lunes, 24 de abril de 2017

¿Por qué ya no voy al cine?

Este es el primer video de mi canal Videos moscosos que espero ir enriqueciendo poco a poco (aunque no tan poco a poco, je).
  En la primera entrega, hablo sobre por qué ya no me gusta ir a las salas cinematográficas. A ver qué les parece.


martes, 18 de abril de 2017

Apuntes sobre el rockcito (y II)

En la primera parte de esta serie de dos artículos, prometí explicar lo que entiendo por “rockcito” y algunas otras cuestiones aledañas.
  A lo que llamo rockcito es a ese falso estilo deslactosado y pasteurizadao, despojado del alma y el espíritu originales del rock, esa música que reniega y/o desconoce las raíces negras del género y en cambio ha adoptado una promiscuidad a la que disfraza de fusión, una promiscuidad facilona en la que lo mismo caben el pop español y argentino de los noventa, la balada simplona de los ochenta, la cumbia más rascuache, la música grupera, lo peor de la música andina, el bolero a la Luis Miguel, la canción ranchera en su vertiente más anodina y lo que se les va ocurriendo a sus perpetradores.
  Tal vez todo esto no tendría problema si realmente tales subgéneros se fusionaran con el rock. Sin embargo, con notables excepciones (La Barranca, Real de Catorce y Jaime López podrían servir como ejemplo de lo que significa la fusión entre el rock y los géneros auténticamente populares), lejos de fusionar, lo que han hecho y siguen haciendo los hacedores del rockcito es ataviarse como roqueros, moverse en un supuesto ambiente roquero y escribir y tocar baladas poperas, música grupera, cumbias mal hechas, etcétera.
  No es que pida que los músicos que dicen tocar rock incorporen al blues, al funk o al soul en sus propuestas, en absoluto. Se trata de conservar, como ya dije, el alma y el espíritu que dieron origen a esta música que tiene más de seis décadas de existencia.
  No obstante, el rockcito y sus derivados (el rockcitito, el rockcititito y el rockcito ñoño) –tan llenos de infantilismo, incultura, puerilidad, tontería y chabacanería– ignoran todo esto y sus propuestas (por llamarlas de algún modo) se convierten, en su mayor parte, en una música desangelada, vacua, olvidable y desechable.
  Es un rock falso hecho por falsos roqueros para un público falseado, borreguil y manipulable.
  Nuestro inefable rockcito.

(Publicado el día de hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 17 de abril de 2017

Ninguno



Ninguno
Ni el doctor grisáceo
o el abogadito pueril
Tampoco el contador ebrio
Mucho menos el marxista desquiciado
el judío adinerado
el todólogo farsante
o el feminicida truculento
Ninguno de esos
 Ninguno
Todos son, como tú misma dijiste, tangenciales
Y lo que hay entre tú y yo
–tú misma también lo dijiste–
es algo mucho más grande
mucho más firme
mucho más profundo
Porque tú y yo somos para siempre
                                    (esas son palabras tuyas)
tenemos algo especial
                                    (esas son palabra tuyas)
nuestra relación es otra cosa
                                    (esas son palabras tuyas)
Quieres que sea tu tierra
El suelo firme donde plantes tus pies
El piso seguro para tus dudas
                                                y tus titubeos
Yo quiero serlo
Para siempre
Aunque a veces me cueste saberte
                          con alguno de esos tangenciales
No quiero hacerte daño
No quiero que me hagas daño
Pero entiende que me duele
Sólo entiéndeme
Y trataré de ser tu tierra
                                        tu suelo
                                                      tu piso
                                                                  tu ancla
                       tu centro

domingo, 16 de abril de 2017

Songs of Faith and Devotion

Tres años como paréntesis, luego de su disco Violator de 1990, tiempo suficiente para que el mundo del rock cambiara de manera más o menos dramática. Ahí estaba ya, plenamente instalado, el grunge, mismo que nada tenía que ver con la música de Depeche Mode, cuando menos en apariencia. No obstante, tanto lo que se hacía en Seattle y otras ciudades norteamericanas como lo que durante varios años habían hecho Martin Gore y compañía tenían un común denominador: el punk. Y aunque ahí estaba Nine Inch Nails, con un Trent Reznor que parecía haber sabido fusionar los sonidos electrónicos de Depeche Mode con el desesperado espíritu de Nirvana, Soundgarden, Alice in Chains o Pearl Jam, el cuarteto de Basildon supo también adaptarse a los tiempos y fruto de ello es de algún modo Songs of Faith and Devotion (1993),
  Con otra actitud (David Gahan de pronto había adquirido la apariencia inequívoca de un cantante de rock), un mayor uso de la guitarra y un sonido un tanto más orgánico y menos sintetizado, aunque sin perder en absoluto el sello de la casa, el disco resulta magnífico.
  “I Feel You”, el corte inicial, es –como alguien dijo por ahí– una canción de devoción cantada como si fuera una canción de fe. Dura, contundente, seca, pero a la vez profunda e introspectiva, esta oscura tonada de amor (“This is the morning of our love”, dice la letra de Martin Gore cantada por David Gahan) revela las nuevas sendas a las cuales se abría la banda. Algo parecido puede decirse de otros de los cortes que conforman el plato. “Condemnation”, por ejemplo, es un tema vibrante y pleno de pasión, con un sentimiento negramente gospeliano, una absoluta joya, mientras que “In Your Room” también se encuentra imbuido de ese espíritu casi religioso que hace de Canciones de fe y devoción una obra tan especial. Todo ello sin olvidar composiciones tan buenas como “Walking in My Shoes”, “Judas” y “The Mercy in You”.
  Un trabajo más que memorable.

(Reseña que escribí para el Especial de La Mosca en la Pared No.21, dedicado a Depeche Mode y publicado en junio de 2005)

sábado, 15 de abril de 2017

¡AMLO 2018!

AMLO 2018... y 2024 y 2030 y así, ad infinitum; porque si lo vemos con detenimiento y fuera de las pasiones partidistas de uno u otro signo, amemos o aborrezcamos a tan singular personaje, la verdad es que la verdadera vocación de Andrés Manuel López Obrador (“uta, ya vas a hablar otra vez de él, ¿qué harías si no existiera?”, empezarán a gritonearme los pejelovers), la verdadera vocación de este hombre, decía, parecería ser la de eterno opositor y perpetuo aspirante a la presidencia de la república.
  No sólo es su vocación, sino –lo digo con absoluta sinceridad– lo que a Andrés Manuel más le conviene. Porque la silla presidencial desgasta, acaba con las personas, las hace envejecer. ¿Para qué querría el famoso Peje, también conocido como Liopez, encerrarse a despachar en Palacio Nacional, llenarse de graves responsabilidades, empezar a lidiar con políticos de toda catadura, dejar de dormir las ocho horas de rigor, asistir a aburridas sesiones y juntas de trabajo, pronunciar discursos de temas que no le interesan, en fin, para qué someterse a un infierno si como opositor ad æternum puede continuar viajando por el país y, lo más importante, seguir recibiendo los extraordinarios beneficios y emolumentos que por ley le corresponden al partido del cual es dueño, amo y señor indiscutible, es decir, el inefable Morena?
  En verdad, señor López Obrador, que usted no tiene necesidad de meterse en tamañas broncas, cuando puede darse el lujo de seguir en lo suyo y hacer y deshacer según lo dicte su real y regalada gana, sin tener que rendir cuentas a nadie y –acéptelo sin rubor– divirtiéndose de lo lindo con todo lo que hace y dice (incluidos esos chistoretes con sabor tropical que de pronto nos regala). Porque de que la goza en su papel de gran opositor nacional, la goza.
  Así pues, lo conmino de la manera más respetuosa a seguir en su papel y no meterse en honduras. Si no, ¿a qué se va a dedicar usted a partir de 2024? Porque acuérdese que la reelección no existe. No se le vaya a olvidar eso, eh.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 14 de abril de 2017

Para dártelas de enterado en rock (7)

Cuando Brian May tenía nueve años de edad, descubrió que no podía tocar las canciones que quería en la guitarra acustica que le habían regalado dos años antes, así que decidió cambiarla. Como no tenía suficiente dinero ahorrado para comprar una nueva, con la pequeña ayuda de su padre empezó a construir una por sí mismo. Un año después, en 1957, la había terminado y la nombró "Red Special".

