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martes, 11 de noviembre de 2025

B.B.

viernes, 10 de mayo de 2024

Cadillac Records o el blues de Leonard Chess

Hace algunas semanas, en nuestras acostumbradas listas quincenales, “Acordes y desacordes” públicó una relación de diez películas cuya temática gira alrededor del rock y otros géneros afines, entre ellos el blues. Pero un filme se quedó en el tintero, una obra cinematográfica estupenda que trata, precisamente, de blues y de uno de los momentos cruciales (¿una encrucijada?) en la historia del mismo: el nacimiento del primer sello disquero consagrado íntegramente a esta música desde su vertiente urbana.

Me estoy refiriendo a Cadillac Records, la cinta dirigida por Darnell Martin en 2008, en la que se relata de una manera cálida y cautivadora la fascinante manera como surgió en la ciudad de Chicago la legendaria discográfica Chess Records.

  La trama se desarrolla durante la década de los años cincuenta y hasta principios de los sesenta, cuando el blues vivía un momento de auge y el rhythm n’ blues (r&b) se iba consolidando como un género con características propias. En medio de aquel caldo de cultivo tan propicio, Leonard Chess, un inmigrante polaco de raíces judías y con una gran visión empresarial, dueño de un bar de blues en un barrio mayoritariamente afroamericano que administra junto con su hermano Phil, en 1950 decide venderlo y arriesgarse a poner un modesto estudio en el número 2120 de la South Michigan Avenue, para grabar la que en aquel entonces, de manera por demás discriminatoria, era llamada race music, música racial, es decir, la música que producía la gente de raza negra. 

  Con una soberbia interpretación de Adrien Brody como Leonard Chess, la película nos muestra la temprana relación entre éste y un bluesero rural de casi 40 años de edad, recién llegado del delta del río Mississippi, un tal McKinley Morganfield, quien se hace llamar Muddy Waters (Aguas pantanosas) y al que Chess contrata como su primer artista para la flamante disquera. 

  El filme está narrado desde el punto de vista de una de las más grandes glorias del blues, el contrabajista, compositor y productor Willie Dixon (cuyo papel desarrolla con gran sobriedad el actor Cedric the Entertainer), y se centra en la relación (laboral pero también amistosa y hasta íntima) entre Chess y los principales artistas (hoy todos ellos míticos) que va firmando para su sello, con las múltiples vicisitudes que esto conlleva. Figuras como el propio Muddy Waters (interpretado por un excelente Jeffrey Wright), Chuck Berry (Mos Def), Etta James (Beyoncé Knowles), Little Walter (Columbus Short) y Howlin’ Wolf (un asombroso Eamonn Walker) van apareciendo en la cinta con actuaciones magníficas y extraordinariamente verosímiles. En la producción, el casting y la dirección hay un cuidado minucioso por los detalles y con ello se consigue capturar la esencia y el espíritu de cada uno de aquellos mitos musicales y su entorno, con lo cual el espectador se ve transportado a esa época dorada del blues y del nacimiento del rock n’ roll (r&r). 

  Con un guión impecable, Cadillac Records logra mostrar de un modo profundo los desafíos y sacrificios que debieron enfrentar aquellos personajes en su búsqueda de fama, éxito y dinero. Porque sí, dado que todos provenían de sectores sociales muy pobres, algunos incluso de lo que quedaba de esclavitud solapada en el sur profundo estadounidense, para ellos (y para ella, en el caso de Etta James), el dinero era muy importante, aunque de pronto no supieran aprovecharlo de la mejor manera y cayeran en los excesos y el vicio, ya fuera el alcohol o las drogas duras. En ese sentido, la cinta es muy honesta y muestra en forma realista y sin idealizaciones la situación de esos muchas veces sórdidos ambientes.

  Mención aparte merece la banda sonora de la película, con una selección impresionante de clásicos del blues, el r&b y el r&r. Grandes temas de Muddy Waters (“Forty Days and Forty Nights”, “I’m Your Hoochie Coochie Man”, “I Cant’t Be Satisfied”), Little Walter (“Juke”, “My Babe”), Howlin’ Wolf (“Smokestack Lightnin”), Chuck Berry (“Maybellene”, “Come On”) y Etta James (“At Last”, “I’d Rather Go Blind”) y otros que sirven como un perfecto fondo musical para el desarrollo del filme y nos sitúan en aquel mítico Chicago a cuya escena tanto le deben los amantes del blues. 

  Un breve y curioso momento de Cadillac Records es aquel en el que llega a la disquera un quinteto de rocanroleros ingleses de cabello largo que desea grabar algunas canciones en el lugar de sus ídolos. Nadie conoce a aquellos greñudos, los cuales se identifican como los Rolling Stones (“nos pusimos ese nombre en homenaje a su canción ‘Rolling Stone’”, le dice Mick Jagger a Muddy Waters), quienes en ese entonces realizaban su primera gira por los Estados Unidos (el hecho, por cierto, es verídico y tuvo lugar el 10 de junio de 1964; los Stones grabaron ahí quince temas, algunos de los cuales formarían parte de su segundo álbum: 12 X 5).

