miércoles, 18 de febrero de 2015

Una mosca longeva

Por Juan Alberto Vázquez

La Mosca en la Pared, proyecto editorial menstrual cuyo centro de gravedad es la crítica de rock, cumple una década de vuelo. Hugo García Michel, su director desde aquella primavera de 1994, recuerda los highlights de su proyecto y completa con otros temas que lo apasionan.

¿Crees que el TRI de Lora es como el PRI?
Sí, pero como el sector obrero del PRI, como la CTM, y Alejandro Lora es como el Fidel Velázquez del rock. Al rato vamos a ver el disco del 40 y 50 aniversario del TRI. Lo que ignoro es quién vaya a ser su sustituto: quién será La Güera Rodríguez del rock.

¿Qué grupo mexicano te recuerda al PAN?
Los Jaguares, por políticamente correctos, aunque pensándolo bien, también Maná me recuerda a los panistas.

En el PRD comenzaron muy skatos y punketos pero, ¿a qué se parecen ahora? 
Mmm, no sé, ¿a Elefante? Quién podrían ser... quizá Control Machete que comenzaron muy raperos y terminaron en una secta cristiana. No... creo que el PRD sería como La Maldita Vecindad: orígenes muy populacheros, destino dividido y se siguen vendiendo como la vanguardia.

¿Conoces a un político ideal?
Ya se murió, se llamaba Heberto Castillo. A pesar de su locura final de querer instalar ventiladores gigantes para ahuyentar el smog. Yo fui militante del PMT y lo conocí. Creo que fue el político más honesto. De los actuales nadie se le acerca.

¿Ni El Peje López?
No, nada que ver. La de Heberto no era una honestidad valiente, era una honestidad sin adjetivos. En el caso de López Obrador, creo que no roba pero me parece un poco intolerante. Aunque creo que en este momento está siendo injustamente atacado. Cuando dijo, “hay un complot en mi contra”, todos nos reímos y ahora resulta que esa idea se quedó corta. Si logra salvar el desafuero, sus enemigos lo van a llevar a la Presidencia, pues la gente suele adoptar a las víctimas.

¿En qué momento se te ocurre la idea de La Mosca?
Luego de colaborar en varios periódicos, me hallé buscando chamba de historietista. En Ejea le propuse a Jaime Flores la idea de una revista de rock, luego de darle algunas letras traducidas de U2 para un especial que se editó con motivo de la visita de esa banda en 1992. Como se vendió bien, aceptó el proyecto. Le entregué dos hojitas escritas en una Olivetti y luego convocó a una junta donde conocí a Fernando Rivera Calderón y Ricardo Bravo. Ellos y mi amiga Karem Martínez formamos el equipó original, aunque en cuanto pudimos nos deshicimos de Bravo.

¿Cuál es el verdadero aporte de La Mosca?
El haber logrado cambiar el sentido crítico musical de mucha gente. Y eso nos lo dicen los lectores todo el tiempo. Otra visión es la de Fernando Rivera, quien dice que La Mosca cambió no sólo al periodismo musical sino al periodismo en general, pues siempre propuso situaciones desenfadadas, críticas y con ataques a la solemnidad. Hasta cierto punto comparto su visión ya que, por ejemplo, la gente que hace humor en Milenio salió de La Mosca: el mismo Fernando, Verito Maza... y aunque Jairo Calixto Albarrán tenía una trayectoria en el Excélsior, también era (y es) colaborador nuestro. Ya después se unieron Rafael Tonatiúh y tú.

A La Mosca la marcaron algunos enfrentamientos con personas e instituciones, ¿cómo fue que te peleaste con OCESA, por ejemplo? 
Siempre que había conciertos iba a sus oficinas por mis dos boletitos. Alguna vez llegué por los pases para ver a U2, cuando me dijeron que Lourdes Gómez quería hablar conmigo. Ella me dijo que me daba las acreditaciones con la condición de que escribiera de los conciertos antes de que sucedieran. Le dije que mejor se anunciara, pues nosotros hacíamos crónicas no anuncios gratis, ¡por dos boletos! Entonces me advirtió que al siguiente concierto, el de los Rolling Stones, no me iba a dar nada si no veía antes algo publicado. Nunca regresé y al número siguiente reproduje en la revista la plática con Lourdes.

Tú decidiste ese pleito, ¿de ahí nació la frase “La Mosca soy yo”?
Es que la hice solo durante cuatro años. El equipo editorial fui yo, solo, durante ese tiempo, cuando comenzó a circular de nuevo en 1996 y los sueldos eran realmente simbólicos.

¿Y no piensas hacer las paces con OCESA?
Creo que no. Una vez me mandaron decir que si sacaba una disculpa pública me volvían a dar acreditaciones. ¿Disculpa? Pues si no les hice nada. No me muero por ir a los conciertos y si deseo ir a uno compro mi boleto y ya.

Si te hallaras de frente a Saúl Hernández, ¿qué le dirías?
Lo saludaría normal. De hecho, lo entrevisté dos veces y no tengo ninguna bronca personal con él. Él y la gente de Jaguares se enojaron por las bromas que les hacíamos, como la vez que los “felicitamos” por haber salido en la portada de la revista Eres.

Saúl no es el único músico mexicano que no te quiere. 
Creo que no, pues tampoco soy del agrado de La Maldita Vecindad, Control Machete y Panteón Rococó, entre varios otros.

¿Cómo te van a querer los de La Maldita si mataste al Sax en tu novela Matar por Ángela?
(Risas) Ésa es una interpretación de lector. La Maldita siempre me odió, ya que los critiqué desde El Financiero y lo peor vino cuando sacaron el disco Mostros y les dediqué dos páginas en tono irónico, comparándolos con los Beatles. Ésa no me la perdonaron. Es curioso, pues cuando hablas bien de un músico, eres una gran revista, pero si lo criticas te conviertes en un espacio siniestro.

¿La Mosca es la mejor revista de rock en México?
Es la menos peor. Pero muy mejorable y aún no se puede comparar con las buenas revistas de rock que se editan en el extranjero.

¿Realmente te gustó , el nuevo disco de Julieta Venegas?
Me pasó algo muy raro. Generalmente, cuando escucho un disco al principio no me gusta y conforme lo voy oyendo me va gustando más; pero el de Julieta me gustó en la primera oída y mientras más lo oigo, me agrada menos.

En ese gusto, ¿no influyó tu obsesión por rodearte de mujeres?
Bueno, a Julieta la conozco desde hace muchos años y curiosamente las entrevistas de ella han estado ligadas al desarrollo de La Mosca, ya que ha salido en portada tres veces. Hay una buena relación y a lo mejor por eso no hemos sido tan implacables con ella, por ser mujer y conocida mía.

¿Cuál es tu disco más valorado?
El Who´s Next de los Who. Aunque no es mi grupo favorito.

¿Entonces, cuál es?
Los Kinks.

Ah, mira, los muy ninguneados y despreciados Kinks.
Exacto. Aunque para mi gusto es de los grupos más trascendentes en la historia del rock, por su música, por sus letras, por su actitud crítica, por su inteligencia, porque con estructuras armónicas muy básicas, hace música muy chingona, ya que tiene mucha capacidad melódica. Siempre he dicho que The Kinks son como el Mozart del rock.

¿Y por qué crees que los Pumas de la UNAM sean un equipo tan consentido?
A mí que soy un seguidor de los Pumas desde 1962, cuando subieron a primera división, me preocupa que el equipo se esté convirtiendo en el equipo de los políticamente correctos como Germán Dehesa, López Dóriga, el rector De La Fuente y hasta mi amigo Jairo Calixto; dices: ¡chin! Pero yo me deslindo de esa ala, pues por mis venas sí corre sangre puma.

Porque bajo la actitud de “somos la neta”, los seguidores Pumas esconden una intransigencia peor que otras. 
Por supuesto, pero además no creo que hayan visto jugar a los viejos Pumas como Borja y Padilla ni a Elías Muñoz ni al Espátula Rodríguez ni a Mollinedo, en fin.

¿Mantendrás la postura de no incluir a Carlos Monsiváis en La Mosca?
Totalmente. Monsivásis tiene las demás revistas de México para escribir. Es sano que al menos exista una que no lo publique.

Y ahora, ¿para dónde va La Mosca?
He pensado mucho en poder celebrar los veinte años. Pero tengo que lograr hacerla más periodística; falta mucho reportaje de investigación sobre el tema de la música; faltan entrevistas más originales y profundas y menos coyunturales. Estudios de foto apoyados por más presupuesto. Incluso más reportajes fotográficos pero, sobre todo, falta recuperar el desenfado original, controlar la solemnidad y combatirla con humor. Aunque el reto mayor es subsistir a todas las pinches crisis que nos aguardan.

