lunes, 16 de noviembre de 2015

El mito del Che Guevara

-Comandante, ¿qué se necesita para ser un buen revolucionario? 
-¡Huevos!

Ernesto Guevara, entrevistado por un periodista en Punta del Este, Uruguay, durante una conferencia de la OEA en 1962.

Una de las imágenes más comercializables y vendedoras (publicitaria, ideológica y políticamente hablando) desde finales de los años sesenta hasta la fecha es sin duda la de Ernesto Guevara de la Serna, mejor conocido para efectos universales como El Che. Su efigie más célebre, la que surgió a partir de la fotografía que le hizo Alberto Korda en 1967, es icono universal y uno de los símbolos del siglo veinte. De Nicaragua a Suecia y de Indonesia a Nigeria, de España a Japón y de Australia a México, el Che Guevara es héroe indiscutible, inmarcesible, impoluto. No en balde millones de personas en el mundo lo siguen considerando “el más puro, el más noble, el más valiente de todos los grandes revolucionarios”. Para esa gente, el argentino-cubano está a la altura de Jesucristo y Buda y para fines prácticos, ha sido canonizado desde hace varias décadas por la Iglesia marxista-leninista-maoista-castrista. No hay mácula en la biografía del Che. No hay sombra que oscurezca la menor parte de su historia personal y política. Es la perfección absoluta, el heroico guerrillero que dio generosamente la vida por sus ideales y murió sacrificado en aras de una humanidad más justa y libre, el ejemplo más preclaro de lo que él mismo llamaba “el Hombre Nuevo”. Y sin embargo…
  Por desgracia, el hombre real, el Ernesto Guevara de carne y hueso, estuvo muy lejos de encarnar ese ideal de perfección que se nos ha vendido desde hace tanto. No era el superhéroe de izquierda que nos muestran sus biógrafos incondicionales, no era el épico hidalgo que buscaba liberar al mundo de la opresión de un imperio insaciable y sanguinario; ni siquiera se trataba de un líder noble y amoroso capaz de conmoverse ante el dolor ajeno. El Che Guevara verdadero era un stalinista convencido, un admirador absoluto de la burocracia soviética que aplastaba a su pueblo con saña implacable y que mantenía en el terror de la delación, la vigilancia extrema y los campos de exterminio a millones de personas, cuyo único delito era disentir de la ideología de la supuesta dictadura del proletariado que no era otra cosa que la dictadura de una clase política minoritaria sobre las grandes masas alienadas y oprimidas.
  El Che gustaba proclamar que había que amar con odio revolucionario. Como ministro de economía de Cuba y miembro del politburó del Partido Comunista Cubano (PCC), ayudó a implantar un régimen de terror que envió a miles de isleños al paredón y a las cárceles. No era una persona fácil de conmover y no se tentaba el corazón para condenar a muerte a cualquiera que considerara contrarrevolucionario. Para él, el fin justificaba los medios y con tal de salvar a la revolución y luchar contra el “imperialismo yanqui”, pensaba que poco importaba asesinar a algunos cientos de miles de “gusanos”, como despectivamente se llamaba y se sigue llamando en la Cuba de Fidel Castro a quienes se oponen a su gobierno. Por otro lado, su férreo sentido de la disciplina le granjeó odios y rencores de muchos de sus compañeros en el PCC, quienes aborrecían su enfermizo afán por el trabajo (hoy se le llamaría un workaholic). También era un antirreligioso feroz y un homofóbico absoluto.
  Muchas veces me he preguntado cuánto le debe a su guapura y apostura la idolatría por el Che Guevara. ¿Sería lo mismo si hubiese tenido el físico de un Genaro Vázquez Rojas o un Lucio Cabañas, guerrilleros mexicanos de los años setenta, quienes muy lejos estaban de encarnar el ideal del galanazo cinematográfico? No en balde, en un filme de hace algunos años el Che fue personificado por Gael García Bernal y no por, digamos, Jesús Ochoa.
  Es que la revolución debe ser tan chic como la imagen de este personaje, quien no dudaba a la hora de jalar del gatillo a sangre fría en contra de algún "enemigo del pueblo". Se sabe que así asesinó, con su propio revolver, a algunas decenas de "contrarrevolucionarios", pero como él mismo siempre decía: hay que amar con odio revolucionario. Vaya que lo hizo.

(Texto que escribí para el No. 10 de la revista Mosca y que habría de aparecer en la sección "Vacas sagradas", bajo el seudónimo colectivo de Goyo Cárdenas Jr.)

3 comentarios:

guillerma cisneros dijo...

Oiga que no se llama Ernesto Guevara de la Serna

Josué Villaseñor dijo...

“Para enviar hombres al pelotón de fusilamiento, la prueba judicial es innecesaria. Estos procedimientos son un detalle burgués arcaico. ¡Esta es una revolución! Y un revolucionario debe convertirse en una fría máquina de matar motivado por odio puro.”

Josué Villaseñor dijo...

“Para enviar hombres al pelotón de fusilamiento, la prueba judicial es innecesaria. Estos procedimientos son un detalle burgués arcaico. ¡Esta es una revolución! Y un revolucionario debe convertirse en una fría máquina de matar motivado por odio puro.”