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sábado, 8 de marzo de 2025

The Warning en el Auditorio Nacional

sábado, 15 de febrero de 2025

The Warning en el Auditorio Nacional

Fotos: Liliana Estrada (Cortesía OCESA)
Tuve el privilegio de presenciar los dos conciertos de The Warning en el Teatro Metropólitan de Ciudad de México, en agosto de 2022. Volví a tenerlo en octubre de 2023, cuando vi la presentación de las hermanas Villarreal Vélez en el Pepsi Center de la misma ciudad, mi ciudad. Ahora, en 2025, la noche del 6 de febrero, pude verlas por cuarta ocasión y vaya que volvió a ser un privilegio.

Gracias doy al algoritmo

Cuando descubrí a The Warning en YouTube, en 2019, quedé inmediatamente deslumbrado. El video que las puso ante mis ojos fue el del tema “Dust to Dust”, durante su presentación de noviembre de 2018 en el Lunario, el pequeño foro alterno aledaño al Auditorio Nacional (¿quién iba a decirles a aquellas tres muy jóvenes hermanas regiomontanas que siete años más tarde estarían presentándose, con tres fechas agotadas, en el propio Auditorio Nacional? Pero no nos adelantemos). 

  Para mí que jamás he sido precisamente un fan del rock que se hace en México y que soy más bien conocido como un crítico del mismo (un odiador según muchos), aquella súbita aparición de un grupo conformado por tres adolescentes de dieciocho, dieciséis y trece años que tocaba rock original en inglés, con una potencia y un nivel de calidad que nunca le había escuchado a agrupación mexicana alguna, fue toda una revelación, un hecho que me dejó atónito y me llenó de admiración y de entusiasmo. Gracias doy al algoritmo de YouTube por habérmelas presentado. 

  A partir de ahí empecé a seguirlas con creciente interés y descubrí que ya tenían un EP y dos LP grabados y que las poco más de treinta canciones que habían grabado eran todas estupendas y muchas de ellas excelsas. Poco después (para ser precisos, el 26 de junio de 2019) publiqué en “Acordes y desacordes”, la sección de música de la revista Nexos, mi primer texto acerca de ellas con el título “The Warning: el secreto mejor guardado del rock en México”, un artículo que me trajo una cantidad enorme de burlas y críticas, en especial por parte de periodistas y músicos relacionados con el llamado rock mexicano. Peor me fue cuando en otro escrito afirmé que para mí se trataba del mejor grupo de toda la historia del rock en nuestro país. Sin embargo insistí y seguí convencido de mi punto de vista. Creo que después de casi seis años, el tiempo me ha dado la razón.

  También por aquel tiempo, pensé en lo grandioso que sería que el power trío de Monterrey llegara alguna vez a presentarse en el Auditorio Nacional. Parecía quizás una utopía, pero he aquí que acaba de convertirse en realidad, con tres conciertos sold out. Más de treinta mil personas atestiguamos lo que es hoy The Warning y lo que atestiguamos fue la actuación –no tengo duda alguna, hoy menos que nunca–, lo repito, del mejor grupo de rock que ha existido jamás en México.


Seis pies de profundidad

Acudí pues el enorme recinto de Paseo de la Reforma la noche del jueves 6 de febrero, acompañado por el mayor de mis hijos, quien nunca había visto a The Warning, y al que he tratado de convencer durante años de que las escuche con atención. Iba yo con la incógnita un tanto ansiosa de saber qué le parecerían al verlas de manera presencial.

  Con un Auditorio Nacional completamente lleno, el concierto dio inicio a las ocho y tres cuartos. Frente al escenario había una enorme manta blanca dividida en tres partes en la que se comenzaron a proyectar figuras en forma de manchas negras que se transformaban constantemente, mientras se escuchaba una música ambiental de tonalidades inquietantes que remitía al breve fragmento que se escucha al principio del video de “Six Feet Deep”, tema abridor del álbum más reciente del trío, el Keep Me Fed de 2024, mismo que oficialmente se estaba presentando en este concierto.

  Las manchas pronto adquirieron la forma de un humanoide siniestro y amenazante y detrás de la manta resonó el riff inicial de guitarra de la canción mencionada, seguido por un redoble (o fill) de la batería y la entrada potentísima del bajo, al tiempo que las tres partes de la manta desaparecían de golpe y ante nosotros surgían las figuras vestidas en rojo (como en la portada de Keep Me Fed) de Daniela, Paulina y Alejandra Villarreal en toda su plenitud rockera. Fue una intro impresionante y espectacular y sí, era “Six Feet Deep” y con ella el inicio de una más que intensa y vertiginosa aventura escénica que habría de prolongarse felizmente por cerca de dos horas.

  Como en cascada fueron surgiendo las siguientes piezas del set list: “Sick” (con su potencia casi punk y su infaltable zumbido moscoso) y “Satisfied (vaya finura de composición, con el solo de Daniela muy à la Tom Morello, seguido por un breve espacio sonoro sugestivamente grunge, con el feedback de la guitarra enmarcado por el bajo de Alejandra y el beat de la batería de Paulina), ambas del Keep Me Fed, y luego las ya clásicas “Choke” y “Dust to Dust”, a la que unieron con “Dull Knives (Cut Better)”, tal como hicieran con grandes resultados en el Pepsi Center hace poco más de un año. Sobra decir que para ese momento el público ya estaba enloquecido y que desde el arranque cantó cada uno de los temas, mientras saltaba, aplaudía, palmeaba y sonreía; eso sí, sin soltar sus teléfonos celulares para grabarlo todo, un fenómeno que ya resulta imposible de erradicar por más que se le cuestione. 

