércoles, 13 de abril de 2016

Poema en rojo


En día 13, dicen, uno debería permanecer
cerrado
             encerrado
                              aferrado
                                             a la seguridad
del entorno conocido
Sobre todo, dicen, si el día comienza mal
errado
            equivocado
                                fallido
                                           sin seguridad
de lo que pueda venir
Mas resulta, digo, que de pronto todo cambia
enrojece
               se sonroja
                                 se ilumina
                                                   de rojo
como tu blusa roja
como tu sonrisa roja
como tu presencia roja
como tu belleza roja

martes, 12 de abril de 2016

León Larregui contra Weezer

Las comparaciones pueden ser odiosas, pero también suelen resultar muy útiles. Es el caso que nos ocupa, el de dos discos de pop rock muy recientes: Voluma de León Larregui y White Album de Weezer, aparecidos ambos en estos días.
  Empecemos por Weezer y su décimo trabajo en estudio (cuarto de la serie colores que incluye los discos azul, verde y rojo, de 1994, 2001 y 2008, respectivamente). Se trata de una obra de gran perfección roquera, pulida pero entrañable, fina pero con garra, seria pero con sentido del humor. El sonido de Weezer a plenitud, con un Rivers Cuomo, su líder, en estupenda forma como compositor, guitarrista y cantante. Diez temas llenos de ganchos, melodías contagiosas, energía y una sabia combinación entre el rock puro y un pop que rinde tributo a la música californiana de los sesenta, con ecos de los Young Rascals y los Beach Boys, en temas tan gratos como “California Kids”, “Thank God for the Girls”, “(Girl We Got a) Good Thing” y “Endless Bummer”.
  Por lo que toca a Voluma, (un título, por cierto, muy à la Björk: remember Volta, Voltaic, Vulnicura et al)) sí, es cierto, se trata también de un disco de pop rock, del que había yo escuchado comentarios muy favorables, pero el contraste no podría ser más dramático. Pretensioso, solemne, pagado de sí mismo, Larregui se repite ad nauseam con ese su estilo de cantar ahuevado y su típica pronunciación del español como si cantara en inglés (entenderle está en chino). Musicalmente está correctamente ejecutado, pero sus aportes son mínimos y no sale de ese mismo rockcito intrascendente que hace con Zoé y que repite esquemas del pop rock argentino, con obvias influencias de los Babasónicos. Falto de energía y estamina, con pocas huellas de rock (por ahí se escucha de pronto una guitarra más o menos roquera que es neutralizada en seguida por un teclado ababasonicado), con melodías edulcoradas y armonías vocales repetitivas, Voluma tiene una producción que de tan limpia suena pasteurizada, nimia e inocua, incluso cuando intenta entrarle a lo beatlesco-psicodélico, como en “Tremantra”.
  Dos maneras de hacer rock pop. Dos maneras de entenderlo e interpretarlo. Que cada quién elija la suya.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 11 de abril de 2016

