lunes, 25 de agosto de 2014

GoodFellas

¿Qué se siente ser un mafioso? De eso trata esencialmente GoodFellas, la obra maestra de las obras maestras de Martin Scorsese. Filmada en 1990, esta saga monumental sigue -de manera casi documental- el camino de Henry Hill, un italiano-irlandés de Nueva York, quien de adolescente queda seducido por los privilegios de que gozan los mafiosos de su barrio y decide integrarse a ellos, para lo cual debe recorrer una accidentada senda de treinta años (de 1955 a 1985), en los cuales conoce de todo: desde el poder y la impunidad casi absolutos, hasta la ruina y la caída en desgracia.
  Basada en el libro Wise Guy, Life in a Mafia Family de Nicholas Pileggi, quien entrevistó al verdadero Henry, Buenos muchachos (como se conoce en español) es un filme prácticamente perfecto en el que no existe lo que podríamos llamar una trama argumental, sino que simplemente (simplemente es una manera de decirlo) va documentando la vida de Henry y de sus dos principales compinches: Jimmy Conway (quien prácticamente lo adopta cuando tenía dieciséis años) y Tommy Devito, un tipo de la misma edad de Henry, pero con una demencia criminal impresionante. Alrededor de ellos están muchos wise guys, tipos de la mafia neoyorquina italiana encabezados por el padrino Paulie, un tipo entre paternal y despiadado, como todos los grandes jefes mafiosos.
  La cinta inicia con un asesinato a sangre fría, cuando ante los ojos de Henry, Jimmy y Tommy matan a un hombre ensangrentado que yace en la cajuela de un carro, momento clave que determinará más adelante la suerte de los tres personajes.
  Hay varias escenas de antología, pero entre ellas destaco el larguísimo traveling con el que Scorsese filmó la entrada de Henry y su mujer, desde la parte trasera, a un lujoso cabaret, mientras pasan por un laberinto de corredores, por la cocina y por otros rincones, hasta desembocar en la pista principal, donde les dan una mesa en el mejor lugar de todos. Extraordinaria secuencia sin un solo corte.
  Los actores elegidos para GoodFellas no pudieron ser mejores: Ray Liotta, en uno de sus primeros papeles, interpreta a Henry, mientras que los geniales Robert de Niro y Joe Pesci hacen lo propio con Jimmy y Tommy, respectivamente. También destacan la gran Lorraine Bracco como Karen, la esposa de Henry, y el siempre espléndido Paul Sorvino como Paulie Cicero.
  Buenos muchachos es una de las más grandes películas de todos los tiempos y, a mi modo de ver, una de las diez mejores cintas de gangsters, al lado de White Heat, Public Enemy, The Roaring TwentiesOnce Upon a Time in AmericaScarfaceMiller's Crossing y las tres partes de El Padrino.

domingo, 24 de agosto de 2014

Planeta Futbol

Es una maravilla. Planeta futbol, el grupo de canales de Sky que trasmite todos los partidos de la Premier League de Inglaterra y todos los de la Liga Española, aparte de otros juegos, incluidos algunos de la Liga MX, es una gran cosa, sobre todo si se ve en alta definición. Yo estoy como niño con juguete nuevo y ya llevo dos fines de semana plenos de felicidad futbolera. Nada de depender más de TDN y sus mugrientos dos juegos del torneo de España a la semana (y luego te pasan los menos atractivos), nada de suspirar porque Fox Sports recupere a la liga inglesa. Además, uno tiene la posibilidad de escuchar las narraciones originales y no tener que chutarse a los horrendos comentaristas nacionales. Lo mejor de todo es que ahora pago menos que con Cablevisión, como ya lo había contado. Hoy vi al Barça ganarle al Elche y mañana estará el juegazo entre Manchester City y el Liverpool. En fin, gran cosa Planeta Futbol.

sábado, 23 de agosto de 2014

El Estado Islámico y el horror

Cuesta mucho salir del pasmo que provoca la ejecución del periodista estadounidense James Foley, degollado por un verdugo al servicio de esa escalofriante organización abiertamente terrorista que se hace llamar Estado Islámico y que tiene sometida, bajo un régimen de violencia y muerte, a una amplia zona de Siria y del norte de Irak. Grabada en video y difundida por las redes sociales, la escena ha estremecido al mundo, al tiempo que ha difundido los extremos a los que son capaces de llegar los personeros de este grupo yihadista liderado por el delirante Abu Bakr al Bagdadi, quien para continuar con sus horrores acaba de ordenar la ablación de todas las mujeres que vivan en el “califato” que hoy domina.
  Esto significa que las niñas y jóvenes que tengan la desgracia de vivir en esa región sufrirán la mutilación genital, a fin de “cuidar a la sociedad musulmana y evitar la expansión del libertinaje y la inmoralidad entre las mujeres”, según dice la llamada Comisión Legal del Estado Islámico.
  Decapitaciones y ablaciones, además de intolerancia y guerra total contra los infieles (que no son sólo aquellos que no profesan la fe en Alá, sino incluso los musulmanes que no pertenecen a la facción sunita). En una palabra, se trata de una virtual declaración en contra de la enorme mayoría de la humanidad y ello incluye a católicos, protestantes, budistas, ateos y hasta la mayoría de los mahometanos. El delirio total.
  Con veinte mil combatientes dispuestos a matar o morir por su causa, el fanatismo de este grupo provoca incredulidad y asombro y nos hace ver los extremos a los que puede llegar el fanatismo, ya sea religioso, racial o político, algo de lo que no estamos a salvo en parte alguna del planeta donde este pueda germinar.
  No sé hasta dónde llegue la locura del Estado Islámico y si se le podrá poner un alto. Pero el terror que pregona podría propagarse con mayor rapidez que el ébola y transformarse en un cáncer muy difícil de extirpar. Sólo espero que no surja algún diputado mexicano que los defienda por ser “antiimperialistas”.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 22 de agosto de 2014