  El viaje prosiguió con la escalofriantemente hermosa “Escapism” (con frases tan logradas como “So I close my eyes till it all fades” o “Is the hope that kills you”), más una imprevista y poderosa coda que nadie esperaba y que resultó fantástica. Para continuar con los cortes del Keep Me Fed surgió entonces la extraordinaria y contundente (y demandante) “Apologize”, con el grito que replica el título de la pieza exhalado no sólo por Paulina sino por miles de gargantas en el recinto. 


Una escalera al cielo

Vino entonces la que quizá fue la gran sorpresa de la noche. De pronto los reflectores iluminaron únicamente a Daniela. Sus hermanas habían abandonado el escenario. Estaba sola con su preciosa y flamante PRS. ¿Sería la misma guitarra que apenas unos días atrás le regalara Orianthi, la legendaria guitarrista australiana, instrumentista de Michael Jackson, Carlos Santana, Joe Satriani y Alice Cooper, entre otros, durante el concierto del 40 aniversario de la afamada marca? De ser así, ¿qué haría Dany con semejante joya?. Utilizarla de la mejor manera, con una obra maestra musical, un instrumental atmosférico, una escalera al cielo de toques progresivos y jazzísticos que enmudeció al Auditorio con un sentimiento a flor de piel, a flor de guitarra, y una delicadeza conmovedora. Fue un solo de cuatro minutos, con ecos de Al Dimeola y David Gilmour, que incluyó referencias (guiños para sus verdaderos seguidores) a los solos de antiguas composiciones de The Warning como (en ese orden) “Show Me The Light” (del álbum XXI Century Blood de 2017), “Free Falling” (del EP Escape the Mind de 2015) y “The End (Stars Always Seems to Fade)” (del disco Queen of the Murder Scene de 2018). Fue un momento majestuoso, mágico y misterioso que la mayor de las Villarreal terminó con una elegante y sutil caravana.

  Después de semejante pasaje de ensueño auditivo y refinamiento guitarrístico, el escenario se iluminó de verde para meternos a la inquietante “Error”, con esa letra que da voz a la despiadada Matrix (“You’re my maker but not my master”) y su matemático código binario (“zero-one-zero-zero-zero-one”), sólo para que irrumpieran en seguida “More” (que sonó mejor que nunca, con sus refrescantes y contagiosos beats fonquis, cencerro de Paulina incluido) y “Money” (que incluyó una curiosa y juguetona dinámica con el público, en la cual un sector del mismo repetía la palabra cash y otro la palabra money). 

  La franca diversión continuó con la infalible “Survive”, esa contagiosa canción de 2017 y su desafiante letra contra la patanería masculina, con todo el público desbordado mientras en las pantallas surgían siluetas psicodélicas y casi a go-go de las tres integrantes del grupo en jocosas y expresivas danzas.


Las Wawas

Los intermedios de los conciertos de The Warning en el Teatro Metropólitan (con el escenario vacío mientras sonaba “Breath” y el público llenaba las butacas de luciérnagas celulares) y en el Pepsi Center (con la proyección del emotivo corto sobre los diez años del trío regiomontano) habían dejado la vara alta para saber qué se haría en esta ocasión y el resultado fue muy ingenioso. Un hombre con uniforme de conserje y el cabello recogido apareció en el plató, trapeador en mano, y muy quitado de la pena empezó a limpiar el piso, mientras se dejaba escuchar una versión cuasi radiofónica de “Qué más quieres” con acompañamiento ranchero. La gente se sorprendió en un principio, pero empezó a reír y a cantar a todo pulmón. La melodía fue llegando a sus últimos acordes y antes de retirarse, el hombre sobrepuso en el bombo una tapa con el nombre de Las Wawas ante la ovación del respetable. El azoro fue mayúsculo cuando en lugar de The Warning quienes ocuparon el escenario fueron precisamente Las Wawas, el trío que ameniza la boda del gangster en el video de la mencionada composición (co-dirigido por Paulina Villareal), para interpretar, claro está, “Qué más quieres” (y las tres vestidas, claro está también, con sus hieráticos trajes negros y sus lentes oscuros). Fue un momento la mar de divertido.