El rock y la siniestra (pero inevitable) industrialización

No lo puedo negar: a pesar de mi imputado cinismo y mi irresponsable vocación por la sorna más impía, en algunos aspectos de la vida sigo siendo un romántico. No que no sea realista o deje de reconocer lo inevitable que resulta que la música en particular y el arte en general deban integrarse a la maquinaria industrial del capitalismo, para terminar convertidos en mercancía generadora de plusvalía. Imposible escapar a ello y peor aún en el caso del rock. Sin embargo, como hacedor de canciones que también soy y dado que mis composiciones han permanecido en el cuasi anonimato a lo largo de más de cuarenta años, debido a mi incapacidad para hacerlas entrar en esa maquinaria industrial que mencionaba, quisiera hacer algunas reflexiones sobre la relación entre la música y la industria.
  Cuando el blues y el country se fusionaron en eso que conocemos como rock n’ roll, el nuevo género no tardó mucho en ser absorbido por las casas disqueras. Primero por algunas de pequeñas dimensiones, tipo Sun Records, y un poco más tarde por las grandes compañías discográficas trasnacionales como RCA, Decca o Capitol. En una palabra, el rock era aún un niño balbuceante cuando fue tragado por la industria, para jamás volver a salir de su implacable sistema digestivo.
  No se crea que lo que sigue es un alegato marxistoide en contra de dicha industrialización. De hecho, gracias a ella el rock comenzó a difundirse a lo largo y ancho del mundo occidental (primero) y del mundo todo (algunas décadas después). Claro que hubo resistencias, sobre todo en la segunda mitad de los años sesenta, cuando muchos grupos y solistas adoptaron posiciones militantes y contraculturales que cuestionaban al capitalismo y todos sus males, aunque sin abandonar jamás las ventajas que les deba ese mismo capitalismo y que terminó, para bien y para mal, por dominarlos, domesticarlos y enriquecerlos.
  Sin la industrialización de la música, por ejemplo, no existirían las superestrellas del rock. Sin esa siniestra pero necesaria unión que hubo, sobre todo en los últimos veinticinco o treinta años del siglo pasado, entre las gigantescas disqueras, los emporios de la comunicación (radiofónica, televisiva e impresa) y los grandes promotores y empresarios que organizaban magnos conciertos y festivales, muchos de los artistas cuya música hoy forma parte de nuestra educación sentimental, tal vez nunca habrían salido de sus pequeños barrios o ciudades. Los Beatles necesitaron a una disquera de primer orden no sólo para difundir su música, sino para gozar de todas las posibilidades para progresar artísticamente y luego convertirse en millonarios.
  Gracias a la industria, grupos como Led Zeppelin tenían aviones particulares y sus integrantes podían adquirir castillos medievales en la campiña inglesa. Hasta los músicos del punk o del grunge gozaron de las mieles de la fama y el dinero que les proporcionó esa industria tal maldecida por ellos.
  Así fue hasta el arribo de este siglo y el surgimiento de dos enemigos emanados del seno mismo de la industrialización: internet y la digitalización de la música.
  No fue la piratería sino las ventajas que la red otorga a los músicos lo que puso en jaque a las grandes disqueras, las cuales no han podido salir de la grave crisis en que se encuentran desde hace casi diez años. La facilidad para hacer música digital en estudios casi caseros y para difundirla por redes como YouTube, Soundcloud o Facebook, entre otras, ha hecho que la industria haya perdido por primera vez el control que siempre tuvo sobre los músicos.
  Claro que esto aún no es algo definitivo e inexorable, pero a menos que los dinosaurios industriales logren adaptarse al nuevo fenómeno (de hecho, algunas grandes discográficas han desaparecido del mapa), los músicos se volverán autónomos… y quizá yo pueda por fin dar a conocer mis canciones.

(Texto publicado este mes en mi columna "Bajo presupuesto" de la revista Marvin)

domingo, 10 de abril de 2016

El artesano Howard Hawks

Lo peor que le puede suceder a un crítico es creer que su palabra se vuelve divina. A partir de que esto sucede, el crítico (ya sea de literatura, de artes plásticas, de teatro, etcétera) se transforma en un pontífice y trata de colocarse siempre en un plano superior al del sujeto o el objeto criticados.
  En el caso de la crítica cinematográfica, lo anterior resulta especialmente claro. Dentro de nuestro mundillo cultural, abundan estas pequeñas deidades soberbias y pedantes. Lejos de acometer la crítica como un análisis concienzudo y a fondo de la obra (en este caso la película), lejos de desmenuzarla en sus partes y tratar de diseccionarla con el rigor del científico, esta cauda de críticos (me veo tentado a entrecomillar la palabra, pero me aguanto) se dedica a adjetivar las cintas, a calificarlas alegremente según sus gustos y tendencias personales, con un subjetivismo paternalista que, bajo un disfraz orientador ("escribimos para que el público sepa si una película es buena o mala"), oculta un enorme desprecio por el lector.
  Lo tendencioso de esta clase de crítica resalta a la hora de denostar a aquellos cineastas que no son afines al comentarista, mientras se alaba en forma desmedida a los favoritos. En lo que respecta a los denostados, resulta muy frecuente toparse con críticos que definen como artesanos a aquellos directores con los que no congenian o a los que de plano desconocen, si bien les admiten dotes así sea a cuentagotas.
  Un ejemplo concreto: el pasado 22 de febrero, en las recomendaciones de cine en televisión de El Nacional (sección de espectáculos), Naief Yehya se refiere a Howard Hawks (¡a Howard Hawks!) como un "artesano" al que la comedia "le viene al dedo". Caramba, qué manera tan sencilla de rebajar a un cineasta de los tamaños de Hawks de un solo plumazo (o más bien maquinazo). Quizás Yehya, como buen redactor posmo, considere que todo el cine anterior a David Lynch (el sobrevaloradísimo ídolo de los jóvenes coyoacanenses aspirantes a intelectuales) es basura o mera artesanía barata. Le sucede lo mismo al comentar discos: para él, tal parece, antes del rock industrial todo es obra de dinosaurios indignos de escucharse, llámense Rolling Stones, Bob Dylan, Led Zeppelin, The Who o quien se quiera.
   Pero volviendo al despreciado Hawks, según el criterio del mencionado crítico debemos considerar como obras menores, artesanías sin valor real, a filmes de las dimensiones de Río Rojo (western paradigmático, para usar un término dominguero postmoderno), Scarface (obra maestra del cine negro, recreada en 1983 por Brian de Palma), El sueño eterno (una de las mejores adaptaciones a la pantalla de la novelística de Raymond Chandler), Tener o no tener (con los actores artesanales Humphrey Bogart y Lauren Bacall) o Los caballeros las prefieren rubias (divertidísima comedia con la inolvidable Marilyn Monroe).
  No es posible que los críticos nacionales de la nueva hornada arriesguen epítetos de manera tan irresponsable. Si Howard Hawks es un simple artesano, debemos inferir entonces que también lo son John Ford, Raoul Walsh, Billy Wilder, John Huston, Michael Curtiz, Elia Kazan, Nicholas Ray, Frank Capra, Otto Preminguer, Orson Wells y otros de los realizadores nacidos a fines del siglo pasado o principios de éste. No se vale.

