sábado, 17 de enero de 2015

¿Será mucho pedir?

¿Será mucho pedir que nuestros políticos de todo signo empiecen a comportarse como servidores públicos y no como individuos que se sirven de lo público para provecho propio?
  ¿Será mucho pedir que los políticos que ocupan un puesto de elección popular honren y respeten a los electores y esperen a terminar sus gestiones en el tiempo legalmente establecido, en lugar de saltar de un puesto a otro como –palabra de moda– chapulines?
  ¿Será mucho pedir que el gobierno, en sus diferentes instancias, haga respetar la ley y rinda cuentas de todo lo que se hace con el dinero del presupuesto?
  ¿Será mucho pedir que el gobierno cumpla con su obligación de hacer que se respete la paz y combata a quienes provocan la violencia, ya sea desde el crimen organizado o desde organizaciones políticas radicales?
  ¿Será mucho pedir que las autoridades responsables dejen de mostrarse timoratas ante los ataques a edificios públicos y vías de comunicación por el temor a que se les acuse de represoras?
  ¿Será mucho pedir que quienes se sienten impunes dejen de tener manga ancha para destruir lo que se les antoja y sean sancionados como dictan las leyes?
  ¿Será mucho pedir que hechos trágicos no sean manipulados y aprovechados por grupos políticos que los utilizan para fines aviesos?
  ¿Será mucho pedir que surja una izquierda moderna, inteligente y cosmopolita (Roger Bartra dixit) que sustituya a nuestra actual seudo izquierda troglodita, corrupta, oportunista, envilecida, mesiánica y reaccionaria?
  ¿Será mucho pedir que la derecha partidista adopte un discurso igualmente moderno y democrático y que regrese a las raíces de los fundadores de su partido principal?
  ¿Será mucho pedir que el viejo PRI desaparezca en definitiva y que surja uno nuevo que adopte una política progresista que recoja las mejores banderas de lo que fue la llamada revolución mexicana?
  ¿Será mucho pedir que en México imperen la razón, el diálogo y la negociación por encima del encono, el rencor, la desconfianza y el maniqueísmo?
  ¿Será mucho pedir?
  Por desgracia, ¡ay!, sí es mucho pedir.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 16 de enero de 2015

Graham Nash / Wild Tales (1973)

Toda la capacidad melódica de Graham Nash en un álbum sutil, armónico, francamente hermoso. Menos conocido que su Songs for Beginners de 1971, pero posiblemente más profundo y menos pretensioso.

Mejor tema: “Another Sleep Song”

jueves, 15 de enero de 2015

Tatiana

Después de casi un año sin verla, ya que se fue a España gracias a una beca en periodismo que le dieron, hoy volví a ver a mi queridísima y admirada amiga Tatiana Maillard. La invité a cenar a la casa y la pasamos muy a gusto. Se ve muy bien y muy contenta. Ya volvió a integrarse a sus labores en la revista emeequis, donde ahora está reporteando. Un enorme gusto volverla a ver y recuperar su siempre bella e inteligente presencia.

miércoles, 14 de enero de 2015

Gone Girl

¿Qué es Gone Girl, la más reciente película de David Fincher? ¿Un thriller, un film noir, una cinta de suspenso, una obra de horror? Es todo eso y a la vez, no lo es. Hay ahí elementos que la pueden relacionar con filmes de dudosa calidad como Atracción Fatal de Adrian Lyne o Instintos básicos de Paul Verhoeven, pero también con joyas cinematográficas como Vértigo de Alfred Hitchcock o Vestida para matar de Brian de Palma.
  Gone Girl (2014, rebautizada como Perdida en México) es una película impresionante, impactante, inteligente, que sabe jugar con el espectador y va siempre dos pasos adelante del mismo. Uno nunca sabe quién es más culpable en esa enferma pareja que todos a su alrededor consideran sana y ejemplar, si Nick, el marido, interpretado por un estupendo Ben Affleck (aunque muchos no lo crean) o Amy, la esposa, a quien da vida de una manera tremendamente convincente Rosamund Pike (tan convincente que da miedo toparse con una persona con esa capacidad de manipulación y chantaje, aunque las hay, vaya que sí, de ambos sexos).
  La cinta tiene varias vueltas de tuerca que la hacen retomar aire cuando parece que la historia está concluida y nos arrastra por nuevas circunstancias, cada vez más terribles, dentro de una atmósfera opresiva en la que la música de Trent Reznor y Atticus Ross tiene un papel determinante.
  Se trata de una fábula sobre el matrimonio convertido en guerra (aunque no a la manera de la delirante La guerra de los Roses de Danny de Vito), en ataque perpetuo de uno contra la otra y de una contra el otro, en fábrica de odios y de desconfianzas, en campo propicio para manipular y perjudicar, en infierno sin salida, en cuarto cerrado del que no hay manera de escapar, incluso cuando se intente hacerlo por medio de métodos criminales. Tal vez en momentos la historia llegue a la exageración y la caricatura y uno piense que es imposible que dos que se amaban terminen por hacerse tanto daño, pero es algo que sucede, vaya que sucede.
  Dice algún crítico que Fincher es un misántropo, pero que la misantropía también puede ser entretenida, como lo es en esta cinta larga pero jamás tediosa, violenta y dura pero jamás tremendista. En el fondo, existe un gran sarcasmo en ella, sólo que es un sarcasmo sádicamente escalofriante.

martes, 13 de enero de 2015

Jazz rap alemán de lujo

Uno de los subgéneros más contagiosos y fascinantes, por su acompasada rítmica, su sutil sentido armónico, su perfecta mezcla de géneros y su inherente y hechizante sensualidad es el jazz rap que comenzó a hacerse en los Estados Unidos, desde finales de los años ochenta, con proyectos como Gang Starr, Guru o US3.
  En muchas partes del mundo hubo replicas de este estilo y una de las más afortunadas surgió en la ciudad de Braunschweig, Alemania, a principios de los noventa, cuando Christian Eitner, Matthias Lanzer y Ole Sander conformaron a la sensacional banda Jazzkantine.
  Debo a mi querido amigo, el especialista Sergio Monsalvo C., el descubrimiento de esta agrupación, dueña de una considerable discografía, a partir de su magnífico álbum homónimo de 1994 y que el año pasado puso en circulación su más reciente trabajo discográfico: Ohne Stecker.
  El jazz de lentos beats de Jazzkantine se combina a la perfección, en la mayoría de las quince composiciones que conforman el plato, con las voces rapeadas de Eitner o de algunos hip-hoperos y cantantes invitados. Hay rapeos en alemán y en inglés, pero también hay piezas cantadas (como la extraordinaria “Egotrippin”, en la que la hermosa voz de la vocalista estadounidense Nora Becker brilla esplendorosa). De igual manera, hay coqueteos con el mejor funk y por ahí brillan reminiscencias de los Beastie Boys, como en la sensacional “Mic & Bühne”. También hay ecos de lo mejor de bandas como Chicago y Blood, Sweat & Tears en algunos arreglos de metales (cortesía de la NDR Big Band) y hasta coqueteos con el blues, como en “Geht Ab (Küchen Session)” y la sugerente “Einfach Mit Jazz”.
  Ohne Stecker es un gran disco, una más que agradable sorpresa, plena de interés y frescura. Hay grandes partes de jazz (ese solo de flauta en “Bin Im Delirium” es una maravilla) y multitud de hallazgos (¿qué tal esa exquisita versión de “Take Five” de Paul Desmond?) que se van haciendo más claros y brillantes con las repetidas escuchas.
  Una joya para oídos y sensibilidades gourmets.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 12 de enero de 2015

Boyhood

Vi esta película hace más o menos un mes y debo decir que me pareció un ejercicio tan conmovedor como fascinante. Se trata de un original experimento cinematográfico de ese director que apenas comienza a ser realmente valorado en toda su dimensión, un realizador de culto en ciertos sectores estadounidenses y a quien quizá se le hayan regateado méritos por haber hecho películas tan comerciales (mas no por eso menos buenas) como School of Rock (2003) o la trilogía de Before Sunrise (1995), Before Sunset (2004) y Before Midnight (2013). Pero también es el director de Slacker (1991), Dazed and Confused (1993) y Waking Life (2001).
  Boyhood es quizá, sin embargo, su obra maestra. Una cinta que fue filmando a lo largo de doce años y que en números absolutos tuvo apenas treinta y tantos días de labor fílmica. Gracias a eso, podemos ver el crecimiento físico y hasta mental y de maduración de todos y cada uno de los personajes, aunque la película se centra en la vida de niño y adolescente de Mason, interpretado desde los seis hasta los dieciocho años de edad por el actor Ellar Coltrane.
  No hay un línea argumental fuerte en Boyhood. Lo que vemos es el paso del tiempo en el seno de una familia común de la clase media estadounidense en el nuevo siglo, es decir: padres divorciados, hijos con problemas de inseguridad, trayectos escolares (desde la primaria hasta la preparatoria), mudanzas, empleo y desempleo, búsquedas de pareja, relaciones de pareja disfuncionales, uso de las nuevas tecnologías (entre 2001 y 2013), la aparición de las redes sociales, etcétera. Todo narrado con gran naturalidad, mientras vemos las transformaciones físicas del padre liberal y poco responsable (Ethan Hawke), la madre aprensiva e insatisfecha (Patricia Arquette), la hija mayor dominante pero insegura (Lorelei Linklater) y el ya mencionado hijo menor, Mason.
  Boyhood es un retrato de la vida cotidiana, pero sobre todo es una reflexión acerca del paso del tiempo (como lo fue también, de hecho, la trilogía Before...) y el poco sentido de la vida: tanto luchar, tanto hacer, tanto buscar, tanto golpearse contra la pared para que, al final, lo poco que logramos signifique prácticamente nada… y, sin embargo, no es una película pesimista.
  Una obra mayúscula de Linklater.

