sábado, 2 de enero de 2016

Lecturas para beatas asustadizas

16 años de Milenio, 16 años en Milenio. Enhorabuena.

Podríamos situar los orígenes de la llamada corrección política en los tiempos en que Bill Clinton era presidente de los Estados Unidos y Al Gore su vicepresidente. Por esos días, a principios de los años noventa, la esposa de Gore encabezó a un comité que se dio a la tarea de censurar los discos de grunge y de hip-hop, al colocarles una etiqueta de advertencia que rezaba “parental advisory”. Fue por esas épocas que comenzaron asimismo la persecución de los fumadores y otras linduras puritanas inventadas por los progres gringos, quienes obligaron a la gente a hablar por medio de eufemismos. Los enanos pasaron a denominarse gente pequeña; los negros, afroamericanos; las ancianos, adultos mayores y así, ad nauseam.
  Hoy, sin embargo y (des)gracias a las redes sociales, la corrección política se ha potencializado de manera exponencial y ha terminado por convertir a millones de personas en virtuales beatas asustadizas a las que todo escandaliza y en todo ven motivo de espanto mocho.
  En México, esto ha operado de un modo tremebundo y, al igual que en otras partes del planeta, ha transformado a tuiteros, feisbuqueros y demás en inquisidores maniqueos que suelen ver la paja en la pupila ajena y jamás la viga, etcétera. Esto ha creado a un ejercito de monstruitos anónimos y de doble moral que, desde una supuesta posición de arcángeles impolutos, todo lo juzgan y todo lo condenan. Lo más paradójico del asunto es que en su amplísima mayoría no se trata de personas de la derecha, tan proclives por naturaleza a los anatemas, sino de gente que se autoproclama como abierta, progresista y de izquierda.
  Estas beatas asustadizas y cerradas insisten, por ejemplo, en que México vive el peor momento de su historia, lo cual resulta una verdadera estupidez, fruto de la ignorancia más supina. A dichas beatas recomiendo la lectura de Siglo de caudillos de Enrique Krauze y Tragicomedia mexicana de José Agustín, libros amenos e ilustrativos que les mostrarán épocas francamente terribles de nuestro pasado. Lo que pasa es que en esos tiempos no había redes sociales que si no…

(Publicado hoy en mi columna "Cámara húngara" de Milenio Diario)