jueves, 31 de diciembre de 2015

2015, un balance personal

Pues no me puedo quejar. En lo personal y en mi círculo cercano fue un buen año. Para mí, fue el año de Matar por Ángela, ya que la editorial Lectorum (que es decir Porfirio Romo) me la publicó en mayo pasado y al parecer le está yendo bien. Tuvimos tres presentaciones, dos en el DF y otra en la FIL de Guadalajara, y las tres resultaron estupendas y muy divertidas. Gracias debo dar a Ciro Gómez Leyva, Héctor de Mauléon, Adrián Ramírez Serret, Eduardo Limón y, sobre todo, Julio Patán (quien participó en las tres presentaciones; bueno, Lalo estuvo en dos y ambos me invitaron a sus programas de tele Final de Partida, en Foro TV, y Triángulo de letras, en Canal 22, además del programa de radio que Limón tiene en el sitio Puentes).
  Hace unos días entregué a Lectorum mi segunda novela, La suerte de los feos, que espero sea aceptada y publicada, y estoy a la mitad de la tercera, la cual lleva como título provisional Emiliano y que narra la vida de mi abuelo, quien como ya he contado en varias ocasiones, fue diputado constituyente por el estado de Sinaloa en el Congreso de Querétaro de 1917, el que nos dio nuestra actual Constitución Política. También empecé una cuarta novelita que tiene que ver con la ciudad de París, pero que por el momento se encuentra en stand by.
  Mi trabajo se mantuvo constante y productivo y calculo haber publicado unos 120 o 130 artículos en Milenio, Nexos, Marvin, Laberinto y algún otro medio. Este blog sigue siendo escrito a diario y he tenido un promedio de once mil lectores mensuales. En la música, estuve activo como compositor y escribí un total de doce nuevas canciones. Hay planes para grabar algunas a principios de 2016 y a ver qué pasa.
  En lo familiar, fue un muy buen año. Jan regresó de su periplo de dos años y medio por el Lejano Oriente, al lado de su amada Liza y todo está muy bien entre ellos. Alain sigue creciendo como DJ y como promotor musical y su relación con mi preciosa nuera Hallet es cada vez más sólida. Mi mamá ya se acerca a los 94 años de edad (cumplió 93 en enero) y permanece muy sana, salvo por la sordera que es muy aguda y la memoria que suele traicionarla. Con Myrna e Ivette, mis hermanas, todo está bien, lo mismo que con sus hijos. Los únicos dos hechos malos sucedidos a nivel familiar fueron el fallecimiento de mi primo Marco Antonio y el problema de salud que tuvo mi prima Marcela, aunque parece que logró superarlo.
  Conservo intacta mi amistad con Adolfo, aun cuando nos vimos poco este año. Respecto a mis amigas, mantuve la cercana amistad de las más entrañables, dos o tres se alejaron (sin ser entrañables) y conocí a una decena de nuevas amies, algunas de las cuales han resultado espléndidas personas. Espero pronto conocer a varias más que prometieron verme el próximo año.
  Debo anotar que sufrí un par de decepciones. Una, no tan importante, por parte de un editor que presume de ser muy ético y puro, pero que resultó todo lo contrario y se comportó conmigo como un patanazo de la peor ralea (primero, llenándome de promesas y zalamerías y luego dándome la espalda y comportándose de manera grosera y miserable, sin dar una explicación coherente a su conducta). La segunda, mucho más dolorosa, por parte de quien yo consideraba uno de mis mejores y más queridos amigos, casi un hermano, y quien mostró una cara inesperada, al cortar por lo (in)sano debido a sus diferencias ideológicas conmigo. De veras que ha sido algo muy triste y decepcionante, pues siempre mantuve otra imagen de él. En ambos casos, me reservo los nombres, no vale la pena mencionarlos.
  Pues bien, espero un todavía mejor 2016. Hay planes y perspectivas para nuevas cosas y me siento tranquilo respecto a lo que tengo. Sobre todo espero que la salud, el trabajo y el amor se mantengan tan altos como en 2015 (dije el amor, no el enamoramiento, que conste).
  Un gran abrazo para todos los que me hacen el honor de asomarse a este blog.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Los sanguinarios y los atrapados

Un libro monumental no tiene que ser un libro con muchas páginas. Ahí está Pedro Páramo para comprobarlo. No sé si este pequeño volumen de cuentos de Cornell Woolrich (bajo su seudónimo más famoso, el de William Irish) sea monumental, pero los cuatro relatos que lo conforman sí son grandiosos.
  Tengo este volumen, editado por Alianza Editorial, desde mediados de los años setenta (de ahí lo maltratado de su portada, ver foto) y es hasta ahora que lo leí. Estupenda decisión haberlo hecho, ya que los cuentos de este Nightwebs III, su título original en inglés (lo de Los sanguinarios y los atrapados me parece un nombre muy malito, como de programador de películas a la hora de traducir los títulos de las mismas), son de una estructura, una escritura y un encanto inigualables. Cuentos negros los cuatro, policiacos, situados en la época de la depresión estadounidense. Cuentos deliciosamente amorales, en los que el bien no triunfa y el mal suele salirse con la suya..., aunque no siempre.
  "El alarido de risa" (o de cómo un hombre de talante malhumorado puede ser víctima de un ataque inducido de carcajadas), "Un asesinato y medio" (un salón de baile, dos mujeres, dos pretendientes, un crimen inesperado), "La muerte de pie" (un cuento a la Horace McCoy, torneo maratónico de baile incluido) y "Una noche en Barcelona" (un relato sublime, delicioso, atrapante, con un desenlace magnífico: el mejor de los cuatro) son los cuatro textos de este volumen de escasas 130 páginas que me tuvieron sentado, metafóricamente, en la orilla de la butaca.
  No sé si se pueda conseguir aún (lo compré en la Gandhi por allá de 1975), pero lo recomiendo sin ambajes. Quiero leer más cosas de Woolrich, es decir, de Irish.

martes, 29 de diciembre de 2015

2015: un recuento

Mejor disco: The Expanding Flower Planet de Deradoorian.
Mejor canción: “Lonesome Street” de Blur.
Mejor disco de rock: Policy de Will Butler.
Mejor disco de art rock: Carrie & Lowell de Sufjan Stevens.
Mejor disco de alt-rock: I Love You, Honeybear de Father John Misty.
Mejor disco de alt-folk: B’lieve I’m Goin Down de Kurt Vile .
Mejor disco de rock clásico: Crosseyed Heart de Keith Richards.
Mejor disco de garage rock: This Is The Sonics de The Sonics.
Mejor disco experimental: Vulnicura de Björk.
Mejor disco de hip-hop: To Pimp a Butterfly de Kendrick Lamar
Mejor disco de rockpop: Girls in Peace Time Want to Dance de Belle and Sebastian.
Mejor disco de rock progresivo: Rattle That Lock de David Gilmour.
Mejor disco de rock duro: Sol Invictus de Faith No More.
Mejor disco de metal: New Bermuda de Deafheaven.
Mejor disco de electrónica: Hairless Toys de Róisín Murphy.
Mejor disco de avant-garde: Elaenia de Floating Points.
Mejor disco de alt-country: Down to Believing de Allison Moorer.
Mejor disco de blues: Don’t Lose This de Pops Staple.
Mejor disco de jazz: Afrodeezia de Marcus Miller.
Mejor regreso: Paul Weller con Saturn’s Pattern.
Mejor reedición discográfica: The Days of Wine and Roses de The Dream Syndicate.
Peor disco: Empate técnico entre Drones de Muse y A Head Full of Dreams de Coldplay.
Mejor película de rock: Love & Mercy de Bill Pohlad.
Mejor documental de rock: The Wrecking Crew de Denny Tedesco.

México: 

Mejor disco: La especie del ojo funky de Sr. Mandril.
Peor disco: Empate técnico entre Amor supremo de Carla Morrison y Todo Fine de Juan Cirerol.

(Versión corregida y aumentada de mi columna "Gajes del orificio" de hoy en la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 28 de diciembre de 2015

Hace veinticuatro años...

El día de los inocentes de 1991 fue un día muy triste para mí, para mi familia y para mucha gente que lo amaba. Ese 28 de diciembre mi padre dejó de existir en esta vida, víctima de la diabetes. Si no se la trató cuando debió hacerlo, si fue irresponsable o no creyó que fuera tan grave cuando se la detectaron, eso, hoy, a veinticuatro años de distancia, ha dejado de tener importancia. Así fueron las cosas y no hay remedio.
  Se fue cuando le faltaban cinco días para cumplir los setenta y un años (este próximo dos de enero cumpliría noventa y cinco). Mucho tiempo lo tuve en el recuerdo, pero no lo sentí tan presente como a partir del 28 de diciembre de 2006, cuando súbitamente empecé a tenerlo muy cerca de mí. De eso hace nueve años. Hoy vuelvo a recordarlo aquí, pero sé que me acompaña día con día. Mi padre, Juan García Ayala.