Las fundaciones de Pallbearer

El rock, en cualquiera de sus géneros, ya no puede inventar el hilo negro y el metal –o, en este caso específico, el doom metal– no es la excepción. Escuchar a una banda, por muy nueva que sea, siempre nos remitirá a sus influencias. En el caso de Pallbearer, el cuarteto fundado en Little Rock, Arkansas, en 2008, lo mismo hay trazos de Black Sabbath y de las diversas agrupaciones por las que ha navegado Ozzy Osbourne, que de Alice in Chains (muy especialmente en las armonías vocales). Esto no quiere decir, sin embargo, que se trate de algo cuestionable. Dime cómo absorbes y digieres tus influencias y te diré quién eres y de Pallbearer y su flamante Foundations of Burden (Profound Lore, 2014) se puede decir que se trata de una excelente propuesta de doom, con un sonido impecable dentro de su oscuridad, brillante dentro de su espesura, excelso dentro de su lento y acompasado poderío.
  Con un solo álbum como antecedente, el impresionante aunque un tanto áspero Sorrow and Extincion (2012), el grupo encabezado por el guitarrista y cantante Brett Campbell confecciona una música de aires cuasi sinfónicos, en la cual edifica enormes y gruesas paredes de sonido que no dejan resquicio alguno. Eso lo escuchamos claramente en temas como “Foundations”, "Watcher in the Dark” o “The Ghost I Used to Be”, en los que la densidad armónica es apuntalada por el seco resonar de la sección rítmica, lo que conforma un marco espléndido para las vocalizaciones de Campbell.
  Con Devin Holt en la segunda guitarra, Joseph D. Rowland en bajo y teclados y Mark Lierly en la batería (este último de nuevo ingreso en la banda), Pallbearer consigue transportarnos a negras atmósferas y tétricos paisajes en los que, no obstante, siempre brilla una pequeña luz. Cada composición es un viaje que casi siempre supera los diez minutos de duración y logra meternos en un entorno hipnotizante que, lejos de enajenarnos de la realidad, nos hace vislumbrarla de distinta manera.
  Así, cortes como el abridor y enjundioso “Worlds Apart” o el esplendoroso y casi progresivo “Ashes” (único tema corto del disco, con sus apenas poco más de tres minutos de duración) llevan una carga de, digamos, esperanza, a pesar de la obsesión que la banda parece tener por cuestiones como el dolor y la mortalidad, mientras que un track como “Vanished” posee ominosos aires proto gregorianos y medievales en esa su larga travesía de más de once minutos que nos conduce al final del disco.
   Foundations of Burden (grabado en Portland, Oregon, y producido por Billy Anderson, quien ha trabajado con The Melvins, Mr. Bungle y Jawbreaker, entre otros) es uno de esos discos de metal ideales para quienes no gustan tanto de este género. Su tranquilo navegar, a pesar de lo tenebrosos que puedan ser los mares por los que pasa, y la belleza siniestra de su música (vocalmente, por ejemplo, no hay espasmos guturales y rítmicamente no existen momentos para headbangers aferrados), lo hacen ideal para oídos menos entrenados o no tan dispuestos a enfrascarse con propuestas más abigarradas. Con todo, es doom metal, en su más alta, majestuosa y artística expresión.

(Publicado este mes en las sección de discos del sitio de la revista Marvin)

miércoles, 20 de agosto de 2014

Townshend

Hace cerca de año y medio, publiqué la reseña del libro autobiográfico Who I Am de Pete Townshend en el suplemento cultural Laberinto de Milenio Diario (esta es la liga para leerla), pero la hice cuando aún me faltaban unas cuarenta páginas (de las quinientas que tiene) para terminarlo. Hoy por fin leí lo que me faltaba y puedo decir, oficialmente, que lo he acabado. Gran libro, más que recomendable. Un imprescindible para seguidores de The Who.

martes, 19 de agosto de 2014

Sinéad O’Connor en plan de jefa

¿Qué significa que la canción abridora del disco de un músico lleve como nombre el título de su álbum anterior? Significa, sobre todo, continuidad. Continuidad y reafirmación de una idea.
  Es el caso de Sinéad O’Connor y su nueva propuesta discográfica, misma que abre con una pieza llamada “How About I Be Me”, homónima de su trabajo inmediatamente pasado, el How About I Be Me (And You Be You)? de 2012.
  I’m Not Bossy, I’m the Boss (Nettwerk. 2014) se llama el flamante larga duración de la controvertida irlandesa, especialista en hacer grandes canciones y en ser el centro de cuanto huracán le es posible convocar (basta con recordar la ocasión en que rompió una fotografía del Papa Juan Pablo II frente a las cámaras de Saturday Night Live y todo lo que provocó con ello). “No soy mandona, soy la que manda” podría ser la traducción más o menos libre del nombre del nuevo disco, mismo que está dedicado… “a mí misma”.
  ¿Nos encontramos entonces frente a una obra megalomaniaca, ante un tributo a la egolatría de una cantante y compositora delirante? Pues no. En realidad se trata de uno de los álbumes más destacados de O’Connor, uno que, al igual que su ya mencionado antecesor, retoma la calidad de lo mejor de su discografía (The Lion and the Cobra de 1987, I Do Not Want What I Haven’t Got de 1990, Universal Mother de 1994), pero esta vez con un aire de música negra que se refleja en algunas de sus composiciones, ya sea las estupendamente blueseras “Kisses Like Mine” y “The Voice of My Doctor” (esta última con una urgencia que recuerda a PJ Harvey), las delicadamente souleras “Dense Water Deeper Down” y “How About I Be Me” o la muy gospeliana “Take Me To Church”.
  Estamos ante un disco tan poderoso e intenso como la propia Sinéad, con composiciones desgarradas como “Harbour”, intimistas como “Streetcars”, sensuales como “The Vishnu Room”, curiosas como “James Brown” o “8 Good Reasons” (dedicada, por extraño que parezca, a la popera Miley Cyrus) y exultantes como “Where Have You Been?”.
  I’m Not Bossy, I’m the Boss es un gran álbum. Sinéad O’Connor se encuentra en plena forma.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 18 de agosto de 2014

