lunes, 1 de febrero de 2016

¿Cuántos héroes caben en el rock?

Solemos asociar a la heroicidad con acontecimientos históricos que tienen que ver con la guerra, la conquista, la lucha, el sacrificio, la política. La ficción literaria y cinematográfica ha afianzado esta visión digamos bélica o combativa de los héroes o los súper héroes y resulta poco frecuente asociar a estos con cuestiones más nobles, como el arte o la ciencia.
  No obstante, una visión más políticamente correcta ha abierto la puerta al héroe o la heroína de las causas nobles y, de ese modo, no sólo tenemos personajes heroicos en las armas sino también en la medicina, el deporte, la religión, el altruismo y un largo etcétera que incluye, sí, a la música.
  ¿Qué es un héroe musical? ¿De qué manera se gana esa distinción? No lo hace ciertamente por su combatividad o su violencia, como tampoco por su deseo de ver por la sociedad. Un héroe musical se define básicamente por su talento, su genio y su influencia para cambiar o influir en la transformación de uno o más géneros.
  Pero no confundamos héroe con ídolo. Ídolos musicales ha habido muchos, algunos espontáneos y otros fabricados por la industria y/o los medios. El mundo de la música pop ha estado lleno de ídolos desde hace medio siglo y muchos de ellos –quizás una mayoría– han sido ídolos de barro, de plástico, artificiales y falsos. El héroe es otra cosa.
  Si nos constreñimos al rock, los héroes que han marcado al género a lo largo de sesenta años (un poco más, un poco menos) no han sido tantos. De entre las figuras señeras de la segunda mitad de los años cincuenta de la pasada centuria, época oficial del surgimiento de los primeros rocanroles, yo destacaría como héroe a un tipo tal vez impresentable, irresponsable y hasta un tanto cuanto delincuencial, quien sin embargo logró cambiar a esta música para hacerla trascender como verdadera obra de arte. Me refiero a Chuck Berry y su creatividad musical y poética. Sus canciones son pequeñas joyas artísticas que retratan a la juventud de su época y la hacen trascender. A mi modo de ver, es el primer genuino héroe del rock.
  En los sesenta hubo una buena cantidad de figuras importantes, sobre todo a partir de 1966 y 1967, pero héroes del rock de esa, la considerada década de oro del rock, es decir, músicos capaces de cambiar la totalidad no sólo del género sino de la música popular en el mundo, sólo veo a los Beatles (y añado a Frank Zappa como transformador subterráneo del rock de vanguardia). ¿Qué dónde dejo a Jimi Hendrix, The Who, Bob Dylan, los Rolling Stones, The Kinks, The Velvet Underground y un larguísimo listado de enormes talentos? Ahí: en su estatus de grandísimos talentos; pero el golpe transformador lo dio el cuarteto de Liverpool, Inglaterra. A partir de ello, todo cambió.
  Ya para las siguientes décadas y hasta la actualidad, a pesar de nombres tan pesados como los de David Bowie, The Clash o Pink Floyd, no encuentro alguien a quien se pueda llamar, en sentido estricto, un verdadero héroe del rock. Para muchos podría serlo quizá, por ejemplo, Kurt Cobain, pero es más por su atormentada vida y su terrible final que por su obra en sí. Para otros, Radiohead sería candidato idóneo, mas a pesar de su trascendencia, no me atrevería a situarlo como parte de lo heroico-musical.
  En fin, todo queda dentro de lo subjetivo. Los metaleros tendrán a sus héroes, los progresivos a los suyos, los alternativos mencionarán otros nombres. Pero dudo que alguno de ellos alcance ese poder heroico que se requiere para transformar al arte musical y, con éste, transformar cultural y hasta socialmente al mundo.
    Casi a manera de postdata, contaré que durante muchos años mi héroe del rock, fue Jimmy Page. Desde que descubrí el poder de su guitarra a finales de los años sesenta y por largo tiempo, lo admiré como a nadie (y vaya que admiro a otros músicos, como Pete Townshend, Ray Davies, Keith Richards o el ya mencionado Zappa). Pero con Page fue otra cosa, un romance total con su manera de tocar la guitarra. Aunque tal vez me confundo y más que héroe, fue mi ídolo. Quién sabe.

(Publicado este mes en mi columna "Bajo presupuesto" de la revista Marvin)

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