domingo, 27 de diciembre de 2015

El rock del 2015

Will Butler
Si entre 2007 y 2012 el rock que se hace en el mundo mantuvo altos niveles de calidad y se produjeron discos excepcionales, a partir de 2013 comenzó una curva descendente que prosiguió en 2014 y se reconfirmó en este 2015 que nos deja…, sin dejarnos obras realmente memorables.
  No es que no haya buenos discos o buenas canciones, pero son los menos y cierta mediocridad (cuyas causas intentaré mencionar somera e interrogativamente) imperó a lo largo de estos más recientes doce meses.
  ¿Qué está sucediendo? ¿Se agotó la creatividad? ¿El rock se volvió tan promiscuo que al aceptar mezclarse con cualquier otro género está terminando por diluirse? ¿La subcultura del “sencillo” en detrimento del álbum, favorecida por la descarga individual de canciones, empobreció el panorama? ¿La oferta musical es ahora tan vasta y tan gratuita que ante la falta de control de calidad se ha empobrecido la música hasta niveles miserables? ¿Son ya imposibles la dinámica, la renovación, la frescura, la sorpresa, el riesgo, el atrevimiento, la ruptura, el desafío que eran algunas de las constantes inherentes a este género? Si tantos grandes músicos siguen activos, ¿por qué han dejado de crear las maravillas de las que fueron capaces en las décadas pasadas e incluso a principios de la actual? ¿Estamos en un impasse, en un periodo de transición o de plano asistimos a la decadencia definitiva del rock a sus sesenta años de existencia?
  Estas y otras muchas preguntas me vienen a la mente y no encuentro respuestas convincentes. No quiero ser fatalista, pero tampoco albergo grandes esperanzas. Me queda claro que en el rock ya hay muy poco por inventar, pero el reciclamiento en espiral del género no debe perderse, pues se corre el riesgo de que se transforme en círculo vicioso. Cuando uno escucha, por ejemplo, los discos que dos leyendas (una más que la otra) de la música popular como Brian Wilson y Jeff Lynne produjeron este año, se encuentra con dos obras impecables, muy bellas, con canciones estupendas, pero que suenan al Wilson de los sesenta y al Lynne de los ochenta. No hay avance en espiral: es el mismo círculo cerrado en sí mismo.
  Ello para no hablar del rock que se hacía en México –y digo se hacía con toda intención–, porque hoy el género parece haberse desvanecido en aras de una grosera mescolanza de músicas que van de la cumbia a la onda grupera y de la canción “romántica” al pop más insulso y más inocuo. Ya para que el acontecimiento del año en nuestro país haya sido el inventito ese del Rock en tu Idioma Sinfónico es que las cosas están para llorar (eso para no hablar de que este año se grabó una de las peores –no quiero pecar de negativo y decir que es la peor– canciones en la historia del rockcito nacional: “Kalimán” de Saúl Hernández).
  Tratemos sin embargo de hablar de lo más rescatable dentro de la producción discográfica del año que se va. Hay obras tanto de músicos jóvenes como de músicos veteranos y los estilos son diversos, pero todos entran dentro de la órbita de lo que todavía podemos considerar como rock. Esta es mi propuesta, absolutamente subjetiva, por supuesto, para los doce mejores álbumes de rock del 2015:

  1.- Deradoorian. The Expanding Flower Planet. Angel Deradoorian abandonó a los Dirty Projectors para hacer esta joya. Música a la vez sólida y etérea, rítmica y melódica, enraizada en una world music minimalista, con preciosas armonías vocales.

  2.- Will Butler. Policy. Miembro fundador de Arcade Fire y hermano del líder del grupo, Win Butler, Will lanzó su primer disco como solista que remite, sí, a Arcade Fire, pero también a los Talking Heads y hasta los Strokes. Un trabajo tan variado como interesante.

  3.- Sufjan Stevens. Carrie & Lowell. Stevens suele hacer discos muy personales, pero éste es el más personal, el más íntimo, el más sentido y sensible de todos, pues rinde homenaje a su madre recién fallecida. Música austera y de enorme hermosura. Una belleza.

  4.- Björk. Vulnicura. A la islandesa le da muy seguido por hacer discos tristes y depresivos. Este no sólo es triste y depresivo, sino que alcanza los terrenos de la devastación emocional. Para masoquistas irredentos, pero con la calidad de Björk.

  5.- Keith Richards. Crosseyed Heart. El gran jefe Stone regresó al terreno de los álbumes solistas con esta maravilla llena de blues, soul, reggae y demás sonidos negros. Nada nuevo bajo el sol, pero Richards no lo necesita: con su alma rocanrolera a toda prueba la basta y sobra.

  6.- Kurt Vile. B’lieve I’m Goin Down. Rock folk áspero y grasoso, con grandes canciones y arreglos que incluyen guitarras, banjos y secas percusiones. Un trabajo impecable en la mejor tradición poética y trovadoresca de Bob Dylan y Neil Young.

  7.- Courtney Barnett. Sometimes I Sit And Think, And Sometimes I Just Sit. Una joven australiana que hace un rock simple, duro y fresco en la mejor tradición de Patti Smith y Liz Phair. Todo un descubrimiento.

  8.- Father John Misty. I Love You, Honeybear. El segundo disco del músico y compositor Josh Tillman ha sido mejor recibido que su anterior Fear Fun de 2012, quizá por ser más accesible y radiable. Una obra fina, divertida y muy disfrutable.

  9.- Paul Weller. Saturn’s Pattern. La prueba más fehaciente no sólo del talento del antiguo líder de The Jam, sino de su sabiduría para mantenerse actual y no sonar nostálgico. Estupendo.

  10.- Blur. The Magic Whip. No es el mejor trabajo del cuarteto británico, pero Blur es Blur y esta excelente colección de canciones en momentos recuerda lo más destacado de su producción britpopera.

  No se me malentienda. Todos estos discos son realmente buenos. Hay muy agradables sorpresas, como los casos de Deradoorian, Will Butler y Courtney Barnett. También carreras que se consolidan, como las de Sufjan Stevens, Kurt Vile y Father John Misty, para no hablar de sólidos álbumes de veteranos como Björk, Blur, Paul Weller y el grande y entrañable Keith Richards. Sin embargo, no hay un disco al que podamos vislumbrar como un clásico, como una obra que dentro de veinte o treinta años se considere imprescindible. Eso es lo que hace que uno se pregunte si la veta creativa está tan agotada como para arribar a esos niveles, a esas alturas desde las cuales un disco se transforma en algo inmortal.
  Quizá peco de romántico o de añorante de otras décadas, cuando los discos clásicos se daban por racimos, o tal vez ya resulte imposible lograr eso en una época tan ecléctica y poco exigente como la actual. De cualquier forma, a mi modo de ver 2015 no fue un año demasiado importante para el rock. Veremos lo que nos trae el 2016.

(Publicado el pasado 24 de diciembre en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario). 

sábado, 26 de diciembre de 2015

I have a (guajiro) dream

Tal vez sea por la Navidad o por la cercanía con el día de los Inocentes. Tal vez peque yo de esto mismo. Pero en ocasiones me da por soñar que un día la enorme mayoría de los mexicanos nos unimos y dejamos de estarnos dando de palos y de jalarnos las cobijas, que dejamos de ser esos cangrejos de los que suele hablar el tocayo Hugo Sánchez y nos embarcamos en causas comunes como una verdadera cruzada por la educación (nuestro gran problema a mi modo de ver) o un combate real en contra de la pobreza extrema o una lucha frontal para abatir la injusticia o tantas cosas que nos lastiman como país pero que dejamos seguir por defender nuestros propios y muy particulares intereses.
  Si uno observa a los políticos, sean del signo que sean, todos dicen profesar un profundo amor por la Patria. Así ha sido históricamente, desde 1821, cuando nos proclamamos independientes. A lo largo del siglo XIX, liberales y conservadores pelearon a muerte y ambos lo hacían en nombre del bienestar de México. Juárez se decía patriota, pero Miramón hacía lo mismo y ambos se acusaban mutuamente de traidores: Miramón era un traidor, decía Juárez, por buscar la protección de Francia: Juárez era un traidor, decía Miramón, por buscar la protección de los Estados Unidos.
  Durante la revolución mexicana, todos los bandos afirmaban que lo único que deseaban era el bienestar del país y se mataban unos a otros. Huerta mató a Madero, Carranza eliminó a Zapata, Obregón se encargó de Carranza, Calles despachó a Obregón y así ad infinitum. Todo en nombre del interés superior de la Patria.
  ¿Será que no hay otra manera de luchar por México que dándonos en la madre los unos a los otros? Hoy mismo y sobre todo desde 2006 en esas también andamos: se profesa el odio, se fomenta la división, se proclama la desconfianza, se capitaliza el rencor. Todo para beneficiar a intereses particulares y en ocasiones hasta personales. “No me importa polarizar a los mexicanos con tal de salirme con la mía”, dice alguno por ahí.
  ¿Luchar todos juntos por un fin común? Ilusión de día de los Inocentes.
  Yes, I have a dream…, a guajiro dream.
  Feliz 2016, a pesar de todo.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 25 de diciembre de 2015

Drugstore / White Magic for Lovers (1998)

Algo tiene este disco que sin ser extraordinario se vuelve entrañable. ¿Es la voz de Isabel Monteiro, su vocalista brasileña? ¿Son algunas de sus canciones, como la célebre “El Presidente” que incluye la voz a dueto de Thom Yorke? Es eso y más: una serie de melodías en su mayoría mágicas y atrayentes, un rock pop que dice mucho más de lo que aparenta.

Mejor tema: “Say Hello”