  Con su triste y melancólico final –que no contaré para no echar a perder la experiencia a los posibles espectadores de esta más que recomendable cinta (la cual puede verse en la plataforma Max)–, Cadillac Records es una oda a aquellos músicos de blues, pioneros quizás involuntarios del rock, que sentaron las bases para lo que habría de ser la música en Estados Unidos –y por ende en buena parte del mundo occidental– en los años siguientes... y hasta la fecha. 


Nota al calce: Si acaso el lector se pregunta por qué la película se llama Cadillac Records, la respuesta es sencilla: Leonard Chess tenia como costumbre regalar un Cadillac del año a los artistas que generaban una cantidad considerable de ganancias para la disquera. Varios de ellos lo recibieron.


Texto publicado en día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos.

jueves, 13 de enero de 2022

domingo, 17 de octubre de 2021

Curso

El mes próximo voy a impartir este curso virtual de cuatro sesiones, una cada jueves a partir del 4 de noviembre. Quienes deseen inscribirse, favor de hacérmelo saber por mensaje directo. El cupo es limitado. Será un placer realizarlo y estar en contacto directo con ustedes.

viernes, 8 de octubre de 2021

Born Under a Bad Sign

“Born under a bad sign
I been down since I begin to crawl
If it wasn't for bad luck,
I wouldn't have no luck at all”.

Booker T. Jones / William Bell


“Nací bajo un mal signo, he estado jodido desde que comencé a gatear”, cantaba con todo su poderío el gran Albert King, en ese tema clásico del blues que es “Born Under a Bad Sign” que el propio King se encargó de inmortalizar. Aunque no se lamentaba del todo al exclamar con ironía: “Si no fuera por la mala suerte, no hubiera tenido suerte en absoluto”.
  ¿Mejor tener mala suerte con tal de que haya alguna suerte en la vida?
  La pregunta puede ser profundamente filosófica y terriblemente fatalista. Pero de eso canta en esencia el blues: de tristeza, de miseria, de sufrimiento, de traición, de sangre, de sudor, de lágrimas, de falta de perspectivas: de mala suerte. No es para menos. El blues nació en lo más pobre de lo pobre: los campos de esclavos del sur profundo estadounidense. Es la música de la gente más lastimada y envilecida, música surgida de las jornadas de trabajo de sol a sol, de los malos tratos de los amos blancos y sus capataces, de vivir en pocilgas, de padecer desde el nacimiento hasta la muerte. Eso tenía que verse como mala suerte, como pésimo destino, como nacer bajo un mal signo –y aquí recomiendo la lectura de la estupenda novela El ferrocarril subterráneo (The Underground Railroad, 2016) de Colson Whitehead que hace un impactante retrato, entre realista y realista mágico, de la esclavitud en el sur profundo de Estados Unidos).
  El blues es pesimista desde la base y el blues es el padre del jazz y del rock and roll –y de todo lo que hoy llamamos rock. ¿Ha permanecido por tanto esa visión negra (en todos los sentidos de la palabra) en la esencia del género? ¿Persiste ese bad sign entre los que han escrito y siguen escribiendo blues, rock y todos sus derivados? En buena parte es así.
  Cuando los blancos hicieron suyo al rhythm and blues primigenio –no ese híbrido de espanto al que soy se conoce como r&b (pronúnciese ar-and-bí)– y lo mezclaron con ciertas dosis de country and western, la tristeza y la melancolía no se alejaron. Cierto que en el naciente rock and roll había muchas melodías optimistas y muchos intérpretes bobalicones, pero su verdadera fuerza seguía apegada a las raíces del deep south y del delta del río Mississippi. El signo de la fatalidad y la mala suerte estaban ahí y eso lo vemos en una enorme cantidad de composiciones de músicos blancos de origen anglosajón: desde Bob Dylan y Grateful Dead hasta los Avett Brothers y Jack White, pasando por una larga lista que incluye a Janis Joplin, Jim Morrison, Tom Waits, Leonard Coen, Joni Mitchell, Eric Clapton, Joe Cocker, Led Zeppelin, Pink Floyd, Neil Young, Nick Cave, The Clash, Dire Straits, U2, Mother Love Bone, Sonic Youth, Nirvana, Pearl Jam, Elliott Smith, Bruce Springsteen, Jeff Buckley, Radiohead, etcétera, etcétera. Todos músicos blancos. Todos con una visión negra (o muy negra) de la vida. Todos nacidos bajo un mal signo que se refleja en sus letras y en su música.
  Por supuesto que ese bad sign del legendario blues compuesto por Booker T. Jones y William Bell no es una marca fatal y negativa. Todo lo contrario. Es lo que ha permitido al rock mantener su autenticidad en un mundo dominado por el utilitarismo, la superficialidad, la frivolidad y el consumismo. Es lo que le da sentido a una vida como la de Kurt Cobain y a su trágico final.
  Cobain, como pocos, encarna a esa mala suerte de la canción que da título a esta columna. A 27 años de su violento fallecimiento, cuando apenas tenía 27 años de edad; de esa autoinmolación que a muchos aún parece incomprensible, habría que buscar un motivo y verla de la misma manera en que el líder de Nirvana veía a su existencia: como un absoluto sinsentido.
  “La suerte no existe”, rezan los libros de superación personal. “Cada quien es el arquitecto de su propio destino”. ¡Ja! Esa es una gran falacia y el blues y el rock, desde sus más profundos infiernos, están ahí para contradecirla.
  “Hard luck and trouble is my only friend / I been on my own ever since I was ten” (La mala suerte y los problemas son mi único amigo / he estado solo desde que tenía diez años), prosigue cantando Albert King. ¿Quién es el señorito que se atrevería a desmentirlo?

