lunes, 14 de agosto de 2017

Pornography

El álbum favorito de muchos seguidores de The Cure, Pornography (1982) tardó mucho tiempo en ser considerado seriamente por la crítica, la cual lo calificó en sus tiempos como una obra hueca, pretenciosa, grotesca, granguiñolesca.
  El disco que hoy está considerado como una de las piezas clave del rock gótico de los años ochenta, en su tiempo fue menospreciado por los especialistas, quienes suelen equivocarse nueve de cada diez veces con sus veredictos. Actualmente, con la perspectiva que da el tiempo, puede decirse que se trata de un trabajo excelente, si bien no alcanza los niveles de obra maestra que algunos le conceden de manera un tanto acrítica.
  Hiperdepresivo, con una visión negrísima de la realidad, Pornography empieza estremecedoramente con "One Hundred Years", una composición que inicia de manera muy poco optimista con la frase: “No importa si todos morimos”. Otros cortes notable son la desoladora “The Hanging Garden”, la bizarra “Siamese Twins” –la cual describe con sardónica crudeza la traumática pérdida de la virginidad de un joven (¿el propio Robert Smith?) y que concluye con una pregunta desolada y atónita: “¿Acaso siempre es así?”– y la homónima “Pornography” –en la que se relata la caída sin remedio en la desesperación y la angustia, a pesar de los gritos finales que claman con iracundia: “¡Tengo que combatir este mal, encontrar una cura!”.
  Un final dramático para un álbum aún más dramático, si bien musicalmente carece del necesario pulimento.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial No. 5 de La Mosca en la Pared, dedicado a The Cure y publicado en noviembre de 2003)

domingo, 13 de agosto de 2017

El lado negro de Elvis Presley

A punto de cumplirse 40 años de su fallecimiento, hoy recordamos 
al de Tupelo, Mississippi, desde su lado más grasoso.