  Terminada la canción, Las Wawas se retiraron y el intermedio continuó con el sketch del conserje, quien regresó para quitar del bombo la tapa de Las Wawas y dejar la de The Warning. Luego se subió a la batería, en apariencia para limpiarla, y al saber que nadie lo veía (salvo once mil personas desde sus lugares) se atrevió a golpear (primero con timidez, luego con más descaro) los tambores (que retumbaron de manera impresionante). Ya en confianza y con la gente como su cómplice, se sentó de plano en el lugar de Paulina y se lució con algunos redobles que le fueron festejados. Feliz de la vida y en actitud cómica, se soltó la larga cabellera y se arrancó las mangas del uniforme para mostrar su musculatura y sus grandes habilidades instrumentales, ya que se trataba de Johnny Tuosto, el baterista del grupo estadounidense abridor: Holy Wars. Al final se quedó con un persistente golpe de bombo, los espectadores lo acompañaron con palmas y de pronto se escuchó una voz femenina que cantaba un “a-ha-ha a-ha-ha” que muchos reconocimos. El hipnotizante compás lento de la guitarra sonó también y Pau, Dany y Ale volvieron a escena nuevamente con sus atavíos rojos a la Keep Me Fed. “Consume” reventó en todo lo alto con Paulina como front woman (tal como hiciera con “Narcisista” en el Teatro Metropólitan hace dos años y medio) para otro de los grandes momentos de la noche.


Tiburones a la vista

El concierto iba en ascenso y prosiguió con la sensacional “Burnout”, cuyo infeccioso beat y su burlesco sentido del humor inundó la sala. Todo para dar paso a la esperadísima “Sharks” y su pesado riff a la Blue Cheer, provocador de un eslam instantáneo (como sucedió el año pasado en el festival Wacken de Alemania y en el Poll-and-Rock de Polonia, sobre todo en este último). Aquí no hubo tanto espacio para eslamear, dado lo apretado de la zona general frente al escenario, pero todo el mundo lo disfrutó de todos modos. 

  En el auditorio empezó a escucharse “Intro 404”, el corte instrumental que da inicio al álbum Error, de 2022, mientras la silueta de Alejandra Villarreal se situaba al frente y en medio del proscenio. La gente se emocionó. ¿Sería acaso que Ale al fin se había decidido a hacer algo por sí misma? ¿Un solo de bajo quizá? ¿Un tema de estreno con ella en la voz principal? Falsa alarma, sólo estaba ahí para tocar el ya clásico riff de bajo que abre “Disciple”, otra de las grandes favoritas del power trío y que como siempre volvió a encender al ya de por sí inflamado público, aunque esta vez la acostumbrada interacción en el coreo del “Oh-oh-oh-oh-oh” fue ostensiblemente más corta, sin que Dany se moviera de su lugar y desprendiera el micrófono para animar a la gente. Who knows why.

  El concierto llevaba una hora y media y aún faltaban varios temas imprescindibles. Luego de la presentación de cada una de las tres integrantes del grupo, con su respectiva gran ovación, la cascada de greatest hits se dejó venir con fuerza incontenible. 


Himnología warnística

Llegaron puros himnos: la explosiva y desgarradora “Hell You Call a Dream” (todo un clamor sobre el desencanto y la inconformidad), la épica y mística “Martirio” (una de sus tres canciones en español y que ha crecido a cada paso desde que la interpretaron por primera vez durante su primera gira en Argentina; esta vez aumentada con el alargamiento del coro al hacer que el público lo cantara a capella), la vertiginosa y energética “Evolve” (con la que solían culminar sus conciertos y que esta vez cedió su lugar, lo cual no fue obstáculo para que la gente se volviera loca, sobre todo con el infaltable grito de Paulina al final del puente instrumental en 7/8) y ya como parte del encore, esa pieza de la maquinaria musical de The Warning que nunca falla, la popularísima “Narcisista” (que siempre se convierte en una fiesta), y como perfecta cereza del pastel, el tema con el que también culmina el álbum Keep Me Fed, ese mismo que vinieron a presentar en esta serie de conciertos: el grandioso, sensual y potentísimo “Automatic Sun”, digna y merecida elección para cerrar una actuación inolvidable.


¿Su mejor concierto?

¿Fue este el mejor concierto de The Warning hasta la fecha? En varios aspectos sí, sobre todo por la producción y los visuales, uno diferente para cada una de las 22 canciones que interpretaron (además de la “Intro 404” y el maravilloso solo de Daniela). También por la perfección en la calidad del sonido y el manejo de las luces. Fue una función musical de ligas mayores. Cierto que no tuvo momentos tan conmovedores o sorprendentes como los que se dieron en los ya míticos recitales del Teatro Metropólitan (¿cómo olvidar la versión unplugged de “Revenant”, por ejemplo?) o el Pepsi Center (con “Black Holes” y “Breathe”, cantadas al piano por Pau en solitario, o “When I’m Alone”, con Dany sola con su guitarra y su voz, además de la aparición de la orquesta de cuerdas que acompañó de manera fantástica la versión del grupo a “Enter Sandman” de Metallica). Puede ser que en ese sentido el concierto en el Auditorio Nacional haya sido un tanto más lineal (palabras de mi hijo). También es verdad que a muchos nos hubiera gustado escuchar canciones que sentimos que hicieron falta, como “Animosity”, como “Z”, como “Amour”, como “23”, como “Queen of the Murder Scene”, como “XXI Century Blood” y varias más. Pero es que el repertorio del grupo ya alcanza las sesenta canciones y resultaría imposible compactarlas en dos horas, incluso en tres. Sin embargo, lo que pudimos presenciar, lo que pudimos ver y escuchar quedará en la mente y en la memoria de todos los que tuvimos la suerte de estar ahí, con la misma fuerza que lo hicieron los anteriores conciertos y alcanzará como estos –y de eso no tengo la menor duda– la misma estatura mítica, el mismo nivel de leyenda. 