(Entrevista publicada en la sección "QRR" de Milenio Diario, el 30 de mayo de 2004)

martes, 17 de febrero de 2015

Las bondades del garage

El rock de garage posee un encanto muy especial. Agresivo y a la vez ingenuo, simple y a la vez contundente, provocador y a la vez divertido, tiene ese atractivo (que también tiene el punk) de basarse en conceptos musicales muy sencillos: pocos acordes (que funcionan a manera de riffs), melodías elementales y ritmos secos y poco elaborados.
  No se necesita ser un virtuoso para tocar garage. Cualquiera con ciertos conocimientos de guitarra, bajo o batería (aunque también se admiten teclados y hasta saxos o armónicas) puede interpretar este subgénero. Tampoco se requieren grandes voces y las letras pueden tratar de cualquier cosa, sin mayores florituras poéticas.
  Directo y certero, siempre contagioso (aunque también puede resultar monótono), es uno de los sonidos más esencialmente rocanroleros. No hay cursilería posible en el garage, no hay baladas (como sí las hay, por ejemplo, en el mismísimo metal) y la rebeldía (a veces un tanto cándida) es una de sus características más emblemáticas.
  Surgido a mediados de los años sesenta, sobre todo con grupos como The Sonics, MC5, Question Mark & the Mysterians o The Troggs, es un estilo que ha subsistido a lo largo del tiempo, de manera más o menos subterránea, en muchas partes del mundo, México entre ellas.
  Los Explosivos son uno de los grupos mexicanos que hacen rock de garage hoy día, lo cual queda plasmado en su larga duración (en vinil que no vinilo) Satisfaction Woman. ¿Por qué el título en inglés? Misterio. Sobretodo porque sus composiciones son en español.
  Se trata de un trabajo muy satisfactorio. El cuarteto posee un sonido sólido y sus composiciones garageras contienen la fuerza necesaria para hacer vibrar a quien las escucha. Así lo confirman piezas como “A toda velocidad”, “Aguarrás”, “Lo que me excita”, “Quizás” o “Me quedé aquí”, entre las diez que conforman el disco.
  Grabado en Eslovenia (por extraño que parezca), Satisfaction Woman de Los Explosivos es un LP muy recomendable para todos aquellos que gustan de clásicos de garage como “Have Love Will Travel” o “Wild Thing”. Una magnífica opción.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 16 de febrero de 2015

Desayuno en Tiffany's

Terminé de leer esta novela corta de Truman Capote, quizá la más popular de todas al lado de a Sangre fría, aunque totalmente distinta a ésta.
  Breakfast at Tiffany's (1958) es un relato muy ameno y divertido, escrito en un tono relajado y desenfadado, que cuenta la historia de Holly Golightly, una joven rubia y bobalicona que vive en un edificio de apartamentos en Nueva York (Manhattan, para mayores señas) y cuyo vecino (un anónimo alter ego del propio Capote, según todo indica) narra su historia.
  Se trata en realidad de una serie de viñetas cotidianas en las que vemos la vida llena de fiestas, sexo, alcohol, lujos pagados y hombres de Holly y el desmadre constante en que vive. No hay mucho drama en la novela, ni siquiera cuando la protagonista recuerda sus tristes orígenes campiranos en el sur estadounidense y lo que fueron su miserable infancia y su triste adolescencia.
  Vale la pena leerla, aunque creo que es mayor su fama que sus reales méritos literarios.

PD: La edición que leí, de Bruguera, contiene también tres cuentos del propio Capote: "La casa de las flores", "La guitarra de diamante" y "Recuerdo navideño", muy gratos y muy distintos entre sí los tres.

domingo, 15 de febrero de 2015

The Fall

Nadie habla en México de esta estupenda y atrayente mini serie de BBC-North Ireland y la verdad es que en sus escasos once capítulos (en dos temporadas, de cinco y seis partes cada una) uno se prende desde el primer momento a la historia de la lucha entre un asesino serial de mujeres y la agente policial a cargo de su búsqueda.
  Protagonizada (y producida) por la actriz Gillian Anderson (nada menos que la agente Scully de los Expedientes X), The Fall (¿La caída, El otoño?) es una emisión llena de suspenso, inteligencia, horror, violencia, intriga, sexo y crítica política y social. Situada en Belfast, Irlanda del Norte, la trama cuenta la historia de Paul Spector, un psicólogo de clase media muy profesional, casado, buen padre de dos pequeños (una hija y un hijo) que lleva una doble vida, ya que durante sus ausencias caseras, especialmente nocturnas, se dedica a asesinar mujeres jóvenes de cabello negro y de tipo ejecutivo.
  Del otro lado, la agente Stella Gibson (quien tiene su lado oscuro y hasta ninfómano) encabeza al equipo de la policía de Belfast que trata de resolver el caso y dar con el temible criminal, interpretado por el excelente actor irlandés Jamie Dornan. Además, el elenco secundario es magnífico, con actores de enorme capacidad interpretativa y ese acento irlandés tan seductor.
  Ambas temporadas resultan tan impecables como adictivas y parece ser que habrá una tercera. En Gran Bretaña ha sido un enorme éxito de audiencia y en otros países también. Me extraña que en el nuestro haya pasado prácticamente ignorada. Lo bueno es que puede verse completa en Netflix. La recomiendo muchísimo.

sábado, 14 de febrero de 2015

Nuestros fundamentalismos (II)

Hablaba, en mi columna de hace ocho días, sobre las equivalencias entre el actual fundamentalismo islámico y el fundamentalismo político que se da en muchos jóvenes (y no tan jóvenes) mexicanos. Decía yo que este nuevo fanatismo se ha visto mucho más claro a partir de las elecciones de 2006, cuyo desenlace dio lugar al surgimiento de mucha gente que adoptó una serie de posturas que mostraba una cerrazón dogmática y altamente maniquea, un fundamentalismo que en automático consideraba como enemigo irreconciliable a todo aquel que no compartiera el credo profesado por estos nuevos iluminados y poseedores de la Verdad (así, con mayúscula).
  No deja de ser llamativo el hecho de que el principal (si no es que único) líder de este sector maneje un discurso pastoral que mucho tiene de religioso y que en lugar de las viejas ideas protocientíficas del marxismo-leninismo (que bastante tenían de religiosas también), se recurra a limitadas consignas, frases hechas y visiones limitadísimas y sin matices de la realidad, a la que este fundamentalismo (al igual que el islámico) divide entre el bien y el mal.
  El mal se encuentra representado por los tres principales partidos políticos, las dos grandes televisoras, una serie de medios impresos y una considerable cantidad de personalidades a quienes se les ha colgado el sambenito que se les ponía a los condenados de la Inquisición. Por su parte, el bien está representado, principalísimamente, por el líder mesiánico, seguido de su partido, dos o tres medios informativos, una conductora de radio, un monopolio económico al que jamás se toca y una buena cantidad de grupos y personalidades a los que se les ha puesto la corona purificadora de la corrección política y la militancia progre.
  De ese modo está conformada –según la rígida óptica fundamentalista– la realidad política mexicana de los buenos contra los malos. ¿Qué consecuencias arrastra esta visión parcial, cerrada, obtusa e impenetrable (y por lo tanto intolerante)?
  En un tercer y concluyente artículo veremos esto con algún detalle.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 13 de febrero de 2015

Spooky Tooth / The Last Puff (1970)

El cuarto disco de Spooky Tooth es una obra maestra del blues-rock británico. Con tres de los integrantes originales del quinteto más el gran Chris Stainton en los teclados, el grupo crea y recrea siete temas sensacionales, entre ellos algunos covers notables. La voz de Mike Harrison luce a plenitud.