domingo, 11 de enero de 2015

¿El rock progresivo y yo? Es complicado

Algo sucede entre él y yo. No es precisamente falta de empatía o incompatibilidad de caracteres. De hecho, cuando lo conocí me gustó bastante: lo encontré atractivo, interesante, fino, hasta misterioso. Sus intrincadas maneras, sus largos pasajes de intensidad pero también de dulzura, su intrínseca sensualidad, su hechizante presencia. Casi logró seducirme y de hecho en muchos momentos lo consiguió. Pero luego algo pasó. Se volvió quizá demasiado frío o demasiado mecánico o demasiado elaborado y virtuoso. Sentí que perdía calor humano y que sus intereses se disparaban hacia terrenos que en lo personal no me parecían atrayentes. Entonces me alejé de él, practicamente lo olvidé. Preferí quedarme con nuestros primeros años de convivencia, cuando todo era más sencillo y amoroso y menos…, no sé…, helado, pretencioso. Así fue como se rompió la relación entre el rock progresivo y yo. Queda el recuerdo de un viejo amor con él y prefiero que así permanezca.

Los cuatro mosqueteros
¿Cuándo fue la primera vez que escuché rock progresivo? Si es que ese álbum puede considerarse como tal, lo descubrí con el Ummagumma de Pink Floyd, por allá de 1969. Yo tenía catorce años y mi hermano Sergio trajo a casa esa joya que primero provocó mi desconcierto y más tarde una total fascinación que perdura casi medio siglo después.
  Si el cuarteto londinense me abrió las puertas al progresivo, fueron Yes y Emerson, Lake and Palmer (EL&P) los que me reafirmaron en el mismo con discos como Fragile (1971) y sobre todo Close to the Edge (1972), en el caso del quinteto de Birmingham, y Tarkus (1971) y Trilogy (1972) en el del trío de Dorset.
  Rock progresivo británico ciento por ciento el de estas agrupaciones que, como los tres mosqueteros de Dumas debían ser cuatro y ese cuarto grupo, el D’Artagnan del género, fue Jethro Tull que si bien no era estrictamente progresivo, lo fue al menos en uno de mis álbumes favoritos de todos los tiempos: el Thick as a Brick de 1971.
  Quizá siendo muy exquisitos, podríamos decir que en realidad el primer grupo progresivo de la historia fue Traffic, con esas composiciones en las que se combinaban el rock, el folk, el pop y el jazz con una finura infinita. Pero dejémoslo en les quatre mousquetaires mencionados.

El lado oscuro de las cosas
No sé si sea la cumbre del primer rock progresivo, pero si una grabación me hizo estremecer en su momento fue el Dark Side of the Moon de Pink Floyd.
   Sé que mencionarlo hoy suena a lugar común. Sin embargo, cuando apareció en aquel 1973, significó un shock para quienes lo escuchamos sin previo aviso. Yo tenía dieciocho años y un amigo muy cercano lo compró ¡importado!
  Recuerdo aquellas sesiones con el tocadiscos a todo volumen y mis cuates y yo tirados en el piso con las luces apagadas y los ojos cerrados (no nos metíamos nada, éramos fresísimas, pero aun así El lado oscuro de la luna constituía toda una travesía mental).
  Para mí, fue la cúspide de mi relación con el rock progresivo y hasta ahí llegué con el mismo. Claro, podría mencionar algunos otros discos que me encantan, pero serían de los mismos grupos: el Aqualung (1971) de Jethro Tull, el Pictures at an Exhibition (1972) de EL&P, el Tales from Topographic Oceans (1974) de Yes o el Animals (1977) de Pink Floyd.

Para que me odien los progres
No mencioné a Genesis, lo sé. Pero es que Peter Gabriel y compañía nunca alcanzaron a emocionarme. Su música siempre se me hizo bonita pero fría y demasiado inasible… y, ¡pecado capital!, el progresivo italiano nunca me entró (con decir que lo único que me gusta es la canción  “Dolcissima Maria” de Premiata Forneria Marconi) y el alemán prácticamente no me interesó (bueno, por ahí tengo el disco Le Parc -1985- de Tangerine Dream y es bastante bueno).
  Proyectos como Gong,  Gentle Giant o Camel me pasaron de largo, para no mencionar a grupos de otras latitudes y sólo aptos para expertos en la materia, como mi cuate David Cortés o el director de esta revista, Marco Levario Turcott.
  Esa es mi complicada relación con el rock progresivo. Espero que los progres (y no hablo de política) me perdonen.

(Publicado este mes en mi nueva columna "Memorias de un melómano sarnoso" de la revista Etcétera)

sábado, 10 de enero de 2015

Contra los fanatismos

El salvaje atentado de un comando armado del radicalismo musulmán en contra de una docena de caricaturistas franceses, en pleno centro de París, así como sus secuelas, nos lleva a horrorizarnos y a mostrarnos escandalizados por la extrema violencia a la que son capaces de llegar este tipo de terroristas. Sin embargo, la matanza en las oficinas del semanario Charlie Hebdo y en el supermercado kosher va más allá y debe movernos a reflexionar sobre el fanatismo y los desbordados límites a los que es capaz de llegar la gente que se ciega por una causa política, ideológica o religiosa (y a veces hasta deportiva).
  El mundo vive momentos de polarización cada vez más marcados y México, por desgracia, no escapa de este mal. El dogmatismo de quienes se sienten dueños de la verdad absoluta y tratan de imponerla por todos los medios es un signo de estos tiempos. En plena segunda década del siglo XXI, se vive una especie de retorno a la Edad Media en el que se olvida la razón y se señala como enemigos a quienes no piensan de determinada manera. Esto puede llegar a niveles de enorme dimensión, como en el caso de grupos fundamentalistas tipo Al Qaeda y el Estado Islámico en Medio Oriente o Boko Haram en Nigeria. Pero también puede darse con una relativa menor intensidad, tal como lo hemos experimentado en nuestro país, sobre todo a partir de 2006.
  Se dirá que son cuestiones que no pueden compararse, que la barbarie de aquellas agrupaciones no tiene paralelo con lo que sucede en México, pero el fondo de todo es el mismo: la intolerancia, la desconfianza, el insulto, el odio y la violencia, ya sea verbal o física.
  Dice el viejo refrán que cuando veas las barbas de tu vecino cortar pongas las tuyas a remojar y eso es lo que los mexicanos deberíamos hacer antes de que las cosas lleguen más lejos. El rencor sigue vivo, el encono y el afán revanchista también. Buscar el diálogo para dirimir diferencias tendría que ser una finalidad de todos, una finalidad democrática, y creo que para la mayoría lo es. El problema está en quienes apuestan por lo contrario. Son integristas, a su modo.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 9 de enero de 2015

Donovan / Open Road (1970)

Uno de los álbumes menos conocidos del gran Donovan Leitch y sin embargo una obra excepcional. Las canciones, en su mayoría espléndidas, se suceden una tras otra sin solución de continuidad en un disco por demás disfrutable gracias a su finura, variedad y sentido del humor. Un gran trabajo del hoy casi olvidado trovador escocés

Mejor tema: “Changes”.