  El público salió feliz y entusiasmado del hermoso recinto de Paseo de la Reforma. Gente de todas las edades y de diferentes orígenes sociales unida por la música de estas tres jóvenes en las que se conjuntaron todos los planetas para brindar al mundo algo que apenas empieza y cuyos alcances aún no alcanzamos a vislumbrar. 

  ¿Qué si lo que tocan es heavy metal, es hard rock, es nü metal o es grunge? Eso es lo de menos. Simplemente es música, es rock, es The Warning.


viernes, 14 de febrero de 2025

Sobre The Warning en el Auditorio Nacional

Un comentario que leí en YouTube de alguien que fue al tercer concierto de The Warning en el Auditorio Nacional este martes:

I was just there yesterday and I have the following observations:
1.- A fantastic production
2.- The girls gave their all on stage
3.- The crowd was really fans
4.- Something I hadn't seen for many, many years: an ease in singing and playing instruments with an extraordinary talent, as if they were on a picnic. They really enjoyed it.

(Estuve ayer allí y tengo las siguientes observaciones:
1.- Una producción fantástica
2.- Las chicas se entregaron por completo en el escenario
3.- El público era realmente de fans
4.- Algo que no había visto en muchos, muchos años: una facilidad para cantar y tocar instrumentos con un talento extraordinario, como si estuvieran de picnic. Lo disfrutaron mucho).

lunes, 12 de agosto de 2024

Hell You Call A Dream


“Hell You Call a Dream” es un verdadero himno que fue compuesto por The Warning ante el hartazgo de las giras y toda la parte negativa que éstas implican (“Me invade la necesidad de permanecer dentro de esta jaula / Sufro día tras día, pero elijo quedarme así / Me quedo sin cosas que decir / ¿Es normal amar lo que odiamos? / Me está agotando de todas maneras / Estoy metida en esto hasta el fondo”), pero a la que también se le puede dar una lectura incluso política y en contra de los totalitarismos (“Dame algo en qué creer / en este infierno al que tú llamas un sueño / Colapso cada día / El caos me pone loca como un animal / Sólo quiero respirar / en este infierno al que tú llamas un sueño”).

viernes, 27 de noviembre de 2020

The Warning conmemora dos años de su concierto en El Lunario con gran video

El 25 de noviembre de 2018, hace exactamente dos años, el power trío regiomontano The Warning presentaba su segundo álbum, Queen of the Murder Scene, en El Lunario de Ciudad de México, a un costado del Auditorio Nacional. 

  Aunque el concierto se ha vuelto de culto para su creciente núcleo de seguidores en todo el orbe, sólo podía ser visto en video de manera fragmentaria, ya que de las 18 canciones que tocaron esa noche, cada una estaba de manera independiente en YouTube. Con decenas y hasta centenas de miles de vistas cada pieza, pero todas por separado. 

  Una versión íntegra de la presentación podía ser vista sólo por quienes apoyan económicamente al grupo en el sitio de patrocinios Patreon. Sin embargo, a manera de conmemoración por los dos años del concierto, The Warning decidió quitar la privacidad y subir dicha versión en su canal de YouTube. Por ello, a partir del pasado miércoles ya puede ser visto por todos sus fans en el mundo.

  El espléndido video, de 96 minutos de duración, está en HD y cuenta con un sonido notablemente mejorado con respecto al de los videos solos. Cada instrumento se escucha a la perfección; en especial, el bajo de Alejandra Villarreal resuena de un modo impresionante. Un gran trabajo del sonidista que merece ser destacado.

  Otra ventaja de este documental es la unidad de la edición que presenta diez minutos previos de escenas inéditas anteriores al concierto, desde la salida de las hermanas Villarreal del hotel hacia El Lunario, para realizar la prueba de sonido, hasta la hora de saltar al stage, pasando por el contacto con algunos de sus seguidores, su llegada a los camerinos, la sesión de maquillaje y el nerviosismo previo a la actuación.

  En 2018, Daniela (guitarra y voz) tenía 18 años de edad, Paulina (batería y voz) 16 y Alejandra (bajo y coros) 13. Por eso, al verlas así de sencillas y sonrientes antes de aparecer en escena, sorprende que esas jovencitas de apariencia tan inofensiva sean capaces de transformarse en el tinglado y producir un rock tan potente, agresivo, sonoro e impecable. 

  Porque a partir del minuto 12 del filme, se viene una andanada incontenible de gran música que no se detiene a lo largo de casi hora y media.

  Si no conoce a The Warning, dese la oportunidad de escucharlo. Sobre todo si es usted un amante del mejor rock, del rock clásico y orgánico, sin efectos, sin ayudas tecnológicas, sin artificialidades instrumentales o escénicas. Este es rock original crudo, denso, duro, directo, pero lleno de matices tan dulces como plenos de belleza (las armonías vocales son otro rasgo a destacar en los arreglos de los temas), con letras (en inglés) de una profundidad dramática sorprendente para compositoras tan jóvenes. 

  Cada una de las hermanas Villarreal es una virtuosa en su instrumento y su conjunción como grupo resulta sorprendente. Reiteramos: dése la oportunidad de conocerlas en este momento de despegue. Ya están terminando de grabar su tercer disco, contratadas por la disquera estadounidense Republic para su sello Lava Records. No tardan en dar el salto hacia la internacionalización plena. Garantizado.

