lunes, 15 de diciembre de 2014

Una maravilla

El rostro de la mujer en la historia de la pintura.




jueves, 11 de diciembre de 2014

Paul Fiction

Anunciado con meses de anticipación, The Art of McCartney, el doble disco tributo en honor al ex beatle, ha aparecido al fin. ¿Valió la pena tanta espera?

Hay una escena en esa estupenda película de Richard Linklater que es la muy reciente Boyhood (2014), en la cual el joven protagonista recibe de su padre (interpretado por Ethan Hawke), como regalo de cumpleaños, un disco doble de los Beatles confeccionado por el propio progenitor y al que bautiza como The Black Album. El mismo está constituido por una selección de canciones de cada uno de los integrantes del mítico cuarteto de Liverpool, en su etapa como solistas. Al verlo, el chico se limita a decir: “mi favorito es Paul”, a lo que sobreviene una perorata del papá, para explicarle que los Beatles valían mucho más juntos que cada uno por su cuenta.
  Viene a colación esta anécdota cinematográfica a raíz de la puesta en circulación de un disco que desde que se anunció causó una enorme expectación: The Art of McCartney (Arctic Poppy, 2014) y que al fin ha salido a la venta.
  Se trata de un homenaje a las composiciones de Paul McCartney, tanto las que escribió con los Beatles como las que ha hecho en solitario, interpretadas por una impresionante pléyade de músicos de todas partes, de varios géneros y de diferentes generaciones.
  Uno ve la lista de participantes, antes de escuchar los dos discos que conforman el álbum, y no puede más que pensar que se encuentra frente a un verdadero manjar de dioses. Sin embargo, una vez que se escucha el larguísimo set de treinta y cuatro canciones (y al parecer hay una versión triple con cuarenta y dos), las cosas ya no son tan idílicas como se prometía. Veamos.
  ¿Quiénes participan en The Art of McCartney? Bob Dylan, Brian Wilson, The Cure, Kiss, Billy Joel, Roger Daltrey, Jeff Lynne, Steve Miller, Willie Nelson, Barry Gibb, Heart, Cat Stevens, Harry Connick Jr., Jamie Cullum, Def Leppard, Dr. John, Chrissie Hynde y varios más. Como se ve, una alineación fantástica. Entonces, ¿dónde está la falla, dónde la carencia, dónde el motivo de que no sea un tributo extraordinario?
  Por raro que parezca, la mayor parte de los participantes no mostró lo mejor de sí y en su mayoría suenan rutinarios y sin inventiva. Casi todos tomaron su respectiva canción y la respetaron demasiado o no les interesó darle un toque personal, algo que la convirtiera en algo distinto. No hay quien que haya hecho lo que a fines de los sesenta hizo Joe Cocker con “With a Little Help from My Friends”, al transformarla prácticamente en otra canción incluso mejor que la original, o, muy recientemente, lo que lograron los Flaming Lips al darle la vuelta y deconstruir completo y por completo el Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band en su delirante With a Little Help from my Fwends, aparecido hace apenas unas semanas.
  Uno escucha, por ejemplo, “Jet”, con Rick Nielsen y Robin Zander, y prefiere mil veces la versión de los Wings. Lo mismo sucede con “Hi Hi Hi”, de la cual Joe Elliot apenas hace un cover simpático. Así también con “Got to Get You into My Life (Perry Farrell), “Hey Jude”(Steve Miller), “Eleanor Rigby” (Alice Cooper), “Drive My Car” (Dion), “Hello Goodbye” (The Cure), para no hablar de los crímenes de lesa humanidad que hicieron Barry Gibb con “When I’m 64” y Billy Joel con la bellísima “Maybe I’m Amazed”. El horror.
  Sin embargo, hay cosas muy rescatables en el álbum (aunque casi nadie se apartó del librito). A Roger Daltrey le quedó como anillo al dedo “Helter Skelter”, mientras que Bob Dylan hace una muy rasposa y sabrosa versión de “Things We Said Today”. A la voz de Paul Rodgers le queda muy bien “Let Me Roll It” y Dr. John brinda una perfecta “Let ‘Em In”. Otras buenas versiones son las de Chrissie Hynde en “Let It Be”, Allen Toussaint en “Lady Madonna”, Toots Hibbert en “Come and Get It”, Jeff Lynne en “Junk” y BB King en “On the Way”.
  Pero quienes a mi modo de ver hacen honor a su trabajo, con interpretaciones en verdad espléndidas, son el gran Smokey Robinson con “So Bad”, a la que dio un toque impecable de soul, y, muy especialmente, la extraordinaria cantante británica Corinne Bailey Rae con su finísima y delicada forma de abordar “Bluebird” (por cierto, nadie incluyó “Blackbird”, de la que alguna vez Stephen Stills hiciera una entrañable versión).
  The Art of McCartney no es lo que pudo ser. No sé si el propio ex beatle puso como condición que sus composiciones no fueran movidas demasiado, pero el resultado, pienso, al final deja bastante que desear.
  Como alternativa, recomiendo el disco Listen to What the Man Said (Oglio Records, 2001), en el que dieciséis grupos y solistas “alternativos” brindan un mucho mejor homenaje al buen Paul. Gente como Robyn Hitchcock, Matthew Sweet, Semisonic, They Might Be Giants y varios poco conocidos pero efectivos intérpretes entregan un trabajo muy satisfactorio.
  Let It Be.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Napster

El azote para la industria discográfica nacional no es Napster sino Tepito. La crisis que hoy viven las compañías disqueras en México alcanza niveles alarmantes y sus directivos no encuentran la manera para superar el gravísimo problema. Por un lado, la piratería se ha convertido en una industria alterna cada vez más sofisticada y tecnificada, cuyos bajos precios no tienen comparación alguna con los de los discos legales, y en un país en crisis como el nuestro, es obvio que el escaso poder adquisitivo de los consumidores se inclina por lo más barato. ¿Hay salida para las trasnacionales discográficas e incluso para las empresas más pequeñas, las cuales también se ven afectadas? Cuando en una tienda establecida un disco cuesta ciento cincuenta o doscientos pesos y en el mercado negro se consigue en quince o veinte, con igual calidad de sonido e incluso con la portada casi idéntica, las cosas se complican. Los esfuerzos de las disqueras por ahora se han limitado a tomar medidas de lo que llaman marketing, es decir, poner más atención al disco como objeto bello en cuanto a su arte y diseño, realizar ofertas esporádicas o concursos para regalar algunos ejemplares, etcétera. Sin embargo, se trata de meros paliativos que no van al fondo del asunto. Porque a nuestro modo de ver, mientras los precios de los compactos sigan por las nubes, los piratas tendrán todas las de ganar. Y es perfectamente posible bajar esos precios que han llegado a niveles desorbitados, sobre todo en México, donde cada unidad es vendida al doble o al triple de su verdadero valor, lo que genera una plusvalía salvaje que hoy se revierte contra los fabricantes. Por eso, la guerra contra Napster ha sido una ridiculez. ¿Cuánto podría afectar a la industria dicho sitio de internet comparado con las enormes pérdidas que les asesta la piratería? Sin duda se fueron contra el enemigo equivocado.

