viernes, 2 de agosto de 2013

Elogio del baño como sala de lectura

Fue por imitación que adopté la costumbre desde muy niño. Mi padre se metía al baño con una revista política (normalmente el Siempre!) o con un diario deportivo (el Esto) y se ponía a leer ahí mientras hacía sus necesidades y largo tiempo más. Yo empecé a hacer lo mismo, sobre todo con los cuentos e historietas (hoy llamados comics) que nos compraba mi papá cada sábado (Cuentos de Walt Disney, Historietas de Walt Disney, Lorenzo y Pepita, La pequeña Lulú, La zorra y el cuervo, Bugs BunnySupermán y otras). Es, pues, un hábito arraigado que lleva al menos cinco décadas y que conservo impertérrito.
  Cuando comento esto, algunas personas me dicen que ellas no pueden leer en el baño y otras incluso se escandalizan. "¡Cómo puedes quedarte ahí tanto tiempo, leyendo con tus olores!", me dicen. Sin embargo, no hay tal. Desde hace mucho tengo un método para hacer que el baño no huela (y perdón si les parece un comentario de mal gusto, pero puede serles muy útil e higiénico): apenas sobreviene la evacuación, jalo de la palanca del excusado y todo se va (dejarlo ahí, como hace casi todo el mundo, es lo que provoca las desagradables pestilencias). No hay olor alguno, pues. Se me dirá que eso implica un gasto doble de agua, pero no es así, porque también tengo un método para ahorrar el líquido de la caja: sostener la palanca de tal modo que se quede a la mitad. De ese modo, se puede regular la descarga. He comprobado que con la tercera parte del agua es suficiente para que todo se vaya. En síntesis: le "jalo" dos veces y sólo utilizó tres cuartas partes del tanque.
  Pero bueno, el tema es el del baño como sala ideal de lectura. Me parece el sitio perfecto; tranquilo, solitario, callado, permite una absoluta concentración y un total relajamiento.
  A fin de leer todos los libros que quiero leer, de unos meses para acá dividí en tres mis lecturas. Así, tengo siempre un libro para leer cuando uso el transporte público, otro para leer en las noches ya en mi cama y uno más para leer en el cuarto de baño. Me ha resultado estupendo y estoy avanzando mucho más rápido. Por ejemplo, ahorita tengo a Who I Am de Pete Townshend como mi libro de recámara (me faltan ciento cincuenta páginas), a Plegarias atendidas de Truman Capote como mi libro para metro y metrobús o libro de calle (me faltan unas quince) y a Tokio Blues de Haruki Murakami como libro de baño (estoy a punto de terminarlo). Los siguientes tres ya los tengo elegidos: El eterno marido de Fiodor Dostoievski para el sanitario, El árbol de noche de Capote para la calle y Memorias de Pancho Villa de Martín Luis Guzmán o Tieta do Agreste de Jorge Amado (aún no lo decido) para la cama.
  El placer de la lectura.

2 comentarios:

Francisco Moreno Villavicencio dijo...

Gracias por los consejos. Los tomaré en cuenta. Saludos!!!

guillerma cisneros dijo...

Hugo García, tengo los mismos hábitos, también tengo tres libros, el de trayecto, baño y el de cabecera, me agrada saber que no soy el único loco, aunado a lo del baño, lo considero un placer, el poder ir al baño, si no lo creen así, pregúntaselo a quien es extriñido o como dicen ahora de intestino perezoso, Saludos