jueves, 24 de diciembre de 2015

Santa Claus: un gordo bajo sospecha

Yo, con un émulo de Santa Claus, en 1955.
Dos razones poderosas hicieron que en fechas recientes decidiera ponerme a dieta. No fue, como algunos amigos piensan, por cuestiones sentimentales o para gustarle a cierta mujercita que de un buen tiempo atrás me mueve el tapete. Los hechos fueron mucho más prosaicos. Primero, cuando mi prima Marcela le habló de mí a su pequeña hija Arantxa, quien no me recordaba, definiéndome de la siguiente manera: “Acuérdate, es tu tío el gordito”. La otra, cuando hace poco más de un mes alguien me dijo entre broma y en serio: “¡Ése mi Santa Clos!”. La referencia me pareció nefasta y desde entonces he bajado cuatro kilos.
  La verdad sea dicha, nunca he simpatizado con el viejo obeso y abotagado de largas barbas blancas que se viste de rojo, vive en el Polo Norte, conduce un trineo jalado por renos y se ríe con un sangrón jo jo jo. No es que yo pertenezca al bando de los Reyes Magos, quienes me resultan bastante anodinos y además siempre me traían muy poquitas cosas. La verdad es que como buen hijo de familia mexicana tradicionalista y muy católica, quien me llevaba juguetes y ropa la noche del 24 de diciembre era el Niño Dios, no el gordo colorado a quien los cursis y los publicistas (o los cursis publicistas) llaman (¡horror!) Santa.
  Al igual que el Halloween, la de Santa Claus es una tradición impuesta que se mezcla de la manera más promiscua con nuestras viejas celebraciones, como el Día de muertos y las fiestas navideñas. El hecho resulta inevitable e irreversible, aunque lo queramos catalogar como parte de la maquiavélica penetración cultural perpetrada por el imperialismo norteamericano, etcétera. Alguna vez me opuse por razones ideológicas al rollo del trick or treat y a que los alumnos de jardín de niños se disfrazaran de brujas y dráculas y le dijeran misses a las maestras. Hoy francamente me da lo mismo. En cuanto a Santa Claus, mi desagrado no es por causas políticas, sino simple y llanamente porque el gordo me cae idem.
  Cuenta la leyenda que San Nicolás era un humilde y dadivoso sacerdote escandinavo, quien cada Navidad ayudaba a la gente más pobre con comida y regalos. El noble hombre cargaba las cosas en un saco que se echaba a la espalda y así iba visitando los diferentes villorrios a pesar del intenso frío nórdico. Gracias a su bondad, cuando ya era un anciano fue nombrado obispo y tras su muerte, la Iglesia católica lo proclamó santo. Esa es toda la historia. La fabricación del personaje vino después.
  En holandés, San Nicolás es Sinterklaas, apelativo que derivó en el inglés Santa Claus. En Francia lo bautizaron como Pére Noel (Papá Navidad) y en español se tradujo a Papá Noel, nombre con el cual aún se le conoce en algunos países hispanoamericanos como Colombia. Sin embargo, su apariencia nada tenía que ver con el regordete tipo vestido de rojo y blanco. De hecho, el original San Nicolás ni siquiera era robusto. Quién sabe cómo se le ocurrió, pero Haddon Sundblom, un dibujante norteamericano que trabajaba para la Coca Cola (un “creativo” le dirían hoy día), inventó al panzón colorado de largas y albas barbas para una campaña publicitaria de la misma poderosa compañía refresquera en la cual hiciera sus pininos nuestro señor presidente Fox. Hay quienes dicen que Sundblom se basó en la descripción que de Papá Noel hizo el escritor Clement C. Moore en su poema “Una visita de San Nicolás”. A lo mejor sí, a lo mejor no, aunque lo más seguro es que quién sabe. Lo que importa es que a partir de ahí, la Coca Cola (¿recuerda usted cuando los ultras de nuestra ínclita izquierda llamaban a tal bebida “las aguas negras del imperialismo yanqui”, aun cuando no dejaban de usarla para preparar sus cubas libres con ron Habana Club?) comenzó a difundir la imagen hechiza del tal Claus y a fuerza de repetirla de una y mil maneras y por mil y un medios, terminó por incrustarla en el inconsciente colectivo hasta convertirla en figura mundial. Desde entonces, los niños de buena parte del planeta le mandan cartas al gordinflas cada diciembre, para pedirle toda clase de juguetes que sus progenitores (los de los niños, no los del barrigón) pagamos sin remedio alguno.
  Ver a muchos paisanos nuestros disfrazados de santacloses cada fin de año es de pena ajena. Ciertamente se trata de una manera de paliar el desempleo, pero los pobres no sólo se ahogan de calor debajo de esos gruesos trajes rojos y esas barbas y pelucas postizas, sino que tienen que soportar a infinidad de escuincles malévolos y caprichosos, quienes se les sientan en las rodillas para exigirles cosas que los desdichados tipos jamás podrán llevar a sus propios hijos. Uf, ya me estoy poniendo demasiado dickensiano y políticamente correcto y eso sí que me da escozor (si me sigo, al rato voy a comparar a Santa Claus con el Tío Sam y luego a ver quién me para). Mejor terminemos este breve artículo con un fragmento del diálogo entre Pánfilo, una de las ardillitas de Lalo Guerrero, y uno de sus hermanitos:

  Panfilo (cantando): Yo voy a pedirle este año al Santo Clos que me traiga una novia y si puede traiga dos.
  Hermanito: ¡Pánfilo! Tú todo el tiempo con tus groserías. No sé qué voy a hacer contigo. Estoy seguro que Santa Claus no te va a traer nada.
  Pánfilo: Al cabo que yo no soy cliente de ese señor.

  Feliz Navidad.

(Publicado en diciembre de 2003 en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Bullets Over Broadway

Volver a ver después de tantos años esta cinta escrita y dirigida en 1994 por Woody Allen hizo que me sorprendiera, porque nunca la cito cuando mencionó mis cinco (y ni siquiera mis diez) películas favoritas de mi cineasta favorito. Gran pecado el mío, porque esta Balas sobre Broadway es una completa maravilla, una joya que yo había enterrado un poco en el olvido (ni siquiera le tengo en mi colección de devedés de Allen) y que al verla de nueva cuenta prácticamente me ha hecho redescubrirla y revalorarla.
  La historia de un dramaturgo (David Shayne, interpretado por el buen John Cusack) que a fines de los años veinte del siglo pasado consigue financiamiento de un gangster para poner una obra de teatro en Broadway y todo lo que a partir de ello deviene, se convierte no sólo en una gran comedia, sino en toda una reflexión, a la vez humorística y violenta, cínica y ácida, acerca de la moralidad, el pecado y el crimen y de cómo podemos justificar desde la gula y la traición hasta la mentira, el engaño e incluso el asesinato con argumentaciones a nuestra conveniencia ("un artista crea su propio universo moral", dice uno de los personajes en algún momento).
  La trama resulta estupenda y tiene mucho de novela negra al estilo de Raymond Chandler y Dashiel Hammet. Sobre todo vemos lo que sucede detrás del escenario, a lo largo de los ensayos: las envidias y la competencia entre los actores (y peor aún entre las actrices), los problemas con el mal libreto de Shayne, las exigencias del gangster que condiciona el financiamiento a que Olive, su amante, tenga uno de los papeles principales, pero sobre todo esa genial vuelta de tuerca que se produce cuando el guardaespaldas de Olive se da cuenta de los errores del autor de la obra y empieza a meterse en su libreto, lo que provoca la ira de éste y más tarde su reconocimiento al talento natural del matón, llamado simplemente Cheech e interpretado magistralmente por un enorme Chazz Palmintieri.
  Lo que acontece en adelante y el desenlace del filme lo dejo para que lo disfruten.
  Grandísima película de Woody Allen; si nunca la han visto, no se la pierdan. Es mucho mejor que la sobrevalorada Blue Jasmine y está a partir de ya entre mis primeras cinco, luego de Manhattan, Annie Hall, Crímenes y pecados y Hanna y sus hermanas.

martes, 22 de diciembre de 2015

Tres nuevas caras del 2015

Como comenté la semana pasada, el año 2015 no ha sido especialmente pródigo en buena música, especialmente en ese ámbito ya tan inasible y vago que solemos denominar como rock, en el que caben tantas cosas. Sin embargo, hubo propuestas muy interesantes y músicos nuevos que vinieron a refrescar la escena.
  No es gente del mainstream, sino artistas (en el mejor y más estricto sentido de la palabra) que vienen desde el anonimato subterráneo o de posiciones que no tienen que ver con lo que los medios más valoran (que suele ser lo que menos valor tiene).
  En específico, este año me encontré con tres cantantes y compositores cuyos trabajos discográficos en verdad me sorprendieron, no tanto por su originalidad (¿es posible a estas alturas de la historia del rock crear algo realmente original?), sino por su frescura, su autenticidad, sus ganas de hacer algo que no vaya por donde marca la industria de la música.
  Dos hombres y una mujer. Uno del Canadá, otro de los Estados Unidos y ella de Australia. Will Butler, Matthew E. White y Courtney Barnett son sus nombres y si algo tienen los tres en común es su honestidad creativa y sus deseos de hacer música por el amor a ello y no con fines meramente comerciales. Sus estilos, aunque distintos entre sí, se hermanan por su vena rocanrolera que toma elementos de diversos subgéneros y de distintas épocas.
  Will Butler (1982) es miembro del muy conocido combo canadiense Arcade Fire y este año realizó su espléndido disco Policy (Merge), una obra muy variada e interesante.
  Matthew E. White (1982) es un cantautor estadounidense que combina el folk con el reggae y el soul con el góspel, con resultados estupendos. Su álbum Fresh Blood resulta más que recomendable.
  Courtney Barnett (1988), por su parte, llegó desde tierras australianas con un rock básico, potente y crítico, muy en la vena de Patti Smith y Liz Phair. Busque su plato Sometimes I Sit And Think, And Sometimes I Just Sit , le juro que no se arrepentirá.
  Tres caras nuevas del 2015, esperemos buenas cosas de todos ellos.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 21 de diciembre de 2015

The Piper at the Gates of Dawn

Se sabe que el título de este, el primer disco de larga duración de Pink Floyd, fue tomado de un capítulo del libro favorito de Syd Barrett cuando era niño: The Wind in the Willows (El viento en los sauces), lo cual explica la gran cantidad de elementos fantasiosos, colores brillantes, apuntes mitológicos y detalles infantiles, algo así como una mezcla entre J.R.R. Tolkien y Walt Disney, pero todo ello visto a través de los perceptivos y psicodélicos lentes del LSD.
  Las composiciones de Barrett van de las canciones pop ácidamente lisérgicas a piezas largas en las cuales hay extensas instrumentaciones a manera de metáforas sobre viajes alucinógenos. En el primer caso estarían piezas como “Astronomy Domine” y “Lucifer Sam”, mientras que “Insterstellar Overdrive” entra de lleno en lo que alguna vez se llamó rock-espacial.
  Para el crítico Steve Huey, The Piper at the Gates of Dawn (1967) captura con éxito los dos lados de la experimentación psicodélica: “por un lado, los placeres de la percepción y la expansión mental y por el otro, los desórdenes cerebrales que podían convertir al individuo en lunático”, algo que poco tiempo después le sucedería al propio Barrett, quien debido precisamente a ello hizo con este trabajo su debut y despedida como integrante de Pink Floyd.
  Se trata de uno de los mejores álbumes psicodélicos de la historia del rock y curiosamente fue grabado en los mismos estudios y al mismo tiempo –casi casi puerta de por medio- que el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles. Dos cumbres de la psicodelia absolutamente diferentes entre sí. Una, la psicodelia ácida; la otra, la psicodelia pop. Usted elija cuál es cuál.