Y cuando hablo de grasoso no me refiero al evidente sobrepeso que padeció en sus últimos años, cuando su gordura de devorador de hamburguesas y cocacolas se hacía más que evidente durante sus presentaciones en Las Vegas.
  Al mencionar el lado negro de Elvis Presley, tampoco me refiero a sus oscuridades íntimas y personales. Lo que me interesa traer a la luz es la influencia que ejerció la llamada música negra –ergo el blues, el gospel, el soul, incluso el funk– en el intérprete más emblemático y popular de la era del rocanrol. De qué manera aquellos cantos que los W.A.S.P. más paletos del sur profundo estadounidense consideraban pecaminosos y diabólicos permearon en la mente del joven Elvis, hasta convertirlo en lo que muchos llamaron en su momento, en un bonito comentario racista, el primer cantante blanco que cantaba como negro.
  Nada de extraño tiene que al haber nacido en un lugar como Tupelo, en las inmediaciones del Delta del río Mississippi, cuna del blues rural más auténtico, aquel muchacho escuchara desde niño los cánticos de los discriminados hombres de raza negra, ya sea en los campos de trabajo, en las iglesias, en las calles o afuera de los bares y clubes para los segregados nigroes.
  Elvis creció en aquel mundo ambiguo en el que la música negra era despreciada pero al mismo tiempo escuchada tanto o más que las canciones hillbillies o aquellas provenientes del country and western. Muchas estaciones locales de radio estaban dedicadas a tocar blues, esa “música de esclavos” que sin embargo hacía vibrar a cualquiera con un mínimo de sensibilidad, sin importar el color de su piel, y Elvis era un tipo de una enorme sensibilidad artística. Por eso, ya de adolescente, cuando su familia se mudó (of all places) a la ciudad de Memphis, en Tennessee, le gustaron las composiciones de autores “de color” como Arthur Crudup y Rufus Thomas o los blueses de B.B. King, a quien tuvo la oportunidad de tratar desde principios de los años cincuenta.
  La mudanza a Memphis habría de ser fundamental para él y para la historia toda del rock. La anécdota es muy conocida, pero siempre es bueno recordarla. En agosto de 1953, a los 18 años de edad, el joven Presley tuvo la idea de regalarle un presente muy especial a su madre el día en que esta cumplía años. Para ello, ahorró algún dinero y acudió a un estudio de grabación de la ciudad, cuyo propietario era un tal Sam Phillips. Sun Records se llamaba la pequeña pero próspera disquera. La idea del muchacho era grabar un par de canciones en un disco, para regalárselo a su mamá. Las dos piezas elegidas fueron las tradicionales “My Happiness y “That’s Where Your Heartaches Begin”. Ciertamente no eran canciones “negras”, pero cuando Sam Phillips las escuchó, de inmediato quizo saber quién era el dueño de aquella voz sin par. Por medio de su recepcionista logró entrar en contacto con él y le ofreció un contrato para grabar, cosa que extrañó al muchacho, ya que recientemente había hecho dos intentos por ingresar a un par de grupos y en ambas ocasiones le habían dicho que no servía para cantar, por lo que, resignado, acababa de tomar un trabajo como chofer de camión de una empresa de productos eléctricos.
  Phillips llevaba mucho tiempo en busca de un vocalista de raza blanca que pudiera llevar a un público mayoritario el sonido de los músicos negros con los que hasta entonces había trabajado (Muddy Waters, Willie Dixon, Howlin’ Wolf, Junior Parker, Little Milton, Bobby Blue Bland, etcétera) y vio en Presley su oportunidad de oro. No se equivocaría.
  En una sesión histórica, el 5 de julio de 1954, en la que los presentes en el estudio no daban con la canción precisa para que Elvis la grabara, durante un intermedio, con todos los músicos fatigados y a punto de retirarse, el joven de 18 años tomó la guitarra y empezó a cantar “That’s All Right”, un viejo blues de Arthur Crudup. Dos de los músicos, el guitarrista Scotty Moore y el contrabajista Bill Black se unieron a manera de jam session y como la puerta de la cabina estaba abierta, aquello llegó a oídos de Sam Phillips quien, como en final feliz de película hollywoodense, supo que aquel era justo el sonido que estaba buscando. Su cantante blanco con voz de negro acababa de surgir.
  De inmediato se grabó un primer EP de dos caras, con “That’s All Right” como lado A y la canción de bluegrass  “Blue Moon of Kentucky" como lado B. Tres días después, el disco era un éxito local, al ser difundido por una radiodifusora de Memphis. Mucha gente llamó para saber quién era aquel nuevo cantante negro y fue entonces que se reveló que Elvis Presley en realidad era blanco.
  A partir de ahí, firmado por Sun Records y con la fama que se extendía rápidamente por todos los Estados Unidos, Elvis grabaría una combinación de canciones de origen bluesero, junto con otras más de tipo campirano a la Nashville. Pero era con las primeras con las que la naciente estrella se sentía más a sus anchas y con las que podía explotar más ese estilo personal que empezaba a desarrollar durante sus presentaciones y que tenía mucho más de la sensualidad negra de los músicos de blues y de soul que de la rigidez asexuada y bobalicona de los cantantes blancos de country & western. Su manera de moverse incitaba a las jovencitas (y a muchos jovencitos) que lo veían contonearse y mover la pelvis (de ahí el sobrenombre de Pelvis Presley), mas para ello requería de las canciones idóneas, con el ritmo cachondo que le permitía realizar sus tan característicos pasos de baile. Por ello grabó temas como “Good Rockin’ Tonight”, “Milk Cow Blues", “Baby Let’s Play House”, “I Got a Woman”, Mistery Train” y varias más (como “Hound Dog” o “Heartbreak Hotel”, ya en la RCA).
  Aunque a principios de los sesenta fue enviado al ejército y de algún modo neutralizado, Elvis Presley jamás perdió su lado negro y lo siguió manifestando hasta el día de su muerte, el 16 de agosto de 1977, hace 40 años. En el fondo, fue siempre un blues man.

(Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario)

sábado, 12 de agosto de 2017

El tal Rius

Pocas personas resultaron tan importantes en mi formación personal, sobre todo a partir de mi adolescencia y hasta mis primeros 30 años, como Eduardo del Río, el gran caricaturista mejor conocido como Rius.
  Me topé con su obra y sus ideas a fines de los años 60, cuando yo tenía 13 años y mi hermano mayor comenzó a comprar una revista mexicana de historietas absolutamente diferente a las que yo había leído antes. No sólo era diferente por el dibujo de sus personajes, sino por el contenido. Se trataba de un comic que hablaba de política, que ejercía una fuerte crítica social y que además era divertidísimo. Hablo de Los Supermachos de Rius, revista de la que se publicó un centenar de números en pleno gobierno del priista de ultraderecha Gustavo Díaz Ordaz.
  Al lado de publicaciones como Siempre! o la casi clandestina ¿Por qué?, Los Supermachos era de lo muy poco que se podía comprar en los puestos de periódicos con señalamientos al régimen.
  Más tarde vinieron Los Agachados, editados por Posada, empresa dirigida por don Guillermo Mendizábal Lizalde (donde trabajé y conocí a Rius, en los años 80) y en la que el caricaturista comenzó a publicar sus primeros libros, como los clásicos Cuba para principiantes y La panza es primero. Debido a aquél, terminé por transformarme en un convencido socialista pro soviético y antiimperialista y gracias al segundo, me convertí en vegetariano.
   Con el paso de los años, mis ideas empezaron a bifurcarse respecto a las del dibujante. Comencé a volverme cada vez más crítico del llamado socialismo real, incluido el gobierno de Fidel Castro en Cuba. Rius, en cambio, se mantuvo dentro de la ortodoxia y ahí permaneció hasta su muerte.
  Guardo un cariño muy especial por aquellas de sus obras que más me tocaron la mente y que en su momento me la abrieron hacia nuevos horizontes.
  Ah, también dejé de ser vegetariano.

PD: Nunca dejaré de agradecer a Rius el haber dibujado la portada de mi primer libro: Más allá de Laguna Verde (Editorial Posada, 1988).

(Publicado el día de hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 11 de agosto de 2017

Para dártelas de entendido en rock (22)

Pattie Boyd fue esposa de George Harrison y Eric Clapton. Cotizada modelo a mediados de los sesenta, su rostro era el epítome de la escena londinense de la época. George y Eric se enamoraron tanto de ella que el segundo prácticamente se la bajó al primero. Era tan hermosa que a cada uno de ellos le inspiró una obra de arte: Harrison le compuso “Something” y Clapton “Layla.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Rius

Pocas personas resultaron tan importantes en mi formación personal, sobre todo a partir de mi adolescencia y hasta mis primeros treinta años, como Eduardo del Río, el estupendo caricaturista mejor conocido como Rius.
  Me topé con su obra y con sus ideas a fines de los años sesenta, cuando yo tenía trece años y mi hermano Sergio comenzó a comprar una revista mexicana de historietas absolutamente diferente a las que yo había leído antes. No sólo era diferente por el dibujo de sus personajes (Calzonzin, Chon Prieto, doña Emerenciana, don Plutarco, el Lechuzo, Arsenio, don Lucas, etcétera, cada uno un prototipo social: el gobernante, el gendarme, el burócrata, la beata, el borrachín, el indígena ilustrado y consciente), sino por el contenido. Se trataba de un comic que hablaba de política, que ejercía una fuerte crítica social y que además era divertidísimo. Hablo, claro, de Los Supermachos, revista semanal de la que se publicó un centenar de números en pleno gobierno del priista de ultraderecha Gustavo Díaz Ordaz (estoy hablando aproximadamente de los años 1967 y 1968).
  Al lado de publicaciones como la revista Siempre! o la casi clandestina Por qué!, Los Supermachos era de lo muy poco que se podía comprar en los puestos de periódicos con señalamientos al régimen (en secundaria, encuaderné dos tomos de ejemplares de la revista, mismos que aún conservo).
  Más tarde vinieron Los Agachados, del mismo Rius, editados por Posada, empresa dirigida por el entrañable don Guillermo Mendizábal Lizalde y en la que el caricaturista comenzó a sacar sus primeros libros, como los inolvidables Cuba para principiantes y, más adelante, La panza es primero. Debido a aquél, terminé por transformarme en un convencido socialista pro soviético y antiimperialista (además de antipriista y antirreligioso) y gracias al segundo, me convertí en vegetariano en 1969. También me entró la idea de ser caricaturista y me puse a imitar los monos del michoacano y a escribir algunas cosas inspiradas en él, como una pretensiosa e ingenua historia de la humanidad.

