Desde hace muchísimos años, el género musical más popular de Brasil, la samba, ha sido un territorio dominado por el sexo masculino. Los grupos que interpretan esta música tradicionalmente han estado conformados por hombres y la participación de mujeres en ellos ha sido minoritaria, si no es que prácticamente nula.
No obstante, las cosas han empezado a cambiar en los años más recientes y hoy día son varias las agrupaciones que tocan samba y cuyas integrantes son todas mujeres. ¿Cómo llegó a darse este cambio y qué implicaciones tiene?
Hasta hace no mucho tiempo, los conjuntos brasileños que hacen samba estaban conformados por entre cinco y quince miembros, cada uno tocando un instrumento... y todos hombres. Sólo unos pocos se permitían tener a una o, si acaso, dos mujeres.
El círculo de samba (roda de samba, en portugués) está reconocido por la Unesco como patrimonio cultural, aunque al parecer nunca se reparó en el hecho de que se tratara de un exclusivo club masculino, en el que las mujeres sólo participaban como bailarinas, de preferencia con poca ropa. Esto ha ido cambiando, gracias a la voluntad de muchas ejecutantes de samba del sexo femenino, quienes han reivindicado su derecho a ser músicas y no sólo danzantes.
Quizás el grupo más importante dentro de este novedoso movimiento sea el colectivo Samba Que Elas Querem, integrado entre otras por Bárbara Fernandes, Mariana Solis, Júlia Ribeiro, Cecilia Cruz, Isabella Ciavatta y Sylvia Duffrayer. Se trata del grupo femenino pionero de la nueva samba.
“Muchas veces, cuando eres la única mujer dentro de un círculo de samba, te conviertes en objeto del acoso del lenguaje machista implícito y explícito en las letras de varias de las piezas de este estilo musical”, comenta Sylvia Duffrayer, quien añade: “Entonces, al organizar una agrupación conformada sólo por mujeres, paramos en seco ese tipo de composiciones machistas”.
La popularidad de Samba Que Elas Querem (La samba que ellas quieren) ha crecido como la espuma en su natal Río de Janeiro. Cecilia Cruz, quien toca el cavaco (instrumento tradicional de cuerda, típico de los colectivos de samba), dice: “Creo que la gente está lista para ver grupos de puras mujeres, sobre todo la gente joven que nos ha aceptado sin problema y eso puede constatarse en las redes sociales”.
Porque dentro del tradicionalismo sambístico, no todos están de acuerdo con esta irrupción femenina. Entre los más viejos exponentes del género hay varios que se oponen a ello y que defienden las letras en que se hace alusión a las mujeres como meros objetos sexuales (tal como hace el reguetón hoy día) o incluso se justifica el que un hombre golpee a su esposa. Uno de estos defensores de la samba tradicional es el músico Zeh Gustavo, quien se dice enemigo de la corrección política que empieza a invadir a esta música: “Respeto que cada vez haya más mujeres en los círculos de samba, pero ellas deberían respetar las viejas canciones clásicas”, asegura.
Además de Samba Que Elas Querem, hay varias nuevas agrupaciones de samba conformadas por mujeres. Es el caso de Moça Prosa (de Río), Samba Delas (de Porto Alegre), Samba de Saia (de Curitiba), Samba da Elis y Sambadas (estas dos últimas de Sao Paulo).
Si bien hay quienes piensan que se trata de una mera moda y que las aguas regresarán a su nivel anterior, todo parece indicar que el arribo de las mujeres a los círculos de samba seguirá creciendo y que el género evolucionará hacia terrenos de mayor tolerancia y respeto. Aunque lo principal, como siempre en la música, será que la calidad artística sea la meta principal de todos: hombres y mujeres.
(Texto que escribí para el sitio Sugar & Spice y que se publicó el día de hoy)
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domingo, 7 de octubre de 2018
martes, 18 de septiembre de 2018
La tierra de las damas eléctricas cumple 50 años
A casi medio siglo de su muerte, acaecida el 18 de septiembre de 1970, hoy hace 48 años, Jimi Hendrix sigue siendo no sólo un mito de la llamada década dorada del rock y la contracultura, sino un músico influyente y avanzado para su época e incluso para el momento presente.
La obra de Hendrix no ha perdido actualidad y sus discos siguen sonando frescos y se mantienen vigentes. Muchas de sus composiciones –que de 1967 a 1970 revolucionaron el mundo de la música– gozan del estatus de clásicos y el poder de las mismas se ha reflejado en múltiples artistas a lo largo de este medio siglo: desde Prince hasta Living Colour y desde Stevie Ray Vaughan y Lenny Kravitz hasta David Bowie (se dice que el personaje de Ziggy Stardust fue inspirado por Jimi Hendrix) y el mismísimo Frank Zappa. Incluso gente del hip hop como Frank Ocean, A Tribe Called Quest, los Beastie Boys, Fat Joe, Mos Def y Chuck D tienen en sus piezas rasgos de la música del nacido en Seattle en 1942.
De los tres discos en estudio de Hendrix a los que podemos llamar oficiales, es decir, Are You Experienced?, Axis: Bold as Love y Electric Ladyland, este último cumple 50 años de haber sido grabado y Eddie Kramer, ingeniero de cabecera del creador de “Purple Haze” y “The Wind Cries Mary”, ha anunciado la aparición de una caja conmemorativa de este sensacional álbum doble publicado originalmente en 1968.
Electric Ladyland es la obra experimental por antonomasia de Jimi Hendrix, con un uso muy amplio y efectivo de las técnicas y efectos de estudio existentes en su tiempo. Sin embargo, lo más notable del disco es el genio imaginativo del músico en su máxima expresión, con momentos asombrosos como guitarrista y composiciones de absoluto esplendor. Se trata de un trabajo lleno de alma y raíz, pero también de visión vanguardista e ideas innovadoras que apostaban hacia un futuro que lucía en extremo prometedor. En él hay blues, soul y psicodelia, pero también largos y vigorosos jams, alucinantes paisajes sonoros, una notable incursión en el acid rock y notables covers. La participación de músicos invitados en algunas de las piezas, entre ellos Steve Windwood en los teclados –con su inigualable manera de tocar el órgano Hammond–, Al Kooper en el piano, Jack Cassidy (Jefferson Airplane) en el bajo, Chris Wood (Traffic) en la flauta, Buddy Miles en la batería y Fredy Smith en el sax, representa un plus.
La nueva edición conmemorativa –que saldrá a la venta el próximo 9 de noviembre– constará de un box set de lujo, con el álbum remasterizado por el ingeniero Bernie Grundman directamente del vinil original, más un disco de demos y tomas alternas y otro con una grabación en concierto realizada un mes después de la grabación en estudio. Además, contendrá un blu-ray con un documental acerca del contexto en que surgió Electric Ladyland.
Estarán disponibles dos presentaciones de la caja. La primera constará de tres discos compactos y el blu-ray, mientras que en la segunda vendrán seis discos LP de vinil y el blu-ray.
Una joya absoluta, no sólo para los seguidores sempiternos de Jimi Hendrix, sino para cualquiera que se diga amante de la buena música.
(Nota que escribí para la revista en línea Sugar & Spice)
La obra de Hendrix no ha perdido actualidad y sus discos siguen sonando frescos y se mantienen vigentes. Muchas de sus composiciones –que de 1967 a 1970 revolucionaron el mundo de la música– gozan del estatus de clásicos y el poder de las mismas se ha reflejado en múltiples artistas a lo largo de este medio siglo: desde Prince hasta Living Colour y desde Stevie Ray Vaughan y Lenny Kravitz hasta David Bowie (se dice que el personaje de Ziggy Stardust fue inspirado por Jimi Hendrix) y el mismísimo Frank Zappa. Incluso gente del hip hop como Frank Ocean, A Tribe Called Quest, los Beastie Boys, Fat Joe, Mos Def y Chuck D tienen en sus piezas rasgos de la música del nacido en Seattle en 1942.
De los tres discos en estudio de Hendrix a los que podemos llamar oficiales, es decir, Are You Experienced?, Axis: Bold as Love y Electric Ladyland, este último cumple 50 años de haber sido grabado y Eddie Kramer, ingeniero de cabecera del creador de “Purple Haze” y “The Wind Cries Mary”, ha anunciado la aparición de una caja conmemorativa de este sensacional álbum doble publicado originalmente en 1968.
Electric Ladyland es la obra experimental por antonomasia de Jimi Hendrix, con un uso muy amplio y efectivo de las técnicas y efectos de estudio existentes en su tiempo. Sin embargo, lo más notable del disco es el genio imaginativo del músico en su máxima expresión, con momentos asombrosos como guitarrista y composiciones de absoluto esplendor. Se trata de un trabajo lleno de alma y raíz, pero también de visión vanguardista e ideas innovadoras que apostaban hacia un futuro que lucía en extremo prometedor. En él hay blues, soul y psicodelia, pero también largos y vigorosos jams, alucinantes paisajes sonoros, una notable incursión en el acid rock y notables covers. La participación de músicos invitados en algunas de las piezas, entre ellos Steve Windwood en los teclados –con su inigualable manera de tocar el órgano Hammond–, Al Kooper en el piano, Jack Cassidy (Jefferson Airplane) en el bajo, Chris Wood (Traffic) en la flauta, Buddy Miles en la batería y Fredy Smith en el sax, representa un plus.
La nueva edición conmemorativa –que saldrá a la venta el próximo 9 de noviembre– constará de un box set de lujo, con el álbum remasterizado por el ingeniero Bernie Grundman directamente del vinil original, más un disco de demos y tomas alternas y otro con una grabación en concierto realizada un mes después de la grabación en estudio. Además, contendrá un blu-ray con un documental acerca del contexto en que surgió Electric Ladyland.
Estarán disponibles dos presentaciones de la caja. La primera constará de tres discos compactos y el blu-ray, mientras que en la segunda vendrán seis discos LP de vinil y el blu-ray.
Una joya absoluta, no sólo para los seguidores sempiternos de Jimi Hendrix, sino para cualquiera que se diga amante de la buena música.
(Nota que escribí para la revista en línea Sugar & Spice)
jueves, 12 de abril de 2018
The Deuce: una zona prohibida
Con el enorme antecedente en su bagaje de una serie para HBO como The Wire (2002-2008), el showrunner David Simon regresó con mayores ímpetus a la misma emisora con The Deuce (2017), cuya primera temporada acaba de culminar.
Creador también de las exitosas Generation Kill, Treme y Show Me a Hero, Simon unió fuerzas y talento con George Pelecanos y con la actriz y productora Maggie Gyllenhall, principal impulsora de la serie, para sumirnos en el submundo del Times Square neoyorquino de principios de los años setenta del siglo pasado, ese submundo de antros, prostitución, corrupción policiaca, alcohol, drogas y –parte central de la serie– los primeros intentos por hacer cine porno de manera más o menos profesional.
The Deuce era el nombre con que se conocía en los bajos fondos a la calle 42 de Manhattan, donde sucede la mayor parte de la trama, centrada en dos personajes principales: Vincent Martino y, sobre todo, Eileen “Candy” Merrell. El primero, interpretado por James Franco (quien también da vida a su hermano gemelo: Franky), es un pequeño empresario que trata de sacar adelante su bar, sin poder evitar aliarse con la mafia italiana que maneja la zona y con los corruptísimos agentes de la policía que con puntualidad acuden por una paga, para hacerse de la vista gorda ante cualquier ilegalidad en la que tenga que ver Martino.
El segundo gran personaje es Candy, una prostituta cercana a los 40 años, quien se niega a ser manejada por padrote alguno (“Nobody makes money off my pussy but me”, dice ella) y logra salir avante, aunque al darse cuenta de que cada vez es más difícil competir con sus pares más jóvenes, descubre su talento no sólo para actuar, sino para dirigir y producir cine porno. La fantástica Maggie Gyllenhall se encarga de personificarla y es a lo largo de los ocho capítulos que conforman la primera temporada que la vemos ir creciendo en importancia hasta dejar las cosas listas para que podamos disfrutar de la segunda (anunciada para este año).
Intensa y desconcertante, violenta y cínica, agridulce y llena de humor negro, The Deuce tiene lugar en 1971, cuando Richard Nixon mal gobierna a los Estados Unidos y cuando aún se sienten los estragos de la tremebunda década de los sesenta, esa década revolucionaria que cambió para bien y para mal las mentes de buena parte de la humanidad, sobre todo en Occidente y, más específicamente, en la propia Norteamérica.
Con una crisis económica galopante que obliga a muchas mujeres a prostituirse y caer en un ambiente gobernado por los más delirantes proxenetas, aquel Nueva York sucio, peligroso y contaminado es recreado de manera impresionante, mientras nos involucramos en las vidas de varias de aquellas damas de la vida galante; de los muchos policías corrompidos y los pocos que tratan de mantener la honorabilidad; de los padrotes (en su mayoría negros) y su machismo a ultranza, mismo que los lleva a tratar a “sus” mujeres con una mezcla de paternalismo protector y brutalidad esclavizante; de la universitaria que trata de trabajar en bares para subsistir y seguir estudiando; de la periodista consciente que busca realizar el imposible reportaje que denuncie la explotación de las cortesanas callejeras, haciéndose pasar por una de ellas; de los homosexuales que se van atreviendo a salir del clóset y se refugian en bares clandestinos que sufren periódicas redadas; del microuniverso de los pioneros del cine pornográfico que tratan de hacer películas más elaboradas y no conformarse con pequeños y burdos cortos que son vistos, en pequeñas cabinas con diminutas pantallas, por hombres morbosos que se masturban ahí, luego de depositar una moneda de dólar en una ranura.
Toda esa ensalada de situaciones es lo que da vida a The Deuce, una vida reflejada con tal realismo que casi podemos oler el hedor de las coladeras o el aroma a perfume barato de las sacrificadas prostitutas. Todo ello para no hablar de la estupenda musicalización, llena de soul, funk, blues y rock de los setenta.
“Era una oportunidad para retrotraer mucha de la música que amábamos cuando éramos jóvenes”, comentó en una entrevista reciente George Pelecanos. “Pero siempre tenía que encajar con las situaciones y los personajes”.
Nostalgia setentera de la buena.
(Artículo publicado originalmente en el sitio Sugar & Spice)
Creador también de las exitosas Generation Kill, Treme y Show Me a Hero, Simon unió fuerzas y talento con George Pelecanos y con la actriz y productora Maggie Gyllenhall, principal impulsora de la serie, para sumirnos en el submundo del Times Square neoyorquino de principios de los años setenta del siglo pasado, ese submundo de antros, prostitución, corrupción policiaca, alcohol, drogas y –parte central de la serie– los primeros intentos por hacer cine porno de manera más o menos profesional.
The Deuce era el nombre con que se conocía en los bajos fondos a la calle 42 de Manhattan, donde sucede la mayor parte de la trama, centrada en dos personajes principales: Vincent Martino y, sobre todo, Eileen “Candy” Merrell. El primero, interpretado por James Franco (quien también da vida a su hermano gemelo: Franky), es un pequeño empresario que trata de sacar adelante su bar, sin poder evitar aliarse con la mafia italiana que maneja la zona y con los corruptísimos agentes de la policía que con puntualidad acuden por una paga, para hacerse de la vista gorda ante cualquier ilegalidad en la que tenga que ver Martino.
El segundo gran personaje es Candy, una prostituta cercana a los 40 años, quien se niega a ser manejada por padrote alguno (“Nobody makes money off my pussy but me”, dice ella) y logra salir avante, aunque al darse cuenta de que cada vez es más difícil competir con sus pares más jóvenes, descubre su talento no sólo para actuar, sino para dirigir y producir cine porno. La fantástica Maggie Gyllenhall se encarga de personificarla y es a lo largo de los ocho capítulos que conforman la primera temporada que la vemos ir creciendo en importancia hasta dejar las cosas listas para que podamos disfrutar de la segunda (anunciada para este año).
Intensa y desconcertante, violenta y cínica, agridulce y llena de humor negro, The Deuce tiene lugar en 1971, cuando Richard Nixon mal gobierna a los Estados Unidos y cuando aún se sienten los estragos de la tremebunda década de los sesenta, esa década revolucionaria que cambió para bien y para mal las mentes de buena parte de la humanidad, sobre todo en Occidente y, más específicamente, en la propia Norteamérica.
Con una crisis económica galopante que obliga a muchas mujeres a prostituirse y caer en un ambiente gobernado por los más delirantes proxenetas, aquel Nueva York sucio, peligroso y contaminado es recreado de manera impresionante, mientras nos involucramos en las vidas de varias de aquellas damas de la vida galante; de los muchos policías corrompidos y los pocos que tratan de mantener la honorabilidad; de los padrotes (en su mayoría negros) y su machismo a ultranza, mismo que los lleva a tratar a “sus” mujeres con una mezcla de paternalismo protector y brutalidad esclavizante; de la universitaria que trata de trabajar en bares para subsistir y seguir estudiando; de la periodista consciente que busca realizar el imposible reportaje que denuncie la explotación de las cortesanas callejeras, haciéndose pasar por una de ellas; de los homosexuales que se van atreviendo a salir del clóset y se refugian en bares clandestinos que sufren periódicas redadas; del microuniverso de los pioneros del cine pornográfico que tratan de hacer películas más elaboradas y no conformarse con pequeños y burdos cortos que son vistos, en pequeñas cabinas con diminutas pantallas, por hombres morbosos que se masturban ahí, luego de depositar una moneda de dólar en una ranura.