Un poema de 1995

Retrato infantil


Ojos vivos, más que vivos,
                                            vivaces, vivificantes.
Mirada de alba humedecida.
Amanecer de flor errante, desenraizada.
Tu polen habría de volar,
llevado por aires encontrados,
a todas partes,
a ninguna.
Niña de boca violeta.
Labios delgados que no empobrecen
al prometer un mañana
que es ayer
y anteayer
y hoy que fenece agosto.
Mejillas de sándalo,
sonrientes carrillos.
Fulgor de luna sin noche
que desierta vez
alguien no vería contigo.
Niña de dulce.
Niña de piloncillo.
Terrón de niña azucarada.
Besar tu frente quisiera.
Cubrirte con un manto de azucenas
y al tiempo que adormeces tus ojos
(vivos, más que vivos,
                                     vivaces, vivificantes),
entonarte una canción de cuna;
para que duermas
tranquila y suave,
inocente,
como la mujer niña que eres,
que sigues siendo,
desde el fondo de tu retrato de infanta,
hasta la superficie caoba
de tu hechicera presencia.

Agosto de 1995

domingo, 17 de agosto de 2014

Dave Mason y el secreto para sentirse bien

Para Ciro Gómez Leyva y Adolfo Cantú.

Pocas cosas tan difíciles como tratar de vivir al lado de un niño prodigio. Bastaría con preguntárselo a Antonio Salieri. Tal vez esa criatura prodigiosa no se apellide Mozart sino Winwood, pero ello bastaría para arruinarle la vida a cualquiera que quisiese crecer con semejante losa encima.
  Tal fue el caso de Dave Mason, talentoso compositor, guitarrista y cantante, quien tuvo la gracia o la desgracia de ser el cofundador de una de las bandas más finas de la historia, al lado de un genio de la música popular del siglo pasado, un monstruo de voz aguda, carácter dispar y creatividad sin límites que responde al nombre de Steve Winwood. Junto con Jim Capaldi y Chris Wood dieron a luz a Traffic, pero Mason nunca pudo sobrellevar la sombra del caudillo y apenas participó en un par de álbumes antes de abandonar el barco.

Querido señor anti fantasía
Nacido en Worcester, Inglaterra, el 10 de mayo de 1946, Dave Thomas Mason fue pieza clave en la grabación de uno de los más grandes discos debut que registran los anales del rock, el esplendoroso Mr. Fantasy (1967), en el cual contribuyó con tres canciones de su autoría. Fue sin embargo en el segundo álbum del grupo, el extraordinario y homónimo Traffic (1968), en el que registró cinco temas espléndidos, entre ellos joyas como “You Can All Join In”, “Don’t Be Sad” y, sobre todo, “Feelin’ Alright” que se convirtió en un clásico instantáneo.
  Por desgracia, hasta ahí llegó la colaboración con Winwood. La lucha de egos resultaba demasiado desigual. Mason sabía que en Traffic siempre sería un segundón y prefirió dejarle ese papel a Capaldi y emprender no la graciosa huida, sino el camino hacia la independencia (aunque en 1969 todavía apareció un tercer disco, Last Exit, con grabaciones que habían quedado fuera de los dos platos anteriores y en el que venía la bella “Just for You” del propio Mason).

Una oscuridad inmerecida
En un principio, separarse de Traffic pareció una decisión impecable que situaría al buen Dave en el lugar que merecía. Sus participaciones en discos de Jimi Hendrix, los Rolling Stones, Delaney and Bonnie, Cass Elliot, George Harrison y Eric Clapton, más la grabación de su primer álbum como solista, el precioso Alone Together (1970), así lo indicaban. Todavía vino una de sus obras menos valoradas y sin embargo de gran calidad artística: el larga duración Headkeeper (1972). No obstante, a partir de ahí su estrella empezó a desvanecerse, mientras que la de su némesis, Steve Winwood, brillaba cada vez más, ya fuese con Traffic o en plan de solista.
  A lo largo de más de treinta años, Dave Mason siguió grabando y actuando, pero en una oscuridad inmerecida de la que nunca logró escapar. Todos seguimos recordándolo por su paso por Traffic y por “Feelin’ Alright”, esa canción con tantas versiones de tantos músicos (Joe Cocker, Grand Funk Railroad, Mongo Santamaría, Three Dog Night et al). Hoy, a sus sesenta y siete primaveras, permanece en activo, al igual que Winwood, dos años menor que él. Me pregunto si algún día podrían reunirse y tocar juntos. Creo que, al final, ambos se sentirían bien.

(Publicado en la revista Mosca No. 7, febrero de 2014)

sábado, 16 de agosto de 2014

Israel, Gaza y México

En mi muro de Facebook, he subido en estos días algunos comentarios acerca del conflicto entre israelíes y palestinos y lo primero que me sorprende es la manera rabiosa como reaccionan muchas personas que, al pie de lo que publico, se ensañan las unas contra las otras, como si reprodujeran la guerra en menor y virtual escala, pero con una inquina semejante. Pro palestinos y pro judíos se insultan, se descalifican y a la vez justifican a su bando favorito (ya sea el gobierno ultraderechista de Benjamín Netanyahu o la ultrafanatizada organización proto terrorista Hamas), pero lo hacen más desde el resentimiento que desde la razón, aunque quieran aparecer como documentados y objetivos.
  Son tiempos estos basados en el discurso del odio hacia el contrario, algo que en nuestro país no nos es ajeno, en especial desde 2006. Tiempos de maniqueísmo a ultranza. Tiempos de prejuicio y sinrazón, de ver las cosas desde el color favorito, sin matiz alguno.
  Ahora que las reformas estructurales han sido promulgadas, la relativa pero efectiva comunión entre partidos que se dio a partir del Pacto por México quedará finiquitada y se dará paso a la contienda, en vista a las elecciones intermedias del próximo año. No habrá más convivencia entre rivales partidistas y por lo que se ve, se van a dar hasta con la cubeta. Pero ya sabemos que, entre los políticos, la guerra sucia y el encono tienen más de puesta en escena que de realidad (en el fondo, todos son cuates). No pasa lo mismo con un buen número de sus seguidores, en especial los fundamentalistas, quienes se toman las cosas mucho más a pecho y sacan a relucir todo su dogmático rencor contra quienes no profesan su preconcebida fe.
  Preparémonos pues para nuestra propia intifada, cuando menos de aquí a julio próximo. El debate y el diálogo no se darán con abundancia. En su lugar vendrán los bombardeos de ambas partes, sobre todo en las redes sociales. Lo acabamos de vivir hace dos años. Los ayatolas nacionales y sus muyahidines ya velan sus armas. Aunque, también ya sabemos, al final todo será una farsa.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 15 de agosto de 2014