  Rius puso en circulación muchos otros libros sobre los más diversos temas, al tiempo que en Los Agachados (virtual continuación de Los Supermachos y de los que también tengo muchos números) abordó de manera concisa y, hoy puedo verlo, un tanto esquemática, muchos otros asuntos políticos, sociales y culturales. Asimismo, por esa época apareció La garrapata, en la que Rius y otros colegas suyos, como Helio Flores y Rogelio Naranjo, siguieron ejerciendo una crítica cada vez más radical y al mismo tiempo humorística, aprovechando la relativa apertura que a principios de los setenta otorgó (porque así fue: él la otorgó) el gobierno del nuevo presidente: Luis Echevarría Álvarez. Fui fan de La garrapata y también conservo ejemplares.
  A lo largo de esa década, seguí siendo fiel seguidor de todo lo que publicaba Eduardo del Río y quiso la vida que a fines del decenio entrara yo a trabajar precisamente a Editorial Posada, donde en no pocas ocasiones me tocó ver a Rius, aunque jamás me atreví a hablarle. En 1982 salí de Posada y no regresé hasta 1987, para dirigir la revista Natura (fundada por el propio Rius años atrás). Al año siguiente, la editorial editó mi primer libro, Más allá de Laguna Verde, una investigación periodística sobre la planta nuclear veracruzana y tuve el privilegio de que la portada la ilustrara mi héroe Rius (aunque no sé por qué no le puso su famosa firma). Aún así, sólo en una ocasión tuve la oportunidad de saludarlo y darle las gracias. Me pareció un tipo seco y no del todo amable.
  Con el paso de los años (volví a dejar Posada en 1989), mis ideas empezaron a bifurcarse respecto a las del dibujante y escritor. Yo comencé a volverme cada vez más crítico del llamado socialismo real (ya habían desaparecido la URSS y el bloque socialista europeo), incluido el gobierno de Fidel Castro en Cuba, aunque siempre seguí considerándome -como hasta la fecha- un hombre de izquierda. Rius, en cambio, se mantuvo dentro de la ortodoxia y ahí permaneció hasta su muerte, lamentablemente acaecida el día de ayer.
  Hace mucho que no lo sigo y que no leo sus libros, pero guardo un cariño muy especial por aquellas de sus obras que más me tocaron la mente y que en su momento me la abrieron hacia nuevos horizontes.
  Ah, también dejé de ser vegetariano.

