domingo, 18 de agosto de 2013

Elogio del vino tinto

Pocas sustancias tan nobles como el vino tinto. Pocas tan delicadas, tan sutiles, tan acariciantes, tan exquisitas. Su cuerpo es a la vez esbelto y firme; su sabor, ácido y dulce, abrasador y abrazante.
  Amo al vino como a mí mismo. Es sangre roja que bebo en pequeños sorbos y que dejo entrar por la boca para deleitar a mi paladar e invadir mis entrañas. Noble y de alta cuna, generosa y de límpido origen, es bebida sensual que se abre a la sensualidad y permite la sensualidad. Pocos estados de ánimo tan disfrutables, tan gozosos, tan ideales como el que provoca el vino después de la segunda o tal vez de la tercera copa. Líquido vital que estimula los sentidos y desinhibe las conversaciones, las revelaciones, los sentimientos, los deseos, los instintos. El vino es llave, es aceite, es clave, es puerta. Llamarada que enciende la pasión por la vida y sus placeres más suntuosos. Amigo afable y confiable, incondicional, inteligente. Hay que saber tratarlo, hay que saber sobrellevarlo, no hay que abusar de sus bondades.
  Bebo vino únicamente de manera social. No acostumbro beber alcohol al estar a solas y en ello incluyo al vino, aunque se dice que una copa al día ayuda a la salud y mantiene sano el corazón. Pero yo prefiero compartirlo, en especial con mujeres, en especial con amigas. Vino, queso, pan o una bien preparada pizza. Buena música. Ambiente propicio para que surjan la charla, la risa, el bien estar (y por ende, el bienestar).
  No conozco mucho de vinos, debo confesarlo. De hecho, mi favorito es el de una marca española bastante humilde y económica. Hecho en Valencia, el Castillo de Liria resulta en verdad excelente y nadie hasta ahora se ha quejado de su calidad, su sabor, su aroma o su consistencia. También me gustan otros vinos españoles, al igual que el tinto francés, el italiano, el chileno y el bajacaliforniano. He probado el sudafricano y el australiano. Con el que no puedo es con el argentino: por alguna razón, me pega muy fuerte.
  Una extraña mujer que en cierta época fue una buena amiga me enseñó algunas pocas reglas (que hay que dejar respirar a la botella después de abrirla; que luego de un brindis, hay que mirar los ojos de la otra persona al dar el primer sorbo; que nunca hay que dejar que la copa se quede vacía; que hay que tomar ésta de la base que la sostiene) y el padre de Fernando Rivera Calderón me reveló que meter la botella quince minutos al refrigerador, antes de descorcharla, otorga la temperatura perfecta.
  Amo al vino, pues, y lo que más me gusta son las sensaciones que proporciona al beberlo y que ya mencioné líneas atrás, en especial ese mood, ese état d'esprit sensual, inquieto, juguetón, tan confortable y sugerente.
  Bendita bebida, bendito elíxir, bendita sea la uva que le da origen y benditos sean los efectos espirituosos, espirituales, que nos regala. Vino rojo, vino escarlata, vino sangre, vino de tinta.
  La tinta con la que puedo escribir de tantos buenos momentos.