(Editorial "Ojo de mosca" que escribí en 2001, para La Mosca en la Pared No. 51 del mes de octubre de ese mismo año).

martes, 9 de diciembre de 2014

Bobby Keys, el sax inmortal

Hay músicos fuera de serie que suelen jugar roles secundarios y cuyo nombre permanece ignorado por las mayorías, a pesar de que sus interpretaciones hayan sido escuchadas por mucha gente. ¿Recuerda usted el rasposo solo de saxofón a la mitad de “Brown Sugar” de los Rolling Stones o el sax cachondo y con cierto toque “latino” al final de “Can’t You Here Me Knocking” del mismo quinteto británico? Quizás se acuerde del solo de sax en la versión a “The Letter” de Joe Cocker o tal vez, si es usted beatlemano, le venga a la memoria el solo de saxofon en “Wherever Gets You Trou the Night” de John Lennon.
  ¿Qué tienen en común todas esas partes de sax? Que las ejecutó un mismo intérprete: el extraordinario Bobby Keys, uno de esos músicos excelsos que difícilmente son reconocidos por lo que suele llamarse “el gran público.
  Nacido en Texas en 1943, Keys empezó a tocar el saxofón desde la adolescencia y a los quince años ya colaboraba con gente como Buddy Holly y Bobby Vee. En 1964 conoció en persona a los Rolling Stones, durante una visita del grupo a San Antonio, y de ahí partió una camaradería y una colaboración que se extendería por varias décadas. En especial, su amistad con Keith Richards lo hizo ser prácticamente un stone más.
  Gracias a su enorme talento y al muy reconocible sonido de su sax, no sólo participaría con las Piedras Rodantes a partir de su álbum Let It Bleed de 1969, sino con otros héroes legendarios del rock como George Harrison, John Lennon, Elvis Presley, Eric Clapton, Joe Cocker, Leon Russell, Donovan, BB King, Delaney & Bonnie, Graham Nash, Harry Nilsson y muchos más. El equipo que formó con el trompetista Jim Price estuvo presente en muchos discos hoy clásicos.
  Era un virtuoso en el sax tenor, el sax barítono y el sax alto, aparte de ser un tipo amigable que sabía hacerse querer. Nunca dejó de tocar y todavía en 2013 tuvo su última gira con los Rolling Stones.
  Bobby Keys falleció este 2 de diciembre, de una cirrosis hepática, a los setenta años de edad. Descanse en paz esta leyenda de la época de oro del rock.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del oroficio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).

lunes, 8 de diciembre de 2014

Un poema de Efraín Huerta

(Ilustración: Armando Gámez)
Absoluto amor

Como una limpia mañana de besos morenos
cuando las plumas de la aurora comenzaron
a marcar iniciales en el cielo. Como recta
caída y amanecer perfecto.

Amada inmensa
como una violeta de cobalto puro
y la palabra clara del deseo.

Gota de anís en el crepúsculo
te amo con aquella esperanza del suicida poeta
que se meció en el mar
con la más grande de las perezas románticas.

Te miro así
como mirarían las violetas una mañana
ahogada en un rocío de recuerdos.

Es la primera vez que un absoluto amor de oro
hace rumbo en mis venas.

Así lo creo te amo
y un orgullo de plata me corre por el cuerpo.

(Lo reproduzco como un homenaje a uno de mis poetas favoritos, antes de que termine este año, el del centenario de su nacimiento).

domingo, 7 de diciembre de 2014

Fredric Brown y el humor sci fi

De los muchos géneros y subgéneros literarios que existen, quizá sea la ciencia ficción (o ficción científica, como prefería llamarla Borges) una de las que menos se prestarían al uso del humor y la ironía. Sus historias fantásticas –pero fundamentadas, al menos en apariencia, en hechos o supuestos basados en la ciencia y la tecnología– no parecerían ser campo propicio para la ironía, el gag o la parodia.
  Sin embargo, hubo un autor estadounidense que rompió con la seriedad y la solemnidad del género, alguien que vio en el mismo la posibilidad de dar rienda suelta a su facilidad para la ligereza incluso cómica en terrenos que exigían rigor y hasta cierto tufo de respetabilidad
  Fredric Brown (1906-1972) fue un sujeto singular. Mal estudiante, abandonó la universidad para dedicarse al malhadado oficio de escritor de narraciones policiacas y de sci fi. Para ello, debió pasar primeramente por el purgatorio de trabajar como corrector y reportero en diversos periódicos provincianos. De hecho, no fue sino hasta después de cumplir cuarenta años que pudo dedicarse de lleno a la escritura de novelas y cuentos que, dado su singular estilo, lograron un enorme éxito.
  Brown no poseía la gracia filosofal de Mark Twain, la chispa irresistible de Charles Dickens, la comicidad desatada de Evelyn Waugh o la ironía desencantada de Raymond Chandler. Su humor era quizá más áspero, más rústico, pero no menos efectivo y, aplicado especialmente a la literatura de anticipación, resultaba innovador y desconcertante.
  Entre sus novelas más célebres y recomendables están La caza del asesino (Ediciones Forum), divertida historia negra que en 1958 se convertiría en una película estelarizada por la legendaria Anita Ekberg, y Universo de locos (Orbis). Esta última, llamada en inglés What Mad Universe (1949),  es de hecho una sátira a los relatos de ficción científica de mediados de los cuarenta y sirvió de inspiración al gran Philip K. Dick para escribir varias de sus narraciones. Otro título estupendo de Brown es Marciano, vete a casa (Martians, Go Home, Orbis), en la que narra una delirante invasión marciana a la Tierra y en la cual se inspiraría el cineasta Tim Burton para realizar su enloquecida cinta Marcianos el ataque de 1996.
  Para los freaks de la serie televisiva Viaje a las estrellas (Star Trek), hay que mencionar que uno de los cuentos más famosos del autor, “Arena”, fue adaptado para un capítulo de ese programa, a fines de los años sesenta.
  Si el ya mencionado Raymond Chandler tenía a su Philip Marlowe y Dashiel Hammett a su Sam Spade, Fredric Brown creo a su propio detective investigador, Ed Hunter, quien trabajaba al lado de su tío Am, y apareció en varias novelas policiacas del escritor. Esta faceta, la de autor de la serie negra, es menos conocida en Brown que la que lo identifica con la ciencia ficción, pero resulta tanto o más divertida.
  Prolífico y diverso, Fredric Brown ha sido casi olvidado. Recuperarlo y leerlo es, antes que nada, un ejercicio de placer.