(Reseña que escribí para el especial de La Mosca en la Pared No. 7, dedicado a Pink Floyd y publicado en enero de 2004)

domingo, 20 de diciembre de 2015

Tragicomedia mexicana 1

Tanto tiempo de tenerla, tanto tiempo de leer a José Agustín y nunca le había entrado a su Tragicomedia mexicana. Hasta ahora que leí el primer tomo, el de "la vida en México de 1940 a 1970", un volumen que recorre la historia del país del sexenio de Manuel Ávila Camacho al de Gustavo Díaz Ordaz, es decir los años de la institucionalización y el llamado desarrollo estabilizador que Luis Echeverría se encargaría de echar por la borda (aunque eso pertenece al tomo 2 que aún no leo).
  Con un estilo ameno y por momentos hasta divertido, Agustín nos conduce por los vericuetos de esos treinta años de México, de su vida política, social, económica y cultural. No se trata de un ensayo muy profundo ni es ese su objetivo.Se trata más bien de presentar un panorama amplio que abarca desde los cambios post revolucionarios hasta la consolidación del régimen fundado por Plutarco Elías Calles a finales de los años veinte.
  El libro nos muestra la forma como se manejaba la política en esos tres decenios y como la corrupción que hoy tanto nos escandaliza, en realidad es parte consustancial del sistema mexicano. Vemos la relación del gobierno con los empresarios, pero también con las grandes centrales obreras y campesinas (ahí está el surgimiento de ese tótem que fue Fidel Velázquez al frente de la CTM) y vemos también lo que sucedía con la cultura -sobre todo con la literatura-, con los espectáculos y con el deporte.
  Tragicomedia mexicana 1 (Editorial Planeta, 1990) es un libro muy ilustrativo, una obra que invita a meternos más de lleno en la historia contemporánea del país. Ya quiero entrar a la segunda parte y luego a la tercera. No tardaré en hacerlo.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Adiós, DF, adiós

Paradojas de la vida política. Durante largos años, el gran crítico de la lengua (y de la estupidez humana) que fue Raúl Prieto Río de la Loza, mejor conocido por su sobrenombre de Nikito Nipongo, insistió en que llamar Ciudad de México a la capital de la república era un despropósito, ya que el nombre legal de la misma era Distrito Federal.
  No sé qué diría don Raúl ahora que, con la reforma aprobada esta semana en la Cámara de Senadores, la entidad ha dejado de ser el DF para llamarse, ahora sí oficialmente, Ciudad de México, apelativo sin duda más bonito pero que me deja con la gran duda ontológica y existencial de cuál demonios será a partir de hoy el gentilicio con el que se nos conocerá a los aquí nacidos (aunque, bueno, yo soy tlalpeño). De manera un tanto forzada se nos decía defeños. Pero, ¿y ahora? Si el nombre del flamante estado 32 es Ciudad de México (¿un estado en cuya denominación va la palabra ciudad? Por fin: ¿estado o ciudad?), ¿seremos ciudademexicanos, mexicanosurbanos, mecsicocitienses o qué carambas?
  Mexicanos no se nos puede nombrar, porque mexicano es todo aquel nacido dentro del territorio nacional (aquí nomás, revelando obviedades). Mexiquenses (fea palabreja con tufo priista) menos, porque ese ya lo tienen los originarios del Estado de México. Con mala voluntad provinciana, habrá quienes quieran decirnos mexinacos, pero eso ya será fruto de esa clase de rencores que hace no muchos ayeres hacía exclamar a algunos aquella frase de “haz Patria, mata a un chilango”.
  No he leído la nueva ley y no sé si se ocupa de este tema, pero es algo que debería preocupar a los legisladores, a fin de no dejarnos huérfanos de gentilicio.
  Por cierto que con esta nueva reforma, que sigue poniendo a Miguel Ángel Mancera en el candelero (sobre todo en vistas al 2018), me acordé de mis años de militancia en el Partido Mexicano de los Trabajadores, en la segunda mitad de la década de los setenta. Una de las metas del programa del partido era luchar por convertir al DF en la entidad federativa 32, con el apelativo de Estado del Valle de México. Vaya cosa esta de los nombrecitos.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 18 de diciembre de 2015

H.P. Lovecraft / H.P. Lovecraft (1967)

Surgido en Chicago a mediados de los sesenta, es este uno de los mejores y menos conocidos grupos de la psicodelia, con gran influencia de Jefferson Airplane. Con dos estupendos cantantes que solían cantar a dueto, su estilo queda más que definido en este álbum magnífico. ¿Qué de dónde abrevó una parte de su estilo The Coral? Escuchen a H.P. Lovecraft y lo sabrán.

Mejor tema: “Wayfaring Stranger”.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Las emociones baratas de Janis Joplin

¿Emociones baratas? Si algo tiene este disco debut de Janis Joplin es un caudal de emociones, pero en absoluto son baratas.
  Cheap Thrills (Columbia Records) es uno de los álbumes clásicos de 1968, un año históricamente controvertido y clave para el desarrollo del rock. Janis se había hecho de una súbita fama a raíz de su participación, al lado de la banda de San Francisco Big Brother & The Holding Company, en el Festival Monterey Pop de junio de 1967. Desde entonces, la expectación por escuchar a la peculiar intérprete texana se volvió creciente. Ciertamente, la banda y la cantante habían grabado un disco para el sello independiente Mainstream, pero la distribución había sido pésima y parecía obligado que firmaran para una disquera importante.

Pedazo de mi corazón
Fue Columbia la compañía que tuvo el ojo para contratarlos y de ese modo grabaron Cheap Thrills, el cual apareció en agosto de 1968. El acetato causó sensación y tuvo una aceptación inmediata, lo que se reflejó en sus grandes ventas. Un corte del mismo, "Piece of My Heart", llegó a lo alto de las listas de popularidad y reveló al mundo la extraordinaria voz de timbre rasposo y desesperado sentimiento de Janis Joplin, a quien por ello muchos creyeron una cantante negra. Sin embargo, el estilo de Janis era aún más duro y emocional que el de la mayoría de las vocalistas de color, quienes -con algunas excepciones- por esas épocas tendían más a los convencionalismos de la música pop.
  "Piece of My Heart" era un cover de una canción de Erma Franklyn (hermana de la gran Aretha), pero en la voz de Joplin alcanzó niveles de excelsitud, al igual que otras dos versiones de temas conocidos como "Summertime" de George Gershwin -con un arreglo de guitarras de Sam Andrews y James Gurley el cual ha trascendido a lo largo de las décadas- y "Ball and Chain" de Big Mama Thornton.
  Cheap Thrills es ante todo un disco de blues, pero también es un disco de rock y un disco emblemático de la psicodelia, a pesar de no ser en sentido estricto un disco psicodélico. Esta aparente contradicción se explica por el espíritu de la obra, reflejo de una época en la cual existía una apertura total y en la que todo estaba permitido, una época de experimentación y muy escasos prejuicios. Y ese espíritu se palpa a lo largo de los escasos siete cortes que lo componen. Desde la explosión inicial de "Combination of the Two", pasando por ese blues magnífico que es "I Need  Man to Love", las mencionadas maravillas que son "Summertime" y "Piece of My Heart" (con lo que se completa el lado A del vinil), "Turtle Blues" -escrito por Janis Joplin e interpretado con todas las marcas de sus raíces texanas-, la ácida "Oh Sweet Mary" -el más evidente coqueteo del disco con la psicodelia- y la estremecedora "Ball and Chain", otra de las cumbres interpretativas joplinianas.

El gran hermano
Mucho se ha hablado acerca de la superioridad de Janis Joplin con respecto a los grupos que llegaron a acompañarla en sus diferentes discos. Tal vez resulte cierto en los casos de Kosmic Blues y Pearl (grandes obras también, a pesar de todo). No obstante, me parece justo reconsiderar el nivel musical de Big Brother & The Holding Company. En especial de los guitarristas Andrew y Gurley, el primero poseedor de un estilo fino, exquisito, y el segundo dueño de una contrastante fuerza, de un ruidoso ímpetu. La combinación de los dos (valga la alusiva expresión) encajaba a la perfección con los matices vocales de Janis, produciendo algo por completo nuevo y fascinante.
  Janis Joplin se separó de Big Brother poco después de aparecer el disco, pero ni ella ni la banda lograron jamás superar lo que hicieron en Cheap Thrills. Es verdad que Janis grabó temas fuera de serie en sus discos posteriores, pero como unidad, como medio de expresión, como evidencia del alma atormentada de la cantante, este álbum es sin duda alguna una obra maestra.

(Reseña que escribí originalmente en la sección "La nueva música clásica" de La Mosca en la Pared No. 50)

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Janis y Crumb

Espléndida recreación del día de 1968 en que Robert Crumb entregó la portada del álbum Cheap Thrills a Janis Joplin y los integrantes de Big Brother and the Holding Company. Por desgracia, desconozco el nombre del ilustrador.

martes, 15 de diciembre de 2015

Deradoorian: ¿el disco del año?

