lunes, 1 de octubre de 2012

El amor alucinado


Hay sustancias que enajenan. Hay sustancias que alejan y sustancias que acercan. Las hay que nos brindan instantes de euforia y luego nos arrastran a niveles indecibles de depresión. Otras sólo nos oscurecen, nos obnubilan, nos ciegan, nos hacen evadirnos de todo aquello que odiamos, que no soportamos.
  Hay algunas que resultan inocuas, las hay que se vuelven inicuas. Artificios son y como tal nos servimos de ellas para evitar la realidad, para olvidarla, para fingir que no existe, para hacernos la ilusión de que esa realidad real no es tal sino una ilusión también: una ilusión ilusoria que nos lleva a otra y a otra y a otra más. A veces, casi siempre, regresamos al punto inicial y sobreviene la cruda, física o moral, física y moral. Otras, nos quedamos, como dirían los clásicos sesenteros, en el viaje.
  El enamoramiento no es una sustancia. No lo es en sentido estricto. Pero produce sustancias (de un tiempo para acá se habla de feromonas, testosterona, dopamina, oxitocina y algunas otras de origen químico) que nos pueden trastornar tanto o más que una droga. El enamoramiento suele ser como una venda en los ojos que al no permitirnos ver la realidad de otra persona, nos lleva a crear todo un mundo fantasioso alrededor suyo. Debido a ese enamoramiento, literalmente inventamos al otro o la otra. Le creamos una especie de universo paralelo. Comenzamos a llenarla de cualidades que quizá sólo tenga en pequeñas cantidades o de las cuales de plano carezca. La embellecemos y con ello nos embelezamos. La santificamos y con ello la veneramos. La endiosamos y con ello la adoramos. Ciegos, sordos y mudos, empezamos a confundirlo todo. No importa si esa persona nos corresponde de una u otra manera; aun así, la seguimos llenando de adornos. Pero en caso de que no exista alguna correspondencia, si la deidad que nos ha deslumbrado con sus encantos nada quiere con nosotros, la ceguera se hace más aguda y nuestra dependencia emocional se muestra en todo su patetismo.

  Mi nombre es Arturo y soy un adicto al enamoramiento. Estoy aquí porque no sé a dónde ir. He visto muchos lugares donde se reúnen los llamados alcohólicos anónimos. Los doble A, como les dicen. También hay sitios para los neuróticos y hasta para los que sufren de adicción al sexo. Pero a los enfermos de enamoramiento nadie nos ve como tales. Al menos hasta donde tengo entendido. Si nuestra obsesión amorosa llega muy lejos y empieza a causar daño, a nosotros mismos o a terceros, se nos encauza hacia el consultorio de un psicólogo o, en el peor de los casos, de un psiquiatra, quien nos llena de medicamentos que supuestamente nos curarán de nuestro mal. Pero no hay manera de llegar a alguna casa, entrar a un salón en el que haya reunidos algunos y algunas semejantes, pararse ante ellos y decir: mi nombre es Arturo y soy un adicto al enamoramiento.
  Dije enamoramiento y no amor. Tengo muy claro que se trata de dos conceptos no sólo diferentes, sino incluso contradictorios. Ni siquiera los veo como caras de una misma moneda. No. Después de haber pasado por varias experiencias de enamoramiento, estoy convencido de que el uno y el otro nada tienen que ver. El enamorado no ama. Puede apasionarse, conmoverse, derretirse, sufrir, gozar, entusiasmarse, deprimirse, ir de la felicidad más exultante a la tristeza más miserable…, pero jamás llega a amar. Ni siquiera a sí mismo.
  ¿Cómo? ¿Dice que no me entiende, que estoy hablando tonterías? Permítame y le cuento…
  Durante más de siete años, estuve profundamente obsesionado con una mujer bastante más joven que este a quien ve frente a usted. Yo decía estar enamorado de ella. Ahora sé que no era así. Al principio todo era hermoso, ella correspondió a mis afectos y de alguna manera fuimos eso que los convencionalismos sociales denominan novios. No obstante, diversos factores determinaron que se fijara en otra persona y decidiera dejarme. Ese fue el comienzo del infierno, un infierno enajenado, alucinado, espantoso.
  Como si hubiese yo consumido algún estupefaciente, entré en un estado obsesivo que me hacía interpretar la realidad a mi conveniencia y manipularla de un modo tramposo. Pero yo no me daba cuenta de ello, no lo razonaba. Bueno, sí lo razonaba pero a base de sinrazones. Pensaba que ella no sabía lo que estaba haciendo al dejarme, que yo era el único hombre que le convenía y que cualquier otro que se le acercara sólo era para engañarla y engatusarla. A todos sus amigos y, peor aún, a sus pretendientes, los veía como rivales, como mortales enemigos; me parecían unos patanes cuyo único destino merecido era el de su desaparición de la faz de la Tierra.

