miércoles, 20 de febrero de 2013

Los gatos de mi vida

Rasta, una de las dos gatitas de mi hijo Jan.
Hace tiempo descubrí que la humanidad se divide en dos grandes grupos: los amantes de los perros y los amantes de los gatos. Los primeros constituyen una amplia mayoría, mientras que los segundos, en cambio, tienden a ser parte de una minoría. Los primeros suelen odiar a los gatos, los segundos aceptan más o menos a los perros. Los primeros están conformados en gran parte por gente más convencional, más cuadrada, más simple, más abierta y más “normal”. Los segundos tienden más bien hacia lo artístico, lo místico, lo oscuro, lo sensible, lo descuadrado, lo caótico, lo heterodoxo, lo anticonvencional. Los primeros son yang, los segundos son yin. En los primeros impera el factor masculino, en los segundos el femenino.
  Entre los canófilos y los gatófilos, yo me identifico con estos últimos. Mi relación con los perros ha sido poco afortunada a lo largo de mi vida; en cambio, con los gatos me siento mucho más identificado y tranquilo.
  En este momento y desde hace casi tres lustros, no tengo gato; sin embargo, durante las cerca de dos décadas que estuve casado, por la casa donde vivíamos pasaron varios felinos y todos dejaron huella. Recuerdo algunos nombres, como el del Minucio, a quien bautizamos así porque lo adoptamos siendo una pequeñez, una minucia. También tuvimos al Agatito, un siamés que primero pensamos que era gata y nombramos Ágata, pero al descubrir que era macho, lo cambiamos a Ágato y de ahí al cariñoso mote de Agatito. Curiosamente, este gato era vegetariano y quizás al que más quiso Rosa.
  Con Liza pasó algo semejante. Era un precioso ejemplar negro con las patitas blancas a quien tuvimos por hembra en un principio. Cuando vimos que pertenecía al género masculino, fue demasiado tarde y se le quedó el hombre femenino original.
  Por último está Polo, un gato atigrado al que adoraban mis hijos y cuyas marcas aún permanecen en las patas de la mesa de mi comedor, donde gustaba afilarse las uñas.
  Mi hijo Jan tiene dos gatitas (Cumbia y Rasta), a una de las cuales apenas conocí el domingo pasado. En verdad lo ven como a su papá.
  Otros felinos domésticos que recuerdo son la gata que tenía mi abuelita Lupe (del lado de los García) y que vivió cerca de quince años (no recuerdo su nombre), así como los gatos y gatas que llegó a tener mi hermano Sergio y está, por supuesto, el recuerdo contado (porque nunca lo conocimos) del legendario Rin Tin Tin (sí un gato con nombre de perro), la mascota que acompañó a mi mamá cuando era niña, en el rancho donde vivía, en Autlán, Jalisco, y cuyas aventuras todavía recuerda (como cuando salvó a un patito recién nacido de ahogarse en un estanque).
  ¿Qué si volvería a tener un gato? No lo sé. Quizás. Mas no por ahora.
  Gatos, adorables y fascinantes criaturas.

1 comentario:

Julia Castillo dijo...

Mi gato Wilson vivió 14 años, y justo ayer recordé que le gustaba el huevo revuelto con cebolla y chile chipotle. Bellos gatos de tu vida.