(Publicada el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos)

lunes, 25 de enero de 2021

Esta puta ciudad (lyric video)

 

El sexto sencillo de mi álbum Nunca es tarde, espero que les guste.

Música y letra: Hugo García Michel
Jaime López (voz y armónica)
Mauricio Mayén (guitarra principal)
Leticia Belquia (bajo)
Mario Chánez (batería)
Hugo García Michel (voz y segunda guitarra)
 
Arreglo: Hugo García Michel
Grabación, producción y mezcla: Jehová Villa Monroy
Masterización: Arcadio Hernández
Producción ejecutiva: Iris Bringas y Hugo García Michel
 
Video: Marlene Betanzos
Subtitulaje: Iris Bringas
 
©Derechos reservados
Enero de 2021

miércoles, 2 de diciembre de 2020

¿Por qué vale la pena vivir? (actualizado)

¿Por qué vale la pena vivir? Es una buena pregunta... Mmmm... Bueno, hay varias cosas que creo que hacen que valga la pena... Eh, ¿como cuáles? Bien, para mí... Mmmm... Yo diría... Los Hermanos Marx... por decir una... Mmmm... Manhattan y Annie Hall de Woody Allen... El cine de Francois Truffaut y el de Eric Rohmer... Las películas de James Cagney y de Jimmy Stewart... Mucho del cine hollywoodense de los años treinta… Mucho del cine mexicano de la Época de oro… Marilyn Monroe... Tin Tan... La música de Mozart y de Haydn... El blues... El buen rock... El jazz... Frank Zappa... Los Beatles... Los Kinks... The Who... Los Rolling Stones… Bob Dylan... Donovan… Led Zeppelin… The Warning… Oscar Wilde... Voltaire... Jorge Ibargüengoitia... Borges y Rulfo… Rojo y negro de Stendhal... Madame Bovary y La educación sentimental de Flaubert... Crimen y castigo y Los hermanos Karamasov de Dostoievsky… Anna Karenina de Tolstoi… Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz… La pintura de Modigliani y de Magritte y de Paul Klee... Seinfeld... Shameless US… Mis hijos Alain y Jan... Los libros que he escrito y los que aún quiero escribir… Mis canciones… Mi disco Nunca es tarde... El Barça, los Pumas de la UNAM y el futbol como una de las bellas artes... Messi... Tlalpan... París… México... Las tardes de noviembre... Mis guitarras… Mi antiguo depto... Las mujeres amigas… Las mujeres amantes… Las mujeres utópicas… La posibilidad de amar como si uno siguiera siendo un adolescente... La pasión, la entrega, la ternura, la libertad amorosa... Por eso y sólo por eso, sí que vale la pena vivir.

(Paráfrasis renovada de mi escena favorita de Manhattan, mi película favorita de Woody Allen, en la que el personaje de Isaac Davis –Allen mismo–, recostado en un sofá, dicta en una grabadora los motivos por los que él siente que vale la pena vivir)

martes, 15 de septiembre de 2020

Nunca es tarde (Cuarto comunicado)


Los saludo y les anuncio con gran gusto y emoción que este jueves 17 de septiembre, en punto de las nueve de la noche, será la presentación del segundo sencillo de mi disco Nunca es tarde.

Después de la buena recepción que ha tenido "Ángel o demonio", primer sencillo del álbum que ya puede verse en YouTube y escucharse en prácticamente todas las plataformas de streaming musical, espero que este segundo tema sea del agrado de la mayoría de ustedes.

Esta vez se trata de mi composición "Es riesgoso", en la cual participan también grandes exponentes de la música en nuestro país como Jaime López (voz y armónica),  Jenny Beaujean (voz y coros), Ingrid Beaujean (coros), Iris Bringas (voz), Mauricio Mayén (guitarra principal y guitarra de doce cuerdas), Ernesto Guerrero (órgano), Jehová Villa Monroy (bajo y guitarra de doce cuerdas) y Mario Chánez (batería). Mi participación es en voz, guitarra electroacústica y arreglo. El ingeniero de sonido es Jehová Villa Monroy y la masterización estuvo a cargo de Arcadio Martínez.

No mencionaré el estilo y el género musicales de la canción, como tampoco de qué habla la letra, para que sea una sorpresa.

