lunes, 8 de mayo de 2017

Electric Ladyland

Un disco tan extraordinario como irregular. Quizá debido a su ambiciosa extensión, este álbum doble de The Jimi Hendrix Experience –tercero y último trabajo oficial no sólo del trío sino del propio Hendrix– peca de cierta inconsistencia, aunque a final de cuentas el balance sea muy positivo.
  Se trata de la obra más experimental del músico, con un uso muy amplio y efectivo de las técnicas y efectos de estudio existentes en su tiempo. Sin embargo, lo más notable de Electric Ladyland (1968) es el genio imaginativo de Jimi Hendrix en su máxima expresión, con momentos asombrosos como guitarrista y composiciones de absoluto esplendor.
  Estamos ante un disco lleno de alma y raíz, pero también de visión vanguardista e ideas innovadoras que apostaban hacia un futuro que lucía en extremo prometedor. De nueva cuenta hay blues y soul, de nuevo se encuentra presente la psicodelia, pero también largos y vigorosos jams, alucinantes paisajes sonoros, una mayor incursión en el acid rock y notables covers. La participación de músicos invitados en algunas de las piezas, entre ellos Steve Windwood en los teclados –con su inigualable manera de tocar el órgano Hammond–, Al Kooper en el piano, Jack Cassidy (Jefferson Airplane) en el bajo, Chris Wood (Traffic) en la flauta, Buddy Miles en la batería y Fredy Smith en el sax, representa un plus en el doble plato.  
  Electric Ladyland (cuya portada original causara tanta polémica) inicia con una breve introducción llena de efectos (“… And the Gods Made Love”) que bien podemos pasar por alto y realmente da comienzo con lo que ya era un género hendrixiano, el soul psicodélico. “Have You Ever Been (to Electric Ladyland)” es una pieza lenta y ensoñadora, con un claro mood etéreo marcado por el juego de guitarras sobrepuestas y la voz en falsetto de Hendrix (parece un antecedente de la música de Prince), tema dedicado a las mujeres que rodeaban a Jimi y que le otorgaban todo el vigor sexual que necesitaba; una bella y sentida oda a sus groupies, pues. La calma se rompe en seguida con la rotunda “Crosstown Traffic” y su sensacional riff. La batería de Mitch Mitchell desempeña un papel clave, apoyada por los bajeos de Noel Redding. Un gran tema que antecede a esa larga y libérrima jam session de quince minutos que es “Voodoo Chile”, una improvisación en blues a la Muddy Waters (pero en ácido) en la cual la guitarra de Hendrix y el Hammond de Windwood establecen un diálogo celestial e infernalmente  virtuoso. Una absoluta maravilla con la cual concluye el lado A del disco uno. En cambio, “Little Miss Strange” representa tal vez el punto más flojo del álbum. Se trata de un popcito sesentero debido a Noel Redding, quien lo canta con mucho entusiasmo…, pero nada más. “Long Hot Summer Night”, con Al Kooper al piano, es otra de esas canciones tranquilas y sugerentes en las cuales Jimi evidentemente se divertía. Nada del otro mundo, sin embargo. En cambio, su cover de “Come On” de Earl King posee toda la fuerza de una interpretación en vivo, mientras que “Gypsy Eyes” es una verdadera joya en la cual voz y guitarra suenan al unísono, arropadas por un compás irresistible y una ambientación instrumental extrañamente fascinante. Suena como un viejo blues con un arreglo futurista, lo cual contrasta con los teclados a manera de clavicordio con los que inicia la peculiar “The Burning of the Midnight Lamp”, una gran composición (“balada experimental” la han llamado) enriquecida por discretos coros femeninos y una espectacular pared de sonido.

La portada alterna "decente".
  El lado A del segundo disco abre con la fabulosa “Rainy Day, Dream Away”, precedida por un estupendo jam. El tema se desliza de pronto por un feedback que lo hace desaparecer para dar lugar a “1983… (A Merman I Should Turn to Be)”, larga suite que inicia con un tema calmo que de pronto deriva en una serie de instrumentaciones barrocas, cambios drásticos de ritmo, largos y complejos solos de guitarra y batería, pasajes que prefiguran la música ambient, ruidos incidentales, efectos sonoros, todo un viaje que incluye el pre-pinkfloydiano puente “Moon Turn The Tides… Gently Gently Away”, para retornar de súbito a “Rainy Day, Dream Away”, aunque ahora con el título “Still Raining, Still Dreaming”, con el órgano de Mike Finnigan como un muro de contención en el cual el wah wah de la increíble guitarra rebota una y mil veces. Otro de los puntos altos (altísimos) de Electric Ladyland. Por su lado, “House Burning Down” es una de esas composiciones oscuras de las que muy pocos suelen acordarse… y tal vez se lo merezca.
  El álbum concluye de la mejor manera, en su lado cuatro, con dos cortes fundamentales en la trayectoria de Jimi Hendrix. Primeramente, ese cover fuera de serie a una canción de Bob Dylan que es “All Along the Watchtower”. Si el tema original es muy bueno, el arreglo de Hendrix lo inmortalizó al volverlo épico y convertirlo en un clásico de la historia del rock (el solo de guitarra sigue dejando atónito a cualquiera), tan clásico como “Voodoo Child (Slight Return)”, ese monumental blues a la Hendrix de impactante construcción guitarrística, una de las mejores obras del músico, la cual, en sus escasos cinco minutos de duración, parece resumir toda la fuerza, el talento y la sensibilidad que lo imbuía (la letra contiene una frase que parecería premonitoria, si tomamos en cuenta que es el último corte del último disco en estudio del de Seattle que apareció cuando él aún vivía: “If I don’t meet you no more in this world/  I’ll meet you in the next one and don’t be too late”). “Voodoo Child” es una conclusión perfecta para un álbum imperfecto… pero grandioso.

(Reseña que escribí originalmente para el Especial de La Mosca en la Pared No, 19, dedicado a Jimi Hendrix, publicado en abril de 2005).

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