(Texto publicado el 27 de febrero de 1992 en mi columna "Bajo presupuesto" de la sección cultural de El Financiero y que me ganó, primero la enemistad y luego la amistad que persiste hasta hoy del querido Naief Yeyha)

sábado, 9 de abril de 2016

Entre Nuño, AMLO y una CNTE desnuda

Algunos lectores se enojan y me llenan de insultos cada vez que me refiero, de una u otra manera, a Andrés Manuel López Obrador. “Estás obsesionado con AMLO”, me dicen unos. “Si no existiera el Peje no sé de qué hablarías”, acotan otros. Debo admitir que sí existe una obsesión de mi parte, pero no hacia el personaje en cuestión. Lo que me obsesiona son los gravísimos riesgos que correría nuestro país si una persona de sus delirantes características, su incapacidad para el diálogo, su talante de intolerancia y su maniquea visión de las cosas alcanzara la presidencia de la república. Por eso intento señalarlo cada vez que el hombre muestra el cobre.
  Como lo ha mostrado en su afán por aliarse con la Sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, la inefable CNTE, y en su anuncio de que quiere echar abajo la reforma educativa. Aunque la cúpula de dicho sindicato se muestra aún dudosa sobre la conveniencia de aliarse con él, el macuspano insiste y en su obsesiva búsqueda del poder, poco le importa devolver sus privilegios a los mismos que han tenido a estados como Oaxaca y Chiapas en un escandaloso rezago educativo. ¿Y los niños de esas entidades? ¡Que se jodan! Ya verá él que hace por ellos una vez que se instale (imagina) en la silla grande.
  Como era lógico suponer, esto ha provocado una disputa de declaraciones entre el secretario de Educación, Aurelio Nuño, y el archicitado Andrés Manuel (Liópez, le llama Gil Gamés en Milenio TV). Nuño piensa que el pacto AMLO-CNTE es una burla para los alumnos y para los padres de familia y advierte que podríamos volver al pasado siniestro de las plazas hereditarias y demás corruptelas sindicales. Pero López Obrador no ceja, se burla y sigue acusando de todos los males (adivinó usted) a la mafia en el poder y al sistema, ese mismo sistema que utiliza, sin embargo, para tener su muy personal partido político, con todos los recursos financieros y de imagen que él emplea a su antojo, sin que uno solo de sus cercanos se atreva a chistar, so pena de enfrentar su ira y ser arrojado del paraíso mesiánico.
  ¿Algo así queremos a nivel nacional? Yo no.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 8 de abril de 2016