jueves, 8 de enero de 2015

El rock del 2014

No fue un año especialmente brillante en los siempre movedizos terrenos del rock. En ese sentido, resultó muy semejante a 2013 y con ello parece marcarse una tendencia a la baja, sobre todo si vemos lo bueno que fue el periodo 2007-2012 para el género. Hablo por supuesto del panorama internacional, porque en el nacional la caída al vacío lleva ya muchos años y, por ende, las cosas fueron aún peores este año que el pasado, cuando hubo al menos cuatro o cinco discos más o menos decentes. En 2014, si acaso sólo escuché un par de platos mexicanos por los que pudiera apostar algo.
  Lo anterior no significa que no haya habido muchos buenos álbumes, sobre todo en los países anglosajones, pero los de excelencia, los que podrían aspirar a alcanzar algún día la categoría de clásicos, esta vez fueron contados.
  2014 estuvo marcado por la muerte de antiguas glorias como Joe Cocker, JJ Cale, Jack Bruce, Phil Everly, Pete Seeger, Johnny Winter, Bobby Womack, Ian McLagan y Bobby Keys. Viejos músicos como Leonard Cohen, Tom Petty, Bruce Springsteen o Neil Young produjeron magníficos discos y gente como Jack White o grupos como Timber Timbre ratificaron su enorme calidad artística. Un regreso, con más pena que gloria, fue el de Pink Floyd (o, más bien, el Pink Floyd de David Gilmour), con un álbum que levantó más expectativas de las que cumplió.
  Entre los trabajos discográficos destacados –fuera de los que en lo personal me parecen los diez mejores y que enlistaré al final–, se encuentran To Be Kind de Swans, Tales from the Realm of the Queen of Pentacles de Susan Vega, Here and Nowhere Else de Cloud Nothings, Wig Out at Jagbags de Stephen Malkmus and the Jicks, Warpaint de Warpaint, The Cautionary Tales of Mark Oliver Everett de Eels, Everyday Robots de Damon Albarn, I’m Not Bossy, I’m the Boss de Sinéad O’Connor, Brill Bruisers de The New Pornographers, LP1 de FKA Twigs, El Pintor de Interpol, This Is All Yours de Alt-J, Everything Will Be Alright in the End de Weezer, Foundations of Burden de Pallbearer, Hypnotic Eye de Tom Petty and the Heartbreakers, Syro de Aphex Twin, High Hopes de Bruce Springsteen, Are We There de Sharon van Etten y esa locura felizmente deconstructora que es el With a Little Help from My Fwends de The Flaming Lips.
  Por lo que respecta a nuestro país, el hecho más importante y al mismo tiempo el más triste fue sin duda el fallecimiento del Capitán Pijama, gran músico subterráneo, creador demencial y escritor delirante, aparte de excelente amigo. Nunca se le apreció debidamente en vida y, por desgracia, tampoco a partir de su desaparición física.
  En cuanto a la producción discográfica nacional, sólo rescato el muy grato Alfa Beta Grey de Jumbo, el estupendo Di no a la yoga de Jaime López y el Cry Is for the Flies de Le Butcherettes, aunque este proyecto de la mexicana Teresa Suárez (alias Teri Gender Bender) tiempo ha que emigró a California.
  Cómo estará de mal el estado del rock en México que su máximo exponente del 2014 fue un grupo tan inocuo e intrascentente como Little Jesus que no es sino un émulo –y para colmo mal hecho– de Vampire Weekend.
    Pero no nos deprimamos y veamos la lista de los que son, a mi modo de ver, los diez mejores discos de 2014 (el orden es descendente):

10.- Lost in the Dream de The War on Drugs. El estupendo grupo de Filadelfia, con Adam Granduciel a la cabeza, consiguió labrar con este, su tercer opus, una brillante joya de música al mismo tiempo etérea y concisa (como si The Cure se fundiera con Bruce Springsteen). El mejor trabajo de The War on Drugs hasta el momento.

9.- Morning Phase de Beck. Seis largos años de ausencia discográfica llevaba Beck hasta la aparición de este nuevo trabajo, el perfecto complemento para su Sea Change de 2002. Estamos ante una obra calma, reflexiva, relajada, melancólica, sin mayores estridencias, Morning Phase no es el mejor disco de este prolífico músico, pero sí uno de los más entrañables.

8.- World Peace Is None of Your Business de Morrissey. Un trabajo fino y elegante, hasta altivo y soberbio, con un conjunto de composiciones de sorprendente variedad y de espléndida factura. Intenso, preciso, crítico, politizado (incluso panfletario en momentos, pero ya conocemos a Morrissey), con una producción impecable, estamos ante uno de los mejores álbumes de este polémico británico.

7.- Somewhere Under Wonderland de Counting Crows. Los cuervos han regresado con un estupendo disco que no hace sino refrendar aquel su viejo estilo basado en el folk rock, pero sin sonar en absoluto anquilosados o demodés. Todo lo contrario. Se trata de hecho de un larga duración pleno de frescura, de júbilo y de vitalidad. Como si nos encontráramos frente a un grupo debutante.

6.- You’re Dead! de Flying Lotus. Cuando el rhythm n’ blues, el jazz, la electrónica, el hip-hop y la música de vanguardia se funden, dan como resultado una obra tan impresionante (y complicada) como esta. Música elaboradísima, de difícil acceso, pero a la que una vez que se penetra resulta imposible (e indeseable) escapar. Un discazo.

5.- Hot Dreams de Timber Timbre. Un plato lleno de detalles sutiles, pero al mismo tiempo de una poderosa fuerza soterrada. La música que hacen estos canadienses, tan oscura y en momentos ominosa, atrapa a quien la escucha y lo hipnotiza con su avernal belleza y su dúctil sonido. Hot Dreams hechiza, fascina, pervierte. Por eso vale tanto la pena.

4. lullaby and… The Ceaseless Roar de Robert Plant. Espléndido trabajo del legendario ex vocalista de Led Zeppelin, una obra con la cual Plant retornó a sus raíces británicas sin dejar de lado su fascinación por la música del Medio Oriente y de la árida África del norte, aparte de su irrenunciable amor por el blues.

3. Lazaretto de Jack White. El geniecito del rock actual volvió a pegarla con este álbum sensacional, en el que sigue creando una amalgama entre la música de raíces estadounidense y su propio estilo autoral e interpretativo. La inteligencia, la creatividad y el talento en función del arte más auténtico.

2. Popular Problems de Leonard Cohen. Concisa y maravillosa colección de nueve canciones que en poco más de media hora sintetiza, de una y muchas maneras, la fructífera e intensa vida de Cohen, una biografía de ochenta años tan apasionada como apasionante. Será un clásico.

1.- St. Vincent de Saint Vincent. Annie Clark sigue siendo una de las compositoras e intérpretes más interesantes y propositivas de este siglo y lo reconfirma con esta placa impecable, quizá no tan experimental e incluso un poco inclinada al pop, pero con la misma finura y calidad que demostró desde su primer trabajo. A mi parecer, el disco del año.

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Diez canciones del 2014

1.- “Slow” de Leonard Cohen.
2.- “Lazaretto” de Jack White.
3.- “Birth in Reverse” de St. Vincent.
4.- “Glimmer” de Neil Young.
5.- “Back to the Shack” de Weezer.
6.- “Hot Dreams” de Timber Timbre
7.- “Earthquake Driver” de Counting Crows.
8.- “Brill Bruisers” de The New Pornographers.
9.- “Red Eyes” de The War on Drugs.
10.- “Morning” de Beck.

(Publicado el pasado 31 de diciembre en "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

miércoles, 7 de enero de 2015

Scherer

Vicente Leñero, Julio Scherer García y mi hermano, Sergio García Michel, por allá de 2005.
Me levanté con la triste noticia de la muerte de Julio Scherer García. Noticia triste en todos sentidos. Porque Scherer es uno de los grandes periodistas del siglo veinte mexicano y para mí, sin haberlo conocido en persona, aunque era muy amigo de mi hermano Sergio, representó un modelo y un ejemplo a seguir sobre todo en mis primeros años dentro del mundo editorial y periodístico.
  Comencé a seguir la labor de Scherer desde fines de los años sesenta, cuando me convertí en fiel lector diario del Excelsior que él dirigía y del que formaba parte un gran equipo de periodistas y colaboradores. Luego sobrevino el artero golpe de Echeverría contra el periódico y la gran conmoción que significó ese atentado contra la libertad de expresión que, no obstante, derivó en el surgimiento del semanario Proceso que seguí desde su primer ejemplar (mismo que aún conservo como una de mis más preciadas joyas hemerográficas, junto con los ocho números de la revista Piedra Rodante).
  Leía yo el Proceso de cabo a rabo cada semana (no exagero: lo leía todo, completo) y así lo hice casi hasta el número 400, cuando dejé de comprarlo. Conservé durante años trescientos y pico de ejemplares, hasta que me mudé de casa en el año 2000 y sólo conservé los primeros diez. Hoy sólo poseo el No. 1, aparecido el 6 de noviembre de 1976, tres semanas antes de que Luis Echeverría dejara el poder. Era aquel Proceso un ejemplo de gran periodismo de investigación, con enormes periodistas y editorialistas en todos los campos, desde la política hasta la cultura y el deporte. ¿Cómo olvidar los aportes de Vicente Leñero, Heberto Castillo, Rafael Ramírez Castañeda, Octavio Paz, Jorge Ibargüengoitia, Carlos Marín, José Reveles, Ricardo Garibay, Gastón García Cantú, Miguel Ángel Granados Chapa, Manuel Becerra Acosta, Froylán López Narváez, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco (y su genial "Inventario"), José Antonio Alcaraz, Raquel Tibol, Abel Quezada, Helio Flores, Rius, Rogelio Naranjo y un largo etcétera? Fueron toda una escuela para mí, justo cuando iniciaba mi carrera periodística en la Editorial Posada del gran Guillermo Mendizábal Lizalde, muy allegado por cierto a don Julio Scherer.
  Cuando diseñé la estructura de La Mosca en la Pared, a principios de los noventa, me basé precisamente en la estructura de Proceso y sus secciones, además de inspirarme en su espíritu periodístico.
  No sé qué es lo que sucedió con la revista de don Julio en los años más recientes. De haber sido un medio de gran rigor, se fue transformando en una expresión del más terrible amarillismo parcial e ideologizado. El nivel de sus colaboradores fue bajando dramáticamente hasta llegar a lo que es hoy, cuando sus "estrellas" son gente de muy baja calidad periodística, propagandistas abiertos y activistas que parecen desconocer el papel de la prensa escrita y lo sacrifican en aras de lo que suele conocerse como La Causa, cualquier cosa que eso pueda significar.
  No sé tampoco si esta decadencia de Proceso se deba a que Scherer García, debido a su edad y sus padecimientos, haya dejado en manos de otros el destino de la publicación. El caso es que del Proceso primigenio al Proceso actual existe una diferencia abismal, terrible, lastimosa.
  Recuerdo con gusto y nostalgia al Julio Scherer de Excelsior y el primer Proceso. Un ejemplo. Una inspiración. Un maestro.