(Publicado ayer sábado en la sección "De culto" del suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario)

sábado, 6 de diciembre de 2014

La guerra de las percepciones

A final de cuentas, lo que estamos viviendo es sobre todo una guerra de percepciones, de visiones inducidas, a veces perversamente inducidas
  Un ejemplo: al final de una de las primeras marchas por lo de Ayotzinapa, un grupo de manifestantes formó con veladoras la frase “Fue el Estado”. La foto, desde una perspectiva aérea, se difundió profusamente. Muchos se dijeron conmovidos. En seguida, las tres palabras se convirtieron en hashtag de las redes sociales y de ahí se transformaron en certeza, luego en dogma y finalmente en consigna política. ¿Se trató de algo espontáneo o inducido?
  Si uno analiza las cosas, hasta ese momento nadie había culpado abiertamente “al Estado” por la desaparición de los normalistas en Iguala, pero luego de aquella noche, todos los que protestaban comenzaron a hacerlo. Se creó entre la masa una percepción, así esta no correspondiera a la realidad. Mucha gente comenzó a culpar al Estado, aunque en realidad culpaban al gobierno y no al de Iguala o al de Guerrero, sino al federal, lo que desvió la atención y ocultó a los verdaderos culpables del crimen. ¿Quiénes planearon formar aquella frase con veladoras? ¿Se les ocurrió de pronto a varios espontáneos? ¿Fue algo preconcebido? Son preguntas que se me ocurren.
  De igual manera se manejó la percepción de que el presidente de la república debería renunciar, todo a partir de una declaración de Andrés Manuel López Obrador que se convirtió en hashtag (#renunciaEPN), en dogma y en consigna y que, como por acto de magia, dejó de usarse a partir del 1 de diciembre.
  La cuestión es que ante esto, el gobierno no parece tener una estrategia y las percepciones inducidas logran su cometido sin que los afectados metan las manos. Dicen que en el amor y la guerra todo se vale y hay quienes no cejan desde sus medios impresos, electrónicos y virtuales para seguir creando incertidumbre y una percepción distorsionada de la realidad nacional que muchos repiten en automático y justifican en nombre de La Causa. En ese plano, el gobierno (y no “el Estado”) está perdiendo una batalla esencial.

(Publicado hoy en mi columna "Camara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 5 de diciembre de 2014

King Crimson / Beat (1982)

Uno de los trabajos menos conocidos de la amplia discografía de este grupo, siempre encabezado por el enorme Robert Fripp. Beat es una maravilla de inventiva, creatividad y sensibilidad. Un disco progresivo muy caliente.

Mejor tema: “Heartbeat”

jueves, 4 de diciembre de 2014

La paz

Sin la paz
en el mundo habría guerra.
Sin la paz
no habría amigos en la Tierra.
Sin la paz
nos quedaríamos solos,
porque peleando
estaríamos todos.
Yo quiero que siempre haya paz
y que los niños podamos jugar.

(Poema escrito por mi hijo Alain cuando tenía nueve años de edad. Está fechado el 15 de abril de 1991)

martes, 2 de diciembre de 2014

Pascuala Ilabaca

Para Mixtlantziwatl

Parece chiste, pero juro que fue cierto. Cuando una querida amiga me recomendó a esta intérprete chilena y yo escuché su nombre, me pareció que me estaba tomando el pelo: “¿Pascuala y la vaca? ¿Así se llama?”. Imaginé que hacía canciones humorísticas o que era de plano cantante de ese folclor sudamericano que tan de moda estuvo en los años setenta del siglo pasado y que hoy han retomado las buenas y políticamente correctas conciencias.
  Mi amiga me deletreó entonces el nombre correcto: Pascuala Ilabaca. La busqué, la escuché y aunque no estuve tan errado en la cuestión folclórica, hay que decir que esta joven andina incluye en su repertorio varias piezas de ese tipo (en especial temas de Violeta Parra), pero les da la vuelta y las fusiona, de manera muy creativa, con rock, world music y otros géneros.
  Me saco el sombrero (2014) es el más reciente disco de Ilabaca, dueña de una voz muy bella y melódica (por fortuna más en el estilo de la catalana Silvia Pérez Cruz que, digamos, de Carla Morrison o Natalia Lafourcade). Su estilo, aunque como dije emparentado con el folclor de Chile, recuerda de pronto a la primera Julieta Venegas, aquella de composiciones como “Esta vez” o “De mis pasos”. Incluso, como Julieta, Pascuala también toca el piano y el acordeón. Sin embargo, confiesa que sus mayores influencias son Janis Joplin y Violeta Parra (de hecho, su disco debut de 2008 está conformado enteramente por canciones de la legendaria cantautora chilena).
  Nacida en Valparaíso en 1985, Ilabaca forma parte también del grupo de música étnica Samadi. Como solista, se hace acompañar por la banda La Fauna y ha grabado cinco álbumes, contado este Me saco el sombrero, conformado por nueve temas, entre los que destacan versiones muy novedosas e interesantes de “El arado” y “La luna siempre es muy linda”, ambas de Víctor Jara, y “Los estudiantes”, de Violeta Parra, así como poemas de Gabriela Mistral musicalizados por la propia cantora.
  Lo suyo podría definirse como neofolk sudamericano. Una propuesta musical, la de Pascuala Ilabaca, a la que vale la pena asomarse.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 1 de diciembre de 2014

