miércoles, 2 de mayo de 2012

¡Mi reino por una aguja!*

En el Evangelio según San Mateo, se refiere esta célebre sentencia de Jesús: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un hombre rico entre al reino de los cielos”. La frase ha sido usada políticamente a conveniencia y si la cito aquí es porque, hasta hace algunos años, era más fácil que un ricachón entrara al cielo a que un coleccionista de álbumes de vinil pudiera conseguir una aguja para su tocadiscos.
  Convengo: el juego de palabras está bastante jalado de los pelos, pero nos conduce a la idea central de este texto: las dificultades que había hasta hace no mucho tiempo para que alguien que tuviera aún su vieja tornamesa y algunos elepés o discos de 45 revoluciones pudiera reemplazar la aguja que permite escucharlos.
  Hagamos un poco de historia. Con el advenimiento del disco compacto a mediados de los años ochenta del siglo pasado, muchas personas que poseían notables colecciones de lo que se conocía como acetatos –ya fuesen en su versión LP (Long Plays) o EP (Extended Plays) – tomaron la decisión de deshacerse de las mismas. Quienes nos negamos a ello y optamos por conservar a sangre y fuego dichas colecciones fuimos vistos como quedados, anticuados, gagás o tecnológicamente retardatarios.
  Quien esto escribe (o sea, yo) tenía una colección de unos mil quinientos elepés, aunque al divorciarme a principios de los noventa y dividir las cosas con mi hoy ex esposa, me quedaron unos ochocientos. Pero pude mantener conmigo el tocadiscos Sony que adquirí hace cerca de treinta años y que todavía conservo en la sala del apartamento donde habito.
  Conforme los discos de 33 y 45 revoluciones fueron desapareciendo de las tiendas, ya fuesen especializadas o viles supermercados, escucharlos se volvió cada vez más complicado, sobre todo si la aguja del brazo de la tornamesa se desgastaba hasta quedar inservible. Por un muy largo tiempo, en México, sustituir a ese pequeño y delicado adminículo se volvió misión imposible. Yo tenía un par de repuestos y logré mantener viva la posibilidad de escuchar mis viniles (y no vinilos, por el amor de Dios), pero muchísima gente no pudo hacerlo y terminó por guardarlos como objetos decorativos o francas antigüedades.
  Lo mismo pasó con los tocadiscos, ya fuesen los portátiles (aquellas maravillas que se cargaban como un maletín y podían desplegarse con el simple expediente de abrir los broches que unían a las bocinas con la tornamesa) o incluso los que venían en las viejas consolas, aquellos estorbosos aunque entrañables muebles que adornaban las salas, primero de las casas de la gente pudiente y, más tarde, de las de las familias clasemedieras de los años sesenta y setenta. Para no hablar de los “aparatos de sonido”, esos armatostes (como mi Sony) que además de la tornamesa incluían radio (en AM y FM) y doble casetera.
  La proliferación del disco compacto y la desaparición paulatina del disco de vinil y de los tocadiscos hizo que los fabricantes de agujas prácticamente se extinguieran. Todas aquellas tiendas ubicadas en la calle de República del Salvador, en el Centro Histórico del DF, a donde uno iba a comprar sus agujas, desaparecieron también o dejaron de venderlas. Parecía un hecho tan inevitable como irreversible.
  No tengo pruebas para asegurarlo, pero creo que lo que nos salvó fue el surgimiento del rap y la música electrónica. Los intérpretes de estos géneros comenzaron a usar tornamesas, ya sea para sus scratches o sus sampleos. De pronto, los discos de vinil volvieron a cobrar importancia y hoy día, muchos grupos y solistas en el mundo sacan ediciones de sus álbumes en ese formato. En nuestro país, tiendas como Mix-Up ya cuentan con departamento de discos de 33 revoluciones. Algo que habría parecido insólito hasta hace muy poco.
  Conseguir agujas para las tornamesas ya no resulta tan difícil. En la propia República del Salvador existe el llamado Tunel de la electrónica, donde se pueden adquirir diversos modelos. Asimismo, en los grandes centros comerciales, como Perisur, hay locales especializados en sonido que las venden. Los tocadiscos también han regresado (hay unos en imitación madera, muy simpáticos y accesibles, que venden en las tiendas de Carlos Slim).
  Así pues, el disfrute incomparable que resulta de escuchar un disco LP no sólo ha vuelto a ser posible, sino que no tardará en imponerse como eso que algunos exquisitos llaman moda vintage. El solo placer de escuchar la caída de la aguja sobre la superficie del acetato ya no es materia de nostalgia y está ahí, al alcance la mano.
  Ya no hay razón para gritar con angustia: ¡mi reino por una aguja! Basta con ir a comprarla a la vuelta de la esquina.

*Publicado hoy en la sección "El ángel exterminador" de Milenio Diario.

2 comentarios:

Cecilia Lucero Gómez dijo...

Interesante dato, yo la unica vez que estuve en contacto con una tocadiscos y los LP fue a muy corta edad para apreciarlos :O

hektor mccready dijo...

Que bueno que aún hay amantes de los viniles, de hecho yo soy seguidor arduo de Pearl Jam, los cuales todos sus albumes los han editado en este formato y cada año nos mandan como regalo de navidad un sencillo en este material. Mi colección se limita a los albumes y sencillos de Pearl Jam. Uno que otro disco de rock o también música pop 80era. No tengo tornamesa pero estoy por adquirir una, ¿Podrías recomendarme una buena, bonita y barata? jeje. Saludos!