PD: Cuenta Carlos Puig que Scherer le dijo una vez a Vicente Leñero: "Cuando tú te mueras, yo quiero irme contigo". Así fue.

martes, 6 de enero de 2015

No olvidemos a Ani DiFranco

Muchos son los álbumes que aparecieron el año pasado y que no alcanzaron a ser comentados en esta columna. No por obvio esto deja de ser lastimoso, ya que hubo numerosas grabaciones dignas de ser mencionadas por su alta calidad musical. Un ejemplo es Allergic to Water (Righteous Babe, 2014) de Ani DiFranco, la espléndida cantautora estadounidense, dueña de una muy amplia y variada discografía que rebasa la veintena de obras.
  Aunque siempre se ha movido en los terrenos de la más absoluta independencia (antes de que se inventara el término indie), DiFranco ha sabido dar a conocer su obra en forma inteligente y sin comprometerse con aquello que le resulta incómodo o limitante. Por ello siempre ha grabado para su propio sello, desde su debut homónimo de 1990 hasta la fecha.
  Con trabajos memorables como Dilate (1996) o Knockle Down (2005), el característico estilo que tiene para cantar y, sobre todo, para tocar su guitarra es su principal marca, aunado al contenido poético e inteligente de sus letras y a la manera como ha ido absorbiendo diferentes géneros y subgéneros en su música. Si en sus inicios lo suyo era el folk (o más precisamente el anti-folk), ahora lo sigue siendo pero con diversos elementos tomados del rock, el funk, la electrónica y el jazz.
  Esta nacida en Buffalo, NY, en 1970, regresó, pues, en noviembre pasado con Allergic to Water, un álbum delicioso y variado, grabado en un par de sesiones de cuatro días cada una, mientras sobrellevaba su embarazo. La mezcla y la producción son totalmente caseras y las hizo ella misma, a lo largo de varias noches, con los audífonos puestos para no molestar a su familia.
  Doce son las canciones que conforman el disco y no hay una que podamos considerar de relleno. Desde las preciosas “Happy All the Time” y “Careless Words”, hasta la funkacústica “Yeah Yr Right”, pasando por la intensidad de “Dithering”, la melancolía de “Allergic to Water”, la sensualidad bluesera de “Harder Than It Needs to Be” y la belleza minimalista de “Rainy Parade”.
  Una joya que no debe pasar desapercibida.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 5 de enero de 2015

Discutibles fantasmas

Terminé de leer esta preciosa colección de ensayos breves de Hugo Hiriart, un libro lleno de encanto y sabiduría, de sutileza y humor, de frescura y melancolía, de inteligencia y erudición.
  Discutibles fantasmas habla de muchas cosas, algunas "trascendentes", otras insólitas y otras, las más, cotidianas. Habla de literatura y de mitología, pero también de niños, de animales, de instrumentos musicales, de matemáticas, de filosofía y hasta de futbol. Va del antiguo Egipto a la contemporaneidad de los años noventa del pasado siglo, época en que fueron escritos los pequeños y deliciosos textos de Hiriart, supongo publicados previamente en algún diario o revista, aunque no lo dice.
  Editado por Era en 2001, Discutibles fantasmas es un volumen de menos de ciento cincuenta páginas que no tienen desperdicio. No diré que todos los ensayos me encantaron, porque hay algunos -los menos, eso sí- incluso hasta ligeramente aburridos, pero en su mayoría se trata de brillantes y agudas disquisiciones escritas en un tono tan despreocupado como ameno, llenos de sutil ironía que al final nos dejan con una sonrisa en los labios y -más importante aún- en el alma (o en la mente, si es usted ateo gracias a Dios).
  Son cuarenta y dos ensayos (que casi nunca rebasan las tres o cuatro páginas cada uno), divididos en seis partes, además del prólogo: "Lenguaje", "Fantasmas", "Animales y artefactos", "Rarezas", "Niños" y "Autobiográficos". Entre los que más me gustaron están "El oso", "Discos", "El teclado infantil", "Números delirantes" y "Merecido homenaje al fagot", pero hay otros igualmente deliciosos.
  La pluma de Hugo Hiriart es una de las más singulares de la literatura mexicana y remite un poco a Juan José Arreola y un poco, también, a Jorge Ibargüengoitia. Una maravilla.

domingo, 4 de enero de 2015

Reflexiones de nuevo año

1. A punto de cumplir quince años de vivir solo (aunque con mucha gente querida cerca), me doy cuenta de que no tener pareja no me hace en absoluto infeliz y de que no me hace falta tener una mascota como algunas amigas bien intencionadas me han sugerido (¿un gato o -peor- un perro en mi casa? ¡Qué horror!). Aparte de mi constante actividad escritural y musical y mis muchas amigas (benditas sean todas ellas), sigo encontrando cálida compañía cotidiana en la lectura, en los discos, en las películas... y en las series televisivas: gracias les doy a las que vi este año y a las que sigo viendo: True Detective, House of Cards, Mad Men, The Shield, The Killing, Orange Is the New Black, The Borgias, Dereck, Weeds, Girls, How I Met Your Mother, Lilyhammer, Marco Polo y, mis predilectas: Californication y Shameless US. Qué maravilla que existan Netflix y Cuevana Storm.

2. En lo personal, 2014 fue un año muy productivo. Escribí cerca de ciento cincuenta textos, entre columnas y artículos que fueron publicados en Milenio Diario, Nexos, Marvin, Laberinto y, más recientemente, la revista Etcétera. Escribí nueve canciones (letra y música). Avancé en las dos novelas que estoy trabajando. Leí una docena de libros. Eché a andar mi propio sitio en internet: Rojo y negro (rojoynegro.com.mx). Descubrí en un cajón dos novelas cortas (una muy joseagustiniana y la otra de corte infantil) y algunos relatos que escribí entre los diecisiete y los diecinueve años y de los cuales ya no me acordaba (y que me parecen rescatables). Algunos proyectos, sobre todo musicales, no fructificaron, pero aún pueden retomarse. La Mosca volvió a echarse a dormir y su futuro es incierto aunque no necesariamente fatal. Viene para la primera mitad del año una sorpresa bibliográfica con Editorial Lectorum y hay otros proyectos editoriales más. El balance de trabajo es bastante bueno y positivo y las ganas de seguir adelante permanecen intactas.

3. Lo único jodido de este año fue la cuestión política que ha llevado a la polarización irracional, al fomento del odio y a la creación de percepciones manipuladas. Tener y mantener una posición contraria a la de la mayor parte de mis amistades hizo que muchos amigos y amigas se alejaran de mí y, en algunos casos, hasta que me bloquearan de sus redes sociales (yo bloquee también a algunas personas, pero era gente con la que no tenía la menor amistad real). En algunos casos me duele este alejamiento y el vacío que han creado a mi alrededor por negarme a seguir a la masa políticamente correcta. Ni hablar, es el costo de tratar de ser congruente. Por fortuna, mucha gente que incluso no coincide conmigo ha dado más importancia a la amistad que a las opiniones y se mantiene cerca (aunque algunos hagan tremendos corajes cuando me leen). Son los gajes del oficio de un opinador y tampoco es algo que me llame a sorpresa. Algunos amigos y amigas regresarán seguramente cuando baje la marea: otros ya no. Tant pis.

4. No es la primera vez que lo hago, pero esta vez decidí volver a pasar la noche de Año Nuevo conmigo mismo y nadie más. Tranquila y felizmente entré a la cocina para prepararme una pasta con cebolla, queso y tocino, una ensalada, unas pechugas rellenas de queso y frutos secos, sidra y uvas. Me agrada hacer eso, es una manera sana y tranquila de convivir con uno mismo.