Barbieri, un Gato de arrabal

Pasaba de las ocho décadas de vida y seguía tocando su maltratado saxofón, del que sacaba notas desgarradas y entrañables. Pero ya no lo hacía tanto por amor al jazz como por necesidad. Cuando en noviembre pasado alguien le preguntó, al término de una de sus semanales presentaciones en el club Blue Note de Nueva York, por qué no se había retirado, a pesar de sus 83 años a cuestas, su respuesta fue tan simple y directa como dura y contundente: “Porque necesito el dinero”.
  Atrás habían quedado los años de gloria de Leandro “Gato” Barbieri, aquel peculiar músico que con su clásico sombrero y su estilo singular fuese considerado en su mejor momento como el heredero directo de John Coltrane y Pharoah Sanders. Sus problemas económicos, al lado de su actual esposa Laura, con quien procreó a su único hijo, eran muchos y debía continuar sacando notas a su sax tenor a fin de pagar sus gastos cotidianos.
  Nacido en la ciudad de Rosario, Argentina, el 28 de noviembre de 1932, tenía doce años de edad cuando llegó a sus oídos la música de Charlie Parker y con ella su primer contacto con el jazz. La música le fascinó de tal modo que convenció a sus padres para que lo metieran a estudiar clarinete. En 1947, la familia Barbieri se mudó a Buenos Aires, donde el joven Leandro no sólo prosiguió con sus estudios musicales sino que se cambió al instrumento que daría significado a su existencia: el saxofón. Tenía apenas 21 años cuando, en 1953, ya era el instrumentista estrella en la orquesta del legendario Lalo Schifrin, otro músico precoz, nacido el mismo año que Barbieri.
  Para finales de los cincuenta, el ya apodado “Gato” (el origen de su sobrenombre es un misterio) empezó a dirigir a sus propias agrupaciones y en 1962 dio el gran salto hacia Europa, donde no tardaría en conocer al enorme trompetista  Don Cherry, con quien se unió musicalmente en París y lo introdujo en el jazz de vanguardia y el free jazz. Con él grabaría álbumes tan buenos como Gato Barbieri & Don Cherry (1965) y Complete Communion (1966), entre otros.
  Hasta entonces, Gato Barbieri (quitemos las comillas a su mote, ya que se convirtió en el nombre con el que fue universalmente conocido) se había mantenido dentro de los cánones del jazz estadounidense. Sin embargo -y esta habría de ser una de sus grandes aportaciones al género-, a principios de los setenta empezó a interesarse en los sonidos de la música argentina en lo particular y sudamericana en lo general, para fusionarla con el género jazzístico, dando por resultado lo que en el futuro y desarrollado por él y otros músicos hispanoamericanos sería conocido como jazz “latino”. De ese época son sus discos El pampero (1971) y Fénix (1972), en los que empezó a experimentar con texturas y ritmos que tomó de la música brasileña y afrocubana, así como del tango argentino.
  Su prestigio iba en crecimiento, pero llegó a su punto más alto cuando el director Bernardo Bertolucci le encargó escribir la banda sonora para su controvertida y hoy clásica película El último tango en París, de 1972 (“No quiero que la música sea demasiado hollywoodense o demasiado europea”, le pidió el realizador italiano). El éxito fue absoluto. La sensualidad musical que logró en esa obra lo catapultó hasta lo más alto del firmamento y convirtió a Gato Barbieri en uno de los músicos más reconocidos del planeta, aunque se ganó la enemistad de su paisano Astor Piazzola, quien lo acusó de traicionar su estilo (“Supongo que Astor se sintió herido en su orgullo, porque Bernardo me encargó el trabajo a mí y no a él”, comentaría con sorna el Gato). Un contrato millonario con A&M Records le permitió grabar más grandes discos a lo largo de la década, con títulos como Caliente! (1976), Ruby Ruby y Trópico (estos dos de 1978).
  De tendencia izquierdista y tercermundista, Barbieri nunca ocultó su inclinación por la revolución cubana y por el cine militante del brasileño Glauber Rocha. También fue desde muy joven un gran amante de la mujer (si dejó Buenos Aires -donde era el rey- por París, fue debido a que se enamoró de una chica francesa de nombre Michelle con quien se casaría en Roma). “Gato Barbieri siempre dependió de sus mujeres”, apuntó uno de sus biógrafos.
  Pero así como llegó la gloria, todo de pronto desapareció. Adicciones, enfermedades, depresión y una ceguera parcial, sumadas a la muerte de Michelle, lo hundieron en la falta de creatividad y pasión por la vida. Siguió tocando y grabando, pero ya no con la misma enjundia y cada vez con menor frecuencia. Lo más celebrado de esos malos años fue quizá su participación con Carlos Santana en el tema “Europa”.
  A fines del año pasado, entrevistado por la reportera española Teodelina Vasabilvaso, declaró: “Me voy a morir en dos o tres años”. Por desgracia, la vida no le alcanzó para tanto y una neumonía se lo llevó el pasado 2 de abril, en un hospital de Nueva York.
  En esa misma entrevista, la periodista le había preguntado cómo le gustaría ser recordado, a lo que Gato Barbieri respondió: “Ah, no, eso es lo que menos me importa”.