jueves, 13 de abril de 2017

Highway to Hell

Producido por Robert John “Mutt” Lange, el último álbum de AC/DC antes de la inesperada muerte de Bon Scott es, paradójicamente, una de las dos obras maestras de la agrupación.
  Scott fallecería apenas seis meses después de la aparición de Highway to Hell (1979) y con él se iría una parte fundamental de la historia del grupo. Scott llevaba un ritmo de vida absolutamente desenfrenado y los excesos terminaron por cobrarle la factura y colocarlo en medio de la carretera al infierno.
  No deja de resultar irónico que en la letra del tema que da nombre al disco, la hoy clásica “Highway to Hell”, el buen Bon hablara, desde la perspectiva de un rufián, de su negativa a enmendar el camino (“Hey Satan, paid my dues / Playing in a rockin’ band / Hey Mama, look at me / I’m on my way to the promised land”). En ese sentido, se trata de un extraño epitafio para una existencia quizás irresponsable, aunque artísticamente rica y generosa.
  Pero hay otras canciones igualmente duras y extraordinarias. Desde ese irresistible rock que es “Girls Got Rhythm” hasta la provocadora, machista y sexista “Walk All Over You” (“Reflections on the bedroom wall / And there you thought you’d seen it all / We’re rising falling like the sea / You’re looking so good under me”), pasando por cortes tan sacudidores como “Touch Too Much”, “If You Want Blood (You've Got It)”, “Beating Around the Bush”, “Get It Hot” y esa absoluta maravilla de amplia influencia bluesera que es “Night Prowler”.
  Un gran disco por donde quiera que se le escuche.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 28, dedicado a AC/DC y publicado en febrero de 2006)

miércoles, 12 de abril de 2017

Cinéfilo adolescente

En mis pininos como cinéfilo, cuando tenía 14 o 15 años y me iba al cine solo, a veces desde el pueblo de Tlalpan hasta el "Regis" de Avenida Juárez que era nuestro cine de arte antes de que se inaugurara en 1974 la vieja Cineteca de Tlalpan y Churubusco (estoy hablando de 1969 o 1970; el "Regis" se caería en el terremoto del 85), alguien me dijo (¿quizá mi hermano Sergio o alguno de sus colegas cineastas superocheros?) que un buen amante del cine se queda siempre a leer los créditos que aparecen al final de la película. Lo tomé como un dogma y así lo hice durante largos años, a veces con el enfado de la persona o las personas que me acompañaban ("¡Ya vámonos!" / "No, espérate, quiero ver quiénes son los maquillistas, los stunts y, por supuesto, las canciones de la cinta y sus intérpretes"). Los que no se quedaban a leer los créditos (el 99 por ciento de los asistentes) me parecían unos ignorantes y los miraba con sonrisa despectiva. Era yo un mamonazo al respecto (bueno... y a otros respectos también). Ahorita que terminé de ver una peli en Netflix (La chica del dragón tatuado de David Fincher; muy buena, por cierto, aunque al final se resuelve demasiado fácil), al empezar los créditos, vi que durarían más de cinco minutos y me dio una flojera espantosa. Por supuesto, no me esperé a leerlos. ¡En lo que terminó aquel aferrado cinéfilo que fui: renegando de sus viejas creencias!

martes, 11 de abril de 2017

Sergio Acuario

Interrumpo la serie “Apuntes sobre el rockcito” que inicié la semana pasada en este mismo espacio, porque la muerte no pide permiso y se llevó a un gran periodista y escritor mexicano que también fue músico de rock.
  Hablo de Sergio González Rodríguez, quien fuera bajista del grupo Enigma a fines de los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado. Esta faceta de su vida fue poco difundida, quizá porque Sergio era mucho más conocido por su labor intelectual y periodística, ya sea como investigador, ensayista, promotor cultural, reportero o literato del altos vuelos.
  El grupo Enigma (que primero se llamó Las Ventanas) lo formó junto a sus hermanos Carlos y Pablo y cobró notoriedad por allá de 1971 o 1972, sobre todo por dos canciones que fueron muy difundidas en la radio: “Bajo el signo de Acuario” y “El llamado de la hembra” (a la que algunos consideran el primer heavy metal hecho en México). Ambas composiciones originales eran bastante buenas y muy representativas del momento que vivía el rock nacional inmediatamente previo y posterior al festival de Avándaro.
  Conocí a Sergio González Rodríguez en 1998, cuando aceptó presentar mi primera novela, Matar por Ángela, en la cafebrería El Péndulo, en Polanco. Su intervención fue muy generosa y luego publicó en la sección cultural del diario Reforma una muy divertida crónica de la misma presentación, en la que confesaba su amor por Julieta Venegas (presentadora de mi libro también esa noche) (http://garciamichel.blogspot.mx/2017/04/sergio-gonzalez-rodriguez-y-matar-por.html).
  No diré que a partir de ahí nos hicimos grandes amigos, pero mantuvimos contacto, siempre con gran afabilidad y mutuo respeto. Ahora que, como parte del grupo Enigma (en el que se hacía llamar Sergio Acuario), lo escuché muchas veces en mi adolescencia, sin imaginar que veintitantos años después íbamos a conocernos.
  Sergio González Rodríguez falleció la semana pasada. Un infarto se lo llevó impensadamente, a sus 67 años de edad. Lo lamento de la manera más sincera, porque era un gran tipo, un estupendo ser humano.
  Descanse en paz Sergio Acuario.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del Orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 10 de abril de 2017

Bazar de fin de semana

Este fin de semana lo pasé en casa de mi mejor amiga, en la colonia San Rafael, colaborando en un bazar que organizaron ella y dos amigas mutuas. Llevé algunas cosas a vender y no me fue del todo mal, porque logré que me compraran la mitad de las mismas.
  Todo estuvo muy bien, salvo al principio de la jornada del sábado, cuando un tipo se puso grosero y hasta un poco agresivo conmigo, porque quería llevarse la caja de Chac Mool que llevé, pero exigía un descuento y yo le comenté que tenía otro cliente interesado que sí pagaría el precio que le puse a la caja. Me dijo que era yo un "muy mal vendedor" y me pagó a regañadientes. En fin.
  Por lo demás, todo muy bien y muy agradable, más por la convivencia con mis tres amigas. El domingo ya no hubo tanta afluencia de gente.
  Pero fue un buen fin de semana,

domingo, 9 de abril de 2017

Medio siglo con las puertas de la percepción

Hace 50 años, un oscuro cuarteto de Los Ángeles, encabezado por 
un extraño sujeto llamado Jim Morrison, irrumpió en la escena del rock con este disco provocador, violento, sensual y sexual. 

A mediados de los míticos años sesenta del siglo pasado, la costa oeste de los Estados Unidos era, en el imaginario colectivo, algo así como el paraíso terrenal, una zona llena de luz, color, psicodelia, libertad, amor, fraternidad y el rock más cálido y alivianado. Eso se pensaba sobre todo de la parte norte del estado de California, con la mítica ciudad de San Francisco como capital por antonomasia del sexo, las drogas y el rocanrol.
  Sin embargo, algunos cientos de kilómetros hacia el sur, las cosas no resultaban tan idílicas. Los Ángeles era de algún modo la contraparte de Frisco y a la sombra de Hollywood reinaba cierto ambiente siniestro, relacionado más con la violencia pandilleril que con la paz jipiteca y más con las drogas duras que con el LSD o la motita. Todo esto se reflejaba en el rock que ahí se producía y no parece casualidad que justo en L.A. surgiera un grupo tan umbrío, provocador y anti hippie como The Doors.
  Conformado por el tecladista Ray Manzarek, el guitarrista Robbie Krieger, el baterista John Densmore y el vocalista y poeta extraordinaire James Douglas Morrison, el cuarteto tenía una propuesta musical y escénica fuera de lo común y su álbum debut provocó un verdadero cataclismo.
  Pocas agrupaciones en la historia del rock (quizá sólo The Jimi Hendrix Experience) han tenido un primer disco tan fuera de serie como The Doors, editado por Electra en 1967.
  Si ese año el Sgt. Pepper Lonely’s Hearts Club Band de los Beatles era la cima del arte luminoso, The Doors fue la sima de la oscuridad y la desesperanza. Álbum sui generis, su música y sus letras no se parecen en absoluto a cosa alguna que se hubiera hecho hasta entonces y, salvo posibles imitaciones, siguen siendo únicas.
  No era que el cuarteto angelino hubiese inventado el hilo negro; tan sólo supo fusionar en un estilo singularísimo el rock sicodélico con el blues, el jazz, la música de cabaret y la música clásica, todo ello aderezado con una poesía novedosa y peculiar. Hipnótico y seductor, provocativo y sensual, el estilo de los Doors debe mucho a las letras de Jim Morrison, pero también a la versatilidad de la guitarra de Krieger, al fantástico órgano (y al piano y al bajo tecleado) de Manzarek y a la batería elegantemente precisa de Densmore. Todo ello queda reflejado en The Doors de un modo que raya en la perfección.
  No hay aquí un solo tema débil. Cada canción es una pequeña joya, desde la inicial “Break on Through (To the Other Side)”, con su introducción jazzera, su inconfundible riff de bajo y la voz morrisoniana cantando: “Sabes que el día destruye a la noche / La noche divide al día / Trata de correr / Trata de esconderte / Pásate de golpe al otro lado” o “Encontré una isla en tus brazos / Un país en tus ojos / Brazos que encadenan / Ojos que mienten / Pásate de golpe al otro lado”. Una canción de amor–odio que es como un manifiesto de lo que Morrison y compañía se traían entre manos, de lo que el grupo representaría en adelante.
  “Light My Fire”, la pieza que volvió instantánea y mundialmente famosos a los Doors, es otra obra de arte. Escrita por Krieger, “Enciende mi fuego” (como se conoció en español) es un hito histórico. La introducción del órgano es ya parte del inconsciente colectivo y la sugerente voz de quien más adelante sería conocido como el Rey Lagarto alcanza niveles de erotismo casi explícito y hasta ese instante nunca visto, mientras los largos solos de Manzarek y Krieger constituyen una invitación al getting high de las jam sessions.
  Por último, el corte concluyente, “The End”, es una larga prédica trágica de once minutos y medio, un desgarrado y tenso lamento edípico, un himno anticlimático y estremecedor que hiela la sangre por su crudeza y su violencia. Sin embargo, el resto del material es igualmente bueno y sin fisuras -sólo escúchense maravillas como “The Crystal Ship”, “Soul Kitchen” o “Take It As It Comes” (estas dos con sus respectivos mensajes: “aprende a olvidar” y “tómalo como viene”) o los covers de “Backdoor Man” de Willie Dixon y “Alabama Song (Whiskey Bar)” de Bertolt Brecht y Kurt Weill, una colección memorable de canciones que a medio siglo de distancia sigue sonando extraordinariamente actual.