The Killing (temporadas 3 y 4)

Juro que nunca vi una serie en tan pocos días. Hoy terminé con la temporada 4 de The Killing y me quedó una sensación de vacío y hartazgo. Vacío, porque me acostumbre a seguir la saga de estos dos detectives neurasténicos, vulnerables y fascinantes y la manera torpe, apasionada, enferma y arriesgada como resolvieron los dos casos que siguieron al de las dos temporadas anteriores. Hartazgo (relativo, eso sí), porque fue demasiada la dosis de muerte, sangre, violencia y corrupción que retrataba el programa.
  La 3 y la 4 fueron muy diferentes a la 1 y la 2. El ritmo fue distinto, los guiones también, quizá hasta la co-producción por parte de Netflix influyó, pero todo resultó igualmente atrapante y tenso. La forma como la tercera temporada se mezcló con el caso en que la detective Linden se vio involucrada antes de la resolución del crimen de la joven Rosie Larsen o la manera como esta vez conocimos más de la vida privada de los dos personajes principales y de sus terribles traumas existenciales son factores que enriquecieron a la serie (algunos capítulos, por cierto, fueron dirigidos por Jonathan Demme, el realizador de El silencio de los inocentes). Aunque me digan que Twin Peaks es mejor y bla bla bla, a mi The Killing me pareció soberbia, espectacular (las vistas aéreas de Seattle y sus alrededores adquieren una maravillosa imagen en alta definición), intrigante y adictiva. Una maravilla pues.

jueves, 14 de agosto de 2014

Miss Bala

No había visto esta película y no creo que lo hubiese hecho, de no ser porque MUBI la incluyó en su repertorio mensual. Dirigida por Gerardo Naranjo en 2011, Miss Bala es una cinta mexicana con el tema de moda: el mundo del narcotráfico. No se trata de una mala película y tiene momentos de estrujante realismo y salvaje violencia, aparte de que la trama es lo bastante creíble como para que uno, como espectador, se involucre en ella y en el calvario más o menos involuntario que vive la joven estudiante Laura Guerrero (una muy guapa Stephanie Sigman), quien por sus deseos de participar en el concurso Señorita Baja California y salir de la pobreza sin perspectivas en la que vive al lado de su padre y de su pequeño hermano, se mete en una vertiginosa y horrenda espiral que la hace caer, literalmente, en manos de un jefe narco (Lino, interpretado por un muy convincente Noé Hernández) y padecer las consecuencias, aunque al final y de manera un tanto inverosímil, logra quedar en inesperada pero frustrante libertad, en una anónima calle polvosa de su Tijuana natal.
  Naranjo logra que su filme no caiga en el tremendismo y ese es un gran mérito (no quiero imaginar cómo hubiera sido en manos de un Arturo Ripstein, por ejemplo) y de pronto adopta aires casi documentales y hasta se da el lujo de uno que otro apunte de humor negro. La verdad es que no me decepcionó y hasta la recomendaría si alguien me preguntara por ella.

miércoles, 13 de agosto de 2014

La psicosis de Robert Bloch

Si preguntáramos a mil personas medianamente enteradas cuál es la película más conocida de Alfred Hitchcock, la gran mayoría respondería sin dudarlo que Psicosis (1960). No obstante, si les preguntáramos por el autor de la novela en la que dicha cinta está basada, apuesto doble contra sencillo a que, si acaso, una sabría responder… y tal vez ni eso.
  Robert Bloch no es un autor demasiado popular. Es muy conocido, sí, en el círculo de lectores de literatura negra, ciencia ficción y, sobre todo, literatura de horror, debido a su relación con la escuela de H.P. Lovecraft y con éste mismo, de quien fue colaborador y amigo muy cercano, tan amigo que Lovecraft lo incluyó como personaje (Robert Blake) en una de sus narraciones más célebres: “El morador en las tinieblas”, en la que por cierto lo mata. Más tarde, Bloch incluiría como personaje a su mentor en el cuento “El vampiro estelar” y también lo mataría.
  Nacido en la ciudad de Chicago, Illinois, en 1917, Bloch perteneció al selecto grupo de escritores que participó en Los mitos de Cthulhu y ello quizás hubiera sido suficiente para otorgarle la inmortalidad. Sin embargo, otro personaje más célebre aun sería el encargado de otorgársela. Porque si bien Bloch escribió una veintena de novelas y más de un centenar de cuentos, además de numerosos guiones cinematográficos, ninguno de sus trabajos habría de representar tanto en su vida como un oscuro texto publicado en 1959 en el Mike Shayne Mystery Magazine. Se trataba de Psycho, novela corta basada en los actos criminales del asesino serial Ed Gaine, a quien Bloch rebautizó con el nombre de Norman Bates.
  Los derechos cinematográficos de Psycho le fueron comprados al autor por una bicoca y jamás recibió regalías, mientras que los productores, el realizador y hasta el guionista (Hitchcock no quiso que Bloch escribiera el guión) se llenaron de dólares. Aun así, el escritor se trasladó a Hollywood para comenzar una carrera como regular hacedor de historias para cine y televisión, aunque no llegó a escribir algo realmente trascendente para esos medios.
  Psicosis significó para Robert Bloch el paso del horror sobrenatural al horror psicológico, género del que fue uno de los pioneros. Él mismo narra que “después de la Segunda Guerra Mundial me di cuenta de que el verdadero terror no provenía de las sombras, sino del torcido y mezquino mundo que todos llevamos en nuestro interior”.
  Activo a lo largo de las décadas siguientes, este antiguo colaborador de revistas pulp como la célebre Weird Tales, escribió otros libros tan recomendables como Psycho. En español pueden conseguirse entre otros El horror que nos acecha (1978), Psicosis II (1980), Hiélase la sangre (2000), Cuentos de humor negro (2000) y La mansión Bates (2011).
  Robert Bloch falleció en Los Ángeles, California, en septiembre de 1994, hace casi dos décadas. Tiempo es de desembarazarlo de ser el autor de una sola obra importante. Sus aportaciones a la literatura son en realidad mucho más amplias.