martes, 8 de agosto de 2017

Cuatro sencillos

Vivimos el reinado del sencillo, de la canción sola, de la tonada solitaria y aislada del contexto del álbum. No es algo nuevo, por supuesto, y ha sucedido desde tiempos pretéritos. Sin embargo, nunca como hoy los discos de larga duración han tenido tan poca importancia comercial y nunca como hoy el famoso single ha impuesto su dictadura.
  Por eso, músicos como Mick Jagger lanzan dos canciones “sencillas” para preparar el advenimiento de su nuevo disco, mismo que será una colección... de sencillos. En fin, cuestiones e imposiciones del mercado.
  Cuatro sencillos han llegado a mis oídos estos días y los comentaré rápida y sucintamente. Dos son, como decía, de Jagger, uno de Belle and Sebastian y el último de un inefable grupito mexicano llamado Adiós París.
  “Gotta Get a Grip” e “England Lost” de Mick Jagger son dos excelentes piezas. La primera recuerda la época ochentera de los Rolling Stones, con un beat bailable y sensual y una atmósfera hipnótica que va intensificándose en un irresistible crescendo vocal e instrumental, mientras que la segunda tiene más que ver con las actuales tendencias musicales relacionadas con el hip-hop, aunque no pierde su esencia jaggeriana y posee una intensidad rítmica y onírica irresistible. Dos temas estupendos de un Mick Jagger que jamás envejece.
  “We Were Beautiful” de Belle & Sebastian es una absoluta belleza (como es usual en las composiciones de Stuart Murdoch), plena de nostalgia y de poéticas reflexiones sobre el paso del tiempo. Dueño de una gran intuición melódica, el grupo vuelve a hacer honor a sus mejores cualidades musicales.
  Last and, yes, least, “Canción para ti” de Adiós París es una cosa inenarrable que demuestra los profundos abismos a los que es capaz de llegar nuestro mísero rockcito. Música simplona, letra de pobreza extrema y un video sexista a más no poder. La bobería llevada a límites que ni Caloncho (nuestro Arjona en versión chafa) ha alcanzado en sus peores momentos. De penita ajena.

(Publicado el día de hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)

lunes, 7 de agosto de 2017

Band of Gypsys

De los muchos álbumes en vivo de Jimi Hendrix que han aparecido (y que siguen apareciendo) durante los últimos cuarenta y tantos años, este es el único oficialmente autorizado por el músico. Ni siquiera la versión completa y en disco compacto doble (aparecida en 1999) de los dos legendarios conciertos de la Banda de Gitanos, celebrados en el Fillmore East de Nueva York en el año nuevo de 1969-1970, vale. Lo curioso es que el vinil original salió debido a un adeudo contractual que tenía Hendrix con su disquera y que debió pagar de ese modo.
  The Band of Gypsys estaba conformada por Jimi Hendrix en la guitarra, Billy Cox (un viejo ex compañero de Jimi en el ejército) en el bajo y Buddy Miles (el obeso y contundente ex integrante de Electric Flag) en la batería. La Jimi Hendrix Experience había pasado a mejor vida seis meses atrás y con su nueva agrupación, el guitarrista pareció tomar nuevos ánimos, lo cual resalta en esta emotiva grabación en la que el de Seattle quiso dar a conocer parte del nuevo material que había compuesto. Era claro que la psicodelia comenzaba a quedar atrás y que Hendrix apostaba ahora por temas más concisos y más emparentados con el soul, el funk y el rhyhm n’ blues.
  La actuación de esa noche no pudo ser mejor: intensa, precisa, compacta, poderosa, llena de alma y sentimiento… y técnicamente perfecta, con una utilización asombrosa de su instrumento y de diferentes efectos que lo llevaron a estratos nunca antes explorados por músico de rock alguno. Esto resulta evidente sobretodo en la mejor pieza del disco: la monumental y escalofriante “Machine Gun”, en la que su guitarra produce toda clase de sonidos que remiten a la guerra y a los bombardeos de los marines sobre Vietnam del Norte. El tableteo de las ametralladoras, reproducido también por la batería de Miles, es uno de los momentos más memorables en la carrera de Jimi Hendrix. Pero no sólo hay efectos en la canción. La letra es un impecable alegato antibélico y la música no puede ser mejor, sobre todo el prodigioso y devastador solo de su guitarra eléctrica.
  Otros temas notables del disco son “Who Knows” –con su suave riff inicial que da paso a la entrada simultánea de la sección rítmica para armar un compás que hipnotiza y brinda pie a un diálogo vocal entre Hendrix y Miles para culminar con una extraordinaria demostración del uso del wah-wah–, “Power of Soul” –un gran tema (que en la contraportada del disco aparece extrañamente como “Power to Love”), pleno de potencia rocanrolera, cambios armónicos que van del rock duro al funk y al soul psicodélico y asombrosos pasajes instrumentales de transición, más una sensacional coda a dos voces– y “Message to Love” –otra canción con idealista mensaje de amor y paz (que es lo de menos) y una construcción funkera (que es lo de más) próxima al pop (como se entendía el pop en los sesenta) y al rhyhm and blues, aunque con una guitarra hendrixianamente apabullante.
  Buddy Miles contribuyó con dos composiciones: “Changes” y “We Gotta Live Together”. La primera es una muy divertida pieza funky, con la guitarra juguetona de Jimi que sirve como contrapunto a la aguda voz del gordo baterista, al tiempo que repite el contagioso y conocido riff y edifica un muy buen solo. “We Gotta Live Together” es menos brillante y no parece ser el corte ideal para terminar el plato, pero la salva la intervencieon omnipresente e híper creativa de la guitarra de Hendrix.
  Band of Gypsys (1970) es  un trabajo memorable y uno de los grandes discos en concierto de la historia del rock.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 19, publicado en abril de 2005).