(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

sábado, 8 de abril de 2017

La tómbola de los senadores ex perredistas

“La vida es una tómbola, tom-tom-tómbola”, cantaba hace 50 años Mona Bell (¿habrá quién se acuerde de ella?) en una canción cuya letra no ha perdido vigencia después de medio siglo.
  La vida es una tómbola y la política mexicana lo es todavía más. Qué mayor prueba de ello que el salto triple con tres maromas y dos mortales que acaban de dar nueve senadores de nuestra atinada izquierda, al brincar del Partido de la Revolución Democrática al Partido del Trabajo sin la menor pudicia (vieja palabra hoy en franco desuso).
  Siguiendo un guión dictado desde las oficinas de Morena (porque supongo que Morena tiene oficinas, a las que no sé por qué imagino medio siniestras), los patricios republicanos (ajá) Miguel Barbosa, Humberto Fernández, Fidel Demédicis, Lorena Cuéllar, Luz María Beristáin, Zoé Robledo, Rabindranath Salazar, Mario Delgado y Benjamín Robles no sólo dieron un golpe tremendo a su antiguo partido, sino que vinieron a brindarle respiración de boca a boca a otro, el PT, que no hace mucho estuvo a punto de perder su registro (de lo cual, en extraña maniobra, lo salvó de última hora el INE) y que ahora se convierte en la cuarta fuerza política del Senado de la República, a pesar de ser un mero apéndice de Morena (el partido de las oficinas siniestras, sobre todo si ahí despacha un señor de apellido Ackerman al que la televisora Rusia Today –el principal aparato de propaganda del gobierno de Vladimir Putin en el exterior– llama “nuestro hombre en México”, a decir del columnista Fernando García Ramírez de El Financiero).
  Podrá acusárseme de sospechosista o de que ya me dio por la teoría del complot, pero intuyo que lo del paso de Barbosa y compañía a Morena es parte de un plan –que aún no culmina– para desmantelar al PRD. No en balde, incondicionales que debieron irse con Andrés Manuel López Obrador, cuando este abandonó al partido del sol azteca, se quedaron extrañamente en este. ¿Para dinamitarlo desde dentro? Quizá más temprano que tarde lo sabremos.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 7 de abril de 2017

jueves, 6 de abril de 2017

Mi lucha: I

Terminé de leer el primer volumen de la saga Mi lucha, del escritor noruego Karl Ove Knausgård (nacido en 1968), intitulado (este primer volumen) La muerte del padre.
  Estamos ante las memorias de Knausgård y en este primer tomo de los seis que componen la saga, el autor nos habla en la primera parte sobre su adolescencia en Noruega y la relación distante que tuvo con su padre, para describirnos en la segunda mitad lo sucedido a partir de que, siendo ya un hombre adulto y casado, con una primera novela publicada, se entera del fallecimiento de su progenitor y los trámites legales y emocionales que esto implica.
  Knausgård cuenta todo con un detenimiento que no se vuelve exasperante gracias a sus capacidades como narrador. Porque su relato se fija en cada detalle cotidiano, en cada instante de cada día, con una minuciosidad que recuerda a la del Ulises de James Joyce y que tiene también mucho de Marcel Proust o de Thomas Mann. Sin embargo, lejos de aburrir o desesperar, su manera de escribir atrapa y por momentos fascina, incluso cuando narra cómo su hermano mayor y él limpian la casa que el padre dejo hecha un desastre y lo narra paso por paso: desde que van a comprar los productos de limpieza hasta que aplican estos en cada rincón de la residencia. Claro que todo ello se ve complementado con reflexiones y recuerdos que enriquecen la novela en sus cerca de 500 páginas.
  Así, vamos conociendo cómo fue la infancia de Karl Ove, su adolescencia, su descubrimiento del sexo, el amor y las muchachas, su afición por el alcohol ("esa bebida mágica") y por el rock (ya sea como escucha o como músico aficionado).
  Pero el centro del libro es la relación con su padre, muerto al parecer de una congestión alcohólica. Un padre amargo y frustrado, casi siempre duro y distante, sumido en la mediocridad y el aislamiento, que jamás tuvo algo parecido a la comunicación con sus hijos, quienes lo recuerdan con más rencor que cariño, con más rabia que ternura.
  Una gran novela, una obra sorprendente que abre el interés por leer las otras cinco partes de esta saga llamada con ironía Mi lucha.

miércoles, 5 de abril de 2017

Entrevista en El Financiero-Bloomberg

Esta es la entrevista acerca de mi novela Emiliano que me hizo Mauricio Mejía, en su programa Espresso Doble, del canal El Financiero-Bloomberg. Creo que quedó muy bien y se lo agradezco muchísimo, tanto a él como a mi querido amigo Roberto Velázquez Bolio, director de esa emisora.


martes, 4 de abril de 2017

Apuntes sobre el rockcito (I)

Quiso la casualidad que la semana pasada tres distintas personas, sin relación entre sí, me preguntaran de dónde me venía eso de llamarle rockcito al rock que se hace en México. Sé que muchos al leer esta mera mención saltarán irritados para gritarme: “¡Y dale con el tema, ¿acaso no te cansa seguir diciéndole así al rock mexicano?!”, etcétera.
  En atención a esas tres apreciables personas y en desafío a algunos miles que me consideran algo así como el enemigo público número uno de los roquerines nacionales, intentaré aclarar un par de puntos.
  Lo de “rockcito” lo anoté por primera vez en mi diario personal cuando tenía yo 17 años de edad y vi una vergonzosa actuación del grupo Peace and Love en la tele. Sin embargo, retomé el término hasta los años noventa, cuando escribía la columna “Bajo presupuesto” en la sección cultural que dirigía Víctor Roura para El Financiero. Allí me dio por empezar a ser un tanto irónico con los grupos del llamado Rock en tu idioma, en especial los de origen mexicano. Pero el término siempre lo usé como un chiste, una simple humorada que los músicos y sus seguidores tomaron de la peor manera. Tan mal lo vieron que pensaron que lo que me movía era el odio contra ellos, cuando sencillamente su música no me gustaba y como crítico lo externaba en mi columna.
  Tan lejos llegaron las cosas que la manager de los Caifanes envió a dos de sus asistentes para que me buscaran y hablaran conmigo, a fin de averiguar cuál era el oscuro móvil que me llevaba a poner en duda la calidad de sus manejados.
  Sin embargo, la palabra rockcito quedó por siempre asociada a mi nombre a partir de la aparición de La Mosca en la Pared, la revista de música y otros temas afines que dirigí de 1994 a 2008. Fue en sus páginas que el vocablo se volvió realmente célebre y sus lectores me amaron (unos pocos) o me odiaron (la mayoría) con una vehemencia que no ha desaparecido y que me resulta muy divertida.
  Pero, ¿qué es en sí el rockcito? Eso será materia de un segundo artículo.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 3 de abril de 2017

Sergio González Rodríguez y "Matar por Ángela"

Con dolor y con sorpresa me entero de la muerte de Sergio González Rodríguez, a quien conocí a finales de los años noventa y quien las pocas veces que nos vimos siempre fue amable y espléndido conmigo. Tenía apenas 67 años y desconozco las causas de su fallecimiento, pero me parece muy lamentable, ya que era un intelectual brillante y desprejuiciado.
  En 1998, fue uno de los presentadores de la primera edición de mi novela Matar por Ángela y este es el generoso y divertido artículo-crónica que sobre mi libro y sobre dicha presentación publicó en el suplemento cultural "El Ángel", del diario Reforma, el 28 de marzo de ese año.
  Descanse en paz el querido Sergio, quien en su juventud formara parte del grupo sesentero-setentero Enigma.
  Una pena que se haya ido.