Aunque 2015 no ha sido un año pródigo en grandes discos (y cuando digo grandes discos, me refiero a álbumes en verdad memorables y con etiqueta futura de clásicos), sí ha habido al menos una veintena de obras discográficas estupendas y quizá la mejor de todas sea el trabajo debut de Angel Deradoorian, hasta ahora conocida sobre todo por sus colaboraciones con Avey Tare’s Slasher Flicks y, sobre todo, con ese extraordinario proyecto que es Dirty Projectors.
  The Expanding Flower Planet (Anticon, 2015) es un disco de una enorme belleza musical y poética. Un plato exquisito de canciones etéreas y minimalistas, con aires exóticos e hipnóticos en los que Angel Deradoorian (a cargo de todos los instrumentos, incluida su magnífica y peculiar voz) y su hermana mayor Arlene (quien se encarga de las segundas voces y de algunas percusiones) se solazan con un placer artístico que consiguen trasmitir al escucha de una manera fascinante.
  Aunque la influencia de David Longstreth, líder de los Dirty Projectors, es innegable en las composiciones de Angel Deradoorian, ésta posee asimismo sus propias variantes que hacen de su música algo menos intrincado que las complicadas (aunque extraordinarias) maneras armónicas y rítmicas de aquel. Deradoorian apuesta por una música más accesible y minimal, con ecos de la world music, sobre todo africana y asiática. Las percusiones juegan un papel muy importante en las piezas que conforman The Expandig Flower Planet y lo mismo hacen los extraordinarios juegos de voces de las dos talentosas hermanas.
  Si bien no es un disco que mantenga un mismo nivel de calidad en todos los cortes, hay algunos verdaderamente fantásticos como “Beautiful Woman”, “Violet Minded”, “Komodo”, “The Eye” y la homónima “Expanding Flower Power”.
  ¿El mejor disco del año? Es difícil afirmarlo, pero me arriesgo a que algunos lectores me crucifiquen y digo que sí. Al menos para la subjetividad de este columnista. Una obra fresca, arriesgada, innovadora, inteligente, hermosa y con un inquietante halo de misterio. Los invito a escucharla y dar su propio veredicto.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 14 de diciembre de 2015

Camino a casa

Volví a leer esta novela corta de mi querido y admirado amigo Naief Yehya, editada en 1994 por Planeta. Ya no recordaba la trama y fue como leerla por primera vez. Es muy divertida y ligera, muy agustiniana, muy en el estilo de la llamada novela de la onda pero adaptada a los años noventa.
  La historia de un joven clasemediero de dieciséis o diecisiete años, durante un sábado en el Distrito Federal, justo el día en que se sabe la noticia de la muerte de Kurt Cobain. Aventuras chilangas adolescentes con sus cuates, su familia (me encantan los personajes de su mamá y de su hermanita menor) y el reto de encontrar a su novia Ximena, cuyo paradero desconoce a lo largo de las poco más de cien páginas de que consta el libro y a la que localiza al final, de una manera que no revelaré para no echar a perder el desenlace.
  Yehya escribe aquí con gran soltura y amenidad, sin pretensiones de hacer nada más que un relato juvenil y desparpajado, lleno de referencias de esos días (MTV, Beavis and Butthead, Caifanes, Maldita Vecindad, juegos de video). Hay escenas muy simpáticas y en general uno disfruta la lectura y los constantes guiños de la misma.
  Si pueden conseguir Camino a casa, léanla; la van a pasar bien.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Love & Mercy

Aunque parte de una propuesta un tanto extraña, está película realizada en 2014 por Bill Pohlad resulta magnífica en su relato biográfico sobre el controvertido y (casi) genial Brian Wilson, líder de los Beach Boys.
  Digo que la propuesta es extraña porque el filme retrata dos épocas de Wilson: la de mediados de los sesenta, cuando compuso "Good Vibrations" y grabó el álbum Pet Sounds (1966), y la de los años ochenta, cuando era prácticamente un títere manipulado psicológicamente por un psiquiatra delirante de nombre Eugene Landy y, convertido en una piltrafa emocional, conoció a la que sería su esposa Melinda, la mujer que logró rescatarlo del literalmente monstruoso médico, quien lo explotaba y atormentaba de manera inmisericorde.
  Lo extraño (aunque uno termina por acostumbrarse y aceptarlo) es que si bien para interpretar al Brian Wilson sesentero se eligió al espléndido Paul Dano (quien incluso guarda cierto parecido físico con el Wilson real), para el Brian ochentero se optó por alguien que no tiene la menor semejanza con él, a pesar de ser un grandísimo actor y me refiero a John Cusack. Al principio eso salta, pero es tan buena la interpretación de éste que el detalle del parecido pasa a segundo término.
  Love & Mercy documenta de manera en verdad fantástica lo que eran los Beach Boys y el entorno en que se movían, con el padre de los Wilson como un violento y ambicioso ex manager que seguía atormentando a Brian (alguna vez lo golpeó y a ello se debía que el muchacho hubiese perdido el oído derecho) por haberlo echado del manejo del grupo. Prodigiosas son las sesiones de grabación del Pet Sounds, en las que Wilson recurrió a ese conjunto de músicos de sesión conocidos (aunque al mismo tiempo injustamente desconocidos) como The Wrecking Crew para que tocara todas las cosas que surgían en su cabeza, así como las largas sesiones que se necesitaron para grabar esa pequeña obra maestra de menos de tres minutos de duración que es "Good Vibrations".
  En cuanto a la parte de Cusack (que se va alternando con la de Dano), resulta muy dramática y tensa, en especial por la tremenda actuación del gran Paul Giamatti como el doctor Landy, impresionante. También destaca la muy bella Elizabeth Banks en el papel de la valerosa y amorosa Melinda.
  Estupenda cinta en verdad, altamente recomendable y no sólo para los amantes de la música del creador de "God Only Knows" y "Do It Again".

sábado, 12 de diciembre de 2015

El péndulo antibolivariano

La vieja teoría del péndulo –que a lo largo de la historia de Iberoamérica se ha manifestado una y otra vez– vuelve a hacerse presente. De extraña manera, los regímenes políticos de los países del continente, pero sobre todo los de Sudamérica, suelen coincidir pendularmente en las tendencias políticas de sus gobiernos: unas veces se inclinan todos hacia la derecha y luego cambian de rumbo hacia la izquierda.
  Un ejemplo claro es el de las dictaduras militares de los años setenta que sumieron a la región en la oscuridad de los Pinochet, los Videla y demás milicos (como se llamaba a aquellos generalotes cerriles y genocidas). En esos días, Chile, Argentina, Paraguay, Brasil, Perú y Uruguay padecían la bota militar, alegremente patrocinada por el inefable canciller estadounidense Henry Kissinger.
  Hasta hace poco, el péndulo se había inclinado hacia la izquierda –una izquierda bastante sui generis que se regía bajo el mote de socialismo bolivariano–, cuyo principal ideólogo era alguien tan poco presentable como el finado Hugo Chávez (también militarote, por cierto). De ese modo, tan peculiar izquierdismo se enseñoreó en Venezuela, Brasil, Ecuador, Argentina, Uruguay, Bolivia y, con ciertas diferencias, en Chile y Perú. Todos ellos con el apoyo del régimen castrista en Cuba.
  Pues de pronto resulta que el famoso péndulo ha empezado a moverse de nuevo, en sentido contrario, y ello se refleja en el triunfo presidencial de Mauricio Macri en tierras argentinas y en la victoria de la oposición en la mismísima Venezuela del chavismo “bolivariano”. Algunos expertos pronostican que el siguiente paso será el rechazo en las urnas a la nueva reelección de Evo Morales en Bolivia.
  Si a todo esto agregamos los problemas de Dilma Rouseff en Brasil y los acercamientos de Raúl Castro con los Estados Unidos, la tendencia pendular iberoamericana parece dirigirse hacia la socialdemocracia.
  En México deberíamos poner nuestras barbas a remojar, sobre todo en vista a las elecciones del 2018. No vaya a ser que resultemos más bolivaristas que los bolivarianos y elijamos a un émulo de Nicolás Maduro.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 11 de diciembre de 2015

Lucinda Williams / Essence (2001)

El trabajo más inusual en la discografía de Williams. Reconocida por su música de carácter más bien fuerte y altivo, en Essence muestra una faceta muy distinta: la de la mujer sensible, delicada, pero que conserva su inteligencia y profundidad características. ¿Un disco cursi? No, en absoluto. Tan sólo una obra bella e intensa.

Mejor tema: “Blue”

jueves, 10 de diciembre de 2015

Californication: ¿séptima y última?

Un poco tarde, pero al fin terminé de ver la séptima temporada de mi serie favorita de todos los tiempos, después de Seinfeld y Shameless US.
  Me vi las siete temporadas y no tendría empacho en volverlas a ver. No sé si habrá una octava, pero hasta ahora no he sabido que se anuncie. Ojalá que sí.
  Un sentimiento de nostalgia me invade.
  Voy a extrañar a Hank Moody y compañía.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Santa Carmen