5. No me gusta caer en los lugares comunes de estas fechas, pero supongo que resulta inevitable. Sé que para muchos 2014 no fue un buen año y les mando todos mis ánimos para que se recuperen y tengan un 2015 lleno de logros, satisfacciones y alegrías. Ojalá el país no siga en la pendiente en que se encuentra, aunque es difícil que no sea de ese modo cuando hay elecciones a medio año y el rencor se encuentra a flor de piel. Pero seamos optimistas. Que haya mucha salud, mucho amor y el dinero suficiente para pasarla bien. Mucho empleo, muchas oportunidades y muchos proyectos logrados. Gracias a quienes están cerca de mí, a mis hijos, mi familia García Michel, mi familia Hellion, mis parientes, mis amigos (pocos), mis amigas (muchas), mis compañeros de trabajo en los diferentes medios en los que colaboro (en todos me tratan de maravilla) y hasta quienes no me tragan que son legión. Un abrazo para todos, un beso para todas y por aquí seguiremos dando lata.

sábado, 3 de enero de 2015

2015: Lázaro en Ayotzinapa

Decía el estimado Román Revueltas, en su columna del jueves pasado en Milenio Diario, que nos espera un 2015 en el que “los enojados” seguirán haciendo de las suyas y continuarán con sus delirantes exigencias para que renuncie el presidente de la república, se suspendan las elecciones, desaparezca el Estado y resuciten los muertos.
  Esta última demanda no deja de llamarme la atención y no es difícil entender a qué se refiere Román. “Vivos se los llevaron y vivos los queremos”, exigen muchos, a pesar de que todo indica que, desgraciadamente, los estudiantes de la normal de Ayotzinapa que aquella infausta noche de septiembre fueron secuestrados en Iguala, también fueron asesinados por sicarios de un cartel de las drogas, auxiliados por policías municipales.
  Es de comprender que los padres de los muchachos se aferren a la esperanza de que estén vivos, pero pienso que ellos mismos saben que no es así. Aun con eso, se entiende su postura. Pero que tantos otros insistan con lo mismo, a sabiendas de que su exigencia es imposible de cumplir (necesitaríamos la intervención de Jesucristo, como ha señalado Luis González de Alba en estas mismas páginas), es mucho más una consigna política, tan delirante como interesada. Sólo de ese modo se puede explicar que gente supuestamente lúcida persista en ello.
  Dice el Nuevo Testamento que Jesús resucitó a Lázaro, pero eso no pasa de ser un bonito cuento bíblico. No hay forma de traer a los muertos a la vida, más allá de la remembranza. Tomar esa bandera política para marchar y protestar o, peor aún, para destruir y vandalizar tiene mucho de perverso y es una manera cruel de jugar con los sentimientos de los deudos de los jóvenes sacrificados, como lo es soltar la especie sin sentido de que los chavos se hallan detenidos y ocultos por el Ejército.
  Irremediablemente (porque así conviene a ciertos grupos), el odio seguirá presente este año. Lo avivarán y lo estimularán desde la oscuridad. El fanatismo y la histeria prevalecerán contra la inteligencia y la sensatez. Feo y triste panorama para 2015.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 2 de enero de 2015

The Animals / Before We Were So Rudely Interrupted (1977)

Eric Burdon se reunió después de años con sus antiguos compañeros de mil batallas sesenteras para producir esta álbum de blues y rock brillantemente austero. Se trata de un disco de covers, pero qué covers. Qué lástima que hayan sido tan rudamente interrumpidos.

Mejor tema: “Please Send Me Someone to Love”



jueves, 1 de enero de 2015

2014: doce discos fundamentales

2014 no fue un año especialmente generoso en grandes discos. A pesar de la enorme cantidad de grabaciones que surgieron a lo largo de doce meses, fueron pocas las piezas realmente sobresalientes, pocas las que aspiran a quedarse en la memoria de los diletantes o los simples aficionados a los diversos géneros y subgéneros que suelen ser englobados en el concepto de la palabra rock.
  Demos una revisada a lo que considero la docena mágica, es decir, los doce discos fundamentales del año que acaba de dejarnos. Como sucedió hace doce meses, con los mejores álbumes de 2013, lo haré por orden decreciente.

12. Stephen Malkmus and the Jicks. Wig Out at Jagbags. La irresistible combinación de rock clásico y rock noventero sigue siendo la marca de Malkmus y queda más que patente en esta obra plena de gozo e ironía, de espléndido sentido melódico y orgánico juego guitarrístico. Un disco fresco y optimista que refrenda el talento de esta leyenda del rock alternativo.

11. The War on Drugs. Lost in the Dream. Desde Filadelfia, Adam Granduciel y compañía lograron, con este su tercer álbum, una pequeña joya de música al mismo tiempo etérea y concisa (algo así como The Cure se encuentra con Bruce Sprigsteen). El mejor trabajo de The War on Drugs hasta ahora, por mucho.

10. Tom Petty and the Heartbreakers. Hypnotic Eye. Un disco que es puro placer y puro gozo, música que se disfruta por el simple hecho de que quienes la ejecutan lo hacen con ese mismo disfrute que brota de las once canciones que lo conforman. Una delicia.

9. Beck. Morning Phase. Tras seis años de ausencia discográfica, este nuevo trabajo de Beck parecería ser el perfecto complemento para su Sea Change de 2002. Tranquilo, reflexivo, relajado, melancólico, sin estridencias, Morning Phase no es el mejor disco de este prolífico músico, pero sí uno de los más destacados de 2014.

8. Morrissey. World Peace Is None of Your Business. Un trabajo fino y elegante, con una docena de composiciones variadas y de espléndida factura. Intenso, preciso, crítico, politizado, de producción impecable. Uno de los mejores álbumes en la carrera de este polémico británico.

7. Counting Crows. Somewhere Under Wonderland. Los cuervos de cuenta regresaron con un gran disco que no hace sino refrendar su viejo estilo basado en el folk rock, pero sin sonar anquilosados o demodés. Todo lo contrario: se trata de un larga duración fresco, jubiloso, vital. Como si estuviéramos ante un grupo debutante.

6. Timber Timbre. Hot Dreams. Un plato lleno de sutilezas, pero a la vez de fuerza soterrada e incisiva. La música de estos canadienses, tan oscura y hasta ominosa como llega a ser, captura al escucha y lo envuelve en su hipnótica belleza infernal, en su dúctil envoltura sonora. Hot Dreams hechiza, fascina, pervierte. Por eso vale tanto la pena.

5. Flying Lotus. You’re Dead!. Cuando el rhythm n’ blues, el jazz, la electrónica, el hip-hop y la música de vanguardia se funden, dan como resultado un disco tan impresionante (y complicado) como este. Música elaborada, de difícil acceso, pero a la que una vez que se penetra resulta imposible (e indeseable) escapar. Un discazo.

4. Robert Plant. lullaby and… The Ceaseless Roar. Espléndido álbum de esta leyenda viviente del rock, una obra con la cual el ex vocalista de Led Zeppelin regresa a sus raíces inglesas sin olvidar sus exploraciones por la música de Medio Oriente y el norte de África más su amor por el blues. Una honda meditación sobre el paso del tiempo.

3. Jack White. Lazaretto. El joven genio del rock actual volvió a hacerla con este disco asombroso, en el cual sigue amalgamando la música de raíces estadounidense con su propio estilo de interpretarla. Once canciones sin desperdicio. La inteligencia y el talento creativo al servicio del arte.

2. Leonard Cohen. Popular Problems. Breve y maravillosa colección de nueve canciones que en escasos 36 minutos sintetiza, de una y muchas maneras, lo que ha sido la vida fructífera e intensa de Cohen, una biografía de ochenta años tan apasionada como apasionante. ¿Su testamento musical? Espero que no.

1. St. Vincent. St. Vincent. Annie Clark sigue demostrando que es una de las compositoras e intérpretes más interesantes y propositivas de este siglo y lo reconfirma con esta obra discográfica impecable, quizá no tan experimental y hasta un poco inclinada al pop, pero con la misma finura y calidad que demostró desde su primer trabajo. A mi modo de ver, el disco del año.

(Publicado este mes en el No. 445 de la revista Nexos)

miércoles, 31 de diciembre de 2014

20 pronósticos para 2015

A punto de empezar el nuevo año, los servicios astro(i)lógicos de Mil cosas más presentan sus ya tradicionales presagios para los próximos doce meses; siempre inexactos, as usual, pero inocentemente malintencionados.

–La crisis política no sólo se agudizará, sino que se volverá infernal a medida que se aproximen las elecciones de medio año y medio sexenio. Sin embargo, al final nada pasará, las heridas se curarán con curitas y mertiolate, la familia política cerrará filas y el dinero para los partidos seguirá fluyendo tan generoso como de costumbre.

–Las reformas estructurales seguirán en el papel y continuarán siendo motivo de marchas, plantones y golpes subterráneos, hasta que se les hagan las adecuaciones necesarias para convertirlas en lo que siempre son las reformas en México: nada.

–Habrá varios cambios en el gabinete, pero con los mismos funcionarios de ahora. Por cuestiones de estrategia, Videgaray pasará al Infonavit, Osorio a la Procuraduría del Consumidor y Murillo a Pronósticos Deportivos.

–Este año sí, Manlio Fabio Beltrones volverá a dejarse el bigote a la Emilio Tuero y varios tríos de boleros le pedirán que se una a ellos, cosa que aceptará a menos que en una de esas le den la Secretaría de Gobernación.

–Pedro Aspe regresará a la política como nuevo secretario de Hacienda, a fin de hacer real su vieja frase de que la pobreza en México es un mito genial.

–La presencia del ex presidente Carlos Salinas se volverá cada vez más notoria. Opinará de todo, dará entrevistas a quien se las pida (las entrevistas), tratará de influir en los tres poderes de la Unión y firmará contrato con HBO para tener su propio reality show.

–Felipe Calderón regresará a México y tratará de quitarle el PAN y el pan a Gustavo Madero. No lo conseguirá y se refugiará en la cátedra, pero ya no en Harvard sino en una universidad patito de Morelia, donde fundará su propio grupo de autodefensa.

–Guerrero seguirá siendo el foco rojo del país hasta las elecciones de julio. Después todo se irá calmando, gracias a la elección de un gobernador de coalición entre el PRD, el PT, Morena, Guerreros Unidos y Los Rojos.

–La Ceteg organizará un referéndum entre sus agremiados para ver si se convierte en ONG o en la representación oficial del Estado Islámico en Guerrero.