Matar por Angela 

Por Sergio González Rodríguez


Entré y lo primero que vi fue una angelita: Julieta Venegas, su cabellera larga y su sonrisa de niña. La última vez que la vi estaba en la tina del baño, inmersa en el esplendor de su desnudez. Esa vez también aprendí que ella tiene en la parte interna del muslo izquierdo una huella de nacimiento que la diferencia de todo el género humano y también de su hermana gemela.
 Afuera de la tina, yo la miraba conmovido y ella me devolvía la mirada serena, expectante... desde la eternidad de la fotografía que le tomó su hermana para el número más reciente de la revista Luna Córnea. Julieta Venegas es mil veces mejor en persona que en imagen, como más adelante se sabrá.
 Aquello fue antenoche, cuando acudí a presentar la primera –y estupenda– novela Matar por Angela de Hugo García Michel –también director de la revista rockera La Mosca– en la Cafrebrería El Péndulo, de Polanco. Una vieja broma de Víctor Roura en la sección cultural de El Financiero había inscrito –en un aviso de este acto literario– mi nombre así: "Sergio González Ramírez".
 Ahí estaba pues, "González Ramírez" en el primer piso de El Péndulo en busca del tiempo perdido, porque la novela Matar por Angela colinda con una parte decisiva de mi vida pretérita: habla de rockeros –claro, de los de ahora–, del mundillo de la prensa musical, de la fauna universitaria que consume ilusiones de izquierda y mordisquea libros, canciones, películas, del arquetipo contemporáneo de la muchacha libérrima de veintitantos, de los usos y abusos de semejante autonomía en los corazones y las braguetas de quienes la persiguen. Este último minidrama –el de los amores imposibles entre un hombre maduro y una muchacha– aparece a plenitud en una inmortal canción de José José titulada "Cuarenta y veinte".
 El público asistente procedió a tomar sus lugares, mientras "González Ramírez" se acercaba a saludar al director de Sansores & Aljure Editores, el mismísimo y gentil Jaime Aljure, quien me comenta que pronto lanzará una biografía de José Agustín. En ésas estábamos cuando Hugo me llama y me presenta a mi admirada Julieta Venegas: estoy a punto de –cual quinceañera histérica– saltar a la sección de compacts, comprar su compact de nuevo y hacer que me otorgue un autógrafo en éste. Me contiene el recuerdo de Angela.
 La novela de Hugo García Michel –que es un cuento amoroso y un cuadro crítico de costumbres–, tiene como línea básica las fatigas de un Humberto Gazca –periodista de rock– que insiste hasta el delirio en amar sin correspondencia alguna a una fotógrafa de 24 años, emblema generacional de las mujeres de nuestro fin de siglo: reventada, sensible, implacable en sus apetitos, que incluyen a todos menos a su enamorado incondicional, quien está dispuesto incluso a exterminar a sus competidores.
  Matar por Angela despliega una diversidad de recursos narrativos que incluye diálogos ágiles, descripciones precisas, psicologismos contenidos –como debe ser–, alternancia de registros convencionales con giros extravagantes, aciertos de novela en clave, acertijos literarios, juegos de script fílmico. Y, sobre todo, una estrategia contundente de ironía, parodia, humor de primer nivel.
  Matar por Angela es un artefacto múltiple, que me parece la máxima cualidad de una novela. Como novelista, Hugo García Michel sabe establecer una interlocución de extremo respeto con el lector: logra insertarlo en su trama hasta que éste se rinde seducido por la fluidez de la novela, en que destaca, de principio a fin, una amenidad inteligente, un atributo muy distinto de la banalidad tan frecuente en las novelas de éxito. Prosigo y aludo también a que Hugo García Michel logró cerrar una brecha que siempre ha habido en los vínculos entre el rock y la literatura en México, la idea que el vitalismo de esta música es una esfera aparte de lo intelectual. Matar por Angela presenta un relato tan vitalista como culto, en el buen sentido de esta palabra: un producto intelectual y lúdico, porque me parece una novela envidiable y/ "¡Ya cállate, por favor!, me dije a mí mismo, ¡deja hablar a Julieta!" Terminé pues como pude.
 Armando Vega Gil prosiguió en su papel de presentador con claro alarde de tablas y Julieta fue breve y exacta: la novela es muy divertida, presenta un retrato interesante del medio rockero, como lectora se reconoció en las tribulaciones del personaje, no en las de ella, y contó el final. Matar a Julieta. Bajo la risa nerviosa de todos, el autor sudó más aún, Fedro Carlos Guillén –convulsivo– arrugó el texto que después leería para regocijo colectivo, Jaime Aljure hizo cuentas mentales de cuántos libros menos vendería por la indiscreción de Julieta y yo me limité a mirarla con una pregunta en los ojos: "¿Por qué lo hiciste?". Ella me devolvió la mirada, que incluía un mensaje secreto, luego sonrió y su encanto le valió el perdón comunitario. El mensaje era: "Siempre lo hago. Una diva es la dueña de todo principio y de todo final. No lo puedo evitar". Tan tan. Me sentí un Humberto Gazca a punto de caer en el abismo.

domingo, 2 de abril de 2017

Mi primera vez en público, como músico


Hoy me estaba acordando de la primera vez que toqué en público, al lado de mi querido amigo y hermano Federico Cantu. Fue en abril de 1972, hace 45 años, durante una asamblea de padres de familia del colegio Simón Bolivar, que estaba en Río Churubusco, entre Insurgentes Sur y Avenida Universidad. Ninguno de los dos estudiaba ahí y no recuerdo quién nos consiguió la presentación. Tocamos dos o tres canciones mías (dos voces, dos guitarras), entre ellas "Pequeño cordero" que se refiere a la lucha generacional y que critica... a los padres de familia. Incomodamos a todo mundo, pero salimos de ahí muy orondos. Teníamos 17 años de edad. Lástima que no haya fotos de aquella época y menos de aquel momento. Dos meses después, ya como el dueto Octubre, nos presentamos cuatro domingos seguidos, a mediodía, en la Casa del Lago de Chapultepec, en algo que llamamos Canción Debate. Pero eso lo contaré en otra ocasión.

sábado, 1 de abril de 2017

Ingobernable: una lectura política

Terminé de ver Ingobernable, la serie-telenovela que hace pocos días estrenaron Argos y Netflix en esta plataforma de televisión en línea. No me referiré a ella desde el lado televisivo, porque el especialista en el ramo de esta casa es mi querido Álvaro Cueva. Prefiero externar un par de impresiones que me causó ver los 15 capítulos de su primera temporada, sobre todo desde un punto de vista político.
  Primero y antes que nada: no me la creí. La premisa de la que parte me resultó altamente inverosímil. Eso de que la primera dama del país se convierta en la enemiga pública número uno del gobierno y se transforme de pronto en una mezcla de Jessica Jones y la Reina del Sur, me cuesta tragármelo (imagine usted a María Esther Zuno o a Marta Sahagún disparando metralletas). Aun si aceptamos la convención, las correrías de Emilia Urquiza, acusada de asesinar a su marido, el presidente de México, se ven más falsas que un billete de doce pesos. Luego la intrépida e ingobernable señora se refugia en Tepito y con la ayuda de cinco (sí: cinco) habitantes de ese barrio, pone en predicamento a las fuerzas armadas del país, a la CIA y a la DEA. ¿Neta?
  Sin embargo, lo que más me brincó es ese afán por retratar al Ejército Mexicano como un nido de corrupción infiltrado por el narco y como un aparato represor que asesina, encarcela y tortura impunemente al “pueblo” (inquietante coincidencia, por cierto, con lo que Andrés Manuel López Obrador ha declarado en fechas recientes sobre el mismo ejército; esa visión epigmenista-obradorista de nuestros militares, a los que caracterizan como si fuesen milicos sudamericanos de los años setenta, no creo que guste mucho en el seno de las fuerzas armadas).
  Técnicamente, no hay tanto que cuestionar. La serie cuenta con buena producción y buena dirección. El problema es político y está en ese afán de seguir viendo la realidad mexicana en blanco y negro, sin matices, con buenos (ellos) y malos (la pinche mafia en el poder). Ingobernables.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 31 de marzo de 2017

Para dártelas de enterado en rock (5)

Si en una reunión o en una cita quieres impresionar a la gente y parecer un verdadero experto en rock, apréndete algunos datos y anécdotas inútiles, pero que seguro dejarán con la boca abierta a los demás y harán que te vean como todo un conocedor. He aquí mi quinta contribución a la causa (de nada):

"London Calling" fue parte de un eslogan ("¡Buenos días, América, esta es la llamada de Londres!") de un programa de la BBC durante la Segunda Guerra Mundial, emisión de la cual Joe Strummer, guitarrista de The Clash, era un entusiasta radioescucha.   

jueves, 30 de marzo de 2017

Con Manjarrez

Hoy al mediodía me tomé un café con el gran Jorge Flores Manjarrez, el artista que pinto los murales de rocanroleros en la estación del Metro Auditorio Nacional y quien colaboró muchas veces en La Mosca. Fue muy agradable volver a verlo y es muy posible que trabajemos un par de proyectos juntos. Ya habrá noticias de esto más adelante. Mientras tanto, aquí dejo uno de sus geniales dibujos, un retrato estupendo de John Lee Hooker.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Una nota sobre Emiliano en Canal 22

Nota que elaboró Irma Gallo para el noticiero cultural de Canal 22 que conduce mi querida Laura Barrera y que se trasmitió el pasado 16 de marzo.