(Publicado el día de ayer en la sección "El ángel exterminador" de Milenio)

jueves, 7 de abril de 2016

Les Luthiers

Después de casi cuatro décadas, volví a ver a Les Luthiers "en vivo" (los había visto en un par de ocasiones, en la década de los setenta del pasado siglo, en la sala Ollin Yoliztli y, si no recuerdo mal. el Teatro de la Ciudad, en 1973 y 1975 respectivamente). Esta vez fue en el Auditorio Nacional, al que acudí acompañado de mi queridísima Paulina De la Vega (ayer mismo había ido a ese lugar para cubrir la conferencia de prensa y acreditarme).
  Fue una presentación divertidísima, como es habitual en este grupo, y la pasamos de maravilla. La crónica del concierto la escribió Pau para "Acordes y desacordes", el sitio de música que coordino para la revista Nexos y puede verse aquí: Chist! y la antología del humor de Les Luthiers.
  Fue una noche espléndida que aún se alargó un poco más con una cenita.
  De esos días en que todo es perfecto (a pesar de que la gripe me sigue acosando).

miércoles, 6 de abril de 2016

¿Soy un mal mexicano?

La angustia me corroe. La incertidumbre hace mella en mi conciencia. Estoy desconcertado, confundido, inseguro. ¿Por qué no puedo ser como todos? ¿Qué es lo que me incapacita para compartir ese sentimiento que hace vibrar a la aplastante mayoría de los mexicanos? ¿Cuál es la causa de esta falta de adaptación que me pone la cara roja de vergüenza? Porque sí, he de confesarlo, y pido mil veces perdón por ello: no me gustan los mariachis ni la música vernácula.
  En estos días patrios que acabamos de vivir, días en los que incluso los yupitecas más recalcitrantes y pronorteamericanos gritan un ¡Viva México! estentóreo y abierto; días en que el alma se vuelve tricolor y olvidamos por un rato a héroes como George Washington y Abraham Lincoln, para pensar en las gestas del cura Miguel Hidalgo, de José María Morelos y Pavón, de Allende, Abasolo, Mina, Aidama, Guerrero y hasta el Pípila; días, pues, en los que el corazón se hincha de orgullo patriótico, acompañado por los acordes inconfundibles de “El rey”, la “Canción mixteca” o “México lindo y querido”. En estos días (y en los del resto del año), la música de mariachi me deja frío, impávido, sin que logre arrancar de mi ronco pecho ni siquiera un tímido ajúa.
  Yo he contemplado a esos felices paisanos que visten ropa gabacha, hacen sus chopins en los mols tejanos, visitan Disney World, ven Cablevisión, escuchan WFM y sueñan con ser güeros, los he contemplado cuando toman su tequila y al primer trompetazo del mariachi lanzan un ¡Aiiiiiaaaaiiiiiaaaaiiiii! tan mexicano como ellos. ¿Por qué no me sucede lo mismo? ¿Por qué no se me enchina la epidermis con José Alfredo, Cuco Sánchez, el Charro Avitia o Juan Gabriel? ¿Soy acaso un mal mexicano? ¿Lo soy...?

(Texto publicado a mediados de septiembre de 1991 en mi columna "Bajo Presupuesto" de la sección cultural de El Financiero)

martes, 5 de abril de 2016

Iggy Pop y su homenaje involuntario a Bowie

Qué gran idea la de juntar los talentos de Iggy Pop y Josh Homme. Sobre todo para realizar lo que Pop ha anunciado como su último disco: Post Pop Depression (Loma Vista Recordings, 2016). Porque la combinación entre el gran icono histórico del rock punk primigenio y el talentoso hacedor de rock duro funciona de maravilla y más aún con el añadido de otros dos grandes músicos: el guitarrista Dean Fertita (QOTSA) y el baterista Matt Helders (Arctic Monkeys).
  Escuchar Post Pop Depression lleva de inmediato a pensar en David Bowie, en su sonido inconfundible, así como también en los dos álbumes que le produjo a Iggy Pop en 1977: The Idiot y Lust for Life y dado que el nuevo plato apareció a dos meses de la muerte del creador de Scary Monsters y Aladdin Sane, podría pensarse que se trata de un homenaje del buen Iggy a su amigo y mentor. Sin embargo, no es así. Al menos no de manera voluntaria, ya que el disco se terminó de grabar en noviembre del año pasado, cuando aún no se sabía que Bowie estuviera en la fase terminal de su enfermedad.
  La producción de Josh Homme en el nuevo álbum resulta excelente, llena de interesantes texturas y ambientes, y crea un sonido que es como una mezcla entre Queens of the Stone Age y los discos solistas de Pop, en especial los dos mencionados. Nueve son las canciones que lo conforman y todas mantienen una unidad de calidad y estilo, si bien hay algunas más destacables por su profundidad y su fuerza. Piezas como la abridora e intensa “Break Into Your Heart”, la preciosa y muy a la Bowie “Gardenia”, la irresistible y cuasi mística  “Sunday” (quizá mi favorita, con esa guitarra sensacional de Homme y el sorpresivo final de coros femeninos y cuerdas), la seductora y sensual “Chocolate Drops” y la concluyente, monumental y con ecos de Lou Reed “Paraguay”.
  No sé si Post Pop Depression sea el último trabajo discográfico de Iggy Pop (el hombre cumple 69 años este mes). Si lo es, estamos ante una excepcional obra final. Pero ojalá que se arrepienta y pronto regrese con algo tan bueno como esto.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 4 de abril de 2016