Toda esa ensalada de situaciones es lo que da vida a The Deuce, una vida reflejada con tal realismo que casi podemos oler el hedor de las coladeras o el aroma a perfume barato de las sacrificadas prostitutas. Todo ello para no hablar de la estupenda musicalización, llena de soul, funk, blues y rock de los setenta.
“Era una oportunidad para retrotraer mucha de la música que amábamos cuando éramos jóvenes”, comentó en una entrevista reciente George Pelecanos. “Pero siempre tenía que encajar con las situaciones y los personajes”.
Nostalgia setentera de la buena.
(Artículo publicado originalmente en el sitio Sugar & Spice)
miércoles, 21 de marzo de 2018
The Breeders: puro nervio
Los noventa del siglo pasado fueron años en los cuales surgieron muchos grupos que con el tiempo se volvieron de culto. Neutral Milk Hotel o Blind Melon, por ejemplo. Throwing Muses y los Pixies también.
Como una derivación de estas dos últimas agrupaciones, The Breeders fue otro proyecto que alcanzó ese estatus cultista y lo hizo básicamente con un par de discos sin los cuales no se podría entender la historia del llamado alt-rock de aquel decenio. Pod (1990) y Last Splash (1993) son dos álbumes que marcaron a toda una generación y crearon un sello propio, muy alejado del sonido de Pixies y Throwing Muses. Sus dos liderezas, Kim Deal y Tanya Donnely, pertenecían respectivamente a cada una de esas dos agrupaciones y lograron escribir la serie de canciones que conformaron el Pod y que gracias también al trabajo en el estudio del productor Steve Albini, derivó en aquel peculiar estilo que caracterizaría a los Breeders y que se consolidó tres años después con la aparición de Last Splash y el éxito tremebundo que logró su tema “Cannonball”.
A 25 años de distancia de aquel disco, el grupo ha retornado a las grabaciones y acaba de poner en circulación el flamante All Nerve (4AD, 2018). Ya sin Tanya Donnely, pero sí con su hermana Kelley (quien también perteneció al The Breeders originario), más la bajista Josephine Wiggs y el baterista Jim McPherson, Kim Deal ha vuelto a unir fuerzas con Albini y el resultado es un álbum impecable, un trabajo que recoge todo el sonido primigenio de sus dos primeros discos (especialmente del Pod), pero actualizándolo a este tiempo de millenialls con una oncena de canciones en verdad alucinantes.
Quinto opus de su discografía en estudio (porque hay que mencionar también el Title TK de 2002 y el Mountain Battles de 2008), All Nerve tiene algo de conceptual en cuanto al tema de los nervios, con temas como el inicial “Nervous Mary” o el homónimo “All Nerve”. Las letras de esas y otras canciones transcurren por cuestiones que implican el nerviosismo del ser femenino (“Walking with a Killer” habla sobre el miedo a la violación y la muerte: “I’m walking with a killer and I’m gonna need that ride / We rolled through the night / Through the cornfields of East 35 / I didn’t know I should have / I didn’t know it was my night to die / But it really was”), aunque también hay humor en la forma como Kim Deal se burla de esos temores y terrores (sobre todo en la ya mencionada “Nervous Mary”).
En lo estrictamente musical, el disco es una joya. Sin perder el estilo (me refiero al estilo musical del grupo, pero también a la elegancia y la prestancia de sus interpretaciones), el grupo suena preciso, con esos acordes de guitarra secos y grungeros que lo caracterizan, pero se da el espacio suficiente para intercalar cortes de ritmo lento y acompasado (incluso de belleza plena, como “Dawn: Making an Effort” y “Spacewoman” o de intención más hipnótica, como “MetaGoth” y “Blues at the Acropolis”) con otros más machacantes y afilados (“Skinhead #2”, “Wait in the Car”, “Howl at the Summit”) .
Un álbum a la vez rudo y vulnerable, sensible y poderoso. Gran regreso de las entrañables Breeders.
(Reseña que escribí para el sitio Sugar & Spice y que acaba de ser publicado en el mismo)
Como una derivación de estas dos últimas agrupaciones, The Breeders fue otro proyecto que alcanzó ese estatus cultista y lo hizo básicamente con un par de discos sin los cuales no se podría entender la historia del llamado alt-rock de aquel decenio. Pod (1990) y Last Splash (1993) son dos álbumes que marcaron a toda una generación y crearon un sello propio, muy alejado del sonido de Pixies y Throwing Muses. Sus dos liderezas, Kim Deal y Tanya Donnely, pertenecían respectivamente a cada una de esas dos agrupaciones y lograron escribir la serie de canciones que conformaron el Pod y que gracias también al trabajo en el estudio del productor Steve Albini, derivó en aquel peculiar estilo que caracterizaría a los Breeders y que se consolidó tres años después con la aparición de Last Splash y el éxito tremebundo que logró su tema “Cannonball”.
A 25 años de distancia de aquel disco, el grupo ha retornado a las grabaciones y acaba de poner en circulación el flamante All Nerve (4AD, 2018). Ya sin Tanya Donnely, pero sí con su hermana Kelley (quien también perteneció al The Breeders originario), más la bajista Josephine Wiggs y el baterista Jim McPherson, Kim Deal ha vuelto a unir fuerzas con Albini y el resultado es un álbum impecable, un trabajo que recoge todo el sonido primigenio de sus dos primeros discos (especialmente del Pod), pero actualizándolo a este tiempo de millenialls con una oncena de canciones en verdad alucinantes.
Quinto opus de su discografía en estudio (porque hay que mencionar también el Title TK de 2002 y el Mountain Battles de 2008), All Nerve tiene algo de conceptual en cuanto al tema de los nervios, con temas como el inicial “Nervous Mary” o el homónimo “All Nerve”. Las letras de esas y otras canciones transcurren por cuestiones que implican el nerviosismo del ser femenino (“Walking with a Killer” habla sobre el miedo a la violación y la muerte: “I’m walking with a killer and I’m gonna need that ride / We rolled through the night / Through the cornfields of East 35 / I didn’t know I should have / I didn’t know it was my night to die / But it really was”), aunque también hay humor en la forma como Kim Deal se burla de esos temores y terrores (sobre todo en la ya mencionada “Nervous Mary”).
En lo estrictamente musical, el disco es una joya. Sin perder el estilo (me refiero al estilo musical del grupo, pero también a la elegancia y la prestancia de sus interpretaciones), el grupo suena preciso, con esos acordes de guitarra secos y grungeros que lo caracterizan, pero se da el espacio suficiente para intercalar cortes de ritmo lento y acompasado (incluso de belleza plena, como “Dawn: Making an Effort” y “Spacewoman” o de intención más hipnótica, como “MetaGoth” y “Blues at the Acropolis”) con otros más machacantes y afilados (“Skinhead #2”, “Wait in the Car”, “Howl at the Summit”) .
Un álbum a la vez rudo y vulnerable, sensible y poderoso. Gran regreso de las entrañables Breeders.
(Reseña que escribí para el sitio Sugar & Spice y que acaba de ser publicado en el mismo)
domingo, 11 de marzo de 2018
¿Quién es Margarita Dolcevita?
El estilo recuerda al de Italo Calvino. En especial al Calvino de Marcovaldo (1963). También hay un aire de las novelas para adolescentes de Roald Dahl –¿como no pensar en Matilda (1988), aunque la trama sea muy otra. Sólo que Margarita Dolcevita (2017) no es exactamente un libro para adolescentes. Aunque lo parezca. En el fondo, se trata de un relato... digamos... adulto, cuyo personaje principal es una jovencita de 14 años que mira al mundo y a la vida con los ojos y la mente de una persona más madura y... No, pero las personas adultas que retrata Stefano Benni en su novela son todo menos maduras, por lo que... A ver, volvamos a empezar...
Margarita Dolcevita (el personaje) es una adolescente llena de inteligencia; una joven que sabe observar lo que la rodea y a quienes la rodean con ojos agudos y llenos de humor, un humor irónico y burlón pero siempre noble y certero; una niña que aún no cumple los 15 y reflexiona críticamente acerca de lo mal que están el mundo y la sociedad, de la manera absurda como sobrellevamos la vida y nos la complicamos, cuando todo podría ser tan bueno y sencillo. Es una Holden Caulfield italiana, porque al igual que el personaje de J. D. Salinger en El guardián entre el centeno (1951), nos hace ver las cosas a través de la visión de la adolescencia, esa edad que conserva mucho de la niñez, aunque la adultez amenaza con hacerse presente y romper con el encanto. Pero Margarita no quiere romper con el encanto y sigue siendo dulce. Por eso su abuelo, quien está un poco deschavetado, la bautizó justamente como Margarita Dolcevita.
La editorial española Blackie Books acaba de publicar esta, la más reciente novela del escritor italiano Stefano Benni, un libro que lleva vendidos decenas de miles de ejemplares en su país y en varias partes de Europa y que consagra a Benni, a sus 71 años, como uno de los mejores literatos en su idioma, a la altura de Alberto Moravia, Dino Buzzati, Alessandro Barico y el ya mencionado Italo Calvino, aunque también hay similitudes con Federico Fellini, pues muchas de las atmósferas narrativas remiten a las películas del realizador de La dolce vita y Amarcord.
Margarita Dolcevita nos cuenta, en primera persona y en voz de esta jovencita excepcional, la historia de una familia que vive en los suburbios de una ciudad italiana cada vez más afectada por la urbanización y el daño ecológico. Otra familia, la de los Del Bene, se muda a un lado de su casa y el contraste no puede ser mayor entre ambas. Los Del Bene son el exacto retrato de la familia consumista, conservadora y adaptada al sistema establecido, lo que rompe con todo lo que Margarita concibe como ideal para ser feliz. Ella, tan llena de imaginación y de creatividad, de aprecio por las imperfecciones que nos hacen humanos, de pronto se topa con estas personas “perfectas”, algunas incluso de su edad, con quienes sin embargo ha de convivir y nos describe, por medio de ellas, con una delicia cómica que nos hace reír todo el tiempo, el absurdo de sus existencias, de sus nimias preocupaciones, de sus ridículos intereses, de sus mezquinas metas (Labella, la vecina de su propia edad, le asegura en algún momento, por ejemplo, que “jamás podría yo tener un novio sin un coche de gran cilindrada”).
Aunque hay un trasfondo de amargura (más por parte del autor que del personaje de Margarita), la novela es optimista y deja un sabor muy grato mientras se le lee y una hermosa nostalgia cuando se le termina.
(Reseña que me publicó hoy el sitio Sugar & Spice)
Margarita Dolcevita (el personaje) es una adolescente llena de inteligencia; una joven que sabe observar lo que la rodea y a quienes la rodean con ojos agudos y llenos de humor, un humor irónico y burlón pero siempre noble y certero; una niña que aún no cumple los 15 y reflexiona críticamente acerca de lo mal que están el mundo y la sociedad, de la manera absurda como sobrellevamos la vida y nos la complicamos, cuando todo podría ser tan bueno y sencillo. Es una Holden Caulfield italiana, porque al igual que el personaje de J. D. Salinger en El guardián entre el centeno (1951), nos hace ver las cosas a través de la visión de la adolescencia, esa edad que conserva mucho de la niñez, aunque la adultez amenaza con hacerse presente y romper con el encanto. Pero Margarita no quiere romper con el encanto y sigue siendo dulce. Por eso su abuelo, quien está un poco deschavetado, la bautizó justamente como Margarita Dolcevita.
La editorial española Blackie Books acaba de publicar esta, la más reciente novela del escritor italiano Stefano Benni, un libro que lleva vendidos decenas de miles de ejemplares en su país y en varias partes de Europa y que consagra a Benni, a sus 71 años, como uno de los mejores literatos en su idioma, a la altura de Alberto Moravia, Dino Buzzati, Alessandro Barico y el ya mencionado Italo Calvino, aunque también hay similitudes con Federico Fellini, pues muchas de las atmósferas narrativas remiten a las películas del realizador de La dolce vita y Amarcord.
Margarita Dolcevita nos cuenta, en primera persona y en voz de esta jovencita excepcional, la historia de una familia que vive en los suburbios de una ciudad italiana cada vez más afectada por la urbanización y el daño ecológico. Otra familia, la de los Del Bene, se muda a un lado de su casa y el contraste no puede ser mayor entre ambas. Los Del Bene son el exacto retrato de la familia consumista, conservadora y adaptada al sistema establecido, lo que rompe con todo lo que Margarita concibe como ideal para ser feliz. Ella, tan llena de imaginación y de creatividad, de aprecio por las imperfecciones que nos hacen humanos, de pronto se topa con estas personas “perfectas”, algunas incluso de su edad, con quienes sin embargo ha de convivir y nos describe, por medio de ellas, con una delicia cómica que nos hace reír todo el tiempo, el absurdo de sus existencias, de sus nimias preocupaciones, de sus ridículos intereses, de sus mezquinas metas (Labella, la vecina de su propia edad, le asegura en algún momento, por ejemplo, que “jamás podría yo tener un novio sin un coche de gran cilindrada”).
Aunque hay un trasfondo de amargura (más por parte del autor que del personaje de Margarita), la novela es optimista y deja un sabor muy grato mientras se le lee y una hermosa nostalgia cuando se le termina.
(Reseña que me publicó hoy el sitio Sugar & Spice)
miércoles, 7 de marzo de 2018
La crisis de los 30 es como un saco de pulgas
“I’m not obsessed with sex,
I just can’t stop thinking about”.
Fleabag.
Las series inglesas suelen ser otra cosa. Si en los Estados Unidos tienen Girls, una estupenda emisión de HBO que completó nueve temporadas para decirnos lo que viven, lo que sienten, lo que piensan, lo que aman, lo que odian las mujeres de la llamada generación milleniall, en el Reino Unido les bastó con una temporada de seis escasos aunque magníficos capítulos de Fleabag para mostrarnos exactamente lo mismo, pero con una visión y un lenguaje por entero distintos.
¿Es entonces Fleabag mejor que Girls? No necesariamente. Se trata tan sólo de una propuesta muy diferente y con ese toque tan singular y característico del humor británico.
Escrita y protagonizada por Phoebe Waller-Bridge y producida por BBC 3, Fleabag (“Saco de pulgas”) cuenta –en tono de comedia negra, cruda y hasta guarra– la historia de una mujer que acaba de cumplir los 30 años y vive una crisis que abarca lo existencial, lo laboral, lo familiar, lo sexual y, por supuesto, lo amoroso. ¿Que estos son lugares comunes de muchísimas series? Cierto. Pero aquí no existe el glamour y los problemas cotidianos se cuentan con una naturalidad y un desenfado pasmosos, incluso en sus instantes más patéticos, con lo que se logra provocar la sonrisa a la vez cómplice y nerviosa del espectador.
Sin temor a caer en la incorrección política –de hecho es esa una de sus principales virtudes–, la serie nos muestra la vida diaria de Fleabag y de los personajes que la rodean, en especial su lamentable familia (limitada a un padre mediocre y apocado, una madrastra déspota y odiosa, una hermana neurótica y aprensiva y un cuñado mórbido y acosador), su mejor amiga (a la que vemos sólo en flashbacks, ya que murió de la manera más absurda, en una loca circunstancia que involucra a un novio infiel y a una mascota: un conejillo de Indias) y sus diferentes amantes y pretendientes (a cuál más oligofrénico y patán).
Dueña de una cafetería que es un fracaso, casi siempre sin dinero y sin una relación estable, Fleabag sin embargo trata de ser optimista (¿o resignada?) y sus miradas hacia la cámara, cada vez que le sucede algo comprometedor o incómodo, hacen que nos sintamos muy cerca de ella. El manejo gestual de Phoebe Waller-Bridge es tan bueno que nos involucra con su personaje y nos hace sonreírle (cuando no carcajearnos) frente a las muchas ridículas circunstancias que afronta en el día a día, ya sea un mal encuentro sexual o un enfrentamiento con su madrastra (interpretada por otra actriz sensacional: Olivia Colman, la Sophie Chapman de la delirante serie The Peep Show).
Los seis capítulos de Fleabag (de escasos 26 minutos cada uno) no tienen desperdicio (una mujer que se masturba mientras ve discursos de Barack Obama algo debe tener de interesante) y su sentido del humor resulta tan poco convencional que ciertamente no es apto para sensibilidades convencionales.
Puede ver la serie en Amazon Prime Video y disfrutar el peculiar talento de Phoebe Waller-Bridge quien, por cierto, ya anunció que habrá una segunda temporada.
(Texto que escribí para el sitio Sugar & Spice)
I just can’t stop thinking about”.
Fleabag.