  El rock verdadero está vivo. La hueca música en serie que se hace hoy día para el mainstream no ha logrado doblegar el espíritu rocanrolero que viene de las grandes agrupaciones de la segunda mitad del siglo pasado. Dicho sin patéticos afanes nostálgicos, el legado de The Kinks, The Who, Black Sabbath, Deep Purple, Led Zeppelin, Guns ’n Roses, Ramones, Metallica y Nirvana está en las muy buenas manos y el talento de tres mujeres adolescentes de Monterrey. ¿Cree que exageramos? Sólo vea este documental y compruébelo con sus propios ojos, con sus propios oídos, con su propio buen gusto.


Publicado el día de hoy en "Acordes y desacordes", el sitio de música de la revista Nexos.

sábado, 25 de julio de 2020

Con Jaime Ades, diez años ha

Hace diez años exactos de esta presentación que tuve al lado del buen y querido Jaime Ades en el Foro del Tejedor, cuando éste aún estaba en El Péndulo de la Zona Rosa. Curiosamente, en la imagen aparezco como si fuera guitarrista zurdo. Fue un buen concierto. Gran recuerdo.

lunes, 17 de febrero de 2020

Ale canta y lo hace muy bien

Hace siete u ocho meses que descubrí a The Warning y desde entonces las he seguido atentamente y veo su rápida evolución y la forma como día a día incrementan su base de seguidores en todo el mundo (en México me doy cuenta que se les menosprecia, sobre todo entre los roqueritos nacionales, pero entiendo que esa es la mentalidad mexicana de siempre y más cuando esos roqueritos saben que se encuentran muy por debajo de lo que están haciendo y logrando estas tres jóvenes regiomontanas). El caso es que mi relación con The Warning se ha vuelto entrañable y por eso me llenó de gusto ver que Alejandra está dejando atrás su timidez de bajista y ya empieza a llevar la voz principal en algunos temas, como en este "Red Hands Never Fade". El sonido del video no es todo lo bueno que uno quisiera, pero las imágenes resultan muy significativas, en especial cuando Ale voltea a ver a sus hermanas con una gran sonrisa y con cara de "¿lo estoy haciendo bien?". Es la más chiquita de las tres, a sus 15 años (aunque ya rebasó a sus consanguíneas en estatura física).Sensacional.

domingo, 9 de febrero de 2020

Aquel debut de Octubre en la Casa del Lago

Era 1972, no recuerdo la fecha exacta. La primera presentación de Fede Cantú y yo en La Casa del Lago de Chapultepec. Teníamos 17 años y cantamos una decena de canciones mías. Habría otras tres presentaciones los siguientes domingos, pero en lugar de Canción Joven se llamaría Canción Debate, porque al final debatíamos con el público sobre el contenido crítico de algunas de las piezas. 48 años ha.

jueves, 7 de junio de 2018

Luis Miguel Aguilar, Serrat y Machado

Acudí esta tarde a un recital poético musical de Luis Miguel Aguilar en las instalaciones de la revista Nexos, en la colonia Condesa. Se trató de un homenaje al disco de Joan Manuel Serrat dedicado a Antonio Machado y grabado en 1969. Luis Miguel interpretó todo el álbum, acompañado de su guitarra, mientras iba hablando de cada una de las canciones y contaba diversas anécdotas de la vida de Machado. Estuvo bonito y emotivo. Éramos unas cincuenta personas y pude saludar al propio Luis Miguel Aguilar, al querido Héctor Aguilar Camín (hermano de Luis Miguel), a Kathya, a Jorge, a Esteban, a Armando y a varios compañeros más de Nexos. Pau iba a ir conmigo, pero el exceso de chamba se lo impidió.