Ilustración de Ricardo Sandoval
A eso que en México suele llamarse la izquierda le encanta idealizar –e idolizar– a determinados personajes que le son afines. El santoral izquierdoso mexicano cuenta con abundantes ejemplos de figuras a las cuales sus feligreses suelen dotar de virtudes infinitas y de una perfección a todo prueba.
  Un amplio sector de los autonombrados izquierdistas, obediente al dogma, acepta en automático a determinados personeros de la política, el arte y los medios, ya sean nacionales o extranjeros. Así, por ejemplo, los progres tienen como verdad indiscutible, como neta absoluta que no admite réplicas, que Fidel Castro es tan puro e intocable como el régimen cubano, no importa que se trate de una dictadura impresentable en la que la intolerancia y la persecución y encarcelamiento de los opositores es ley. Igualmente intocable es el recientemente finado Hugo Chávez, a quien incluso se le otorgan poderes divinos y sobrenaturales.
  En el medio mexicano, ninguna figura más deificada (por esa izquierda de la que hablamos) que Andrés Manuel López Obrador, considerado por ciertos sectores a la altura de la propia Virgen de Guadalupe. Así de inmaculado, infalible, cuasi divino y hasta milagroso se le mira.
  También hay medios de comunicación a los que se les otorga calidad de emisarios de la Verdad (así, con mayúsculas) ¡y guay de aquellos que osen poner en duda sus enunciados!, así se trate de los más disparatados y muchas veces falsos e inventados. Es fácil nombrar a los tres medios a los que esta gauche mexicaine califica como los únicos honestos e incorruptibles del país (favor de no reír): Proceso,  La Jornada y el noticiario radiofónico de Carmen Aristegui que trasmite en las mañanas MVS Radio.
  El de Aristegui es un caso bastante sui generis. De haber sido “la compañera de Javier Solórzano”, hace muchos años, en distintos programas noticiosos de la radio y la televisión (sirviendo a empresas como la mismísima Televisa), ha llegado a convertirse en una diva de la izquierda mexicana, una mujer intocable a quien no se le debe rozar ni con el pétalo de una leve crítica. Seguida por miles de radioescuchas, muchos de los cuales la veneran con fe delirante, se ha ido convirtiendo en una especie de Papisa a la que le encanta pontificar y lanzar netas, netas que no pueden ser cuestionadas so pena de pasar por reaccionario, derechista, retrógrado, enemigo del pueblo y, but of course, por un ser políticamente incorrecto.
  Porque la corrección política siempre estará con ella, con La Gran (así, con mayúsculas) Carmen Aristegui, periodista que se hace respetar, seria, seca, dura, aunque fiel servidora de su Alteza Serenísima, el Benemérito de las izquierdas bejaranistas, el Apóstol y Pastor (así, con mayúsculas) de las masas desposeídas: el señor Don Peje.
  Frente a Andrés Manuel, Carmencita es humilde y complaciente y siempre se sumará a sus causas, como ya lo demostró en las más recientes elecciones e incluso durante el sexenio pasado, cuando unida a personajes como el ex diputado Gerardo Fernández Noroña (mejor conocido como El Noroñas) o el periodista (es un decir) de Proceso Jenaro Villamil, hizo suyas causas como la de acusar de alcohólico al presidente Felipe Calderón (cosa que jamás probó, aunque sí dijo al aire que “por lo delicado del tema”, la Presidencia de la República “debería dar una respuesta clara, nítida, formal?” y luego inquirió como moderna Torquemada: “¿Tiene o no problemas de alcoholismo el Presidente de la República?”… y todo “basado” en una manta que sacó el Noroñas para acusar a Calderón de borracho, esa fue “la prueba” –y lo peor es que hasta la fecha abundan quienes dan por hecho el supuesto gusto del ex presidente por la bebida) o la de acusar a su odiadísima Televisa de tráfico de drogas en Nicaragua por lo de aquellas famosas camionetas que llegaron a ese país con logos de la televisora de Avenida Chapultepec (otro asunto que tampoco pudo comprobar, pero qué tal dejó la sombra de la duda y la inquina que muchos se tragaron).
  Carmencita trabaja más por consignas que por investigaciones periodísticas. Gusta de deslizar sospechas contra aquellos sobre los que pone el ojo y dejar que sean estos quienes prueben su inocencia. Suele opinar mucho y documentar poco. Pero su tono estridente y melodramático suele convencer a sus seguidores, quienes se muestran sumamente acríticos ante la palabra de “la única periodista honesta y confiable de este país”.
  Aristegui navega con bandera de mártir de la libertad de expresión (por aquella ocasión en la que MVS la echó para luego recontratarla) y con esa patente de corso, continúa erigida en jefa de un tribunal que divide a la sociedad en buenos y malos, tal como dicta la doctrina pejista (tan inspirada a su vez en la doctrina “bolivariana” del chavismo venezolano). Por eso suele cuestionar a las autoridades cuando las sentencias de éstas no coinciden con sus opiniones, así las pruebas apunten en contrario.
  Sobrevalorada ad nauseam, la conductora de programas de noticias justifica todo con la muletilla de que lo que hace es “por interés público” o con su sobada frasecita de “existen muchas preguntas que merecen tener respuestas”. Sólo que esas respuestas únicamente valen si se corresponden con las de la propia Carmen.
  Para terminar, una cita, tomada del artículo “El bullying periodístico de Aristegui”, de Sergio Andrés de León, publicado en la revista Replicante y que define de manera precisa “el estilo” de la conductora radiofónica: “La forma de hacer periodismo de Aristegui es la de una bully consumada. Está en el salón de clases, se levanta, esculca en las mochilas de los compañeros, saca sus agendas, recoge información personal, la difunde en el “chismógrafo”. Cuando sus compañeritos se quejan con la maestra ésta no sabe qué hacer: si le dice a Carmen que se aplaque sabe que la niña va a hacer un escándalo, va a aventar los libros, irá a la dirección a pedir su renuncia, se presentará su papá Andrés en la dirección para exigir que se respete el derecho de su hija a disentir. La maestra prefiere hacerse de la vista gorda. Carmen sigue haciendo de las suyas: habla a las casas de sus compañeros, los agrede verbalmente. Nadie se atreve a enfrentar las arbitrariedades de la niña. La bully del salón agrede, provoca. Si alguien se atreve a encararla ella recurre a la acusación de que están molestándola”.
  Toda una niña malcriada.

(Texto publicado originalmente en la sección "Vacas sagradas" de la revista Mosca No. 1, julio de 2013, escrito bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr.)

martes, 8 de diciembre de 2015

Hit emocional

Hablemos hoy de un libro muy fresco y divertido, muy ingenioso y original. Es un libro de música, sobre música y para los amantes de la música. Bueno, más específicamente, para los amantes del rock. Es obra de un español de cuarenta y tres años, catalán para mayores señas, quien lo ideó y lo escribió. Bueno, más específicamente, lo ideó lo escribió y lo dibujó.
  Juanjo Sáez se llama el autor y Hit emocional es el título del libro, editado por Sexto Piso. ¿En qué estriba su originalidad? En la manera cómo Sáez nos habla de sus gustos musicales por medio de cartones ilustrados, en su mayoría publicados originalmente en la célebre revista española Rock de Lux.
  Con desparpajo y buen humor, pero a la vez con un dejo agridulce y melancólico, Hit emocional nos muestra no sólo una gran cantidad de reseñas y opiniones sobre grupos y solistas anglosajones y españoles, sobre todo de ese inasible subgénero al que se ha dado en llamar rock indie, aunque por ahí se cuelan agrupaciones de noise o de metal, sino también pasajes de la vida del buen Juanjo, a quien al final del libro aprendemos incluso a apreciar. Porque a lo largo de este volumen de trescientas páginas el hombre nos habla de su familia, de sus amores, de su adolescencia, de sus viajes, de sus amigos, de su relación con el rock, de sus bandas favoritas, etcétera. Todo con gran amenidad y buen humor, letra manuscrita y unos dibujos que mucho tienen de gracia y simplicidad infantiles.
  El libro puede leerse de corrido o abrirse en cualquier página y siempre se topará uno con cuestiones simpáticas e ilustrativas y hasta con algunas frases memorables: “La música me ayuda a estar algo menos perdido”, “Cuando uno es joven tiene un ímpetu y una energía que luego va perdiendo”, “Las canciones son como cajitas donde guardas los recuerdos y las emociones”, “Hay grupos que al escucharlos por primera vez no entiendes nada, pero que luego te acompañan para siempre”.
  Un libro más que recomendable, incluso un buen regalo para estas fechas navideñas.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).

lunes, 7 de diciembre de 2015

Días extraños

Hermano casi gemelo de su antecesor (ambos aparecieron el mismo año, con escasos meses de diferencia), Strange Days (Elektra, 1967) es en realidad una continuación de The Doors, ya que la mayor parte de los temas de este segundo disco doorsiano fueron escritas en la misma época que las del primero. Pero no se trata de material de relleno, de ninguna manera. De hecho, hay quienes prefieren Strange Days, al considerarlo un álbum más completo. Como sea, también estamos frente a una obra que presenta diferencias, la más sustancial de todas que no es un trabajo conceptual y que resulta más bien una simple colección de canciones, de excelentes canciones. Es también un disco menos compacto, menos sólido y en momentos hasta demasiado ambicioso. No obstante, contiene composiciones esplendorosas, todas de Morrison, Manzarek, Krieger y Densmore (no hay aquí un solo cover).
  Strange Days abre de manera rotunda con el corte que le da nombre, una pieza de escasos tres minutos cuya calidad está a la altura de lo mejor del cuarteto. La sigue la bella “You’re Lost Little Girl”, melodía llena de misterio y encanto, con un pequeñísimo pero magnífico solo de guitarra slide. La muy conocida “Love Me Two Times” ocupa el tercer lugar del Lado A. Con su archifamoso riff, se trata de un tema que algunos consideran incluso tonto, pero que incrementó la popularidad de los Doors más allá de la que habían alcanzado con “Light My Fire”. Con “Unhappy Girl” y “Horse Latitudes” aparece la parte más débil del álbum, pues mientras la primera es una cancioncita sin mayor trascendencia, la segunda es una experimentación llena de pretensiones melodramáticas. Por suerte, entre las dos apenas suman un poco más de tres minutos y medio. Viene entonces una de las grandes canciones del repertorio del grupo: la maravillosa y sensual “Moonlight Drive”, tema de leyenda en cuya parte culminante Morrison canta: “Es fácil amarte/ mientras miro como te deslizas/ Estamos cayendo a través de bosques húmedos/ en nuestro paseo a la luz de la luna”. El piano, la guitarra, la batería, todo es aquí instrumentalmente portentoso.
  El lado B del disco LP original contiene cuatro cortes magníficos, en especial el inicial y el final. “People Are Strange” es un monumento musical de apenas dos minutos y doce segundos (¿cómo puede caber tanta belleza en tan breve lapso?), un canto a la soledad y la marginación (“Cuando eres un extraño/ nadie recuerda tu nombre”). Por el contrario, “When the Music’s Over” es un largo y épico tour de force tan largo como lo era “The End” en el álbum anterior y, al igual que en éste, hay aquí un drama, si bien menos explícito y más hermético, con tintes ecologistas, en el cual el grupo (Morrison incluido) puede improvisar a sus anchas. La pieza recorre variados parajes y ambientes, va y viene, sube y baja, para llegar a las frases definitivas: “¡Queremos el mundo y lo queremos ahora!” y “Cuando la música termine/ apaga las luces”. Una obra maestra por sí sola.