Mejor tema: “I Am the Walrus”

jueves, 12 de febrero de 2015

Gran día

Jan debutó hoy como DJ en Tokio, Japón, y al parecer le fue de maravilla. Espero tener pronto más detalles.
  Como a las seis me vi con Julio Patán en el café Rococó de la Condesa, a un costado del Parque España. Todo muy bien, amenísima charla con uno que otro chismillo del medio. Me regaló un ejemplar dedicado de su libro más reciente: Cocteles con historia, y yo lo invité a ser presentador ahora que aparezca la reedición de Matar por Ángela, lo que aceptó gustoso. De hecho, me invitó a su programa Final de partida en Foro TV (Canal 4), para hablar de la novela. Genial.
  De ahí me fui en un taxi al Salón de la Plástica Mexicana, en la calle de Colima, en la Roma, para asistir a la inauguración de la exposición sobre la obra del pintor y escultor Federico Cantú, abuelo de mis queridos Adolfo y Fede Cantú. Ahí me vi con mi mejor amiga, quien iba muy linda. Saludé a doña Elsa, la mamá de Adolfo, una señora a la que adoro y a quien hacía muchos años que no veía. Me dio mucho gusto volver a encontrarla. Se ve muy bien conservada. Claro que saludé a Adolfo también y a su querida Malena.Todo fue muy emotivo y mi mejor amiga nos hizo un par de fotos.
  Ella y yo salimos de ahí como a las nueve y me invitó a cenar a un restaurante de comida zapoteca, donde probé por primera vez los chapulines, en un taco con salsa picante. Pasables. Fue, la cena, una estupenda coronación para un día lleno de cosas buenas y agradables.
  Llegué aquí como a las once y media.

miércoles, 11 de febrero de 2015

D

De entre mis amigas más entrañables, ella es sin duda una de ellas y, en este momento, una de las más importantes. Es una mujer joven, hermosa, llena de talento e inteligencia, llena de creatividad y entusiasmo por todo lo que hace. Es la suya una personalidad que fascina y contagia, un ser bellísimo en todos los aspectos. Siento un enorme amor por ella y aunque nos vemos poco, cada vez que viene es como si una bocanada de aire fresco invadiera grata y vivificante mi vida. Hoy estuvo aquí y la pasamos de maravilla. Hay planes para hacer diversas cosas juntos. Es alguien de verdadera excepción que no quiero que se vaya jamás de mi vida.

martes, 10 de febrero de 2015

Iraida y su fuerte fragilidad

En un país como el nuestro, nada tiene de extraño que la música más elemental y deleznable sea al mismo tiempo la más popular y difundida. Años y años de deseducación artística han hecho mella en el gusto de las masas y por eso las máximas estrellas musicales suelen ser personalidades (es un decir) dedicadas a producir basura. Esto sucede en México y en la mayor parte del mundo; digo, tampoco vamos a presumir de semejante exclusividad.
  Debido a esta circunstancia es que las obras musicales de verdadero valor, aquellas que se hacen como una necesidad creativa, como un deseo de expresión y una manera de volcar hacia fuera lo que los autores e intérpretes tienen en su alma y en su mente, esa música auténtica, alejada del consumismo industrial y de los medios masivos, esa música, por desgracia, llega a y es apreciada por muy pocos. Al decir esto, no quiero caer en romanticismos baratos o en cursilerías políticamente correctas. Nada más alejado de mis intenciones (también hay música muy mala que se disfraza de alternativa o subterránea). Sólo busco señalar que, por ejemplo, hay discos que de vez en cuando logran una extraña y afortunada amalgama de virtudes, sensibilidad, inventiva, humor, gracia, frescura y gran estatura artística. Es el caso de Frágil, la más reciente obra de la cantante y compositora mexicana Iraida Noriega, esta vez al lado de la cantautora Leika Mochan (Muna Zul) y la poetisa Edmeé García, cuya desenfadada poesía en spoken word es una grata sorpresa.
  Fragil no es un álbum de jazz, tampoco de folclor o de world music. Es todo eso y más, mucho más. Las tres mujeres que lo produjeron supieron crear un trabajo originalísimo y variado, con composiciones tan austeras como riquísimas en las que las voces de Noriega y Mochán brillan en toda su plenitud. Baste escuchar temas como “Ajedrez”, “Tibio”, “Roto corazón”, “Sigo intentando” o los covers de “La muñeca fea” de Cri Cri y “Frágil” de Sting”.
  Una maravilla que además puede descargarse de manera gratuita en https://soundcloud.com/iraida-noriega/sets/fragil
  ¿Qué más se puede pedir?

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 9 de febrero de 2015

El blues del solitario

“Yes I’m Lonely / I wanna die”.

John Lennon, “Yer Blues”

Sé muy bien lo que se siente ser un solitario. Lo fui a lo largo de muchos años, sobre todo durante mi niñez y mi adolescencia. Ese sentimiento de estar solo y ser un incomprendido muchos lo hemos experimentado, aunque algunos con mayor vehemencia. Uno mira a su alrededor y se topa con gente que no lo entiende, que posee otros valores, que busca otras cosas, que mira la vida de manera muy distinta. Y esa gente es mayoría, por lo que la desolación, la sensación de hallarse solo en el mundo, aumenta y se agrava.
  Soy el segundo de cinco hermanos. Mi padre falleció cuando ya era yo un adulto y mi madre aún vive, saludable a sus noventa y tres años. No conocí a mis abuelos, pero sí a mis dos abuelas. Siempre estuve rodeado de tíos y tías, de primos y primas, tanto del lado de mi familia paterna como de la materna. Amigos he tenido muchos. En pocas palabras, no me puedo quejar de falta de gente a mi alrededor y, no obstante, muchas veces me sentí solo y falto de comprensión.
  Supongo que ese saberme solitario hizo que me volviera más creativo y que me inventara juegos en los cuales yo era el único participante. Luego encontré dos refugios: el de la música y el de la lectura que, por ahí de mis doce, trece o catorce años, se transformarían en mis primeros textos escritos y mis primeras composiciones musicales. Escribí una novela corta a los diecisiete años y mi primera canción la hice a los catorce. Quizá si no hubiera sido tan retraído e introvertido, jamás me hubiera dado por la música y las letras.
  Pero sí hubo una seria desventaja en eso de ser un solitario: las mujeres no me hacían caso. Nunca tuve novia de adolescente, a pesar de haber estado perdidamente enamorado de cinco o seis chavas. Mi primera relación sentimental se dio hasta mis diecinueve marzos y fue con la mujer que habría de ser la madre de mis hijos, con quien permanecería dieciocho años. Estuve casado, tengo dos vástagos y aun así, el sentimiento de ser un solitario no me abandonó del todo.
  Dirá el lector que qué carajos le importa todo este largo preludio autobiográfico y lo comprendo. Pero el punto al que voy es el de cómo la soledad puede marcarnos y determinarnos de manera dramática, pero también servirnos como una fuerza realizadora y creativa.
  Estamos educados bajo la equivocada idea de que ser un solitario es algo malo, una cosa indeseable. El instinto gregario parecería indicarnos que la felicidad está del lado contrario, en la compañía y la convivencia con los demás; que sólo en sociedad podemos alcanzar la dicha y que reivindicar la individualidad es una postura reprobable. Creo que habría que romper con esos estigmas.
  Estar solo puede ser una circunstancia fatal que nos impone eso que solemos llamar el destino, pero también puede ser una elección válida. Si uno se siente bien consigo mismo, si uno se cae bien y prefiere vivir solo, alejado de la muchedumbre, no es una determinación negativa. Además, estar solo no implica necesariamente estar en soledad o en un aislamiento misántropo.
  Me explico y vuelvo a recurrir a mi caso personal: llevo quince años solo en un apartamento. Mucha gente me pregunta si no quisiera vivir con alguien otra vez y mi respuesta es siempre la misma: no. Por diversos convencionalismos, piensan que estar así es cosa triste, deprimente, y no dudo que en muchos casos lo sea, pero también puede resultar algo divertido, sin conflictos, lleno de paz y, sobre todo, muy creativo (con la ventaja de tener visitas diversas, en especial femeninas).
  John Lennon se quejaba de la soledad en algunas composiciones (“Yer Blues”, Isolation”) y hay miles de canciones que hablan del tema de manera quejumbrosa. Pienso que hacen falta elegías para los seres solitarios, que se cante a las ventajas y la dicha –sí, la dicha– de vivir solo y satisfecho. Que “El blues del solitario” se convierta en “El himno a la soledad feliz”.
  Es un buen tema para una nueva canción.