lunes, 16 de abril de 2018

Lovely Rita

Debo confesar la verdad. La noche del pasado 8 de mayo asistí a la Ola Azteca con ánimo crítico y dispuesto a demoler por escrito cuanto viera por ahí. Pensé que no me costaría trabajo. Después de todo, estaba convencido (y lo sigo estando) de que era una burda maniobra de Televisa para seguir manejando a su antojo al llamado rock nacional; una forma de continuar lo que ha hecho, al utilizar en su programación mediatizadora a grupos como La Maldita Vecindad, Café Tacuba, Caifanes, Rostros Ocultos y demás. Con la “Ola roquera”, el monopolio de la televisión se presentaba como impulsor del movimiento musical de los jóvenes roqueros (que no rocanroleros: hay notables diferencias de significado entre ambos términos), muchos de los cuales, me consta, creen en la sinceridad y las buenas intenciones del monstruo. “Lo importante es que existan foros para tocar”, dicen los músicos, y poco les interesa vender su alma al diablo con tal de gozar de quince minutos de fama. Lo importante no es el trabajo creativo, la labor verdaderamente artística, sino el hecho de ser difundidos a como dé lugar, no importa que sea en Siempre en domingo, Mi barrio o cualquier otra mierda. ¿Ideología? ¿Principios? ¡Maestro, estamos en otros tiempos! Es la era del liberalismo social, la era del cinismo.
  Pero volvamos a la noche del sábado 8 de mayo. Desde que entré al Estadio Azteca, sentí el clásico ambiente policiaco-represivo que distingue a los espacios dominados por Televisa. Gente de seguridad, guaruras disfrazados de guaruras, granaderos; miradas torvas, desconfiadas.
  En el escenario, un grupo llamado La Candelaria que, más que música, hacía dengues y gestos “prendidísimos” que dejaban a la gente impávida (menos mal). Luego vino Insignia, cuarteto muy joven y con una propuesta mucho más interesante que la de sus antecesores. Sin embargo, mi interés –y el de la mayoría de los asistentes– era ver a Santa Sabina (en mi caso, porque nunca los había visto en persona). Vino entonces lo inesperado...
  Después de haber visto en otras ocasiones a vacas sagradas como La Maldita y Caifanes, llevándome sendas decepciones por la pobreza de sus actos, ver a Santa Sabina resultó una sorpresa agradabilísima. He aquí una propuesta artística original y rica en matices, con composiciones interesantes  y muy bien ejecutadas por cuatro músicos espléndidos. La banda crea atmósferas oníricas y estrambóticas que son aprovechadas a la perfección por la presencia más impactante y la mejor voz del rock nacional: Rita Guerrero. A pesar de su corta estatura, Rita crece en el escenario, se adueña de él y lo utiliza a su antojo. Su dominio del público es impresionante. De pronto (y no exagero), uno de ve metido en una experiencia mística de la que resulta imposible escapar. Rita posee un manejo de la mirada, el rostro y el cuerpo que la transforma en una hechicera. En ella hay, por fin (al igual que en sus compañeros), una manifestación musical realmente rocanrolera, de una finura excepcional y hasta insólita dentro del medio en que se mueve.
  Rita y Santa Sabina se han salvado hasta ahora (supongo que por sus convicciones y no por falta de ofertas) de caer en el mercantilismo fácil de otros. Ojalá sigan por ahí, caray.

(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 21 de mayo de 1993)

domingo, 8 de abril de 2018

Caifanes bajo coacción

Ella me dijo: “Si escribes mal de este concierto, es que no posees objetividad periodística”. Y me advirtió amenazante: “Si escribes mal de este concierto, no te vuelvo a hablar en mi vida”.
  Conste lo anterior para aclarar que escribo el presente texto bajo presión moral, coaccionado claramente. Por lo tanto, no podré decir que el concierto del grupo Caifanes, del pasado viernes 30 de abril (Día del niño) en el Palacio de los Deportes, me dejó absolutamente impávido.
  Tampoco podré decir que la música de este quinteto nada más no me llega, me resulta terriblemente monótona y no me hace mover un solo músculo.
  No mencionaré que las letras de sus canciones, más que crípticas o herméticas, me parecen pretensiosas, sin sentido, falsamente profundas o francamente burdas (verbigracia: “Me dirás que soy un perro / que en el cerebro tengo moquillo” o aquel atentado contra el idioma  que es la palabreja “metamorféame”. ¡Horror!).
  Ni anotaré que su presencia escénica es pobre y estática, que la voz de Saúl Hernández carece de matices (¡de acuerdo, maestro Monsalvo!) y los instrumentistas son apenas un poco mejores que los de La Maldita Vecindad.
  No escribiré que el hecho de que 20 mil personas hayan brincado y cantado como una sola, durante más de de dos horas, no significa necesariamente que Caifanes sea un buen grupo. Igual cantan y brincotean 50 mil ante Garibaldi, Yuri, Ricky Martin o Los Temerarios.
  No diré (¡no!) que esas jaladas de sacar a grupos de concheros son arranques chauvinistas innecesarios y falsísimos, con todo y los gritos de “¡México, México!” del respetable o que los exhortos de Saúl contra el malinchismo suenan más provincianos que la arenga de un presidente municipal un 15 de septiembre cualquiera.
  Tampoco comentaré que lo mejor de todo (al menos para uno, como periodista) fueron los tacos al pastor y las cervezas (así como las buenísimas edecanes) del convivio  posterior al concierto; lo mismo que la presencia de la maravillosa Daisy Fuentes, locutora de MTV ahí presente. cuyo rostro y cuerpo resultan muy difíciles de olvidar.
  Por último, me abstendré de señalar que después de verlos en vivo, los Caifanes me siguen pareciendo tan planos y faltos de vitalidad como cuando los escuché en disco.
  Perdone el estimado lector que esta vez no diga cosa alguna y me reserve mis opiniones, pero la verdad es que a ella la quiero mucho y no quisiera que me considerara falto de objetividad periodística ni (mucho menos) que dejara de hablarme para siempre.
  Así pues, por esta vez, guardo El silencio.
  Ni hablar.

