domingo, 9 de agosto de 2009

Merce Cunningham: la danza transformadora*


Uno de los más grandes coreógrafos y bailarines de todos
los tiempos falleció el pasado domingo 26 de julio,
aunque su obra imperecedera nos hace pensar
que en realidad sigue danzando en el éter.


Tenía noventa años al morir y ya llevaba las alas puestas. De hecho, las llevaba perfectamente fijas desde muchos años atrás. Eran las alas que le permitían volar con una ligereza que hacía parecer que pesaba menos que el aire. Volaba en el escenario y volaba en el estudio donde ensayaba y volaba dentro de su cabeza, cada vez que creaba una de sus revolucionarias y desafiantes coreografías. Ahora que murió, el pasado domingo 26 de julio, esas misma alas le sirvieron para alzar un nuevo vuelo hacia otras dimensiones, desde donde es seguro que seguirá ideando la manera de conmover a quienes quieran mirarlo.
Merce Cunningham, el grandioso bailarín y coreógrafo nacido en Centralia, en el estado de Washington, el 16 de abril de 1919, nos sorprendió con la noticia de su muerte, de la misma manera como sorprendió al mundo a lo largo de siete décadas, con su obra dancística anticonvencional y comprometida con la belleza que puede encontrarse en lo inesperado y lo azaroso.
“Tienes que amar a la danza para sumirte en ella. Nada te dará a cambio: ningún manuscrito que puedas atesorar, ninguna pintura que puedas colgar en una pared y hasta mostrar en los museos, ningún poema que pueda ser publicado y vendido; nada te dará, salvo ese momento único y efímero en el cual te sentirás vivo. La danza no es para almas vacilantes”, decía Cunningham, quien gustaba de colaborar con toda clase de músicos para idear sus obras. Era un tipo ecléctico y desprejuiciado. Por eso trabajó lo mismo con el compositor de música concreta John Cage que con grupos y solistas de rock como John Paul Jones, Radiohead, Sigur Rós y Sonic Youth, al igual que con artistas plásticos como Robert Rauschenberg, Andy Warhol y Jasper Johns.
Antes de ser reconocido como el más grande coreógrafo vivo, ya había logrado una sólida fama como bailarín. Curiosamente, no comenzó como estudiante de danza clásica o contemporánea, sino que sus primeras incursiones en este arte fueron en géneros tan mundanos como el tap y los bailes de salon. De ahí saltó a la danza formal y muy joven aún, ingresó a la escuela Cornish de la ciudad de Seattle. Sus avances y su talento eran tan notables que a los veinte años fue admitido en la compañía de Martha Graham, donde permaneció como solista hasta 1945. Ocho años más tarde, en 1953, logró conformar su propia compañía (la Merce Cunningham Dance Company), con la cual creó más de doscientas coreografías y obtuvo celebridad internacional.

“Si un bailarín baila –lo que no es lo mismo que tener teorías sobre la danza o desear bailar o tratar de bailar o recordar la forma de bailar de otros-; insisto: si un bailarín baila, todo está ahí… Nuestro éxtasis dancístico proviene del don de la libertad que se vuelve posible, del momento exultante que esa revelación de enorme energía puede darnos. Eso no significa ser licencioso, sino ser libre”, dijo el coreógrafo en 1952 y cumplió con ello a lo largo de su vida como artista y como maestro.
Su colaboración con John Cage fue larga y fructífera y duró de mediados de los años cuarenta a 1992, cuando sobrevino el deceso del compositor. Juntos, propusieron una gran cantidad de propuestas que en su momento fueron más que innovadoras, sobre todo en el tema de la relación existente entre música y danza. Dado que ambas artes son temporales, Cage y Cunningham llegaron a la conclusion de que las dos deberían existir de manera independiente, que aun cuando ocurrieran en el mismo instante, no era necesario que se apoyaran o que estuvieran conectadas entre sí, al menos del modo en que era usual. Esa desconexión entre lo que se escuchaba y lo que se danzaba (en la que se rompió con convenciones como la narrativa escénica o las relaciones entre causa y efecto o entre climax y anticlímax) fue quizá la mayor contribución de esta mancuerna de genios artísticos del siglo pasado.
Como el mismo Cunningham profesaba, él no estaba interesado en contar historias o en efectuar exploraciones psicológicas acerca de las relaciones humanas. Por eso afirmaba que la única razón de su danza era la danza misma y aunque muchos piensan que sus coreografías se basaban en la improvisación, en realidad era todo lo contrario: cada movimiento, cada paso estaba perfectamente preestablecido y los bailarines de su compañía sabían con exactitud lo que debían hacer.
Influido en los ultimos años por el budismo zen y la lectura y consulta del I Ching (el libro chino de los cambios), Merce Cunningham abandonó a este mundo como una más de las transformaciones -de los cambios- que tuvo a lo largo de sus días, tal vez determinado por la consulta del hexagrama 64 que tanto gustaba citar durante sus clases de danza.

*Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador¨de Milenio Diario.

2 comentarios:

nahuetierra dijo...

Qué bonito que escribas de este gran hombre. Conocí su trabajo cuando hacía danza, hace ya muchos años. Me alegra que alguien lo recuerde ;)

Giovanni dijo...

Oiga Don H, déjeme le digo que le salió bastante chido su tributo a este hombre del que apenas voy escuchando. Saludos.