(Mi columna "Bajo presupuesto" de este mes en la revista Marvin)

domingo, 8 de febrero de 2015

El Oldboy de Spike Lee

Hace dos o tres años vi la película coreana Oldboy de Park Chan-Wook (2003) y en ese momento no me dejó muy satisfecho. Tiene que ver seguramente que no soy muy aficionado a esa clase de cine oriental híper sangriento. Sin embargo, ahora que acabo de ver la versión estadounidense del mismo filme, dirigida en 2013 por el gran Spike Lee, tal vez deba reconsiderar la original y volver a verla.
  Porque si bien el estilo de Lee que tanto me gusta no se encuentra presente en esta cinta, como sea está muy bien hecha y el director de Do the Right Thing y Clockers (que reseñé hace unos días) nos mantiene en tensión todo el tiempo a lo largo de esta historia de odio y venganza.
  Un tipo machista, alcohólico y patán que acaba de ser echado de su trabajo es secuestrado y mantenido durante ¡veinte años! en una especie de cuarto de hotel de segunda clase, sin contacto con persona alguna y alimentado por comida que alguien le pasa en una bandeja por debajo de la puerta. Tiene un televisor, como única manera de relacionarse con el mundo y ver los cambios que suceden entre 1993 y 2013, cuando logra escapar y trata de encontrar a quienes lo mantuvieron en un estado cercano a la locura. No contaré lo que sucede después porque sería echar a perder la posibilidad de que quienes no la hayan visto, la puedan disfrutar.
  Como decía, no se trata de la mejor película de Spike Lee, pero su factura es impecable y resulta muy recomendable.

sábado, 7 de febrero de 2015

Nuestros fundamentalismos (I)

Dice el filósofo francés Yves Michaud, en una reciente entrevista publicada en El País, que si de 1920 a 1985 el marxismo y el capitalismo polarizaron la vida política del mundo, hoy en Occidente “tenemos el desafío de las culturas islámicas: son valores incompatibles con los nuestros” y más adelante hace una observación tan interesante como inquietante: “Hace un mes, en Argel, vi que hay una generación de gente de más de cincuenta años, cultivada, con mujeres que llevan el pelo suelto; y las nuevas generaciones son islamistas”.
  Michaud ha observado de cerca el comportamiento de los jóvenes musulmanes que viven en Francia y se ha encontrado con el hecho de que son mucho más conservadores e inflexibles que sus propios padres, más dados al dogma y a las ideas preestablecidas, en este caso religiosas, y lo explica del siguiente modo: “Los jóvenes musulmanes buscan reglas, porque la libertad (les) da miedo… Un taxista me dijo el otro día que procuraba no escuchar música porque la consideraba como una droga que hace olvidar las plegarias y los principios. Me decía que lo bueno que tiene la ‘verdadera’ religión es que hay reglas para todo: para comportarse en familia, con los amigos, con los enemigos; hay plegarias antes de comer, antes de entrar al baño; es una vida enmarcada, uno está a gusto así. Era un hombre inteligente, pero no había posibilidad de argumentar: yo era un infiel”.
  ¿Hasta qué punto ese fundamentalismo se ve reflejado en el comportamiento de muchos jóvenes en México? No me refiero al fundamentalismo religioso, sino al fundamentalismo político que, a fin de cuentas, se le parece bastante.
  Lo hemos visto desde 2006 y aunque diversos analistas lo celebran como un despertar democrático de la juventud, yo no estoy tan seguro de ello. Más bien me encuentro (y eso es fácil de ver en las redes sociales) con una cerrazón dogmática y maniquea, fundamentalista, que ve en el otro a un enemigo irreconciliable, con el que no se puede (e incluso no se debe) dialogar, un enemigo exterminable.
  Pero la falta de espacio se impone y es menester seguir con el tema dentro de ocho días.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 6 de febrero de 2015

Lou Reed/John Cale / Songs for Drella (1990)

A raíz de la muerte de Andy Warhol, Reed y Cale hicieron a un lado viejas rencillas y diferencias para escribir juntos este set de canciones en homenaje a su legendario padrino y promotor de la época de Velvet Underground. Songs for Drella es un álbum lleno de hermosura, emotividad y amor sincero por el artista pop más importante de la historia.

Mejor tema: “Smalltown”

miércoles, 4 de febrero de 2015

Muscle Shoals

Vi este fabuloso documental de Greg Camalier (2013) que cuenta la historia del pequeño pueblo de Alabama donde surgió el mítico estudio de grabación Fame, regenteado por Rick Hall, el genial productor que reunió a un grupo de músicos blancos (The Swampers) para crear un sonido soul inigualable y tan irresistible que grandes grupos y solistas acudieron a grabar ahí. Gente como Wilson Pickett, Aretha Franklin, Percy Sledge, Arthur Alexander, los Allman Brothers y los Rolling Stones pasaron por ahí o por el estudio gemelo que más tarde pusieron los Swampers y que significó un largo rompimiento con Hall, quien entonces recurrió a músicos negros para seguir trabajando y continuar con la leyenda.
  La película es muy buena, amena e instructiva, llena de buena música y grandes anécdotas, además de una buena cantidad de entrevistas con gente como Mick Jagger, Keith Richards, Bono, Steve Winwood, Greg Allman y varios más, incluidos, claro, los Swampers (como Roger Hawkins y Dave Hood) y el gran Rick Hall, quien lleva la narración principal de la historia.
  Es sorprendente la enorme cantidad de álbumes clásicos que salieron de aquellos estudios, situados en una zona bellísima de bosques casi vírgenes, a un lado del río Tennessee, y más increíble que uno de los sonidos más rasposamente souleros de todos los tiempos haya surgido de un grupo de sesión conformado exclusivamente por músicos blancos y conservadores.
  Un gran documento fílmico, con un pietaje antiguo que deja boquiabierto.

martes, 3 de febrero de 2015

De los Hermanos Carrión a Zoé

Aunque los actuales grupos mexicanos de rock (o de eso que llaman rock y que en realidad es una ensalada indefinible de géneros y subgéneros que van del pop más comercial a la cumbia y del ska más pedestre y desafinado a la onda grupera) tiendan a olvidar a sus antepasados, como si no hubiese una línea dialécticamente continua y discontinua entre los Teen Tops y Bengala o entre los Hooligans y Zoé), la verdad es que todos ellos heredaron los pocos méritos y las muchas deficiencias de sus progenitores musicales.
  Lo anterior viene a colación debido al lamentable fallecimiento de Héctor Carrión, integrante del antiquísimo grupo Los Hermanos Carrión, parte no sé si fundamental pero sí importante de la historia del rock hecho en México y quienes son considerados como uno de los conjuntos (como se les decía en ese entonces) pioneros de lo que la más anquilosada mercadotecnia aún llama “la época de oro del rocanrol”.
  Yo recuerdo a los Carrión desde mi niñez, cuando aparecían en el programa (en glorioso blanco y negro) Premier Orfeón A Go-Go, con su inocuo sonido entre country y bolero ranchero. Así como hoy el grupito Little Jesus quiere ser el Vampire Weekend mexicano, los Hermanos Carrión pretendían convertirse en la versión nacional de los Everly Brothers, por lo que no sólo hacían versiones de algunas de sus canciones (“Adiós amor”, “Creo estar soñando”) sino que trataban de imitar sus armonías vocales, lo cual –hay que decirlo– no les salía del todo mal. Además de Gustavo, Lalo y el finado Héctor Carrión, tocaba con ellos Diego de Cossío, quien en aquellos años apantallaba a propios y extraños con sus solos de guitarra (que a decir verdad, eran bastante regularzones).
  Entre los éxitos de los Carrión (puros covers, por cierto) están “Rosas rojas” “Las cerezas”, “Magia blanca”, “Lágrimas de cristal” y “Lanza tus penas al viento” que siguen sonando con cierto ingenuo encanto. Su único hit original fue la muy curiosa y un tanto misógina “Arriba Lalo” (“Arriba Lalo, la despreció / estoy contento, fue lo mejor”).
  Descanse en paz Héctor Carrión.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 2 de febrero de 2015