martes, 28 de marzo de 2017

El retorno de Depeche Mode

Hay regresos discográficos que dan pena ajena. Retornos que buscan recobrar viejas glorias y que lo único que recuperan es la certeza de que no todos los cerros reverdecen. Afortunadamente no es el caso de Depeche Mode y su flamante disco Spirit (Columbia/Sony Music, 2017), uno de los álbumes más finos y poderosos en lo que va del presente año.
  Spirit refleja el espíritu de los tiempos que vivimos, estos tiempos de desencanto y decepción, de guerra y violencia, de populismos de izquierda y de derecha; los tiempos de Donald Trump en la Casa Blanca y del Brexit en Gran Bretaña, los tiempos del terrorismo y de la amenaza de un nuevo militarismo como única respuesta.
  Esa es la temática de la mayoría de las doce composiciones que conforman el nuevo plato del trío inglés. No es, sin embargo, un disco de consignas fáciles y de frases efectistas. Se trata de una obra altamente crítica y politizada, pero a la vez reflexiva, introspectiva y con un dejo, a pesar de todo, esperanzador.
  Martin Gore, David Gahan y Andrew Fletcher quieren hacer patente su enojo ante la situación del mundo y lo expresan con enorme claridad en temas como “Going Backwards”, “Where’s the Revolution”, “The Worst Crime”, “Poorman” y “Scum”. Pero también se dan tiempo para meditar y buscar salidas en el humanismo y el amor, como lo cantan en “Eternal” y en “So Much Love”.
  Producido por James Ford (quien ha trabajado con Simian Mobile Disco, Florence + the Machine y los Arctic Monkeys), Spirit consigue un sonido que en mucho recuerda al del propio Depeche Mode en álbumes como Ultra (1997) y Exciter (2001).
  Especial atención merece la canción con la que cierra el álbum: “Fail”. Oscura y triste, cantada por Gore, es una meditación al mismo tiempo hermosa y pesimista que pronuncia frases como “Nuestra conciencia está en bancarrota / Estamos jodidos”. En pocas palabras: los humanos hemos fallado.
  Un disco de gran fuerza y de una calidad musical impresionante. Un reflejo testimonial de la época.
  Uno de los álbumes del año. Seguramente.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 27 de marzo de 2017

Emiliano: una entrevista en "Milenio Dominical"

El día de ayer se publicó en Milenio Dominical (en su última edición, por cierto), esta entrevista que me hizo Erick Baena acerca de mi reciente novela, Emiliano. Hela aquí.

“Escribo como si fuera músico de jazz”: Hugo García Michel

Por Erick Baena Crespo 

El fantasma de la historia persigue a Hugo García Michel. Su familia paterna era liberal; la materna, conservadora. Lleva en sus apellidos los nombres de grupos que en el pasado pertenecieron a bandos contrarios. Y de uno de esos personajes se ocupa en su más reciente novela Emiliano (Ediciones Beso Francés, 2017).
  Inspirado por la novela de la revolución mexicana, García Michel escribe la biografía de su abuelo, Emiliano García, quien formó parte del Congreso Constituyente de Querétaro en 1917.
  “Me sentaba todas las noches a escribir hasta las 4 o 5 de la madrugada y sentía, aunque suene esotérico, que mi abuelo me dictaba algunos de los pasajes de la novela”, afirma en entrevista García Michel, mientras extrae de su librero diversas volúmenes sobre la Revolución Mexicana.
  La novela narra la historia de Esteban Leyva, un joven reportero del diario El Universal que en 1921 recibe de Félix F. Palavicini el encargo de entrevistar a uno de los diputados constituyentes que años antes, en el entonces Teatro Iturbide de la ciudad de Querétaro, aprobaron la Carta Magna.
  “Personajes como Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, Rodolfo Fierro, José Vasconcelos, Diego Rivera y varios más cruzan por las páginas de esta novela que va más allá de la biografía para entregar un vívido, ameno y por momentos divertido retrato de México”, se lee en la cuarta de forros.
  Don Emiliano, como le decían, abandonó la política tras la muerte de Carranza. García Michel se sirve de la ficción, para tratar de entender a un personaje que no conoció en vida y coloca en boca de su abuelo las siguientes palabras:
  “¿Qué es nuestra historia, amigo Leyva? ¿Qué es sino una larga sucesión de crímenes, de violencia, de traiciones, de corrupción, de ambiciones egoístas, de tiranías y luchas fraticidas? Desde la época de la Conquista hasta el crimen de Tlaxcalantongo.”

¿A qué dificultades te enfrentaste al mezclar hechos históricos con ficción?
El proceso de escritura fue muy natural. No fue necesario hacer un trabajo de hemeroteca, pues tengo bastantes libros sobre la Revolución Mexicana. Si lo hubiera requerido, sin duda lo hubiera hecho. Conseguí el libro Historia del Congreso Constituyente 1916-1917, de Jesús Romero Flores, en el que aparecen las biografías de los diputados. Ahí, en cuartilla y media, está la biografía de mi abuelo. Episodios de su vida, que se cuentan en una línea, yo tuve que recrearlos en varias páginas. Por ejemplo, siempre me pregunté: ¿Cómo fue que mi abuelo conoció a Carranza? Y me encontré un pasaje, en las Biografías del poder (Venustiano Carranza. Puente entre siglos, Tomo V), de Enrique Krauze, que narra la reunión que Carranza sostuvo con Álvaro Obregón en El Fuerte, Sinaloa, la tierra natal de mi abuelo. Ese fue todo un hallazgo, ya que es muy probable que mi abuelo lo haya conocido en esa ocasión. Tomé ese hecho, documentado, real, y lo mezclé con la ficción.

¿A qué obedece, en términos narrativos, la historia de Esteban Leyva?
Me inventé este personaje, que es como mi álter ego, para hacer la novela más amena. O, al menos, ese fue el propósito. También la historia de Leyva me sirvió para recrear los años 20, que me fascinan. Es la época en la que me hubiera gustado vivir. Así que la trama de ese personaje me permitió pasear por las calles de una Ciudad de México única, en la que había una efervescencia cultural y en la que coincidieron personajes como Diego Rivera o José Vasconcelos.

¿Tenías consciencia de la estructura antes de escribir?
Escribo como si fuera músico de jazz: improviso mucho. Tenía ideas vagas: veinte capítulos, cambios de voz narrativa, dos personajes femeninos fuertes. No quería que fuera una biografía lineal, por eso me di a la tarea de escribir una trama paralela. Insisto: el proceso de escritura es algo mágico. Cuando me releo, me desconozco un poco: “¿Y esto, de dónde salió?”, me pregunto. Jamás he visto un espíritu. Es algo en lo que no creo, pero tampoco lo niego. No obstante, a la hora de escribir, sentía muy cerca la presencia de Don Emiliano.

Emiliano García, no tu abuelo, sino el hombre, ¿crees que fue un político honesto?

No lo puedo afirmar, pues no sé si en algún momento se sintió tentado por las malas prácticas. Pero no creo que haya tenido necesidad. Ahí sigue en pie la Quinta Guadalupe, su única propiedad y el hecho de que haya terminado su carrera trabajando como inspector de la Secretaría de Trabajo, un puesto honorario que le dio Lázaro Cárdenas, habla de su modestia republicana. Por eso me siento orgulloso de él.

¿Escribirás, ahora, sobre el reverso de tu historia familiar: los Michel?
Probablemente sí. Es algo que me pide mucho mi familia. Y también hay, de ese lado, anécdotas terribles, fascinantes.

Parece que la historia te persigue…
Y si a mi biografía le agregas que estudié la primaria en el Colegio Hernán Cortés, luego estuve en la secundaria 29 Miguel Hidalgo y Costilla, y que vivo en la calle Maximino Ávila Camacho, entonces sí que me acecha.

domingo, 26 de marzo de 2017

62 años

Mi primera foto a los 62 años.
Pues sí, hoy cumplí 62 años de edad y estoy a dos de llegar a los beatlescos sixty four (más los muchos que se acumulen todavía). Lo pasé muy a gusto en una reunión de très petit comité, al lado de mis hijos Alain y Jan, mi nuera Hallet, mi sobrina Leyla y mi amada amiga M. Cominos, platicamos, reímos. Todo muy grato y animado.
  Este cambio de edad será cambio para bien de muchas otras cosas, así lo decreto.

sábado, 25 de marzo de 2017

La disolución del PRD

Triste sino el del Partido de la Revolución Democrática. De haber podido convertirse en el gran instituto político de la izquierda mexicana, adoptó los eternos vicios sectarios de dicha izquierda y está terminando sus días en el penoso trance del divisionismo, cuya más clara expresión es la lucha a tres caídas, aunque con límite de tiempo, entre las facciones de Miguel Barbosa y Dolores Padierna por hacerse del control de la fracción perredista en el Senado de la República. Lucha que poco tiene que ver con principios ideológicos y mucho con afanes de poder y, sobre todo, de recursos monetarios. Mezquindad política, pobreza de ideas, miseria de principios. Avaricia, rencores y una agonía lastimera.
  Lejanos están ya los días de gloria del PRD, con el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas a la cabeza. Cuando Andrés Manuel López Obrador se hizo de la presidencia del partido, quiso volverlo su instrumento personal para cumplir su sueño sempiterno de convertirse en presidente de la república y ese fue el principio del fin.
  Apenas el partido dejó de serle útil, lo despreció, se llevó a sus incondicionales (aunque dejó a otros ahí encajados, como cabeza de playa) y fundó su propio instituto híper personal: el inefable Morena. Quienes permanecieron en el PRD, tanto los antipejistas como los pejistas velados, se encargaron de dinamitar lo que quedaba y hoy se están viendo los resultados: un partido a punto de desaparecer.
  Su única esperanza de sobrevivencia, como lo hacía notar el jueves pasado Héctor Aguilar Camín en estas mismas páginas, es la de servir como bisagra en las elecciones de 2018 y aliarse a alguno de los tres partidos con reales posibilidades de ganar la contienda. De las tres opciones, la del PAN parecería ser la menos mala, la más práctica, la más inteligente y pragmática. Lástima que inteligencia y pragmatismo no parecen estar entre los dones de los dirigentes perredistas actuales.
  Pronto conoceremos el desenlace de tan triste historia.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 24 de marzo de 2017

