miércoles, 15 de noviembre de 2017

Las chicas y la era de Aquarius

1969 fue un año muy importante para la historia de Occidente. No sólo por la llegada del hombre a la Luna, la inauguración del metro en la Ciudad de México, la muerte del rollingstone Brian Jones, la celebración del festival de Woodstock o el retorno a los escenarios de Elvis Presley, en Las Vegas, después de una década de ausencia en los mismos.
  Fue importante también para el cine (es el año de grandes películas como Midnight Cowboy de John Schlesinger, Easy Rider de Dennis Hopper, La pandilla salvaje de Sam Peckinpah, La vía láctea de Luis Buñuel, Mi noche con Maud de Eric Rohmer, Z de Costa Gavras, Topaz de Alfred Hitchcock, They Shoot Horses, Don’t They? de Sydney Pollac, Butch Cassidy and the Sundance Kid de George Roy Hill, Satyricon de Federico Fellini y el debut cinematográfico de Woody Allen con Take the Money and Run) y la música (es el año de grandes discos como Abbey Road de los Beatles, Let It Bleed de los Rolling Stones, Nashville Skyline de Bob Dylan, Space Oddity de David Bowie, Barabajagal de Donovan, In the Court of the Crimson King de King Crimson, From Genesis to Revelation de Genesis, Bayou Country de Creedence Clearwater Revival, The Family That Plays Together de Spirit, Ummagumma de Pink Floyd, Stand Up de Jethro Tull, Santana de Carlos Santana, Crosby, Stills & Nash del trío homónimo y los dos primeros álbumes de Led Zeppelin).
  Pero 1969 fue también el año en que terminó el sueño  –para usar las palabras de John Lennon en su canción “God” de 1970. El sueño de la llamada contracultura y del quimérico movimiento hippie de la paz, el amor y el flower power. Ese año, el mismo de Woodstock y su reunión de medio millón de personas para escuchar música y convivir en completa tranquilidad y armonía, fue también el del festival de Altamont, en California, donde reinó la violencia y los temibles Hell Angels (contratados para resguardar la seguridad de los miles de asistentes) mataron a golpes y cuchilladas a un espectador de origen afroamericano; fue, asimismo, el año en que sucedió uno de los hechos más terribles en la historia del crimen: el de los asesinatos de la actriz Sharon Tate y un grupo de amigos suyos a manos de la secta del siniestro Charles Manson.
  De eso trata la estupenda novela Las chicas (Anagrama, 2017) de la joven escritora estadounidense Emma Cline (Sonoma, California, 1989). Si bien su título podría prestarse a confusiones e incluso confundirse con Girls, la magnífica serie de HBO, en realidad el libro se relaciona mucho más con la serie Aquarius, de Netflix. Tanto ésta como el libro se refieren al mismo tema (la mencionada secta de Manson), aunque con tratamientos muy distintos. Pero enfoquémonos en el libro.
  La novela de Cline narra esa malhadada historia, sucedida en agosto de 1969, y la enfoca desde el punto de vista de una de las adolescentes involucradas en la secta, si bien de manera más bien pasiva y tangencial. Cuando menos, Evie, la narradora, aunque está a punto de hacerlo, no participa finalmente en los crímenes y se entera de ellos días más tarde. Cline evita describir cómo sucedieron los crueles asesinatos y se centra más en la visión alejada y periférica de su personaje principal. En ese sentido, no se trata de un relato sangriento y su mayor mérito estriba en la manera como nos sumerge en el ambiente que reinaba al interior de la secta.
  Con un estilo claro y ameno, la autora nos cuenta los acontecimientos desde dos perspectivas, ambas femeninas: la de Evie ya adulta, quien muchos años después recuerda con introspección aquella pesadilla, y la de Evie quinceañera –vibrante y rebelde adolescente–, al momento de vivir los hechos, luego de conocer incidentalmente a “las chicas” de Manson (quien aquí recibe el nombre de Russell) e involucrarse con ellas de diversas maneras.
  A pesar de una traducción que abusa un tanto de los gerundios, la novela es muy buena y recomendable, pues consigue recrear con exactitud y credibilidad la atmósfera de aquellos días en los que el utópico sueño hippie de la paz y el amor se transformó en súbita y distópica violencia homicida.

Emma Cline. Las chicas (The Girls). Anagrama, 2016. 336 pp.


(Publicado el día de ayer en el sitio Sugar & Spice)

martes, 14 de noviembre de 2017

Cuando el rock se cumbió

Leí por ahí que en México el rock no sucumbió, sino que se cumbió y hay mucho de cierto en ese juego de palabras. Por desgracia, no sólo se cumbió, sino que se agruperó, se aboleró, se bandeó, se amariachió y hasta se reguetoneó.
  El rock no existe en estado puro y es un género que admite cualquier tipo de fusiones, argumentan muchos. Es cierto y estoy de acuerdo con ello. El problema es cuando confundimos fusión con promiscuidad y abaratamiento. No es lo mismo mezclar con sabiduría y talento, por ejemplo, la música afroantillana con el rock (como supo hacer Carlos Santana a fines de los años sesenta) que disfrazarse de roqueros darquis y tocar una cumbia tal cual (como ocurrió en México a finales de los ochenta).
  ¿Es fusión lo que hace hoy un grupo como Enjambre? No: es música grupera y baladera tocada por músicos que adoptan apariencia y poses de roqueros. ¿Es fusión que algunas luminarias (es un decir) del rockcito graben un disco con Los Ángeles Azules? No: es cumbia cantada por dudosos roqueros.
  Fusionar es una palabra mayor. George Harrison supo hacerlo con la música de La India, Paul Simon con la música sudafricana y Police o The Clash con el reggae.
  El problema en México ha sido ese: que muy pocos saben fusionar otros géneros con el rock. La Barranca lo hizo muy bien con el danzón y San Pascualito Rey lo ha hecho medianamente bien con el bolero. De la misma manera, Jaime López y Betsy Pecanins realizaron muy interesantes experimentos entre el blues y la música ranchera.
  Lamentablemente, se trata de excepciones y por eso hoy escuchamos a muchos solistas y grupos nacionales que tocan como émulos de baladistas españoles y sudamericanos de los años ochenta, tipo José Luis Perales, Camilo Sexto o Palito Ortega. Para no hablar de la nueva tendencia “andina” de Café Tacuba o Natalia Lafourcade, más inspirada en la Tigresa del Oriente que en, digamos, Chabuca Granda, quien era estupenda en lo suyo, pero nada tenía que ver con el rock.
  ¿Entonces esto ya sucumbió, ya se cumbió? Veremos.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

domingo, 12 de noviembre de 2017

La reina del rock

Hace algunos ayeres, a fines del siglo pasado, entrevisté a Alejandra Guzmán para la revista que yo dirigía, La Mosca en la Pared. La cita fue en la habitación de un hotel de Paseo de la Reforma, específicamente en una terraza, donde también se encontraban su representante y gente de prensa de su disquera. La entrevista, acerca de un disco suyo que acababa de aparecer, fue tranquila y ella siempre se comportó afable y hasta bromista. Todo habría salido a pedir de boca, de no ser porque une vez terminado el asunto y a punto de despedirme se me ocurrió preguntarle, off the record, por qué si tenía tan buena voz para el rock, no se decidía a cantar rock de verdad.
  Su rostro sufrió una transformación inmediata y se enderezó de su sillón como si sufriera una convulsión. La sonrisa desapareció de sus labios y a cambio su mirada se clavó en mis ojos con una rabia apenas contenida. Enrojecida y temblorosa, me lanzó a la cara un estentóreo “¡Yo sí canto rock!” que hizo que todos voltearan a vernos.
  No supe qué decir. Levanté una mano en son de paz y me retiré sin aspavientos. Aún alcancé a escuchar unos furiosos balbuceos a mi espalda.
  La reina del rock me acababa de anatemizar.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Tapaditos