–Se reglamentarán las manifestaciones, a fin de que los llamados anarcos sólo puedan cargar en sus mochilas cuatro piedras, tres palos, cinco chicles y dos bombas molotov. Encapuchado que rebase ese límite será multado con diez días de salario mínimo y se le impedirá utilizar su máscara en la siguiente marcha.

–El auditorio “Che Guevara” de la facultad de Filosofía y Letras será declarado territorio autónomo de la Universidad Nacional Autónoma de México (sí, ya lo es, pero falta oficilizarlo).

–A pesar del golpeteo político, el PRI será el ganón en las elecciones federales, con sus triunfos en varios estados y muchos municipios, además de las delegaciones Iztapalapa y Cuauhtémoc en el DF, gracias a la buena elección de sus candidatos: Juanito y el tepiteño Cuauhtémoc Blanco respectivamente.

–Morena asegurará el registro, mientras que el PT, Movimiento Ciudadano y el Panal lo perderán…, para sumarse a Morena. Andrés Manuel López Obrador  mantendrá su discurso de siempre contra la mafia en el poder, en la que además del PRIAN, Televisa y el PRD incluirá al Teletón y (por sugerencia de Antonio Mohamed) a la directiva del Club América.

–Miguel Ángel Mancera mantendrá su estilo autista y light de gobernar, se tomará muchas fotos, dotará a la policía de espadas láser de plástico, a la Star Wars, y seguirá dándole hasta con la cubeta a su ex carnal Marcelo.

–La Línea 12 del metro permanecerá detenida hasta nuevo aviso.

–Después de contender en una terna junto con Guerra de chistes y Las lavanderas, Sabadazo recibirá un Grammy especial como el programa más oligofrénico en la historia de la televisión mundial.

–Con Gustavo Matosas al frente y un poderoso equipo en el que sólo habrá tres mexicanos por nacimiento, el América llegará a la final del Torneo de Clausura y la perderá con las Chivas (este no fue pronóstico, sino un sueño guajiro de los que suele tener Jorge Vergara).

–Tigres y Cruz Azul jugarán como nunca y fracasarán como siempre.

–La selección mexicana será eliminada en la primera ronda de la Copa de Oro y el Piojo Herrera será cesado, para convertirse en el nuevo director técnico de los Murciélagos de Guamúchil.

–Mañana jueves será 1 de enero de 2015.

(Publicado en la sección QRR de Milenio Diario)

martes, 30 de diciembre de 2014

2014: un recuento

Mejor disco: Popular Problems de Leonard Cohen.
Mejor canción: “Slow” de Leonard Cohen.
Mejor disco de rock: Lazaretto de Jack White.
Mejor grupo de rock: Timber Timbre.
Mejor solista de rock: Jack White.
Mejor disco de art rock: St. Vincent de St. Vincent.
Mejor disco de alt-rock: Lost in the Dream de The War on Drugs.
Mejor disco de alt-folk: Morning Phase de Beck.
Mejor disco de anti-folk: Allergic to Water de Ani DiFranco
Mejor disco de rock clásico: lullaby and… The Ceaseless Roar de Robert Plant.
Mejor disco experimental: With a Little Help from My Fwends de Flaming Lips.
Mejor disco avant garde: You’re Dead! de Flying Lotus.
Mejor disco de rock pop: World Peace Is None of Your Business de Morrissey.
Mejor disco de rock progresivo: Pale Communion de Opeth.
Mejor disco de metal: Foundations of Burden de Pallbearer.
Mejor disco de electrónica: Syro de Aphex Twin.
Mejor disco de hip-hop: Piñata de Freddie Gibbs and Madlif.
Mejor disco de blues: Step Back de Johnny Winter.
Mejor disco de alt-country: Down Where the Spirit Meets the Bone de Lucinda Williams.
Mejor disco de jazz: Lathe of Heaven de Mark Turner Quartet.
Mejor regreso: Counting Crows con Somewhere Under Wonderland.
Mejor reedición discográfica: The Basement Tapes Complete de Bob Dylan.
Peor disco: Tracks of My Years de Bryan Adams.
Hecho más lamentable del año: la muerte de una decena de roqueros de los años sesenta, notablemente Joe Cocker y Jack Bruce.

México: 

Mejor disco: Di no a la yoga de Jaime López.
Peor disco: Norte de Little Jesus.
Hecho más lamentable del año: El fallecimiento, casi en el anonimato, del Capitán Pijama.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 29 de diciembre de 2014

La balada de Leon Russell

La reciente muerte de Joe Cocker hizo que las crónicas sobre el triste acontecimiento recuperaran la memoria sobre varios de los músicos que estuvieron a su lado en sus mejores momentos, entre ellos su amigo de toda la vida, el tecladista Chris Stainton; el también recientemente finado saxofonista Bobby Keys; la bellísima musa de muchos músicos a fines de los sesenta, Rita Coolidge; y el que fuera su director musical durante algunos años, el gran pianista, cantante, arreglista, compositor y productor, Leon Russell.
  Russell era un personaje muy especial en aquellos días y lo sigue siendo hoy, a sus setenta y dos años de edad. De aspecto arrogante, altivo, hierático, impenetrable, el hombre del sombrero de copa, los anteojos de sol, la luenga barba y la larga melena tenía el don del liderazgo y solía reunir a su alrededor a los mejores instrumentistas de lo que se sigue llamando la época de oro del rock.
  Nacido en Lawton, Oklahoma, en 1942, desde muy joven mostró sus dotes musicales. Era tan precoz que a los trece años formó su primer grupo, ya como pianista, para presentarse en el circuito de clubes nocturnos de Tulsa o como acompañante de Ronnie Hawkins y Jerry Lee Lewis.
  Más tarde, se instaló en Los Ángeles para trabajar como músico de sesión y a principios de los sesenta ya era arreglista a las órdenes de Phil Spector y de Ike Turner. Poco después, se asoció con el músico Marc Benno y puso su propio estudio de grabación, producto de lo cual fueron dos álbumes fundamentales: Look Inside the Asylum Choir (1968) y Asylum Choir II (1971).
  Fue por ese tiempo que Russell irrumpió como gran estrella del rock, al unirse a Joe Cocker y una treintena de músicos más para conformar la extraordinaria banda Mad Dogs & Englishmen, con la que grabó un álbum doble homónimo y filmó un largometraje. Su composición “Delta Lady” fue un gran éxito en la voz de Cocker y el despegue del de Oklahoma fue definitivo. Tanto así que George Harrison lo llamó como director musical para el célebre Concierto para Bangladesh de 1971 (con álbum triple y filme incluidos). Por ese tiempo colaboró también con Bob Dylan, BB King y Eric Clapton.
  Su idea sin embargo no era la de ser un sempiterno músico de acompañamiento y empezó a dar prioridad a su labor como solista, con discos tan espléndidos como Leon Russell (1970), Leon Russell and the Shelter People (1971) y Carney (1972), además de composiciones como “A Song for You”, “Hummingbird”, “Tight Rope”, “This Masquarade” o su clásico “Superstar”.
  A partir de entonces y aunque no dejó de trabajar y grabar, la carrera de Russell empezó a entrar en un ocaso de popularidad, ocaso del cual no saldría hasta 2010, cuando Elton John prácticamente lo rescató de la oscuridad para grabar a dueto el larga duración The Union, producido por T-Bone Burnett. Esto reanimó al viejo león septuagenario y apenas en abril de este 2014 produjo su más reciente plato, el excelente y casi testamentario Life Journey, con el que vino a demostrar que aún se encuentra en gran forma y lejos todavía del asylum choir.

(Publicado el sábado pasado en la sección "De culto" del suplemento Laberinto de Milenio Diario)

domingo, 28 de diciembre de 2014

Don Juan

Mi papá, a fines de los años treinta del siglo pasado.
Hoy se cumplen ya veintitrés años de que mi papá se fue de este mundo y no dejo de extrañarlo muchísimo. Todos los días lo pienso, todos los días le platico y todos los días lo siento a mi lado. Varias veces he escrito de él en este blog, tanto en sus aniversarios luctuosos como cada día de su cumpleaños (nació el 2 de enero de 1921, lo cual significa que estaría a punto de cumplir noventa y cuatro años). Vuelvo a escribir mi recuerdo y mi nostalgia por el gran Johnny, ese tipazo bohemio y apasionado, ese irónico irremediable, ese hombre sentimental y divertido, ese amante de la vida, de la música y de las mujeres. Mi padre.