La negra novela de Chester Himes

Raymond Chandler, Dashiel Hammett y James M. Cain fueron escritores duros, secos, oscuros, contundentes. Sus relatos y novelas, todos ellos dentro de lo que se conoce como el género negro, son en su mayoría piezas de la mejor narrativa (Truman Capote se refería a Chandler como uno de los grandes artistas dentro de la literatura estadounidense). Sin embargo, ninguno de ello provenía realmente de los bajos fondos que retrataban y sus personajes estaban sacados más de la imaginación que de vivencias propias en el campo del delito, de sufrimientos que hubiesen padecido en carne propia.
  Muy otro es el caso de un más que singular colega suyo llamado Chester Himes, gran pluma dentro de la novela negra pero con varias características que lo diferenciaban de sus similares. Porque Himes no sólo conocía los bajos fondos: él mismo había sido un delincuente y se había iniciado como escritor en el interior de las celdas que ocupó en prisión, donde permaneció recluido varios años acusado de robo. No es que hubiera caído ahí por error o siendo inocente: realmente era un ladrón y sabía de violencia y cómo ejercerla. Además era, como él mismo decía, un nigger.
  El mejor escritor negro de novela negra había nacido en Jefferson City, Missouri, en 1909. Hijo de una familia de clase media, todo parecía ir bien en su vida, sobre todo cuando ingresó a la Universidad de Columbus, en Ohio, pero en 1928 se involucró en un asalto a mano armada y fue condenado a veinte años de cárcel. Fue cuando sobrevino el desencanto y se olvidó de cualquier futuro promisorio. Su único consuelo fueron la lectura y la escritura.
  Gran lector de novela negra, en especial de Chandler y Hammett, pronto empezó a escribir también desde su calabozo y logró publicar sus relatos en revistas nacionales como The Bronzeman y Esquire. En 1934, logró la libertad bajo palabra y empezó a relacionarse con gente de la industria editorial. En 1940 publicó su primera novela, Si grita déjalo ir, que logró un inesperado éxito en Europa y eso lo movió a emigrar al Viejo Continente a principios de la década siguiente, donde se establecería en definitiva.
  Vivió en París a lo largo de quince años y en 1969 se mudó a Moraira, al sur de España, junto con su esposa francesa, la editora Lesley Packard.
  La literatura de Himes es tan dura y seca como la de sus mentores, pero desarrollada entre la población negra, especialmente la de Harlem, Nueva York. No es el suyo un estilo militante. Por el contrario, es muy crítico de los ambientes afroamericanos, a los que retrata sin concesiones y hasta con cierta crueldad, tal como se ve en novelas como La banda de los musulmanes, Todos muertos, Empieza el calor o Un ciego con una pistola, entre otras (Bruguera editó varias de ellas en español).
  Sus dos personajes emblemáticos, los detectives Coffin Ed Johnson y Gravedigger Jones, son tan célebres como Philip Marlowe y Sam Spade, pero con un toque más rasposo.
  Chester Himes murió en España a fines de 1984. Es tiempo de revalorarlo y leerlo.

(Publicado el pasado 31 de enero en el suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario)

domingo, 1 de febrero de 2015

Joe Cocker y la generación dorada

Como todo en la naturaleza, las generaciones nacen, crecen, se reproducen y mueren. Es una ley inmutable que también se aplica a las generaciones artísticas, sean de la disciplina que sean, y eso incluye a la música.
  De entre las generaciones musicales más brillantes del siglo pasado, quizá la más trascendente de todas fue la del rock de los años sesenta. Tal vez se me pueda alegar que en la llamada música culta o en el jazz hubo otras de mayor calidad; sin embargo, con el poder de operar un cambio cultural a fondo, esa fue la más notable de todas.
  La mayor parte de quienes formaron parte de ella nacieron en la década de los cuarenta. Hablo de la generación de los Beatles, los Rolling Stones, Bob Dylan, Tom Waits, Jefferson Airplane y un larguísimo etcétera. El rock de esos años dio pie a lo que conocemos como la contracultura y originó la única revolución del siglo XX que realmente marcó un cambio en las mentalidades, las costumbres, la filosofía y hasta la vida cotidiana de la humanidad, sobre todo en el mundo occidental. De ese tamaño es la generación a la que me refiero y de ese tamaño la pérdida, cada vez que uno de sus miembros ha desaparecido del mundo.
  De los grandes músicos de los sesenta, algunos murieron al final de esa década o principios de la siguiente. Los casos son muy conocidos en su mayoría, pero vale la pena mencionarlos: Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Alan Wilson, entre los más destacados. Con el paso de los años, otras grandes figuras nacidas en los cuarenta se irían poco a poco, entre ellas Syd Barrett, John Bonham, Bob Marley,  Keith Moon, John Entwistle, Jim Capaldi, Freddie Mercury, Alvin Lee, Bob Hite, Bon Scott, Richard Wright y, por supuesto, Frank Zappa y los ex Beatles John Lennon y George Harrison.
  En 2014, fueron varios los grandes músicos sesenteros que partieron: JJ Cale, Bobby Womack, Johnny Winter, Ian McLagan, Bobby Keys y, muy especialmente, dos superestrellas de la época: Jack Bruce y Joe Cocker.
  El de este último es el deceso más reciente, ya que acaeció apenas el 22 de diciembre. También fue uno de los más sentidos, quizá porque de quienes fallecieron el año pasado era el de mayor popularidad internacional.
  Cocker es un fiel representante de lo que fue el rock en los sesenta. El cenit de su carrera se dio entre 1969 –con su legendaria participación en el festival de Woodstock, en donde interpretó su genial versión de “With a Little Help from My Friends” de Lennon y McCartney– y 1971 –con la formación del multitudinario grupo Mad Dogs & Englishmen, al lado del cual realizó una gran gira que se vio coronada con la edición de un espléndido álbum doble y un estupendo largometraje. Tres años intensos, delirantes, míticos, en los que se vio rodeado por una troupée de músicos fantásticos como Leon Russell, Chris Stainton, Jim Price, Bobby Keys y dos decenas más, con el propio Joe Cocker como frontman.
  Lo anterior no quiere decir que no haya un antes y un después de aquel singularísimo momentum en la vida y la carrera de este nacido en la ciudad de Sheffield, Inglaterra, en 1944. De hecho, Cocker empezó en la música desde muy joven. Ya en 1963, a los diecinueve años, cuando se hacía llamar Vince Arnold y trataba de ser una versión británica de Elvis Presley, abrió una presentación de los Rolling Stones. No obstante, sería hasta 1966 que formaría a The Grease Band y dos años más tarde haría, con su gran amigo, el tecladista Chris Stainton, aquel arreglo soulero de la ya mencionada composición de los Beatles que lo llevaría al estrellato. Vino la grabación de sus dos primeros discos y luego la consagración en Woodstock y la fama mundial con sus Mad Dogs & Englishmen, producto de lo cual son otras grandes versiones (su muy afortunada especialidad) de canciones como “The Letter” (de los Box Tops), “Girl from the North Country” (de Bob Dylan), “Bird on the Wire” (de Leonard Cohen) y “Let’s Go Get Stoned” (de Ray Charles, su gran influencia como cantante), entre muchas otras.
  Más de cuatro décadas duraría aún su carrera, llena de altibajos pero casi siempre afortunada, hasta su reciente muerte, a los setenta años de edad. Su legado es grande, ya que su estilo de interpretar y de reinventar canciones ajenas para hacerlas suyas marcó una época. Jamás se le olvidará.

(Publicado este mes en la revista Nexos No. 4XX)

sábado, 31 de enero de 2015

“Justicia en Ayotzinapa”

De unos días para acá, en las redes sociales ha vuelto a pulular esta frase. Tres solas palabras: “Justicia en Ayotzinapa”. ¿Alguien podría oponerse a semejante demanda? En primera instancia, no. La mayoría de los mexicanos queremos que se haga justicia en este y otros muchos casos. El problema está en que quienes enarbolan esa frase a manera de consigna o de mantra religioso no son claros sobre sus propósitos reales.
  ¿Qué es exactamente lo que entienden por justicia en el caso Ayotzinapa? ¿Qué el gobierno federal, por medio de la Procuraduría General de la República, se ponga a investigar el crimen, lo esclarezca, dé con los culpables, los capture y los ponga a disposición del poder judicial para que se les procese y se les mande a prisión? En una palabra, ¿que resuelva el caso? Pues hasta donde hemos visto, eso es exactamente lo que la PGR ha hecho. Es decir, se está haciendo justicia en el caso de Ayotzinapa. ¿Entonces?
  Pues no. Eso no es lo que quieren los que piden “Justicia en Ayotzi” (como le dicen con conmovedora cursilería). Quieren, exigen, justicia a su modo: no que se castigue a los culpables intelectuales y materiales de ese horror, sino que se castigue… al Estado (y en el paquete han añadido al Ejército, sólo porque un físico de la UNAM se inventó la patraña de que a los cadáveres de los normalistas los habrían quemado en hornos militares). Sin embargo, por otro lado repiten el otro lema, el de “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, con lo que el absurdo y surrealista entuerto termina por convertirse en un delirante callejón sin salida.
  Repetir “Justicia en Ayotzinapa” desde las redes sociales, ponerlo en el muro del feis o como hashtag en Twitter, pues sí, está padrísimo y uno se siente bien con su conciencia. Es como volverse vegano o estar en contra del uso de animales en los circos. Cosas súper cool que nos hacen ver como personas políticamente correctísimas. No importa, tal parece, que sea un hueco eslogan, mera consigna que a final de cuentas significa absolutamente nada. La trivialización de la tragedia.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 30 de enero de 2015

Los veintiocho de mi Jan

Mi adorado Jan cumple hoy veintiocho años y los celebrará, como sus veintisiete, en el Lejano Oriente. Si el año pasado fue en Cantón, ahora será en Hong Kong, donde se encuentra a la espera de reunirse con Liza, su novia, quien está en Beijing. Por lo que supe, lo pasó con varios amigos y se divirtió mucho. Por acá lo extrañamos todos los que lo amamos, pero seguro el cumpleaños veintinueve lo pasará en México.
  Me hace muy feliz ver crecer en todos sentidos a mi Janito.

jueves, 29 de enero de 2015

Spirit / Feedback (1972)

Un disco atípico en la discografía de este grupo californiano. La otra cara del psicodélico The Twelve Dreams of Dr. Sardonicus. Una joya olvidada. Rock sólido, con elementos del blues y el folk. Grandes canciones, grandes interpretaciones, grandes y exactos arreglos.