La vieja tradición del tapado priista, a la que tan acostumbrados estuvimos muchos mexicanos cuando menos hasta 1994, no ha desaparecido, pero ya no tiene las certezas de aquellos tiempos, cuando todos sabíamos que aquel que fuera destapado por el presidente en turno sería sin la menor duda el siguiente mandatario del país.
  A pesar de ello y de que hoy el PRI no es ni la sombra de lo que fue (recuérdense motes como “el partidazo” o “el partido aplanadora”), queda todavía en nuestro ADN (quizás en el de los millennials ya no tanto) el regusto por el tapadismo y por eso todos (y cuando digo todos, no me refiero sólo a los priistas sino a quienes no simpatizan con el tricolor también) seguimos al pendiente de quién será finalmente “el bueno”, al menos para enfrentar a los candidatos de los otros partidos. Por eso tantos hasta hacemos apuestas al respecto.
  Se dice que este mes se conocerá la decisión del presidente Peña Nieto acerca de su elegido (porque la tradición del dedazo también permanece incólume y no únicamente en el PRI). Los nombres van y vienen, pero los favoritos del Melate político, los punteros, parecen ser José Antonio Meade, Aurelio Nuño y Miguel Ángel Osorio Chong. También suenan, aunque un poco menos, José Narro, Eruviel Ávila e incluso Luis Videgaray, aunque a ellos tres los veo más como posibles contendientes por la gubernatura de la Ciudad de México.
  Si en Morena ya está López Obrador y en el Frente Ciudadano ya está Ricardo Anaya, el PRI necesita definirse a la de ya. A menos que el gran elector piense, como Osorio (no el secre de Gobernación, sino el director técnico de la selección mexicana que ayer sacó un buen empate ante su similar de Bélgica), que aún falta mucho tiempo para el gran certamen.
  Hagan sus apuestas, señores y señoras, jóvenes y jóvenas, panzonas y mensas (¿o dijo inmensas? That is the question). ¿Quién será el bueno en el PRI? ¿El que piensa la mayoría? ¿El que nadie se espera? ¿Nos llevaremos la gran sorpresa con un tapado imprevisto?
  La polaca mexicana sigue siendo muy divertida.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 10 de noviembre de 2017

Para dártelas de entendido en rock (35)

Malcom Young, quien falleciera este sábado 18 de noviembre, era quien tocaba los solos de guitarra en los primeros años de  AC/DC. Hasta que un día decidió no hacerlo más y dejó que su hermano Angus se hiciera cargo de ellos. ¿La razón? Él mismo se la dijo con claridad a su consanguíneo: "Tú tócalos, yo ya no quiero porque mantienen ocupada demasiado tiempo la mano que uso para beber".

jueves, 9 de noviembre de 2017

Enrique Guzmán, ¿padre o padrino del rock nacional?

1957. En algún lugar del aún Distrito Federal, cuatro adolescentes asiduos al Deportivo Chapultepec –a donde suelen ir a patinar– y fanáticos de esa nueva música que los medios llaman rocanrol deciden formar un grupo. Se trata de los hermanos Armando y Jesús Martínez, Sergio Martell y Enrique Guzmán. Este último tiene apenas 14 años de edad y hace dos que llegó a la ciudad, proveniente de Caracas, Venezuela, donde nació y vivió hasta entonces al lado de sus padres, ambos mexicanos. Los jóvenes se reúnen en la casa de Enrique, ya que es el único que tiene una guitarra eléctrica. Sin embargo, éste queda como bajista del grupo, con Jesús como guitarrista, Sergio como pianista y Armando como baterista y voz principal. Empiezan tocando canciones de Elvis Presley y Little Richard (o “El pequeño Ricardito”, como se le llamaba en México). En alguna entrevista, Guzmán cuenta: “Lo que pasa es que queríamos ligar. Porque antes íbamos a las fiestas y las muchachas no nos hacían caso. Entonces discurrimos formar un conjunto de rock para tocar en esas fiestas... y empezamos a ligar”.
  Dado que fueron gustando, cada vez los buscaban para tocar en más fiestas, hasta que alguien de la disquera Columbia los escuchó y los invitó a grabar. Para entonces, Armando ya no era el vocalista, debido a que en cierta ocasión se quedó ronco y de emergencia Enrique lo tuvo que sustituir. A partir de ese momento, se quedó como la voz del cuarteto, al que habían bautizado como Los Teen Tops.
  En 1960 grabaron su primer disco, con éxitos del rock n’ roll estadounidense a los que adaptaron muy curiosas e inventivas letras en español, en su mayor parte escritas por Enrique Guzmán, cuya versión de “Good Golly Miss Molly” de Little Richard nada tiene que ver con la original.
  Si algún día tengo la oportunidad de entrevistar a Guzmán, lo primero que le preguntaré es de dónde le vino la feliz y delirante idea de ponerle “La plaga” a la canción de Ricardito y de dónde surgieron líneas como “Ahí viene la Plaga, le gusta bailar y cuando está rocanroleando es la reina del lugar” o “Mis jefes me dijeron: ‘ya no bailes rocanrol; si te vemos con la Plaga, tu domingo se acabó’”.
  Porque uno de los grandes méritos de aquellas letras era su adaptación al español que se hablaba en México, con numerosos modismos y hasta citas a lugares de nuestro país (“Nací en Guadalajara, donde yo encontré una preciosa chica que me enamoré”, canta Enrique en “Ven, Johnny ven”, su versión de “Johnny B. Good” de Chuck Berry).
  Los Teen Tops permanecieron juntos hasta 1964, cuando Enrique Guzmán decidió separarse de ellos en definitiva y convertirse en baladista (tendencia que siguieron otros, como César Costa o Manolo Muñoz, quienes también provenían de conjuntos de rocanrol). Pero ahí quedaron, como clásicos del primer rock hecho en México, temas como “Presumida”, “Quiero ser libre”, “El rock de la cárcel”, “Confidente de secundaria”, Popotitos” y muchas más.
  Como solista, Enrique logró una gran aceptación. Ya desde 1960 había grabado su primer disco sin el grupo y con acompañamientos orquestales. Su éxito inicial fue “Cien kilos de barro” y de ahí vinieron en cascada muchos otros: “Tu cabeza en mi hombro”, “Lo sé”, “Mi corazón canta”, “Gotas de lluvia”, “Payasito” y hasta la híper surrealista “Mangos” (“Mangos, papayas, melones y bayas, mi amor, te daré, si me das el sí... / Y si me quieres tú a mí, como te quiero yo a ti, ¿por qué no habíamos de tener todos los mangos y papayas y cajetas de Celaya?”). Digna de “Call Any Vegetable” de Frank Zappa.
  Lo que vino después fue una muy larga carrera que incluyó su actuación en gran cantidad de películas “juveniles” del cine mexicano, sus noviazgos con estrellas como Angélica María y Rocío Dúrcal o su matrimonio con la actriz Silvia Pinal, con quien se reveló como un muy buen comediante, con personajes como Bartolo Taras, el cual se volvió tan popular que la gente en la calle, en lugar de decirle Enrique, lo llamaba Bartolo. Tuvo que matar al personaje.

2017. 30 de octubre. Auditorio Nacional de la Ciudad de México. Enrique Guzmán celebra sus 60 años como cantante con lleno total, acompañado por una gran orquesta y con una voz que no deja de sorprender por su claridad y su potencia a los 74 años de edad. Simpático y dicharachero, interpreta la mayor parte de su repertorio como solista y algunas canciones de los Teen Tops. Incluso “La Plaga”, al lado de su hija Alejandra. Un concierto estupendo y lleno de emotividad, con un público conformado por adultos de la segunda y la tercera edad. Cero millenials.
  ¿Es Enrique Guzmán padre o padrino del rock hecho en México? Dejémoslo en pionero. Un pionero entrañable.

(Publicado el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario).