Funny People

No conocía esta película de 2009, dirigida por Judd Appatow, con la que me topé en Netflix y que estuve a punto de no ver por estar protagonizada por Adam Sandler, quien no es precisamente santo de mi devoción. Pero algo que jaló y empecé a verla. No me arrepentí. Se trata de una cinta agridulce, una comedia bastante negra, que narra la historia de un exitosos cómico cinematográfico a quien le diagnostican una enfermedad terminal y su relación con un estandopero bastante mediocre. No contaré lo que pasa, pero vale la pena que la vean.
  Además, cuanta con un reparto de actores realmente bueno. Aparte de Sandler (quien de algún modo se caricaturiza a sí mismo), aparecen Seth Rogen, Eric Bana, Johah Hill, Jason Schwartzman, Aubrey Plaza, Andy Dick, Aziz Ansari y hasta Eminem.

domingo, 3 de abril de 2016

The Sonics: padres putativos del rock de garage

Tacoma, en el lluvioso estado de Washington, no parecía ser el lugar ideal para formar un grupo de rock, mucho menos a principios de los años sesenta de la centuria pasada. Pero si los inicios musicales de Frank Zappa tuvieron lugar en un sitio perdido de nombre Cucamonga, qué más daba empezar en otro llamado Tacoma. Finalmente, lo único que se requería era que se juntaran cuatro o cinco mozalbetes en edad adolescente que más o menos supieran tocar algún instrumento (de preferencia guitarra, bajo, teclados, batería o saxofón) y más o menos pudieran cantar (al menos uno o dos de ellos). Luego sería cosa de ir interpretando algunos de los éxitos del rock n’ roll y el rhythm n’ blues de la época y tal vez comenzar a tocar material propio. Para ensayar, podrían reunirse en el garage de alguna casa y una vez que hubiesen puesto diez o doce canciones, irse dando a conocer.
  Esta receta fue más o menos seguida en 1963 por Larry Parypa (guitarra y voz), Andy Parypa (bajo), Jerry Roslie (teclados y voz), Rob Lynd (sax) y Bob Bennett (batería), quienes de manera casi natural comenzaron a tocar de una manera fuerte, ruidosa y agresiva, tomando a Little Richard como su modelo a seguir. Bennett golpeaba los tambores con furia y Larry Parypa hacía lo propio con la guitarra, mientras que Roslie descubrió que además de hacer sonar su piano eléctrico de un modo muy rocanrolero, podía cantar de manera ruda y provocativa.
  Poco a poco, The Sonics (que así se bautizaron) fueron teniendo un sonido propio, sin imaginar que al mismo tiempo estaban creando toda una escuela que habría de influir a muchas agrupaciones en un futuro aún inimaginado y distante. No tardaron mucho en hacerse de renombre en la costa del Pacífico norte de los Estados Unidos y la oportunidad de grabar un primer disco de dos canciones, en 45 revoluciones, se presentó en 1964, con el modesto sello local Etiquette Records.
  Para su sorpresa, el extended play se convirtió en un éxito rotundo, primero en su región de origen y más tarde en un área cada vez más extendida, aunque sin llegar a cubrir todo el país. Su primer sencillo era un tema original, oscuro y hasta un tanto ominoso, llamado “The Witch”. En el lado B venía un vertiginoso cover de Little Richard: “Keep a Knockin’”. Debido al buen recibimiento del disco, pronto grabaron un segundo EP con la también original “Psycho”. El nuevo tema pegó tanto que la disquera no lo dudó un instante más y el grupo entró al estudio para grabar un LP que aparecería en 1965 con el título de Here Are the Sonics!!! que, a pasar de su primitiva y casi diría rudimentaria producción, hoy se considera como la piedra de toque del rock de garage y antecedente de lo que años después harían agrupaciones como MC5, The Stooges, Ramones, Misfits y Social Distortion, entre muchas otras.
  Aunque los Sonics grabarían un par de álbumes más (Barton, Boom e Introducing the Sonics, en 1966 y 1967 respectivamente), no tuvieron mucha fortuna y la agrupación terminó por disolverse. Parecía que al final sería una banda más del montón y que su recuerdo se perdería sin remedio. No obstante, a principios de los noventa, con la explosión del movimiento grunge, grupos como Nirvana o Mother Love Bone, entre otros, reivindicaron a sus antiguos coterráneos y los Sonics fueron rescatados del olvido para transformarse en un conjunto de fervoroso culto, ya no sólo en la costa del Norpacífico, sino a lo largo y ancho de los Estados Unidos e incluso más allá de sus fronteras.
  Ya en pleno siglo XXI, para ser precisos en 2012, sucedió algo inesperado: la marca de camionetas Land Rover sacó un anuncio televisivo con una canción de los Sonics como fondo, un tema con un riff irresistible y que en su momento no había sido debidamente apreciado: “Have Love Will Travel”, composición de Richard Berry (el mismo que escribió ese clásico que es “Louie Louie”). La pieza logró de pronto una gran popularidad, más aún cuando los Black Keys la incluyeron en su repertorio en una versión igualmente buena, y entonces tres de los miembros originales del quinteto, Larry Parypa, Jerry Roslie y Rob Lynd decidieron reunirse y grabar un nuevo disco a finales de 2015, ¡cincuenta años después de su álbum debut!
  This Is the Sonics (Revox, 2015) es un discazo de principio a fin y a pesar de que los tres antiguos integrantes ya rebasan los setenta años, suenan como si siguieran en sus veintitantos, con un poder y una energía francamente envidiables. Escúchense canciones tan buenas como “Be a Woman”, “Bad Betty” o sus versiones a “I Don’t Need No Doctor” de Ray Charles y “The Hard Way” de los Kinks. Todo un manjar. Un más que digno regreso de los padres del garage rock.