(Reseña que escribí originalmente para el "Especial" No. 3 de La Mosca en la Pared, publicado en septiembre de 2003)

domingo, 6 de diciembre de 2015

Sobre el pase a la final de los Pumas

Igual podría acudir al clásico de Felipe Calderón que reza "haiga sido como haiga sido", pero por primera vez no me gustó un pase a la final de los Pumas y quedé con un sabor un tanto amargo. El planteamiento inicial y ultraconservador de Memo Vázquez, con ¡tres! contenciones, me pareció desde el inicio ajeno al espíritu puma. A nuestro director técnico le entró lo ferretista y quiso manejar la ventaja de tres goles del juego en el Azteca, pero la línea defensiva estaba muy estática y entre ésta y la de los contenciones quedaba un hueco enorme por el que los americanistas -que, hay que decirlo, salieron a romperse el alma, aunque luego su vehemencia se convirtió en demencia- transitaban a su gusto y por eso los dos primeros goles. Memo quiso enmendar con la entrada de Britos y luego de Ludueña, pero no consiguió mucho. Demasiado sufrimiento para un partido que pudo enfrentarse de mejor manera, pero al Universidad se le olvidó todo lo que hizo en el campeonato y está afrontando la liguilla con demasiadas precauciones y, peor aún, con muy mala aplicación defensiva. No sé si eso les alcance ante Toluca o Tigres. De las expulsiones, la primera me pareció justa; la segunda, exagerada (y quizá debió expulsar a Cortés por la entrada que le costó la salida y una posible fractura a Güémez). Otra vez un mal arbitraje. No hubo riña al final porque los jugadores se contuvieron. Pero bueno, los Pumas están en la final..., aunque a mí se me borró la gran sonrisa del jueves pasado, cuando le ganaron tres a cero a los cremas en el Azteca.

sábado, 5 de diciembre de 2015

El momentum de Aurelio Nuño

La carrera por la presidencia de la república en el 2018 está más que iniciada. Entre otros, Margarita Zavala, Miguel Ángel Mancera, Jaime Rodríguez Calderón (alias El Bronco) y, más que notoriamente, Andrés Manuel López Obrador mueven sus piezas y se mueven ellos mismos en pos de las candidaturas partidistas y/o independientes que los puedan llevar a Los Pinos y Palacio Nacional dentro de tres años.
  Mucho se ha hablado de la desleal y hasta ilegítima (aunque no ilegal) manera como AMLO ha aprovechado los recursos que recibe su partido, Morena, para promover su figura en esa delirante obsesión suya por ser presidente de México a como dé lugar. Está claro que para este personaje, los militantes de dicho instituto político son sus vasallos y están a su servicio. Por eso se hizo nombrar presidente del mismo por “aclamación” a mano alzada. Como que eso que llamamos democracia nada más no se la da al Peje. Lo suyo, lo suyo, es el autoritarismo.
  Mucho se ha hablado, también, de que los virtuales precandidatos del PRI no pueden moverse, a riesgo de (Fidel Velázquez dixit) no salir en la foto. La anquilosada tradición priista impone que personajes como Miguel Ángel Osorio, Luis Videgaray, José Antonio Meade, Manlio Fabio Beltrones o Aurelio Nuño no puedan manifestar todavía sus anhelos por ser precandidatos a la primera magistratura y ello, sin duda, los pone en desventaja ante quienes, desde la oposición, llevan un buen trecho recorrido o han comenzado a recórrelo ya.
  No obstante y dentro del corsé en que están todos metidos, uno de ellos ha empezado a destacar y ha sabido hacerlo con habilidad política. Me refiero a Aurelio Nuño, quien desde la Secretaría de Educación Pública da muestras de eficacia y determinación, algo que últimamente no se ve mucho en nuestro medio político. La manera como ha ido sacando adelante las evaluaciones de los maestros y contenido a la CNTE con persuasión y sin violencia son buen ejemplo de ello.
  Nuño está en su momentum. Veremos si éste se prolonga o si las patadas por debajo de la mesa lo afectan. La cosa se pondrá interesante. No cabe duda.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 4 de diciembre de 2015

Canned Heat / Future Blues (1970)

El último disco de Canned Heat en el cual participó ese genio del blues blanco que fue el “Buho” Al Wilson (falleció ese mismo año) y, al mismo tiempo, posiblemente, la obra más fina y variada del grupo donde también tocara el baterista mexicano Adolfo “Fito” de La Parra. Estupendo.

Mejor tema: “My Time Ain’t Long”


jueves, 3 de diciembre de 2015

The Police

A pesar de su discutible calidad, el rock de los ochenta provoca nostalgia en mucha gente. Aquella música elaborada a base de sintetizadores y cajas de ritmos, aquel modo de vestir tan artificioso y francamente ridículo, aquella actitud de falso glamour andrógino y sensualidad burda y –valga la paradoja– asexuada; todo ello hizo de los ochenta una década que debería ser musicalmente olvidable y que, sin embargo, muchísima gente añora como si se tratara de una era dorada y llena de aportaciones artísticas. The Police fue un grupo contemporáneo del rock pop ochentero. No obstante, aunque pudiera tener algunos puntos de contacto con éste, en realidad fue un proyecto muy diferente que apostó por otra clase de música y otra clase de letras, incluso por otra clase de actitud. Más emparentados con el punk que con el glam, más con el rock de garage que con el rock de sintetizadores, más con el jazz y el reggae que con el pop de peinados estrambóticos y ropajes estridentes, más músicos que payasos, los integrantes de este singular trío apostaron por una propuesta que en el fondo resultó profundamente rocanrolera. De ahí su mérito, de ahí su trascendencia. Los Sex Pistols y The Clash tienen mucho más que ver con The Police que, digamos A Flock of Seagulls, ABC o Wang Chung. Antes de unir voluntades e ideas, Sting, Stewart Copeland y Andy Summers contaban con una sólida formación musical, lo cual trajo consigo una fusión de estilos individuales que se tradujo en un sonido único y característico que trascendió a su época y hoy día es un clásico. Con tan sólo cinco álbumes en estudio, producidos a lo largo del mismo número de años, The Police fue capaz de dejar un legado que a más de veinte años de distancia sigue sonando fresco, espontáneo, emotivo. Sus tres peculiares miembros continuaron con carreras prolijas y afortunadas, pero lo que hicieron juntos durante el lustro que va de 1978 a 1983 queda ahí, para ser escuchado, disfrutado e incluso recreado por las generaciones que les siguieron.

(Prólogo que escribí para el Especial No. 25 de La Mosca en la Pared, publicado en noviembre de 2005, hace diez años).

miércoles, 2 de diciembre de 2015

De santos, laicismos y Lady Gaga*

Eso de que algunos católicos digan que el primer milagro del flamante San Juan Pablo II (¿así se dice?) fue el asesinato de Osama Bin Laden, me parece un franco despropósito. Por lo visto, a partir de ahora al papa polaco van a colgarle más milagritos que a Ninel Conde y sus supuestas frases para la posteridad.
  Así que nuevo santo habemus y a la ceremonia de beatificación acudió Felipe Calderón Hinojosa, el presidente de una república laica en la cual priva la separación entre la Iglesia y el Estado. ¿Se vale hacer eso? Porque lo que aconteció en el Vaticano no fue una cuestión diplomática o protocolaria, como podría serlo la entronización de un nuevo papa. Se trataba de un hecho estrictamente religioso y el mandatario de un país laico como el nuestro no tendría por qué haber estado ahí.
  Me parece muy respetable que Felipe Calderón, como individuo, profese la fe católica. No obstante, como presidente de los Estados Unidos Mexicanos tendría que observar las formas republicanas, por muy liberales que le parezcan. Después de todo, es el gobernante de todos los mexicanos y eso incluye a protestantes, evangélicos, judíos, musulmanes, budistas y ateos.
  México tiene una larga historia de guerras religiosas y el Estado laico es la mejor garantía de paz, convivencia y pluralidad. De otra manera, podríamos volver (wishful tkinking panista) a los tiempos en los cuales la Iglesia determinaba lo que se podía hacer, decir, ver y pensar en este país. Si así estuviéramos, los conciertos de Lady Gaga, ayer y antier, no se hubiesen podido llevar a cabo; no por la cuestionable calidad artística de la cantante, sino por ciertas posiciones suyas de irreverencia ante el catolicismo.
  Otro católico, por cierto, encabeza una marcha por la paz y contra la violencia que desde anoche estaba llegando al Distrito Federal. Un abrazo solidario para el poeta Javier Sicilia, un hombre de raigambre religiosa pero de espíritu abierto, plural, democrático, incluyente. Católicos como él, siempre serán bienvenidos.

*Publicado a principios de 2011 en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario. Por alguna razón no constaba en este blog.

martes, 1 de diciembre de 2015

La soledad universal de Jeff Lynne

Tengo una amiga que me visita muy esporádicamente y que, cada vez que lo hace, me dice que mi hogar le produce una gran tranquilidad porque siempre permanece igual, sin cambios en el mobiliario y los decorados, como si estuviera estacionado en el tiempo. La verdad, no sé si tomarlo como un gran halago o una aguda y velada crítica, pero me acordé de ese comentario de mi querida amiga al escuchar Alone in the Universe (Big Trilby Records, 2015), el nuevo disco de Jeff Lynne.
  Porque este flamante álbum suena al Lynne de siempre, al de sus años al frente de Electric Light Orchestra (ELO) y sus trabajos como solista. Es ese mismo sonido tan conocido, con tantas reminiscencias de la música de los Beatles en sus melodías, sus armonías y sus arreglos; es ese mismo estilo que Jeff Lynne ha practicado durante cuatro décadas y que, sí, provoca una gran tranquilidad y nos hace sentir estacionados en el tiempo.
  Hay que advertir que a pesar de ello estamos ante un gran disco. Realmente bueno, firmado por cierto como Jeff Lynne’s ELO (muy posiblemente para diferenciarse del ELO Part II de su ex compañero Bev Bevan, quien suele salir de gira bajo esa denominación para tocar las viejas canciones del grupo, en su mayoría de la autoría de Lynne (algo así como lo que hace el fraudulento Creedence Clearwater Revisited con la música de John Fogerty).
  Alone in the Universe es, pues, una obra de enorme belleza y sensibilidad. Con un rock pop de primerísima línea e instrumentaciones impecables que no rehuyen el uso de la orquesta como tampoco esas guitarras que tanto recuerdan a George Harrison. Con canciones espléndidas como “When I Was a Boy”, “Dirty to the Bone”, “Love and Rain”, “I’m Leaving You” o la homónima y concluyente “Alone in the Universe”, Lynne nos mete de lleno en atmósferas nostálgicas y conmovedoras, evocadoras e irresistibles que también remiten a los Traveling Wilburys y de pronto hasta a la etapa disco de ELO.
  A punto de cumplir 68 años de edad, Jeff Lynne continúa en plenitud de forma artística. Alone in the Universe es la prueba irrefutable de ello.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 30 de noviembre de 2015