Poco menos de una hora antes de la presentación (jueves 17 de septiembre, 20:10 hrs), se hará una transmisión vía Facebook Live con algunos de los músicos que estuvimos involucrados en el tema. Allí nos vemos.

jueves, 23 de julio de 2020

Tengo al diablo en mí


Cuenta Keith Richards en su biografía Vida que muchas de las canciones de los Stones nacieron a partir de una frase encontrada por ahí. Hace cinco años, en un día como hoy, mi amiga Marianne Morgendorffer escribió en su muro "Baby baby, siento el diablo en mí..." y le comenté que iba a componer un blues basado en esa frase. No tenía aún la música siquiera, pero de pronto, al juguetear con la guitarra en tonalidad abierta de Sol (la misma que usa Richards y que su libro me hizo descubrir), me salió un riff al que se acomodó la frase de Marianne –aunque la acorté a "Siento al diablo en mí"– y que hizo que saliera un blues estilo Delta del Mississippi, muy diferente a los que he escrito antes (para empezar, es mi primera pieza en open G). La letra surgió después y la escribí (tres estrofas) en diez o quince minutos, por ahí de las tres y media de la madrugada (son siempre mis horas más creativas). Así, de pronto, tuve una nueva composición que juega con la figura del diablo en la encrucijada, como el que según la leyenda se topó con Robert Johnson. Es un bluesecito, por supuesto. Helo aquí, en simple demo.

martes, 10 de marzo de 2020

Los Pechos Privilegiados All Stars Band



Hace 16 años de este concierto en el Hard Rock Live de Polanco. Marzo de 2004, aniversario 10 de La Mosca en la Pared. Los Pechos Privilegiados All Stars Band. Ahí aparecen José Manuel Aguilera, Iraida Noriega, Alejandro Marcovich, Magos Herrera, Jaime López, mi hijo Alain (en la batería), Juan Óscar Alcina... y estuvieron también Diego Maroto, Alejandro Otaola, Adolfo Cantú, Leyla Rangel, Paula Watson y Luis Sánchez.

sábado, 4 de enero de 2020

2019: un recuento por géneros


¿Qué fue lo mejor, género por género, que nos trajo la música durante el año que está a punto de irse? Hagamos una revisión somera y necesariamente subjetiva, al tiempo que desde “Acordes y desacordes”, el sitio de música de la revista Nexos, deseamos a nuestros lectores un gran 2020 (cuando menos en lo musical).

Mejor disco: Who, de The Who (Interscope). El poderío de Pete Towshend y Roger Daltrey retornó con fuerza septuagenaria para producir este discazo. ¡Vaya g-g-g-g-g-generación!

Mejor canción: “All My Hapiness Is Gone”, del disco Purple Mountains (Drag City Records) de Purple Mountains. Literalmente una canción epitafio. Un mes después de aparecer el disco homónimo que la contiene, su autor e intérprete, David Berman, se quitó la vida. Pero no es eso lo que la hace un gran tema. Se trata de una entrañable composición. Melancolía pura.

Mejor disco de rock: Dogrel, de Fontaines D. C. (PTKF Records). Este quinteto de Dublin es una de las más gratas sorpresas del año. Rock sólido con influencias que van de The Clash a The Velvet Underground y de The Pogues a Joy Division. Y por si fuera poco, les da por la buena poesía irlandesa. Dublineses, al fin y al cabo.

Mejor disco de art rock: Fear Inoculum, de Tool (RCA). Grupo de culto, si los hay, Tool reapareció en 2019 con su quinto álbum en tres lustros de carrera musical. Maynard James Keenan aún tiene mucho que decir, mucho que ofrecer, y aquí lo demuestra con creces.

Mejor disco de alt-rock: Two Hands de Big Thief (4AD). Desde Brooklyn llegó este grupo plenamente hipster y millennial con su cuarto larga duración en escasos tres años. Indie rock para almas sensibles y vulnerables que rozan la corrección política. La peculiar voz de Adrianne Linker es su sello principal.

Mejor disco de alt-folk:
Western Stars, de Bruce Springsteen (Columbia). El alt folk no es el género característico de Springsteen, pero me atrevo a colocar su disco de 2019 en ese canon. Un trabajo lleno de intimidad y belleza. Una joya.

Mejor disco de rock clásico:
Let’s Rock, de The Black Keys (Nonesuch). Espléndido retorno a las raíces que dieron nacimiento a este dueto conflictivo, visceral y contradictorio pero grandioso. Dan Auerbach y Patrick Carney vuelven a estar en pleno.

Mejor disco experimental: Proto, de Holly Herndon (4AD). Loops, laptops, sonidos electrónicos, voces del extramundo. La música de Herndon es una propuesta interesantísima que se ve coronada en este, su tercer y fascinante opus.

Mejor disco de hip-hop: Eve, de Rapsody (Jamla). Espléndido disco de esta rapera, con dieciséis tracks, cada uno dedicado a una mujer notable de raza negra, desde Nina Simone hasta Oprah Winfrey. Finísimo trabajo con el mejor hip-hop.

Mejor disco de rock pop: Norman Fucking Rockwell, de Lana del Rey (Interscope). ¿En serio? Lana del Rey. Pues sí: Lana del Rey y una obra en verdad sorprendente por su calidad y hondura. Por mucho, su mejor disco, con ecos de Tori Amos, Fiona Apple y hasta Beth Gibbons.

Mejor disco de rock progresivo: In Cauda Venenum, de Opeth (Nuclear Blast). Prog rock para el siglo XXI. Así han definido algunos especialistas a la música que está haciendo esta agrupación sueca que se iniciara dentro del death metal y evolucionara hacia un sonido de mucha mayor riqueza armónica y melódica.