Para dártelas de entendido en rock (4)

Si en una reunión o en una cita quieres impresionar a la gente y parecer un verdadero experto en rock, apréndete algunos datos y anécdotas inútiles, pero que seguro dejarán con la boca abierta a los demás y harán que te vean como todo un conocedor. He aquí mi cuarta contribución a la causa (de nada):

Dave Grohl (Nirvana, Foo Fighters) lleva tatuado en su antebrazo el símbolo esotérico del ex baterista de Led Zeppelin John Bonham (tres círculos intersecados).

jueves, 23 de marzo de 2017

Pobre Patria mía

Ayer terminé de leer esta muy buena novela histórica en la que su autor, Pedro Ángel Palou, cuenta la vida de Porfirio Díaz, tomando como voz narradora la del propio Díaz, quien rememora su biografía desde su exilio en París. Bien escrita, bien documentada, amena, apasionada, la novela permite no sólo conocer muchas facetas de la existencia del que quizá sea uno de los personajes más controvertidos de la historia de México, sino al mismo tiempo disfrutar de un relato de estilo elegante y claro.
  Un libro muy bueno y recomendable.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Con Eduardo Limón en radio

Hoy por la mañana me fui a las instalaciones de la estación de radio en línea Puentes, en la colonia Condesa, a fin de grabar una entrevista con mi querido Eduardo Limón para su programa Un libro para el fin. Me tocó estar en la segunda mitad de la emisión y estuvimos platicando sobre Emiliano (en la primera mitad había estado con otro escritor). Todo muy bien.
  Regresé para acá y en la tarde me lancé a Tlalpan, para visitar a mi mamá y a mi hermana Ivette. Myrna también estuvo ahí y me estuvieron animando luego del golpe económico que recibí hace unos días. Habrá que hacer nuevas cosas. No hay de otra.

martes, 21 de marzo de 2017

Chuck B. Goode

A raíz de la muerte de Leonard Cohen y de otros roqueros “viejos”, escribí el año pasado que los más veteranos de todos aún seguían vivos. Me refería a los pioneros del rock n’ roll y en específico a Little Richard, Jerry Lee Lewis y Chuck Berry. Hace tres días este último dejó de existir, a sus 90 años de edad, y nos legó una obra artística sin parangón y una biografía llena de delirantes contradicciones.
  Estamos ante uno de los pocos verdaderos genios musicales del siglo XX. Berry revolucionó el status quo de la música popular de mediados de los años cincuenta, cuando logró fusionar dos segmentos que parecían ajenos y hasta antagónicos: el de la música campirana de los blancos y el del blues y el rhythm n’ blues de los negros. El nuevo género fue bautizado como rock n’ roll y cambió –lo digo sin exageraciones– la historia de la humanidad.
  Tan sólo el riff de “Johnny B. Goode” fue capaz de trastocar siglos de racismo y logró que los jóvenes de todas las razas hicieran añicos esquemas y prejuicios y se pusieran a cantar y bailar juntos. Canciones como “Sweet Little Sixteen”, “Maybelline”, “Memphis”, “Roll Over Beethoven” o “Rock and Roll Music” marcaron a una nueva generación de músicos de todo el mundo, quienes se volvieron rocanroleros y contribuyeron a desarrollar un género que a más de 60 años de distancia se conserva sano y salvo, a pesar de los caprichos de la industria y el mainstream.
  En cuanto a sus letras, fue un cronista de su época y el propio John Lennon lo definió alguna vez como el gran poeta de su generación. De ese tamaño era la calidad de lo que escribía con gran sentido del humor y una admirable y fina capacidad para la observación y el doble sentido.
  La historia de los Beatles y los Rolling Stones, de los Beach Boys y hasta la del propio Bob Dylan no habría sido lo que fue si antes de ellos no hubiese existido Chuck Berry. Desde Elvis Presley hasta Radiohead, todos le deben algo a este nacido en St. Louis, Misuri, en 1927.
  Go, go, go Chuck go!
 
(Publicado el día de hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 20 de marzo de 2017

Colonia Ciudad de los Deportes, 1961

Así se veía esta colonia hace 56 años. Impresionante el paso del tiempo y la manera como la ciudad ha cambiado. Se ven la Plaza México, el hoy Estadio Azul, el parque de la Nápoles y la glorieta de Insurgentes y el hoy Eje 6 que por entonces (el Eje) no existía.

domingo, 19 de marzo de 2017

El primer álbum solista de John Lennon

Si el primer álbum como solista de Paul McCartney (McCartney, 1970) fue una obrita bastante superficial y rosa, más simpática que trascendente (aunque con un par de temas estupendos, en especial “Maybe I’m Amazed”), el primer disco de John Lennon (Plastic Ono Band, 1970) resultó todo lo contrario.
  Se trata de un terrible manifiesto individualista, en el cual el músico deja salir toda la amargura y la decepción acumuladas a lo largo de los años. Mucho tuvo que ver en esto no sólo el aún muy reciente rompimiento de los Beatles y la relación con su mujer, Yoko Ono, sino también las sesiones de psicoanálisis a las cuales estaba sometido en el diván del doctor Walter Janov, quien en su libro The Primal Scream (El grito primario) recomendaba gritar como una forma de terapia.
  Plastic Ono Band es un trabajo personalísimo, visceral, en el que John muestra sin tapujos sus entrañas más desgarradas y sus miedos y dolores más profundos. Es un disco lleno de enojo, un disco lleno de ansiedad, un disco lleno de vulnerabilidad. Iracundo y tierno, irónico y suplicante, infantil y maduro, exasperado y generoso, en este álbum se conjugan, con una claridad pocas veces lograda por alguien, el amor y el odio como dos caras de una misma moneda, la moneda que pone, sobre la mesa y a la vista de cualquiera, un ser humano con todas sus virtudes y todos sus defectos, con todas sus bondades y todas sus falencias.
  Sin otorgar la menor concesión, Lennon grabó un grupo de composiciones austeras, en ocasiones incluso casi minimalistas, con una instrumentación escasa y su voz apasionada como salida de escape para su angustia. Lo paradójico es que a pesar de su crudeza, los once temas que conforman el plato poseen una calidad letrística y sobre todo musical extraordinaria. No son canciones monótonas y tampoco se parecen entre sí. Las melodías están muy bien logradas y varias de ellas se convirtieron en clásicos instantáneos que a 47 años de distancia perduran en la conciencia de la gente.
  El álbum inicia con uno de los lamentos más escalofriantes en la historia no sólo del rock, sino de la música popular toda, la impactante “Mother” (con su complementaria contraparte final, la desolada “My Mummy’s Dead”). En “Mother”, Lennon grita más que cantar, implora más que interpretar. Es un tema de orfandad, un reclamo a la vida que le arrebató a su madre siendo aún muy joven. Es asimismo un reclamo a su padre, por haberlo abandonado. De ahí la frase final varias veces repetida con desesperación: “Mamá, no te vayas; papi, ven a casa”. Voz, piano, bajo y una sencilla percusión son todos los elementos del arreglo.
  Otros temas importantes del disco son “I Found Out” y “Well, Well, Well”, pero el dolor y la rabia vuelven a manifestarse en la conmovedora “Isolation”, el mayor canto a la soledad del que quien esto escribe tenga memoria. En cambio, “Love” es una de las más bellas y sencillas canciones de amor, con una letra tan simple como dulce, un remanso en medio del atormentado y catártico álbum. Por su parte, “Working Class Heroe” se ha convertido en todo un himno, con su mensaje de protesta contra las injusticias del mundo y su arreglo folk que en mucho recuerda al primer Bob Dylan; un corte altamente politizado que anunciaba muchas de las posturas ideológicas del músico.
  No obstante, el tema más controvertido desde una perspectiva sobre todo humanista es sin duda “God”. He aquí un apabullante y si se quiere hasta soberbio (en todos los sentidos de la palabra) ajuste de cuentas con la humanidad o cuando menos con algunos de sus líderes y representantes más conspicuos. Desde la frase inicial: “God is a concept by which we measure our pain” / “Dios es un concepto mediante el cual medimos nuestro dolor” (satirizada en 1972 en el tema “Magical Misery Tour” del disco Radio Dinner de la National Lampoon con la sardónica línea “Yoko is a concept by which we measure our pain”), sabemos que no se trata de una simple canción sino de una verdadera declaración de principios, el nuevo manifiesto lennoniano en el cual, acompañado por una música que va in crescendo aunque al final regresa al origen, John enlista a todos aquellos personajes y todas aquellas cuestiones de las cuales descree, desde Jesucristo hasta Adolfo Hitler, pasando por La Biblia, Buda, la religión hindú, los Kennedy, Elvis Presley, Robert Zimmerman (es decir, Dylan) y, por supuesto, los Beatles. Todo para concluir con su nueva proclama: “Sólo creo en mí, en Yoko y en mí” y las palabras que para muchos marcaron el fin de una era: “The dream is over” (“El sueño terminó). U2, por cierto, trató de dar una respuesta políticamente correcta a esta enorme canción con su blandengue “God II”, pero terminó por hacer el ridículo.
  ¿Es Plastic Ono Band una obra nihilista? Sí, pero también, en el fondo, se trata de una honda plegaria por la vida.