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Mi 1967

En enero de 1967, nevó en el Distrito Federal. Un mes después, entré a la secundaria (la No. 29, en Tlalpan, mi pueblo natal) y en marzo cumplí doce años de edad. Fue a mediados de ese año que escuché con asombro dos nuevos discos que Sergio, mi hermano mayor, llevó a la casa: el Sargento Pimienta y Sus Satánicas Majestades, de los Beatles y los Rolling Stones, respectivamente. Sin embargo, no fueron suficientes para desviar mi atención de lo que más me importaba en aquellos momentos de mi vida. Me había enamorado platónicamente de Patricia Medina, “La Güerita”, una preciosa niña de trece años que estaba en segundo grado y quien no sólo no me miraba, sino que ni siquiera reparaba en mi existencia. Pero ya desde antes me gustaban los Beatles. En nuestra diminuta y rentada casa, en la calle de Magisterio Nacional, a dos cuadras del centro tlalpeño, teníamos varios discos de 45 rpm que escuchaba con mi hermana Myrna, tres años menor que yo y desde entonces fan absoluta de Paul McCartney (mi otra hermana, Ivette, había nacido justo ese mismo año 67, en el mes de febrero). Yo jugaba a ser John Lennon y cantaba “Love Me Do”, al tiempo que la canción salía por las bocinas del pequeño tocadiscos portátil que teníamos. “Cantas igualito”, me decía mi hermana y yo me la creía. Sin embargo, algo sucedió en ese mismo 1967 que vino a cambiarlo todo: surgieron los Monkees… y me volví su fiel seguidor. Cambié a Lennon por Mike Nesmith (gorrita de estambre incluida) y a “Love Me Do” por “I’m a Believer”. Con mis amigos Alejandro González y Gerardo Aguayo jugaba a que éramos los Monkees, hasta que al segundo empezaron a gustarle los Doors y comenzó a mirarnos con cierto desprecio. El mal momento tardaría un año en disiparse, cuando apareció el Álbum Blanco de los Beatles y recuperé la cordura. Pero eso fue ya en 1968, cuando estaba en segundo de secundaria y “La Güerita” había pasado a la historia para dar paso a otro amor platónico de nombre Beatriz. Tampoco pasó gran cosa con ella (ni con Leyla, mi platónico ideal amoroso de tercero de secundaria). Lo único cierto es que jamás perdí ya el rumbo rocanrolero. Ni siquiera cuando los Beatles desaparecieron en 1970.

martes, 7 de noviembre de 2017

Dos mujeres, dos propuestas

No, no me refiero a Natalia Lafourcade o Carla Morrison. Tampoco a Ximena Sariñana o Mon Laferte. En realidad, hablo de dos grandes compositoras e intérpretes prácticamente desconocidas en nuestro país, a pesar de ser reconocidas mundialmente por sus impecables cualidades artísticas. Quizá sus nombres no le suenen mucho, estimado lector, pero lo invito a sumirse en la música de Aimee Mann y Laura Marling. A manera de iniciación, sólo escuche usted sus respectivos discos de 2017.
  Aimee Mann lleva ya muchos años en el camino. Su primero álbum, el estupendo Whatever, data de 1993. A casi un cuarto de siglo de su debut y a sus 57 años, la nacida en Richmond, Virginia, llega con Mental Illness, su noveno trabajo en estudio, una joya llena de perfección. “Mi disco más triste, más tranquilo y más acústico”, dice del mismo. Sin embargo, no es una obra autobiográfica, sino fruto de las capacidades de Mann como observadora de su entorno y de cómo algunas personas viven las pequeñas y grandes tragedias de la vida diaria. Una obra melancólica, introspectiva y de gran belleza, producida de un modo tan sutil que evita caer en el melodrama fácil y acaba por proporcionarnos más de una luz. Una preciosidad.
  Semper Femina en su disquera propia: More Alarming Records. La joven cantautora inglesa sigue sorprendiendo con cada álbum que produce. Su calidad como compositora e intérprete parece llevar una dirección siempre ascendente, como muestra en este su sexto opus. Aunque la influencia de antecesoras como Joni Mitchell sigue siendo notoria, la cantante va más allá del sonido folk de sus inicios y con letras inteligentes y provocadoras, más una música a la vez sencilla y suntuosa –que de pronto remite a Kate Bush y Tori Amos–, consolida una paradójica originalidad que la hace tan seductora como irresistible. Todo esto cuando apenas cumplió 27 febreros.
Treinta años más joven, Laura Marling acaba de grabar
  Dos mujeres, dos propuestas inteligentes y de enorme calidad musical. No se las pierda.

(Mi columna "Gajes del orificio" de hoy, publicada en la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 6 de noviembre de 2017

"I and Love and You" de los Avett Brothers

Por lo general, las historias sobre hermanos que forman parte de una misma banda de rock son más bien difíciles y conflictivas. Aunque por ahí se diga que no hay armonía más bella que la armonía fraterna, casos como los de los hermanos Gallagher de Oasis o los hermanos Davies de los Kinks son todo menos ejemplares y mucho menos idílicas. Algo similar puede decirse de los Everly Brothers, los Allman Brothers y los Bee Gees.
  A pesar de todo lo anterior, se da uno que otro caso en el cual los hermanos pueden convivir de manera más o menos tranquila y uno de ellos es el de Scott y Seth Avett, mejor conocidos como The Avett Brothers, cuya armonía fraternal se decanta en composiciones de enorme hermosura y sutileza, tanto desde un punto de vista letrístico como desde los terrenos musicales, en los que sus temas destacan por los finísimos arreglos instrumentales y vocales.
  En 2009, esta banda de Concord, Carolina del Norte, puso en circulación uno de los mejores discos del año y de mucho tiempo. Producido por Rick Rubin, I and Love and You (American Recordings) es el primer album de los Avett Brothers para una disquera grande, pero ya tenían detrás la grabación de cinco placas cuya calidad nada le pide a su sexta producción. Trabajos como su EP homónimo de 2001, Country Was (2002), Mignonette (2004), Four Thieves Gone (2006) y Emotionalism (2007) son espléndidas obras en las que el estilo del grupo se ha ido puliendo hasta alcanzar enormes alturas artísticas.
  I and Love and You es uno de esos discos que aparecen muy de vez en cuando. Se trata de una obra llena de magia, con una musicalidad encantadora (en el sentido literal de la palabra), una amalgama de estilos que se enraiza en lo más auténtico de la música estadounidense, especialmente en el folk, el country y el bluegrass, pero también en el rock e incluso en el mejor pop.
  La historia de los Avett Brothers tiene algo de magia, ya que, a pesar de su calidad indiscutible, podrían seguir en el ostracismo de su ciudad natal, sin que alguien más allá de ese entorno supiera algo de su música. Quiso el destino, sin embargo, que al afamado productor Rick Rubin se le ocurriera un día ponerse a buscar al azar bandas desconocidas en YouTube y de casualidad diera con ellos. El sonido del grupo lo conquistó al momento y de inmediato se puso en contacto con sus integrantes, quienes al principio pensaron que se trataba de una broma de alguien que se hacía pasar por Rubin y pretendía tomarles el pelo. No lo creyeron hasta que traspasaron las puertas de la residencia del productor de discos tan disímbolos y conocidos como Licensed to Ill de los Beastie Boys, Shake Your Money Maker de The Black Crowes, Californication de los Red Hot Chili Peppers y la serie American Recordings de Johnny Cash, entre muchos otros.
  Rick Rubin les dio libertad para grabar como acostumbraban, pero también los impulsó a hacer cosas nuevas y los obligó a repetir las tomas una y otra vez, hasta que quedaran perfectamente pulidas. Esto se refleja en el resultado final del disco, mucho más brillante y fino que cualquiera de sus entrañables pero no del todo cuidados álbumes anteriores.
  Todas las canciones del grupo son escritas por los dos hermanos. Su empatía fraternal los ha llevado a componer verdaderas joyas, varias de las cuales se encuentran en I and Love and You, como la propia pieza que lleva ese nombre y que posee una de las melodías más melancólicas y conmovedoras de los ultimos años, junto con una letra instrospectiva, filosófica y en algunas líneas poéticamente hermética.
  Algo parecido puede decirse de otros temas del mismo disco, como las espléndidas “Laundry Room”, “Ten Thousand Words”, “January Wedding”, “Incomplete and Insecure”, “Tin Man” y “The Perfect Space”.
  “Cuando lo trágico es algo que está a la mano, no es difícil de relatar y menos lo es trasmitírselo a mucha gente. En algunas letras podemos ser muy específicos acerca de algo que nos sucedió en lo personal, pero al final sucede que son cosas que le pasan a todo el mundo y por eso quienes escuchan nuestras canciones pueden identificarse con ellas”, comenta al respecto Scott Avett.
  Cálida, acogedora, nostálgica, aunque en ciertos momentos también divertida, así es la música de The Avett Brothers, una de las propuestas más interesantes del alt-folk estadounidense de la actualidad.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Judah Friedlander: stand up comedy en estado puro

“Me gustan las trilogías. Por eso me emociona la Tercera Guerra Mundial.
                                  