Las series inglesas suelen ser otra cosa. Si en los Estados Unidos tienen Girls, una estupenda emisión de HBO que completó nueve temporadas para decirnos lo que viven, lo que sienten, lo que piensan, lo que aman, lo que odian las mujeres de la llamada generación milleniall, en el Reino Unido les bastó con una temporada de seis escasos aunque magníficos capítulos de Fleabag para mostrarnos exactamente lo mismo, pero con una visión y un lenguaje por entero distintos.
¿Es entonces Fleabag mejor que Girls? No necesariamente. Se trata tan sólo de una propuesta muy diferente y con ese toque tan singular y característico del humor británico.
Escrita y protagonizada por Phoebe Waller-Bridge y producida por BBC 3, Fleabag (“Saco de pulgas”) cuenta –en tono de comedia negra, cruda y hasta guarra– la historia de una mujer que acaba de cumplir los 30 años y vive una crisis que abarca lo existencial, lo laboral, lo familiar, lo sexual y, por supuesto, lo amoroso. ¿Que estos son lugares comunes de muchísimas series? Cierto. Pero aquí no existe el glamour y los problemas cotidianos se cuentan con una naturalidad y un desenfado pasmosos, incluso en sus instantes más patéticos, con lo que se logra provocar la sonrisa a la vez cómplice y nerviosa del espectador.
Sin temor a caer en la incorrección política –de hecho es esa una de sus principales virtudes–, la serie nos muestra la vida diaria de Fleabag y de los personajes que la rodean, en especial su lamentable familia (limitada a un padre mediocre y apocado, una madrastra déspota y odiosa, una hermana neurótica y aprensiva y un cuñado mórbido y acosador), su mejor amiga (a la que vemos sólo en flashbacks, ya que murió de la manera más absurda, en una loca circunstancia que involucra a un novio infiel y a una mascota: un conejillo de Indias) y sus diferentes amantes y pretendientes (a cuál más oligofrénico y patán).
Dueña de una cafetería que es un fracaso, casi siempre sin dinero y sin una relación estable, Fleabag sin embargo trata de ser optimista (¿o resignada?) y sus miradas hacia la cámara, cada vez que le sucede algo comprometedor o incómodo, hacen que nos sintamos muy cerca de ella. El manejo gestual de Phoebe Waller-Bridge es tan bueno que nos involucra con su personaje y nos hace sonreírle (cuando no carcajearnos) frente a las muchas ridículas circunstancias que afronta en el día a día, ya sea un mal encuentro sexual o un enfrentamiento con su madrastra (interpretada por otra actriz sensacional: Olivia Colman, la Sophie Chapman de la delirante serie The Peep Show).
Los seis capítulos de Fleabag (de escasos 26 minutos cada uno) no tienen desperdicio (una mujer que se masturba mientras ve discursos de Barack Obama algo debe tener de interesante) y su sentido del humor resulta tan poco convencional que ciertamente no es apto para sensibilidades convencionales.
Puede ver la serie en Amazon Prime Video y disfrutar el peculiar talento de Phoebe Waller-Bridge quien, por cierto, ya anunció que habrá una segunda temporada.
(Texto que escribí para el sitio Sugar & Spice)
lunes, 12 de febrero de 2018
¿Quién teme a Dorothy Parker?
“Tell him I was too fucking busy... or viceversa”.
Dorothy Parker
Es una leyenda. Lo fue también en su momento. Una leyenda viviente. Dorothy Parker. La narradora impecable. La cuentista provocadora. La poetisa irónica y desparpajada. La guionista filosa. La polemista implacable. La bohemia insaciable. La feminista inteligente. La progresista políticamente incorrecta. La escandalizadora de conciencias puritanas. La mujer libre. La alcohólica. La seductora. La mujer orgullosa. La mujer visceral. La mujer solidaria. La mujer vulnerable. La mujer triste. La mujer solitaria. Dorothy. Dorothy Parker.
Muy pocos evocan hoy a esta escritora extraordinaria, sobre todo fuera de los círculos cultos –cada vez más escasos– de los Estados Unidos, su país natal.
Literata precoz, amiga más que cercana de personajes que hicieron la historia del arte, de la literatura, del teatro y del cine en su nación natal, Parker dejó un legado que aún hoy no es del todo conocido, a pesar de su riqueza y profundidad.
Nacida en Long Branch, Nueva Jersey, el 22 de agosto de 1893, Parker siempre se consideró una neoyorquina, ya que desde niña se mudó al Upper West Side de Manhattan, donde creció, estudió y desarrolló sus naturales talentos. De padre judío (su verdadero apellido paterno era Rothschild) y madre protestante, quedó huérfana a los trece años de edad y a partir de ese momento tuvo que valerse por sí misma.
En 1914 logró vender su primer poema a la prestigiada revista Vanity Fair y un año más tarde fue contratada como asistente editorial por la no menos afamada revista Vogue. Tenía apenas 22 años y para ese entonces ya ostentaba el apellido Parker, debido a que había contraído matrimonio con un empleado de Wall Street llamado Edwin Parker II, quien pronto fue reclutado como soldado, al estallar la Primera Guerra Mundial. Ella decidió divorciarse entonces, pero conservó su nombre de casada.
Al empezar a frecuentar los círculos literarios de Nueva York, entró en contacto con una serie de escritores y artistas varios, con quienes conformó un círculo de lectura y tertulia al que llamaron La mesa redonda de Algonquín, debido a que el grupo se reunía en el hotel del mismo nombre, en Manhattan. El círculo duraría diez años, de 1919 a 1929, y entre las muchas personalidades que formaron parte del mismo, además de Dorothy Parker, estaban las actrices Tallulah Bankhead y Peggy Wood, el dramaturgo Noël Coward, el editor del New Yorker Harold Ross, la feminista Ruth Hale y los geniales Groucho y Harpo Marx. Durante las reuniones se charlaba, se criticaba, se comía, se bebía, se jugaba al bridge y al póker, se leían avances de libros y de obras teatrales, pero también se daban relaciones de todo tipo entre sus miembros.
Parker tenía un ingenio para los chistes, los chismes y los comentarios en voz alta que la hacía parecer heredera de Oscar Wilde y precursora de Truman Capote. Ácida y divertida, su lengua hacía reír a sus amigos y temer a quienes no caían de su gracia y lo mismo podía decirse de su pluma y su certera labor como crítica teatral en Vogue y New Yorker, donde también escribía poesía humorística:
“I like to have a martini
Two at the very most
After three I’m under the table
After four I’m under my host”.
El reconocimiento llegó muy pronto y su prestigio literario subió como la espuma a lo largo de dos décadas. Entre 1925 y 1940 publicó siete volúmenes de cuentos y poesía. Sus poemas satíricos fueron lo más apreciado en primera instancia, debido a su inteligencia y su filo, pero a la larga fueron sus cuentos los que cimentaron su bien ganada fama.
A partir de las ejecuciones de los anarquistas italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, obreros inmigrantes condenados injustamente a la silla eléctrica por las autoridades estadounidenses, Dorothy se interesó por los derechos civiles y se convirtió en militante de diversas causas, entre ellas el feminismo y la lucha contra el naciente movimiento nazi.
En 1934 se casó por segunda vez y se mudó a la ciudad de Los Ángeles, donde empezó a escribir guiones cinematográficos para los estudios de Hollywood. Cinco años más tarde, se involucró con grupos de apoyo a la República española y ello provocó que el FBI la investigara por su presunta afiliación al Partido Comunista. Por esos días, su mejor amiga era la novelista Lillian Hellman, esposa del célebre escritor de novela negra Dashiell Hammett (El halcón maltés, Cosecha roja), y los tres estuvieron en la lista negra del Comité de Actividades Antiamericanas que presidía el siniestro senador Joseph McCarthy (Hammett incluso fue encarcelado durante seis meses, por negarse a testificar ante el comité).
Los últimos años de Dorothy Parker estuvieron signados por la depresión y la soledad. El alcohol había minado su capacidad creativa y sus textos eran vagos y erráticos. Había regresado a Nueva York y se había instalado en un viejo apartamento sin lujos. Sola, amargada y con la autoestima por los suelos, moriría de un infarto a los 73 años, el 7 de junio de 1967. En su testamento, había heredado todos sus bienes y sus regalías al movimiento del reverendo Martin Luther King, quien sería asesinado pocos meses después.
Las cenizas de la escritora permanecerían sin ser reclamadas durante 17 años. Hoy se encuentran sepultadas en un cementerio de la ciudad de Baltimore, junto a una placa que reza:
“Aquí yacen las cenizas de Dorothy Parker (1893-1967), humorista, escritora, crítica. Defensora de los derechos humanos y los derechos civiles. Para su epitafio, ella sugirió: ‘Disculpen mi polvo’. Esta tumba está dedicada a su noble espíritu, el cual celebra la unidad de la humanidad y la eterna amistad entre la gente judía y la gente negra. Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color. 28 de octubre de 1988”.
Lea usted a Dorothy Parker.
(Artículo que me publicó el día de hoy el sitio Sugar & Spice)
Dorothy Parker
Es una leyenda. Lo fue también en su momento. Una leyenda viviente. Dorothy Parker. La narradora impecable. La cuentista provocadora. La poetisa irónica y desparpajada. La guionista filosa. La polemista implacable. La bohemia insaciable. La feminista inteligente. La progresista políticamente incorrecta. La escandalizadora de conciencias puritanas. La mujer libre. La alcohólica. La seductora. La mujer orgullosa. La mujer visceral. La mujer solidaria. La mujer vulnerable. La mujer triste. La mujer solitaria. Dorothy. Dorothy Parker.
Muy pocos evocan hoy a esta escritora extraordinaria, sobre todo fuera de los círculos cultos –cada vez más escasos– de los Estados Unidos, su país natal.
Literata precoz, amiga más que cercana de personajes que hicieron la historia del arte, de la literatura, del teatro y del cine en su nación natal, Parker dejó un legado que aún hoy no es del todo conocido, a pesar de su riqueza y profundidad.
Nacida en Long Branch, Nueva Jersey, el 22 de agosto de 1893, Parker siempre se consideró una neoyorquina, ya que desde niña se mudó al Upper West Side de Manhattan, donde creció, estudió y desarrolló sus naturales talentos. De padre judío (su verdadero apellido paterno era Rothschild) y madre protestante, quedó huérfana a los trece años de edad y a partir de ese momento tuvo que valerse por sí misma.
En 1914 logró vender su primer poema a la prestigiada revista Vanity Fair y un año más tarde fue contratada como asistente editorial por la no menos afamada revista Vogue. Tenía apenas 22 años y para ese entonces ya ostentaba el apellido Parker, debido a que había contraído matrimonio con un empleado de Wall Street llamado Edwin Parker II, quien pronto fue reclutado como soldado, al estallar la Primera Guerra Mundial. Ella decidió divorciarse entonces, pero conservó su nombre de casada.
Al empezar a frecuentar los círculos literarios de Nueva York, entró en contacto con una serie de escritores y artistas varios, con quienes conformó un círculo de lectura y tertulia al que llamaron La mesa redonda de Algonquín, debido a que el grupo se reunía en el hotel del mismo nombre, en Manhattan. El círculo duraría diez años, de 1919 a 1929, y entre las muchas personalidades que formaron parte del mismo, además de Dorothy Parker, estaban las actrices Tallulah Bankhead y Peggy Wood, el dramaturgo Noël Coward, el editor del New Yorker Harold Ross, la feminista Ruth Hale y los geniales Groucho y Harpo Marx. Durante las reuniones se charlaba, se criticaba, se comía, se bebía, se jugaba al bridge y al póker, se leían avances de libros y de obras teatrales, pero también se daban relaciones de todo tipo entre sus miembros.
Parker tenía un ingenio para los chistes, los chismes y los comentarios en voz alta que la hacía parecer heredera de Oscar Wilde y precursora de Truman Capote. Ácida y divertida, su lengua hacía reír a sus amigos y temer a quienes no caían de su gracia y lo mismo podía decirse de su pluma y su certera labor como crítica teatral en Vogue y New Yorker, donde también escribía poesía humorística:
“I like to have a martini
Two at the very most
After three I’m under the table
After four I’m under my host”.
El reconocimiento llegó muy pronto y su prestigio literario subió como la espuma a lo largo de dos décadas. Entre 1925 y 1940 publicó siete volúmenes de cuentos y poesía. Sus poemas satíricos fueron lo más apreciado en primera instancia, debido a su inteligencia y su filo, pero a la larga fueron sus cuentos los que cimentaron su bien ganada fama.
A partir de las ejecuciones de los anarquistas italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, obreros inmigrantes condenados injustamente a la silla eléctrica por las autoridades estadounidenses, Dorothy se interesó por los derechos civiles y se convirtió en militante de diversas causas, entre ellas el feminismo y la lucha contra el naciente movimiento nazi.
En 1934 se casó por segunda vez y se mudó a la ciudad de Los Ángeles, donde empezó a escribir guiones cinematográficos para los estudios de Hollywood. Cinco años más tarde, se involucró con grupos de apoyo a la República española y ello provocó que el FBI la investigara por su presunta afiliación al Partido Comunista. Por esos días, su mejor amiga era la novelista Lillian Hellman, esposa del célebre escritor de novela negra Dashiell Hammett (El halcón maltés, Cosecha roja), y los tres estuvieron en la lista negra del Comité de Actividades Antiamericanas que presidía el siniestro senador Joseph McCarthy (Hammett incluso fue encarcelado durante seis meses, por negarse a testificar ante el comité).
Los últimos años de Dorothy Parker estuvieron signados por la depresión y la soledad. El alcohol había minado su capacidad creativa y sus textos eran vagos y erráticos. Había regresado a Nueva York y se había instalado en un viejo apartamento sin lujos. Sola, amargada y con la autoestima por los suelos, moriría de un infarto a los 73 años, el 7 de junio de 1967. En su testamento, había heredado todos sus bienes y sus regalías al movimiento del reverendo Martin Luther King, quien sería asesinado pocos meses después.
Las cenizas de la escritora permanecerían sin ser reclamadas durante 17 años. Hoy se encuentran sepultadas en un cementerio de la ciudad de Baltimore, junto a una placa que reza:
“Aquí yacen las cenizas de Dorothy Parker (1893-1967), humorista, escritora, crítica. Defensora de los derechos humanos y los derechos civiles. Para su epitafio, ella sugirió: ‘Disculpen mi polvo’. Esta tumba está dedicada a su noble espíritu, el cual celebra la unidad de la humanidad y la eterna amistad entre la gente judía y la gente negra. Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color. 28 de octubre de 1988”.
Lea usted a Dorothy Parker.
(Artículo que me publicó el día de hoy el sitio Sugar & Spice)
jueves, 1 de febrero de 2018
Siete libros indispensables de Jorge Ibargüengoitia
El pasado 22 de enero se cumplieron cien años del nacimiento del gran escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia. El literato vio la primera luz en la ciudad de Guanajuato, en un 1928 marcado por acontecimientos como el asesinato de Álvaro Obregón y el clímax de la guerra cristera.
Su estilo narrativo está signado por el sentido del humor, mismo que se refleja a lo largo de sus novelas, cuentos, obras de teatro, crónicas y artículos de opinión. Era el suyo un humor ácido y negro, tremendamente crítico y terriblemente divertido. Un humor que no pierde vigencia gracias a la frescura de su ironía y al tino con que disparaba sus sarcásticas balas. Este humorismo, sin embargo, hizo que la solemnidad reinante dentro del mundo de las letras mexicanas lo considerara como un escritor menor, cuando es todo lo contrario y el tiempo se ha ido encargando de situarlo en el sitio que merece.
A mi modo de ver, se trata de una de los mayores plumas que ha dado nuestro país, al lado de un Martín Luis Guzmán, un Alfonso Reyes, un Juan Rulfo, un Juan José Arreola o un Ricardo Garibay.
Así como William Faulkner creo el ficticio Yoknapatawpha y Gabriel García Márquez el no menos ficticio Macondo, Ibargüengoitia hizo lo propio con Cuévano, ese lugar de la república mexicana tan peculiarmente parecido a Guanajuato (lo que le ganó el odio eterno de muchos de sus paisanos).
A un siglo de su llegada al mundo, me permito recomendar siete (número cabalístico) libros fundamentales de su no tan vasta obra (Jorge Ibargüengoitia murió relativamente joven, el 27 de noviembre de 1983, a los 55 años de edad, en un infortunado accidente de aviación en el aeropuerto de Barajas, en Madrid, España), la cual incluye media docena de novelas, dos libros de cuentos, algunos volúmenes que recopilan sus trabajos periodísticos (básicamente columnas) y otros que reúnen su labor como dramaturgo, en la que también brilló con luces propias.
1.- Estas ruinas que ves (Joaquín Mortiz, 1975). Una novela prácticamente perfecta. El humorismo de Ibargüengoitia a plenitud. Aunque muchos críticos la desprecian y la consideran “menor”, a mi modo de ver están aquí todas las cualidades del autor para contar una historia: su amenidad, su agudo retrato de costumbres, su espléndido desarrollo de situaciones y personajes, su habilidad para jugar con la trama, su concreción, su ritmo narrativo. Cabe señalar que fue este el libro que le atrajo el rechazo de un buen número de guanajuatenses, debido sobre todo al jocoso y despiadado retrato que hizo de su cándida élite culterana.