domingo, 6 de agosto de 2017

Con mi mamá en Tlalpan

Pasé desde el mediodía hasta la tardenoche en casa de mi mamá. Ivette tuvo un compromiso y me pidió que le echara la mano con la comida y la cena de nuestra señora madre, aunque cuando llegué (a la una y media) ya estaba comiendo y a las siete y media que me fui, se negó a cenar porque aún no tenía hambre.
  Nos pusimos a ver la tele (Animal Planet que la entretiene mucho) y en algún momento a ambos nos ganó el sueño. Le tomé fotos antes de irme. La de ella asomada a la ventana me gusta y por eso la incluyo aquí.

sábado, 5 de agosto de 2017

The Caracas-Tláhuac connection

¿Cómo? ¿Hay una conexión entre lo que está sucediendo en Caracas y los recientes acontecimientos delictivos en Tláhuac? No, no se trata de una nueva teoría del complot. La conexión a la que me refiero tiene que ver con una semejanza entre el sátrapa venezolano Nicolás Maduro y el delegado en Tláhuac Rigoberto Salgado: a ambos les encanta colocar parientes en la nómina.
  En el caso del funcionario morenista, el miércoles pasado, durante su comparecencia ante la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México, salió a relucir, en voz de diversos asambleístas que interrogaban a Salgado, una gran cantidad de nombres de parientes suyos o del tristemente célebre Felipe Luna Pérez, “El Ojos”, que ostentan o han ostentado empleos dentro de la delegación tlahuacana. En el caso de Cristian Salgado, detenido el 27 de julio, resulta que es hijo de una hermana del “Ojos” y de un primo de don Rigoberto. Lazos familiares se les llama.
  Frente a los cuestionamientos, el delegado se quejó porque, dijo, los datos sobre sus familiares y los de “El Ojos” en la nómina de la demarcación deberían estar bajo resguardo de la Contraloría y no en manos de los asambleístas.
  Por lo que toca a Nicolás Maduro, el ya casi dictador oficial de Venezuela, resulta que su hijo, conocido como “Nicolasito” (creador de la frase: “Ha fallecido gente viva”), es quien encabeza la lista de “constituyentes” que fueron elegidos para la nueva y espuria Asamblea Nacional. Nico Jr., a sus escasos 27 años, ha sido protagonista de algunos escándalos y ha medrado del presupuesto con diversos cargos, como el de director de una escuela de cine que durante un año no existió.
  También la esposa de Maduro, Cilia Flores, la “Primera combatiente”, madrastra de Nicolasito y quien ha colocado a una cincuentena de parientes y amigos en puestos claves del gobierno, es flamante asambleísta constituyente.
  “El orgullo de mi nepotismo”, llamó el ex presidente José López Portillo a su hijo. Don Pepe continúa teniendo seguidores.