 Judah Friedlander

A pesar de su aparente simplicidad (un comediante provisto de un micrófono en un foro desnudo), la stand up comedy es una de las artes escénicas más difíciles de realizar. Me refiero, claro, a realizarla bien. Con inteligencia, ingenio, agudeza, humildad y un sentido del humor ácido y negro.
  Hoy, todos quieren ser “estandoperos”. Incluso en México. Pero no cualquiera posee los dones para serlo como se debe. Por eso hay tantos que tratan de practicarlo y fracasan en forma estruendosa. Incluso en México. Sobre todo en México.
  Este arte que tuvo como pioneros a comediantes del tamaño de Groucho Marx, Woody Allen, Lenny Bruce, Andy Kaufman y Jerry Seinfeld, hoy está en boga y existe una sobrepoblación de sus practicantes. Uno puede asomarse a Netflix o a Comedy Central y ver a una enorme cantidad de cómicos “parados” (traducción literal de stand up), quienes presentan los más variados estilos. Los hay estridentes y sobreactuados. Los hay contenidos y de bajo perfil. Los hay lerdos y artificiosos. Los hay certeros y afilados. Lógicamente, los hay muy buenos y los hay muy malos.
  Entre los comediantes actuales de stand up, yo destacaría  cinco nombres: Lewis Black, Marc Maron, Wanda Sykes, Aziz Ansari y Judah Friedlander. Me centraré en este último, ya que Netflix acaba de estrenar America Is the Greatest Country in the United States, una especie de documental en blanco y negro, con una sorprendente economía de recursos y un contenido tremenda y saludablemente crítico y corrosivo.
  Estelarizado, escrito, producido y dirigido por el propio Friedlander (quien se hiciera conocido como Frank Rossitano, uno de los personajes de la serie de televisión 30 Rock de 2006-2013), este especial de stand up comedy presenta una de las críticas más severas, astutas y jocosas al american way of life, al nacionalismo estadounidense (de ahí el irónico título), a los políticos (y a los ciudadanos) de aquel país y a asuntos como el racismo, las drogas, las armas, el sexo (y el sexismo), la educación y hasta las piñatas.
  Judah Friedlander posee una rapidez mental asombrosa cuando dialoga con el público presente en un pequeño local de Nueva York y responde a las cuestiones que este le va planteando de manera improvisada y sin guión previo. Su ingenio apela a la inteligencia del espectador, a quien convierte en su cómplice, ya sea que esté de acuerdo o no con lo que dice.
  Alejado de cualquier corrección política, el comediante no deja títere con cabeza. Sí, hay fuertes y muy divertidas críticas a Donald Trump, pero también a quienes lo entronizaron en la Casa Blanca y a quienes votaron en contra. Hay un fuerte sarcasmo hacia el establishment político de los Estados Unidos, pero también contra los ciudadanos que desde una cómoda y segura posición tranquilizan su conciencia al subir un par de tuits “cuestionadores" al día.
  Hay decenas de frases memorables a lo largo de la hora con 24 minutos que dura America Is the Greatest Country in the United States. Véala usted. Le garantizo que lo hará reír y lo hará pensar.

(Texto que escribí para el sitio Sugar & Spice y que se publicó el día de ayer)

sábado, 4 de noviembre de 2017

Tiempos inquisitoriales

A lo largo de la historia, la censura, la persecución de las ideas, el castigo a las disidencias, el silenciamiento de las voces distintas y de los pensamientos que no se pliegan a lo establecido han provenido del poder. Así ha sido desde que la humanidad se organizó en estamentos y gobiernos, desde la antigüedad esclavista hasta la modernidad capitalista (que incluye a los “socialismos” totalitarios).
  Hoy día, sin embargo, la intolerancia, los anatemas y las condenas no provienen tanto del Estado como de una parte de la propia sociedad, la cual se ha constituido –sobre todo desde las llamadas redes sociales– en una nueva versión del tribunal del Santo Oficio y de los regímenes stalinistas y nazi-fascistas que no permitían la discrepancia y la sancionaban de la manera más implacable.
  El imperio de la corrección política se ha convertido en una nueva Inquisición cada vez más intransigente y fanática que penetra no sólo en los hechos públicos, sino en la vida cotidiana de todos y cada uno de nosotros. Lo que hacemos, lo que hablamos, lo que pensamos es cada vez más vigilado. No por la policía secreta o los órganos de inteligencia estatales, sino por miles de repentinos jueces, quienes desde la oscuridad clandestina que brindan las mencionadas redes juzgan y condenan a todo aquel que se atreve a pensar y comportarse de manera diferente a lo establecido por ellos. Lo más desconcertante es que sea gente que se dice progresista la más dada a caer en la tentación inquisitorial.
  Antiguos movimientos libertarios como el feminismo o el de la lucha por los derechos humanos, por ejemplo, se han visto copados por personas histérica y neuróticamente maniqueas que no admiten el menor criterio en contra de sus dogmas y certezas. Publicar una opinión propia es arriesgarse a ser vilipendiado por esta cohorte de aprendices de brujo, parapetada en la oscuridad más ignominiosa.
  Son tiempos de oprobio: los tiempos de la canalla anónima y del Santo Oficio de lo políticamente correcto.

(Texto publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 3 de noviembre de 2017

Para dártelas de entendido en rock (34)

Cuando James Brown empezaba a cantar, tuvo la suerte de conocer a Little Richard y no sólo simpatizaron, sino que se admiraron mutuamente y llegaron a tener al mismo manager. En cierta ocasión, a principios de los cincuenta, Richard quiso tomar un par de semanas de descanso, pero como tenía varios compromisos por delante que no podía cancelar, pidió a Brown que se hiciera pasar por él y lo sustituyera. Como Ricardito nunca había salido en televisión, muy pocos sabían cómo era físicamente. James Brown aceptó y, como tocaba muy bien el piano, durante quince días pudo suplantar a la perfección a su amigo e ídolo, incluidos sus característicos gritos, los cuales imitaba con exactitud y adoptaría dentro de su propio estilo en el futuro.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Los pensamientos calientes de Spoon

Veinticuatro años de carrera y Spoon llega a su noveno opus, uno de los mejores de su discografía. Consistentemente cambiante, en esta ocasión el grupo presenta Hot Thoughs (Matador, 2017), un trabajo en el que predominan los instrumentos sintetizados, pero conservando su estilo habitual, ese rock pop sofisticado al que se añaden amplios espacios que expanden el sonido de la agrupación de una manera muy interesante y atractiva. Es decir que sin traicionar su propuesta, Spoon introduce una buena cantidad de nuevas ideas que funcionan a la perfección y enriquecen su música. Una grabación impecable de los de Austin.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Enrique Guzmán en el Auditorio Nacional

Anoche fui con mi mejor amiga al Auditorio Nacional, para asistir al concierto con el que Enrique Guzmán festejó sus sesenta años en la música.
  Fue una actuación muy buena, muy emotiva, con una estupenda orquesta y un sonido perfecto. Enrique, a sus 74 años, cantó como en sus mejor tiempos. Su voz permanece incólume y no se nota gastada o rasposa. Simpático, dicharachero, divertido, paso lista a sus grandes éxitos como solista y a algunos de sus años con los Teen Tops (incluso cantó "La plaga" con su hija Alejandra).
  Lo que desconcertó a todos fue no solo la brevedad del concierto (tan sólo una hora y media), sino la manera abrupta como terminó, sin un encore propiamente dicho. No sé si fue porque la presentación se grabó para un disco que saldrá en unos meses (como comentó el cantante) o porque simplemente Guzmán se cansó o ya no tuvo ganas de seguirle (lo cual me parece poco probable, porque se le veía contento y emocionado.
  Como sea, el entusiasta público que llenó el Auditorio (se veía muy bonito con todas las butacas ocupadas) la pasó muy bien (e incluyo a mi amiga y a mí). Las canciones me hicieron pensar mucho en mi hermano Sergio, que idolatraba a Enrique Guzmán y no dejó de asombrarme que prácticamente me sabía yo todos los temas que cantó (como me lo hizo notar mi querida amie).
  Muy buen concierto y salimos a tiempo, eso sí, para tomar el metro.