sábado, 27 de diciembre de 2014

El año que vivimos en delirio

2014 ha sido para México un año especialmente vertiginoso, intenso, trágico, doloroso. Sobre todo los últimos tres meses, en los que volvieron a imperar, tal como sucedió en 2006 y 2012, la polarización, el odio, el revanchismo, la desconfianza, el maniqueísmo, el encono, la violencia, el fanatismo y la estupidez.
  El país se encuentra tristemente dividido, eso es cierto, pero no de la manera como se presenta desde ciertas percepciones interesadas. La situación es muy difícil y en algunos puntos del territorio nacional resulta crítica y desbordada, pero no es todo México el que está así y eso también habría que señalarlo. El contexto en Guerrero no es el mismo que el de Yucatán y el de Michoacán no es el mismo que el de Querétaro, por poner un par de ejemplos comparativos. La generalización no ayuda y es lo que hacen muchos, a fin de abonar para sus causas. Sin embargo, pensar que con no generalizar disminuye el problema sería tan irresponsable como lo contrario.
  Ayotzinapa es la palabra clave de este año mexicano. Es sinónimo de tragedia y muerte, de iniquidad y horror, pero también de oportunismo, manipulación, pretexto y conjura. La desaparición y la casi segura ejecución de los estudiantes normalistas en Iguala y Cocula fue obra de un munícipe, su esposa y sus subordinados, aliados con un cártel local. No obstante, con habilidad propagandística sorprendente y desde oscuros aunque detectables sotanos golpistas, se logró crear la percepción de que los verdaderos culpables materiales e intelectuales del crimen no fueron los que fueron, sino el gobierno federal, identificado como “el Estado”. Desde esa delirante y perversa percepción y desde la incapacidad del propio gobierno para contrarrestarla es que se ha provocado la actual crisis política, misma que amenaza con proseguir al menos de aquí hasta las elecciones federales de 2015.
  Así termina 2014, en medio de temores, tensión e incertidumbre. El gran Nikito Nipongo solía decir: “Si este año le pareció terrible, no se preocupe: el próximo será peor”. Hay quienes eso anhelan. Ojalá que no lo consigan.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 26 de diciembre de 2014

John Mayall / Blues from Laurel Canyon (1969)

Mayall grabó excelentes discos en su etapa inicial, pero éste tiene una frescura y un encanto muy especiales. Inspirado en un viaje a Los Angeles, en el cual convivió con los integrantes de Canned Heat, el bluesman británico compuso varios de sus mejores temas. Por cierto que el guitarrista aquí es el ex rolling stone Mick Taylor, cuando era casi adolescente.

Mejor tema: “The Bear”

jueves, 25 de diciembre de 2014

Joe Cocker, ese mad dog

Aunque el lugar común asocia a Joe Cocker con su extraordinaria y visceral versión de “With a Little Help from My Friends”, de Lennon y McCartney, que deja en calidad de tonada bobalicona a la original de los Beatles, la realidad es que el nacido en Sheffield, Inglaterra, en 1944, era mucho más que aquella su presentación ante el mundo en el mítico festival de Woodstock de 1969. Porque fue ahí, en Woodstock, donde nació la leyenda de aquel vocalista extrañísimo que al cantar engarrotaba las manos y agitaba los brazos como un enfermo de mal de San Vito, mientras de su garganta surgía un vozarrón negroide y desgarrado, casi gutural; sin embargo, para llegar a semejante escenario había que tener una carrera previa, por breve que esta fuese.
  Aunque empezó a cantar desde la adolescencia, Joe Cocker hizo sus verdaderos pininos en el rock en 1963, cuando bajo el nombre artístico de Vince Arnold abrió un concierto de los Rolling Stones. El tal Vince Arnold era una especie de imitador de Elvis Presley que no tuvo mayor repercusión y el joven tuvo que replantear su naciente carrera, por lo que al lado de su gran amigo de toda la vida, el tecladista Chris Stainton, en 1966 formó The Grease Band y ya con su nombre real empezaron a tocar en toda clase de escenarios. Dos largos años tardarían en lograr el éxito, un éxito que los lanzaría a las grandes ligas del rock, gracias al singular arreglo que hicieron de la canción “With a Little Help from My Friends” de los Beatles, a la cual transformaron en una lenta y acompasada pieza de soul, llena de garra y fuego, que sacudía a todo aquel que la escuchaba. La manera de cantar de Cocker, muy en la vena de su admirado Ray Charles, sorprendió a propios y extraños y el tema fue aclamado por la crítica y el público, aunque su verdadera trascendencia internacional la logró cuando él y su grupo aparecieron en el escenario del festival de Woodstock, en 1969, y la interpretación fue incluida tanto en el álbum triple que sobre el evento apareció a las pocas semanas, como en el largometraje que se filmó sobre el mismo, ambos con el título de Woodstock. Gracias a ello, el nombre de Joe Cocker se conoció en todo el planeta y así, de un solo golpe, el hombre se convirtió en superestrella del rock.
  Para ese entonces, ya había grabado su primer álbum y de inmediato le ofrecieron hacer un segundo, el excelente y homónimo Joe Cocker (1969), para el cual Paul McCartney y George Harrison, impresionados por su versión de “With a Little Help…”, le pidieron que incluyera “She Came in Through the Bathroom Window”y “Something”, aunque el verdadero hit de ese plato sería “Delta Lady”, una composición de Leon Russell, quien acababa de convertirse en el nuevo director musical del cantante.
  No obstante, el gran despegue de Cocker se daría al año siguiente, cuando con Russell reunió a una enorme troupée de treintaitantos músicos para conformar la banda Mad Dogs and Englishmen, con la cual realizaría una larga y agotadora gira que se traduciría en un sensacional álbum doble y en una espléndida película. Con gente como el propio Russell, su entrañable Chris Stainton, la cantante Rita Coolidge, el saxofonista Bobby Keys, el trompetista Jim Price, el baterista Jim Keltner y una larga lista de talentosos instrumentistas y coristas, Cocker encabezó a la efímera pero hoy mítica agrupación y logró éxitos como sus versiones únicas a “The Letter” de los Box Tops, “Feeling Alright” de Dave Mason, “Honky Tonk Women” de los Rolling Stones, “Bird on the Wire” de Leonard Cohen y “Girl from the North Country” de Bob Dylan, entre otras varias.
  Fue aquella quizá la cúspide de la fama y el éxito masivo para Joe Cocker, pues aun cuando su carrera se extendería por cuarenta años más, nunca logró repetir aquellos momentos de gloria.
  Lo de Mad Dogs and Englishmen fue, más que un tour, un verdadero tour de force. La cantidad de presentaciones y el ritmo vertiginoso de los desplazamientos hicieron que el alcohol y las drogas corrieran de manera abundante y Cocker bebió y consumió sustancias hasta decir basta. Su salud se vio muy afectada y esto se reflejaría en lo que fue su carrera a lo largo de la siguiente década: largos periodos de ausencia y escasas actuaciones, acompañado de músicos menos conocidos, aunque el buen Chris Stainton siempre estaba ahí para echarle la mano. A lo largo de los años setenta, la fama que traía gracias a Woodstock le alcanzó para realizar algunas giras internacionales e incluso participó en una emisión de Saturday Night Live, en la que cantó “Feelin Alright” y John Belushi apareció a su lado para imitarlo de manera genial. De sus álbumes de esos años, cinco en total, sólo destacaría el I Can’t Stand a Little Rain de 1974, con sus bellísimas interpretaciones de “You Are So Beautiful” y “Guilty”, y el Luxury You Can Afford de 1978, con sus versiones a “A Whiter Shade of Pale” de Procol Harum y “Watching the River Flow” de Bob Dylan.
  La de los ochenta fue una década más bien oscura para Cocker. Si bien no le faltó trabajo y actuó de manera constante, además de grabar una quinteta de álbumes que pasaron sin pena ni gloria, no logró sobresalir sino hasta 1986, cuando su versión a “You Can Leave Your Hat On” fue incluida en la cinta Nueve semanas y media de Adrian Lyne y se convirtió en un éxito mundial. Un año después, lograría otro primer lugar musical con su gran cover a la clásica “Unchain My Heart”, popularizada muchos años antes por Ray Charles.
  Pero Joe Cocker ya no era visto por las nuevas generaciones como un cantante de rock, sino más bien como un intérprete de lo que la mercadotecnia empezaba a llamar música para “adulto contemporáneo” (cualquier cosa que ello signifique). Sus seguidores eran gente de su edad que había abandonado la agitada vida del sexo, drogas y rocanrol o lo había cambiado por otro tipo de sexo, otro tipo de drogas y un rock apaciguado por el mainstream. Esto se acentuaría en los noventa, con el surgimiento de la generación X y la música grunge.
  Aunque su disco Night Calls de 1992 es muy bueno (su versión de “Can’t Find My Way Home” de Steve Winwood es sublime), el resto de su discografía noventera resultó ignorada (y con razones válidas, pues es bastante flojita).
  Ya durante este siglo, las cosas mejoraron un poco desde un punto de vista artístico, con álbumes de mayor calidad como Respect Yourself de 2002, Heart & Soul de 2004 e Hymn for My Soul de 2007. Fire It Up de 2012, su último disco en estudio, sería un triste e involuntario testamento musical. Un plato demasiado convencional y pasteurizado, hecho por un hombre de sesenta y ocho años de edad, ya sin el filo de sus tiempos mozos.
  Durante un concierto en el Madison Square Garden de Nueva York, apenas el pasado 17 de septiembre, Billy Joel dijo que Joe Cocker no se encontraba muy bien de salud y que era momento de incluirlo en el Salón de la Fama del Rock. No hubo tiempo para ello. Tristemente, el cantante murió de cáncer de pulmón este lunes 22 de diciembre.
  Descanse en paz este mad dog, este englishman.