Mejor tema: “Right On Time”.

miércoles, 28 de enero de 2015

Por un Superbowl grunge

Y en el principio fue el odio. El odio a los Vaqueros de Dallas.
  Eran mis épocas de adolescente híper izquierdoso y antiteleviso (bueno, en esa época creo que la empresa era aún Telesistema Mexicano) y en la tele sólo pasaban los partidos de los Cowboys, lo que hacía que todos mis cuates y parientes fueran seguidores del equipo de la estrellita en el casco. Yo lo aborrecía. Supongo que por llevar la contraria y mostrar mi posición antisistémica (¿se dice así?, ¿alguien de Ciencias Políticas que me lo aclare?), anticapitalista, antiimperialista, etcétera. De hecho, aficionado al futbol soccer desde mi más temprana infancia, mi odio a los Vaqueros se extendió al fut americano en general (no me interesaban ni los encontronazos en CU entre la Universidad y el Politécnico)…, hasta que al iniciar los ochenta me topé con Joe Montana.
  Fue amor a primera vista el que me dio por los 49’s de San Francisco. Un amor que prevalece. Entonces me empecé a interesar más por el americano y a conocer sus reglas que hasta entonces me habían parecido demasiado intrincadas, sin que en realidad lo sean tanto. Hasta empecé a jugar tochito en el parque tlalpeño en el que solía reunirme con los amigos, convocado por la niña de catorce años que vivía enfrente y que fue, ¡ay!, mi gran amor platónico de puberto. Pero ya me estoy desviando…
  Jugábamos tochito, con tacleadas, y nos dábamos buenos madrazos. Lo que más recuerdo es la ocasión en la que mi gran amigo Federico Cantú (exacto, nieto del gran pintor, escultor y muralista regiomontano), al querer taclear a un rival, se siguió de largo y fue a estrellarse contra una de las bancas de hierro del parque. Sus dientes frontales volaron y –lo juro– quedaron marcados en el metal. Esto sucedió hace más de cuarenta años, pero aún debe existir esa marca.
  En realidad, nunca fui un gran aficionado televisivo del juego. La temporada regular me la pasaba por el Arco del Triunfo y sólo veía algún partido de los playoffs y, claro, el Superbowl. Era medio villamelón, pues.
  Montana se fue a los Jefes de Kansas y llegó Steve Young a los de dorado y rojo, otro quarter back (o corebac, como decíamos todos) de leyenda. Luego viene en mi vida un largo vacío, un hoyo negro en lo que tiene que ver con el deporte de las tacleadas que retomé en realidad de diez años para acá, ya en mi vida de divorciado (aunque mi ex mujer resultó bastante aficionada al juego: es fan de Payton Manning y los Broncos de Denver).
  A pesar de que en el más reciente decenio los 49’s han destacado muy poco (salvo la sensacional temporada 2012 en que llegaron al Super Tazón –el cual perdieron–, comandados por el extraño Colin Kaepernick), debo aceptar que me he clavado un poco más en los juegos y los equipos, muy especialmente en esta temporada 2014-2015 que este domingo culmina  y en la que me enamoró, por cierto, otro equipo: los Cuervos de Baltimore, con Joe Flacco a la cabeza.
  No es por presumir, pero desde que semanas atrás quedaron establecidos los playoffs, pronostiqué que el Superbowl lo jugarían los Patriotas de Nueva Inglaterra (que no me resultan muy simpáticos, a pesar de que en el beis me gusten los Medias Rojas de Boston) y los Halcones Marinos de Seattle (y digo los nombres de los equipos en español, porque me parece bastante chocante que en ESPN y en Fox siempre y como por consigna los mencionen en inglés: los Peitriots, los Sijocks, los Tecsans, los Dolfins, los Igls, los Yiayants… ¡puf!).
  Le atiné pues a quienes llegarían a la gran final y ahí está mi facebook para atestiguarlo. Ahora se me pide que vaticine quien se llevará el trofeo y por qué.
  El encuentro está parejísimo. Hasta los apostadores se encuentran inhibidos. Yo voy sin embargo con Seattle, por simpatía personal (me cae bien y no sólo por ser esa ciudad la cuna de Jimi Hendrix y de la música grunge o por el precioso uniforme del equipo) y porque creo que aunque Russell Wilson y los suyos no estarán amparados por el jugador No. 12 –su ruidosísimo público–, tienen los suficientes argumentos ofensivos y defensivos como para hacerles pasar una mala tarde a Tom Brady y sus engreídos Patriotas.
  Cierto, Nueva Inglaterra es un equipazo y tiene a un mariscal de campo ya histórico, pero confío en mi intuición y pienso –y siento– que este domingo los Halcones Marinos jugarán (dice el lugar común) con el cuchillo entre los dientes y saldrán a matar o morir. La garra que han mostrado los de azul-gris habrá de combinarse con un Wilson que jugará inspirado, como lo ha hecho muchas veces y como lo hizo en la parte final del partido del pasado domingo 18, cuando sus milagrosos pases eliminaron angustiosa e increíblemente a los Empacadores de Green Bay (con todo y Aaron Rodgers, otro grande, todo un héroe del emparrillado, llamado a convertirse en figura mítica).
  Voy con Seattle, pues. Me la juego por esos intensos y grungeros Halcones Marinos. Que el espíritu de Kurt Cobain los acompañe.

(Publicado este semana en la sección Tribuna Milenio del sitio milenio.com)

martes, 27 de enero de 2015

Punks aunque maduremos

Ese podría ser el lema de estas tres mujeres –dos de ellas en sus cuarenta; la otra, en los bordes de la cincuentena– que a mediados de los años noventa se convirtieron en leyenda dentro del movimiento punk de la costa noroeste estadounidense, con una propuesta plena de rasposa agresividad, rabiosa actitud y ruidosa capacidad para la provocación.
  Hablo de Sleater-Kinney, la triada también noise y grungera conformada por Corin Tucker, Carrie Brownstein y Janet Weiss que retorna después de diez años de ausencia discográfica con su octavo álbum en veinte años de existencia (el homónimo Sleater-Kinney, su primer larga duración, data de 1995, mientras que el inmediatamente anterior, The Woods, fue grabado en 2005).
  El trío se había mantenido en una especie de semi cladestinidad subterránea y fue siempre un grupo de culto. No obstante, es muy posible que con este No Cities to Love (Sub Pop, 2015) llegue a una audencia mucho mayor y no sólo por el disco en sí, sino porque Brownstein es ahora mundialmente conocida como co-estelar de la serie “indie” de televisión Portlandia, al lado del comediante Fred Armisen (Saturday Night Live) que en México se puede ver por el canal de paga I-Sat.
  Tan sólo el divertido video de su primer sencillo (la canción “No Cities to Love”) ha logrado un gran impacto, por la presencia en él de varias estrellas jóvenes del cine y la televisión actuales, entre ellas Ellen Page, Sarah Silverman, Andy Samberg, Natasha Lyonne, Brie Larson y el músico J. Mascis de Dinosaur Jr. (búsquelo usted en YouTube).
  A su pesar o no, Sleater-Kinney ha llegado a las ligas mayores del mainstream, pero lo hace sin renunciar a su estilo y con la calidad artística que proporcionan los años. Es como si sus integrantes dijeran: “somos maduras, pero punks” y lo demuestran a lo largo de escasa media hora, mediante diez piezas sin desperdicio, entre las que destacan, además del corte ya mencionado, canciones como “Price Tag”, “No Anthems”, “Bury Our Friends” y “Fangless”.
  Un álbum estupendo.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 26 de enero de 2015