2.- Dos crímenes (Joaquín Mortiz, 1979). Podría decir prácticamente lo mismo de esta obra que lo que escribí sobre Estas ruinas que ves. De hecho, hay muchos puntos de contacto entre ambas, si bien las tramas son por completo diferentes y Dos crímenes se acerca más a la novela negra, con un humor desparpajado y genial.
3.- Los relámpagos de agosto (Joaquín Mortiz, 1965). La primera novela del escritor y la primera de las tres que escribió con temas históricos (las otras son Maten al León, de 1967, y Los pasos de López, de 1982, conocida en España, donde apareció un año antes, como Los conspiradores). Los relámpagos de agosto es un hilarante retrato de la revolución mexicana y a pesar de su tono sarcástico, puede situarse con tranquilidad a la altura de obras como La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán o Los de abajo de Mariano Azuela.
4.- Las muertas (Joaquín Mortiz, 1977). La única novela “seria” de Jorge Ibargüengoitia. O al menos eso pretendió hacer. Ciertamente, esta historia inspirada en el caso de las Poquianchis (unas lenonas que manejaban casas de prostitución en varias ciudades del estado de Guanajuato a fines de los años cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado y cuyo caso criminal fue ampliamente conocido en su época) es tratada de manera casi documental por el autor, con la misma claridad y amenidad de sus otras novelas y, a pesar de su tono serio, tiene algunos pasajes que llevan a la sonrisa, debido sobre todo a la ridiculez intrínseca de los personajes que retrata y de la historia que nos presenta.
5.- La ley de Herodes (Joaquín Mortiz, 1967). Se trata de la primera publicación del guanajuatense, un muy divertido libro de cuentos, varios de ellos memorables, en especial joyas como “La mujer que no”, “What became of Pampa Hash”, “La vela perpetua” o “Falta de espíritu scout”. Un libro que no pierde actualidad y sigue haciendo reír después de 50 años de haber sido editado.
6.- Instrucciones para vivir en México (Joaquín Mortiz, 1990). De los varios libros recopilatorios de la obra periodística de Ibargüengoitia, casi todos publicados después de su muerte, este es el más recomendable (aunque Viajes en la América ignota, de 1972; La casa de usted y otros viajes, de 1991; Misterios de la vida diaria, de 1997, y el inconseguible Autopsias rápidas, de 1988, no se quedan atrás. El escritor toca con agudeza e ironía toda clase de temas y lo hace con una prosa que es una delicia. Muy recomendable.
7.- Sálvese quien pueda (Editorial Novaro, 1975). Un libro explosivo y políticamente incorrectísimo (en especial si lo vemos desde nuestro 2018, tan lleno de censura por parte de las buenas conciencias inquisitoriales que deambulan por las redes sociodigitales), sobre todo por el capítulo “Las mujeres y los niños primero”, todo un canto a la misoginia más sarcástica. Estuvo muchos años agotado, pero acaba de ser reeditado por Joaquín Mortiz.
(Lista que me fue publicado el día de ayer en el sitio Sugar & Spice)
Su estilo narrativo está signado por el sentido del humor, mismo que se refleja a lo largo de sus novelas, cuentos, obras de teatro, crónicas y artículos de opinión. Era el suyo un humor ácido y negro, tremendamente crítico y terriblemente divertido. Un humor que no pierde vigencia gracias a la frescura de su ironía y al tino con que disparaba sus sarcásticas balas. Este humorismo, sin embargo, hizo que la solemnidad reinante dentro del mundo de las letras mexicanas lo considerara como un escritor menor, cuando es todo lo contrario y el tiempo se ha ido encargando de situarlo en el sitio que merece.
A mi modo de ver, se trata de una de los mayores plumas que ha dado nuestro país, al lado de un Martín Luis Guzmán, un Alfonso Reyes, un Juan Rulfo, un Juan José Arreola o un Ricardo Garibay.
Así como William Faulkner creo el ficticio Yoknapatawpha y Gabriel García Márquez el no menos ficticio Macondo, Ibargüengoitia hizo lo propio con Cuévano, ese lugar de la república mexicana tan peculiarmente parecido a Guanajuato (lo que le ganó el odio eterno de muchos de sus paisanos).
A un siglo de su llegada al mundo, me permito recomendar siete (número cabalístico) libros fundamentales de su no tan vasta obra (Jorge Ibargüengoitia murió relativamente joven, el 27 de noviembre de 1983, a los 55 años de edad, en un infortunado accidente de aviación en el aeropuerto de Barajas, en Madrid, España), la cual incluye media docena de novelas, dos libros de cuentos, algunos volúmenes que recopilan sus trabajos periodísticos (básicamente columnas) y otros que reúnen su labor como dramaturgo, en la que también brilló con luces propias.
1.- Estas ruinas que ves (Joaquín Mortiz, 1975). Una novela prácticamente perfecta. El humorismo de Ibargüengoitia a plenitud. Aunque muchos críticos la desprecian y la consideran “menor”, a mi modo de ver están aquí todas las cualidades del autor para contar una historia: su amenidad, su agudo retrato de costumbres, su espléndido desarrollo de situaciones y personajes, su habilidad para jugar con la trama, su concreción, su ritmo narrativo. Cabe señalar que fue este el libro que le atrajo el rechazo de un buen número de guanajuatenses, debido sobre todo al jocoso y despiadado retrato que hizo de su cándida élite culterana.
2.- Dos crímenes (Joaquín Mortiz, 1979). Podría decir prácticamente lo mismo de esta obra que lo que escribí sobre Estas ruinas que ves. De hecho, hay muchos puntos de contacto entre ambas, si bien las tramas son por completo diferentes y Dos crímenes se acerca más a la novela negra, con un humor desparpajado y genial.
3.- Los relámpagos de agosto (Joaquín Mortiz, 1965). La primera novela del escritor y la primera de las tres que escribió con temas históricos (las otras son Maten al León, de 1967, y Los pasos de López, de 1982, conocida en España, donde apareció un año antes, como Los conspiradores). Los relámpagos de agosto es un hilarante retrato de la revolución mexicana y a pesar de su tono sarcástico, puede situarse con tranquilidad a la altura de obras como La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán o Los de abajo de Mariano Azuela.
4.- Las muertas (Joaquín Mortiz, 1977). La única novela “seria” de Jorge Ibargüengoitia. O al menos eso pretendió hacer. Ciertamente, esta historia inspirada en el caso de las Poquianchis (unas lenonas que manejaban casas de prostitución en varias ciudades del estado de Guanajuato a fines de los años cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado y cuyo caso criminal fue ampliamente conocido en su época) es tratada de manera casi documental por el autor, con la misma claridad y amenidad de sus otras novelas y, a pesar de su tono serio, tiene algunos pasajes que llevan a la sonrisa, debido sobre todo a la ridiculez intrínseca de los personajes que retrata y de la historia que nos presenta.
5.- La ley de Herodes (Joaquín Mortiz, 1967). Se trata de la primera publicación del guanajuatense, un muy divertido libro de cuentos, varios de ellos memorables, en especial joyas como “La mujer que no”, “What became of Pampa Hash”, “La vela perpetua” o “Falta de espíritu scout”. Un libro que no pierde actualidad y sigue haciendo reír después de 50 años de haber sido editado.
6.- Instrucciones para vivir en México (Joaquín Mortiz, 1990). De los varios libros recopilatorios de la obra periodística de Ibargüengoitia, casi todos publicados después de su muerte, este es el más recomendable (aunque Viajes en la América ignota, de 1972; La casa de usted y otros viajes, de 1991; Misterios de la vida diaria, de 1997, y el inconseguible Autopsias rápidas, de 1988, no se quedan atrás. El escritor toca con agudeza e ironía toda clase de temas y lo hace con una prosa que es una delicia. Muy recomendable.
7.- Sálvese quien pueda (Editorial Novaro, 1975). Un libro explosivo y políticamente incorrectísimo (en especial si lo vemos desde nuestro 2018, tan lleno de censura por parte de las buenas conciencias inquisitoriales que deambulan por las redes sociodigitales), sobre todo por el capítulo “Las mujeres y los niños primero”, todo un canto a la misoginia más sarcástica. Estuvo muchos años agotado, pero acaba de ser reeditado por Joaquín Mortiz.
(Lista que me fue publicado el día de ayer en el sitio Sugar & Spice)
lunes, 22 de enero de 2018
La señora Maisel, esa pequeña maravilla
El dominio de Netflix como líder entre las plataformas de streaming y gran productora de series y películas tiene sus bemoles. Uno de ellos es que sus competidoras no son tan vistas y, por tanto, muchas de las producciones de estas no trascienden o se quedan en el gusto de una minoría.
Es el caso de The Marvelous Mrs. Maisel, una sensacional mini serie de Amazon Prime Video que casi nadie ha visto en México y a la que esperemos ayude el hecho de haber ganado un Globo de Oro hace unas semanas, en el rubro de Mejor actriz en una serie de comedia, gracias a su protagonista, la gran Rachel Brosnahan.
Tuve la oportunidad de disfrutar de la serie cuando fue estrenada, tres o cuatro meses atrás y el enamoramiento fue inmediato. La premisa es más o menos sencilla: Midge Maisel, una joven neoyorquina de clase alta y de origen judío, está felizmente casada con Joel Maisel, un treintañero cuya mayor aspiración es convertirse en comediante de stand up. Con dos hijos pequeños, se dan tiempo y maña para tener una intensa vida nocturna. Midge acompaña a su marido a los diferentes bares del bohemio Greenwich Village donde le permiten presentarse, pero se da cuenta de que Joel repite las rutinas de estandoperos famosos, sin escribir material propio. Aunque se lo reclama, él le dice que prefiere ir a la segura y ella se decepciona un poco. No obstante, lo que más la decepciona es enterarse de que su esposo la engaña con una secretaria de la oficina donde éste trabaja. Una noche sobreviene el rompimiento y ella se va sola a un bar de stand up con micrófono abierto. Ebria y furiosa, sube al escenario e improvisa una rutina acerca de sus cuitas matrimoniales: el éxito es inmediato y una agente de cuarta categoría que ve su potencial le propone representarla.
Ese es el punto de arranque de los ocho capítulos de una hora que conforman The Marvelous Mrs. Maisel, producida por Amy Sherman-Palladino y su marido Dan Palladino, creadores de la exitosísima y casi legendaria Gilmore Girls.
Entre las mayores virtudes de la nueva serie están la perfecta ambientación del Nueva York de fines de los años cincuenta y sus diversos ámbitos, los impecables guiones, la magnífica dirección de escena, pero sobre todo las actuaciones de todo el elenco (incluidos grandes histriones a quienes usted reconocerá de otras seriesl y películas, como Michael Zegen, Kevin Pollak, Tony Shalhoub, Marin Hinkle y la excelente Alex Borstein, además de Luke Kirby en el papel de un muy creíble Lenny Bruce) y muy especialmente de la fantástica Rachel Brosnahan (la Rachel Posner de House of Cards), quien en algunas ocasiones parece a punto de desbordarse y caer en la caricatura, pero siempre sabe contenerse y brindar una actuación tan soberbia como simpática.
The Marvelous Mrs. Maisel es como una fantasía, incluso llega a asemejarse a un musical, gracias a su colorido y a un tono narrativo que mucho le debe a las cintas protagonizadas por Audrey Hepburn en sus años de juventud... y a Gilmore Girls.
Dos buenas noticias: una, ya puede usted disfrutar de la primera temporada de la serie por Amazon Prime Video; dos, ya se está grabando la segunda.
(Texto de mi autoría, publicado hace dos días en el sitio Sugar & Spice)
Es el caso de The Marvelous Mrs. Maisel, una sensacional mini serie de Amazon Prime Video que casi nadie ha visto en México y a la que esperemos ayude el hecho de haber ganado un Globo de Oro hace unas semanas, en el rubro de Mejor actriz en una serie de comedia, gracias a su protagonista, la gran Rachel Brosnahan.
Tuve la oportunidad de disfrutar de la serie cuando fue estrenada, tres o cuatro meses atrás y el enamoramiento fue inmediato. La premisa es más o menos sencilla: Midge Maisel, una joven neoyorquina de clase alta y de origen judío, está felizmente casada con Joel Maisel, un treintañero cuya mayor aspiración es convertirse en comediante de stand up. Con dos hijos pequeños, se dan tiempo y maña para tener una intensa vida nocturna. Midge acompaña a su marido a los diferentes bares del bohemio Greenwich Village donde le permiten presentarse, pero se da cuenta de que Joel repite las rutinas de estandoperos famosos, sin escribir material propio. Aunque se lo reclama, él le dice que prefiere ir a la segura y ella se decepciona un poco. No obstante, lo que más la decepciona es enterarse de que su esposo la engaña con una secretaria de la oficina donde éste trabaja. Una noche sobreviene el rompimiento y ella se va sola a un bar de stand up con micrófono abierto. Ebria y furiosa, sube al escenario e improvisa una rutina acerca de sus cuitas matrimoniales: el éxito es inmediato y una agente de cuarta categoría que ve su potencial le propone representarla.
Ese es el punto de arranque de los ocho capítulos de una hora que conforman The Marvelous Mrs. Maisel, producida por Amy Sherman-Palladino y su marido Dan Palladino, creadores de la exitosísima y casi legendaria Gilmore Girls.
Entre las mayores virtudes de la nueva serie están la perfecta ambientación del Nueva York de fines de los años cincuenta y sus diversos ámbitos, los impecables guiones, la magnífica dirección de escena, pero sobre todo las actuaciones de todo el elenco (incluidos grandes histriones a quienes usted reconocerá de otras seriesl y películas, como Michael Zegen, Kevin Pollak, Tony Shalhoub, Marin Hinkle y la excelente Alex Borstein, además de Luke Kirby en el papel de un muy creíble Lenny Bruce) y muy especialmente de la fantástica Rachel Brosnahan (la Rachel Posner de House of Cards), quien en algunas ocasiones parece a punto de desbordarse y caer en la caricatura, pero siempre sabe contenerse y brindar una actuación tan soberbia como simpática.
The Marvelous Mrs. Maisel es como una fantasía, incluso llega a asemejarse a un musical, gracias a su colorido y a un tono narrativo que mucho le debe a las cintas protagonizadas por Audrey Hepburn en sus años de juventud... y a Gilmore Girls.
Dos buenas noticias: una, ya puede usted disfrutar de la primera temporada de la serie por Amazon Prime Video; dos, ya se está grabando la segunda.
(Texto de mi autoría, publicado hace dos días en el sitio Sugar & Spice)
jueves, 18 de enero de 2018
10 grandes discos de 2017 hechos por mujeres
El año que acaba de irse fue pródigo en buenos discos con intérpretes y/o compositoras mujeres, ya sea en el rock, el folk, el hip-hop, el soul, el blues, el jazz y otros géneros. Vaya como muestra una decena de ellos.
1.- St. Vincent. Masseduction. Un álbum delicioso. Tal vez no sea el mejor trabajo de Annie Clark, pero sí uno de los más accesibles y variados. Elegante, sutil, refinado, en ocasiones divertido y en ocasiones conmovedor, Masseduction es un disco cautivador e irresistible.
2.- Rosalía. Los Ángeles. Cantaora millennial llaman a esta joven nacida en Barcelona en 1993 y cuyas canciones han traspasado fronteras. Con una profunda raigambre flamenca, ha logrado con sus canciones una fusión entre el cante jondo y el folk más melancólico. A pesar de cantar en español, su sentimiento ha trascendido en el mundo anglosajón y muchos críticos afamados la colocan ya en un merecido pedestal.
3.- Lorde. Melodrama. Pop rock en su más fresca y auténtica expresión. Pop rock incluso con aires de art-rock. Más ambicioso y mejor producido que su primer disco, Melodrama nos muestra en plenitud a esta muy joven artista neozelandesa de sólo 20 años. Un trabajo admirable.
4.- LP. Lost on You. Una cantautora muy poco conocida, pero de gran presencia y talento. LP (Laura Pergolizzi) crea un sonido en el que el blues, el soul, el rock y el pop se entremezclan con la electrónica y las más vanguardistas formas de grabación. Oscura, provocativa, sensualmente punky. Al igual que su música.
5.- Nai Palm. Needle Paw. Sorprendente propuesta la de la líder de la singular agrupación australiana Hiatus Kaiyote y su soul futurista. Cantante y guitarrista fuera de serie, en este disco se hace acompañar por un coro de tres integrantes y con ello realiza fantásticos juegos vocales a lo largo de doce piezas asombrosas.
6.- Jazzmeia Horn. A Social Call. El jazz vocal tuvo su mejor disco femenino con esta joven y estupenda cantante, ganadora del concurso internacional Thelonious Monk para cantantes de jazz. A Social Call muestra el virtuosismo y los alcances de los que es capaz esta nacida en Texas pero formada artísticamente en Nueva York. Una perfecta delicia.