(Publicado en la sección "De culto" del semanario cultural Laberinto de Milenio Diario)

martes, 12 de agosto de 2014

Esa delicia llamada Jenny Lewis

Después de dos álbumes tan buenos como Rabbit Fur Coat (2006) y Acid Tongue (2008), la ex líder del grupo Rilo Kiley (con el que grabó cuatro discos entre 2001 y 2008) reaparece con The Voyager (Warner Bros, 2014), su tercer opus como solista, un trabajo que no desmerece en absoluto dentro de su propuesta de grato rock pop alternativo. Con un sonido que lo mismo recuerda al armónico estilo del Fleetwood Mac de Christine McVie y Stevie Nicks (como en la inicial “Head Underwater” y la ligeramente áspera “You Can’t Outrun ‘Em”, ambas producidas por Johnathan Rice) que a las baladas de Joan Jett (como en la sensacional “Just One of the Guys”, canción producida por Beck y en cuyo divertido video, dirigido por la propia Lewis, aparecen las actrices Anne Hathaway, Kristen Stewart y Brie Larson), The Voyager es un disco delicioso de principio a fin, sin mayores pretensiones que las de hacernos disfrutar de una colección de canciones amables y sencillas, mas no por ello vacías o intrascendentes.
  Al contrario: la también actriz es una de las compositoras e intérpretes más importantes de los últimos años, a pesar de que siempre se ha mantenido dentro del circuito de eso que hoy se conoce como indie y ello le ha permitido mantener su libertad creativa y su frescura autoral.
  La belleza de este álbum brilla no sólo en las canciones mencionadas, sino en piezas como las preciosas baladas “Slippery Slopes” y “Late Bloomer” (esta última recuerda mucho a She & Him, el proyecto de otra actriz, Zooey Deschanel, al lado del cantautor de alt folk M.Ward).
   Además de Beck y Rice, participa como productor Ryan Adams, cuyo toque rockfolclorero se nota en temas tan finos como “She’s Not Me”, “The New You”, “Aloha & the Three Johns”, “Love U Forever” y el corte que da nombre al plato: “The Voyager”.
  Jenny Lewis ha hecho la que quizá sea su obra más ligera y accesible, incluso más comercial, pero como ya vimos eso no es ni por asomo una desventaja o un punto en su contra. Sólo se trata de un disco que flota –pongámonos un poco cursis– como una hoja en el viento.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio", en la sección ¡hey! de Milenio Diario).

lunes, 11 de agosto de 2014

El seductor de la patria

Después de leer esta voluminosa novela, me queda claro que Enrique Serna es uno de los mejores escritores mexicanos de la actualidad. Debo confesar que antes sólo había leído su magnífica El miedo a los animales (1995), pero me queda claro que debo entrarle al resto de su obra narrativa.
  El seductor de la patria (1999) cuenta, a manera de autobiografía testimonial, la vida de Antonio López de Santa Anna, pero lo hace valiéndose de técnicas escriturales interesantísimas que sin convertirla en una novela lineal (hay constantes idas y venidas entre las diferentes etapas biográficas del controvertido personaje), sí le dan una estructura lógica, en la que las contradicciones de las diferentes voces narradoras se dan de manera fluida y dialéctica.
  Ampliamente documentado (al final hay una muy completa bibliografía, algo inusual si de novelas hablamos, así sea una novela histórica), el libro es no sólo ilustrativo sino también muy ameno y divertido. La construcción de personajes es espléndida y no sólo en el caso de Santa Anna (perfectamente retratado, sin maniqueísmo alguno, en sus "buenas y malas" ambiciones), sino también en lo que respecta a los personajes secundarios, desde sus familiares y allegados, hasta sus aliados y enemigos políticos.
  El seductor de la patria es un relato apasionante, como apasionante es el segmento histórico que narra y que abarca cerca de ochenta años de rica historia mexicana con todas sus glorias y sus miserias, sus actos heroicos y sus traiciones. Al final, si Antonio López de Santa Anna -quien se hizo llamar, entre otras cosas, Su Alteza Serenísima- fue un héroe o un villano, queda en uno como lector decidirlo. Como narrador, Serna no toma partido o al menos no lo hace evidente.
  Una novela seductora.

domingo, 10 de agosto de 2014

The Killing (temporadas 1 y 2)

Terminé de ver las dos primeras temporadas de esta serie tan sensacional como adictiva y lo hice en menos de dos semanas. Llegué a ella de manera un tanto accidental y no me arrepiento en absoluto. La trama me agarró, literalmente, desde el primer capítulo y ya no me soltó.
  Basada en una emisión danesa del mismo nombre (es decir, "El asesinato"), cuenta la historia del crimen de una jovencita cuyo cadáver aparece en la cajuela de un automóvil que es sacado del fondo de un lago en las afueras de la ciudad de Seattle. El caso es encomendado a la detective Sarah Linden (una fabulosa Mireille Enos a la que jamás había visto antes) y a quien se supone sería su reemplazante, el joven y desgarbado Stephen Holder (otro actorazo: Joel Kinnaman). Porque cuando sucede el homicidio, Linden está a punto de irse a California con su hijo adolescente, para contraer matrimonio y comenzar una nueva vida, alejada de la actividad policiaca. Pero no imagina que el caso la atrapará de tal manera que su viaje se pospone una y otra vez, al tiempo que todo se enreda en una maraña escalofriante que involucra desde las altas esferas políticas de la ciudad hasta la mafia polaca local.
  No revelaré la historia, porque en verdad espero que vean la serie (los veintiséis capítulos de estas dos primeras temporadas cuentan una sola historia, así que es como si se tratase de una sola temporada). Hacía mucho que no veía tanta sabiduría en un guión como para que el final de cada capítulo provoque la necesidad de ver la continuación al instante (la primera noche me eché cinco seguidos y otros cinco a la siguiente, porque quería saber qué pasaría -ventajas que da Netflix). Las actuaciones son espléndidas, las tomas de la ciudad de Seattle espectaculares, la ambientación sobrecogedora. Una verdadera joya de la televisión y una genialidad del suspense.
   ... y ahora voy en pos de las otras dos temporadas, en las que se cuenta ya otro caso.