Jack Bruce en el cuarto blanco

Las leyendas vivientes se convierten en mito cuando dejan de estar físicamente entre nosotros. Hay mitos que no alcanzaron a ser leyendas vivas, debido a que murieron jóvenes (como los miembros del célebre club de los 27) y su trascendencia se hizo mayor una vez que partieron del mundo. Sin embargo, aquellos que logran sobrevivir al fuerte trajín existencial del sexo, las drogas y el rock ‘n roll y que rebasados los sesenta, los setenta y hasta los ochenta años siguen con el corazón latiente y hasta en plena actividad; aquellos que en vida logran gozar del estatus de leyendas, siempre serán doblemente afortunados.
  Jack Bruce era una de estas leyendas. Lo fue hasta el pasado 25 de octubre, cuando un padecimiento en el hígado lo envió a la tumba a los setenta y un años de edad. Su enorme fama la debía básicamente a un breve periodo de su biografía, el que va de 1966 a 1969. Tres años apenas que lo llevaron a las máximas alturas, al firmamento del rock, por ser uno de los tres integrantes del primer supergrupo de la historia: Cream.
  Como es sabido, se conoce como supergrupo a aquel que reúne sólo a músicos consagrados y cuando Cream se formó, en 1966, sus tres miembros venían antecedidos de un envidiable palmarés musical. Eric Clapton, su líder, segunda voz y guitarrista, a sus entonces veintiún años, ya había pasado por los Yardbirds y por los Bluesbreakers de John Mayall. Ginger Baker, su baterista, a los veintisiete había estado, entre otras, en las bandas de Alexis Korner y Graham Bond, dos de los patriarcas, junto con Mayall, de lo que sería la explosión del rock británico. Por su parte, Jack Bruce, el bajista y primera voz, entonces de veintitrés años, había participado en los proyectos de esos tres patriarcas.
  Con Clapton, Baker y Bruce en plenitud de forma y gracias a éxitos como “Sunshine of Your Love” o “White Room”, el a la vez fino y estruendoso Cream se catapultó a la fama, el dinero y los excesos de manera vertiginosa; por eso, su existencia llena de diferencias y conflictos internos duró tan poco. El trío sólo grabó cuatro álbumes en estudio (Fresh Cream, 1966: Disraeli Gears, 1967; Wheels of Fire, 1968; Goodbye, 1969) y dos más en concierto. Su postrera e histórica presentación en público fue en el Royal Albert Hall de Londres, el 26 de noviembre de 1968, unos meses antes de que apareciera su último disco. Los tres músicos casi no se dirigían la palabra y en esa ocasión arribaron cada uno por separado. Ya no eran amigos.
  Después de “La Crema” (cómo le decían en México los locutores de la radio roquera), Jack Bruce anduvo artísticamente de aquí para allá. Grabó un álbum como solista (el estupendo Songs for a Taylor de 1969), al que seguirían muchos más que no lograron demasiada trascendencia. También se unió a diversas agrupaciones –algunas de ellas bastante efímeras– y no sería sino hasta 1993 que volvería a juntarse con sus antiguos coequiperos, para asistir a la ceremonia en la que Cream fue introducido en el Salón de la Fama del Rock. Ahí platicó con Ginger Baker y decidieron hacer algo juntos. El resultado fue el trío BBM, al lado del guitarrista Gary Moore. No obstante, poco sucedió con ese experimento hoy prácticamente olvidado. Doce años más tarde, en 2005, Cream se reuniría inesperadamente para realizar cuatro conciertos en Londres y tres en Nueva York. Jamás volverían a tocar juntos.
    En 2003, a Bruce le diagnosticaron cáncer en el hígado y se sometió a un exitoso trasplante. Continuó su carrera como solista y en marzo de este año sacó un nuevo álbum, el magnífico Silver Rails (Esoteric Antenna, 2014). Ya sin aquella potente y afinada voz que lo hiciera famoso, el músico mostró sin embargo que al entrar en su octava década de vida aún poseía el suficiente vigor para ejecutar un rock potente, seco, poderoso, pero con un amplio sentido armónico y melódico. Algunas piezas, como “Rusty Lady”, muestran que la influencia de Cream seguía en sus poros y en su mente, pero en otras lo que se escucha es una música muy fina y diferente (por ejemplo, en “Industrial Child”), a lo que ayudó la participación de músicos de primer orden, como los casi igualmente legendarios guitarristas Phil Manzanera y Robin Trower y el tecladista de jazz John Medeski.
  Silver Trails fue, involuntariamente, el testamento musical de Jack Bruce. Descanse en paz en su cuarto blanco.

(Publicado este mes de diciembre en el No, 444 de la revista Nexos)

domingo, 30 de noviembre de 2014

When Harry Met Sally

Nunca había visto este clásico de las comedias románticas dirigida por Rob Reiner en 1989 y la verdad es que me había perdido de una cinta muy divertida, fina y confortante. Conocía la famosa escena del orgasmo fingido por Sally en el restaurante, pero desconocía la trama, armada a base de encuentros de los dos personajes (interpretados esplendorosamente por Billy Cristal y Meg Ryan, preciosa ella y en su mejor momento) y esos diálogos de antología, casi woodyallenescos en su sarcasmo.
  Una joyita del cine de comedia.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Carta al ingeniero

Al escribirle esta carta, parto del respeto y la admiración que siempre le he guardado. No sé si su decisión de abandonar al partido que usted mismo fundó sea la más acertada, aún no lo tengo claro, pero estoy cierto de que fue una decisión difícil y largamente meditada.
  Me da mucha tristeza ver el trato que a últimas fechas se le ha dado, sobre todo por parte de quienes antes lo seguían, lo buscaban, lo defendían y hasta lo glorificaban. Qué pronto olvidan. Decían que era usted su líder moral y de pronto lo tratan de la peor y más vil manera, como el día, más o menos reciente, en que asistió a una marcha en apoyo a Ayotzinapa y un grupo de vándalos (y estos no eran anarcos) no sólo lo llenó de improperios (le gritaban “asesino”, ¡por todos los cielos!), sino que estuvo a punto de agredirlo físicamente. Bien sabemos a quién responden esos sujetos y a qué intereses políticos sirven.
  Ahora que dejó usted al PRD, leo en redes sociales la vulgar manera como lo juzgan tantos puros e inmaculados hijos de la corrección política; cómo se refieren a usted, sin entender (como si les importara entender) que muchos de los logros y libertades de las que hoy gozamos (entre ellas la de expresión y la de manifestación) no habrían sido posibles de no ser por su lucha en pro de la democracia y sin el antecedente de personalidades como usted o como otro ingeniero y político ejemplar, Heberto Castillo, además de muchos más.
  A veces no estoy de acuerdo con sus propuestas y opiniones, pero reconozco en su persona a un líder honesto que tuvo no sé si el mal tino de elegir como su sucesor a quien desde un principio se encargó de minar su liderazgo y su prestigio, en aras de ser él quien se quedara con el partido que usted había construido al lado de tanta gente. A partir de ahí, el PRD empezó a pudrirse y ahora vemos los tristes y lamentables resultados.
  Hoy, la autodenominada izquierda está más dividida que nunca y el destructor se dispone a recoger los pedazos. ¿Sabe? Viéndolo bien, creo que hizo lo correcto al alejarse.
  Un abrazo y todo mi respeto, ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 28 de noviembre de 2014

The Residents / The King & Eye (1981)

No es ciertamente del mejor disco de este estrambótico e indescriptible grupo. No obstante, se trata del más bizarro antihomenaje a Elvis Presley del que se tenga memoria. Una obra muy pero muy poco convencional y muy pero muy poco apta para fanáticos de “El rey”.