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)

viernes, 4 de agosto de 2017

Para dártelas de entendido en rock (21)

Guns And Roses grabó su hermosa canción  "Patience" una noche en la que todos sus integrantes se encontraban totalmente borrachos. A la mañana siguiente, cuando escucharon la cinta, no podían creer que habían hecho algo tan bueno. Sin embargo, fue necesario regrabarla, debido a que a la mitad de la pieza se escuchaba el sonido de Axl Rose al ganarle el vómito.

jueves, 3 de agosto de 2017

A veces

No recuerdo si ya había publicado este meme que alguien me hizo. Lo subo de todos modos.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Mi primo Gustavo

Hoy es el cumpleaños 64 de mi primo Gustavo García Arróyave (1953). Hijo de mi tío Gustavo (hermano menor de mi papá) y de su esposa, mi tía Martha, quienes fueron mis padrinos de bautizo.
  Crecí muy cerca de Gustavo y de sus hermanas, mis queridísimas primas Martha y Marcela. Durante años, nos vimos los fines de semana en la Quinta Guadalupe, en Tlalpan, donde nos quedábamos a dormir acompañando a mi abuelita Guadalupe. Muchas veces fui con ellos también a Cuautla, Morelos, a la casa que allá tenían nuestros tíos Juan Szemann y Esperanza, la hermana mayor de mi papá.
  Gustavo se convirtió en piloto aviador y trabajó más de 30 años en ello, terminando su carrera en Aeroméxico. Incluso fue presidente del sindicato de pilotos de esa empresa aérea.
  En fin, con él siempre he tenido una magnífica relación y existe un gran cariño entre nosotros, como lo muestran las dos fotos de este post: una de 1955 y la otra de 2013.
  El gran Gus.

martes, 1 de agosto de 2017

Jaime López en el 61

Dos leyendas de la música mexicana contemporánea relacionada con el blues, el folk y el rock. El gran Jaime López y ese entrañable lugar llamado el 61.
  Por un lado, un gran intérprete y hacedor de canciones (no hace mucho platicaba con Jaime acerca del feo y equívoco término “cantautor” y me decía que es difícil hallar un buen equivalente en español a la palabra inglesa songwriter. Cierto: ¿cancionero, cancionista? Dejémoslo pues en hacedor de canciones... ¡y qué canciones! Siempre he dicho que López es el mejor letrista del rock –que no rockcito en su caso– nacional y lo sostengo).
  Por otro lado, el legendario bar 61 (antes Ruta 61) que ha vuelto por sus fueros en otra ubicación más céntrica (Fray Servando casi esquina con 5 de febrero) y con mucho mayor cupo y espacio, pero sin perder su vieja mística negra, abierta hoy a otras expresiones musicales como el jazz, el funk y el rock.
  Gran noche la del pasado sábado 29 de julio, con un 61 lleno a reventar y un Jaime López a solas en el escenario, con no más acompañantes que su guitarra electroacústica de doce cuerdas, su armónica, su voz y una botella de vino rojo. Casi tres horas de actuación en un verdadero tour de force que jamás decayó y en el que el público, su público, no dejó de cantar las ¿veintitantas, treintaitantas? canciones que ofreció sin darse un momento de reposo. Nada de intermedios. Para parafrasear a Norman Mailer: los tipos duros no hacen pausas.
  Temas de todas sus épocas, más de 30 años compilados en canciones a las que el músico quiso imbuir de un mood bluesero y cachondo, con esa voz rasposa que sube y baja de manera asombrosa y esas letras tan llenas de juegos de palabras e intencionada ironía.
  Jaime López y el 61. Grata y perfecta conjunción en una noche en la que asomaron las narices Lou Reed y Muddy Waters, Howlin’ Wolf y Chuck Berry, pero también Mike Laure y el autor anónimo de “La llorona”.
  ¡Sácalo!

(Publicado hoy en mi columna "Gajes del orificio" de la sección ¡hey! de Milenio Diario)