(Publicado hoy en a sección "El ángel extermiandor" de Milenio Diario)

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Linda Navidad (con Jan por Skype)

Al igual que el año pasado, hoy en la tarde me fui a Tepepan para comer en la casa de Myrna. Esta vez fuimos menos, pero estuvo igualmente agradable con Myrna, Jorge, Axel, Leyla, Ivette, mi mamá y yo. Como a las nueve me dieron un aventón a Tlalpan, donde cené en casa de Rosa.
  También ahí todo estuvo muy bien y la sorpresa de la noche fue la presencia de mi amado Jan por medio de Skype. Fue muy emocionante platicar con mi hijo después de casi dos años de no verlo (digo, hemos charlado muchísimas veces por el inbox de facebook durante este tiempo, pero no es lo mismo verlo... y no sé por qué no lo habíamos hecho antes). Nos acompañó a distancia, con catorce horas de adelanto (en China ya era la tarde del día 25), durante parte de la cena y en el intercambio de regalos (Hallet me dio una mochila muy bonita).
  En la casa estábamos Rosa, Rosita, Gerardo, Yazmín, Valentín, Isaura, Emiliano, Santiago, Dereck, Hallet, Alain y yo, además de Gudiño y su chava argentina, a quienes invitó Alain. Cena deliciosa y abundante que terminó temprano. A las dos de la mañana ya estaba yo en mi casa, gracias al raid que me dio el buen Gudiño.
  Una muy feliz Navidad.

martes, 23 de diciembre de 2014

Smashing Pumpkins navideños

Está bien, lo acepto: esta vez el título de la columna es engañoso y no se ajusta del todo a la verdad. Sí, en efecto, voy a referirme al más reciente álbum de los Smashing Pumpkins. Sin embargo, lo único de navideño que tiene el disco es haber aparecido en estos días previos a la fiesta más importante de la cristiandad. Sólo quise llamar la atención del amable lector, normalmente distraído en estos días de final de año. Me disculpo por emplear tan bajo recurso.
  Pero valió la pena que se tomara usted un poco de su tiempo para leer el artículo, porque Monuments to an Elegy (2014), el flamante plato de esta legendaria agrupación de Chicago, es una obra de excelente factura. Billy Corgan (y aquí podría haber un segundo engaño porque, seamos honestos, se trata más de un disco de Corgan que de los Smashing Pumpkins, ya que es el único miembro original del cuarteto que está presente en la grabación y todas las canciones son suyas)… Billy Corgan, decía, nos regala, con cierta tacañería cuantitativa aunque con gran generosidad cualititativa, nueve temas que abarcan apenas poco menos de media hora de escucha. Puede parecer muy poco –y lo es–, pero le aseguro que, aun así, Monuments to an Elegy es una colección de muy buenas y variadas composiciones.
  Corgan ha sabido madurar sin perder sus raíces y su estilo primigenio. En estas nueve piezas está todo lo que este músico ha sido, desde el primer disco de los Smashing Pumpkins hasta su más reciente trabajo como solista, y eso se transluce en canciones como la inicial y brillantísima “Tiberius”, la bella y suntuosa “Being Beige”, la intensa y persistente “Anaise!”, la poderosa y densa “One and All”, la inesperadamente electrónica “Run2Me”, la mágica y sensual “Drums + Fife”, las casi new wave “Monuments” y “Dorian” (esta última una delicia) y la grungera y a la vez popera “Anti-Hero”.
  Monuments to an Elegy es un trabajo impecable. Poco importa si son o no los Smashing Pumpkins. La presencia fundamental es la de Corgan y esa está ahí, inconfundible, indeleble, espléndida.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 22 de diciembre de 2014

La coartada perfecta

Si Alfred Hitchcock fue el amo del suspenso en el cine, Patricia Highsmith lo fue en la literatura y eso se ve tanto en sus espléndidas novelas (como Ese dulce mal, Crímenes imaginarios, El grito del búho o, mi favorita, La celda de cristal) como en sus estupendos, intensos y casi siempre irónicos relatos breves. "La coartada perfecta" es uno de ellos y se trata de un claro ejemplo de las habilidades de la Highsmith para el suspense. En pocas páginas, nos envuelve con esta historia de un torpe asesinato "por amor" que tiene todos los ingredientes para ser descubierto y que de pronto, por una caprichosa vuelta de tuerca del destino, otorga al homicida una inesperada coartada que en verdad parece perfecta y promete salvarlo de la cárcel, hasta que, justo al final, un detalle en principio insignificante se convierte en su condena.
  Hay que leer este cuento para conocer la anécdota y saber de los personajes que aparecen en ella. Por ello no doy los detalles del mismo, sino sólo la estructura en que se enmarca, una estructura genial, resuelta por la escritora tejana con su excepcional talento narrativo que desemboca en un guiño sarcástico al lector, quien no sabe si alegrarse o condolerse por la suerte del asesino.

domingo, 21 de diciembre de 2014

El perfume de la papaya verde

Poética, contemplativa, leve, tranquila, de una abrumadora belleza visual y temática, esta cinta franco-vietnamita, escrita y dirigida en 1993 por Tran Anh Hung (quien casi veinte años después realizaría la versión cinematográfica de Tokyo Blues o Norwegian Wood, la novela de Haruki Murakami), es una de esas sorpresas artísticas que llegan ante uno casi sin querer y muy de vez en cuando.
  El perfume de la papaya verde es un poema fílmico, una historia en la que el tiempo transcurre con una sabia placidez y aunque pareciera que a lo largo de la película nada pasa, en realidad es mucho lo que acontece a lo largo de más de diez años en la vida de la protagonista principal, Mui, una niña huérfana que llega a trabajar a la casa de una conflictiva familia de clase media alta del Saigón de 1951. Todo lo que sucede en la casa y en el seno de esa familia lo vemos por medio de los ojos de esta chiquilla analfabeta que con ojos llenos de inocencia y asombro se fija en cada detalle de lo que transcurre a su alrededor, ya sean los problemas de sus patrones y sus hijos, los secretos de la cocina o las minucias que ofrece la naturaleza que la rodea: el canto de los grillos, el rocío que escurre en las plantas, la diaria labor de las hormigas y el aroma sempiterno de la papaya verde.
  Así pasan los años, hasta que se produce una tragedia en la casa y ante la escasez de dinero, Mui debe irse a trabajar a la casa de un joven amigo de la familia, un apuesto pianista que la contrata y que no le hace mucho caso, a pesar de que ella se desvive -aunque con grande y elegante discreción- por atenderlo con minuciosa y callada lealtad. Él tiene una novia pedante con la que al fin termina y entonces descubre la belleza de Mui, ya una veinteañera, a quien no sólo toma como mujer sino que le enseña a leer con simpática dedicación.
  Dirigida con un tacto y una sutileza sorprendentes, El perfume de la papaya verde es una obra de arte. Fue filmada en Francia, enteramente en estudio, a pesar de que todo el tiempo uno cree que la historia se desarrolla realmente en aquel Saigón anterior a la guerra de Vietnam.
  Una absoluta maravilla.

sábado, 20 de diciembre de 2014

El Estado Islámico de Guerrero

México es el único país del mundo donde los patos le tiran a las escopetas. El síndrome del 68 es un trauma tan grande que paraliza a los gobiernos y hace que su obligación de guardar el orden y la paz se olvide, en aras del derecho que tenemos los ciudadanos para protestar y manifestarnos… y de paso para tundirles a los policías y demás fuerzas “represoras”.
  Esto quedó más que claro a partir del 1 de diciembre del año antepasado, cuando grupos de enmascarados atacaron a los granaderos de la capital con piedras, palos y bombas molotov, y llegó a su clímax en estos días en Guerrero, cuando so pretexto del crimen de Ayotzinapa, profesores pertenecientes a la CETEG se lanzaron abiertamente a las calles para incendiar edificios públicos, destrozar bienes, incendiar vehículos y, en el extremo del delirio y la iracundia, golpear policías, vejar funcionarios, humillar periodistas y atropellar (y no es metáfora) a agentes federales.
  Convertida en una especie de réplica región 4 del Estado Islámico, la CETEG actúa con ciego fanatismo y arrasa a todos aquellos que no están con ella. Se arroga incluso el derecho a decidir quién puede y quién no puede celebrar algo, bajo su dicho de que “estamos de luto”, y en consecuencia sus hordas actúan violenta y arbitrariamente. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que linchen a alguien o de plano empiecen a “ajusticiar” a “enemigos del pueblo” por motivos “revolucionarios”? Mientras tanto, el gobierno estatal brilla por su ausencia.
  Al recibir la medalla Belisario Domínguez hace unos días, el escritor Eraclio Zepeda, un hombre de intachable trayectoria de izquierda, dijo que “por grande que sea el dolor, el crimen no se combate con más crimen. La arbitrariedad, la violencia, la destrucción de instituciones y propiedades de particulares y el acoso de los trabajadores y la ley, al grado de poner en peligro su propia integridad, es inaceptable”.
  La mala imitación del EI en Guerrero no puede continuar con semejante impunidad. Navegar con patente de progresista no otorga licencia para vandalizar, para delinquir, para agredir o –esperemos que no ocurra– para matar.
  (Aun así: feliz Navidad, estimado lector).

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 19 de diciembre de 2014

Leon Russell / Asylum Choir II (1971)

El antiguo pianista y arreglista de Joe Cocker construyó una muy respetable discografía, en la cual destaca este prácticamente desconocido larga duración en cuyos cortes podemos encontrar una parte de las más experimentales y peculiares canciones del controvertido multiinstrumentista, al lado del hoy olvidado Marc Benno.

Mejor tema: “Straight Brother”