Mejor tema: “Blue Suede Shoes

jueves, 27 de noviembre de 2014

You're Dead! (el nuevo disco de Flying Lotus)

Cuando el rhythm n’ blues, el jazz, la electrónica, el hip-hop y la música de vanguardia se funden, dan como resultado un sonido como el de Flying Lotus. Música elaborada, complicada, de difícil acceso, pero a la que una vez que se penetra resulta imposible (e indeseable) escapar.
  Steven Ellison es el miembro único de este proyecto personal que, sin embargo, abarca a un buen número de músicos invitados que dan cuerpo y sustancia al espíritu creador del cerebro y corazón de este Lotus volador.
  Con cuatro discos anteriores en su haber (los extraordinarios 1983, de 2006; Los Angeles, de 2008; Cosmogramma, de 2010; Until the Quiet Comes, de 2012), llega ahora este You’re Dead!, otro larga duración tan impresionante como impredecible. Ellison (sobrino nieto de Alice Coltrane, la esposa del genio John Coltrane y gran pianista de jazz ella misma) ha logrado una evolución artística notable que se refleja en la brillante complejidad de su nuevo opus.
  Diecinueve son los cortes, en su mayoría de menos de dos minutos, que componen a You’re Dead!, grabación que inicialmente estaba planeada como un álbum doble y que, sin embargo, fue siendo pulida poco a poco  hasta dejar todo en escasos treinta y ocho minutos de duración.
  Respecto al título, en un principio Ellison lo escogió como una especie de homenaje humorístico a ciertos comics, pero la idea fue cambiando al mezclarse en su ánimo las muertes de varias personas muy cercanas a él: su madre, su padre, una de sus abuelas y sus dos tíos abuelos, es decir, Alice y John Coltrane. Por ello el disco terminó como un homenaje póstumo a sus parientes, aunque conservó su nombre original.
  Steven Ellison volvió a reunir a sus músicos de confianza, mismos que han estado a su lado en trabajos anteriores, especialmente Cosmogramma y Until the Quiet Comes. El bajista y cantante Thundercat, el baterista Deantoni Parks y el saxofonista Kamasi Washington constituyen la base instrumental a partir de la cual se armó la estructura principal de los temas.
  A ellos se sumó una buena cantidad de gente invitada, entre ella intérpretes tan famosos como Herbie Hancock, Snoop Dog, Kendrick Lamar y la integrante de Dirty Projectors Angel Deradoorian.
  You’re Dead! tiene una continuidad entre tema y tema que casi lo hace una obra sinfónica, lo cual se nota desde el corte abridor, de ecos progresivos que remiten lo mismo a Emerson, Lake & Palmer que a las obras más free jazz de John Coltrane.
  Hay en el disco extraordinarias partes de guitarra, pasajes de salvaje disonancia, momentos de calma elegiaca, atmósferas siniestras que de pronto se convierten en paisajes celestiales, coros y voces espaciales (muy en el estilo de Janelle Monáe), teclados ominosos, detalles chuscos, rapeos intensos, melodías de enorme belleza, todo en una combinación sin baches o recaídas, con una intensidad que se mantiene a lo largo de todo el álbum. Es un alucinante viaje sin escalas que nos lleva lo mismo a las puertas del paraíso que a los rincones más oscuros y ardientes del infierno.
  Una obra magnífica.

(Publicado en la sección de discos del sitio de la revista Marvin)

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La Mosca y yo: Juan Alberto Vázquez

Si hace dos lustros más bien mugrosos no hubiese nacido La Mosca en la pared, otro escenario editorial nos cantara. Por fortuna, algún insensato tuvo el tino de juntar a Hugo García Michel y Fernando Rivera Calderón, infernal mancuerna que -hacinada con otros miembros del equipo en un cuartucho frente a los Viveros de Coyoacán, donde trota Jorge Serrano Limón- le halló un rumbo, no tan solemne y lambiscón, a la crítica musical. Por ellos, por los fans de Saúl Hernández (parte esencial del proyecto), por Carlos Monsiváis (de quien aún se espera su primera colaboración) y por todos los insectos que colaboran en éste monárquico vuelo, alzo mi copa y digo “japy berdey, Big Mama Flay.

Juan Alberto Vázquez

*Publicado originalmente en La Mosca No. 82, febrero de 2004, número del décimo aniversario moscoso.

martes, 25 de noviembre de 2014

¿Un Pink Floyd innecesario?

Escuchar The Endless River (Rhino, 2014), el nuevo disco de Pink Floyd, me provoca reflexiones y sentimientos encontrados. No puedo decir que no me guste, que me parezca malo o que David Gilmour y Nick Mason no tengan derecho a sacar un álbum bajo el nombre del mítico grupo inglés y sin embargo…
  The Endless River es, según se dice, la obra final de Pink Floyd. No obstante, Roger Waters podría mañana amanecer con ganas de sacar su propio disco pinkfloydiano postrero y nadie tendría por qué reclamárselo. A lo que voy es a que me cuesta trabajo decir que este es, estrictamente, un disco de Pink Floyd. Lo veo más como un plato de Gilmour, con la ayuda de Mason y de varios amigos que poco o nada tienen que ver con el cuarteto que produjo maravillas como Ummagumma, Atom Heart Mother, The Dark Side of the Moon, Wish You Were Here o Animals.
  Cierto que hay ecos de todos esos discos en el nuevo opus, pero yo lo veo más como una continuación de los álbumes sin Waters, en especial, The Division Bell. Aparte, está el hecho de que se trate de una colección de veintiún piezas instrumentales de gran brevedad y con un solo tema cantado (“Louder Than Words”), además de la presencia de gente ajena a Pink Floyd, como Andy Jackson o Phil Manzanera, enormes músicos, pero que a mi modo de ver no deberían estar en un disco de los creadores de A Saucerful of Secrets o Meddle. Quizá me vea demasiado ortodoxo, pero es así como lo percibo.
  En cuanto al trabajo en sí, The Endless River tiene todo el sonido de la agrupación, esas pausadas y enormes olas de sonido con los teclados del fallecido Richard Wright (porque mucho del material utilizado había sido grabado hace varios años) y las inconfundibles guitarras de David Gilmour que de tan inconfundibles de pronto llegan a sonar repetitivas y rutinarias. Insisto, no es un disco malo, pero no sé si era necesario ponerlo en circulación, incluso para sus seguidores más aferrados.
  Tal vez el álbum póstumo de Pink Floyd debió ser The Wall, de 1979. Lo que vino después, ya no fue lo mismo.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 24 de noviembre de 2014

El metal

Música de minorías. Eso es el metal, en todas sus variantes, hoy día. Si durante los setenta y parte de los ochenta fue uno de los géneros dominantes y en los noventa tuvo un par de resurgimientos a nivel masivo, puede decirse que en estos primeros años del nuevo siglo las cosas no han sido tan fáciles para los grupos metaleros. En una época dominada por el pop, el hip hop, los sonidos electrónicos bailables y el rock más comercial (llámese happy punk, rock pop o incluso nü metal), el heavy metal o rock pesado no tiene ya la aceptación popular de otros días e incluso celebraciones como el Ozz Fest viven una total decadencia. Bandas como Metallica que en un momento dado pudieron ostentarse como herederas de Led Zeppelin, Deep Purple, Black Sabbath, Iron Maiden o incluso Kiss, terminaron doblegadas ante el brillo del oro y la plata e ingresaron al llamado mainstream con una facilidad pasmosa. El metal se refugió entonces en las catacumbas y ahí permanece, tal vez para resurgir en un momento más propicio, tal vez para quedarse en esos oscuros y húmedos parajes para siempre. Sin embargo, la historia de este género puede presumir de un gran linaje y de haber dado al rock algunas de sus páginas más memorables y hasta gloriosas. Desde la frase “heavy metal thunder” de William Burroughs incluida en “Born to Be Wild”, el riff de “Smoke on the Water” y la majestuosidad eterna de “Stairway to Heaven” (acabo de escucharla con todos los sentidos atentos, con toda la percepción abierta, a un lado del estéreo a todo volumen, sintiendo en el cuerpo las vibraciones de las guitarras suntuosas de Jimmy Page, los bajos precisos de John Paul Jones, la batería estruendosa y exacta de John Bonham y la voz celestial de Robert Plant y me ha hecho llorar sin remordimientos), hasta la actitud inquebrantable de agrupaciones como Slayer, Motörhead, Napalm Death o Entombed, el alguna vez llamado rock pesado tiene de qué enorgullecerse y por qué seguir con vida, no importa si su público actual resulta minoritario. A final de cuentas, la calidad muy pocas veces posee una relación directa con la cantidad y eso vale para todos los órdenes de la vida: para la literatura, para la política, para las relaciones humanas, para el amor y, por supuesto, para la música.

