martes, 11 de septiembre de 2012

Yo vi a la encuerada de Avándaro


En agosto de 1971 yo tenía dieciséis años. Durante los meses previos había estado escuchando en la radio (sobre todo el Radio Éxitos) y la televisión (en el programa La onda de Woodstock que producía ¡Jacobo Zabludovsky!) toda la promoción acerca del Festival de Rock y Ruedas que se llevaría a cabo en Avándaro, Valle de Bravo, en el Estado de México. Moría de ganas de ir, pero veía pocas posibilidades de hacerlo.
  Medios impresos, como las revistas Pop y México Canta, hablaban maravillas de las bandas que ahí se presentarían y que en ese entonces gozaban de gran popularidad. El Ritual, El Amor, Peace and Love, Bandido, Three Souls in My Mind, La Tinta Blanca. En fin, todos teníamos ganas de acudir a la gran tocada y no por la carrera de coches que también se anunciaba, sino por ese festival que de alguna manera reproduciría, a nivel mexicano, lo que dos años antes había acontecido en Woodstock.
  Todavía el viernes 10 de septiembre, por la mañana, no sabía si podría ir. ¿De dónde iba a sacar los veinticinco pesos que costaba la entrada? ¿Cómo me iría, si tampoco tenía lana para pagar el autobús a Toluca y el camión a Valle de Bravo? Todo sucedió entonces de manera vertiginosa, intempestiva: mi primo Gustavo García Arróyave y un amigo de nombre Víctor Michel (con quien ningún parentesco me unía) me propusieron irnos en la camioneta del segundo. Acepté de inmediato. No sé cómo demonios pude convencer a mi mamá de que me dejara ir y me prestara (es un decir) treinta pesos. La cosa es que lo conseguí y a las seis de la tarde partimos rumbo al idílico encuentro rocanrolero.
  Viaje sorprendentemente rápido y tranquilo. Antes de las diez de la noche estábamos en los terrenos del festival. Emocionados, empezamos a recorrer el lugar. Miles de jipitecas poblaban la noche frente al gran escenario. No dormimos. Vagamos por aquí y por allá y así nos sorprendió el amanecer.
  En la mañana del sábado 11, aquello era alucinante. Decenas de miles de chavos y chavas cubrían la amplia explanada silvestre que se extendía frente a nuestros ojos. Yo que en ese tiempo me sentía hippie, que traía mi larga greña, que creía en el lema “paz y amor” y que aborrecía al “sistema”, me sentía feliz de estar ahí, con tantos “hermanos y hermanas”. En algún momento me interné en el bosque y me crucé ¡con Carlos Baca!, director de México Canta y una especie de gurú para todos los que leíamos sus siempre “alivianados” textos. Recuerdo que cruzamos sonrisas y me sentí realizado.
  La vigilancia resultaba discreta. Algunas parejas de soldados recorrían el sitio muy afables y, según se decía, incluso repartían cigarros de marihuana a discreción. En esa época yo practicaba el vegetarianismo, pero respecto a las drogas era fresísima y nada me metía (costumbre que he mantenido hasta la fecha, como bien les consta a mis amigos).
  Mientras tanto, en el escenario se presentaba una versión fonomímica y bastante aburrida de la ópera rock Tommy de los Who, por parte de una compañía teatral de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. El sol pegaba a plomo. No recuerdo qué hicimos hasta el anochecer, hora en que dio inició propiamente el festival. Abrieron los Dug Dug’s, siguió Epílogo y luego vino La División del Norte. Fue con esta banda que ocurrió el momento más memorable: la aparición de la famosa encuerada de Avándaro.
  Recuerdo bien el momento. Sin decir agua va, los reflectores del escenario apuntaron hacia uno de los camiones de Telesistema Mexicano (hoy Televisa) e iluminaron a una diminuta (desde donde yo me encontraba) chavita que bailaba en playera blanca y pantalones azules. De pronto, se despojó de la prenda superior y mostró sus pequeños pechos. Luego se quitó el pantalón y quedó en braguitas (rojas), mismas que ante los gritos desaforados de la multitud se bajó y volvió a subir en un movimiento que duró si acaso dos segundos. Eso bastó para volverla mítica.
  Es lo último que recuerdo del festival. Llevaba más de treinta horas sin pegar el ojo y decidí irme a dormir “un ratito” a la camioneta. Desperté como a las diez de la mañana del domingo 12. Mis compañeros se burlaron de mí por todo lo que me había perdido. Ni caso tenía lamentarlo. Ya no vi a Peace and Love, al Three Souls, a... Ni hablar.
El regreso fue lentísimo, a vuelta de rueda prácticamente hasta Toluca. Pero a final de cuentas me sentí muy satisfecho. Sí, me quedé dormido y me perdí a varias bandas…, ¡pero pude ver a la encuerada de Avándaro!

(Texto publicado en septiembre de 2011 en la sección El ángel exterminador de Milenio Diario).

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