(Reseña que escribí para el Especial No. 26 de La Mosca en la Pared dedicado a John Lennon, a 25 años de su muerte, y publicado en diciembre de 2005)

sábado, 18 de marzo de 2017

El Peje y la maldición de la chachalaca

Hay maldiciones que te persiguen y aunque parezcan haberse ido, regresan en el momento menos pensado para atacarte sin la menor piedad.
  La maldición de la chachalaca determinó en buena parte que, en la campaña por la presidencia de 2006, Andrés Manuel López Obrador perdiera la amplia ventaja que llevaba sobre su más cercano oponente y que éste no sólo le diera alcance, sino que lo derrotara en un cierre de fotografía que los pejeadictos siguen sin digerir.
  Aquella vez, soltó como gracejada (con ese su sentido del humor tan peculiar del cual sólo él mismo se ríe) un “¡cállate, chachalaca!” contra el presidente Vicente Fox que le restó cientos de miles de votos. Esta semana, un nuevo “¡cállate!” llenó su boca y no lo dirigió a un adversario político, sino contra Antonio Tizapa, padre de uno de los desaparecidos normalistas de Ayotzinapa.
  El video es ya ampliamente conocido y se grabó en una calle de Nueva York. Lo más grave no es la expresión que exige guardar silencio, sino la manera altanera, intolerante, caciquil y hasta clasista como la pronuncia López, luego de descalificar a Tizapa al tildarlo de provocador. Esto es muy preocupante y peligroso, porque refleja el talante dictatorial del ahora precandidato y nos muestra cómo podría ser, de llegar a la presidencia, un individuo que hace a un lado, con manoteos agresivos y de desprecio, a un ciudadano que le exige explicaciones y justicia.
  Trasládese esta conducta hacia los millones de opositores que tendría el virtual primer mandatario y no parecería esperarnos un clima de libertades democráticas, sino todo lo contrario. Eso dice el lenguaje corporal, pero también el lenguaje hablado del de Macuspana, quien todavía tuvo la cachaza de decir que el reclamo sobre Ayotzinapa “tiene que ser a Peña, a las fuerzas armadas, a quienes intervinieron en ese crimen, no a nosotros”. Acusaciones lanzadas a lo loco, sin fundamentos o pruebas. Porque además, ¿de quién era amigui José Luis Abarca? No del presidente Peña, por cierto.
  ¿El pejelagarto por su boca muere?
(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 17 de marzo de 2017

Para dártelas de entendido en rock (3)*

El álbum Pet Sounds (Sonidos de mascotas) de los Beach Boys lleva ese título a raíz de una agresiva discusión entre intregrantes del grupo. Cuando Brian Wilson le mostró a Mike Love (el cantante principal) el nuevo material, éste le comentó, agrio y molesto: “¿Quién demonios va a querer escuchar esto? ¿Las orejas de un perro?”.

*(Si en una reunión o en una cita quieres impresionar a la gente y parecer un verdadero experto en rock, apréndete algunos datos y anécdotas que seguro dejarán con la boca abierta a los demás y harán que te vean como todo un conocedor. He aquí mi tercera contribución a la causa. De nada).

jueves, 16 de marzo de 2017

¿Quién teme a Don Draper?

Dice Brett Martin, en su extraordinario libro Hombres fuera de serie (Ariel, 2014), que las series dramáticas de televisión han madurado hasta convertirse en un arte distintivo por sí mismo, una expresión artística y cultural tan importante como la que realizadores cinematográficos del tamaño de Martin Scorsese, Robert Altman, Francis Ford Coppola y otros lograron en la década de los setenta o escritores como John Updike, Philip Roth y Norman Mailer consiguieron en los noventa del siglo pasado.
  El fenómeno de las series es una cuestión que rebasa el mero entretenimiento para alcanzar grados de calidad e inteligencia nunca vistos en la televisión, la cual hace mucho que dejó de ser la llamada caja idiota, cuando menos en cadenas como HBO, Showtime, AMC, FX o Showtime. Díganlo si no títulos que ya han alcanzado el estatus de clásicos, como Los Soprano, The Wire, Six Feet Under, The Wire, Deadwood, The Shield, Weeds, Dexter, Boardwalk Empire, Homeland, True Blood, True Detective, Breaking Bad, House of Cards, Shameless US, The Walking Dead, Game of Thrones o Mad Men.
  ¿A qué se debe este fenómeno surgido a finales de la década los noventa con el estreno de Oz en HBO? ¿Quiénes fueron los genios creativos que idearon una nueva manera de hacer televisión para sacarla del facilismo y de su sempiterna zona de confort, hasta convertirla en el modo de expresión más fino de la actualidad?
  Porque las series de alta calidad no surgieron de la nada, no son un acto de generación espontánea. Detrás están nombres que quizás aún no consigan la popularidad de los que referí párrafos atrás, pero que no tardarán en ser reconocidos como es debido (algunos de hecho ya lo son). Apelativos como los de David Chase, David Simon, David Milch, Shawn Ryan, Beau Willimon, Jenji Kohan, Mathhew Weiner, Frank Darabont, David Benioff o Vince Gilligan representan a una nueva generación de grandes talentos (algunos cercanos al genio), generación que ha hecho una verdadera revolución y ha creado, también, a una nueva generación de televidentes mucho más críticos y exigentes.
  A diferencia de Scorsese o Altman, reconocidos como directores de cine con una obra individual y de autor que viene desde la nouvelle vague francesa de los años sesenta, con los Truffaut, los Godard y los Rohmer, gente como Chase, como Milch o como Gilligan no son directores o realizadores: ellos están en otra parte, son showrunners, tipos que se encuentran más en contacto directo con los guionistas –y son guionistas también– que con los directores de escena.
  Esta es una de las características más distintivas del nuevo arte televisivo: la importancia del guionista como sine que non de la industria, la producción y el arte de las series. Este hecho queda muy bien explicado a lo largo de las casi 400 páginas de Hombres fuera de serie. En su libro, Martin explica con detalle el origen y desarrollo de este interesantísimo fenómeno y cómo las cadenas televisivas más arrojadas y visionarias abrieron las puertas a una punta de locos que traían otras ideas y otras propuestas. Ya no más programas convencionales y predecibles, con héroes aceptables para el público más conservador y, sobre todo, para los patrocinadores más rancios. Se trataba de desafiarlo todo y de convertir a antihéroes, a tipos incluso socialmente detestables, en los nuevos protagonistas de la pantalla chica. De ahí el surgimiento de un Tony Soprano, calvo, gordo, grosero, ignorante, cruel, pero favorito de los televidentes. De ahí la aparición de un Walter White que de hombre mediano, gris y apocado, se transforma en villano ambicioso, corrupto y despiadado. De ahí, asimismo, la presencia de un Don Drapper elegante, frío, egoísta, amoral, con un pasado oscuro, pero a la vez (o tal vez por eso) seductor y fascinante.
  ¿Cómo es que una serie acerca del mundo de la publicidad en los años sesenta pudo resultar no sólo atrayente sino adictiva? Porque eso fue Mad Men a lo largo de sus siete intensas temporadas (2007-2013). Una emisión que paradójicamente fue rechazada cuando su creador, Mathhew Weiner, la propuso a HBO, la mismísima cadena que trastocó al mundo de la TV con Sex and the City, Los Soprano y The Wire, entre muchas otras.
  A mediados de la década pasada, HBO había sido tomada por un grupo de ejecutivos que ya no quería arriesgar tanto y ni siquiera se tomó la molestia de revisar con atención el guión del programa piloto de Mad Men, mismo que Weiner llevaba en su portafolios desde hacía varios años. Sería otra cadena menos importante, AMC, la cual buscaba encontrar un programa con la fuerza de Los Soprano, la que por cosas del destino tendría acceso a aquel guión hasta entonces infortunado. El proyecto fue aceptado y Mathhew Weiner nombrado su showrunner. Lo primero que hizo fue buscar a un actor a quien nadie conociera, para que se hiciese cargo del papel principal, el de Don Drapper. Cuando se efectuó el casting y luego de ver a diversos actores, la decisión recayó en Jon Hamm, un oscuro histrión sin currículum y al que los ejecutivos de AMC consideraron “poco sexy”. Sin embargo, en cuanto lo vio, Weiner supo que Hamm era Drapper e impuso su determinación.
  Mientras tanto, el propio Weinner había formado su equipo de guionistas y este se dio a la tarea de escribir los capítulos de la primera temporada. Alumno de David Chase, el creador de Los Soprano, su poder y su presencia llegó a tanto que la campaña publicitaria inicial de Mad Men no se basó en el personaje de Don Drapper o en alguna de las bellas mujeres que aparecían en la serie. La leyenda de la campaña fue: “Una serie de Mathhew Weiner”.
  Mad Men resultó algo único (en México podemos verla completa por Netflix). El cuidado que se tuvo para recrear los ambientes, la moda, el lenguaje, los usos y costumbres de los años sesenta, no deja de asombrar, para no hablar de la elegantísima puesta en escena (cada encuadre es como un cuadro de Edward Hopper). Del casting no se diga: todos los personajes están perfectamente caracterizados y la historia (con sus subtramas) jamás decayó durante los siete años que duró la emisión, con referencias históricas como el asesinato de John F. Kennedy, la lucha por los derechos civiles, la visita de los Beatles a los Estados Unidos o la llegada del hombre a la luna.
  Mad Men demuestra lo que afirma Brett Martin: que las series son el mayor modo de expresión artística de nuestro tiempo.