sábado, 9 de agosto de 2014

La izquierda perdida

Hace medio siglo, cuando se hablaba de la izquierda mexicana, la única referencia más o menos institucional era el Partido Comunista Mexicano de Arnoldo Martínez Verdugo y Valentín Campa (el Partido Popular Socialista era un mal chiste del régimen). Una década más tarde, aparecería el Partido Mexicano de los Trabajadores y luego algunas otras agrupaciones de menor importancia, hasta que a finales de los ochenta vino el desprendimiento priista de la Corriente Democrática, encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, que daría paso a la fundación del Partido de la Revolución Democrática. Hasta ahí, todo iba, digamos, “bien”.
  A veinticinco años de esto, lo que hoy tenemos como izquierda es un batidillo desideologizado y sin rumbo; una ensalada de pragmatismos partidistas sin brújula y, por tanto, sin un rumbo certero. El PRD actual es una caricatura del original y un botín que se disputan diversas tribus, con una de ellas, la de “Los Chuchos” (a mi modo de ver la más presentable), como grupo predominante pero grisáceo y confuso. Luego se encuentra Morena, el coto de poder de Andrés Manuel López Obrador que al irse del PRD se convirtió automáticamente en el principal rival (por no decir que enemigo) de éste. Cosas como el Partido del Trabajo o el Movimiento Democrático son bromas parecidas al viejo PPS y el Movimiento Progresista de Marcelo Ebrard no promete demasiado, como no lo hace la figura sin partido de Miguel Ángel Mancera, quien se define como de izquierda, aunque en los hechos no se vean muchos trazos de ello.
  Frente a tal panorama, las elecciones intermedias de 2015 no lucen muy promisorias que digamos para esta sopa que seguimos llamando izquierda y que hoy se encuentra tan fragmentada que los únicos favorecidos son el PAN y en mucho mayor medida el PRI, principal beneficiario de ese tradicional y hoy marcado sectarismo de la gauche nacional.
  Lo que sería interesante analizar es quién, desde la presunta izquierda, se ha encargado de efectuar, a últimas fechas, ese trabajo sucio que beneficia notoriamente al partido en el gobierno. Por sus hechos lo conoceréis.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario).

viernes, 8 de agosto de 2014

La voz que madura

Leía en la autobiografía de Pete Townshend (Who I Am) la manera como la voz de Roger Daltrey ya no le alcanza para cantar las viejas canciones de The Who, puesto que fueron escritas originalmente para alguien mucho más joven (el propio Daltrey, cuarenta y tantos años atrás). Eso me puso a pensar en mi propia voz y cómo, es verdad, ya no alcanzo las notas de mis propias viejas canciones, si las toco en el tono en que las compuse en su momento. Piezas escritas en Mi, ahora las tengo que tocar, digamos, en Do; otras en Sol hoy debo tocarlas en Re y así, todo para poder cantarlas sin esfuerzo. Con el tiempo, la voz se hace más grave y es necesario bajarse casi una octava para alcanzar lo que antes era más agudo. Es el paso del tiempo, no hay remedio. Pero me consuela que eso que ya llevo tiempo observando en mí, sea algo que le sucede también a gente como el buen Roger. Algo normal, pues.

jueves, 7 de agosto de 2014

Yo no quiero ser trovero



La compuse el 25 de julio pasado y la grabé en video el día 31. Es una parodia de las canciones troveras que, a decir verdad, me resultan hoy cursis y anquilosadas, por más que por allá de los años setenta del siglo pasado era el tipo de composiciones que yo escribía, imbuido por mi izquierdismo y mi latinoamericanismo de esa época. Menos mal que uno madura.

Yo no quiero ser trovero

Yo no quiero ser trovero o cantante clandestino.
No me importa ser rebelde y cantar sobre lo mismo.
No quiero ser como Silvio, como Pablo o como Arjona.
En todo caso yo prefiero componer como Palomas.

Yo no quiero ser trovero y tampoco un gran poeta.
Alardear de ser de izquierda y cobrar con la derecha.
Yo no quiero ser vocero de las causas de los progres.
Darle siempre por su lado a la muy correcta prole.

¿Hacer canciones de protesta? La verdad que me da hueva.
¿Disfrazarme de profeta? La verdad que no me queda.

Para qué hacerme tonto, si soy parte del sistema.
Igual que los que se dicen víctimas de la miseria.
Que navegan con bandera de entes revolucionarios.
Pero que sacan tajada del arcón presupuestario.

De los que protestan bravos desde las redes sociales.
Desde sus computadoras o sus caros celulares.
Los que a diario vociferan y en las manifestaciones
repiten las mismas consignas como monos aulladores.

¿Hacer canciones de protesta? La verdad que me da hueva.
¿Disfrazarme de profeta? La verdad que no me queda.

Yo no quiero ser trovero y cantarle al Che Guevara,
a Fidel o a ese que habla de la patria bolivariana.
No quiero ensalzar caudillos o santificar mesías
que odian a las instituciones pero le sacan partida.