martes, 31 de octubre de 2017

Joe Pernice: músico y novelista

¿Puede una novela provocar en sus lectores los mismos sentimientos que produce una canción melancólica y agridulce en quienes la escuchan? No es fácil y, sin embargo, Joe Pernice lo consigue, tanto en sus composiciones como solista e integrante del grupo de alt-rock The Pernice Brothers, como en su novela It Feels So Good When I Stop, retitulada extrañamente como Esta canción me recuerda a mí en su versión en español (Blackie Books, 2017).
  Pernice (Holbrook, Massachusetts, 1967) se ha revelado como un estupendo compositor, pero también como un excelente y muy dotado escritor. Se siente muy bien cuando me detengo (traducción más cercana al original) es un relato ágil y ameno, divertido, pero al mismo tiempo profundo y cargado de una melancolía muy peculiar que toca a quien la lee de una manera sutil y entrañable.
  Un narrador del que nunca sabemos su nombre o su edad, aunque lo podemos imaginar quizás en sus tempranos treinta, busca refugio en Cape Cod, luego de separarse de su mujer por motivos que nunca nos son revelados, pero que adivinamos por lo que el personaje nos va contando. Su hermana mayor y su cuñado (quien está a punto de convertirse en su ex-cuñado) le permiten instalarse en una pequeña casa y a cambio de ello, cuida de vez en cuando a su sobrino de dos años. En sus tiempos libres, da largos paseos en una pequeña bicicleta rosa y se relaciona con una peculiar cineasta amateur.
  No es una trama compleja en absoluto. De hecho, no es mucho lo que sucede a lo largo de las 200 y tantas páginas de la novela. No obstante, las pequeñas anécdotas que le van dando forma resultan por demás simpáticas dentro de su cotidianidad y del entorno que las rodea, en la fría y desolada costa noreste de los Estados Unidos.
  Con múltiples referencias a grupos y canciones de los años noventa, la música –en especial el rock alternativo– está presente de manera constante en el relato y es un grato añadido para quienes gustamos del género.
  La historia termina del mismo modo que inicia y nos dice que la vida, simplemente, transcurre.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 30 de octubre de 2017

El reposet

De niño, solía ir muy seguido a la casa de mi abuelita Lupe, madre de mi papá (la hoy todavía llamada Quinta Guadalupe), y a la casa de mi tía Beatriz, hermana de mi mamá. Ambas casas estaban a escasa cuadra y media una de la otra. La primera, en la esquina de Coapa y Tesoreros. La segunda, en la calle Cuauhtémoc, a media cuadra de Tesoreros. Las dos en la colonia Toriello Guerra, en Tlalpan.
  Ambas eran muy grandes y con enormes jardines, pero ir a cada una tenía sus particularidades, mismas que detallaré en alguna otra ocasión. Baste con decir que la primera era una casona muy García y la segunda una residencia muy Michel. En esta última, vivían mi tía Beatriz y su esposo, don Pedro Espinosa (quien con sus hermanos Felipe y Mario tenía una farmacia en el centro de Tlalpan, en la esquina de Galeana y Congreso), junto con sus tres hijos: mis primos Dora, Javier y Arturo, en orden cronológico. Arturo era el más cercano a mi edad, pues me llevaba (me sigue llevando) un año y medio.
  El la sala de la casa, tenían un novedoso -para esas épocas, mediados de los años sesenta- sillón reposet que era lo máximo en comodidad, ya que se podía reclinar hacia atrás hasta quedar en posición horizontal. Era lo más confortable del mundo (en la foto, es el mueble en el que está sentada mi prima Dora) y a mis diez u once años, me encantaba sentarme y reclinarme en él. Sólo que a mis tíos y mis primos no les agradaba mucho la idea de que lo hiciera. Olvídense de que llegara yo y me sentara en él así como así. Era menester pedir permiso, ya sea a mi tía o a mis primos. Normalmente accedían, pero lo hacían de una manera forzada y sin que les agradara en absoluto la idea. No sé por qué, pero les chocaba que yo me sentara en el famoso reposet. Sin embargo, una vez que me subía a él y lo echaba para atrás, me olvidaba del mundo y de las caras de desagrado de mis parientes. Realmente lo disfrutaba, aun cuando fuese por algunos minutos; porque no podía estar en él durante mucho tiempo pues, me decían, mi tío Pedro se podía enojar (aunque éste se encontrara atendiendo la farmacia en esos momentos, a muchas cuadras de distancia).
  Por cierto que no sólo con aquel mueble sucedía aquello. También les caía en el hígado que les pidiera algún tomo de El tesoro de la juventud, colección que guardaban en un librerito con puerta de cristal y siempre cerrado con llave. Me podía pasar las horas leyendo aquella maravilla que ellos jamás abrían. Pero que se los pidiera les causaba escozor. Ni modo. Yo los leía con igual gusto y por un rato mucho más largo del que podía estar en el reposet.

domingo, 29 de octubre de 2017

Los 50 años del Señor Fantasía

Traffic fue formado en 1967 por Steve Windwood, poco después de su salida del Spencer Davis Group, al cual había ingresado en 1963, cuando apenas tenía quince años de edad. Verdadero niño prodigio, este multiinstrumentista contribuyó con dicha agrupación de rhythm’n’blues no sólo con su característica y soberbia voz y su extraordinaria manera de tocar la guitarra y el órgano Hammond, sino con un tema clásico de la historia del rock: “Gimme Some Lovin’” (1966).
  Quizá porque el grupo le empezaba a quedar chico o porque quería experimentar con nuevas ideas, en 1967 Windwood se reunió con Dave Mason (guitarra, cítara, instrumentos hindúes) y Jim Capaldi (batería y percusiones) –ambos provenientes del grupo de jazz Deep Feeling–, así como con el flautista y saxofonista Chris Wood. Apoyados por el productor Jimmy Miller y bajo el nombre de Traffic, grabaron en Londres un disco EP con dos temas: “Paper Sun" y “Giving to You”. El primero logró un gran éxito de popularidad y situó a Traffic en el panorama del rock británico de la época. Sin embargo, en lugar de engolosinarse, el cuarteto decidió aislarse de todo y los músicos se retiraron a una mansión campestre en Berkshire Downs, lejos del bullicio del swinging London, a fin de escribir canciones y buscar un sonido nuevo y diferente. El resultado fue el álbum Mr. Fantasy.
  El estilo de Mr. Fantasy (Island Records, 1967) podría definirse como psicodélico–bucólico y fue Chris Wood quien más influyó en la creación de dicho estilo. “En Berkshire Downs, llevábamos una vida totalmente campestre”, cuenta Steve Windwood. “Chris abrió nuestras mentes a una serie de ideas diferentes. Por él conocimos la música clásica china, así como oscuras baladas del folclor inglés. También infundió en los demás un gran interés por cosas como la geología, la topografía y la observación de las aves. Todo ello nos abrió un mundo nuevo y quisimos incluirlo en nuestras composiciones”.
  Mr. Fantasy fue tomando forma poco a poco, gracias a los talentos de Windwood y Mason, las dos fuerzas creativas –opuestas y complementarias– de Traffic. Windwood solía componer junto con Wood y Capaldi, mientras que Mason prefería hacerlo solo y únicamente mostraba las canciones a sus compañeros hasta que estaban por completo terminadas.
  Traffic entró en los Olympic Studios en el verano de 1967 y la grabación del álbum duró cerca de tres meses. Esta tardanza se debió sobre todo a los complicados arreglos de las canciones, llenos de texturas, colores y detalles instrumentales de enorme y sutil riqueza. Se trataba de un repertorio ecléctico y exótico que combinaba el rock con el jazz, el folk y la psicodelia. El productor Jimmy Miller tuvo mucho que ver en la cohesión y conjunción de esa música absolutamente novedosa, a pesar de que el disco fue grabado el mismo año del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de los Beatles.
  Mr. Fantasy comienza con la deliciosa “Heaven in Your Mind”, en la cual las voces de Windwood, Mason y Capaldi logran una expresión coral llena de armonía. “Berkshire Poppies”, por su parte, es una composición juguetona y llena de giros y cambios rítmicos. “House for Everyone” es una de las tres piezas de Mason incluidas en el disco. Su célebre comienzo, como una cajita de música a la que se da cuerda, y su letra llena de fantasía, así como el uso caprichoso de las cuerdas mostraron la capacidad de Dave como compositor y arreglista. Le sigue la bellísima “No Face, No Name and No Number”, con un Windwood que alcanza una tesitura vocal conmovedora.
  “Dear Mr. Fantasy” es ya un tema clásico. Durante sus casi seis minutos, la pieza va alcanzando un crescendo que alcanza su clímax en el intenso solo de guitarra de Windwood a manera de espléndido jam session.
  El lado B del LP original comienza con “Dealer”, una composición de Jim Capaldi, quien hace alarde en la variedad de las percusiones. Se trata de una canción oscura, extraña, con estructuras armónicas que recuerdan lejanamente al flamenco español. “Utterly Simple”, de Mason, es una afortunada incursión en la música de La India, con cítaras y tablas que de inmediato hacen pensar en George Harrison y Ravi Shankar.
  El álbum concluye con tres composiciones espléndidas: la magnífica, sofisticada y muy windwoodiana “Coloured Rain”, la masoniana “Hope I Never Find Me There” y la instrumental y jazzera “Giving to you”, en la que Chris Wood y Steve Windwood lucen con sus respectivos solos.
  Felices 50, Señor Fantasía.