(Publicado en mi editorial "Ojo de mosca" de La Mosca en la Pared No. 76, noviembre de 2003).

domingo, 23 de noviembre de 2014

"... y de pronto todo el mundo me hace falta"

"Et soudain tout le monde me manque", se dijo Eli, uno de los dos personajes principales de esta espléndida y agridulce comedia francesa, cuyo título es precisamente esa frase y con la que este hombre de sesenta años, interpretado magníficamente por Michel Blanc, explica por qué se retiró de ser un contrabajista de jazz, en constantes giras, para establecerse y poner un negocio de telas: extrañaba su vida pasada, extrañaba a su segunda esposa, extrañaba a sus dos hijas adultas (fruto de su primer matrimonio), pero ese regreso no fue muy bien visto que digamos por éstas, en especial por la bellísima y complicada Justine (Melanie Laurent).
  Acabo de ver esta cinta, dirigida por Jenniffer Devoldère,  y quedé encantado, como hacía mucho no quedaba luego de ver una película (creo que la anterior que causó ese efecto en mí fue Whatever Works de Woody Allen). Se trata de una absoluta delicia, un filme típicamente francés, pero con un ligero toque justo de Woody Allen, quizá porque Eli es de origen judío.
  No contaré la trama, sólo diré que la historia se centra en la relación entre Eli y Justine, esa relación de amor y reclamo que hay entre padre e hija (ella ya una profesional en sus primeros años treinta) y que el humor que se maneja es de una finura maravillosa, con un ligero tono irónico que invade felizmente a la cinta toda.
  Las escenas entre Blanc y Laurent son de antología, pero el resto de los personajes también resultan muy importantes y disfrutables en sus historias particulares.
  Una gran película, de esas que hay que tener en el mueble de los DVD.

sábado, 22 de noviembre de 2014

De infiernos y buenas intenciones

En ocasiones, los dichos populares siguen siendo válidos y en este momento histórico de nuestro país, aquel que reza que el camino hacia el infierno está empedrado de buenas intenciones resulta más que vigente y real.
  Conozco a muchas personas que se encuentran sinceramente conmovidas e involucradas en el caso Ayotzinapa y que con la mejor de las intenciones participan en las marchas de protesta y emplean las redes sociales para promover su genuina indignación, su válido enojo. No tengo la menor duda de su compromiso, su buena voluntad y sus nobles sentimientos (y no hay el menor sarcasmo en mis palabras).
  Lo que resulta avieso e imperdonable es que esa buena voluntad, esos nobles sentimientos, sean utilizados por intereses económicos y políticos que manipulan a gente bien intencionada, sin que ésta se dé cuanta cabal del modo como la están usando.
  Puedo sonar ofensivo contra esas personas y por supuesto negarán que están siendo manejadas por oscuras y siniestras manos (siniestras, en los dos sentidos del término), cuyo único fin es sacar raja de esa indignación y ese enojo, pero también de la incertidumbre, de la inestabilidad y del miedo.
  Lo que sucedió este 20 de noviembre, cuando una triple manifestación pacífica fue infiltrada por grupos violentos (que pueden ser pagados o no), provocando la intervención de la policía (habría sido una imprudencia que otra vez no interviniera), está siendo de nueva cuenta aprovechado por quienes sueñan con un virtual golpe de Estado para entronizarse en el poder. Sueño guajiro, pero en el que están empeñados y no se detienen ante nada para lograrlo (aunque saben que eso no va a suceder).
  Se dijo, desde esa trinchera, que este 20 de noviembre se iniciaría la nueva revolución, como si ésta se diera por generación espontánea. Para que se produzca una revolución tiene que haber condiciones objetivas, no percepciones subjetivas.
  La gran manipulación es cada vez más clara y no sé hasta donde dará la liga que con tanto afán siguen estirando algunos, envalentonados desde su ya no tan oculto escondite. Esa mano sí se ve.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 21 de noviembre de 2014

Manassas / Manassas (1972)

Stephen Stills reunió a un grupo de grandes músicos (entre ellos el ex The Birds Chris Hillman) para producir un álbum doble asombroso, a la altura del Exile On Main Street de los Rolling Stones. Toda una revisión de la música estadounidense –folk, blues, country, bluegrass, rock- en una verdadera obra maestra, hoy día increíblemente ignorada.

Mejor tema: “Johnny’s Garden”



jueves, 20 de noviembre de 2014

La saga de Antoine Doinel

Una escena de "Domicilio conyugal".
El personaje de Antoine Doinel es el más importante de toda la filmografía de François Truffaut. La razón es muy simple: se trata del álter ego declarado del propio realizador, un personaje que retrata y reproduce su existencia emocional, su relación con las mujeres (incluida su madre), su modo de ser contradictorio e inseguro, sus ambiciones, sus ambivalencias, sus fantasías, sus ilusiones, sus frustraciones y, al final, su amor por la vida.
  A lo largo de dos décadas, de 1959 a 1979, en cinco películas (cuatro largometrajes y un corto que formó parte de la cinta colectiva El amor a los veinte años, de 1962), Truffaut nos transmitió sus sentires por medio de ese muy peculiar varón, en una saga tan divertida como entrañable y conmovedora.
  Para interpretar a Antoine Doinel, el director eligió a un jovencito inexperto de catorce años, llamado Jean-Pierre Léaud, quien acudió a hacer el casting para el papel principal de su cinta debut, la laureada y casi mítica Los 400 golpes, y de inmediato fue elegido por su singular y espontánea personalidad. Truffaut lo adoptó de alguna manera y revivió al personaje tres años después, en Antoine y Colette, para retomarlo en tres ocasiones más: en 1968 con Besos robados (en la que vemos a un Antoine que salta de empleo en empleo y de amor en amor en sus primeros años veinte), en 1970 con Domicilio conyugal (en la que lo vemos ya casado y poniéndole bobamente el cuerno a su mujer) y en 1979 con El amor en fuga (en la que Doinel, ya treintón, rememora lo que fue su vida, se divorcia y se vuelve a enamorar).
  Léaud fue como un hijo adoptivo para Truffaut. Simpático, bien parecido, carismático y con un muy especial encanto, el joven actor actuó en otras cintas del realizador (como en Las dos inglesas y el continente de 1971) o en las de otros directores (como en la estupenda Masculino femenino de Jean-Luc Godard, de 1968), pero siempre será recordado por su espléndido y único Antoine Doinel, una caracterización absolutamente clásica.
  La pregunta que me hago es si François Truffaut habría filmado una sexta y hasta una séptima parte de la saga de haber seguido en el mundo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El cineasta que amó a las mujeres

"Hago películas normales para gente normal".