  Todo hubiera estado bien o cuando menos no habría sido tan malo, si me hubiese quedado con esos sentimientos para mí solo. Sin embargo, no fue así. Ebrio de celos y de rencor, comencé a mostrarlos de manera abierta y empecé a acosar a aquella joven que lo único que quería era que siguiéramos siendo amigos. Mas la palabra “amigos” me resultaba horrenda. Me parecía como un dique que yo no podía traspasar, una cerca que mantenía a “mi amor” fuera de alcance.
  Desprecié entonces la posibilidad de ser su amigo y la presioné como un loco, sin medir consecuencias, persuadido en forma por demás delirante de que ella era mía y que no podría ser de alguien más.
  En ese estado de enajenación absoluta permanecí a lo largo de seis largos años. Sufrí, la hice sufrir, reñí con ella, conseguí que me llenara de improperios y dejara de hablarme. Yo que hacía todo “para acercarla”, terminé por alejarla en definitiva. Pero no me daba cuenta de lo mal que estaba. Seguía convencido de que la razón se encontraba de mi lado y de que tarde o temprano aquella mujer se daría cuenta de lo mucho que yo le convenía y terminaría por regresar a mi lado.
  ¿Cómo es que ahora puedo razonar las cosas de diferente modo? ¿De qué manera me di cuenta de lo mal que estaba o, como se dice por ahí, en qué momento me cayó el veinte? La verdad es que no lo sé. Yo lo atribuyo a una especie de milagro, porque así fue de repentino e inesperado. De pronto me vino la luz y pude salir de mi estado alucinado.

  Hoy sé que lo que sentía por ella no era amor. Porque cuando uno ama, lo que más debe importarle es la felicidad de la otra persona y lo que menos procuré fue su dicha y sí, en cambio, le propiné muchos momentos infelices. Me justificaba con mi enamoramiento, pero no había tal y si lo había, entonces ese concepto sólo podía equivaler a obsesión, a una obsesión enferma y dañina para todos los que me rodeaban. Porque durante ese tiempo, hablaba con mucha gente y con toda ella me presentaba siempre como la víctima, como el pobre hombre enamorado a quien una mujer ciega no veía como al sujeto ideal y perfecto. Muchos me seguían la corriente. Tal vez para no meterse en problemas conmigo o porque les divertía mi patetismo. Así de bajo caí en el falso nombre del amor.
  Hoy puedo decir que soy otro, un hombre nuevo, un ser humano distinto. La vida de golpe se me aclaró y mi visión de las cosas cambió en una forma que podría calificar, beatlescamente, como de mágica y misteriosa. Ahora veo todo con una transparencia que cómo lamento no haber tenido antes, no haber tenido siempre. Entonces miro a otros, miro a otras, y descubro que están sumergidos en el mismo pantano dantesco en donde yo permanecí atascado durante larguísimos años. Hablan conmigo y me dicen que están profundamente enamorados de equis persona y que no saben qué hacer, porque el objeto de su enamoramiento se alejó de ellos. Sienten que sus vidas no valen la pena y no hacen sino vivir enajenados en un solo pensamiento que no les permite salir de sí mismos, que no los deja hacer que su felicidad dependa de ellos y no de la otra persona. Viven en un averno de celos, inseguridades, temores y de una bajísima autoestima. Sufren el amor en lugar de gozarlo. Aunque en realidad no es amor lo que sienten. Es esa droga feroz e implacable a la que llamamos enamoramiento, laboratorio de sustancias perjudiciales y adictivas, fábrica de sentimientos negativos y destructivos, maquiladora de odio sin fin: odio a los demás y, sobre todo, odio a uno mismo.
  Es el amor alucinado, el amor ficticio, el amor inexistente, la negativa misma del amor. Una venda que pensamos imposible de arrancar de los ojos, de la mente, del corazón y que, sin embargo, ¡es tan fácil de quitar! Lástima que nuestro masoquismo nos lo impida.

2 comentarios:

Yohual dijo...

Amar es para una cosa y se siente de una forma. Enamorarse es para otra cosa y se siente de otra forma. Ambas son divertidas, dolorosas y en ambas se pierde algo. Al final todo es un "para qué...".

Abrazos. Gracias!

Dulcesiita Aquino P. dijo...

¿Y entonces cómo sabré cuando sea amor? :( Me parece algo completa y absolutamente complejo...