¿Qué es el garage rock?

Claro antecedente en lo musical del punk de la década de los setenta (aunque no con la actitud irreverente y provocadora de éste), el rock de garage tuvo sus orígenes en los Estados Unidos y Canadá a principios de los años sesenta, con agrupaciones como The Shadows of Night, The Count Five, Question Marc & the Mysterians, The Leaves, The Blues Magoos, The Standells, The Outcasts, The Others, The Squires, The Music Machine, The 13th Floor Elevators, The Seeds, The Electric Prunes, The Trashmen, The Kingsmen y, por supuesto, The Sonics (algunos historiadores del rock consideran que MC5 y the Stooges también entran dentro de esta categoría).
  Se trataba de conjuntos que se reunían de manera casi espontánea para ensayar en los garajes de las casas suburbanas y tratar de imitar a grupos británicos como los Rolling Stones, The Who, The Pretty Things, los Animals y los Kinks. Pero como en general las habilidades vocales e instrumentales de sus miembros eran más bien limitadas y no pasaban de cuatro o cinco acordes a lo sumo, su sonido era más seco y más crudo.
  En su mayoría, los grupos garageros no trascendieron en su momento a nivel nacional y mucho menos internacional y no lograron producir grandes hits, salvo el caso de The Trashmen, con “El surf del pájaro” (que años después regrabarían los Ramones), y The Kingsmen, con la archiversionada (si se me permite el terminajo) “Louie Louie”.
  Aunque entre 1963 y 1968 el garage no logró convertirse en un movimiento por sí mismo, dado que los grupos que lo conformaban estaban dispersos y en realidad ni siquiera tenían conciencia de lo que los hermanaba, cuando surgió el punk, a mediados de los setenta, las garage bands (sí, como la aplicación para grabar de Apple) fueron revaloradas y sus aportaciones retomadas ideológicamente por grupos como los Sex Pistols, The Clash y los ya mencionados Ramones.
  El rock de garage ha tenido diversos revivals a lo largo de los años, pero sin alcanzar la pureza y autenticidad de sus origenes sesenteros. Incluso podríamos decir que gente como los Strokes o The White Stripes viene de ese género tan espontáneamente surgido y que demostró por vez primera que para hacer buen rock no se necesita tanto del virtuosismo como de las ganas de expresarse. Eso que algunos llaman la actitud.

(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

sábado, 2 de abril de 2016

Monsters, Inc.