7.- Rosalía León. Más alto. Compositora, cantante y guitarrista mexicana que lanzó este disco en el que fusiona de manera estupenda la música tradicional mexicana con la guitarra eléctrica. Para ello, se hace acompañar por músicos de enorme calidad y renombre, como Mike Stern, Julio Revuelas, Javier Bátiz y Sole Giménez, entre otros. Música hecha por auténtico amor a la música.
8.- Nicole Mitchell. Mandorla Awakening II: Emerging Worlds. Gran trabajo de esta flautista experimental. Su música constituye todo un universo conceptual pleno de sonidos extraños, a la vez primitivos y futuristas. Un álbum que cruza por las más diversas atmósferas y los más extraños paisajes sonoros, para dar como resultado una obra que puede resultar tan fascinante como desconcertante. En verdad todo un viaje.
9.- Feist. Pleasure. La gran cantatutora canadiense regresó, luego de seis años de ausencia discográfica, y lo hizo con esta obra que se aleja un tanto de su conocido indie pop para acercarse de alguna manera a la crudeza cuasi punk de los primeros discos de PJ Harvey. Un disco lleno de placer, pero también de drama y crudeza.
10.- SZA. ‘Ctrl’. El R&B y el hip-hip se dan la mano con el álbum debut de Solana Rowe, mejor conocida como SZA. Letras intimistas y a la vez conscientes de la realidad que se vive dentro de una sociedad que sigue discriminando a la mujer y más aún a la mujer negra. Con una voz que le ha valido la admiración de Rihanna, Kendrick Lamar y Travis Scott, SZA es una de las más gratas sorpresas del año que acaba de irse.
(Lista que me publicó el día de hoy en el sitio Sugar & Spice)
1.- St. Vincent. Masseduction. Un álbum delicioso. Tal vez no sea el mejor trabajo de Annie Clark, pero sí uno de los más accesibles y variados. Elegante, sutil, refinado, en ocasiones divertido y en ocasiones conmovedor, Masseduction es un disco cautivador e irresistible.
2.- Rosalía. Los Ángeles. Cantaora millennial llaman a esta joven nacida en Barcelona en 1993 y cuyas canciones han traspasado fronteras. Con una profunda raigambre flamenca, ha logrado con sus canciones una fusión entre el cante jondo y el folk más melancólico. A pesar de cantar en español, su sentimiento ha trascendido en el mundo anglosajón y muchos críticos afamados la colocan ya en un merecido pedestal.
3.- Lorde. Melodrama. Pop rock en su más fresca y auténtica expresión. Pop rock incluso con aires de art-rock. Más ambicioso y mejor producido que su primer disco, Melodrama nos muestra en plenitud a esta muy joven artista neozelandesa de sólo 20 años. Un trabajo admirable.
4.- LP. Lost on You. Una cantautora muy poco conocida, pero de gran presencia y talento. LP (Laura Pergolizzi) crea un sonido en el que el blues, el soul, el rock y el pop se entremezclan con la electrónica y las más vanguardistas formas de grabación. Oscura, provocativa, sensualmente punky. Al igual que su música.
5.- Nai Palm. Needle Paw. Sorprendente propuesta la de la líder de la singular agrupación australiana Hiatus Kaiyote y su soul futurista. Cantante y guitarrista fuera de serie, en este disco se hace acompañar por un coro de tres integrantes y con ello realiza fantásticos juegos vocales a lo largo de doce piezas asombrosas.
6.- Jazzmeia Horn. A Social Call. El jazz vocal tuvo su mejor disco femenino con esta joven y estupenda cantante, ganadora del concurso internacional Thelonious Monk para cantantes de jazz. A Social Call muestra el virtuosismo y los alcances de los que es capaz esta nacida en Texas pero formada artísticamente en Nueva York. Una perfecta delicia.
7.- Rosalía León. Más alto. Compositora, cantante y guitarrista mexicana que lanzó este disco en el que fusiona de manera estupenda la música tradicional mexicana con la guitarra eléctrica. Para ello, se hace acompañar por músicos de enorme calidad y renombre, como Mike Stern, Julio Revuelas, Javier Bátiz y Sole Giménez, entre otros. Música hecha por auténtico amor a la música.
8.- Nicole Mitchell. Mandorla Awakening II: Emerging Worlds. Gran trabajo de esta flautista experimental. Su música constituye todo un universo conceptual pleno de sonidos extraños, a la vez primitivos y futuristas. Un álbum que cruza por las más diversas atmósferas y los más extraños paisajes sonoros, para dar como resultado una obra que puede resultar tan fascinante como desconcertante. En verdad todo un viaje.
9.- Feist. Pleasure. La gran cantatutora canadiense regresó, luego de seis años de ausencia discográfica, y lo hizo con esta obra que se aleja un tanto de su conocido indie pop para acercarse de alguna manera a la crudeza cuasi punk de los primeros discos de PJ Harvey. Un disco lleno de placer, pero también de drama y crudeza.
10.- SZA. ‘Ctrl’. El R&B y el hip-hip se dan la mano con el álbum debut de Solana Rowe, mejor conocida como SZA. Letras intimistas y a la vez conscientes de la realidad que se vive dentro de una sociedad que sigue discriminando a la mujer y más aún a la mujer negra. Con una voz que le ha valido la admiración de Rihanna, Kendrick Lamar y Travis Scott, SZA es una de las más gratas sorpresas del año que acaba de irse.
(Lista que me publicó el día de hoy en el sitio Sugar & Spice)
jueves, 11 de enero de 2018
El peculiar humor feminista de Bridget Christie
“La gente cree que las feministas son todas unas lesbianas peludas y marimachas que se abren paso a pisotones en el mundo académico, empleando un lenguaje impenetrable, tachando a todos los hombres de violadores y dibujando pantalones en los baños de señoras. Pero no todas las feministas hacen eso, sólo yo y sin ayuda de nadie”.
De ese modo se presenta la escritora y humorista británica Bridget Christie (Gloucester, 1971) en Un libro para ellas, volumen editado este año por Anagrama. Pero no se crea que estamos ante una feminista rabiosa y llena de odio. En realidad, Christie posee un sentido de la ironía tan ácido y agudo que se burla de todo: del machismo, del patriarcado, de la patanería masculina, de la sociedad actual tan prejuiciosa como llena de testosterona, pero también de las mujeres, de los movimientos feministas y, muy especialmente, de sí misma.
A lo largo de casi 400 páginas, la autora nos narra fragmentos de su vida y cómo fue simpatizando con el feminismo, así sea una feminista bastante heterodoxa que, al contrario de muchas militantes, prefiere ver las cosas con humor y burlarse de todo y de todos. Esa es su principal y paradójica arma.
Porque en el libro se habla de cosas serias, como el acoso, la violación, la mutilación genital, la brecha salarial entre hombres y mujeres, el uso de la mujer como objeto de consumo, el sexismo en la publicidad, la lencería femenina, la industria del sexo, la dictadura sexista y otros temas, pero vistas no desde el melodrama o la tragedia griega, sino desde el humorismo más desatado y en ocasiones incluso más guarro. Porque el humor es y siempre ha sido una herramienta mucho más efectiva que el lamento y el griterío histérico, algo que Bridget Christie tiene muy claro y lo transmite espléndida e inteligentemente en el libro.
Pero ser humorista y realizar monólogos en teatros, cafés y bares (es decir, hacer stand up comedy) no la salva de la discriminación sexista, traducida en algunos comentarios de prensa sobre sus monólogos. Como ella misma lo cuenta, “cuando una humorista habla de forma apasionada sobre determinados temas, se le percibe como una ‘quejosa’ o una ‘resentida’. En cambio, si un humorista hombre hace lo mismo se le considera fiel a sus principios, comprometido y entregado. Nadie hubiera escrito que (el cómico inglés) Mark Thomas, por ejemplo, se dedicaba a ‘berrear’ sobre el tráfico de armas, sino que hablaba con vehemencia, valentía y sentimiento sobre un tema que era importante para él. Ojalá llegue el día en que nadie compare la voz de una mujer que expresa su opinión con la de un animal”. Y en seguida cita a la periodista británica Helen Lewis, quien dice: “Los comentarios que acompañan a cualquier artículo sobre el feminismo justifican por sí solos el movimiento feminista”.
Aunque el origen de Un libro para ellas está en el día en que una editora pidió a Christie escribir acerca de todo lo que acostumbra decir, criticar y parodiar sobre los escenarios, es mucho más que eso. Se trata de un alegato feminista que entremezcla el humor con información seria y fundamentada sobre la situación de las mujeres en el Reino Unido, situación que se reproduce no sólo en Europa o el mundo occidental, sino a lo largo y ancho del planeta.
O como la propia Bridget Christie lo explica: “El feminismo es la creencia de que las mujeres deberían tener los mismos derechos sociales, económicos y políticos que los hombres. Aún no los tenemos y eso es lo que le da sentido”.
(Artículo que escribí para el sitio Sugar & Spice)
De ese modo se presenta la escritora y humorista británica Bridget Christie (Gloucester, 1971) en Un libro para ellas, volumen editado este año por Anagrama. Pero no se crea que estamos ante una feminista rabiosa y llena de odio. En realidad, Christie posee un sentido de la ironía tan ácido y agudo que se burla de todo: del machismo, del patriarcado, de la patanería masculina, de la sociedad actual tan prejuiciosa como llena de testosterona, pero también de las mujeres, de los movimientos feministas y, muy especialmente, de sí misma.
A lo largo de casi 400 páginas, la autora nos narra fragmentos de su vida y cómo fue simpatizando con el feminismo, así sea una feminista bastante heterodoxa que, al contrario de muchas militantes, prefiere ver las cosas con humor y burlarse de todo y de todos. Esa es su principal y paradójica arma.
Porque en el libro se habla de cosas serias, como el acoso, la violación, la mutilación genital, la brecha salarial entre hombres y mujeres, el uso de la mujer como objeto de consumo, el sexismo en la publicidad, la lencería femenina, la industria del sexo, la dictadura sexista y otros temas, pero vistas no desde el melodrama o la tragedia griega, sino desde el humorismo más desatado y en ocasiones incluso más guarro. Porque el humor es y siempre ha sido una herramienta mucho más efectiva que el lamento y el griterío histérico, algo que Bridget Christie tiene muy claro y lo transmite espléndida e inteligentemente en el libro.
Pero ser humorista y realizar monólogos en teatros, cafés y bares (es decir, hacer stand up comedy) no la salva de la discriminación sexista, traducida en algunos comentarios de prensa sobre sus monólogos. Como ella misma lo cuenta, “cuando una humorista habla de forma apasionada sobre determinados temas, se le percibe como una ‘quejosa’ o una ‘resentida’. En cambio, si un humorista hombre hace lo mismo se le considera fiel a sus principios, comprometido y entregado. Nadie hubiera escrito que (el cómico inglés) Mark Thomas, por ejemplo, se dedicaba a ‘berrear’ sobre el tráfico de armas, sino que hablaba con vehemencia, valentía y sentimiento sobre un tema que era importante para él. Ojalá llegue el día en que nadie compare la voz de una mujer que expresa su opinión con la de un animal”. Y en seguida cita a la periodista británica Helen Lewis, quien dice: “Los comentarios que acompañan a cualquier artículo sobre el feminismo justifican por sí solos el movimiento feminista”.
Aunque el origen de Un libro para ellas está en el día en que una editora pidió a Christie escribir acerca de todo lo que acostumbra decir, criticar y parodiar sobre los escenarios, es mucho más que eso. Se trata de un alegato feminista que entremezcla el humor con información seria y fundamentada sobre la situación de las mujeres en el Reino Unido, situación que se reproduce no sólo en Europa o el mundo occidental, sino a lo largo y ancho del planeta.
O como la propia Bridget Christie lo explica: “El feminismo es la creencia de que las mujeres deberían tener los mismos derechos sociales, económicos y políticos que los hombres. Aún no los tenemos y eso es lo que le da sentido”.
(Artículo que escribí para el sitio Sugar & Spice)
domingo, 7 de enero de 2018
Godless: ¿un western feminista?
the snake. It’s the land of the blade and the rifle.
It’s godless country”.
Frank Griffin
Godless
Aunque quizá no sea hoy uno de los géneros cinematográficos favoritos de las mayorías, el western posee esa aureola mítica, de clásico imperecedero, que lo hace sobrevivir y seguir vigente. Su comparación con la tragedia griega no es gratuita. En el también llamado cine del oeste se encuentran todos los temas y todos los contradictorios elementos que conforman la existencia de los seres humanos, ya sea como sociedad o como individuos. El amor y el odio, la ambición y la nobleza, la generosidad y el egoísmo, la deshonestidad y la honradez, la traición y la solidaridad, el crimen y el castigo, la justicia y la injusticia, la paz y la violencia, el trabajo y la explotación, el sexo y la doble moralidad, la vida y la muerte.
A lo largo del siglo pasado, el género dio grandes obras fílmicas, con directores de genio, como Más corazón que odio (John Ford, 1956), Río Rojo (Howard Hawks, 1948), Winchester 73 (Anthony Mann, 1950), Butch Cassidy and the Sundance Kid (George Roy Hill, 1969), La pandilla salvaje (Sam Peckinpah, 1969), Shane, el desconocido (George Stevens, 1953), Los siete magníficos (John Sturges, 1960), Los imperdonables (Clint Eastwood, 1992) y El bueno, el malo y el feo del italiano Sergio Leone (1966). Aunque también podemos mencionar grandes filmes del oeste ya en esta centuria, como Temple de acero (2010) de los hermanos Coen o Django desencadenado (2012) de Quentin Tarantino.
Netflix acaba de estrenar Godless, una mini serie de siete capítulos con todos los elementos del western más clásico. No estamos aquí ante una serie oscura y filosófica como Deadwood o de corte futurista y de ficción científica como Westworld, ambas de HBO. Por el contrario, Godless (Sin Dios) rinde tributo a varias de las películas citadas en el párrafo anterior, muy especialmente a la espléndida Shane.
Hay sin embargo un extra en el contenido de esta serie. Me refiero al factor femenino (¿o feminista?) de la misma. Porque Godless nos habla, en una de sus dos tramas principales, sobre el papel de la mujer en el inhóspito y salvaje oeste de los Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XIX, en especial en la década de los ochenta y específicamente en 1884, año en que se desarrolla la historia.
En un pequeño poblado llamado La Belle, en Nuevo México, 83 mineros mueren en un accidente dentro de la mina que da de comer al pueblo. De golpe, una ochentena de madres y esposas queda en la viudez y en el desamparo. La Belle se convierte en un lugar habitado por mujeres, niños y ancianos, más algunos pocos hombres que no trabajaban en la mina, y se transforma en un tentador botín para algunas poderosas empresas que buscan hacerse de la princiupal riqueza del lugar.
Mientras tanto, no muy lejos de ahí, el bandolero Frank Griffin rompe violentamente con su ahijado y protegido Roy Goode, quien no sólo le propina un tiro que lo deja sin su brazo izquierdo, sino que se lleva el botín que la banda de Griffin acababa de robar. Goode huye y después de una larga travesía, busca refugio en un rancho cercano a La Belle, propiedad de Alice Fletcher, una hermosa y recia viuda que vive ahí con su hijo mestizo y la abuela de éste, una sabia indígena paiute que no habla inglés.
De ahí parte la historia que no venderé en este artículo, para que los lectores la vean y la disfruten a lo largo de sus siete intensos episodios.
Producida por el showrunner Scott Frank, con la colaboración del siempre solvente productor y realizador Steven Soderbergh, Godless tiene un elenco impresionante, encabezado por un fantástico Jeff Daniels, quien hace de Frank Griffin uno de los grandes villanos de la historia del western, un tipo lleno de contradicciones, capaz de los odios más sanguinarios y la ternura más compasiva, además de tener una visión bíblica y filosófica del mundo. Destacan también las actuaciones de Michelle Dockery (la recordarán como Lady Mary, la hija mayor de la familia Crawley en Downton Abbey), como la viuda Alice Fletcher, y de Jack O’Conell, como Roy Goode.
En cuanto al elenco secundario, resulta fabuloso. Los personajes en su mayoría están perfectamente delineados y tratados con gran profundidad. De ese modo, logramos identificarnos con el atormentado sheriff Bill McNue (Scoot McNairy), su estupenda hermana bisexual y machorrona Mary Agnes (Merritt Wever) o el joven, generoso e ingenuo ayudante del comisario, Whitey Winn (Thomas Brodie-Sangster), entre muchos otros.
No sé si llamar a Godless una serie feminista, porque si bien nos muestra a esas casi cien mujeres capaces de enfrentarse a la tragedia, de levantar al pueblo con su trabajo y su esfuerzo e incluso de defenderlo valientemente con las armas, ante el embate de una banda de inclementes forajidos, la trama de pronto se inclina más por el conflicto entre Griffin y Goode que por la problemática de las empoderadas damas. No obstante, sí se reivindica la vida de éstas y la manera como van saliendo adelante sin la ayuda de los hombres, incluidos algunos amoríos entre ellas mismas.
Aun así, la serie resulta no sólo interesante, sino muy entretenida y emotiva, con una fotografía que hace honor a la de los grandes westerns clásicos, con esas espectaculares panorámicas de los amplios paisajes del wild west estadounidense.