François Truffaut

Hay una escena inolvidable en Domicilio conyugal, la onceava película de François Truffaut, en la que el personaje de Antoine Doinel, quien ha abandonado a su mujer, Christine, por una japonesa de la que se cree enamorado, va a un restaurante a cenar con ésta y la cita resulta tan sosa que Antoine se levanta repetidamente de su mesa para telefonear a su aún conyuge y decirle lo aburrido que se encuentra y las ganas que tiene de verla. Es un momento tan absurdo como tragicómico, sobre todo cuando Antoine la dice a Christine: “Eres mi hermanita, mi hija, mi madre” y esta le responde del otro lado de la línea: “Hubiera querido ser también tu esposa”.
  Descubrí el cine de Truffaut con esta película, a principios de los años setenta. No recuerdo si la vi en el añorado cine Regis de Avenida Juárez o en la legendaria Cineteca Nacional de Calzada de Tlalpan y Río Churubusco. De lo que sí me acuerdo es del efecto que causaron sobre mí la elegancia, la sutileza, la liviandad, la ironía y la belleza en el estilo del realizador francés. Desde ese momento quedé enganchado con su cine y aunque su muerte, acaecida el 21 de octubre de 1984, hace treinta años, cortó abruptamente lo que era una fructífera carrera cinematográfica, quedó el legado de sus filmes, en su gran mayoría imperdibles, y de algunos libros, en especial esa joya en la que entrevistó largamente a uno de sus mentores: Alfred Hitchcock.
  Conozco casi completa la filmografía truffautiana (sólo no he podido ver cuatro de sus veinticuatro películas) y aunque algunas de sus obras no terminan de convencerme (en especial la a mi modo de ver sobrevalorada Fahreinheit 451 de 1966, en la que si algo se extraña es el toque del director), la gran mayoría me resultan fascinantes, en especial la saga de Antoine Doinel (el alter ego del propio François Truffaut, interpretado siempre por el singular Jean-Pierre Léaud), conformada por Los 400 golpes (1959), Antoine y Colette (1962), Besos robados (1968), la mencionada Domicilio Conyugal (1970) y El amor en fuga (1979). Otros largometrajes que resalto son Jules y Jim (1962), La piel suave (1964), La sirena del Mississippi (1969), Una chica tan linda como yo (1972), La noche americana (1973) y La mujer de al lado (1981). No obstante, si con una de sus piezas fílmicas me rindo a sus pies –y quizá lo haga más por razones de identificación personal que por motivos estrictamente cinematográficos– es con El hombre que amó a las mujeres (1978).
  Truffaut fue un gran amante de la mujer y se enamoró de algunas de las actrices a quienes dirigió, muy especialmente de Jeanne Moreau, de Catherine Deneuve, de Claude Jade y de Fanny Ardant. Con todas ellas tuvo affaires de distinta intensidad y duración. Además de eso, casi en cada uno de sus filmes las mujeres son el factor dominante, frente a los personajes masculinos, mucho más vulnerables, débiles y hasta ridículos. Pero fue en El hombre que amo a las mujeres que brindó un abierto homenaje a la belleza, la magia, la presencia, la inteligencia y la fascinación del sexo femenino. No sé si por eso el personaje principal fue interpretado por el actor Charles Denner, feo y escasamente carismático, en lugar del encantador y en momentos hasta un tanto femenino Jean-Pierre Léaud. 
  Hay mucho más que hablar de este realizador parisino, pero el espacio es poco. De la mala relación con su madre y su padrastro; de los cine clubes que organizaba en su adolescencia; de las cientos (¿o miles?) de películas que vio en aquellos años; de su estancia en una prisión juvenil; de su labor como crítico despiadado en la mítica revista Cahiers du Cinema; de sus conflictos con la vieja guardia del cine galo (con excepción de su admirado Jean Renoir); de su relación de amor-odio con Jean-Luc Godard; de su participación en las protestas callejeras para lograr la reinstalación del director de la Cinemateca Francesa, apenas meses antes del movimiento estudiantil de 1968 en Francia, al cual prefiguró; y, por supuesto, de su importante papel como uno de los fundadores de la nouvelle vague, al lado del propio Godard, de Eric Rohmer, de Jacques Rivette, de Claude Chabrol, de Jean Pierre Melville.
  François Truffaut se fue hace tres décadas exactas y uno se pregunta qué tanto le faltó por filmar. Nacido en París en 1932, falleció cuando tan sólo tenía cincuenta y dos años. Nunca dejará de extrañarse al cineasta que amo a las mujeres.

(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario).

martes, 18 de noviembre de 2014

Un festival bestial

En México, la existencia de festivales de música se ha convertido en práctica común y forma parte de la cotidianidad de los melómanos o los simples curiosos. Sin embargo, hay de festivales a festivales y no todos ofrecen la misma calidad artística.
  El Bestia Festival es una especie de rara avis, ya que está dirigido a un nicho muy especializado y vanguardista de público. Si en su primera edición, en 2013, tuvo gran éxito al traer un proyecto tan radical como Moonchild, del jazzista neoyorquino John Zorn, en 2014 sus organizadores vuelven a apostar por el riesgo y presentan dos conciertos imperdibles.
  El primero será este miércoles 19 de noviembre, a las ocho y media de la noche, en el Teatro de la Ciudad y constará de tres actos. En el primero, se presentarán el gran trombonista Ray Anderson en dúo con el tubista Bob Stewart, en una combinación jazzística alucinante. Luego aparecerá el enorme Mark Ribot, quien presentará por primera vez en México un solo acústico de guitarra, algo que no ha hecho en casi veinte años, por lo que se trata de una oportunidad muy especial. Finalmente, Han Bennink y Terrie Ex harán una serie de improvisaciones, integrados como dueto de guitarra y batería. Para redondear el concierto, Daniel Goldaracena fungirá como ingeniero de audio (Goldaracena pasó cerca de una década en Nueva York, trabajando con John Zorn).
  Cuatro días más tarde, en el Centro Cultural Estación Indianilla, el punk tendrá su oportunidad con las actuaciones de dos agrupaciones internacionales que visitan México por vez primera: Neurosis y The Ex, a los que abrirán los proyectos mexicanos Monogatari y (sic).
  Paralelo a estas actividades musicales, el Bestia Festival presentará en la Cineteca Nacional un ciclo de cine relacionado con la experimentación sonora, mientras que en el Museo del Chopo habrá clínicas con músicos internacionales aún por anunciarse.
  Se trata, como podemos ver, de un festival propositivo y muy interesante, posiblemente el festival de música experimental que hacía falta en nuestro país.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 17 de noviembre de 2014