Norwegian Wood

Cuando leí esta novela de Haruki Murakami, conocida en México como Tokio Blues, en verdad me gustó mucho (ver Bosque noruego, en este mismo blog). Por eso, en cuanto tuve oportunidad de ver la versión cinematográfica de la misma, no quise dejar de hacerlo, máxime que el director es el vietnamita Tran Anh Hung, de quien hace unos meses vi su preciosa opera prima, El aroma de la papaya verde, que tanto me gustó también.
  Debo decir que Norwegian Wood es una adaptación que corre con cierta rapidez que no tiene la novela, debido a que el realizador trató de meter todo lo que acontece en la historia original. Esto quizás afecte un poco el ritmo de la cinta que se torna un poco acelerada en ese sentido (quienes no hayan leído la novela, muy posiblemente no lo notarán tanto). Sin embargo, se trata de un filme muy bello y muy digno. El relato de los amores de Toru Watanabe con las bellas pero tan diferentes Naoko y Midori es llevado con sabiduría y delicadeza por Hung, aun en sus momentos más duros (hay cuando menos dos suicidios en la trama). En especial, la actriz que interpreta a Midori (Kiko Misuhara) es una delicia.
  Otro papel muy importante es el de la relativamente madura Reiko, quien gusta de tocar la guitarra y cantar “Norwegian Wood” de los Beatles y con quien Watanabe tiene un último e inesperado encuentro sexual.
  Una película muy hermosa y sutil.

domingo, 25 de enero de 2015

Europa, el terrorismo y un inconsciente turista chilango

¿Fue un exceso de imaginación de mi parte o es algo que le sucede a cualquier turista que por estos días se arriesga a viajar al Viejo Continente? ¿Me dejé contagiar por el síndrome de la paranoia antiterrorista que hoy sufre todo europeo o realmente estuve más de una vez al filo de la navaja? La verdad es que todavía no lo sé y desde la alejada seguridad (¡ja!) que me da el Distrito Federal, recuerdo los hechos y me parecen más bien divertidos.
  Anduve por París, Londres y Amsterdam entre el 25 de marzo y el 10 de abril de 2004. Varios amigos y amigas me preguntaban, en los días previos a mi partida, si no me daba miedo dirigirme a aquella zona del mundo apenas dos semanas después de los bombazos en Madrid y hasta me sugerían posponer el viaje o al menos mi idea de trasladarme a Londres en el Eurostar, el rapidísimo tren que comunica a esa ciudad británica con tierra continental. Pero la verdad es que tenía fuertes motivos personales para lanzarme y ni Al Qaeda podría impedirlo (aquí entra música como de película hollywoodense de espías).
  Desde mi llegada a la capital francesa tuve mi primer encuentro con el fenómeno terrorista. O para decirlo con mayor claridad: con las constantes falsas alarmas relacionadas con el terrorismo islámico. Así, mi amiga Laila Porrás me contó que justo un día antes de mi arribo a París, la ciudad estuvo prácticamente tomada por la policía, debido a la existencia de una supuesta bomba. Nada pasó.
  Al día siguiente, abordé en la Gard du Nord ese presunto objetivo terrorista que es el Eurostar y con toda la inconciencia de la cual soy capaz, viajé hacia Inglaterra. Las ominosas advertencias de mis cuates parecieron concretarse cuando, súbitamente, el moderno tren se detuvo de manera impensada justo en medio del Canal de la Mancha (lo que es decir, ¡abajo del Canal de la Mancha!). Un largo rato estuvimos ahí, a veces avanzando unos poquitos metros, a veces por completo inmóviles. Gulp. ¿Qué estaba pasando? La voz del conductor nos informó que… él mismo no tenía la menor idea de lo que acontecía. “Nunca había sucedido esto, pero estamos tratando de averiguar las causas del problema”. Hombre, qué a toda madre. Qué manera de infundirnos calma. ¿No habría sido mejor usar la fórmula de Vicente Fox y decirnos que todo estaba perfecto y que nada malo pasaba? Veinte minutos que parecieron veinte horas permanecimos allí, rodeados por la más profunda oscuridad. Hasta que el trenecito arrancó y al salir a la luz, ya en territorio británico, se nos informó que todo había sido provocado por fallas en la señalización del tunel. Ah.
  Cinco días permanecí en Londres y allá otra amiga me contó de las precauciones que se toman en el Metro, donde abundan los carteles que piden a los usuarios no dejar cosa alguna en los vagones o andenes. Todo bolso, mochila o paquete olvidado es incautado por las autoridades y recuperarlo representa una labor en verdad difícil. Todavía un día antes de regresar a París, la BBC y los diarios informaban de la detención de una célula terrorista en una casa de seguridad al sur de Londres, donde se encontró una gran cantidad de explosivos. Pero faltaba lo más emocionante (y lo más grotesco). Estando ya en Waterloo Station, en la sala de espera del Eurostar, a mi lado se hallaba una mujer joven, morena, de aspecto entre árabe e hindú (aunque también podía ser hispanoamericana o hasta chilanga). Tenía frente a sí varias maletas y se mostraba demasiado inquieta. De pronto, le encargó su equipaje a otra mujer “para ir al baño” y, pum, se fue. Contagiado de paranoia recordé los carteles de advertencia del Metro londinense e imaginé que dentro de aquel equipaje podría haber una bomba capaz de hacer volar la estación entera. ¿Qué se hace en esos casos? ¿Poner en alerta a la demás gente? ¿Avisar a algún guardia? ¿Alejarse de ahí lo más posible? Eso hice. Me aparté de las sospechosas petacas… como veinte metros (¡uy, cuánto!) y me metí a ver revistas (estuve a punto de llevarme el Cahiers du Cinema dedicado a Eric Rohmer y por güey no lo compré). Luego de un tiempo, regresé a ver si la imaginaria terrorista había retornado a su lugar. Y sí, ahí estaba, con rostro tranquilo después de haber desalojado su vejiga y de hacerme sentir infinitamente ridículo.
  Cuatro días en París sin novedades relacionadas con los chicos del terror y viaje a Amsterdam en el Thalis (el equivalente menos moderno y más caro del Eurostar). Tras cuatro horas de viaje, llegué a las ocho de la noche a la pequeña ciudad holandesa y al día siguiente me comentaría mi cuate Sergio Monsalvo que a las 21 horas (es decir, una hora después de mi arribo), la Estación Central fue desalojada por la policía debido a una amenaza de bomba… que resultó falsa.
  El jueves 8 de abril regresé por tercera vez a la prodigiosa París y esa noche quedé de verme con otro amigo, Andrés Soto, para ir a ver Cofee and Cigarettes de Jim Jarmusch en un cine del centro comercial de Les Halles. Iba yo muy orondo por la línea 12 del metro parisino, embebido en la contemplación de las parisinas, cuando una dulce voz femenina informó que todas las estaciones que tienen intersección con el R.E.R. habían sido cerradas por órdenes de la policía. No pude bajarme en Les Halles. Me encontré con Andrés más adelante y regresamos a pie. Zona tomada por les flics (o séase, los polis). El centro comercial desalojado. “¿Estaremos presenciando el primer atentado terrorista en París?”, me preguntó socarrón mi amigo. Nos fuimos a pie al barrio Le Marais para tomarnos unas cervezas. Al día siguiente (luego de ver por fin Cofee and Cigarettes en la función de las diez de la mañana, en Les Halles), me enteré en Le Monde que la C.I.A. puso sobreaviso a las autoridades de París acerca de un correo electrónico interceptado, proveniente de Madrid, en el que se decía que esa noche estallaría una bomba en “una línea de color rojo” (la línea uno) del R.E.R. de París. Cuarenta mil personas desalojadas y varias estaciones cerradas de ocho a diez de la noche. Al parecer, otra falsa alarma.
  Todavía al día siguiente, mi entrañable amiga Irma Larios, del Instituto de México en París, me contaría mientras comíamos que una vez le tocó ver, ya de noche, una bolsa de supermercado al parecer abandonada en un vagón del metro casi vacío y que se quedó ahí, atónita, sin atinar a hacer cosa alguna, hasta que un negro que dormitaba frente a ella se despertó y fue a recoger la bolsa para llevársela.
  La paranoia, el miedo, la incertidumbre reinan en la mente de los que habitan en Europa, quienes no saben en qué maldito momento Osama bin Laden o cualquier otro de sus similares tenga la ocurrencia de hacer volar un tren, un almacén, una escuela, un edificio público. Para aquellos que viven allá, la situación resulta tensa y terrible; para quienes viajamos como vulgares turistas, no deja de ser, hasta eso, algo que le otorga emoción y adrenalina al viaje.