(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 7 de mayo de 1993)

miércoles, 4 de abril de 2018

La maldita ambigüedad (Desconcierto en el Auditorio Nacional)

A fin de celebrar que les haya sido otorgado su primer “Galardón a los Grandes” de Siempre en domingo, el grupo La Maldita Vecindad y los hijos del Quinto Patio realizó un concierto masivo en un casi repleto Auditorio Nacional (chin, creo que he iniciado esta seudo crónica de manera insidiosa y me prometí tratar de ser objetivo y desprejuiciado al elaborarla).
  Ser objetivo y desprejuiciado, esa era la consigna que me impuse al salir de mi casa el pasado domingo por la tarde. Asistí al Auditorio acompañado por mi hijo de diez años, fan declarado de La Maldita y cuya compañía me podría servir como una especie de moderador que atemperara mi escasa fascinación por el hoy afamado conjunto. Me prometí olvidar a esos venenosos que han bautizado a la banda como La Maldita Ambigüedad y los hijos de Raúl Velasco, todo en aras de la objetividad periodística y demás lemas que nadie practica pero que suenan muy bonito. Mas la realidad es canija y ya al bajar del vagón en la estación Auditorio del Metro, mis mentados prejuicios comenzaron a cobrar fundamento.
  Era un mar de gente joven la que salía de la mencionada estación, un público que encaminaba sus pasos hacia el imponente recinto donde se llevaría acabo el concierto, un público que me hizo pensar que me había equivocado de fecha y que los que se iban a presentar ese 13 de diciembre eran los Bukis o los Temerarios. Pero no: tantos chavos y chavas ataviados de negro, con ese look posmo inconfundible, no podían ser sino seguidores de la M.V.  Así pues, nos metimos al Auditorio.

En el balcón de ¿prensa?
Gracias a mi gafete de prensa, nos tocó sentarnos en un muy buen lugar entre (supuse) puros reporteros de diarios, revistas, radio y televisión. Sin embargo y a pesar de que todos lucían su rectangulito anaranjado sobre el pecho (un pinche pegote que no se quita con nada y que desgració más de una chamarra de piel), durante la tocada no vi sino a tres individuos que tomaban notas: una joven de no malos bigotes, Óscar Sarquiz (para alumbrarse usa una lamparita diminuta muy mona) y quien esto escribe. De ahí en fuera, los “periodistas” se la pasaron brincoteando, aullando y pidiendo complacencias de canciones. Ya puedo imaginar sus supuestas crónicas: “Fue un concierto padrísimo, inolvidable, súper, excelente”, etcétera.
  De hecho, estos periodistas (¿ya para qué los entrecomillo?) me obligaron a ver de pie todo el larguísimo concierto. Apenas salió a escena La Maldita, se pararon rugiendo y no volvieron a sentarse. Así que, en aras del profesionalismo, me soplé más de dos horas sin poder sentarme.

Y aún hay más
Desde bastante antes de que empezara el concierto, la gente se divertía sanamente en las tribunas. ¿Cómo? ¿Cómo que cómo? ¡Pues haciendo la ola, claro está! Y cuando el grupo salió a escena un agudo griterío ensordecedor lo cubrió todo. Igualito al que producen las admiradoras de Menudo o Magneto. Cientos de tripitas luminosas se agitaban entre la masa y al primer salto de Roco (creo que así le dicen al cantante) los gritos volvieron, como si de Ricky Martin se tratara.
  Terminó la primera pieza y Roco dedicó el concierto: “A la paz, la imaginación, a Daniel Santos y Rigoberta Menchú (but of course)”. La gente ovacionó, pero igual hubiese podido dedicarlo a Mijares y a George Bush, también lo habrían aplaudido a rabiar. Vinieron diez canciones en cascada, con un sonido tan estruendoso como emplastado. No pude saber si eran diez piezas diferentes o la misma tocada una decena de veces. Era tal el apelmazamiento sonoro que a la hora de las presentaciones de rigor de cada ejecutante, sus “solos” no se distinguían en absoluto. De hecho, puede afirmarse que si con U2 el Palacio de los Deportes sonaba como el Auditorio Nacional, La Maldita logró precisamente lo contrario. Pero el público no estaba para tamañas nimiedades y lo aplaudía todo sin chistar, incluso una horrorosa versión de “Esta tarde vi llover” de Armando Manzanero. Vomitiva.
  Entre canción y canción, Roco Martin hacía comentarios que rompían el ritmo y la continuidad del concierto. Se trataba de mensajes mesiánicos contra la guerra, el racismo, ¡los supermercados!, las diferencias de clase (por supuesto, en la parte baja del Auditorio había exclusivamente fans pudientes y hasta gayola la pura raza), y la televisión, a la que llamó (¡oh, diosa de los lugares comunes!) “la caja idiota”. ¿Guat? ¿Así que desprecian a la tele? ¿Entonces quiénes son esos músicos idénticos a ellos que ostentan el mismo nombre y se presentan tranquilamente en “Siempre en domingo”, “Ándale”, “Y Vero América va”, “El sabor de la noche” y otros programas del Canal de las Estrellas? ¿Se trata de replicantes o qué onda? Urge una aclaración, porque yo hubiera jurado que estos son los mismos que el sábado por la noche aparecieron en cadena nacional con Raúl Velasco, desde el salón Premiere, y recibieron su trofeo “Galardón a los Grandes”, junto a Yuri, Thalía, Maná, Garibaldi y otras glorias nacionales. Y Raulín los presentó como La Maldita Vecindad. Qué raro.