(Publicado el día de hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

miércoles, 15 de marzo de 2017

La presentación de "Emiliano"

Aunque parecía haber muchos factores en contra (mi gripe, día de quincena, el aguacero que cayó en varios puntos de la ciudad, el tránsito enloquecido), la presentación de mi novela Emiliano, la noche de hoy en ese bellísimo lugar de vista espectacular que es el Terraza Catedral, fue todo un éxito.
  Con una asistencia aproximada de 50 a 60 personas, los tres presentadores (Ariel González, Eduardo Limón y Adán Ramírez Serret) y yo iniciamos a las ocho de la noche y todo salió estupendamente. Los tres ponentes estuvieron más que bien: amenos, interesantes, inteligentes, con sentido del humor y el público respondió de la mejor manera, con gran atención y con muy interesantes preguntas al final de la presentación.
  Saludé a muchas personas y vendí una decena de ejemplares que firmé con mucho gusto. Al final, me fui a cenar a "La Popular" (en la calle 5 de mayo) con mi hijo Alain y algunos parientes y amigas.
  Todo salió prácticamente perfecto, salvo porque no pudieron llegar mi hijo Jan y un par de amigas muy queridas. Por lo demás, todo muy bien.

martes, 14 de marzo de 2017

Dos experimentaciones pop

The xx: I See You (Young Turks, 2017)
La música de The xx puede parecer un tanto millenial. El grupo británico, liderado por Jamie xx y con las destacadas voces de Romy Madley Croft y Oliver Sim, nos presenta este su tercer larga duración, un trabajo en el cual la agrupación se arriesga a ser más experimental e incluso más rítmica.
  I See You es una obra sosegada, apasionada e intensa. Esta vez la producción ha dejado de ser austera y juega más con la producción y la instrumentación, tanto que el trío se atreve incluso a introducir inesperadas referencias a Hall & Oats en el tema “On Hold”.
  Otra novedad es que no todas las canciones apuestan por la melancolía y las atmósferas oscuras y hay canciones alegres. Tan alegres, por supuesto, como pueden ser al provenir de The xx. Pero ahí están bellos cortes como “Say Something Loving” o “I Dare You” para demostrarlo, así como hay composiciones en las que la voz de Croft luce en toda su plenitud.

The Flaming Lips: Oczy Mlody (Warner Music, 2017)
Con este espeso álbum, The Flaming Lips regresa a la música intrincada de sus álbumes Embryonic (2009) y The Terror (2013). Oczy Mlody es más melódico que sus dos antecesores, mas no se aparta de esa música que avanza con pesada lentitud, con instrumentaciones que remiten lo mismo al rock progresivo que al hip-hop con arreglos orquestales que jamás resultan pomposos.
  Wayne Coyne y los suyos dan rienda suelta a su inventiva psicodélica, con esas voces y falsetos que suavizan las atmósferas siniestras y acercan la música a un pop rock experimental de alta calidad.
  Con diversas bases de sintetizadores, el disco vive sus mejores momentos con temas como “There Should Be Unicorns”, “How??”, “We a Family” (en la que los Labios Flameantes vuelven a colaborar con la cantante pop Miley Cyrus) y la homónima pieza inicial. Mas no hay desperdicio en el resto de las piezas que constituyen el plato.
  Densos y experimentales los retornos de The xx y The Flaming Lips.

(Publicado el día de hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 13 de marzo de 2017

The Rolling Stones

Han sido llamados la mejor banda de rock and roll sobre la Tierra. Durante más de cuarenta años su presencia ha estado ahí, siempre presente. Los Rolling Stones son parte inalienable de la música popular del siglo veinte y su influencia sólo es superada por la de los Beatles, con quienes siempre se les comparó hasta el grado de considerárseles “rivales”. Herederos musicales de los grandes intérpretes de blues, rhythm and blues y soul de los Estados Unidos, estos londinenses no sólo ayudaron a reivindicar la música de gente como Willie Dixon, Howlin’ Wolf, Muddy Waters o Jimmy Reed, sino que la adaptaron a un estilo propio y lograron crear un sello característico. Los talentos unidos de Mick Jagger, Keith Richards, Brian Jones, Bill Wyman y Charlie Watts conformaron una sólida agrupación que durante la década de los sesenta dio vida a canciones y álbumes que han trascendido hasta convertirse en iconos de la centuria pasada. Y lo mismo hicieron durante la primera mitad de los setenta, ya sin el malogrado Jones y con Mick Taylor en su lugar, y más tarde en los ochenta y los noventa (con Ron Wood como nuevo integrante), aunque en estos dos últimos decenios –hay que decirlo– con menor genio creativo. Temas como “(I Can’t Get No) Satisfaction”, “The Last Time”, “Street Fighting Man”, “Ruby Tuesday”, “Sympathy for the Devil”, “Jumpin’ Jack Flash”, “She’s a Rainbow”, “Honky Tonk Women”, “Brown Sugar”, “I Got the Blues” o “Angie” y discos como Out of Our Heads, Beggars Banquet, Let It Bleed, Sticky Fingers y Exile on Main Street significan un legado perenne que ha marcado a varias generaciones. Si en algún momento llegó la decadencia, si Jagger sucumbió ante los oropeles del jet set internacional o Richards ha tenido serios problemas con su adicción a las drogas duras, son cuestiones anecdóticas que no cuentan a la hora de evaluar lo que al final siempre queda: la obra artística, en este caso la música de altísimo nivel y enorme autenticidad que los Rolling Stones regalaron al mundo, es decir, a nosotros. ¿Es sólo rock and roll? Pues sí. Pero cómo nos gusta.

(Prólogo del Especial de La Mosca en la Pared No. 11, dedicado a los Rolling Stones y aparecido en mayo de 2004).

domingo, 12 de marzo de 2017

Domingo agripado

Llevo ya varios días afectado por una fuerte gripe, agravada por la mala noticia que recibí hace unos días y que prefiero no hacer pública. En fin. Pasé el día en cama, viendo futbol y series. Ando bajo de ánimo, necesito recargar las pilas.

sábado, 11 de marzo de 2017

El puntero no suele ser el campeón

Para mi querido Héctor de Mauleón, en solidaridad.

Está visto y comprobado que en México, con el sistema con que se lleva a cabo la contienda, aquel que en un principio se mantiene a la cabeza y lidera por encima de sus rivales no suele lograr su cometido y termina por quedarse en la orilla.
  De nada sirve ser el primer lugar en las encuestas al arranque, cuando los otros aún están fuera de ritmo o ni siquiera se convierten en protagonistas. El secreto no es empezar como líder, tampoco seguir como tal a la mitad de la competencia, sino arrancar de a poco para ir tomando ritmo paso a paso, sin hacerse notar demasiado, a fin de que los otros contendientes se confíen y no estén preparados para la sorpresa que suele darse en la recta final por alcanzar la grande. Ese es el que suele obtener la victoria, el que tiene un mejor cierre suele resultar triunfador.
  Veamos la situación actual. Estamos todavía lejos de la fecha final y aunque podemos apostar por uno u otro, la verdad es que nadie tiene la certeza de quién será el vencedor. El tiempo que falta es factor decisivo. En ese lapso, el que ahora va en lo alto empezará a desgastarse y los de abajo iniciarán el camino cuesta arriba, para intentar un final llena de fuerza, vitalidad y poderío.
  Leo a muchos supuestos especialistas que ya dan como ganador al actual puntero. Si la competencia terminara la semana próxima, muy posiblemente tendrían la razón. Pero como quedan largos meses por delante, yo sería mucho más cauto en mis pronósticos, aun cuando las apuestas y las encuestas digan lo contrario.
  Claro que ya hay una actitud triunfalista en el que ostenta el liderato. Soberbio y jactancioso, se siente ganador antes de tiempo y no aprende que no es la primera vez que se encuentra en esa situación y termina por quedarse con las manos vacías. ¿Que esta vez puede ganar? Sí. ¿Que la tercera puede ser la vencida? Pues sí, también. Pero las Chivas del Guadalajara deberían ser más prudentes y no cantar victoria antes de tiempo. Digo.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 10 de marzo de 2017

Para dártelas de entendido en rock (2)

Si en una reunión o en una cita quieres impresionar a la gente y parecer un verdadero experto en rock, apréndete algunos datos y anécdotas que seguro dejarán con la boca abierta a los demás y harán que te vean como todo un conocedor. He aquí mi segunda contribución a la causa (de nada):

El álbum Highway 61 Revisited de Bob Dylan (1965) lleva ese título en honor a la carretera (Ruta 61) que cruza el estado natal de este músico, Minesota, y llega hasta el delta del río Mississippi, en el sur profundo de los Estados Unidos. 

jueves, 9 de marzo de 2017

"Emiliano" con estudiantes de la FES Aragón

Me reuní a mediodía con varios estudiantes de Comunicación de la FES Aragón, alumnos de mi querido amigo Salvador Mendiola. Vinieron a comprarme ejemplares de Emiliano y se llevaron quince en total. Platicamos un rato, respondí a varias preguntas y me tomé fotos con ellos. Fue un momento muy grato que agradezco a estos jóvenes llenos de frescura. Por momento como este ya valió la pena haber editado el libro.