(Texto que escribí para la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario y que se publicó el pasado día 19).

sábado, 28 de octubre de 2017

Entre Santiago Nieto y una Kate desnuda

La sociedad mexicana se encuentra dividida en dos segmentos cada vez más clara y maniquéamente definidos. Me refiero, por supuesto, a eso que llaman sociedad civil y no a la sociedad común y corriente que tiene otro tipo de preocupaciones más ingentes.
  Esta semana, un par de acontecimientos marcó esa división a la que me refiero: el affaire Santiago Nieto Castillo y el estreno en Netflix de la serie Cuando conocí al Chapo, estelarizada por Kate del Castillo y una claque de opinadores (casi todos) de una misma tendencia.
  En el caso del ex titular de la Fepade (ya dijo éste que no regresará a esa fiscalía para no generar una mayor polarización), se crearon dos bandos muy claros y definidos, tanto en el Senado y en el seno de los partidos, como entre los opinadores. Por un lado, quienes justificaron el despido de Nieto Castillo y por el otro, quienes exigieron y aún exigen su restitución. Todo ello sin matices, en blanco y negro. Una guerra a muerte entre enemigos políticos que refleja la confrontación más clara que existe el día de hoy, sobre todo en vista de las próximas elecciones: los antipriistas contra los antilopezobradoristas.
  Esa misma confrontación se dio, aunque con menor intensidad y más bien en las redes sociodigitales (Raúl Trejo Delarbre dixit), respecto a la serie de Kate del Castillo. Tuve oportunidad de verla y me pareció tremendamente tendenciosa, en especial porque sólo presenta una cara de la moneda y una versión de los hechos: la de la propia actriz, quien desnuda su verdad apoyada por la mayoría de los entrevistados en el programa. Gente como John Ackerman, Jenaro Villamil, Sanjuana Martínez, Lydia Cacho o Epigmenio Ibarra, cuya opinión es claramente sesgada e intencionalmente antigobiernista, lo cual le quita toda objetividad al documento que termina por convertirse en una pieza de propaganda defendida por el sector “de izquierda” y criticada por su contraparte.
  He ahí dos ejemplos de la división política que se vive en México desde 2006 y que se hará más profunda, feroz y peligrosa en los meses por venir.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 27 de octubre de 2017

Para dártelas de entendido en rock (33)

El 7 de febrero de 1964 es una fecha clave en la historia del rock. Ese día, un avión de Pan American Airlines, proveniente de la ciudad de Londres, aterrizaba en el aeropuerto John F. Kenneddy de Nueva York, en medio de la gritería de un millón de jóvenes enloquecidos. Los Beatles ponían sus pies por vez primera en suelo estadounidense e iniciaban con ello la beatlemanía a nivel mundial, al tiempo que encabezaban la llamada Invasión Inglesa. Puede decirse incluso que ese 7 de febrero nació la década de los sesenta.

jueves, 26 de octubre de 2017

20 momentos bochornosos del rockcito nacional


Hay quienes dicen que la historia del rock hecho en México resulta 
bochornosa en sí misma. Veamos cuando menos una veintena de hechos 
                                     que deberían provocarvergüenza, muina y pudor (o risa).

La aparición, en septiembre de 1960, de la abominable (Federico Arana dixit) columna “Rock en español” en la revista Notitas Musicales, cuyo autor era el siniestro diazordacista Víctor Blanco Labra, padre putativo de todos los seudoperiodistas patrioteros que defienden a ultranza al rockcito nacional.

Todas las presentaciones de los grupos del llamado boom del rock mexicano (Caifanes, La Maldita Vecindad, Fobia, etcétera) en Siempre en Domingo, con Raúl Velasco,  justificadas con el falaz argumento: “Pus si los Bitles y los Rolin salían con Ed Sullivan, ¿por qué nosotros no?”.

Cuando en pleno “Festival de Rock y Ruedas” de Avándaro, en septiembre de 1971, por uno de los altavoces de información se dio el siguiente exhorto: “¡Un aplauso para Luis Echeverría que nos va mandar 300 camiones de cincuenta pasajeros para el regreso! ¡A todo dar el chavo ese!”.

Cada vez que el público mexicano (“el mejor del mundo” según algunos) chilla como en un orgasmo cuando cualquier músico extranjero exclama: “¡Mecsicouuuuu…!”.

La falsísima actuación conjunta de Maná y Jaguares en el festival por la Paz, celebrado en el estadio Azteca en 2001 y organizado por Televisa y TV Azteca.

Cuando Enrique Guzmán, César Costa, Alberto Vázquez, Johnny Laboriel y Luis Vivi Hernández dejaron de ser cantantes para convertirse en cómicos (algunos de ellos bastante buenos en ese rubro, hay que reconocerlo).

Cada vez que Alejandro Lora ha gritado “¡Que viva el rocanrol!”, “¡Mamá, prende la grabadora!”, “¡El rocanrol es un deporte, practíquenlo!”, etcétera.

Cuando Laureano Brizuela se autonombró “El ángel del rock” y na-die hi-zo na-da.

La ocasión en la cual Caifanes cantó “La negra Tomasa” con Daniela Romo en un programa nocturno de televisión.

La ocasión en que Botellita de Jerez apareció en Alcanzar una estrella (la telenovela, la obra de teatro y la película) al lado de Angélica Vale y la tocada en el cumpleaños de la misma, en una discoteque, donde el grupo palomeó con integrantes de Timbiriche y Menudo.

El día en que Sergio Villalobos, guitarrista de El Hangar Ambulante, se subió a la azotea de su casa y en pleno viaje de LSD creyó que podía volar, se arrojó al vacío y se hizo puré contra el pavimento.

El día en que Alejandro Lora tomó la composición de Rockdrigo González “El Metro Balderas”, le hizo algunos añadidos a la letra y la grabó con los créditos A. Lora-R. González (en la página oficial de El Tri en internet llegó a aparecer como de A. Lora exclusivamente).

El día en que La Revolución de Emiliano Zapata decidió dejar el rock y cobijarse bajo las seguras y guapachosas faldas de la música tropical y pregrupera, sin saber que estaba siendo un peligroso antecedente para lo que ocurre hoy día en el rockcito nacional.

Cuando a finales de los cincuenta, el periodista (es un decir) mexicano Federico de León inventó que Elvis Presley había declarado que prefería besar a tres negras antes que a una mexicana y desató en nuestro país una oleada amarillista de protestas y boicots en contra del cantante.

El día en que Roberto Jordán decidió usar peinado afro.

Cuando Agustín Lara, Pedro Vargas y Luis Aguilar hicieron el ridículo bailando “música moderna” en la película Los chiflados del rock and roll de José Díaz Morales (1956).

Cuando René Villanueva del grupo Los Folcloristas declaró que las guitarras eléctricas eran instrumentos de penetración del imperialismo yanqui.

La ocasión en que Alex Lora se rompió la boca, luego de que la banda no lo cachara cuando se arrojó con todo y guitarra hacia el público en la Carpa Astros.

Cada vez que Javier Bátiz declara que él le enseñó a tocar la guitarra a Carlos Santana (“Santana se sigue nutriendo de mi música” o “La diferencia con Carlos es que él es un genio musical y yo soy un músico genial”).