Un Zoo TV del subdesarrollo
El escenario era originalísimo, con tres pantallas gigantes que presentaban imágenes del grupo en escena o fotografías fijas de la más diversa variedad. “Igualito a U2, oye”, comentó un periodista dos filas adelante. Sí, nada más les faltó colgar del techo dos combis peseras o de perdis un minitaxi.
  La segunda parte de la presentación resultó mejorcita. El sonido fue un poco más claro y definido, tocaron sus éxitos y la gente se puso todavía más “prendida”. como dicen los estrellitos roqueros de Televisa. Eso sí, a la menor provocación Roco gritaba vivas a “México libre”, whatever it means. Por momentos, estuve seguro de que gritaría también loas al programa Solidaridad del presidente Salinas o algún muy cristiano “Viva la familia”. Por su parte, la gente respondía con el clásico “¡Mé-xi-co, Mé-xi-co!” y no era para tanto: después de todo, ese mediodía la selección nacional apenas había sacado un empate ratonero con su similar de Honduras.
  A lo largo del concierto, La Maldita tocó de todo: mambo, danzón, batucada, balada y hasta rumba flamenca, al mejor estilo de Pedrito Rico ("¡Un borriquito como tú / que no sabe ni la u!”). Lo único que jamás interpretaron fue rock. Ni hablar. Por supuesto, hubo un encore: la pieza más solicitada, anhelada, exigida por ese público educado por la radio y la televisión: “Kumbala”.
  Con esta melodía, la gente alzó los bracitos y empezó a balancearlos románticamente, moviendo sus tripitas luminosas o prendiendo y apagando sus encendedores compulsivos. Todo tan tierno como cuando Lucero canta “Electricidad” o Luis Miguel alguno de sus boleros, lo que demuestra el indudable poder de penetración de Radio Joya, 97.7 o Yo Ciento Dos (para no hablar del Canal 2). Sólo faltó Gloria Calzada para despedir la transmisión.
  Y al final, uno se pregunta: ¿qué sería de La Maldita Vecindad sin Raúl, sin Paco, sin la Vero? Un consejo, muchachos: mejor no le den patadas al pesebre que esos lujos sólo puede permitírselos alguien como Gloria Trevi.

Nota al calce: en descargo de mis opiniones, debo decir que mi hijo gozo el concierto de cabo a rabo y salió feliz de la vida. Lo que es el abismo generacional, lo que es la inocencia.

(Publicado en mi columna “Bajo presupuesto” de la sección cultural del diario El Financiero, el 17 de diciembre de 1992)

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Enrique Guzmán en el Auditorio Nacional

Anoche fui con mi mejor amiga al Auditorio Nacional, para asistir al concierto con el que Enrique Guzmán festejó sus sesenta años en la música.
  Fue una actuación muy buena, muy emotiva, con una estupenda orquesta y un sonido perfecto. Enrique, a sus 74 años, cantó como en sus mejor tiempos. Su voz permanece incólume y no se nota gastada o rasposa. Simpático, dicharachero, divertido, paso lista a sus grandes éxitos como solista y a algunos de sus años con los Teen Tops (incluso cantó "La plaga" con su hija Alejandra).
  Lo que desconcertó a todos fue no solo la brevedad del concierto (tan sólo una hora y media), sino la manera abrupta como terminó, sin un encore propiamente dicho. No sé si fue porque la presentación se grabó para un disco que saldrá en unos meses (como comentó el cantante) o porque simplemente Guzmán se cansó o ya no tuvo ganas de seguirle (lo cual me parece poco probable, porque se le veía contento y emocionado.
  Como sea, el entusiasta público que llenó el Auditorio (se veía muy bonito con todas las butacas ocupadas) la pasó muy bien (e incluyo a mi amiga y a mí). Las canciones me hicieron pensar mucho en mi hermano Sergio, que idolatraba a Enrique Guzmán y no dejó de asombrarme que prácticamente me sabía yo todos los temas que cantó (como me lo hizo notar mi querida amie).
  Muy buen concierto y salimos a tiempo, eso sí, para tomar el metro.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Pocos pero bien portados


Esperaba casa llena, pero apenas se cubrió la mitad del cupo. La mayor parte de la gente que invité y que me aseguró que ahí estaría, falló de plano. Eso que no llovió (Tlaloc sigue amando a Los Pechos). No daré nombres de los ausentes, pero sí hubo un momento en que me sentí triste ante el desolador paisaje de mesas vacías de las diez de la noche. Le mandé a P -quien ya me había avisado que no iría- un mensaje para decirle lo bajoneado que me sentía y me contestó con palabras tan bonitas que me reanimó bastante. Arrancamos a las diez con cuarenta y ya el Ruta 61 se veía más llenito, más recuperado. Ahí estaban L, Letto, Sparta, Graciela y Miguel, Myrna, Adriana (quien grabó en video casi todo el concierto), Dharia, el buen Adrián López, mi queridísima Malena Rouge y algunos otros amigos, más público desconocido pero muy cálido, receptivo y entusiasta. La banda tocó muy bien, el sonido estuvo perfecto. El Sr. González no pudo acudir, pero tuvimos como invitada a la bella Dulce Chiang, quien cantó la parte en francés del tema que estrenamos: "Peut-etre", el cual agarró un beat muy criollo, muy a la Nueva Orleans, que me gustó mucho y a la gente también. Concierto con final feliz, gracias a todos los presentes. Fueron pocos, pero bien portados.