(Texto publicado en abril de 2004 en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

sábado, 24 de enero de 2015

La mano negra

¿Hay una mano negra que mueve en la oscuridad todo lo malo que acontece en nuestro país desde finales de septiembre del año pasado? ¿Existe una mente, tan genial como malévola, capaz de trastocar no sólo al gobierno de la república sino al sistema político de México todo?
  Si uno creyera en la teoría del complot, lo más sencillo sería responder que sí, que anda suelto un genio del mal y que, escondido en el anonimato y con los más aviesos fines, maneja las cosas de tal modo que ha puesto en riesgo la estabilidad y la paz.
  Francamente, dudo mucho que haya alguien aquí con semejante grado de inteligencia conspirativa. Sin embargo, lo que me parece cada vez más claro es que existe una estrategia, en la que trabajan muchos, para hacer fracasar al actual gobierno. Se dirá que es algo válido, que son las reglas del juego de la política, y yo estoy de acuerdo, siempre y cuando la meta de doblegar al oponente se haga de frente y sin ocultar la cara. Pero no es así y aunque podamos pensar en varios personajes concretos, con nombre y apellido, que pueden estar detrás de esa estrategia, todo queda a nivel de sospecha, de suspicacia, a pesar de que sus huellas de pronto aparezcan y nos resulten tan evidentes.
  El crimen de Ayotzinapa les cayó como anillo al dedo. Es lo que estaban aguardando: un muerto… y les dieron cuarenta y tres (aunque hubo más en la triste noche de Iguala y Cocula). A partir de ahí, han movido sus piezas con escalofriante astucia y la respuesta del otro lado sigue sin producirse, lo cual no deja de ser preocupante.
  ¿Hay una o muchas manos negras? Quizá no tardemos en saberlo. Ojalá que no resulte demasiado tarde.

* * * * *

Milenio Diario cumplió 15 años y no puedo menos que congratularme. Me ha tocado colaborar con este proyecto desde el primer día (de hecho, desde 1998, cuando empecé a escribir en Milenio Semanal) y cada aniversario lo siento, modestamente, como mío también. Felicidades a todos: propietarios, directivos, editores, reporteros, columnistas, gente de administración, etcétera. Un fuerte abrazo, colegas, y que sean no sólo 15 sino muchos años más. ¡Salud!

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 23 de enero de 2015

Procol Harum / Shine On Brightly (1968)

Uno de los discos más bellos de la historia del rock y del cual muy pocos tienen noticia. El trabajo que demuestra que Procol Harum fue algo más, pero mucho más, que “A Whiter Shade of Pale”. Gary Brooker y compañía en el colmo de la sensibilidad creativa.

Mejor tema: “Quite Rightly So”

jueves, 22 de enero de 2015

Del uso de la corrección política como imagen pública

Ahora que al grupo Maná le ha dado por acercarse a los más altos niveles de la política (sus integrantes se han entrevistado con el presidente Felipe Calderón –de quien se dice que es su fan- y con la senadora estadounidense Hillary Clinton), vuelve a surgir la discusión sobre el papel social de los músicos y de otras personas ligadas al arte (si lo que hace Maná es arte o no, ya es harina de otro costal).
  ¿Debe un personaje de esos aprovechar su fama y su influencia pública para convertirse en estandarte e incluso en líder de causas como la lucha contra la pobreza, el rescate ecológico o la renegociación de la deuda de los países más subdesarrollados? La respuesta puede ser afirmativa, pero también presenta algunas aristas dudosas.
  Es claro que alguien que goza de gran popularidad puede emplearla para beneficio de mucha gente. Sin embargo, el asunto se tuerce cuando las supuestas buenas intenciones y la inefable corrección política son usadas como mera cuestión de imagen, a fin de mostrar una cara que en el fondo no existe y que no sólo conlleva beneficios publicitarios sino incluso económicos.
  ¿Quién puede decir cuál es el grado de sinceridad y cuál el de hipocresía en individuos como Bono (de U2), Chris Martin (de Coldplay) o Fher (de Maná)? Sólo ellos y su conciencia lo saben. Pero de que sus posturas sociales, ambientalistas y/o políticas les han sido de una u otra forma redituables, es un hecho innegable.

(Editorial "Ojo de Mosca" que escribí en La Mosca en la Pared No. 115, abril de 2007)

miércoles, 21 de enero de 2015

Clockers

Uno de mis cineastas favoritos, desde hace muchos años, es Spike Lee. Pero sobre todo el Spike Lee de sus primeras películas, cuando su estilo era tan inequívoco y particular. Uno veía una cinta suya y de inmediato encontraba elementos que la distinguían y que no permitían confundirla con la de otro realizador. Esos elementos están presentes en Clockers (1995), un filme estupendo sobre la venta de drogas al menudeo en un barrio negro de Nueva York y todo lo que la rodea.
  Ahí está una trama perfecta, llena de grandes diálogos, giros inesperados, violencia callejera, apuntes sociales, toques de humor negro (en todos los sentidos de la palabra). Ahí está el cuadro de actores (con algunos que solían aparecer en cada una de sus películas primigenias, incluido el propio Lee), siempre solventes y con el papel preciso (como en esta ocasión la pareja de agentes policiacos, protagonizada por los enormes Harvey Keitel y John Turturro o el protagonista principal, Strike, interpretado de manera impecable por Mekhi Phifer). Ahí está, por supuesto, la música, siempre perfectamente elegida. Ahí está, claro, la dirección de Spike Lee: impecable pero imperfecta, limpia pero áspera, con un ritmo que parece llevar los beats del mejor hip hop.
  Drama, comedia, thriller, todo mezclado para dar como resultado una obra a la altura de los grandes trabajos del director de Do the Right Thing (1989) y Jungle Fever (1991). Magnífica.

martes, 20 de enero de 2015

Diciembristas en enero

El problema de clasificar o de etiquetar a la música es que tiene como resultado una atomización que, muchas veces, termina por significar nada. ¿Cómo denominar a cierto subgénero como indie-pop, cuando ni siquiera queda claro qué es eso que se denomina como indie?
  The Decemberists es una de las agrupaciones más interesantes del rock actual, si entendemos al rock como un universo que abraza a una gran cantidad de géneros que van del folk al metal y del punk al progresivo, etcétera. Antes, uno escuchaba a Buffalo Springfield o a Black Sabbath y aunque sus estilos eran radicalmente distintos, se les consideraba básicamente como grupos de rock. Hoy día, hay que meter a cada propuesta musical en un sub-sub-sub-subgénero específico, en un ejercicio tan discutible como inútil.
  Volvamos con los Decemberists, el quinteto de Portland, Oregon, encabezado por el talentoso compositor, guitarrista y cantante Colin Meloy, quienes desde 2001 han venido deleitándonos con un rock que abreva del folk y que hereda lo mejor de gente como Neil Young, David Crosby, James Taylor, It’s a Beautiful Day o The Byrds, por mencionar algunas de sus más remotas raíces (aunque la mercadotecnia actual los sitúe como intérpretes de indie pop, sólo por su notable facilidad armónica y melódica).
  What a Terrible World, What a Beautiful World (Capitol, 2014) es el nombre de su flamante nuevo álbum, el séptimo en su discografía, que aparece precisamente el día de hoy martes y que vuelve a ofrecernos su muy característico sonido por medio de catorce composiciones espléndidas, llenas de una gran belleza musical y poética. Temas como “Lake Song”, “Till the Water Is All Long Gone”, “The Singer Adresses His Audience”, “The Wrong Year”, “Cavalry Capain”, “Anti-Summersong” o “Philomena” poseen una sofisticación y una finura que apelan tanto a la emoción estética como a la inteligencia del escucha.
  Un disco a la altura de las mejores obras del grupo, como los grandiosos Picaresque (2005) o The Hazards of Love (2009). Un magnífico disco... de rock.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 19 de enero de 2015

La Mosca y yo: David Cortés

En estos diez años, La Mosca ha sido la única publicación roquera capaz de enfurecerme. NO ha habido número en el cual no se haya vertido una opinión polémica. Eso habla de la libertad con la cual se puede escribir en este foro que, aunque muchos lo nieguen, es uno de los más leídos en el ámbito musical. Sí, tal vez el tiraje no sea apantallante; pero el número de lectores, de verdaderos lectores, supera al de otras revistas. Estar aquí durante diez años ha sido un buen negocio.

David Cortés

(Publicado originalmente en La Mosca en la Pared No. 82, febrero de 2004, número del décimo aniversario moscoso)