Además, como bien apunta el crítico Hank Stuever en The Washington Post, Netflix demuestra una vez más su estupendo sentido del timing, “porque ¿qué puede resultar más oportuno en estos momentos que una serie en la cual un grupo de mujeres se une para rechazar a una horda de brutos?”.
Véala como una miniserie o véala como una película de siete horas. Pero no deje de ver Godless.
(Reseña que escribí originalmente para el sitio Sugar & Spice, donde apareció a fines de diciembre pasado).
lunes, 4 de diciembre de 2017
Spike Lee y sus dos Nola Darling
Tres son los realizadores cinematográficos más emblemáticos en relación con Nueva York: Woody Allen, Martin Scorsese y Spike Lee. Cada uno con una visión y una idea muy diferente de la ciudad y sus diferentes zonas, ya sea el Manhattan de Allen, el Queens de Scorsese o el Brooklyn de Lee.
Curiosamente, los tres directores –todos con una larga, prolífica y extraordinaria filmografía– han caído en la irresistible tentación de entrar a esa nueva forma del arte narrativo y cinemático del siglo XXI que son las series televisivas. Cada quien lo ha intentado, aunque con muy diferente fortuna.
Scorsese produjo Vynil, para HBO, y a pesar de la gran calidad de la emisión, situada en los años setenta del siglo pasado y que narra la historia de un ejecutivo de la industria discográfica de ese tiempo, la serie no fue renovada debido al cambio de programador en jefe de la compañía de televisión, quien no aprobó la segunda temporada del programa por su bajo rating.
En el caso de Allen, su mini serie Crisis in Six Scenes, para Amazon Prime Video, fue tan sólo una aventura de la que el propio realizador nunca estuvo convencido, lo cual se nota en cierto desgano suyo al dirigirla, escribirla e incluso actuarla. La verdad es que la emisión no causó la sensación que se esperaba.
En cuando a Spike Lee, ha sucedido todo lo contrario. Su serie para Netflix She’s Gotta Have It, basada en la cinta con la cual debutó como director en 1986, resultó un espléndido ejercicio narrativo, con todo el sello estilístico del cineasta.
She’s Gotta Have It, la película
Lee tuvo la inteligencia de tomar una historia suya que hace poco más de treinta años le significó el reconocimiento como un gran realizador en potencia. Fotografiada en blanco y negro (aunque con una curiosa escena musical en color a la mitad de la película), con la participación de actores negros poco conocidos y con un estilo que le debía tanto a la nouvelle vague francesa (hay mucho de Godard y de Truffaut en el filme) como a lo que hasta entonces había hecho Woody Allen, She’s Gotta Have It narraba la historia de Nola Darling, una joven afroamericana educada liberalmente por sus padres y quien buscaba independizarse económicamente, al tiempo que decidía tener tres amantes de la manera más natural y despreocupada, aunque estos estuvieran enterados de la existencia de los otros, lo cual aceptaban a regañadientes y buscando ser siempre el amante único.
Contada con humor y desparpajo, con múltiples rompimientos de la cuarta pared para que los personajes se dirigieran al público (algo muy de Allen), la historia reflejaba también la existencia de una clase media ilustrada “de color” que prácticamente jamás había aparecido en el cine estadounidense, en el cual la gente de raza negra era presentada lo mismo como parte de la servidumbre que como delincuente, como individuos tontos y conmovedores o como cómicos hilarantes. Pero ver a afroamericanos cultos, refinados, aburguesados, con inquietud por las artes plásticas y la literatura, resultaba algo para muchos novedoso.
Interesante también era ver el Brooklyn de esa época y lo que eran el parque Fort Greene y sus alrededores, en donde se sitúa buena parte de la cinta.
En cuanto a la actriz que interpreta a Nola Darling, el papel recayó en Tracy Camila Jones, quien se reveló como una intérprete llena de credibilidad, fuerza y carisma, al dar vida a esta mujer que cree hallar en sus tres hombres lo que no ha encontrado nunca en uno solo.
She’s Gotta Have It, la serie
Lo que hizo Spike Lee con la serie es expandir la historia, a fin de que lo que contaba en dos horas en la cinta, ocupara diez capítulos de 60 minutos. Lo logró con creces, al profundizar en la personalidad de Nola y de sus amantes, además de incluir a algunos nuevos personajes o dar otra importancia a los ya existentes.
Filmada en color y con la joven actriz DeWanda Wise (quien aún no había nacido cuando se filmó la película original) en el papel de Nola Darling, presenta un Brooklyn actual, mucho más aburguesado (o gentrificado, para usar un término de moda) y hipster (hay una escena en la que se habla de “imperialismo hipster”), en el cual se desarrolla la misma historia de Darling y sus tres amantes, aunque estos resultan mucho más sofisticados, incluido al peculiar Mars (que en 1986 interpretaba el propio Spike Lee), convertido en un puertorriqueño desempleado y con problemas de dislexia pero cuyo principal encanto para Nola es que siempre la hace reír.
En cuanto a los otros dos, el presuntuoso y egocéntrico mulato Greer (mitad afroamericano, mitad francés) y el serio, romántico y profesionista Jamie, el primero atrae a la joven pintora por su físico y su sex appeal (a pesar de ser un mujeriego o tal vez por eso) y el segundo por su ternura y su personalidad protectora y paternal.
Los diez capítulos no tienen desperdicio y hay personajes femeninos muy destacables, como las dos mejores amigas de Nola (Shemekka y Clorinda), su amante lesbiana Opal (que en la película era sólo su pretendiente), su sicóloga o la sensacional Raqueletta (nuevo personaje), directora de la escuela pública donde Nola Darling da clases de arte a un grupo de preadolescentes. Eso sin olvidar a los padres de la protagonista o a su gran amigo Papo, un simpático y creativo vagabundo de origen dominicano, veterano de la guerra de Afganistán.
Si en la película había una que otra referencia política, por ejemplo a Malcolm X, en la serie Lee no oculta su total y explícito rechazo a Donald Trump, crítica que se nota con más fuerza en los últimos tres capítulos, filmados mientras se llevaban a cabo las campañas y las elecciones que llevaron a la Casa Blanca a tan impresentable y peligroso personaje.
En conclusión, She’s Gotta Have It es una gran serie, absolutamente recomendable. Le sugiero ver la película (está también en Netflix) y después el programa de televisión. Es un ejercicio muy interesante y revelador, sobre todo si es usted seguidor del cine de Spike Lee.
Nota final: Como datos de trivia, hay un par de cameos en la serie, con breves apariciones –en escenas y capítulos distintos– de Spike Lee y de la ya mencionada Tracy Camila Jones, la Nola Darling de la cinta de 1986. Se lo dejamos como juego para que los reconozca.
(Texto que escribí para el sitio Sugar & Spice y se publicó el día de hoy)
miércoles, 29 de noviembre de 2017
Futbol femenil: con Dalila a las patadas
Soy aficionado al futbol desde que tengo uso de razón. A mis cuatro o cinco años de edad, mi padre empezó a llevarme al estadio de Ciudad Universitaria cada jueves y domingo (en aquella época, 1959 o 1960, aún no existía el Azteca). Así lo hizo durante varios años. Mi papá le iba al Necaxa, pero mi primer equipo favorito (y lo sigue siendo más de medio siglo después) es el de los Pumas de la UNAM, el cual me enamoró desde que subió a la primera división, en 1962.
También practiqué el fut en la primaria y la secundaria e incluso estuve en una liga de balompié amateur a principios de los años setenta. Don Bosco se llamaba mi equipo. Yo era el capitán y portaba el número 11 en mi camiseta.
En aquellos tiempos, este deporte era esencialmente varonil y no recuerdo haber visto a mujer alguna que lo practicara. Vamos, ni siquiera que le gustara. Era un coto cerrado, orgullosamente machista. Y sin embargo, el futbol femenil ya existía en otras partes del mundo, desde muchas décadas atrás.
British Ladies
Según los historiadores, el primer partido de football entre dos equipos femeninos tuvo lugar en la ciudad de Londres, el 23 de marzo de 1895. El British Ladies F.C. derrotó al cuadro representativo del sur de la capital británica. El juego de las patadas cobraría auge entre las mujeres, hasta que en la segunda década del siglo XX fue prohibido por la moralina oficial y el conservadurismo social que no veía con buenos ojos que unas señoritas practicaran aquella ruda actividad “impropia” para ellas.
Tendría que pasar casi medio siglo para que la Federación Internacional de Futbol Asociación, la FIFA, reconociera al futbol femenil y ello fue sólo después de que se celebraron dos campeonatos mundiales sin su aprobación oficial. Uno de esos torneos, el segundo, se llevó a cabo en México en 1971 y tuvo un éxito inaudito, quizá porque el año anterior se había celebrado en nuestro país el Mundial de 1970.
Recuerdo bien aquel Mundial femenino, porque se celebró en varios estadios y porque los juegos fueron transmitidos por televisión. La selección mexicana era muy buena, con dos jugadoras notables: la “Peque” Rubio y la “Pelé” Vargas. Esta última toda una crack.
México llegó a la final contra Dinamarca, después de vencer a las guapas italianas. Sin embargo, las poderosas danesas eran demasiado buenas y se coronaron campeonas. al golear por 3 a 0 al combinado nacional ante un Estadio Azteca lleno de público entusiasta.
Parecía que el futbol femenil se desarrollaría en nuestro país a partir de entonces, pero sucedió todo lo contrario y prácticamente desapareció durante muchos años, al menos a nivel de medios de comunicación.
La selección mexicana volvería a surgir hasta 1998, con el equipo entrenado a partir de entonces y por largos años por el ex futbolista Leonardo Cuéllar, con el que tuvo varios éxitos y varios fracasos internacionales. Pero las de verde ya no suscitaban el entusiasmo de sus similares de 1971. No eran una potencia y no podían oponer demasiada resistencia a grandes selecciones de mujeres como las de Brasil, Alemania, Suecia, Japón y, sobre todo, los Estados Unidos, donde el futbol femenil ha logrado un gran arraigo, con muchas ligas universitarias y con estrellas como la gran Mia Hamm.
La primera liga mexicana
De pronto, este año, como surgida de la nada, vio la luz una idea entre algunos dirigentes de la Federación Mexicana de Futbol para que hubiese una liga femenil profesional, con equipos de mujeres que fuesen sucursales de los 18 equipos de la liga de varones. El primer torneo acaba de concluir y, para gran sorpresa de todos, logró un éxito inusitado.
No todos los equipos de la primera división presentaron cuadros para este primer campeonato. De hecho, sólo doce lo hicieron: Pachuca, Monterrey, Tigres, America, Universidad, Toluca, Tijuana, Necaxa, Santos, Cruz Azul, Morelia y Guadalajara. Los otros seis pidieron un poco más de tiempo para integrarse. Cada club se comprometió a respaldar a un equipo de al menos 21 mujeres futbolistas, todas ellas mexicanas, cuatro con edad máxima de 17 años y el resto de menos de 23, con dos opciones de categoría libre. Los resultados han sido espectaculares, con magníficas entradas en los estadios y un gran seguimiento de los medios impresos y electrónicos, en especial del canal Fox Sports.
¿A qué se debió tanto éxito? Hay varios factores que debemos considerar, en especial el entusiasmo con que juegan estas jóvenes, la entrega incondicional a sus colores, la manera abierta como buscan los goles sin que ello signifique que descuiden la defensiva, el hecho de que no hay malicia ni malas mañas en ellas, mucho menos juego sucio o malintencionado. Son como agua refrescante para un futbol que se ha anquilosado (este año, la famosa liguilla del futbol nacional ha registrado malas entradas en las tribunas) y se ha vuelto lento y falto de intensidad, para no hablar del exceso de jugadores extranjeros y de las escasas oportunidades a los futbolistas de fuerzas básicas.
La final entre Chivas y Pachuca –que ganaron las primeras– fue un encuentro emotivo, emocionante, divertido e inolvidable. Un magnífico inicio para una liga que promete mucho, pero que todavía requiere de múltiples reformas, sobre todo en lo referente a los sueldos de las jugadoras. Tres mil pesos mensuales, cuando muchas de ellas estudian o viven fuera de sus lugares de origen, parece un insulto. Si lo que se quiere en verdad es una liga profesional que genere público y garantice espectáculo, deberá ser mejor pagada. Se trata de una inversión a mediano plazo que tiene todas las perspectivas de resultar más que redituable en lo económico y lo deportivo.
Por lo pronto, se ha dado un espléndido primer paso.
(Texto que escribí para el sitio Sugar & Spice y que fue publicado el día de hoy)
lunes, 27 de noviembre de 2017
Soul to soul: dos nuevos discos que tienes que escuchar
Lo que los medios actuales denominan como música soul, muy poco tiene que ver con el soul original, algo semejante a lo que sucede con el llamado rhythm and blues, tan ajeno en todos sentidos al r&b primigenio.
Afectada por la sobreproducción, la artificialidad y el comercialismo, la música negra se aleja cada vez más de sus raíces y salvo el blues (que se mantiene semioculto en una tradición que lo protege) y el hip-hop (que representa tal vez la expresión más legítima de la negritud actual), sus otras vertientes han caído en manos de un mainstream que la desvirtúa y la distorsiona.
Es por ello que debemos celebrar la esporádica aparición de trabajos que mantienen el espíritu real del soul y del r&b y reivindicarlos como lo que son: muestras artísticas de autenticidad y honestidad.
Dos nuevos discos que acaban de aparecer cumplen a carta cabal con esto, ambos debidos al talento de un par de cantantes soul de primera clase: Mavis Staples y Sharon Jones.
Mavis
A mediados de los años sesenta, surgió un cuarteto vocal llamado The Staple Singers que interpretaba gospel y música soul y estaba conformado por el reverendo Roebuck “Pops” Staples y sus tres hijas: Cleotha, Yvonne y Mavis. Medio siglo después, Mavis, a sus 78 años de edad, es la única que continúa con vida y además en activo. If All I Was Was Black (Anti, 2017) es su décimo tercer trabajo discográfico como solista y al igual que sus dos álbumes antecesores (You Are Not Alone de 2010 y One True Vine de 2013) está producido por Jeff Tweedy, líder del legendario grupo Wilco y compositor de la mayor parte de las canciones de estos tres discos.
En el caso de If All I Was Was Black, se trata de un plato que si bien no toca de manera directa temas políticos y sociales, si refleja el momento que se vive en los Estados Unidos bajo la presidencia del estridente y delirante Donald Trump.
Son tiempos problemáticos y Mavis, quien supo desde niña lo que es padecer el racismo y tuvo una cercana amistad con el reverendo Martin Luther King, transmite con su voz la angustia, la tristeza y la profunda emoción que le viene de sus inicios en el gospel, el blues y el soul original. La mancuerna con Tweedy funciona a la perfección, ya que éste –como compositor y productor– entiende a la perfección lo que Staples quiere comunicar con su voz y las diez composiciones que conforman el álbum transmiten esa honda alma que vive en la intérprete, a mi modo de ver una de las dos mejores cantantes de soul que aún perviven, junto con Aretha Franklin.
Sharon
El caso de Sharon Jones resulta un tanto diferente. Nacida en Georgia (en Augusta, la misma población donde vino al mundo el gran James Brown), cuando Mavis Staples ya tenía 17 años de edad, Jones no logró destacar como cantante hasta 1996, al cumplir cuatro décadas de vida. Aun así, en escasos veinte años de carrera formal (en los ochenta habían sido corista de diversos cantantes de funk, disco y soul, pero sin trascendencia alguna), consiguió un reconocimiento generalizado al frente de sus Dap-Kings, gracias a su enorme voz y a su rotunda presencia escénica.
Su primer y excelente disco, Dap Dippin’ with Sharon Jones & the Dap-Kings (Daptone Records), apareció apenas en 2002. Críticos, medios y público en general se preguntaban de dónde había surgido semejante cantante. Pocos podía creer que para entonces tuviera ya 45 años de edad. Vendrían entonces varios álbumes en cascada, todos ellos con el sello Daptone: Naturally (2005), 100 Days, 100 Nights (2007), I Learned the Hard Way (2010), el muy exitoso Give the People What They Want (2014) y el festivo It’s a Holiday Soul Party (2015).
En 2013, los médicos de Sharon le habían diagnosticado cáncer y aún así ella siguió cantando al frente de su agrupación, incluso con la cabeza rapada, debido a la quimioterapia. Era su manera de aferrarse a la vida, pero su lucha llegó a su fin en noviembre de 2016, hace justo un año.
Poco antes de su muerte, había aparecido Miss Sharon Jones!, un disco con la música del documental que con el mismo nombre había filmado en 2015 la veterana realizadora estadounidense Barbara Kopple (el filme puede verse en Netflix).
Este 17 de noviembre, salió a la venta el álbum póstumo Soul of a Woman (Daptone, 2017), una muestra soberbia de la mejor música soul. El disco fue grabado cuando Jones ya estaba muy enferma. Sin embargo, al escuchar su voz, esta resuena limpia y potente, apasionada y fuerte, sin rastro alguno de desgaste por la mala salud de la intérprete.