La noche en la cual Kinky y Paulina Rubio compartieron el escenario durante la entrega de premios MTV, cantando “I Was Made for Lovin’ You” de Kiss.

miércoles, 25 de octubre de 2017

El "Bleach" de Nirvana

Cuando Nirvana grabó este disco para Sub Pop en 1989, nadie pudo imaginar el impacto que el grupo de la lluviosa Aberdeen, en el noroccidental estado de Washington, tendría un par de años después.
  Se trata de un trabajo poco consistente, realizado antes de la irrupción de lo que se conocería como el movimiento grunge. Producido por Jack Endino y grabado en tan sólo unos días con un costo ridículo de seiscientos dólares, Bleach presenta algunas canciones interesantes y otras que sólo para los seguidores más aferrados del grupo no pasaron al olvido. Y es lógico que así sea. Nirvana era una banda en formación y ni siquiera se trataba del trío que dos años después irrumpiría para cambiar el curso de la historia del rock. Dave Grohl aún no estaba en la agrupación y otros dos bateristas –Dale Crover y Chad Channing– compartieron los diferentes cortes del álbum. En los créditos aparece el guitarrista Jason Everman; sin embargo, el tipo no tocó una nota en la grabación. ¿Por qué se le incluyó entonces? Porque fue él quien puso los seis billetes de cien dólares que costó hacer el disco.
   Bleach es una obra densa, agresiva, confusa; las letras de Kurt Cobain son oscuras y difíciles de descifrar. Musicalmente, hay una gran influencia de Black Flag por un lado y de Black Sabbath y los Melvins por el otro, lo cual se nota en los pesados riffs de la guitarra y el bajo y en la rítmica post punk de varios temas. Sin embargo, hay aquí un par de canciones que habrían de trascender con los años: la conocida “About a Girl” –escrita por Cobain para Tracy Marander, su novia de aquellos días y con quien acababa de terminar, por lo que la letra es una mezcla de sentimientos encontrados de amor y desamor– y la potente y enigmática “Blew”. También destacan la pre grungera “Negative Creep”, la desesperada “Paper Cuts” y una curiosidad: el cover a “Love Buzz”, composición de Robbie Van Leeuween, integrante del sesentero grupo holandés de pop Shocking Blue. Lo demás no es precisamente un material imperecedero.
  Como diría el crítico norteamericano Stephen Thomas Erlewine: “Bleach es más que una curiosidad histórica, dado que contiene algunas grandes canciones, pero no se trata de un clásico perdido… Es el debut de una banda que muestra potencial pero que no lo ha desarrollado todavía”.

(Reseña publicada en el Especial de La Mosca No. 1, dedicado a Nirvana, en mayo de 2003)

martes, 24 de octubre de 2017

¿Por qué hubo tan buenos discos en 1967?

No fue algo que se haya dado por generación espontánea. Sin embargo, no deja de sorprender la cantidad de grandes y trascendentes obras discográficas de rock que se produjo a lo largo de ese año, el 67, una anualidad en la que los músicos del género lograron que este no sólo fuera tomado en serio y colocado a la altura de la música “seria”, sino que se le considerara a partir de entonces como un arte en sí mismo.
  Digo que no fue un fenómeno que se diera por generación espontánea, porque cuando menos desde 1964 y sobre todo en 1965 y 1966 hubo álbumes de enorme calidad musical. En esos tres años, gente como Bob Dylan, Frank Zappa, The Who, los Rolling Stones y, por supuesto, los Beatles (por sólo mencionar a cinco) ya habían producido canciones y/o discos extraordinarios.
  Pero algo sucedió en 1967 que hizo que, hace justo medio siglo, los astros se alinearan y surgieran álbumes que se convirtieron en clásicos instantáneos, sin que el paso del tiempo les haya afectado de manera negativa. Todo lo contrario: los años los han consolidado como supremas obras de arte.
  Mencionemos tan sólo diez de ellos, quizá los más obvios pero a la vez los más significativos: 1. Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (The Beatles). 2. The Velvet Underground and Nico (The Velvet Underground). 3. Disraeli Gears (Cream). 4. Are You Experienced? (The Jimi Hendrix Experience). 5. The Doors (The Doors). 6. Absolutely Free (Frank Zappa). 7. Mr. Fantasy (Traffic). 8. Surrealistic Pillow (Jefferson Airplane). 9. The Piper at the Gates of Dawn (Pink Floyd). 10. Songs of Leonard Cohen (Leonard Cohen).
  Hubo también grandes discos de los Rolling Stones, los Kinks, los Who, los Byrds, Procol Harum, Captain Beefheart, The Moody Blues, Grateful Dead, Buffalo Springfield, Ten Years After, Tim Buckley, Van Morrison, el propio Dylan y un largo etcétera que hicieron de 1967 el año canónico de la historia del rock y nos hicieron saber que, a partir de entonces, las cosas ya no serían como antes.

(Publicado hoy martes en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario.

lunes, 23 de octubre de 2017

The Village Green Preservation Society

El primer disco plenamente conceptual de Ray Davies. Porque este plato es más una obra del genio individual del compositor que un álbum grupal.
  Se trata de una grabación finamente sarcástica en la cual, supuestamente, el autor se queja de la manera como se perdieron los valores conservadores de la Gran Bretaña en aras de la modernidad y el pecado; de ahí el título del disco y el tema homónimo, en el que se glorifica a una agrupación civil (la Village Green Preservation Society precisamente) que busca recuperar las rancias tradiciones victorianas.
  El disco (1968) es una colección de grandes canciones, con excelente música (casi imposible de reproducir en un concierto del grupo), cuyas letras hacen un retrato exacto de muchos personajes ingleses. Todas son tan buenas y memorables que resulta difícil destacar alguna sobre las demás, pero si hubiera que hacerlo, me inclinaría por “Picture Book” (misma que en años después se hizo mundialmente popular, gracias a los comerciales de una marca de cámaras digitales que la usó como tema musical), “Last of the Steam-Powered Trains”, “Do You Remember Walter?”, “Starstruck”, “Phenomenal Cat” y, por supuesto, la composición que da nombre al álbum. Cabría mencionar también a la extraña “Wicked Annabella”, cantada por Dave Davies y que parecería un tema compuesto por John Entwistle de The Who.
  Un gran disco.

(Reseña que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No. 43, dedicado a The Kinks y publicado en octubre de 2007)

domingo, 22 de octubre de 2017

2018: ¿la ultraderecha al poder?

La amenaza de que la ultraderecha gane las elecciones presidenciales del año próximo es en estos momentos algo no sólo posible, sino muy probable.
  Un proyecto retrógrada y ultramontano que aboga por la regresión, por negar la modernidad, la democracia y la libertad de expresión podría llegar al poder e instaurar un gobierno intolerante, autoritario y hasta represivo. Hablo de un esquema de dominación que no sólo busca volver a tiempos que ya creíamos superados, en los que el mandato de un solo hombre imponía su voluntad omnímoda y sus caprichos muchas veces delirantes y destructivos, sino además de un propósito de acabar con varios de los logros que con demasiadas dificultades y a paso lento hemos conseguido como sociedad de 1997 a la fecha.
  Por un lado, conquistas civiles más o menos recientes como el derecho al matrimonio igualitario, el reconocimiento de la identidad de género y la despenalización del aborto o garantías individuales como la libertad de opinión y la libertad de prensa podrían estar en riesgo con la ascensión de un régimen autocrático y despótico, encabezado por un líder iluminado y maniqueo que no cree en el diálogo, en el debate y mucho menos en la libertad de disentir.
  En un mundo en el que términos como izquierda y derecha se han vuelto tan equívocos y relativos, esta propuesta reaccionaria no vendría necesariamente de los tradicionales sectores de la derecha mexicana, sino de un grupo que a lo largo de los años más recientes ha mostrado su vocación por la consigna lapidaria, el dogma atraviliario y la división sin matices de nuestra sociedad en dos bandos: los buenos (ellos) y los malos (quienes no simpatizan con ellos).
  He ahí el mayor peligro: que bajo el disfraz de oveja progresista se oculte en realidad el de un lobo ultra regresivo a la espera de la revancha y de imponer una visión enloquecida y cuasi religiosa de su verdad absoluta. Una verdad totalitaria que considera a la democracia como un obstáculo para sus designios mesiánicos.
  ¿Política ficción? Por desgracia, no.