Mejor disco de metal: Gold & Gray, de Baroness (Abraxan Hymns). Con veinte años de carrera a sus espaldas, este sólido cuarteto de Savanah, Georgia, presenta su octavo álbum y a su nueva guitarrista, Gina Gleason. Un trabajo caleidoscópico e intrincado. Estupendo.

Mejor disco de electrónica: Utility, de Sam Barker (Ostgut Ton). Excelente disco debut de este DJ y productor berlinés, antiguo integrante del dueto electrónico alemán Barker & Baumecker. Un plato emocional que expande los horizontes del techno.

Mejor disco de alt country:
No Saint, de Lauren Jenkins (Big Machine). Con su voz dulce y grave a la vez, con un timbre deliciosa y levemente rasposo, esta cantautora que se inicia en el medio discográfico presentó esta más que buena colección de country con ciertas dosis de pop. Un prometedor debut de esta nacida en Arlington, Texas, hace 28 años.

Mejor disco de blues: Kingfish, de Christone “Kingfish” Ingram (Alligator). Con tan sólo veinte años de edad, este fantástico bluesero nacido en Clarksdale, Mississippi –y que ya ha trabajado con Buddy Guy y Eric Gales–, arriba con un disco fenomenal. Su guitarra y su gran voz sobresalen con un sentimiento que brota de las tierras pantanosas del deep south. Grandioso blues eléctrico por parte de este muy joven y robusto virtuoso.

Mejor disco de soul:
Live in London de Mavis Staple. A sus ochenta años de edad, esta reina y leyenda viviente del gospel y la música soul grabó esta maravilla en concierto. Impresionante que aún conserve prácticamente intactas esa voz y esa alma.

Mejor disco de jazz: Love and Liberation, de Jazzmeia Horn (Concord). Irresistible disco de post bop, con la sensacional y resonante voz de esta cantante nacida en Dallas en 1991 y el fino quinteto que la acompaña. Una docena de temas en los que el jazz se deja seducir de pronto por el soul y el r&b. Una joya en la que la tradición se entremezcla con lo contemporáneo.

Mejor disco de música culta: Bach to the Future, de Olivier Latry (La Dolce Volta). Impresionante grabación con la última ocasión en que el majestuoso órgano de la catedral de Notre Dame, en París, fue tocado, antes del incendio de 2019 que la puso en serio peligro. 

Mejor disco de world music: Mettavolution, de Rodrigo y Gabriela (ATO). El talentosísimo dueto de guitarristas mexicanos continúa su carrera fuera de nuestras fronteras, demostrando su capacidad artística y su infinita creatividad. Rodrigo Sánchez y Gabriela Quintero ya se encuentran más allá del bien y del mal. Por cierto, el disco contiene una larga (¡19 minutos!) y estupenda versión de “Echoes” de Pink Floyd.

Mejor disco en concierto: Commit Yourself Completely, de Car Seat Headrest (Matador). Este sensacional y prácticamente desconocido grupo de Virginia (aunque ya estuvieron este 2019 en el festival Corona Capital), cuyo cerebro es el cuasi nerd Will Toledo, posee una propuesta difícil de definir, si bien se codea lo mismo con el rock alternativo que con el post punk. Para salir de dudas, escúchelo usted en este magnífico disco “en vivo”.

Mejor reedición discográfica: 1999, de Prince. El disco con el que en 1982 el geniecito de Minneapolis dio un paso creativo que sería decisivo para su música. Una visionaria colección de funk-pop sensual y futurista. La edición agrega una gran cantidad de rarezas, pistas en vivo y mezclas.

Mejor disco mexicano de rock: Soy piedra, de Belafonte Sensacional (Independiente). Un excelente disco, una muestra de primer orden de lo que pueden hacer el talento, la creatividad y el ingenio aplicados a la música. Belafonte Sensacional representa lo (muy) bueno que se puede hacer fuera de los asfixiantes forceps del rockcito convencional mexicano y su dudoso mainstream.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Blues People

Los grandes del jazz (Diana), un clásico acerca del género y de otros géneros más, el primer libro sobre blues y jazz escrito por un autor de raza negra. La edición es español es de 1965 (yo tenía diez años cuando apareció), aunque el original en inglés es de 1963 y el título es Blues People, con el subtítulo "Negro Music in White America". Una joya que abarca la música negra desde la época de la esclavitud hasta principios de los años sesenta.

lunes, 2 de septiembre de 2019

¿Por qué vale la pena vivir? (2)

¿Por qué vale la pena vivir? Es una buena pregunta... Mmmm... Bueno, hay varias cosas que creo que hacen que valga la pena... Eh, ¿como cuáles? Bien, para mí... Mmmm... Yo diría... Los Hermanos Marx... por decir una... Mmmm... Manhattan y Annie Hall de Woody Allen... El cine de Francois Truffaut y el de Eric Rohmer... Las películas de James Cagney y de Jimmy Stewart... Mucho del cine hollywoodense de los años treinta… Algo del cine mexicano de la Época de oro… Marilyn Monroe... Tin Tan... La música de Mozart y de Haydn... El blues... El buen rock... El jazz... Frank Zappa... Los Beatles... Los Kinks... The Who... Los Rolling Stones… Bob Dylan... Donovan… Led Zeppelin… The Warning… Oscar Wilde... Voltaire... Jorge Ibargüengoitia... Borges y Rulfo… Rojo y negro de Stendhal... Madame Bovary y La educación sentimental de Flaubert... Los hermanos Karamasov de Dostoievsky… Anna Karenina de Tolstoi… La pintura de Modigliani y de Magritte y de Paul Klee... Seinfeld... Shameless US… Mis hijos Alain y Jan... Los libros que he escrito y los que aún quiero escribir… Mis canciones… El Barça, los Pumas de la UNAM y el futbol como una de las bellas artes... Messi... Tlalpan... París… México... Las tardes de noviembre... Mis guitarras… Las mujeres amigas… Las mujeres amantes… La posibilidad de amar como si uno siguiera siendo un adolescente y, en ese sentido: la pasión, la entrega, la ternura, la libertad amorosa... Por eso y sólo por eso, sí que vale la pena vivir.

(Paráfrasis de mi escena favorita de Manhattan, mi película favorita de Woody Allen, en la que el personaje de Isaac Davis –Allen mismo–, recostado en un sofá, dicta en una grabadora los motivos por los que él siente que vale la pena vivir)

martes, 13 de agosto de 2019

The Blues Brothers (el disco)

El espléndido soundtrack de esa gran película que es The Blues Brothers, de John Landis, filmada en 1980 (en México le pusieron como título el estúpido nombre de "Los hermanos Caradura"). Música soul de primerísimo orden con el genial John Belushi y el siempre estupendo Dan Aykroyd a la cabeza. Un discazo de una peliculaza (la cual por cierto puede verse en Netflix, bajo el título de... "Los hermanos Caradura"). Parte de mi colección de viniles.

jueves, 6 de junio de 2019

El verdadero médico brujo

Me entero con tristeza de la muerte, el día de hoy, del gran Malcom John Rebennack Jr, mejor conocido como Dr. John. Descanse en paz este gran representante de la música de Nueva Orleans. Hace siete años escribí este artículo sobre él para la Revista Nexos. Lo republico aquí in memoriam.


“When the levee breaks / I’ll have no place to stay” (Cuando el dique se rompa, no tendré lugar para quedarme). La letra del antiguo blues compuesto en 1929 por Kansas Joe McCoy y Memphis Minnie se refiere a la gran inundación de 1927 en el delta del río Mississippi, pero sus ecos volvieron a sonar atronadores cuando, en 2005, los diques de la ciudad de Nueva Orleans no soportaron la embestida del huracán Katrina y la apacible metrópoli del jazz, el blues, el zydeco y el cajún; la afrancesada y legendaria urbe del vudú, los caimanes y la comida criolla; la cuna de enormes músicos como Sidney Bechet, Jelly Roll Morton, King Oliver, Louis Armstrong, Professor Longhair, Earl Hines, Lester Young, Champion Jack Dupree, Lonnie Johnson, Fats Domino, Little Richard, The Neville Brothers, Allen Toussaint y Wynton Marsalis, entre muchos otros, se vio devastada por la furia de aquel salvaje fenómeno de la naturaleza.
   Hasta ese momento, Nueva Orleans permanecía sumida en una especie de largo letargo y pocos pensaban en ella. Sin embargo, a partir de Katrina todo cambió y la ciudad conocida como The Big Easy, la gran facilona, se convirtió en zona de desastre.
   Mucho tiene que ver Katrina en el nuevo y excelente disco de Dr. John, uno de los músicos más identificados con la mayor localidad del estado de Louisiana. Malcolm John Michael Creaux “Mac” Rebennack Jr. nació en Nueva Orleans en 1940 y fue ahí donde tuvo sus inicios musicales. No obstante, su consolidación se dio en Los Ángeles, a donde emigró en 1963 para trabajar como músico de sesión, hasta que en 1968 se convirtió en solista bajo el nombre y la personalidad de Dr. John. Fue en dicha ciudad californiana donde nació este extraño personaje que pronto se convertiría en mito y cuya música, basada en su extraordinaria calidad como pianista, de inmediato se asoció sin embargo con el ambiente, las leyendas y los misterios de Nueva Orleans.
   Con su primer álbum, el hoy clásico Gris-Gris de 1968, Rebennack dio nacimiento al llamado swamp rock. Este rock pantanoso, en el que se mezclaban el rhythm and blues y el soul con el misticismo vudú, fue asociado de inmediato con la región neoorleanesa, gracias a temas como “Mama Roux” o “Gris-Gris Gumbo Ya Ya”, en los que ya estaba presente el inconfundible estilo de este músico y esa voz tan suya, con un timbre chillón y agudo, muy semejante por cierto al de su contemporáneo Leon Russell.
   44 años más tarde y casi 30 discos después, Dr. John sigue en plenitud de forma y presenta, en este 2012, su primer trabajo discográfico para la prestigiada disquera Nonesuch, y uno de los más brillantes de su carrera: el fabuloso Locked Down.
   Ya en 2010, el buen doctor, conocido también como “The Nite Tripper” (el viajero nocturno), nos había deleitado con el magnífico Tribal, pero con Locked Down ha ido más allá, gracias a la colaboración, como productor, compositor y músico, nada menos que de Dan Auerbach, el líder y cerebro de The Black Keys.
   Cuando Auerbach y Rebennack se conocieron, apenas el año pasado, el guitarrista de 33 años le dijo al pianista de 71 que quería producirle un disco. Así de fácil se lo propuso y así de fácil el viejo lobo de mar le dio el sí. Auerbach le presentó varias propuestas de canciones a las que Rebennack les adaptó las letras y con un grupo de jóvenes músicos se encerraron durante algunas semanas en el estudio de grabación del primero, en Nashville. El resultado fue esa colección de diez temas que constituye Locked Down.
   El flamante plato puede relacionarse con álbumes como el Time Out of Mind (1997) de Bob Dylan o el Bad as Me (2011) de Tom Waits, ya que, al igual que éstos, constituye al mismo tiempo una vuelta de tuerca y la creación de una obra única, notable, llena de magia y fascinación.
   Locked Down mezcla al swamp blues, el voodoo funk, el rock primigenio, el gospel y el afrobeat con la calidad de producción en estudio que se logra hoy día y obtiene un sonido al que podríamos llamar retro-moderno. El resultado es impecable pero en absoluto pasteurizado. Por el contrario, ahí está ese canto grasoso, espeso, rasposo, sensual que caracteriza a la música de Dr. John y eso resalta en todos y cada uno de los cortes que conforman al disco.
   Feliz combinación la de Rebennack y Auerbach para una obra mayúscula… y entrañable.

domingo, 10 de febrero de 2019

Grandes discos de 1969: "The Turning Point" de John Mayall


Una maravilla del blues británico de fines de los sesenta. Una grabación finísima con una insólita formación en la que no había baterista. Una joya. Un gran disco.

martes, 16 de octubre de 2018

Meddle

He aquí un álbum verdaderamente espléndido que puede ser dividido en dos partes que se diferencian con claridad (lo cual por supuesto resultaba más evidente en el disco original en vinil, con sus caras A y B).
  La primera parte está compuesta por cinco composiciones de muy variados estilos, iniciando con “One of These Days”, tema instrumental de aires épicos que consigue un muy interesante y poderoso clima que va creciendo conforme transcurre, hasta lograr un final apoteósico. “A Pillow of Winds” es una tonada de reiterativos acordes guitarrísticos en contrapunto (a la manera de "Dear Prudence" de los Beatles) y hermosas y nostálgicas vocalizaciones susurrantes. Le sigue “Fearless”, una tranquila melodía cuyo arreglo instrumental recuerda al Jimmy Page de los primeros años ledzeppelinianos y que culmina con los clásicos cánticos de los aficionados al futbol británico. También está “San Tropez”, una divertida y muy placentera tonada que bien podría haber sido escrita por Donovan o por Ray Davies; la pieza incluye un jazzero solo de piano cortesía de Rick Wright.
  El lado A concluye con “Seamus”, curioso y no por ello menos delicioso blues acústico que se ve acompañado por un sardónico coro de perros que ladra y aúlla a lo largo del corte.
  La segunda parte de Meddle (1971), en cambio, está conformada por una sola y larga composición a manera de suite, una especie de jam session de atmósferas cósmicas, rica en variaciones y cambios estructurales, con prolongados bloques sonoros. Se trata de la espléndida "Echoes", la cual prefiguraba ya lo que habría de ser el estilo de Pink Floyd a partir de sus siguientes trabajos discográficos.

(Reseña que escribí para el Especial No. 7 de La Mosca en la Pared, dedicado a Pink Floyd y publicado en enero de 2004)

domingo, 5 de agosto de 2018

El blues de Jimi Hendrix

La vena bluesística de Jimi Hendrix ha resultado siempre opacada, cuando menos desde un punto de vista mediático, por sus asombrosos aportes a la manera de tocar la guitarra eléctrica, por la avanzadísima forma como manejó los efectos y recursos técnicos de su época y por su identificación con el rock duro y el movimiento psicodélico de los años sesenta. Sin embargo, las raíces primigenias de Hendrix se hunden de manera profunda en el blues más puro, tanto el de origen rural con instrumentos acústicos, como el electrificado que se dio sobre todo en Chicago durante las décadas de los cuarenta y los cincuenta.
  Muchas fueron las grabaciones, en estudio y en concierto, conocidas e inéditas, que dejó el de Seattle y en las cuales interpretó el mejor blues. De ahí que casi haya sido natural que Polidor haya sacado en 1994 esta excelente recopilación en la que el buen Jimi demuestra no sólo sus capacidades como intérprete de blues, sino su incursión en los más diversos estilos que encierra este género fundamental para el nacimiento del rock.  
  Blues contiene una oncena de temas, originales o de otros autores, tomados de diversas fuentes y en distintos momentos (todas las piezas fueron registradas entre 1966 y 1970) y resulta un compendio extraordinario para conocer al Jimi Hendrix bluesero. El álbum inicia con una maravillosa versión austera de uno de los blueses más célebres de Hendrix: “Hear My Train a Comin'”. Tomada del disco doble Jimi Hendrix, banda sonora de la película del mismo nombre, la canción muestra la capacidad muy poco conocida que tenía el músico para tocar la guitarra acústica muy en el estilo de Robert Johnson en “Big Road Blues”, una capacidad que azora y provoca escalofríos. La clásica “Born Under a Bad Sign” de Booker T, recibe un tratamiento excepcional (el corte es totalmente instrumental) y representa un claro homenaje a Albert King, con quien Jimi tenía una gran amistad. “Red House” es el blues por antonomasia de Hendrix, un tema muy a la Elmore James (recuerda a “The Sky is Crying”), y del mismo existe una buena cantidad de versiones. La que contiene este plato fue grabada en 1967 y era prácticamente inédita. Su “amoral” letra sigue siendo una delicia: “If my baby don’t love me no more / I know her sister will”. “Catfish Blues” es otra maravilla. Se trata de un blues tradicional al cual el guitarrista envuelve en su inigualable estilo y que, al cantarlo, recuerda de inmediato al gran Muddy Waters. La grabación fue realizada durante un concierto en Holanda en 1967 y el cambio de ritmo al final, luego de un solo de batería de Mitch Mitchell y otro del propio Hendrix, es tan sorpresivo como impresionante.
  Otro clásico del repertorio hendrixiano es sin duda “Voodoo Chile” en sus distintas variantes. Aquí se presenta un “Voodoo Chile Blues” muy parecido al de Electric Ladyland (órgano Hammond de Steve Windwood incluido), pero en realidad se trata de una toma alterna dentro de las mismas históricas sesiones de 1968. “Mannish Boy”, una de las grandes composiciones de Muddy Waters, fue recreada en 1969 por Jimi Hendrix con un ritmo a la Bo Diddley que la hace al mismo tiempo extraña y fascinante, en tanto que “Once I Had a Woman” es otro tema original de Jimi, interpretado con The Band of Gypsys, un blues lento de una intensidad y un feelin’ escalofriantes. Una de las más grandiosas y ardientes interpretaciones blueseras del guitarrista. Por su parte, “Bleeding Heart” (también conocido como “Blues in C” o “People People People”) es otro blues sólido y emocionante, con un solo limpio y preciso pero al mismo tiempo estremecedor. Hay una mejor versión, hay que decirlo, en el soundtrack de la cinta Experience, un documento filmado en el Royal Albert Hall de Londres en febrero de 1969. “Jelly 292” es un entusiasta jam session con un poco de boogie y quizá sea el corte menos brillante del álbum y “Electric Church Red House” es una versión un tanto elaborada pero no demasiado notable de “Red House”.
  Blues culmina con la monumental versión electrificada de “Hear My Train a Comin'”, otra de las cumbres blueseras de Jimi Hendrix, un blues psicodélico, con los distorsionadores y el feedback al máximo, una interpretación en concierto, efectuada en 1970 en un teatro de Berkeley, con Billy Cox en el bajo y Mitch Mitchell en los tambores, un viaje intergaláctico (alguien lo definió como el momento en el cual el Delta del Mississippi fue transportado al planeta Marte). El final perfecto para un disco apabullante.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No. 19, publicado en abril de 2005).

martes, 31 de julio de 2018

¿Alguien se acuerda de Boz Scaggs?

Fue uno de los primeros intérpretes de ese pasteurizado y poco afortunado subgénero conocido como blue-eyed soul, es decir, soul de ojos azules, es decir, música soul cantada por vocalistas de raza blanca que carecían del sentimiento de los cantantes de raza negra, pero que eran más fácilmente comercializables en los medios dirigidos a la audiencia blanca (¿recuerdan a Michael Bolton?).
  Scaggs destacó a fines de los años sesenta y mediados de los setenta del siglo pasado, tuvo algunos éxitos (hoy poco recordados), como “Lido Shuffle” o “Lowdown”, y algunos buenos álbumes, en especial Silk Degrees, de 1976, y el excelente aunque poco advertido Come on Home, de 1997. Sin embargo, nunca logró la aceptación entre el público rockero y mucho menos entre el que escuchaba soul y rhythm n’ blues (me refiero al soul y al rhythm n’ blues originales, no a esos híbridos sobreproducidos que se hacen pasar por ellos).
  Pero el buen Boz poseía una voz estupenda y hoy, a sus 74 años, la conserva casi intacta, lo que podemos comprobar en uno de los mejores discos de su larga carrera, el flamante Out of the Blues (Concord, 2018), en el que interpreta de gran manera una serie de temas de viejo blues y muy buen rock.
  Tercera parte de la espléndida trilogía iniciada con los álbumes Memphis (2013) y A Fool to Care (2015), Out of the Blues es la revelación de un Boz Scaggs ajeno al blue-eyed soul y entregado plenamente a las raíces negras de la música popular estadounidense, un trabajo en el que se hace acompañar por grandes músicos (como el legendario Jim Keltner en la batería o el enorme guitarrista Charlie Sexton), lo cual le otorga una autenticidad sin mácula que se complementa con una forma de cantar cruda, sincera y sin efectos.
  Canciones como “Down in Virginia” de Jimmy Reed, la fantástica “The Feeling Is Gone” de Don Robey o la preciosa “On the Beach” de Neil Young adquieren un sabor especial en la voz de Scaggs, en especial esta última, interpretada con una muy peculiar y oscura pasión.
  Un gran disco del poco recordado pero siempre activo Boz Scaggs.

(Mi columna "Gajes del orificio" de hoy en la sección ¡hey! de Milenio Diario)