Sharon no intentó hacer del disco un testimonio de su mal y del poco tiempo que le quedaba de vida. Por el contrario, quiso celebrar a esta con lo que mejor sabía hacer: cantar con el alma. Con el alma de una mujer.
(Artículo que escribí originalmente para el sitio Sugar & Spice y fue publicado el día de hoy)
Afectada por la sobreproducción, la artificialidad y el comercialismo, la música negra se aleja cada vez más de sus raíces y salvo el blues (que se mantiene semioculto en una tradición que lo protege) y el hip-hop (que representa tal vez la expresión más legítima de la negritud actual), sus otras vertientes han caído en manos de un mainstream que la desvirtúa y la distorsiona.
Es por ello que debemos celebrar la esporádica aparición de trabajos que mantienen el espíritu real del soul y del r&b y reivindicarlos como lo que son: muestras artísticas de autenticidad y honestidad.
Dos nuevos discos que acaban de aparecer cumplen a carta cabal con esto, ambos debidos al talento de un par de cantantes soul de primera clase: Mavis Staples y Sharon Jones.
Mavis
A mediados de los años sesenta, surgió un cuarteto vocal llamado The Staple Singers que interpretaba gospel y música soul y estaba conformado por el reverendo Roebuck “Pops” Staples y sus tres hijas: Cleotha, Yvonne y Mavis. Medio siglo después, Mavis, a sus 78 años de edad, es la única que continúa con vida y además en activo. If All I Was Was Black (Anti, 2017) es su décimo tercer trabajo discográfico como solista y al igual que sus dos álbumes antecesores (You Are Not Alone de 2010 y One True Vine de 2013) está producido por Jeff Tweedy, líder del legendario grupo Wilco y compositor de la mayor parte de las canciones de estos tres discos.
En el caso de If All I Was Was Black, se trata de un plato que si bien no toca de manera directa temas políticos y sociales, si refleja el momento que se vive en los Estados Unidos bajo la presidencia del estridente y delirante Donald Trump.
Son tiempos problemáticos y Mavis, quien supo desde niña lo que es padecer el racismo y tuvo una cercana amistad con el reverendo Martin Luther King, transmite con su voz la angustia, la tristeza y la profunda emoción que le viene de sus inicios en el gospel, el blues y el soul original. La mancuerna con Tweedy funciona a la perfección, ya que éste –como compositor y productor– entiende a la perfección lo que Staples quiere comunicar con su voz y las diez composiciones que conforman el álbum transmiten esa honda alma que vive en la intérprete, a mi modo de ver una de las dos mejores cantantes de soul que aún perviven, junto con Aretha Franklin.
Sharon
El caso de Sharon Jones resulta un tanto diferente. Nacida en Georgia (en Augusta, la misma población donde vino al mundo el gran James Brown), cuando Mavis Staples ya tenía 17 años de edad, Jones no logró destacar como cantante hasta 1996, al cumplir cuatro décadas de vida. Aun así, en escasos veinte años de carrera formal (en los ochenta habían sido corista de diversos cantantes de funk, disco y soul, pero sin trascendencia alguna), consiguió un reconocimiento generalizado al frente de sus Dap-Kings, gracias a su enorme voz y a su rotunda presencia escénica.
Su primer y excelente disco, Dap Dippin’ with Sharon Jones & the Dap-Kings (Daptone Records), apareció apenas en 2002. Críticos, medios y público en general se preguntaban de dónde había surgido semejante cantante. Pocos podía creer que para entonces tuviera ya 45 años de edad. Vendrían entonces varios álbumes en cascada, todos ellos con el sello Daptone: Naturally (2005), 100 Days, 100 Nights (2007), I Learned the Hard Way (2010), el muy exitoso Give the People What They Want (2014) y el festivo It’s a Holiday Soul Party (2015).
En 2013, los médicos de Sharon le habían diagnosticado cáncer y aún así ella siguió cantando al frente de su agrupación, incluso con la cabeza rapada, debido a la quimioterapia. Era su manera de aferrarse a la vida, pero su lucha llegó a su fin en noviembre de 2016, hace justo un año.
Poco antes de su muerte, había aparecido Miss Sharon Jones!, un disco con la música del documental que con el mismo nombre había filmado en 2015 la veterana realizadora estadounidense Barbara Kopple (el filme puede verse en Netflix).
Este 17 de noviembre, salió a la venta el álbum póstumo Soul of a Woman (Daptone, 2017), una muestra soberbia de la mejor música soul. El disco fue grabado cuando Jones ya estaba muy enferma. Sin embargo, al escuchar su voz, esta resuena limpia y potente, apasionada y fuerte, sin rastro alguno de desgaste por la mala salud de la intérprete.
Sharon no intentó hacer del disco un testimonio de su mal y del poco tiempo que le quedaba de vida. Por el contrario, quiso celebrar a esta con lo que mejor sabía hacer: cantar con el alma. Con el alma de una mujer.
(Artículo que escribí originalmente para el sitio Sugar & Spice y fue publicado el día de hoy)
domingo, 26 de noviembre de 2017
Gypsy: ¿las 50 sombras de Netflix?
Hay series que se convierten en fenómenos masivos. Ahí están por ejemplo los casos de Breaking Bad, The Walking Dead, Game of Thrones o la reciente Stranger Things. Hay otras que quedan para el culto de minorías, como House of Cards, Master of None, Orphan Black o Black Mirror. Pero existen otras más que parecen permanecer en el limbo, que no trascienden como tal vez deberían o que se quedan en proyectos frustrados.
¿En cuál estanco de estos podríamos situar a Gypsy, la serie de Netflix producida y actuada por la actriz Naomi Watts? No en la de los grandes éxitos populares, eso es seguro: tampoco en la de los series de culto; sin embargo, creo que sería injusto colocarla como un programa fallido.
La historia de Gypsy se centra en el personaje que interpreta Watts, Jean Holloway, una psicóloga neoyorquina que entabla relaciones éticamente cuestionables con personas cercanas a sus pacientes. De ese modo, la tenue frontera entre su vida profesional y su vida personal empieza a ser cruzada de manera tan audaz como irresponsable, sin medir consecuencias, hasta llegar a niveles tan peligrosos que ponen en crisis su existencia y la de los suyos.
Holloway es una terapeuta de clase media alta, sin problemas económicos, pero con una personalidad disfuncional que la hace tener muchas deficiencias como mamá y como esposa, a pesar de querer luchar contra estas. Casada con un abogado (interpretado por el actor Billy Crudup, quien se diera a conocer en el año 2000, gracias a su papel como el guitarrista Russell Hammond en la cinta Almost Famous de Cameron Crowe) y progenitora de una niña llena de vivacidad e inteligencia (que a los diez años ya da señales de su futuro lesbianismo), Jean tiene entre sus pacientes a una madre controladora y a un joven depresivo e inseguro que es mangoneado por su ex novia bisexual. La psicóloga se involucra de diferentes formas tanto con la hija de la primera como con Sam, la chica del segundo, interpretada por la británica Sophie Cookson. De qué manera se involucra y hasta dónde llega ese involucramiento, toca descubrirlo a quienes vean la serie.
“Solía pensar que cada persona determinaba su propia vida. Que teníamos control sobre nuestro futuro al elegir a nuestros cónyuges y nuestras profesiones. Que éramos responsables de las decisiones que marcan nuestras vidas. Sin embargo, hay una fuerza más poderosa que el libre albedrío: nuestro inconsciente”. Con esas palabras del personaje principal, dichas en off, comienza el primer capítulo de Gypsy y ese es precisamente el dilema principal de la serie: la lucha entre el libre albedrío y el destino ya escrito. Otros temas son la falsa identidad, la infidelidad conyugal, la maternidad, la interdependencia, las drogas, la hipocresía y, sí, el sexo.
Dado que la serie está dirigida por Sam Taylor-Johnson, la realizadora de la exitosa pero muy criticada cinta 50 sombras de Grey, se ha cuestionado a Gypsy por manejar las cuestiones sexuales de manera demasiado light pero, sobre todo, por ser lenta y aburrida (ciertamente, el ritmo de los diez capítulos de la primera y única temporada puede ser pausado y ciertamente también que el aburrimiento es otro de los temas principales: Jean Holloway es una mujer aburrida de ser madre de familia y esposa modelo y a pesar de sus mil dudas e inseguridades, se atreve a romper con las reglas y los esquemas sociales y profesionales). Los defensores del programa, en cambio, argumentan que se trata de un thriller psicosexual.
A mi entender, vale la pena verla y dilucidarlo.
(Texto que escribí originalmente para el sitio Sugar & Spice)
¿En cuál estanco de estos podríamos situar a Gypsy, la serie de Netflix producida y actuada por la actriz Naomi Watts? No en la de los grandes éxitos populares, eso es seguro: tampoco en la de los series de culto; sin embargo, creo que sería injusto colocarla como un programa fallido.
La historia de Gypsy se centra en el personaje que interpreta Watts, Jean Holloway, una psicóloga neoyorquina que entabla relaciones éticamente cuestionables con personas cercanas a sus pacientes. De ese modo, la tenue frontera entre su vida profesional y su vida personal empieza a ser cruzada de manera tan audaz como irresponsable, sin medir consecuencias, hasta llegar a niveles tan peligrosos que ponen en crisis su existencia y la de los suyos.
Holloway es una terapeuta de clase media alta, sin problemas económicos, pero con una personalidad disfuncional que la hace tener muchas deficiencias como mamá y como esposa, a pesar de querer luchar contra estas. Casada con un abogado (interpretado por el actor Billy Crudup, quien se diera a conocer en el año 2000, gracias a su papel como el guitarrista Russell Hammond en la cinta Almost Famous de Cameron Crowe) y progenitora de una niña llena de vivacidad e inteligencia (que a los diez años ya da señales de su futuro lesbianismo), Jean tiene entre sus pacientes a una madre controladora y a un joven depresivo e inseguro que es mangoneado por su ex novia bisexual. La psicóloga se involucra de diferentes formas tanto con la hija de la primera como con Sam, la chica del segundo, interpretada por la británica Sophie Cookson. De qué manera se involucra y hasta dónde llega ese involucramiento, toca descubrirlo a quienes vean la serie.
“Solía pensar que cada persona determinaba su propia vida. Que teníamos control sobre nuestro futuro al elegir a nuestros cónyuges y nuestras profesiones. Que éramos responsables de las decisiones que marcan nuestras vidas. Sin embargo, hay una fuerza más poderosa que el libre albedrío: nuestro inconsciente”. Con esas palabras del personaje principal, dichas en off, comienza el primer capítulo de Gypsy y ese es precisamente el dilema principal de la serie: la lucha entre el libre albedrío y el destino ya escrito. Otros temas son la falsa identidad, la infidelidad conyugal, la maternidad, la interdependencia, las drogas, la hipocresía y, sí, el sexo.
Dado que la serie está dirigida por Sam Taylor-Johnson, la realizadora de la exitosa pero muy criticada cinta 50 sombras de Grey, se ha cuestionado a Gypsy por manejar las cuestiones sexuales de manera demasiado light pero, sobre todo, por ser lenta y aburrida (ciertamente, el ritmo de los diez capítulos de la primera y única temporada puede ser pausado y ciertamente también que el aburrimiento es otro de los temas principales: Jean Holloway es una mujer aburrida de ser madre de familia y esposa modelo y a pesar de sus mil dudas e inseguridades, se atreve a romper con las reglas y los esquemas sociales y profesionales). Los defensores del programa, en cambio, argumentan que se trata de un thriller psicosexual.
A mi entender, vale la pena verla y dilucidarlo.
(Texto que escribí originalmente para el sitio Sugar & Spice)
jueves, 23 de noviembre de 2017
Stranger Things y la resurrección de Winona Ryder
Quizás una de las más extrañas cosas que ha significado el fenómeno mediático que es la serie de Netflix Stranger Things, en sus dos temporadas, sea el rescate de esa actriz, por mucho tiempo muerta en vida, que es la talentosa Winona Ryder. Y aun cuando la serie no trata acerca de zombies, sino de un terror más cósmico y lovecraftiano, esta resurrección de quien en los noventa fue una de las más admiradas, singulares y fascinantes estrellas de Hollywood es algo que debe agradecerse.
Como es sabido, en 2001 la célebre protagonista adolescente de películas icónicas como Beetlejuice (1988, de Tim Burton), Heathers (1988, de Michael Lehmann), Great Balls of Fire! (1989, de Jim McBride), Mermaids (1990, de Richard Benjamin), Night on Earth (1991, de Jim Jarmuch), Bram Stoker’s Dracula (1992, de Francis Ford Coppola), The Age of Innocence (1993, de Martin Scorsese) o Reality Bites (1994, de Ben Stiller), entre muchas otras, fue arrestada por robo, al tratar de extraer sin pagar ropa de diseñador en una afamada tienda de Beverly Hills. Aunque en esos años todavía no existían los linchamientos virtuales (aún no había redes sociales), el escándalo en los medios tradicionales fue tal que prácticamente significó, a sus escasos 30 años de edad, el fin de la carrera actoral de la bella y menuda mujer. Cuando menos eso se pensó en ese entonces. Sentenciada a tres años de libertad condicional, 480 horas de servicios comunitarios, 3700 dólares de multa, 6355 dólares de lo robado y con la orden de que acudiera a un tratamiento psicológico, los cargos le fueron levantados en 2004 y reducidos a delitos menores.
Pero recuperar todo lo que había perdido, volver a ser la de antes, aquella rutilante actriz tan llena de chispa y peculiar belleza, habría de resultar una labor ardua, casi un imposible.
Intentos hizo muchos, pero ninguno resultaba suficiente. La también intérprete en Alien Resurrection (1997, de Jean-Pierre Jeunet), Celebrity (1998, de Woody Allen), Girl, Interrumped (1999, de James Mangold) y Zoolander (2001, de Ben Stiller), a partir de su infortunado incidente con la justicia trabajo en varias cintas, pero ninguna le devolvió su antigua fama y, sobre todo, su buena imagen, a pesar de su participación en filmes como Black Swan (2010, de Darren Aronofsky) o Frankenweenie (2012, de Tim Burton, en la que prestó su voz al personaje de Elsa Van Helsing).
Impensadamente, sería la televisión la que la sacaría del pantano y en qué forma lo hizo. Primero, al participar en 2015 con un papel pequeño pero importante en la miniserie de HBO Show Me a Hero de David Simon, el mismo showrunner de The Wire y The Deuce.
Ello le valió para ser llamada por los hermanos Matt y Ross Duffer para realizar el papel de Joyce Byers, una madre divorciada que sufre la desaparición (en la primera temporada) y la posesión (en la segunda) del menor de sus dos hijos, en manos de una fuerza tan poderosa como horripilante que parece surgida de la literatura de H.P. Lovecraft.
Esta madre, en apariencia frágil e insegura, se torna en un huracán de decisión y fuerza de voluntad para luchar contra esa y otras fuerzas que tratan de destruir a su familia. Winona Ryder saca lo mejor de sí como actriz para dar vida a este personaje tan delirante como entrañable, un personaje que le ha significado el reconocimiento de la crítica especializada, pero sobre todo de los seguidores de Stranger Things y de aquel público que la idolatró a lo largo de una década, la última del siglo pasado, como una diva de culto absoluto.
Lo paradójico de Winona al interpretar a Joyce es que la Ryder jamás ha tenido hijos y para dar credibilidad a esta progenitora en su desesperada pelea por recobrar a su vástago, pidió un consejo crucial a su propia madre al preguntarle: “Mamá, si toda la lógica indica que perdiste un hijo y que es prácticamente imposible recuperarlo, ¿aún así te rehusarías a creerlo?”. La respuesta materna fue: “Absolutamente”. Esa fue la clave para que Winona Ryder se convirtiera en Joyce Byers y nos convenciera de su autenticidad.
(Publicado el día de hoy en el sitio Sugar & Spice)
Como es sabido, en 2001 la célebre protagonista adolescente de películas icónicas como Beetlejuice (1988, de Tim Burton), Heathers (1988, de Michael Lehmann), Great Balls of Fire! (1989, de Jim McBride), Mermaids (1990, de Richard Benjamin), Night on Earth (1991, de Jim Jarmuch), Bram Stoker’s Dracula (1992, de Francis Ford Coppola), The Age of Innocence (1993, de Martin Scorsese) o Reality Bites (1994, de Ben Stiller), entre muchas otras, fue arrestada por robo, al tratar de extraer sin pagar ropa de diseñador en una afamada tienda de Beverly Hills. Aunque en esos años todavía no existían los linchamientos virtuales (aún no había redes sociales), el escándalo en los medios tradicionales fue tal que prácticamente significó, a sus escasos 30 años de edad, el fin de la carrera actoral de la bella y menuda mujer. Cuando menos eso se pensó en ese entonces. Sentenciada a tres años de libertad condicional, 480 horas de servicios comunitarios, 3700 dólares de multa, 6355 dólares de lo robado y con la orden de que acudiera a un tratamiento psicológico, los cargos le fueron levantados en 2004 y reducidos a delitos menores.