(Mi columna "Cámara húngara" de ayer sábado, publicada en Milenio Diario)

sábado, 21 de octubre de 2017

Alain y Hallet

A partir del día de hoy, soy legalmente suegro. Mi hijo Alain y su novia Hallet ya llevan diez años juntos, pero hasta este sábado lo oficializaron, durante una sencilla y familiar ceremonia en un restaurante de la colonia Roma, al filo del mediodía.
  Todo estuvo muy bonito y grato. Ahí estuvimos los papás de ambos contrayentes, la familia más cercana y algunos amigos de la pareja. El momento del casamiento fue muy emotivo y luego vino un almuerzo delicioso.
  Ya en la tarde y noche hubo fiesta en el Terraza Catedral con mucha más gente, incluidos quienes estuvimos al mediodía. También todo estuvo perfecto y hubo una nueva ceremonia de casamiento, pero con un indio navajo como casamentero.
  Entre los que estuvimos ahí puedo mencionar a Jan, Rosa, Rosita, Yazmín, Gerardo (y su novia), Dereck, Emiliano, Santiago (y su novia), Valentín, Myrna, Leyla, Axel, María José, mi primo Gustavo, Indiana, mi sobrina Priscila, Gudiño, Miguel, Manú, Héctor Hellion y su mamá y muchos invitados más.
  Salí como a las diez, cuando aún seguía la fiesta y creo que debí quedarme más rato. Pero me sentí y me siento muy feliz por los nuevos esposos, a quienes adoro.

viernes, 20 de octubre de 2017

Para dártelas de entendido en rock (32)

Cuando en 2005 el huracán Katrina arrasó con gran parte de la ciudad de Nueva Orleans, uno de los barrios más dañados fue aquel donde vivía Fats Domino con su esposa, en una modesta casa amarilla que lucía en su exterior las iniciales F.D.
  Domino se negó a abandonar la casa, aun cuando los vientos pegaban con más fuerza, y al ser alcanzada la vivienda por la terrible inundación, no se supo más de él y de su mujer. Durante tres días aquello fue territorio asolado. Muchos creyeron que Domino había muerto ahogado y hubo quienes pintaron en la calle frases de lamento por su desaparición ("R.I.P Fats, you will be missed", rezaba uno de ellos).
  Afortunadamente, la policía rescató a la pareja sana y salva, en la parte alta de su casa, la única a la que la crecida no llegó. Cuando se supo que el gran autor de "Ain't That a Shame" y "Walking Bak to New Orleans" estaba vivo, la noticia se propagó y todos en la ciudad recibieron un gran alivio en medio de la terrible desgracia.

jueves, 19 de octubre de 2017

Uber me dio de baja

Para mi sorpresa (de la que aún no salgo), Uber me dio de baja como cliente. ¿La razón? La desconozco en absoluto. Ya un par de veces había intentado pedir un taxi últimamente y a la hora de dar el clic final de la solicitud, me marcaba "error". El lunes pasado, más bien en las primeras horas del martes, luego de la grabar con Diego Maroto en el estudio de Iris Bringas y Jehová Villa Monroy, quise pedir un Uber para regresar a mi casa y volvió a marcarme error. Debí volver en un taxi de sitio que me cobró las perlas de la virgen.
  El martes escribí al sitio en internet de Uber para saber qué pasaba y me respondieron entre amables y duros que había yo quedado suspendido debido a cuestiones que no me podían decir (aunque las llamaron "conductas inusuales"), por ser información confidencial . Aparte, me mandaron una especie de manual de buen comportamiento del usuario con las posibles faltas en que podía yo haber incurrido, ninguna de las cuales había yo cometido ni por asomo: las pocas ocasiones en que he usado Uber todo ha sido perfectamente tranquilo, salvo un par de veces que el conductor tomó por rutas equivocadas, lo cual infló mi cuenta sin que armara yo escándalo alguno y una ocasión en que me cobraron un viaje que no hice. Lo reporté y me compensaron el dinero sin problema.
  Volví a escribirles para decirles que no había hecho nada de lo que pudieran acusarme y les pedí una solución. Su respuesta fue seca: "no podemos informarte ningún detalle (ah, porque además te tutean), ya que se trata (insistieron) de información confidencial" y añadieron que jamás podría volver a inscribirme a Uber. Así, de plano.
  Nada más no entiendo.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Modern Life Is Rubish

Tan sólo dos años después de un disco debut poco consistente y poco original, Blur regresó para demostrar que ahí estaba, con un estilo propio que ya nada tenía que ver con sus iniciales tentaciones stonerosianas.
  Modern Life Is Rubbish (1993) es, por donde se le escuche, un gran trabajo. Aunque sigue habiendo influencias (pero esta vez de los Beatles, los Kinks y David Bowie), el álbum resulta mucho más singular y refleja lo que ya era el cuarteto. La voz de Damon Albarn reluce a plenitud, a pesar de uno que otro desafine, mientras canta letras satíricas muy en la vena de su admirado -y casi mentor- Ray Davies. La guitarra de Graham Coxon destaca a cada momento y enseña su creatividad y su gran calidad interpretativa, mientras que la sección rítmica se muestra sólida, contundente, perfecta.
  En cuanto a la producción, hay aquí un estupendo y en ocasiones extraño, “sucio” y sorprendente uso de los efectos de sonido y de las posibilidades del estudio. Por ello destacan sobremanera cortes como “For Tomorrow”, “Sunday Sunday”, “Chemical World”, la punkiana “Advert” y la muy Syd Barrett y XTC “Pressure on Julian”.
  El disco fundador del sonido de Blur.

(Reseña que iba a ser publicada en el Especial de La Mosca en la Pared dedicado a Blur y que aparecería en abril de 2008).

martes, 17 de octubre de 2017

La imparable Annie Clark

Desde que grabó su primer disco, el estupendo Marry Me de 2007, bajo el nombre de St. Vincent, la texana Annie Clark mostró que lo suyo era algo por completo diferente a todo lo que habíamos escuchado antes. Su música era una mezcla de rock pop con elementos electrónicos y de avant garde. Sus canciones poseían un encanto muy peculiar que las hacía al mismo tiempo atrayentes y difíciles de asir. Provocativa y llena de inventiva, su segundo y tercer opus, los extraordinarios Actor (2009) y Strange Mercy (2011), vinieron a reafirmar su fascinante propuesta y su vocación por un sonido cargado de insinuaciones y sugerencias, sensual y en ocasiones incluso sicalíptico, pero con una finura, una ironía y una elegancia impecables.
  En 2014 publicó otro álbum excelente, el homónimo St. Vincent, y ahora acaba de aparecer su quinto plato: Masseduction (gran título) otra absoluta maravilla.
  Producido por Jack Antonoff y con colaboraciones de gente como Jenny Lewis, Kamasi Washington y Mike Elizondo, el flamante disco es una colección de trece composiciones suntuosas, tan variadas como ricas en matices, pero en las que la voz y la guitarra de Clark lucen de manera espléndida, lo mismo en los temas más rítmicos (“Pills”, “Masseduction”, “Sugarboy”, “Los Ageless”, “Savior”) que en las melodías más dulces y conmovedoras (“New York”, “Happy Birthday, Johnny”) o en las piezas más bellas e intensas (“Hang on Me”, “Fear the Future”, “Young Lover”, “Slow Disco”, “Smoking Section”, esta última con reminiscencias de Portishead).
  La música de St. Vincent puede definirse como pop, pero se trata de un pop subvertido, vuelto de cabeza, cuestionado, deconstruido y recreado del modo más inteligente y creativo. Nada que ver con las presuntas provocaciones, más mercadotécnicas que artísticas, de Lady Gaga, similares y conexos. Se trata de un pop vanguardista, sin trucos efectistas, que se reafirma en cada nuevo disco. Como en este Masseduction que seduce, conquista, conmueve y convence.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 16 de octubre de 2017

Sesión con Diego Maroto

La grabación del disco sigue, paso a paso pero con firmeza. Hoy fue la sección nocturna con el gran Diego Maroto (uno de los mejores saxofonistas de este país) para mis canciones "Una noche" y "Qué absurdo". Acudió acompañado de su guapa novia y todo estuvo fantástico. Diego le dio su toque jazzero a ambas piezas en las partes de los respectivos solos. Dejó tres tomas distintas para cada uno. Por supuesto, ahí estuvieron Iris Bringas en la hospitalidad y las fotos y Jehová Villa Monroy en la hospitalidad y la grabación.
  Al final, le mostramos a Maroto algunos de los tracks que están más avanzados (como "Oye, oye" y "Esta puta ciudad") y le gustaron mucho. Ahí vamos.