Como si estuviésemos en el umbral del Apocalipsis zombie, varios países del mundo están gobernados por verdaderos monstruos políticos, quienes se encargan de hacer infelices a los ciudadanos que tienen la desgracia de padecerlos.
  Ahí está en primerísimo lugar esa mala pero real broma que es Kim Jong-un, un mocoso oriental a quien la desgracia puso como dictador del país más cerrado y obtuso del mundo: Corea del Norte. Pero están también los hermanos Castro (ojalá fueran los que cantaban “Yo sin ti”, pero no) que tras 57 años de ostentar el poder absoluto, han convertido a Cuba en la isla de la escasez, la antidemocracia, el control estatal, el atraso cibernético y la falta de libertades individuales y colectivas.
  ¿Más tipos impresentables? El caricaturesco Nicolás Maduro en Venezuela, el inenarrable Evo Morales en Bolivia, el corrompido Daniel Ortega en Nicaragua y apenitas un poco abajo, los mandatarios de Perú y Ecuador (en Argentina ya se libraron de los Kirchner, al menos por el momento). Monsters, Inc. de otras partes del planeta: Robert Mugabe en Zimbabue, Omar Hasán al-Bashir en Sudán, Bashar al-Assad en Siria, Aleksandr Lukashenko en Bielorrusia, eso para no hablar del siniestro rey Abdullah de Arabia Saudita (quizás el gobierno más cruel del orbe) y el ambivalente e inefable Vladímir Putin, cuasi zar de la Rusia actual.
  Todos ellos son descendientes políticos de sátrapas espeluznantes como Mobutu Sese Seco, Francois Duvalier, Idi Amin, Muamar al Gadafi, Sadam Husein y Nicolai Ceausescu.
  Lo anterior viene a cuento porque a principios de semana tuve una pesadilla horripilante: soñé que en las próximas elecciones estadounidenses ganaba Donald Trump y en las mexicanas Andrés Manuel López Obrador, con lo que –si esto llegara a acontecer– se completaría un cuadro de verdadero horror y dantesco rechinar de dientes, con un loco desatado en la Casa Blanca y un mesías delirante en Palacio Nacional. Chivos en cristalería, uno de los cuales aproximaría al mundo a la catástrofe  y otro que nos conduciría a la venezolización rampante.
  Y cuando desperté, la sensatez todavía estaba ahí. Ojalá que permanezca.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 1 de abril de 2016

Steve Howe / Portraits of Bob Dylan (1999)

Obra inusual en la discografía solista del virtuoso guitarrista de Yes. Howe tomó una serie de canciones de Dylan y armado con su guitarra acústica y las voces de algunos invitados de primerísimo nivel (Phoebe Snow, Jon Anderson, Annie Haslam, Allan Clarke) produjo una obra discreta pero de gran belleza.

Mejor tema: “Going, Going, Gone”

jueves, 31 de marzo de 2016

Un año de amistad


Anoche vino Pau a cenar y volvimos a pasarla de maravilla, fue una desvelada deliciosa. Fue por ella que el día de mi cumpleaños resultó maravilloso y lo de anoche fue un complemento perfecto, lleno de música, canciones (a dueto, por supuesto), pizza, vino, risas (muchas), charla y una amistad que se hace más bella y más profunda. También festejamos que hace un año nos conocimos.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Meaty, Beaty, Big and Bouncy

Una gran recopilación de 1971 de los primeros sencillos de The Who, temas cuyos derechos acababa de recuperar el grupo luego de que el productor norteamericano Shel Talmy las retuviera y les sacara regalías durante cinco largos años. Meaty, Beaty, Big and Bouncy (el título está tomado de un anuncio de carnes) reúne en un solo disco canciones extraordinarias de la primera época del cuarteto, mismas que en su mayoría no habían aparecido en álbum alguno. Reunidas se encuentran aquí piezas clásicas y llenas de frescura como “I Can’t Explain” (la canción más kink de The Who), “Happy Jack”, “I Can See for Miles”, “Substitute”, “Pictures of Lily”, “Magic Bus”, “My Generation” y hasta un tema de Tommy: “Pinball Wizard”. Por alguna razón, los Who habían grabado por un lado sus álbumes y por el otro una serie de sencillos que no formaban parte de los discos de larga duración. De ahí el valor que tuvo en su momento esta compilación (para muchos, la mejor de todas las que existen). Otro rasgo distintivo es que con Meaty, Beaty, Big and Bouncy se daba término (quizá de un modo inconsciente) a toda una época de los Who, ya que otra más compleja y elaborada se iniciaría, ese mismo año, con el extraordinario Who’s Next.

(Reseña que publiqué en el Especial No. 18 de La Mosca en la Pared, en marzo de 2008)