Pero recuperar todo lo que había perdido, volver a ser la de antes, aquella rutilante actriz tan llena de chispa y peculiar belleza, habría de resultar una labor ardua, casi un imposible.
Intentos hizo muchos, pero ninguno resultaba suficiente. La también intérprete en Alien Resurrection (1997, de Jean-Pierre Jeunet), Celebrity (1998, de Woody Allen), Girl, Interrumped (1999, de James Mangold) y Zoolander (2001, de Ben Stiller), a partir de su infortunado incidente con la justicia trabajo en varias cintas, pero ninguna le devolvió su antigua fama y, sobre todo, su buena imagen, a pesar de su participación en filmes como Black Swan (2010, de Darren Aronofsky) o Frankenweenie (2012, de Tim Burton, en la que prestó su voz al personaje de Elsa Van Helsing).
Impensadamente, sería la televisión la que la sacaría del pantano y en qué forma lo hizo. Primero, al participar en 2015 con un papel pequeño pero importante en la miniserie de HBO Show Me a Hero de David Simon, el mismo showrunner de The Wire y The Deuce.
Ello le valió para ser llamada por los hermanos Matt y Ross Duffer para realizar el papel de Joyce Byers, una madre divorciada que sufre la desaparición (en la primera temporada) y la posesión (en la segunda) del menor de sus dos hijos, en manos de una fuerza tan poderosa como horripilante que parece surgida de la literatura de H.P. Lovecraft.
Esta madre, en apariencia frágil e insegura, se torna en un huracán de decisión y fuerza de voluntad para luchar contra esa y otras fuerzas que tratan de destruir a su familia. Winona Ryder saca lo mejor de sí como actriz para dar vida a este personaje tan delirante como entrañable, un personaje que le ha significado el reconocimiento de la crítica especializada, pero sobre todo de los seguidores de Stranger Things y de aquel público que la idolatró a lo largo de una década, la última del siglo pasado, como una diva de culto absoluto.
Lo paradójico de Winona al interpretar a Joyce es que la Ryder jamás ha tenido hijos y para dar credibilidad a esta progenitora en su desesperada pelea por recobrar a su vástago, pidió un consejo crucial a su propia madre al preguntarle: “Mamá, si toda la lógica indica que perdiste un hijo y que es prácticamente imposible recuperarlo, ¿aún así te rehusarías a creerlo?”. La respuesta materna fue: “Absolutamente”. Esa fue la clave para que Winona Ryder se convirtiera en Joyce Byers y nos convenciera de su autenticidad.
(Publicado el día de hoy en el sitio Sugar & Spice)
miércoles, 15 de noviembre de 2017
Las chicas y la era de Aquarius
1969 fue un año muy importante para la historia de Occidente. No sólo por la llegada del hombre a la Luna, la inauguración del metro en la Ciudad de México, la muerte del rollingstone Brian Jones, la celebración del festival de Woodstock o el retorno a los escenarios de Elvis Presley, en Las Vegas, después de una década de ausencia en los mismos.
Fue importante también para el cine (es el año de grandes películas como Midnight Cowboy de John Schlesinger, Easy Rider de Dennis Hopper, La pandilla salvaje de Sam Peckinpah, La vía láctea de Luis Buñuel, Mi noche con Maud de Eric Rohmer, Z de Costa Gavras, Topaz de Alfred Hitchcock, They Shoot Horses, Don’t They? de Sydney Pollac, Butch Cassidy and the Sundance Kid de George Roy Hill, Satyricon de Federico Fellini y el debut cinematográfico de Woody Allen con Take the Money and Run) y la música (es el año de grandes discos como Abbey Road de los Beatles, Let It Bleed de los Rolling Stones, Nashville Skyline de Bob Dylan, Space Oddity de David Bowie, Barabajagal de Donovan, In the Court of the Crimson King de King Crimson, From Genesis to Revelation de Genesis, Bayou Country de Creedence Clearwater Revival, The Family That Plays Together de Spirit, Ummagumma de Pink Floyd, Stand Up de Jethro Tull, Santana de Carlos Santana, Crosby, Stills & Nash del trío homónimo y los dos primeros álbumes de Led Zeppelin).
Pero 1969 fue también el año en que terminó el sueño –para usar las palabras de John Lennon en su canción “God” de 1970. El sueño de la llamada contracultura y del quimérico movimiento hippie de la paz, el amor y el flower power. Ese año, el mismo de Woodstock y su reunión de medio millón de personas para escuchar música y convivir en completa tranquilidad y armonía, fue también el del festival de Altamont, en California, donde reinó la violencia y los temibles Hell Angels (contratados para resguardar la seguridad de los miles de asistentes) mataron a golpes y cuchilladas a un espectador de origen afroamericano; fue, asimismo, el año en que sucedió uno de los hechos más terribles en la historia del crimen: el de los asesinatos de la actriz Sharon Tate y un grupo de amigos suyos a manos de la secta del siniestro Charles Manson.
De eso trata la estupenda novela Las chicas (Anagrama, 2017) de la joven escritora estadounidense Emma Cline (Sonoma, California, 1989). Si bien su título podría prestarse a confusiones e incluso confundirse con Girls, la magnífica serie de HBO, en realidad el libro se relaciona mucho más con la serie Aquarius, de Netflix. Tanto ésta como el libro se refieren al mismo tema (la mencionada secta de Manson), aunque con tratamientos muy distintos. Pero enfoquémonos en el libro.
La novela de Cline narra esa malhadada historia, sucedida en agosto de 1969, y la enfoca desde el punto de vista de una de las adolescentes involucradas en la secta, si bien de manera más bien pasiva y tangencial. Cuando menos, Evie, la narradora, aunque está a punto de hacerlo, no participa finalmente en los crímenes y se entera de ellos días más tarde. Cline evita describir cómo sucedieron los crueles asesinatos y se centra más en la visión alejada y periférica de su personaje principal. En ese sentido, no se trata de un relato sangriento y su mayor mérito estriba en la manera como nos sumerge en el ambiente que reinaba al interior de la secta.
Con un estilo claro y ameno, la autora nos cuenta los acontecimientos desde dos perspectivas, ambas femeninas: la de Evie ya adulta, quien muchos años después recuerda con introspección aquella pesadilla, y la de Evie quinceañera –vibrante y rebelde adolescente–, al momento de vivir los hechos, luego de conocer incidentalmente a “las chicas” de Manson (quien aquí recibe el nombre de Russell) e involucrarse con ellas de diversas maneras.
A pesar de una traducción que abusa un tanto de los gerundios, la novela es muy buena y recomendable, pues consigue recrear con exactitud y credibilidad la atmósfera de aquellos días en los que el utópico sueño hippie de la paz y el amor se transformó en súbita y distópica violencia homicida.
Emma Cline. Las chicas (The Girls). Anagrama, 2016. 336 pp.
(Publicado el día de ayer en el sitio Sugar & Spice)
Fue importante también para el cine (es el año de grandes películas como Midnight Cowboy de John Schlesinger, Easy Rider de Dennis Hopper, La pandilla salvaje de Sam Peckinpah, La vía láctea de Luis Buñuel, Mi noche con Maud de Eric Rohmer, Z de Costa Gavras, Topaz de Alfred Hitchcock, They Shoot Horses, Don’t They? de Sydney Pollac, Butch Cassidy and the Sundance Kid de George Roy Hill, Satyricon de Federico Fellini y el debut cinematográfico de Woody Allen con Take the Money and Run) y la música (es el año de grandes discos como Abbey Road de los Beatles, Let It Bleed de los Rolling Stones, Nashville Skyline de Bob Dylan, Space Oddity de David Bowie, Barabajagal de Donovan, In the Court of the Crimson King de King Crimson, From Genesis to Revelation de Genesis, Bayou Country de Creedence Clearwater Revival, The Family That Plays Together de Spirit, Ummagumma de Pink Floyd, Stand Up de Jethro Tull, Santana de Carlos Santana, Crosby, Stills & Nash del trío homónimo y los dos primeros álbumes de Led Zeppelin).
Pero 1969 fue también el año en que terminó el sueño –para usar las palabras de John Lennon en su canción “God” de 1970. El sueño de la llamada contracultura y del quimérico movimiento hippie de la paz, el amor y el flower power. Ese año, el mismo de Woodstock y su reunión de medio millón de personas para escuchar música y convivir en completa tranquilidad y armonía, fue también el del festival de Altamont, en California, donde reinó la violencia y los temibles Hell Angels (contratados para resguardar la seguridad de los miles de asistentes) mataron a golpes y cuchilladas a un espectador de origen afroamericano; fue, asimismo, el año en que sucedió uno de los hechos más terribles en la historia del crimen: el de los asesinatos de la actriz Sharon Tate y un grupo de amigos suyos a manos de la secta del siniestro Charles Manson.
De eso trata la estupenda novela Las chicas (Anagrama, 2017) de la joven escritora estadounidense Emma Cline (Sonoma, California, 1989). Si bien su título podría prestarse a confusiones e incluso confundirse con Girls, la magnífica serie de HBO, en realidad el libro se relaciona mucho más con la serie Aquarius, de Netflix. Tanto ésta como el libro se refieren al mismo tema (la mencionada secta de Manson), aunque con tratamientos muy distintos. Pero enfoquémonos en el libro.
La novela de Cline narra esa malhadada historia, sucedida en agosto de 1969, y la enfoca desde el punto de vista de una de las adolescentes involucradas en la secta, si bien de manera más bien pasiva y tangencial. Cuando menos, Evie, la narradora, aunque está a punto de hacerlo, no participa finalmente en los crímenes y se entera de ellos días más tarde. Cline evita describir cómo sucedieron los crueles asesinatos y se centra más en la visión alejada y periférica de su personaje principal. En ese sentido, no se trata de un relato sangriento y su mayor mérito estriba en la manera como nos sumerge en el ambiente que reinaba al interior de la secta.
Con un estilo claro y ameno, la autora nos cuenta los acontecimientos desde dos perspectivas, ambas femeninas: la de Evie ya adulta, quien muchos años después recuerda con introspección aquella pesadilla, y la de Evie quinceañera –vibrante y rebelde adolescente–, al momento de vivir los hechos, luego de conocer incidentalmente a “las chicas” de Manson (quien aquí recibe el nombre de Russell) e involucrarse con ellas de diversas maneras.
A pesar de una traducción que abusa un tanto de los gerundios, la novela es muy buena y recomendable, pues consigue recrear con exactitud y credibilidad la atmósfera de aquellos días en los que el utópico sueño hippie de la paz y el amor se transformó en súbita y distópica violencia homicida.
Emma Cline. Las chicas (The Girls). Anagrama, 2016. 336 pp.
(Publicado el día de ayer en el sitio Sugar & Spice)
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domingo, 5 de noviembre de 2017
Judah Friedlander: stand up comedy en estado puro
“Me gustan las trilogías. Por eso me emociona la Tercera Guerra Mundial.
Judah Friedlander
A pesar de su aparente simplicidad (un comediante provisto de un micrófono en un foro desnudo), la stand up comedy es una de las artes escénicas más difíciles de realizar. Me refiero, claro, a realizarla bien. Con inteligencia, ingenio, agudeza, humildad y un sentido del humor ácido y negro.
Hoy, todos quieren ser “estandoperos”. Incluso en México. Pero no cualquiera posee los dones para serlo como se debe. Por eso hay tantos que tratan de practicarlo y fracasan en forma estruendosa. Incluso en México. Sobre todo en México.
Este arte que tuvo como pioneros a comediantes del tamaño de Groucho Marx, Woody Allen, Lenny Bruce, Andy Kaufman y Jerry Seinfeld, hoy está en boga y existe una sobrepoblación de sus practicantes. Uno puede asomarse a Netflix o a Comedy Central y ver a una enorme cantidad de cómicos “parados” (traducción literal de stand up), quienes presentan los más variados estilos. Los hay estridentes y sobreactuados. Los hay contenidos y de bajo perfil. Los hay lerdos y artificiosos. Los hay certeros y afilados. Lógicamente, los hay muy buenos y los hay muy malos.
Entre los comediantes actuales de stand up, yo destacaría cinco nombres: Lewis Black, Marc Maron, Wanda Sykes, Aziz Ansari y Judah Friedlander. Me centraré en este último, ya que Netflix acaba de estrenar America Is the Greatest Country in the United States, una especie de documental en blanco y negro, con una sorprendente economía de recursos y un contenido tremenda y saludablemente crítico y corrosivo.
Estelarizado, escrito, producido y dirigido por el propio Friedlander (quien se hiciera conocido como Frank Rossitano, uno de los personajes de la serie de televisión 30 Rock de 2006-2013), este especial de stand up comedy presenta una de las críticas más severas, astutas y jocosas al american way of life, al nacionalismo estadounidense (de ahí el irónico título), a los políticos (y a los ciudadanos) de aquel país y a asuntos como el racismo, las drogas, las armas, el sexo (y el sexismo), la educación y hasta las piñatas.
Judah Friedlander posee una rapidez mental asombrosa cuando dialoga con el público presente en un pequeño local de Nueva York y responde a las cuestiones que este le va planteando de manera improvisada y sin guión previo. Su ingenio apela a la inteligencia del espectador, a quien convierte en su cómplice, ya sea que esté de acuerdo o no con lo que dice.
Alejado de cualquier corrección política, el comediante no deja títere con cabeza. Sí, hay fuertes y muy divertidas críticas a Donald Trump, pero también a quienes lo entronizaron en la Casa Blanca y a quienes votaron en contra. Hay un fuerte sarcasmo hacia el establishment político de los Estados Unidos, pero también contra los ciudadanos que desde una cómoda y segura posición tranquilizan su conciencia al subir un par de tuits “cuestionadores" al día.
Hay decenas de frases memorables a lo largo de la hora con 24 minutos que dura America Is the Greatest Country in the United States. Véala usted. Le garantizo que lo hará reír y lo hará pensar.
(Texto que escribí para el sitio Sugar & Spice y que se publicó el día de ayer)
Judah Friedlander
A pesar de su aparente simplicidad (un comediante provisto de un micrófono en un foro desnudo), la stand up comedy es una de las artes escénicas más difíciles de realizar. Me refiero, claro, a realizarla bien. Con inteligencia, ingenio, agudeza, humildad y un sentido del humor ácido y negro.
Hoy, todos quieren ser “estandoperos”. Incluso en México. Pero no cualquiera posee los dones para serlo como se debe. Por eso hay tantos que tratan de practicarlo y fracasan en forma estruendosa. Incluso en México. Sobre todo en México.
Este arte que tuvo como pioneros a comediantes del tamaño de Groucho Marx, Woody Allen, Lenny Bruce, Andy Kaufman y Jerry Seinfeld, hoy está en boga y existe una sobrepoblación de sus practicantes. Uno puede asomarse a Netflix o a Comedy Central y ver a una enorme cantidad de cómicos “parados” (traducción literal de stand up), quienes presentan los más variados estilos. Los hay estridentes y sobreactuados. Los hay contenidos y de bajo perfil. Los hay lerdos y artificiosos. Los hay certeros y afilados. Lógicamente, los hay muy buenos y los hay muy malos.
Entre los comediantes actuales de stand up, yo destacaría cinco nombres: Lewis Black, Marc Maron, Wanda Sykes, Aziz Ansari y Judah Friedlander. Me centraré en este último, ya que Netflix acaba de estrenar America Is the Greatest Country in the United States, una especie de documental en blanco y negro, con una sorprendente economía de recursos y un contenido tremenda y saludablemente crítico y corrosivo.
Estelarizado, escrito, producido y dirigido por el propio Friedlander (quien se hiciera conocido como Frank Rossitano, uno de los personajes de la serie de televisión 30 Rock de 2006-2013), este especial de stand up comedy presenta una de las críticas más severas, astutas y jocosas al american way of life, al nacionalismo estadounidense (de ahí el irónico título), a los políticos (y a los ciudadanos) de aquel país y a asuntos como el racismo, las drogas, las armas, el sexo (y el sexismo), la educación y hasta las piñatas.
Judah Friedlander posee una rapidez mental asombrosa cuando dialoga con el público presente en un pequeño local de Nueva York y responde a las cuestiones que este le va planteando de manera improvisada y sin guión previo. Su ingenio apela a la inteligencia del espectador, a quien convierte en su cómplice, ya sea que esté de acuerdo o no con lo que dice.
Alejado de cualquier corrección política, el comediante no deja títere con cabeza. Sí, hay fuertes y muy divertidas críticas a Donald Trump, pero también a quienes lo entronizaron en la Casa Blanca y a quienes votaron en contra. Hay un fuerte sarcasmo hacia el establishment político de los Estados Unidos, pero también contra los ciudadanos que desde una cómoda y segura posición tranquilizan su conciencia al subir un par de tuits “cuestionadores" al día.
Hay decenas de frases memorables a lo largo de la hora con 24 minutos que dura America Is the Greatest Country in the United States. Véala usted. Le garantizo que lo hará reír y lo hará pensar.
(Texto que escribí para el sitio Sugar & Spice y que se publicó el día de ayer)
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