Yo no quiero ser trovero o cantante clandestino.
No me importa ser rebelde y cantar sobre lo mismo.
No quiero ser como Silvio, como Pablo o como Arjona.
En todo caso yo prefiero componer como Palomas.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Calles de fuego

"Una fabula rocanrolera... en otro tiempo, en otro lugar". De este modo se autodefine esta legendaria película (de culto, les dicen) del enorme Walter Hill, uno de mis directores favoritos, junto con otros como John Landis o Jonathan Demme, a quienes a mi modo de ver no se les ha dado el crédito que se merecen (incluso algunos los llaman "artesanos").
  Streets of Fire (1984) es un thriller futurista y apocalíptico, un poco en la línea del Blade Runner de Riddley Scott pero con un toque pop que le da un color muy especial y menos ominoso. Yo la vi originalmente cuando se estrenó en México y luego la tuve en cassette de formato Beta y es hasta ahora que gracias a Netflix he podido volver a disfrutarla.
  Quizá no se trate de una joya de la cinematografía de todos los tiempos (Hill tiene mejores películas, es un hecho, como The Warriors de 1979, Southern Comfort de 1981, 48 Horas de 1982, Wild Bill de 1995, One Man Standing de 1996 y, por supuesto, la maravillosa y blueserísima Crossroads de 1986). Sin embargo, Calles de fuego conserva su aura mítica y esa estética tan suya de un mañana que parece haberse atorado en los años cincuenta del siglo pasado. La anécdota tiene poco de extraordinario: la cantante de rock Ellen Aim (Diane Lane) es secuestrada por unos motociclistas al mando de Raven Shaddock (Willem Dafoe) y un viejo amor de la estrella, Tom Cody (Michael Pare), hace todo por rescatarla hasta lograrlo, con extrema pero estética violencia, ayudado por McCoy, una ex militar un tanto marimacha interpretada por Amy Madigan. Todo dentro de una ciudad contaminada y oscura, llena de delincuentes, policías corruptos y adolescentes ñoños. Aparece también el conocido actor de comedia Rick Moranis (el papá de Querida, encogí a los niños), como el ridículo y presuntuoso manager de Ellen.
  Me dio gusto volver a ver esta cinta (que en su momento fue un fracaso de taquilla) y disfrutar no sólo del estilo de Walter Hill sino de la extraordinaria banda sonora de Ry Cooder, con The Blasters incluidos.

martes, 5 de agosto de 2014

Tom Petty, ese rompecorazones

La ventaja de ser un músico veterano es que las cosas se hacen menos por buscar la fama y el éxito que por el mero placer de hacerlas. Eso denota la escucha del más reciente larga duración de Tom Petty and the Heartbreakers, añeja agrupación fundada a mediados de la década de los setenta y que regresa a los terrenos discográficos cuatro años después de su anterior álbum, el estupendo y bluesero Mojo de 2010. Porque se trata de puro placer y puro gozo, de música que se disfruta por el simple hecho de que quienes la ejecutan lo hacen con ese mismo disfrute que brota de las once canciones que conforman a Hypnotic Eye (Warner Bros, 2014).
  Desde la primera pieza, la contundente y rocanrolera “American Dream Plan B”, descubrimos que se trata de una obra singular, con una fuerza inusual en esta época en la que el rock ha perdido mucho de su poderío primitivo. Pero esta fuerza se combina con diferentes toques de sutileza y elegancia que la enriquecen y hacen del disco un trabajo mayúsculo, cosa que se va confirmando conforme van pasando los diferentes temas, como el intenso y rítmico “Fault Line”(con esos guitarreos a la zydeco), el a la vez seco y florido “Red River” (estrofas rasposas contra coros armoniosos en una combinación dialéctica perfecta), el delicioso y acompasado “Full Grown Boy” (con su swing suavemente jazzeado), el urgente y desesperado “All You Can Carry” (instrumentación llena de angst contra una voz que la suaviza), el bluesero y oscuro “Power Drunk” (con esa guitarra a la BB King que recuerda a su ochentera “Into the Night”) o el retumbante y vibrante “Forgotten Man” (con sus reminiscencias de Bo Diddley).
  El resto del álbum es igualmente emocionante y cortes como “Sins of My Youth”, “U Get Me High”, “Burnt Out Town” y la sensacional y concluyente “Shadow People” mantienen la altísima calidad del mismo.
  Desnudo y complejo a la vez, Hypnotic Eye es un disco trascendente y junto con el Lazaretto de Jack White, uno de los platos más genuinamente rocanroleros en lo que va del año.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).

domingo, 3 de agosto de 2014

North by Northwest

Conocida en español (al menos en México) como Intriga internacional (un nombre no del todo coincidente con la trama, porque sí hay intriga pero no precisamente internacional), North by Northwest de Alfred Hitchcock (1959) es una cinta de acción y espionaje que parte de una no muy creíble confusión de identidades y que en un tono de thriller con toques de comedia resulta muy entretenida.
  Protagonizada por el fantástico y siempre simpático Cary Grant y la bella Eva Marie Saint, la película tiene secuencias de antología, algunas de ellas ya clásicas de todos los tiempos, como aquella en la que una avioneta trata de asesinar a Roger O. Thornhill (Grant) en medio de una solitaria carretera o la parte final, con Roger y la guapa y contradictoria Eve (Saint) tratando de huir de los asesinos (cuyo jefe es el temible Philipp Van Damme, interpretado por el siempre grande James Mason) nada menos que en el monte Rushmore, donde están esculpidos los rostros de varios ex presidentes de los Estados Unidos.
  Como siempre acostumbraba, el propio Hitchcock aparece al principio del filme, cuando falla en su intento de abordar un autobús. Mención aparte merece su gran humorada sexual (quizás en su época subliminal, aunque hoy resulta más que obvia) en la última toma de la película, aunque no la contaré por si no la han visto.
  Uno de los grandes clásicos del gran mago del suspense (valga el lugar común).

