jueves, 17 de diciembre de 2009

Los Simpson: veinte años de fiebre amarilla*


Hace exactamente veinte años, el 17 de diciembre de 1989, se trasmitió el primer capítulo de Los Simpson. Mitificada, adorada, aborrecida, sub y sobrevalorada, la emisión parecería mostrar algunos signos de agotamiento.

Dos acontecimientos revolucionarios marcan al año de gracia de 1989: la caída del muro de Berlín y la aparición de una serie de dibujos animados que habría de trastocar al mundo: Los Simpson.
Veinte años han transcurrido desde aquellos días y los efectos de ambos hechos aún se siguen sintiendo. En el caso que nos toca, el programa creado por Matt Groening –un nerd anarquista nacido en Portland, Oregon, en 1954– ha formado parte de la educación sentimental de cuando menos cuatro generaciones y ha terminado por convertirse (para parafrasear a José Emilio Pacheco) justo en aquello que tanto crítico desde sus inicios: en una institución, en un manifiesto de incorrección política que hoy resulta perfectamente correcto. Ser seguidor de Los Simpson otorgaba, hasta hace poco, cierto status de progresismo liberal, de actitud demócrata. No estoy seguro de que siga siendo así. Ser simpsófilo, actualmente, es sinónimo de ser rebelde, sí, pero más en términos RBDianos que como se entendía la palabra hace veinte años, cuando inició la serie.
Entendámonos. En sus primeras temporadas, Los Simpson eran como una carga de dinamita dentro de eso que llamamos el sistema, el establishment. En México lo sabemos bien porque, inusitadamente, la serie comenzó a trasmitirse por lo que hoy es TV Azteca desde finales de los ochenta, una época en la cual el conservadurismo paternalista del gobierno y los medios electrónicos era el signo dominante. Sin duda en esos momentos se trataba de una serie con un alto grado de subversión, debido a la crítica despiadada que ejercía contra el american way of life, crítica que de manera tangencial también tocaba a nuestro país y a eso que desde Televisa se conocía como la gran familia mexicana.

¿Cómo no adorar la estupidez y la estulticia de Homero, la implacable y desalmada gandallez de Bart, la inteligencia sensible de Lisa o la neurosis de Marge, antecedente caricaturesco de las desperate housewives? ¿Cómo no identificarse, para bien o para mal, con alguno de los múltiples personajes secundarios, desde el cristianísimo Ned Flanders (una especie de Jorge Serrano Limón a la gringa, aunque más buena onda) hasta el acomplejado niño Milhouse, sin olvidar al tabernero Moe, al pacheco conductor Otto, al siniestro payaso Krusty y a tantos otros, entre los que destacan ese villano por excelencia que es el oligarca señor Burns y su lamebotas Smithers? ¿Cómo no amar incluso al primer equipo mexicano de doblaje, con Humberto Vélez a la cabeza? La ciudad de Springfield era (es) un microcosmos perfectamente estadounidense, pero al mismo tiempo retrataba con sardónica ironía al modo de vida occidental, con todos sus vicios, contradicciones y desajustes sociales.
Sin Los Simpson, series posteriores como Beavis & Butt-Head, Daria, South Park y su actual competencia, Los reyes de la colina, serían impensables. Desgraciadamente, luego de dos décadas y de más de cuatrocientos cincuenta capítulos (más un largometraje), la serie ha terminado por volverse repetitiva y, lo peor de todo, en algunos momentos francamente aburrida. Algo más que ha perdido es la que durante muchas temporadas fue una de sus principales virtudes: el que dentro de su despiadada crítica y su disparada violencia (remember Itchy y Scratchy), al final sus historias podían resultar en verdad conmovedoras. Hoy ya no lo son.
El problema de Los Simpson, pues, no es su carácter explosivo e irreverente que tanto molesta a la Iglesia católica, a sociedades de padres de familia y a otros sectores ultraconservadores, lo mismo que a políticos como el presidente venezolano Hugo Chávez o la pareja presidencial argentina, sino su tendencia a lo tedioso y lo predecible. Eso sí que da tristeza, eso sí que podría matarla.

*Publicada hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario.

4 comentarios:

Charro Negro dijo...

El final perfecto de los Simpson tuvo que ser con el largometraje, si desde la temporada 16 a mi me parece que comenzo a caer a lo que es hoy, una serie que vive de hacer parodias de otras series y nada mas, repetir formulas.
Triste, pero ahi quedan capitulos como quien mato al señor burns, el de Bush Papá, cuando homero viaja a la luna, etc etc.
QUE SE ACABEN LOS SIMPSON!!!!

Giovanni dijo...

Cierto, a mí en lo personal cuando la empecé a ver me dio un vuelco en el alma, era una alternativa a la cultura que veía en un pueblito llamado ciudad victoria. Es repetitiva sí, que esta en peligro, también, pero su legado está intacto y quizá ese sea el clavo ardiente al que está sujeta la serie amarilla. Espero que Matt se reinvente pronto, lo necesita. Chingón el artículo Don H. Un abrazo.

ordinario dijo...

La decadencia de Los Simpsons pone en evidencia lo importante que son los guionistas para un programa de televisión; desde que cambiaron a los originales no dan una.
Y a mi parecer,la competencia actual de los Simpsons es "Family guy", una familia mucha mas ácida y mal pedo.

Saludos, Sr. Michel.

Ricardo Beltrán Bribiesca dijo...

Excelente critica. Fenomeno parecido (identico mas bien) a lo q le paso (pasa) a la Mosca en la pared. Pero me imagino q son razones similares las de Matt Groening y las tuyas por mantener un proyecto que, como bien dices, se convirtio en eso que alguna vez tanto critico.