Mi catolicismo

Con mi mamá, durante mi primera comunión, en 1962.
Atrás, mi hermano Sergio. 
Nací en el seno de un hogar muy católico y, por parte de mi familia materna, provengo de un sector franca y abiertamente ultracatolicista del estado de Jalisco (mi tío Javier, por ejemplo, fue guerrillero cristero y peleó, con las armas en la mano, contra el gobierno de Plutarco Elías Calles). Mi madre trató de educarnos, a mis hermanos y a mí, dentro de la doctrina más ortodoxa y conservadora de la iglesia romana, mas para su desgracia le salió el tiro por la culata, ya que ninguno de nosotros cinco es hoy un católico practicante que vaya a misa y esas cosas (yo no he asistido a una en los últimos treinta años). Sin embargo, aunque no siga los dogmas y mandamientos de la religión católica, debo reconocer que en lo más profundo de mi ser llevó arraigadísimo lo mejor y lo peor del catolicismo. Con esto quiero decir que muchas de mis actitudes, reacciones, sentimientos y maneras de ver la vida están regidas por mi inconsciente católico. Pasé mi educación primaria en colegios de monjas (de primero a cuarto) y de sacerdotes salesianos (quinto y sexto). De pequeño, era yo real y sinceramente un católico convencido y a los diez u once años no sólo leía libros de religión para niños y la historieta Vidas ejemplares de Editorial Novaro, sino que uno de mis pasatiempos favoritos (lo juro) era jugar a que oficiaba misa. Yo mismo armaba una especie de altar, me ponía una especie de túnica y de la manera más solemne iba siguiendo cada paso de dicha ceremonia.
  Pero llegaron la adolescencia,  la escuela secundaria (en un plantel oficial, dadas las estrecheces económicas de mi familia a mediados de los sesenta que -afortunadamente para mí- ya no pudo pagarme la colegiatura en una escuela confesional) y las lecturas liberales y socialistas (desde Los supermachos y luego Los agachados de Rius, hasta diversos libros de tendencia izquierdista) y vino un cambio radical en mi mentalidad (apoyada por mi hermano mayor, Sergio, quien me influyó mucho al respecto). Dejé la religión católica y abracé la ideología marxista-leninista, sin darme cuenta de que se trataba de una nueva religión a la que empecé a seguir con tanto o más fervor que el que le otorgué al catolicismo. Me volví comunista y ateo. Me convencí de que la religión era el opio del pueblo, sin reflexionar en que la ideología puede ser igualmente opiácea. Era yo un socialista converso que admiraba de la manera más obtusa a Carlos Marx, Federico Engels, Lenin, Stalin (sí, Stalin), Mao Tse Tung, Fidel Castro y el Che Guevara -mis nuevos santones-, lo mismo que a la URSS, China, Cuba y todo el bloque soviético. Así estuve durante largos años, hasta que los golpes de la realidad histórica y la propia reflexión crítica y autocrítica me fueron abriendo los ojos. A fines de los ochenta, primero con el movimiento Solidaridad en Polonia y más tarde con la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética y todos sus países satélites de Europa Oriental, me desengañé de lo que había sido mi segunda religión: el comunismo. Saber de los horrores genocidas cometidos por el propio Stalin, por la llamada Revolución Cultural china, por el sanguinario Pol Pot en Cambodia o por el sátrapa Nicolae Ceausescu en Rumania; conocer la terrible vigilancia policiaca a la que eran sometidos los ciudadanos de Alemania del Este, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, etcétera, -algo que sigue sucediendo hoy en Cuba y en Venezuela, por no hablar de Corea del Norte-, fueron cosas que terminaron por descubrirme una verdad contundente y que me hicieron dar cuenta de que el dogma comunista puede ser tan fanatizante y enceguecedor como el dogma católico apostólico romano.
  No puedo decir que he logrado quitarme de encima la influencia de mi temprana educación católica (un verdadero adoctrinamiento). Por ejemplo, aún persiste el dominio del castrante sentimiento de culpa que mi madre inculcó de un modo terriblemente hondo en mi psique. Sé que no lo hizo con perversidad, sino todo lo contrario: ella siempre ha querido que mis hermanos y yo seamos buenas personas y sus intenciones han sido las mejores. El problema está en la religión católica misma, al menos en la que me tocó padecer desde muy chico, esa que te obliga a temer a un Dios vigilante, castigador y omnipresente y a creer como un fanático, sin reflexión, sin cuestionamientos, con una aceptación absoluta a sus dogmas y una obediencia total a la jerarquía eclesiástica, desde el Papa de Roma hasta el más humilde sacerdote.
  No soy católico. Sin embargo, llevó en mi cerebro todavía mucha de la formación y la información de esa forma tan cerrada de pensamiento. Tampoco soy ateo (mi relación con lo espiritual es muy particular y no requiere de intermediarios). Mi lucha cotidiana, hoy día, es por no caer en actitudes y posiciones beatas, sean religiosas, políticas o ideológicas. En eso estoy empeñado.

sábado, 28 de noviembre de 2015

¡Hasta la catafixia siempre!

Sólo el PRI puede competirle a Chabelo en aquello de la longevidad. El personaje de Xavier López ha sido presencia omnímoda a lo largo de medio siglo. Es una institución con más credibilidad y firmeza que el Senado, la Cámara de Diputados, el INE y la Femexfut. Es nuestro Dorian Gray, ese hombre que jamás envejece, mientras los demás nacemos, crecemos, maduramos y nos vamos. ¿Buena o mala influencia para la niñez? ¡Qué importa! Lo real es que hemos tenido Chabelo durante cinco décadas y ya forma parte de la historia no sólo de los espectáculos, sino de la cultura, la idiosincrasia y hasta la política del país.
  Ahora que el niñote dejará de hacer su eterno programa dominical y mañanero En familia (quién diga que nunca lo ha visto es porque jamás tuvo televisor), me gustaría rememorar a mi propio Chabelo, un Chabelo anterior a dicho programa, un Chabelo subterráneo y más antiguo, el Chabelo que aún no inventaba el verbo catafixiar (¿qué espera la RAE para incluirlo en su mamotreto?), el Chabelo de la tele en blanco y negro, el Chabelo del canal 5 a mediados de los años sesenta.
  Ese fue el Chabelo que me tocó en la niñez, el de mi generación, la primera generación de hijos del Canal 5. El de los martes y los jueves a las cinco y media de la tarde. El de las secciones “La conciencia y yo” y “Lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer”, tan llenas de moralina ultraconservadora como delirantemente divertidas (sobre todo los sketches de “lo que no se deba hacer”), al lado de Genaro y Rogelio Moreno, El Pecas, Chayito y el tío Gamboín (que aún no era el personaje equívoco y orwelliano en el cual se convertiría más tarde y quien cada fin de año presentaba sus Juguelotes).
  Mi infancia fue muy influida por aquel Chabelo y por todo lo que representaba el Canal 5 en los años en que el PRI era omnipresente y Gustavo Díaz Ordaz el presidente. Épocas francamente siniestras, pero en las que los niños la pasábamos bien y sin tantas complicaciones. De hecho, aquel Chabelo se fue hace mucho. Era el Chabelo underground, antes de convertirse en institución.
  ¡Hasta la catafixia siempre!

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 27 de noviembre de 2015

Phil Manzanera / Listen Now (1977)

El guitarrista de Roxy Music emprendió una fructífera carrera alterna y simultánea como solista y líder de su propia banda, 801. Éste es su cuarto disco y en el mismo se plasma la sofisticación de su estilo con temas de un rock que incluso hoy suena sumamente vanguardista.

Mejor tema: “City of Lights”


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Los diez latinos más cotizados

Que no le digan, que no le cuenten:  he aquí la lista de los diez latinos más reconocidos del planeta.

1. Virgilio.
2. Ovidio
3. Horacio
4. Catón
5. Propercio
6. Sulpicia
7. Calpurnio Sículo
8. Manlio
9. Lucrecio
10. Cayo Valerio Catulo

martes, 24 de noviembre de 2015

Eagles of Death Metal

Lo primero que hay que decir es que Eagles of Death Metal no es, ni por asomo, un grupo de heavy metal, mucho menos de death metal. El nombre es más que nada una gracejada de sus dos fundadores, Josh Homme y Jesse Hughes, amigos desde sus años de adolescencia en Palm Dessert, California, por allá de 1979.
  Compañeros en un equipo de futbol soccer, habían seguido caminos distintos (Homme el de la música, con agrupaciones tan importantes como Kyuss y Queens of the Stone Age; Hugues el de la academia y el periodismo), hasta que en 1998 decidieron –más por diversión que por otra cosa– hacer un proyecto, con el primero en la batería y el segundo en la guitarra, al que denominaron Eagles of Death Metal. Pero su música no era el metal sino el rock de garage, un poco en la vena de The Cramps más un toque de los Rolling Stones, siempre con un sentido muy irónico y desmadroso. Grabaron un EP y se olvidaron un tanto del asunto, hasta que lo retomaron en 2004 con la grabación del magnífico álbum Peace Love Death Metal, al que seguirían Death by Sexy (2006), Heart On (2008) y el flamante Zipper Down, aparecido en octubre pasado.
  Hasta antes de este 13 de noviembre, Eagles of Death Metal se mantenía como una especie de grupo de culto y era poco conocido en el mundo. Sus integrantes jamás imaginaron que el infortunio y el haber estado en el lugar equivocado a la hora equivocada los convertirían en una malhadada celebridad. En efecto, se trata del cuarteto que en la noche de ese viernes 13 se encontraba en el escenario del salón Bataclán, en París, cuando cuatro terroristas islámicos irrumpieron para asesinar a más de ochenta espectadores.
  Ninguno de los músicos sufrió daños físicos, pues alcanzaron a correr hacia la parte trasera del lugar (Jesse Hughes estaba ahí; no así Josh Homme, quien no participaba en la gira europea del grupo). No obstante, un miembro de su equipo, Nick Alexander, y tres representantes franceses de su disquera (Thomas Ayad, Marie Mosser y Manu Pérez) fueron abatidos por las balas.
  Un tétrico episodio en la historia de la agrupación… y de la humanidad entera.

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario).