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miércoles, 29 de marzo de 2023

Elogio de la edad

Kierkegaard decía que aunque la vida siempre va hacia adelante, para entenderla hay que mirar atrás. Esto cobra especial significado cuando cumples 68 años de edad y aunque sabes que el camino que queda al frente es mucho más corto que el que has dejado a tus espaldas, al volver la mirada te das cuenta de todo el sentido que tiene y ha tenido cada momento que has pasado, cada cosa que has hecho, cada logro que has tenido, cada fracaso que has padecido, cada dolor que has sufrido, cada alegría que has recibido. Todo ello se ha reunido y se ha dado con una exactitud asombrosa para derivar en el instante preciso en el que te encuentras, con todo lo bueno y todo lo malo que te rodea. Llamémoslo destino.

  Hay mucha gente que no gusta de decir su edad. Como si le avergonzara cumplir años. Eso es muy claro en las redes sociales, por ejemplo. De cada diez personas, sólo una o dos se atreven a “confesar” el verdadero número de años que tienen. No es mi caso. Yo pienso que debe ser todo lo contrario. Que cada año vivido es un logro y que uno debe sentirse orgulloso de ello. Presumirlo incluso. 

  Cuando externo mis opiniones sobre temas políticos, sociales, musicales (opiniones que suelen ser muy distintas a las de núcleos casi siempre mayoritarios), para insultarme algunos me exigen que me calle porque ya estoy viejo, como si la juventud de mis insultantes les otorgara la razón por el simple hecho de tener menos años. Lo sé, es una estupidez. Sin embargo, así piensan muchos integrantes de las nuevas generaciones e incluso de la mía. Allá ellos. 

  No creo que la edad te haga necesariamente más sabio. No siempre al menos. Pero sí te da una perspectiva diferente y te hace ver que lo que muchos piensan ya lo pensaste tú alguna vez y que cuando lo hiciste estabas equivocado. O no. También te hace ver que no debes temer a decir lo que piensas, con claridad y sin autocensurarte. Más aún en estos tiempos de esa horrenda e inquisitorial corrección política tan llena de licenciados y licenciadas vidriera (para entender esta referencia, acudir a las “Novelas ejemplares” de Cervantes). 

  En fin, que acabo de cumplir 68 años y me siento muy bien. Muy feliz y contento. Realizado, todavía no. Aún me queda mucho trecho por recorrer y tengo demasiados (en la correcta acepción del adverbio) proyectos por realizar, entre ellos el de ir publicando una veintena de libros (novelas, recopilaciones de artículos, textos autobiográficos y hasta un posible poemario) durante los próximos diez años (gracias, Amazon, por la posibilidad liberadora de la autoedición). También quiero dejar constancia de las canciones que he escrito desde que tenía catorce años. No todas, claro (son más de 700), pero si un greatest hits personal (¿unas cien quizás?).

  Así mismo, me daré tiempo, por supuesto, para estar y seguir estando y amando a mis seres queridos que son muchos por fortuna y cuya compañía tanto disfruto: mis adorados y maravillosos hijos y sus parejas, mis queridísimas hermanas, mis adorables sobrinos (algunos viejitos entenderán la referencia), mis entrañables primos, mis varias y preciosas amigas (cuatro o cinco en especial y ellas saben quiénes son), mis pocos pero selectos amigos. También he de seguir amando y luchando por este país tan espléndido y generoso, pero tan jodido y saqueado por una clase política (toda) que no lo merece. 

  ¿Nuevos amores, nuevos enamoramientos? No los busco, pero tampoco me cierro a la posibilidad. Adoro a las mujeres, así que quién sabe que diga el futuro. Por ahora estoy tranquilo en ese aspecto.

  68 años de vida. 68 años de música y literatura. Las de otros y las propias (aún queda mucho por leer y escuchar, por escribir y componer). 68 años de ser un enamoradizo incurable. 68 años de ser un adolescente irremediable. 68 años que a final de cuentas han sido muy divertidos. Me divierte vivir cada día y cada momento. Mi idea es seguirlo haciendo.


PD: La foto es mi primer autorretrato ya con 68 años cumplidos.

domingo, 19 de julio de 2015

Elogio de los pezones femeninos

No entiendo esa fijación censora que tienen facebook e Instagram respecto a los pezones femeninos. En Instagram hay mucha gente que sube fotos de mujeres hermosas y desnudas. Pueden verse a plenitud sus nalgas, sus piernas, sus vientres, sus pechos... Bueno, sus pechos sólo parcialmente, porque siempre habrá una estrellita, una ruedita, una manchita o de plano un tachón para ocultarles los pezones.
  ¿Qué es lo que espanta a los gringos que manejan esas redes sociales? Se supone que se trata de gente joven y liberal. ¿Entonces? ¿Cuál es el horror que les causa que podemos ver un par de bellos pezones? ¿A quién puede dañar? ¿Por qué en el caso de los torsos masculinos no opera esa censura, cuando los pezones de los hombres son muy similares a los de las damas?
  Pezones rosados, pezones oscuros, pezones pálidos, pezones grandes, pezones diminutos, pezones tan tenues que se confunden con la piel de la teta o tan erguidos que resaltan con orgullo y en desafiante contraste con el color de su entorno. Yo los encuentro bellos, inspiradores, seductores, venerables, sagrados; dignos de homenaje, de contemplación, de adoración.
  Acariciables, besables, mordibles. fuente de placer infinita para quien los ostenta y para quien logra poseerlos con la mano, con la boca, con la lengua.
  Hagamos el elogio de los nobles pezones y neguémonos a aceptar que una runfla de frustrados sexuales trate de borrarlos de la realidad. De los pezones recibimos el primer alimento, el primer calor, el primer amor. Justo es que sigamos amándolos por el resto de nuestra existencia.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Elogio de la sensatez

Vivimos tiempos de la más absoluta insensatez. Tiempos de mezquindad, de odio y de revanchismo. Tiempos maniqueos, de bandos contrarios, de sectores enemistados. Tiempos de desconfianzas mutuas, de resquemores hacia los otros. Vivimos, desde hace ocho años sobre todo, en un país en donde reinan la bajeza, el fanatismo, la descalificación. Tiempos de miserable insensatez.
  No es un secreto que todo parte de los resultados de las elecciones presidenciales de 2006, en las que Felipe Calderón venció a Andrés Manuel López Obrador en el último momento, por unos cuantos votos, cuando muchos pensaban –y sobre todo el  propio López Obrador– que la victoria sería para el candidato de eso que seguimos llamando la izquierda.
  Incapaz de reconocer la derrota, incapaz de la menor madurez democrática, el tabasqueño se ha dedicado desde entonces a sembrar la división, el rencor, el recelo, la mentira.
  Nada es en nuestro país como lo era antes de ese año axial. La división entre obradoristas y antiobradoristas es clara y la hemos visto cada día, desde hace poco menos de una década; división que se ha hecho más profunda luego de las siguientes elecciones, las de 2012, en las que Andrés Manuel volvió a perder y esta vez con un margen mucho mayor. Sin embargo, de nueva cuenta se negó a reconocer su debacle y culpó a todos de ella, a todos menos a sí mismo.
  En México hay un vacío de sensatez. La ideología radicalizada, de un lado o del otro, hace que el pensamiento sensato brille por su ausencia. Todo se juzga desde conceptos preconcebidos, desde recetas establecidas de antemano, desde prejuicios de una abrumante cortedad de miras. Sobre todo del lado izquierdo del pensamiento político, si es que podemos seguir llamando de izquierda a esa mezcolanza promiscua en la que entran ex priistas frustrados, sindicalistas corrompidos, grupúsculos extremistas, radicales trasnochados, violentos robotizados, lumpenproletarios manipulados y, como cereza en tan indigesto pastel, una prensa resentida que da voz y eco a todo esa sustancia purulenta. De la antigua filosofía marxista ya nada existe. Del viejo ideario comunista, menos. No hay ideas, todo es pragmatismo y, peor todavía, pragmatismo visceral.
  Por eso urge recuperar la sensatez a la hora de pensar, de reflexionar, de analizar, de escribir. No obstante, reencontrar el punto medio es mal visto por la corrección política, ese amasijo inquisitorial que desde una autoasumida pureza todo lo juzga y todo lo condena a partir de parámetros anticipados, previsibles. No hay sensatez en este nuevo Santo Oficio. Los neoinquisidores ya tienen todo prefijado y programado. Ya saben cómo deben responder ante cualquier situación; ya decretaron –o más bien su pastor lo hizo por ellos– quiénes son los buenos y quiénes son los malos, sin matices, sin grises, todo en un sacrosanto blanco y negro que no permite el menor asomo de duda.
  De ahí mi elogio a la más que necesaria sensatez. Urge que retorne el pensamiento sensato, ese que busca la verdad, ese que trata de ver las cosas como son y no como el prejuicio quiere que sean. Resulta apremiante no dejarse llevar por la ideología convertida en dogma religioso, no dejarse arrastrar por lo que grita la masa, esa masa manipulada por líderes que siempre buscarán jalar agua a su molino, sin importarles el daño que puedan causar con tal de salirse con la suya.
  Buscar la sensatez, dar con ella, reivindicarla, aplicarla. Es cosa urgente, aunque se vea aún tan insensatamente lejana.

viernes, 18 de julio de 2014

Elogio del futbol mexicano

Tiro de Horacio Casarín.
Acaba el Mundial y al siguiente fin de semana comienza la Liga MX. Demasiado pronto, se dice. No lo sé. El caso es que hoy hay dos partidos para inaugurar el Torneo de Apertura y sobran los que hacen comparaciones entre nuestro singular balompié y el de ligas poderosas como la inglesa, la española, la alemana o la italiana.
  Es claro que no existe punto de comparación en cuanto a calidad o velocidad, en cuanto a espectacularidad e intensidad. Sin embargo, nuestro fut tiene lo suyo y hay algo que lo hace muy particular. No sé si es cosa de idiosincracia (bueno, más bien si lo sé), pero el futbol (palabra aguda, como la pronunciamos en México) nacional posee un encanto y una larguísima tradición que nos gusta y nos emociona tanto como si aquí jugaran el Barcelona o el Bayern Munich.
  Cierto que en cada jornada del campeonato regular hay varios partidos infames y que a veces se juega con una lentitud exasperante, pero también se dan grandes juegos y ya en la liguilla podemos ver encuentros memorables. Pero lo que seduce de este deporte en México es su folclor, su cariz un tanto caótico, su teatralidad. Insisto: el soccer en estos lares es un reflejo del ser nacional. Por eso no puede ser como el de Europa. Ni siquiera como el de Sudamérica (que en general resulta bastante aburrido).
  Desde sus orígenes, con toda esa mitología compuesta por legendarios equipos y jugadores de apodos rimbombantes (el "Trompo" Carreño, la "Marrana" Castañeda, el "Jamaicón" Villegas, el "Chato" Ortiz, el "Pirata" Fuente, el "Piolín" Mota, el "Tubo" Gómez, el "Cura" Chaires, el "Sobuca" García, el "Harapos" Morales y un largo etcétera que incluye a "los once hermanos" del Necaxa), nuestro futbol posee una muy larga historia de triunfos escasos y derrotas aplastantes que lo hacen tan interesante como fascinante. Sólo en un pambol como el nuestro pudo existir, por ejemplo, un delantero como el "Manquito" Villalón del Morelia a quien, en efecto, le faltaba un brazo o un arquero tan estrambótico como Jorge Campos. Pero también ha habido grandes ídolos, como Horacio Casarín o Enrique Borja, y narradores de antología, como Fernando Marcos o Ángel Fernández.
  Tenemos una infraestructura que ya quisieran muchos países, hay una enorme afición, mucho dinero se mueve entre los equipos más poderosos y aun así no hay manera de que aspiremos a alcanzar el nivel de calidad del futbol que se juega en algunos países del viejo continente. Pero ni falta hace: el fut mexicano es como es y así seguirá siendo, por la sencilla razón de que lo hacemos los mexicanos y en ello incluyo a jugadores, directores técnicos, directivos, árbitros, periodistas, medios de comunicación y aficionados. Somos como somos y así seguiremos siendo. Por los siglos de los siglos. Qué bueno.

jueves, 20 de febrero de 2014

Elogio del adjetivo

Recuerdo que una vez un lector me cuestionó fuerte y hasta con cierta violencia por el hecho de que, a su modo de ver, en mis escritos abusaba yo del uso de los adjetivos. Según esta persona, cuyo nombre se ha perdido en el túnel del tiempo, entre menos se adjetive mejor será un texto. Me parece una regla arbitraria y no veo la razón para imponerla (de hecho, no veo la razón para imponer cosa alguna).
  Cierto que la literatura estadounidense, por ejemplo, se distingue muchas veces por su parquedad, cierta austeridad estilística y un uso limitado de calificativos. Por otro lado, hay cierta literatura hispanoamericana que se muestra como la cara opuesta, debido a que en ella hay una exuberancia adjetival que la vuelve barroca y en algunos casos hasta exagerada y rococó.
  No sé si abuso de los adjetivos, sí sé que me gusta usarlos y que son parte de mi manera de escribir los diferentes tipos de textos que pergeño como simple escribidor: artículos, notas, cuentos, narraciones de más largo aliento. En algunos adjetivo más que en otros, pero siento que ellos, los adjetivos, me ayudan a proporcionar el color que quiero dar a mis imágenes, a mis ideas, a mis pensamientos, a mis relatos.
  Cada quién debe ser libre para escribir como mejor lo crea y a mí me sientan bien los adjetivos, aun cuando en ocasiones pueda abusar de su empleo. Cosa que, por cierto, no sucedió en demasía en esta breve entrada.

domingo, 18 de agosto de 2013

Elogio del vino tinto

Pocas sustancias tan nobles como el vino tinto. Pocas tan delicadas, tan sutiles, tan acariciantes, tan exquisitas. Su cuerpo es a la vez esbelto y firme; su sabor, ácido y dulce, abrasador y abrazante.
  Amo al vino como a mí mismo. Es sangre roja que bebo en pequeños sorbos y que dejo entrar por la boca para deleitar a mi paladar e invadir mis entrañas. Noble y de alta cuna, generosa y de límpido origen, es bebida sensual que se abre a la sensualidad y permite la sensualidad. Pocos estados de ánimo tan disfrutables, tan gozosos, tan ideales como el que provoca el vino después de la segunda o tal vez de la tercera copa. Líquido vital que estimula los sentidos y desinhibe las conversaciones, las revelaciones, los sentimientos, los deseos, los instintos. El vino es llave, es aceite, es clave, es puerta. Llamarada que enciende la pasión por la vida y sus placeres más suntuosos. Amigo afable y confiable, incondicional, inteligente. Hay que saber tratarlo, hay que saber sobrellevarlo, no hay que abusar de sus bondades.
  Bebo vino únicamente de manera social. No acostumbro beber alcohol al estar a solas y en ello incluyo al vino, aunque se dice que una copa al día ayuda a la salud y mantiene sano el corazón. Pero yo prefiero compartirlo, en especial con mujeres, en especial con amigas. Vino, queso, pan o una bien preparada pizza. Buena música. Ambiente propicio para que surjan la charla, la risa, el bien estar (y por ende, el bienestar).
  No conozco mucho de vinos, debo confesarlo. De hecho, mi favorito es el de una marca española bastante humilde y económica. Hecho en Valencia, el Castillo de Liria resulta en verdad excelente y nadie hasta ahora se ha quejado de su calidad, su sabor, su aroma o su consistencia. También me gustan otros vinos españoles, al igual que el tinto francés, el italiano, el chileno y el bajacaliforniano. He probado el sudafricano y el australiano. Con el que no puedo es con el argentino: por alguna razón, me pega muy fuerte.
  Una extraña mujer que en cierta época fue una buena amiga me enseñó algunas pocas reglas (que hay que dejar respirar a la botella después de abrirla; que luego de un brindis, hay que mirar los ojos de la otra persona al dar el primer sorbo; que nunca hay que dejar que la copa se quede vacía; que hay que tomar ésta de la base que la sostiene) y el padre de Fernando Rivera Calderón me reveló que meter la botella quince minutos al refrigerador, antes de descorcharla, otorga la temperatura perfecta.
  Amo al vino, pues, y lo que más me gusta son las sensaciones que proporciona al beberlo y que ya mencioné líneas atrás, en especial ese mood, ese état d'esprit sensual, inquieto, juguetón, tan confortable y sugerente.
  Bendita bebida, bendito elíxir, bendita sea la uva que le da origen y benditos sean los efectos espirituosos, espirituales, que nos regala. Vino rojo, vino escarlata, vino sangre, vino de tinta.
  La tinta con la que puedo escribir de tantos buenos momentos.

viernes, 2 de agosto de 2013

Elogio del baño como sala de lectura

Fue por imitación que adopté la costumbre desde muy niño. Mi padre se metía al baño con una revista política (normalmente el Siempre!) o con un diario deportivo (el Esto) y se ponía a leer ahí mientras hacía sus necesidades y largo tiempo más. Yo empecé a hacer lo mismo, sobre todo con los cuentos e historietas (hoy llamados comics) que nos compraba mi papá cada sábado (Cuentos de Walt Disney, Historietas de Walt Disney, Lorenzo y Pepita, La pequeña Lulú, La zorra y el cuervo, Bugs BunnySupermán y otras). Es, pues, un hábito arraigado que lleva al menos cinco décadas y que conservo impertérrito.
  Cuando comento esto, algunas personas me dicen que ellas no pueden leer en el baño y otras incluso se escandalizan. "¡Cómo puedes quedarte ahí tanto tiempo, leyendo con tus olores!", me dicen. Sin embargo, no hay tal. Desde hace mucho tengo un método para hacer que el baño no huela (y perdón si les parece un comentario de mal gusto, pero puede serles muy útil e higiénico): apenas sobreviene la evacuación, jalo de la palanca del excusado y todo se va (dejarlo ahí, como hace casi todo el mundo, es lo que provoca las desagradables pestilencias). No hay olor alguno, pues. Se me dirá que eso implica un gasto doble de agua, pero no es así, porque también tengo un método para ahorrar el líquido de la caja: sostener la palanca de tal modo que se quede a la mitad. De ese modo, se puede regular la descarga. He comprobado que con la tercera parte del agua es suficiente para que todo se vaya. En síntesis: le "jalo" dos veces y sólo utilizó tres cuartas partes del tanque.
  Pero bueno, el tema es el del baño como sala ideal de lectura. Me parece el sitio perfecto; tranquilo, solitario, callado, permite una absoluta concentración y un total relajamiento.
  A fin de leer todos los libros que quiero leer, de unos meses para acá dividí en tres mis lecturas. Así, tengo siempre un libro para leer cuando uso el transporte público, otro para leer en las noches ya en mi cama y uno más para leer en el cuarto de baño. Me ha resultado estupendo y estoy avanzando mucho más rápido. Por ejemplo, ahorita tengo a Who I Am de Pete Townshend como mi libro de recámara (me faltan ciento cincuenta páginas), a Plegarias atendidas de Truman Capote como mi libro para metro y metrobús o libro de calle (me faltan unas quince) y a Tokio Blues de Haruki Murakami como libro de baño (estoy a punto de terminarlo). Los siguientes tres ya los tengo elegidos: El eterno marido de Fiodor Dostoievski para el sanitario, El árbol de noche de Capote para la calle y Memorias de Pancho Villa de Martín Luis Guzmán o Tieta do Agreste de Jorge Amado (aún no lo decido) para la cama.
  El placer de la lectura.

sábado, 30 de junio de 2012

Elogio de la tolerancia

No me gusta del todo la palabra tolerancia, porque lleva implícito un cierto significado de superioridad moral y de soberbia. Decirle a alguien “yo te tolero” resulta un tanto presuntuoso y hasta tiene un tufo de estirada condescendencia. Sin embargo, para los momentos históricos por los cuales pasa el país, no encuentro otro concepto más adecuado para convocar a la civilidad, la tranquilidad y la concordia.
  Hechos como el ocurrido a nuestro director general editorial, Carlos Marín, a quien una turbamulta claramente pejista agredió en plena calle y a la luz del día, no deberían suceder en una ciudad que se precia de ser liberal y avanzada. La cosa se pone peor aún, cuando en las redes sociales abundan quienes justifican la acometida y hasta acusan a Carlos de provocador, por el “atrevimiento” de cruzar entre esa gente.
  Algo similar le ocurrió al columnista de El Universal Ricardo Alemán, unos días antes, aunque cuando menos a él los valientes “progresistas” no le lanzaron escupitajos. Pero el susto fue también mayúsculo.
  En su texto clásico “El 18 brumario de Luis Bonaparte”, Carlos Marx se refería a un sector del proletariado al que denominada como lumpenproletariado, conformado por “una masa informe, difusa y errante”. Esa masa estaba conformada no por obreros, no por el proletariado en sí, sino por una capa social más baja, manipulable, a la que la aristocracia y la alta burguesía solían utilizar a manera de grupos de choque o como bandas para hostigar, aterrorizar, atacar e incluso liquidar a sus oponentes. No cuesta mucho trabajo saber quiénes representan en estos momentos a la versión mexicana de ese lumpenproletariat.
  Tolerancia, respeto por las opiniones y preferencias políticas de los demás, es lo que clama una amplia mayoría de mexicanos en estos instantes críticos, justo en la víspera de las elecciones presidenciales. ¿Imperará dicha tolerancia a lo largo de mañana y los siguientes días, semanas y tal vez meses o debemos prepararnos para el ciego embate de ese nuevo y promiscuo lumpenproletariado contra las instituciones democráticas?
  Tal vez en unas horas lo sabremos.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Elogio de los viniles


Crecí con los discos de vinil (aunque les decíamos acetatos) de 45 y 33 revoluciones por minuto. Mi cultura musical y discográfica viene, pues, de esa época. Mi hermano Sergio tenía una buena colección de álbumes (sobre todo de rock y de jazz) y mi padre también, aunque los suyos iban de los boleros de Cuco Sánchez a los standards de Frank Sinatra (más cosas tan horrendas como el órgano melódico de Juan Torres y la Rondalla de Saltillo). Los acetatos de mi hermano los escuchaba una y otra vez con gran gusto; los de mi padre, los aguantaba porque no me quedaba de otra cuando él los ponía. Teníamos dos tocadiscos: el de la sala, que era como un híbrido cuadrado que no llegaba a consola y uno portatil, color blanco, que por desgracia no conservé. El hecho de abrir un disco, sacarlo de su funda, colocarlo en la tornamesa y ponerle con sumo cuidado la aguja era todo un ritual.
El primer vinil que compré, por mí mismo y con dinero ahorrado, a los catorce años de edad, fue el In-A-Gadda-Da-Vida de Iron Buterfly, en 1969, en el mítico Hip 70 que estaba a un lado de la Pista Hielo Insurgentes, mientras que el primero que adquirí cuando trabajé por vez primera y con mi primera quincena, en 1970, fue el Led Zeppelin I, en el Gigante Mixcoac que estaba a dos cuadras de la empresa donde prestaba mis servicios como office boy. Ahí dio comienzo mi colección que luego de cuarenta años, tres o cuatro cambios de casa, un matrimonio y un divorcio llega a unos seiscientos álbumes (realmente no es muy grande, como se ve). De vez en vez pongo mi tornamesa (a pesar de que tiene un falso contacto) y los escucho, algunos con scratch incluido. Ciertamente, el sonido es distinto al de los compactos o los mp3. ¿En qué consiste eso? Lo desconozco. Pero como que hay más calor y sabor en los viniles (y no los vinilos, por el amor de Dios).
Cuando en los ochenta surgieron los CD, muchos se deshicieron de sus colecciones de acetatos y hasta presumieron de ello, como si de un acto progresista se tratara. Yo me negué a semejante despropósito y hoy me siento feliz de no haber caído en el garlito de sentirme el muy moderno.
Las nuevas generaciones han revaluado al vinil y tengo varias amigas veinteañeras que realmente los aprecian, algunas con auténtica y religiosa veneración, como mi querida amie Mag, quien daría lo que fuese por hacerse de mi ejemplar del Blind Faith de Blind Faith.
Los discos de vinil, un gran invento de la humanidad.

sábado, 28 de agosto de 2010

Elogio de Porfirio Díaz*


… o para ser más preciso: elogio de la forma como el presidente Porfirio Díaz celebró, en 1910, las fiestas del Centenario del inicio de nuestra guerra de Independencia. Aquello fue otra cosa. Aquello tuvo clase, solemnidad republicana y verdadera monumentalidad. Se hizo del Paseo de la Reforma una bellísima avenida a la altura de los Campos Elíseos de París, se inauguró la columna de la Independencia (nuestra entrañable Ángela, obra de Antonio Rivas Mercado), se construyó el actual Palacio de las Bellas Artes (aunque no pudo ser inaugurado ese año). Las naciones extranjeras nos colmaron de regalos como el reloj chino de Bucareli o la estatua del barón Von Humboldt de Isabel la Católica y Uruguay. Hubo miles de banquetes, bailes de salón, fiestas populares. Por todas partes se sentía que el Centenario era algo importante para los mexicanos.
Hoy se perdió todo aquel boato y se nos anuncia una serie de festejos llenos de vacía parafernalia, efectos especiales y dudoso patriotismo, cuyo fondo musical será la aguada tonadita de Aleks Syntek (me cuesta trabajo creer que la letra sea del gran Jaime López), con sus horrendas percusiones gruperas, sus cursis shalalas, su sonsonete mariachesco y su infaltable grito de borracho patriotero en el clímax (es un decir) de la canción. ¿Por qué en todo caso no se la encargaron a Juanga, Café Tacuba o hasta Alex Lora? Seguro habría salido algo menos pasteurizado y más auténtico, en lugar de un tema tan desechable y sin ganchos que se queden en la memoria.
Por eso estamos como estamos. Por eso Christian Castro explica indirectamente la existencia de los ninis con declaraciones sobre sus héroes favoritos del Bicentenario (“Octavio Paz… y esa chica De la Cruz”). ¡Ah, si el presidente Calderón hubiese declarado una guerra frontal contra la ignorancia y a favor de la educación y el empleo, en lugar de apostar por el actual infierno de violencia en que está envuelto el país!
Este 15 de septiembre tendremos una celebración nini de la Independencia: ni republicana ni memorable ni nada.
¡Ay qué tiempos, señor don Simón!

*Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario.

miércoles, 18 de julio de 2007

Elogio del libertinaje


Medio veía y escuchaba esta mañana, mientras me arreglaba, el programa "Nada a medias", conducido por Yuriria Sierra, Mariana H. y otras dos chavas y transmitido por el nuevo canal de tele Cadena Tres, cuando al hablar sobre algún tema relacionado con el sexo, Mariana H. dijo algo así como que equis cosa debería ser practicada con libertad y en seguida se apresuró a aclarar: “pero no con libertinaje”. Me quedé pensando entonces en cómo los políticamente correctos siempre hacen esa aclaración y esa diferenciación entre libertad y libertinaje, cualquier cosa que ambos conceptos signifiquen, como si lo primero fuera positivo y lo segundo negativo. Pero, ¿es necesariamente así? Es decir, ¿el famoso libertinaje tiene que ser por fuerza malo? Si lo vemos bien, yo creo que no. A final de cuentas, quién puede decir en dónde termina la libertad y en dónde comienza el libertinaje y, además, quién demonios tiene la auitoridad moral suficiente como para determinar que el libertinaje sea negativo. De hecho, muchas veces el libertinaje es positivo y –eso sí- casi siempre resulta muy divertido. Propongo un elogio del libertinaje. Debemos quitarle su calidad de cosa funesta y cuando se pueda y no se perjudique a terceros, habrá que disfrutarlo plenamente. En la actividad que sea.