La vie d'Adèle

Intensidad es el nombre del juego. Intensidad y fascinación. Intensidad, fascinación y sensualidad. Porque eso y más es La vida de Adele de Abdellatif Kechiche (2011).
  La idea de ver una película de tres horas de duración puede repeler al cinéfilo más empedernido, ese que ve de todo y se aventura a todo. No es mi caso. Sin embargo, debo decir que La vie d'Adele, lejos de parecerme pesada, fluye de manera sorprendente, a pesar de no ser un filme vertiginoso o fragmentado, sino todo lo contrario: se trata de una cinta de narración más bien pausada e introspectiva, en la que el manejo de los close ups es parte fundamental para entender y, sobre todo, para sentir las emociones de los protagonistas, en especial de las dos jóvenes amantes, Adèle y Emma, interpretadas por las extraordinarias Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux, respectivamente.
  Amo el cine francés y obras como esta me hacen amarlo más. La historia del enamoramiento lésbico entre una muy joven estudiante y educadora y una artista plástica veinteañera jamás cae en el morbo, a pesar de la gran cantidad de escenas eróticas que contiene. Tampoco es que la dirección haga de esas escenas la típica andanada de imágenes sofisticadas y falsamente elegantes, llenas de filtros y erotismo light. No. Uno ve a las dos jóvenes hacerse el amor con naturalidad casi documental, pero sin ese mal gusto en el que luego caen algunas películas mexicanas que quieren ser muy crudas y terminan por resultar tremendamente burdas.
  La cinta transcurre paso a paso, desde que la hermosa Adèle descubre que le gustan más las mujeres que los hombres, hasta que ve a Emma en la calle y terminan por conocerse en un bar. Luego viene la historia de su romance, hasta que aparecen los celos, los engaños y la ruptura, para dar paso a los meses o años que siguen, sin que la pareja regrese, pero con una final reconciliación abnegada de ambas partes.
  Una gran película, quizá no del gusto de todos.

domingo, 16 de noviembre de 2014

#Renuncia Vela

La desfachatez tiene un límite y Carlos Vela lo rebasó. Por eso es que debe renunciar a la selección mexicana de futbol, como ya lo había hecho antes. Por eso es que el clamor popular ahora debe ser: “¡#Renuncia Vela!”.
  Yo no sé qué se piensa ese muchacho, quien con el mayor de los descaros vuelve a jugar con el tricolor (al que, repito, despreció por varios años) y tiene el cinismo de anotar dos goles. ¿De qué se trata? ¿De tender una cortina de humo ahora que la situación nacional está a punto de arder?
  Porque leo y escucho los medios de comunicación contrarios al actual régimen y lo que descubro en sus dichos y sus encabezados, en sus opinadores y en sus portadas, es que México se encuentra irremediablemente al borde de una insurrección. Sus principales voceros en las redes sociales pintan un panorama tal (y además lo celebran) que, según deduzco por sus palabras, el levantamiento armado ya no debe tardar. Dicen ellos que TODO el país y que TODOS los mexicanos estamos a punto de alzarnos contra el mal gobierno (bueno, hasta donde entiendo yo no; no sé usted, estimado lector, ¿o ya tiene listas sus bombas molotov y su carabina 30-30?). En descargo de estos jovenazos, habrá que decir que ellos están convencidos de ser los voceros y los representantes de lo que llaman el pueblo de México y quizá por eso pierdan la proporción de las cosas (o tal vez sea su manera de interpretrar el Buen Fin).
  Es en este contexto que entra la participación de Carlos Vela. ¿No sabrá el señorito que al anotar dos golazos y darle el triunfo a la selección está contribuyendo a la enajenación de nuestra gente? Porque con esa buena actuación, lo único que ha logrado es que se hable de la manera como realizó sus anotaciones, en lugar de que los ciudadanos sigan cuestionando al malvado Estado. Para colmo, no quiso ser entrevistado y tampoco hacer declaraciones sobre Ayotzinapa. ¿Por qué? Porque –digámoslo claro– seguro está coludido con la mafia en el poder, cuyos perversos tentáculos ya llegan hasta San Sebastián, donde el apátrida vive.
  Por eso es inaplazable gritar, exclamar, aullar: ¡#Renuncia Vela!

(Publicado ayer en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

sábado, 15 de noviembre de 2014

Los treinta y dos de Alain

Aunque no pude verlo o hablar con él, porque andaba de fiestero, hoy pensé todo el día en mi Alain, ya que cumplió treinta y dos años (¡tengo tan presente el momento en que llegó al mundo! Hasta fotos tomé, ya que fue por medio de un parto psicoprofiláctico). Como escribí en facebook, Alain es una de las dos personas que más amo en esta vida (la otra, obviamente, es mi Jan). Me hace muy feliz verlo tan bien, al lado de la mejor de las compañeras que podría tener (la adorable Hally) y haciendo lo que le gusta y viviendo de ello. Maravilloso.
  De hecho, también fue mi aniversario número treinta y dos... como padre, ya que debuté como tal justo el 15 de noviembre de 1982, con el propio Alain, y otro 15 de noviembre, pero de 1969, escribí mi primera canción: "Please Be True", a mis catorce años de edad. Así que hoy cumplo también cuatro décadas y un lustro exactos como compositor. Chingón.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Tom Robinson Band / TRB Two (1979)

Aunque opacado por el disco debut de este cuarteto de punks-gays o gays-punks híper politizados, el segundo opus es un trabajo lleno de frescura, provocaciones y diversión. Tom Robinson fue un músico con un muy especial joie de vivre y eso se nota en su forma de tocar y cantar.

Mejor tema: “Alright All Night”

jueves, 13 de noviembre de 2014

La biografía de Truffaut

Terminé de leer el libro François Truffaut de Robert Ingram (Taschen, 2004), una biografía muy seria e informativa, aunque con muchas ricas anécdotas e información invaluable sobre la vida y obra, película por película, del gran director francés (como ya lo he dicho y escrito, uno de mis dos cineastas favoritos de todos los tiempos, al lado de Woody Allen).
  Lleno de fotografías y de minuciosos datos, el libro se dejar leer con delicia y completa muchas lagunas que yo tenía acerca no sólo de la biografía de Truffaut sino de los motivos y los entretelones de cada una de sus cintas, desde su cortito Une visite de 1955 (el año en que nací) hasta su final Vivement dimanche! de 1984. Casi treinta años de una carrera espléndida de este fundador de la nouvelle vague francesa, crítico de cine desde muy joven en Les Cahiers du Cinema y, por supuesto, enorme realizador. Una buena manera de recordarlo en este año en que se cumplen tres décadas de su lamentable e inesperada muerte.