sábado, 2 de agosto de 2014

La oposición por consigna

En su “El asalto a la razón” del pasado miércoles y con el título de “El negocio es hacerla de tos”, Carlos Marín se refería a esa izquierda mexicana que tiene como consigna el oponerse a todo y por todo. El texto me hizo recordar mis tiempos como militante político, a fines de los años setenta del siglo pasado, cuando en una asamblea estatal ordinaria (así se les llamaba a las reuniones que se hacían en la sede del Partido Mexicano de los Trabajadores en la calle de Bucareli, entre los representantes de las diferentes delegaciones del Distrito Federal y los dirigentes del Comité del DF), el presidente del partido en la capital, Eduardo Valle, “El Búho”, nos dijo que como partido de oposición estábamos obligados a oponernos “a todo lo que haga o diga el gobierno”. Así, sin matices: había que oponerse a todo.
  Siempre me brincaron aquellas palabras del buen “Búho” y es por eso que jamás las he olvidado. No me parecía –y sigue sin parecerme– razonable que hubiera que decir no a cualquier medida o a cualquier ley, sólo porque éstas emanaran de una decisión gubernamental. Sin embargo, es claro que nuestra izquierda se sigue rigiendo por ese dogma tan prejuicioso como absurdo. Es por ello que se da la paradoja de que hasta con las propuestas progresistas o que signifiquen un avance para el país, las huestes opositoras de gauche se alcen en contra y eso incluye ideas que antes esgrimieron los propios izquierdosos y que en cuanto son adoptadas por el gobierno se convierten automáticamente en indeseables, reaccionarias, traidoras y vendepatrias.
  No es gratuito o idiota, por supuesto, que estos compas hagan eso. Se trata no sólo de su modus operandi sino de su modus vivendi. Oponerse a rajatabla y aun contra la razón los hace vendibles ante sus seguidores, aunque estos sean cada vez menos. Ello a la larga se traduce en votos, en prerrogativas y, but of course, en beneficios económicos como los que otorgan las leyes electorales.
  ¡Opongámonos a todo, menos a recibir lo que nos toca de la partida presupuestal del INE… y que muera el mal gobierno!

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 1 de agosto de 2014

El leprosario de Jack White

Según el diccionario de la Real Academia (de la Lengua) Española (la RAE), un lazareto es un “establecimiento sanitario para aislar a los infectados o sospechosos de enfermedades contagiosas”. También lo define, en una segunda y más seca acepción, como “hospital de leprosos”.
  Jack White ha intitulado así a su segundo trabajo discográfico como solista (el primero, Blunderbuss, aparecido en 2012, es una obra impactante e imperecedera; ver Nexos No. 417). Lazaretto es pues el nombre de la nueva entrega y nos encontramos ante un álbum fascinante, en el que White lleva a los máximos extremos su propuesta artística y musical y no me refiero a su propuesta en solitario, sino a la que ha ofrecido desde que grabó su primer disco con The White Stripes, en el ya un tanto lejano año de 1999.
  Tres lustros en el camino. Quince años de trabajo incansable como guitarrista, cantante, arreglista, compositor, productor y difusor musical. Jack White vive en una incesante neurosis creativa, esa neurosis ansiosa y urgente que lo hace no sólo crear sino concebir un sinfín (y empleo la palabra sinfín con toda intención) de proyectos unidos por una sola causa: el amor por la música.
  De los mencionados White Stripes (al lado de Meg White) a The Raconteurs y The Dead Weather, pasando por su participación como productor, colaborador o impulsor de gente como Karen Elson, Loreta Lynn, The Greenhornes, Conan O’Brien, Mildred and the Mice, The Black Belles, Laura Marling y varios más, White (cuyo verdadero nombre es John Anthony Gillis, nacido en Detroit el 9 de julio de 1975 –acaba de cumplir treinta y nueve años de edad) ha recorrido la milla y se ha dado también el lujo de fundar su propia disquera (Third Man Records) y de reeditar en vinil varias series de álbumes antiguos que se habían perdido en el tiempo o eran de muy difícil adquisición, entre ellos algunas grabaciones de pioneros del blues como Charley Patton, Blind Willie McTell y The Mississippi Sheiks.
  Pero entremos de lleno al tema central del presente artículo. Editado por Third Man, Lazaretto es una obra tan excéntrica como impecable. Se trata de una colección de once canciones magníficas con las que lleva más allá esa extraña mezcla de dureza y dulzura, de acidez y ternura, de fuerza y suavidad que había mostrado en Blunderbuss. Esto queda muy bien ejemplificado con el tema abridor del disco: el genial “Three Women”. Aparte de la irónica letra, es en la asombrosa construcción musical, en la intrincada estructura de la pieza, que descubrimos el talento del músico para edificar una maravilla de escasos cuatro minutos, en los cuales nos muestra todos y cada uno de sus recursos actuales como autor, arreglista y ejecutante.
  Lo mismo puede decirse de los otros cortes, como el homónimo “Lazaretto” (una rareza un tanto enferma, cuyas extrañas palabras en español -“Yo trabajo duro como en madera y yeso”- rápidamente se han convertido en frase repetida por los seguidores del buen Jack), el precioso “Alone in My Home” (una balada vivaz, enérgica y perfecta a dos voces, con Ruby Amanfu haciendo segunda: “I’m alone in my home, nobody can touch me”), el provocativo “Just One Drink” (con mucho de los Rolling Stones, Lou Reed y una clara paráfrasis de la célebre línea de Howlin’ Wolf  cuando dice “You drink water, I drink gasoline”), el apacible “Entitlement” (con su deliciosa guitarra slide), el desquiciado “That Black Bat Licorice” (un delirio absolutamente inenarrable), el pantanoso “I Think I Found the Culprit” (con sus aires oscuros que remontan a las zonas más escalofriantes del delta del río Mississippi), el bucólico “Temporary Ground” (Ruby Amanfu vuelve a decir presente con su espléndida segunda voz), el melancólico y final “Want and Able” (con sus graznidos de cuervo introductorios a esta concluyente y hermosa melodía que clama “Who is the who, telling who what to do? ”) o el seductor y poderoso “Would You Fight for My Love?” (todo un delicioso melodrama de enrarecidos aires sureños).
  Lazaretto tiene algo de conceptual, ya que las canciones están unidas por una vieja y casi literaria idea de White pergeñada en su adolescencia y mantiene cierta relación gótica y hasta diabólica con el Get Behind Me Satan que los White Stripes grabaron en 2005. Algunas de sus canciones podrían formar parte de las bandas sonoras de series televisivas como True Blood o True Detective.
  Jack White se mantiene incontenible y en absoluta forma creativa. Su fabuloso hospital de leprosos es la prueba más contundente de ello.

(Publicado este mes en la revista Nexos No. 440)